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Ver productos1 Abr 1992 - 13min.
«Estoy en Sevilla, ciudad asentada toda en una llanura a la margen izquierda del Betis (…). Se parece más a las ciudades de Italia que a las demás de España; sus calles son anchas y hermosas, pero la mayor parte de sus casas no son muy buenas, si bien hay algunos palacios que no los tienen mejores ni más bellos en toda España».
Estas líneas, entresacadas de una carta que un gentilhombre veneciano, Andrés Navagero, escribe en la primavera de 1526, ponen de relieve, pese a su brevedad, algunas de las características de la ciudad que llamaban la atención de los forasteros: la magnificencia de ciertas construcciones en primer lugar; aunque apenas esbozado, también los fuertes contrastes sociales; pero sobre todo ese aire especial, en nada semejante a las pobres y polvorientas urbes castellanas que, a falta de mejor comparación, se traduce aquí por espíritu italiano.
Bien mirado, algo del lujo genovés o veneciano tenía en efecto aquella Sevilla renacentista que empezaba a disfrutar de sus primeros días de esplendor. No es sin embargo hasta la segunda mitad del siglo cuando se dejan sentir verdaderamente todos los beneficios —económicos, administrativos y políticos— del comercio con América. Por lo pronto el número de sus habitantes se duplica, llegando a superar los ciento treinta mil. No sólo en población, sino en volumen comercial, riqueza en definitiva, es con mucho la primera ciudad de España. También, una de las cuatro o cinco más importantes de Occidente.
No sólo en población, sino en volumen comercial, riqueza en definitiva, la Sevilla del XVI es con mucho la primera ciudad de España. También, una de las cuatro o cinco más importantes de Occidente.
Es verdad que Sevilla no alberga la corte más poderosa de Europa pero, como reconocen todos, gobierna en cambio un mundo. Más aún, y aún más exacto, se ha convertido en la primera ciudad de España. También, una de las cuatro o cinco más importantes de Occidente.
En el Arenal —espacio físico y también título de la comedia de Lope de Vega— se descarga el azúcar, el cacao y, sobre todo, las míticas riquezas de las Indias, las piedras preciosas, los lingotes de oro y plata…; pero también se cargan, con destino a las lejanas tierras, los más variados productos: tafetanes, brocados y todo tipo de sedas y paños finos; vinos, aceite, harinas, velas y otros comestibles; libros —revisados por el Santo Oficio—; jabones, cristales, maderas, toda clase de herramientas y así hasta una lista interminable de productos provenientes de todos los rincones de Europa, desde Escandinavia, los importantes centros comerciales de Lübeck, Hamburgo o las ciudades hanseáticas del Báltico, hasta las más cercanas regiones francesas o el próspero Norte italiano, sin olvidar zonas tan diversas como Bohemia, Holanda o Escocia.
En contra de lo que esa relación sugiere para la mentalidad actual, la actividad comercial no lleva un tempo uniforme: los galeones salen hacia Veracruz (México) o Portobelo (Panamá) sólo dos veces al año; bien es verdad que, como parten flotas enteras y nunca un solo navío, el proceso de carga se dilata cuatro y cinco meses. Pero el frenesí se produce en el momento en que se anuncia la arribada de los barcos procedentes de América. Son tantos los peligros, desde los piratas ingleses que incluso llegan a las puertas de Cádiz hasta accidentes naturales como la famosa barra de Sanlúcar, que nunca se puede estar seguro acerca del destino de su carga. Ello forja unas expectativas extremas, desde el enriquecimiento súbito hasta la quiebra absoluta.
La combinación de esos factores —altísimo riesgo y valor inmenso de la mercancía— crea en Sevilla, como en otros centros comerciales de la época, una mentalidad sui generis, que la evolución de los acontecimientos contribuirá a reforzar. Si se admite la estilización que supone atribuir a toda una ciudad, en un momento histórico, determinados caracteres, diríamos que se trata de una actitud distante, cuando no desconfiada o simplemente refractaria a las actividades mercantiles, complementada con una visión peculiar del destino, que en un principio tiene fuertes connotaciones hedonistas —rechazo de las inversiones, tendencia a la ostentación, disfrute en suma de los placeres del momento—, pero que pronto deriva hacia posiciones que refuerzan un sentimiento trágico de la vida, como se pone de manifiesto en la religiosidad barroca.
Al contrario de lo que venía sucediendo en las prósperas ciudades comerciales del Occidente europeo ya desde el siglo XIII, no se crea en Sevilla una burguesía autóctona y unas estructuras económicas estables que permitan a la ciudad beneficiarse de su privilegiada posición. Sólo una pequeña parte de la riqueza se queda a orillas del Guadalquivir, y en buena medida en manos extranjeras —flamencos, genoveses, franceses—; aún hoy subsiste la calle de éstos últimos, Francos, en lo que era el centro comercial. En contrapartida, muchos de ellos terminan integrándose en el tejido social de la ciudad, como muestra la pervivencia actual de sus apellidos en ilustres familias sevillanas. Pero hay que subrayar que la cúspide de la pirámide social, que marca el tono a seguir para el resto, está interesada, más que en los negocios, en ampliar sus dominios en el Bajo Guadalquivir y en mantener un lujoso palacio en el centro de la ciudad.
Al contrario que en las prósperas ciudades comerciales de Occidente, no se crea en Sevilla una burguesía y unas estructuras económicas que permitan a la ciudad beneficiarse de su privilegiada posición.
Si quisiéramos reconstruir el ambiente, como si de una escena cinematográfica se tratara, en torno al mencionado centro urbano —Patio de los Naranjos, Catedral, Alcázares, Lonja de Mercaderes, Casa de la Moneda…—, la característica más llamativa sería probablemente el cosmopolitismo o, dicho con más precisión, la mezcolanza social. Desde los más grandes personajes de la aristocracia española a un conjunto informe de pícaros, pordioseros y rufianes atraídos por la pregonada riqueza de la ciudad; desde damas de gran alcurnia, con joyas, aparatosos trajes y lacayos, hasta alcahuetas y prostitutas, que hallan en este río revuelto su ambiente natural; prelados tan distinguidos como los más altos señores, frailes de diversas órdenes, empleados de la burocracia real, vendedores de toda condición, hidalgos, mendigos, negociantes originarios de cualquier esquina del orbe y… numerosísimos esclavos, «moros» y «negros», más abundantes aquí que en ningún otro lugar de España —una de cuyas huellas perdura en la ciudad con la popular Cofradía de los Negritos, que sale a la calle todos los Jueves Santos—.
Todo ello se refleja evidentemente en la geografía urbana, adornada de deslumbrantes palacios y ricas iglesias, sin contar con los grandes monasterios —la ciudad del pasado, desde el Alcázar hasta la Torre del Oro—, pero también sembrada de un gran número de conventos, donde se reparte la «sopa boba», hospitales, barracas, casas destartaladas y tortuosas calles, polvorientas o enfangadas, no todas con las instalaciones ni la famosa Calle Sierpes. El Real, en la misma calle Sierpes —morada de Cervantes en dos ocasiones distintas—, cuyos inquilinos ejercían, según relata el procurador Cristóbal de Chaves, unos bárbaros métodos de iniciación a los nuevos presos.
Por razones obvias este singular microcosmos ya atrajo en su momento la atención de todo tipo de escritores, empezando por los más grandes —Cervantes, Lope, Tirso…—. La sociedad sevillana comenzó entonces a ser cantera inagotable de tipos y personajes diversos —privilegio que, por lo demás, no ha perdido completamente— o, desde una perspectiva complementaria, el marco perfecto de lances de honor y amor, convirtiéndose inevitablemente el Burlador en la figura emblemática. En el fondo, razones no muy diferentes a las que han llevado en nuestra propia época a tantos hispanistas e historiadores en general a interesarse por el mundo sevillano, en la medida en que refleja y simboliza las grandezas y miserias de nuestro Siglo de Oro.
Según uno de los más importantes estudiosos, A. Domínguez Ortiz, los destinos de Sevilla y de España entera se funden durante toda la Edad Moderna. Por eso, la decadencia de España implica la de Sevilla, «que era su porción más noble, su joyel más brillante». Si admitimos que determinados hechos, o sus correlativas fechas, entrañan desde la perspectiva histórica un valor simbólico, poco puede discutirse que 1588, con el fracaso de la «Armada Invencible», marca el comienzo de una nueva era, con una Inglaterra emergente y un Imperio español cada vez más cuarteado. En este sentido 1640 supone otro hito, pues a los ya insostenibles conflictos en medio mundo se añaden gravísimas crisis en la propia Península, con la sublevación de Cataluña y la definitiva separación de Portugal. La España del XVII, ha escrito descarnadamente John Elliott, «era una potencia imperial de pasada grandeza que quedaba reducida a una especie de segundo orden, a objeto de la mofa de Europa».
La Sevilla dorada recibe unos tenues pero inequívocos avisos en las primeras décadas del siglo XVII. Es significativo que en 1623 Diego de Silva Velázquez se traslade a Madrid, siguiendo los pasos de don Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares. Tanto para desarrollar una carrera artística como política hay que estar en la Corte. A Sevilla le queda el monopolio del comercio americano, pero las incesantes guerras, las dificultades financieras de la Corona e incluso la cada vez más irregular llegada de barcos son síntomas alarmantes. Por si fuera poco, Cádiz comienza a perfilarse en el horizonte como una rival que va a disputarle la hegemonía comercial.
A Sevilla le queda el monopolio del comercio americano, pero las incesantes guerras, las dificultades financieras de la Corona e, incluso, la cada vez más irregular llegada de barcos son síntomas alarmantes.
A perro flaco… Es curioso observar cómo, a partir de ahora, las crónicas de Sevilla nos comienzan a hablar de sucesivas catástrofes, como si éstas hubiesen permanecido hasta este período agazapadas en un recoveco de la historia. Así, en 1626 se produce una de las más impresionantes riadas del Guadalquivir: las barcas surcan las calles de la ciudad rescatando cadáveres y repartiendo víveres, según relata fray Luis de Zúñiga en un manuscrito significativamente titulado el «Diluvio de Sevilla». Peores aún son los efectos de las cíclicas oleadas de hambrunas y pestes —que, naturalmente, no se circunscriben a la ciudad—: si grave fue la de 1599-1600, la de 1649 supera todos los límites; se contabilizan sesenta mil muertos, ¡la mitad de la población! En certera y concisa expresión de P. Chaunu, tras 1649, Sevilla dejó de ser Sevilla.
No acaban ahí las desgracias, pues las décadas de los 70 y 80 traen más hambre, enfermedades y hasta temblores de tierra. Un dato suficientemente expresivo: en 1677, ante el temor de que se repita la gran peste del 49, se decide, como señal de penitencia, suspender las representaciones teatrales. No volverán a reanudarse hasta casi un siglo después. Se crea un nuevo universo mental o, mejor dicho, la hipertrofia de una actitud que ya latía años atrás: desapego de la vanidad mundana, meditación ante la muerte, piedad extrema sobre todo; una sensibilidad que se canaliza, desde el punto de vista más tangible, hacia las formas de misericordia —baste citar la labor del Hospital de la Caridad o, en general, la cantidad inmensa de dinero destinada a obras pías—. Es la Sevilla de Valdés Leal, de Martínez Montañés, del doctor Miguel de Mañara.
Corremos el riesgo, sin embargo, de cargar las tintas. Del mismo modo que en la Sevilla esplendorosa del quinientos-seiscientos una serie de claroscuros, tendríamos ahora que mencionar los aspectos vitalistas de la Sevilla barroca, expresando por sus vistosas fiestas —casi siempre celebraciones religiosas: Semana Santa, Corpus—, pletóricas de pompa y riqueza decorativa; o los magníficos monumentos, de los que no habría mejor símbolo que la pintura sacra. ¿Cómo olvidar en definitiva que ésta es también la Sevilla de Murillo, o la que se apasiona con el misterio, aún no desvelado, de la Inmaculada Concepción? A pesar de todo, seguía siendo una ciudad enormemente rica. La crisis había agudizado los contrastes sociales, pero la población era, en otro sentido, más homogénea, pues casi habían desaparecido los esclavos, del mismo modo que, al compás del tráfico comercial, iba disminuyendo progresivamente la colonia extranjera.
Si la Sevilla barroca puede enorgullecerse todavía de la grandeza de sus expresiones artísticas, la urbe que halla el nuevo siglo ha dejado ya muy atrás, en todos los aspectos, sus días de gloria. La Sevilla dieciochesca —que no ilustrada— es simplemente una ciudad de la España interior, con lo que ello supone de marginación de un país que, a fortiori, ha perdido la batuta del concierto internacional; al Estado le restan, que no es poco, grandes posesiones en América, de la misma manera que a Sevilla le quedan suculentas migajas de su pasado. Pero nadie puede llamarse a engaño; con la llegada de los Borbones se ha reforzado el papel de Madrid, a la que quieren convertir en gran capital europea. El proceso se intensificará con los proyectos ilustrados de Carlos III. Barcelona, por otro lado, va experimentando un gran crecimiento y termina sobrepasando en población a Sevilla, que queda en un discreto tercer puesto, pero con Valencia y Cádiz pisándole los talones.
Una ciudad ensimismada, piadosa, que sobre todo ha perdido el compás de los tiempos. A pesar de algunos chispazos —la Regia Sociedad Médica, la labor de reformadores aislados: Pablo de Olavide, Antonio de Ulloa…—, el espíritu ilustrado no llega a prender en Sevilla. Más bien lo contrario: los tímidos intentos renovadores sirven, más que nada, para encender la reacción.
Para bien o para mal, no podemos dejar de evocar la Sevilla de finales del siglo XVIII sin traer a colación las imágenes que nos ha legado Blanco White. Impresionante, por ejemplo, la descripción del ambiente de la ciudad en torno a 1800, cuando la fiebre amarilla se lleva a más de un tercio de sus ochenta mil habitantes. Imprescindible, por su lado, el retrato de costumbres y de los rasgos sobresalientes de la vida social. Pero, más allá de eso, no podemos ignorar sobre todo que sus Cartas de España aparecen en Inglaterra, ya en 1822, convirtiéndose desde su publicación en una obra clave —y por su doble vertiente anticlerical y romántica, puede decirse— en síntesis para el origen de muchas leyendas que aún hoy condicionan nuestra imagen de Sevilla.
Los personajes más diversos, como Henry David Inglis, Prosper Mérimée o Richard Ford; entre 1836 y 1840, el simpar George Borrow —«Don Jorgito, el inglés»— se patea España de cabo a rabo; en 1839 nos visita Stendhal, en 1840 Théophile Gautier… Venir a España, poblada de gitanos, salteadores y mujeres ardientes, es una aventura. La mayoría de estos viajeros se sienten en la obligación de escribir sus Memorias.
Con el romanticismo, Sevilla —ahora representativa de Andalucía, quintaesencia de lo andaluz— vuelve a ponerse de moda. Ofrece la imagen de España que los extranjeros, hastiados de racionalismo y progreso, quieren ver: un marco legendario, misterioso, en el que perdura el espíritu árabe, donde resuenan los ecos del esplendor del Siglo de Oro; un impagable vestigio del pasado, no ya sólo a nivel de callejuelas o monumentos, sino en las costumbres, en las mentalidades; y sobre todo, un lugar mágico o milagroso, donde se combinan sentimiento, instinto y dolor en dosis extremas, donde la vitalidad se encuentra a flor de piel y la sensualidad se desborda.
Con el romanticismo, Sevilla —ahora representativa de Andalucía, quintaesencia de lo andaluz— vuelve a ponerse de moda. Ofrece la imagen de España que los extranjeros, hastiados de racionalismo y progreso, quieren ver.
La Sevilla de Carmen sobrevive al fulgor romántico. Se suceden las agitaciones políticas, los pronunciamientos; pasan las Revoluciones y llega la Restauración borbónica de la mano de Cánovas, sin que bajo ningún Régimen surja una clase empresaria que dinamice la vida de la ciudad. Si España va perdiendo peligrosamente el tren del progreso respecto a otros países del Occidente europeo, Sevilla a su vez va perdiendo su oportunidad en relación al conjunto español. Lo normal es que políticos e intelectuales sevillanos, si quieren hacer carrera, escapen hacia Madrid. Eso sí, la ciudad se complace en asemejarse cada vez más al retrato que le han hecho sus visitantes, de tal modo que el estereotipo corre peligro de hacerse realidad.
Obedeciendo al mismo impulso que sus compatriotas románticos, llega Gerald Brenan a Andalucía. En 1923 visita Sevilla, encontrando «un paraíso terrenal donde el aire que uno respiraba parecía estar hecho de alegría y felicidad». Pervive en su descripción la Sevilla del flamenco, del amor fácil, de la fiesta y la despreocupación. Sin embargo, una actitud más crítica, procedente en muchos casos de intelectuales sevillanos, se extiende a lo largo del siglo XX: se trata en síntesis, desde unos presupuestos que podríamos llamar regeneracionistas, de rechazar el pintoresquismo como único destino, de romper con el símbolo obligado de «España de charanga y pandereta», estableciendo nuevos proyectos y horizontes que permitan el resurgir de la ciudad. Tales planteamientos, expresados en diferentes etapas de nuestra historia reciente, no han llegado plenamente a cuajar. El ejemplo de la Exposición Universal de 1929 muestra hasta qué punto es difícil cambiar de sentido un largo proceso histórico o, simplemente, romper la inercia.