Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productos1 Dic 1991 - 9min.
Sí, es cierto que que en el transcurrir de los últimos siglos, esa etapa que conocemos por el nombre de Edad Contemporánea, el mundo ha sufrido un proceso de unificación. Así pues, es más propio de los siglos anteriores hablar de la coexistencia de unos mundos separados, y hasta en algunos casos de mundos ignorados entre sí.
La universalidad y la instantaneidad de los acontecimientos históricos del mundo actual es una realidad, facilitada por la revolución de las comunicaciones, de manera que en nuestros días se puede hablar, con toda propiedad, de una economía mundial, de una política mundial y de guerras y armas mundiales. La economía, la política o la guerra han dejado de ser fenómenos localizados o circunscritos a un área geográfica determinada para afectar, dependiendo de su importancia, a todo el planeta.
Por tanto, Macluhan tenía razón al afirmar que el mundo se había convertido en una aldea, pero se le escapaba una parte de la realidad, al no percatarse de que esa aldea estaba poblada de aldeanos. Su despiste se debe a haber analizado las relaciones humanas sólo desde el prisma de la comunicación. Desde la historia, las cosas se ven con más complejidad. El estudio de las relaciones internacionales, por su parte, enseña las enormes dificultades que existen para ponerse de acuerdo en esa aldea; y el que por pequeño que sea el ámbito de esa relación, la estabilidad sólo se puede conseguir si existe un deseo común de ponerse de acuerdo y si además se cuenta con un código con el que poder entenderse. Pues bien, con estos dos ejes la necesidad y a la vez la dificultad de entenderse se puede comprender el desarrollo de las conferencias internacionales del mundo contemporáneo, desde la primera de ellas, celebrada en Viena en 1815, hasta la última, que ha tenido lugar en Madrid.
La expansión de la Revolución Francesa por toda Europa, debida sobre todo a la acción de los ejércitos napoleónicos, había trastocado el orden prerrevolucionario en el Viejo Continente. En consecuencia, tras la derrota del emperador francés, las potencias europeas enviaron sus representantes a la capital del Imperio Austriaco, para organizar un nuevo sistema europeo.
Tras la derrota del emperador francés, las potencias europeas enviaron representantes a la capital del Imperio Austriaco, para organizar un nuevo sistema europeo.
A Viena acudieron el zar Alejandro de Rusia, el rey de Prusia, los monarcas de Dinamarca y Baviera, que fueron recibidos por el emperador de Austria, Francisco I, anfitrión de tan ilustres visitantes. Además, allí se encontraron los políticos más sobresalientes del momento: Nesselrode por Rusia, Castlereagh por Inglaterra, Talleyrand por Francia, el cardenal Consalvi, secretario de Estado del Papa Czartorysky por Polonia, el griego Capo d’Istria, el canciller prusiano Hardenberg, que incluyó en su delegación al renombrado geógrafo Guillermo Humboldt. Naturalmente, Austria estaba representada por Metternich. Por su parte, el rey de España, Fernando VII, envió a la reunión al marqués de Labrador.
Las conversaciones de los asistentes se canalizaron a través de los diez comités independientes que a tal efecto se crearon, por desconfiar de la eficacia de las sesiones plenarias, de modo que la única asamblea general que hubo tuvo como objeto firmar el acta del Congreso, el 9 de junio de 1815. Ahora bien, las decisiones importantes se tomaron al margen del Congreso por los representantes de los Estados que integraban la Cuádruple Alianza: Rusia, Austria, Prusia y Gran Bretaña.
En Viena se dibujó un nuevo mapa europeo, que si bien rectificaba las fronteras trazadas por la Revolución, no pudo «restaurar» los límites de los Estados del Antiguo Régimen. Además se intentó garantizar un equilibrio estable para Europa, que pretendía asentarse sobre el principio de la legitimidad.
Metternich se erigió en el constructor de la nueva Europa, apoyado por los integrantes de la Alianza, rectora en realidad del discurrir político europeo, durante casi dos décadas. Y para facilitar el seguimiento de lo acordado en Viena, se fijó la celebración de una serie de conferencias en un futuro, que iban a marcar toda una época, conocida como «la Europa de los Congresos».
El principio de equilibrio propugnado por el Congreso de Viena se mantuvo vigente, al menos en líneas generales, hasta 1870. Es decir, el statu quo europeo permaneció inalterable mucho tiempo después de que desapareciera el sistema de Metternich. Si esto fue posible se debe a una serie de causas muy distintas, pero convergentes en apuntalar dicho equilibrio, alguna de las cuales poco o nada tenía que ver con las conversaciones de Viena.
Es un lugar común afirmar que en la confección del mapa de Viena apenas se tuvo en cuenta una de las fuerzas que había derrotado a Napoleón, como fue el nacionalismo. Y en efecto, en el mapa de la Restauración se mantuvieron Estados plurinacionales en los que surgirían movimientos nacionalistas disgregadores, y a la vez que no acertó a ver la realidad nacional, dispersa en otros casos, lo que por su parte propiciaría el nacimiento de nuevos Estados por integración de diversos territorios, como fue el caso del nacimiento del reino de Italia.
Pues bien, con ciertas excepciones, debidas a la independencia de Bélgica y Grecia, el mapa de Viena apenas sufrió variaciones hasta la aparición de las nuevas realidades nacionales de Alemania e Italia. Y es que durante todas estas décadas románticas se impuso el concepto hegeliano de Estado, en la más pura y brutal continuidad hobbesiana, sobre la idea de una comunidad internacional. El Estado-nación, como Leviatán perfecto, se consuma en sí mismo, sin pretensiones por tanto sobre el exterior. El Estado-nación venía a sustituir a la idea patrimonial que del Estado tenían las monarquías absolutas. «Las guerras se afirmaba por entonces son cosas de reyes». Había llegado por tanto el momento para los políticos de dejar de lado las preocupaciones internacionales, para mirar en exclusiva hacia el interior, máxime en unos momentos en que había que construir de la nada un nuevo Estado que sustituyera al del Antiguo Régimen.
Así las cosas, hasta 1870 no sufrió variaciones importantes el mapa de Europa, tras surgir dos Estados nuevos, y uno de ellos por cierto muy poderoso como el alemán. Por otra parte, al ritmo del avance económico y tecnológico, de entre las potencias —Estados con capacidad de influencia europea— emergieron las «superpotencias», naciones que ampliaron su influjo hasta dimensiones planetarias, por su riqueza económica, por su empuje demográfico y su capacidad militar. Trilogía a la que se podía unir un rasgo más, como característica de prestigio internacional: el número de colonias que se poseyera fuera de Europa.
En tales circunstancias se impuso el sistema de Bismarck, conocido en los tratados de relaciones internacionales como «balanza de poderes». La ética o la ideología dejaban paso a criterios positivistas como elementos rectores de la política exterior: «Tanto pesas, tanto vales». En consecuencia, y de acuerdo con estos criterios, Alemania fue reconocida como la primera potencia continental europea, hecho aceptado por Inglaterra, a la que se concedió el reconocimiento de primera potencia marítima.
Sólo desde esta filosofía se entiende el desarrollo de la Conferencia de Berlín de 1885, donde las potencias colonizadoras trataron de arreglar sus desavenencias, surgidas en la conquista de África. En esta reunión el Derecho internacional cedió ante la ley del más fuerte. Sólo quien tuviera capacidad para colonizar tenía el «derecho», aunque no le asistiera el Derecho o no hubiera descubierto o explorado esas tierras.
Fueron años de paz, en los que, salvo algunos acontecimientos aislados, se mantuvo un cierto equilibrio europeo, me diante una estrategia disuasoria. Son las décadas de la Paz Armada, en las que recobró pleno valor el lema de los antiguos romanos: «Si vis pacem, para bellum». Y el militarismo impregnó a la sociedad civil, que llegó a aceptar que la mejor garantía de paz era llenar los arsenales del estado de armamentos.
Y ciertamente, en paz discurrió el tránsito del siglo XIX al XX, mientras el mundo real se ensanchaba por los últimos descubrimientos, a la vez que sus medidas, psicológicamente, se acortaban por el avance de las comunicaciones. A finales de siglo se palpaba lo que podía ser una civililzación planetaria. Por entonces se podía cruzar el Atlántico en una semana, era posible atravesar Europa, desde Moscú a París, en tres días, y los mensajes telegráficos podían dar una vuelta completa al mundo en menos de un cuarto de hora. Surgieron por doquier orvariablemente se apellidaban «Universal», como la Unión Telegráfica Universal (1875) o la Unión Postal Universal (1878), y, naturalmente, también entonces se organizaban exposiciones «universales», en años y ciudades diferentes. Incluso el barón de Coubertin reinventó las Olimpiadas en 1896, citas en las que las naciones, arrinconadas las armas, competirían deportivamente.
La guerra parecía recuerdo de un pasado muy lejano. En 1907 se reunió en La Haya la Conferencia Mundial de la Paz, promovida por Nicolás II de Rusia y el presidente de los Estados Unidos, Teodoro Roosevelt. En esta ocasión los representantes de 44 países, buena parte de los que entonces existían, firmaron un documento por el que desterraban la guerra y encomendaron al Tribunal Internacional de La Haya el arreglo de los conflictos entre potencias. cidieron volver a reunirse de nuevo y en la misma ciudad en 1915. Como es sabido, la cita se quedó en proyecto, porque desde un año antes esas mismas potencias se habían enzarzado en la guerra más absurda y cruel que hasta entonces había conocido la Humanidad.
En el primer semestre de 1919 se celebró la Conferencia de Paz de París, que trató de restablecer el orden internacional, tras ser derrotados los imperios centrales en la I Guerra Mundial. Dicha reunión dio origen al sistema de Versalles, del que conviene destacar dos aspectos, como la fundación de la Sociedad de Naciones (1920-1946) y la restauración del mapa europeo. Esta última tarea se lleva a cabo en otras tantas reuniones distintas con cada uno de los países vencidos, por separado: Tratado de Versalles con Alemania (28-VI-1919), Tratado de Saint Germain con Austria (10-X-1919), Tratado de Neuilly con Bulgaria (27-XI-1990), Tratado de Trianon con Hungría (4-VI-1920) y Tratado de Sèvres con Turquía (11-VIII-1920).
Desaparecen así los grandes imperios europeos, el alemán y el austro-húngaro. A su vez, el imperio ruso sucumbe también, tras el golpe de Estado de Lenin. Y surge una nueva Europa, sustentada bajo el principio de las nacionalidades, que, de acuerdo con él, reestructura antiguos Estados como el de Polonia, o crea otros nuevos como las Repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania), Checoslovaquia o Yugoslavia.
Las conferencias internacionales del período de entreguerras es la historia de la debilidad de las democracias frente al brutal empuje de los totalitarismos. Felipe González durante su intervención que culminan en la celebrada en Munich el 29 de septiembre de 1938. Allí se reunieron los jefes de gobierno de Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia y aceptaron la incorporación de los Sudetes al territorio nazi. Ese día Checoslovaquia, que no fue invitada a la reunión, perdió un tercio de su población y de su territorio. En marzo de 1939 perdió el resto.
Desaparecían por entonces las últimas posibilidades para sostener la paz. En la noche del 23 al 24 de agosto, nazis y comunistas celebraron una peculiar fiesta en el Kremlin, que la historia académica ha denominado «Pacto de No Agresión». Ribentrop, ministro de Asuntos Exteriores del Reich, viajó a Moscú, desde donde informó: «Me sentía como si hubiera estado entre los viejos camaradas del partido». Stalin, al brindar, afirmó que «sabía cuánto amaba a su Führer el pueblo alemán». Se dijo que el pacto anti-Komindridtern estaba dirigido sencillamente a impresionar a «los tenderos británicos». Stalin se mostró encantado al descubrir las disposiciones de los nazis. El 28 de septiembre otro nuevo pacto, denominado Tratado Germano-Soviético de Fronteras y Amistad, fijaba no sólo el reparto de Polonia, sino también de toda Europa Oriental. Los dos cómplices habían llegado a un acuerdo: eran dos mundos con los mismos métodos y, lo que es más grave, con la misma moral. El 1 de septiembre los nazis invadieron Polonia, y el día 17 hicieron otro tanto los comunistas. Había comenzado la II Guerra Mundial. Una guerra en la que hubo acuerdos, conferencias y conversaciones como las de San Francisco, Moscú, Yalta o Postdam, pero que acabó sin que se celebrase una Conferencia de Paz.