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De la euforia democrática

Título: Le regain démocratique.
Autor: Jean-François Revel.
Editorial: Fayard. París 1992. 522 páginas.
Precio: 145 francos franceses.


Nuestro amigo Jean-François Revel acaba de publicar este libro que hace el número veintiocho de su producción. Cualquier libro de Revel es en Francia —y, también, en otros países como Estados Unidos— un acontecimiento intelectual de primera magnitud. Las razones son múltiples: Revel es un original analista de nuestras realidades, un humanista de un género a extinguir, un periodista de pulso, un conocedor profundo del mundo en que vivimos. Uno puede estar de acuerdo o no con la que Revel escribe, pero cometería un grave error si no lo tuviera en cuenta porque es uno de los espíritus más finos de nuestro tiempo.

Los últimos libros de Revel destilaban pesimismo sobre el presente y el futuro de la libertad política, social, económica. Desde La Tentación Totalitaria (1976) al Conocimiento inútil (1988) el ensayista francés se había volcado en describir los peligros que corrían los regímenes democráticos y las libertades en el mundo. La democracia era (¿sigue siendo?) para Revel una excepción de carácter porvenir en un planeta poblado mayoritariamente por dictadores, regímenes totalitarios, censura, desinformación y manipulación donde la economía libre de mercado tenía un uso restringido y donde la injusticia, la mala distribución, el abuso eran más la regla que la excepción.

Cambio

En apenas tres años todo parece haber cambiado. E insiste en el término «parece» porque el cambio resulta más superficial que profundo, más cuantitativo que cualitativo. El comunismo, salvo raras y exóticas excepciones (entre las que hay que incluir al monstruo chino, en modo alguno despreciable) se ha derrumbado, algunos regímenes despóticos del Tercer Mundo, algunos dictadores de partido único han escogido el camino hacia la democracia con resultados diversos y hasta la izquierda occidental, estatista y, a veces, totalitaria se ha olvidado de sus viejas banderas y se orienta hacia el modelo socialdemócrata, un inmenso saco donde, al parecer, toda cabe y todo vale.

Este gran cambio ha producido lo que Revel llama la «euforia democrática». Su libro trata de indagar en la realidad que se oculta tras esta etiqueta y eso exige al autor una descripción de lo sucedido en los últimos tres o cuatro años. La mirada del autor pasa de la ex-URSS al Japón, de El Salvador a Birmania, de Argentina a Croacia. Su análisis no es ni histórico —sobran libros de historia inmediata— ni sistemático sino global, lo que sin duda lo hace mucho más atractivo y polémico. Porque Revel no renuncia a proclamar cosas chocantes, hipótesis heterodoxas, sugerencias turbadoras para cualquier conciencia bien amueblada. El lector se siente interlocutor y disiente a veces de lo que el autor afirma y ése es uno de los más altos valores de cualquier texto.

A lo largo de este extenso análisis el escritor francés trata los límites de la euforia, estudia las formas para salir del comunismo o del post-comunismo sin excesivos quebrantos (aunque lógicamente no ofrece la receta mágica) y describe algunos fenómenos emergentes tales como el renacimiento de los nacionalismos y los nacionalismos, la recuperación de los fundamentalismos religiosos, sobre todo islámico, y, la permanente tragedia del hambre, la enfermedad (sobre todo el sida), la droga y la degradación del medio ambiente como el fundamento mismo técnico utilizado.

Democracia islámica e islamo-cristiana sintetiza uno de los más reveladores. A quienes se interesen por estos temas nada baladíes aconsejo la lectura de otro libro, también recién publicado en Francia y titulado Del Islam en general y del mundo moderno en particular, brillante panfleto de Jean-Claude Barreau, donde se rompe al fin uno de los tabúes más preocupantes de nuestra cultura política: la crítica al Islam como religión y como forma de vida.

Capitalismo liberal

Revel en las últimas páginas de su libro expone con claridad cuál es en su opinión la «vía real» que conducirá a nuestra sociedad hacia una vida mejor «so pena de extinción»: el capitalismo democrático y liberal. Subraya lo de liberal porque existe, en efecto, un capitalismo no liberal, enfervorizado con el Estado, proteccionista que puede atentar indirectamente contra las libertades individuales y el desarrollo económico.

Revel dice tajantemente: «el capitalismo liberal democrático no es el mejor sistema, es el único». Cuando la vida pública se convierte en algo banal, añade, la vida privada puede ser original. Los políticos profesionales son quienes intentan convencernos de que solamente el colectivo impone porque temen perder su coto privado. «Es precisamente la democracia la que hace que nazca el hombre libre —concluye Revel— pero es el hombre libre el que permite a la democracia durar».

Libro, pues, importante y de obligatoria lectura, a veces reiterativo e incluso demasiado extenso pero fascinante en la mayor parte de sus textos. Ojalá pronto dispongamos de una buena traducción lo que parece bastante más difícil.

América Latina, árbol de civilizaciones

Gracias a ese ensamblamiento dinámico en el tiempo una nueva y distinta realidad civilizada —la latinoamericana— continúa viva, y su dilatada historia, con sus logros y fracasos, aparece escrita con letras de oro y sangre en los manuales y las enciclopedias. El resultado final no podía conseguirse de otra manera, ya que es consecuencia de una aventura civilizadora, con clara vocación religiosa e impronta universalista, y en un marco jurídico-político concebido desde el inicio para un largo plazo. Asimismo, y muy particularmente a partir del siglo XVIII, quedaron recogidas las sucesivas aportaciones —fundamentalmente, francesas y anglosajonas— antes y después de la emancipación continental iniciada, en 1810, con el grito de Dolores; ni las guerras civiles, ni los caudillismos militares, ni las tramas políticas excluyentes, ni los nacionalismos exagerados, ni las dictaduras, ni las nuevas dependencias económicas, ni los abusos y despojos cometidos, ni los militarismos de distinto cuño han podido silenciar y negar esa realidad llamada «civilización latinoamericana», asumida —con sus virtudes y defectos— con el paso de los siglos.

Se hace patente que la cultura inscrita en ese árbol de civilizaciones no se ha dejado aniquilar por los diferentes conflictos y desajustes temporales; su genio continúa latiendo y sus obras, creadoras; la dimensión y profundidad alcanzadas superan cualquier atisbo de división o extinción. A mi juicio, su rasgo definitorio y su valor máximo consisten en la aceptación de la diferencia, por muy minoritaria que sean sus poseedores. Y la lengua común —derivada de la lengua general—, que la identifica, sirve de aglutinante y hace posible que pensamiento y acción se desarrollen por cauces plurales, y sin solución de continuidad. Aun admitiendo su otredad, la civilización latinoamericana es una porción importante, en calidad y cantidad, de la civilización occidental.

Ni las guerras civiles, ni los caudillismos militares, ni las tramas políticas excluyentes, ni los nacionalismos exagerados, ni las nuevas dependencias económicas, ni los abusos y despojos cometidos, han podido silenciar y negar esa realidad llamada «civilización latinoamericana».

La necesidad de afirmarse

El venezolano Rómulo Gallegos en su propuesta político-pedagógica, formulada en el primer tercio de este siglo, buscaba encontrar al «hombre integral». Viene a ser el hombre total que Ortega caracterizaba sagazmente como «el hombre fuerte no piensa nunca en atacar; su actitud primaria es, simplemente, afirmarse». La tarea, pues, que tiene delante de sí la civilización latinoamericana es la de afirmarse con energías y determinación, y de continuar haciéndolo en los siglos venideros.

A tan ingente tarea España debe volcarse con generosidad y sin dilación: es un compromiso histórico irrenunciable. ¿Por qué? Acude nuevamente a Ortega para apoyar el planteamiento: «España, como no podía menos, sigue influyendo, bien que en forma menos visible, en forma como subrepticia, atmosférica o de difuso ósmosis. No necesito probarlo». En efecto, la influencia española continúa viva y no es preciso probarla ni exhibirla: la dimensión americana de España —lo español no es accidente sino esencia, intensidad y no episodio, escribió Octavio Paz, en 1938— completa su europeidad y constituye la mejor respuesta a la necesidad de afirmación que la civilización latinoamericana tiene a fin de proyectarse hacia un futuro incierto y exigidor. Como bien señala Nikita Mijalkov, en su caso refiriéndose a los desvaríos del comunismo ruso, «no se puede rechazar a puntapiés el pasado y las tradiciones, como tampoco lo es negar los indiscutibles valores espirituales del cristianismo».

A pesar de los siglos transcurridos, la polémica Las Casas-Ginés de Sepúlveda —sobre el trato de los indígenas americanos por los españoles— continúa vigente, y en ella los partidarios de ambas posturas se pronuncian con vehemencia y apasionamiento.

Peligros, rechazos y proposiciones

Tengo para mí que los vientos que soplan en América Latina —y en todas partes— son rabiosamente consumistas, y con unas ofertas culturales norteamericanizadas que se distancian —incluso agreden— del tiempo histórico latinoamericano. John Gillin, antropólogo norteamericano, afirmó en 1953, que «la cultura hispánica es una cultura ideológicamente humanística, caracterizada por la lógica, la especulación teórica, antes que por la praxis y el empirismo». Sin negar la parte de verdad de esta afirmación, hay que insistir en que los valores de la cultura latinoamericana no están en pugna ni sienten repugnancia con las técnicas y tecnologías contemporáneas; es decir, América Latina no pretende desentenderse, «ab initio», de los avances y las oportunidades que estos tiempos de cambios urgentes y tecnificados ofrecen al desarrollo cultural y socio-económico de sus pueblos. Pero lo que América Latina no quiere y rechaza son las imposiciones de modelos ajenos: aspira a crear los suyos propios para ajustarlos a sus necesidades y prioridades.

La pista que ofrezco se basa en recordar lo que el dominicano Pedro Henríquez-Ureña afirmó, en 1925: «ensanchemos el campo espiritual; démosle alfabeto a todos los hombres; demos a cada uno los instrumentos mejores para trabajar en bien de todos; esforcémonos por acercarnos a la justicia social y a la libertad verdadera; avancemos, en fin, hacia nuestro utopía: el perfeccionamiento de la vida humana por medio del esfuerzo humano».

Vigencia de una polémica

A pesar de los siglos transcurridos, la polémica Las Casas-Ginés de Sepúlveda —sobre el trato de los indios americanos por los españoles— continúa vigente, y en ella los partidarios de ambas posturas se pronuncian con vehemencia y apasionamiento. Da la sensación que los ardores defensores, como señala el venezolano Arturo Uslar Pietri, se hallan contaminados de un mal conocido: confunden el presente con el pasado, es decir, no tienen en cuenta el contexto y el tiempo —tan distintos de los de hoy— en que la empresa española tuvo lugar en el continente americano. Así, la exaltación gloriosa y la negación radical de los hechos históricos se contraponen en un juego de espejos maniqueo y poco riguroso, que conduce, de manera irreversible, a una deformación de planteamientos y conclusiones. En ambas apreciaciones se observa, además, una tensión negadora del opuesto y un recelo expresado a asumir la Historia a cabalidad. Pero la Historia —todas las Historias— debe aceptarse sin parcialidades ni condicionamientos ideológicos, previamente tomados. El pasado histórico constituye un todo y la Historia no es —nunca— «unidimensional ni unidireccional», y el presente y el futuro histórico se construyen teniendo por base y como referencia la Historia pasada.

La realidad imaginada

En América Latina lo indígena atañe actualmente a unos cuarenta o cincuenta millones de personas repartidas en cuatrocientas etnias. Como apunta Martín Barbero, lo indígena se considera como lo popular y auténtico si bien nombra, aún, un espacio de conflicto profundo y una dinámica cultural insoslayable. Además dos palabras —choque y acoso— se han constituido en el sujeto preciso de la todavía vigente polémica sobre lo indígena, en la que subyacen los patéticos términos de aculturación y etnocidio.

Aun cuando se haya admitido —por historiadores, científicos, políticos, economistas, etc.— que la conquista y colonización española de América jugó un papel único en el proceso europeo de descubrimiento de la humanidad, los detractores de la empresa española no admiten que el 95% de los destrozos indígenas se debió al choque biológico —las epidemias, en especial— y al impacto psicológico, y se aferran a lo negativo —acciones militares y explotación económica—, deformando así la totalidad, por entender que lo indígena, como señala de identidad específica, es lo único que queda de auténtico en el continente americano.

Las más recientes investigaciones, sin embargo, han contribuido a diluir una gran parte de la visión paradisiaca de lo indígena —y sus comunidades— en tiempos prehispánicos, aun cuando queden algunos mitos instalados en el inaccesible altar de la ucronía.

Lleva razón Julián Marías cuando señala que «si se elimina el ingrediente español en los países hispánicos, se volatiliza toda comunidad histórica entre ellos, desaparecen sus raíces compartidas, y con ello, toda conexión social que pudiera llegar a articularse en un mundo coherente». Las culturas, sean mayoritarias o minoritarias, no pueden nadar a contracorriente de la historia, sino que deben adaptarse a ella, pues, con esta adaptación permanente refuerzan su (especifidad), su exprexión propia, su otredad.

Una leyenda injustamente asignada

Aun admitiendo los abusos y aberraciones —que los hubo— de los conquistadores y sus herederos, las cifras de muertes de indios perpetradas por manos españolas que manejan los epígonos lascasianos exceden en mucho la realidad estadística. Paralelamente, alimentan las víctimas derivadas de los imperios inca y azteca, en sus rituales de sacrificios humanos, o las de las guerras de fronteras en Estados Unidos y las ocasionadas por Inglaterra, Francia y Holanda en sus experiencias coloniales.

Los propagandistas, viajeros y nuevos, de la Leyenda Negra antiespañola, ven prisas y caídas de indios muertos por todas partes, y cargan de espíritu inquisitorial y de rapacidad a todo español que pisó el suelo americano.

Los propagandistas, viajeros y nuevos, de la Leyenda Negra antiespañola, ven prisas y caídas de indios muertos por todas partes, y cargan de espíritu inquisitorial y de rapacidad a todo español que pisó el suelo americano.

Pero veamos otras cifras. Cook contabiliza la cifra de 15.000 muertos al año durante el imperio azteca, que duró un siglo; en la consagración del gran templo de Tenochtitlán, que duró cuatro días, se habrían cifras que van de 10.000 a 250.000 vidas humanas sacrificadas; Conrad y Demarest dicen que la escena de los sacrificios humanos y de los cráneos colocados en una empalizada retrata a los aztecas de México y la visión de un cadáver viviente, sentado en un palacio, pinta a los incas de Perú. No es solución, claro está, utilizar el agravio comparativo en este asunto, pero de los horrores «imperiales» cometidos, ninguna nación se salva —Roma y Persia incluidos—, y el modelo español de colonia no es, con mucho, el peor de todos los sucedidos. Bernal Díaz del Castillo narra, en su Historia de la Conquista de la Nueva España, lo siguiente: «arruinaron aquella cruelísima muerte por servir a Dios y su majestad, y dar a luz a los que estaban en tinieblas, y también por haber riquezas, que todos los hombres, comúnmente venimos a buscar». Los sacrificios humanos y el canibalismo aterraban a los españoles que llegaron al Nuevo Mundo. Es más, consideraban que los indígenas estaban poseídos por el demonio.

Por otra parte, la Inquisición española, aun siendo nefasta, en su concepción y propósito, fue bastante más benévola de como la pintan algunos y, desde luego, se cobró menos muertes que los tribunales eclesiásticos y civiles alemanes e ingleses. Además, ¿no se mueren de hambre, hoy en día, millones de seres y nadie mueve un músculo de la cara en la opacidad sociedad de consumo? La sequía en África o en Brasil y las guerras locales, Medio Oriente, África, Asia o América están provocando más víctimas anuales que todos los excesos juntos perpetrados a lo largo de la presencia española en América y muy pocos se atreven a plantearlo —y a acusar— abiertamente.

Afinar el tratamiento histórico

El tratamiento histórico que algunos dan todavía a la actuación española en el Nuevo Mundo es sectario y reductor. Richard Konetzke dice, sin embargo, que «sólo lo reprochable se recoge en los documentos». Y el mexicano Miguel León Portilla aconseja abandonar definitivamente las recriminaciones estériles porque el pasado es inalterable y, además, como enseñó Montaigne, nuestro mundo acaba de encontrar a otro no menos grande, extenso y fuerte. Gregorio Marañón, por su parte, recuerda que la obra española —que más exacto fuera decir peninsular— es la única que respetó rigurosamente al indígena, la única que dio todas las posibilidades de dignidad y eficacia social al mestizo, a sabiendas de que, por exigencia inexcusable de la Biología, había de ser, desde la primera generación, el competidor y, a la larga, el vencedor de los españoles. Desde una correcta perspectiva histórica, la mestiza España actuó siempre en América con una proyección jurídica del máximo respeto hacia el indio y con un fundamento religioso incontestable —ése era el espíritu de la época—, en el que todos los humanos eran hijos de Dios, aspecto que inspira toda la legislación de Indias —desde las Nuevas Leyes de 1512— y alienta en la conducta de cuantos españoles iniciaron la colonización de América, aun en los más desatentos e indignos.

La mestiza España actuó siempre en América con una proyección jurídica del máximo respeto hacia el indio y con un fundamento religioso incontestable —ése era el espíritu de la época—, en el que todos los humanos eran hijos de Dios.

Las crisis de los imperios indios

La llegada de los españoles al continente americano coincidió con una Mesoamérica y unos Andes sacudidos por guerras de banderías entre sociedades con culturas más atrasadas —no conocían la rueda y el hierro, ni poseían alfabeto escrito, por ejemplo— que la occidental, y que aquellos comienzan a introducir. Además, los dos grandes imperios del momento, el inca y el azteca, se hallaban al borde del agotamiento ideológico y padecían una grave crisis interna, ambos hechos derivados del impulso, casi fanático, de conquista con que se habían caracterizado el imperialismo estatal. ¿Cómo si no se explica el que un puñado de conquistadores —concretamente 168, incluido Pizarro para el Perú; de 1532— derrotaran en tan brevísimo tiempo los imperios como el inca y el azteca?

Pues bien, esas dos máquinas de guerra que fueron los imperios inca y azteca, y a pesar de su ideología integradora y del férreo control estatal a nivel religioso, político, económico y social— habían llegado a un debilitamiento esencial: ya no podían ofrecer realmente los sacrificios humanos, el culto a los dioses, la herencia partida, el impuesto de trabajo y el tráfico de esclavos— y habían propiciado el resentimiento del pueblo —el propio y el de los sometidos— y el rencor de los dioses —Viracocha, Inti o Illapa, en los incas; Huitzilopochtli, en los aztecas.

Pero los líderes y consejeros indios de esos dos grandes imperios, a fin de lograr sus propósitos político-militares, llevaron a cabo una operación de limpiado sistemático de su no siempre ejemplar historia. Este trucaje —del que apenas hoy se hablaba— lo revela, entre otros, el mexicano Carlos Fuentes, y lo hace, en su libro Ceremonias del Alba, poniéndolo en boca del mismísimo Moctezuma: «Mandamos quemar todos los papeles en los que éramos descritos como bárbaros, escribiendo de nuevo la historia a nuestro favor…».

Por otra parte, los estudios más recientes de Linda Schele y Mary Ellen Miller, han venido a confirmar que la civilización maya, bellísima en algunas realizaciones arquitectónicas y escultóricas, no se dedicó exclusivamente a la vida pacífica: su historia comunitaria se encuentra repleta de batallas y victorias. El imperio maya, como cualquier imperio creado por humanos de la época, fue muy escrupuloso en imponer tributos y en capturar prisioneros; esto último para ser luego sacrificados, bien en el vértice de la pirámide ceremonial, bien aprovechando el juego de la pelota del rey de turno. Como en el caso de incas y aztecas, los mayas eran partidarios de la religión de Estado y del Estado-teocrático; culto, sacerdotes, guerreros y mercaderes constituían el núcleo elitista de la sociedad y el reparto de los beneficios imperiales se realizaba en función del poder político que se tuviera. Tampoco se puede silenciar que «caciques» quiere decir «carceleros de carne», que los sacrificios humanos a los prisioneros de guerra —que ellos guarnecían se comían a sus enemigos, fueron indios o cristianos— que los «agüeros» cortaban las cabezas de sus enemigos, poniéndolas hincadas en palos muy altos; etc. ¡Todo ello muy de cultura avanzada y superior!

Los estudios más recientes de Linda Schele y Mary Ellen Miller, han venido a confirmar que la civilización maya, bellísima en algunas realizaciones arquitectónicas y escultóricas, no se dedicó exclusivamente a la vida pacífica: su historia comunitaria se encuentra repleta de batallas y victorias.

No deberíamos olvidar que el «movimiento» producido entre las 18, predicado del P. Antonio de Montesinos, en la catedral de Santo Domingo, de 1511. Muy a continuación, el P. Bartolomé de las Casas, también dominico, recogería esa bandera inconformista y justiciera. Por contra, la crítica y la oposición política jamás fueron consentidas por la cúpula del poder de los imperios precolombinos. El mérito indiscutible del P. Las Casas, y de su probado valor físico y moral para la época en que vivió, radica no en la cuantificación de su victimario, sino en el temple y la lucidez de su cuestionario.

Desde la primera disposición legislativa, la Corona española igualó religiosa y jurídicamente a los indios, y protegió a las comunidades indígenas. Curiosamente, fue con la instauración de las Repúblicas independientes, a partir de Ayacucho (1824), cuando se intentó realmente su desintegración sistemática y, paradójicamente, en el marco de unas Constituciones liberales, datos muy en contra de las ideas igualitarias propuestas por Simón Bolívar. La abolición de la esclavitud en las repúblicas recién formadas se fue produciendo de manera desigual y a mediados del siglo XIX— quizá olvidando que la Cédula Real de 1542, la de las Nuevas Leyes, establecía la abolición de la esclavitud, como principio que prevalecía desde los inicios de la conquista.

El «indigenismo» no cuenta con más allá de medio siglo y poco se diferencia de los planteamientos nacionalistas con que se pretendía desarticular las estructuras y, por tanto, se aceptan tampoco el «indigenismo» pretendía modificar las condiciones económicas y sociales.

Indigenismo e indianidad

El curso del tiempo decanta viejas concepciones ideológicas y favorece la aparición de nuevos conceptos: las mentalidades, las ideas y definiciones también están sujetas a transformaciones y sesgos. De esta forma dinámica ha surgido la dicotomía indianidad-indigenismo, como términos encontrados y no complementarios, pronunciándose ambos, esto sí, con carácter de exclusividad como siempre ocurre, su error procede de la exclusión del contrario.

El «indigenismo» no cuenta con más allá de medio siglo y poco se diferencia de los planteamientos lascasianos: no cuestiona las estructuras y, por tanto, se aceptan; tampoco el indigenismo pretendía modificar las condiciones económicas y sociales. Se trata, pues, de una ideología con tintes románticos que, a lo largo del camino, ha ido perdiendo los elementos reivindicatorios originales, para terminar acomodándose a los requerimientos del sistema en vigor. Bajo el impulso del mexicano Manuel Gamio, el «indigenismo» podría definirse como un cuerpo ideológico inventado por los no indios que da por supuesta la integración de éstos al sistema, sin tener en cuenta —ni poner los remedios— la aculturación que entraña. Su «marca registrada» lleva implícita una dualidad total: el indigenismo se pone al servicio de una política de Estado; es un mero reducto del «folklore» con que una «incorporada».

La «indianidad» o el «indianismo», por el contrario, es de acuñación más reciente: nace a la terminación de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Brota, esto sí, con sangre caliente en un contexto de guerra fría. Más que una ideología, la indianidad —José Alcina Franch lo identifica como proyecto civilizatorio diferente del occidental— entraña el concepto de civilización con un conjunto de valores comunes totalmente asumidos. Se trata, sobre todo, de la aceptación de una unidad de destino histórico forjada a lo largo de cinco siglos de dominación, como la califica esquemáticamente Mario Chantal Barre. Con el devenir de los años la «indianidad» —enfrentada al marxismo revolucionario— cobra cuerpo y adopta formas vitalistas y algo beligerantes: la militancia es culturalista y se comienza a ejercitar a través de las organizaciones del movimiento indio. Y estas declaran que no admiten el desarrollo tecnológico e industrial porque agranda la distancia y refuerza el vacío. Rechazan, igualmente, la integración porque, a su juicio, proletariza y margina. Sus manifestaciones escandalizan, tanto a conservadores como a progresistas, que consideran la «indianidad» o indianismo como concepto reaccionario —que me dejen en mi Edad Media», se proclama— que repulsa el menor atisbo de modernización.

De la selva a la civilización de los ordenadores

Jaime Valencia afirma, con cierto énfasis indigenista, que «la transformación de las condiciones de vida de la sociedad indígena debe ser confiada a sus propios líderes y dirigentes para evitar traumatismos de tipo social y cultural». A pesar de los respetados esfuerzos del movimiento indio —por medio de sus organizaciones locales y regionales, y sus congresos— la invasión de la cultura contemporánea y blanca —particularmente la americana way of life— adquiere la categoría de imparable. Los intentos, oficiales o no, de mantener la pureza indígena en los temas formativos y pautas culturales en Ecuador, Perú, México, Nicaragua y Brasil no han logrado empero contener el aluvión de mensajes uniformadores, enviado por los medios de comunicación —sobre todo audiovisuales—. Tal vez los actuales líderes del «indianismo» se dan cuenta que su proyecto cultural a las aspiraciones de desarrollo postindustrial de consumo en la zona.

Resulta difícil acomodar los excesos y pretensiones del movimiento indio al contexto de lo que Umberto Eco titula «civilización de los ordenadores». Esta posee su jerarquía implantada y su lenguaje sagrado, tan lejanos de los del «indianismo». La línea argumental del discurso de este último ha sido, por otra parte, ya definida: proponen una sociedad plurinacional y pluricultural, con un diseño propio, basado en su historia y sus tradiciones y gestionado por sus propios organizaciones. En definitiva, las raíces de su programa se basan en la historia, no avisa del descolonización, la autodeterminación subsiguiente y el desarrollo de su propia y singular civilización por medio del auto-gestión. El «indianismo», en su versión actual de nacionalismo, lucha a brazo partido por mantener su diferencia del respecto mutuo se debe derivar su derecho de ser y su derecho de poder.

Más que una ideología, la «indianidad» —José Alcina Franch lo identifica como proyecto civilizatorio diferente del occidental— entraña el concepto de civilización con un conjunto de valores comunes totalmente asumidos.

Entre la protesta y la tontería

Es comprensible que la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América sea objeto de debate, incluso de juicio crítico, siempre y cuando se haga con fundamento, y proponiendo alternativas sensatas y posibles de realizar, en plazos razonables. Y es lógico la aparición de puntos de vista que ofrecen prioridades diferentes y modos distintos para llevarlas a cabo (sólo la Deu-la Externa supone un lastre de más de 400 mil millones de dólares).

Entiendo perfectamente el posicionamiento político —en defensa de sus derechos— de la Declaración Indigenista de Sevilla, de 1987, por la que se reconoce el derecho a la autodeterminación económica, política y cultural de cada pueblo. Sigue la lógica de las Declaraciones de Barbados y Costa Rica, las del Consejo Mundial de Pueblos Indígenas, en 1975, las del I Congreso Internacional Indígena de América Central, de 1977, del que se derivó la creación del Congreso Regional de Pueblos Indígenas de América Central (CORPI) y la creación del Consejo Indio de América del Sur (CISA), en 1989.

También es admisible la Declaración de Quito de 1990, formulada al término del I Encuentro Continental de Pueblos Indígenas, en el que se dieron cita representantes de ciento veinte naciones indias. Igualmente, la petición de autodeterminación de las minorías étnicas, solicitada en el Consejo Mundial de Pueblos Indígenas, más exactamente en su Asamblea General, celebrada en agosto de 1990, en la ciudad noruega de Tromsoe.

Todo ello ha llevado a considerar el que el año 1992 sea declarado como Año Mundial de la Dignidad y los Derechos de los Pueblos Indígenas y, en consecuencia, el rechazo frontal de la conmemoración del Quinto Centenario —para ello, en México, varios grupos indígenas han creado el Comité 500 años—. Y, por último, la unanimidad conseguida, en la XIII Asamblea General del Consejo del Tratado Indio Internacional, para amenazar con acciones de descrédito global a las empresas multinacionales que colaboren económicamente a las celebraciones previstas en homenaje al Descubrimiento —el memorial de agravios de este organización consultora de la Comisión de Derechos Humanos, de la ONU, y compuesta por representantes de noventa y nueve naciones indígenas, recogió, una vez más, los tradicionales argumentos de la Leyenda Negra: genocidio, esclavitud y crueldades sin comparación—.

Los graves, pero no insolubles, problemas latinoamericanos de este fin de siglo XX no hay que achacarlos exclusivamente a la conquista española y, menos aún, al Quinto Centenario. Son muchas sus causas y demasiados sus autores, entre ellos los propios latinoamericanos.

Frente a este conjunto de protestas lógicas y hasta cierto punto, esperadas, se levanta una serie de manifestaciones y declaraciones públicas que acreditan el reduccionismo simple y la tontería de sus autores, individuales o colectivos. Así, por ejemplo, el mensaje dado, en agosto de 1990, por el presidente español de la Comisión Nacional del Quinto Centenario, y por el que solicitaba del auditorio el perdón por la Historia de España en América. Así también la definición oficial de «confrontación» al Quinto Centenario en la «Carta latinoamericana» emitida por los Ministros de Cultura (7) de América Latina, en su III Encuentro, celebrado en México, en septiembre de 1990 —el titular cubano no de Cultura (?) llegó incluso a explicar que uno se puede conmemorar esa fecha sin tener en cuenta la destrucción de las civilizaciones que existían, el robo y el asesinato. Así, la demanda presentada por el Tribunal de Derechos Indios —organización indigenista boliviana— ante el Tribunal Internacional de La Haya contra España y El Vaticano por el papel desempeñado por ambos en la colonización americana: reclama diez billones de dólares en concepto de indemnizaciones, a razón de quinientos dólares por persona y año, al tiempo que acusa —textualmente— a los españoles de «matar sabia y ambiciones malignas».

Casi lo único que nos queda por escuchar al respecto, echando mano del juicio emitido por el brillante e ingenioso Oscar Wilde, es la frase de «América no fue descubierta, solamente se detectó».

Como conclusión podría afirmarse que los graves, pero no insolubles, problemas latinoamericanos de este fin de siglo XX no hay que achacarlos exclusivamente a la conquista española y, menos aún, al Quinto Centenario. Son muchas sus causas y demasiados sus autores, entre ellos los propios latinoamericanos, para colgar a España el cartel de «malo de la película». Hay que mirar al Quinto Centenario como el punto de partida de un ilusionante proyecto colectivo a realizar por latinoamericanos y españoles.

Los sistemas económicos y la doctrina social de la Iglesia

«Doctrina Social de la Iglesia» es una expresión moderna para designar una realidad (práctica y textual) tan antigua como la propia Iglesia: la formulación, por parte de los Romanos Pontífices, de juicios de varios tipos acerca de la sociedad en cada momento, a la luz del dogma y del magisterio de la Iglesia, con el propósito de inducir progresos morales y, por consiguiente, generales en la persona y en la sociedad. La Doctrina Social de la Iglesia puede ser examinada desde varios puntos de vista distintos. Así, por ejemplo, como fenómeno único en la historia de las ideas en relación con la de las instituciones, la Doctrina Social de la Iglesia ofrece un interés grande para la etnología y la sociología históricas. Pero sea cual fuere el punto de vista desde el que desee examinarse resulta imprescindible entender previamente en qué consiste la naturaleza de todo texto de Doctrina Social de la Iglesia.

Estructura de los textos

Los elementos que integran la estructura de todo texto de Doctrina Social de la Iglesia son los siguientes: a) una caracterización de algo que acontece en un determinado momento al hombre y la sociedad; b) el dogma y el magisterio de la Iglesia, de los que se consignan las partes más directamente relacionadas con el asunto, o los asuntos, caracterizados en a); c) un análisis de lo caracterizado en a) a la luz de b); d) un sistema de recomendaciones dirigidas a las conciencias y las inteligencias de las personas deducidas del análisis efectuado en c). La estructura de todo texto de Doctrina Social de la Iglesia es, por consiguiente, fundamentalmente deductiva, existiendo en todos los textos un elemento esencialmente invariante: el dogma. La Doctrina Social de la Iglesia, parte de la teología moral, tiene por objeto práctico inducir progresos morales y, por consiguiente, generales de las personas y las sociedades en relación con acontecimientos o situaciones que se van produciendo; la Doctrina Social de la Iglesia es, por lo tanto, radicalmente independiente de la ciencia o la filosofía.

La Doctrina Social de la Iglesia, parte de la teología moral, tiene por objeto práctico inducir progresos morales y, por consiguiente, generales de las personas y las sociedades en relación con acontecimientos o situaciones que se van produciendo; la Doctrina Social de la Iglesia es, por lo tanto, radicalmente independiente de la ciencia o la filosofía.

La calificación moral de un hecho o una situación es un juicio que se deduce de lo que el dogma y el magisterio implican para ese hecho o situación. La procedencia cultural, la formación científica y filosófica y las preferencias personales a estos respectos de los autores de los textos de Doctrina Social de la Iglesia no pueden, naturalmente, dejar de influir en la formulación de juicios y en la composición de los textos. Pero este hecho es algo completamente distinto de que los juicios fundamentales sobre el «deber ser» relativos a tal o cual acontecimiento o situación deducidos del dogma y el magisterio dependan de la adopción de tal o cual tesis científica o filosófica. La lectura sistemática del texto de Doctrina Social de la Iglesia permite, invariablemente, aislar las «adherencias» presentes en el texto procedentes de la subjetividad científica o filosófica del autor del mismo.

Preguntas científicas

Ahora bien, una característica notable de los textos de Doctrina Social de la Iglesia es que no dependiendo fundamentalmente de tesis científica alguna, las recomendaciones con las que culminan contienen o implican, directa o indirectamente, preguntas científicas a cuya respuesta se exhorta. Esto es: entre «lo que es menester hacer» para progresar moralmente en relación con una determinada situación histórica el texto de Doctrina Social de la Iglesia incluye dar respuesta a determinadas preguntas científicas. Propone, por así decirlo, proyectos de investigación. De modo general el progreso moral exige, entre otras cosas, el ejercicio de la inteligencia humana en determinadas direcciones.

De modo especial la perfección del orden moral en relación con una determinada situación histórica plantea preguntas cuya respuesta compete a las ciencias: la biología, la etnología, la economía, etc. Estas preguntas problemáticas que, directa o indirectamente, van formulando los textos de Doctrina Social de la Iglesia pueden, en algunos casos, obtener respuesta razonable con el auxilio del acervo de conocimientos existentes. En otros casos estas preguntas entrañan programas de investigación de diversas envergaduras.

Una característica notable de los textos de Doctrina Social de la Iglesia es que no dependiendo fundamentalmente de tesis científica alguna, las recomendaciones con las que culminan contienen o implican, directa o indirectamente, preguntas científicas a cuya respuesta se exhorta.

A pesar de la claridad con la que es posible percibir el lugar que «lo científico» ocupa en los textos de Doctrina Social de la Iglesia y de las repetidas advertencias que al respecto expresamente se consignan en los propios textos, no es nada infrecuente oír y leer comentarios acerca de las encíclicas sociales en los que se halla presente la idea de la Doctrina Social de la Iglesia como una especie de «ciencia social alternativa». No han sido excepción a este respecto las tres últimas encíclicas sociales, Laborem ExercensSollicitudo Rei Socialis y Centesimus Annus. Los juicios fundamentales sobre «el deber ser» que en estos textos se deducen acerca de (entre otros temas) la naturaleza y dinámica de los sistemas de organización de las sociedades humanas no proceden de tesis científicas sino de criterios de teología moral. Pero, adicional y necesariamente, conforme a la naturaleza necesaria de todo texto de Doctrina Social de la Iglesia, en estas encíclicas se plantean problemas estrictamente científicos, exhortándose a darles solución en sus sedes teóricas naturales.

Tránsito histórico

Los diez años transcurridos entre 1981 y 1991 son el lapso de tiempo en cuyo seno se produce la actual Doctrina Social de la Iglesia mediante, principalmente, las encíclicas Laborem Exercens (1981), Sollicitudo Rei Socialis (1987) y Centesimus Annus (1991). Ese lapso temporal es también uno de tránsito entre dos ciclos históricos: el que comienza con la revolución bolchevique y el fin de la primera guerra mundial y el que comienza con la extinción de la Unión Soviética. Los temas tratados en estas encíclicas, variadísimos pero estrechamente ligados entre sí, incluyen casi todos los temas intelectual, política y socialmente más relevantes: la naturaleza del trabajo y la actividad humana, el derecho, la naturaleza de los sistemas de organización de la sociedad y la actividad económica, la naturaleza del desarrollo económico y social, la pobreza, etc. Todos estos temas tan diversos pueden, sin embargo, sintetizarse en éste: la naturaleza del sentido de los procesos de desenvolvimiento personales y sociales.

A los diagnósticos acerca de la realidad histórica en relación con los diferentes temas tratados, las encíclicas hacen corresponder la necesidad de una reorientación fundamental del sentido de la actividad humana, lo que implica cambios muy importantes en, entre otras cosas, el sentido y el contenido de diversas dinámicas organizativas de la economía y la sociedad.

A los diagnósticos acerca de la realidad histórica en relación con los diferentes temas tratados, las encíclicas hacen corresponder la necesidad de una reorientación fundamental del sentido de la actividad humana, lo que implica cambios muy importantes en, entre otras cosas, el sentido y el contenido de diversas dinámicas organizativas de la economía y la sociedad. Como veremos, estos diagnósticos y estas propuestas de reorientación contenidos en las tres encíclicas cubren la realidad de las transformaciones históricas de la década de 1980 y trascendiendo a éstas, apuntan con fuerza realmente poco común hacia el porvenir del nuevo ciclo histórico.

La década de 1980 consiste, en esencia, en la producción de los primeros efectos importantes a, por así decirlo, «gran escala» de procesos comenzados mucho antes. Procesos de crítica y superación intelectual de algunas de las ideas más firmemente establecidas en Europa y América de origen socialista y «radical». Procesos de reacción, lenta, de muy amplios sectores frente a algunos de los efectos visiblemente nocivos de las políticas socialistas y «radicales», también. Sin embargo, y no obstante esas reacciones, los efectos sobre las culturas nacionales de décadas de vigencia de ideas y políticas socialistas, radicales y «progresistas» varias habían sido profundísimos. De tal modo que las transformaciones que a lo largo de esa década de transición, los años de 1980, se van a operar afectarán muy principalmente a temas (intelectuales) y aspectos (políticos y organizativos) parciales. Aunque importantes. Muy especialmente a las «formas de organización económica y social de una sociedad», como tema intelectual y como realidad institucional.

Dos sistemas ideales

Al comienzo de la década de 1980 el tema global «formas de organización económica y social de una sociedad» constituía, claro está, uno de los temas máximos de la vida intelectual y política en todo el mundo. La percepción de este tema, sin embargo, es principalmente a través de la comparación entre dos tipos ideales supuestamente polares: la economía de mercado con democracia parlamentaria y la economía planificada con dictadura, especialmente con dictadura ejercida por una oligarquía socialista. Tipos ideales correspondientes a dos formas histórico-culturales concretas (entonces) contemporáneas: las sociedades más completamente capitalistas y las sociedades comunistas. Ciertamente, tanto la producción intelectual como la realidad etno-histórica eran mucho más complejas que esa simple reducción bipolar. Pero la imagen de, por así decirlo, «esencialidad» de esa bipolaridad se hallaba extensa y fuertemente difundida. Hasta el punto de servir comúnmente de marco referencial para definir otras «alternativas» de organizaciones posibles, las «terceras vías», por ejemplo.

Más allá de declaraciones retóricas la solidez tanto del «modelo soviético» como del «capitalista», especialmente del norteamericano, eran, para la mayor parte de los autores y gentes en general, axiomáticas. Por lo que respecta a la Unión Soviética muy pocos autores y gentes en general pensaban realmente que su fin estaba muy próximo. La opinión común, conviene recordarlo, era la que, en una conocidísima novela inglesa de espionaje, comunica un jerarca del servicio británico de «inteligencia» a uno de sus subordinados: «la Unión Soviética está ahí y está ahí para durar». La solidez de «el modo de vida americano» y, en general, del capitalismo, constituía algo todavía más verosímil en la opinión común occidental. Otra cosa es que esas hipótesis de solidez tenidas generalmente por escasamente discutibles resultasen gratas a todo el mundo.

La inviabilidad del «socialismo real», sin embargo, era algo desde hacía mucho tiempo asequible a la mera razón. Desde un punto de vista estrictamente económico la teoría fundamental de los procesos de asignación de recursos permitía deducir sin ambigüedad que un sistema asignativo como el soviético constituía un proceso permanente y acumulativo de producción de razonamientos encaminado, de forma inexorable, a un colapso general de la actividad. Desde un punto de vista psico-sociológico resultaba igualmente asequible a la razón que un sistema social basado en una permanente falsificación de la realidad es, simplemente, inviable. Claro es que estas inferencias eran conocidas y difundidas. Pero dejando de lado el influjo (enorme) sobre la opinión pública de la manipulación y la propaganda, la aparente «solidez de los hechos» y, en algunos autores y segmentos de la opinión, la insatisfacción con respecto de algún rasgo de las «sociedades capitalistas» resultaban más poderosos que la mera razón en la conformidad de las opiniones comunes. Por ello, a pesar de la evidencia disponible acerca de la realidad de las sociedades del «socialismo real», de la acción divulgadora de intelectuales y publicistas diversos y de fuertes sentimientos de hostilidad con respecto del comunismo en muy amplios sectores de las sociedades occidentales, las opiniones comunes acerca de la viabilidad del comunismo e, incluso, sobre su naturaleza ética estaban cargadas de ambigüedad.

Las críticas al «capitalismo» procedían de muy diversas fuentes. Desde luego estaban las críticas globales procedentes de los diversos marxismos. Las de los diversos grupos «radicales» y nihilistas. Mucho menos extendidas las procedentes de la Doctrina Social de la Iglesia. Con independencia de esas críticas, muy diversas en sus contenidos y sentidos, muy poca gente creía realmente en la pronta extinción o, incluso en el debilitamiento, de las sociedades capitalistas.

A medida que avanza la década de 1980 la idea de la economía de mercado con libertades políticas como ideal de sistema de organización de la sociedad va ganando vigencia intelectual, política y general. La reacción «anti-estatista», plasmada en demandas de extinción de las trabas institucionales existentes en casi todos los países a la libertad económica más plena y, en general, a la autonomía de la persona, va adquiriendo proporciones crecientes. El «estado» en cuestión es, casi invariablemente, el estado de tipo socialista; del socialismo «pleno», desde luego, y, también, del menos pleno, las «social-democracias». Cierto es que, también, comienza a producirse una búsqueda de lo ético, en la vida personal y en la social, entendido como conductas basadas en sistemas de valores explícitos coherentes. Pero, principalmente, es la reivindicación de la libertad económica y personal en general y la «retirada» del estado-interventor lo que emerge con más fuerza. Paralelamente la inviabilidad de las sociedades del «socialismo real» iba plasmándose, prácticamente en la paulatina disolución de éstas, proceso que reforzaba el anteriormente descrito y, simultáneamente, se veía reforzado por éste. De 1989 a 1991 se produce la aceleración transicional culminante con la extinción de la Unión Soviética. Se abre un nuevo haz de posibilidades históricas. Es, en esencia, a este nuevo futuro al que va dirigida la actual Doctrina Social de la Iglesia.

A medida que avanza la década de 1980 la idea de la economía de mercado con libertades políticas como ideal de sistema de organización de la sociedad va ganando vigencia intelectual, política y general.

Normas sobre la actividad personal

Decíamos precedentemente que el tema que sintetiza el contenido de las encíclicas Laborem ExercensSollicitudo Rei Socialis y Centesimus Annus (textos principales de la actual Doctrina Social de la Iglesia) es el del sentido de los procesos de desenvolvimiento de la persona y la sociedad. Lo que en estas encíclicas se dice al respecto de los sistemas de organización de la actividad económica, que, como veremos, es mucho, forma parte de un sistema de juicios normativos acerca, principalmente, de la estructura de valores con arreglo a la cual debe orientarse la actividad (en el sentido a la vez más radical y más amplio del término) de las personas, individual y socialmente. Es decir, que lo que al respecto de los sistemas de organización de la actividad económica se dice en estas encíclicas no es algo que, por así decirlo, forme parte de un «discurso separado», sino que es lo que acerca de los sistemas de organización de la actividad económica implica el mismo núcleo normativo fundamental, el dogma y el magisterio, del que se deducen juicios normativos acerca de otras manifestaciones de la actividad individual y social del hombre.

Del núcleo normativo fundamental constituido por el dogma y el magisterio se deducen una serie de principios generales que deben guiar la actividad de la persona. Esos principios implican, además, que los medios sociales en cuyo seno se desenvuelve la actividad de la persona, y que son producto de la actividad interdependiente de todas las personas, gocen de determinadas propiedades. El sentido general que debe presidir la actividad del hombre en su proceso de producción de su propia vida personal y social es el sentido cristiano de la vida y de la existencia humana. Esto comprende, entre otras cosas, la adecuación de la actividad a ciertos principios morales. Pero también consiste en una progresividad esencial de la acción humana.

Realizar mediante la producción permanente de la propia actividad el sentido cristiano de la existencia humana consiste en progresar ordenadamente. La actividad humana animada de sentido cristiano consiste en una permanente tensión perfectiva cuya realización implica progreso moral, intelectual y material. Como los sistemas de valores cristianos son explícitos y determinados, es decir, tienen una «alta potencia de discriminación» y están ligados entre sí mediante una estructura jerárquica perfectamente determinada, esa actividad perfectiva y progresiva se produce realmente solamente si la estructura de objetivos y medios contenidos en los proyectos de acción personales respeta esa estructura jerárquica de valores.

Ahora bien: que la actividad global de una persona sea tal que consista en un permanente intento de realización de objetivos que respeten la estructura jerárquica de los sistemas de valores cristianos no es, precisamente, requisito aliviano. Una práctica vital de esa naturaleza exige, por ejemplo, que el sujeto pone sus propiedades y los frutos de éstas a disposición de los que las necesitan, que en la asignación cotidiana de su esfuerzo y de su tiempo ocupan lugar destacado la atención a la perfección moral propia y ajena, etc. Resulta evidente que muchos «perfiles de actividad» observables en todas las sociedades contemporáneas están muy lejos de satisfacer las propiedades exigidas. Hecho que en las encíclicas se constata abundantemente, identificando en esas divergencias entre el «ser» y el «deber ser» de la actividad de las personas las causas fundamentales de los principales males que en nuestras sociedades se constatan.

La reorientación del sentido de la actividad personal que en las encíclicas se propone resulta, claro está, perfectamente lógica. Pero obsérvese que esta propuesta de reorientación global del sentido de la actividad humana tiene consecuencias de enorme alcance. Porque implica, necesariamente, transformaciones muy profundas en lo personal y en lo social. Para hacerse una idea, siquiera aproximada, de lo que implicaría en todos los sentidos de la vida personal y social, incluidas las diversas instituciones, una reorientación de la acción humana en el sentido cristiano expuesto en las encíclicas basta con comparar estas dos estructuras de asignación del tiempo, el esfuerzo, los ingresos, las demandas y las ofertas: la propia del «perfil de actividad» más frecuente en cualquier sociedad, en uno de nuestros pueblos europeos, por ejemplo, y la propia de un «perfil de actividad» conforme al sentido cristiano de la existencia, respetando, por consiguiente, la estructura jerárquica de valores propia de éste.

No basta con que en una sociedad se reconozca y proteja el derecho de propiedad si, simultáneamente, las personas que integran esa sociedad no hacen un uso solidario con las necesidades ajenas de sus propiedades y los frutos de éstas.

Libertad, propiedad, solidaridad

Las estructuras de valores características de la concepción cristiana de la existencia y la actividad humanas implican determinadas propiedades de las que, para ser moralmente aceptable, debe gozar la organización institucional de cualquier sociedad. Estas propiedades pueden enunciarse como rasgos que deben estar presentes en la organización institucional de la sociedad, y que corresponden a expresiones sociales de los derechos y deberes de la persona implicados por la concepción cristiana de la existencia.

De entre los rasgos de este tipo consignados en la actual Doctrina Social de la Iglesia nos parece interesante señalar aquí dos: el reconocimiento y protección del derecho a la libertad de iniciativa económica y el reconocimiento y protección del derecho de propiedad privada. Pero esos rasgos de organización no se predican «por separado», sino conjuntamente con los relativos a la actividad personal que hemos examinado más arriba. De modo que no basta con que en una sociedad se reconozca y proteja el derecho de propiedad si, simultáneamente, las personas que integran esa sociedad no hacen un uso solidario con las necesidades ajenas de sus propiedades y los frutos de éstas. Similarmente no basta que en una sociedad se reconozca y proteja el derecho a la libertad de iniciativa económica si, simultáneamente, las personas que integran esa sociedad usan de esa libertad sin respetar la jerarquía de valores propia de la concepción cristiana de la existencia. Y, así, sucesivamente.

La crítica que la actual Doctrina Social de la Iglesia hace del «capitalismo liberal» y del «colectivismo marxista» consiste, precisamente, en constatar en qué aspectos «capitalismo liberal» y «colectivismo marxista» no satisfacen las exigencias morales, en la naturaleza de los «perfiles de actividad» típicos de las personas y en la organización institucional de las sociedades, que acabamos de examinar. A este respecto no es infrecuente leer comentarios de las encíclicas en los que se hace de las críticas a «capitalismo liberal» y «colectivismo marxista» una lectura sorprendentemente errónea.

Veamos. Aplicando los criterios morales relativos a la acción personal y a la organización social resulta inequívocamente que, en efecto, tanto «capitalismo liberal» como «colectivismo marxista» requieren correcciones fundamentales para poder ser considerados moralmente aceptables. «Moralmente», recordamos, e insistimos, de paso, en sentido dinámico, no meramente estático. Pero en ningún caso resulta la equiparación entre ambos tipos de sociedad. En efecto, «capitalismo liberal» y «colectivismo marxista» no designan estrictamente en las encíclicas dos sistemas de organización de la actividad económica, sino dos tipos de sociedad, mejor, dos formas histórico-culturales. Dos formas histórico-culturales que difieren en una serie de aspectos, entre los que se encuentra el de la naturaleza de la organización jurídico-institucional de los procesos de asignación de recursos, es decir el de la naturaleza del sistema de organización de la actividad económica. Dos formas histórico-culturales que, sin embargo, comparten ciertas actitudes y concepciones de la existencia humana.

«Capitalismo liberal» y «colectivismo marxista» no designan estrictamente en las encíclicas dos sistemas de organización de la actividad económica, sino dos tipos de sociedad, o, mejor, dos formas histórico-culturales.

«Capitalismo liberal» no es «economía de mercado». Es un tipo de forma cultural que se da actualmente en numerosos países, generalmente coexistiendo en complejo proceso de interacción cultural con otros ensamblajes culturales. Esa forma cultural contiene, entre otros elementos, los rasgos que definen el sistema de organización de la actividad económica «economía de mercado». Pero ni el «capitalismo liberal» a que se refieren las encíclicas equivale a una mera forma de organización económica, la «economía de mercado», ni la «economía de mercado» es algo inseparable de otros rasgos culturales de la forma «capitalismo liberal». «Capitalismo liberal», como forma cultural, comprende también y sobre todo ensamblajes de creencias, valores y actitudes que conforman, en las personas que de éstos participan, «perfiles de actividad» ajenos, en general, al sentido cristiano de la acción humana y, en particular, no satisfaciendo la jerarquía de valores propia de la concepción cristiana de la existencia.

«Colectivismo marxista» no es meramente, en las encíclicas, un modo de organización de la actividad económica, la economía planificada, en este caso. Pero ni «colectivismo marxista» se reduce a «economía planificada» ni esta forma organizativa es inseparable de otros rasgos culturales del «colectivismo marxista». Esta forma cultural comprende, además, y sobre todo, un ensamblaje de creencias, valores y actitudes radicalmente contrapuesto a la concepción cristiana de la existencia. Se trata de un proyecto de sociedad moralmente inviable de modo radical.

La «economía de mercado» no es en modo alguno rechazada por la Doctrina Social de la Iglesia. Por el contrario, la libertad de iniciativa económica y la propiedad privada, fundamentos jurídico-institucionales de la «economía de mercado», constituyen para la Doctrina Social de la Iglesia exigencias morales inexorables exigibles de toda forma de organización social. Lo que se rechaza de la forma cultural «capitalismo liberal» es la inversión de la jerarquía de valores en la actividad personal y social a que, con la mayor frecuencia, da lugar esa cultura. Inversión de valores en la que la Doctrina Social de la Iglesia identifica las causas de los males morales que denuncia.

La «economía de mercado» no es en modo alguno rechazada por la Doctrina Social de la Iglesia. Por el contrario, la libertad de iniciativa económica y la propiedad privada, fundamentos jurídico-institucionales de la «economía de mercado», constituyen para la Doctrina Social de la Iglesia exigencias morales inexorables exigibles de toda forma de organización social.

La «economía planificada» es condenable en la medida en la que incumple condiciones de aceptabilidad moral exigibles a toda forma de organización social, entre las que se hallan la libertad de iniciativa económica y el derecho de propiedad. Los rasgos culturales centrales del «colectivismo marxista» (creencias, valores y actitudes de la concepción marxista de la existencia) son, además, esencialmente incompatibles con la concepción cristiana de la existencia. Pero hay más. Las encíclicas hacen observar que, con independencia de diferencias importantes en otros aspectos, algunos elementos centrales de ambas formas culturales, el «capitalismo liberal» y el «colectivismo marxista», son los mismos. Entre otros está el relativismo moral, el hedonismo y el uso instrumental de las vidas y el trabajo de las personas para fines de poder en cualquiera de sus formas.

Pero estas críticas dirigidas a aspectos de la realidad contemporánea considerados indeseables no son sino un elemento previo. La reorientación de la acción personal y social, vastísimo proyecto abierto a personas y sociedades de todas las culturas, propuesta por la Doctrina Social de la Iglesia, es lo que constituye, en realidad, el mensaje central de ésta.

El futuro

Las sociedades del «socialismo real», estructuras de sumisión de pueblos enteros a la cultura del «colectivismo marxista», están hoy prácticamente extinguidas en Europa. El proceso que ha conducido a su extinción no es otro que el proceso de su mera existencia. Proceso terriblemente destructor de los pueblos que lo han sufrido. Las causas de la potencia destructiva, destructiva de los pueblos en los que se ha encarnado y de sí misma, de la cultura del «colectivismo marxista» se hallan en su propia naturaleza irracional y amoral. Naturaleza acerca de la cual la Doctrina Social de la Iglesia ha venido consignando los vicios de fondo. Naturaleza cuyas características, en un plano menos fundamental, han sido siempre asequibles a la mera razón analítica. Como, por ejemplo, acerca de la inviabilidad de los sistemas económicos socialistas.

El fin (en Europa) de las sociedades del «colectivismo marxista» no supone la extinción de «el grueso» de los vicios de nuestra realidad contemporánea. Porque con independencia de la sólida presencia en nuestras sociedades de elementos culturales y de todo tipo propios de la cultura del «colectivismo marxista», la dinámica cultural, personal y social de los pueblos sigue adoleciendo de los males señalados por las encíclicas. Lo que queda «por delante», como programa, es, sencillamente, enorme. «Reorientar», en el sentido señalado por la Doctrina Social de la Iglesia, no solamente el «capitalismo liberal» sino, de un modo más general y radical, el sentido de nuestra dinámica personal y social constituye no un trabajo de «reajuste», sino de edificación radical.

Para el católico las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia constituyen algo vinculante. Para el intelectual católico los textos de la Doctrina Social de la Iglesia constituyen, además, una fuente permanente de programas de investigación. Por ello los problemas teóricos y prácticos que para la etnología, la economía, el derecho, etc., plantea la Doctrina Social de la Iglesia son variadísimos y del máximo interés. Para el no católico los textos de la Doctrina Social de la Iglesia también ofrecen interés. Entre otras razones porque los temas de que ésta trata son temas fundamentales para cualquier persona y sociedad.

¿Cuándo amanecerá, camarada empresario?

«Ayer ha muerto, mañana no ha llegado» (Quevedo)

La palabra de moda en Moscú no es ya «perestroika», que significa reestructuración, ni «glasnost», que quiere decir transparencia. La palabra que está en todos los labios tras la derrota política de Mijail Gorbachov —convertido en un jubilado al que su enterrador Yeltsin ha confiado a una Fundación de Estudios Socioeconómicos y Políticos, para que juegue a la «política-ficción»— es «haos». «Haos» equivale, como su propio sonido indica, a nuestro caos. Si hay un adjetivo para definir lo que está pasando en la antigua URSS, tras setenta años de comunismo, seis de «perestroika», un golpe militar de tres días, seis meses de dominio de Yeltsin y unas semanas de libertad de precios, el adjetivo es: caótico. Una visita rápida a Moscú, en compañía de un grupo de periodistas españoles, con intensas conversaciones con el propio Gorbachov, su ex ministro de Asuntos Exteriores, Shevardnadze, el responsable de la Televisión, Egor Yakovlev, y algunos representantes de los nuevos empresarios y ejecutivos de Rusia, lo confirma rápidamente.

Uno de nuestros guías, al oír pronunciar la palabra, contó un chiste ilustrativo: cuatro individuos —un abogado, un cirujano, un constructor y un comunista— están discutiendo sobre cuál de los cuatro oficios es el más antiguo. Para el abogado no hay duda de que es el suyo, pues la expulsión de Adán y Eva del Paraíso fue un acto legal. El cirujano replica que, antes, Dios había hecho surgir Eva de una costilla, en una clara operación médica. Pero el constructor le interrumpe para decir que, primero, el Señor había construido el mundo del caos. Y es aquí el comunista quien levanta rápidamente la voz para preguntar: «¿Y quién creó el caos?».

Para muchos observadores de la realidad de Rusia, que han asumido el debe y el haber del pasado soviético, este caos se remonta a Lenin. Es sorprendente encontrar en nuestros interlocutores, siempre, la misma justificación para la «perestroika»: inicialmente se trataba de reformar el sistema, pero se vio en seguida que no tenía posibilidad de cambio.

Vladimir Bukovski cree que la perestroika es un niño que nació muerto.

«El sistema comunista tiene la particularidad de que si se quiere mejorar, se destruye. Castro y Stalin tenían razón: el sistema no es mejorable», nos espetó, de entrada, Egor Yakovlev, periodista de gran prestigio que ahora dirige las cuatro sociedades de la antigua televisión soviética y es ya —para su desgracia, según él— más político que profesional de la comunicación.

Alexandr Yakovlev, el gran colaborador de Gorbachov, asegura que ésta es la primera experiencia histórica de una revolución sin violencia. Fue el depositario, en la visita a Canadá, donde él era embajador soviético, del Gorbachov entonces secretario de la Comisión de Exteriores del Soviet de la URSS y según su formación: «Así no se puede vivir. Había que cambiar el país».

Pero los críticos de Gorbachov no son de la misma opinión y creen que, en el fondo, Mijail Gorbachov fue un simple oportunista, al que, ante la bancarrota de la economía soviética, no le quedó otra salida que tratar de convencer a Occidente de que había un Bukovski, que fue canjeado por el secretario general del Partido Comunista de Chile, Luis Corbalán, y ahora vive en Cambridge, cree que la «perestroika» es un niño que nació muerto y define la política de Gorbachov como «una tentativa desesperada por reclutar a una población recalcitrante y hacer que se consagre a la salvación del socialismo».

En su último libro, La URSS, de la utopía al desastre, Bukovski cuenta un chiste, algo que siempre ha sido un excelente barómetro de la opinión pública en la URSS, que corría por Moscú: «¿Cuál es la etapa que sigue a la “perestroika”?» Respuesta: «La prehistórica (el tiranosaurio)». Lo sorprendente de este inquietante juego de palabras es que fue anterior al «putsch» de agosto, en el que, efectivamente, las fuerzas más conservadoras del aparato comunista, cuando el Tratado de la Unión estaba a punto de ser firmado, intentaron frenar todo el proceso y confirmaron que tras la «reestructuración» podía producirse el «tiroteo».

Pero el aroma de la libertad ya había salido del frasco en que estaba cautivo y el pueblo, al ver a Yeltsin en un tanque, pero como un profeta desarmado, alzando la voz contra el golpismo, decidió seguir la aventura. Si el comunismo había demostrado su ineficacia, ¿por qué no intentar jugar, de una vez, la baza democrática, que la «perestroika» y la «glasnost» habían permitido vislumbrar?

El Zar destronado

Así se hizo. Los demócratas tomaron el poder, en medio de un clima de confusión que todavía no se ha desvanecido. Pero ni el Partido Comunista —que contaba en la URSS con dieciocho millones de afiliados— puede desaparecer por decreto del mapa, aunque, efectivamente, se decida su supresión a través de un texto legal, ni la democracia brota por ensalmo en un paisaje de resignación, en el que personajes como Iván el Terrible, Stalin o Breznev han dejado su perdurable huella.

Los más optimistas hablan de diez años, como mínimo —y eso contando con que la ayuda occidental, todavía escasa y mal distribuida, consiga la terrible y real amenaza del hambre, al tiempo que se van construyendo los mecanismos que hagan posible el paso a la economía de mercado— para que el gigante eurasiático que es la antigua URSS, y consiguientemente, su más poderosa república, la Federación Rusa, recupere la vitalidad. Como golpes de Estado no se pueden dar todos los días, Moscú vive ahora los graves problemas que padece con cierta tranquilidad respecto a la situación militar. Con los misiles no se come.

El 17 de enero, cinco mil oficiales se reunieron en el Kremlin con la pretensión de hacer saltar al Gobierno, pero no lo consiguieron. Deberán esperar, como todo el mundo. De momento, hay que darle una oportunidad a Yeltsin, el nuevo zar, que a comienzos de año tomó una medida audaz, la liberalización de precios, calificada por Gorbachov de catastrófica, y que ha sido el desencadenante de los primeros actos serios de descontento popular.

Hay que darle una oportunidad a Yeltsin, el nuevo zar, que a comienzos de año tomó una medida audaz, la liberalización de precios.

Pero el propio Gorbachov, una figura que, para los analistas de la antigua URSS, ha terminado su carrera política, se mostró muy prudente en su conversación con la prensa española a la hora de juzgar la figura de Yeltsin. El presidente ruso, embarcado ahora en la tarea de obtener el favor occidental y conseguir ayudas e inversiones —además de los honores que algunos dirigentes, como Mitterrand y Felipe González, le negaron en sus anteriores recorridos por Europa— es quien, después de todo, le paga a su predecesor en el poder la infraestructura de esa «Fundación Gorbachov» en la que, sin descartar una futura actuación más beligerante —«por ahora no pasaré a la oposición», le ha prometido a Yeltsin «Gorby»— se va a dedicar a estudiar eso que tanto juego le ha dado en Occidente, el nuevo orden internacional.

¿Está acabado Gorbachov? De momento, está tratando de recomponer su pasado y de defender su obra. Como dice Alexandr Yakovlev: «nadie sabe lo que pasará mañana, pero una cosa es segura: que Gorbachov ha escrito un nuevo capítulo en la Historia de nuestro país y ya tiene su lugar en el Panteón». Pero el propio Yakovlev, un hombre que jugó un papel decisivo durante el golpe, defendiendo la «Casa Blanca» del Parlamento pistola en mano, al otro lado de la barricada, no oculta el error que cometió el inventor de la «perestroika»: apoyarse, en diciembre de 1990, en las fuerzas conservadoras, con el objetivo de mejorar la situación económica y estabilizar políticamente el país, sin medir la dificultad de hacer una política de izquierda con fuerzas reaccionarias «pues no se puede, como dice un proverbio ruso, conciliar la conducta desordenada con la oración».

La cuestión nacionalista

Gorbachov y Yeltsin son las dos caras de una viva moneda que, como la de Antoñito el Camborio lorquiano, «nunca se volverá a repetir». Otros serán los protagonistas de la Historia futura. En primer lugar, habrá que superar la actual pugna de fuerzas políticas, en la que siguen más de cien partidos, de ellos cinco comunistas: «Tenemos más partidos comunistas que en España, pero, acaba Gorbachov, para quien la marcha de las reformas ayudará a la diferenciación de los partidos políticos, que se moverán en el espectro de la derecha, el centro y la izquierda, aunque habrá varios con perfiles nacionalistas». Cien partidos quiere decir ningún partido, vino a decir Gorbachov. Este es un análisis compartido. Además, el recuerdo del partido único, papel jugado con total abuso por el PCUS, sigue siendo un motivo de desánimo para las masas.

Tras los últimos reveses sufridos hasta llegar al golpe de agosto —la guerra de Afganistán, donde, después de 10 años de lucha, las fuerzas soviéticas tuvieron que retirarse en febrero de 1989, la explosión de Chernobyl en Ucrania, tres años antes, o el espectacular vuelo de Matias Rust hasta la Plaza Roja, lo que puso de manifiesto la fragilidad de las defensas soviéticas— Yeltsin tiene que hacer frente de inmediato, además de a la crisis económica, a la cuestión nacionalista. Y ello sin olvidar el latente descontento militar, que, naturalmente, está relacionado con las cifras. Yeltsin pretende rebajar drásticamente el porcentaje del producto interior bruto generado por la industria armamentística.Gorbachov, el gran derrotado, entre la indiferencia de su pueblo, posa junto a los muñecos de Disney.

Gorbachov y Yeltsin son las dos caras de una viva moneda que, como la de Antoñito el Camborio lorquiano, «nunca se volverá a repetir». Otros serán los protagonistas de la Historia futura.

¿Qué hacer con los cien mil trabajadores de la fábrica de aviones MIG-29, que este año no va a recibir ningún pedido? La Rusia de Gagarin y la Tereshkova, de los «soyuz» y de la carrera espacial, toca su fin. Los soldados del imperio tienen que volver a casa. Y los generales —de los cuales hay uno cada setecientos soldados, mientras que en los Estados Unidos lo hay cada tres mil cuatrocientos— deberán aceptar algo que hace sólo unos meses hubiera parecido imposible: el reparto entre Ucrania y Rusia de la flota del Mar Negro.

«No me obliguen a dar mi opinión sobre eso, porque podría complicar la situación», nos dijo Eduard Shevardnadze a los periodistas españoles en su nuevo despacho de la modesta Fundación de Política Exterior, a la que ahora dedica su experiencia de exministro de Asuntos Exteriores. Según el portavoz histórico de la «perestroika», que dimitió para denunciar el golpe militar que se les venía encima, tanto Rusia como Ucrania tienen argumentos sólidos en este contencioso, pero ello no puede derivar en una guerra. Es necesario el diálogo sobre cuestiones heredadas del pasado. Hay que buscar soluciones de compromiso, no hay otra alternativa.

Y es que la cuestión nacionalista ha estallado con toda virulencia. «Mi padre es armenio, mi madre ucraniana y yo, que he nacido en Moscú, no sé bien lo que soy en este país», me decía uno de nuestros acompañantes. Y Gorbachov reconoce el error que cometió en abordar el problema de los nacionalismos: creer que la cuestión étnica se superaría fácilmente a través de la amistad de los pueblos, «sin caer en la cuenta de lo que habían sufrido bajo Stalin, que cambió sus fronteras, sus lenguas y sus costumbres».

Para todo el mundo, el problema de la estabilidad de la antigua Unión Soviética es primordial. Shevardnadze, para quien el pueblo no estaba preparado frente a la convulsión de los últimos acontecimientos y que opina que el Estado de derecho requiere décadas enteras «en un país de estas dimensiones y militarizado», cree que, al analizar la actividad política de Gorbachov, hay que mostrarse generoso, teniendo en cuenta las circunstancias. Y, a pesar de las diferencias que ahora parecen separarlos, su juicio sobre ese período es positivo: «Antes de empezar la “perestroika” le dije a Gorbachov que en este país estaba todo podrido y que había que cambiarlo todo. Lo sabíamos, pero no podíamos hacerlo por la vía revolucionaria, instigando una revuelta popular. No había otro camino que la reforma progresiva. Pero debíamos haber puesto más empuje, más valentía, más decisión en las reformas económicas».

En una esquina del despacho de este georgiano que viste con refinamiento inglés puede verse un busto de presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy.Shevardnadze, que tuvo palabras elogiosas para J. F. Kennedy, ha colocado un busto del Presidente asesinado junto a su despacho.

Y él lo explica diciendo que «no hay personas sensatas que no sientan admiración por Kennedy, que ha sido una personalidad eminente. Así que no tiene nada de extraño que yo lo haya colocado ahí. Antes había que poner a Stalin y a Lenin, ahora podemos expresar nuestras preferencias…».

Pero en medio de la sonrisa, el antiguo ministro de Exteriores de Gorbachov no disimula, con una expresión melancólica, su preocupación por la nueva CEI, «una estructura inestable y algo simbólica en la que los procesos de desintegración son mucho más rápidos que los de integración», y el malestar por el reparto de la flota del Mar Negro. Su diagnóstico, aun cuando apoya la liberalización de Yeltsin —«el único líder que goza de consideración en el país y que es capaz de modificar su postura y de reconocer sus errores»— es muy pesimista: «No descarto el golpe militar, si sobrevienen algunos sucesos desagradables en forma de desórdenes masivos. Si no conseguimos dar algunos pasos decisivos en los próximos meses y hay que hacer frente a esos desórdenes, puede llegar un régimen totalitario».

La explicación ante lo que está pasando es para algunos, como Vladimir Bukovski, relativamente sencilla: «La Unión Soviética está condenada al desmembramiento desde el momento en que el pegamento Lenin ha perdido su poder de cohesión». Pero el presidente de la Unión de Empresarios cree que existen suficientes lazos entre las familias cruzadas que llevaría siglos separar.

Las colas de Moscú

Cualquier viajero que llegara a la Unión Soviética, daba igual en qué época o bajo qué dirigente, sabía que Moscú era una ciudad de nueve millones de disciplinados habitantes, con unos mastodónticos edificios debidos al gusto de Stalin, una enloquecedora Plaza Roja con una iglesia de cuento de hadas, San Basilio, a un extremo, y colas por todas partes: colas ante el mausoleo de Lenin; colas en los almacenes GUM, frente al Kremlin, donde nunca había grandes cosas que comprar; colas ante un teléfono o un puesto de helados; colas en los soportales del teatro Bolshoi…

La «perestroika» ha hecho peatonal a la calle Arbat —por la que cruzaba Stalin camino del Kremlin, y que ha dado título a una novela fascinante sobre los años oscuros, Los hijos de Arbat— pero ha multiplicado las colas. La liberalización de precios no ha producido todavía el deseado abastecimiento. La cola es hoy una pancarta de la escasez. Los moscovitas se echan a la calle con su cartera o su bolsa al brazo y piensan que, donde hay agrupados otros ciudadanos como ellos, algo habrá. Así que se paran a ver qué se puede adquirir.

Pero estos días en Moscú apenas se pueden comprar algunas cosas. El mítico rublo, que Breznev se permitía el lujo de cambiar a una cotización superior al dólar, está por los suelos: por cada dólar le dan al turista, en el cambio oficial del hotel Metropol, ciento trece rublos, o sea, que un rublo vale menos de una peseta. El problema es que, aunque el precio de los escasos artículos existentes sea sensiblemente más bajo que en Occidente, pero muy altos para ellos, alcanzan para muy pocas cosas. El metro vale quince céntimos de rublo, o de peseta, si lo prefieren. Los alquileres son baratos, como el teléfono o algunas cosas que se pueden encontrar en los almacenes. Pero un sueldo medio de mil rublos da sólo para unas pocas raciones de carne. Por eso la mafia y la especulación, las lacras de un capitalismo incipiente, asoman la oreja en medio del desconcierto.

La revista Ogoniok («llama»), una publicación que reflejó, en los albores de la «glasnost», como ha escrito Pilar Bonet, la corresponsal de El País en Moscú, «el fracaso del entusiasmo como principal sostén del régimen», se hizo eco de sus artículos este invierno preguntando: «¿Es posible vivir sin robar?». Se trataba de un reportaje de la periodista Ludmila Saldikova, que contaba que en cada fábrica de productos cárnicos, de las que existen ochocientas en todo el país, se roban quinientos kilos de carne cada día para la reventa en el mercado negro.

En Rusia hay épocas en las que se lee a Tolstoi y períodos en los que el escritor preferido es Dostoievski. Aunque este momento tormentoso se diría que es más de Crimen y castigo que de Guerra y paz, los dos grandes escritores rusos valen para explicar la actual crisis. Si Dostoievski escribió que la mejor definición que se puede dar del hombre es la de un ser que se habitúa a todo, también tiene sentido en esta hora recordar una frase de Tolstoi: «La calidad del pobre es no odiar al rico».

¿Existen ricos en la Rusia actual? No es probable que haya demasiados. Pero los periodistas españoles sí que tuvimos oportunidad de conocer a unos aspirantes a ejecutivos que son quienes abogan por la reconversión a toda velocidad de la sociedad soviética y la economía de mercado. El propio Shevardnadze cree que fue un error no haber seguido el programa de los «quinientos días», que hubiera permitido adoptar en su momento las reformas económicas drásticas que ahora están resultando tan pesadas de asimilar.

La rectora de la Academia de Finanzas, Ala Griasnova, el rector de la Academia de Ciencias Económicas, que fue viceministro de Finanzas de la URSS, Viacheslav Selchagow, y el presidente de la Unión de Empresarios, Vladimir Groshev, explican las dificultades de la liberalización de precios porque todavía no existe plena libertad privada y no se han creado estímulos suficientes para el productor.

Según ellos es fundamental solucionar el problema de la propiedad y de la producción, porque hasta que no se solucione seguirá la espiral inflacionista. Un mes después de la liberalización no han llegado a equilibrarse oferta y consumo, porque el precio de los artículos los hace inaccesibles a la mayoría de la población: el anhelado mercado, en realidad, no existe.La Plaza Roja de Moscú.

Pero a pesar de que el aguanieve que cae sobre un Moscú aterido no es precisamente una invitación al optimismo, nadie, ni siquiera los duros escritores de OgoniokMoskovskie Novosti y Argumenti y Fakti, se abandonan a la desesperanza.

Los rusos miran a Polonia, donde hubo artículos importados y una economía libre de inmediato, con cierta envidia. Pero a la hora de hablar de sus problemas económicos, cuentan un chiste que también se puede oír en las calles de Varsovia: «Para solucionar las dificultades sólo hay dos caminos: uno normal y otro milagroso. El normal es que vengan los marcianos con Polonia, la Virgen negra de Czestochowa, y coloquen cien mil millones de dólares sobre la mesa; el milagroso, que lo solucionemos nosotros».

Pero a pesar de que el aguanieve que cae sobre un Moscú aterido no es precisamente una invitación al optimismo, nadie, ni siquiera los duros escritores de OgoniokMoskovskie Novosti y Argumenti y Fakti, se abandonan a la desesperanza. Es todo un gran país, algo que nos quisieron hacer creer que era una superpotencia, el que está en almoneda, buscando un nuevo destino más allá de las ideologías.

Los descendientes de los viejos revolucionarios que aguardaban el asalto al palacio de invierno, preguntándose aquello de «¿cuándo amanecerá, tovarich?», miran hoy hacia Occidente confiando en tiempos mejores. Fasil Iskander, un escritor que piensa que «se necesitaron unas condiciones históricas muy especiales para que la utopía ideológica del comunismo se convirtiera para gran parte de la población y durante un tiempo bastante largo en una idea atractiva», ha escrito en Ogoniok: «¿Es obvio que nuestro pueblo —retorcido y extraviado durante años de humillación y mentira—, aunque ha sobrevivido casi de milagro, está muy mal?… Para curarse de sus enfermedades necesitará verdad, paz y esperanza».

Y Gorbachov, Shevardnadze y los nuevos empresarios despiden al viajero con una frase que es como un leitmotiv para esta esperanza: «No se alarmen por lo que ven. Rusia ha pasado ya mucho, pero sobrevivirá».

Las fundaciones y la sociedad civil

En estos momentos se estudia en España una nueva legislación para las Fundaciones que dé cumplimiento al artículo 34 de la Constitución. Se trata de un asunto de gran trascendencia y corremos el riesgo de perder una ocasión maravillosa para replantear —en el fondo, no en la forma— el papel que corresponde a esta figura prevista en nuestro ordenamiento jurídico.

Las nuevas Fundaciones ya no viven de las rentas de un patrimonio mal invertido y encima relativamente intervenido, sino de los beneficios de empresas, cuanto más importantes mejor.

La legislación del siglo pasado, vigente todavía, adolece de sustanciales problemas, entre los que no es el menor el trasfondo desamortizador en el que nació. Se diría que para algunos legisladores las Fundaciones no son más que un mal menor con el que no hay más remedio que conformarse, a pesar del peligro de «pérdida de control» de alguna parcela de la vida social. Con un planteamiento de estas características resulta comprensible que las propuestas de nuevo ordenamiento que ya circulan no supriman —ni de lejos— la «sombra de sospecha» que ha caracterizado la relación de la Administración Pública con estas personas jurídicas.

«El florecimiento del movimiento fundacional —afirmaba el Notario José María de Prada en la UIMP en julio del pasado año—, pese a las dificultades legislativas, no es más que un reflejo del resurgimiento de la sociedad civil». Y ésta es realmente la cuestión de fondo: ¿qué significa el resurgimiento de la sociedad civil?

El año 91 dará mucho trabajo a los historiadores y no será fácil atreverse a hacer balance de lo ocurrido en estos meses hasta que las aguas se serenen, pero podemos afirmar que el socialismo real ha dejado de ser un punto de referencia para la humanidad. Al margen por tanto de los acontecimientos históricos, habría que sacar conclusiones sobre el papel y la dimensión del Estado.

La sociedad civil

Para que la sociedad civil asuma nuevas responsabilidades es necesario partir de un reconocimiento no resignado de que es precisamente a ella, y no al Estado, a quien compete asumirlas. Debe tratarse de un convencimiento que vaya mucho más allá del planteamiento de un «mal menor» al que antes nos referíamos, porque en esas coordenadas difícilmente se llegará a tener confianza en el papel que deben tener las entidades a través de las cuales se estructura esa sociedad civil.

Dicho todo lo que antecede parece oportuno que echemos una mirada a las Fundaciones españolas. En el Directorio del Centro de Fundaciones (1986) aparecen unas 3.000, y el estudio de la información que dicha publicación nos proporciona permite aventurar que si un alto porcentaje de esas entidades tuviese una actividad acorde con lo previsto en sus Estatutos, la fuerza de las Fundaciones españolas sería mucho mayor.

Es éste un asunto delicado y la multitud de factores que se mezclan —personales, jurídicos, legales, etc.— hace que no sea justo emitir una opinión apresurada sobre el papel desempeñado hasta la fecha por las Fundaciones españolas. Hecha esta salvedad, y con la mirada puesta en el futuro, cabe preguntarse si no habría que impulsar el resurgimiento de la sociedad civil también desde las Fundaciones ya existentes y no sólo a través de la creación de nuevas entidades. Se da la circunstancia de que la precisa finalidad para la que algunas Fundaciones nacieron ha quedado fuera de lugar por el puro cambio de la sociedad española; en otros casos, aunque siguen teniendo un papel que jugar, el hecho de que la labor emprendida por otras Fundaciones o por la Administración pública esté cubriendo con mayor alcance el mismo campo, puede haber disminuido el brío con el que iniciaron sus actividades.

No cabe duda de que la voluntad del fundador, o los fundadores, debe ser respetada, pero no es fácil de entender que el modo de respetarla sea la falta de actividad. La Fundación nació para servir a necesidades existentes en España en aquellos momentos y entiendo que pesa sobre los Patronos la responsabilidad de mantener el patrimonio fundacional al servicio de esas necesidades u otras similares en el área de influencia inicialmente prevista o en una más amplia. No podemos estar hablando del resurgimiento de la sociedad civil para después someternos a un anquilosamiento burocrático ajeno a un planteamiento de iniciativa privada.

Pues bien, si todo esto puede ser exigible a las Fundaciones de antigua constitución, ¿qué habrá de decir de las recientes? ¿Qué sentido tendría que una Fundación con un patrimonio multimillonario y con una finalidad Estatutaria suficientemente amplia limitase el alcance de su actividad a acciones esporádicas e inconexas —salvada la conexión de la imagen en los medios—? ¿No estaremos así justificando la sospecha que queremos erradicar? Nuevamente hay que hacer un sin fin de salvedades y dejar claro que son muchas las circunstancias que pueden justificar situaciones provisionales que no tienen por qué conocer el público, pero ¿qué maravillas responsabilidad la de los Patronos!

Mientras garabateaba estas líneas me venían a la cabeza unas líneas escritas por el actual presidente de la Fundación W. K. Kellog, de los Estados Unidos. Me parece oportuno mencionar antes que la Fundación Kellog reparte anualmente entre sus distintos programas unos 250 millones de US$. Pues bien, Rusell G. Mawby, Presidente del Directorio y Jefe Ejecutivo de la Fundación Kellog comentaba que visitando uno de sus programas en Iberoamérica se había visto empujado a impulsar más las actividades de la Fundación al leer en un cartel: «No puedo hacer todo lo que tengo que hacer, pero puedo hacer algo; y lo que tengo que hacer, por la Gracia de Dios, lo haré». Hace falta mucha juventud de ánimo y un profundo espíritu de servicio para no conformarse nunca con un éxito más o menos fácil y aspirar siempre a más.

El techo de Pujol

Por cuarta vez consecutiva desde la aprobación del Estatut se van a celebrar unas elecciones al Parlament de Catalunya, del que saldrá el Gobierno de la Generalitat. Cuando se recuerda las emociones y actitudes encontradas que suscitó esta institución en épocas no muy lejanas y se constata la normalidad de hoy, puede sentirse orgullo y optimismo, la dilución de las filias y las fobias al proceso de autogobierno catalán en una aceptación desapasionada y generalizada es uno de los activos de nuestra democracia, las trece elecciones celebradas desde 1977 hasta hoy en Cataluña (5 generales, 4 municipales, 3 autonómicas y al Parlamento Europeo) permiten extraer algunas conclusiones, que tienen algo de paradójico.

Pujol, «El President» (lema de la última campaña autonómica), es el decano de los Presidentes de Comunidades Autónomas, con doce años de ejercicio e innegablemente un peso pesado de la política española.

El comportamiento electoral de los catalanes es distinto dependiendo del tipo de elección. Así, los socialistas no han ganado, hasta el momento, ninguna elección autonómica, venciendo en las demás, mientras que los convergentes no han triunfado en ninguna elección que no fuese autonómica y no han dejado de ganar ninguna que lo fuese.

El catalán ha patentizado hasta ahora un sentido del equilibrio político que le ha inclinado a una distribución del poder en los distintos ámbitos de la Administración: central, autonómica y municipal.

La afirmación anterior se complementa con una tendencia del electorado catalán a concentrar el voto en una determinada formación política en cada tipo de elecciones, posibilitando mayorías amplias. Esto es así tanto en el Parlamento Catalán, como en la representación catalana en las Cortes Generales y en los ayuntamientos grandes y medianos. En los ayuntamientos pequeños no tiene tanta significación este fenómeno ya que el voto es mucho más personalizado.

Por último, la composición de Parlamentos y corporaciones es pluralista.

De las diecisiete Comunidades Autónomas existentes, solamente dos superan, actualmente, a Cataluña en formaciones políticas con representación parlamentaria (País Vasco y Canarias) y una sola la iguala (Baleares). Si prescindimos del fenómeno de la insularidad, que propicia la aparición de partidos específicos en las diferentes islas, el País Vasco y Cataluña son las Comunidades Autónomas más pluralistas políticamente, lo que no es de extrañar.

El sistema de partidos en Cataluña ha cristalizado en un pentapartidismo (CiU, PSC, PP, IC y ERC), con algún añadido ocasional, como han sido el PSA y CDS. En el ámbito autonómico podría hablarse de un sistema de partido hegemónico, que tendrá pronto oportunidad de revalidarse o de modificarse.

El electorado

La sociedad catalana no es homogénea, pero sí es una sociedad crecientemente integrada.

Hay una amplia zona de consenso que hace que las diferentes formaciones políticas se solapen en cuanto a ofertas programáticas y electorados potenciales.

La tensión derecha/izquierda en el ámbito ideológico se ha diluido en la convergencia en un centro amplio. La tensión centralismo/independentismo en cuanto al Gobierno de Cataluña ha dado paso a un autonomismo mayoritariamente aceptado. La tensión población nativa/población inmigrada, en cuanto a la consideración social, se ha amortiguado con el concepto de catalanidad de ejercicio. Son catalanes no sólo los nacidos en Cataluña, sino los que viven allí («els altres catalans», en la terminología al uso).

No obstante queda un elemento de tensión que, aunque larvado, podría materializarse con el tiempo, el que podría llegar a separar a los castellanoparlantes de los catalanoparlantes. Bajo el eufemismo de «normalització de la llengua» una vez más se trata de desactivar el significado mediante la dulcificación del significante se están tomando medidas que están suponiendo, y puede suponer aún más en el futuro, una discriminación real de una parte de la sociedad catalana. Es razonable y conveniente que aquel que vive en Cataluña aprenda la lengua catalana, pero siempre que lo haga de forma voluntaria y no bajo presión. En este terreno, como en otros, lo inteligente es aplicar medidas de seducción y no de coacción.

Los candidatos

Las elecciones autonómicas catalanas son parlamentarias no presidenciales. Hay, sin embargo, una mentalidad «presidencialista» muy arraigada en el electorado catalán.

El art. 36.3 del Estatut de 1979, copiado literalmente del art. 14 del Estatut de 1932, establece la posibilidad de que el President de la Generalitat delegue temporalmente funciones ejecutivas en uno de sus Consellers. Esta delegación no se ha producido durante la Presidencia de Pujol, por la negativa de Pujol a cubrir el cargo de «conseller en cap», equivalente al de primer ministro, tiene antecedentes históricos en Macià y Tarradellas. Macià se negó también a hacerlo en 1933, cuando se lo pidió, con insistencia, un sector de su propio partido. Y Tarradellas, elegido Presidente de la Generalitat en 1954, nunca quiso formar Gobierno con el exilio.

El catalán ha evidenciado hasta ahora un sentido del equilibrio político que le ha inclinado a una distribución del poder en los distintos ámbitos de la Administración: central, autonómica y municipal.

El resultado de esta ausencia de delegación es que en el President de la Generalitat, concurren, actualmente, las dos funciones, representativa y ejecutiva, previstas en el art. 36.2 del Estatut. Este presidencialismo de facto hace que los catalanes tengan muy en cuenta quién es el candidato que encabeza la lista de cada formación política.

De las cinco opciones electorales que tienen posibilidad de representación, tres repiten cabecera de candidatura y dos la renuevan.

CiU: Jordi Pujol

El candidato de CiU es Pujol, o quizás cabría hablar con más propiedad de que la candidata de Pujol es CiU.

Pujol, «El President» (lema de la última campaña autonómica), es el decano de los Presidentes de Comunidades Autónomas, con doce años de ejercicio, e innegablemente un peso pesado de la política española.

Su polifacetismo, su catalanismo militante desde la adolescencia, su pasado de luchador antifranquista, su progresivo eclecticismo ideológico, su capacidad de identificación con el catalán medio y su permanente contacto con los más diversos estratos de la sociedad catalana son aspectos que contribuyen a que sea el favorito indiscutible en las próximas elecciones.

Pujol, además, no deja nunca de hacer campaña electoral. Más que de régimen «presidencialista» se podría hablar, como alguien ha hecho por su continua presencia en todo tipo de acontecimientos, de régimen «presencialista». Pujol tiende sus redes en todos los caladeros electorales, si bien cabe sospechar y el 15 de marzo tendremos ocasión de comprobarlo, que haya llegado al límite de sus posibilidades.

PSC: Raimon Obiols

Obiols es el candidato del PSC. De pétrea inmutabilidad, que quizás le proporcione su profesión no ejercida de geólogo, es el Poulidor, el eterno segundón de la política catalana, tiene fama de tener un espíritu conciliador, que ha sabido aplicar en su partido, donde no ha habido conflictos de importancia. Ha contribuido a los éxitos electorales del PSOE en Cataluña, pero no ha sabido o no ha podido ampliar el electorado para llegar a la presidencia de la Generalitat. Su propuesta de federalismo cooperativo es uno de los grandes arcanos de la política catalana.

IC: Rafael Ribó

Ribó es el candidato de Iniciativa per Catalunya (IC), federación independiente y complementaria de IU. Procedente de familia acomodada, tiene un amplio bagaje académico tarea. Tras sustituir a Antoni Gutiérrez en la Secretaría del PSUC ha sido reconciliar a los comunistas y competir con el nacionalismo de izquierda.

ERC: Àngel Colom

Los dos nuevos carteles electorales son Colom por ERC y Vidal-Quadras por el PP.

Colom procede de la Crida, movimiento independentista radical de la que fue fundador y portavoz del 83 al 86. De ahí pasó a ERC, en cuya lista por Barcelona salió elegido diputado autonómico en 1980. Es conocido su lema: «Emborrono todo lo que veo escrito en castellano en un rótulo público». Hizo buena la máxima de Eugenio D’Ors, «el doctorado del político es la traición al jefe», desplaza a Hortalà de la Secretaría General de ERC en el último Congreso del Partido, lo que motivó la salida de Hortalà de ERC para crear una nueva formación política, Esquerra Catalana, que ha firmado el llamado «acuerdo estable» con CiU.

Colom cree que su oferta puede ampliar su base electoral, captando votos de CiU, del nacionalismo de izquierda y de la abstención. En Cataluña hay una frase hecha que es «Fer volar coloms», equivalente al castellano: «Hacer castillos en el aire».

PP: Alex Vidal-Quadras

Alex Vidal Quadras, que ha sido definido como «una mezcla de flema británica, tenacidad nipona y perspicacia catalana», es la encarnación de la refundación del PP en Cataluña.

Diputado autonómico en el Parlament, desde 1988: se le deben algunas de las más brillantes intervenciones parlamentarias en la legislatura que ahora concluye.

Vidal Quadras, definido por alguien como «una mezcla de flema británica, tenacidad nipona y perspicacia catalana», es la encarnación de la refundación del PP en Cataluña.

Después de un período de inestabilidad en el partido, fue elegido Presidente del PP de Cataluña.

Hombre culto y sin complejos ante un competidor como Pujol, tiene encomendada la tarea de recuperar el voto centrista no nacionalista, hoy en poder de CiU y, en mucho menor medida, de CDS.

El cambio en la cabecera de lista del PP es significativo. El mismo que va de un ex-gobernador civil de Barcelona a un catedrático de la Universidad Autónoma de Bellaterra, de quien habla un catalán adquirido a quien habla un catalán nativo, del españolismo al catalanismo integrador y autonómico, en definitiva.

La campaña

Hay un principio aplicado a la campaña electoral catalana, que nadie que ambicione votos se atreve a contravenir: la campaña ha de ser constructiva, de argumentación y exposición de los postulados propios, y no de desautorización de los contrarios. No hay mayor pecado electoral en Cataluña que emplear el arma de descalificación, donde el retroceso es mayor que la longitud de tiro. Esto hace que las fuerzas políticas contendientes se tienten mucho la ropa a la hora de introducir en campaña cuestiones polémicas. El temor a la máxima descalificación, la de indiscreto, atrofiada e ingenio, coarta la imaginación e impide un debate en profundidad sobre las cuestiones de interés. El resultado son unas campañas electorales, considerablemente aburridas, convertidas en unos Juegos Florales donde la poesía es escasa.

Este planteamiento favorece extraordinariamente al que ocupa el poder. En las elecciones autonómicas, Pujol no solamente juega en terreno propio sino que lleva a sus adversarios a su terreno, desde el primer momento. Su discurso electoral, conocido por recurrente, aunque suele aparentar que lo varía, se convierte en el elemento central de referencia. Este discurso se basa en una serie de ideas fuerza, en mi opinión vulnerables, pero que salen incólumes de la confrontación dialéctica. La prueba es que las vuelve a utilizar en la campaña siguiente. Vamos a analizarlas someramente.

— «Algo tan importante como la Generalitat de Cataluña ha de encomendarse a personas con experiencia de Gobierno.»

Como el único que tiene experiencia de Gobierno es él, verde y con asas, se presenta por encima del bien y del mal, alejado de la pugna política estrecha y mezquina.

— «Los demás critican, nosotros hacemos.»

Con lo que se concede la ventaja de atribuirse una actitud positiva frente a la actitud negativa de la crítica. Cuando la crítica va implícita en el modus operandi de todo partido de oposición.

— «S’ha de fer país.» / «Hay que construir Cataluña.»

Bajo un envoltorio lírico se transmite un mensaje subliminal: el inicio de la construcción de Cataluña se produce a partir de la aprobación del Estatut en octubre de 1979. Desde entonces hay una realidad diferente que él como máximo responsable del Gobierno Catalán ha contribuido a conformar de forma destacada. Como si Cataluña no tuviese ya unos cuantos siglos de existencia (la Generalitat ha celebrado recientemente el Milenario de la Fundación). Cataluña no se acabará de construir jamás, será siempre una obra inconclusa, como lo es cualquier otra comunidad. Cataluña se puede llegar a potenciar, a desarrollar, a ensanchar, pero nunca se puede llegar a construir.

— «Más que hacer política, lo que queremos es hacer país.»

Aceptando el lenguaje metafórico de Pujol, está claro que se ha elegido la actividad política para hacer país. La frase es en sí misma contradictoria, pero muy eficaz para quien se quiere presentar por encima del bien y del mal, alejado de la pugna política estrecha y mezquina.

— «La defensa de la identidad nacional necesita un poder único y fuerte. Necesitamos la mayoría absoluta.»

Pujol parte del valor convenido, que no le interesa revisar, de que existe un poderoso adversario exterior cuyo empeño es vampirizar la identidad nacional catalana: el centralismo de Madrid. No hay que bajar la guardia, pues nada es definitivo todavía. La apelación a defender la identidad de Cataluña, entendida como su lengua, su cultura y sus tradiciones, es una propuesta indeclinable para el catalán, del que Vicens Vives señala su voluntad de ser como rasgo definitorio.

Ahora bien, puesto en marcha el proceso de autogobierno catalán del que se ha recorrido un gigantesco trecho en escasos años, y aceptada una instancia de arbitraje como es el Tribunal Constitucional, por el poder central y el poder autonómico, para dirimir sus diferencias en cuanto al alcance de dicho proceso, o se postula la independencia o únicamente se aducen agravios «menores». Como la postura de CiU con relación a la independencia, a pesar de algún desafortunado símil lituano, es inequívoca: no reivindicarla; no existe ninguna situación de excepción que reclame un poder único y fuerte. No existe ningún argumento adicional del buen gobierno para solicitar la mayoría absoluta.

Un pronóstico

A más de un mes de las elecciones, emitir un pronóstico sobre los resultados, no deja de ser una temeridad, pero siguiendo el consejo de Churchill de que en política se ha de ser capaz de predecir lo que va a ocurrir, y de explicar después por qué no ha ocurrido, voy a arriesgar un pronóstico.

No va a haber vuelcos espectaculares. Por lo tanto, las variaciones no van a ser cuantitativamente significativas, aunque pueden serlo cualitativamente.

No habrá vuelcos espectaculares. Por lo tanto, las variaciones no van a ser cuantitativamente significativas, aunque pueden serlo cualitativamente.

Los cambios en cuanto a número de votos y de representantes podrían ir en la siguiente dirección:

ERC

Tiende a bajar, sin llegar a desaparecer (en la actualidad tiene un 4,1% de votos, y por debajo del 3% ya no obtiene representación), por el apego de la sociedad catalana a una sigla con resonancias históricas. El motivo de este posible descenso es la apuesta que ha hecho Colom por un independentismo descarnado, rompiendo la tradición de Barrera y Hortalà, que postulaban un independentismo matizado, «metódico y gradual». La incorporación de antiguos miembros de Terra Lliure a ERC, siendo siempre una buena noticia el trueque de la actividad terrorista por la lucha por los votos, no me parece que vaya a contribuir a ampliar su base electoral.

IC

Tendencia al mantenimiento. Está claro que la crisis comunista es un aspecto negativo, pero que puede digerirse por las distancias que ha sabido establecer.

PP

Debería crecer de forma apreciable. El electorado catalán va a apreciar tres aspectos: la idoneidad del cabeza de lista, la desaparición de cualquier reserva hacia el modelo autonómico catalán, y los esfuerzos de Aznar por situar el PP en el centro político.

PSC

Mantenimiento al alza. Tiene un suelo electoral claro y la colaboración parlamentaria de CiU con el PSOE en el Congreso de los Diputados le resta peso. El protagonismo del Ayuntamiento de Barcelona en este año, así como el nombramiento de Serra como segunda autoridad del Gobierno, pueden contribuir a esta subida que no va a ser, ni mucho menos, aparatosa.

CiU

El empeoramiento de la situación económica, el colaboracionismo con Madrid en cuestiones que no son inocuas como la Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana (las puertas catalanas no son inaccesibles a la larga bota del Ministerio del Interior), la consolidación del autogobierno catalán, la ambigüedad del discurso convergente, el hecho de encontrarse al límite de sus posibilidades electorales son factores que presagian una pérdida moderada de votos, dependiendo de la aceptación que tenga la dramatización que, a buen seguro, este partido va a imprimir a la campaña.

¿Qué hará entonces Pujol? Las posibilidades son múltiples: desde gobernar en minoría, a un gobierno de coalición en toda regla, pasando por acuerdos parlamentarios de legislatura. Excluida IC, puede elegir socio entre las restantes fuerzas políticas: PP, PSC y ERC.

Lo previsible es que Pujol tome, llegado el caso, aquella decisión que le suponga un menor coste político. Entendido éste en un único sentido, el de la reducción del poder que actualmente ejerce.

Si CiU perdiera dos escaños, terminaría el período de mayoría absoluta.

Datos electorales reproducidos en la revista

Autoposicionamiento del electorado catalán en cuanto al Gobierno de Cataluña (% de respuestas)

CentralismoAutonomíaFederalismoIndependenciaNo contestanNo válidos
Nacidos en Cataluña165515716
Nacidos fuera de Cataluña275011534

Encuesta dirigida por J. J. Linz para estudiar el comportamiento de la población en el referéndum para la reforma política de 1976.

Mínimo nacionalismoNacionalismo moderadoMáximo nacionalismo
12,855,331,9

Resultados electorales en Cataluña — en % de votos

ElecciónCiUPSCAP/PPPSUC/ICERC
Generales 7716,828,43,518,24,5
Generales 7916,129,23,617,14,1
Municipales 7918,926,81,220,23,9
Autonómicas 8027,722,3NP18,78,9
Generales 8222,245,214,54,64,0
Municipales 8324,839,39,311,22,9
Autonómicas 8446,630,07,75,64,5
Generales 8632,040,911,43,82,6
Municipales 8732,636,95,610,22,4
Autonómicas 8846,029,95,37,84,1
Europeas 8927,535,48,65,5(*)
Generales 8932,735,610,67,32,7
Municipales 9133,237,26,79,73,3

(*) Se presentó en coalición con otros partidos nacionalistas.

Resultados electorales en las elecciones autonómicas catalanas

Partido198019841988
Votos%EscañosVotos%EscañosVotos%Escaños
CiU754.44827,7431.346.91745,6721.232.51446,069
PSC608.68922,333866.42530,041802.82829,942
AP/PP221.6057,711143.2415,36
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Españoles en el ártico

Las alteraciones climáticas que afectan a determinadas regiones de nuestro planeta han atraído la atención de metereólogos, naturalistas y biólogos, que han encontrado relaciones evidentes entre el deterioro de la capa de ozono y el estado de los casquetes polares, de modo que de esa relación pueden derivarse consecuencias graves para el futuro de la humanidad. En consecuencia, cuantos más datos se obtengan de las condiciones actuales de los polos Artico y Antártico, más fácil será la adopción de medidas que puedan frenar la degradación progresiva que se observa en las condiciones de vida de la Tierra.

De ahí la importancia que reviste la «Expedición Circumpolar Mapfre ’92» dirigida por un grupo de jóvenes españoles, que se encuentra en este momento cumpliendo el último tramo de su arriesgada aventura, con un final previsto para el próximo mes de septiembre del presente año 1992.

De ahí la importancia que reviste la «Expedición Circumpolar Mapfre ’92» dirigida por un grupo de jóvenes españoles, que se encuentra en este momento cumpliendo el último tramo de su arriesgada aventura, con un final previsto para el próximo mes de septiembre del presente año 1992.

Catorce mil Kms por el hielo

La «Expedición Circumpolar» patrocinada por el grupo MAPFRE, se inició en 1990 de acuerdo con un plan que, partiendo del sur de Groenlandia, localidad de Narssarssuaq, ascendería en kayak por la costa en dirección hacia el Norte de la isla hasta alcanzar, a través de la bahía de Baffin, la zona más próxima a las regiones polares canadienses. Una vez ganados los hielos del continente americano, el viaje proseguiría a lo largo de la costa del Norte de Canadá en dirección al territorio de Alaska, para descender hacia el Sur con el fin de llegar a Puerto Valdez, en el Océano Pacífico, etapa final del proyecto.

Estudiando este recorrido en el mapa de la zona que se acompaña, es fácil deducir las enormes dificultades que han debido superar ya los expedicionarios en las etapas cumplidas hasta el momento. El jefe de la Expedición, Ramón Hernández de Larramendi, ha sido asistido en las distintas fases del recorrido por otros miembros del grupo: los ingenieros Manuel Olivera y Antonio Martínez, especialistas en alpinismo, espeleología, navegación en kayak y marchas sobre hielo y Rafael Peche, submarinista, experto en kayak y fotógrafo de la expedición. Larramendi cubrirá todo el recorrido de 14.000 kilómetros según las previsiones, acompañado en distintos tramos por Manolo Olivera, Rafael Peche y Antonio Martínez, que se relevarán de acuerdo con las características de la marcha.

Cubiertos gran parte de los objetivos propuestos, se han reunido ya un considerable número de datos científicos sobre el clima, condiciones de vida, extensión y consistencia de los hielos, fenómenos atmosféricos y cambios en las estaciones, tomando notas que están siendo estudiadas en las pausas obligadas por motivos de seguridad o contrariedades atmosféricas.

Durante la travesía, sucedieron pequeños y grandes acontecimientos que han sido recogidos en las crónicas escritas sobre el terreno en párrafos expresivos, algunos de los cuales se reproducen a continuación:

El valor de la aventura

«A los pocos kilómetros de iniciar el viaje los dos miembros de la expedición, Ramón Larramendi y Manolo Olivera se tuvieron que enfrentar al mayor contratiempo de la navegación ártica: el hielo. Gran cantidad de hielos flotantes, procedentes de la costa Este, arrastrados por el reflujo de la corriente oriental de Groenlandia, les dificultaron, y, en ocasiones les imposibilitaron el avance, quedándose atrapados en las islas deshabitadas en más de una ocasión.

Una vez alejados de esta corriente, la preocupación consistía en avanzar el mayor número de kilómetros diarios, de modo que de una media de 10 kilómetros diarios, se pudo pasar a otra de 35 kilómetros por cada jornada. A los 1.200 kilómetros de travesía se tuvieron que enfrentar al trayecto de mar abierto más largo de todo el recorrido. Era el cruce de la bahía de Disko por su zona meridional, desde Egedesminde hasta Godhavn, poblado este último situado en la isla que da nombre a la bahía, 60 km. de mar abierto con alguna que otra isla, separadas entre sí por distancias de aproximadamente 25 km., lo que supone, para travesías en kayak, jornadas de mucho riesgo, puesto que en cualquier momento puede sobrevenir una tormenta».

En ocasiones, los expedicionarios estuvieron a punto de perder la vida, como sucedió en un episodio en el que fue necesario retroceder para escapar del peligro:

En el camino de vuelta, Manolo se vio atrapado por las rompientes. Las olas le arrebataron el remo y le hicieron volcar, por lo que hubo de ponerse a salvo nadando en aquellas aguas heladas.

«En el camino de vuelta, Manolo se vio atrapado por las rompientes. Las olas le arrebataron el remo y le hicieron volcar, por lo que hubo de ponerse a salvo nadando en aquellas aguas heladas. Mientras esto ocurría, Ramón Larramendi ya había alertado al pueblo más próximo con una bengala, de modo que cuando Ramón regreso al puerto, Rafael Peche estaba dispuesto al rescate, en una barca, acompañado por tres expertos. Tan pronto conocieron detalles de lo ocurrido, salieron a rescatar el accidentado. Por suerte, no tardaron en recuperar el kayak y el material perdido, así como a Manolo Olivera que fue llevado al hospital con una temperatura corporal de 32 grados». Pese a que se repitieron situaciones de máximo riesgo, el viaje ha continuado a lo largo de 1991 por la costa de Groenlandia hasta llegar a Canadá y, posteriormente a Alaska, término de la Expedición Circumpolar.

Al servicio de la Ciencia

Por el momento, los miembros de la expedición disponen de material de elevado nivel científico en diversas ramas, incluyendo estudios antropológicos realizados en contacto con los pueblos esquimales visitados, así como investigaciones arqueológicas, geológicas y geográficas de las extensas regiones polares recorridas en trineos tirados por perros adiestrados. Asimismo se han tomado fotografías y filmaciones con cámara de video de lugares prácticamente desconocidos, desde inmensas llanuras heladas, hasta elevadas montañas situadas en la costa noroeste de Groenlandia.

Se han tomado fotografías y filmaciones con cámara de video de lugares prácticamente desconocidos, desde inmensas llanuras heladas, hasta elevadas montañas situadas en la costa noroeste de Groenlandia.

El responsable de los trabajos fotográficos, Rafael Peche, regresó a España en junio de 1991 para clasificar los materiales grabados durante los 14 meses de estancia en Groenlandia, en colaboración con el equipo de Mapfre Video y Comunicación, encargado de elaborar los resultados de la Expedición. Mientras tanto, el viaje prosigue con éxito y de acuerdo con los planes previstos, que culminarán en Puerto Valdez (Alaska) precisamente en el punto de 61 grados Norte, máxima cota alcanzada por el navegante español Salvador Fidalgo en 1790 en el Pacífico Norte, en busca del «Paso del Noroeste» que permitiera un camino hacia Oriente evitando el peligroso Cabo de Hornos. De este modo, la Expedición Circumpolar se une a las celebraciones del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, aportando un esfuerzo que muestra, además del valor de los jóvenes participantes en el grupo expedicionario, las decidida preocupación por el futuro de nuestro planeta.

El deporte ante el Mercado Único Europeo

El deporte forma parte sobresaliente de la cultura europea de nuestros días. En su polifacética naturaleza tiene que ver también con la Europa de los trabajadores y cada vez más con la del capital. De este modo la entrada en vigor del Acta Única Europea le afectará señaladamente, hasta el extremo de que ya se habla de un espacio deportivo europeo.

El empeño, sin embargo, no va a ser fácil. El deporte ha vivido sometido por mucho tiempo a un auténtico complejo de isla. Zambullido en sus reglas propias y singulares, se resiste a que penetren en su entraña regulaciones generales de aplicación universal. La batalla se promete dura. Mas al final las particularidades del «mundo del deporte» claudicarán ante las exigencias del Acta Única Europea.

A partir del 1 de enero de 1993 los futbolistas profesionales, como cualquier otro trabajador podrán contratar libremente sus servicios con cualquier entidad deportiva radicada en un Estado miembro.

Deportistas profesionales

Se ha debatido recientemente si debía autorizarse la presencia de un cuarto jugador extranjero en la liga española de primera división de fútbol. Debate inútil después del 1 de enero de 1993 si se trata de jugadores procedentes de países comunitarios. A partir de esta fecha el deportista profesional, al igual que cualquier otro trabajador, podrá contratar libremente sus servicios con cualquier entidad deportiva radicada en un Estado miembro. Podrá desplazarse de un país comunitario a otro sin restricción alguna al objeto de negociar las condiciones de sus servicios profesionales. Podrá, por último, fijar su residencia en el territorio donde preste sus servicios. En suma, el deportista profesional estará en condiciones de ejercer su actividad en otro Estado comunitario sin discriminación alguna respecto a sus compañeros nacionales de dicho Estado.

Sin embargo, el mundo del deporte tiene sus propias reglas —complejo de isla— que se distancian de lo anterior. La realidad es otra muy distinta. A la vista de lo cual el Parlamento europeo, en abril de 1989, denunció este problema, que alcanzará tonos graves a partir del 1 de enero de 1993. En los Estados miembros o en algunos de ellos —señaló entre otros extremos— existen ligas o campeonatos profesionales o de fútbol profesional que explotan el monopolio de la empresa futbolística; los futbolistas, por otra parte, son trabajadores y deberían ser amparados por las disposiciones reguladoras de la libre circulación y prohibición de toda discriminación. Por contraposición, la UEFA y las asociaciones de fútbol nacionales violan el Derecho nacional y el Derecho comunitario en este terreno con reglas propias muy distantes de las comunitarias.

En los Estados miembros o en algunos de ellos —señaló entre otros extremos— existen ligas o campeonatos profesionales o de fútbol profesional que explotan el monopolio de la empresa futbolística.

Para afrontar esta situación, el Parlamento europeo se muestra partidario del diálogo y la negociación con federaciones internacionales, asociaciones de clubes y sindicatos de deportistas en pos de una solución equilibrada y realista. Ahora bien, de no alcanzarse los frutos deseados, la institución parlamentaria insta a la Comisión de las Comunidades para que recurra por los cauces jurídicos oportunos contra las federaciones nacionales y los clubes deportivos de conformidad con las normas del Tratado de la Comunidad. Todo ello para lograr, entre otros objetivos, la supresión del sistema de fichajes y traspasos vigente, así como un progresivo aumento del número de deportistas nacionales de otros Estados miembros hasta el logro pleno de la libre circulación.

Circulación de capitales

La vertiente mercantil del deporte en lo que toca a las entidades que canalizan fundamentalmente el profesional se ha de ver afectada por la plena liberalización de los movimientos de capitales dentro de la Comunidad Económica Europea. Extremo que, salvo ciertas restricciones que no vienen al caso, ha llegado de la mano de la Directiva del Consejo 88/361/CEE, de 24 de junio de 1988.

Sin embargo, la Ley del Deporte de 15 de octubre de 1990 contiene limitaciones a la libre circulación de capitales afectantes a ciudadanos comunitarios. Según su artículo 22 sólo pueden ser accionistas de las sociedades anónimas deportivas las personas físicas de nacionalidad española y, dentro de las jurídicas privadas, las también españolas en cuyo capital la participación extranjera no sobrepase el veinticinco por ciento.

Ahora bien, estas restricciones sólo podrán mantenerse hasta el 1 de enero de 1993, instante en el que concluye para España el período transitorio en el campo de la libre circulación de capitales. A partir de este momento, cualquier persona física o jurídica comunitaria podrá suscribir capital de las sociedades anónimas deportivas en los mismos términos que las españolas.

Espacio deportivo europeo

La resistencia de las estructuras deportivas a la penetración de estas normas comunitarias, como lo ha sido y será de otras, no va a ser débil. Demasiados años tributarios del complejo de isla deportivo se yerguen ante el avance comunitario.

Pero a la postre la resistencia cederá. El Mercado Único Europeo es un tren que si se quiere marcha a trancas y barrancas, pero su caminar es ya imparable. Y el deporte, por muy particular que se diga, no va a quedar isla en un océano de libre circulación de servicios y capitales.