Expo 92: entre el temor y la esperanza

Ignacio Romero de Solís

El fracaso de la Exposición Iberoamericana de 1929 está muy presente en la opinión ilustrada sevillana. Es cierto que aquella gran ocasión fue desaprovechada debido a la convergencia de múltiples y diferentes factores. En primer lugar, el ambicioso certamen tuvo la desgracia histórica de coincidir con la Gran Depresión, la mayor crisis económica que se ha conocido; Europa no había restañado aún las profundas heridas sufridas durante una cruelísima guerra, Francia y el Reino Unido —las potencias vencedoras— habían caído en un estado de postración, Alemania atravesaba una situación desesperada que no auguraba nada bueno, el imperio ruso desmembrado y sometido al experimento bolchevique aportaba inquietudes añadidas y restaba posibilidades en el plano de los intercambios comerciales.

Por otra parte, la situación nacional no era mucho mejor que la internacional: la dictadura primorriverista, impulsora del proyecto, había agotado sus posibilidades y la Monarquía de la Restauración salía desprestigiada y herida mortalmente de la experiencia.

Tampoco Sevilla reunía las mejores condiciones para favorecer el proyecto; pese a contar con algunas importantes industrias para aquella época, la capital andaluza era, por entonces, principalmente una gran población rural cuyas clases dirigentes miraban al agro y carente de una clase empresarial con visión de futuro.

Con tan poderosos y negativos condicionantes era muy difícil que la Exposición del 29 cubriera sus objetivos y sirviera para transformar a Sevilla, sacándola del marasmo en que desde hacía siglos se encontraba.

Con tan poderosos y negativos condicionantes era muy difícil que la Exposición del 29 cubriera sus objetivos y sirviera para transformar a Sevilla, sacándola del marasmo en que desde hacía siglos se encontraba. El certamen, por otra parte, dejó una enorme deuda que durante décadas redujo drásticamente las posibilidades de acción municipal. No obstante, a pesar de ese balance económico muy negativo, la capital andaluza tiene contraída una enorme deuda urbanística —en esta ocasión de gratitud— con quienes proyectaron y, en buena parte, realizaron aquella Exposición. Importantes monumentos fueron levantados, espléndidos jardines realizados, amplísimas avenidas y espaciosas calles abiertas; se construyeron los más modernos y lujosos hoteles de la época, maravillosos teatros, racionales barriadas, etc.

Buenas perspectivas

No parece que antes de que la Expo-92 abra sus puertas quepan conjeturas tan negras; y no creo que, cuando concluya, se pueda hacer un balance semejante. En primer lugar, España no se encuentra en el último tramo de un régimen político agotado y desprestigiado; más bien todo lo contrario: la Corona goza de un gran prestigio fuera de nuestras fronteras, desconocido para nuestro país desde hace más de dos siglos, y asimismo cuenta con un respaldo popular muy sólido de fronteras adentro. El Gobierno socialista que preside Felipe González, pese al inevitable desgaste que producen diez años de poder indiscutido, conserva aún un importante caudal político. Lo único preocupante en el plano nacional es la amenaza indiscriminada de un atentado terrorista, peligro real y del que son muy conscientes nuestros gobernantes, que han adoptado todas las medidas humanamente posibles para impedirlo y que solamente podrían ser mucho más eficaces si contaran con la comprensión y la colaboración activa de toda la población.

Es cierto que el mundo occidental está atravesando una fuerte crisis económica, pero no menos cierto es que los países de Europa Occidental llevan en paz casi cincuenta años y jamás habían alcanzado un estado de prosperidad y bienestar tan grandes como en el presente, y que las corrientes turísticas en modo alguno son comparables con las existentes a comienzos del siglo. Y particularmente, por lo que se refiere a Europa, esos intercambios forman parte del proceso de integración económica y cultural del pequeño continente.

Sevilla sigue careciendo, exactamente igual que a comienzos de siglo, de una importante clase empresarial, pero ha dejado de ser una gran población rural para convertirse en un importante centro administrativo y cultural, con una presencia en la vida nacional muy superior a la de otras capitales de población similar o incluso superior.

Y desde un punto de vista de la incidencia de la muestra sobre el ordenamiento urbano de la ciudad, quienes han diseñado la Expo-92 no han tenido la voluntad de protagonismo que quienes concibieron la Exposición del 29. Conscientemente se han apartado de la vieja y bella ciudad monumental para levantar a «extramuros» —me tomo esta licencia terminológica— una disparatada y fantasiosa arquitectura —afortunadamente efímera en una buena parte—, en los campos desolados que, hasta hace poco, rodeaban al monasterio de la Cartuja.

Con ello no quiero decir que haya que minusvalorar el legado urbanístico de la Expo-92, pero las cicatrices que por dicho motivo dejará inevitablemente el certamen serán bastante reducidas. De todos modos, el impacto ya puede apreciarse como considerable: la ciudad ha recuperado varios kilómetros de fachada al río, que anteriormente le habían sido arrebatados por el tendido del ferrocarril. La Expo ha impulsado además una serie de grandes obras públicas que con ocasión del certamen se han podido realizar en un escaso período de tiempo: levantamiento del dogal ferroviario que tenía constreñido el desarrollo urbano y dividida la ciudad; la construcción de la espléndida estación de Santa Justa, el tren de alta velocidad, la ampliación de la terminal del aeropuerto de San Pablo; la construcción de varios puentes sobre el Guadalquivir —algunos de una extraordinaria belleza—, las nuevas rondas exteriores, un teatro de ópera y la restauración de numerosos e importantes monumentos en la ciudad.

Panorama económico

En el aspecto más concretamente económico, o con una fuerte incidencia en la economía, Sevilla se ha dotado de una espléndida infraestructura de comunicaciones y de hostelería que le van a permitir ponerse a la cabeza del país en el turismo del futuro. El turismo, en su más amplia acepción, es la principal actividad económica de nuestro país, y más que una crisis económica del sector, de lo que hay que hablar es de la crisis de un modelo, el del sol y playa en el que básicamente se sustentaba. Ahora lo que urgentemente se impone es un cambio de modelo, impulsando un turismo de congresos, un turismo estrechamente relacionado con una oferta cultural o deportiva. En este sentido, tras el lanzamiento mundial que va a tener Sevilla gracias a la Expo-92, la reconversión del turismo andaluz y particularmente del área de influencia sevillana va a resultar mucho más factible. Desde este punto de vista la influencia de la Expo será determinante, extraordinariamente positiva.

Ya durante estos años, durante los cuales se ha pasado de los planes a las realizaciones, la enorme inversión que ha supuesto la Expo ha reducido el alcance de la crisis económica en el área, aunque también ha traído consigo efectos secundarios menos deseables: encarecimiento de la construcción, expectativas exageradas, elevación de los alquileres, molestias para los habitantes de la zona y, en general, un notable encarecimiento de la vida; durante estos últimos años Sevilla se ha convertido en una ciudad insegura, cara e incómoda, en buena parte debido a la incidencia de la Expo.

A menos que se produzcan catástrofes, hoy por hoy imprevisibles, en el mundo o en nuestro país, la Expo-92 será un éxito en cuanto a número de países y empresas participantes como de visitantes. Gracias a ello, en mi opinión, se podrán amortizar la mayor parte de las inversiones previstas y posiblemente Europa y el mundo podrán conocer las noches de verano más festivas, espectaculares y divertidas que probablemente jamás haya conocido la humanidad desde los tiempos de Roma, y por supuesto mucho menos sanguinarias. Si esto sucede, como espero y deseo, ya es mucho lo que la Expo ha aportado para la promoción de la imagen de España y de Sevilla en el mundo, promoción de la que se derivarán enormes posibilidades nacionales, regionales y locales.

A menos que se produzcan catástrofes, hoy por hoy imprevisibles, en el mundo o en nuestro país, la Expo-92 será un éxito en cuanto a número de países, de empresas participantes y de visitantes.

Pero sería una lástima y un despilfarro que el balance económico de la Expo acabara con un déficit cero —lo que sería sin duda un enorme éxito— y que no se aprovechara inmediatamente esa infraestructura privilegiada que quedará en el enorme espacio de La Cartuja, una vez que se desmonten los pabellones efímeros. Esas más de doscientas hectáreas de modernos edificios, avenidas, jardines, espacios abiertos y, sobre todo, una extraordinaria y modernísima red de comunicaciones constituyen el suelo urbano probablemente más valioso que existe en nuestro país, y que, en buena lógica, habría que aprovechar al máximo. Para ello se ha puesto en marcha el llamado plan Cartuja-93, que en líneas esenciales consiste en la instalación, una vez amortizado el recinto de la Expo como espacio expositivo, de un parque tecnológico en el que no solamente se puedan llevar a cabo investigaciones en sectores punta, sino que facilite la modernización de la economía andaluza y que atraiga investigadores extranjeros.

Este proyecto, que persigue la rentabilización futura de la enorme inversión llevada a cabo en la isleta fluvial de La Cartuja, es la mayor esperanza de progreso, pero al mismo tiempo constituye un reto lleno de dificultades. Hoy día, gracias a las comunicaciones, muchas empresas pueden elegir para su sede o para su centro donde llevar a cabo investigaciones un lugar en un área de clima agradable y con un entorno cultural rico, atractivo y motivador, con lugares adecuados para poder practicar los deportes favoritos y donde los hijos puedan recibir una esmerada educación. En este sentido Sevilla y el proyecto Cartuja-93 cuentan con una buena base de partida, pero tendrá serios rivales, comenzando por el parque tecnológico de Málaga, que además de contar con un fuerte apoyo institucional tiene el atractivo añadido de una costa que ha sido durante las últimas décadas un fuerte polo de atracción para los pueblos nórdicos. Pero ese proyecto de Cartuja-93, en muchos aspectos en ciernes y sin definir, aunque sería el remate deseable de la Expo-92, en realidad se trata ya de otro proyecto y es aún muy temprano para analizarlo.

SUPERFICIOS CONSTRUIDAS

ConceptoSuperficie
Pabellones de participantes369.497 m²
Pabellones temáticos47.819 m²
Edificios espectáculos y deportes38.530 m²
Edificios de servicios106.554 m²
Servicios generales68.872 m²
Transportes21.863 m²
Total653.135 m²
Total construido por la organización320.000 m²

INFRAESTRUCTURAS, DATOS BÁSICOS

Conducciones agua de riego54 km
Conducciones agua potable20 km
Conducciones eléctricas626 km
Conductos red de telecomunicaciones350 km

Sobre estas infraestructuras ha crecido el recinto de la Exposición Universal, urbanizado en torno a un gran eje de 2,3 km de longitud: el Camino de los Descubrimientos, que recorre la isla de la Cartuja de norte a sur y que delimita, básicamente, cuatro zonas: Zona Internacional, Zona del Lago, Camino de los Descubrimientos y Zona Sur.

Además de estas zonas, el recinto cuenta, en el extremo oeste, con un área de servicios de 50.000 m² de superficie construida.