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Ver productos1 Oct 1990 - 5min.
Los primeros títulos de la colección «Clásicos Universales» de la Universidad de Sevilla son los siguientes: El arpa de Birmania, de Michio Takeyama, en traducción de Fernando Rodríguez-Izquierdo Gavala; el libro II de las Epistulae ex Ponto, de Ovidio, espléndidamente editado, traducido y comentado por mi querida amiga Ana Pérez Vega, y, en tercer lugar, la Alexiada, de Ana Comneno, traducida por primera vez a nuestra lengua por Emilio Díaz Rolando.
De este tercer título, galardonado en 1990 con el Premio Nacional de Traducción, me propongo hablar brevemente. Yo hubiese preferido la forma con acento, Alexíada (prefiero Ilíada a Iliada), y Ana Comnena en vez de Ana Comneno, pero ésos son detalles sin importancia. Lo cierto es que por fin podemos leer en español una de las obras más relevantes de las letras bizantinas, traducida del griego original a casi todas las lenguas europeas, pero nunca a la nuestra antes de ahora. En las páginas de la revista Erytheia (vol. 9, 1988, pp. 23-33) exponía Emilio Díaz Rolando los criterios seguidos para la transcripción de nombres propios en esta versión princeps castellana de la Alexiada, problema éste peliagudo siempre. Pedro Bádenas de la Peña lo dejó visto para sentencia en lo que al griego moderno se refiere («La transcripción del griego moderno al español», Revista de la Sociedad Española de Lingüística, vol. 14, 1984, pp. 271-289). Mi llorado maestro Manuel Fernández-Galiano fijó las normas para la transcripción del griego clásico. El griego bizantino continúa presentando numerosas dificultades a este respecto, pero esfuerzos como el
Por Luis Alberto de Cuenca de Díaz Rolando contribuyen no poco a la deseable tarea de normalización, una labor difícil y arriesgada que el mencionado Bádenas se propone llevar a término.
Bernard Leib editó pulcramente y tradujo al francés el texto de la Alexiada en la «Collection Byzantine» de la Société d’Edition «Les Belles Lettres» (tomos I-III, París 1937-1945). P. Gautier enriqueció la obra en 1976 con un cuarto y último volumen que incluía un extenso índice de nombres. Se trata de la edición que Díaz Rolando ha adoptado para llevar a cabo su versión castellana. En inglés circula, dentro de la popular serie «Penguin Classics», una cuidada traslación de E. R. A. Sewter, con unos cuantos mapas muy útiles (Harmondsworth, Middlesex, 1969). Eran las dos Alexiadas más asequibles para el lector español antes de la aparición del libro sevillano que hoy saludamos, de cuya oportunidad cultural no cabe dudar, pues significa poner al alcance de todos una de las obras maestras de la literatura bizantina y, por qué no decirlo, de las letras universales.
Alguien podría preguntarse por qué hablo de Ana Comnena y su Alexiada en mi sección de «Literatura Fantástica». Y estaría en su derecho de hacerlo. La Alexiada no es una obra fantástica stricto sensu: canta las hazañas de un héroe histórico, el emperador Alejo I Comneno; no intercala en la narración episodios maravillosos; se limita a mentir de una manera práctica, por motivos políticos, sin que llegue jamás a plantearse en ningún momento el concepto de mentira como pretexto de la obra. Pero la atmósfera en que se sitúan los hechos y se mueven los personajes es de una evanescencia tan rigurosa, de un esfumado tan sutil, que creemos hallarnos en un espacio mágico que transfigura la realidad y embriaga los sentidos, soñando el sueño altivo y astuto de Ana Comnena.
K. Dieterich, en su delicioso librito Figuras bizantinas (traducción española de Emilio R. Sadia, Madrid, Revista de Occidente, 1927), dedica una veintena de páginas, las últimas del tomo, a la princesa Ana. Cuenta que hace exactamente 200 años, en septiembre de 1789, Federico Schiller confesaba en carta a los hermanos Lengefeld lo siguiente: «La traducción de la princesa Comnena, de la cual sólo me han correspondido algunos pliegos, me ha cansado mucho; el estilo es pésimo y de un gusto falso; el contenido tiene poco interés». Corrían malos tiempos para el aprecio de lo bizantino. El ideal ético individualista de la humanidad veía entonces en la Antigüedad Clásica la cumbre del verdadero humanismo, sin hacer ningún caso de la Edad Media europea, y mucho menos de la oriental. Schiller no podía valorar en su justa medida a un personaje como Ana, digno sin duda de haber inspirado una de sus tragedias. Pero la Historia es así de arbitraria. Hoy, en esta agonía del siglo XX, estamos asistiendo a un auténtico revival del mundo bizantino, y estoy seguro de que ninguno de los grandes escritores de nuestro presente formularía un juicio tan desfavorable como el de Schiller acerca de la autora de la Alexiada.
En el tránsito del siglo XI al XII, mientras Guillermo de Aquitania inaugura la lírica moderna en Occidente con su «Farai un vers de dreyt nien», dos cónyuges escritores surgen en el Imperio Oriental: Nicéforo Brienio (1062-1137), valeroso estratego, rival, en 1097, de Godofredo de Bouillon, y su esposa Ana Comnena (1083-¿1150?), hija del emperador Alejo I Comneno (1081-1118). Si Brienio narra en su Floresta de la Historia las vicisitudes de la familia de los Comnenos en un estilo que compite en sencillez con el de Jenofonte, Ana, dotada de una vastísima cultura, refiere en la Alexiada la vida y las hazañas de su padre, al que demuestra gran afecto y admiración, así como desprecio y odio hacia los bárbaros y presuntuosos latinos. La obra, compuesta en un convento tras múltiples y vanas tentativas de obtener la corona imperial para su marido en detrimento de su hermano, el emperador Juan II Comneno (1118-1143), anuncia ya en su título, casi de epopeya, la intención de glorificar a Alejo. Sirviéndose de numerosos documentos extraídos de los archivos y de recuerdos personales, la autora traza el panegírico de su padre aludiendo a sucesos históricos y militares, pero también introduciéndonos, muy femeninamente, en el mundo de la corte imperial de Bizancio, con sus complejas ceremonias, sus intrigas, sus fiestas, sus continuas habladurías. El estilo intenta reproducir el de Tucídides, con una elegancia retórica no exenta de eficacia. Hay pasajes, como la descripción de la toma de Jerusalén por los cruzados, que se han hecho famosos por su inexactitud histórica, su furibundo partidismo, sus extraordinarios valores narrativos y su delicadísima ironía.
Si conseguimos olvidar los defectos formales del libro que alberga la versión española princeps de la Alexiada: márgenes mínimos, desigual entintado de las páginas, carencia de cursiva en las notas, etc., llegaremos a disfrutar mucho con su lectura. En cualquier caso, la tarea del traductor, que es asimismo autor de un erudito estudio preliminar (con bibliografía), de un nutrido acervo de notas y de un índice de nombres propios, se me antoja muy meritoria. Gracias a Emilio Díaz Rolando la voz de Ana Comnena suena por vez primera en castellano.