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Ver productosProtección, protección. ¿Qué está ocurriendo? Nos sentimos agredidos, o sentimos que podemos estarlo, de múltiples maneras. Unas conocidas, muchas más presentidas, sibilinas, oscuras para el común de los mortales. Son signos de unos tiempos complejos, marcados por el vertiginoso desarrollo de nuevas tecnologías transformadoras de los usos y costumbres de una sociedad que no sabe modificar su organización para adaptarse al cambio. Seguramente esa falta de agilidad es debida a la enorme inercia de los procesos sociales, que no se corresponde con la dinámica científico-técnica. Importantes valores sociales continúan estancados. El anquilosamiento de mentalidad y de moral propician actitudes depredadoras, de las que debemos protegernos. Un caso particular es el que nos ocupa ahora.
No sólo es beneficioso, sino sobre todo necesario, que nuestros datos personales sean objeto de manipulación por diversos sistemas informáticos que han de ser usados en una sociedad moderna con diversos objetivos, pero ello ha de hacerse con las debidas garantías.
Continuamente se están produciendo hechos relacionados con el tratamiento informático de nuestros datos personales por los que nos sentimos agredidos. Es cierto que muchos ciudadanos hablando ya del caso español, enfrentados a determinadas preguntas de censos de población o de padrones municipales, han sentido invadida su intimidad. Nuestro hogar y nuestra sede de trabajo están inundados por una propaganda no solicitada. Y esto no ha hecho más que empezar. ¿Qué nos depara el futuro?
Muchos ciudadanos, hablando ya del caso español, enfrentados a determinadas preguntas de censos de población o de padrones municipales, han sentido invadida su intimidad.
Problemas como los aludidos, cada vez más frecuentes, están sensibilizando a sectores cada vez más amplios de población con respecto a la incidencia de la creciente informatización de servicios sobre las libertades individuales y colectivas.
Es preciso dejar claro que no se trata de frenar el desarrollo ni las aplicaciones de una tecnología vital para el progreso de los pueblos, sino de controlar su utilización, de forma que no se viole ningún derecho ni se perjudique a nadie.
La preocupación legislativa española sobre esta materia comienza con la única referencia que nuestra Constitución hace sobre la Informática:
«La ley limitará el uso de la informática para garantizar el honor y la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y el pleno ejercicio de sus derechos». (Artículo 18.4).
Sin embargo este mandato constitucional aun no se ha plasmado en leyes concretas. Administrativamente, el intento de desarrollo legislativo del artículo citado ha sufrido diferentes vicisitudes. Hasta 1984 no se conoce ninguna iniciativa en este sentido. En ese año un anteproyecto de ley en avanzado estado de gestación fue bloqueado, debido a las divergencias surgidas entre los Ministerios de Interior, Justicia y Administraciones Públicas. En 1988, una proposición de ley elaborada por la Asociación Pro Derechos Humanos y presentada por Izquierda Unida fue rechazada por el Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados, con el motivo de que el Gobierno estaba a punto de presentar su propio anteproyecto. Sin embargo éste no ha sido presentado hasta finales del año pasado.
En noviembre de 1991 el Congreso de los Diputados comenzó a discutir la propuesta de Ley Orgánica de Regulación del tratamiento Automatizado de los Datos de Carácter Personal, cuyo texto ha suscitado reacciones encontradas.
Es preciso en este punto que tomemos conciencia del grave perjuicio que está causando el retraso en la promulgación de leyes limitadoras de abusos que se están cometiendo y se pueden cometer por manipulación malintencionada de los datos de carácter sensible: datos familiares, económicos, sanitarios, laborales, datos sobre preferencias políticas, religiosas, sexuales, culturales, profesionales, etc. Estos datos se obtienen y se tratan por instituciones públicas y privadas e incluso se comercializan sin el consentimiento ni el conocimiento de las personas afectadas.
Durante esta dilatada espera, diversos sectores sociales se han movilizado para estudiar los problemas que se están presentando e intentar conseguir que la ley que en su día se promulgue pueda dar solución a los mismos. Ya hemos mencionado a la Asociación Pro Derechos Humanos. Más recientemente, aunando las aspiraciones de diversas agrupaciones ya sensibilizadas en este punto, se creó en abril de 1991 la Comisión de Libertades e Informática, organismo gubernamental constituido, además de por la Asociación Pro Derechos Humanos de España, por diversas asociaciones profesionales (informáticas, de usuarios, judiciales y de periodistas) y por los sindicatos mayoritarios. De acuerdo con su manifiesto fundacional, el objetivo fundamental de esta Comisión es «promover de forma permanente y estable en todo el Estado español el desarrollo y la protección de los derechos individuales y colectivos en lo que se refiere al uso de las tecnologías de la información, tanto por las diversas administraciones públicas como por cualquier otra persona o entidad jurídica, pública o privada, fomentando en la opinión pública la conciencia sobre la importancia de este tema para el progreso de una sociedad democrática crecientemente tecnificada.
Se creó en abril de 1991 la Comisión de Libertades e Informática, organismo no gubernamental constituido, además de por la Asociación Pro Derechos Humanos de España, por diversas asociaciones profesionales.
Esta Comisión considera que la propuesta de ley debe ser modificada sustancialmente para dar respuesta a la situación planteada y, en consecuencia, ha elaborado una colección de propuestas de enmienda rigurosamente estudiadas y explicadas.
Desde luego no es fácil producir una ley de esta naturaleza, que trata nada más y nada menos que de «delimitar una nueva frontera de la intimidad y del honor», como figura en la exposición de motivos de la propuesta. No se trata aquí de expresar todos los puntos que contempla la propuesta ni, mucho menos, de reproducirla, sino de sintetizarla resaltando los fines perseguidos. En su artículo se trata de la existencia de «ficheros de datos», de los datos que pueden figurar en los mismos, de las condiciones exigidas y exigibles para que puedan figurar y de la utilización que de ellos debe hacerse. Se excluyen de esta regulación ciertas clases de ficheros: de utilidad pública, los mantenidos por personas físicas con fines personales exclusivamente, los que produzcan datos ya publicados en Boletines, Diarios o repertorios oficiales, de informática jurídica accesibles al público y los de asociados o miembros de los Partidos Políticos, Sindicatos, Iglesias, Confesiones y Comunidades religiosas. En la propuesta se contempla la creación de un órgano llamado Agencia de Protección de Datos, independiente de la Administración Pública, cuya misión fundamental es velar por el cumplimiento de la legislación sobre protección de datos y controlar su aplicación.
El perfeccionamiento de los sistemas informáticos (hardware y software) que se utilicen para el tratamiento de información sensible puede dar nuevas oportunidades para la violación de la privacidad personal.
El proyecto, según consideran todos los miembros de la Comisión de Libertades e Informática, en su redacción actual, no está de acuerdo con los criterios que deben determinar la aceptabilidad del mismo y que a juicio de la propia Comisión, son:
A la luz de estos siete puntos, la Comisión señala una serie de defectos que hacen inaceptable el proyecto de ley. Recogemos aquí las que nos parecen debilidades más importantes del mismo. En éste se excluyen de su ámbito de regulación los ficheros de datos personales de titularidad pública, se deja un importante margen de discrecionalidad a las Administraciones Públicas, no se garantiza suficientemente el derecho de consentimiento pleno y voluntario de la cesión y uso de los datos sensibles, no se protege adecuadamente a los consumidores de actuaciones abusivas, se regulan el Registro Central de Penados y Rebeldes y los ficheros del Personal Militar Profesional, se posibilita que otras normas también puedan regular la recogida de datos sensibles, no se garantiza la exclusividad de la competencia de la Agencia de Protección de Datos para el desarrollo reglamentario de la ley y las funciones de la Agencia quedan seriamente limitadas.
Para subsanar estas debilidades la Comisión ha elaborado un conjunto de enmiendas que implican variaciones sustanciales al articulado del Proyecto de Ley. Es de esperar que este enorme esfuerzo sea tenido en cuenta como cualquier otra aportación seria que pueda producirse, para llegar a conseguir la mejor ley posible.
De todas maneras no debe pensarse que la ley será suficiente para resolver los problemas apuntados, aunque se dote de los suficientes medios e independencia a la Agencia de Protección de Datos. En efecto, el perfeccionamiento de los sistemas informáticos (hardware y software) que se utilicen para el tratamiento de información sensible puede dar nuevas oportunidades para la violación de la privación personal, colocando a las legislaciones sobre protección de datos en riesgo de caducidad, como fue apuntado por la Conferencia Mundial de Comisarios de Protección de Datos el año pasado. Pero para cambiar una actitud depredadora por otra solidaria no bastarán las leyes. Será la creciente toma de conciencia de la importancia de los valores puestos en juego por parte de los ciudadanos, empezando por los profesionales y usuarios informáticos que intervienen en los procesos de tratamiento de datos sensibles, lo que irá posibilitando el cambio de actitud y el alcance del nivel ético mínimo deseable para nuestra sociedad.
De esta forma, 1974 fue todavía un año de crecimiento para la economía española, si bien con tasas inferiores a las que venían registrándose anteriormente y en el segundo semestre ya comenzaron a aparecer síntomas inequívocos del diluvio que iba a llegar inmediatamente. Por ello, nos sirve como punto de partida para observar el comportamiento del sector más sensible, la industria, a lo largo de diecisiete años de crisis, reconversión, recuperación y nuevos síntomas de enfriamiento que llegan hasta el final de 1990.
Las ventas han crecido casi el doble que la inflación desde 1974.
Se ha limitado el análisis a las cien primeras empresas por su volumen de ventas, para no dar a este trabajo unas dimensiones exageradas y se ha utilizado como fuente para el ejercicio de 1974 el Informe que sobre las 500 mayores empresas industriales elaboraba por aquellos tiempos el Ministerio de Industria y para 1990, documentación de las propias sociedades y las listas difundidas por diversas entidades y publicaciones, que en determinados casos presentan notables diferencias entre sí. Se han utilizado las cifras consolidadas de grupos de empresas cuando corresponden a actividades industriales homogéneas y, en todo caso, conviene señalar que, si bien se ha procurado la mayor exactitud en los datos, éstos son sólo el soporte para examinar las tendencias de la evolución industrial española durante esos diecisiete años cruciales.
La facturación de las cien primeras empresas se ha multiplicado por 10,75 veces a lo largo del período 74-90, en tanto que la subida del índice de precios al consumo durante ese tiempo fue de un 675 %. El sector industrial ha ido sobreviviendo gracias a aumentos de producción y ventas superiores a los de sus costes de fabricación.
La plantilla del conjunto de las «cien» ha permanecido casi invariable en el período, ya que ha descendido en poco más de 17.000 trabajadores: de 549.354 a 532.168 personas, lo que significa una diferencia del 3,1%.
En consecuencia, las ventas por empleado han seguido una evolución semejante a la facturación total, pasando de 2,26 millones por persona en 1974 a 25,13 millones en 1990.
Si contemplamos seis actividades tradicionales, dejando aparte la construcción por la errática composición de sus plantillas, se aprecia que en el 74 lo mismo el petróleo que la siderurgia, química, electricidad y alimentación tenían unas ventas por empleado superiores a la media quedaba un 25% por debajo de dicha media. En 1990, la automoción se ha situado sobre la de la industria, en tanto que la automoción ha conseguido situarse sobre la media, mientras se registra la caída de la química y de la siderurgia, que ha venido a quedar un 35% por debajo.
Telecomunicaciones e informática, arriba; minería y metal, hacia abajo.
La tendencia a aligerar las plantillas de las empresas en relación con las producciones obtenidas ha sido invariable a lo largo del período, con la diferencia de que en los períodos de elevada actividad (1985 a 1989) se ha hecho hincapié en las inversiones dirigidas a mejorar la productividad y en las etapas de atonía se ha procurado licenciar el mayor número posible de trabajadores. En algunas actividades ambas actuaciones suelen ir siempre unidas, como es el caso de la automoción: cada vez que se lanza un nuevo modelo de automóvil, los avances técnicos incorporados en él hacen que sobre el 10% de la plantilla en fábricas de dimensiones importantes.
En 1974 la industria española acababa de salir de un período de diez años en el que se había llevado a cabo un esfuerzo importante para modernizar sus medios de producción, aprovechando las facilidades que proporcionaban los Planes de Desarrollo y las acciones concertadas. Todavía entonces se estaban firmando, y en ello se continuó hasta 1977, algunas de estas últimas, en las que se fijaban objetivos que pronto se revelarían inalcanzables. Piénsese adonde han ido a parar instalaciones que entonces se hallaban en boca de todos, como la cuarta planta siderúrgica de Sagunto, multitud de acerías y laminaciones, refinerías, buen número de centrales nucleares o astilleros capaces para construir barcos de medio millón de toneladas.
La clasificación sectorial de las cien primeras empresas industriales ofrecía entonces este panorama:
| Química | 17 |
| Alimentación | 14 |
| Maq. y mat. eléctrico | 10 |
| Construcción | 9 |
| Energía eléctrica | 8 |
| Siderurgia | 7 |
| Petróleo | 7 |
| Automoción | 7 |
| Aux. construcción | 5 |
| Constr. mecánicas | 4 |
| Papel | 4 |
| Minería | 3 |
| Construcción naval | 3 |
| Gas | 1 |
| Metalurgia | 1 |
Los avatares del período que consideramos han producido variaciones de cierta importancia en la clasificación sectorial de las cien primeras empresas, que en 1990 quedaba establecida así:
| Alimentación | 16 |
| Construcción | 12 |
| Automoción | 11 |
| Química | 11 |
| Maq. y mat. eléctrico | 9 |
| Energía eléctrica | 7 |
| Telecomunicaciones | 7 |
| Auxil. construcción | 6 |
| Petróleo | 5 |
| Siderurgia | 5 |
| Informática | 2 |
| Papel | 2 |
| Construcción naval | 2 |
| Metalurgia | 1 |
| Material electrónico | 1 |
| Aeronáutica | 1 |
| Gas | 1 |
| Textil | 1 |
La comparación entre las dos situaciones nos permite observar la irrupción de las telecomunicaciones, la informática y la fabricación de material electrónico y el mayor peso adquirido por la alimentación, a medida que se comen y beben más productos industrializados, y por el automóvil, con la llegada de primeras firmas mundiales del sector como General Motors, Ford y Volkswagen-Audi. Se mantiene la construcción, que ve aumentado el tamaño de sus empresas por las fusiones que han tenido lugar y lo mismo ocurre en el ámbito de la producción y distribución de energía eléctrica, mientras que la fabricación de material eléctrico va orientándose también hacia fases más avanzadas como la electrónica.
Las fusiones han alterado también algo la situación en el terreno del petróleo y la industria química, sometida durante años a fuerte inestabilidad en el precio de las materias primas, pero la conmoción negativa más importante se ha dado en dos actividades de gran peso histórico: el metal y la minería. De esta última han desaparecido de la lista las empresas que figuraban en el 74 y en cuanto al metal, también se registra la eliminación de las compañías dedicadas a construcciones mecánicas, en tanto que la siderurgia y la construcción naval pierden buena parte de su importancia relativa. El «chip» está derribando hornos, castilletes y chimeneas.
En este trabajo asignamos la propiedad de las empresas a quien posee el control efectivo sobre ellas, aunque en ocasiones no sea titular de la mayoría absoluta del capital social. En cuanto al origen geográfico, nos atenemos a la nacionalidad de origen de la casa matriz, aunque haya conveniencias fiscales o estratégicas que hayan llevado el domicilio social a países más benévolos.
En 1974 eran veinte las empresas de control extranjero situadas entre las cien primeras de España: seis procedentes de Estados Unidos, cuatro alemanas, tres francesas, dos holandesas, dos belgas y una del Reino Unido, Italia y Suiza. En cuanto a su actividad, siete se dedicaban a la química, cinco a la construcción de maquinaria y material eléctrico, tres a la automoción, otras tres a la alimentación y dos a la minería.
La Comisa Cantábrica ha perdido la mitad de sus grandes empresas.
El número de multinacionales presentes en España se ha ido ampliando de manera considerable y en el 90 casi la mitad de las cien primeras empresas estaba bajo control extranjero: exactamente cuarenta y ocho y el número va a ampliarse cuando terminen de plasmarse operaciones pactadas en 1990 y 1991. Y si en el 74 sólo había una sociedad de control extranjero entre las diez primeras, ahora ya son cuatro las que se encuentran en esas posiciones. Una situación normal si tenemos en cuenta que el 27% de la producción industrial española corresponde a compañías multinacionales.
En cuanto a nacionalidades de origen, Estados Unidos comparte ahora el liderazgo con Francia, con diez empresas cada país. Les sigue de cerca Alemania, con nueve y con tres figuran Holanda, Kuwait, Japón, Italia y Suiza, en tanto que el Reino Unido y Suecia cuentan con dos procedentes de cada uno. Por sectores, hay diez en la automoción (en realidad, las once grandes ya, una vez efectuada la compra de la mayoría de E.N.A.S.A. por I.V.E.C.O.), diez en el químico, nueve en alimentación, siete en maquinaria y material eléctrico, cuatro en telecomunicaciones, dos en petróleo, informática y fabricación de papel y una en construcción y auxiliar de construcción.
El peso de las empresas públicas va bajando, pero lo hace con cierta lentitud. En el 74 había diecisiete entre las cien primeras y en el 90 quedaban doce, entre las que figuran precisamente las dos primeras de la lista: Repsol y E.N.D.E.S.A.
Cada vez tiene menos importancia el accionariado popular en el capital de las empresas industriales. Si en el 74 cotizaban normalmente en Bolsa cuarenta de las «cien», en el 90 ese número ha quedado reducido a la mitad e incluso en esa veintena no se puede hablar de más de cinco en las que no exista un fuerte control por parte de una multinacional, un Banco o una familia. Esta claro que la industria no es un sector atractivo para que el inversor dirija hacia él sus ahorros, y la mayor parte de los valores industriales, incluso los de más solera, han quedado reducidos en Bolsa al papel de lo que en el argot se conoce como «chicharros».
Suelen elaborarse estadísticas que sitúan geográficamente una empresa en donde se encuentra su domicilio social y atribuyen a Madrid, cuyo cinturón industrial está pasando por momentos duros, la localización de la mitad de las cien primeras industrias.
No es posible colocar en una región concreta a todas las empresas industriales, porque hay algunas con varios centros de producción de semejante importancia o con alcance auténticamente nacional, pero una aproximación basada en el criterio de actividad predominante nos da el siguiente reparto según áreas geográficas en 1974:
| Área geográfica | Número de empresas |
|---|---|
| Cornisa Cantábrica | 30 |
| Cataluña | 19 |
| Madrid | 18 |
| Andalucía | 6 |
| Galicia | 6 |
| Valencia | 2 |
| Castilla-León | 1 |
| Navarra | 1 |
En 1990 el reparto había experimentado cambios de consideración:
| Área geográfica | Número de empresas |
|---|---|
| Madrid | 24 |
| Cataluña | 22 |
| Cornisa Cantábrica | 15 |
| Andalucía | 5 |
| Castilla-León | 4 |
| Galicia | 4 |
| Valencia | 4 |
| Aragón | 2 |
| Navarra | 1 |
Era sobradamente conocido el declive de la Cornisa Cantábrica, pero la distribución espacial de las grandes empresas lo corrobora de forma tremenda: quedan la mitad de las que había en 1974. Los dos archipiélagos, Castilla-La Mancha, Murcia, Extremadura y La Rioja siguen sin tener una industria grande, Aragón tiene una isla llamada General Motors (más la aportación de E.I.A.) y la única novedad agradable es la mejoría que se ha experimentado en Castilla-León gracias a varias compañías alimentarias.
Sólo cuarenta y cinco de las cien empresas de 1974 siguen presentes en la lista de 1990, con distinto nombre en algunos casos como los de Nissan (antes Motor Ibérica), Mercedes-Benz España (antes Compañía Hispano-Alemana Mercedes-Benz-Volkswagen), Alcatel (antes Standard Eléctrica) o Robert Bosch (antes F.E.M.S.A.). Veinticuatro de ellas han mejorado su posición en la lista, siendo los casos más destacados Ferrovial, que pasa del puesto 92 al 23, E.N.D.E.S.A., que apoyándose en absorciones de empresas y actividades mineras, sube del 62 al 2, o Cristalería Española, que salta del 96 al 40.
Aparecen otras con nuevos nombres como producto de fusiones de empresas que generalmente ya se encontraban entre las «cien»: la líder Repsol, Enagas, Ercros, Inespal, Unión-F.E.N.O.S.A., Cubiertas y M.Z.O.V. o Acenor y también se da el contrario de una compañía que, al dividirse, ha dado origen a dos que figuran entre las grandes: Chrysler España, a la que Peugeot compró la fábrica de turismos y camiones para vender luego esta última a Renault Vehículos Industriales.
Son empresas de nueva implantación General Motors, Ford, C.I.R.S.A., Ericsson, Sony, Acerinox, I.C.I., I.N.D.I.Τ.Ε.Χ., Α.Τ.Τ. Sintel, Telettra, Fujitsu o C.E.S.E.L.S.A. Y hay otras que ocupaban posiciones más rezagadas, pero cuyo crecimiento les ha permitido situarse entre las cien primeras: O.C.I.S.A., Ebro Agrícolas, Bayer, Construcciones Aeronáuticas, Construcciones y Contratas, Hidroeléctrica del Cantábrico, Abengoa, Danone, Henkel, Aragonesas, Auxini, Sandoz, Leche Pascual o Campofrío.
Todos los sectores y empresas reconvertidos han perdido posiciones.
En el polo opuesto hay 21 empresas que han desaparecido de la lista por haber sido absorbidas y otras 21 que se mantienen dentro de las «cien», pero en una posición más baja, siendo los descensos más fuertes los de Bazán (del 21 al 83), E.N.A.S.A. (del 13 al 64) y Astilleros Españoles (del 9 al 54).
Aún mayores descalabros ordinales han padecido algunas de las empresas que ahora figuran en puestos comprendidos entre el 100 y el 600: General Eléctrica, Victorio Luzuriaga, S.N.I.A.C.E., La Papelera Española. A.E.G., A.C.E.P.R.O.S.A., Azucarera, La a Seda Seda de Barcelona, E.N. de Celulosas, H.U.N.O.S.A… Con todo, el registro más espectacular corresponde a M.A.C.O.S.A., que ha ido a parar por debajo del lugar 1.500 y facturó en 1990 un 16,4% menos en pesetas corrientes que en 1974.
Un detalle para pensar: todas las empresas que han estado sometidas a programas de reconversión, individuales o sectoriales, han perdido posiciones dentro de la tabla.
La industria española ha tenido poca fortuna a lo largo de las dos últimas décadas. Cuando no había digerido las inversiones necesarias para modernizarse y ampliar sus dimensiones, la crisis energética le obligó a cambiar de objetivos y procedimientos y a acometer un duro proceso de reconversión en la mayoría de los sectores a los que hoy se conoce piadosamente como «maduros». Cuando las circunstancias mejoraron y volvieron a conocerse tasas de crecimiento aceptables, la apertura del proceso de integración en la C.E.E. significó la llegada de una competencia esperada y saludable pero difícil de afrontar.
El peso de la industria en el conjunto del P.I.B. español ha pasado a ser menor de una tercera parte; exactamente un 32,5% en 1990, que es un porcentaje insuficiente para mantener una economía sólida y avanzada. Nadie puede pensar a estas alturas en recuperar posiciones a partir de la agricultura y los servicios siguen teniendo un carácter demasiado aleatorio como para confiar en un crecimiento estable y sostenido a partir de ellos.
Se ha avanzado considerablemente en el terreno de la investigación y desarrollo, pasándose de destinar a ellos un 0,46% de la facturación de las empresas en 1974 a un 0,87% en el 90, pero todavía nos encontramos lejos del 2,5% de los países europeos avanzados. Por el contrario, la dependencia de la financiación externa por parte de las empresas continúa siendo exagerada: un 49,6%.
La capacidad industrial se utilizaba en un 76,7% durante el pasado verano, frente a una media comunitaria del 81,4%. Los indicadores de que se dispone hacen pensar que se prolongará esa tendencia y, por lo tanto, proseguirá la destrucción de empleo en la industria española.
El sector se viene comportando de manera benéfica para el conjunto de la economía nacional pero altamente perjudicial para sus propios intereses en el tema de los precios. Los productos industriales, que en su mayoría son susceptibles de sustitución por los importados, suben a tasas anuales cercanas al 1% y contribuyen decisivamente a que la inflación no se dispare más allá del 5,5% ó 6%, porque los servicios y los bienes que no admiten el reemplazo de las importaciones siguen subiendo por encima del 10%. La industria ve cómo sus costes de producción aumentan al ritmo de los salarios, los impuestos y los gastos financieros, mientras sus precios de venta tropiezan contra el muro del «made in Taiwan» o el «made in Germany».
Es necesario fortalecer la industria si se quiere mantener una tasa de actividad suficiente para el desarrollo general de la economía.
Por ese camino se llega al fenómeno de la destrucción del tejido industrial que tanto preocupa y se apuntan para contenerlo soluciones que suenan a viejas ineficacias: fondos estatales para industrias que compensen la eliminación de puestos de trabajo en zonas en crisis. segundas, terceras o enésimas reconversiones sectoriales, leyes que definan una nueva política industrial. Pocos quieren darse por enterados de que es en los sectores en donde ha habido más regulaciones y más protagonismo de la Administración y de los Sindicatos en donde los resultados han sido más desfavorables.
Es necesario fortalecer la industria si se quiere mantener una tasa de actividad suficiente para el desarrollo general de la economía y si no se quiere ser víctima permanente del déficit comercial y las decisiones estratégicas tomadas demasiado lejos, pero el camino no pasa probablemente por leyes específicas y actuaciones concretas sobre el sector, sino por lugares comunes para cualquier actividad:
| Empresas | Actividad | Ventas (M. pta.) | Empleados |
|---|---|---|---|
| Ε.Ν.Ρ.E.T.R.O.L. | Petróleo | 76.636 | 5.570 |
| E.N.S.I.D.E.S.A. | Siderurgia | 68.942 | 27.143 |
| C.E.P.S.A. | Petróleo | 66.163 | 4.333 |
| U. Explosivos Río Tinto | Química | 49.084 | 11.654 |
| S.E.A.T. | Automoción | 48.034 | 30.335 |
| Dragados y Construcciones | Construcción | 38.313 | 31.157 |
| P.E.T.R.O.N.O.R. | Petróleo | 30.075 | |
| Altos Hornos de Vizcaya | Siderurgia | 29.414 | 13.953 |
| Astilleros Españoles | Constr. Naval | 28.953 | 19.618 |
| Standard Eléctrica | Mat. eléctrico | 25.065 | 20.212 |
| F.A.S.A.-Renault | Automoción | 24.321 | 16.357 |
| Petrolíber | Petróleo | 22.766 | |
| Ε.Ν.Α.S.A. | Automoción | 22.517 | 11.869 |
| Iberduero | Electricidad | 22.158 | 6.695 |
| Hidroeléctrica Española | Electricidad | 22.091 | 6.214 |
| Butano | Gas | 21.643 | 3.499 |
| Chrysler España | Automoción | 20.437 | 10.847 |
| Agromán | Construcción | 20.012 | 13.808 |
| Entrecanales y Tavora | Construcción | 18.600 | 14.300 |
| P.E.T.R.O.M.E.D. | Petróleo | 18.401 | |
| E.N. Bazán | Constr. Naval | 17.235 | 13.017 |
| Huarte y Cía. | Construcción | 16.005 | 11.565 |
| Michelín | Química | 15.377 | 10.379 |
| H.I.S.P.A.N.O.I.L | Petróleo | 14.732 | |
| Nestlé | Alimentación | 14.416 | 3.886 |
| Sevillana de Electricidad | Electricidad | 13.585 | 6.102 |
| F.E.C.S.A. | Electricidad | 13.378 | 6.372 |
| Motor Ibérica | Automoción | 13.109 | 6.458 |
| S.A. Cros | Química | 12.758 | 4.732 |
| Cía. Indust. Abastecimientos | Alimentación | 11.920 | |
| Río Tinto Patiño | Minería | 11.272 | 1.722 |
| Citroën Hispania | Automoción | 10.556 | 5.877 |
| Fomento de Obras | Construcción | 10.294 | 12.838 |
| Carbonell y Cía. | Alimentación | 10.184 | 1.055 |
| Unión Eléctrica | Electricidad | 9.638 | 4.023 |
| Productos Pirelli | Química | 9.445 | 5.858 |
| Firestone Hispania | Química | 8.719 | 5.103 |
| A.S.Τ.Α.Ν.Ο. | Constr. Naval | 8.536 | 6.080 |
| Cubiertas y Tejados | Construcción | 8.414 | 8.600 |
| La Seda de Barcelona | Química | 8.407 | 4.237 |
| Cía. de Industrias Agrícolas | Alimentación | 8.355 | 2.650 |
| Roca Radiadores | Aux. Construcción | 8.289 | 7.227 |
| La Papelera Española | Papel | 8.207 | 3.133 |
| S.A. Echevarría | Siderurgia | 7.500 | 5.030 |
| E.N.F.E.R.S.A. | Química | 7.292 | 2.178 |
| Laminaciones de Lesaca | Siderurgia | 7.218 | 1.823 |
| Babcock & Wilcox | Cons. Mecánicas | 7.000 | 4.912 |
| H.U.N.O.S.A. | Minería | 6.970 | 24.264 |
| E.N. de Celulosas | Papel | 6.873 | 1.994 |
| F.E.M.S.A. | Mater. Eléctrico | 6.612 | 6.405 |
| Siemens, S.A. | Mater. Eléctrico | 6.501 | 5.106 |
| Hoechst Ibérica | Química | 6.490 | 1.182 |
| Basf Española | Química | 6.483 | |
| A.E.G. Ibérica | Mat. Eléctrico | 6.443 | 3.438 |
| Philips Ibérica | Mat. Eléctrico | 6.353 | 1.272 |
| Uralita | Aux. Construcción | 6.316 | 4.345 |
| Concesionarios Coca-Cola | Alimentación | 6.165 | 4.786 |
| Acumulador Tudor | Mat. Eléctrico | 6.146 | 2.450 |
| Sarrió | Papel | 6.100 | 2.890 |
| H. A. Mercedes-Volkswagen | Automoción | 6.016 | 3.960 |
| G. E. Sanders | Alimentación | 6.008 | |
| E.N.D.E.S.A. | Electricidad | 6.007 | 3.666 |
| S. G. Azucarera | Alimentación | 5.961 | 1.998 |
| F.E.N.O.S.A. | Electricidad | 5.922 | 3.418 |
| A.C.E.P.R.O.S.A. | Alimentación | 5.780 | |
| E.N.H.E.R. | Electricidad | 5.643 | 2.756 |
| Real C. Asturiana de Minas | Minería | 5.628 | 3.214 |
| Esteban Orbegozo | Siderurgia | 5.533 | 2.634 |
| Nueva Montaña Quijano | Siderurgia | 5.306 | 2.783 |
| Asturiana de Zinc | Metalurgia | 5.268 | |
| S.N.I.A.C.E. | Química | 5.176 | 2.995 |
| C. Auxiliar de Ferrocarriles | Cons. Mecánicas | 5.156 | 3.957 |
| Fosfórico Español | Química | 5.134 | |
| Elosúa | Alimentación | 5.132 | |
| Ulgor SCI | Material Eléctrico | 5.090 | 2.763 |
| Aiscondel | Química | 5.001 | 2.559 |
| General Eléctrica Española | Material Eléctrico | 4.964 | 4.811 |
| Distribuidora Industrial | Química | 4.942 | |
| Orbaiceta | Material Eléctrico | 4.866 | 3.745 |
| Victorio Luzuriaga | Constr. Mecánicas | 4.783 | 3.136 |
| S. A. El Aguila | Alimentación | 4.719 | 3.558 |
| S. C. Agropecuaria de Guissona | Alimentación | 4.710 | |
| S. General de Obras y Constr. | Construcción | 4.707 | 4.969 |
| Material y Construcciones | Cons. Mecánicas | 4.701 | 3.957 |
| Asland | Aux. Construcción | 4.687 | 1.735 |
| A.E.L.E.S.A. | Alimentación | 4.614 | |
| Torras Hostench | Papel | 4.605 | 2.004 |
| Koipe | Alimentación | 4.531 | |
| Vidrieras Españolas | Aux. Construcción | 4.511 | 3.789 |
| S. A. Fibras Artificiales | Química | 4.472 | 2.524 |
| Pedro Domecq | Alimentación | 4.459 | |
| S.A. Ferrovial | Construcción | 4.327 | 3.442 |
| Asfaltos Españoles | Petróleos | 4.316 | |
| Solvay | Química | 4.298 | 2.340 |
| M.Z.O.V. | Construcción | 4.280 | 6.048 |
| Cristalería Española | Auxiliar Construc. | 4.251 | 3.306 |
| R.E.P.O.S.A. | Química | 4.231 | |
| José M. Aristrain Madrid | Siderurgia | 4.187 | |
| Ibérica de Electrodomésticos | Mat. Eléctrico | 4.136 | 2.0421 |
| Calatrava | Química | 4.123 |
A palabra «patrimonio» referida al conjunto de bienes artísticos muebles e inmuebles, aunque burocratizada y hasta metalizada por el uso cotidiano de mucho tiempo atrás, define muy bien, en principio, la realidad que significa. Porque, efectivamente, se trata de un depósito heredado de los padres, que está ahí para suelo de nuestras vidas. Y su primer plano de referencia es algo material: una riqueza. Una riqueza en sí misma, o riqueza por su consideración socio-cultural.
Así han venido funcionando las cosas en términos generales, y así son contempladas no sólo desde el punto de vista jurídico o político y social, sino también en el plano de la cultura funcional. Esto es, en el plano de la cultura en su acepción antropológica: las concepciones, ideas y valores -y sus estereotipos- en un momento dado de la historia de una comunidad política. Y así ha sucedido que ese viejo «patrimonio» al igual que cualquiera otra herencia de nuestros mayores ha sido aceptada o no, según la valoración que se ha hecho de ella: los chamarileros, los compradores de papel viejo y la pala mecánica son testimonios de ese rechazo. Incluso si quienes se desprendieron de esos bienes no valiosos, los ven luego revalorados o se ven atados a ellos que alguna otra consideración.
Ahora bien, estamos en un tiempo, en una cultura, en la que es todo el «patrimonio>>> humano, toda la historia los que se revelan como no valiosos e incluso como repudiables.
Ya no se trata de que el mismo proceso de la historia y de la cultura y de la vida, se vaya asentando sobre la realidad, y abriéndose paso en ella sobre lo anterior, o junto a ello, o incluso enterrándolo: una catedral gótica está construida sobre otra románica, asentada a su vez sobre una iglesia visigótica o sobre un templo pagano. El fenómeno puede disgustarnos profundamente y de él podemos extraer connotaciones muy negativas acerca del sentido artístico o del grado de intolerancia, o de la pésima solución dada a las necesidades culturales y hasta económicas de un tiempo dado. Pero cada etapa histórica y cultural se presenta con una absoluta contundencia, y todas <«las modernidades>> han arrasado siempre: hacen sus cuentas con el pasado y, para usar un símil en torno a una categoría freudiana, diríamos que solucionan así su complejo edípico.
Pero las cosas fueron muy diferentes hace doscientos años, con la llegada de las «Luces>> o de la llustración, de lo que entendemos por modernidad, exactamente: el mundo y la vida, la historia y toda la realidad material o cultural regidas por la Razón. Las cuentas que entonces se saldan no es a propósito de una parcela de la vida, el arte, la historia o la realidad, no es una nueva visión de las cosas: son las cuentas con la historia anterior entera, y con la realidad entera vistas desde la instalación del «yo» como sujeto, alumbrado por la Razón. Y la devaluación radical y definitiva de todo un tiempo y un universo pasados que no podían ser sino de tinieblas, porque no habían estado iluminados ni medidos por la Razón.
Estamos en un tiempo. en una cultura, en la que es todo el «patrimonio» humano, toda la historia los que se revelan como no valiósas e incluso como repudiables.
El patrimonio que se nos había legado tenía que liquidarse no sólo porque era recuerdo de ese inútil pasado, sino porque en sus mismas ruinas y desechos, y hasta en ese recuerdo y en su moho, alentaban o podían alentar fantasmas e íncubos: lo irracional en suma. Y la regla de esa Ilustración según una fórmula de Hegel -quien luego iba a percatarse en seguida de algunas de sus radicales oquedades o insuficiencias- es ésta: «Todo lo racional es real, todo lo real es racional». De modo que es excusado insistir en que el mundo del arte, la religión o la poesía quedaba absolutamente radiado o tendrá que revalidar su mismo derecho a existir, acordándose con las reglas de «lo racional», «lo ello» positivo y mensurable. Pero, en el ámbito de lo que hoy se llama «post-modernidad», las cosas han ido más allá en este sentido: no sólo el hombre no recuerda, ni tiene que ver nada con la memoria del pasado, sino que no quiere tener que ver nada, y toda enunciación de ese pasado o demostración del mismo se haría revistiéndolo de las categorías del presente: como pastiche o espectáculo, como juego de formas o estructuras, desposeído de significado y narración, y también de cánones de belleza. Shakespeare o Cervantes resultan, así, maestros de formas; y la belleza real o el valor real de una Virgencita de Filippo Lippi estaría en la perfecta composición geométrica del cuadro matemáticamente demostrada, en la acercada volumetría y en la coloración según los cánones del nuevo arte comunicativo: el cómico o el cartel.
Philippe Sollers ha visto recientemente muy bien el juego perfecto de este estado de cosas. El escritor cree que estamos adentrándonos en un estado de una Gran Tiranía anónima, que por lo demás, no sería otra cosa que la situación objetiva y el mero estar ahí de un modo, que Friedrich Nietzsche, o el loco en su sermón, pronosticó ya hace un tiempo: la situación «post-mortem Dei», seguida implacablemente de la muerte del «yo» del hombre a quien toda una cultura: la «postmodernidad» precisamente, invita a una feliz eutanasia, a una indolora muerte, mediante la a-ilustración. Y el proceso de esta a-ilustración ya está muy avanzado, nos resulta perfectamente banal, como se deduce de estas mismas palabras de Sollers, que constituyen no más que una descripción de lo que es cotidiano ya: «Llega (el Tirano)» y dice: «Ahora la historia se acabó». Y ya hay filósofos que teorizan el fin de la historia. No se prohiben los libros pero se pone atención a que se lean cada vez menos. Y es lo que se hace». Podemos añadir que incluso mediante campañas de lectura, producción masiva e indiscriminada, técnicas del best-seller, etc. se propaga un analfabetismo a través de la droga, del sexo, del «panem et circenses)», y esto se hace por medio de la televisión que debilita el espíritu crítico de los esclavos. Después se intenta esconder los testimonios de la cultura precedente, precisamente como hicieron los nazis o los estalinistas, guardando celosamente las cosas que tienen un valor (porque el Tirano sabe lo que tiene valor y lo que no lo tiene). Se trata de hacerlos desaparecer prácticamente porque por el solo hecho de existir acusan al Tirano. En su lugar, se crea un arte para el pueblo, un arte extremadamente simple, publicitario, estereotipado. La imagen televisiva sustituye a la pintura, el eslogan al gesto interior».
Los Tiranos —dice— odian particularmente el testimonio que supone la pintyra. porque en un cuadro hay una tal concentración de experiencias sensibles. históricas, de memoria, de vida, que podrían hacer a cada instante que el hombre se interrogara sobre esas imágenes planas.
El lenguaje se estereotipa con la asistencia académica y de expertos, atentos a su exclusiva corrección formal, y se estereotipan las mentes, se corta el lado entre pensamiento y lenguaje por un lado, y vida y realidad por el otro. Pero todavía es más atroz el exilio de nuestra mirada, como lo es el de nuestro oido, forzado a escuchar de la mañana a la noche no ya musiquillas comerciales e intrascendentes, sino los primigenios y sacrales sonidos de la horda, que acompañan a letras de desprecio a toda cultura y valor, o sea la expresión del estar por encima del bien y del mal. Y volveré a Sollers un momento todavía para decir que ha visto muy bien que es especialmente en el arte plástico y concretamente en la pintura, en el plano de cosas en que se juega nuestra supervivencia como hombres: «Los Tiranos-dice-odian particularmente el testimonio que supone la pintura, porque en un cuadro hay una tal concentración de experiencias sensibles, históricas, de memoria de vida, que podrían hacer a cada instante que el hombre se interrogara sobre esas imágenes planas, sin profundidad, sin sensualidad, sin amor, que se le ofrecen». Y cierto es.
Todo esto quiere decir, entonces, que lo que llamamos «patrimonio» es algo más y mucho más que un conjunto de valores económicos y se supone que culturales en el sentido tanto antropológico como ornamental de la palabra: quiere decir que de su aceptación o su rechazo-o «recylage» según la doxa post-moderna depende nuestra libertad o esclavitud, nuestra pervivencia como hombres, la capacidad de interiorizar y simbolizar el mundo para poder vivir, que es en lo que realmente consiste la cultura humana.
Ahora bien, los poderes públicos están ante el mismo dilema que cada uno de nosotros: o declararse agnósticos y neutros ante esta situación de ejecución o eutanasia del «yo» del hombre y de la cultura humana, que es tomar ya partido por el Tirano anónimo que trata de liquidarla, o entrar en liza en este asunto del lado de la memoria, el significado, el universo entero de la cultura y de la vida que se juega en estas pinturas, esculturas, edificios, música o libros del pasado. Es decir, que se trata de una cuestión política o de los hombres y las cosas que están en una «polis» y viven civilmente, o de un hato de huestes productivas simplemente con buen pienso.
Y éste es, por lo tanto, el problema o la cuestión que se plantea a la comunidad política de Castilla y León: en una cultura de masas, en la aldea global, nadie queda eximido de este radical dilema a que me he referido. Y cada tierra tiene naturalmente su pasado, y las generaciones de cada comunidad han dejado a las siguientes su patrimonio, pero como de repente, nos hemos percatado de que en esta tierra y en esta sociedad nuestra ese «patrimonio» es tan enorme, que ciertamente nos desconcierta, Generaciones anteriores a la muestra, no sólo en virtud de los estereotipos de su tiempo: la ilustración, por ejemplo, y las medidas desamortizadoras, de un burocratismo plano y analfabeto o a-ilustrado, sino también sobrepasados por la enormidad de ese patrimonio, lo pusieron en almoneda, lo abandonaron a su suerte, lo esquilmaron y destruyeron. Pero aún así, lo que ha sobrevivido y lo que refulge o nos avergüenza ahora mismo desde su situación de ruina es una realidad enorme, compleja, desconcertante. Y, sin embargo, eso es lo que todavía puede garantizar y salvaguardar nuestro vivir como vivir humano, y desde luego también lo que va a definir nuestro vivir de un modo determinado y diferente a otros vivires y sentires, lo que es exactamente el pluralismo: la condición y estructura cultural «sine qua non» de una civilización no babélica, que siempre es una civilización uniforme y plana, de la boca de cuyos hombres salen las mismas palabras y cuyos cerebros segregan los mismos estereotipos y las mismas banales emociones dirigidas afectan a sus vacíos sentimientos.
Y no es preciso hacer aquí, ahora, un recuento y un análisis de una cierta historia y una cierta antropología nuestras, ni siquiera en el plano de cosas en que ese agua pasada todavía muele molino, porque la historia no pasa en balde y nos ha conformado; pero sí es importante reparar —para, entre otras cosas, ver cómo se adensa más y más ese concepto de «patrimonio» en torno al cual hago este discurso— en unos cuantos aspectos: obvios ya algunos y otros menos subrayados, que nos descubren en qué medida el patrimonio de nuestro pasado, todo ese universo cultural que modeló la materialidad misma que hemos heredado, es algo importante y decisivo en esta precisa hora de vida o la muerte del «yo» del hombre y su espacio cultural que he enunciado más arriba.
Evoquemos, desde luego y aunque sea de pasada, la Castilla europea y la Castilla oriental, y su entrecruce que en estas tierras de Castilla y León ha dado lugar a un arte singular y realmente propio.
Evoquemos, desde luego y aunque sea de pasada, la Castilla europea y la Castilla oriental, y su entrecruce que en estas tierras de Castilla y León ha dado lugar a un arte singular y realmente propio: todos los mozarabismos y mudejarismos, tras cuyas espléndidas y maravillosas formas se encierra todo un irenismo y una síntesis de culturas que en el resto del mundo -al igual que ocurre con los hombres a ellas pertenecientes no ha sido posible maridar, mientras que entre nosotros ofrecieron, además de esos esplendores artísticos, toda una antropología que va desde el «habitat» a la conciencia y la lengua o los sueños: las mismas imágenes desiderativas del conocimiento o la esperanza, imágenes de desierto, monte pelado, lujuriante jardín, castillo de cristal en el aire. Fábulas orientales que se alzan en medio de la romanidad, como un ventanal gótico puede dar entre nosotros al corral de un morabito, y un corredor de casa judía a una huerta de monjas, o una muchacha cristiana lleva en su ajuar el libro de los salmos en árabe. Los aspectos de esta plural convivencia-incluso los más externos- todavía, hoy parecen resultar imposibles, y aquí se dieron ampliamente hasta que la combinación de la teología europea antisemita y del giro de intereses políticos y económicos del naciente capitalismo y de los Estados nacionales dio al traste con ellos. Y, así las cosas, diré que la nueva enunciación de Europa y de la modernidad no son, en sí mismas, enunciaciones que a cualquier español -y menos a un castellano que conozca su historia- le pueden fascinar demasiado: en otro tiempo, fueron nuestra desdicha simplemente, incluída la política y la económica, y desde luego la ruina y el aplastamiento de nuestra cultura. O su silenciamiento.
Sólo ahora descubrimos, en efecto, algo tan importante como que en España y el aporte de esta tierra nuestra fue en ello de proporciones y de significación cualitativa aplastante- se da el único pensamiento exento de antisemitismo, del que no están libres por cierto ni los pensadores más decisivos de la modernidad europea: de Hegel a Marx, pongamos por caso. Y ésta es la hora de percatarnos de que el gran fenómeno de la aparición del «yo» en el sentido existencial, el «yo» de lo que llamamos modernidad, ha nacido aquí, en la extraordinaria y trágica aventura de los conversos o «marranos» y en la de los místicos. Ese «yo» precisamente al que la «post-modernidad» invita a la anestesia, primero, y luego a una dulce muerte o irrelevancia, a cambio de muchas supuestas felicidades.
Lo que se nos ha legado tiene una sólida entidad estética en si mismo, y está ligado a todo ese acontecer de la inteligencia v de los adentros o conciencia histérica.
Y ésta grandísima aventura de esa aparición de un tal «yo» -esa conciencia que nace en la agonía de vivir entre dos fes y dos culturas, y en la lucha por la identidad por parte del converso; la experiencia de la búsqueda de lo Real después de la otra experiencia del no-ser del mundo por parte del místico; o la conciencia de la soledad y de la existencia sin tú absoluto, replegada a ese no-ser y tratando de ajustarlo a razón y geometría en el spinozismo-también nos ha entregado su rastro estético y material al que asirnos precisamente. Y esto es «un patrimonio»: es decir, nada que tenga que ver con antiguallas y chamarilería más o menos relucientes o valiosas desde cualquier punto de vista instrumental. Lo que se nos ha legado tiene una sólida entidad estética en sí mismo, y está ligado a todo ese acontecer de la inteligencia y de los adentros o conciencia histórica que es de tan radical importancia, como advierto: por eso podemos decir: «yo», o sabemos que sólo el «sermo communis» o habla viva, carnal y no reglada puede enunciar la realidad -que tal es la singularidad del pensamiento renacentista de Vives y Luis de León y del hebraismo que cuaja en Salamanca-; y en Avila se alza un gesto de autoconciencia en las actitudes monásticas de Teresa de Jesús, que luego se desplegará en Port-Royal, cien años después, y es la primera eclosión en el Occidente de la afirmación de la conciencia civil frente a los poderes y dominaciones de cualquier clase. Y su traducción estética será en un arte pobre y minúsculo, soberano, que nos sobrecoge o interpela soberanamente.
Vistas así las cosas -y creo que otra mirada más banal no merece un minuto de nuestra reflexión- nos enfrentamos a los problemas históricos y materiales y a los de decisión cultural y político que ese patrimonio plantea.
Vivimos en una cultura secular, y lo primero que echamos de ver en el patrimonio histórico que hemos recibido es que éste está constituido en una proporción aplastante por la herencia y el legado de una cultura religiosa, lo que no plantea ningún problema teórico si se está convencido de todo lo que va expuesto hasta aquí pero sí plantea cuestiones prácticas y de no pequeña entidad.
Ahí están, por lo pronto, las catedrales: sin duda alguna, uno de los legados histórico-artísticos y espirituales más ricos y llamativos. Se sostienen mal que bien, aunque algunas tienen graves problemas. Ha desaparecido el mundo -incluso el cristianismo histórico en que nacieron, y desde luego ha desaparecido todo el ámbito de estructuras tanto eclesiásticas como políticas y económicas en que su vida se desarrolló plenamente. Todavía, en la inmensa mayoría de ellas, se celebra el culto o se celebran las horas canónicas, pero muy lejos del antiguo esplendor e incluso no siempre en la forma deseable, porque no existen medios económicos para hacerlos; y, a medida que pasan los años por estos edificios casi milenarios y a veces poco o nada consolidados o renovados salvo por puras obras de sostenimiento, esos medios económicos disponibles en las Iglesias no van a ser suficientes para evitar serios deterioros.
¿Qué se hace, entonces, con las catedrales?. Si un día no lejano por razones incluso teológicas o pastorales, porque-como decía- no estamos ya en un cristianismo de catedrales, o no puede materialmente afectarse unos eclesiásticos a su servicio, resultan más y más deterioradas, ¿estarían destinadas a convertirse en ruinas?
Las catedrales pertenecen a las Iglesias -católicas o reformadas- y son ellas lógicamente las que de manera fundamental deben diseñar su cometido.
Ciertamente, los Estados de cualquier color ideológico -incluidas las recién derrubadas democracias populares- o, de todos modos, fundaciones privadas de carácter cultural han venido contribuyendo a la conservación de estos templos y de otros por todo un cúmulo de razones: su valía artística, el prestigio cultural, la disponibilidad de un espacio que otorgue magnificencia a los propios fastos civiles, o el turismo. Pero es evidente que actitudes de este tipo, sin duda de una tal imprescindibilidad que en buena parte sólo en gracia a ellas esos edificios siguen estando ahí, no hacen sino prolongar la materialidad de la catedral y su vida menguada, su condición equívoca: a medias entre templo de actividad religiosa disminuida y precaria, y museo o lugar notable de visita turística en una ciudad. Y, así, en su realidad más profunda, la catedral que nace en la historia como templo y lugar de ocio y contemplación civil, que es un edificio diseñado civilmente y costeado por el obispo y los munícipes, los comerciantes y burgueses con una idea desde luego teológica, pero de teología civil y no monástica -la catedral gótica, se entiende porque el gótico es el estilo de la mayor parte de ellas, aunque estén construidas sobre o queden al lado de un antiguo edificio románico de concepción muy distinta- puede decirse que agoniza en esta otra sociedad civil y no sólo ya sin teología, sino sin una entidad cultural que sea entitativa o teleológico.
Desde luego, las catedrales pertenecen a las Iglesias -católicas o reformadas- y son ellas lógicamente las que de manera fundamental deben diseñar su cometido. Pero el poder civil sin duda que algo tiene que decir, incluso mucho, si verdaderamente no se considera neutro o no desposa los propósitos de esa Gran Tiranía de que habla Philippe Sellers, o los designios de la «post-modernidad» respecto a la liquidación de la historia, la memoria, la comunión con los muertos, el legado colectivo, la siempre subersiva condición de la belleza, el «yo» de los hombres en suma, la cultura en el sentido fuerte de la palabra. De manera que ese poder civil tiene que hacerse algunas preguntas que, naturalmente, se mueven en este plano de seriedad cultural y en modo alguno entre las ya carcomidos esquemas de las guerritas entre el papado y el imperio, los confesionalismos y laicismos, y todas las otras concepciones o las otras actitudes y sentimientos epigonales de los enfrentamientos del pasado, o de ahora mismo: un instante en que estas cuestiones todavía están ahí.
Y algunas de estas inexcusables preguntas son: ¿Le es indiferente al poder Civil, desde el mero punto de vista Cultural el deterioro y muerte de la vida de la Catedral? ¿Estima que la catedral: todo un microcosmos, una entidad cultural en sí misma, en su materialidad artística y en su eventual despliegue Cultural es algo que cuenta para los ciudadanos al margen de su confesionalidad o aconfesionalidad? ¿Piensa, por el contrario que la catedral debe ser despojada de sus iconos valiosos y que estos deben ser integrados en museos civiles donde hablen el puro lenguaje artístico -suponiendo que puedan articularlo allí- al margen de su significado y la razón misma de su existencia, que fue y sigue siendo teológica?
Para contestar, hay que volver, desde luego, a la filosofía de la cultura, y responder en último término a la pregunta de lo que se entiende por cultura y si ésta, desde el mismo hecho del lenguaje significativo para arriba, puede darse sin un referente trascendente o su oquedad, que debe quedar ahí no disimulada o falseada.
Y lo que ocurre, como ha mostrado G. Steiner en su crítica del desconstruccionismo secular, es que el asunto es eminentemente práctico. Se plantea con igual radicalidad a propósito de la catedral que a propósito de la conservación de una tabla de Modigliani, de un oratorio de Bach y su interpretación, de una sonata, o de la configuración de un «habitat», o un paisaje. Es toda una mirada sobre el mundo, un modo de ser hombre libre o esclavo el que se juega cuando se conservan y utilizan, o cuando se dejan perecer o se destruyen o minoran esas cosas, y Jean Marie Couturier tiene razón cuando apunta en su diario que quienes se alzaron contra Hitler sabían muy bien que defendían un modo de vida en el que fuesen posibles Chagall y Picasso, que necesitan el mismo humus cultural de amor al sueño, a la belleza y a la vida tranquila y rodeada de incitaciones a vivir que esos edificios con paredes de cristal de colores y maravillosos rostros e historias que son la catedral, la iglesia, o el pequeño «bistrot» pintado por Utrillo, y la charla de la solana. No hay otra civilización, no hay que engañarse; y la doxa de la post-modernidad no es más que hitlerismo con levita democrática o hasta descaradamente «de pantaloncito corto». Como en los sueños de los dictadores de Bermanos: enviar a los pueblos al colegio, y allí el dómine con la consigna y la palmeta. Ni un día de novillos, ni un garabato en los cuadernos.
Ya tenemos experiencia. Cuando se pierde una palabra, se pierde todo un mundo de sensaciones y vislumbres a ella asociados, y el hombre se empobrece, y cuando un lenguaje se convierte en plano o instrumental, meramente comunicativo estamos ya en el nivel de la animalidad y resultamos incapaces de pronunciar más que palabras o más bien gritos guturales, ordinariamente de cuatro letras y dos sílabas en el amor o en la política. Pero cuando nuestros ojos y oídos quedan sin imágenes o sonidos, hermosos y sensuales, es que estamos en una granja. Y la gran trampa es que se nos plantea o se nos pinta nuestra situación como una especie de nudo gordiano: tenemos que perder algo en gracia a las exigencias del tiempo, de las perentorias necesidades económicas, «la nueva teología», o los «teogonomás» como se les ha llamado. Pero claro está que este es un planteamiento artero de las cosas, que no tiene cabida alguna un Estado que siguiera considerando la economía política como una parte de la moral: el modo y manera de solventar las necesidades de la «polis» o comunidad, y despose la filosofía de la cultura que aquí queda descrita. Porque otro tipo de poder, se vista como se vista, ya sabemos lo que es.
Cuando se pierde una palabra, se pierde todo un mundo de sensaciones y vislumbres a ella asociados, y el hombre se empobrece.
Ahora bien, lo que es cierto es que como en esta visión de la cultura se trata del hombre y de las necesidades humanas -entre ellas la cultura- trata la economía política, también en este orden de valores culturales a mantener y a sostener, en medio de un inmenso legado de ellos como es el de Castilla y León, se impone una categorización, insoslayable en sí misma, e insoslayable en relación a los medios económicos o incluso al disfrute mismo de ese patrimonio en su lugar, en su entorno. Y un lugar y un entorno que, como siempre ha ocurrido esas mismas obras de arte han ayudado a vivificar, porque los hombres siempre han empleado su tiempo y su dinero en peregrinar y buscar cosas hermosas que ver, oír o leer. Sólo el necio a-ilustrado y feliz que está naciendo está también comenzando a satisfacerse con la enorme fealdad y el enorme gusto insípido no sólo del estilo de vida, sino de las alegrías de éste -que se niegan en una nueva oleada de puritanismo laico y secular- y hasta de la cocina, convertida perversamente manierismo gastronómico, como en todas las épocas alejandrinas y para avivar desfallecidos apetitos de vegestorios, desde Patronio para acá.
Pero ¿quién categorizará y como se categorizará, para salva y conservar, y para dejar a la ruina del tiempo lo que el tiempo debe llevarse en sus cambios?
Es algo que no podrá hacerse tampoco sin acudir a esa reflexión cultural en que estamos embarcados. Pero es obvio que hay valores estéticos y artísticos difícilmente discutibles, y hay pasiones o preferencias por la arqueología y las antiguallas, pero son otra cosa: un «paché mignon». Y es obvio que la razón y la prudencia, la lucidez y la preocupación por el hombre y lo humano como primer valor y categorías como las de memoria histórica y amparamiento del «yo» u ofrecimiento de belleza no parece que unidos y sopesadas con otras categorías funcionales e incluso aspectos económicos, naturalmente pueden ocasionar desastres.
Lo que llamamos «patrimonio» histórico, cultural y artístico. no es simplemente un cumulo de bienes materiales y artísticos con finalidad de prestigio ornamental o estudio.
Pero la discusión de estas cuestiones queda al margen de mi discurso: un discurso sólo tendente a mostrar que lo que llamamos «patrimonio» histórico, cultural y artístico, no es simplemente un cúmulo de bienes materiales y artísticos con finalidad de prestigio ornamental o estudio, sino una materialidad en la que en este instante preciso de la cultura se juega la suerte de ser hombre y, como decía, la subsistencia misma de la cultura en su sentido fuerte.
Con esto está dicho, que la recepción de ese patrimonio no se limita a su conservación, sino que debe extenderse a su revivificación: esto es, a hacerlo «re nostra». Y una pretensión así escapa, como es lógico, a las posibilidades de los poderes públicos, pero no en la base o en los cimientos de esa empresa, porque obviamente sólo los poderes públicos están en posibilidad de hacer dos cosas esenciales al efecto: 1) hacer posible con un plan de funcionalidad que ese viejo legado artístico entre en el circuito de los intereses reales y de la vida cotidiana de las gentes, en cuanto lugares de disfrute cultural y generadores de un entramado social y económico; y 2) defendiendo por todos los medios unas cotas de educación para ser hombres que no sólo permiten el acceso normal a ese disfrute de los sentidos y sus contenidos de belleza, sino que den a entender con toda contundencia que la suerte del hombre-su libertad o su esclavitud- está ligada a esa belleza y a ese misterio artístico, como está ligada al libro. Lo que supone una verdadera cultura democrática, una enseñanza democrática en la que todo es para todos los que lo deseen, sabiendo muy bien lo que se juegan con su renuncia.
La cuestión del arte, la cuestión de la memoria, la cuestión del «yo» son cuestiones políticas y sociales en el sentido más fuerte, dice con razón Steiner.
Eso fue lo que constituyó la primera gran revolución ilustrada de la historia: la de la ilustración griega que consistió en que cada ciudadano, pobre o rico, campesino o urbano, comenzó a preguntarse si él también no podría granjearse «sophia» y «areté» como esos pocos ciudadanos que las mostraban. Y eso hizo la grandeza griega, incluso desde el punto de vista político. Y a propósito de las artes lo que hay que recordar es que la palabra misma de «artista» es solamente un trucaje, una púrpura que Marsilio Ficino colocó contra hombres despreciados en su tiempo porque no pertenecían a la élite de las letras y el discurso filosófico: eran «los artesanos» que trabajando la materia pintaban y esculpían, o edificaban. Y hay que recordarlo porque no sóla una estúpida e insultante demagogia quisiera hacer pasar por lujo burgués lo que es primera necesidad humana: la belleza, el cuidado de ese legado de los muertos, sino también porque como quedó apuntado en las palabras, a que me referí más arriba, de Philippe Sellers, lo que se ofrece a las gentes es un «arte» plano y vacío, lleno de fealdad y poder de estupidización. Como toda promesa.
Obviamente, tampoco en este caso, el poder público puede ser neutro o agnóstico, la cuestión del arte, la cuestión de la memoria, la cuestión del «yo» son cuestiones «políticas y sociales» en el sentido más fuerte, dice con razón Steiner. El hecho de cultivar y de mantener recuerdos comunes permite a una sociedad conservar un contrato natural con su pasado. Y es más: la memorización asegura la salvaguarda del núcleo de la individualidad. Lo que queda grabado en la memoria -y por lo tanto susceptible de ser recordado- garantiza la estabilidad del yo. Las presiones exorbitantes de la política, el detergente que constituye el conformismo social no pueden hacerlo desaparecer. En la soledad, pública o privada, el poema rememorado, la partitura ejecutada en el interior de sí mismo, son los guardianes que nos permiten recordarnos de lo que resiste, de lo que debe permanecer inviolado en nuestra «psique», y no hay una memoria tan vasta y profunda, con tantos ecos y resonancias como la que provocan la casa, la iglesia, la pintura o la escultura, el «habitat» de ayer y de hace mil años, ni que, por lo tanto, nos afirme tanto en nuestro ser nosotros. Y al menos, tenemos por un cabo -el más preciado- el lienzo de nuestro destino mientras seguimos tejiéndolo: sabemos de donde venimos y tenemos un suelo.
1. Si nos referimos al Sector Eléctrico, que es el que más interesa desde el punto de vista de las ingenierías, el hecho fundamental es que se ha elegido una solución de bajo perfil inversor para las nuevas necesidades de generación, lo que trae consigo un volumen de trabajo reducido en las áreas de ingeniería, construcción y bienes de equipo. La contrapartida a la baja inversión en equipamiento es que la componente en el coste final del Kw/h relativa al combustible va a ser muy elevada. Esta circunstancia incide negativamente en la balanza exterior, al haberse previsto aumentar el consumo de carbones de importación y sobre todo de gas natural. Es obvio que el sector de ingeniería, importante como apoyo a la industria para competir en el exterior en grandes proyectos, no se ha visto favorecido por el PEN. En definitiva, la carencia que encontramos es que no se utilicen las inversiones necesarias en infraestructura energética para apoyar a sectores estratégicos que contribuirían, además, a reducir la creciente dependencia exterior.
2. Digamos que es opinable. Se ha puesto difícil definir una política energética a corto y medio plazo que no plantee problemas reales o contestación pública. El gas tiene la ventaja de un menor impacto que otros combustibles fósiles sobre el medio ambiente, instalaciones no muy intensivas en capital y menores plazos de ejecución de los proyectos. Es una buena solución para vivir al día posponiendo otras opciones más polémicas y por ello en las circunstancias actuales se ha puesto de moda, y no sólo en España. Evidentemente, participa de todos los problemas del mercado mundial de hicrocarburos y algunos más. A este respecto va a proceder en gran proporción de áreas inestables, si bien los que defienden esta política argumentan que el que fluya el gas será tan importante para el suministrador como para el receptor. La cuestión está en si eso nos ofrece una garantía suficiente.
3. En el momento actual existe un problema de opinión pública, no sólo en España sino también en otros países, que desaconseja forzar un relanzamiento decidido de los programas nucleares. No obstante, la mayor parte de los expertos están de acuerdo en la necesidad de la energía nuclear a medio y largo plazo. En ese sentido se viene trabajando en fórmulas de colaboración internacional, orientadas a preparar la siguiente fase de construcción de centrales nucleares. Estos hechos se reconocen expresamente en el PEN, y también la necesidad de que España colabore en los desarrollos que se están llevando a cabo en otros países. Lo que no es consistente con lo anterior es que el PEN mantenga la paralización de Valdecaballeros. Se trata de una central nuclear de tecnología actual, con fuertes inversiones ya realizadas y cuya producción se requiere hacia el año 95-96, que es precisamente cuando podría estar terminada. Adicionalmente, la continuidad de Valdecaballeros sería un balón de oxígeno para nuestra industria nuclear.
Se podría decir que las consecuencias del acierto o desacierto en el diseño de una política económica dependen, básicamente, de la distancia que haya desde el punto de partida al de «no retorno» y del volumen de recursos, humanos y económicos, que sean necesarios entre uno y otro punto. Así, la opción por una política compensatoria, cuando la primera crisis del petróleo en 1973, culminó en el caos económico de 1977, con un desequilibrio exterior insostenible y unas tasas de aumento de la inflación y de los salarios, en términos anuales, del orden del 25%. Algo parecido podría decirse —desde un punto de vista estructural— de la política económica que pone en práctica el PSOE al llegar al poder en 1982, que, con la excepción del conjunto de medidas de Boyer en 1985 y pocas más, sigue las líneas socialistas del Estado de Bienestar.
Esas líneas de forma resumida podrían esquematizarse así: presión fiscal indiscriminadamente creciente sobre las rentas; gasto público imparable, al considerar premisa ideológica la prestación de servicios públicos por el Estado, casi en exclusiva (los asalariados del sector público han pasado de 1,5 millones a comienzos de la década a 2,1 en el año actual), y resistencia a aceptar el principio de la eficaz reasignación de los recursos —tanto en la reconversión industrial como la crisis bancaria— trasladando el coste de las mismas al conjunto de la sociedad por la vía del pacto y del consenso. Con tal lentitud, además, que en el terreno industrial siderurgia, fertilizantes, textil, naval, carbón, etc. se nos ha agotado el tiempo, al menos en el sentido de que Bruselas nos está poniendo límite a las ayudas estatales. En medio, el Gobierno socialista impuso con su mayoría parlamentaria en 1984 un Plan energético que ha producido más costes que beneficios; y, como colofón, nos encontramos a las puertas de 1993 con una imposición sobre las rentas del trabajo y del capital que, como reconoce el propio Instituto de Estudios Fiscales, no es competitiva con las comunitarias.
Pues bien, cuando falta menos de un año para que se cumpla una década de Gobierno socialista, nos amenaza con un proyecto de Plan Energético Nacional (PEN) que puede dejar pequeños todos los lastres y desajustes económicos que ha introducido en la modernización del tejido de la economía española —y en definitiva en su competitividad— la política económica del PSOE. Esta afirmación ni es pesimista ni es infundada. Es, simplemente, realista. En el gráfico que acompaña estas líneas, el lector podrá comprobar los graves problemas que evidencian los datos reales de nuestra economía, tanto en sus fases de alto crecimiento como en las de menor actividad que estamos viviendo ahora. El gráfico fundamental es el que registra la evolución del producto interior bruto real español en comparación con el correspondiente a la media ponderada de los países cuyas divisas se encuentran en la banda estrecha del SME: a mediados de 1991 nuestro crecimiento económico real era prácticamente idéntico a la de la media de estos países.
EL PEN español -que va a condicionar la producción y la demanda de las necesidades energéticas españolas- se mueve en una línea claramente distinta, en algunos aspectos opuesta, a la flactor del PIB, que constituye la medición que han diseñado o están diseñando los países más industrializados del mundo.
¿En dónde está entonces el drama de la economía española? Sencillamente en el demás realista y representativa de la inflación que padece una economía. Ello es lo que explica que la tasa de crecimiento del PIB español, en pesetas de cada año, se encuentre mucho más separada de la tasa de variación real que en el caso de los países del SME. El gráfico inferior no hace más que registrar una de las causas fundamentales de los desajustes entre los datos monetarios y los reales: la elevada tasa de crecimiento de los costes del trabajo por unidad producida. Digamos finalmente, en esta breve radiografía, que la situación en 1991 es bastante peor, en términos macroeconómicos, que la de 1988; ya que si bien la distancia que separa las tasas del PIB nominal y de los costes unitarios del trabajo entre España y el SME se ha reducido, el crecimiento económico real se ha igualado, debido exclusivamente a la caída de la tasa de crecimiento real de la economía española. Por lo que se refiere al deflactor del PIB estamos hoy como hace cuatro años.
| Países | 1970 | 1990 |
|---|---|---|
| Bélgica | 98,1 | 47,7 |
| Dinamarca | 105,0 | 35,6 |
| R. F. Alemania | 98,2 | 53,6 |
| Grecia | 87,8 | 99,6 |
| España | 96,3 | 97,7 |
| Francia | 90,0 | 50,8 |
| Irlanda | 89,5 | 44,2 |
| Italia | 92,2 | 58,7 |
| Luxemburgo | 98,8 | 65,1 |
| Países Bajos | 103,7 | 54,2 |
| Portugal | 91,8 | 136,2 |
| Reino Unido | 96,5 | 50,9 |
| Europa 12 | 95,6 | 56,4 |
| EE.UU. | 97,2 | 64,1 |
| Japón | 95,1 | 54,2 |
Consumo total de petróleo y de productos petrolíferos por unidad de PIB a precios de 1985 (*)
Volúmenes
FUENTE: Estadísticas Energéticas de la AIE y cuentas nacionales de Eurostat.
(*) Base: 1972 100. Mil toneladas equivalentes de petróleo por mil millones de PIB expresado en términos de paridad de poder adquisitivo.
En este contexto, a pinceladas por razones de brevedad, es en donde hay que enmarcar el nuevo Plan Energético Nacional. En otros artículos encontrará el lector un análisis detenido del mismo que nos ahorra descender a los detalles. Pero sí es necesario hacer dos afirmaciones que, en mi opinión encauzan el contenido de esos artículos: primera, el PEN español que va a condicionar la producción y la demanda de las necesidades energéticas españolas- se mueve en una línea claramente distinta, en algunos aspectos opuesta, a la que han diseñado o están diseñando los países más industrializados del mundo; y segunda, la hipótesis de partida del PEN produce una mezcla de estupor y de perplejidad porque consiste, nada menos, en suponer que los precios del petróleo y del gas no van a experimentar variaciones importantes en la década de los noventa.
Nos encontramos de nuevo, por tanto. ante una decisión fundamental, que en vez de apoyarse en criterios técnicos y de racionalidad económica, lo hace en las exigencias ideológicas sobre la materia del Partido Socialista Español. Se repite así la oposición irracional a la energía nuclear que conocimos en 1984, que condujo a la moratoria nuclear que estamos viviendo. No se le oculta a nadie que el contenido del PEN actual es el resultado de una fortísima y despiadada lucha entre distintos sectores del PSOE. Los ministros económicos más directamente responsables, Aranzadi y Solchaga, saben muy bien que el PEN para los 90 es un contrasentido. Pero, una vez más también, el presidente González se niega a hacer frente al problema y cede en una cuestión que hipotecará empresas y sectores en el futuro y, en definitiva, el conjunto de la economía nacional. En el fondo, una falta de seguridad y de decisión política; porque esto fue también lo que llevó a ceder en el caso de la central nuclear de Lemóniz. al margen de que su emplazamiento fuese o no el adecuado.
Naturalmente, las consecuencias terminamos pagándolas los españoles. En el caso del recibo de la luz, el 3,45% de la facturación total de las empresas eléctricas se destina a hacer frente a los gastos financieros no a la amortizaación del capital invertido- derivados de la moratoria nuclear, que afectan a Lemóniz I y II, Trillo II y Valdecaballeros I y II. Si a esto se une la enorme intervención estatal que padece el sector eléctrico tanto en lo que se refiere a las fuentes de producción como a las tarifas —algo que se ha visto agravado últimamente con el crecimiento de ENDESA, que va camino de copar la mitad del mercado nacional y. además, en una situación de privilegio—, no tiene nada de extraño que el precio de nuestro kilovatio industrial, por ejemplo, duplique al francés, y que el precio de la electricidad que pagamos los españoles sea, con la excepción de Portugal, el más caro de la CEE.
Según estudio de la eléctrica francesa DEF, tomando el precio de la electricidad francesa como 100 para el año actual, el español se sitúa en 131; y eso teniendo en cuenta que la incidencia fiscal en ese precio alcanza en España sólo un 12%, mientras que en Alemania y Francia lo hace en un 24% y en un 23%, respectivamente, en Holanda en torno al 18% o en Bélgica en un 17%. Esta incidencia fiscal sólo es menor en el caso de Portugal y de Luxemburgo y es nula en el caso del Reino Unido.
En otras palabras, tanto el precio de la electricidad que pagamos los consumidores domésticos como el que pagan los consumidores industriales está muy lejos de ser competitivo con los países de la CE. Es verdad que, de momento, no está a las puertas el mercado único energético, tanto por la oposición de algunos gobiernos como de bastantes empresas; pero seamos al menos tan realistas como el presidente de Sevillana, que no dudaba en afirmar que, al final, «habrá mercado único energético».
En el documento elaborado por el Partido Popular —en el que analiza y critica el PEN para los noventa del Partido Socialista— se afirma que el recibo de la luz se incrementaría en un 25%. De este porcentaje 10 puntos se destinarían a financiar la moratoria nuclear; otros 10 a la repercusión de las inversiones en distribución, al mayor coste del kilovatio generado con gas, al precio del combustible y a la amortización de las infraestructuras gasistas; y los otros cinco puntos a las inversiones necesarias para cumplir las normas anticontaminación de la CE.
Por si todo esto fuera poco, el peligro más grave, ya que nos somete a una incertidumbre evidente y gravísima, es que el suministrador prácticamente único del gas natural, sobre el que pivota el nuevo PEN, es un país políticamente tan inestable —nadie sabe qué ocurrirá con su régimen político, cuyas tensiones están en la prensa todos los días— como Argelia, teniendo que recibir los suministros a través de un gaseoducto que pasa por Marruecos. Pero, además, hace ilusorio esperar una reducción de nuestra dependencia exterior del petróleo. El cuadro adjunto no admite réplica sobre el fracaso de nuestra política energética.
También aquí nos llevará el nuevo PEN en una dirección contraria a la que registran los países más industrializados en los últimos veinte años. El consumo petrolífero por unidad de PIB es un exponente clarísimo de esa demencial política energética que hemos seguido en España.
Creo que ya es hora de que se imponga el realismo. La economía española ha perdido puesto en el ranking mundial y todavía ha perdido mucho más en términos de competitividad. El PIB «per cápita» de los españoles, a precios y patrón de poder de compra corrientes, se situaba en 1990 en 76.2 —tomando como base 100 la CE de doce países—. Por debajo de nosotros sólo estaban Irlanda y Portugal. Entre 100 y 112 se encontraban Italia, Holanda, Francia, Alemania Federal y el Reino Unido. La Comisión de la CE extendía el análisis a Japón y Estados Unidos, cuyos índices se situaban, respectivamente, en 117 y 152. Estos datos no se deben separar de la tasa de actividad de la población en edad de trabajar, es decir, el porcentaje de población activa total sobre el grupo poblacional en edad legal de trabajar. En 1990, España e Italia situaban su tasa de actividad en torno al 60%; Francia en el 67%; Alemania en el 69%; Japón en el 74%, y Estados Unidos en el 78%. Piensen cuál sería nuestro porcentaje de desempleo si subiese 8 o 10 puntos nuestra tasa de actividad para acercarse a las del resto de los países comunitarios. No pensemos ya en el Reino Unido, cuya tasa se situaba, también en 1990, en el 80%.
Repito que no nos debemos llamar a engaño respecto a nuestra integración en la CE y al mercado único. Dada la estructura, los desajustes, el grado de competitividad y los sistemas fiscal, laboral y financiero españoles, sería suicida que creyésemos que no vamos a tener en esos campos problemas similares a los que hemos tenido en la evolución de nuestras importaciones y exportaciones de mercancías, desde nuestro ingreso en la CE en 1986. El problema es así de sencillo: la penetración comunitaria en España ha sido más intensa que la de España en la CE. Según datos del Servicio de Estudios del BBV, entre 1985 y 1990, las importaciones españolas procedentes de la Comunidad crecieron un 183,4% —casi un 17% anual acumulativo—, mientras que las exportaciones españolas a la CE lo hicieron en un 82,8%, es decir, a una tasa anual acumulativa del 12,8%. Por ello, mientras en 1985 el porcentaje de cobertura de las importaciones españolas procedentes de la CE por las exportaciones a la misma- se situaba en el 114,4%, en 1990 había caído al 73,8%.
Pues bien, este proceso, que si bien perjudica a la mayoría de las empresas, beneficia al consumidor que no esté desempleado, no merece ni ser considerado en comparación con las negativas consecuencias que soportará la economía española si se hace realidad la política energética contenida en el PEN: aumentará nuestra dependencia exterior; estaremos en manos de Argelia y Marruecos; importaremos energía de Francia por un valor similar al de la inversión que exigiría una central nuclear; continuaremos estando más sometidos que ahora a los sobresaltos e incertidumbres que se derivan de la evolución de los precios petrolíferos; seremos menos competitivos que ahora en un «mercado único energético», y la dificultad —si no la imposibilidad— de una energía más barata, bien alimentará por todo el entramado económico nacional una tendencia alcista de los costes y de los precios o bien impedirá reducirlos. El Gobierno socialista debe ser consciente —que mire a Suecia o a Alemania, por ejemplo— de que se encuentra ante una gran responsabilidad histórica.
Título: «Presencias reales».
Autor: George Steiner.
Editorial: Destino, Barcelona 1991, 300 páginas.
Precio: 2.100 pesetas.
Se comprende que el libro Presencias reales, de George Steiner, haya conmovido a los medios intelectuales europeos en los dos últimos años. Todavía son muchos los que no se han recobrado de la sorpresa.
Pero motivos hay para la sorpresa, pues resulta duro rendirse a la evidencia. Puede que todavía sea demasiado pronto para que acaben de quebrar definitivamente los viejos estereotipos. De hecho, vivimos culturalmente de un manojo de ideas impuestas dogmáticamente por ciertas corrientes del pensamiento moderno. Pero es obvio que llegada la etapa de la posmodernidad vuelve a producirse un, diríase que inevitable, giro copernicano.
Todo lo que parecía firmemente estatuido por el pensamiento moderno cede bajo la presión no sólo de los acontecimientos, sino, lo que es más importante, de los propios esfuerzos del pensamiento por mantener su coherencia interna. Y la razón se encuentra al final del proceso donde solía, es decir, en el mismo punto donde decidió cambiar de rumbo.
Más o menos, lo que Steiner propone es que debemos prescindir de los dogmas ilustrados. Es cierto, viene a decir que en muchas zonas de la realidad es posible identificar el pensamiento con el cálculo, pero sólo en las menos importantes, en las menos decisivas o, en fin, en las menos humanas. No hay una ingeniería del lenguaje. El lenguaje es otra cosa. No hay una fundamentación física de la física, y menos de la vida. El dinamismo físico es otra cosa que la ciencia física, la vida no puede reducirse a mecánica. Y, en especial, el arte, la estética, el universo de los juicios de valor.
Todo aquello en que lo humano se decide como humano es inaccesible a las dos condiciones esenciales de la ciencia natural, la explicación como verificación y refutación. No hay modo de desembarazarse de la impresión de que es preciso encontrar un fundamento para lo que requiere fundamentos. El arte, la música principalmente, la literatura, el sentido narrativo del tiempo y de la historia, el sentimiento, la comprensión y, sobre todo, el fenómeno no analizable del sentido del lenguaje.
Más o menos, lo que Steiner propone es que debemos prescindir de los dogmas ilustrados. Es cierto, viene a decir que en muchas zonas de la realidad es posible identificar el pensamiento con el cálculo, pero sólo en las menos importantes, en las menos decisivas o, en fin, en las menos humanas. No hay una ingeniería del lenguaje. El lenguaje es otra cosa. No hay una fundamentación física de la física, y menos de la vida. El dinamismo físico es otra cosa que la ciencia física, la vida no puede reducirse a mecánica. Y, en especial, el arte, la estética, el universo de los juicios de valor.
En un mundo así no habría lugar para el comentario, y menos aún para el comentario del comentario. Es exactamente lo contrario de lo que ocurre en nuestro mundo, donde Kundera narra la «levedad del ser», y a continuación la tropa de los críticos explican cómo narra Kundera, y comentaristas de segunda fila explican lo que han explicado los críticos, aunque con mayor «levedad» que los primeros; y los comentaristas de oficio repiten lo que han malentendido de Kundera, sin importarles lo que entendieron sus críticos, y los articulistas ofrecen una nueva pero ya «insoportablemente leve» variación de la fuga, y el público, en fin, se desentiende del conjunto de variaciones porque, a fin de cuentas, le interesa más el partido de fútbol del domingo que la novela de Kundera.
La conclusión de Steiner es que las cosas son así, no pueden dejar de ser así, afortunadamente son así, y precisamente porque así son somos libres. Ser libre, ser humano, es ser de la manera no utópica que permite a algunos escribir sobre la «levedad del ser» y a la mayoría desentenderse de esa «levedad».
Ésa es la anécdota que sirve de punto de arranque de Steiner para asegurar que el lenguaje trasciende al signo mediante la significación. Que no se puede prescindir de aceptar el mundo como «presencia real» en el tejido del lenguaje, y que esa presencia es fundante como pensó parte de la tradición básica, lo que lleva, más o menos, a aceptar la dimensión teológica del lenguaje y no sólo su proyección metafísica. Es inútil, asegura, insistir en la ontología del nihilismo a que conduce la consideración heideggeriana del lenguaje, último ciclo de la escisión producida en la historia por la duda metódica cartesiana. Hay que acabar con el escepticismo, dice, pero tampoco hay que esforzarse mucho en el empeño: el escepticismo es el encargado de acabar consigo mismo.
La idea de que hay una «presencia real» no es exactamente una vuelta al pasado, un regreso al paraíso, más bien es un enlace con la tradición perdida en nombre de la modernidad disuelta. El cambio de rumbo, el brote de un nuevo «paradigma», se manifiesta en la obra de muchos pensadores inquietos que han llegado a afrontar activamente la experiencia de la muerte de la modernidad. Acaba, por decirlo así, el tiempo de «la muerte de Dios», y muchos descubren, en nombre del pensamiento, que el pensar mismo carecería de sentido si más allá del pensar sólo existiera la muerte.
«Comparadas con esta fragmentación, incluso las revoluciones políticas y las grandes guerras de la historia moderna de Europa resulta, me aventuro a decir, superficiales».
Libro interesante y polémico, inquietante y antidogmático, el que una insuficiente traducción plagada de errores —me resisto a creer que Steiner escriba strictu sensu y otras lindezas— no rinde el servicio que merece.
Título: «Política religiosa de la Restauración».
Autor: Francisco Martí Gilabert.
Editorial: Rialp, Madrid 1991. 201 páginas.
Precio: 1.800 pesetas.
El 29 de diciembre de 1874 el general Martínez Campos proclamaba en Sagunto a don Alfonso XII, hijo de doña Isabel II, como rey de España. Termina así el llamado «Sexenio revolucionario», período turbulento en el que se suceden hechos trascendentales: la «Gloriosa», y el destronamiento de Isabel II (1868) la subida al trono de España de don Amadeo de Saboya y el asesinato de Prim (1870) la nueva guerra carlista (1872), la I República (1873), el golpe de Estado del general Pavía y el Pronunciamiento de Sagunto (1874).
Todos estos acontecimientos han de ser tenidos en cuenta como aspectos clave para interpretar adecuadamente el estudio de Martí Gilabert, centrado en el análisis de la política religiosa mantenida en el largo período de la España de la restauración. Como se desprende del trabajo, desde 1875 a 1931 transcurrió más de medio siglo (56 años), en los que la estabilidad política, mantenida gracias a la Corona y a la habilidad de hombres como Cánovas y Sagasta, permitió sacar a la nación de la vía enloquecida en la que se vio abocada durante el «Sexenio» revolucionario.
La crisis revolucionaria española fue no sólo de carácter político, social, económico y cultural, con ser todas ellas muy graves, sino, particularmente, de trasfondo religioso. Los sucesivos Gobiernos extremistas no tuvieron en cuenta la realidad de un país com mayoría católica, tomando medidas vejatorias e injustas contra la Iglesia que el pueblo se negó a acatar, fuera de las minorías dirigentes de las grandes ciudades. La respuesta a este anticlericalismo visceral de los políticos fue un clericalismo emotivo, enraizado con fuerza en la conciencia nacional. La guerra carlista de 1872 fue un entramado confuso de intereses, pero no cabe duda de que los ejércitos de Carlos VII se nutrían en gran parte con gentes del pueblo, que luchaban por motivos religiosos, incluyendo clérigos con el respaldo de algunos obispos, desesperados ante la persecución a que fueron sometidos repetidamente.
Martí Gilabert, partiendo de tales supuestos, estudia la trayectoria de la nueva política religiosa iniciada por Cánovas del Castillo, primer jefe del gobierno tras la Restauración, que se ve situado frente a una compleja realidad marcada por el resentimiento y odio. El autor acierta con el enfoque histórico adecuado para el correcto entendimiento de una época tan dilatada como la de la Restauración. A través de documentos seleccionados con buen criterio de historiador imparcial, traza las líneas de una política realista que rehuía las cuestiones doctrinales de fondo para buscar el arreglo entre la Iglesia y el Estado, partiendo del reconocimiento de la catolicidad mayoritaria del país.
Con el fin de no soliviantar los ánimos de los sectores revolucionarios y anticlericales, los sucesivos gobiernos de la Restauración actúan discretamente al abolir sin alardes vindicativos las leyes contrarias a la Iglesia Católica, devolviendo algunos de los bienes incautados y dejando libertad a las órdenes religiosas. Pero, como reconoce Martí Gilabert, las circunstancias habían cambiado lo suficiente como para no dar marcha atrás en determinados aspectos relacionados con libertades como la religiosa, de enseñanza o de cátedra, que escaparon al control de la Iglesia.
Poco a poco, los recelos y extremismos de anticlericales y clericales fueron cediendo ante el empuje de los hechos. Los católicos vieron protegidos sus derechos y los viejos revolucionarios, reconocidas libertades impensables en los tiempos absolutistas. Martí Gilabert resume acertadamente la situación cuando se refiere a los puntos que definían el programa liberal-conservador del Partido Canovista, y que eran: «Reconocimiento de la monarquía alfonsina, acatamiento total a las decisiones pontificias, sobre todo a las del Syllabus, pero reconociendo que, dentro del constitucionalismo, había que atemperarse a las circunstancias de los tiempos, haciendo ciertas concesiones, no en el terreno de los principios, sino en el práctico…»
La muerte prematura del rey don Alfonso XII el 24 de noviembre de 1885, en el Palacio del Pardo, abre el período de Regencia de la reina doña María Cristina. La continuidad del sistema respecto a la política religiosa se mantuvo dentro de unos cauces moderados, puestos a prueba en el espinoso problema del matrimonio civil, acordado con la Santa Sede en 1887 mediante una fórmula de transacción satisfactoria para las dos partes: matrimonio canónico para los católicos, al que se reconocían efectos civiles inmediatos, y matrimonio civil para los no católicos.
Sin embargo, no faltaron situaciones de gran tensión, exageradas a veces por los medios de prensa liberales y contestados con no menor violencia de parte de los conservadores. Los motivos de desacuerdo entre el Estado y la Iglesia fueron distintos, pero siempre repetían temas relativos a la enseñanza, al reconocimiento de las órdenes religiosas y asociaciones, a conflictos de competencias y al establecimiento de acuerdos con la Santa Sede a través de un nuevo Concordato capaz de resolver todas estas cuestiones.
Con independencia de los documentos aportados por el autor, suficientemente expresivos sobre la evolución de las relaciones Iglesia-Estado, destacan las referencias al clima intelectual, social y político de cada época, imprescindibles para comprender las razones de unos y otros en defensa de sus propios puntos de vista. Se mantiene el rigor histórico en el estudio de los hechos y la imparcialidad en los juicios sobre actuaciones tanto personales como de partidos. Tales criterios sirven para mostrar las peculiares características del liberalismo español, sus diferentes grados y el poso clerical/anticlerical que subyace demasiadas veces en el fondo de muchas posiciones intransigentes.
La obra finaliza con la renuncia del dictador Primo de Rivera (28 de enero de 1930) y el advenimiento de la II República, en 1931, que abre, desgraciadamente, un nuevo período de confusiones, errores y violencias que enturbian las relaciones entre la Iglesia y el nuevo Régimen, al resucitar con renovados bríos los viejos prejuicios del anticlericalismo decimonónico que parecían definitivamente olvidados.
Aunque sólo sea por su aparición estelar en la popularísima Corte de Faraón o por su corto e ingrato papel en el Génesis bíblico, todo Por Luis Alberto de Cuenca el mundo conoce a Putifar (o sea, Pa-di-fa-ra, «el protegido del dios Ra»), marido de la ardiente dama que quiso seducir a José. Como motivo literario, <<> se estrenó en el teatro de las letras universales con una leyenda egipcia acerca de dos hermanos, transmitida por el papiro de Orbiney (así llamado por su poseedora, la inglesa Elizabeth Orbíney), descubierto en 1852 y conservado actualmente en la Sección Egipcia del British Museum. Se trata de la historia de los hermanos Anup y Bata. Su texto original, fechable en torno a 1200 antes de Cristo, fue pulquérrimamente editado por Alan H. Gardiner en sus Late Egyptian Stories (tomo I de la <
Anup poseía una casa y una mujer, y su hermano menor, llamado Bata, vivía con él como si fuese su hijo. Le preparaba las telas para los vestidos, vigilaba el ganado, trabajaba con el arado y en la siega. Tenía, en fin, a su cargo todas las tareas agrícolas. Era un campesino muy hábil que no tenía par en el país: algo divino habitaba en él.
Durante muchos días Bata cuidó de los rebaños y de las yuntas. Todas las noches volvía a casa cargado con hortalizas y frutas del campo. Depositaba los productos delante de su hermano, que, sentado a la mesa en compañía de su esposa, comía y bebía. Luego se iba a dormir al establo, junto a los animales.
Todas las mañanas, al clarear el día, Bata iba a por los panes y se los llevaba a Anup, que le daba alimentos para que comiera en el campo. Después guiaba al rebaño hasta el prado, y, mientras caminaba detrás de los animales, éstos le decían: <<¡En tal lugar es buena la hierba!». Y él oía lo que le decían y los llevaba al lugar deseado. Así, las terneras y vacas a él confiadas medraban a ojos vistas y se multiplicaban año tras año.
En la época de la labranza Anup dijo a Bata: «Ea, preparemos los bueyes para arar, pues el campo está listo para ello tras la inundación del río (el Nilo), y es la época justa. Tráete las semillas, porque mañana al amanecer comenzaremos arar». Y el hermano menor hizo todo lo que le ordenaba el mayor. Al día siguiente, apenas clareó, fueron al campo con los animales y labraron como debe hacerse, y quedaron contentos de su trabajo…
Esta vida tranquila, remansada e idílica es turbada por la bella esposa de Anup, que se enamora de Bata, joven y fuerte, y le hace proposiciones amorosas. <
Bata, igual que hizo José con la mujer de Putifar, rechaza con desdén a su cuñada, y ella se venga acusándolo ante su marido de haber atentado contra su pudor.
Entonces el hermano mayor se enfureció como un leopardo del Alto Egipto (entonces todavía había leopardos en Nubia), afiló su puñal y, empuñándolo, se escondió detrás de la puerta del establo para matar a su hermano menor cuando, por la noche, volviera con los animales. En el instante en que el sol desapareció por el horizonte, Bata, como de costumbre, cargó con toda clase de hortalizas y frutas y volvió a casa. Cuando la primera vaca entró en el establo, dijo a su guardián: «¡Cuidado, que tu hermano mayor está ahí con un puñal, dispuesto a matarte! ¡Huye!». Y Bata oyó lo que la vaca le decía. Y la segunda vaca al entrar le dijo lo mismo. Entonces Bata miró debajo de la puerta y vio los pies de Anup. Tiró la carga y se dio a la fuga. El hermano mayor lo persiguió, blandiendo el cuchillo.
Mientras huye, Bata invoca en su ayuda a Ra-Horakhty (una de las personificaciones del dios solar, asociación de Ra con Horus), y la divinidad separa a los dos hermanos, interponiendo entre ambos un caudaloso río poblado de voraces cocodrilos. Desde una de las orillas Bata grita a su hermano su inocencia, pidiéndole que aguarde hasta que amanezca. Apenas alborea, Bata jura que es verdad cuanto dice y, para confirmarlo, se corta su miembro viril con una caña bien afilada y lo tira al agua del río, donde es devorado por un siluro. Luego cae al suelo sobre su propia sangre. (Aquí hay que recordar la leyenda frigia de Cibeles y Atis, cómo la diosa se enamora del joven, que la rechaza, y, como Bata, se mutila; también algunas de las leyendas egipcias relativas a Osiris nos hablan de mutilaciones producidas en circunstancias similares.) Ante aquel espectáculo, Anup se desespera pero sigue sin poder atravesar el río. Bata se levanta y dice a su hermano:
«Escucha, estás dispuesto a pensar que he obrado mal y, en cambio, no recuerdas el bien, todo aquello que he hecho por ti. Vuelve a casa y cuida de tus rebaños, porque yo ya no quiero vivir en tu compañía. Me voy al Valle del Pino Ouitasol. a la Siria lejana. Sólo una cosa deberás hacer por mí de ahora en adelante, y es venir en mi ayuda cuando sepas que me ha sucedido algo. He vertido un ensalmo sobre mi corazón y io he colocado encima de la flor del Pino Ouitasol. Cuando el árbol haya sido derribado, vendrás en busca de mi corazón. Acaso tardes siete años en la búsqueda, pero no te desanimes. Cuando lo encuentres ponlo en un vaso lleno de agua fresca, para que yo pueda renacer y vengarme de quien me atacó. Sabrás que algo me ha sucedido cuando te pongan en la mano un jarro de cerveza y ésta haga espuma y se derrame por los bordes del jarro. No titubees entonces. Ponte inmediatamente en camino cuando eso ocurra.
Y Bata se fue al Valle del Pino Quitasol. En cuanto a Anup, su hermano mayor, cuenta el papiro que volvió a casa desesperado y mató a su malvada esposa, arrojando su cadáver a los perros.
Hasta aquí la primera parte de la historia de los dos hermanos, precisamente la relacionada con el motivo de «Putifar», un motivo literario que, como podemos ver, echó raíces muy temprano en el Creciente Fértil. (En la mitología de un pueblo indoeuropeo como el hitita fuera, pues, del ámbito semítico, la diosa Ashertu intenta seducir al Gran Dios y, para vengarse de su rechazo, lo calumnia.) Todo el Mediterráneo Oriental supo de la pasión, no sabemos muy bien si irrefrenable o simplemente viciosa, de la mujer de Putifar, una pasión que dio desde un principio magníficos frutos en la literatura. Pero la historia de Bata y Anup no termina con el viaje de Bata a lejanas tierras y el merecido castigo de la esposa de Anup. La segunda parte del cuento girará en torno a los grandes mitos egipcios de la vida, la muerte y la resurrección.