«La Expo es una injusticia maravillosa»

Entrevista con Miguel Oriol e Ybarra

Miguel Oriol e Ybarra, doctor arquitecto y urbanista, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ha conversado con NUEVA REVISTA sobre la transformación de Sevilla ante la Exposición Universal que se inaugura estos días.

Desde su visión de profesional en este campo, así como por su condición de sevillano de corazón, ha hablado de cómo ha sido concebido este magno diseño urbanístico en el que también, «a pie de obra», ha puesto su firma: la muestra cuenta con dos proyectos suyos, el Pabellón de la Santa Sede y el Pabellón de Cruzcampo.

P.- Empecemos hablando de la ciudad. ¿Cómo ha influido la situación y el clima de Sevilla en su historia?

R.- Sevilla está situada en un punto de clima especialmente afable el noventa por ciento del año, que ha hecho que su gente sea como es.

Si sumamos al clima tierra feraz y luz, tendremos una situación en la que se da gente muy particular y con duende, que está acostumbrada a que el mundo, cuando la ha ido a visitar en distintas épocas de la historia, se enamore de ella y la haga ciudad en ediciones intermitentes.

El sevillano genuino produce arte; allí pintan Velázquez, Murillo, Pacheco, Roelas, Valdés-Leal, etc. De la misma manera que surgen estos genios de las artes plásticas, nace espontáneamente gente capaz de bailar, capaz de producir una música propia. Es importante darse cuenta de que la Giralda se construye en Sevilla; en ningún sitio crea la cultura africano-árabe arquitectura más bella que en Córdoba, Sevilla y Granada.

P.- ¿Quiere decir que Sevilla ha sido siempre una ciudad de artistas?

R.- No. Dentro del mismo espacio peninsular, la reconquista lleva gentes del norte de España que se establecen allí en el poder que los reyes reparten entre aquellos que han sido jefes heroicos y con mesnada. Sevilla se convierte en un sitio que, por su fertilidad, produce solera que poco a poco se va haciendo «distinta»; al descubrirse América hay que administrar su tesoro americano y así lo hacen los judíos que estaban allí y los holandeses —existe la calle de los Holandeses y la Judería—, mientras el sevillano prefiere captar el sol, la luz, disfrutar, y convertirla en el color, en música o en poesía. Filtra y anima lo que va a ser su ciudad y se deja ayudar de modo fundamental en su materialización. En el siglo XVIII se vive un renacimiento importante; Carlos III la sigue viendo riquísima; pero hay unos períodos en los que se duerme en su pedestal y se deprime. Sevilla estaba triste desde hace muchos años.

Sevilla es hoy la ciudad más importante del sur de Europa, con una infraestructura de comunicaciones muy fluida que la singularizará aún más.

P.- En su actual situación, ¿qué cree que va a suponer la Exposición para Sevilla? ¿Se van a cumplir las expectativas?

R.- De la misma manera que había ciclos negativos, los hay positivos en los que el invasor se enamora de sus atributos naturales: pienso que eso debe ocurrir ahora. La Expo, arrimada al corazón de Sevilla, va a traer 10 millones de visitantes, otros dicen 20, que, en cualquier caso, va a suponer la mayor muchedumbre de gente extraña que haya admirado nunca el tesoro de Sevilla. La Expo va a exhibir Sevilla ante una serie de señores que sin ella no la habrían visto. Raro será que de entre ellos no surjan quienes digan «yo de aquí no me voy». Espero que ocurra. Creo que Sevilla es hoy la ciudad más importante del sur de Europa, una ciudad fantástica, con una infraestructura de comunicación muy fluida que la singularizará aún más. Esa inmensa inversión, ¿injusticia?, que se ha hecho en favor suyo y que el sevillano considera ofensa, es en realidad una bendición. Al menos a mí —mi madre era sevillana— así me lo parece.

La incorporación de la ciudad al río

P.- ¿Cómo es esta muestra, en comparación con las anteriores, cuál es su novedad?

R.- Yo he estado en Bruselas, Nueva York y Osaka. De todas, Osaka era la mejor y, en comparación con la Expo de Sevilla, era poca cosa.

La Expo de Sevilla es una feria universal de 1992, única en la historia, extraordinariamente espectacular; ha incorporado la ciudad al río. Su río se había perdido, como Madrid perdió al Manzanares, por culpa del ferrocarril. Hoy, el río, al desembarazarse visualmente de la vía del tren que interrumpía la relación, ha recuperado su belleza, ha hecho de nuevo a su ciudad viejo puerto. Al río se asoman las edificaciones espectaculares de la Cartuja y, por un puente, «La Barqueta», se accede a ellas. Así Sevilla, ciudad medieval, se hace también tecnológica y moderna, con unas capacidades de comunicación electrónica inmediatas a un corazón en el que palpita la Macarena.

P.- Hablemos de cómo ha sido concebido todo el diseño y estructura de la edificación.

R.- Dentro de la Expo, España ha hecho justo lo contrario de lo que hace normalmente: desarrollos urbanos en los que las paredes son piel, incluso hermosa, pero el espacio entre las casas es pobre. No se puede comparar el urbanismo nuestro al de París y Londres, por no hablar del Mediterráneo de Florencia y Roma, ni en la riqueza escultórica, ni en la de sus cerramientos. En España hay muy poca sillería; nunca ha habido dinero para hacer casas de piedra, que se reservaba, si acaso, para la portada; y el espacio entre ellas, las calles, era casi siempre de tierra. Se concentraba el esfuerzo de embellecer en el patio, que era íntimo, cerrado, propio y privado.

En la Expo se ha creado un espacio público riquísimo y muy caro de mantener y un reducido espacio privado.

En la Expo, por el contrario, se ha creado un espacio público riquísimo, que va a ser caro de mantener, y un reducido espacio privado para una superficie insular muy grande. Lo que quiero decir es que los pabellones pisan unos solares escasos para la edificabilidad que tienen. Son parcelas de 60 × 30 metros de media, en los que sólo se exige un retranqueo de 5 metros respecto a su perímetro. Se permite levantar 25 metros con silueta libre. El resultado es que los volúmenes con que cada uno quiere expresarse en feria de manera espectacular aparecen confundidos al mezclarse, por lo que hay una cierta anarquía de silueta que tiene su gracia en algunos casos, pero no en otros.

Por resumir, como decía antes, el espacio urbano en España suele ser fundamentalmente privado. En la Expo de Sevilla pasa lo contrario: espacio privado muy pequeño, espacio público muy bello y grande.

El itinerario público

P.- ¿Pasear por la Cartuja será agradable? ¿Cómo se ha llevado a cabo la trama peatonal?

R.- El itinerario público, la trama peatonal, es una maravilla; es de las grandes cosas que se han hecho en el diseño urbano. El sistema bioclimático para rebajar temperaturas, la creación de vegetales, las calidades de los pavimentos, sus texturas, los colores, conforman una belleza.

P.- Hablando del concepto de «Arquitectura de Exposición», ¿cómo definiría las construcciones que se han llevado a cabo?

R.- Cuando se mira la Expo en su conjunto, se encuentra uno con volúmenes muy nobles, que son los que pertenecen a temas nacionales: el Pabellón que se ha quemado, el edificio de entrada de la Expo (la pirámide de Vázquez de Castro), el edificio de Sáenz de Oiza, las construcciones que contornean al río, el Auditorio de Eleuterio Población, etc. La media de los que son pabellones estatales o nacionales o que representan símbolos de España es alta.

Los pabellones de otros países dependen de su arquitecto; hay algunos brillantísimos: el holandés, el alemán, los de Francia y Japón (el arquitecto de Japón es una figura universal que, desde mi punto de vista, no ha logrado aquí sus máximos).

Sería conveniente que en el futuro la Cartuja fuera una ciudad viva, mixta, no monotemática.

P.- Sobre el futuro se ha hablado de que se convertirá en el parque expositivo del sur de Europa, o parque tecnológico, también de zona de oficinas y negocios. ¿Qué futuro le augura a todos estos costosísimos desarrollos urbanísticos?

R.- La Expo tiene que garantizarse su propio futuro. Le han puesto una serie de limitaciones para intentar que eso sea una ciudad de la investigación. Sería conveniente que fuera una ciudad viva, mixta, no monotemática.

Los puentes hacia la Cartuja

P.- ¿Cómo se ha resuelto la comunicación de Sevilla con la Expo? ¿Cuáles son los cambios ventajosos que traerá o está ya trayendo la Exposición a la imagen urbana de la ciudad?

R.- La comunicación de Sevilla con la Expo, con la Cartuja, se ha hecho a base de puentes, algunos de los cuales son excepcionales. Son puentes no habituales en España: el del Centenario, que permite la llegada desde el Atlántico al puerto, de José Antonio Fernández Ordóñez y Martínez Calzón, es una obra magna. La gente se pregunta para qué tanto puente si no hay tanto río, pero se trata de la confluencia de dos de sus ramales, con una servidumbre por la que deben pasar, no los barcos que venían de América en el XVI, sino los que pueden tener una altura de cuarenta metros sobre la cota del agua. El puente del Alamillo, de Santiago Calatrava, es una bellísima escultura. Los ingenieros, especialistas de puentes, se quejan del impuesto pagado por lograr belleza. La belleza justifica, a mi modo de entender, el precio. Calatrava, que es ingeniero además de arquitecto, es un artista de sensibilidad exquisita. Un tercer puente, el de la Barqueta, se ha convertido en el símbolo de la Expo, a la que se entra por él desde la Macarena, y es bello, simple y poco importante: la contención en nuestro país es admirable por rara.

La Expo será un brillante evento histórico cuyo costo nos hará sufrir unos años, pero dejará un saldo admirable.

Hay un puente sevillano gracioso.

Las cuatro vías de comunicación entre un lado del río y el otro se han convertido en piezas inolvidables. Da pena que pisen en altura a la Giralda: el puente de Calatrava tiene 140 metros y la Giralda tiene 96. Quizás parezca una falta de respeto. No ocurre así con el puente del Centenario, que por estar tan lejos de la ciudad no se confunde. Miguel Ángel no quiso superar al Panteón de Roma con la cúpula de San Pedro; la dejó 40 centímetros más baja. En cualquier caso, Sevilla ya no es una ciudad plana con un solo hito, la Giralda y sus cuatro esferas de oro que veía San Fernando desde lejos; la fantasía en que la ha convertido la Expo.

P.- ¿Qué estilos hay en esta muestra? ¿Hay monotonía arquitectónica? ¿Cree que se ha promovido la arquitectura de calidad, o ha primado el concepto de amplios espacios expositivos sobre la verdadera construcción?

R.- La arquitectura de la Expo no es uniforme: Mónaco, por ejemplo, ha construido un divertimento simpático con un acuario en recuerdo del de Montecarlo, y una entrada nostálgica por la que apetece ver salir a Grace Kelly; el Pabellón de Holanda es un volumen prismático compuesto por redes que sudan agua fresca. A mí me parece un bello pabellón. Hay, precisamente, exceso de heterogeneidad, lo que ocurre habitualmente en una feria. Creo que es de enorme interés lo que ha hecho España en su tratamiento del clima, con todas estas frescas pérgolas, soportes de vegetación, o con esas lonas que se han puesto de moda desde que Frei Otto hizo el Estadio de Múnich. La Expo ha lucido en este campo tecnológico una actuación que solamente en la América del Oeste tiene algún precedente. La implicación futura será trascendental.

La Expo de Sevilla, a pesar de sus problemas y su confusa silueta urbana, será un brillante evento histórico cuyo costo nos hará sufrir unos años, pero dejará un saldo admirable. Se trata de una maravillosa injusticia.