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Ver productos1 Mar 1992 - 12min.
El deporte como actividad en su polimorfismo concreto y como impacto social en las múltiples repercusiones que su actividad comporta, se ha convertido sin lugar a dudas en el fenómeno más trascendente y espectacular del siglo que nos toca vivir. De ahí que como sagazmente razona el profesor americano Mandell, el concepto de deporte se ha extendido a toda una variada gama de ciencias y actividades que han quedado cualificadas por su encuentro con aquél y así se habla de educación deportiva, equipamientos deportivos, arquitectura deportiva, periodismo deportivo o espectáculos deportivos, y la trascendencia informativa que tal género de quehacer comporta, halla más lectores en las sociedades modernas que las noticias sobre política nacional e internacional juntas.
En otro sentido, el lugar ocupado por los deportes en los medios informativos impresos y electrónicos, así como su incidencia en los temas de conversación socialmente homologados, demuestran que, tanto los deportes de participación como el deporte-espectáculo, ofrecen al hombre de las sociedades occidentales más atractivos espirituales que todas las religiones formales del mundo juntas, según el propio Mandell.
Por eso, como decía Cagigal, el deporte es parte integrante de la vida del hombre contemporáneo y bien como práctica, como espectáculo o como simple recepción o monserga informativa, el deporte es por decirlo de alguna manera, uno de nuestros hechos cotidianos.
El deporte es ante todo cultura. La floración del agonismo en el mundo antiguo generó una de las vetas más fecundas de difusión cultural. Los Juegos Olímpicos convocaban cuadrienalmente en Olimpia a lo más granado de la raza para enfrentarse pacífica y ardorosamente en la gran confrontación rituaria y litúrgica de las competiciones atléticas.
El deporte es ante todo cultura. La floración del agonismo en el mundo antiguo generó una de las vetas más fecundas de difusión cultural. Los Juegos Olímpicos convocaban cuadrienalmente en Olimpia a lo más granado de la raza para enfrentarse pacífica y ardorosamente en la gran confrontación rituaria y litúrgica de las competiciones atléticas. Pero la convocatoria olímpica congregaba también a los más destacados exponentes del mundo cultural de cada momento. Filósofos, retóricos, matemáticos, historiadores, poetas y escultores, se daban cita puntual en el Santuario Olímpico difundiendo sus ideas y doctrinas durante el paréntesis cronológico de duración de los Juegos, consiguiendo con aquel conjunto una simbiosis propia del equilibrio, el factor cualificador y determinante de la prodigiosa cultura helena.
El pasado de una andadura deportiva similar a las desarrolladas en otros escenarios de la historia, haría investigar al profesor holandés Johan Huizinga, el gran filósofo culturalista del primer tercio de siglo, para decantar en frases terminantes las conclusiones extraídas de su paciente y aguda observación en el devenir de los acontecimientos humanos. «Las culturas —diría en 1938— nacen en forma de juego. El juego está presente en el origen de toda cultura. El hombre crea fundamentalmente jugando». El factor lúdico como elemento generador de cultura es también valorado por Ortega cuando en 1923, en un artículo publicado en el Espectador, sienta la frase concluyente y rotunda: «La cultura no es hija del trabajo sino del deporte».
El deporte ha de ser compensación enriquecedora. El hombre en su lucha por el bienestar y la superación inventó la máquina, con cuya colaboración ha alcanzado altas cotas de facilidad en el dominio de los condicionantes de operatividad, tiempo y espacio. Pero la máquina, como en intencionada venganza sutil, ha ido progresivamente esclavizando al hombre, condicionando gran parte de su cotidiano quehacer al puntual y perfecto funcionamiento de toda la diversa serie de aparatos más o menos complicados que aquél necesita regular y diariamente para el adecuado desempeño de su compleja actividad. ¿Cabría evaluar el perturbador trastorno que al ciudadano de un país industrializado le produciría la repentina inutilidad de todas las máquinas de que a diario se sirve?
El progresivo uso y utilización de la máquina ha ido desnivelando al individuo en su armónica conjunción psico-física, condicionándolo y robotizándolo más y más por el repetitivo ejercicio de una escueta y reducida parcela del múltiple y rico abanico de sus posibilidades existenciales. El encorsetamiento del hombre dentro de los rígidos cauces limitativos de unas escuetas tareas monótonas y repetitivas, ha de provocar angustia y frustración y, necesariamente, mutilación en su entidad como persona. Al final de la década de los sesenta, Cagigal ya denunciaba el hecho evidente por notorio. El hombre —decía— descubre y abarca progresivamente más riquezas naturales, pero el individuo es cada vez más esclavo de esas riquezas. El hombre en abstracto conquista mientras el individuo es derrotado en su capacidad humana. El borreguismo progresivo de las masas es el efecto logrado por el automatismo.
Antes las masas eran incultas y se dejaban arrastrar por los cultos y avispados. Hoy, las masas que se dicen cultas, siguen al pie de la letra los dictados no de los espíritus cultos o avispados, sino de los «slogans» comerciales. La especialización a que ha arrastrado el tecnicismo moderno ha sido modelada según cánones de productividad social. Se ha olvidado al individuo pese a las enternecedoras proclamas de los sociólogos y éste ha resultado mutilado como persona. Han rodeado la tierra de satélites artificiales —¡maravilla de la técnica!— y las ciudades se ven abarrotadas de personalidades mutiladas.
Ante la evidencia social de lo expuesto, la dimensión del trance deportivo en sus múltiples manifestaciones se revela como eficaz medio reparador y rehabilitador. Sus características de protagonismo, complejidad, espontaneidad y contacto directo con lo natural, potenciarán en el practicante poderosos mecanismos psicofísicos dormidos por la apatía y la forzada inacción. Sólo hay un peligro que pueda neutralizar la liberalizadora práctica del trance deportivo y es el de que una forzada superespecialización del gesto postural conduzca al practicante a una robotización similar a la que en la vida cotidiana padece.
La trascendentalización del acto deportivo puede ocasionar la pérdida del elemento lúdico, dando como resultado una de las múltiples manifestaciones impropias del deporte.
El deporte ha de ser juego porque el juego es el alma del deporte. El hombre pasa jugando casi la mitad de su existencia en vigilia. Tan importante y consustancial quehacer es dato cualificador de la dimensión esencialmente humana del hecho deportivo, y de ahí que la esencia del juego genere en aquél su vertiente de fecunda causa de creación cultural. El juego es, pues, la sonrisa del deporte. La trascendentalización del acto deportivo puede ocasionar la pérdida del elemento lúdico, dando como resultado una de las múltiples manifestaciones impropias del deporte. Hace cincuenta años clamaba Huizinga contra la progresiva consolidación de la distorsionante realidad. El deporte —decía— no tiene ningún carácter sacro ni ningún vínculo orgánico con la estructura de la sociedad, aun en el caso de que un gobierno obligue a su práctica. Es más bien una manifestación autónoma de instintos agonales, que un factor de sentido social fecundo. La perfección con que la moderna técnica social incrementa el efecto exterior de las demostraciones de masas no consigue por ello que ni las Olimpiadas ni las organizaciones deportivas de las universidades norteamericanas, ni los campeonatos internacionales que gozan de tan buena propaganda se conviertan en una actividad creadora de cultura. Continúa siendo, por mucha importancia que revista para los participantes y los espectadores, una función estéril en la que se ha extinguido en gran parte el viejo factor lúdico. La ausencia lúdica del hecho deportivo restará a éste uno de los elementos generadores de mayor riqueza y creatividad.
El deporte ha de ser actividad liberadora y gratificante. En sus milenarios orígenes, el deporte surge como actividad rituaria con clara dimensión litúrgica. Desde las mastabas e hipogeos del mundo egipcio, a las pirámides mayas o aztecas, a los frisos de los templos griegos, el hombre es representado en su quehacer deportivo como pieza integrante de su culto a un ser superior. En el tímido nacer del deporte durante la Edad Media, la función desenfadada y entretenida, voluntaria e intrascendente en que el deporte consistía, ha de generar el nombre por el que ahora se la conoce, justa y directa expresión de su significado social.
La palabra deporte —dice Ortega— ha entrado en la lengua común procedente de la lengua gremial de los marineros mediterráneos que a la vida trabajosa en el mar oponían su vida deliciosa en el puerto. «Deporte» es «estar de portu».
Es Ortega el que a mediados de 1947 investiga el origen histórico del término deporte y en el magistral prólogo que dedicó al libro del Conde de Yebes Veinte años de caza mayor, nos dice que el vocablo tiene su nacimiento en el comportamiento de los marineros provenzales, que vacan o se hallan en holganza cuando en puerto descansan de los arriesgados y duros trabajos del mar. La palabra deporte —dice Ortega— ha entrado en la lengua común procedente de la lengua gremial de los marineros mediterráneos que a la vida trabajosa en el mar oponían su vida deliciosa en el puerto. «Deporte» es «estar de portu». Pero la vida de puerto no es sólo el marino plantado en el muelle, con las manos en los bolsillos del pantalón y la pipa entre los dientes, que mira obseso al horizonte como si esperase que en la líquida línea fuesen de pronto a brotar islas. Hay, ante todo, los coloquios interminables en las tabernas portuarias entre marinos de los pueblos más diversos. Estas conversaciones han sido uno de los órganos más eficientes de la civilización. En ella se transmitían y chocaban culturas dispares y distantes. Hay, además, los juegos deportivos de fuerza y destreza. En la cultura trovadoresca de Provenza aparece ya recibida la palabra y con frecuencia en esta pareja deports e solatz, donde, al revés que ahora, deport es más bien el juego de conversación y poesía, mientras solaces representa los ejercicios corporales: caza, cañas, justas, anillos y danzas.
Siguiendo la senda orteguiana, Miguel Piernavieja, el que fuera director del Centro de Documentación del I.N.E.F. de Madrid, publicaría en la revista Citius, Altius, Fortius, en 1966, su exhaustivo y documentadísimo trabajo sobre el tema «Depuerto, Deporte. Protohistoria de una palabra».
En minucioso rastreo semántico, realizado a partir de los idiomas provenzal, antiguo castellano, antiguo catalán y antiguo francés, en un alarde de erudición revela el autor de cómo desde el año 1140, en que el término deportar aparece utilizado en el Cantar del Mio Cid, hasta la Crónica de Ramón Muntaner del 1325, de las 54 voces que el vocablo es utilizado, en treinta y seis de ellas es usado como sinónimo de ejercicio físico y diversión. La palabra «deport» provenzal, aparece por primera vez usada por Guillermo de Poitiers, VII Conde de su nombre y IX Duque de Aquitania (1071-1027). Hombre burlón y sensual, cortejador y mancillador de honras femeninas, en el año 1117, una vez que le fuera levantada la excomunión papal que sobre él pesaba, el famoso Duque se trasladó a España con seiscientos caballeros para combatir a los almorávides al lado de Alfonso el Batallador. En uno de sus poemas cortesanos, nos dejó el contradictorio personaje como un hito histórico indeleble, la palabra «deport».
La idea de esparcimiento ha de ser, pues, consustancial al deporte, pues si ésta se perdiera, la actividad quedaría relegada a una ocupación forzada, normalmente vinculada al obligado quehacer laboral. La alegría del deportista ha de ser, pues, un síntoma cualificado de su talante, lo que hacía exclamar a Pierre de Coubertin en 1915, con valoración de experto psicólogo deportivo: «Si alguien me pidiera la receta para “Olimpizarse” le diría: la primera condición es estar alegre». Y añade dos años más tarde: «el día en que el deportista deje de poner encima toda la alegría de su propio esfuerzo, y la embriaguez del poder y equilibrio corporal que de él deriva, el día en que se deje dominar por las consideraciones de vanidad o de interés, ese día su ideal se acabará y el valor pedagógico de este ideal, si se puede emplear esta expresión, disminuirá irremediablemente».
La idea de esparcimiento ha de ser, pues, consustancial al deporte, pues si ésta se perdiera, la actividad quedaría relegada a una ocupación forzada, normalmente vinculada al obligado quehacer laboral.
El deporte ha de ser superación. La trayectoria dinámica del espíritu humano halla una adecuada realidad en el deporte. El deportista despreciando el riesgo —dato cualificador de su humanismo— afronta cada vez más difíciles pruebas, ansioso de sobrepasar anteriores hazañas. Pero en este ineludible progreso del deporte no conviene nunca olvidar que los logros por él conseguidos han de ser obtenidos por el deportista en su indisociable condición total de hombre. La manipulación indebida de cualquiera de su doble dimensión, física o espiritual, para la obtención de logros superiores, contradice su dignidad y fraudulenta el éxito.
En los comienzos de la moderna andadura olímpica, el dominico francés Pierre Didon, prefecto del colegio de Arcueil, lanzó en sintetizada frase el programa de su lema pedagógico Citius, Altius, Fortius, más rápidos, más altos, más fuertes, frase que entusiásticamente acogida por Pierre de Coubertin se ha convertido en el lema olímpico oficial. Pero la frase del famoso abate francés no ha de ser entendida por el simplismo interpretador de una mejora a ultranza de los rendimientos físicos del hombre, sino en el de una superación total de éste en su condición ontológica integral, Citius, Fortius, Altius, más rápido, más fuerte, luego más alto.
El Altius del lema olímpico supone el progreso de la capacidad humana sobre la base de la mejora psicofísica de sus cualidades naturales. De ahí que el frío espejismo del récord como cota oficializada de una hazaña cotizada por los baremos publicitarios de una sociedad de consumo de éticas frecuentemente amorales, nada dirá fuera de su lacónico guarismo oficializador, a no ser que la proeza en sí vaya acompañada y amparada por el calor humano del protagonista que lo consiguió. El joven Jesse Owen pasó a la historia olímpica más por la poderosa garra de su personalidad que por las proezas conseguidas en los colosales Juegos de Berlín en los que dominó descollando con talla de gigante. Su afable sonrisa y humilde compostura son el trance deportivo y el duro revés infligido de forma involuntaria con su triunfo a las desquiciadas ideas racistas y totalitarias a la sazón en el poder, han generado más literatura en el mundo que toda la secuencia de asombrosos récords por él obtenido en aquellos Juegos. Wilma Rudolph y John Weismüller entre otros, también conquistaron el Altius del deporte al conseguir merced a su práctica, vencer los quebrantos claudicantes de una cruel enfermedad y, una vez superada ésta y superándose a sí mismos, alzarse hasta la elevada cota del oro olímpico.
El deporte ha de ser escuela de vida y de preparación para la vida. Si por un cálculo proporcional los éxitos y los fracasos de la existencia humana se repiten a una razón de un 50 %, el deporte ha de preparar al hombre con su práctica para la asunción del triunfo sin huecas vanaglorias y la aceptación de las derrotas sin amargos dramatismos. Hay aquí una gran pedagogía del fracaso generada por la esencia lúdica del deporte. El deportista sabrá asumirla y encajarla para, con un inmediato instinto de superación, volver de nuevo a la carga para conseguir el triunfo. Es la eterna filosofía aristotélica del revés regenerador: El hombre ha de sufrir para ser sabio.
Estas son algunas de las circunstancias cualificadamente determinantes de una objetiva y sana práctica deportiva, que de reunirlas, hacen del deporte el medio más cómodo y eficaz para la mejora psicofísica del hombre.