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Ver productos«Estoy en Sevilla, ciudad asentada toda en una llanura a la margen izquierda del Betis (…). Se parece más a las ciudades de Italia que a las demás de España; sus calles son anchas y hermosas, pero la mayor parte de sus casas no son muy buenas, si bien hay algunos palacios que no los tienen mejores ni más bellos en toda España».
Estas líneas, entresacadas de una carta que un gentilhombre veneciano, Andrés Navagero, escribe en la primavera de 1526, ponen de relieve, pese a su brevedad, algunas de las características de la ciudad que llamaban la atención de los forasteros: la magnificencia de ciertas construcciones en primer lugar; aunque apenas esbozado, también los fuertes contrastes sociales; pero sobre todo ese aire especial, en nada semejante a las pobres y polvorientas urbes castellanas que, a falta de mejor comparación, se traduce aquí por espíritu italiano.
Bien mirado, algo del lujo genovés o veneciano tenía en efecto aquella Sevilla renacentista que empezaba a disfrutar de sus primeros días de esplendor. No es sin embargo hasta la segunda mitad del siglo cuando se dejan sentir verdaderamente todos los beneficios —económicos, administrativos y políticos— del comercio con América. Por lo pronto el número de sus habitantes se duplica, llegando a superar los ciento treinta mil. No sólo en población, sino en volumen comercial, riqueza en definitiva, es con mucho la primera ciudad de España. También, una de las cuatro o cinco más importantes de Occidente.
No sólo en población, sino en volumen comercial, riqueza en definitiva, la Sevilla del XVI es con mucho la primera ciudad de España. También, una de las cuatro o cinco más importantes de Occidente.
Es verdad que Sevilla no alberga la corte más poderosa de Europa pero, como reconocen todos, gobierna en cambio un mundo. Más aún, y aún más exacto, se ha convertido en la primera ciudad de España. También, una de las cuatro o cinco más importantes de Occidente.
En el Arenal —espacio físico y también título de la comedia de Lope de Vega— se descarga el azúcar, el cacao y, sobre todo, las míticas riquezas de las Indias, las piedras preciosas, los lingotes de oro y plata…; pero también se cargan, con destino a las lejanas tierras, los más variados productos: tafetanes, brocados y todo tipo de sedas y paños finos; vinos, aceite, harinas, velas y otros comestibles; libros —revisados por el Santo Oficio—; jabones, cristales, maderas, toda clase de herramientas y así hasta una lista interminable de productos provenientes de todos los rincones de Europa, desde Escandinavia, los importantes centros comerciales de Lübeck, Hamburgo o las ciudades hanseáticas del Báltico, hasta las más cercanas regiones francesas o el próspero Norte italiano, sin olvidar zonas tan diversas como Bohemia, Holanda o Escocia.
En contra de lo que esa relación sugiere para la mentalidad actual, la actividad comercial no lleva un tempo uniforme: los galeones salen hacia Veracruz (México) o Portobelo (Panamá) sólo dos veces al año; bien es verdad que, como parten flotas enteras y nunca un solo navío, el proceso de carga se dilata cuatro y cinco meses. Pero el frenesí se produce en el momento en que se anuncia la arribada de los barcos procedentes de América. Son tantos los peligros, desde los piratas ingleses que incluso llegan a las puertas de Cádiz hasta accidentes naturales como la famosa barra de Sanlúcar, que nunca se puede estar seguro acerca del destino de su carga. Ello forja unas expectativas extremas, desde el enriquecimiento súbito hasta la quiebra absoluta.
La combinación de esos factores —altísimo riesgo y valor inmenso de la mercancía— crea en Sevilla, como en otros centros comerciales de la época, una mentalidad sui generis, que la evolución de los acontecimientos contribuirá a reforzar. Si se admite la estilización que supone atribuir a toda una ciudad, en un momento histórico, determinados caracteres, diríamos que se trata de una actitud distante, cuando no desconfiada o simplemente refractaria a las actividades mercantiles, complementada con una visión peculiar del destino, que en un principio tiene fuertes connotaciones hedonistas —rechazo de las inversiones, tendencia a la ostentación, disfrute en suma de los placeres del momento—, pero que pronto deriva hacia posiciones que refuerzan un sentimiento trágico de la vida, como se pone de manifiesto en la religiosidad barroca.
Al contrario de lo que venía sucediendo en las prósperas ciudades comerciales del Occidente europeo ya desde el siglo XIII, no se crea en Sevilla una burguesía autóctona y unas estructuras económicas estables que permitan a la ciudad beneficiarse de su privilegiada posición. Sólo una pequeña parte de la riqueza se queda a orillas del Guadalquivir, y en buena medida en manos extranjeras —flamencos, genoveses, franceses—; aún hoy subsiste la calle de éstos últimos, Francos, en lo que era el centro comercial. En contrapartida, muchos de ellos terminan integrándose en el tejido social de la ciudad, como muestra la pervivencia actual de sus apellidos en ilustres familias sevillanas. Pero hay que subrayar que la cúspide de la pirámide social, que marca el tono a seguir para el resto, está interesada, más que en los negocios, en ampliar sus dominios en el Bajo Guadalquivir y en mantener un lujoso palacio en el centro de la ciudad.
Al contrario que en las prósperas ciudades comerciales de Occidente, no se crea en Sevilla una burguesía y unas estructuras económicas que permitan a la ciudad beneficiarse de su privilegiada posición.
Si quisiéramos reconstruir el ambiente, como si de una escena cinematográfica se tratara, en torno al mencionado centro urbano —Patio de los Naranjos, Catedral, Alcázares, Lonja de Mercaderes, Casa de la Moneda…—, la característica más llamativa sería probablemente el cosmopolitismo o, dicho con más precisión, la mezcolanza social. Desde los más grandes personajes de la aristocracia española a un conjunto informe de pícaros, pordioseros y rufianes atraídos por la pregonada riqueza de la ciudad; desde damas de gran alcurnia, con joyas, aparatosos trajes y lacayos, hasta alcahuetas y prostitutas, que hallan en este río revuelto su ambiente natural; prelados tan distinguidos como los más altos señores, frailes de diversas órdenes, empleados de la burocracia real, vendedores de toda condición, hidalgos, mendigos, negociantes originarios de cualquier esquina del orbe y… numerosísimos esclavos, «moros» y «negros», más abundantes aquí que en ningún otro lugar de España —una de cuyas huellas perdura en la ciudad con la popular Cofradía de los Negritos, que sale a la calle todos los Jueves Santos—.
Todo ello se refleja evidentemente en la geografía urbana, adornada de deslumbrantes palacios y ricas iglesias, sin contar con los grandes monasterios —la ciudad del pasado, desde el Alcázar hasta la Torre del Oro—, pero también sembrada de un gran número de conventos, donde se reparte la «sopa boba», hospitales, barracas, casas destartaladas y tortuosas calles, polvorientas o enfangadas, no todas con las instalaciones ni la famosa Calle Sierpes. El Real, en la misma calle Sierpes —morada de Cervantes en dos ocasiones distintas—, cuyos inquilinos ejercían, según relata el procurador Cristóbal de Chaves, unos bárbaros métodos de iniciación a los nuevos presos.
Por razones obvias este singular microcosmos ya atrajo en su momento la atención de todo tipo de escritores, empezando por los más grandes —Cervantes, Lope, Tirso…—. La sociedad sevillana comenzó entonces a ser cantera inagotable de tipos y personajes diversos —privilegio que, por lo demás, no ha perdido completamente— o, desde una perspectiva complementaria, el marco perfecto de lances de honor y amor, convirtiéndose inevitablemente el Burlador en la figura emblemática. En el fondo, razones no muy diferentes a las que han llevado en nuestra propia época a tantos hispanistas e historiadores en general a interesarse por el mundo sevillano, en la medida en que refleja y simboliza las grandezas y miserias de nuestro Siglo de Oro.
Según uno de los más importantes estudiosos, A. Domínguez Ortiz, los destinos de Sevilla y de España entera se funden durante toda la Edad Moderna. Por eso, la decadencia de España implica la de Sevilla, «que era su porción más noble, su joyel más brillante». Si admitimos que determinados hechos, o sus correlativas fechas, entrañan desde la perspectiva histórica un valor simbólico, poco puede discutirse que 1588, con el fracaso de la «Armada Invencible», marca el comienzo de una nueva era, con una Inglaterra emergente y un Imperio español cada vez más cuarteado. En este sentido 1640 supone otro hito, pues a los ya insostenibles conflictos en medio mundo se añaden gravísimas crisis en la propia Península, con la sublevación de Cataluña y la definitiva separación de Portugal. La España del XVII, ha escrito descarnadamente John Elliott, «era una potencia imperial de pasada grandeza que quedaba reducida a una especie de segundo orden, a objeto de la mofa de Europa».
La Sevilla dorada recibe unos tenues pero inequívocos avisos en las primeras décadas del siglo XVII. Es significativo que en 1623 Diego de Silva Velázquez se traslade a Madrid, siguiendo los pasos de don Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares. Tanto para desarrollar una carrera artística como política hay que estar en la Corte. A Sevilla le queda el monopolio del comercio americano, pero las incesantes guerras, las dificultades financieras de la Corona e incluso la cada vez más irregular llegada de barcos son síntomas alarmantes. Por si fuera poco, Cádiz comienza a perfilarse en el horizonte como una rival que va a disputarle la hegemonía comercial.
A Sevilla le queda el monopolio del comercio americano, pero las incesantes guerras, las dificultades financieras de la Corona e, incluso, la cada vez más irregular llegada de barcos son síntomas alarmantes.
A perro flaco… Es curioso observar cómo, a partir de ahora, las crónicas de Sevilla nos comienzan a hablar de sucesivas catástrofes, como si éstas hubiesen permanecido hasta este período agazapadas en un recoveco de la historia. Así, en 1626 se produce una de las más impresionantes riadas del Guadalquivir: las barcas surcan las calles de la ciudad rescatando cadáveres y repartiendo víveres, según relata fray Luis de Zúñiga en un manuscrito significativamente titulado el «Diluvio de Sevilla». Peores aún son los efectos de las cíclicas oleadas de hambrunas y pestes —que, naturalmente, no se circunscriben a la ciudad—: si grave fue la de 1599-1600, la de 1649 supera todos los límites; se contabilizan sesenta mil muertos, ¡la mitad de la población! En certera y concisa expresión de P. Chaunu, tras 1649, Sevilla dejó de ser Sevilla.
No acaban ahí las desgracias, pues las décadas de los 70 y 80 traen más hambre, enfermedades y hasta temblores de tierra. Un dato suficientemente expresivo: en 1677, ante el temor de que se repita la gran peste del 49, se decide, como señal de penitencia, suspender las representaciones teatrales. No volverán a reanudarse hasta casi un siglo después. Se crea un nuevo universo mental o, mejor dicho, la hipertrofia de una actitud que ya latía años atrás: desapego de la vanidad mundana, meditación ante la muerte, piedad extrema sobre todo; una sensibilidad que se canaliza, desde el punto de vista más tangible, hacia las formas de misericordia —baste citar la labor del Hospital de la Caridad o, en general, la cantidad inmensa de dinero destinada a obras pías—. Es la Sevilla de Valdés Leal, de Martínez Montañés, del doctor Miguel de Mañara.
Corremos el riesgo, sin embargo, de cargar las tintas. Del mismo modo que en la Sevilla esplendorosa del quinientos-seiscientos una serie de claroscuros, tendríamos ahora que mencionar los aspectos vitalistas de la Sevilla barroca, expresando por sus vistosas fiestas —casi siempre celebraciones religiosas: Semana Santa, Corpus—, pletóricas de pompa y riqueza decorativa; o los magníficos monumentos, de los que no habría mejor símbolo que la pintura sacra. ¿Cómo olvidar en definitiva que ésta es también la Sevilla de Murillo, o la que se apasiona con el misterio, aún no desvelado, de la Inmaculada Concepción? A pesar de todo, seguía siendo una ciudad enormemente rica. La crisis había agudizado los contrastes sociales, pero la población era, en otro sentido, más homogénea, pues casi habían desaparecido los esclavos, del mismo modo que, al compás del tráfico comercial, iba disminuyendo progresivamente la colonia extranjera.
Si la Sevilla barroca puede enorgullecerse todavía de la grandeza de sus expresiones artísticas, la urbe que halla el nuevo siglo ha dejado ya muy atrás, en todos los aspectos, sus días de gloria. La Sevilla dieciochesca —que no ilustrada— es simplemente una ciudad de la España interior, con lo que ello supone de marginación de un país que, a fortiori, ha perdido la batuta del concierto internacional; al Estado le restan, que no es poco, grandes posesiones en América, de la misma manera que a Sevilla le quedan suculentas migajas de su pasado. Pero nadie puede llamarse a engaño; con la llegada de los Borbones se ha reforzado el papel de Madrid, a la que quieren convertir en gran capital europea. El proceso se intensificará con los proyectos ilustrados de Carlos III. Barcelona, por otro lado, va experimentando un gran crecimiento y termina sobrepasando en población a Sevilla, que queda en un discreto tercer puesto, pero con Valencia y Cádiz pisándole los talones.
Una ciudad ensimismada, piadosa, que sobre todo ha perdido el compás de los tiempos. A pesar de algunos chispazos —la Regia Sociedad Médica, la labor de reformadores aislados: Pablo de Olavide, Antonio de Ulloa…—, el espíritu ilustrado no llega a prender en Sevilla. Más bien lo contrario: los tímidos intentos renovadores sirven, más que nada, para encender la reacción.
Para bien o para mal, no podemos dejar de evocar la Sevilla de finales del siglo XVIII sin traer a colación las imágenes que nos ha legado Blanco White. Impresionante, por ejemplo, la descripción del ambiente de la ciudad en torno a 1800, cuando la fiebre amarilla se lleva a más de un tercio de sus ochenta mil habitantes. Imprescindible, por su lado, el retrato de costumbres y de los rasgos sobresalientes de la vida social. Pero, más allá de eso, no podemos ignorar sobre todo que sus Cartas de España aparecen en Inglaterra, ya en 1822, convirtiéndose desde su publicación en una obra clave —y por su doble vertiente anticlerical y romántica, puede decirse— en síntesis para el origen de muchas leyendas que aún hoy condicionan nuestra imagen de Sevilla.
Los personajes más diversos, como Henry David Inglis, Prosper Mérimée o Richard Ford; entre 1836 y 1840, el simpar George Borrow —«Don Jorgito, el inglés»— se patea España de cabo a rabo; en 1839 nos visita Stendhal, en 1840 Théophile Gautier… Venir a España, poblada de gitanos, salteadores y mujeres ardientes, es una aventura. La mayoría de estos viajeros se sienten en la obligación de escribir sus Memorias.
Con el romanticismo, Sevilla —ahora representativa de Andalucía, quintaesencia de lo andaluz— vuelve a ponerse de moda. Ofrece la imagen de España que los extranjeros, hastiados de racionalismo y progreso, quieren ver: un marco legendario, misterioso, en el que perdura el espíritu árabe, donde resuenan los ecos del esplendor del Siglo de Oro; un impagable vestigio del pasado, no ya sólo a nivel de callejuelas o monumentos, sino en las costumbres, en las mentalidades; y sobre todo, un lugar mágico o milagroso, donde se combinan sentimiento, instinto y dolor en dosis extremas, donde la vitalidad se encuentra a flor de piel y la sensualidad se desborda.
Con el romanticismo, Sevilla —ahora representativa de Andalucía, quintaesencia de lo andaluz— vuelve a ponerse de moda. Ofrece la imagen de España que los extranjeros, hastiados de racionalismo y progreso, quieren ver.
La Sevilla de Carmen sobrevive al fulgor romántico. Se suceden las agitaciones políticas, los pronunciamientos; pasan las Revoluciones y llega la Restauración borbónica de la mano de Cánovas, sin que bajo ningún Régimen surja una clase empresaria que dinamice la vida de la ciudad. Si España va perdiendo peligrosamente el tren del progreso respecto a otros países del Occidente europeo, Sevilla a su vez va perdiendo su oportunidad en relación al conjunto español. Lo normal es que políticos e intelectuales sevillanos, si quieren hacer carrera, escapen hacia Madrid. Eso sí, la ciudad se complace en asemejarse cada vez más al retrato que le han hecho sus visitantes, de tal modo que el estereotipo corre peligro de hacerse realidad.
Obedeciendo al mismo impulso que sus compatriotas románticos, llega Gerald Brenan a Andalucía. En 1923 visita Sevilla, encontrando «un paraíso terrenal donde el aire que uno respiraba parecía estar hecho de alegría y felicidad». Pervive en su descripción la Sevilla del flamenco, del amor fácil, de la fiesta y la despreocupación. Sin embargo, una actitud más crítica, procedente en muchos casos de intelectuales sevillanos, se extiende a lo largo del siglo XX: se trata en síntesis, desde unos presupuestos que podríamos llamar regeneracionistas, de rechazar el pintoresquismo como único destino, de romper con el símbolo obligado de «España de charanga y pandereta», estableciendo nuevos proyectos y horizontes que permitan el resurgir de la ciudad. Tales planteamientos, expresados en diferentes etapas de nuestra historia reciente, no han llegado plenamente a cuajar. El ejemplo de la Exposición Universal de 1929 muestra hasta qué punto es difícil cambiar de sentido un largo proceso histórico o, simplemente, romper la inercia.
Desde el Renacimiento, una fuerza profunda empujaba la historia de los hombres y les impelía a desbordar los estrechos límites geopolíticos en los que hasta entonces venían desarrollando su actividad. Fue en el ocaso de los siglos medievales cuando comenzó a tomar cuerpo la idea de una república europea de las artes y las letras. El discurrir del tiempo consolidó la universalidad como característica del mundo contemporáneo, que iba a desplazar a los mundos del Antiguo Régimen, separados e incomunicados entre sí.
Por otra parte, viene siendo un lugar común de todos los tratados de Historia Contemporánea colocar la Revolución Industrial en el vestíbulo por el que se penetra a ese gran edificio de los tiempos modernos. Se quiere significar así que la técnica se instala como uno de los goznes sobre los que giran los dos últimos siglos.
Por todo ello no es de extrañar que, antes de 1851, fecha en la que se celebró la primera Exposición Universal en Londres, se detecten toda una serie de iniciativas que en su conjunto pueden ser consideradas como la prehistoria de las «Expos». Y es que junto a las naturales exigencias publicitarias del mercado, que obligaban a dar a conocer a un mayor número de personas los nuevos ingenios mecánicos, concurría la imperiosa necesidad de llenar el vacío que había dejado el individualismo radical, al negar la existencia de una naturaleza común para todos los hombres.
Ese torpe voluntarismo usurpaba a la persona humana su mayor dignidad, como era su condición de criatura, dependiente por lo tanto de su Creador. Rechazada esa ley común, se negaban los nexos que habían permitido hasta entonces hablar del género humano. Por paradoja, ese romo voluntarismo, que se negaba a admitir la existencia de un Padre común, puso el énfasis en la hermandad y la fraternidad de todos los hombres. En consecuencia, fue obligado a buscar padres adoptivos que acogiesen aquel lamentable y universal abandono.
El recurso al Estado, como padre espúrio, fue inmediato, constituido desde entonces como el Gran Bastardo de nuestra historia reciente. Hubo, no obstante, mentes menos crueles que propusieron otras paternidades más llevaderas y buscaron refugio en la industria. A juzgar por los discursos pronunciados en los certámenes internacionales a los que nos venimos refiriendo, la industria, la técnica, el progreso material en suma, se proponían como la gran matriz de alquiler que permitía la transformación del vecino en hermano.
Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial, fue el país que tomó la iniciativa de convocar ese tipo de reuniones internacionales. Desde 1757 se detectan los primeros escarceos, debidos a la Sociedad para el Fomento de las Artes, las Manufacturas y el Comercio de Londres. Años después, en 1791, se celebraba en Praga la primera Exposición Industrial. En 1798 se dieron cita en París 110 expositores.
Entre los antecedentes de las Exposiciones se puede citar a la Sociedad para el Fomento de las Artes, las Manufacturas y el Comercio de Londres, así como la Exposición Industrial de Praga en 1791, o los 110 expositores que se dieron cita en París en 1798.
El éxito inicial animó a Napoleón a apoyar este tipo de celebraciones, muy en consonancia con su proyecto político de establecer en Europa una república universal, naturalmente regida por su mano. Así, durante el Consulado y el Imperio cuajó el propósito de organizar ferias internacionales, no sólo en Francia, sino también de todas aquellas naciones donde los fusiles le habían dado la razón.
La caída y el destierro del militar corso dio paso a la Europa de los Congresos, y la hegemonía se trasladó de París a Viena, que se constituyó en el guardián del nuevo orden internacional. Las reuniones políticas, en las que se regulaban las relaciones exteriores de los países, se vieron reforzadas por una variada gama de manifestaciones internacionales, que iban desde las comisiones fluviales, pasando por organizaciones médicas pluriestatales, hasta los certámenes y muestras de productos manufacturados.
Y en este sentido hay que mencionar las exposiciones internacionales celebradas en Gante (1820), Tournai (1824), Harlem (1825), además de las que tuvieron lugar en ciudades de Rusia (1829), Alemania (1834), Austria (1835) y Francia (1844).
De este modo se fue configurando el modo de proceder. En principio había que situar a los expositores y agruparlos según la mercancía aportada y los países de procedencia. Ello obligaba a realizar toda una serie de construcciones espaciosas que dieran acogida a las muestras y capaces de recibir a los numerosos visitantes que acudían a la ciudad del certamen. Fue así como se remodelaron los cascos urbanos de las sedes de las Expos, puesto que los nuevos edificios se debían construir dentro del viejo plano, o al menos en sus bordes. Naturalmente, por prestigio, el resto de la ciudad se «arreglaba», en la medida de lo posible, con el fin de ofrecer la mejor fachada a cuantos turistas allí se daban cita.
En los salones de aquellos edificios se podían contemplar los productos y herramientas que la tecnología y el esfuerzo de cada país eran capaces de aportar. El visitante tenía la oportunidad de observar el último grito en máquinas de vapor, telares de hilar y tejer, ingenios para la elaboración del azúcar, instrumental médico, prensas para la edición de libros, así como bombas de agua y maquinaria para la agricultura… Aquellos auténticos progresistas, los bisabuelos de nuestros bisabuelos, ciegos creyentes del progreso, tenían la posibilidad de dar rienda suelta a su entusiasmo y a su admiración ante los últimos avances de la técnica que el hombre podía utilizar para dominar la Naturaleza.
Como ya se dijo, en 1851 se celebró la primera Exposición Universal en Londres, concretamente en el Palacio de Cristal, que se construyó en Hyde Park. Aquel edificio constituyó una auténtica conmoción arquitectónica. Tenía una longitud de 564 metros y una superficie de 72.000 metros cuadrados. A excepción del pavimento y de las vigas, todo el resto era de cristal.
Previamente, había sido convocado un concurso internacional, al que concurrieron más de trescientos aspirantes con sus respectivos proyectos arquitectónicos. Sin embargo, ninguno de ellos se hizo realidad. La obra se encomendó al ingeniero Joseph Paxton, especialista en invernaderos, que en seis meses dio remate a tan gigantesco pabellón. Y bien podría motejarse aquella reunión como la exposición de los seises, pues durante los otros seis meses que permaneció abierta al público transitaron por aquellas dependencias seis millones de personas.
A la de Londres siguieron las exposiciones de Nueva York (1853), Munich (1854) y París (1855), que volvió a repetir la experiencia en 1867. Más tarde se continuaron en Viena (1873), Filadelfia (1876), Sydney (1879) y Melbourne (1880). En fin, por no prolongar la lista hasta el cansancio, limitaremos nuestras referencias a la única que tuvo lugar en España, la de Barcelona de 1888.
De ella son de sobra conocidos muchos detalles, así como su envoltura histórica, descrita por más de un estudioso. No obstante, el paso de los años borra el recuerdo de algunos acontecimientos, como que la presidencia del acto inaugural estuviera ocupada por un bebé, sentado en un suntuoso sillón. Naturalmente el regio niño era Alfonso XIII, que llevaba un traje blanco y un sombrero del mismo color con plumas. Las fotos de la época son todo un testimonio. El rey hizo su entrada en brazos de su ama, rodeado por los Guardias alabarderos, mientras sonaban los acordes de la Marcha Real. Le sentaron en el sillón, donde dicen las crónicas que permaneció durante todo el tiempo del acto, a excepción de un breve intervalo en el que el ama tuvo que sacarle del salón de fiestas del Palacio de Bellas Artes de Barcelona, donde se celebraba la inauguración el día 20 de mayo.
Rius y Tauler, alcalde de Barcelona, abrió la serie de discursos con estas palabras: «¡Bendita mil veces sea la paz! Merced a la benéfica influencia de ese valioso don del cielo, que llena de tranquilidad y de reposo al espíritu, e inunda de inefable gozo el corazón, florecen las Ciencias, prosperan las Artes, crece la Agricultura, se desarrolla la Industria, se extiende el Comercio, avanzan las naciones con paso firme y seguro por la senda del Progreso, y se celebran esas grandes solemnidades del trabajo universal, honra del siglo en que vivimos, que tanto contribuyen a establecer y estrechar vínculos de fraternidad entre todos los pueblos».
Las mayúsculas del párrafo anterior son todas ellas propiedad de aquel alcalde catalán. De esto hace ya más de cien años.
El fracaso de la Exposición Iberoamericana de 1929 está muy presente en la opinión ilustrada sevillana. Es cierto que aquella gran ocasión fue desaprovechada debido a la convergencia de múltiples y diferentes factores. En primer lugar, el ambicioso certamen tuvo la desgracia histórica de coincidir con la Gran Depresión, la mayor crisis económica que se ha conocido; Europa no había restañado aún las profundas heridas sufridas durante una cruelísima guerra, Francia y el Reino Unido —las potencias vencedoras— habían caído en un estado de postración, Alemania atravesaba una situación desesperada que no auguraba nada bueno, el imperio ruso desmembrado y sometido al experimento bolchevique aportaba inquietudes añadidas y restaba posibilidades en el plano de los intercambios comerciales.
Por otra parte, la situación nacional no era mucho mejor que la internacional: la dictadura primorriverista, impulsora del proyecto, había agotado sus posibilidades y la Monarquía de la Restauración salía desprestigiada y herida mortalmente de la experiencia.
Tampoco Sevilla reunía las mejores condiciones para favorecer el proyecto; pese a contar con algunas importantes industrias para aquella época, la capital andaluza era, por entonces, principalmente una gran población rural cuyas clases dirigentes miraban al agro y carente de una clase empresarial con visión de futuro.
Con tan poderosos y negativos condicionantes era muy difícil que la Exposición del 29 cubriera sus objetivos y sirviera para transformar a Sevilla, sacándola del marasmo en que desde hacía siglos se encontraba.
Con tan poderosos y negativos condicionantes era muy difícil que la Exposición del 29 cubriera sus objetivos y sirviera para transformar a Sevilla, sacándola del marasmo en que desde hacía siglos se encontraba. El certamen, por otra parte, dejó una enorme deuda que durante décadas redujo drásticamente las posibilidades de acción municipal. No obstante, a pesar de ese balance económico muy negativo, la capital andaluza tiene contraída una enorme deuda urbanística —en esta ocasión de gratitud— con quienes proyectaron y, en buena parte, realizaron aquella Exposición. Importantes monumentos fueron levantados, espléndidos jardines realizados, amplísimas avenidas y espaciosas calles abiertas; se construyeron los más modernos y lujosos hoteles de la época, maravillosos teatros, racionales barriadas, etc.
No parece que antes de que la Expo-92 abra sus puertas quepan conjeturas tan negras; y no creo que, cuando concluya, se pueda hacer un balance semejante. En primer lugar, España no se encuentra en el último tramo de un régimen político agotado y desprestigiado; más bien todo lo contrario: la Corona goza de un gran prestigio fuera de nuestras fronteras, desconocido para nuestro país desde hace más de dos siglos, y asimismo cuenta con un respaldo popular muy sólido de fronteras adentro. El Gobierno socialista que preside Felipe González, pese al inevitable desgaste que producen diez años de poder indiscutido, conserva aún un importante caudal político. Lo único preocupante en el plano nacional es la amenaza indiscriminada de un atentado terrorista, peligro real y del que son muy conscientes nuestros gobernantes, que han adoptado todas las medidas humanamente posibles para impedirlo y que solamente podrían ser mucho más eficaces si contaran con la comprensión y la colaboración activa de toda la población.
Es cierto que el mundo occidental está atravesando una fuerte crisis económica, pero no menos cierto es que los países de Europa Occidental llevan en paz casi cincuenta años y jamás habían alcanzado un estado de prosperidad y bienestar tan grandes como en el presente, y que las corrientes turísticas en modo alguno son comparables con las existentes a comienzos del siglo. Y particularmente, por lo que se refiere a Europa, esos intercambios forman parte del proceso de integración económica y cultural del pequeño continente.
Sevilla sigue careciendo, exactamente igual que a comienzos de siglo, de una importante clase empresarial, pero ha dejado de ser una gran población rural para convertirse en un importante centro administrativo y cultural, con una presencia en la vida nacional muy superior a la de otras capitales de población similar o incluso superior.
Y desde un punto de vista de la incidencia de la muestra sobre el ordenamiento urbano de la ciudad, quienes han diseñado la Expo-92 no han tenido la voluntad de protagonismo que quienes concibieron la Exposición del 29. Conscientemente se han apartado de la vieja y bella ciudad monumental para levantar a «extramuros» —me tomo esta licencia terminológica— una disparatada y fantasiosa arquitectura —afortunadamente efímera en una buena parte—, en los campos desolados que, hasta hace poco, rodeaban al monasterio de la Cartuja.
Con ello no quiero decir que haya que minusvalorar el legado urbanístico de la Expo-92, pero las cicatrices que por dicho motivo dejará inevitablemente el certamen serán bastante reducidas. De todos modos, el impacto ya puede apreciarse como considerable: la ciudad ha recuperado varios kilómetros de fachada al río, que anteriormente le habían sido arrebatados por el tendido del ferrocarril. La Expo ha impulsado además una serie de grandes obras públicas que con ocasión del certamen se han podido realizar en un escaso período de tiempo: levantamiento del dogal ferroviario que tenía constreñido el desarrollo urbano y dividida la ciudad; la construcción de la espléndida estación de Santa Justa, el tren de alta velocidad, la ampliación de la terminal del aeropuerto de San Pablo; la construcción de varios puentes sobre el Guadalquivir —algunos de una extraordinaria belleza—, las nuevas rondas exteriores, un teatro de ópera y la restauración de numerosos e importantes monumentos en la ciudad.
En el aspecto más concretamente económico, o con una fuerte incidencia en la economía, Sevilla se ha dotado de una espléndida infraestructura de comunicaciones y de hostelería que le van a permitir ponerse a la cabeza del país en el turismo del futuro. El turismo, en su más amplia acepción, es la principal actividad económica de nuestro país, y más que una crisis económica del sector, de lo que hay que hablar es de la crisis de un modelo, el del sol y playa en el que básicamente se sustentaba. Ahora lo que urgentemente se impone es un cambio de modelo, impulsando un turismo de congresos, un turismo estrechamente relacionado con una oferta cultural o deportiva. En este sentido, tras el lanzamiento mundial que va a tener Sevilla gracias a la Expo-92, la reconversión del turismo andaluz y particularmente del área de influencia sevillana va a resultar mucho más factible. Desde este punto de vista la influencia de la Expo será determinante, extraordinariamente positiva.
Ya durante estos años, durante los cuales se ha pasado de los planes a las realizaciones, la enorme inversión que ha supuesto la Expo ha reducido el alcance de la crisis económica en el área, aunque también ha traído consigo efectos secundarios menos deseables: encarecimiento de la construcción, expectativas exageradas, elevación de los alquileres, molestias para los habitantes de la zona y, en general, un notable encarecimiento de la vida; durante estos últimos años Sevilla se ha convertido en una ciudad insegura, cara e incómoda, en buena parte debido a la incidencia de la Expo.
A menos que se produzcan catástrofes, hoy por hoy imprevisibles, en el mundo o en nuestro país, la Expo-92 será un éxito en cuanto a número de países y empresas participantes como de visitantes. Gracias a ello, en mi opinión, se podrán amortizar la mayor parte de las inversiones previstas y posiblemente Europa y el mundo podrán conocer las noches de verano más festivas, espectaculares y divertidas que probablemente jamás haya conocido la humanidad desde los tiempos de Roma, y por supuesto mucho menos sanguinarias. Si esto sucede, como espero y deseo, ya es mucho lo que la Expo ha aportado para la promoción de la imagen de España y de Sevilla en el mundo, promoción de la que se derivarán enormes posibilidades nacionales, regionales y locales.
A menos que se produzcan catástrofes, hoy por hoy imprevisibles, en el mundo o en nuestro país, la Expo-92 será un éxito en cuanto a número de países, de empresas participantes y de visitantes.
Pero sería una lástima y un despilfarro que el balance económico de la Expo acabara con un déficit cero —lo que sería sin duda un enorme éxito— y que no se aprovechara inmediatamente esa infraestructura privilegiada que quedará en el enorme espacio de La Cartuja, una vez que se desmonten los pabellones efímeros. Esas más de doscientas hectáreas de modernos edificios, avenidas, jardines, espacios abiertos y, sobre todo, una extraordinaria y modernísima red de comunicaciones constituyen el suelo urbano probablemente más valioso que existe en nuestro país, y que, en buena lógica, habría que aprovechar al máximo. Para ello se ha puesto en marcha el llamado plan Cartuja-93, que en líneas esenciales consiste en la instalación, una vez amortizado el recinto de la Expo como espacio expositivo, de un parque tecnológico en el que no solamente se puedan llevar a cabo investigaciones en sectores punta, sino que facilite la modernización de la economía andaluza y que atraiga investigadores extranjeros.
Este proyecto, que persigue la rentabilización futura de la enorme inversión llevada a cabo en la isleta fluvial de La Cartuja, es la mayor esperanza de progreso, pero al mismo tiempo constituye un reto lleno de dificultades. Hoy día, gracias a las comunicaciones, muchas empresas pueden elegir para su sede o para su centro donde llevar a cabo investigaciones un lugar en un área de clima agradable y con un entorno cultural rico, atractivo y motivador, con lugares adecuados para poder practicar los deportes favoritos y donde los hijos puedan recibir una esmerada educación. En este sentido Sevilla y el proyecto Cartuja-93 cuentan con una buena base de partida, pero tendrá serios rivales, comenzando por el parque tecnológico de Málaga, que además de contar con un fuerte apoyo institucional tiene el atractivo añadido de una costa que ha sido durante las últimas décadas un fuerte polo de atracción para los pueblos nórdicos. Pero ese proyecto de Cartuja-93, en muchos aspectos en ciernes y sin definir, aunque sería el remate deseable de la Expo-92, en realidad se trata ya de otro proyecto y es aún muy temprano para analizarlo.
| Concepto | Superficie |
|---|---|
| Pabellones de participantes | 369.497 m² |
| Pabellones temáticos | 47.819 m² |
| Edificios espectáculos y deportes | 38.530 m² |
| Edificios de servicios | 106.554 m² |
| Servicios generales | 68.872 m² |
| Transportes | 21.863 m² |
| Total | 653.135 m² |
| Total construido por la organización | 320.000 m² |
| Conducciones agua de riego | 54 km |
|---|---|
| Conducciones agua potable | 20 km |
| Conducciones eléctricas | 626 km |
| Conductos red de telecomunicaciones | 350 km |
Sobre estas infraestructuras ha crecido el recinto de la Exposición Universal, urbanizado en torno a un gran eje de 2,3 km de longitud: el Camino de los Descubrimientos, que recorre la isla de la Cartuja de norte a sur y que delimita, básicamente, cuatro zonas: Zona Internacional, Zona del Lago, Camino de los Descubrimientos y Zona Sur.
Además de estas zonas, el recinto cuenta, en el extremo oeste, con un área de servicios de 50.000 m² de superficie construida.
Miguel Oriol e Ybarra, doctor arquitecto y urbanista, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ha conversado con NUEVA REVISTA sobre la transformación de Sevilla ante la Exposición Universal que se inaugura estos días.
Desde su visión de profesional en este campo, así como por su condición de sevillano de corazón, ha hablado de cómo ha sido concebido este magno diseño urbanístico en el que también, «a pie de obra», ha puesto su firma: la muestra cuenta con dos proyectos suyos, el Pabellón de la Santa Sede y el Pabellón de Cruzcampo.
P.- Empecemos hablando de la ciudad. ¿Cómo ha influido la situación y el clima de Sevilla en su historia?
R.- Sevilla está situada en un punto de clima especialmente afable el noventa por ciento del año, que ha hecho que su gente sea como es.
Si sumamos al clima tierra feraz y luz, tendremos una situación en la que se da gente muy particular y con duende, que está acostumbrada a que el mundo, cuando la ha ido a visitar en distintas épocas de la historia, se enamore de ella y la haga ciudad en ediciones intermitentes.
El sevillano genuino produce arte; allí pintan Velázquez, Murillo, Pacheco, Roelas, Valdés-Leal, etc. De la misma manera que surgen estos genios de las artes plásticas, nace espontáneamente gente capaz de bailar, capaz de producir una música propia. Es importante darse cuenta de que la Giralda se construye en Sevilla; en ningún sitio crea la cultura africano-árabe arquitectura más bella que en Córdoba, Sevilla y Granada.
P.- ¿Quiere decir que Sevilla ha sido siempre una ciudad de artistas?
R.- No. Dentro del mismo espacio peninsular, la reconquista lleva gentes del norte de España que se establecen allí en el poder que los reyes reparten entre aquellos que han sido jefes heroicos y con mesnada. Sevilla se convierte en un sitio que, por su fertilidad, produce solera que poco a poco se va haciendo «distinta»; al descubrirse América hay que administrar su tesoro americano y así lo hacen los judíos que estaban allí y los holandeses —existe la calle de los Holandeses y la Judería—, mientras el sevillano prefiere captar el sol, la luz, disfrutar, y convertirla en el color, en música o en poesía. Filtra y anima lo que va a ser su ciudad y se deja ayudar de modo fundamental en su materialización. En el siglo XVIII se vive un renacimiento importante; Carlos III la sigue viendo riquísima; pero hay unos períodos en los que se duerme en su pedestal y se deprime. Sevilla estaba triste desde hace muchos años.
Sevilla es hoy la ciudad más importante del sur de Europa, con una infraestructura de comunicaciones muy fluida que la singularizará aún más.
P.- En su actual situación, ¿qué cree que va a suponer la Exposición para Sevilla? ¿Se van a cumplir las expectativas?
R.- De la misma manera que había ciclos negativos, los hay positivos en los que el invasor se enamora de sus atributos naturales: pienso que eso debe ocurrir ahora. La Expo, arrimada al corazón de Sevilla, va a traer 10 millones de visitantes, otros dicen 20, que, en cualquier caso, va a suponer la mayor muchedumbre de gente extraña que haya admirado nunca el tesoro de Sevilla. La Expo va a exhibir Sevilla ante una serie de señores que sin ella no la habrían visto. Raro será que de entre ellos no surjan quienes digan «yo de aquí no me voy». Espero que ocurra. Creo que Sevilla es hoy la ciudad más importante del sur de Europa, una ciudad fantástica, con una infraestructura de comunicación muy fluida que la singularizará aún más. Esa inmensa inversión, ¿injusticia?, que se ha hecho en favor suyo y que el sevillano considera ofensa, es en realidad una bendición. Al menos a mí —mi madre era sevillana— así me lo parece.
P.- ¿Cómo es esta muestra, en comparación con las anteriores, cuál es su novedad?
R.- Yo he estado en Bruselas, Nueva York y Osaka. De todas, Osaka era la mejor y, en comparación con la Expo de Sevilla, era poca cosa.
La Expo de Sevilla es una feria universal de 1992, única en la historia, extraordinariamente espectacular; ha incorporado la ciudad al río. Su río se había perdido, como Madrid perdió al Manzanares, por culpa del ferrocarril. Hoy, el río, al desembarazarse visualmente de la vía del tren que interrumpía la relación, ha recuperado su belleza, ha hecho de nuevo a su ciudad viejo puerto. Al río se asoman las edificaciones espectaculares de la Cartuja y, por un puente, «La Barqueta», se accede a ellas. Así Sevilla, ciudad medieval, se hace también tecnológica y moderna, con unas capacidades de comunicación electrónica inmediatas a un corazón en el que palpita la Macarena.
P.- Hablemos de cómo ha sido concebido todo el diseño y estructura de la edificación.
R.- Dentro de la Expo, España ha hecho justo lo contrario de lo que hace normalmente: desarrollos urbanos en los que las paredes son piel, incluso hermosa, pero el espacio entre las casas es pobre. No se puede comparar el urbanismo nuestro al de París y Londres, por no hablar del Mediterráneo de Florencia y Roma, ni en la riqueza escultórica, ni en la de sus cerramientos. En España hay muy poca sillería; nunca ha habido dinero para hacer casas de piedra, que se reservaba, si acaso, para la portada; y el espacio entre ellas, las calles, era casi siempre de tierra. Se concentraba el esfuerzo de embellecer en el patio, que era íntimo, cerrado, propio y privado.
En la Expo se ha creado un espacio público riquísimo y muy caro de mantener y un reducido espacio privado.
En la Expo, por el contrario, se ha creado un espacio público riquísimo, que va a ser caro de mantener, y un reducido espacio privado para una superficie insular muy grande. Lo que quiero decir es que los pabellones pisan unos solares escasos para la edificabilidad que tienen. Son parcelas de 60 × 30 metros de media, en los que sólo se exige un retranqueo de 5 metros respecto a su perímetro. Se permite levantar 25 metros con silueta libre. El resultado es que los volúmenes con que cada uno quiere expresarse en feria de manera espectacular aparecen confundidos al mezclarse, por lo que hay una cierta anarquía de silueta que tiene su gracia en algunos casos, pero no en otros.
Por resumir, como decía antes, el espacio urbano en España suele ser fundamentalmente privado. En la Expo de Sevilla pasa lo contrario: espacio privado muy pequeño, espacio público muy bello y grande.
P.- ¿Pasear por la Cartuja será agradable? ¿Cómo se ha llevado a cabo la trama peatonal?
R.- El itinerario público, la trama peatonal, es una maravilla; es de las grandes cosas que se han hecho en el diseño urbano. El sistema bioclimático para rebajar temperaturas, la creación de vegetales, las calidades de los pavimentos, sus texturas, los colores, conforman una belleza.
P.- Hablando del concepto de «Arquitectura de Exposición», ¿cómo definiría las construcciones que se han llevado a cabo?
R.- Cuando se mira la Expo en su conjunto, se encuentra uno con volúmenes muy nobles, que son los que pertenecen a temas nacionales: el Pabellón que se ha quemado, el edificio de entrada de la Expo (la pirámide de Vázquez de Castro), el edificio de Sáenz de Oiza, las construcciones que contornean al río, el Auditorio de Eleuterio Población, etc. La media de los que son pabellones estatales o nacionales o que representan símbolos de España es alta.
Los pabellones de otros países dependen de su arquitecto; hay algunos brillantísimos: el holandés, el alemán, los de Francia y Japón (el arquitecto de Japón es una figura universal que, desde mi punto de vista, no ha logrado aquí sus máximos).
Sería conveniente que en el futuro la Cartuja fuera una ciudad viva, mixta, no monotemática.
P.- Sobre el futuro se ha hablado de que se convertirá en el parque expositivo del sur de Europa, o parque tecnológico, también de zona de oficinas y negocios. ¿Qué futuro le augura a todos estos costosísimos desarrollos urbanísticos?
R.- La Expo tiene que garantizarse su propio futuro. Le han puesto una serie de limitaciones para intentar que eso sea una ciudad de la investigación. Sería conveniente que fuera una ciudad viva, mixta, no monotemática.
P.- ¿Cómo se ha resuelto la comunicación de Sevilla con la Expo? ¿Cuáles son los cambios ventajosos que traerá o está ya trayendo la Exposición a la imagen urbana de la ciudad?
R.- La comunicación de Sevilla con la Expo, con la Cartuja, se ha hecho a base de puentes, algunos de los cuales son excepcionales. Son puentes no habituales en España: el del Centenario, que permite la llegada desde el Atlántico al puerto, de José Antonio Fernández Ordóñez y Martínez Calzón, es una obra magna. La gente se pregunta para qué tanto puente si no hay tanto río, pero se trata de la confluencia de dos de sus ramales, con una servidumbre por la que deben pasar, no los barcos que venían de América en el XVI, sino los que pueden tener una altura de cuarenta metros sobre la cota del agua. El puente del Alamillo, de Santiago Calatrava, es una bellísima escultura. Los ingenieros, especialistas de puentes, se quejan del impuesto pagado por lograr belleza. La belleza justifica, a mi modo de entender, el precio. Calatrava, que es ingeniero además de arquitecto, es un artista de sensibilidad exquisita. Un tercer puente, el de la Barqueta, se ha convertido en el símbolo de la Expo, a la que se entra por él desde la Macarena, y es bello, simple y poco importante: la contención en nuestro país es admirable por rara.
La Expo será un brillante evento histórico cuyo costo nos hará sufrir unos años, pero dejará un saldo admirable.
Hay un puente sevillano gracioso.
Las cuatro vías de comunicación entre un lado del río y el otro se han convertido en piezas inolvidables. Da pena que pisen en altura a la Giralda: el puente de Calatrava tiene 140 metros y la Giralda tiene 96. Quizás parezca una falta de respeto. No ocurre así con el puente del Centenario, que por estar tan lejos de la ciudad no se confunde. Miguel Ángel no quiso superar al Panteón de Roma con la cúpula de San Pedro; la dejó 40 centímetros más baja. En cualquier caso, Sevilla ya no es una ciudad plana con un solo hito, la Giralda y sus cuatro esferas de oro que veía San Fernando desde lejos; la fantasía en que la ha convertido la Expo.
P.- ¿Qué estilos hay en esta muestra? ¿Hay monotonía arquitectónica? ¿Cree que se ha promovido la arquitectura de calidad, o ha primado el concepto de amplios espacios expositivos sobre la verdadera construcción?
R.- La arquitectura de la Expo no es uniforme: Mónaco, por ejemplo, ha construido un divertimento simpático con un acuario en recuerdo del de Montecarlo, y una entrada nostálgica por la que apetece ver salir a Grace Kelly; el Pabellón de Holanda es un volumen prismático compuesto por redes que sudan agua fresca. A mí me parece un bello pabellón. Hay, precisamente, exceso de heterogeneidad, lo que ocurre habitualmente en una feria. Creo que es de enorme interés lo que ha hecho España en su tratamiento del clima, con todas estas frescas pérgolas, soportes de vegetación, o con esas lonas que se han puesto de moda desde que Frei Otto hizo el Estadio de Múnich. La Expo ha lucido en este campo tecnológico una actuación que solamente en la América del Oeste tiene algún precedente. La implicación futura será trascendental.
La Expo de Sevilla, a pesar de sus problemas y su confusa silueta urbana, será un brillante evento histórico cuyo costo nos hará sufrir unos años, pero dejará un saldo admirable. Se trata de una maravillosa injusticia.
El odio compartido une mucho. Más que el amor, sin duda. Sin odio y sin miedo —dos caras de la misma moneda— el ser humano es incapaz de organizarse socialmente en formas más amplias que la pareja o la horda familiar. Un puñado de hombres que viva en un bosque ideal —es decir, lleno de animales inofensivos y comestibles, y vacío de competidores humanos— no sentirá miedo a la escasez ni odio al vecino, por lo que no necesitará inventar la ganadería, la agricultura ni el ejército, los tres gérmenes de asociación humana. Simplemente, al multiplicarse la estirpe, irán desgajándose nuevas familias y ocupando otros territorios vírgenes, como hacen ciertos animales familiares pero no gregarios.
El propósito de estas líneas no es más que recordar cómo la palabra patriota era de izquierdas, se hizo conservadora y ahora vuelve a ser revolucionaria, y mostrar cómo el triunfo ideológico del nacionalismo a partir de 1789 no impidió la pervivencia residual de formas arcaicas de solidaridad muy ajenas al patriotismo.
Ocurre, empero, que esa situación edénica nunca se ha dado en la historia y casi nunca en la prehistoria. Por eso los hombres han ido aglutinándose en grupos más o menos numerosos, de variadas formas, por motivos distintos y con diversos eslóganes (slogan quiere decir «grito de guerra» en gaélico), hasta llegar hace un par de siglos a la fórmula mágica, nación, que parece haber borrado con su escueto lema, patria, las demás estructuras históricas de ligazón humana. El propósito de estas líneas no es más que recordar cómo la palabra patriota era de izquierdas, se hizo conservadora y ahora vuelve a ser revolucionaria, y mostrar cómo el triunfo ideológico del nacionalismo a partir de 1789 no impidió la pervivencia residual de formas arcaicas de solidaridad muy ajenas al patriotismo.
El antiguo régimen —y lo pongo con minúsculas porque me refiero al orden tradicional de cosas en nuestra civilización europea, no sólo a la monarquía absoluta— se caracterizaba por el delicado equilibrio que mantenían entre sí los diversos mecanismos sociales. Cada uno de esos mecanismos a su vez descansaba en el principio tácito o expreso de la solidaridad.
Por supuesto se violaba ese principio sin cesar, como todos los principios, pero no hasta el punto de destruirlo. Se exigía una fraternidad estrecha dentro de cada extensa estirpe familiar. Existía una fuerte solidaridad gremial en cada oficio, con obligaciones y derechos mutuos entre aprendices, oficiales y maestros. Había una cierta solidaridad religiosa dentro de la Cristiandad occidental. Se mantenía una fidelidad eclesiástica a Roma. Se creía en la igualdad dentro de la nobleza europea. La universidad era universal. El militar tenía mucho de guerrero, con deberes de lealtad recíproca entre jefes y seguidores. Incluso el sentido del honor, tan individualista, tenía en última instancia un lazo de unión con Dios: «Al Rey la hacienda y la vida / se ha de dar; pero el honor / es patrimonio del alma / y el alma sólo es de Dios».
Las cosas parecían claras, y lo más claro de todo era que casi nada en ese complicado entramado de solidaridades tenía que ver con la nación, palabra que entonces quería decir otra cosa, y mucho menos con el patriotismo, término que ni se había inventado aún. Dos primos, uno aragonés y otro napolitano, tenían las mismas obligaciones entre ellos que si hubiesen nacido ambos en el mismo lugar. Un maestro cantero en Aquitania podía enseñar a su aprendiz de León. Juan Luis Vives dio clases en la Sorbona, en Lovaina y en Oxford, pero rechazó una cátedra en Alcalá. A nadie extrañaba que un borgoñón fuese arzobispo de Toledo, o que un flamenco o un italiano fuesen embajadores del Rey de España. En cuanto a los militares —quizá el caso más significativo de todos— estaba fuera de toda duda que su lealtad había de ser personal y feudal, no nacional. No constituían el brazo armado de un país sino de un príncipe, que era además quien les pagaba.
Esto último ha dado lugar a curiosos malentendidos modernos, puestos de manifiesto en el uso peyorativo de la palabra mercenario. En rigor no es más que quien «percibe un salario por su trabajo» (DRAE, tercera acepción). O sea, todo trabajador, cualquiera que sea un profesional y no un aficionado rentista. Matar también es un trabajo. No veo por qué quien mata por deber contractual ha de ser moralmente inferior a quien mata gratis y por gusto. Pero ocurre además que quien a hierro mata a hierro muere, y no hay dinero en el mundo que baste para pagar a un hombre su vida. Hace falta, pues, contar con el honor del mercenario, que es el honor tradicional del soldado (soldado viene de sueldo) y consiste en no flaquear cuando las cosas vienen mal dadas, en seguir luchando hasta el final por respeto a la palabra empeñada y por respeto a sí mismo.
Es evidente que eso no tuvo relación con el patriotismo hasta la batalla de Valmy, que en 1792 inauguró la nueva era (bestial, por cierto) del «pueblo en armas». Pero lo interesante es observar cómo todavía hoy abunda la motivación premoderna y prenacionalista entre los militares. Abunda más de lo que creen los políticos de derechas (que piensan que el militar actúa sólo por patriotismo) y los de izquierdas (que piensan lo mismo pero preferirían que actuase por obediencia al poder civil). El viejo sentido del honor militar —una de las pervivencias arcaicas que mencionaba antes— es menos infrecuente incluso de lo que creen muchos militares poco dados a escudriñar el fondo de sus corazones. El militar sentimental —y todo buen militar es a la vez sentimental y racional— se emociona sin duda a la vista de la bandera patria, pero inconscientemente acaso se conmueva tanto o más cuando vea el emblema de su Arma de Caballería o de Artillería, o el estandarte propio de su unidad, o cuando piense en la historia de su regimiento o de su barco y se sepa obligado por ella y por la solidaridad con los muertos (tradición) y no sólo con los vivos (patriotismo). Quizá, llegado el momento del sacrificio y si es hombre púdico, prefiera ocultarse a sí mismo esos sentimientos y se encoja de hombros con gesto a la vez estoico y cínico, diciéndose «para esto me pagan». Pues bien, esa mezcla obscura de orgullo personal y de amor a la obra bien hecha, de lealtad al jefe y al compañero, de fatalismo y de astucia, esa vergüenza torera que constituye la esencia de todo buen ejército, es un residuo moral de otros tiempos, anteriores al nacionalismo decimonónico y contemporáneo.
Matar también es un trabajo. No veo por qué quien mata por deber contractual ha de ser moralmente inferior a quien mata gratis y por gusto. Pero ocurre además que quien a hierro mata a hierro muere, y no hay dinero en el mundo que baste para pagar a un hombre su vida. Hace falta, pues, contar con el honor del mercenario, que es el honor tradicional del soldado (soldado viene de sueldo) y consiste en no flaquear cuando las cosas vienen mal dadas, en seguir luchando hasta el final por respeto a la palabra empeñada y por respeto a sí mismo.
Algunos restos del antiguo andamiaje social perduraron incluso en pleno incendio patriótico europeo, durante la Primera Guerra Mundial. La solidaridad académica no se esfumó del todo. En cierto colegio de Oxford se colocaba cada domingo en la capilla la lista de antiguos alumnos muertos en combate, pero no sólo los británicos sino también los alemanes. La realeza europea multiplicó vanos intentos de mediación aprovechando sus parentescos internacionales. Por similares motivos de cosmopolitismo familiar, la nobleza —pese a ser con mucho la clase social que proporcionalmente sufrió más bajas— nunca depuso por completo una leve sonrisa escéptica ante el frenesí xenófobo. Sir Osbert Sitwell, escritor exquisito y teniente de granaderos en el frente de Flandes, cuenta que en la sala de banderas londinense de su regimiento de la Guardia Real —entonces como ahora coto cerrado de la aristocracia británica— no se descolgó durante toda la guerra el retrato del Kaiser Guillermo II, su coronel honorario aunque soberano enemigo. También recuerda haber vislumbrado la insondable estupidez de la propaganda periodística al leer en las trincheras un diario inglés según el cual el Kaiser había robado personalmente un piano en una aldea francesa ocupada. Dice que percibió la mentira no ya porque los emperadores no suelen robar pianos sino porque ningún alemán querría un piano francés.
En cambio, la supuesta solidaridad sindical por encima de las fronteras —heredera del viejo internacionalismo gremial— no resistió las calenturas de aquel verano patriótico de 1914. Jaurès, el único pacifista de peso en la Internacional, fue asesinado, y por toda Europa los grupos parlamentarios socialistas fueron votando con entusiasmo a favor de los créditos de guerra extraordinarios. El escenario quedaba listo para la trágica muerte de nuestra civilización a manos de los nacionalismos. Y sin embargo, cuando todo estaba perdido, aún hubo gestos para salvar el decoro. Sir Edward Grey mandó una nota de excusas al embajador austrohúngaro, que al salir de Londres tras la declaración de guerra había sido injuriado por el pueblo enardecido. En general los diplomáticos, otro vetusto oficio esencialmente ecuménico y poco suicida, hicieron lo que pudieron por templar el arrebato general, antes y después del inicio de las hostilidades.
Pero lo más notable es que los militares profesionales, en esa y en otras modernas guerras patrióticas, tampoco perdieron un cierto sentido tradicional de la mesura, o lo perdieron menos que sus amos políticos ungidos por el voto popular. «Don’t cheer, men, those poor devils are dying», gritó el almirante Philip a la marinería que vociferaba después de hundir los barcos españoles en Santiago de Cuba. Cuando el estado mayor de la R.A.F. abrió el pliego de órdenes políticas de calcinar Dresde, en febrero de 1945, exigió la confirmación personal del Primer Ministro, que tuvo que telegrafiar desde Yalta reiterando las instrucciones atroces. Una vez ejecutadas, tan sólo hubo un reproche político y fue en la Cámara de los Lores. Así es que fueron dos instancias no electas las únicas que manifestaron reservas humanitarias ante la decisión implacable del poder democrático. Como explica Jouvenel, en la historia no surge la guerra total hasta el advenimiento del gobierno de masas. Ni el nacionalismo absoluto, añadiría yo.
El viejo sentido del honor militar —una de las pervivencias arcaicas que mencionaba antes— es menos infrecuente incluso de lo que creen muchos militares poco dados a escudriñar el fondo de sus corazones.
Incluso las etimologías son sincrónicas. La vieja expresión sinónima de guerra total, «el pueblo en armas» —el pueblo, es decir un ente abstracto luego irresponsable— surge con la Revolución Francesa, el mismo fenómeno histórico que acuña el uso moderno de la palabra patriota. Los patriotas no eran sino los partidarios de la Revolución. La palabra cruza los Pirineos y los españoles, que hasta entonces usaban patriota como equivalente de compatriota, adoptan la nueva y exaltada acepción, utilizándola en la Guerra de la Independencia, una guerra que enfrentó a patriotas y patriotes, pero también opuso fratricidamente a los patriotas españoles entre sí.
En la lengua inglesa el vocablo patriot se empleaba en el sentido actual desde mucho antes, pero la desconfianza ante la Revolución Francesa le dio un nuevo tufo a chamusquina subversiva, aunque por poco tiempo. El patriotism, como el patriotismo y el patriotisme, fue a lo largo del siglo XIX azuleando hasta casi convertirse en marca registrada de la derecha (no tanto de los conservadores, si me permite apuntar tan útil distingo). Ya a finales del siglo pasado, el patriotismo era antónimo del humanismo liberal y del internacionalismo proletario. Pero he aquí que la política internacional vuelve a desbaratar los esquemas semánticos cuando a mediados del siglo XX se enciende el ardor anticolonialista. El nacionalismo vuelve a ser intelectualmente respetable en los círculos progresistas, siempre que los nacionalistas no sean europeos. Por consiguiente también puede haber patriotas buenos, mientras se limiten a poner bombas al ejército británico o al francés. E incluso, más tarde, a la Guardia Civil española. Por último, cuando ya el patriotismo empezaba a inclinarse otra vez hacia la izquierda, se derrumba el imperio soviético y de nuevo afloran viejos y virulentos nacionalismos en Europa Oriental, en general derechistas. Todavía las lenguas no han reaccionado, pero trabajo les doy a los lexicógrafos historicistas.
Ante tal barahúnda, mejor será refugiarse en el sarcasmo. Para eso no faltan recursos en los diccionarios. En todas las lenguas existen caricaturas despectivas del patriota. Patriotero es una. En francés hay chauvin desde 1830, en que apareció una sátira cuyo personaje era Nicolas Chauvin, ingenuo soldado napoleónico. Sin duda por inconsciente venganza hemos adoptado los españoles y los ingleses chovinismo y chauvinism. Pero en inglés hay otro término autóctono, jingoism, desde que en 1878 ciertos patriotas belicosos aplaudían el envío por Disraeli de una flota británica a las aguas turcas para detener la expansión rusa, y lo hacían con estas palabras de un coro de revista:
We don’t want to fight, yet by Jingo! if we do,
We’ve got the ships, we’ve got the men, and got the money too.
Sólo me queda aclarar que by Jingo! equivale a ¡pardiez! O sea, como si en español jingoist (patriotero) se dijese pardiecero.
En fin, todo esto está muy lejos del antiguo decoro. Habrá que recordar cual sombra lejanísima al coronel Cadalso, no como precursor del romanticismo literario sino como protagonista de la última muerte militar clásica. Estaba en primera línea del asedio a Gibraltar en 1782. Vio venir una granada enemiga. No se echó cuerpo a tierra por no ensuciar el uniforme, por no perder la necesaria compostura física y moral del militar. Perdió la vida. Los ingleses suspendieron las hostilidades para permitir unas exequias dignas por su enemigo. Está claro, aún faltaban diez años para que apareciese la guerra total. Y el patriotismo moderno.
El deporte como actividad en su polimorfismo concreto y como impacto social en las múltiples repercusiones que su actividad comporta, se ha convertido sin lugar a dudas en el fenómeno más trascendente y espectacular del siglo que nos toca vivir. De ahí que como sagazmente razona el profesor americano Mandell, el concepto de deporte se ha extendido a toda una variada gama de ciencias y actividades que han quedado cualificadas por su encuentro con aquél y así se habla de educación deportiva, equipamientos deportivos, arquitectura deportiva, periodismo deportivo o espectáculos deportivos, y la trascendencia informativa que tal género de quehacer comporta, halla más lectores en las sociedades modernas que las noticias sobre política nacional e internacional juntas.
En otro sentido, el lugar ocupado por los deportes en los medios informativos impresos y electrónicos, así como su incidencia en los temas de conversación socialmente homologados, demuestran que, tanto los deportes de participación como el deporte-espectáculo, ofrecen al hombre de las sociedades occidentales más atractivos espirituales que todas las religiones formales del mundo juntas, según el propio Mandell.
Por eso, como decía Cagigal, el deporte es parte integrante de la vida del hombre contemporáneo y bien como práctica, como espectáculo o como simple recepción o monserga informativa, el deporte es por decirlo de alguna manera, uno de nuestros hechos cotidianos.
El deporte es ante todo cultura. La floración del agonismo en el mundo antiguo generó una de las vetas más fecundas de difusión cultural. Los Juegos Olímpicos convocaban cuadrienalmente en Olimpia a lo más granado de la raza para enfrentarse pacífica y ardorosamente en la gran confrontación rituaria y litúrgica de las competiciones atléticas.
El deporte es ante todo cultura. La floración del agonismo en el mundo antiguo generó una de las vetas más fecundas de difusión cultural. Los Juegos Olímpicos convocaban cuadrienalmente en Olimpia a lo más granado de la raza para enfrentarse pacífica y ardorosamente en la gran confrontación rituaria y litúrgica de las competiciones atléticas. Pero la convocatoria olímpica congregaba también a los más destacados exponentes del mundo cultural de cada momento. Filósofos, retóricos, matemáticos, historiadores, poetas y escultores, se daban cita puntual en el Santuario Olímpico difundiendo sus ideas y doctrinas durante el paréntesis cronológico de duración de los Juegos, consiguiendo con aquel conjunto una simbiosis propia del equilibrio, el factor cualificador y determinante de la prodigiosa cultura helena.
El pasado de una andadura deportiva similar a las desarrolladas en otros escenarios de la historia, haría investigar al profesor holandés Johan Huizinga, el gran filósofo culturalista del primer tercio de siglo, para decantar en frases terminantes las conclusiones extraídas de su paciente y aguda observación en el devenir de los acontecimientos humanos. «Las culturas —diría en 1938— nacen en forma de juego. El juego está presente en el origen de toda cultura. El hombre crea fundamentalmente jugando». El factor lúdico como elemento generador de cultura es también valorado por Ortega cuando en 1923, en un artículo publicado en el Espectador, sienta la frase concluyente y rotunda: «La cultura no es hija del trabajo sino del deporte».
El deporte ha de ser compensación enriquecedora. El hombre en su lucha por el bienestar y la superación inventó la máquina, con cuya colaboración ha alcanzado altas cotas de facilidad en el dominio de los condicionantes de operatividad, tiempo y espacio. Pero la máquina, como en intencionada venganza sutil, ha ido progresivamente esclavizando al hombre, condicionando gran parte de su cotidiano quehacer al puntual y perfecto funcionamiento de toda la diversa serie de aparatos más o menos complicados que aquél necesita regular y diariamente para el adecuado desempeño de su compleja actividad. ¿Cabría evaluar el perturbador trastorno que al ciudadano de un país industrializado le produciría la repentina inutilidad de todas las máquinas de que a diario se sirve?
El progresivo uso y utilización de la máquina ha ido desnivelando al individuo en su armónica conjunción psico-física, condicionándolo y robotizándolo más y más por el repetitivo ejercicio de una escueta y reducida parcela del múltiple y rico abanico de sus posibilidades existenciales. El encorsetamiento del hombre dentro de los rígidos cauces limitativos de unas escuetas tareas monótonas y repetitivas, ha de provocar angustia y frustración y, necesariamente, mutilación en su entidad como persona. Al final de la década de los sesenta, Cagigal ya denunciaba el hecho evidente por notorio. El hombre —decía— descubre y abarca progresivamente más riquezas naturales, pero el individuo es cada vez más esclavo de esas riquezas. El hombre en abstracto conquista mientras el individuo es derrotado en su capacidad humana. El borreguismo progresivo de las masas es el efecto logrado por el automatismo.
Antes las masas eran incultas y se dejaban arrastrar por los cultos y avispados. Hoy, las masas que se dicen cultas, siguen al pie de la letra los dictados no de los espíritus cultos o avispados, sino de los «slogans» comerciales. La especialización a que ha arrastrado el tecnicismo moderno ha sido modelada según cánones de productividad social. Se ha olvidado al individuo pese a las enternecedoras proclamas de los sociólogos y éste ha resultado mutilado como persona. Han rodeado la tierra de satélites artificiales —¡maravilla de la técnica!— y las ciudades se ven abarrotadas de personalidades mutiladas.
Ante la evidencia social de lo expuesto, la dimensión del trance deportivo en sus múltiples manifestaciones se revela como eficaz medio reparador y rehabilitador. Sus características de protagonismo, complejidad, espontaneidad y contacto directo con lo natural, potenciarán en el practicante poderosos mecanismos psicofísicos dormidos por la apatía y la forzada inacción. Sólo hay un peligro que pueda neutralizar la liberalizadora práctica del trance deportivo y es el de que una forzada superespecialización del gesto postural conduzca al practicante a una robotización similar a la que en la vida cotidiana padece.
La trascendentalización del acto deportivo puede ocasionar la pérdida del elemento lúdico, dando como resultado una de las múltiples manifestaciones impropias del deporte.
El deporte ha de ser juego porque el juego es el alma del deporte. El hombre pasa jugando casi la mitad de su existencia en vigilia. Tan importante y consustancial quehacer es dato cualificador de la dimensión esencialmente humana del hecho deportivo, y de ahí que la esencia del juego genere en aquél su vertiente de fecunda causa de creación cultural. El juego es, pues, la sonrisa del deporte. La trascendentalización del acto deportivo puede ocasionar la pérdida del elemento lúdico, dando como resultado una de las múltiples manifestaciones impropias del deporte. Hace cincuenta años clamaba Huizinga contra la progresiva consolidación de la distorsionante realidad. El deporte —decía— no tiene ningún carácter sacro ni ningún vínculo orgánico con la estructura de la sociedad, aun en el caso de que un gobierno obligue a su práctica. Es más bien una manifestación autónoma de instintos agonales, que un factor de sentido social fecundo. La perfección con que la moderna técnica social incrementa el efecto exterior de las demostraciones de masas no consigue por ello que ni las Olimpiadas ni las organizaciones deportivas de las universidades norteamericanas, ni los campeonatos internacionales que gozan de tan buena propaganda se conviertan en una actividad creadora de cultura. Continúa siendo, por mucha importancia que revista para los participantes y los espectadores, una función estéril en la que se ha extinguido en gran parte el viejo factor lúdico. La ausencia lúdica del hecho deportivo restará a éste uno de los elementos generadores de mayor riqueza y creatividad.
El deporte ha de ser actividad liberadora y gratificante. En sus milenarios orígenes, el deporte surge como actividad rituaria con clara dimensión litúrgica. Desde las mastabas e hipogeos del mundo egipcio, a las pirámides mayas o aztecas, a los frisos de los templos griegos, el hombre es representado en su quehacer deportivo como pieza integrante de su culto a un ser superior. En el tímido nacer del deporte durante la Edad Media, la función desenfadada y entretenida, voluntaria e intrascendente en que el deporte consistía, ha de generar el nombre por el que ahora se la conoce, justa y directa expresión de su significado social.
La palabra deporte —dice Ortega— ha entrado en la lengua común procedente de la lengua gremial de los marineros mediterráneos que a la vida trabajosa en el mar oponían su vida deliciosa en el puerto. «Deporte» es «estar de portu».
Es Ortega el que a mediados de 1947 investiga el origen histórico del término deporte y en el magistral prólogo que dedicó al libro del Conde de Yebes Veinte años de caza mayor, nos dice que el vocablo tiene su nacimiento en el comportamiento de los marineros provenzales, que vacan o se hallan en holganza cuando en puerto descansan de los arriesgados y duros trabajos del mar. La palabra deporte —dice Ortega— ha entrado en la lengua común procedente de la lengua gremial de los marineros mediterráneos que a la vida trabajosa en el mar oponían su vida deliciosa en el puerto. «Deporte» es «estar de portu». Pero la vida de puerto no es sólo el marino plantado en el muelle, con las manos en los bolsillos del pantalón y la pipa entre los dientes, que mira obseso al horizonte como si esperase que en la líquida línea fuesen de pronto a brotar islas. Hay, ante todo, los coloquios interminables en las tabernas portuarias entre marinos de los pueblos más diversos. Estas conversaciones han sido uno de los órganos más eficientes de la civilización. En ella se transmitían y chocaban culturas dispares y distantes. Hay, además, los juegos deportivos de fuerza y destreza. En la cultura trovadoresca de Provenza aparece ya recibida la palabra y con frecuencia en esta pareja deports e solatz, donde, al revés que ahora, deport es más bien el juego de conversación y poesía, mientras solaces representa los ejercicios corporales: caza, cañas, justas, anillos y danzas.
Siguiendo la senda orteguiana, Miguel Piernavieja, el que fuera director del Centro de Documentación del I.N.E.F. de Madrid, publicaría en la revista Citius, Altius, Fortius, en 1966, su exhaustivo y documentadísimo trabajo sobre el tema «Depuerto, Deporte. Protohistoria de una palabra».
En minucioso rastreo semántico, realizado a partir de los idiomas provenzal, antiguo castellano, antiguo catalán y antiguo francés, en un alarde de erudición revela el autor de cómo desde el año 1140, en que el término deportar aparece utilizado en el Cantar del Mio Cid, hasta la Crónica de Ramón Muntaner del 1325, de las 54 voces que el vocablo es utilizado, en treinta y seis de ellas es usado como sinónimo de ejercicio físico y diversión. La palabra «deport» provenzal, aparece por primera vez usada por Guillermo de Poitiers, VII Conde de su nombre y IX Duque de Aquitania (1071-1027). Hombre burlón y sensual, cortejador y mancillador de honras femeninas, en el año 1117, una vez que le fuera levantada la excomunión papal que sobre él pesaba, el famoso Duque se trasladó a España con seiscientos caballeros para combatir a los almorávides al lado de Alfonso el Batallador. En uno de sus poemas cortesanos, nos dejó el contradictorio personaje como un hito histórico indeleble, la palabra «deport».
La idea de esparcimiento ha de ser, pues, consustancial al deporte, pues si ésta se perdiera, la actividad quedaría relegada a una ocupación forzada, normalmente vinculada al obligado quehacer laboral. La alegría del deportista ha de ser, pues, un síntoma cualificado de su talante, lo que hacía exclamar a Pierre de Coubertin en 1915, con valoración de experto psicólogo deportivo: «Si alguien me pidiera la receta para “Olimpizarse” le diría: la primera condición es estar alegre». Y añade dos años más tarde: «el día en que el deportista deje de poner encima toda la alegría de su propio esfuerzo, y la embriaguez del poder y equilibrio corporal que de él deriva, el día en que se deje dominar por las consideraciones de vanidad o de interés, ese día su ideal se acabará y el valor pedagógico de este ideal, si se puede emplear esta expresión, disminuirá irremediablemente».
La idea de esparcimiento ha de ser, pues, consustancial al deporte, pues si ésta se perdiera, la actividad quedaría relegada a una ocupación forzada, normalmente vinculada al obligado quehacer laboral.
El deporte ha de ser superación. La trayectoria dinámica del espíritu humano halla una adecuada realidad en el deporte. El deportista despreciando el riesgo —dato cualificador de su humanismo— afronta cada vez más difíciles pruebas, ansioso de sobrepasar anteriores hazañas. Pero en este ineludible progreso del deporte no conviene nunca olvidar que los logros por él conseguidos han de ser obtenidos por el deportista en su indisociable condición total de hombre. La manipulación indebida de cualquiera de su doble dimensión, física o espiritual, para la obtención de logros superiores, contradice su dignidad y fraudulenta el éxito.
En los comienzos de la moderna andadura olímpica, el dominico francés Pierre Didon, prefecto del colegio de Arcueil, lanzó en sintetizada frase el programa de su lema pedagógico Citius, Altius, Fortius, más rápidos, más altos, más fuertes, frase que entusiásticamente acogida por Pierre de Coubertin se ha convertido en el lema olímpico oficial. Pero la frase del famoso abate francés no ha de ser entendida por el simplismo interpretador de una mejora a ultranza de los rendimientos físicos del hombre, sino en el de una superación total de éste en su condición ontológica integral, Citius, Fortius, Altius, más rápido, más fuerte, luego más alto.
El Altius del lema olímpico supone el progreso de la capacidad humana sobre la base de la mejora psicofísica de sus cualidades naturales. De ahí que el frío espejismo del récord como cota oficializada de una hazaña cotizada por los baremos publicitarios de una sociedad de consumo de éticas frecuentemente amorales, nada dirá fuera de su lacónico guarismo oficializador, a no ser que la proeza en sí vaya acompañada y amparada por el calor humano del protagonista que lo consiguió. El joven Jesse Owen pasó a la historia olímpica más por la poderosa garra de su personalidad que por las proezas conseguidas en los colosales Juegos de Berlín en los que dominó descollando con talla de gigante. Su afable sonrisa y humilde compostura son el trance deportivo y el duro revés infligido de forma involuntaria con su triunfo a las desquiciadas ideas racistas y totalitarias a la sazón en el poder, han generado más literatura en el mundo que toda la secuencia de asombrosos récords por él obtenido en aquellos Juegos. Wilma Rudolph y John Weismüller entre otros, también conquistaron el Altius del deporte al conseguir merced a su práctica, vencer los quebrantos claudicantes de una cruel enfermedad y, una vez superada ésta y superándose a sí mismos, alzarse hasta la elevada cota del oro olímpico.
El deporte ha de ser escuela de vida y de preparación para la vida. Si por un cálculo proporcional los éxitos y los fracasos de la existencia humana se repiten a una razón de un 50 %, el deporte ha de preparar al hombre con su práctica para la asunción del triunfo sin huecas vanaglorias y la aceptación de las derrotas sin amargos dramatismos. Hay aquí una gran pedagogía del fracaso generada por la esencia lúdica del deporte. El deportista sabrá asumirla y encajarla para, con un inmediato instinto de superación, volver de nuevo a la carga para conseguir el triunfo. Es la eterna filosofía aristotélica del revés regenerador: El hombre ha de sufrir para ser sabio.
Estas son algunas de las circunstancias cualificadamente determinantes de una objetiva y sana práctica deportiva, que de reunirlas, hacen del deporte el medio más cómodo y eficaz para la mejora psicofísica del hombre.
El quinto centenario del Descubrimiento de América supone o debe suponer el año de España en todo el mundo. Nunca como ahora, y es fácil imaginar que hasta dentro de mucho tiempo, nuestro país estará en el panorama de la actualidad: deportiva (Juegos Olímpicos de Barcelona), económica (Expo de Sevilla) y cultural (Madrid, capital cultural europea).
El cine se ha querido sumar a esta apoteosis de hispanidad con dos proyectos que versan sobre las andanzas de Cristóbal Colón, el enigmático descubridor.
Este peculiar «navegante» tuvo la audacia de unir dos mundos, el Viejo Mundo, Europa, y el Nuevo, América. Y ahora, estos dos mundos le rinden homenaje dando cada uno su particular visión del mítico personaje y su gran gesta, cubriendo una parcela, curiosamente, poco explorada por el cine internacional, de la historia española, que, por otro lado, siempre ha surtido al mismo de buenos temas para inventar espectáculos cinematográficos. Las dos películas que sobre Colón se ruedan en estos momentos en nuestro país obedecen a proyectos muy distintos, tanto desde el punto de vista de la producción y la dirección como de la misma concepción del guión o la propia historia. No obstante, ambas producciones tienen entidad y categoría suficiente y pueden dar lugar a dos buenos films y por ello han merecido la atención de las autoridades españolas que han dado toda clase de facilidades y han ayudado a su realización, aunque esto no debería considerarse suficiente, ya que una buena política cinematográfica —casi completamente inexistente en estos momentos— debería haber previsto y apoyado más iniciativas, también nacionales, de este tipo. A los españoles nos va mucho en qué y cómo se cuenten las andanzas de nuestros descubridores.
El gran público tenderá a identificar la película con el magnífico actor Gerard Depardieu quien dará vida al descubridor.
Columbus, conocido como el «Colón europeo», es el título que, parece, finalmente llevará la película que dirige Ridley Scott. Cofinanciada por el Reino Unido, Francia y España, con un presupuesto de unos 4.000 millones de pesetas, 800 de los cuales aportará el Ministerio de Cultura. De estos unos 600 revertirán en nuestro país repartidos entre las ciudades de Cáceres, elegida por Scott para representar a Granada en la ficción ante la negativa del patronato de la Alhambra a permitir la entrada de las cámaras en el recinto, y Salamanca. El simple nombre de Ridley Scott es, para el buen aficionado, sinónimo de calidad e interés, no en vano se trata de uno de esos pocos directores cuyas obras no se pueden dejar de ver y cuyo trabajo no desmerecería al lado de cualquier maestro del cine. Su filmografía incluye auténticas joyas del séptimo arte y será difícil que el director de Blade Runner, Alien, La sombra del testigo, Los duelistas o Thelma y Louise, su último film ya analizado en esta sección, no consiga sacar provecho de su buceo por la personalidad del Almirante.
El gran público tenderá a identificar la película con el magnífico actor Gerard Depardieu quien dará vida al descubridor. Por lo que se sabe del guión, está escrito de antemano pensando en el actor, y éste mismo ha preparado su trabajo ciñéndose a él, sin querer ampliarlo con otros documentos o versiones históricas. La historia presentará el drama de un soñador, dotado de una fuerza desbordante, como el mismo Depardieu, que lucha por una especie de imposible que él sabe cierto, la historia de una seducción intelectual, la relación con Isabel, la Reina de Castilla —interpretada por Sigourney Weaver— a la que él convence a pesar de los problemas, porque en el fondo posee una personalidad similar, la de aquellos que no aceptan con sumisión las limitaciones que se pretenda imponer a sus proyectos. Además intervienen notables actores españoles como Fernando Rey, que esta vez no hará de Rey sino de Antonio Marchena, astrónomo de La Rábida, Ángela Molina, la amante de Colón, Fernando Guillén Cuervo, Tony Cantó, etc. Así pues, a costa de profetizar, da toda la impresión de que nos encontramos ante una película de estilo, de autor y de actores, que proporcionará una visión muy subjetiva del personaje y la historia, excesivamente marcada por la labor de Depardieu, pero que, desde luego, contará con el mayor interés.
El nombre de los Salkind está ligado a alguna de las grandes superproducciones de los últimos años como, por ejemplo, Superman
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Los hermanos Ilya y Alexander Salkind son los productores que han hecho posible la otra película que se está rodando en nuestro país, concretamente en El Alcázar de Segovia y el Castillo de Sigüenza: Cristóbal Colón: el descubrimiento. Con un presupuesto de 4.500 millones de pesetas y el patrocinio del V Centenario tiene un plan de rodaje de doce semanas que continuará en Malta, las Islas Canarias y el Caribe. El nombre de los Salkind está ligado a alguna de las grandes superproducciones de los últimos años como, por ejemplo, Superman, y tal vez sean quienes mejor representen, en estos momentos, el cine como responsabilidad del productor. Para dirigirla se ha escogido a John Glen, un director, quizá poco reconocido, por ser considerado un director de encargo, pero de gran profesionalidad. En su haber está la serie reciente de películas de James Bond, Sólo para tus ojos, Octopussy, Panorama para matar, etc., en todas las cuales ha mostrado una mezcla notable de calidad y sentido comercial.
Los actores son un ejemplo perfecto del recurso al «star system»: una aparición, se supone que fugaz, del mítico Marlon Brando en el papel de Torquemada (como ocurrió ya en Superman), actor cuya presencia en nuestro país ha levantado gran expectación. Tom Selleck como el Rey Fernando el Católico (puede ser el nuevo Rett Butler-Clark Gable en la continuación de Lo que el viento se llevó que se está preparando) y la bellísima Rachel Ward —magnífica protagonista de la serie El pájaro espino— como la Reina Isabel. Resulta curioso que para interpretar a Colón se haya elegido a un actor poco conocido, cuyo nombre, George Carraface, además no se supo hasta el primer día de rodaje. Esta elección es más discutible y dada su juventud, sin duda se ha querido buscar con ella el efecto del típico héroe de aventuras, intrépido, que se ajusta poco al personaje histórico pero resulta más comercial y asequible sobre todo para el público infantil. Tendremos pues una superproducción más que una cinta de director con una visión «oficialista» o estereotipada, quizá acartonada al estilo de El Cid que protagonizaron Charlton Heston y Sofía Loren, pero si los antecedentes sirven de algo, de un interés indudable.
Autor: Ray Cooney.
Obra: Demasiado para una noche.
Teatro: Alcázar.
Dirección: Ángel F. Montesinos.
Reparto: Pedro Osinaga, Manolo Díaz y Ana Truncer.
Precio: 2.000 pesetas.
Entre los actuales autores de vodeviles cuyo nombre va aparejado al éxito popular Ray Cooney merece un lugar destacado. No tiene la versátil eficacia de Neil Simon, ni el deje literario de Juan José Alonso Millán, pero sí la habilidad escurridiza de aquél para complicar la situación y la amañada destreza de éste para resolverla. Los vodeviles de Cooney son genuinas comedias de enredo, en las que la circunstancia más inverosímil se produce como desarrollo lógico de la anécdota más ordinaria.
En Demasiado para una noche, el punto de partida del enredo no puede ser más ordinario; casi podría decirse, a la vista de lo que se lee en los semanarios de amor y lujo, que raya en la vulgaridad. El protagonista es un ministro del gobierno, del británico en el original, y del español en la astuta versión realizada por Juan José Arteche, uno de los escritores más especializados en el arte de adaptación de vodeviles. Puede resultar regocijante, como primera observación, que la misma circunstancia y el mismo personaje sean tan fácilmente intercambiables de un escenario inglés a un escenario hispánico.
Pero descendamos a la peripecia. Un ministro socialista aprovecha que debe comparecer a una sesión parlamentaria, para alojarse en un hotel situado frente al Congreso. En la versión española se trata, naturalmente, del Palace. Como cabe esperar, pues no hay necesidad alguna de que un ministro utilice como oficina durante el debate una suite del hotel en lugar de un despacho junto a la piscina cubierta del palacio, nuestro protagonista no se aloja en el Palace para preparar su intervención sino por motivos menos confesables.
El motivo inconfeso es la secretaria particular de Adolfo Suárez en la adaptación española. Ignoro por qué Arteche ha eludido la secretaria de Aznar, pero puede ser que a su juicio el nombre de Suárez suene más verosímil al espectador en lo relativo a secretarias veleidosas. En la suite se encuentran ambos. Ella en paños menores, lo cual el espectador debe agradecer si está encarnada en una actriz como Any Truncer; y él dispuesto a emularla en cuanto pueda. La circunstancia, salpicada de incidentes estrafalarios y de personajes fastidiosos, no se lo permite. Y el hombre trajina como puede para enderezar los desvíos que sufre una situación, que en origen se presentaba francamente favorable a la consumación de sus designios amorosos.
Con estos mimbres se pudo tejer una buena trama de política ficción. Un ministro socialista enredado con la secretaria particular del primer partido de la oposición al mismo tiempo que se desarrolla un debate parlamentario, pudiera haber dado lugar a una crítica del tráfico de influencias o de la corrupción que algunos dicen que hay y algunos niegan con tanta insistencia como los hechos se empecinan en confirmar, o algo similar. Pero se ve que entre los ministros compatriotas de Ray Cooney abunda más la afición a las faldas que a los despachos en las Delegaciones del Gobierno. Y si no abundan más, entonces es que Cooney no ha querido meterse en honduras, como suele ser en él lo habitual. Para divertir basta con los líos de faldas de los señores ministros. Si, además, uno se enreda con la de la secretaria del despacho de Adolfo Suárez, tanto mejor. Tanto mejor para el enredo, se entiende, y pudiera también serlo para el ministro si las cosas a su vez no se enredaran durante esa prometedora noche.
En fin, uno se puede divertir mucho viendo a Pedro Osinaga hacer de ministro socialista en una situación que no resulta inverosímil entre ministros, sean británicos o españoles.
De la comedia de Cooney se desprende la sabia moraleja de que los ministros no deben acudir al Palace, el hotel vecino. También se deduce que deben guardarse las espaldas cuando les tiente la insinuante figura de la secretaria de turno de Adolfo Suárez. No es que ellas pretendan engañarles para descubrir, mediante artes licenciosas, secretos de Estado, ni cosas así. Es que sus maridos son celosos, y no se conforman fácilmente. También hay que contar con que los secretarios de los ministros del Gobierno, a pesar de su aparente inocencia, tienen un oculto atractivo que sólo damas muy perspicaces, como las propias esposas de los ministros, sabrían desvelar. Con personajes así, todo se complica. Y si, además, se cuenta con que el director del hotel está tan lleno de obsequiosidad como de inoportunidad, y los botones son unos pelmazos calculadores de propinas, entonces la complicación degenera en lío y el lío en caos general.
Otra moraleja: si a un ministro se le pilla in fraganti lo menos aconsejable es que dé explicaciones mentirosas. Una mentira inicial arrastra otra, y ésta otra nueva, hasta que el ejercicio de la mentira se convierte en una disparatada acumulación de disparates. El enredo se hace tan monumental que amenaza con que de un momento a otro pueda aparecer Felipe González en persona para entenderse del lío del ministro desatendiéndose del debate de la Cámara. Pero el ministro está en el Palace de Madrid, no en el de Angola, y ya es sabido que, cuando se trata de cuestiones de Estado, es mucho más apremiante la corrupción de fuera que la de dentro.
En fin, uno se puede divertir mucho viendo a Pedro Osinaga hacer de ministro socialista en una situación que no resulta inverosímil entre ministros, sean británicos o españoles, conservadores o socialistas. Osinaga es un actor eficaz, no más gesticulante de lo necesario ni tan sobrio que favorezca la inhibición de la hilaridad en el público. Los hay que podrían obtener más partido de este personaje, pero Osinaga resulta más que suficiente. También lo es Manolito Díaz, en su papel de «Ricardo», el secretario de despacho del ministro. Los demás bajan bastante de estos dos principales, pero sin que desmerezcan de lo que se les pide para que la comedia resulte tan divertida como debe. Además se cuenta con la silueta soberbia, más resaltada cuanto menores son los paños, de Eva Sola y de Silvia Gambino. Claro que desde que los políticos se vuelven a casar con jóvenes letradas de las Cortes y las secretarias de los presidentes pueden con el tiempo llegar a convertirse en eurodiputadas, los encantos de la imitación no superan, a lo más igualan, a los de la realidad.
La escena funciona. El vodevil consigue transformarse en disparate merced a la desenvoltura de su propio mecanismo lógico. Tal es el destino del vodevil. En el segundo acto los hilos, por demasiado cruzados, parecen írsele de las manos al escritor pero, al cabo, las aguas vuelven a sus cauces, después de una noche fatigosa en la que el ministro ha hecho un corte de mangas al Palacio del Congreso. Eso no es el desenlace que cabe esperar cuando un ministro prefiere la secretaria del líder de la oposición a un debate parlamentario. Pero nadie ignora que la realidad todavía supera a la ficción.