Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosSobre la existencia o no de una narrativa andaluza se ha escrito mucho y casi siempre de forma apasionada. Recientemente José Antonio Fortes ha publicado un libro de concepción y confección antiguas1 sobre esta materia. No deseo añadir yo ninguna mía a las meditadas, elaboradas y complejas razones que en este texto teórico se ofrecen, por temor a resultar impertinente. Su académico desahogo es deudor de una escuela de estirpe platónica que, fundada por el profesor Juan Carlos Rodríguez Gómez a finales de los 60 en la Universidad de Granada, aplica el estructuralismo marxista en los estudios literarios, un discurso riguroso y brillante, con ánimo científico y desiguales resultados.
Bajo el término narrativa andaluza quiero agrupar ahora la obra de tres andaluces que dieron su obra en 1991: Felipe Benítez Reyes, Eduardo Mendicutti y Antonio Muñoz Molina
Mas bajo el término narrativa andaluza, quiero agrupar ahora —polémicas a un lado—, por simple sinécdoque, la obra de tres andaluces que dieron su obra en 1991. Un rico verbalismo, un peculiar ritmo lingüístico, quizá propenso a la desmesura, una evidente preocupación por las gentes y las tierras meridionales, con pretensiones de singularidad, son los rasgos más destacados de esta narrativa.
Concebida en una línea muy imaginativa, recuerdo del proyecto orteguiano de la «deshumanización del arte» que pensaba la novela más como «artefacto expresivo» que como tranche de vie al uso decimonónico, Chistera de duendes2 del hasta ahora poeta Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960) tiene la frescura y el encanto de una obra primeriza. Diríamos que el joven novelista ha empezado a escribir donde muchos maestros del género terminan: el predominio de la fantasía, del humor, del tratamiento despiadado de sus héroes. Escrita en clave de farsa, la línea argumental de la novela se desarrolla en torno a un supuesto escándalo sobre el que investigan dos personajes, divertida reencarnación de los Bouvard y Pécuchet de Flaubert: un poeta de vanguardia y novelista sin fortuna, Lerma, y un sesudo dramaturgo «de intención» —social—, Reinoso. Pero el argumento no es revelador del sentido de la novela y, más bien, incluso en los títulos de sus capítulos —«La trama peligrosa», «El velo en la faz del misterio», «En el corazón de la tormenta», etc.—, refleja un tinte folletinesco. La intención claramente paródica. El grotesco mundo presentado por Benítez con las andanzas provincianas de sus personajes, humor del más puro estilo de Pérez de Ayala —el Teófilo Pajares de Troteras y danzaderas, por ejemplo— constituye no sólo un buen ejercicio de iniciación a la narrativa sino una burla de la mala literatura. Más que episodios circunscritos a capítulos, éstos desarrollan con frecuencia escenas costumbristas y vivaces diálogos de marcada hilaridad: memorables resultan los de la tertulia del comienzo de la obra, versión irónica del sentido común, tan poco frecuente, en el terreno de la poesía. El dominio de las situaciones y el lenguaje escogido llega a ser, tratándose de la primera obra de un autor joven, portentoso. Logra Benítez una creación de ambientes muy acertada, con detalles reveladores y un estilo preciso y ágil. Los diálogos, concienzudamente trabajados, reflejan en su conceptismo la huella de aquellos otros brillantes y mordaces de los esperpentos valleinclanescos. Es Chistera de duendes una novela sin grandes pretensiones, pero muy estimable en sus logros. Si su texto suena a algo, no es, desde luego, a ninguna de las melodías narrativas de moda.
Eduardo Mendicutti (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1948) en El palomo cojo3 presenta un cuadro de costumbres pintado con técnica naïf en torno a una rica familia andaluza. Excentricidades, manías y aderezos de las señoras, el diario trajín de las criadas, el fugaz regreso de algún varón, son vistos por el joven protagonista durante una convalecencia estival en la casa de los abuelos. Las pesadillas del enfermo, algún episodio luctuoso, las vidas disipadas de los tíos Ricardo y Victoria son elementos narrativos de primer orden. Con ellos como base, esta obrita puede ser tenida como novela de iniciación a la vida y, en buena medida, lo es. Pero, salvo la pormenorización de incidentes domésticos, la modorra climatológica del pueblo y la casa, tan bien captados, no hay ningún episodio —quizá el del hurto— de especial relevancia. La novela aparece voluntariamente limitada por el narrador a matices de escasa intensidad y apenas dramatismo. Incluso el mismo asunto de la homosexualidad, sobre el que, en última instancia, la obra gira, se resuelve como el efecto de una maldición de alguien, el eco de una frase dictada por la voz popular y un asunto baladí más. Todo ello, pese a una estructuración muy coherente del texto, se orienta a favor de un solo elemento narrativo: el lenguaje. Una arrebatadora tradición oral que copia y repite las voces de la calle con un repertorio de inextinguibles recursos, es la cualidad más reseñable de El palomo cojo.
La cronología de algunos hechos se ve afectada por algunos anacronismos veniales y no siempre, y de ello se resiente el texto, el decoro acompaña al personaje: dice ignorar el significado de algunas expresiones y, pese a ello, las utiliza atinadamente con el mismo sentido sicalíptico; en más de una ocasión los elogios sobre el físico de algún varón delatan la voz del narrador adulto. No estamos, pues, ante el ir haciéndose de un Lázaro de Tormes cualquiera. Y el descriptivismo de toda la novela dirigido al mundo de los mayores acaba por ser el signo de esa fascinación ante el mundo adulto que el adolescente protagonista no llega a alcanzar. Pero pese al tono plano, sin altibajos, la historia está bien contada.
El exotismo del habla local con un sinfín de modismos, solecismos, frases hechas y símiles singulares es, según señalé antes, uno de los atractivos de la novela. Y también su peligro. La fórmula de dar relevancia a dichos coloquiales, enjaretando párrafos enteros que los espigan, tiene el éxito asegurado en una tertulia, pero no es seguro que constituya por sí el resorte de un mecanismo que, en efecto, cojea.
Una de las cosas más difíciles de erradicar en literatura es el tópico que sobre un autor o una obra empieza a circular y que, como la mala moneda corre rápidamente por muchas manos. Uno de esos lugares comunes es el de que Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956) ha escrito en El jinete polaco4, Premio Planeta del año, una novela sobre un lugar mítico, Mágina, y que ese lugar viene a ser como el famoso condado de Yoknapatawpha de Faulkner o la Región de Benet. Dejando para otra ocasión la última de estas afirmaciones, creo sobre la primera algo mucho más moliente: que la Mágina de Muñoz Molina, que ya aparecía en Beatus ille (1986) es el trasunto, bastante fiel dentro de su literaturización, de la hermosa ciudad natal del joven novelista, en donde pasó muchos años de su vida. Lugares como el Hospital de Santiago o la Casa de las Torres, referencias a la próxima Sierra —de Cazorla—, que reiteradamente aparecen en la obra, así como la fugaz y, esa sí, siempre mítica presencia evocada del torero Carnicerito de Mágina —o de Úbeda, que tomó la alternativa, según sabemos, en 1968 y sólo nueve años mayor que el novelista— son correlatos fieles —hay otros más— de la ciudad y sus personas. Ello no invalida la portentosa recreación literaria del lugar ni el feliz hallazgo del imaginario topónimo, pero explica muchas de las recurrencias que hacen de Mágina leit-motiv de la novela y el lugar de inevitable retorno —mal visto por algunos exquisitos que preferirían que los que nacieron en Jaén buscasen sus raíces en Manhattan— de su héroe.
Los largos párrafos de oraciones unidas sólo por comas y que requerirían una puntuación más ortodoxa, parecen, sin serlo, fragmentos de Faulkner traducido
La estructura tripartita de El jinete polaco encierra varias historias enlazadas, resueltas todas ellas con poderosa pericia. La primera parte, «El reino de las voces», tiene una composición con las recreaciones de las vidas de los padres y abuelos de Manuel, el protagonista, y de otros personajes de Mágina como Ramiro Retratista —sería difícil hallar en Andalucía un supuesto apellido como ése que no fuese precedido del artículo— cuyo baúl de fotos antiguas nutre de figuras la novela; Lorencito Quesada, prototipo del plumilla local y memoria viva de la ciudad; o el médico don Mercurio, cuya acción postrera e inesperada peripecia proporciona el más firme puntal de la trama, no resuelto hasta la última parte. Esta primera, destinada a hablar de los mayores, termina con un texto traspasado de frases, trabalenguas y fragmentos de canciones infantiles, como ecos de sus imposiciones a los pequeños: el dominio de unas palabras que simbolizan un pasado en hipoteca, cruzado de temores y antiguos sobresaltos.
La segunda parte, «Jinete en la tormenta», toma su título de una canción de los años 60 —creo recordar que de los Doors: Riders on the storm— oída por el aún adolescente Manuel. Son los años de regreso a Mágina, desde el exilio, del comandante Galaz. Su vida y la de su hija Nadia, futura compañera de Manuel, irá entrelazándose con la juventud de éste, llena de trabajos indeseados, amores imposibles y el ansia incontenible de huida de una vida mediocre. Con su llegada a Madrid y la visita del padre —confrontación de dos mundos y dos generaciones— se cierra esta parte central. La última, que da título a la novela, toma el nombre de un cuadro de Rembrandt, cuya copia acompaña siempre al comandante Galaz. Símbolo de una anónima marcialidad y de un ideal de servicio fracasado, el cuadro presidirá también la próxima vida en común de Nadia y Manuel.
El jinete polaco encierra varias historias enlazadas, resueltas todas ellas con poderosa pericia
La ambiciosa mirada desplegada por Muñoz Molina sobre el pasado lejano de tiempos de La Gloriosa, sobre las gentes de la guerra civil o sobre el más inmediato de la juventud y adolescencia del protagonista es también una pintura acumuladora, de infinidad de matices reveladores que podrían dar lugar a un sinfín de historias más, llenas siempre de vida. Con ellos el costumbrismo se apodera del relato evocando escenas familiares, momentos en el campo, con tipos curiosos y frecuentemente de naturaleza secundaria que retoman la concepción de la novela-reportaje. Esas evocaciones no son —al no perderse nunca de vista al personaje principal— un peso muerto en la obra y, deudoras de un realismo avant la lettre, aunque desde una perspectiva tamizada por la lejanía y la nostalgia, están en la línea del mundo representado por Muñoz Molina. Ignorarlo es negar la validez de su obra que tiene siempre una innegable connotación bucólica. En efecto, la unión de lo rural y del tono contenidamente elegíaco de muchas de las páginas de El jinete polaco quizá resulte convencional, pero no lo sería menos el mismo enfoque referido a una antigua experiencia, o un regreso suscitado por el afecto, con la ciudad como escenario. Lo convencional, pues, será la melancolía, pero no la idea del regreso a lo rural —a Mágina, a los suyos, al seno de la casa familiar, protagonizada por el héroe— ni lo rural mismo. Todo regreso, desde aquel, espléndido, a Ítaca, implica reconocimiento —agnórisis— y, consiguientemente, emoción. Que ello sea utilizado por fabricantes de turrones en sus campañas publicitarias —inaudito reproche de algún crítico—, como si lo utilizan traficantes de armas, es irrelevante.
La grandeza de esta novela, que lo es también por el tamaño, está ya en su lenguaje, expuesto, sin embargo, en más de una ocasión a la incontinencia y con algunos descuidos que bien podrá el autor remediar en futuras ediciones. Así, los largos párrafos de oraciones unidas sólo por comas y que requerirían una puntuación más ortodoxa, parecen, sin serlo, fragmentos de Faulkner traducido. Hay —págs. 91, 169, 189, 468, 469, etc.— numerosos gerundios incorrectos o, cuando menos, inelegantes. Hay copulaciones imposibles —«fotógrafo y triste», pág. 60; «forasteras y rubias», pág. 201— y una «víbora» que es imposible que «pique» —pág. 177—. Hay un «para que Nadia sucediera en mi vida» —pág. 31— que además de incorrecto suena cursi. El protagonista se empeña en subir «las escaleras de dos en dos» —pág. 260—, no sabe que el pan no se unta en el caldo sino que se moja —pág. 214—, y, pese a vivir en el campo, ignora que «una horca de estiércol» —pág. 60— es un bielgo. Con todo, el estilo de Muñoz Molina es endiabladamente literario y, como las limaduras de hierro atraídas en previsibles curvas por el imán, los adjetivos que utiliza se dirían siempre inventados en ritmos recurrentes y exactos para acompañar los sustantivos y crear ondas de potentes evocaciones. De igual forma, las series asindéticas de notas impresionistas revelan una sagacidad poética poco común. También alcanza la grandeza del texto al desgarrado mundo que presenta de seres tocados por el fracaso o la insolidaridad. La historia de la mujer emparedada, la del joven teniente Mestalla, la del inefable profesor progre apodado el Praxis, son trayectorias de seres sin alicientes, símbolo del error o la incongruencia. El teniente Chamorro, los hermanos Pepe y Rafael o el comisario Florencio Pérez, son voces de un mismo coro de personajes adocenados por años y años de existencia rutinaria. Figuras frágiles, ante un destino obcecado en darles de continuo la espalda, pintadas por una mano casi siempre maestra.
El caballero de Sajonia5 de Juan Benet (Madrid, 1927) es una novela urdida en torno a cuatro episodios esencialmente ficticios de la vida de Martín Lutero, que dan lugar a los cuatro capítulos de la obra. La acción se desarrolla algunos años después de la Dieta de Worms (1521), en el momento en que las luchas del campesinado en Alemania, generadas en buena medida por el espíritu de la Reforma, han podido ser sofocadas (1525). Los episodios narrados por Benet presentan una evidente discontinuidad aunque se sitúan próximos en el tiempo: los tres primeros como antecedentes —en unas horas— a la supuesta entrevista de Lutero con el emperador Carlos, el último.
El caballero de Sajonia de Juan Benet (Madrid, 1927) es una novela urdida en torno a cuatro episodios esencialmente ficticios de la vida de Martín Lutero, que dan lugar a los cuatro capítulos de la obra
El primer capítulo da cuenta de una accidentada noche en una posada en la que el padre de la Reforma es víctima de una agresión que traduce de forma grotesca su obsesiva preocupación por la concupiscencia. El segundo recoge el legendario episodio de la aparición del diablo a Lutero. Con resonancias bíblicas y literarias que van de Flaubert a Goethe, aunque la presencia del capítulo XXV del Doktor Faustus de Mann —con alusiones a los distintos nombres que el Maligno recibe— parece incuestionable, el tema queda inteligentemente desvirtuado por un enfoque irónico en el que lo escatológico —en el sentido menos noble— hace su aparición. El tercer encuentro es con un pescador furtivo condenado a muerte. La entrevista con Lutero no va a impedir que cualquiera de las dos jurisdicciones que litigan por el reo lo ejecute. El pobre hombre lo sabe, quiere que lo dejen en paz y no ahorra gestos de desprecio para con el canónigo, cuya reacción poco piadosa cierra de forma implacable el episodio. La entrevista apócrifa con el Emperador, a fin de conseguir la tregua religiosa en Alemania, es la apoteosis del libro. Frente a la soberbia y la rigidez de Lutero, en un primer momento, se va perfilando el espíritu dialogante y casi humilde del Emperador, que con sus modales persuasivos desgrana conceptos sobre su mesiánico proyecto del Imperio Universal. Así, los dos personajes quedan transfigurados en una prodigiosa mutación de contornos: el Emperador presentará al final la imagen de la firmeza y la ambición y el fraile Lutero no será más que el manso receptor de las peticiones y consejos imperiales.
Pese a ser, según parece, el resultado de un encargo, no es ésta una biografía al uso, con los tintes hagiográficos, por otra parte, habituales sobre la figura del reformador. La condición novelesca del texto ha ido a primar la imagen, más bien terrible, de la que Erasmo decía: «Lo que más he de objetar a Lutero es que cuanto se propone sostener lo lleva al extremo y aún hasta el exceso. Advertido de estos excesos, lejos de templarse, avanza más y más y parece que no tiene otro designio sino pasar a excesos cada vez mayores. Yo conozco su genio por sus escritos, lo mismo que si viviera con él. Es un espíritu ardiente e impetuoso. En todas sus cosas se ve un Aquiles cuya cólera es invencible». (Epístolas, VI).
Con una bien aparejada información —encontramos numerosas alusiones a comidas, vestidos, costumbres u objetos domésticos de la época— el texto de Benet proporciona un vigoroso y veraz retrato de Lutero, donde aparece el espíritu atormentado y contradictorio del personaje —esas cartas inconclusas que continuamente escribe— capaz de reacciones iracundas o de groserías imperdonables, denotadoras de un goliardismo medieval imposible de conciliar con el refinamiento cortesano y el espíritu humanista. También da cuenta el texto benetiano del poder de convocatoria del fraile agustino, figura trascendental para comprender los destinos de Europa a partir del XVI. Aunque interesa más la materia novelesca y el modo de presentación, por consiguiente, de los hechos —esa apariencia casi insignificante de quien conmovió al mundo— pienso que este relato hubiese sido un valioso contrapunto allá por 1983, cuando la celebración del quinto centenario del nacimiento de Lutero. Pero, pues es ahora cuando lo tenemos, hay que apuntar que es una espléndida novela, felizmente fallida como biografía, en la que el autor de Volverás a Región, pese a no hacer excesivas concesiones —ahí está la historia in medias res, la casi anonimia del personaje, las referencias que el lector común tal vez desconozca—, ha limado no poco su estilo habitualmente farragoso. Y, sin incurrir en didactismos, que tampoco le conciernen, demuestra que el mejor Benet no tiene por qué ser aquel que aplicadamente se pierde en el dédalo de una prosa intransitable.
La última de las tendencias narrativas del año 91 de la que debemos hacernos eco es la que tiene que ver con relatos de una orientación tan singular que difícilmente puede ser clasificada como obra de sola mirada realista; su contenido devotamente literario tiene mucho de magistral pese a las diferencias de trayectorias, y de edad, de los autores que lo suscriben.
En Las islas extraordinarias6 Gonzalo Torrente Ballester (El Ferrol, 1910) parte del encargo que recibe un detective privado para investigar la posible conjura creada contra el presidente de un país extraño; una república formada geográficamente por tres islas en cada una de las cuales se han agrupado personas afines y ajenas en su actividad al mundo de las otras. En la Isla Primera viven los seres de orden «irreprochables por su moralidad, buenos pagadores de los impuestos». La Segunda la ocupan los obreros «disciplinados y felices». En la Tercera, «los viciosos campan por sus respetos». Bajo esa aparente organización perfecta, contrarréplica del mundo ideado por Orwell y utopía feliz, laten conflictos y rencillas de un poder absoluto que detentan los dirigentes de los tres núcleos: Su Excelencia, su mujer y su hijo, respectivamente. La estructura de la obra, desarrollada en diez capítulos breves y un epílogo, en torno a diversas entrevistas previas a la investigación propuesta al personaje central, hace pensar, conforme el relato avanza, que ésta no va a llevarse a cabo. Y, en efecto, su imprevisto final así lo confirma.
Se ha hablado de ironía para enjuiciar esta novela breve de Torrente. Más bien habría que subrayar el término ambigüedad. Ella tiñe los comportamientos individuales y las divisiones sociales descritos en la obra
Se ha hablado de ironía para enjuiciar esta novela breve de Torrente. Más bien habría que subrayar el término ambigüedad. Ella tiñe los comportamientos individuales y las divisiones sociales descritos en la obra. Ambigua es la actitud del personaje Gina, servidora del régimen pero salvadora del protagonista. Ambiguo resulta el comportamiento de Su Excelencia, a un paso entre el deber procreador que la ley le otorga y su estatura de hombre de Estado, de poder omnímodo. Ambiguas las actitudes de los familiares gobernantes —la androginia de la esposa es reveladora— y ambiguo el punto de vista del narrador que habla, tan alejado de sentir amor u odio ante los singulares personajes con los que parece ha convivido. No hay un esbozo crítico, de signo racional, en Las islas extraordinarias, pero sí una simulación que deja en suspenso el concepto de realidad. En el hilo narrativo de todo el texto la analogía resquebraja una y otra vez la apariencia de realidad; el impresionismo del narrador pinta las cosas con un como si que las difumina o las aleja. Aunque se transcriban conversaciones o se describan realidades externas —calles, casas, avenidas, fábricas— siempre aparecerán, en última instancia, matices de incertidumbre o duda: «algo como un», «que bien podía ser», «parecía ser», «como quien recita», «al parecer», «la gente parecía», «tenía entendido que», etc. son ejemplos espigados al azar en toda la novela. Una vaga sensación de irrealidad, que se intensifica merced a un ritmo más rápido en las últimas páginas, se apodera del lector en virtud de esos indicios gramaticales subrayadores de aspectos oníricos. Y esa sensación del lector de estar ante un sueño —acrecentado por el monumentalismo que hace descomunales las personas y cosas relacionadas con el poder de las Islas: «puerta poderosa», «ámbito grandioso», «lugar inmenso», etc., y reduce a la insignificancia al protagonista— viene a coincidir con el momento en que el héroe despierta del suyo. Pero ya conscientes, lector y narrador, las últimas páginas apuntan hacia la insoslayable «realidad» de lo sucedido. Por este simple vaivén merece la pena leerse esta novela: el trompe l’oeil restablece el orden exacto de las cosas con el que el autor de Los gozos y las sombras renueva el placer de narrar.
Alberto Porlan (Madrid, 1947) ya publicó un relato de ciencia-ficción, Quasar azul7 hoy inencontrable. Ahora ha descrito en Luz de Oriente8 un mundo antiguo —la Persia del siglo X— que sirve de fondo a una historia —de la que ya se ha dado cuenta en estas mismas páginas9— con los ingredientes de las mejores aventuras: partida de la casa familiar, viajes a tierras remotas, trabajos y penalidades prolongados, amistades concebidas en la adversidad, encuentros sorprendentes, pruebas insuperables. Con una abundancia de datos y una mezcla de géneros que hace del texto una obra singular. Anteriores referencias sobre ella me permiten centrarme ahora sólo en dos aspectos: la naturaleza poética y, a la vez, mítica y filosófica de esta novela.
Alberto Porlan ha descrito en Luz de Oriente un mundo antiguo —la Persia del siglo X— que sirve de fondo con los ingredientes de las mejores aventuras
No puede ocultar Porlan su noble condición de poeta, y la poesía está por partida triple en su obra. Por un lado, en el estilo de la prosa; pulida, de lograda sonoridad y ritmos cadenciosos, en el que resulta imposible hallar un párrafo desgalichado ni tampoco postizo. Con una huella de resonancias antiguas, no tiene el lenguaje, pese al uso de frecuentes arabismos, valor de penosa arqueología verbal ni sabor de antigualla: los pronombres enclíticos al verbo, por ejemplo, casan bien con el recurso del manuscrito encontrado y puesto en cristiano del siglo XVII. Por otra parte, Porlan incluye en su novela poemas —no sé exactamente si suyos—, al modo como lo hicieran Cervantes o María de Zayas, o según los incontables modelos de la novela pastoril renacentista. En estos poemas —dos, muy bellos, retomando el uno un tema del carpe diem y de tono petrarquesco el otro— está la presencia inextinguible del yo, que nada tiene que ver con la absurda poesía del silencio. Y es de naturaleza poética, por último, también la línea fantástica y la concepción de los personajes. En éstos ha depositado el narrador una configuración de tipos redondeados por prosopografías y eficaces etopeyas. Los seres malvados o negativos unen a su maldad alguna tara que los empeora —Danish el Pasmado, Abdul el Loco— y los héroes positivos —Almas, Gaslik, Yabir— lo son porque creen en la amistad nacida, como dije antes, del infortunio, el dolor y el peligro.
A lo largo de todo el texto late un aire mágico, de ensoñación y misterio, que no prescinde, sin embargo, del más crudo realismo ni de hábiles toques de humor, basado en la ironía o el contraste. Así, los episodios fantásticos como los del derviche de Banjikat, en el primer capítulo, o la misteriosa aparición de la Gruta Blanca, en el quinto —cerrado con una magistral apelación al lector— son evocaciones de mundos telúricos surgidos con naturalidad en el relato.
Debo referirme, por último, a la componente filosófica y mítica que no pasa desapercibida. Muchos de los sucesos de Luz de Oriente —como los trabajos interminables para conseguir el hierro que les permita acceder al monasterio de soldados que les permita manejar las armas que les permita…— son antes una filosofía sobre la vida, una reencarnación de mitos —el de Sísifo, por ejemplo, en los capítulos 3 y 4— que un argumento novelesco. El pensamiento gnómico impregna también todo el relato con sentencias, refranes y apotegmas de larga tradición oriental, que se mezclan con anécdotas y pruebas —la del animal de mordedura más dañina; la indagación sobre los sueños— en cuyas preguntas están las bases del hombre y del universo. Obra, en fin, ésta de Alberto Porlan de ambiciosas raíces, cuidada elaboración y divertida lectura.
Las Fundaciones, tanto en España como en todo el mundo occidental, representan la plasmación de anhelos muy profundos y respetables del alma humana; la voluntad de sobrevivirse mediante un legado, el deseo de hacer el bien, la persistencia en un propósito y en una idea, son algunas de las razones que explican la existencia de esta singular Institución que ya fue regulada por los muy pragmáticos legisladores de Roma. Son formas, pues, de poner alas a buenas intenciones, de financiar, sin otro beneficio que la gratitud ciudadana y la propia satisfacción, iniciativas y proyectos que sin su mecenazgo fácilmente quedarían al descuido de la administración de lo cotidiano en la que, casi siempre, lo urgente acaba por arrumbar a lo que de verdad importa. Son buenos ejemplos, en suma, de que la iniciativa privada suele hacer las cosas no solo bien, sino lo mejor que puede cuando las reglas del juego se lo permiten. Su labor, tan unida en el mundo entero de la promoción de la ciencia, la investigación y la acción social, -piénsese tan solo en lo que estos nombres evocan: Nobel, Pasteur, Rockefeller- supone un rotundo desmentido a la supuesta capacidad que quienes todo lo fían a lo público imaginan en los propósitos privados.
Al acercarse la oportunidad legislativa, de modificar las normas que rigen el funcionamiento de las Fundaciones en España, hemos querido contribuir a un mejor conocimiento de la realidad de su trabajo y, sobre todo, de sus posibilidades. La sociedad española debe estar advertida del riesgo que supondría para la vitalidad de las Fundaciones una normativa inspirada en la desconfianza y orientada exclusivamente al control de sus actividades. No es una sospecha gratuita la existencia de esos riesgos: la historia de las Fundaciones españolas sabe mucho de ello. La ley de 1865 se basa en una presunción contraria a las Fundaciones, en un recelo mal disimulado. Ahora se nos brinda una oportunidad histórica de corregir esa actitud del Estado, que explica la relativa debilidad del sistema de Fundaciones en España.
No tiene sentido promulgar leyes que limiten un derecho reconocido en la Constitución, sino establecer normas que lo protejan y potencien para que de su legítimo ejercicio podamos esperar lo mejor. Los responsables de las Fundaciones son los únicos que pueden interpretar el sentido que, en cada momento de la Historia, tiene el propósito fundacional. No se puede obligar a la Fundaciones a funcionar como si se tratasen de una oficina pública sometida a un régimen de actuación perfectamente establecido y rígido. En ello nos va el que, como en el resto de países de nuestro entorno, tengamos unas Fundaciones poderosas y autónomas, que aporten a la sociedad no solo las rentas de un patrimonio sino los frutos de una creatividad que herede y potencie el espíritu de quien las fundó. De lo contrario, solo cabe esperar la rutina y el desánimo de las actuales Fundaciones y de quienes se pudieran sentir llamados a fundar y una vez más, y de nuevo para mal, seríamos un país diferente.
Para conocer lo que las Fundaciones piensan de todo ello nada mejor que preguntarlo y eso hemos hecho; en sus respuestas se pueden leer esperanzas y temores. Los artículos de Emilio Bonelli y Rafael Guardans completan esta primera panorámica.
El pastel era demasiado grande y había que compartirlo. Eso creyeron, al menos, quienes aspiraban a conseguir una licencia de televisión para competir con el Ente Público RTVE y arrebatarle una buena porción de los 200.000 millones de pesetas que, gracias al régimen de monopolio, había recaudado en 1989 por publicidad. Ahora, dos años más tarde de la concesión de los tres únicos canales de televisión privada y de la inauguración de las emisiones del primero de ellos, Antena 3, el presunto gran negocio de entonces no se presenta tan boyante. Más dramático aún es el panorama que ofrecen las televisiones autonómicas, que parecen haber calcado el modelo de RTVE en cuanto a servidumbres políticas, aunque sin cosechar de momento las durísimas críticas que se vierten sobre aquella en cuanto a su modelo de gasto.
Hasta 1971 Radiotelevisión Española recibió puntualmente la subvención asignada por los Presupuestos Generales del Estado. Desde su puesta en marcha en 1957 por el entonces ministro de Información y Turismo, Gabriel Arias Salgado, la empresa había arrojado sistemáticamente un balance deficitario. La edificación y mantenimiento de una costosa infraestructura, unidos a un ímprobo trabajo de pioneros en la introducción de un nuevo medio de comunicación se tradujo en que, en términos estrictamente económicos, RTVE arrojara déficits crecientes, desde los 62,4 millones de 1958 hasta los 1.480 de 1971. Cifras ampliamente superadas no obstante por el inmenso superávit político que significa el manejo en régimen de monopolio de un medio, que pronto se situaría como el único a través del cual recibía la información en exclusiva el 70-75% de la población total española.
El negocio fue desde entonces viento en popa, siempre y para todos. Los gobiernos de Franco, primero, pero también los de la democracia posterior, disfrutaban del medio más extenso y popular de información y entretenimiento.
A partir de 1972 RTVE se convierte en una empresa que, además de su indiscutible preeminencia informativa (por el número de seguidores), se convierte en una pingüe fuente de ingresos para el Estado, que ostenta la titularidad y la gestión de la misma a través de un director general nombrado por el gobierno. Es tal la influencia que despliega el que ostenta el puesto de director general de RTVE que, a pesar de su inferior rango, muchos ministros de la época manifestaron abiertamente sus preferencias por el sillón de Prado del Rey.
Radio Nacional de España, RNE -que ostentará el monopolio de los diarios hablados («el parte») y la obligatoria conexión en cadena de las emisoras privadas hasta después de la muerte de Franco-, dejó de ser el gran medio del gobierno. Este empezó a prestar mayor y casi exclusiva atención a TVE.
Una actitud que asimismo comenzaron a observar todas las grandes compañías de publicidad y las empresas de todo tipo, que comprobaban al instante el fulminante efecto positivo de anunciarse en TVE.
El negocio fue desde entonces viento en popa, siempre y para todos. Los gobiernos de Franco, primero, pero también los de la democracia posterior, disfrutaban del medio más extenso y popular de información y entretenimiento. La categórica expresión popular «lo ha dicho la radio», como inapelable argumento en respaldo de la «verdad», dejó paso a otro no menos contundente: «lo ha dado la televisión», con una evidente falta gramatical, generalizada en boca de todo el mundo. No menos contentos estaban asimismo empresarios e industriales, que habían encontrado en TVE el medio seguro de centuplicar imagen y ventas en tiempo récord. A pesar de la enorme diferencia de tarifas entre TVE y los demás medios orales y escritos, los anunciantes pudieron comprobar pronto la enorme rentabilidad que tenía para sus productos pagar por un spot hasta 12 veces más que por una página de publicidad en cualquiera de los diarios nacionales de mayor circulación. Finalmente, el público también se mostraba satisfecho por dos razones básicas: al no existir más que una sóla TV, desdoblada en dos cadenas desde 1963 (la segunda no alcanzó difusión auténticamente nacional -85%, del territorio- hasta 1981), no tenía ante sí el dilema siempre difícil de tener que elegir entre varias opciones. Y, en segundo término, porque TVE le ofrecía una combinación completa de información, educación, orientación y entretenimiento, unida, claro está, a un progresivo menor esfuerzo por alcanzar todos esos supuestos.
La instauración de la democracia en España desencadena simultáneamente una batalla de fuerte componente político por la diversificación de la oferta radiofónica y televisiva. De hecho, TVE se convertirá en una auténtica «percha de los golpes», sobre la que los diferentes partidos centrarán buena parte de sus enfrentamientos. Los primeros dirigentes democráticos en España heredaban un medio decisivo para lanzar sus mensajes e influir en la opinión pública. No en vano Adolfo Suárez, el primer presidente del Gobierno de la democracia, había sido sucesivamente director de programas y director general de RTVE, y manejaba con solidez y soltura sus apariciones en la pequeña pantalla.
Conscientes de la inferioridad política en que les situaba el dominio de UCD sobre RTVE, los partidos de la oposición, encabezados por el PSOE, dibujan entonces una doble estrategia: el asalto a los cargos dirigentes de la televisión pública y la petición reiterada de cadenas de televisión privada, condición sine qua non para calificar de «auténticamente democrático» el régimen liderado por los centristas de UCD. Dicha estrategia experimentará un fuerte impulso tras el «tejerazo» del 23 de febrero de 1981 y antes de las elecciones de octubre de 1982, que consagrarían la marea socialista. Numerosos empresarios y grupos de presión instaron repetidamente al efímero gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo a que abriera las vías a la televisión privada. Matías Rodríguez Inciarte, ministro de la Presidencia, mantuvo en los cajones de su despacho diversos borradores con el proyecto de ley. No vieron nunca la luz por «complejo de régimen anterior», aspiraciones a controlar aún parcelas del monopolio y miedo real a que las televisiones privadas se comieran literalmente a la pública. La negativa no sirvió en absoluto a aquellos propósitos, ya que el 28 de octubre de 1982 el PSOE obtenía 10 millones de votos y comenzaba a desarrollar su estrategia de copar todos los puestos de decisión del país, eliminando sin contemplaciones a todo el que se opusiera o reclamara a un cierto respeto a las minorías.
El PSOE, una vez encaramado al poder, archivó sus propias reivindicaciones de pluralismo televisivo.
La primera y contundente prueba de lo anterior fue que el PSOE, una vez encaramado al poder, archivó sus propias reivindicaciones de pluralismo televisivo. Con el monopolio en sus manos, el PSOE se dispuso a manejarlo y manipularlo con el descaro de quien omite toda autocrítica, cambia radicalmente de opinión y actitud y lo justifica en aras del pragmatismo. Sólo una estridente presión de la opinión pública, pero sobre todo la obsolescencia de empeñarse en mantener cerradas las fronteras de lo audiovisual cuando se imponen los satélites, obligaron a permitir la instauración de canales privados en el otoño de 1989. Los avatares de las tres únicas concesiones, Antena 3, Telecinco y Canal Plus, conforman otro episodio de la lucha por asegurarse el dominio de la influencia informativa y política del PSOE, con sus correspondientes flecos de contrapartidas entrecruzadas, promesas de negocios y amenazas.
La primera cadena privada en comenzar sus emisiones, aprovechando sus diez años de preparación previa para el acontecimiento, fue Antena 3. Ocupados sin embargo sus dirigentes en la larga y fatigosa batalla por conseguir la concesión legal, se encontrarían con la sorpresa mayúscula de que el mercado internacional de derechos sobre películas, concursos y retransmisiones deportivas estaba prácticamente agotado. Pilar Miró, primero y Luis Solana después, habían roto todos los techos. Los precios se dispararon en la lucha por la competencia. Como botón de muestra baste el hecho de que RTVE, pagó al Real Madrid 23 millones de pesetas por retransmitirle su semifinal de la Copa de Europa de 1987 frente al Bayern Munich. El partido se celebró en el mes de abril. Tan sólo cinco meses más tarde, la misma RTVE abonaba 100 millones de pesetas por una eliminatoria de dieciseisavos de final entre el Real Madrid y el Oporto, y accedía a «indemnizar» además a otros equipos que se reclamaban perjudicados.
La competencia que se iniciaba provocó que deportes que nunca habían percibido dinero por sus transmisiones, como el baloncesto, el tenis o el balonmano, comenzaran a exigir su parte en la orgía. Las distribuidoras de películas comprobaron que España se convertía en un nuevo Eldorado para sus arcas. La técnica consistía en argumentar ante una oferta que otra televisión española, autonómica, privada o estatal, daba más dinero por una determinada cinta. El efecto era fulminante y el postor elevaba de inmediato los precios*.
Antena 3 apostó fuerte, sin embargo, por los informativos, el segmento más caro de realización que existe en el medio televisivo, combinándolo con películas y programas de entretenimiento de carácter familiar.
Antena 3 apostó fuerte, sin embargo, por los informativos, el segmento más caro de realización que existe en el medio televisivo, combinándolo con películas y programas de entretenimiento de carácter familiar. La publicidad tardó en acudir y han sido necesarias hasta la fecha tres ampliaciones de capital sucesivas y la adquisición de un 10% de la cadena por parte de Banesto para enjugar parte de las pérdidas, cifradas en 10.000 millones de pesetas. Como es obvio, las obras de infraestructura, la instalación de equipos y la progresiva extensión de las emisiones a nuevas parcelas del territorio nacional suponen una inversión inicial costosa, cuya amortización se prolongará, según fuentes de la propia cadena, durante los próximos diez años, en la mayor parte de los casos. No se han cumplido, empero, las previsiones que fijaban un pequeño margen de beneficios para el segundo año de funcionamiento. Los espacios de publicidad han debido sufrir un inesperado abaratamiento, los patrocinios no han acudido ni en la cantidad ni en la cuantía esperadas, y la captación de audiencia no se ha producido tampoco al ritmo anunciado.
Manuel Martín Ferrand, el director general de Antena 3, anuncia que en 1992 se verán los primeros síntomas de auténtica rentabilidad económica de la cadena. No obstante, sus números parten de la base de una economía española en expansión, cuando la realidad es que ya se dan los primeros e inequívocos síntomas de una recesión en toda regla. Telecinco confesó un déficit en su primer año de funcionamiento de 4.200 millones de pesetas, «ligeramente inferior a nuestras previsiones», señala Valerio Lazarov, director general de la cadena. Su combinación es extremadamente ligera y harto experimentada, con notable éxito, en Italia. Chicas ligerísimas de ropa, concursos en los que exige un nivel muy por debajo de la EGB, películas y series donde abundan la acción y la violencia, conforman una programación salpicada de numerosos cortes para emitir publicidad. Cuando ésta no acude, es lo mismo, ya que se sustituye por spots que anuncian previsiones de la programación propia. Lazarov rechaza la calificación de «televisión-basura» que cunde por los medios informativos y público en general al referirse a su cadena. El argumento es que Telecinco, cifras de audiencia al apoyo, emite aquello que el público desea.
En todo caso, su contrastada experiencia convierte a Telecinco en la cadena que más aquilata los gastos. Al disponer de un holding hispano-italiano, contrata derechos, concursos y películas para ser emitidos en ambos países; presta escasísima atención a la información de noticias, y conmina a las empresas multinacionales a cerrar sus contratos de publicidad en Milán para abaratar las tarifas. Una política comercial extremadamente agresiva ha llegado a ofrecer la emisión gratuita de anuncios o a cambio de otras contrapartidas y compensaciones. La cadena sitúa en el próximo año la desaparición de sus números rojos, argumento que se apoya en una programación similar a la de 1991, donde impere el color, la alegría, la carne joven y la despreocupación. Por la misma razón esperan incrementar los ingresos por publicidad aunque, conscientes del repliegue de la actividad económica, comienzan a desechar incrementos sustanciales en los precios de los spots; no así de los patrocinios, fórmula más querida en Telecinco, por cuanto permite fundir en un único mensaje programación y publicidad, sin detenerse en exceso a meditar sobre la ética de tal actuación ni sobre las normas internacionales que rigen sobre el particular*.
Respecto de Canal Plus, se trata de un caso aparte por la especificidad que supone ser un canal privado de pago, lo que contravenía en principio las disposiciones del propio gobierno relativas a las aspirantes a la concesión de un canal privado.
Respecto de Canal Plus, se trata de un caso aparte por la especificidad que supone ser un canal privado de pago, lo que contravenía en principio las disposiciones del propio gobierno relativas a las aspirantes a la concesión de un canal privado. Las previsiones iniciales, que cifraban el número de abonados en el primer año en 400.000 para llegar hasta un millón en el espacio de tres años, se han venido abajo. Canal Plus, según fuentes distintas a la propia cadena, dispone actualmente de 170.000 abonos con una cadencia de crecimiento mucho menor de la prevista. Con ser ello grave, el punto fuerte de la crisis lo conforma otro dato. La cadena estimaba que su rentabilidad se alcanzaría una vez conseguidos 600.000 abonados. Tales previsiones han sido modificadas con todo realismo al alza, hasta situarlas en 1.200.000. La apuesta por una indudable programación de calidad, si por ello se entiende películas de recientísimo estreno y fútbol en directo la tarde del domingo, supone al mismo tiempo el pago de sobre primas en la adquisición de los derechos de emisión, que no se compensan hasta la fecha ni con las cuotas de los abonados ni con los ingresos de una publicidad que alardea de ser selectiva.
Como no podía ser de otro modo, Canal Plus sí presta atención preferente a los espacios informativos, si bien ha decrecido paulatinamente el nivel de la cobertura en imágenes y de enviados especiales y corresponsales, lo que incide en una mayor abundancia de bustos parlantes en detrimento de la noticia descrita con imágenes reales propias. Todo un síntomas de las restricciones que impone un canal cuya política de programación está variando hacia derroteros paulatinamente más populistas.
Que las televisiones privadas pierdan dinero entra de lleno en el riesgo empresarial, donde los accionistas son libres de optar por este negocio o por otro. Lo que es mucho menos explicable, y raya probablemente en lo intolerable, es que no exista uno sólo de entre los canales autonómicos que ofrezca un balance económico positivo.
Creados por ley «para ensalzar y ocuparse preferentemente de los temas específicos de determinadas autonomías», estos canales se han desviado desde el principio de su objetivo legal. A imagen y semejanza de la televisión estatal, los partidos políticos dominantes han convertido a estas emisoras en instrumentos de propaganda propios, con el correspondiente tráfico de influencias y cargos. Como tales canales autonómicos, la intención del legislador es que fueran «complementarios» de la televisión estatal, de manera que prestarán atención y cobertura preferentes a los acontecimientos de la región concernida. El primer canal en emitir, y el primero también en transgredir la norma y el espíritu, fue el catalán TV3, en competencia abierta con RTVE. Con ella ha peleado por la adquisición de derechos sobre retransmisiones, como si de una televisión extranjera se tratara, negando incluso la cesión de determinadas imágenes al resto del territorio nacional.
Desde sus primeros 4.000 millones de pesetas de déficit con cargo a los impuestos que pagan todos los catalanes, y por ende todos los españoles, TV3 ha ido aumentando su presupuesto y su déficit hasta alcanzar unos estruendosos 40.000 millones de pesetas. Su funcionamiento es el de una televisión independiente y estatal, con corresponsales, enviados especiales y cobertura propia de todos los acontecimientos mundiales que se producen.
Los sucesivos canales autonómicos que fueron apareciendo (Euskal Telebista, TV Galega, Telemadrid, Canal Sur y Canal nueve Comunidad Valenciana), se han sentido legitimados para adoptar el mismo régimen de despilfarro presupuestario, amparados por la misma tónica de servir por encima de todo a los intereses del partido que nombre a sus respectivos dirigentes.
Al ser el primer ejemplo, los sucesivos canales autonómicos que fueron apareciendo (Euskal Telebista, TV Galega, Telemadrid, Canal Sur y Canal nueve Comunidad Valenciana), se han sentido legitimados para adoptar el mismo régimen de despilfarro presupuestario, amparados por la misma tónica de servir por encima de todo a los intereses del partido que nombre a sus respectivos dirigentes. Más que canales autonómicos son, pues televisiones al servicio de un gobierno, que adornan con la programación de películas y concursos además de escasas referencias a las auténticas preocupaciones regionales, para lo que fueron creados. Este divorcio evidente entre sus primeros objetivos y lo que en realidad son, se ha traducido en un meteórico e imparable aumento de los costos, de los que la publicidad regional y local apenas pueden cubrir una mínima parte. El déficit es compensado con los presupuestos de la comunidad autonómica respectiva, es decir con los tributos de todos y en detrimento lógico de otras obras probablemente más perentorias y urgentes.
Durante los últimos tres años, el espectáculo ofrecido por todos los canales españoles no ha podido ser más deprimente. Con motivo de la caída del Muro de Berlín llegaron a concentrarse hasta 16 equipos de otras tantas televisiones españolas frente a la Puerta de Brandeburgo. En la guerra del Golfo, pese a que los españoles no lograban entrar en ningún pool, reservados en principio a periodistas de los países directamente contendientes, eran los más numerosos. Al operar en régimen de competencia en vez de con carácter de complementariedad, los techos se han roto, los precios se han disparado y numerosas productoras extranjeras han hecho literalmente su agosto a costa de los canales españoles. De todo ello cabe deducir que el negocio de la televisión, perdido el monopolio, ha dejado de ser rentables en España, RTVE lucha por una vuelta de las subvenciones estatales para hacer frente a un desequilibrio que, en 1991, fue de 34.000 millones, según Torrespaña, y de 60.000 millones según fuentes de la competencia. Las autonómicas precisan a su vez de subvenciones si quieren subsistir y seguir emitiendo, aún con fuertes recortes presupuestarios como los efectuados en Telemadrid y Canal Sur. Las privadas, por su parte, se ven impotentes hacer frente a tal número de rivales, cuando estos gozan además de la ventaja del dinero abundante, dinero oficial.
La tarta publicitaria, el maná sobre el que todos centraban sus expectativas y esperanzas, ha registrado un peligroso punto de inflexión en la segunda mitad de 1991, augurio probable de que en 1992 las cosas pueden ir a peor si no se endereza la grave situación económica del país. Las compañías empiezan a dudar además de la eficacia de sus mensajes, al haber proliferado hasta la saciedad el zapping, más como medio de huir de una incontenible avalancha de mensajes que como curiosidad acerca de las diferentes programaciones. Y, en tiempos de restricciones, se observa que la clientela es más reacia a la contratación de espacios sin comprobar y contrastar su rentabilidad y eficacia.
BAJO un sol de justicia y un calor asfixiante, Felipe González y el coronel Teodoro Obiang ofrecen una conferencia de prensa al concluir la primera visita oficial del Presidente español a Guinea Ecuatorial. La escena se desarrolla en el suntuoso Palacio del Pueblo de Bata, la capital continental del país, un recinto faraónico donde el pueblo, por supuesto, no ha entrado nunca y si entrase lo que probablemente haría sería destruirlo. González dice cosas sorprendentes: pase lo que pase y esté quien esté en el poder, España seguirá auxiliando a Guinea Ecuatorial.
Guinea Ecuatorial, la infeliz ex-colonia española que llegó a la independencia de manos de un psicópata —Francisco Macías— y ahora se encuentra en las de su sobrino, es todo menos un país francófono donde haya que defender la lengua de Moliére.
Obiang no le va a la zaga. Justifica la existencia de su guardia pretoriana marroquí porque, según dice, en Africa tienen la mala costumbre de dar golpes de Estado y asesinar a los que mandan. El encuentro termina en un apoteosis de promesas y sonrisas. González tuvo, sin embargo, la mala idea de prometer su mediación entre la oposición democrática al régimen guineano y el dictador. Error, inmenso error que al cabo de unas semanas -y tras el nombramiento de Adolfo Suárez como «intermediario»- obtiene una respuesta contundente: Obiang nombra ministro de la «Francofonía» al titular de Exteriores, y designa un vice-ministro para los mismos menesteres.
Guinea Ecuatorial, la infeliz ex-colonia española que llegó a la independencia de manos de un psicópata -Francisco Macías- y ahora se encuentra en las de su sobrino- es todo menos un país francófono donde haya que defender la lengua de Moliére. Nadie o casi nadie habla francés, la presencia cultural francesa es mínima, los medios de comunicación ignoran el francés y el único vínculo que el país tiene con la francofonía tal vez sea que su moneda se encuentra en el área del franco CFA (Comunidad francesa). Eso no impide que Obiang haya participado en las cumbres de la Francofonía organizadas por Francia y que sus hijos estudien en París donde posee, gracias a sus ahorros, un coqueto apartamento.
Todavía no está claro por qué el presidente de Guinea Ecuatorial se empeña en halagar a los franceses con esa pasión instantánea por su lengua. A Francia, pese a lo que se dijo cuando se suprimió el «ekuele» (la moneda anterior) y se accedió al franco, le trae al pairo lo que suceda en este país paupérrimo y confía en la vigilancia española para evitar que se convierta en un foco de subversión o inestabilidad en una zona donde cuenta con dos aliados sensibles y de importancia: Gabón y Camerún. Hasta ahí llegan sus preocupaciones.
Pero Obiang, que es un astuto cacique «fang» (clan essanqui de Mongomo, para mas señas), ha intentado en todo momento utilizar el supuesto interés francés por su país para meter en cintura a la ex-metrópoli de la que vive. Bastó que la promesa de González empezara a funcionar-convencer a la oposición guineana de que se una y entable un diálogo abierto con Obiang-para que el dictador haya respondido con la historieta de la francofonía. El gobierno español ha dado la callada por respuesta. Todo indica que no habrá transición democrática en Guinea y que la ayuda se mantendrá en las cotas actuales: la cooperación española es la más generosa, cuantiosa e improductiva de la que España dispensa en el mundo.
Africa subsahariana era la asignatura pendiente de la política exterior española. Durante los años setenta se produjo cierto despliegue en algunos países (Liberia, Sudán, Nigueria, Kenia) ante la amenaza de que la Organización de la Unidad Africana apoyara las tesis sobre la africanidad de las Islas Canarias. Marcelino Oreja y sus colaboradores recorrieron el continente con el objetivo indisimulado de neutralizar al activo Cubillo. Tras los pactos con Argelia -gracias, todo hay que decirlo, a la diplomacia del PSOE- Cubillo se disolvió y el interés español hacia el mundo negro, hizo lo propio.
Pero coincidiendo con el 92 he aquí que el interés se renueva gracias, sobre todo a la penetración económica española en las excolonias africanas de Portugal y especialmente en Angola y Mozambique. La «cruz» de Guinea Ecuatorial la venían arrastrando los diversos gobiernos desde que en 1979, el entonces teniente Teodoro dio un golpe de Estado contra su tio Macías y lo fusiló.
Era la primera vez que González ponía el pie en Africa negra y Guinea, simplemente, le fascinó. Fue dispuesto a leerle la cartilla a Obiang y terminó entrando en el juego del dictador.
Era la primera vez que González ponía el pie en Africa negra y Guinea, simplemente, le fascinó. Fue dispuesto a leerle la cartilla a Obiang y terminó entrando en el juego del dictador que ahora, tras los arrumacos de Malabo y Bata, lo «castiga» con la historia de la francofonía y la amenaza de pasarse a Francia. Sólo la cativa mentalidad de un tiranuelo de tercera puede imaginar un chantaje tan lastimoso. El problema es que en Madrid nadie ha parecido darse por aludido. Obiang tiene bula para hacer lo que quiera, cuando quiera y donde quiera.
La capitidisminuida oposición democrática guineana ha respondido a este galimatías enviando una carta a través de la embajada guineana en Madrid (llamar por teléfono sería imposible porque lo tienen cortado por falta de pago, los diplomáticos utilizan los teléfonos de la embajada de Africa del Sur, que se encuentra en el piso de arriba) pidiendo a Obiang que dialogue. Hasta ahora no han obtenido respuesta y es dudoso que algún día la obtengan.
¿Quién manda en Angola? La segunda etapa del despertar africano de González fue Angola, un país destruido por una guerra civil que duró 16 años y donde las tropas de Fidel Castro (60.000 soldados) mantuvieron en el poder durante la misma etapa a dos dictadores cada cual más impresentable: el ya fallecido Agostinho Neto (que ordenó innumerables masacres cuya importancia apenas empieza ahora a conocerse) y José Eduardo dos Santos, que tras ser el Breshnev angoleño ha querido convertirse en el Gorbachev local y se apresta ahora a ganar unas elecciones generales —las primeras libres en ese país desde la independencia—.
España tiene, sin duda, importantes intereses —sobre todo, pesqueros— en Angola. El comercio bilateral es importante, los angoleños o, angolanos (la cosa no está muy clara) pagan bien y a tiempo gracias al petróleo de Cabinda y todo el país está por hacer, mejor dicho, por reconstruir, porque la terrible guerra entre el régimen marxista y la guerrilla nacionalista UNITĂ lo dejó planchado. De modo que se explica la prioridad concedida a este país en la «ofensiva africana» de González. Se explica menos, en cambio, el aprovechamiento consentido que se hizo del viaje por parte del MPLA (el expartido único, ahora reconvertido a la socialdemocracia) y el hecho de que González no pudiera o no quisiera recibir a Jonas Savimbi, el carismático líder de la UNITA, que se anuncia como futuro presidente del país.
Durante la visita oficial del presidente a Angola, las calles de Luanda estaban adornadas con carteles donde se cantaba la «hermandad entre el MPLA y el PSOE pese a que, según aseguró González, se trataba de un viaje de Estado y no de partido, aunque es dudoso que el presidente dos Santos, acostumbrado a identificar ambas realidades, lo entendiese muy bien. Y aunque González recibió a la insignificante oposición (una treintena de partidos, algunos de los cuales caben en un taxi) salvo al partido más importante y que más posibilidades tiene de ganar en septiembre, no quedó claro qué ocurrirá con nuestros intereses cuando el régimen cambie de estilo, de nombre y de nombres. El ejemplo de Namibia —donde la independencia trajo, como primera medida, la expulsión de nuestros pesqueros de sus aguas— debía pesar sobre este tipo de maniobras.
Es obvio que Africa subsahariana constituye una parte poco significativa de nuestras prioridades exteriores y es obvio también que, ahora, las preocupaciones se sitúan en el Este y en el Sur (Marruecos y Argelia, principalmente), pero eso no excluye que el gobierno empiece a tomarse en serio la presencia española en esa zona. Siempre y cuando no se trate de avalar a dictadores impresentables o jugar a la ruleta rusa con quienes han dejado de serlo.
READ my lips, no new taxes (miradme a los labios: no más impuestos). Estas famosas palabras de George Bush durante la campaña electoral de 1988, incumplidas luego, como tantas otras promesas electorales que suelen hacer los políticos en el curso de la carrera para conseguir el puesto deseado, resuenan todavía en la opinión pública y, por si al pueblo le fallara la memoria, los medios de comunicación se están encargando de refrescársela cotidianamente.
Aludo al asunto de los impuestos como punto de partida de este análisis prospectivo pues considero que la cuestión económica constituirá el punto central del debate político hasta las mismas vísperas del 3 de noviembre próximo, cuando los ciudadanos de los Estados Unidos decidirán quién será el próximo presidente de la primera potencia del mundo.
Aunque Bush es, sin duda, el mejor colocado en todos los pronósticos, de suerte que la mayor parte de los expertos afirman que no necesitará cambiar de domicilio, entre otras cosas porque carece de rivales de talla en el campo demócrata, lo cierto es que la situación económica y social del país ha empeorado en el transcurso de los últimos meses, de manera que introduce un factor de incertidumbre sobre el resultado electoral.
El factor decisivo radica en la propia salud del señor Bush, cuyo desmayo en Japón, después de los diversos achaques sufridos a lo largo de los dos últimos años, siembran la duda sobre su real estado físico.
A este respecto, los principales índice señalan un deterioro notable en capítulos tan sensibles como el déficit público, cuya estimación se fija ahora para el presente ejercicio fiscal (que finaliza en septiembre) en cerca de 400.000 millones de dólares, mientras desde octubre de 1991 hasta enero de 1992 se han perdido 300.000 empleos, aunque la tasa de paro permaneció estable en el 7,1% porque 400.000 personas encontraron trabajos de media jornada. Por otra parte, la producción industrial está estancada, experimentando un mes leves bajas que se compensan al siguiente con ligeras recuperaciones.
Estas cifras pueden, como es obvio, variar en sentido positivo en un próximo futuro, pero el hecho incontestable es que, hoy por hoy, los Estados Unidos viven una etapa de recesión, aunque algunos «gurús» del mundo financiero y económico piensan que el final está a la vista.
Sea de ello lo que fuere, el presidente-candidato Bush es consciente del grave handicap, y ha anunciado una serie de medidas tendentes a la recuperación rápida de la economía norteamericana, como palanca indispensable, a su vez, para la puesta en marcha de unas cuantas acciones de tipo social-sanidad, educación, viviendas, etcétera- en beneficio de las clases menos favorecidas.
Nixon vaticina una lucha ajustada, dando favorito a Clinton para la candidatura demócrata y predice, incluso, una ventaja de la oposición en los Colegios electorales…
¿Demagogia? ¿Medidas electoralistas? En este trance, cualquier decisión poítica de fuste lo es, aunque algunos líderes lo nieguen, siendo así que eso está ínsito en la propia médula de los verdaderos sistemas pluralistas y democráticos, cuya dependencia capital de la voluntad última del pueblo exige, a la postre, atender los requerimientos más perentorios del mismo. ¿Llegará Bush a tiempo y, más aún, son suficientes las reformas anunciadas? Los demócratas piensan, en bloque, que no. Los críticos de la prensa liberal, también. Pero lo grave es que parecido criterio mantienen en el campo republicano el precandidato más sólido y prestigioso-exceptuando, claro esta, al propio Bush-, James Buchanan, el conocido polivalente asesor de Nixon, Ford y Reagan, y, no se asombren, el actual secretario de la Vivienda, Jack Kemp, cuyas aspiraciones presidenciales son notorias.
Otras cuestiones entrarán, asimismo, en el debate electoral, empezando por el aborto, asunto donde Bush sostiene una neta y valiente postura contraria. Como dice el profesor Simon Sefarty, de la Universidad Johns Hopkins, desempleo, impuestos, educación, droga, criminalidad, etcétera, son los puntos básicos de la discusión.
Queda, en definitiva, la consideración de la política internacional, cuyo balance, altamente favorable para el presidente Bush, se ve debilitado por el escaso interés que la opinión pública de los Estados Unidos presta a este ámbito substantivo, salvo en momentos críticos, como las dos guerras mundiales, Corea, Vietnam y la reciente aventura en el Golfo Pérsico.
¿Habrá una nueva guerra, como anuncian medios tan prestigiosos como «Time», «Los Angeles Times», etcétera, para liquidar a Sadam Husein? Aunque la tentación es fuerte, ello supondría reconocer el error de dejarlo con mando en Bagdad, aparte del riesgo que comporta cualquier confrontación bélica en una zona tan convulsa como el mundo islámico, sacudido por la miseria y el fundamentalismo.
Con todo, Bush tiene en su mano la ventaja decisiva. Es el presidente, tiene autoridad y no aparece en el horizonte el candidato demócrata capaz de derrotarlo.
Mario Cuomo, el gobernador de Nueva York, ha manifestado, expresamente, que no se presentará, aunque se lo pida por aclamación la Convención demócrata del próximo Julio. Veremos. De él ha dicho Richard Nixon, en una reciente «reunión privada», que si se enfrentara a Bush, ambos protagonizarían un auténtico combate entre grandes pesos. Más todavía: el ex-presidente Nixon vaticina una lucha justada dando favorite in Felipe el africano ton para la candidatura demócrata, y predice, incluso, una ventaja de la oposición en los Colegios electorales… aunque Bush obtenga la mayoría del voto popular… Según él, California decidirá.
Pero Clinton, como ya le sucediera a Gary Hart en 1988, se ha visto envuelto en un «lío de faldas», y aunque su esposa se ha portado a la altura, echándole un capote oportunísimo e inteligente -demasiado inteligente, puesto que muchos electores preferirían que la candidata fuera ella-, no se olvide que en una sociedad como la norteamericana la vida privada de los políticos es inseparable de su vida públic pública, y cualquier «affaire» reñido con la moral, en su más amplio sentido, puede dar al traste con las aspiraciones más sólidas.
Por si esto fuera poco, The Wall Street Journal ha sacado a relucir que en 1969 Clinton consiguió o recibió una prórroga de dos meses para unirse a un cuerpo de oficiales de reserva, pero no se alistó para la guerra de Vietnam. Posteriormente rechazó la prórroga y se sometió al sorteo… tocándole en suerte el número 311, pero nadie por arriba del 195 fue llamado a filas.
En última instancia, el factor decisivo radica en la propia salud del señor Bush, cuyo desmayo en Japón, después de los diversos achaques sufridos a lo largo de los dos últimos años, siembran la duda sobre su real estado físico, a pesar de las demostraciones atléticas que periódicamente nos sirven los medios de comunicación. Como decía el maestro Moreno Torroba al celebrar su noventa cumpleaños, «la clave de la longevidad estriba en trabajar y no hacer deporte a partir de la juventud, pues el cuerpo es demasiado frágil y hay que tratarlo con mimo».
Los ecologistas españoles, en sus ratos libres de marchas contra la OTAN, protestas contra el servicio militar y otras actividades vocacionales de esa índole, no se van a comulgar con la Naturaleza andando por el monte o nadando en el mar. Gracias a Dios -o a Pan- tan sólo se dedican a matar los árboles de la Ciudad Universitaria clavando en ellos con grapas o chinchetas carteles de propaganda eco-pacifista. Menos mal, porque con lo dados que son a tirar basuras harían mucho más daño ecológico si frecuentasen nuestras sierras y playas, aumentando el vertedero humeante en que se está convirtiendo España.
Esa es la primera paradoja, que en este país los verdes son rojos. Y no rojos anarquistas generosos, indomables rojos utópicos, rojos simpáticos, sino demasiado a menudo infrarrojos manipulados por intereses políticos o económicos ajenos cuando no opuestos a la defensa de la Naturaleza. Y si no ¿cómo se explica que tras el desastre atómico de Chernobil, en la primavera de 1986, no se manifestase nadie? O ¿por qué en febrero de 1991 tampoco se tiraron a la calle ante la noticia de que Sadam Husein había incendiado medio millar de pozos de petróleo en Kuwait, provocando la mayor contaminación atmosférica en su género de la Historia?
La triste realidad es que aquí, salvo raras, honrosas e impotentes excepciones, el ecologismo no es ecologista. El español medio no ama a la Naturaleza, la considera madrastra y no madre. Por lo que sea, porque en nuestros labriegos hay demasiada sangre morisca de desertores del desierto, porque en nuestros campos no hay douceur angevine sino pedregales que hielan y abrasan, o porque en la conciencia nacional queda poco rastro del culto druídico al árbol o de la añoranza clásica de la Arcadia, el caso es que aquí se nota un sordo rencor ancestral contra lo agreste, un obscuro deseo de mancillarlo con basuras y luego destruirlo con el fuego.
Acaso eso explique la segunda y más grave paradoja. Los conservadores no aspiran a conservar la Naturaleza. Ni se molestan en fingir interés por el asunto. Claro que en España no hay conservadores sino conservaduros. Por eso la derecha ha cedido de buena gana a la izquierda la bandera conservadora por antonomasia, la causa de la conservación del medio ambiente natural, monumental y cultural. A la llamada derecha sociológica española no le interesa conservar nuestros bosques y ríos, ni salvar nuestro patrimonio artístico, ni mantener la riqueza de nuestra lengua. Lo que le importa es ganar dinero, aunque sea especulando con terrenos no edificables, contaminando los arroyos y prostituyendo el lenguaje.
En este país los verdes son rojos. Y no rojos anarquistas generosos, indomables rojos utópicos, rojos simpáticos, sino demasiado a menudo infrarrojos manipulados por intereses políticos o económicos ajenos cuando no opuesto a la defensa de la Naturaleza.
No digo que en el extranjero no haya ocurrido algo parecido, pero sin duda en grado mucho menor. En Inglaterra, en Francia o en Alemania siempre ha habido centenares de asociaciones de marcado carácter conservador, dedicadas a proteger eficazmente variadísimos seres, objetos o lugares en peligro, desde las águilas hasta las capillas románicas, pasando por los setos rurales o los talleres de alfarería. Es más, los propios partidos conservadores europeos han comprendido a tiempo que no sólo están para conservar el dinero de sus votantes y los intereses de la industria. La misma Sra. Thatcher, tan radical librecambista en otras cosas, innovó convocando algún seminario para escuchar durante horas y acompañada de varios ministros las admoniciones a puerta cerrada de écologos serios.
No así por estos pagos, ciertamente. Y sin embargo hubo en tiempos una derecha española más tradicional, de verdad conservadora, a la que debemos mucho. Algún día reconocerán los ecologistas la labor de extraños precursores. Si hace un siglo se salvó -por los pelos- la cabra montés y de paso Gredos, no fue desde luego merced a la inexistente preocupación de catedráticos casposos de biología, que no salían de sus gabinetes, ni a la paternal solicitud de diputados de izquierdas. Fue gracias al empeño tenaz de unos hombres que representaban varios de los tipos humanos más detestados hoy por la progresía: un puñado de aristócratas españoles -terratenientes y monteros-, un par de ricos ingleses y un Rey cazador, don Alfonso XIII. Un conjunto similar de circunstancias salvó el Coto Doñana. Y no digamos el Monte del Pardo, resto único del ecosistema primigenio de buena parte de la Península Ibérica. Su supervivencia se debe al egoísmo cinegético de los viejos monarcas españoles.
Eso nos lleva a otra contradicción aparente que es menester aceptar si se quiere salvar algo de la antigua riqueza vegetal y animal de nuestro país. La Naturaleza es esencialmente antidemocrática y antiproletaria (uso ambos términos en su recto sentido etimológico y no político, claro está). A la Naturaleza le aterra la invasión del pueblo y termina siendo destruida por la proliferación humana. Diez cazadores responsables en mil hectáreas de monte no hacen daño e incluso son beneficiosos pues coadyuvan en la selección natural, mientras que cien domingueros transistorizados, con su patulea de prole pirómana, arrasan con todo. El pastoreo tradicional y extensivo es igual de inocuo o benéfico. Pero lo que no se puede pretender es que las necesarias reservas naturales sirvan también de lugar de esparcimiento para el pueblo soberano.
Veamos un ejemplo conocido. La Laguna Grande de Gredos es uno de los lugares más hermosos de Europa. Se está muriendo. Los miles de domingueros que la visitan cada verano arrojan allí sus detritus o se enjabonan en el agua. Por una reacción bioquímica muy sabida, la eutrofia, eso terminará llenando de algas la laguna, aparte de la inevitable destrucción física de su entorno. Ahí si podría aplicarse una solución intermedia, y muy fácil. Bastaría con remediar el error anterior, que fue hacer una carretera asfaltada de libre uso hasta la Plataforma de Gredos, con su cómodo y suicida aparcamiento desde donde se llega andando en dos horas a la Laguna Grande. Para salvar el grandioso Circo y su lago no hace falta ni prohibir el paso a pie; tan sólo habría que obligar a dejar los coches cinco kilómetros antes. Con una hora más de marcha ineludible (dos, contando la vuelta) se desanimarían los domingueros y falsos ecologistas, pero podrían seguir disfrutando de su afición los montañeros, que ni empuercan ni incendian. O se podría hacer como en los parques naturales del Canadá, donde se limita el número de excursionistas por el simple método de cerrar la barrera en cuanto se alcanza el máximo. Entonces se forma una cola y van entrando los aspirantes en la medida en que van saliendo los ya ahítos de oxígeno. Eso, en el país más vacío del mundo.
No se puede poner en duda el efecto destructivo del dominguero español. Cuando casi nadie podía entrar en la Casa de Campo madrileña, es decir antes de la Segunda República, dicho parque real se parecía mucho al del Pardo por lo incólume. Cierto viejo republicano cuenta cómo se desengañó cuando pasó por allí el 15 de abril de 1931, lo vio invadido por la chusma y observó a unos que con una piedra machacaban unos gazapillos gritando: ¡Para que aprendáis a intentar escaparos como los Infantes!. Lo notable de este suceso no es el ansia regicida que revela sino el odio a la naturaleza que pone de manifiesto. A fin de cuentas matar a los Reyes es un esporádico deseo común a todos los pueblos de Europa. Incluso un lírico tan melífluo como Antonio Machado se lamentaba de que nadie hubiese asesinado a Alfonso XIII. El regicidio es un impulso edípico bastante frecuente, es un vulgar parricidio. Pero destruir la Naturaleza es un matricidio, y como tal un anhelo insólito, salvo en España.
No se puede poner en duda el efecto destructivo del dominguero español. Cuando casi nadie podía entrar en la casa del Campo madrileña, es decir antes de la Segunda República, dicho parque real se parecía mucho al del Pardo por lo incólume.
Aquí lo silvestre sólo tiene garantías de supervivencia si está cercado, y a ser posible con centinelas armados. No exagero, y la prueba es que una de las pocas colonias florecientes de camaleones en la Península está en la Base de Rota, y que las únicas áreas naturales que subsisten en el litoral meridional español son zonas militares prohibidas al turismo. Eso también puede parecer un doloroso contrasentido a los ecologistas irenéicos, pero es un hecho y ahí está.
Otra curiosa paradoja en la actitud habitual de los ecologistas es su tendencia a defender la inmigración del Tercer Mundo. Uno de los efectos inevitables de ésta será aumentar no sólo la población europea sino las tasas de natalidad en nuestro continente. Luego dirán lo que quieran, pero el hecho es que cuantos más habitantes haya por kilómetro cuadrado más deprisa quedará devastada la Naturaleza.
Claro que la inconsciencia ante el problema planetario de la superpoblación no es privativa de nuestros ecologistas. Son igual de irresponsables los capitalistas, capitalistas, convencidos de que la economía moderna sólo puede mantenerse si aumenta la producción, para lo cual ha de aumentar el consumo, y a ser posible el número de consumidores, amén de que una población en crecimiento quiere decir mano de obra barata. Tampoco están libres de miopía quienes ateniéndose al «creced y multiplicaos>>>> prefieren que nos multipliquemos indefinidamente. Y no digamos los marxistas residuales que cifran sus esperanzas de revolución mundial en el estímulo subversivo de la proliferación proletaria.
Ninguna de estas doctrinas quiere afrontar la realidad demográfica: que ya somos más de cinco mil millones en la Tierra y que a este paso seremos cincuenta mil millones de aquí a cuatro o cinco generaciones. Lo único seguro es que entonces nuestros ecologistas no podrán seguir gritando en la calle contra la Ley de Seguridad Ciudadana.
Pero volviendo al aquí y ahora español, hay que señalar una última paradoja ecológica, quizá la más penosa de todas. Nuestros socialistas están menos atentos al bien común que al medro individual. Sin embargo lo que parece casi natural en ei ethos capitalista -el individualismo a ultranza y el culto al dinero- no resulta admisible en quienes siguen una doctrina supuestamente basada en la solidaridad. La primera solidaridad que violan los socialistas españoles es la más elemental, la solidaridad ecológica con las generaciones venideras y con el resto de la creación. Cada vez que un político de izquierdas acepta de hecho en un discurso la primacía axiológica del principio del lucro personal, está traicionando sus raíces ideológicas tanto como cuando vende por cohecho una recalificación de terrenos rústicos. Tan inconsecuente es el socialista pesetero como el conservador que no conserva o el verde rojo. No es cosa de deontología, es cuestión de ontología.
Aunque no se puede pedir peras al olmo, si tenemos derecho, pues, a exigir lo contrario, es decir que cada cofradía haga honor a su santo patrono. Podemos reclamar más verdor a los verdes, más tradición a los conservadores, más generosidad a los socialistas y más autenticidad a todos. Habría entonces menos paradojas ecologistas y menos miseria ecológica. Para empezar podríamos obligar a los economistas a hacer bien las cuentas. Una de las paradojas ecológicas y aún simplemente económicas de la contabilidad nacional es que la renta nacional tan sólo refleja los cambios de riqueza cuando éstos pasan por el mercado. Eso quiere decir, en palabras de The Economist, que «cuando se tala un bosque y se vende, el país parece enriquecerse, aunque los árboles no sean repuestos y aunque su desaparición acarree erosión, inundaciones y la pérdida de una fuente de alimentos y combustible para la gente del lugar. Absurdo, pero así es a efectos del P.N.B., como si los estados nunca hubiesen oído hablar de la depreciación por agotamiento de activos. Y es que la miopía egoísta de los políticos termina imponiéndose a las administraciones estatales.
Podemos reclamar más verdor a los verdes, más tradición a los conservadores, más generosidad a los socialistas y más autenticidad a todos. Habría entonces menos paradojas ecologistas y menos miseria ecológica.
Sólo eso puede explicar este otro fenómeno: que España entorpezca en Bruselas todas las iniciativas ecológicas comunitarias. Nuestras autoridades confiesan que lo hacen para salvar la pequeña ventaja en competitividad que conservamos frente a la Europa rica gracias a que permitimos a nuestras industrias ensuciar más por unidad producida que las alemanas o las holandesas. Pero lo que no confiesan nuestros funcionarios es que con eso, además de envenenar España, están ayudando a este gobierno -y lo harían igual con el siguiente a comprar votos a costa de la salud de los españoles de hoy y hasta de sus nietos. Saben que transitoriamente aumentaría el paro y disminuirían los beneficios si se obligase a nuestra industria y a nuestra agricultura a contaminar menos. Por consiguiente crecería el descontento de sindicatos y patronos, con lo que el gobierno-cualquier gobierno- perdería votos. Puestos a escoger entre nuestra salud y sus escaños, cualquier partido escoge sus escaños. Con ayuda de los burócratas, claro.
No es imposible denunciar éstas y otras monstruosas estafas ecológicas. Pero tampoco es fácil. Quizá los jóvenes -los jóvenes de verdad, no los de treinta años para arriba- estén adoptando actitudes más lúcidas y sinceras y pueden imponérselas a sus mayores. Se me ocurre ahora, como envío final, que acaso el Príncipe de Asturias pudiese encabezar ese cambio de ánimo en la juventud. Después de todo él querrá una ocupación durante los años -muchos, espero que le queden antes de ser Rey. Y, ¿qué tarea más noble y digna de un Príncipe que amparar los intereses permanentes de su país? ¿Qué mayor autoridad moral que la de un joven Heredero del Trono para defender el patrimonio natural presente y futuro de España? Podría hacer, tal vez con menos vehemencia, una labor similar a la del Príncipe de Gales. No haría falta que se opusiese de frente al ciego egoísmo de tantos insensatos, eso sería peligroso. Pero al igual que la Reina protege la música en un país de melófobos y presta su fructuoso aval a la lucha contra la droga, el Infante podría hacer mucho bien mostrando público interés por la Naturaleza en peligro. Al menos los ecologistas sinceros no se sentirían tan solos.
Es muy probable que la primavera y el verano de 1992 sean estaciones «calientes» en la política italiana. Las elecciones para la renovación de la Cámara y el Senado están previstas en el mes de mayo. Después de finales de junio, finaliza el mandato del presidente de la República, y el nuevo Parlamento deberá proceder a elegir al sucesor de Francesco Cossiga. Las grandes maniobras ya han comenzado: se habla de algunos hombres políticos bien situados (Andreotti, Craxi, Forlani, Spadolini y otros) como futuros jefes del Estado o presidentes del Consejo. Todo hace pensar que la campaña electoral para esta doble elección será la más larga en la historia de la Italia republicana. La sensación más difundida entre los observadores, avalada por los resultados de algunos sondeos, es que el mapa político italiano será, después de este verano, bastante distinto del actual.
Las últimas elecciones parlamentarias tuvieron lugar en 1987 y hoy parece que han pasado años luz, ya que han sido muchos los sucesos significativos, tanto en el plano interno como en el internacional, desde aquella fecha. Se puede pensar que los equilibrios de fuerzas del país son distintos de los que existían en el Parlamento elegido en 1987. Observación que tiene su fundamento en los resultados del voto europeo en 1989 y de las elecciones regionales de 1990. Por otra parte, en junio de 1991 tuvo lugar el referendum sobre algunos aspectos de la Ley Electoral y sus resultados han mostrado clamorosamente la insatisfacción de los electores frente a algunas prácticas de la política tradicional.
En los últimos años, el sistema de partidos se ha ido fragmentando sucesivamente. En primer lugar, con la significativa implantación de un movimiento ecologista, y después con la explosión de listas de base regional, en el norte del país, particularmente, en la región de la Liga Lombarda. El ambiente abigarrado de las elecciones italianas se repetirá en las de 1992.
Finalmente, «last but non least», los acontecimientos en el Este de Europa han acelerado el «tempo» de la evolución del antiguo Partido Comunista (PCI). Tras un dramático proceso, el PCI ha quedado calcinado y de sus cenizas ha nacido el «Partido Democrático de la Izquierda» en el que confluyen la mayoría de los excomunistas, mientras un grupo relativamente pequeño de dirigentes y militantes «duros» se ha reorganizado en el movimiento de «Refundación Comunista».
En la cultura política italiana, sobre todo en aquella que encuentra su expresión en las páginas de diarios y revistas, existe la tendencia a exagerar el alcance de los cambios en curso y se hacen hipótesis sobre supuestos giros clamorosos que después se reducen a ser episodios más modestos. Estos cambios, sin embargo, parecen buenas razones para pensar que la situación italiana está madura para una importante reestructuración del sistema de partidos políticos.
Para situar esta posibilidad de transformación en el marco de una justa prospectiva, es útil recordar a grandes rasgos algunas de las características de la vida política italiana de la posguerra. Tras un inicial período de fluidez (1945-1947), el sistema político de partidos se ha consolidado creando, sustancialmente, dos únicas fórmulas duraderas de gobierno, una de centro -entre 1948 y 1960- y otras de centroizquierda -entre 1960 y 1975- y, nuevamente, de 1979 en adelante. La breve duración de los gobiernos (una media inferior a doce meses), los frecuentes litigios de las coaliciones y las abundantes crisis, han dado al sistema italiano la apariencia de inestabilidad. Pero desde otros puntos de vista, como la continuidad del personal político y la fórmula de gobierno, el sistema ha permanecido suficientemente estable, tanto como para ser considerado por algunos observadores como un «sistema bloqueado».
La sensación más difundida entre los observadores, avalada por los resultados de algunos sondeos, es que el mapa político italiano será después de este verano, bastante distinto del actual.
Esta definición hace referencia al hecho de que la democracia italiana, única en la experiencia europea, no haya conocido la alternancia de fuerzas de la oposición en el gobierno y viceversa. Un partido, la Democracia Cristiana (DC) ha tenido la responsabilidad del gobierno ininterrumpidamente desde 1946 en adelante; otras fuerzas como los socialdemócratas (PSDI) y los republicanos (PRI) han participado con diversas responsabilidades en los gobiernos de la DC durante la casi totalidad de la posguerra; en fin, otro protagonista principal de la coalición en el gobierno ha sido el Partido Socialista que ha participado en el poder durante casi 30 años. Al mismo tiempo, permanecen congelados permanentemente en la oposición los dos grupos políticos que configuran los dos polos opuestos del espectro político, es decir, los comunistas por un lado y los neofascistas (MSI) en el otro, con una base social considerable que los convierte, respectivamente, en el segundo y el cuarto partido en números de votos.
Al configurar de tal modo el sistema, había contribuido inicialmente de manera determinante la ruptura creada en el plano internacional. El sistema de partidos en Italia se formó en el inicio de la Guerra Fría: la DC y las otras fuerzas centristas se alinearon con el bloque occidental, mientras los dos partidos históricos de la izquierda lo hicieron con la Unión Soviética. El sistema nace, por tanto, en un clima altamente polarizado, creado por el «cleavage» internacional y acentuado por factores domésticos: las desastrosas condiciones económico-sociales; la fuerte distancia ideológica entre los principales grupos políticos, la presencia de «subculturas» políticas surgidas en el período prefascista y fuertemente enraizadas en zonas diversas de la península; la dureza del conflicto de clases y los tonos crecientes de clericalismo (y anti-clericalismo).
De todo ello resultó, entre otras cosas, un «mercado electoral» bastante estable con la con secuencia de que, durante decenios, sólo se produjeron variaciones generalmente modestas en la correlación de fuerzas de los diversos partidos entre una elección y otra. La DC mantiene su posición de primer partido, aunque sea a niveles gradualmente decrecientes; el PCI se consolidó, aunque a expensas del PSI, como segundo partido; los partidos moderados menores sobrevivieron pero sólo como protagonistas del contorno; y los neofascistas del MSI no adquirieron nunca la legitimidad democrática necesaria para integrarse plenamente en el juego político. Estos vínculos impidieron que se crearan las condiciones para una alternancia en el gobierno: la hipótesis de un gobierno de la izquierda, problemática a la luz del cuadro internacional y del progresivo deterioro de las relaciones entre socialistas y comunistas, resultaba sistemáticamente bloqueada incluso en la aritmética parlamentaria. Permanecían disponibles sólo dos formas de gobierno (centro y centroizquierda) en las que la DC constituía siempre el gozne indispensable.
El sistema de partidos en ítaíía se formó en eí inicio de la Guerra Fría: la DC y las otras fuerzas centristas se alinearon con el bloque occidental, mientras los dos partidos históricos de la izquierda lo hicieron con la Unión Soviética.
Tras un dramático proceso, el PCI ha quedado calcinado y de sus cenizas ha nacido el «Partido Democrático de la Izquierda» en el que confluyen la mayoría de los excomunistas.
Con el pasar de los años el sistema continuó manteniendo sus principales características aunque poco a poco iban desapareciendo algunos de los rasgos que habían contribuido a la configuración inicial. El desarrollo económico y social, los fermentos de la sociedad civil, el cambio de clima internacional, el proceso de modernización y secularización, contribuyeron en el curso de los años 70 y 80 a introducir una serie de novedades relevantes en la escena política: movimientos estudiantiles y de trabajadores, divorcio, aborto, terrorismo, erosión de la subcultura católica, internacionalización de la economía, integración europea. Con estas y otras novedades el sistema político aunque cambiando en parte permaneció sin modificaciones en sus componentes esenciales.
Pero, durante los últimos años, la historia ha tenido una imprevista aceleración: el hundimiento del comunismo en la Unión Soviética y en los países del Este europeo, con los consiguientes cambios en la escena internacional, han llevado a una rápida maduración de los procesos evolutivos internos del sistema político italiano que ya estaban germinalmente en uso desde hacía tiempo. Así como a finales de los años 40 los acontecimientos externos habían resultado decisivos para determinar el asentamiento político interno, así en los comienzos de los años 90 lo que viene de fuera del país contribuye a hacer madurar con rapidez las condiciones para una reestructuración del sistema de partidos y para modificar sustancialmente la relación de fuerzas.
Las perspectivas del cambio han afectado en buena medida a las relaciones entre socialistas y excomunistas, aunque naturalmente también a otros grupos. La relación entre los dos partidos históricos de la izquierda ha conocido fases alternas. Separados por la escisión que en 1921 llevó al nacimiento del Partido Comunista de una costilla del Socialista, unidos en el común destino de las fuerzas políticas perseguidas por el fascismo, socios en el Frente Popular que en 1948 sufrió una consciente desconfianza, el PCI y el PSI han estado en los últimos 30 años en bandos opuestos: en la oposición el primero, en el gobierno el segundo. Pero en las administraciones de muchas ciudades y regiones las relaciones han sido, sin embargo, de colaboración y también de rivalidad. Una relación en la que han prevalecido en la última década los elementos conflictivos con fuertes polémicas ocasionales. Como al comienzo de los años 60 cuando el PSI separando su propia suerte de sus cuñados comunistas hizo posible la coalición del centroizquierda aliándose con los democristianos. O incluso como en 1985, cuando los comunistas amenazaron con un referendum al líder socialista Craxi, entonces presidente del Consejo, volviéndolos más desconfiados.
Las perspectivas del cambio han afectado en buena medida a las relaciones entre socialistas y excomunistas, aunque natura/mente también a otros grupos.
La recomposición de las relaciones entre socialistas y comunistas no es una cuestión nueva. Así se ha presentado a lo largo de decenios sin encontrar salida por la presencia de toda una serie de obstáculos. Sobre todo, la división de los dos partidos en términos de votos. En 1946, la base electoral de los dos partidos era más o menos igual; treinta años después la relación de fuerzas se había modificado notablemente a favor del PCI: en 1976 los comunistas obtuvieron un tercio de los votos válidos, mientras los socialistas permanecieron por debajo de la banda del 10 por ciento. Doce años después (en 1987), sin embargo el declive electoral del PCI y el crecimiento simultáneo del PSI, la relación era todavía de dos a uno a favor del primero. Un desequilibrio de tales proporciones no podía animar ningún movimiento tendente a favorecer un acercamiento entre los dos grupos. En efecto, no pudieron contribuir a ello las diferencias ideológicas que se habían ido acentuando en los años 60 y 70 y que se manifestaban tanto en los juicios negativos expresados por los socialistas sobre los países del Este como en la ambigüedad de las posiciones críticas de los comunistas italianos sobre el modelo socialcristiano y la búsqueda de una improbable «tercera vía». EL foso cavado entre PCI y PSI desde los diversos y opuestos papeles ocupados en el sistema político se ensanchaba como consecuencia de los enfrentamientos surgidos sobre los temas de política exterior y sobre muchas cuestiones de política interna, incluido el delicado argumento de la reforma institucional. Era natural que esto generase un fuerte antagonismo entre los dirigentes y los militantes de los dos partidos en un clima de mutuas sospechas poco apto para una reconciliación.
Con la caída del comunismo se ha desmontado el arma del anticomunismo y se han puesto en marcha mecanismos llenos de novedad en el «mercado electoral»
En los últimos tiempos el peso de muchos de estos obstáculos se ha atenuado. Los regímenes del «socialismo real» se han hundido; el viejo PCI no existe más; el «nuevo» PDS ha adoptado (pero no sin cierta resistencia en su interior) el modelo socialdemocrático y ha presentado su demanda de afiliación a la Internacional Socialista; los demócratas de la izquierda italiana frecuentan, con la aprobación del PSI, los congresos de los partidos socialistas y laboristas europeos recibiendo solidaridad y ánimos. Todas estas razones hacen pensar en un mejoramiento de las relaciones entre Craxi y Occhetto, ya que además un mayor acercamiento puede servir a ambos. Al primero, porque le ofrece la oportunidad de desde posiciones de fuerza un papel de leadership, de la «unidad socialista» que campea en el nuevo símbolo del partido. Al segundo, para demostrar que el PDS ha nacido vivo es decir que no está destinado, como el partido de quien recogen la herencia, a ser una fuerza de oposición permanente. Además, las previsibles tendencias electorales, con una reducción de la distancia entre los dos grupos, favorecen la posibilidad de una integración. Naturalmente, hasta la próxima consulta el peso electoral del PDS es una incógnita, pero existen razones para pensar que el partido resultará notablemente redimensionado respecto a las fuerzas del viejo PCI. Sobre todo, porque el propio Partido Comunista estaba en fase de declive y además porque la escisión de la «Rifondazione Comunista» comportará sin duda un cierto precio, aunque sea difícil de cuantificar.
Naturalmene se trata sólo de hipótesis: son pocos los puntos ciertos en el clima de inseguridad que caracteriza esta fase de la vida política italiana. Sobre ella inciden otras vicisitudes de la izquierda, incluso las inquietudes que atraviesa el mundo católico, -y una parte de la misma DC-, y los muchos fermentos que se manifiestan en otros sectores del arco político. Con la caída del comunismo se ha desmontado el arma del anticomunismo y se han puesto en marcha mecanismos llenos de novedad en el «mercado electoral».
En 1992 se cumple el centenario de la fundación del Partido Socialista Italiano. Probablemente es demasiado pronto para asistir la reunificación de la «gran familia socialista», como esperan los optimistas. Pero podía ser este año el que abriera una nueva fase en la vida política italiana.
De esta forma, 1974 fue todavía un año de crecimiento para la economía española, si bien con tasas inferiores a las que venían registrándose anteriormente y en el segundo semestre ya comenzaron a aparecer síntomas inequívocos del diluvio que iba a llegar inmediatamente. Por ello, nos sirve como punto de partida para observar el comportamiento del sector más sensible, la industria, a lo largo de diecisiete años de crisis, reconversión, recuperación y nuevos síntomas de enfriamiento que llegan hasta el final de 1990.
Las ventas han crecido casi el doble que la inflación desde 1974.
Se ha limitado el análisis a las cien primeras empresas por su volumen de ventas, para no dar a este trabajo unas dimensiones exageradas y se ha utilizado como fuente para el ejercicio de 1974 el Informe que sobre las 500 mayores empresas industriales elaboraba por aquellos tiempos el Ministerio de Industria y para 1990, documentación de las propias sociedades y las listas difundidas por diversas entidades y publicaciones, que en determinados casos presentan notables diferencias entre sí. Se han utilizado las cifras consolidadas de grupos de empresas cuando corresponden a actividades industriales homogéneas y, en todo caso, conviene señalar que, si bien se ha procurado la mayor exactitud en los datos, éstos son sólo el soporte para examinar las tendencias de la evolución industrial española durante esos diecisiete años cruciales.
La facturación de las cien primeras empresas se ha multiplicado por 10,75 veces a lo largo del período 74-90, en tanto que la subida del índice de precios al consumo durante ese tiempo fue de un 675 %. El sector industrial ha ido sobreviviendo gracias a aumentos de producción y ventas superiores a los de sus costes de fabricación.
La plantilla del conjunto de las «cien» ha permanecido casi invariable en el período, ya que ha descendido en poco más de 17.000 trabajadores: de 549.354 a 532.168 personas, lo que significa una diferencia del 3,1%.
En consecuencia, las ventas por empleado han seguido una evolución semejante a la facturación total, pasando de 2,26 millones por persona en 1974 a 25,13 millones en 1990.
Si contemplamos seis actividades tradicionales, dejando aparte la construcción por la errática composición de sus plantillas, se aprecia que en el 74 lo mismo el petróleo que la siderurgia, química, electricidad y alimentación tenían unas ventas por empleado superiores a la media quedaba un 25% por debajo de dicha media. En 1990, la automoción se ha situado sobre la de la industria, en tanto que la automoción ha conseguido situarse sobre la media, mientras se registra la caída de la química y de la siderurgia, que ha venido a quedar un 35% por debajo.
Telecomunicaciones e informática, arriba; minería y metal, hacia abajo.
La tendencia a aligerar las plantillas de las empresas en relación con las producciones obtenidas ha sido invariable a lo largo del período, con la diferencia de que en los períodos de elevada actividad (1985 a 1989) se ha hecho hincapié en las inversiones dirigidas a mejorar la productividad y en las etapas de atonía se ha procurado licenciar el mayor número posible de trabajadores. En algunas actividades ambas actuaciones suelen ir siempre unidas, como es el caso de la automoción: cada vez que se lanza un nuevo modelo de automóvil, los avances técnicos incorporados en él hacen que sobre el 10% de la plantilla en fábricas de dimensiones importantes.
En 1974 la industria española acababa de salir de un período de diez años en el que se había llevado a cabo un esfuerzo importante para modernizar sus medios de producción, aprovechando las facilidades que proporcionaban los Planes de Desarrollo y las acciones concertadas. Todavía entonces se estaban firmando, y en ello se continuó hasta 1977, algunas de estas últimas, en las que se fijaban objetivos que pronto se revelarían inalcanzables. Piénsese adonde han ido a parar instalaciones que entonces se hallaban en boca de todos, como la cuarta planta siderúrgica de Sagunto, multitud de acerías y laminaciones, refinerías, buen número de centrales nucleares o astilleros capaces para construir barcos de medio millón de toneladas.
La clasificación sectorial de las cien primeras empresas industriales ofrecía entonces este panorama:
| Química | 17 |
| Alimentación | 14 |
| Maq. y mat. eléctrico | 10 |
| Construcción | 9 |
| Energía eléctrica | 8 |
| Siderurgia | 7 |
| Petróleo | 7 |
| Automoción | 7 |
| Aux. construcción | 5 |
| Constr. mecánicas | 4 |
| Papel | 4 |
| Minería | 3 |
| Construcción naval | 3 |
| Gas | 1 |
| Metalurgia | 1 |
Los avatares del período que consideramos han producido variaciones de cierta importancia en la clasificación sectorial de las cien primeras empresas, que en 1990 quedaba establecida así:
| Alimentación | 16 |
| Construcción | 12 |
| Automoción | 11 |
| Química | 11 |
| Maq. y mat. eléctrico | 9 |
| Energía eléctrica | 7 |
| Telecomunicaciones | 7 |
| Auxil. construcción | 6 |
| Petróleo | 5 |
| Siderurgia | 5 |
| Informática | 2 |
| Papel | 2 |
| Construcción naval | 2 |
| Metalurgia | 1 |
| Material electrónico | 1 |
| Aeronáutica | 1 |
| Gas | 1 |
| Textil | 1 |
La comparación entre las dos situaciones nos permite observar la irrupción de las telecomunicaciones, la informática y la fabricación de material electrónico y el mayor peso adquirido por la alimentación, a medida que se comen y beben más productos industrializados, y por el automóvil, con la llegada de primeras firmas mundiales del sector como General Motors, Ford y Volkswagen-Audi. Se mantiene la construcción, que ve aumentado el tamaño de sus empresas por las fusiones que han tenido lugar y lo mismo ocurre en el ámbito de la producción y distribución de energía eléctrica, mientras que la fabricación de material eléctrico va orientándose también hacia fases más avanzadas como la electrónica.
Las fusiones han alterado también algo la situación en el terreno del petróleo y la industria química, sometida durante años a fuerte inestabilidad en el precio de las materias primas, pero la conmoción negativa más importante se ha dado en dos actividades de gran peso histórico: el metal y la minería. De esta última han desaparecido de la lista las empresas que figuraban en el 74 y en cuanto al metal, también se registra la eliminación de las compañías dedicadas a construcciones mecánicas, en tanto que la siderurgia y la construcción naval pierden buena parte de su importancia relativa. El «chip» está derribando hornos, castilletes y chimeneas.
En este trabajo asignamos la propiedad de las empresas a quien posee el control efectivo sobre ellas, aunque en ocasiones no sea titular de la mayoría absoluta del capital social. En cuanto al origen geográfico, nos atenemos a la nacionalidad de origen de la casa matriz, aunque haya conveniencias fiscales o estratégicas que hayan llevado el domicilio social a países más benévolos.
En 1974 eran veinte las empresas de control extranjero situadas entre las cien primeras de España: seis procedentes de Estados Unidos, cuatro alemanas, tres francesas, dos holandesas, dos belgas y una del Reino Unido, Italia y Suiza. En cuanto a su actividad, siete se dedicaban a la química, cinco a la construcción de maquinaria y material eléctrico, tres a la automoción, otras tres a la alimentación y dos a la minería.
La Comisa Cantábrica ha perdido la mitad de sus grandes empresas.
El número de multinacionales presentes en España se ha ido ampliando de manera considerable y en el 90 casi la mitad de las cien primeras empresas estaba bajo control extranjero: exactamente cuarenta y ocho y el número va a ampliarse cuando terminen de plasmarse operaciones pactadas en 1990 y 1991. Y si en el 74 sólo había una sociedad de control extranjero entre las diez primeras, ahora ya son cuatro las que se encuentran en esas posiciones. Una situación normal si tenemos en cuenta que el 27% de la producción industrial española corresponde a compañías multinacionales.
En cuanto a nacionalidades de origen, Estados Unidos comparte ahora el liderazgo con Francia, con diez empresas cada país. Les sigue de cerca Alemania, con nueve y con tres figuran Holanda, Kuwait, Japón, Italia y Suiza, en tanto que el Reino Unido y Suecia cuentan con dos procedentes de cada uno. Por sectores, hay diez en la automoción (en realidad, las once grandes ya, una vez efectuada la compra de la mayoría de E.N.A.S.A. por I.V.E.C.O.), diez en el químico, nueve en alimentación, siete en maquinaria y material eléctrico, cuatro en telecomunicaciones, dos en petróleo, informática y fabricación de papel y una en construcción y auxiliar de construcción.
El peso de las empresas públicas va bajando, pero lo hace con cierta lentitud. En el 74 había diecisiete entre las cien primeras y en el 90 quedaban doce, entre las que figuran precisamente las dos primeras de la lista: Repsol y E.N.D.E.S.A.
Cada vez tiene menos importancia el accionariado popular en el capital de las empresas industriales. Si en el 74 cotizaban normalmente en Bolsa cuarenta de las «cien», en el 90 ese número ha quedado reducido a la mitad e incluso en esa veintena no se puede hablar de más de cinco en las que no exista un fuerte control por parte de una multinacional, un Banco o una familia. Esta claro que la industria no es un sector atractivo para que el inversor dirija hacia él sus ahorros, y la mayor parte de los valores industriales, incluso los de más solera, han quedado reducidos en Bolsa al papel de lo que en el argot se conoce como «chicharros».
Suelen elaborarse estadísticas que sitúan geográficamente una empresa en donde se encuentra su domicilio social y atribuyen a Madrid, cuyo cinturón industrial está pasando por momentos duros, la localización de la mitad de las cien primeras industrias.
No es posible colocar en una región concreta a todas las empresas industriales, porque hay algunas con varios centros de producción de semejante importancia o con alcance auténticamente nacional, pero una aproximación basada en el criterio de actividad predominante nos da el siguiente reparto según áreas geográficas en 1974:
| Área geográfica | Número de empresas |
|---|---|
| Cornisa Cantábrica | 30 |
| Cataluña | 19 |
| Madrid | 18 |
| Andalucía | 6 |
| Galicia | 6 |
| Valencia | 2 |
| Castilla-León | 1 |
| Navarra | 1 |
En 1990 el reparto había experimentado cambios de consideración:
| Área geográfica | Número de empresas |
|---|---|
| Madrid | 24 |
| Cataluña | 22 |
| Cornisa Cantábrica | 15 |
| Andalucía | 5 |
| Castilla-León | 4 |
| Galicia | 4 |
| Valencia | 4 |
| Aragón | 2 |
| Navarra | 1 |
Era sobradamente conocido el declive de la Cornisa Cantábrica, pero la distribución espacial de las grandes empresas lo corrobora de forma tremenda: quedan la mitad de las que había en 1974. Los dos archipiélagos, Castilla-La Mancha, Murcia, Extremadura y La Rioja siguen sin tener una industria grande, Aragón tiene una isla llamada General Motors (más la aportación de E.I.A.) y la única novedad agradable es la mejoría que se ha experimentado en Castilla-León gracias a varias compañías alimentarias.
Sólo cuarenta y cinco de las cien empresas de 1974 siguen presentes en la lista de 1990, con distinto nombre en algunos casos como los de Nissan (antes Motor Ibérica), Mercedes-Benz España (antes Compañía Hispano-Alemana Mercedes-Benz-Volkswagen), Alcatel (antes Standard Eléctrica) o Robert Bosch (antes F.E.M.S.A.). Veinticuatro de ellas han mejorado su posición en la lista, siendo los casos más destacados Ferrovial, que pasa del puesto 92 al 23, E.N.D.E.S.A., que apoyándose en absorciones de empresas y actividades mineras, sube del 62 al 2, o Cristalería Española, que salta del 96 al 40.
Aparecen otras con nuevos nombres como producto de fusiones de empresas que generalmente ya se encontraban entre las «cien»: la líder Repsol, Enagas, Ercros, Inespal, Unión-F.E.N.O.S.A., Cubiertas y M.Z.O.V. o Acenor y también se da el contrario de una compañía que, al dividirse, ha dado origen a dos que figuran entre las grandes: Chrysler España, a la que Peugeot compró la fábrica de turismos y camiones para vender luego esta última a Renault Vehículos Industriales.
Son empresas de nueva implantación General Motors, Ford, C.I.R.S.A., Ericsson, Sony, Acerinox, I.C.I., I.N.D.I.Τ.Ε.Χ., Α.Τ.Τ. Sintel, Telettra, Fujitsu o C.E.S.E.L.S.A. Y hay otras que ocupaban posiciones más rezagadas, pero cuyo crecimiento les ha permitido situarse entre las cien primeras: O.C.I.S.A., Ebro Agrícolas, Bayer, Construcciones Aeronáuticas, Construcciones y Contratas, Hidroeléctrica del Cantábrico, Abengoa, Danone, Henkel, Aragonesas, Auxini, Sandoz, Leche Pascual o Campofrío.
Todos los sectores y empresas reconvertidos han perdido posiciones.
En el polo opuesto hay 21 empresas que han desaparecido de la lista por haber sido absorbidas y otras 21 que se mantienen dentro de las «cien», pero en una posición más baja, siendo los descensos más fuertes los de Bazán (del 21 al 83), E.N.A.S.A. (del 13 al 64) y Astilleros Españoles (del 9 al 54).
Aún mayores descalabros ordinales han padecido algunas de las empresas que ahora figuran en puestos comprendidos entre el 100 y el 600: General Eléctrica, Victorio Luzuriaga, S.N.I.A.C.E., La Papelera Española. A.E.G., A.C.E.P.R.O.S.A., Azucarera, La a Seda Seda de Barcelona, E.N. de Celulosas, H.U.N.O.S.A… Con todo, el registro más espectacular corresponde a M.A.C.O.S.A., que ha ido a parar por debajo del lugar 1.500 y facturó en 1990 un 16,4% menos en pesetas corrientes que en 1974.
Un detalle para pensar: todas las empresas que han estado sometidas a programas de reconversión, individuales o sectoriales, han perdido posiciones dentro de la tabla.
La industria española ha tenido poca fortuna a lo largo de las dos últimas décadas. Cuando no había digerido las inversiones necesarias para modernizarse y ampliar sus dimensiones, la crisis energética le obligó a cambiar de objetivos y procedimientos y a acometer un duro proceso de reconversión en la mayoría de los sectores a los que hoy se conoce piadosamente como «maduros». Cuando las circunstancias mejoraron y volvieron a conocerse tasas de crecimiento aceptables, la apertura del proceso de integración en la C.E.E. significó la llegada de una competencia esperada y saludable pero difícil de afrontar.
El peso de la industria en el conjunto del P.I.B. español ha pasado a ser menor de una tercera parte; exactamente un 32,5% en 1990, que es un porcentaje insuficiente para mantener una economía sólida y avanzada. Nadie puede pensar a estas alturas en recuperar posiciones a partir de la agricultura y los servicios siguen teniendo un carácter demasiado aleatorio como para confiar en un crecimiento estable y sostenido a partir de ellos.
Se ha avanzado considerablemente en el terreno de la investigación y desarrollo, pasándose de destinar a ellos un 0,46% de la facturación de las empresas en 1974 a un 0,87% en el 90, pero todavía nos encontramos lejos del 2,5% de los países europeos avanzados. Por el contrario, la dependencia de la financiación externa por parte de las empresas continúa siendo exagerada: un 49,6%.
La capacidad industrial se utilizaba en un 76,7% durante el pasado verano, frente a una media comunitaria del 81,4%. Los indicadores de que se dispone hacen pensar que se prolongará esa tendencia y, por lo tanto, proseguirá la destrucción de empleo en la industria española.
El sector se viene comportando de manera benéfica para el conjunto de la economía nacional pero altamente perjudicial para sus propios intereses en el tema de los precios. Los productos industriales, que en su mayoría son susceptibles de sustitución por los importados, suben a tasas anuales cercanas al 1% y contribuyen decisivamente a que la inflación no se dispare más allá del 5,5% ó 6%, porque los servicios y los bienes que no admiten el reemplazo de las importaciones siguen subiendo por encima del 10%. La industria ve cómo sus costes de producción aumentan al ritmo de los salarios, los impuestos y los gastos financieros, mientras sus precios de venta tropiezan contra el muro del «made in Taiwan» o el «made in Germany».
Es necesario fortalecer la industria si se quiere mantener una tasa de actividad suficiente para el desarrollo general de la economía.
Por ese camino se llega al fenómeno de la destrucción del tejido industrial que tanto preocupa y se apuntan para contenerlo soluciones que suenan a viejas ineficacias: fondos estatales para industrias que compensen la eliminación de puestos de trabajo en zonas en crisis. segundas, terceras o enésimas reconversiones sectoriales, leyes que definan una nueva política industrial. Pocos quieren darse por enterados de que es en los sectores en donde ha habido más regulaciones y más protagonismo de la Administración y de los Sindicatos en donde los resultados han sido más desfavorables.
Es necesario fortalecer la industria si se quiere mantener una tasa de actividad suficiente para el desarrollo general de la economía y si no se quiere ser víctima permanente del déficit comercial y las decisiones estratégicas tomadas demasiado lejos, pero el camino no pasa probablemente por leyes específicas y actuaciones concretas sobre el sector, sino por lugares comunes para cualquier actividad:
| Empresas | Actividad | Ventas (M. pta.) | Empleados |
|---|---|---|---|
| Ε.Ν.Ρ.E.T.R.O.L. | Petróleo | 76.636 | 5.570 |
| E.N.S.I.D.E.S.A. | Siderurgia | 68.942 | 27.143 |
| C.E.P.S.A. | Petróleo | 66.163 | 4.333 |
| U. Explosivos Río Tinto | Química | 49.084 | 11.654 |
| S.E.A.T. | Automoción | 48.034 | 30.335 |
| Dragados y Construcciones | Construcción | 38.313 | 31.157 |
| P.E.T.R.O.N.O.R. | Petróleo | 30.075 | |
| Altos Hornos de Vizcaya | Siderurgia | 29.414 | 13.953 |
| Astilleros Españoles | Constr. Naval | 28.953 | 19.618 |
| Standard Eléctrica | Mat. eléctrico | 25.065 | 20.212 |
| F.A.S.A.-Renault | Automoción | 24.321 | 16.357 |
| Petrolíber | Petróleo | 22.766 | |
| Ε.Ν.Α.S.A. | Automoción | 22.517 | 11.869 |
| Iberduero | Electricidad | 22.158 | 6.695 |
| Hidroeléctrica Española | Electricidad | 22.091 | 6.214 |
| Butano | Gas | 21.643 | 3.499 |
| Chrysler España | Automoción | 20.437 | 10.847 |
| Agromán | Construcción | 20.012 | 13.808 |
| Entrecanales y Tavora | Construcción | 18.600 | 14.300 |
| P.E.T.R.O.M.E.D. | Petróleo | 18.401 | |
| E.N. Bazán | Constr. Naval | 17.235 | 13.017 |
| Huarte y Cía. | Construcción | 16.005 | 11.565 |
| Michelín | Química | 15.377 | 10.379 |
| H.I.S.P.A.N.O.I.L | Petróleo | 14.732 | |
| Nestlé | Alimentación | 14.416 | 3.886 |
| Sevillana de Electricidad | Electricidad | 13.585 | 6.102 |
| F.E.C.S.A. | Electricidad | 13.378 | 6.372 |
| Motor Ibérica | Automoción | 13.109 | 6.458 |
| S.A. Cros | Química | 12.758 | 4.732 |
| Cía. Indust. Abastecimientos | Alimentación | 11.920 | |
| Río Tinto Patiño | Minería | 11.272 | 1.722 |
| Citroën Hispania | Automoción | 10.556 | 5.877 |
| Fomento de Obras | Construcción | 10.294 | 12.838 |
| Carbonell y Cía. | Alimentación | 10.184 | 1.055 |
| Unión Eléctrica | Electricidad | 9.638 | 4.023 |
| Productos Pirelli | Química | 9.445 | 5.858 |
| Firestone Hispania | Química | 8.719 | 5.103 |
| A.S.Τ.Α.Ν.Ο. | Constr. Naval | 8.536 | 6.080 |
| Cubiertas y Tejados | Construcción | 8.414 | 8.600 |
| La Seda de Barcelona | Química | 8.407 | 4.237 |
| Cía. de Industrias Agrícolas | Alimentación | 8.355 | 2.650 |
| Roca Radiadores | Aux. Construcción | 8.289 | 7.227 |
| La Papelera Española | Papel | 8.207 | 3.133 |
| S.A. Echevarría | Siderurgia | 7.500 | 5.030 |
| E.N.F.E.R.S.A. | Química | 7.292 | 2.178 |
| Laminaciones de Lesaca | Siderurgia | 7.218 | 1.823 |
| Babcock & Wilcox | Cons. Mecánicas | 7.000 | 4.912 |
| H.U.N.O.S.A. | Minería | 6.970 | 24.264 |
| E.N. de Celulosas | Papel | 6.873 | 1.994 |
| F.E.M.S.A. | Mater. Eléctrico | 6.612 | 6.405 |
| Siemens, S.A. | Mater. Eléctrico | 6.501 | 5.106 |
| Hoechst Ibérica | Química | 6.490 | 1.182 |
| Basf Española | Química | 6.483 | |
| A.E.G. Ibérica | Mat. Eléctrico | 6.443 | 3.438 |
| Philips Ibérica | Mat. Eléctrico | 6.353 | 1.272 |
| Uralita | Aux. Construcción | 6.316 | 4.345 |
| Concesionarios Coca-Cola | Alimentación | 6.165 | 4.786 |
| Acumulador Tudor | Mat. Eléctrico | 6.146 | 2.450 |
| Sarrió | Papel | 6.100 | 2.890 |
| H. A. Mercedes-Volkswagen | Automoción | 6.016 | 3.960 |
| G. E. Sanders | Alimentación | 6.008 | |
| E.N.D.E.S.A. | Electricidad | 6.007 | 3.666 |
| S. G. Azucarera | Alimentación | 5.961 | 1.998 |
| F.E.N.O.S.A. | Electricidad | 5.922 | 3.418 |
| A.C.E.P.R.O.S.A. | Alimentación | 5.780 | |
| E.N.H.E.R. | Electricidad | 5.643 | 2.756 |
| Real C. Asturiana de Minas | Minería | 5.628 | 3.214 |
| Esteban Orbegozo | Siderurgia | 5.533 | 2.634 |
| Nueva Montaña Quijano | Siderurgia | 5.306 | 2.783 |
| Asturiana de Zinc | Metalurgia | 5.268 | |
| S.N.I.A.C.E. | Química | 5.176 | 2.995 |
| C. Auxiliar de Ferrocarriles | Cons. Mecánicas | 5.156 | 3.957 |
| Fosfórico Español | Química | 5.134 | |
| Elosúa | Alimentación | 5.132 | |
| Ulgor SCI | Material Eléctrico | 5.090 | 2.763 |
| Aiscondel | Química | 5.001 | 2.559 |
| General Eléctrica Española | Material Eléctrico | 4.964 | 4.811 |
| Distribuidora Industrial | Química | 4.942 | |
| Orbaiceta | Material Eléctrico | 4.866 | 3.745 |
| Victorio Luzuriaga | Constr. Mecánicas | 4.783 | 3.136 |
| S. A. El Aguila | Alimentación | 4.719 | 3.558 |
| S. C. Agropecuaria de Guissona | Alimentación | 4.710 | |
| S. General de Obras y Constr. | Construcción | 4.707 | 4.969 |
| Material y Construcciones | Cons. Mecánicas | 4.701 | 3.957 |
| Asland | Aux. Construcción | 4.687 | 1.735 |
| A.E.L.E.S.A. | Alimentación | 4.614 | |
| Torras Hostench | Papel | 4.605 | 2.004 |
| Koipe | Alimentación | 4.531 | |
| Vidrieras Españolas | Aux. Construcción | 4.511 | 3.789 |
| S. A. Fibras Artificiales | Química | 4.472 | 2.524 |
| Pedro Domecq | Alimentación | 4.459 | |
| S.A. Ferrovial | Construcción | 4.327 | 3.442 |
| Asfaltos Españoles | Petróleos | 4.316 | |
| Solvay | Química | 4.298 | 2.340 |
| M.Z.O.V. | Construcción | 4.280 | 6.048 |
| Cristalería Española | Auxiliar Construc. | 4.251 | 3.306 |
| R.E.P.O.S.A. | Química | 4.231 | |
| José M. Aristrain Madrid | Siderurgia | 4.187 | |
| Ibérica de Electrodomésticos | Mat. Eléctrico | 4.136 | 2.0421 |
| Calatrava | Química | 4.123 |