El éxito del vodevil

Luis Núñez Ladevéze

Autor: Ray Cooney.
Obra: Demasiado para una noche.
Teatro: Alcázar.
Dirección: Ángel F. Montesinos.
Reparto: Pedro Osinaga, Manolo Díaz y Ana Truncer.
Precio: 2.000 pesetas.


Entre los actuales autores de vodeviles cuyo nombre va aparejado al éxito popular Ray Cooney merece un lugar destacado. No tiene la versátil eficacia de Neil Simon, ni el deje literario de Juan José Alonso Millán, pero sí la habilidad escurridiza de aquél para complicar la situación y la amañada destreza de éste para resolverla. Los vodeviles de Cooney son genuinas comedias de enredo, en las que la circunstancia más inverosímil se produce como desarrollo lógico de la anécdota más ordinaria.

En Demasiado para una noche, el punto de partida del enredo no puede ser más ordinario; casi podría decirse, a la vista de lo que se lee en los semanarios de amor y lujo, que raya en la vulgaridad. El protagonista es un ministro del gobierno, del británico en el original, y del español en la astuta versión realizada por Juan José Arteche, uno de los escritores más especializados en el arte de adaptación de vodeviles. Puede resultar regocijante, como primera observación, que la misma circunstancia y el mismo personaje sean tan fácilmente intercambiables de un escenario inglés a un escenario hispánico.

Pero descendamos a la peripecia. Un ministro socialista aprovecha que debe comparecer a una sesión parlamentaria, para alojarse en un hotel situado frente al Congreso. En la versión española se trata, naturalmente, del Palace. Como cabe esperar, pues no hay necesidad alguna de que un ministro utilice como oficina durante el debate una suite del hotel en lugar de un despacho junto a la piscina cubierta del palacio, nuestro protagonista no se aloja en el Palace para preparar su intervención sino por motivos menos confesables.

El enredo

El motivo inconfeso es la secretaria particular de Adolfo Suárez en la adaptación española. Ignoro por qué Arteche ha eludido la secretaria de Aznar, pero puede ser que a su juicio el nombre de Suárez suene más verosímil al espectador en lo relativo a secretarias veleidosas. En la suite se encuentran ambos. Ella en paños menores, lo cual el espectador debe agradecer si está encarnada en una actriz como Any Truncer; y él dispuesto a emularla en cuanto pueda. La circunstancia, salpicada de incidentes estrafalarios y de personajes fastidiosos, no se lo permite. Y el hombre trajina como puede para enderezar los desvíos que sufre una situación, que en origen se presentaba francamente favorable a la consumación de sus designios amorosos.

Con estos mimbres se pudo tejer una buena trama de política ficción. Un ministro socialista enredado con la secretaria particular del primer partido de la oposición al mismo tiempo que se desarrolla un debate parlamentario, pudiera haber dado lugar a una crítica del tráfico de influencias o de la corrupción que algunos dicen que hay y algunos niegan con tanta insistencia como los hechos se empecinan en confirmar, o algo similar. Pero se ve que entre los ministros compatriotas de Ray Cooney abunda más la afición a las faldas que a los despachos en las Delegaciones del Gobierno. Y si no abundan más, entonces es que Cooney no ha querido meterse en honduras, como suele ser en él lo habitual. Para divertir basta con los líos de faldas de los señores ministros. Si, además, uno se enreda con la de la secretaria del despacho de Adolfo Suárez, tanto mejor. Tanto mejor para el enredo, se entiende, y pudiera también serlo para el ministro si las cosas a su vez no se enredaran durante esa prometedora noche.

En fin, uno se puede divertir mucho viendo a Pedro Osinaga hacer de ministro socialista en una situación que no resulta inverosímil entre ministros, sean británicos o españoles.

La moraleja

De la comedia de Cooney se desprende la sabia moraleja de que los ministros no deben acudir al Palace, el hotel vecino. También se deduce que deben guardarse las espaldas cuando les tiente la insinuante figura de la secretaria de turno de Adolfo Suárez. No es que ellas pretendan engañarles para descubrir, mediante artes licenciosas, secretos de Estado, ni cosas así. Es que sus maridos son celosos, y no se conforman fácilmente. También hay que contar con que los secretarios de los ministros del Gobierno, a pesar de su aparente inocencia, tienen un oculto atractivo que sólo damas muy perspicaces, como las propias esposas de los ministros, sabrían desvelar. Con personajes así, todo se complica. Y si, además, se cuenta con que el director del hotel está tan lleno de obsequiosidad como de inoportunidad, y los botones son unos pelmazos calculadores de propinas, entonces la complicación degenera en lío y el lío en caos general.

Otra moraleja: si a un ministro se le pilla in fraganti lo menos aconsejable es que dé explicaciones mentirosas. Una mentira inicial arrastra otra, y ésta otra nueva, hasta que el ejercicio de la mentira se convierte en una disparatada acumulación de disparates. El enredo se hace tan monumental que amenaza con que de un momento a otro pueda aparecer Felipe González en persona para entenderse del lío del ministro desatendiéndose del debate de la Cámara. Pero el ministro está en el Palace de Madrid, no en el de Angola, y ya es sabido que, cuando se trata de cuestiones de Estado, es mucho más apremiante la corrupción de fuera que la de dentro.

El desenlace

En fin, uno se puede divertir mucho viendo a Pedro Osinaga hacer de ministro socialista en una situación que no resulta inverosímil entre ministros, sean británicos o españoles, conservadores o socialistas. Osinaga es un actor eficaz, no más gesticulante de lo necesario ni tan sobrio que favorezca la inhibición de la hilaridad en el público. Los hay que podrían obtener más partido de este personaje, pero Osinaga resulta más que suficiente. También lo es Manolito Díaz, en su papel de «Ricardo», el secretario de despacho del ministro. Los demás bajan bastante de estos dos principales, pero sin que desmerezcan de lo que se les pide para que la comedia resulte tan divertida como debe. Además se cuenta con la silueta soberbia, más resaltada cuanto menores son los paños, de Eva Sola y de Silvia Gambino. Claro que desde que los políticos se vuelven a casar con jóvenes letradas de las Cortes y las secretarias de los presidentes pueden con el tiempo llegar a convertirse en eurodiputadas, los encantos de la imitación no superan, a lo más igualan, a los de la realidad.

La escena funciona. El vodevil consigue transformarse en disparate merced a la desenvoltura de su propio mecanismo lógico. Tal es el destino del vodevil. En el segundo acto los hilos, por demasiado cruzados, parecen írsele de las manos al escritor pero, al cabo, las aguas vuelven a sus cauces, después de una noche fatigosa en la que el ministro ha hecho un corte de mangas al Palacio del Congreso. Eso no es el desenlace que cabe esperar cuando un ministro prefiere la secretaria del líder de la oposición a un debate parlamentario. Pero nadie ignora que la realidad todavía supera a la ficción.