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Ver productosDurante las últimas semanas ha sido bastante difícil para cualquier español medianamente alfabetizado e interesado por lo que antes se llamaba «el séptimo arte» (por cierto ¿se sigue llamando así?) no ver la última obra del director norteamericano Oliver Stone sobre el asesinato de Kennedy. Yo me resistí mientras pude, pero finalmente no tuve más remedio que ceder. Nadie hablaba de otra cosa y casi todos lo hacían fascinados por el impacto cinematográfico de la cinta. Ignoro si el impacto estaba en el film o en la magnífica campaña de promoción que desde hace meses desarrolló su director por todo el mundo. El escándalo ha hecho más comercial el producto. Pero no lo ha mejorado.
Con todos los respetos para quienes salen entusiasmados tras casi tres horas de proyección, debo decir que JFK me pareció un aburrido y decepcionante tele-film de clase B, al que por cierto le sobran noventa minutos y que nada aporta, absolutamente nada, al siempre polémico y todavía «pendiente» caso Kennedy.
Stone es un director interesante, que tiene cierto dominio del oficio (digo «cierto» adrede porque los trucos son demasiado evidentes) y que suele apuntarse a causas irracionales o sectarias que los «liberales» americanos le aplauden. Claro que los «liberales» americanos tienen tanto de liberales como yo de fraile. Su film sobre el Vietnam era un disparate, el titulado Salvador sobre la guerra civil en el país centroamericano constituía una prueba adicional de ignorancia palmaria y de maniqueísmo primitivo.
JFK comparte e incluso mejora todas estas virtudes. Y lo que es peor, resulta tremendamente aburrido.
Las investigaciones de Jim Garrison, el fiscal de Nueva Orleans que dijo haber descubierto a los verdaderos autores del magnicidio, tienen veinte años de antigüedad y ha sido demostrado hasta la saciedad que constituían pura y simplemente un fraude. Los demás descubrimientos que entusiasman a los devotos de Stone (la «bala bailarina», los «tiradores cruzados», etc.) han sido evocados en los mil y un estudios posteriores a 1969 —cuando se cerró el «caso Garrison» que intentó convertirse en el «caso Kennedy» sin éxito— sin que aportasen, por cierto, nada a la clave del suceso: ¿hubo o no conspiración para asesinar a Kennedy?
Todo el mundo coincide —aunque las pruebas en contra sean, sinceramente, escasas— que el llamado «Informe Warren» sobre el crimen de Dallas tenía aspectos polémicos e incluso alguna equivocación de bulto. Pero nadie ha podido hasta ahora ofrecer con cierto grado de credibilidad una explicación más razonable que dicho «Informe». Se habló de la CIA, del FBI, de los cubanos exiliados, de la Mafia, de los petroleros, del complejo militar-industrial, de la extrema derecha como responsables, financiadores e instigadores del asesinato. Sin embargo, hasta el momento nadie psíquicamente responsable había tenido la ocurrencia de culpar a todos juntos y añadir al «puzzle» los nombres de Lyndon B. Johnson y Nixon, como hace Stone en su última obra. Cualquier persona con dos dedos de frente sabe muy bien que poner de acuerdo a tan heteróclita concurrencia para ejecutar un acto que exigía, desde luego, alguna organización pero no tanta, es una tarea de titanes.
Stone cree, sin embargo, en que la historia —toda la historia, no sólo la de Kennedy— es el resultado de una oscura conspiración donde intervienen poderosos personajes encastillados en sus palacios que dirigen y controlan la trama. Eso mismo creían, por ejemplo en España, el almirante Carrero Blanco, el «historiador» Mauricio Carlavilla o el propio general Franco: todos nuestros males eran el resultado de una conspiración comunista, judaica y masónica.
Stone comparte con tan ilustres personajes locales idénticas obsesiones aunque los responsables varíen y los medios utilizados, también. Pero, sobre todo, los objetivos son distintos: el director norteamericano ha rentabilizado sabiamente la teoría conspirativa de la historia y su cuenta de resultados, en dólares, es muy satisfactoria. Eso explica, sobre todo, el disparate.
La cantidad total de agua que recubre la Tierra es de unos 1.400 millones de kilómetros cúbicos, cantidad que permanece prácticamente constante en razón del ciclo hidrológico natural. Sin embargo, el 97,5 por ciento de esta enorme cantidad de agua es salada, agua del mar, no útil para el hombre. Sólo el 2,5 por ciento restante, equivalente a 35 millones de km³, es agua dulce y de ellos 26,6 millones forman los hielos y las nieves perpetuas de las altas montañas. Restan pues 8,4 millones de km³ de agua dulce distribuidos en lagos, ríos y aguas subterráneas para atender las necesidades de una población próxima a los 5.000 millones de habitantes.
Esta reserva mundial de agua dulce supone una capacidad próxima al doble del mar Mediterráneo, pero está muy desigualmente repartida sobre la Tierra. Sólo el río Amazonas contiene 1,6 millones de km³ de agua dulce (1/5 del total mundial) y vierte tanta agua en el Atlántico que a más de 160 km de mar abierto, frente a la desembocadura del río, se puede beber agua dulce, potable, del océano; una cantidad semejante se almacena en el lago Baikal al este de Siberia.
La reserva mundial de agua dulce supone una capacidad próxima al doble del mar Mediterráneo, pero está muy desigualmente repartida sobre la Tierra. Sólo el río Amazonas contiene 1,6 millones de km³ de agua dulce (1/5 del total mundial).
La masa de precipitaciones acuosas no es nada despreciable: 114 m³ de agua por persona y por día. El flujo de los ríos totaliza un volumen impresionante de agua que se pierde en gran parte de los océanos.
El consumo de agua dulce por habitante incluyendo todos los usos (como la agricultura y la industria) varía ampliamente de un país a otro según el grado de desarrollo, el modo de vida, la climatología, etc. En los países occidentales por término medio puede evaluarse en unos 500 litros/hab. día y en los países no desarrollados en unos 50-100 litros/hab. día. Los países del Tercer Mundo suelen carecer de agua potable y su consumo medio es de 5-20 litros/hab. día.
El desarrollo acelerado de las grandes ciudades y el crecimiento demográfico de la población (con una tasa anual media del 1,9 por ciento) incrementan constantemente las demandas de agua dulce, problema que se agudiza en las regiones áridas y en los períodos prolongados de sequía. Por otra parte, el agua de ríos y lagos es contaminada por la presencia de nitratos, fosfatos, metales pesados y materias orgánicas, dificultando su potabilización; en consecuencia, muchos ecosistemas se encuentran en peligro de muerte y la desertización avanza constantemente en las zonas áridas y semiáridas del planeta.
Ante esta crisis del agua dulce, que puede tomar caracteres graves en las próximas décadas, el hombre ha puesto a punto diferentes métodos de reciclaje o de separación del agua de sus impurezas. Entre todos los procedimientos puestos en marcha por el hombre, los más utilizados son los destinados a desmineralizar el agua del mar y las aguas salobres a causa de su abundancia y de la facilidad de su aprovisionamiento.
Esencialmente el proceso de la desalinización consiste en convertir el agua del mar —que contiene unos 35 gramos por litro de sales minerales— o el agua salobre (de 1 a 10 g/l) en agua potable, cuyo contenido en sales no debe sobrepasar medio gramo por litro.
Esencialmente el proceso de la desalinización consiste en convertir el agua del mar —que contiene unos 35 gramos por litro de sales minerales— o el agua salobre (de 1 a 10 g/l) en agua potable, cuyo contenido en sales no debe sobrepasar medio gramo por litro.
Sin embargo, todos los procesos de destilación ideados por el hombre vienen frenados por el elevado coste de su explotación, en especial, si el agua potable obtenida ha de utilizarse en usos agrícolas o industriales.
Ya en la Biblia se menciona la destilación como un fenómeno natural que produce la lluvia. En el libro de Job, 36-27 se dice: «… pues Él absorbe las gotas de agua y condensa en neblina su vapor. Las nubes luego la derraman y destilan sobre el hombre a raudales». El mismo Aristóteles escribió: «Cuando el agua del mar se evapora, se convierte en agua dulce y su sabor, una vez condensada, deja de ser salado».
Plinio el Viejo (23-79 d.C.) en su Historia Natural se refiere a los métodos de destilación del agua del mar. Uno de ellos dice así: «Para obtener agua dulce del mar basta colgar lana de oveja del lado de un buque, de modo que quede justo sobre la superficie del agua; si la operación se prepara por la noche, la lana se saturará del vapor de agua y al día siguiente podrá exprimirse dando lugar a agua dulce».
San Basilio (s. IV d.C.) describe un método usado por los marinos que consiste en hervir agua del mar a bordo del buque y situar una esponja natural sobre la boca de la vasija. El vapor de agua se condensa en la esponja y escurriendo ésta se obtiene agua líquida apta para beber.
Muy posterior es el destilador de Della Porta (1569-1608). El agua salobre contenida en vasijas de vidrio se exponía al sol y el vapor producido se condensaba en vasos dispuestos a la sombra en un plano inferior.
El primer intento serio de destilación solar fue diseñado y fabricado en 1872 en el desierto de Atacama, cerca de la localidad de Las Salinas en el Norte de Chile por Carlos Wilson, un ingeniero suizo. El área total del destilador cubierto de vidrio era de 4.700 m² (semejante a la superficie de un campo de fútbol) y se construyó para tratar agua inservible por su alto contenido en sales (140 g/l, es decir, cuatro veces superior a la del agua del mar) en una mina de nitrato sódico. Consistía simplemente en tejados de vidrio inclinados sobre una balsa de agua salobre poco profunda. El sistema producía 23.000 litros de agua diarios que servían de bebida a las 4.000 mulas que transportaban el nitrato. Funcionó durante 40 años hasta que un ferrocarril sustituyó a las mulas y finalmente la mina fue abandonada.
Las primeras instalaciones industriales de destilación de agua del mar surgieron en los primeros buques de vapor. El agua salada se calentaba en un recipiente mediante un haz de tubos por los que circulaba vapor procedente de la caldera del buque. El agua contenida en la disolución salina se evaporaba y el vapor se conducía a otro recinto donde se condensaba por la acción de otro haz de tubos por los que circulaba agua fría del mar. El proceso exige un mínimo de 6.000 kcal por kilogramo de agua, calor que se cede en el proceso de condensación y se disipa en el agua de refrigeración. En este caso existe un solo destilador y por ello el proceso se llama de efecto simple.
Los viajeros del desierto y los náufragos en el océano encuentran frecuentemente dificultades en obtener agua potable para beber. Este problema podría resolverse si dispusieran de dispositivos para producir agua potable a partir de agua del mar, aguas salobres o residuales, utilizando energía solar, casi siempre abundante en estos lugares. A continuación se describen algunos de estos dispositivos.
En muchos terrenos, incluso áridos, se acumulan grandes cantidades de humedad durante la estación de las lluvias. Un destilador de emergencia para aprovechar esta agua es el siguiente. Una lámina de plástico transparente cubre una cavidad abierta en la arena. Se coloca una piedra en el centro para dar a la tela la forma de un cono invertido y una vasija se dispone en el fondo bajo el vértice del cono. De este modo cuando los rayos solares atraviesan el plástico, la humedad de la arena pasa al estado de vapor y se condensa sobre el plástico recogiéndose en la vasija.
Fue diseñado para uso de la U. S. Navy durante la II Guerra Mundial. El aparato carece de partes metálicas o rígidas y puede guardarse plegado en un pequeño volumen (1 dm³), no superando su peso a 1/2 kg. En la parte central dentro de la envoltura plástica transparente, está suspendida una almohadilla porosa y negra que se empapa con agua del mar. Sometida a la radiación solar, los vapores se condensan en la superficie interior de la envoltura de plástico y el líquido gotea y se recoge en un colector situado en la parte inferior. Así, lo único que hay que hacer es hinchar el destilador, mojar la almohadilla con agua del mar y dejarlo que flote al sol atado a la balsa. Hoy forma parte del equipo de emergencia de aviadores y marinos en muchos países.
El número de procedimientos hoy conocidos para desmineralizar el agua del mar o las aguas salobres es muy grande, pero pueden agruparse del modo siguiente:
De todos estos procesos el más utilizado es el método de destilación de múltiples etapas por evaporación súbita. El 68 por ciento de las plantas desalinizadoras de todo el mundo siguen este proceso, cuyo mayor inconveniente es el gran consumo de energía que lleva consigo; además, la alta temperatura de funcionamiento plantea problemas de corrosión e incrustaciones. Le sigue la ósmosis inversa con un 25 por ciento de instalaciones que funcionan a la temperatura ambiente y consumen menos energía. El restante 7 por ciento está formado por diversos sistemas de uso más limitado que incluyen la electrodiálisis y otros destiladores que se encuentran en fase experimental.
De todos estos procesos el más utilizado es el método de destilación de múltiples etapas por evaporación súbita. El 68 por ciento de las plantas desalinizadoras de todo el mundo siguen este proceso, cuyo mayor inconveniente es el gran consumo de energía que lleva consigo.
En el proceso de destilación súbita, el agua del mar caliente por la acción de una caldera (o de un cambiador que suministra la energía de una central térmica, nuclear o solar), se evapora en parte instantáneamente. El vapor de agua formado se condensa en contacto con las tubuladuras fijas por las que circula el agua salobre en fase de calentamiento a una temperatura algo inferior a la del vapor. De esta forma se aprovecha el calor de condensación del vapor para calentar el agua salobre circulante (etapas de recuperación). Por otra parte, la salmuera evaporante pasa a la cámara siguiente donde la presión es inferior a la temperatura de saturación de la misma y el proceso se repite. Una instalación completa consta de más de 30 cámaras en las que se hace el vacío a presiones sucesivamente más bajas.
En la ósmosis natural (o directa), el agua fluye de una solución de menor concentración situada a un lado de una membrana semipermeable a otra solución más salina situada al otro lado de la membrana. Este flujo iguala las concentraciones a ambos lados y no produce agua potable.
Sin embargo, en la ósmosis inversa la presión osmótica normal puede contrarrestarse con una presión mecánica superior, de signo opuesto. Esto fuerza a que el agua se desplace a través de la membrana desde el lado de la salmuera al lado del agua menos concentrada, acentuando las diferencias iniciales de concentración y produciendo agua pura.
La presión osmótica natural del sistema agua del mar-agua pura es aproximadamente 25 atm. Por ello deben usarse membranas capaces de resistir estas presiones. El flujo medio de agua desmineralizada en la ósmosis inversa es aproximadamente igual a 1 m³ por día y m² de superficie de membrana y la energía total consumida es de 5 a 10 kWh/m³.
La mayor planta de desalinización de agua del mar por ósmosis inversa se encuentra en la isla de Key West (Florida, EE.UU.) y funciona según el sistema «permasep».
La empresa multinacional Du Pont introdujo en 1969 un sistema de permeadores osmóticos denominado «permasep» que actualmente se utiliza en miles de instalaciones. La mayor planta de desalinización de agua del mar por ósmosis inversa se encuentra en la isla de Key West (Florida, EE.UU.) y funciona según el sistema «permasep». En la costa noroeste de Gran Canaria, región donde el agua potable era un bien escaso, funciona desde 1989 una planta de desalinización por ósmosis inversa, tipo «permasep» que produce 3.500 metros cúbicos de agua dulce al día a partir de agua del mar. Para los habitantes de estos pueblos canarios, ha terminado una de sus mayores pesadillas.
La electrodiálisis es un proceso de separación iónica basado en la migración de iones en una disolución bajo la influencia de un campo eléctrico en presencia de membranas selectivas semipermeables.
La unidad de electrodiálisis está formada por un conjunto de membranas paralelas, alternativamente permeables a los aniones y a los cationes, que se suceden a pequeños intervalos (algunos milímetros). La solución a desmineralizar, en virtud del campo eléctrico establecido en sus extremos, experimenta el proceso de migración de iones y éstos se concentran en compartimientos alternos, mientras que en los restantes se acumula el agua desmineralizada.
Independientemente de cómo se manifiesta la energía en un sistema particular de desmineralización del agua del mar —calor en la destilación, electricidad en la electrodiálisis, energía mecánica de compresión en la presión osmótica, etc.— la teoría termodinámica prescribe una energía mínima para la separación del agua y la sal, mínimo que se incrementa con la salinidad del agua tratada. En la práctica todos los sistemas de desmineralización requieren energía en cantidad muy superior al mínimo termodinámico, pudiendo en algunos casos llegar hasta 1.000 veces este límite. Esto es debido a que el agua del mar no es una solución ideal, los procesos son irreversibles, se producen incrustaciones y depósitos en calderas y condensadores y se producen pérdidas energéticas de tipo mecánico, eléctrico y térmico. Además se consume energía en el funcionamiento de elementos auxiliares como motores, bombas, etc.
En la práctica, todos los sistemas de desmineralización requieren energía en cantidad muy superior al mínimo termodinámico, pudiendo en algunos casos llegar hasta 1.000 veces este límite.
Para rebajar estas cifras es fundamental la investigación básica. El uso de nuevos materiales, diseño de nuevos métodos y características podrían mejorar el rendimiento de los procesos ahora en desarrollo y disminuir su costo. El futuro de las regiones áridas y semiáridas con problemas de agua potable depende de que el hombre alcance a corto o medio plazo un costo de producción del agua desmineralizada del orden de 4 a 5 veces el mínimo termodinámico.
| Tipo de agua | Sales (g/l) |
|---|---|
| Mar Mediterráneo | 40 |
| Golfo Pérsico | 42 |
| Océano Atlántico | 35 |
| Mar Caspio | 13 |
| Mar Muerto | 270 |
| Agua salobre | 1-10 |
| Salmuera | 40-200 |
| Agua potable | < 0,5 |
Título: Ciegas esperanzas.
Autor: Alejandro Gándara.
Editorial: Ediciones Destino, Barcelona, 1992, 236 páginas.
Precio: 1.800 pesetas.
El premio Nadal concedido por la editorial Destino en la noche del 5 de enero víspera de Reyes, mantiene, junto con el Planeta, la primacía dentro del actual panorama de la novela española. Aunque no en todos los casos, en el premio Nadal suelen predominar criterios más literarios, así como de promoción de valores, si no jóvenes, al menos sí desconocidos para el gran público. La editorial Destino es más sobria en el reparto de millones al escritor premiado, aunque es tradición —no siempre cumplida— que ofrece mayores garantías de calidad.
En esta ocasión, el Nadal 1992 ha correspondido al novelista cántabro Alejandro Gándara, nacido en Santander en 1957. Hombre todavía joven, aunque se aproxime al límite de la madurez, ha publicado hasta el momento cuatro novelas de éxito desigual: La media distancia; Punto de fuga; La sombra del arquero y El final del cielo. A través de sus obras, se percibe que la postura literaria del autor se encuentra fuera de las corrientes de la narrativa de consumo, por lo que se dan en él algunos de los requisitos que abran paso al camino del Nadal. Por tanto, el hecho de haberlo obtenido no constituye ninguna sorpresa, como tampoco lo es que al llegar al término de la novela ganadora el lector comprenda el riesgo que supone comprar un libro premiado y luego, además, leerlo hasta el final. Estas «Ciegas esperanzas» pueden verse defraudadas, al menos en parte, a mi entender, en esta ocasión.
La obra narra, en planos entrecruzados, la vida y la muerte del protagonista creando una extraña atmósfera fantástica. Cuando el personaje aparece en el mundo de los vivos, se asemeja a uno de esos «Zombis» o muertos vivientes de ficción, y en los capítulos en los que interviene como ya muerto, da muestras de notable vitalidad y activismo, incluso frenético. Una trama llena de vericuetos sirve para presentarnos la vida del protagonista, nacido en Larache durante el protectorado español, hijo de un profesional de la enseñanza. La muerte del padre y la independencia de Marruecos le alejan de África, ingresando en la Academia General militar de Zaragoza. En edad madura, con el grado de coronel, casado y padre de una hija, es enviado nuevamente a Larache en una misión de guerra de dudosa localización temporal, en el transcurso de la que muere, abatido en una emboscada de los marroquíes.
Esta parte real del argumento, alterna con el relato, entre alucinado y simbólico, de la lucha que mantiene el oficial, herido de muerte al borde de un río, frente a un mensajero o enviado que se presenta ante él con la misión de conducirle hasta la Otra Orilla. Aunque la alegoría no era nada original —al menos desde la cultura griega en adelante— el problema es que transcurre con una lentitud monótona y fatigosa. El hombre mantiene una lucha tan violenta contra el mensajero del más allá, que finalmente logra derrotarlo y ponerlo en fuga.
Se percibe que el autor ha elaborado a fondo la trama novelada, más la parte alucinada que la real, siempre subordinada y que no regatea imaginación y recursos estilísticos aplicados al logro del goce literario en sí mismo, algo así como la «literatura por la literatura». Sin embargo, tales propósitos no llegan a lograrse de modo coherente, puesto que predomina la impresión borrosa, indefinida, abierta a tan diversas interpretaciones que al final ninguna de ellas convence al lector, confuso y vacilante en su propósito de continuar la obra hasta el final.
Parece muy «posmoderna» la actitud del novelista en su «hacer por hacer» en busca de una belleza superficial a través de un idioma manejado con voluntad esteticista, prescindiendo de dar solidez al contenido o significado a sus palabras. Como contraste ante la levedad de las apariencias, existe muchas veces un estilo rebuscado en frases tan pintorescas como ésta: «Nunca has escuchado las esperas de tu propio silencio, viniendo de un espacio que ni siquiera concibes y donde no puedes oírte».
Es posible que las «Ciegas esperanzas» del Nadal 1992 abarquen más de lo que aprietan. No faltan páginas acertadas, momentos felices y un estimable propósito de superación creativa en continua tensión. Aunque, por desgracia, tales valores se ahogan ante la supremacía de metáforas oscuras, diálogos delicuescentes o sutilezas con pretensiones metafísicas, pero vacías de contenido real. El desequilibrio entre los elementos de la trama, la falta de espontaneidad y de sencillez que señalan al verdadero maestro del lenguaje, restan posibilidades y originalidad a un argumento que hubiera merecido mejor desarrollo. El relato queda reducido así a un ejercicio literario irregular, cuya rutilante apariencia externa no logra ocultar sus más profundas carencias internas.
Título: Esteban Terradas.
Edición y estudio preliminar a cargo de: Antonio Roca Rosell.
Editorial: Fundación del Banco Exterior, dentro de la colección «Biblioteca de la Ciencia Española», Madrid, 1991, 352 páginas.
La colección «Biblioteca de la Ciencia Española», a cuyo cargo se encuentra el profesor José Manuel Sánchez Ron, está llevando a cabo la meritoria labor de reivindicar la figura de los científicos españoles. Hasta este momento, han aparecido ya dos volúmenes. En uno se estudia la personalidad de Pío del Río Hortega y en el otro, la de José Echegaray. Este es el tercer volumen, dedicado a Esteban Terradas.
Un estudio sobre la personalidad de Terradas, del que es autor Antoni Roca, inicia esta obra, que continúa con una serie de documentos del propio Terradas. Son ocho los documentos que se publican. Lo primero que llama la atención es lo disperso de la temática abordada. Así, por ejemplo, aparece publicado un trabajo de 1909, que lleva por título «Sobre la emisión de radiaciones por cuerpos fijos o en movimientos»; en 1922 publica otro, que titula «De ferrocarriles», y en 1938, «Hélices de avión». Todo ello mezclado con estudios sobre la constante de Avogadro-Lodschmidt, el movimiento de un hilo o las integrales de Fourier-Stieltjes. Evidentemente, no se puede pedir más en cuanto a abordar temas diferentes.
La personalidad de Terradas fue multifacética. Durante largos períodos de su vida, se dedicó a la dirección de empresas tecnológicas que van desde la Sección Técnica de Teléfonos de la Mancomunitat de Catalunya, hasta la dirección de la construcción del Metropolitano Transversal de Barcelona, pasando por dirigir la Compañía Telefónica Nacional de España. Como docente, fue profesor en la Escuela del Trabajo y en el Instituto de Electricidad y Mecánica Aplicadas, de Barcelona, y en la Escuela Superior de Aerotécnica, de Madrid. Además, fue catedrático de Física Matemática, desde 1941, en la Universidad Complutense.
En cuanto a su labor científica, o sea en el campo de la Física, son determinantes las palabras de Roca Rosell: «En las cuestiones de las que Terradas se ocupó al principio de su carrera podemos reconocer las principales inquietudes de la Física del cambio de siglo». Estas inquietudes se centraban, sobre todo, en la Teoría Cuántica y en la Relatividad. Es significativo que los primeros trabajos de Física que emprendió Terradas trataban sobre la absorción de la luz en materiales sólidos y sobre la polarización de la misma al atravesar láminas de cuarzo de distinto grosor, es decir sobre cuestiones pertenecientes a la Óptica Física. Lo realmente nuevo en la ciencia española de aquel tiempo era que estos trabajos tenían una apoyatura matemática, o lo que es lo mismo se podían considerar trabajos teóricos. Se separaba, así, Terradas de la tradición «instrumentalista», que dominaba en la Física de España. Más tarde, recibió la influencia de Poincaré y después de una reflexión profunda, se dedicó al estudio de una serie de cuestiones más relacionadas con las preocupaciones de los físicos en Europa en aquel momento. Así, se preocupó por la Atomística y, de manera especial, por los trabajos de Planck. De este modo, pudo escribir que se imponía «hacer crítica de toda hipótesis basada en la continuidad en la emisión y en la absorción de la energía radiante». Se trata de demostrar la «incompatibilidad de tal hipótesis con la ley experimental de la radiación».
La Mecánica fue otro de los campos preferentes de estudio por parte de Terradas. Tal vez, porque en el mismo podía compatibilizar sus intereses físicos con la ingeniería. En este sentido, se interesó por los problemas de Estabilidad, de gran complejidad matemática y que se encuentran en la tecnología de la construcción, tanto si es de edificios, como de túneles o barcos.
Figura compleja la de Esteban Terradas. De un lado, ingeniero y técnico. De otro, físico matemático. Fue, tal vez, como tantos españoles, un «desaprovechado en nuestra historia reciente». Quizá, ahí resida su drama como hombre. Y como una parte de España.
Título: Inshallah.
Autora: Oriana Fallaci.
Editorial: Plaza y Janés. Barcelona, 1992, 697 págs.
Precio: 3.750 pesetas.
La última novela de la periodista italiana Oriana Fallaci apareció en su versión original hace dos años y fue, naturalmente, lo que suele llamarse «un acontecimiento literario». Ahora, por razones que ignoro, se publica al fin la versión española correctamente traducida aunque, hay, con alguna falta de ortografía.
La Fallaci fue un ejemplo de periodismo de influencia y de calidad en los años sesenta y setenta. Sus reportajes y entrevistas las leíamos en la ya fenecida Gaceta Ilustrada los jóvenes periodistas de la época con una mezcla de admiración y envidia. Recuerdo, por ejemplo, una entrevista con Santiago Carrillo (naturalmente, prohibida en España) y otra con Cunhal, el secretario general vitalicio del partido comunista portugués. Era la época en que los marxistas lusos estaban decididos a convertir Lisboa en Praga. Cunhal se despachó a gusto con la Fallaci sobre la «democracia burguesa», la toma del poder por el proletariado y su partido de vanguardia, la reforma agraria y el futuro radiante de Portugal. Fue un verdadero toque de atención para quienes creían inocentemente que en el país vecino no pasaba nada, apenas se había producido un cuartelazo. La reacción en Estados Unidos y Europa occidental fue tremenda. Y eso, tal vez ayudó a que los demócratas portugueses y sus amigos del extranjero reaccionasen ante la aventura totalitaria de Cunhal y sus aliados de las fuerzas armadas revolucionarias.
Aquella entrevista y lo que después siguió, fueron un ejemplo de lo que puede ser el periodismo en nuestra época aunque no estoy seguro de que las cosas se procesaran exactamente igual ahora.
En los años ochenta, la Fallaci prefirió compatibilizar periodismo y literatura. O dedicarse por entero a la literatura. Su novela o testimonio Un hombre constituyó un gran éxito «de crítica y público», como suele decirse. Había allí calidad literaria, emoción, oficio y, sin duda también, una visión de mundo original.
Oriana Fallaci tardó bastantes años en escribir la obra que ahora comento. Sinceramente, es un libro decepcionante: aburrido, interminable, reiterativo, mediocre. El lector debe hacer esfuerzos sin cuento para concluir las casi setecientas páginas de texto dividido en cuatro «actos» o partes.
Inshallah pretende ser un retrato apasionado y amoroso de una ciudad en guerra (Beirut) a través de un grupo de soldados, oficiales y suboficiales italianos destacados en la antaño luminosa capital libanesa como fuerzas de interposición o de pacificación. La intención tal vez fuese buena, el resultado resulta decepcionante aunque haya momentos de cierta intensidad literaria e indiscutible brillantez. Lo que Tom Wolfe hizo sobre Nueva York en su inolvidable Hoguera de las vanidades no lo consigue la Fallaci por mucho que se empeñe.
La intención tal vez fuese buena, el resultado resulta decepcionante.
El libro pese al retraso de la traducción, su precio y extensión, pese a que la guerra del Líbano es, afortunadamente, un recuerdo o está a punto de serlo, será, a no dudarlo, un éxito de ventas, uno más de cuantos se incluyen semanalmente en las listas que publican diarios y semanarios. Ha sido presentado y lanzado como un «best-seller» y seguramente lo será. Pero el vértigo y la ambición del «marketing» no aseguran la calidad del producto. A veces, por el contrario, lo degradan irremediablemente.
Pierre Lellouche: El año 1991 ha supuesto el final del comunismo. ¿Cuáles serán, en su opinión, señor Kissinger, los grandes desafíos mundiales en los próximos decenios? ¿Cómo concibe el nuevo orden internacional y cuál sería la posición de los Estados Unidos de cara a su integración dentro de ese nuevo orden?
Henry Kissinger: Creo que van a aparecer otros centros de poder: Europa —o, quizá, mejor, Alemania—, Japón, la República de Rusia o cualquier otro Estado que ocupe el territorio de la Unión Soviética, China, tal vez la India al cabo de unos años y, por supuesto, los Estados Unidos… Lo que supone la vuelta a unos hábitos diplomáticos más parecidos a los del siglo XIX que a los de la Guerra Fría: tendremos que pensar en todo momento en términos de equilibrio de fuerzas y de legitimidad internacional. Para los Estados Unidos lo mismo que para China y Japón, se trataría de una práctica desacostumbrada. Los europeos sí la utilizaron en otras épocas, pero esa experiencia, también para ellos, se ha quedado vieja…
P. L.: Nos encontramos, pues, ante una marcha atrás en la historia…
H. K.: No es exactamente eso, porque las formas de desempeñar ese tipo de diplomacia serán muy diferentes a las del siglo XIX. Hoy en día las comunicaciones son mucho más rápidas, las sociedades son más maduras y las democracias, incluso los regímenes autocráticos, necesitan para sostenerse el apoyo mayoritario de las poblaciones. Por otra parte, incluso en el siglo XIX, los Estados más agresivos, como Rusia y Alemania, unían al autoritarismo el nacionalismo virulento muy extendido en la opinión pública.
Hoy en día las comunicaciones son mucho más rápidas, las sociedades son más maduras y las democracias, incluso los regímenes autocráticos, necesitan para sostenerse el apoyo mayoritario de las poblaciones.
Dentro de un mundo en el que la política internacional se concebirá en términos globales, donde los acontecimientos quedarán relacionados dentro de una realidad muy amplia, las decisiones se tomarán bajo fuertes presiones, lo que podría provocar muchos problemas imprevisibles. Sin embargo, también deberíamos contar con que se dé un cierto equilibrio natural. Es probable que, en tales circunstancias, cada país lograría definir —más o menos— su política internacional con autonomía antes de armonizarla con la de los demás. Nuestra época, por el contrario, se plantea desde unas perspectivas generales —como las cuestiones de emplazamiento geográfico, demografía, el problema nuclear, etc.— que sólo pueden resolverse desde una dimensión internacional. He aquí, en dos palabras, el panorama mundial que parece definirse en el horizonte.
P. L.: El escenario está colocado, ¿cuál sería, en su opinión, el más grave problema que podría desencadenar ese nuevo orden mundial? ¿Serían cuestiones de índole militar, económica, religiosa? La Unión Soviética, ¿podría encontrar substituto que tuviera su misma dimensión universal, con intenciones de imponerse al resto del mundo? ¿O, por el contrario, nos enfrentaríamos a conflictos combinados de dimensión regional?
H. K.: Considero poco probable que un Estado intentara de nuevo imponer su ideología al resto del mundo. Existe, dentro del Congreso, una corriente partidaria de que los Estados Unidos asuman ese papel, pero sin que eso suponga ningún compromiso de carácter militar. Por tanto, nada verdaderamente serio… Tampoco pienso que ese problema se produzca en la ex-Unión Soviética. Lo que sí parece más probable es que haya un desarrollo del poder en ciertas situaciones de hegemonía regional. Porque al desaparecer el sistema bipolar, tales situaciones podrían consolidarse libremente.
P. L.: ¿Se refiere usted al Islam?
H. K.: Es posible imaginar que Irán se lanzará al gran desafío fundamentalista; ninguna de las grandes potencias está preparada para afrontar una situación semejante. ¿Cómo se desencadenó la I Guerra Mundial? Como consecuencia de un incidente trivial: esa fue la chispa que hizo explotar la pólvora. En 1908, los franceses declaraban, en relación con la crisis de Bosnia, que esa cuestión no representaba para ellos un interés nacional. Lo que no les impidió, en 1914, participar en la guerra… ¡al lado de Serbia! Los alemanes actuaron de forma parecida en el caso de Austria, y todo por un conflicto de increíble simpleza, que, además, ya estaba prácticamente resuelto.
En cualquier caso, considero que ahora existe el riesgo de las pretensiones de predominio regional. Me gustaría que Rusia renunciase a ellas en los años venideros y todavía más, insisto, en el caso de los fundamentalistas musulmanes, de Irán o de cualquier otro sitio. De producirse situaciones como las aludidas, las grandes potencias podrían verse involucradas seriamente. Pero lo que, en cualquier caso, no va a suceder es eso que se anuncia a diestro y siniestro: un mundo en el que las naciones se conduzcan con criterios de armonía y en el que todos los conflictos se resuelvan con arreglo a derecho.
Lo que, en cualquier caso, no va a suceder es eso que se anuncia a diestro y siniestro: un mundo en el que las naciones se conduzcan con criterios de armonía y en el que todos los conflictos se resuelvan con arreglo a derecho.
P. L.: Es lo que Bush ha llamado «el nuevo orden mundial».
H. K.: Exactamente.
P. L.: Hablemos de eso un momento, si le parece. ¿Cuáles serían los fundamentos de tal orden? En 1918, el sistema se basaba en el principio de las nacionalidades, origen de nuestras desgracias. En 1945, se aplicó el sistema inverso que proclamaba: inviolabilidad de las fronteras y la no injerencia en asuntos internos. ¿Cuál será la fórmula aplicable en el futuro?
H. K.: Esa es una de las cuestiones características de nuestro fin de siglo. Al mismo tiempo, no olvidemos que se registra una vuelta a los nacionalismos. En particular en aquellos países comunistas a los que se forzó a aceptar unas señas de identidad que no eran las mismas de sus regímenes precedentes. Pero cuando esos países alcancen sus objetivos nacionales, es muy posible que vuelvan a federarse de nuevo. Veremos entonces que se crearía en la cuenca del Danubio, por ejemplo, algo parecido al Imperio Austro-Húngaro, por curioso que parezca. Con la diferencia de que, esta vez, esa nueva entidad estaría formada por elementos voluntarios. De la misma forma, al sur de Rusia podríamos asistir al establecimiento de estrechas relaciones entre las Repúblicas musulmanas, Turquía o Irán.
P. L.: Estaríamos asistiendo, pues, a una curiosa combinación entre el principio de nacionalidad y la federación de grupos de Estados…
H. K.: Sí, como está sucediendo en el caso de la ex-Unión Soviética.
P. L.: Eso nos lleva a la pregunta siguiente: ¿cuál sería, en tal caso, la posición de los Estados Unidos? Porque muchos consideran que, hoy por hoy, estamos en un mundo unipolar.
H. K.: No estoy de acuerdo. Me parece que incluso ¡estamos asistiendo al ocaso glorioso de la unipolaridad americana! Nos adentramos en un mundo completamente nuevo, que tal vez nosotros los americanos no hemos debido de comprender bien del todo.
P. L.: Y que ustedes se disponen a abandonar apresuradamente y en primer lugar en el exterior, sobre todo en el terreno militar.
H. K.: Todo esto nos llevará, sin duda, a reducir de forma apreciable nuestra presencia. Actitud que no resulta fácil de comprender, cuando se piensa en la finalidad última de todo compromiso o presencia exterior. Concebidas de modo inteligente, nuestras relaciones con la mayor parte del mundo se podrían parecer a las que mantuvo Inglaterra a finales del siglo XVIII y del XIX; o bien las de Francia respecto a Europa Central en los siglos XVII y XVIII. Estas potencias se dedicaron de modo fundamental a conservar el equilibrio de fuerzas, evitando poderes hegemónicos. No pretendían ejercer predominio territorial. Consideradas así las cosas, habríamos de revisar por completo nuestro actual sistema de pensamiento en cuestiones de proyección internacional.
P. L.: ¿No podrían dejar ustedes, tras su retirada, vacíos estratégicos en Europa, en Oriente Medio y en Asia?
H. K.: Completamente de acuerdo. Ese es un peligro real.
P. L.: Volveremos sobre el tema. Ahora, me gustaría saber su opinión sobre el estado de ánimo de sus compatriotas. ¿La nación americana está dispuesta a volver a casa? ¿Se mantiene todavía consenso respecto a desempeñar un papel a escala mundial, de un «internacionalismo americano», o por el contrario, su país prefiere desinteresarse de lo que suceda fuera de sus fronteras?
H. K.: El pueblo americano es un buen pueblo, y no digo esto por «chauvinismo». He viajado mucho y conocido bastantes países. Nunca he encontrado un pueblo que muestre tanta buena voluntad y firmeza de principios como el pueblo americano. El problema es que los norteamericanos conocen poco y comprenden con dificultad las cuestiones de política internacional, debido a que su experiencia política se limita esencialmente al interior. Por eso necesitamos un gobierno capaz de tener una auténtica visión internacional. Con Bush hemos cubierto el objetivo: comprende perfectamente el papel de las relaciones internacionales y esto le permite ser un buen Presidente en estos años de transición. De todas formas, puede ayudar a que América entre por el buen camino. Lo que me preocupa es el «después de Bush».
El pueblo americano es un buen pueblo, y no digo esto por «chauvinismo». He viajado mucho y conocido bastantes países. Nunca he encontrado un pueblo que muestre tanta buena voluntad y firmeza de principios como el pueblo americano.
Dentro de cada partido puede darse un verdadero peligro: que América se divida en dos tendencias que, de hecho, coinciden al final. La una considera que nuestra única misión en el mundo era servir de freno al comunismo. Una vez que ha sido derrotado, ¡ya no tendríamos ningún papel en el exterior! La segunda tendencia se refiere al objetivo de hacer que se respeten los derechos del hombre: con la democracia —consideran los defensores de esa tesis— todos los problemas desaparecerán. Y si, pese a todo, surge algún nuevo problema, otra vez, y gracias a la democracia, podremos resolverlo.
P. L.: Esas dos tesis nos llevarían, tanto la una como la otra, a un aislamiento completo…
H. K.: Estos dos grupos de opinión podrían llegar, efectivamente, a formar una mayoría. Pero, de una parte, Japón parece a punto de convertirse en un país más nacionalista y más independiente. La situación allí es la misma que en Europa: las garantías de seguridad no son ni más sólidas ni más fiables, puesto que se desconoce la naturaleza exacta de las posibles amenazas. Consecuencia: esto conducirá al Japón hacia una política de mayor autonomía.
En otro nivel, la República rusa verá igualmente su centro de gravedad desplazarse hacia Asia, al menos de forma provisional. El Sudeste asiático se encuentra en plena efervescencia. Por otro lado, la vecindad de China, con sus millones de habitantes, es una realidad que no tendría sentido ignorar. Somos nosotros quienes nos aislamos al no contar con estos países, no ellos. Y podríamos encontrar problemas muy parecidos en otros lugares del mundo.
P. L.: Una situación «a la canadiense» —los Estados Unidos fraccionándose en numerosos grupos— ¿le parece a usted concebible?
H. K.: Francamente, ningún americano podría concebir tal cosa. Es algo que desborda su entendimiento.
P. L.: Dicho de otro modo, usted no podría admitir la idea de una sociedad multicultural que, finalmente, acabaría por atacar los valores esenciales de la sociedad americana…
H. K.: No creo que tal cosa pueda ocurrir en un futuro próximo. Pero es una posibilidad. Me preocupa la violencia de las controversias que se han producido en el ámbito de grupos elitistas y que todavía no han llegado al gran público. Otras sí, como las del asunto del juez Thomas, gracias a la televisión, que, en todo caso, demuestran graves tensiones entre hombres y mujeres, unas razas y otras. Esto sí me parece más alarmante.
P. L.: Se encuentran elementos parecidos a estos en la nueva polémica surgida entre diferentes grupos raciales a propósito de 1492.
H. K.: Toda esta retórica en torno a la «rectitud política» defendida en determinados sectores, me parece especialmente desplazada y peligrosa.
P. L.: Volviendo al papel de los Estados Unidos en el mundo, no se percibe —al margen de las opiniones actuales respecto a un mundo unipolar— más que una realidad: la retirada masiva de las fuerzas americanas en tres zonas clave: Asia, Medio Oriente y Europa. Empecemos por el Medio Oriente. ¿La Guerra del Golfo ha modificado los planes geoestratégicos o por el contrario se trata de un episodio menor?
H. K.: La Guerra del Golfo nos ha ofrecido una simple actitud de respuesta de cara al Estado más radical de la región. Pero también ha creado un vacío que abre a Irán muchas oportunidades y obliga a nuestros aliados durante la guerra a demostrar dónde están sus lealtades en esa zona. Por eso puede decirse que la situación en esa área es, por lo menos, «fluida».
P. L.: ¿Las monarquías árabes moderadas pueden asumir su propia seguridad sin necesidad de cobijarse bajo el ala de las grandes potencias?
H. K.: No lo creo. En el supuesto de una nueva agresión, contra Arabia Saudita, por ejemplo, sería necesario repetir nuestra intervención.
P. L.: ¿Pero crearían ustedes las fuerzas necesarias?
H. K.: Si estuviéramos solos, la respuesta inmediata sería «no». ¡Los Estados Unidos no podrían intervenir ellos solos! Una acción conjunta Estados Unidos/Europa sería indispensable.
P. L.: Pero a Europa no se le ve un propósito claro de crear tales fuerzas…
H. K.: Efectivamente. Y por eso puede acontecer un verdadero desastre. Porque, después de todo, mirando las cosas de un modo diferente, habría que reconocer que, incluso en el último conflicto, los europeos —a excepción de los ingleses— se reservaron la posibilidad de cambiar de bando si las cosas hubieran rodado mal. Y esto sirve también para los que se unieron a nosotros en el último momento, como hizo Francia.
En el último conflicto, los europeos —a excepción de los ingleses— se reservaron la posibilidad de cambiar de bando si las cosas hubieran rodado mal. Y esto sirve también para los que se unieron a nosotros en el último momento, como hizo Francia.
P. L.: ¿Qué hubiera ocurrido, en su opinión, si Sadam Husein hubiera aceptado la propuesta de François Mitterrand?
H. K.: Si esta propuesta hubiera sido aceptada por Sadam, tropas argelinas se habrían instalado en Kuwait, el ejército americano habría sido repatriado a más de 8.000 km., mientras los iraquíes sólo tendrían una distancia de 70 km. Sadam Husein hubiera conservado así todo su formidable arsenal militar. Todos los países de la región sabrían hoy que los americanos movilizaron un ejército de 500.000 hombres para equilibrar el potencial iraquí, pero que, a fin de cuentas, Irak conservaría su arsenal intacto. Esto hubiera sido un hermoso desastre.
P. L.: ¿Tiene sentido cuestionar si se deberían confiar responsabilidades regionales a países como Egipto y Turquía? ¿No sería mejor dejar las cosas como están?
H. K.: En todo caso, no es posible otorgar responsabilidades a países que no quieren asumirlas. No obstante, hace falta un adecuado reparto de responsabilidades. Pero, en el futuro, los Estados Unidos no pueden seguir haciendo guerras financiadas con fondos del extranjero. No debemos funcionar como mercenarios al servicio de otros. Eso es una imposibilidad técnica y psicológica.
Los Estados Unidos no pueden seguir haciendo guerras financiadas con fondos del extranjero. No debemos funcionar como mercenarios al servicio de otros. Eso es una imposibilidad técnica y psicológica.
P. L.: Una última pregunta referida a Turquía: ¿considera usted que podría extender sus fronteras hasta convertirse en una especie de Imperio resucitado?
H. K.: No creo que Turquía extienda sus fronteras, hablando con propiedad. Pero sí imagino que podría adquirir una capacidad de influencia sobre los vecinos cada vez más importante.
P. L.: ¿Sobre las repúblicas exsoviéticas turcófonas o, más al sur, sobre Irak?
H. K.: Desde luego. Y no hay nada que permita asegurar que Turquía se sienta obligada a continuar siendo pro-occidental para siempre.
P. L.: Vamos a fijarnos ahora sobre la discusión en torno a la ampliación o refuerzo de la cooperación militar franco-alemana. A la vista de los problemas que acaba de señalar, ¿qué tipo de estructura aconsejaría usted para Europa? Si tuviera que volver a diseñarla, ¿conservaría la OTAN, la modificaría, o bien consolidaría la CEE?
H. K.: Desde luego, conservaría la OTAN, porque representa el único punto de unión institucional entre Europa y Estados Unidos. Me parecería razonable atribuirle funciones que podrían prolongarse durante cierto tiempo. De otro lado, soy partidario de un ejército europeo. No acepto el argumento relativo a que la existencia de tales fuerzas restaría importancia a la OTAN. Con ellas, les sería posible a los europeos defenderse sin nuestra ayuda. En el caso de un conflicto en el Oriente Medio, por ejemplo, preferiría que los europeos actuaran militarmente en lugar de refugiarse en una actitud de neutralidad. ¡Entonces no sería la OTAN, fíjese bien, la que les empujaría a implicarse en Oriente Medio!
Soy partidario de un ejército europeo. No acepto el argumento relativo a que la existencia de tales fuerzas restaría importancia a la OTAN. Con ellas, les sería posible a los europeos defenderse sin nuestra ayuda.
En fin, me parece que es absolutamente esencial integrar a los países del Este de Europa en los dispositivos de la seguridad occidental. Las estructuras que surjan de los antiguos territorios soviéticos ejercerán, más pronto o más tarde, presión sobre la Europa del Este. Siempre ha pasado lo mismo. No ha habido, a lo que yo sé, ni un solo dirigente ruso, desde Pedro el Grande, que haya procedido de otro modo —y me extrañaría mucho que no ocurriera de nuevo—. Por eso me gustaría ver a Europa del Este integrarse en la estructura política de la Europa Occidental. Y si no lo conseguimos ahora, esta integración se volvería una meta prácticamente irrealizable. Esta es, para los europeos, la prioridad de las prioridades.
Por eso, conceptos tales como la «Europa de Vladivostok o de Vancouver», me molestan enormemente. Porque implican a Europa en procesos confusos que llevan su propio ritmo y hacen el juego al nacionalismo alemán. Si todo el mundo es aliado de todo el mundo, nadie tiene obligaciones especiales hacia los demás, y el peso específico de cada país se convierte en el único elemento determinante. Por todas estas razones, considero que una construcción política de Europa debería existir al Oeste de la nueva Unión —me refiero a la entidad que sucederá a la URSS—. Así, se podrían establecer las mejores relaciones posibles con el nuevo conjunto nacional.
P. L.: La coincidencia entre el crecimiento del poder alemán y la desintegración de la URSS, ¿le parece a usted un fenómeno preocupante?
H. K.: Digamos que es una realidad que no se puede ignorar y que exigirá una estrategia más definida. Y además por tratarse de alemanes que no aspiran a volver hacia un «nacionalismo dominador», esa amenaza tiende a desaparecer.
P. L.: Cierto. Pero si nos encaminamos realmente hacia ese mundo que usted acaba de describir, basado de nuevo en el equilibrio de fuerzas, ¿cómo se podrá controlar ese eterno problema del equilibrio entre las dos potencias, eslava y alemana?
H. K.: Tengo la impresión de que las fuerzas alemanas y eslavas acabarán por equilibrarse entre ellas mismas. Porque los eslavos son muy numerosos y disponen de muchas armas nucleares. Los alemanes harían mal si forzaran las cosas. Pero entonces, me dirá usted, alemanes y rusos podrían aliarse. Pero ¿contra quién, y con qué motivo? Esta situación no se ha producido nunca, verdaderamente. Ha habido alianzas aparentes, pero ninguna cooperación germano-rusa de larga duración.
P. L.: Ciertamente, no es esa posibilidad la que me inquieta. Pero ¿no se mantiene el riesgo de que Alemania acabe por dominar todo el Continente gracias a la superioridad demográfica y económica?
H. K.: No, porque la demografía alemana está en regresión.
P. L.: Como en toda Europa. Pero, en términos relativos, una Alemania unificada representa por lo menos una cuarta parte de la población de la Comunidad, y un PNB que pronto será igual al de Francia e Inglaterra juntas.
H. K.: En ese caso, ¿por qué no se asocian Francia e Inglaterra? ¿No parece algo aberrante lamentarse de Alemania sin estar dispuestos a asumir las consecuencias del problema? Convendría que Francia dejara de creer que puede dominar a Alemania porque sea superior a ella en el plano cultural, psicológico, o en cualquier otro plano.
Convendría que Francia dejara de creer que puede dominar a Alemania porque sea superior a ella en el plano cultural, psicológico, o en cualquier otro plano.
P. L.: ¿Qué aconsejaría a un país como Francia? ¿Debe jugar la carta de la integración de la Comunidad, cueste lo que cueste?
H. K.: Pues sí. Y además, mejorar sus relaciones con Inglaterra, Italia y España. Usted sabe que algunos dicen que una estructura federal en Europa serviría para frenar a Alemania. Pero también se puede pensar que tal estructura sería claramente dominada…
P. L.: Por Alemania.
H. K.: …lo que equivaldría a un control sobre Europa ejercido por Alemania y que, por consiguiente, la Confederación sería, quizás, una fórmula preferible.
P. L.: Estoy completamente de acuerdo con usted en ese punto.
H. K.: Personalmente, pienso que los Estados Unidos no tienen nada que decir sobre ese asunto, que sólo concierne a los europeos. Sobre todo, no debe forzar las cosas.
P. L.: La elección entre una Federación y una Confederación tendría, por tanto, consecuencias directas para las futuras relaciones entre los Estados Unidos y Europa…
H. K.: Si yo fuera europeo occidental, procuraría mantener la presencia de Norteamérica en Europa. Una presencia que se hace todavía más necesaria hoy en día que lo que fue durante los dos conflictos mundiales. El problema es, simplemente, llegar a un acuerdo sobre el modo en que nosotros nos quedaríamos en Europa. No tenemos ninguna necesidad de dejar 200.000 hombres en el Continente. Creo que el papel de los armamentos, tal como se concebían en los años 70-80, pertenece al pasado. En cuanto al absurdo de la pura estrategia nuclear, es algo que no hace falta demostrar.
Creo que el papel de los armamentos, tal como se concebían en los años 70-80, pertenece al pasado. En cuanto al absurdo de la pura estrategia nuclear, es algo que no hace falta demostrar.
Eso diría si fuera un europeo. Y, por último, lo repito una vez más: no tengo absolutamente nada contra una Fuerza europea, de cualquier tipo que sea.
P. L.: ¿Incluso una Fuerza sometida al doble mando de la UEO?
H. K.: ¡Por supuesto! Y además no veo dónde puede estar el problema. Mucha gente protesta: «…porque si los europeos tuvieran su propio ejército»… Eso está bien. Pero ¿y después? ¿Qué quieren hacer? En caso de un ataque proveniente del Este, ¿querrían decirnos que preferirían defenderse solos? En cambio ¿iban a mantenerse neutrales en un nuevo conflicto en Oriente Medio? ¡Pero si los europeos han sido neutrales en todos los conflictos de esta región! En fin, hemos hablado antes de todo eso.
Lo cierto es que nos hemos acostumbrado de tal forma a dominar la Alianza Atlántica que ahora nos creemos esenciales. Pero este aspecto de la cuestión no me preocupa demasiado. Lo que me molesta son las continuas maniobras de esa política típicamente europea que, con el pretexto del equilibrio de fuerzas, acaban por convertir a los Estados Unidos en un «elemento extranjero». Es esto, y no otra cosa, lo que amenaza con bloquear nuestros sentimientos de implicación con Europa. Y no me refiero a que se nos considere formando parte integrante del Viejo Continente, pero sí sería de esperar que nos pudiéramos beneficiar de relaciones privilegiadas. Al hablar de la Europa de Vladivostok o de Vancouver, da la impresión de que el Este y los Estados Unidos son lo mismo.
P. L.: ¿Qué conclusiones se podrían obtener para establecer la nueva doctrina de la OTAN? ¿Volveríamos al concepto de «represalias masivas»?
H. K.: No lo creo. En 1988 participé en un grupo de estudio Casa Blanca/Pentágono que publicó un informe muy bien documentado. Si nos fijamos en el Golfo, se emplearon armas de gran precisión y alta tecnología para la defensa. Las represalias masivas no sirven para una estrategia permanente. Eso desmoralizaría a la población.
P. L.: ¿Qué aconsejaría usted para la defensa Norte/Sur? ¿Armas antimisiles y gran número de armas espaciales?
H. K.: Sí.
P. L.: Todavía no hemos hablado de Asia y de Japón. ¿Cree usted que Japón acabará por encontrar su sitio en el concierto de naciones? Me parece que, a largo plazo, se trataría de integrar dos culturas extrañas. Una es el Islam, que sería necesario acomodar a los valores sociales y modos de funcionamiento capitalista de Occidente. La otra es la sociedad japonesa: haríamos mal en canalizar su fuerza en la medida en que está profundamente introducida en nuestra vida económica y resulta extraña a nuestra cultura. ¿Existe, en su opinión, la posibilidad de que los japoneses aporten al sistema o, por el contrario, que continúen viviendo como un parásito?
H. K.: No me atrevería a decir que ellos constituyan necesariamente un elemento parásito. Lo que está claro es que la cultura japonesa se adapta sólo al sistema siguiente: Japón será una gran familia rodeada de extranjeros. Además, es una sociedad esencialmente de tipo feudal. Eso explica que los japoneses encontraran normal estar dominados por un ocupante, lo mismo que encuentran normal ser superiores. Permanecer en igualdad es lo que les resulta difícil.
P. L.: ¿Es posible que evolucionen en nuestra dirección?
H. K.: No. Pero es probable que los japoneses, a través de sus propios valores culturales, lleguen a integrarse poco a poco en este nuevo mundo de equilibrios complejos. Y no es el caso de darles lecciones sobre ese valor tan abstracto como es el de la cooperación.
Es probable que los japoneses, a través de sus propios valores culturales, lleguen a integrarse poco a poco en este nuevo mundo de equilibrios complejos.
P. L.: El hecho es que ya disponen —en cuanto a su volumen— del tercer presupuesto de defensa del mundo y que se registra al mismo tiempo una vuelta generalizada del nacionalismo. ¿No le preocupa esto?
H. K.: Creo que Japón está llamado a desempeñar uno de los papeles principales en el escenario mundial.
P. L.: ¿También en el terreno militar?
H. K.: Sin ninguna duda.
P. L.: Dadas las relaciones que mantienen los japoneses con los vecinos, ¿cuál es su pronóstico? ¿Se producirían tensiones en la zona, o habría tal vez una alianza con China?
H. K.: Podrían llegar a una alianza con China, pero sólo si los Estados Unidos les facilitan esa posibilidad con una gestión desafortunada de las relaciones con China.
P. L.: Para terminar, señor Kissinger, ¿se podría afirmar que según expresión francesa «nos hemos comido nuestro pan blanco» y abordado solamente las amenazas más fáciles en relación con las que nos aguardan mañana?
H. K.: Absolutamente. Considero que todos nosotros y América especialmente, estamos en un mundo en el que queda mucho por hacer. El riesgo de una guerra nuclear se ha reducido, pero la complejidad del panorama mundial se ha agravado mucho.
P. L.: ¿Y la coyuntura económica es mucho más compleja?
H. K.: ¡Y mucho más compleja también!
«…Y procura que no haya ningún aforado, que si no el asunto muere en el Supremo». Esta sabia y experimentada recomendación dirigía un Fiscal Jefe a su subordinado, al que pretendía encargarle las diligencias penales de un famoso escándalo político-financiero-fiscal que estos días es la comidilla de la prensa. Sabia y experimentada porque, si bien se mira, prácticamente desde el asunto Matesa no se ha condenado o, al menos, sometido a juicio, a ningún miembro de la clase política. ¿Honestidad generalizada?, probablemente, pero a menos que uno esté mínimamente al tanto de cómo se desenvuelve la res publica habrá que ser un tanto escéptico.
Lo que no funciona es el resorte que las sociedades civilizadas se dan para controlar el Poder y para garantizarse un mínimo de calidad de vida como ciudadanos y no como súbditos.
Esto nos lleva a preguntarnos para qué sirve nuestra angosta y burocratizada Justicia o, dicho de otra forma, ¿sirve realmente para que España sea en verdad un Estado social y democrático de Derecho o, como dicen con crudeza algunas malas lenguas, nuestro país es más bien un Estado siciliano de hecho? Es cruda esa expresión, pero hay quienes tienen por empeño que no haya un verdadero Poder Judicial; existe, eso sí, una fachada, pero esa enorme maquinaria no es eficaz, y, precisamente, lo que no funciona es el resorte que las sociedades civilizadas se dan para controlar el Poder y para garantizarse un mínimo de calidad de vida como ciudadanos y no como súbditos.
Que ese mecanismo, conscientemente, se ha inutilizado o se le ha hecho inoperante salta a la vista. Voy a centrarme en un punto concreto: la Ley Orgánica del Poder Judicial, Ley con que desde 1985 malvivimos, no todos, los Jueces. Esta Ley ha extendido por el ya deteriorado cuerpo judicial la metástasis de un cáncer que día a día corroe lo que es la esencia de la Justicia: su independencia. Probablemente la mayoría de los españoles no saben ni que existe ni que fue pensada como torpedo dirigido a la línea de flotación del Poder Judicial.
La Ley Orgánica del Poder Judicial ha extendido por el ya deteriorado cuerpo judicial la metástasis de un cáncer que día a día corroe lo que es la esencia de la Justicia: su independencia.
Lo más llamativo de esa Ley fue que las Cámaras Parlamentarias eligiesen a los miembros del Consejo General del Poder Judicial, órgano de Gobierno de la Justicia, trasladando así al seno del gobierno judicial la división de fuerzas políticas. Eso que, según el Tribunal Constitucional era un «riesgo» es diaria realidad, aunque ya lo era cuando los miembros de ese Tribunal —bastaba querer verlo— dictaron la Sentencia que ampara ese sistema. División partidista en ese órgano y con ese código genético han nacido la gran mayoría de sus actos: así se han designado presidentes de los Tribunales Superiores de Justicia —que presiden, ojo, las Salas que juzgan a las personas aforadas de cada Comunidad Autónoma—, los de las Audiencias Provinciales y, sobre todo, los nombramientos para el Tribunal Supremo; precisamente en el origen de la Ley Orgánica está el malestar del Gobierno de 1985 ante una Sala de ese Tribunal que «entorpecía» su política educativa. Controlado el Consejo se cierra el arco de control sobre el Tribunal Constitucional, sobre la Junta Electoral Central o se dice amén a la propuesta para Fiscal General del Estado.
Pero esa Ley Orgánica produjo otros efectos no menos contundentes: se rebajó la edad de jubilación a la par que, con la creación masiva de nuevas plazas judiciales, se dio paso a una nueva Carrera Judicial con la incorporación, también masiva, de nuevos jueces. Prueba de ello es que de un colectivo de unos tres mil quinientos jueces y magistrados más de la mitad cuenta con menos de nueve años en la Carrera Judicial. Hace ocho años un magistrado de cuarenta y pico años era una joven promesa, ahora con esa edad se es una vieja gloria encumbrada en las cimas del Escalafón, que de mil quinientos jueces en 1985 ha pasado a esos tres mil quinientos en apenas siete años, con la consiguiente renovación prácticamente total de algunos órganos clave, como es el Tribunal Supremo, que es quien tiene la última palabra.
Y desde la Ley Orgánica asistimos a la versión fin de siglo del celtibérico caciquismo. Vayan unos cuantos botones de muestra: como se dijo antes, en los Tribunales Superiores de Justicia hay una Sala —a cuya cabeza está precisamente el presidente del Tribunal, que es designado por el Consejo— que conoce de la responsabilidad civil y penal de las personas aforadas de cada Comunidad Autónoma, Sala que, en parte, es compuesta por unos Magistrados que no ingresan en la Carrera Judicial por oposición, sino que son propuestos por las fuerzas políticas de cada Parlamento Autonómico… Otro botón: los non natos —y ojalá que sigan así— Juzgados de lo Contencioso-Administrativo; decimos que ojalá sigan así, en la mente de Dios, no porque no sean necesarios, sino porque se les quiere constituir incorporando a ellos no a magistrados procedentes de oposiciones, sino a funcionarios venidos desde las Administraciones locales y autonómicas, precisamente aquellas cuya actividad les correspondería enjuiciar. Si a esto se une que recientemente el Consejo ha adoptado un Acuerdo por el que se premia con hasta nueve años de antigüedad al juez que acredite conocer el idioma de la Comunidad y el Derecho Propio de la misma y la única forma de acreditar que se sabe Derecho propio es mediante títulos, titulillos o diplomas expedidos por cada Comunidad, éstas podrán dárselo a quienes deseen y así formar indirectamente unas Salas de Justicia propicias.
Estos son sólo —ojo: he dicho sólo— algunos de los angostos intríngulis en donde a diario se libra la batalla de la independencia y credibilidad de la Justicia. Podríamos hablar también de la capitisdisminución del Ministerio Fiscal al que, por cierto, se le quiere dar en exclusiva el monopolio de la acción penal; o de la insistencia en hacer de los jueces funcionarios y de la Justicia no Poder sino servicio público; o de la sempiterna carencia de medios, de la inexistencia de una Policía Judicial o de una inspección durante bastante tiempo pensada como control ideológico de la judicatura, etc. Y eso sin entrar, por ejemplo, en la truculenta farsa del sistema carcelario o en el sistemático incumplimiento de resoluciones judiciales por parte de la Administración…
Son batallas que escapan a la comprensión del gran público pero que poco a poco siente en sus carnes la contundente realidad de que, en última instancia, no hay controles para el Poder tanto oficial como real y sus agentes, que viven en el permanente nirvana de que para su actuar a la postre no hay cortapisas.
¿Es que, al final, en España el juez no es independiente? Serlo lo es, pero el mensaje que se lanza es que la independencia es un sentimiento personal e individual del Juez; la independencia es un ropaje, a modo de lencería íntima, con el que el Juez cada día se reviste para el ejercicio de su poder, pero que no encuentra reflejo ni eco institucional. Es así la independencia algo cuasiheroico pues heroicidad es tener que ser independiente en una organización donde la independencia institucional es inexistente. Así se comprende que cuando un juez ha sido inquietado en su independencia en los últimos años, el Consejo haya contestado con el silencio unas veces, cuando no con la persecución del propio juez, que no es capaz de calar el nuevo sentido común imperante o que no capta la honda que la «nueva sociedad» reclama.
¿Qué factores explican ese eco y esa resonancia? ¿Son simplemente una consecuencia de la amplia difusión del Opus Dei en numerosos países y entre personas de muy variados estratos sociales? Ese hecho es determinante pero, por sí solo, no constituye una explicación suficiente. Lo que hay detrás de toda esa expectación es la percepción, claramente sentida unas veces, confusamente otras, de que nos encontramos ante un verdadero hito histórico, ante una fecha destinada a ocupar un lugar de primer plano entre las efemérides que jalonan los últimos decenios del siglo XX. ¿Por qué es así?, ¿por qué la figura y, concretamente, esta beatificación, puede tener ese alcance?
Todo cristiano, más aún todo hombre, está llamado a una relación vital con Dios. Ser consciente de ello, asumirlo en la práctica y vivir la personal y concreta existencia con la conciencia de propia dignidad como hombre y como hijo de Dios, eso y no otra cosa es la santidad.
Para responder a esos interrogantes, parece oportuno que nos detengamos para reflexionar en lo que significa, en términos generales, una beatificación. Todo católico, e incluso toda persona que, creyente o no, habite en un país de amplia población católica, ha oído hablar de santos, contemplando imágenes que los representan, presenciado procesiones que les rinden reverencia, participado en fiestas organizadas en su honor y, aunque con menor frecuencia, familiarizado con los procesos que condujeron hace siglos, o conducen en nuestros días, a su reconocimiento o proclamación como tales. Para quien se mueva en un ambiente católico la referencia a los santos constituye una realidad habitual, que suscitará, según los casos, entusiasmo, indiferencia o recelo, pero que, en todo caso, no sorprende.
Y, sin embargo, no es un fenómeno universal. En un contexto musulmán, budista o hindú cabe encontrar, sin duda, figuras que han suscitado y suscitan veneración, pero nada parecido a lo que los santos. Incluso en un contexto cristiano, ese culto florece en la Iglesia católica y en las Iglesias orientales ortodoxas, pero ocupa un lugar muy pequeño o es inexistente en las confesiones protestantes. No es casual que así sea, ya que ese culto está en relación con el núcleo central del dogma católico: la convicción de que Dios se ha hecho presente en la historia humana, y ello no sólo en ese momento, decisivo pero ya pasado, de la vida, muerte y resurrección de Cristo Jesús, sino en el hoy y en el ahora, es decir, en todo momento y en todo tiempo. Dios no se aleja de la historia humana, sino que continúa presente en ella y fruto de esa presencia es precisamente la santidad.
La palabra santidad evoca, en el lenguaje corriente, un aura de excelsitud e incluso de excepcionalidad. Hay razones para que así sea, pero conviene subrayar que, en pureza de términos, la palabra santidad significa exactamente lo mismo que condición cristiana. Es un hecho, muchas veces señalado, que en los escritos de San Pablo y, en general, en los documentos cristianos primitivos, la expresión «los santos» significa lo mismo que «los cristianos». La santidad no es, en efecto, otra cosa que unión con Dios: esa unión con Dios que anuncia y hace posible el cristianismo. Todo cristiano, más aún todo hombre, está llamado a una relación vital con Dios. Ser consciente de ello, asumirlo en la práctica y vivir la personal y concreta existencia con la conciencia de propia dignidad como hombre y como hijo de Dios, eso y no otra cosa es la santidad.
En este sentido, como resulta obvio, la santidad es una realidad mucho más amplia y dilatada que la connotada por esos actos a los que conocemos con los nombres de beatificación y canonización, con los que pasamos del nivel ontológico —lo que unas determinadas vidas han sido ante Dios— al eclesiológico —el reconocimiento de esa realidad por la Iglesia—. Las beatificaciones, en efecto, no son un acto privado, sino un acto de la Iglesia como tal. De ordinario suelen estar precedidas de un período en el que la persona o personas a las que se refieren han suscitado admiración e incluso han sido objeto de devoción popular, más o menos extendida según los casos, pero cuando tiene lugar la beatificación —y más aún esa segunda declaración solemne que es la canonización— se produce un salto de calidad: no se está ante la mera convicción privada que algunos —pocos o muchos— pueden tener respecto a la ejemplaridad cristiana de una persona, sino ante un reconocimiento público, formulado por la autoridad de la Iglesia.
Las beatificaciones que han tenido lugar en tiempos y años pasados y la que tendrá lugar el 17 de mayo, nos sitúan ante una realidad fáctica, ante un hecho o, por mejor decir, ante una persona —en este caso Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer— de quien se afirma que objetiva y realmente ha sido fiel al ideal cristiano, encarnándolo en su vida. A la vez, e inseparablemente, ante el reconocimiento de ese hecho, y un reconocimiento realizado en nombre de la comunidad cristiana a través de quien la representa, es decir, de la autoridad de la Iglesia, es un juicio de dimensiones trascendentes.
Las beatificaciones y canonizaciones implican, en efecto, no sólo una valoración positiva de la vida de una persona, de la que se reconoce que ha plasmado en hechos de vida el mensaje del Evangelio, y a la que se propone, por tanto, como inspiración, modelo o impulso para los demás cristianos, sino además la autorización, o la recomendación, del culto, de la invocación litúrgica, del recurso a su intercesión. La Iglesia católica se considera, en suma, capacitada no sólo para reconocer la calidad cristiana de una vida, sino para traspasar las barreras de la muerte, hasta vislumbrar que un hombre o una mujer concretos han entrado en la plena intimidad con Dios y puede, por tanto, acudirse a su valimiento. De ahí la audacia que implica una beatificación y el choque o el escándalo que puedan representar para el no creyente.
Pero, dejando ese tema, vayamos más bien a lo que antes apuntábamos: a esa distinción entre la dimensión ontológica y la eclesiológica de la santidad, entre la santidad fáctica y su proclamación. Porque el hecho es que a lo largo de la historia ha habido millones de cristianos, y de cristianos no sólo de nombre sino de realidad, y, en ese sentido, millones de santos, pero el número de las beatificaciones y canonizaciones no supera los millares.
El hecho es que a lo largo de la historia ha habido millones de cristianos, y de cristianos no sólo de nombre sino de realidad, y, en ese sentido, millones de santos, pero el número de las beatificaciones y canonizaciones no supera los millares.
¿Por qué la Iglesia, de entre esos millones de hombres y mujeres, procede a proclamar la santidad de algunos en concreto? Esta es la pregunta a la que debemos contestar para expresar con plenitud el sentido de las beatificaciones y canonizaciones y explicar por qué, especialmente algunas de ellas, constituyen hitos históricos, incluso, en ocasiones, de enorme relieve.
Todo intento de esbozar acabadamente los rasgos que definen la conciencia creyente en lo que a las beatificaciones se refiere, evitando la tentación de detenerse en aspectos marginales o periféricos, debe dirigirse al núcleo de la fe cristiana: a esa convicción que la Iglesia tiene de ser, precisamente en cuanto cuerpo social concreto, formado por hombres y mujeres de carne y hueso, no sólo un anuncio sino también una manifestación de la presencia de Dios en la historia. La Iglesia, tal y como ella se entiende a sí misma, no es un simple grupo de creyentes que mantiene vivo a lo largo de los siglos la memoria o recuerdo de Cristo, sino una comunidad que participa de la vida de Cristo y que, en Cristo y por Cristo, tiene acceso a la intimidad con Dios, es decir, a la santidad. Y ello no sólo al fin de los tiempos, sino, al menos incoadamente, ya en la realidad presente.
La Iglesia posee ciertamente, como recordó el Concilio Vaticano II, una dimensión escatológica, es decir, vive de cara a una meta que se alcanzará con plenitud sólo cuando la historia humana haya concluido su curso; pero confiesa a la vez que esa meta se prepara y pregusta en el tiempo. La historia humana no es una historia de pecado que, al final y como a través de un cataclismo, se abrirá a la unión con Dios, sino una historia en la que esa unión se anticipa, y en la que la santidad puede manifestarse, venciendo al pecado.
Hablar de la santidad no es hablar de una aspiración a lo lejano e inaccesible, ni tampoco referirse a una dimensión entre otras del vivir de la Iglesia; es hablar de su razón de ser, más aún, de lo que la define y constituye. La Iglesia existe para anunciar a Cristo, mejor, para hacerlo presente en la historia y, de esa forma, no sólo manifestar al hombre la hondura de su misterio y la dignidad de su destino, sino provocar su encuentro vital con Cristo, hacer posible, por decirlo con palabras de la Redemptor hominis, que Cristo salga al encuentro de todo hombre y recorra con él el camino de su vida, hasta llevarlo a la plena comunión con Dios, o sea —digámoslo una vez más— a la santidad. La historia de la Iglesia no es otra cosa, en su substancia última, que la historia de la santidad realizándose en el tiempo. Por eso ha podido decirse que la historia de la Iglesia debería escribirse como una historia de los santos.
Los jalones decisivos de la historia de la Iglesia no están constituidos por las grandes gestas culturales o por la confrontación con unas u otras civilizaciones, ni tampoco por la construcción de grandes templos o por la celebración de concilios de alcance universal, sino por la real y efectiva promoción de la santidad.
Los jalones decisivos de la historia de la Iglesia no están constituidos por las grandes gestas culturales o por la confrontación con unas u otras civilizaciones, ni tampoco por la construcción de grandes templos o por la celebración de concilios de alcance universal, sino por la real y efectiva promoción de la santidad.
De ahí que entre los momentos en los que la Iglesia va más al fondo de su ser se encuentren precisamente aquellas ocasiones en las que, reflexionando sobre su propio vivir, reconoce que en uno de sus miembros se ha realizado ese misterio de comunión con Dios del que ella vive y al que aspira, es decir, cuando procede a una beatificación o canonización. Toda beatificación implica en efecto proclamar el don de Dios, la posibilidad de unión con él, y hacerlo de la manera más viva y eficaz: hablando no de forma genérica, sino concreta, referida a hombres y mujeres singulares, en los que hubo limitaciones y defectos, pero en los que, sobre esos defectos, triunfó el poder de Dios.
Cada vez que la Iglesia beatifica o canoniza a un santo realiza, en suma, un acto de fe en la presencia de Cristo en la historia humana, y reafirma que ella misma, en cuanto Iglesia de Cristo, es instrumento de santidad, e instrumento que realmente santifica, que real y verdaderamente da a conocer a los hombres la dignidad de su destino y les comunica la fuerza que permite vivir concordemente con esa dignidad.
Pero si cuanto acabamos de decir manifiesta la hondura y la conexión que las beatificaciones tienen con el conjunto de la vida de la Iglesia, no agota sin embargo la realidad. Es necesario evocar otro dato que completa el anterior y termina de precisar los contornos de la conciencia cristiana. Las beatificaciones y canonizaciones implican, en efecto, no sólo reconocer la hondura cristiana de una determinada vida, sino además —ya lo decíamos antes— presentar a quien vivió esa vida como modelo, más aún como intercesor, como alguien a quien puede acudirse confiando en su valimiento ante Dios.
En otras palabras, las beatificaciones y canonizaciones ponen de manifiesto un dato decisivo en orden a determinar la comprensión de la historia que ofrece el cristianismo: el dogma de la comunión de los santos, es decir, la conciencia que la Iglesia tiene de estar en comunión también con las generaciones que nos han precedido. La historia es un proceso, mejor, una aventura; y de esa aventura somos protagonistas no sólo los hombres que hoy y ahora poblamos la tierra sino la totalidad de los que han vivido. El destino de cada hombre no termina con su muerte, sino que se prolonga en el más allá, ya que la muerte interrumpe ciertamente un modo de existir, pero no el existir en cuanto tal. Más aún, quienes mueren no entran en un cielo empíreo, alejado de los avatares del vivir terrestre, sino que continúan interesados en nuestra historia y unidos a ella.
Estamos ante una de las afirmaciones centrales de la fe cristiana. Hace ya algunos decenios un gran exégeta alemán, Erik Peterson, escribió una obra a la que puso por título El libro de los ángeles; en ella venía a decir que sólo quienes captan de modo vivo la importancia y el papel de los ángeles han de tener una visión verdaderamente católica. Lo mismo cabe decir respecto a los santos: sólo quien sienta y viva la comunión con los santos llegará a percibir con hondura la dignidad de la persona humana, su conexión con la humanidad, esa humanidad de la que forma parte y de la que ha recibido un patrimonio y con la que comparte un común destino.
La humanidad es mucho más que el conjunto de hombres que hoy y ahora vivimos sobre la superficie del globo terráqueo; las generaciones pasadas perviven no sólo en las obras que legaron, sino también en sus personas, viviendo en la eternidad y compartiendo nuestro destino. Cielo y tierra no constituyen, para la conciencia católica, dos universos heterogéneos, aislados entre sí, sino dos segmentos de una misma realidad. La Iglesia de los cielos y la Iglesia que peregrina en la tierra —o, según la terminología clásica, la Iglesia triunfante y la Iglesia militante— no son dos Iglesias sino dos sectores de una única Iglesia, ambos en íntima conexión, unidos por el Espíritu Santo que la anima.
Cielo y tierra no constituyen, para la conciencia católica, dos universos heterogéneos, aislados entre sí, sino dos segmentos de una misma realidad.
Un análisis histórico permitiría mostrar cómo la Iglesia primitiva se consideraba apostólica no sólo porque se sabía en continuidad con la predicación de los primeros seguidores de Jesús, sino también porque tenía la convicción de que Pedro y Pablo, Juan y Andrés y todos los demás Apóstoles seguían vivos y presentes en ella. O también cómo, en la época de las persecuciones, los mártires, que habían refrendado la fe con la entrega de sus vidas, eran sentidos como seres cercanos, cuyo recuerdo y cuya intercesión ayudaba a afrontar las propias y personales dificultades. Las posteriores beatificaciones y canonizaciones no hacen sino prolongar esa tradición.
Aquí, como antes —y vale la pena subrayarlo— nos encontramos ante una realidad íntimamente relacionada con el sentido de fraternidad que caracteriza al vivir cristiano. Cada vez, en efecto, que la Iglesia procede a una beatificación o canonización, al fijar su atención en un hombre o una mujer determinados y proclamar que puede confiarse en que viven con la vida de Dios, no sólo recuerda a la comunidad cristiana su dimensión trascendente sino que pone de manifiesto la verdad de lo que afirma el símbolo de la fe: el conjunto de los santos no constituye una muchedumbre informe y anónima, de la que cabe hablar sólo en términos genéricos e indefinidos, sino una familia, formada por hombres y mujeres concretos, a los que cabe designar por su nombre y con los que puede establecerse una relación personal.
Las beatificaciones y canonizaciones, al proclamar la santidad de una determinada persona y autorizar el culto y el recurso a su intercesión, dan un rostro concreto a la comunión de los santos, facilitando así su plasmación vital y efectiva.
Las beatificaciones y canonizaciones, al proclamar la santidad de una determinada persona y autorizar el culto y el recurso a su intercesión, dan, en suma, un rostro concreto a la comunión de los santos, facilitando así su plasmación vital y efectiva.
«La historia —escribía Mons. Escrivá de Balaguer— no está sometida a fuerzas ciegas ni es el resultado de un azar, sino que es el escenario de la libertad humana y de la acción divina. La Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, no transita por la historia adaptándose a los obstáculos, para ver cómo puede esquivarlos o para seguir los meandros abiertos según la línea de menor resistencia, sino que, por el contrario, camina sobre la tierra con paso firme y seguro, abriendo Ella misma camino». Estas palabras, contenidas en una conferencia que Mons. Escrivá de Balaguer pronunció en 1947, y en las que se refleja la clara conciencia que el Fundador del Opus Dei tuvo siempre tanto de la vitalidad de la Iglesia como de la conexión entre vida cristiana y mundo, nos permiten dar un paso adelante, ya que los santos —y en especial algunos— son una de esas «intromisiones» del Espíritu Santo de las que el texto recién citado acaba de hablarnos.
Se ha dicho, en más de una ocasión, que los santos son dones de Dios a su Iglesia, dones mediante los que Dios impulsa el caminar de la Iglesia, recordando, a través de ellos, unos u otros aspectos del Evangelio. Ni que decir tiene que hablar de don de Dios, en este caso, implica referirse no sólo a una iniciativa divina, sino también a una realidad humana: la vida del santo, sus afanes, su reacción ante cuanto le rodeó, la tarea o misión que marcó e incluso definió su existencia. El don de Dios radica y se expresa en y a través del santo mismo, en su persona y en su obra, en el conjunto de su existir y en el modo cómo, en ese existir concreto, asumió y vivió el Evangelio, mostrando su capacidad para informar situaciones nuevas y para abrir perspectivas de futuro.
El don de Dios radica y se expresa en y a través del santo mismo, en su persona y en su obra, en el conjunto de su existir y en el modo cómo, en ese existir concreto, asumió y vivió el Evangelio.
El joven Antonio, que a principios del siglo IV se retiró al desierto de Egipto y llegó a merecer el nombre de San Antonio Abad, con su decisión y su estilo de vida, dio forma definitiva a una experiencia espiritual que, al consolidarse precisamente cuando la Iglesia comenzaba a conocer la paz después del dilatado período de las persecuciones, contribuyó a recordar la necesidad de un hondo sentido de lo divino, suscitando un movimiento que ha marcado durante largos siglos la historia cristiana. Francisco de Asís, en el momento de esplendor de la Italia medieval, y en un mundo que se debatía entre un fuerte desarrollo del comercio y del arte y una crítica social que amenazaba con destruir no sólo la Iglesia sino también la cultura, trazó un camino en el que el radicalismo evangélico se unió armoniosamente con el sentido de la belleza y el aprecio a lo humano. Tomás de Aquino, en una encrucijada intelectual en la que un nuevo modo de entender la ciencia ponía en discusión los saberes recibidos, se lanzó audazmente a la busca de una síntesis que hizo posible una renovada manifestación de la vitalidad de la fe.
En todos esos casos, y en otros muchos que podrían citarse, la santidad de los santos y el posterior reconocimiento de esa santidad por parte de la comunidad cristiana incidieron poderosamente en la historia. Sus respectivas canonizaciones no implicaron, ciertamente, ni una sanción a la totalidad de sus acciones ni la atribución de un carácter absolutamente normativo a sus figuras —se puede ser cristiano sin inspirarse en Francisco de Asís o sin comprometerse con la teología de Tomás de Aquino—, pero sí mostraron que el temple de alma que manifestaron y el camino que trazaron eran un temple y un camino que un cristiano podía, con segura conciencia, hacer suyos, y, de ese modo, potenciaron la fuerza que de ellos emanaba o, al menos, facilitaron su irradiación.
Las beatificaciones y canonizaciones tienen por objeto directo una persona y, más concretamente, su relación con Dios, connotan no obstante —no puede ser de otra manera— lo que esa persona ha vivido, lo que aspiró a realizar, la tarea o empresa que marcó y en ocasiones incluso definió su existencia. Son, desde esta perspectiva, actos por los que la Iglesia reconoce el don que Dios, a través de cada santo, le hace, lo recibe, se lo apropia y toma de él fuerza y empuje para su vida y para su acción. Constituyen pues, en mayor o menor medida según los casos, decisiones mediante las cuales la Iglesia orienta su curso histórico, hitos que jalonan su vida, expresando la conciencia que tiene de sí y proyectándola hacia el futuro. Por eso dicen referencia, en cuanto tales beatificaciones y canonizaciones, no sólo a las crónicas piadosas, sino a las realidades que configuran el surco que el cristianismo abre en la historia humana.
Llega ya el momento de dirigir directamente la mirada a la personalidad que ha motivado estas reflexiones —Josemaría Escrivá de Balaguer— y de responder a la pregunta que formulábamos al principio: ¿por qué el anuncio de su próxima beatificación ha suscitado un amplio eco, provocando reacciones múltiples y variadas?
Como ya insinuábamos al principio, la respuesta —que ahora estamos en condiciones de comprender mejor— es, a nuestro juicio, clara: ese eco es el reflejo de una conciencia social, clara o difusa según los casos, sobre la importancia de su figura y de su mensaje, y en consecuencia sobre la repercusión histórica que está destinada a tener su beatificación.
Ahora bien, ¿en qué consiste, dónde radica esa importancia de la figura y del mensaje de Mons. Escrivá de Balaguer?, ¿cuál es su aportación fundamental al vivir de la Iglesia y del mundo? Todo intento de responder a estas preguntas nos remite a una fecha clave: el 2 de octubre de 1928. Unos diez años antes, siendo un joven estudiante de bachillerato, había sentido una honda inquietud espiritual. Con ojos de fe, esa inquietud se transformó en una convicción acompañada de un interrogante que, de momento, no encontraba respuesta: «Dios quiere algo de mí, pero ¿qué?». En esa tesitura, y a fin de mantenerse disponible para cualquier actividad futura, decidió hacerse sacerdote. Recibió la ordenación en 1925. En 1927 se trasladó a Madrid. Y fue allí, durante la jornada del 2 de octubre de 1928, cuando comprendió con claridad cuál era la meta que iba a dotar de sentido a su vida.
En pocas palabras, podemos resumir lo acontecido afirmando que comprendió que debía consagrar su existencia a proclamar la llamada universal a la santidad, a provocar entre cristianos de las más variadas clases y condiciones una conciencia viva de la hondura y la llamada que implica la fe cristiana. Conviene precisar que percibió esta verdad no de modo abstracto, sino en concreto: lo que vio el 2 de octubre de 1928 —ver era el verbo que solía emplear— no fue una proposición intelectual, que se imponía como derivada del Evangelio, sino más bien una muchedumbre de cristianos, conscientes de su fe, es decir, de su condición de hijos de Dios y viviendo con conciencia de hijos de Dios la totalidad de sus vidas, también sus tareas y ocupaciones profesionales.
Comprendió, en suma, que debía dedicar todas sus energías no tanto —no sólo— a predicar una doctrina, sino más bien a promover entre los cristianos una auténtica vida de fe, de manera que ésta dejara de ser rutinaria para convertirse en vital, de modo que esos cristianos, conscientes de sí, se esforzaran por santificar sus propias vidas, a la par que, con su ejemplo y su palabra, abrirían horizontes espirituales a quienes les rodeaban.
Desde el primer momento, es decir, desde el 2 de octubre de 1928, se mezclaron en el interior de Mons. Escrivá de Balaguer sentimientos de admiración, de maravilla, de agradecimiento y de urgencia. Porque tuvo conciencia de que lo que se le había dado a conocer no era un hecho de poca monta, sino un mensaje que, sumándose a otros que pudiera suscitar el Espíritu Santo, estaba destinado a contribuir eficazmente a una revitalización de la Iglesia y, de esa forma, a una difusión por todo el mundo del espíritu cristiano.
Si se leen los textos más antiguos del Fundador del Opus Dei se advierten en ellos dos afirmaciones muy netas que, en realidad, se complementan la una a la otra. De una parte, una clara conciencia acerca del carácter sobrenatural, carismático, de la luz percibida el 2 de octubre y, en consecuencia, acerca de su trascendencia respecto a las circunstancias históricas o ambientales. «La Obra de Dios —escribe, por ejemplo, en un texto fechado el 19 de marzo de 1934— no la ha imaginado un hombre»; «no somos —añade poco después— una organización circunstancial (…). Ni venimos a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados». Fue Josemaría Escrivá de Balaguer, ya desde su juventud, hombre de fina sensibilidad y de ojos abiertos, en el que encontraban eco los sucesos que le eran contemporáneos, y de ello dejan constancia sus compañeros de seminario y de años universitarios, y de modo especial cuantos le conocieron y trataron durante los años treinta. Pero sus afirmaciones al respecto son formales y tajantes: la experiencia del 2 de octubre de 1928, y el Opus Dei que entonces nació, no son la prolongación o traducción de ideas y proyectos humanos, sino el fruto de una luz que trascendía circunstancias y situaciones, tal y como confirma la investigación histórica.
La luz que brilló en su interior el 2 de octubre de 1928, y el Opus Dei que de ahí proviene, no derivan de una reflexión sobre la Iglesia, sobre la historia o sobre la cultura, sino de un carisma o don de Dios.
De otra parte, los textos documentan, con igual claridad, una clara conciencia acerca de la honda repercusión que la luz percibida el 2 de octubre estaba destinada a tener en la historia de los hombres. En ese mismo escrito de 1934 habla, refiriéndose a la situación general de aquel tiempo, de la necesidad de «invadir, con un torrente de paz, todas las clases sociales». Y afirma más adelante: «la enfermedad es extraordinaria, y extraordinaria es también la medicina. Somos una inyección intravenosa, puesta en el torrente circulatorio de la sociedad». La luz que brilló en su interior el 2 de octubre de 1928, y el Opus Dei que de ahí proviene, no derivan de una reflexión sobre la Iglesia, sobre la historia o sobre la cultura, sino de un carisma o don de Dios, pero esa luz que Dios le comunicaba, aunque trascendiera las circunstancias históricas concretas, no era una luz al margen de la historia y del acontecer humanos, no era una luz que afectara a una vida espiritual desencarnada, sino destinada a incidir en el núcleo mismo de la vida del hombre —es decir, en la conciencia de misión y de destino— y, por tanto, debía y podía repercutir en ese entrecruzarse de vidas singulares que es la historia universal.
Hay en nuestros días una aguda conciencia de crisis; más exactamente, de cambio histórico radical, de tránsito de una a otra época. Juan Pablo II gusta de aludir a la cercanía del tercer milenio, dando un valor simbólico a esa modificación en los guarismos con los que designamos a los años y a los siglos. Se ha hablado ya mucho, y se continúa todavía hablando, de fin de la modernidad y de entrada en los tiempos postmodernos. Algunos, no sin cierta ingenuidad de cuño hegeliano, han tomado pie de la caída del muro de Berlín y de los demás acontecimientos de 1989 para proclamar el fin de la historia.
Los sucesos acaecidos en el este de Europa y la crisis del «socialismo real» constituyen, sin duda alguna, un evento de extraordinaria importancia. No obstante, centrar la atención sólo en ese hecho equivaldría a cerrar los ojos ante las dimensiones profundas de la presente encrucijada cultural: las raíces de la crisis experimentada en el oriente europeo y el occidente de Europa vienen de lejos y atraviesan estratos de nuestra propia cultura, pues, a fin de cuentas, el oriente y el occidente de Europa tienen en común amplias facetas de una misma historia. Las afirmaciones de Juan Pablo II y los análisis sobre el periplo de la modernidad van, en este sentido, más al fondo del problema.
Sin entrar en todas las perspectivas que esas consideraciones abren, quizá pueda describirse —con la aproximación, claro está, que implica toda descripción genérica— la actual encrucijada cultural haciendo referencia a un doble proceso o, hablando con mayor precisión, a dos posibles orientaciones o desenlaces de un proceso único: el proceso de desarrollo científico y técnico que ha tenido lugar en occidente, durante los últimos siglos, y que desde occidente se ha extendido al resto de la humanidad, incorporándola en uno u otro grado a su dinámica. ¿A dónde conduce ese proceso?, ¿qué implicaciones tiene en orden a la comprensión que el hombre tiene —o tendrá— de sí mismo?, ¿qué repercusiones está destinado a tener respecto a la vivencia religiosa, y, en concreto, a la fe cristiana?, ¿cómo puede y debe pensarse la humanidad del futuro?
En términos más netos y haciendo referencia a esas dos interpretaciones a las que hace un momento aludíamos: ese proceso, al afirmar el dominio del hombre sobre la tierra, conduce —como algunos han afirmado— a una cultura tendencialmente entre atea y laicista, o se abre, por el contrario, a una actitud creyente, reclamando una renovada vitalidad de la fe?
El debate no es, huelga decirlo, meramente teórico, sino vital. Más aún no se decide sólo a nivel de las ideas, sino de las realidades concretas, es decir, no sólo al nivel de la comprensión del trabajo, sino al de su vivencia real y efectiva. Aquí incide frontalmente la figura de Josemaría Escrivá de Balaguer y su mensaje sobre la santificación del trabajo y del conjunto de las realidades humanas, como subraya el decreto con el que la Congregación para las Causas de los Santos deja constancia de la heroicidad con que vivió las virtudes cristianas.
Al afirmar la santificación del trabajo y del conjunto de las circunstancias del vivir ordinario se excluye, en efecto, toda ruptura entre fe y vida. Dios no sale al encuentro del hombre sólo en algunos momentos sacrales, sino en todo instante y en todo lugar.
El mensaje sobre la santificación en y desde las realidades terrenas difundido por el Fundador del Opus Dei —afirma el decreto—, estando por su propia naturaleza destinado a perdurar «por encima de las vicisitudes históricas», se muestra al mismo tiempo «providencialmente actual para la situación espiritual de nuestra época»; porque —añade, explicitando la razón de ese juicio—, «en los tiempos presentes, a la vez que se exaltan los valores humanos, también se advierte una fuerte inclinación hacia una visión inmanente del mundo, entendido como algo separado de Dios. Y ese mensaje invita a los cristianos a buscar la unión con Dios a través del trabajo diario, que constituye una obligación y una fuente perenne de dignidad del hombre en la tierra».
Al afirmar la santificación del trabajo y del conjunto de las circunstancias del vivir ordinario se excluye, en efecto, toda ruptura entre fe y vida. Dios no sale al encuentro del hombre sólo en algunos momentos sacrales, sino en todo instante y en todo lugar. A Dios no se le encuentra al margen de lo humano, sino en lo humano. «Tenéis que comprender ahora —con una nueva claridad— que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día».
«Hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir». No hay pues lugar para una doble vida —la devocional o cristiana de una parte, y la histórica o humana de otra—, ni tampoco para una mera coordinación o superposición de planos, puesto que la relación entre el hombre y Dios se establece en el centro del alma, en el núcleo de la personalidad y debe redundar por tanto en la totalidad de la existencia: «hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales».
El mensaje proclamado por Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer entra de lleno en los problemas que definen la situación cultural contemporánea, entroncando con los afanes más característicos de la Iglesia de nuestros días. Se ha señalado con frecuencia la sintonía que existe entre la predicación del Fundador del Opus Dei y las declaraciones del Concilio Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad, que los escritos y la acción pastoral de Mons. Escrivá contribuyeron poderosamente a preparar.
A decir verdad la sintonía se da no sólo en ese punto, sino, más radicalmente, respecto a la intención de fondo del Concilio, es decir, a la decisión —que se expresaba ya en los documentos con que lo convocó Juan XXIII y a lo largo de los trabajos conciliares— de promover una renovación en profundidad de la vida cristiana. La Iglesia que el Concilio Vaticano II presupone, y la que se expresa en sus documentos, es una Iglesia consciente de su condición de enviada por Dios al mundo y que, considerando que puede darse por clausurado el período de confrontación y de defensa que caracterizó al siglo XIX, decide relanzar su tarea evangelizadora. Una Iglesia, en suma, ajena a posturas involucionistas, y abierta sin reticencias al diálogo con el mundo y la cultura, pero convencida a la vez de que no puede ni debe aceptar ningún intento de reducirla al «recinto de lo sagrado», porque el mensaje del que ha sido constituida depositaria es un mensaje que afecta a todo el hombre, ya que le desvela y manifiesta su destino, y debe por tanto redundar en todo el conjunto de la vida humana.
Se ha señalado con frecuencia la sintonía que existe entre la predicación del Fundador del Opus Dei y las declaraciones del Concilio Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad, que los escritos y la acción pastoral de Mons. Escrivá contribuyeron poderosamente a preparar.
En ese entrecruzarse de fe y cultura, de comprensión cristiana del hombre y experiencia humana, radica, sin duda, uno de los núcleos fundamentales de nuestra coyuntura histórica. Y, al mismo tiempo, uno de los puntos centrales del mensaje de Mons. Escrivá de Balaguer, que dedicó su vida precisamente a proclamar la conexión entre lo cristiano y lo humano, a manifestar —por decirlo con palabras suyas— que con Cristo, «se han hecho divinos los caminos humanos de la tierra». Esta es una de las razones, y no la más pequeña, que dota de singular relieve a su beatificación.