Las exposiciones universales

Javier Paredes

Desde el Renacimiento, una fuerza profunda empujaba la historia de los hombres y les impelía a desbordar los estrechos límites geopolíticos en los que hasta entonces venían desarrollando su actividad. Fue en el ocaso de los siglos medievales cuando comenzó a tomar cuerpo la idea de una república europea de las artes y las letras. El discurrir del tiempo consolidó la universalidad como característica del mundo contemporáneo, que iba a desplazar a los mundos del Antiguo Régimen, separados e incomunicados entre sí.

Por otra parte, viene siendo un lugar común de todos los tratados de Historia Contemporánea colocar la Revolución Industrial en el vestíbulo por el que se penetra a ese gran edificio de los tiempos modernos. Se quiere significar así que la técnica se instala como uno de los goznes sobre los que giran los dos últimos siglos.

Por todo ello no es de extrañar que, antes de 1851, fecha en la que se celebró la primera Exposición Universal en Londres, se detecten toda una serie de iniciativas que en su conjunto pueden ser consideradas como la prehistoria de las «Expos». Y es que junto a las naturales exigencias publicitarias del mercado, que obligaban a dar a conocer a un mayor número de personas los nuevos ingenios mecánicos, concurría la imperiosa necesidad de llenar el vacío que había dejado el individualismo radical, al negar la existencia de una naturaleza común para todos los hombres.

Ese torpe voluntarismo usurpaba a la persona humana su mayor dignidad, como era su condición de criatura, dependiente por lo tanto de su Creador. Rechazada esa ley común, se negaban los nexos que habían permitido hasta entonces hablar del género humano. Por paradoja, ese romo voluntarismo, que se negaba a admitir la existencia de un Padre común, puso el énfasis en la hermandad y la fraternidad de todos los hombres. En consecuencia, fue obligado a buscar padres adoptivos que acogiesen aquel lamentable y universal abandono.

El recurso al Estado, como padre espúrio, fue inmediato, constituido desde entonces como el Gran Bastardo de nuestra historia reciente. Hubo, no obstante, mentes menos crueles que propusieron otras paternidades más llevaderas y buscaron refugio en la industria. A juzgar por los discursos pronunciados en los certámenes internacionales a los que nos venimos refiriendo, la industria, la técnica, el progreso material en suma, se proponían como la gran matriz de alquiler que permitía la transformación del vecino en hermano.

La prehistoria de las «Expos»

Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial, fue el país que tomó la iniciativa de convocar ese tipo de reuniones internacionales. Desde 1757 se detectan los primeros escarceos, debidos a la Sociedad para el Fomento de las Artes, las Manufacturas y el Comercio de Londres. Años después, en 1791, se celebraba en Praga la primera Exposición Industrial. En 1798 se dieron cita en París 110 expositores.

Entre los antecedentes de las Exposiciones se puede citar a la Sociedad para el Fomento de las Artes, las Manufacturas y el Comercio de Londres, así como la Exposición Industrial de Praga en 1791, o los 110 expositores que se dieron cita en París en 1798.

El éxito inicial animó a Napoleón a apoyar este tipo de celebraciones, muy en consonancia con su proyecto político de establecer en Europa una república universal, naturalmente regida por su mano. Así, durante el Consulado y el Imperio cuajó el propósito de organizar ferias internacionales, no sólo en Francia, sino también de todas aquellas naciones donde los fusiles le habían dado la razón.

La caída y el destierro del militar corso dio paso a la Europa de los Congresos, y la hegemonía se trasladó de París a Viena, que se constituyó en el guardián del nuevo orden internacional. Las reuniones políticas, en las que se regulaban las relaciones exteriores de los países, se vieron reforzadas por una variada gama de manifestaciones internacionales, que iban desde las comisiones fluviales, pasando por organizaciones médicas pluriestatales, hasta los certámenes y muestras de productos manufacturados.

Y en este sentido hay que mencionar las exposiciones internacionales celebradas en Gante (1820), Tournai (1824), Harlem (1825), además de las que tuvieron lugar en ciudades de Rusia (1829), Alemania (1834), Austria (1835) y Francia (1844).

De este modo se fue configurando el modo de proceder. En principio había que situar a los expositores y agruparlos según la mercancía aportada y los países de procedencia. Ello obligaba a realizar toda una serie de construcciones espaciosas que dieran acogida a las muestras y capaces de recibir a los numerosos visitantes que acudían a la ciudad del certamen. Fue así como se remodelaron los cascos urbanos de las sedes de las Expos, puesto que los nuevos edificios se debían construir dentro del viejo plano, o al menos en sus bordes. Naturalmente, por prestigio, el resto de la ciudad se «arreglaba», en la medida de lo posible, con el fin de ofrecer la mejor fachada a cuantos turistas allí se daban cita.

En los salones de aquellos edificios se podían contemplar los productos y herramientas que la tecnología y el esfuerzo de cada país eran capaces de aportar. El visitante tenía la oportunidad de observar el último grito en máquinas de vapor, telares de hilar y tejer, ingenios para la elaboración del azúcar, instrumental médico, prensas para la edición de libros, así como bombas de agua y maquinaria para la agricultura… Aquellos auténticos progresistas, los bisabuelos de nuestros bisabuelos, ciegos creyentes del progreso, tenían la posibilidad de dar rienda suelta a su entusiasmo y a su admiración ante los últimos avances de la técnica que el hombre podía utilizar para dominar la Naturaleza.

Las exposiciones modernas

Como ya se dijo, en 1851 se celebró la primera Exposición Universal en Londres, concretamente en el Palacio de Cristal, que se construyó en Hyde Park. Aquel edificio constituyó una auténtica conmoción arquitectónica. Tenía una longitud de 564 metros y una superficie de 72.000 metros cuadrados. A excepción del pavimento y de las vigas, todo el resto era de cristal.

Previamente, había sido convocado un concurso internacional, al que concurrieron más de trescientos aspirantes con sus respectivos proyectos arquitectónicos. Sin embargo, ninguno de ellos se hizo realidad. La obra se encomendó al ingeniero Joseph Paxton, especialista en invernaderos, que en seis meses dio remate a tan gigantesco pabellón. Y bien podría motejarse aquella reunión como la exposición de los seises, pues durante los otros seis meses que permaneció abierta al público transitaron por aquellas dependencias seis millones de personas.

A la de Londres siguieron las exposiciones de Nueva York (1853), Munich (1854) y París (1855), que volvió a repetir la experiencia en 1867. Más tarde se continuaron en Viena (1873), Filadelfia (1876), Sydney (1879) y Melbourne (1880). En fin, por no prolongar la lista hasta el cansancio, limitaremos nuestras referencias a la única que tuvo lugar en España, la de Barcelona de 1888.

De ella son de sobra conocidos muchos detalles, así como su envoltura histórica, descrita por más de un estudioso. No obstante, el paso de los años borra el recuerdo de algunos acontecimientos, como que la presidencia del acto inaugural estuviera ocupada por un bebé, sentado en un suntuoso sillón. Naturalmente el regio niño era Alfonso XIII, que llevaba un traje blanco y un sombrero del mismo color con plumas. Las fotos de la época son todo un testimonio. El rey hizo su entrada en brazos de su ama, rodeado por los Guardias alabarderos, mientras sonaban los acordes de la Marcha Real. Le sentaron en el sillón, donde dicen las crónicas que permaneció durante todo el tiempo del acto, a excepción de un breve intervalo en el que el ama tuvo que sacarle del salón de fiestas del Palacio de Bellas Artes de Barcelona, donde se celebraba la inauguración el día 20 de mayo.

Rius y Tauler, alcalde de Barcelona, abrió la serie de discursos con estas palabras: «¡Bendita mil veces sea la paz! Merced a la benéfica influencia de ese valioso don del cielo, que llena de tranquilidad y de reposo al espíritu, e inunda de inefable gozo el corazón, florecen las Ciencias, prosperan las Artes, crece la Agricultura, se desarrolla la Industria, se extiende el Comercio, avanzan las naciones con paso firme y seguro por la senda del Progreso, y se celebran esas grandes solemnidades del trabajo universal, honra del siglo en que vivimos, que tanto contribuyen a establecer y estrechar vínculos de fraternidad entre todos los pueblos».

Las mayúsculas del párrafo anterior son todas ellas propiedad de aquel alcalde catalán. De esto hace ya más de cien años.