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Ver productosEl Plan de Convergencia 1991-1996 que España debe presentar a la CE, modifica —era inevitable— los datos contenidos en su primera versión, publicada en el anterior número de NUEVA REVISTA. Los resultados de 1991 avanzados por el INE los han invalidado, llegando a corregir, a veces sustancialmente, también los correspondientes al año actual. Aun así, no creo que se consiga que el PIB crezca un 3,0% y mucho menos aún que se creen 76 mil empleos netos. En mi opinión, a lo largo de ese año se destruirá más empleo que en 1991: aproximadamente 60 mil empleos entre diciembre de 1990 e igual mes del pasado año.
Si se quiere converger en una medida razonable con las economías más desarrolladas de la CE, el gobierno socialista tiene que olvidar su política económica y dar un giro de ciento ochenta grados. A ello se resisten algunos ministros, el sector guerrista del PSOE y los sindicatos.
La política económica socialista en su década de gobierno ha conducido, año tras año, a una ineficaz asignación de los recursos realmente grave y a unos costes sociales que se reflejan en nuestra alta tasa de paro. Si se quiere converger en una medida razonable con las economías más desarrolladas de la CE, el gobierno socialista tiene que olvidar su política económica y dar un giro de ciento ochenta grados. A ello se resisten algunos ministros, el sector guerrista del PSOE y los sindicatos.
Sin embargo, la progresiva publicación de los distintos indicadores económicos en lo que va de año señala, sin lugar a dudas, un estancamiento de la inversión, una aceleración de las tendencias inflacionistas, un rápido crecimiento de las necesidades de financiación del sector público y un empeoramiento del déficit corriente motivado, básicamente, por el deterioro del déficit comercial. Como enero suele ser un mes en el que se acusan importantes variaciones estacionales, la prudencia inclina a esperar a conocer los datos de marzo; pero si en ese mes continúa empeorando la tasa de inflación, el déficit comercial, el ritmo de crecimiento de los gastos públicos corrientes y no mejora la actitud inversora, el análisis coyuntural concluirá, inevitablemente, en una valoración sombría respecto a la evolución del proceso de ajuste en 1992.
A diferencia de lo que afirma el ministro Solchaga, el principal problema de la economía española no es su elevada inflación —cualquiera que sea el indicador por el que se mida— sino la pésima estructura del gasto público y su desorbitada tasa de crecimiento. Es verdad que resulta necesaria una evolución moderada de las rentas; pero no se puede reducir el problema exclusivamente a la evolución de las rentas salariales. De hecho, los precios del sector primario y secundario, es decir, de la agricultura y de la industria, se están comportando razonablemente bien —aunque, sin duda, parte de esa evolución lleva consigo una caída acelerada del excedente empresarial, con la consiguiente incidencia negativa en la tasa de inversión— mientras que no sucede lo mismo con los del sector servicios, cuya tasa anual ronda los dos dígitos.
Además, no se debe caer en la simplificación de reducir el sector servicios al turismo, ya que dentro del mismo se encuentran no sólo transportes, correos, teléfonos, etc. sino también todo el sector financiero, desde bancos y cajas hasta compañías de seguros.
Si no se reconocen los hechos y los datos tal como son o bien las medidas que se adopten no tendrán la eficacia que debieran o bien se creará un estado de confusión entre los agentes económicos, privados y públicos, del que será inútil esperar resultados positivos. Así, es cierto que el peso del coste salarial por unidad producida es más bajo en España que en los países de la CE; pero es igual de cierto que nuestra productividad es también inferior.
Por esta razón, si los costes salariales nominales crecen de manera inmoderada —sin verse acompañados por el necesario aumento de la productividad— llegará un momento en que la competitividad favorable a España por este concepto desaparecerá; y con ella, antes o después, la empresa o las empresas, el subsector o el sector de que se trate. Al mismo tiempo, es necesario que el gobierno acepte —y actúe en consecuencia— un efecto económico confirmado año tras año: que la excesiva presión fiscal directa —IRPF— sobre las rentas del trabajo por cuenta ajena, conduce casi automáticamente a demandas de alzas salariales demasiado elevadas ya que, en definitiva, lo que importa al trabajador es el salario neto.
La excesiva presión fiscal directa —IRPF— sobre las rentas del trabajo por cuenta ajena, conduce casi automáticamente a demandas de alzas salariales demasiado elevadas ya que, en definitiva, lo que importa al trabajador es el salario neto.
El hecho de que la inflación se resista a descender en el sector servicios —y en algunos casos de monopolio o de oligopolio de hecho— constituye una confirmación clara de los positivos efectos de la competencia exterior; porque es el sector servicios el que se encuentra muy o totalmente protegido frente a esa competencia. El cambio que tiene que afrontar el gobierno español no es pequeño.
El costo económico de una reconversión que no ha alcanzado sus objetivos desde que se inició hace siete años y el aumento del desempleo a que ha dado lugar, constituyen un buen ejemplo de lo que digo. En este sentido, se entiende muy bien que ahora Fernández Marugán estime en un billón de pesetas el costo de la reconversión de un solo sector: el siderúrgico. Añadan, Hunosa, las empresas públicas con pérdidas —el INI pobre— y las dificultades tremendas que va a plantear la financiación de las pensiones y de la sanidad y educación públicas.
En dos meses el IPC ha crecido casi la mitad de la cifra prevista por el gobierno para el conjunto del año; los déficit comercial y corriente se han deteriorado notablemente; y se han agravado seriamente las necesidades de financiación del sector público. En lo que queda de año, la política fiscal y presupuestaria no va a poder aportar nada al proceso de ajuste. En este terreno la suerte ya está echada. El margen de actuación de la política monetaria, en estos primeros días de abril, es prácticamente nulo, ya que cualquier pequeña elevación al alza de los tipos de interés situaría a la libra esterlina fuera del SME. Por tanto, la política económica del gobierno le ha llevado a un callejón en el que la única salida es depositar su esperanza en la moderación de las rentas salariales; porque el excedente empresarial se ha reducido tanto, que el problema radica en cómo ensancharlo para propiciar una recuperación de la inversión.
En todo caso, los sindicatos deben tener en cuenta —y mucho más los trabajadores— que el ritmo de crecimiento de los costes laborales unitarios nominales en España, en los últimos años, está a punto de hacerse insoportable. Y los datos son muy claros: si los costes laborales se mueven indiciados a la tasa de inflación, son precisamente los precios los que acaban reduciendo la ganancia real y haciendo que los costes laborales unitarios reales tiendan a descender; pero en el caso español —a diferencia de Italia, que tiene una productividad mucho mayor— por una vía claramente peligrosa: un reducido crecimiento del PIB real por persona ocupada —Italia, casi nos triplica—, un estancamiento en la baja de tasa de actividad en que nos encontramos y, finalmente, contribuyendo a la destrucción de empleo neto y a un inevitable rebrote de la tasa de paro.
| Indicador | Datos Presupuestos 1992 | INE (a) | Plan de Convergencia | |||
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1991 (p) | 1992 (p) | 1991 | 1992 (b) | 1992 (c) | 1993 | |
| PIB | 2,7 | 3,3 | 2,4 | 3,1 | 3,0 | 3,3 |
| Deflactor consumo privado | 5,8 | 5,3 | 6,3 | 5,3 | 5,8 | 4,6 |
| Endeudamiento Administraciones Públicas (% PIB) | — | — | 45,6 | 45,7 | 45,8 | 45,8 |
| Déficit Administraciones Públicas (% PIB) | −3,5 | −3,1 | −4,4 | −3,9 | −4,0 | −3,5 |
| Empleo (miles) | 88 | 203 | 30 | 126 | 76 | 203 |
| Inversión | 3,4 | 5,0 | 1,6 | 4,0 | 3,2 | 5,1 |
(a) Avance. (p) Previsión. (b) Inicial. (c) Actual.
Desde que, a comienzos de los años sesenta, se iniciara el lento proceso de apertura exterior de nuestra economía, las transformaciones experimentadas en la misma han sido de una gran entidad, de tal manera que hoy —pese al camino que aún nos resta por cubrir— España es un país que, por el tipo de estructura productiva que posee y el grado de desarrollo del que goza, se encuentra fuertemente integrado en la economía occidental y en sus corrientes económicas. Entre los cambios registrados, los relacionados con la organización político-administrativa del Estado desde el punto de vista territorial han tenido la virtud, cuando menos, de fomentar el interés y la atención por las cuestiones del desarrollo económico regional y, consecuentemente, por la evolución de los desequilibrios interregionales, los cuales constituyen uno de los caballos de batalla política del momento actual.
El largo período de tiempo que media entre 1962 y 1987 ha supuesto no sólo un avance importante en materia de desarrollo económico nacional (sobre todo en la década de los sesenta y primer trienio de los setenta) y, por ende, regional sino, también, una reducción de las disparidades económicas entre las regiones españolas.
Pese a que algunas percepciones poco fundamentadas pudieran llevarnos a creer lo contrario, lo cierto es que el largo período de tiempo que media entre 1962 y 1987 ha supuesto no sólo un avance importante en materia de desarrollo económico nacional (sobre todo en la década de los sesenta y primer trienio de los setenta) y, por ende, regional sino, también, una reducción de las disparidades económicas entre las regiones españolas. En efecto, tomando el PIB por persona o la productividad como indicadores básicos expresivos del nivel de desarrollo, lo cierto es que el período mencionado ha dado lugar —a la par que a un incremento sustancial de ambas magnitudes— a una disminución nada despreciable de las desigualdades interregionales, la cual se ha visto corroborada, así mismo, en el terreno de la renta familiar disponible per cápita; no obstante lo dicho, tampoco cabe magnificar los logros conseguidos porque, pese a todo, las desigualdades de renta regionales continúan siendo muy pronunciadas.
Por otro lado, y aun cuando esta reducción de disparidades puede considerarse como positiva para el país, pues representa una mejor distribución espacial de la renta y la riqueza, la misma se ha visto empañada por dos hechos colaterales: el primero de ellos es que el acercamiento entre los niveles regionales de PIB por persona y de productividad se fue produciendo, sustancialmente, merced a que las regiones que poseían inicialmente los niveles más bajos fueron las menos dinámicas demográficamente y las más contractivas en el plano ocupacional; en segundo lugar, la reducción en las disparidades interregionales ha venido acompañada —en la mayoría de los casos— de un aumento de los desequilibrios intrarregionales, siendo buena prueba de ello los focos de dinamismo existentes en las regiones atrasadas (Valladolid y Sevilla, por ejemplo, en las comunidades de Castilla y León y Andalucía) y, simultáneamente, los vacíos de actividad que se producen en regiones bastante expansivas (caso, por ejemplo, de Teruel en la comparativamente próspera comunidad aragonesa).
Todo este proceso se ha gestado al mismo tiempo que la estructura productiva nacional y regional iba derivando hacia posiciones más acordes con las vigentes en nuestros principales socios económico-comerciales; ello ha supuesto, claro está, una reducción importante del peso del sector primario, un práctico estancamiento del secundario y un crecimiento muy fuerte del terciario en todas las regiones, lo cual no obsta para que las diferencias entre ellas sigan siendo, también en esta vertiente, muy significativas.
Además de lo expuesto, el período de tiempo examinado ha visto como —parcialmente al menos— se producían algunas modificaciones en los tradicionales ejes de crecimiento del país: manteniéndose Madrid y Cataluña como focos privilegiados (y la concentración de la inversión extranjera en estas zonas así lo demuestra día a día), los años analizados han visto la permanente pérdida de posiciones de las regiones de la cornisa cantábrica (afectadas por un problema de declive industrial muy grave), el fuerte despegue de las comunidades autónomas de Valencia, Murcia, Aragón (con los desequilibrios internos arriba aludidos), Navarra y La Rioja, más los dos archipiélagos e, inevitablemente, la postración económica del resto de las regiones.
En este sentido, la segunda mitad de los años ochenta, representativa del período de recuperación más reciente de nuestra economía, ¿ha supuesto algún cambio sustancial, tanto en la orientación de los ejes de crecimiento como en la evolución de las disparidades interregionales? Los datos disponibles, procedentes de estimaciones de la Fundación FIES permiten afirmar, en primer lugar, que las zonas más dinámicas del país han seguido siendo las regiones del arco mediterráneo, del valle del Ebro, Baleares y Canarias más Madrid, que la cornisa cantábrica sigue sumida en una crisis industrial (y económica) sin precedentes y que el resto del país no termina de despegar; en definitiva, que —salvo los casos de Asturias, Cantabria y País Vasco, cuyo declive comienza a mediados de los setenta— se consolidan los ejes de crecimiento que ya se apuntaban a comienzos de la década de los sesenta. Sin embargo, los resultados económicos alcanzados en el bienio 90-91 dejan traslucir algunos cambios incipientes que, en todo caso, habrá que ver si se consolidan en el futuro o si, por el contrario, no representan más que variaciones meramente coyunturales; la fortísima desaceleración producida en Canarias y el fuerte crecimiento registrado en Extremadura y, en menor medida, en Andalucía, son los mejores ejemplos de que algo puede estar cambiando en el mapa económico-regional de España.
La fortísima desaceleración producida en Canarias y el fuerte crecimiento registrado en Extremadura y, en menor medida, en Andalucía, son los mejores ejemplos de que algo puede estar cambiando en el mapa económico-regional de España.
Desde el punto de vista de los desequilibrios interregionales, el período 1980-85 es demasiado breve como para que se puedan apreciar alteraciones importantes, lo cual no impide que se haya profundizado un poco más en el acercamiento de los niveles de desarrollo (medidos por el PIB por habitante) entre las regiones aunque quizás el año 1991 haya supuesto un pequeño retroceso en esta materia; ahora bien, tal y como sucediera en el cuarto de siglo comprendido entre 1962 y 1987, esta reducción de disparidades ha venido auspiciada, en general, por un menor dinamismo demográfico de las regiones más atrasadas, y ello pese a que, en algunos casos (especialmente el catalán), la evolución poblacional ha operado en el sentido de incrementar las diferencias de desarrollo entre comunidades autónomas.
Si todo lo dicho lleva a la conclusión de que, a grandes rasgos, nuestro país es actualmente más homogéneo desde el punto de vista del desarrollo regional de lo que lo era hace una treintena de años, también debe haber quedado claro que el procedimiento seguido para lograrlo no ha sido el más deseable. Además, de lo expuesto se trasluce que la política regional desarrollada para corregir desequilibrios no ha sido muy eficaz, salvo que se entienda (y nos parece una afirmación extremadamente fuerte) que los movimientos migratorios de los años sesenta fueron auspiciados por la misma, promoviendo así —vía despoblamiento de unas zonas y crecimiento demográfico de otras— un mayor grado de igualdad regional. En consecuencia, ante el fracaso relativo de la política regional convencional para corregir los desequilibrios interregionales, y ante los dos retos más significativos que tiene la economía española por delante (el mercado único europeo y la unión económica y monetaria), no parece descabellado proponer un cambio de dirección en los principios rectores de la misma, máxime si, como consecuencia de estos retos, los desequilibrios interregionales corren el serio peligro de verse acrecentados.
Aunque son muy pocos los estudios que han abordado este asunto en profundidad, existe al menos uno del Parlamento Europeo que, en base a la consideración de todo un abanico de variables económicas percibe ventajas importantes para algunas regiones de la Comunidad Europea como consecuencia del logro del mercado interior e, indirectamente, de la unión económica y monetaria, pero que, al mismo tiempo detecta debilidades estructurales en otras, con el consiguiente peligro de verse aún más relegadas en el concierto regional europeo. En este sentido, si desde 1985 la economía española ha quemado etapas frente a Europa, con el consiguiente acercamiento en los índices de desarrollo (en 1991 el PIB per cápita español se situaba en el 79,2% de la media comunitaria, con un máximo en Baleares (108,6%) y un mínimo en Extremadura (51,5%)), la desaparición de todo tipo de fronteras que va a suponer el mercado único puede traer como consecuencia que —según indica el Parlamento Europeo— las regiones de Extremadura, Galicia, las dos Castillas, Asturias, País Vasco y Cantabria se vean más postergadas en el ámbito europeo, ampliándose así, de forma indirecta, las disparidades interregionales en España.
Evidentemente, paliar estas tendencias (alterarlas sustancialmente parece imposible y no está claro que sea deseable) supone tomar medidas que incrementen la competitividad de las regiones más atrasadas, que son, potencialmente, las más negativamente afectadas por los retos mencionados. Ahora bien, para incrementar la competitividad y auspiciar la ubicación de empresas prósperas y competitivas es necesario disponer de sistemas de comunicación rápidos y eficientes, de mano de obra cualificada, de servicios empresariales de alto nivel, de un ambiente social y cultural apropiado, de centros de investigación conectados con el mundo empresarial, etc., etc.
¿Qué puede hacer la política regional en todos estos campos? Pues bien, aparte de reconocer que es la política macroeconómica la encargada de propiciar la convergencia real (a través del logro de mayores tasas de crecimiento del PIB) y no sólo la nominal, la política regional debería comenzar por coordinar estrechamente a todas las administraciones (comunitaria, nacional, regional y local) implicadas en su puesta en práctica, pues, ante la escasez de recursos, no cabe dilapidarlos con actuaciones loables pero —por autónomas y descoordinadas— ineficientes. Asimismo, nuestro país y los gobiernos autonómicos al frente, deberían presionar lo suficiente para que el fondo de solidaridad acordado en Maastricht (del que España será el principal beneficiario) no se quede, al final, en un símbolo más que en una realidad.
Operando en los dos sentidos apuntados, la política regional debería concentrar sus actuaciones, creemos, en algunos aspectos muy concretos que, todo parece indicarlo, son las verdaderas fuerzas motrices del desarrollo económico de los pueblos; se trata, en particular, de las infraestructuras, las ciudades, la innovación y el capital humano.
En efecto, poseer una buena dotación —en cantidad y calidad— de infraestructuras de transporte, comunicación, energéticas, de agua, de tratamiento de residuos, etc., constituye un condicionamiento inexcusable para el progreso económico; no es, efectivamente, una condición suficiente para tal progreso pero sí es, a todas luces, una condición sin la cual el mismo se hace harto improbable.
Por otro lado, y pese a los problemas de congestión padecidos por muchos núcleos urbanos, la experiencia nos ha ido demostrando que, cada vez en mayor medida, las ciudades son los auténticos centros neurálgicos de la actividad económica, sobre todo de la relacionada con el secundario más avanzado (el industrial de bata blanca) y con la prestación de servicios. Por ello, la regeneración de las ciudades, dotándolas de unas infraestructuras económico-recreativas adecuadas, parece un medio eficaz de promover el desarrollo y ganar en competitividad.
Asimismo, no creemos necesario insistir en que, en un mundo como el actual, la innovación y el cambio tecnológico son absolutamente imprescindibles en el intento no ya de ganar competitividad sino, incluso, en el de no perderla. Si bien es cierto que en este terreno hay que ser modesto, pues nuestras posibilidades económicas son reducidas, también lo es que a nivel regional (pero, insistimos, en colaboración con todas las administraciones) se puede desarrollar una tarea ingente de difusión de la innovación y del cambio tecnológico y, en algunas parcelas, incluso de generación de la misma. Algunos ejemplos específicos (como el del IMPIVA) deberían imitarse, al objeto de actuar decididamente en este campo.
Poseer un capital humano suficientemente cualificado (y, por lo tanto, flexible y con capacidad de adaptación) y en las cantidades pertinentes es, por antonomasia, el elemento que con más nitidez establece las diferencias económicas entre los pueblos.
Y, finalmente, el capital humano. Si, tradicionalmente, el factor humano ha sido uno de los pilares del progreso de los pueblos, en la actualidad no admite discusión que poseer un capital humano suficientemente cualificado (y, por lo tanto, flexible y con capacidad de adaptación) y en las cantidades pertinentes es, por antonomasia, el elemento que con más nitidez establece las diferencias económicas entre los pueblos. Consecuentemente, el que los gobiernos regionales y locales, amparados por el nacional y las instancias comunitarias, actúen de forma decidida en la formación del capital humano (tanto desde el punto de vista profesional como empresarial y universitario) parece la forma más sencilla y eficaz —aun cuando sus efectos sólo se dejen notar a medio plazo— de garantizar el crecimiento económico de las ciudades y regiones y, por lo tanto, de mantener o mejorar la posición de unas y otras en la crecientemente integrada y ampliada Comunidad Europea.
Un exceso de pudor histórico —un extremismo en nuestro juicio del pasado, que, como todo extremismo, nos oculta la realidad— ha querido poner fuera de circulación la palabra DESCUBRIMIENTO al designar el acontecimiento del 12 de Octubre de 1492.
Pero la hazaña de Colón no solamente inició una serie de descubrimientos paralelos: el descubrimiento de América por España y Europa; el descubrimiento de América por América… —como dice David Vela, escritor guatemalteco: el descubrimiento de América dio al hombre una conciencia planetaria
— sino que, además, con el descubrimiento de América comienza el desarrollo de las ciencias humanas: etnografía, antropología, arqueología, etcétera, y así la identidad del hombre americano —en la medida en que integraba razas y culturas— se iba formando y perfilando teniendo como dinámica interior el descubrir constante de sus raíces y de su pasado. ¡PARA AMÉRICA SU HISTORIA ES DESCUBRIRSE!
Ya desde el comienzo los Mayas nos sorprenden, cuando sus sabios aprenden a escribir en el alfabeto español su Popol-Vuh y sus Chilanes Balanes, con la genial recreación que hacen de sus tradiciones y de sus formas literarias al descubrir la Biblia y la cultura occidental: es un caso inaudito: reinventar la memoria, promover como defensa un mestizaje contra el mestizaje. ¡Esto poco se ha profundizado! Pero es dinamismo del descubrir sustancial a América, que siglos después expresó Darío en su salutación Al rey Oscar: Mientras haya… una imposible hazaña/una América oculta que hallar, vivirá España
, verso que lleva oculta su contraparte, pues también, mientras haya una España y un Occidente que descubrir, ¡vivirá América!
Nunca se hubiera llegado a la cosmovisión y al singular humanismo hispanoamericanos, si a los dos descubrimientos citados no se agrega el más importante que fue y es el descubrimiento de Cristo por el indio de América.
Sólo contando con la dinámica de ambos descubrimientos se comprenden movimientos tan profundamente americanos como el levantamiento en cadena de los municipios para la Independencia, el Barroco, o el Modernismo o las Vanguardias.
Descubrir a Occidente y asimilarlo, descubrirse a sí misma e ir cobrando conciencia lentamente de la propia identidad mestiza —suma de culturas—, ha sido, en esencia, nuestra empresa histórica; pero nunca se hubiera llegado a la cosmovisión y al singular humanismo hispanoamericanos, si a los dos descubrimientos citados no se agrega el más importante que fue y es el descubrimiento de Cristo por el indio de América.
Mostrando una gran superficialidad o un cegador prejuicio, la mayoría de los historiadores no cristianos, pasan sobre brasas o no le conceden importancia al extraordinario fenómeno de la conversión de todo un continente. Por la forma en que se llevó a cabo y la amplitud de sus resultados —dice el historiador chileno Bravo Lira— esta evangelización en América, que se completa en los siglos siguientes, no tiene paralelo. Es hasta ahora el más vasto y fructuoso esfuerzo misional en la historia de la Iglesia
. Posiblemente quienes guardan silencio ante este hecho sin paralelo no han conversado en confianza con un indio boliviano, o con un ecuatoriano o un indio náhuatl/mexicano. Su profundidad religiosa —que ha maravillado a poetas como Thomas Merton— me hizo pensar una vez que el indio es naturalmente santo y cuando se lo dije al gran poeta senegalés Sedar Senghor, me contestó: Es la capacidad que también tiene el africano de descubrir lo sobrenatural en lo natural. ¿Han visto ustedes las multitudes que se reúnen alrededor de Juan Pablo II en sus visitas a América? No es el número —aunque el número es también una señal— sino esa cercanía de sus ojos con el misterio. Parece que nos llevan siglos adelante en el acercamiento a lo inefable.
La mayoría de los historiadores eluden presentar la función protagónica de la religión en la formación de América.
La mayoría de los historiadores eluden presentar la función protagónica de la religión en la formación de América. Olvidan que los dos grandes momentos expansivos de la civilización europea —las Cruzadas y la Conquista de América— fueron de motivación religiosa y que, al encender esta fuerza motora, produce transformaciones medulares en los pueblos. Podemos dividir en tres grandes etapas la historia religiosa de América.
período arcaicoque cubre desde el comienzo de las poblaciones primitivas hasta el nacimiento de las altas culturas. La religión de este período la simboliza el JAGUAR, que es el culto a las fuerzas de la naturaleza.
El JAGUAR nos acerca a los egipcios, la SERPIENTE a los caldeos; el tercer paso nos incorpora a la Biblia, es decir, al libro del destino universal. América se abre geográficamente, racialmente, políticamente, teológicamente.
En este punto el espectro de América nos ofrece innumerables sugerencias para la reflexión. Por ejemplo ésta: Las culturas indias de Meso y Sur América tienen en su arte algo en común: una acusada voluntad de perseverancia
. Para esas culturas Dios no es nuevo
, la novedad no es interesante. Dios es Viejo y Eterno: plasmar esta representación vieja, tradicional y sacra de lo divino es la misión del arte para el indio —nos dice Paul Westheim—. La misión del hombre precolombino no es cambiar al mundo, ni crear un nuevo orden del mundo, sino conservar rigurosamente el orden viejo y eterno.
Estas civilizaciones, de profundas raíces conservadoras, se ven de pronto y generalmente en forma violenta, mezcladas, fusionadas con una civilización de signo contrario en sus raíces. Con una religión de la Buena NUEVA. Como dice el filósofo polaco Kolakowski: la civilización de la conjunción de raíces griegas, latinas, judaicas y cristianas ha sido una civilización que se ha mostrado capaz de promover cambios rápidos y tumultuosos en la ciencia, la tecnología, el arte y el orden social
. (Acabamos de ver esa capacidad de cambio en la Europa del Este). América fue, pues, el choque de una herencia inmovilista con la contraria.
Las culturas indias —que conocieron la rueda pero no pudieron nunca utilizarla— estaban impedidas en su desarrollo y les era imposible, a pesar de sus extraordinarias capacidades de inventiva y creación, saltar de la Edad de Piedra o de los Metales a la siguiente etapa.
Para conocer más a fondo el peso de esa inmovilidad, tomemos en cuenta este dato: la falta de animales de tiro como el caballo y el buey, que le daban función civilizadora a la rueda, fue decisivo para la formación de Hispanoamérica. Esa falta de rueda fue la presión mayor para que se produjera el mestizaje, porque las culturas indias —que conocieron la rueda pero no pudieron nunca utilizarla— estaban impedidas en su desarrollo y les era imposible (a pesar de sus extraordinarias capacidades de inventiva y creación) saltar de la Edad de Piedra o de los Metales a la siguiente etapa. Estaban impedidas de romper el círculo de una repetición sin futuro. Cualquier mayor avance exigía esclavitud, una dosis de esclavitud cada vez mayor cuanto mayor fuera su progreso, o sea una esclavitud tal que los devolvería al punto de partida. Ya no podían por sí solas (y no por su culpa) emparejarse con el proceso evolutivo del hombre histórico universal. La llegada de Europa, aunque produjo con frecuencia choques brutales —más brutales cuanto mayor era la disparidad de técnicas y culturas— llenó ese vacío con una dinámica nueva y transformadora. Pero lo que se produjo no podía menos que producirse y yo creo que ese hecho —esa fusión postergada de un pedazo de humanidad retrasada en su proceso con el dinamismo occidental— estaba y está cargada de futuro. No hemos sabido todavía —a través de una educación espiritual y científica— desarrollar todas sus posibilidades. Todavía llevamos dentro esta mezcla de opuestos, esta dualidad contradictoria: ¿cuál será su síntesis? ¿Cuál será el resultado final al fusionarse los dos ritmos y sus dos valoraciones del tiempo y la eternidad, de la actividad como medio y como fin, del ocio y del negocio?
Hay otro punto que merece también nuestra reflexión. En Mesoamérica Cristo tuvo una especie de profecía profana —como lo fue para la Europa naciente la Égloga IV de Virgilio— y esa profecía es el mito de Quetzalcóatl —el mito de mayor contenido humanista de la América prehispana— tanto así que algunos misioneros creyeron que Quetzalcóatl no era otro que el apóstol Santo Tomás.
Quetzalcóatl fue un héroe cultural, creador y fundador de cultura. Su doctrina religiosa estructura un humanismo trascendente: aspira a que el hombre sea el soberano de sus propias decisiones y los medios que propone para alcanzar este humanismo son el ascetismo y la sabiduría de la contemplación. Su nombre Quetzalcóatl, pájaro-serpiente —o serpiente emplumada—, simboliza el equilibrio entre materia y espíritu, entre fuerza y razón. Y entre sus mandatos morales destaca su no rotundo a los sacrificios humanos y su anti-militarismo. Mientras predominó su doctrina, la arqueología comprueba, como dice Covarrubias, la ausencia de vestigios de guerra y de sistemas defensivos.
Quetzalcóatl es un mea-culpa cultural, tan profundo y mordiente que ya todos sabemos lo que significó Quetzalcóatl y lo que ayudó el mito de su regreso a la victoria de Hernán Cortés sobre el militarismo azteca y su emperador Moctezuma.
Estas ideas no podían satisfacer a los nacientes impulsores de un primario imperialismo militarista. El mito nos narra la forma en que Tezcatlipoca engaña y traiciona a Quetzalcóatl. Lo emborracha con pulque y lo hace caer en pecado. Entonces, avergonzado, se exilia voluntariamente y promete volver. Parte al exilio por el mar en una balsa de serpientes. La imagen es de impresionante belleza. Pero, para mí, lo más importante de este mito es que, a pesar de la derrota y fracaso de Quetzalcóatl, el militarismo vencedor, que impone los sacrificios humanos y la guerra, se ve obligado a incorporar su memoria y sus principios morales a la nueva religión y a la nueva cultura militarista. La memoria del pueblo es fiel a sus ideales. Pero entonces, el militarismo, así como lo incorpora, a la vez lo traiciona. Y esta contradicción farisea hace que Quetzalcóatl se convierta en el remordimiento de nuestra historia indígena. Quetzalcóatl es un mea-culpa cultural, tan profundo y mordiente que ya todos sabemos lo que significó Quetzalcóatl y lo que ayudó el mito de su regreso a la victoria de Hernán Cortés sobre el militarismo azteca y su emperador Moctezuma.
Pues bien, esta original característica de la historia del indio mesoamericano —de llevar dentro de sí una figura dinámica y subversiva que hace veces de conciencia crítica y de remordimiento humanista contra los opresivos— vuelve a repetirse en la historia de la conquista y colonización, cuando España impone a veces con la espada la religión cristiana, pero suscita con ella, desde los primeros misioneros y desde la conciencia de sus reyes y de muchos de sus hombres de espada, una autocrítica interna y permanente a la conquista, al dominio y a la explotación.
La Leyenda Negra se convierte en remordimiento. Remordimiento que no cesa, que no se apacigua en razón de esos valores espirituales y morales exigentes y perfeccionistas que cuestionaron a nuestra política ayer y la siguen cuestionando hoy. ¡Nuestra América es la única cultura que posee el remordimiento como elemento dinámico de su identidad!
Lo que se ha llamado la Leyenda Negra nace de esa autocrítica que produce el cristianismo —en forma parecida a lo que sucedió con Quetzalcóatl— al contrastar la doctrina y la práctica. Las denuncias del Padre Las Casas, de los frailes, de los teólogos, se convierten en tabla de valores morales, y de este modo, la Leyenda Negra, acumulándose en el subsuelo de nuestra historia, se convierte en remordimiento. ¡Es el remordimiento de nuestra historia contra nuestra historia!, remordimiento que no cesa que no se apacigua en razón de esos valores espirituales y morales exigentes y perfeccionistas que cuestionaron a nuestra política ayer y la siguen cuestionando hoy. Salvo el pueblo israelita. ¡Nuestra América es la única cultura que posee el remordimiento como elemento dinámico de su identidad!
Sin embargo, el remordimiento —ese elemento bíblico inserto en nuestra historia— funciona porque somos un pueblo mestizo, es decir, el producto —a veces violento— de la dialéctica del amor. Hispanoamérica no es la civilización de trasplante de Estados Unidos —que se desarrolla con éxito, según sus propias leyes, en tierra nueva— sino la creación de un MUNDO NUEVO por una serie de descubrimientos, encuentros, choques y fusiones. El resultado todavía en proceso lo definió lapidariamente Bolívar: No somos españoles, no somos indios; somos otra cosa
.
Hispanoamérica es el lecho erótico de un tercer hombre. Y ese tercer hombre es, fundamentalmente, la fusión de lo indio y lo hispano (o más ampliamente de lo americano y lo europeo) con un aporte poderoso de lo africano. En América se vuelve a comprobar la virtud creadora de ese aporte negro que contribuyó a forjar el Mediterráneo. El mestizaje fue así un proceso de integración y el tipo nuevo que produjo es la consecuencia del ideal de misión y del concepto del hombre del catolicismo español, pero no sin pasar por la prueba y la contradicción con las ideas guerreras y del trato al vencido que prevalecían entonces, no sólo entre europeos sino entre los mismos indios.
En la dramática formación de nuestra América mestiza hay un movimiento doble y contradictorio en su dirección: fuerzas que tienden a mantener la mentalidad medieval y fuerzas que quieren crear una historia nueva. Un pasatismo en lucha con un futurismo.
Por ejemplo: Cuando Colón descubre América, dentro de su mentalidad visionaria, prevalecen algunas creencias y algunas imágenes del mundo medieval; está descubriendo lo NUEVO, pero se le interponen las teorías y fabulaciones antiguas; cree que América es Cipango o que somos la India y por esa medievalidad todavía se llaman indios nuestros indios. Pero contra esa resistencia del pasado, la corona, los reyes y sus navegantes imponen el verdadero rostro de la realidad: somos un NUEVO MUNDO y eso nuevo funda no sólo una nueva geografía universal sino una nueva edad.
En la dramática formación de nuestra América mestiza hay un movimiento doble y contradictorio en su dirección: fuerzas que tienden a mantener la mentalidad medieval y fuerzas que quieren crear una historia nueva.
Luego, cuando los descubrimientos dan fatalmente a las conquistas, la tradición medieval, todavía viva, vuelve a imponerse en la empresa española y lusitana y se establece la esclavitud o el servicio forzado o la encomienda
sobre el vencido. Y otra vez la fuerza nueva, motivada por el cristianismo y sostenida y alentada por la Iglesia misionera y por los reyes, se enfrenta con esa medievalidad exigiendo otro trato para el indio, decretando las LEYES NUEVAS y empeñándose en una larga lucha por lo que hoy llamaríamos JUSTICIA SOCIAL con el vencido. ACTITUD que nos revela la fuerza dinámica de la fe y los principios cristianos —que los historiadores no suelen tomar en cuenta—, principios capaces, en este caso, de crear una situación completamente nueva, una ética nueva que establecía una ruptura con todo el pasado de la historia humana, ya que el sistema de esclavitud y de trabajo forzado del vencido, no sólo era uso y costumbre de Occidente y Oriente sino también —como acabo de decirlo— de los mismos indios en todas sus culturas.
Así, pues, el remordimiento
funciona; pero también algo más positivo engendrado por la dialéctica del amor del mestizaje. David Brading, en su libro The First America, señala con agudeza la originalidad con que el franciscano Juan de Torquemada y el Inca Garcilaso de la Vega desarrollan sus interpretaciones del pasado indígena de México y de Perú, sembrando la semilla de la primera forma de patriotismo criollo que se desarrollaría en los siglos siguientes —encendiéndose en el culto mexicano a la Virgen de Guadalupe y en el culto peruano a Santa Rosa de Lima— hasta adquirir su mayor esplendor a finales del siglo XVIII; patriotismo que quiere realizar, ya en el siglo XIX, la singular fusión de un republicanismo católico con un nacionalismo insurgente aunque —como veremos adelante— algo detiene entonces la dinámica creadora del mestizaje y comenzamos a perder identidad imitando los esquemas y fórmulas ajenas.
Pero, volvamos atrás: Paralelamente al mestizaje en América y al pensamiento misionero de teólogos y misioneros —de un Bartolomé de Las Casas, de un Motolinía, de un Tata Vasco de Quiroga— en España se produce el desarrollo de un pensamiento nuevo sobre la relación entre naciones. Surge el pensamiento de Suárez y de Vitoria (Suárez influyó en la mayoría de los filósofos que crearon el pensamiento moderno como Descartes, Espinoza, Leibniz, etc.) y Vitoria es el Padre del Derecho Internacional o Derecho de Gentes moderno, uno de los ingredientes de la Edad Moderna y de su estructura pluralista.
Es decir, fue el descubrimiento doctrinario y práctico de la OTREDAD. El concepto cristiano de prójimo se hace sustancia social de América. En Estados Unidos al indio se le extermina o se le reduce a RESERVAS, excluido del mundo nuevo que quería crear el blanco anglosajón. En Hispanoamérica el Indio, con frecuencia, fue obligado a servidumbre y explotado; pero no excluido del mundo nuevo y —al final de esa no-exclusión y gracias al cruce a que dio lugar entre dominadores y dominados— surgió el nuevo hombre americano.
Naturalmente que el mestizaje no fue siempre un idilio o un beatífico matrimonio. Es el segundo acto de un choque guerrero de culturas y razas. Ni siquiera podemos decir que al principio —salvo excepciones— funcionara muy cristianamente, pero sí podemos decir que obedecía a una falta de prejuicios que se derivaba del humanismo católico. Comenzó produciendo, no legitimidad sino bastardía. La familia que lamentablemente se estableció sobre el mestizaje fue una familia con frecuencia desequilibrada y problemática. El tercer hombre —el mestizo— fue por mucho tiempo un desclasificado. No se sabía qué hacer con él: nacía en tierra de nadie; ni lo apreciaba la raza dominadora española, ni la dominada indígena. Pero, poco a poco, ese Tercer Hombre fue el hombre paradigmático de América: sumaba dos culturas y, sobre todo, resolvía el conflicto de razas por la dialéctica del amor. Llevaba en sí mismo la tarjeta genética del NUEVO MUNDO. El despreciado fue la piedra angular. El mestizo fue América.
Yo agregaría: en la medida que nuestro TERCER HOMBRE ha sido fiel a su empresa integradora, y ha sido creador de sus soluciones históricas y no imitador; en la medida que el dinamismo de su historia ha sido el amor y no el odio o la indiferencia, América ha construido futuro. En cambio, la traición a ese signo ha dado como resultado inmediato la cultura de la Muerte y del Terror, guerras civiles y dictaduras.
Pero todavía cabe otro enfoque sobre nuestro TERCER HOMBRE: Si estudiamos sus realizaciones históricas, vemos que el mestizo es heredero de los tres factores humanos que hicieron América: el hombre de espada, el hombre de la cruz y el hombre de toga. Cada hombre de esos forma su réplica en el indio y de esas tres tesis y antítesis se ha ido formando la síntesis americana todavía en proceso. Sin embargo, de esos tres factores hay uno que ha ido perdiendo (y que debe seguir perdiendo) su primogenitura hasta ser absorbido por la civilidad: es el hombre de espada. La civilización de América avanza a la eliminación del hombre de espada y a darle una significación civilizadora cada vez mayor al hombre religioso y al hombre jurídico. No es que vayamos a sacar del museo, con ímpetus fundamentalistas, una teocracia, pero sí una revalorización, una puesta en su lugar real del valor trascendente del hombre. Para América —si sigue el camino emprendido de fidelidad a sí misma— tiene un valor decisivo y fundamental lo sagrado.
El mestizo es heredero de los tres factores humanos que hicieron América: el hombre de espada, el hombre de la cruz y el hombre de toga.
Pero estudiemos no sólo nuestra tradición sino también nuestra traición. En una conferencia reciente hacía ver la desviación histórica de Iberoamérica comparando las dos revoluciones de la Independencia, la de Estados Unidos y la de los países del Sur.
Norteamérica, decía, al realizar su revolución rompe con Inglaterra, pero no con el espíritu ni con el impulso histórico que llevó a su pueblo a la tierra americana; tampoco renuncia a la teología protestante, ni cuestiona su moral, sino que la revolución estadounidense es un despliegue, hasta hoy, de las fuerzas impulsoras de aquella primera semilla cuyo brote en 1730 fue llamado El gran despertar
.
En cambio, nuestra revolución iberoamericana de la Independencia lo que primero hizo, después de exiliar o maltratar a sus libertadores, fue un corte radical anti-histórico en el conducto mismo de su ética social. La revolución perdió así los valores éticos para legitimar su autoridad, perdiendo su fluidez en una sangrienta intermitencia de guerras y dictaduras, en las que se sucedían en relevo ideas importadas y utopías, generalmente deletéreas mientras la Iglesia Católica, forjadora del alma mestiza y último eslabón de unidad popular, se insertaba en esos antagonismos o era perseguida por los gobiernos, no quedando, de los elementos que formaron América, más que una contienda perpetua.
De esta manera nuestra alma colectiva, nuestra identidad, sufrió la distorsión de una nefasta hipocresía: la de creer en privado una cosa y renegar de ella —o bien ocultarla como delito— en público.
Nuestros ideólogos democráticos del tiempo de la Independencia —según observa Octavio Paz— no tuvieron la imaginación ni el realismo de los misioneros del siglo XVI, cuando mestizaron el cristianismo con las costumbres y mitologías precolombinas. No supieron salvar la ruptura de la Independencia continuando el proceso integrador mestizante. (No hubo, por ejemplo, un Jacques Maritain que rejuveneciera el Tomismo en que había sido formada Hispanoamérica). Al contrario: cortaron la comunicación entre Tradición y Modernidad y nos dejaron de herencia esa deslealtad
que nos ha costado tantas incertidumbres, ese doble juego
—de que habla Romano Guardini— que, por un lado, rechaza la doctrina y el ordenamiento cristiano de la vida, y por otro reivindica para sí las consecuencias humanas de esa misma doctrina. ¡Hemos abundado, para desgracia nuestra, en machetones y bárbaros tiranos defensores de la civilización cristiana
!
Sin embargo, el siglo XX —siglo sangriento de revoluciones— ya en su crepúsculo alumbró de pronto la más profunda e inesperada revolución: la del desengaño. Se le había dicho al hombre que podía recuperar el Paraíso en la tierra. Pero el Paraíso debía ser custodiado por los más feroces policías y estar rodeado por una cortina de hierro. Y el hombre experimentó las leyes terribles de la nueva felicidad. Y comprendió, como dice el poema, que el infierno es un paraíso amurallado
. ¡Por eso el símbolo del desengaño es la caída de un muro!
Pero el hombre se dio cuenta también, tal vez un poco tarde, que la utopía del Paraíso, no sólo era un engaño sino un peligroso virus paralizante que entumía los principales estímulos e impulsos que mantienen activo el desarrollo, sobre todo el económico, de una civilización. La idea de Paraíso se alimenta de la idea en reposo de que ya se llegó a la meta. Y esa pretensiosa idea redujo la producción y la creación; entumió la iniciativa y el progreso, matando el sueño del hombre. Económicamente la abundancia se quitó su gran túnica de propaganda y vimos la flaqueza de su miseria.
¡Este es el momento en que cobra toda su fuerza retenida el sustancial aporte del Cristianismo al desarrollo de Iberoamérica!
La ley dinámica del Cristianismo nunca fue construir paraísos en la tierra. (Para el Cristiano no hay utopía sino resurrección). PERO hay un mandato: SED PERFECTOS COMO MI PADRE CELESTIAL ES PERFECTO
. ¡Tremendo mandato! que sirve para que nuestra aspiración a mejorar —en nuestro desarrollo personal lo mismo que en el político y social— nunca pueda detenerse (¡Cristo no deja al hombre estancarse en ningún logro!). El remordimiento
y el espíritu crítico han sido inoculados por el cristianismo en nuestra historia para perfeccionamiento de esa misma historia. El cristianismo participa y hace suya la lucha por la justicia, por el bienestar, y por la liberación de los pueblos; pero no puede sustituir con ella la superior y trascendente empresa de la Redención. El reino de Cristo impregna y atraviesa las liberaciones humanas, manifestándose en ellas, pero sin identificarse con ellas. Por eso el mandato de perfección también significa para beneficio del hombre, que nunca debe confundirse política y religión, economía y religión, sociología y religión: ¡Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!
Ahora, en el ocaso de las ideologías, después de un largo siglo de desengaños, el TERCER HOMBRE americano se da cuenta —al repasar sus cinco siglos de historia— que la única fuerza moral que le ha permitido mantener la dignidad humanista, que ha mantenido encendida la idea de Derecho y de Justicia en nuestros pueblos y les ha dado resistencia contra el Poder para no bajar en el corazón la bandera de la libertad, que la única llama que ha mantenido encendido el sentido crítico, inclusive en el orden estético, para que el escritor enfrente y lance sus anatemas y sátiras contra los vicios sociales y políticos: es la fuerza y la llama anterior que contenía la semilla cristiana, sembrada en la evangelización de América. ¡Gran poder remordiente el de esa semilla!
Hemos tenido en América la experiencia terrible de ver germinar en el vacío del amor —en el vacío de la negación del amor— la mística del terror; y, sin embargo, al mismo tiempo y al borde de tanto campesino sacrificado por sus libradores, América es el único continente que ha debatido —como primer mandamiento de su destino histórico— la preocupación y, más aún, la opción por el pobre. ¡Lástima que una teología tan profundamente vinculada con las raíces americanas —con la obra de sus misioneros y con los ideales jurídicos iniciales— haya sido desviada sin originalidad y empobrecida por teólogos mediocres, que no pasaron de ser sociólogos utópicos, que rindieron tributo al marxismo y a la violencia!…, ¡la violencia, que no es otra cosa que la falta de fe en el amor!
Es de suma importancia conocer y respetar esa dirección, es decir, el sentido en que se mueve una historia impulsada por la masa dinámica de su pasado, y esa dirección no es otra que la que nos ha llevado y nos sigue impulsando —no a la cerrazón y al rechazo nacionalista, ni al odio racial, regional o de clase— sino al ENCUENTRO, a la fusión de los tres mundos que componen la historia universal que son: el mundo ORIENTAL del indio, el OCCIDENTAL del español y el aporte AFRICANO. Encuentro vivo y activo que nos indica que América es la convergencia de las civilizaciones. (Vasconcelos vio en ese encuentro
la formación de una raza cósmica
). América y su TERCER HOMBRE —que Rubén Darío caracteriza como sentimental, sensible, sensitivo
— quiere superar (y está superando) en su literatura, en su pensamiento más entrañable y en su cultura, la tiranía del LOGOS heredada de Occidente (no hablo del Logos del Evangelio de San Juan, sino del racionalismo cerrado, de esa razón pretensiosa cuyos sueños son monstruos, según Goya) y para superarlo quiere aportar la otra gran potencialidad, el Amor (nuestro EROS mestizo) sobre cuya realización y florecimiento —dice el escritor venezolano Guillermo Yepes Boscán— es posible pensar la cristalización de la idea de AGAPE como comunidad no sólo biológicamente sino fundamentalmente espiritual
.
Sigue pues, Quetzalcóatl prohibiéndonos los sacrificios humanos; sigue Fray Bartolomé de Las Casas recordándonos —frente al renacimiento del Capitalismo— que no ha perdido sus peligros la riqueza, ni se pueden olvidar los derechos de la pobreza.
La dirección de la historia de América es el OTRO
, es el prójimo —la superación del egoísmo—. ¡Sigue pues, Quetzalcóatl prohibiéndonos los sacrificios humanos; sigue Fray Bartolomé de Las Casas recordándonos —frente al renacimiento del Capitalismo— que no ha perdido sus peligros la riqueza, ni se pueden olvidar los derechos de la pobreza!
Considerando cuánto ha tenido de sueño y de realidad —de utopía y de historia— nuestra historia, una vez afirmé en un poema que América era la tercera salida del Quijote
. Larga salida, difícil aventura de cinco siglos que ha ido formando ese tercer personaje que se desprende de la obra cervantina —ese TERCER HOMBRE—: el Quijote-Sancho; el caballero escudero; el capital-trabajo; el realismo mágico; el quetzal-cóatl o pájaro serpiente de los presagios indios, es decir, el mestizaje radical —como cantaba Joaquín Pasos— de:
«un español todo indio,
y de un indio todo español»
La difícil fusión del pájaro (como metáfora de espíritu) y la serpiente (como símbolo de la materia).
Lo que ha estado formando nuestra historia en quinientos años de fusiones y confusiones, de experiencias fallidas, de imitaciones costosas y de creaciones vitales; en quinientos años de caer y levantarnos, lo que se ha formado es ese tercer hombre: el Cristiano americano.
En su humanismo integral, en su equilibrio del Logos y del Eros, en su valoración de la Democracia después de tantas frustraciones, en sus exigencias de justicia después de tanta pobreza, hay una inmensa reserva de porvenir. Yo creo como Rubén Darío que la Civilización del tercer milenio será su obra. Y repito su verso:
«¿La latina estirpe verá la gran alba futura?»
Ni europeos, ni indios, ni negros, sino todo lo contrario. Es decir, los latinoamericanos —Hispanoamérica, Iberoamérica, Indoamérica, qué más da cómo quieran llamarnos— somos ya un viejo mestizaje de quinientos años. Europeos por la procedencia, España es el origen común para las dieciocho Repúblicas, más Puerto Rico, doscientos sesenta y tres millones de habitantes, juntamente con el Brasil nacido de Portugal, 141 millones de seres humanos; de Europa tenemos la lengua y, con la lengua, la manera de ser. La política, la moral, la filosofía de los latinoamericanos es grecolatina.
Hispanoamérica, Iberoamérica, Indoamérica, qué más da cómo quieran llamarnos: somos ya un viejo mestizaje de quinientos años.
Ya don Américo Castro, en brava y fértil pelea con don Claudio Sánchez Albornoz, penetró en los socavones del alma hispana en su historia, para demostrar que judíos, moros y cristianos formaron la cultura española, también en un proceso de mestizaje que duró ochocientos años. Sobre esos mestizos españoles se realizó y realiza la ingeniería social latinoamericana.
Para comprender bien esta agitada historia de América Latina es necesario tener en cuenta la Historia de España que diseñó Don Ramón Menéndez Pidal (sólo se han publicado diecisiete tomos de los 40 que la formarán), la Historia General de África (dos volúmenes han sido editados por la UNESCO) y la Historia General de América (20 volúmenes, de los 36 que la integran, tengo ya en circulación). Porque nuestra historia es la confluencia, repetición y resumen de toda esa enorme heredad, ya hecha una sola cultura con ingredientes que le son propios y dan fisonomía. Por todo cuanto ha ocurrido en estos quinientos años de andadura histórica América Latina se ha quedado sola. Sola entre los bárbaros como la Grecia de Herodoto.
Por todo cuanto ha ocurrido en estos quinientos años de andadura histórica América Latina se ha quedado sola. Sola entre los bárbaros como la Grecia de Herodoto.
Por supuesto que así como a Europa la forman los pueblos y estados más diversos en idiomas e identidades —¿en qué se parecen los ingleses a los españoles o los alemanes a los italianos, como no sea en la asimilación de ideologías políticas heredadas de Roma?—, a la América Latina le sirven de plataforma Hispanoamérica, la más extensa y antigua, la lengua que llamamos castellano o español indistintamente, Brasil con lengua prima-hermana doble, y El Caribe con tres idiomas europeos más. Ahora, cuando finaliza el siglo la unidad de América Latina está sólo en las carencias y en la retórica. Las carencias se resumen en el desolador panorama de la marginalidad, tal vez el ochenta por ciento de una población de cuatrocientos cuatro millones (en 1987).
La unidad de América Latina está sólo en las carencias y en la retórica. Las carencias se resumen en el desolador panorama de la marginalidad.
Muy bien, pero esa densa, conjunta y dramática presencia humana, no está muerta, está viva y lucha todos los días y todas las noches. Es una civilización, es una cultura donde predomina la profunda herencia europea. Todavía hay indios y todavía hay negros. Sus culturas pertenecen a nuestro modo de ser hombres. Estarán siempre. No ha habido nunca ni en el siglo XVI ni en el siglo XX, una política de Estado dirigida al genocidio. Todo lo contrario. Doña Isabel, aquella gran Reina nuestra llamada por antonomasia Isabel La Católica, regañó al Almirante: ¿Quién os autorizó para esclavizar a mis vasallos?
La soledad de América Latina es de condición interior. Están solas, en forma empedernida, las Repúblicas. ¿Sabía usted que las Repúblicas latinoamericanas son las primeras, las más antiguas, del Universo mundo, exceptuando a los Estados Unidos? Se empeñan en ese aislamiento, en esa patriótica y absurda soledad. Están solos los presidentes, encerrados en los idealismos, encerrados en el poder, duros de pelar los dictadores, inalcanzables en vanidad los demócratas. Hay un gran desierto de estadistas.
Sólo existen dirigentes, hábiles en la profesión política. La carencia de grandes conductores es también una soledad. Los políticos latinoamericanos, de cualquier pelambre, socialdemócrata, socialcristiana, liberales o conservadores, saben ganar elecciones. Pero no saben qué hacer con el poder.
No oyen, no ven, no sienten. Se hacen solitarios. Están solos los pueblos, aislados por fronteras artificiales y endurecidas. No hay paso franco para los ciudadanos, metidos en la camisa de fuerza del nacionalismo. Dan ganas de añorar las libertades de Don Felipe II.
La soledad de América Latina es exterior. En los organismos internacionales cada país anda por su lado. En la ONU y en la OEA, como en la OPEP y en la UNESCO, los latinoamericanos forman un saco de gatos. Por eso los Estados Unidos invaden Panamá e invadirán otros lugares estratégicos. Por eso Europa no escucha los planteamientos sobre el presente y sobre el porvenir. Por la soledad exterior de América Latina, España apenas se ocupa de la retórica en relación con los Quinientos Años del Descubrimiento, pero no va a colocar ni una peseta de las muchas que le sobran, convertidas en dólares, en ningún banco latinoamericano.
América Latina se empeña en ser un conjunto de Naciones, Estados, Patrias, Presidentes y Pueblos aislados, solitarios, encontrados. En lugar de recuperar la unidad que fuimos.
América Latina se empeña en ser un conjunto de Naciones, Estados, Patrias, Presidentes y Pueblos aislados, solitarios, encontrados. En lugar de recuperar la unidad que fuimos. No más una comunidad de naciones, sino una comunidad de ciudadanos.
¿Sabía usted que el pueblo latinoamericano, heredero de Europa (Grecia, Roma, España) es el más antiguo y culto del continente? La tecnología es norteamericana, la cultura es latinoamericana.
Para dejar de estar solos habrá que comenzar por la unidad. Primero la unidad de cada país, más profunda la democracia, más fuerte la educación básica, más ágil y abierta la economía. Para dejar de estar solos habrá que realizar el gran esfuerzo de la unidad frente a los grandes polos nucleares de la actual civilización global, los Estados Unidos de Norteamérica y El Canadá, la Comunidad Europea y el Japón. China tendrá su interlocutor apropiado en la América Latina de mediados del siglo XXI.
Los latinoamericanos son la alternativa para los europeos. Pero si América Latina conoce a Europa —es heredera de su cultura—, la Europa de hoy se niega a conocer a la América Latina. Nuestro aislamiento, nuestra soledad interior y exterior, comenzaría a convertirse en cooperación y complemento, si Europa —España la primera— conociera adecuadamente dónde están las reservas de esta civilización occidental y cristiana
, es decir, grecolatina, es decir, europea. Porque Estados Unidos sólo tiene interés en la destrucción de esa reserva de la humanidad que es América Latina. Sin América Latina Europa se queda corta. Sin Europa América Latina tendrá una larga soledad.
Los latinoamericanos son la alternativa para los europeos. Pero si América Latina conoce a Europa —es heredera de su cultura—, la Europa de hoy se niega a conocer a la América Latina.
Ahora bien, así planteado el asunto principal de la comunidad latinoamericana, ¿cuál podría ser su destino, si es que ha de haber alguno? Por de pronto las tres porciones en que se divide este hemisferio social, Hispanoamérica y Brasil que conforman la Iberoamérica, un solo gran bloque conectado por el parentesco de las lenguas y la similitud de usos y costumbres, y el Caribe, deben ser identificados en plenitud por los propios latinoamericanos. En un profundo conocimiento de sí mismo, en cada Nación, se fundamenta la Comunidad Europea.
Por otra parte, un proceso de crecimiento dentro de cada país, en cada República se hace individualmente el esfuerzo nacional, dirigido a lograr el ascenso necesario de los marginados —ya no del todo analfabetos como antes, en el rural siglo XIX—. Ese ascenso se detuvo en la década de los ochenta, pero comienza a vislumbrarse de nuevo en algunos lugares. En todo caso la marginalidad es el gran peso de toda la comunidad; la deuda externa, la rapacidad tecnológica, la voracidad financiera, el mal hábito de las invasiones norteamericanas son poderosas fuerzas que tienden un círculo de hierro y candela a los más de cuatrocientos millones de latinoamericanos. La incapacidad para gobernar a cada país, las guerras de Centro América, Colombia, Perú, los hábitos del despilfarro heredado de nuestros abuelos españoles y portugueses del siglo XVI, la indisciplina personal y colectiva, son los principales defectos comunes a la sociedad latinoamericana.
Todo eso significa que ahora, cuando los latinoamericanos cumplen quinientos años de edad histórica, es cuando se requiere por parte de los dirigentes políticos, sociales, económicos y culturales el más grande esfuerzo al objeto de identificar, ascender y proyectar el pueblo común hacia la historia compartida.
Esta es la gran ciudad. Lleva el nombre de un libertador, George Washington, cuya historia es más conocida que las caraotas negras, llamadas frijoles en México y otras partes del Nuevo Mundo. En mi tierra se dice de alguien o algo muy conocido que lo es más que el pan de piquito. Menos conocida en los pueblos iberoamericanos es la visión de esta ciudad imperial del libertador George Washington. No sólo están el Capitolio, la Casa Blanca y el Pentágono, el trípode sobre el cual se asienta el poder, sino todas las avenidas, plazas, parques, espacios abiertos y arbolados, con los macizos edificios romanos. Hay necesidad de incluir, claro está, los catorce museos de la Smithsonian, esa particular y poderosa Institución dedicada a la ciencia y a las humanidades. El poder está visible donde quiera, incluidos los homeleses
, los sintecho
de diversos colores que se sientan a las puertas del Museo de Historia Americana donde ahora estoy, en las aceras y, a partir de la Avenida 13 para abajo, en todas partes. El Imperio tiene sus propios desechos, su basura humana.
Si el visitante ha sido debidamente vacunado por la intemperie contra una enfermedad llamada, vulgarmente, sensibilidad, podrá gozar de los mayores encantos y comodidades de Washington, núcleo de la guerra y de la paz en el mundo de hoy. Como es primavera, los árboles están en flor, los cerezos lucen sus colores. En mi tierra hay flores y frutas todo el año, llueva, truene o relampaguee.
Mi viejo antecesor en el achaque de las letras históricas, Fray Pedro Simón, ya lo advirtió: se pasa de un clima a otro, del calor al frío, del verano al invierno, en menos de una jornada. Ya se sabe, es el trópico, con el mar y sus playas, con el río Orinoco y la selva llamada Canaima, con los Llanos y el Pico Bolívar, allá en Mérida, más arriba de los cinco mil metros nevados. En Washington pasa rápidamente la primavera.
¿Habrá cristianos en esta capital imperial? ¿Quién dará de comer a esta gente? Cuando llegue el invierno, ¿cómo se protegerán del frío? Esa es una ventaja para los pobres de mi tierra, no hay invierno, sólo primavera y verano. Además, todavía quedan cristianos.
Curiosamente llegan a mi memoria dos libros, leídos en la juventud, ahora testigos del tiempo en la biblioteca de mi casa caraqueña. Caracas no se parece a Washington, la de hoy es una fea imitación de Nueva York, donde está la gasolina del poder, la Bolsa de Valores, el dinero que mueve y conmueve, nunca a compasión. Uno de esos libros, ya quietos, se titula El mundo romano, un preciso y claro manual del historiador francés, del Instituto de Francia, Víctor Chapot. Fue puesto en español por dos maestros españoles, tal vez olvidados, Luis Pericot y Rafael Ballester. Es que nada se parece tanto al romano como este mundo americano, es decir, norteamericano. Tenemos el más grande imperio que ha existido
, se jactaba el británico; el romano transformó al mundo, el norteamericano es mayor. Se siente hasta en las conversaciones de pasatiempo.
Y el otro libro, famosísimo hace ahora treinta años, es el Jesús del entonces profesor de historia del cristianismo en La Sorbona Ch. Guignebert. Jesús existió no porque lo mencione de pasada Tácito en sus Anales (XV.45), sino porque está a la vista desde hace mil novecientos noventa y dos años. ¿Habrá un Jesús en esta enorme ciudad? El Presidente del Imperio dirigió los bombardeos de la triste Guerra del Golfo desde un barco de su Iglesia y desde su campo de golf. Los Césares no eran cristianos.
A ver si recuerdo el nombre de aquel jefe bárbaro llevado a Roma como trofeo de guerra para ser juzgado. Se llamaba Manuel Antonio Noriega, quien cometió el error de resistir la invasión. Vercingetorix de la tórrida y pobre Panamá, pagará su condena, después de la destrucción de su pueblo y de la devastación de su reino, sin derecho a la tiranía doméstica. Como todo abuso de poder, el acto es y será una afrenta para todos nosotros, los latinoamericanos. Como lo será una invasión a Cuba, si el gallego don Fidel Castro no afloja la mano de su ya innecesaria revolución. También Atenas imponía su democracia por las malas. ¿Y por qué han de ser democráticos los haitianos, pueblo irredento si los hay, si no quieren serlo? Primero se debe ser libres, después hay que ganar la Justicia y, al final, si sirve de consuelo, democráticos. La democracia es una vieja dolencia. No es una invención de los anglosajones; ya se sabe cómo la democracia se la inventaron, lentamente, los griegos del siglo VI antes de Cristo, primero, en las islas pequeñas del Egeo, luego, en el continente. Europa descubrió tarde la democracia; en España llegó después de existir en sus antiguas Provincias. Aquí en Washington la gente anda democráticamente como le da la gana, descamisados, en calzoncillos, alienados, quizá, esto es, fuera de sí cada uno, si se juzga por el modo de estar en los sitios, en las calles, en las plazas, en los cafés, gente gorda y a raudales, pero sin las carreras de Nueva York, de Chicago y de San Francisco.
En la biblioteca del Congreso —no la tuvo Roma porque la Cultura era helena— me pongo a revisar la bibliografía de y sobre dos alienados que nacieron fuera de época, quiero decir más allá del tiempo en que anduvieron en el siglo, como diría el Padre Pedro de Rivadeneyra para referirse a la vida de ese otro fuera de serie llamado Ignacio de Loyola. En la Biblioteca, destinada a servir al Congreso, si en el Congreso leyeran libros, está todo cuanto se ha publicado sobre Fray Bartolomé de las Casas, un descubridor de América, y sobre Cervantes, el descubridor de España. Dos alienados, dos locos, Las Casas y El Quijote que es Cervantes su creador, aunque don Miguel de Unamuno se resiste a esa creación porque el Caballero, el Hidalgo por antonomasia, no es creatura de ficción, es hombre real y verdadero. Ya no hay alienados, descubridores de ser hombres, como estos de nuestra lengua y cultura.
¿Quién habrá de salir a reparar entuertos en este mundo de la barbarie tecnológica, como cree el maestro Francisco Rodríguez Adrados que vendrá sobre España si se termina por eliminar los estudios humanísticos? En las grandes librerías, almacenes gigantes, asépticos, ordenados por computadoras, los libros se venden a granel. Son best-sellers, los mejor vendidos, como esa biografía de Nancy Reagan con mil páginas de chismes y maldecires. Hay muchos Protágoras por ahí; muy pocos Sócrates.
Mientras juzgan al bárbaro panameño, un grupo de animales racionales, llamados intelectuales, se reúnen en un salón de la Smithsonian para leer y discutir. En el periódico de la gran ciudad se publica una magra reseña para advertir sobre la curiosa e inocua reunión.
El periódico propone colocar en la puerta de esa sala de locos, tan extraños en el ambiente de la cabecera del Imperio, un cartelito con el aviso común de los sitios de peligro: Cuidado. Aquí trabajan intelectuales
.
¿Y sobre qué asunto discuten esos profesores humanistas, historiadores, literatos de diversos lugares del mundo? Pues sobre algo sin trascendencia para una ciudad tan bien construida, tan sólidamente establecida, como es la identidad. ¿Y cuál identidad? Imagínate tú qué tontería: la identidad cultural de las Américas, así, en plural, la del Norte, la del Centro y la del Sur, añadida la posible identidad de los pueblos del Caribe, incluido Haití.
Ocurrió, pues, en Washington este simposio. Si los indígenas son aún perseguidos, como en la Conquista; si los negros serán mayoría a mediano plazo; si los hispanos ya penetran la sólida estructura de Roma y su entorno, como hicieron los griegos de la antigüedad; si los asiáticos forman parte de la identidad americana. Todo en voz alta, con entrada libre y democráticamente. Es una característica de esta ciudad: se puede criticar aunque sea peligroso.
En los años ochenta, algún parlamentario nicaragüense proclamó que el 12 de Octubre debía ser considerado El Día de la Ignominia
; y un periodista, de apellido arraigadamente español como el anterior, opinó que el 11 de Octubre de 1492 habría que conmemorarlo como El Día del Indio
, por ser esta fecha la última en la que el indígena americano gozó, como bon sauvage, su roussoniana libertad. Décadas atrás, el 12 de Octubre era instrumentalizado por una retórica obsoleta de cierta corriente ideológica que concebía la articulación de los pueblos hispanoamericanos en una unidad política superior, estructurada por un común denominador hispánico. Pero ambas posiciones extremas replantean las enconadas tendencias de interpretar un pasado definitorio.
Ese pasado, que abarca la estructura y los mecanismos de dominación inherente a todo proceso conquistador, no debe exaltarse con nostalgia ni condenarse radicalmente desde la perspectiva actual. Sencillamente porque de allí, de los formativos siglos coloniales que se derivaron del acontecimiento colombino, procede el pueblo hispanoamericano y en concreto, a través de un mestizaje medular, el nicaragüense.
Así lo entendieron nada menos que nuestras dos mayores glorias: Rubén Darío y Augusto C. Sandino, el de todos los nicaragüenses —no el confiscado por el Frente Satánico de Liquidación Nacional—. Si el primero constituyó la voz universal más alta y perdurable de ese mestizaje, el segundo lo formuló en el concepto de indohispanismo, planteándolo como lo que fue: la base étnica y espiritual de Hispanoamérica. Además, como Darío, Sandino mantuvo una honda creencia en los valores humanos encarnados por el pueblo español sin despreciar la sangre chorotega que, con la de origen peninsular, corría encendida por sus venas.
Como Darío, Sandino mantuvo una honda creencia en los valores humanos encarnados por el pueblo español sin despreciar la sangre chorotega que, con la de origen peninsular, corría encendida por sus venas.
En la España histórica no hay que reconocer su expansión colonialista, sino su herencia de cultura que es parte de nuestro ser mestizo: su idioma y religión, su literatura y tradiciones, los pensamientos y hechos de sus mejores hombres y mujeres. No hay que hacer con ella un panegírico ni una caricatura. Lo mismo ha sostenido, en su redefinición teórica, la nueva Comisión Nacional del Quinto Centenario del Descubrimiento de América que advierte en este acontecimiento una oportunidad para reafirmar la vinculación trascendente de la cultura Occidental y la precolombina, negándose tanto a una diatriba contra la época colonial como a una glorificación del Imperio.
En la España histórica no hay que reconocer su expansión colonialista, sino su herencia de cultura que es parte de nuestro ser mestizo: su idioma y religión, su literatura y tradiciones, los pensamientos y hechos de sus mejores hombres y mujeres. No hay que hacer con ella un panegírico ni una caricatura.
En la misma España histórica hay que rescatar los elementos positivos. Por ejemplo: ese único fenómeno, no concebido ni ejecutado por ninguna otra nación o pueblo, que consistió en someter desde un principio su propia política expansiva a un severo cuestionamiento moral, como lo realizaría la emergente monarquía española del siglo XVI. Y, al mismo tiempo, nunca olvidar su corolario: que esa reflexión crítica o autocrítica tuvo su mayor representante en Fray Bartolomé de Las Casas, auténtico español en cuya vida y obra tal conciencia se tornó, hiperbólicamente, en denuncia e impugnación proféticas.
Otro elemento rescatable es el papel de la Iglesia y sus órdenes religiosas en la forjación de nuestros pueblos, al margen de los abusos institucionalizados e independientemente del Patronato
que unificaba el Altar y el Trono. Por su esencial savia cristiana, la Evangelización traducida en labores misioneras, creación de pueblos y tradiciones, fundación de centros educativos y de asistencia social, etc., se transformó en una realidad vivificadora y vivificante.
En esa misma línea, es necesario referir que los franciscanos y demás misioneros, humanistas por excelencia, rescataron la cultura prehispánica, como Fray Bernardino de Sahagún en su monumental Historia; e iniciaron proyectos alternativos y humanos como el de Tata
Vasco de Quiroga en Pátzcuaro, México. Y que aún ofrece una sistemática revaloración la obra de los jesuitas en California y en las reducciones del Paraguay: la más cercana aproximación, según José María Peramás, a la República ideal de Platón.
En fin, la efemérides del 12 de Octubre debe conducir a una ecuánime valoración histórica, no a un subjetivo y prejuiciado desahogo anticolonialista, mucho menos a una manipulación hispanófila de mentalidades deformadas e ignorantes. Porque lo que ella produjo, a largo plazo, fue la insoslayable interpenetración de dos sociedades en pugna y un proceso impulsado por una pax hispánica que no segregó sino que unificó para engendrar nuestra existencia mestiza.
Aunque en varias ocasiones he planteado estos puntos de vista sobre el encuentro de dos mundos-descubrimiento de América
, como oficialmente se ha designado al arribo del Almirante Cristóbal Colón al continente americano, no está de más insistir sobre el tema, dado que plumas fanatizadas e intereses políticos y económicos pretenden manipular la efemérides con el fin de distorsionarla y sacarle el mayor provecho. Distorsión que en Nicaragua ha llegado al punto de promocionar una obra de teatro en la cual se representa a Colón como introductor del SIDA en América.
En Nicaragua se ha llegado al punto de promocionar una obra de teatro en la cual se representa a Colón como introductor del SIDA en América.
Cada quien es libre de hacer con su trasero un tambor, pero científicamente nadie puede ocultar los dos elementos esenciales de la realidad histórica: la continuidad y la solidaridad. La primera se desarrolla sin que los hombres puedan evitarla, de generación en generación, enlazando nuestro tiempo con las épocas más remotas. Y la segunda opera en la comunidad de naciones sin que la protagonista se dé siquiera cuenta, evolucionando en función de todos los pueblos del Universo.
Pues bien, ambos elementos incidieron en el acontecimiento mundial del 12 de Octubre de 1492 que sólo podía ser emprendido por la sociedad occidental, en virtud de su integración en una superior concepción de lo que Christopher Dawson llamó los cuatro factores básicos formativos de Europa: el clasicismo griego, la organización jurídica e imperial romana, el cristianismo universalizador y el germanismo nacionalista.
O sea que el acceso de los europeos a América (y no el de los indígenas de nuestro continente a Europa), se debió a la continuidad y solidaridad que acumularon posibilidad, medios técnicos y tradición en los conocimientos geográficos. Y ninguno de estos elementos poseían las culturas precolombinas que, si bien tenían historia, carecían de conciencia integral de su existencia común, manteniéndose como un conjunto de sociedades y grupos étnicos en muy diversos estados de evolución, sin trascender los círculos de vida cultural comunitaria ni alcanzar más allá de un adelantado nivel neolítico. En resumen, no se dieron en ellas posibilidad, medios y tradición como en la sociedad occidental.
Esta —enseñaba Mario Hernández Sánchez-Barba, mi maestro en la Universidad Complutense de Madrid—, estuvo capacitada para conocer, es decir, para descubrir, mediante la solidaridad y la continuidad en el esfuerzo que abre una posibilidad, forma una tradición y produce unos medios técnicos
. Evidentemente, el Almirante dispuso de esa triple concurrencia, condicionado además por las dos necesidades materiales de la época: el oro que la economía feudal exigía para satisfacer la desmedida fiebre de numerario y las especias, tan necesarias para el consumo de los países europeos del siglo XV como el petróleo para nuestros días. De esta manera se dio la época de los grandes descubrimientos geográficos que tuvo por móvil hallar una nueva ruta al Oriente Asiático, rico en especias y oro.
Pero Cristóbal Colón llegaría también a interpretar con palabras el Nuevo Mundo. Como navegante, lo abrió a exploradores y conquistadores; como escritor lo descubrió para la imaginación de Europa, ya que de él proceden dos ideas que pronto llegaron a ser lugares comunes: América como tierra de abundancia, y el indio como noble salvaje
. Es cierto que después de su descubrimiento se implantaría la dominación a través de la conquista, legitimada en el terreno con la fórmula teocéntrica del requerimiento
que legalizaba la esclavización de los indios y el despojo o apropiación de sus bienes. Pero también es una verdad irrefutable, como sostiene el maestro Pablo Antonio Cuadra, que ninguna otra conquista —antes y después de la española— puede lanzar la primera piedra contra España
por haber sido la más humanitaria y sembrado una crítica respecto a su obra. Esa página —enfatiza—, ninguna historia del mundo la puede presentar
.
Mas tampoco hay que exagerar la nota y enfilarse en una idealización superflua. Porque la realidad es una: que nuestras naciones proceden tanto de los vencedores como de los vencidos; y que hablamos español y pertenecemos a una galaxia cultural hispano-americana. Pero hay todavía un indio en nosotros cuya procesión —observa Pablo Antonio—, nos anda por dentro, que también mira la historia con sus ojos
. Una historia —o visión de los vencidos—, que es imposible negar y debe reconocerse, valorarse y exaltarse. Una historia, en fin, que condujo inevitablemente a la fusión del indio y el español y que, poco a poco, logró la definición y la plenitud del nicaragüense.
Desde un principio, el español aquí establecido dejó de ser peninsular y el indígena se alejaría, cada vez más, de sus niveles precolombinos. Más aún: fue engendrándose —en Nicaragua sobre todo—, un mestizaje sustancial y sustantivo. Así, la mayoría de los futuros nicaragüenses seríamos, fuimos y somos mestizos, triplemente mestizos, pues el pringue de África
también enriqueció nuestro crisol cultural. Los ejemplos se han reconocido en centenares de libros.
Recordemos, nada más, que de España vinieron los ganados, las aves de corral, el trigo, el aceite, el vino y —por citar un dato significativo—, 199 de las 347 especies vegetales y alimenticias, o de utilidad industrial, que se cultivarían sistemáticamente en América. Por su lado, de aquí saldría hacia Europa la papa o patata, consumida tanto por los españoles que no conciben la alimentación sin ella.
Somos, pues, mestizos —como ha escrito otro maestro, Guillermo Rothschuh Tablada—, por naturaleza y cultura, como quien dice por factores propios y externos, y si en realidad se habla de autonomía lingüística no vamos a persistir en la dañosa miopía de negar que somos nietos de Castilla tanto como biznietos de los nahuas
. Que, por un tiempo, hablamos en una mezcla de español del siglo XVI y náhuatl, lengua franca de donde brotó la mayor creación del genio popular nicaragüense: El Güegüense. Que el más hermoso himno de esa integración cultural la ejecutó Rubén Darío en su Salutación del optimista, texto que siempre debemos leer y meditar, pues su poder de convocatoria de una comunidad hispánica de naciones —unida por sus valores históricos y proclamada por la España actual—, aún no ha perdido vigencia.
Título: Las Filípicas.
Autor: Antonio Guerra.
Editorial: Planeta. Barcelona, 1992, 300 páginas. Premio Espejo de España 1992.
Precio: 2.150 pesetas.
Se cumplirán el próximo 28 de octubre de este año de conmemoraciones, feliz 1992, diez años de la llegada al poder del Partido Socialista. Fue aquel un triunfo sonado, rotundo, demoledor. El PSOE obtuvo más de diez millones de votos y 202 escaños en el Congreso. El siguiente partido, la Coalición Popular de Manuel Fraga quedaba a tal distancia (5,5 millones de votos, 106 escaños) que cualquier intento de ejercer la Oposición resultaba puramente testimonial ante la mayoría hegemónica alcanzada por el PSOE.
Desde entonces han pasado diez años de predominio socialista, renovado en las sucesivas confrontaciones electorales que el PSOE ha ganado, cada vez con menor número de votos y de escaños, pero disponiendo de mayorías absolutas, o, al menos, suficientes como para ejercer el poder sin sobresaltos. El fenómeno del socialismo español, de muy complejas raíces histórico-políticas, no puede separarse del fenómeno del felipismo
, entendido el término sin ninguna connotación negativa.
Es decir, reconociendo el magnetismo personal del presidente Felipe González a quien corresponde el principal mérito, no sólo del triunfo socialista del 82, sino también de su ininterrumpida permanencia al frente de la política española. La misma lógica de los hechos, así como la condición humana de los que han tomado parte en ellos, explica que a los diez años de socialismo se hayan producido en ese campo abandonos sonados, enfrentamientos, controversias y rencillas que han llevado la confusión y la desesperanza a ciertos sectores del PSOE, un tiempo eufóricos ante aquella victoria que abría las puertas del Cambio
.
Antonio Guerra, que pese a su apellido no es familiar de don Alfonso Guerra, podría contarse entre los desencantados del socialismo felipista, aunque no del socialismo como proyecto capaz de renovar la sociedad y hacerla justa, libre e igualitaria. Este desencanto explica el contenido y el tono de sus Filípicas
, lanzadas, no como las del gran orador Demóstenes contra Filipo de Macedonia, sino contra don Felipe González en tanto que presidente del Gobierno.
En algunos momentos de estas nuevas Filípicas, el autor considera al presidente González obnubilado —o cegado— por la droga
del poder. Motivo por el cual —en opinión del autor— el presidente se ha convertido en una persona distinta a aquel muchacho brillante, bueno y generoso que él conociera en los ya viejos años de Sevilla y en los del Madrid de la primera transición, previos al triunfo del PSOE en octubre del 82.
La estructura del libro se organiza en torno a diez capítulos o Filípicas
, una por cada año de gobierno socialista, más una undécima o miscelánea
, ésta no ya cargada a las espaldas de don Felipe, sino dedicada al análisis de lo que se ha dado en llamar poderes fácticos: la prensa, el ejército, y… ¡cómo no!, la Iglesia, católica, naturalmente. Todas las Filípicas menos la última comienzan con el encabezamiento Presidente
seguido de las críticas o sugerencias que el autor esgrime en cada caso con tanta maestría intencionada como abundancia de datos.
La primera filípica arranca fuerte. Vean, si no: Presidente: Nunca tan pocos, en tan poco tiempo, han arruinado tanta ilusión
. Tal opinión, dedicada a los socialistas, expresa con fidelidad los sentimientos del autor y descubre que hubo un tiempo en el que, muy unido a Felipe González y a los ideales de lograr una sociedad más justa, libre y próspera, soñaba con el momento de llevar a la práctica esos proyectos.
Las filípicas
sirven para recordar al presidente del Gobierno tantas promesas incumplidas, tantas esperanzas rotas y tantas ilusiones malogradas. En la cuarta filípica, tras aludir a los orígenes del PSOE y a su progresivo deterioro, una vez alcanzado el poder, pregunta el autor con acentos de dureza: ¿Qué ha pasado, señor presidente? ¿Qué se hizo de aquellos deseos de libertad, qué del limpio transitar de las ideas que entonces predicamos por los pueblos a la búsqueda del poder, qué del prometido resurgir de las haciendas menos favorecidas, qué del trabajo para alcanzar la dignidad prometida? Hoy me paro a pensar que el poder, en vez de ser un instrumento de ayuda para el pueblo al que domina más que representa, se convierte muchas veces en droga que obnubila hasta convertir la gracia pensativa del juicio sensato en irascible dogma personal
.
Las filípicas prosiguen su caminar por los diversos campos de actuación socialista, bien sea desde lo que el autor considera el desastre de la enseñanza en sus diversos niveles, hasta la sanidad, la seguridad (ley Corcuera), la Justicia y las leyes penales o el problema social. El autor, militante socialista de los primeros tiempos junto a González y Guerra, utiliza datos extraídos de sus propias vivencias personales, anécdotas y detalles ilustrativos sobre el carácter de los dirigentes socialistas que pudo conocer en contacto directo con los hechos.
Sin embargo, aunque se muestra muy duro al enjuiciar lo que él llama con toda propiedad corruptelas y picardías socialistas
respeta al amigo y compañero González, en cuanto fue defensor entusiasta de los ideales del socialismo invocados por él antes de la conquista del poder. Procura evitar el ataque personal y omite conscientemente el relato de episodios que pudieran perjudicar la imagen del presidente. Es una actitud que honra al autor, teniendo en cuenta la extensa documentación que maneja y el hecho de que él fue el primer biógrafo de Felipe González, con datos obtenidos en conversaciones privadas con el hoy presidente del Gobierno.
Antonio Guerra, intelectual, periodista, profesor de instituto y doctor en medicina y cirugía, además de socialista de los tiempos gloriosos, hubiera podido fácilmente hacer carrera
en las filas del PSOE y alcanzar uno de los puestos más destacados en el escalafón de su partido. No fue así, por causas que el autor no explica, pero que se traslucen del contenido y el tono de estas filípicas surgidas del desengaño y que parecen decir: no es este, no es este, señor presidente, el socialismo ideal que fraguamos en nuestros años mozos.
La obra, bien pertrechada técnicamente y escrita con un estilo ágil que no decae en las once filípicas, se convierte en examen de conciencia de valor testimonial impresionante, por lo que tiene de sincero y honesto. Plantea con acentos dramáticos la eterna disyuntiva entre el ideal —en este caso utopía— y la realidad práctica del ejercicio del poder. Él se inclina por los ideales y denuncia su incumplimiento con las armas que le proporciona la corrupción, arbitrariedad, ambiciones y manipulaciones innobles que se han venido produciendo —según prueba con datos— durante los diez años de ejercicio del poder.
El problema es que el socialismo del autor queda reducido a eso: un ideal de juventud malogrado. Pero ¿cuál era la alternativa? ¿Tal vez la eterna oposición contra la derecha
? Porque no se vislumbra en este libro ninguna salida válida a la crisis —evidente— en que se debate no sólo el PSOE, sino toda la sociedad española. Como tampoco se vislumbran horizontes positivos al analizar el papel de los poderes fácticos
, tales como el Ejército y la Iglesia. La prensa, aunque no se libra de críticas, bien merecidas por otra parte, sale un poco mejor librada del empeño.
Con respecto a la Iglesia, a veces, no puede evitar el reflejo anticlerical propio de un convencido socialista. Incurre, tal vez por esa razón, en el tópico tan conocido de dividir la Iglesia en dos bandos: uno progresista, abierto, libertario, surgido del Concilio, y el otro encogido, antiguo, intransigente, anticonciliar y retrógrado que se ha impuesto en nuestro país últimamente. Olvida el autor que la Iglesia, aunque esté inserta en la sociedad, no tiene una misión material, sino de salvación de las almas. Hablar así despierta risas o burlas en ciertos sectores de opinión. Bien. Uno es libre de creer o no en estas cosas, pero no de confundir las realidades, que son como son.
Así, las posiciones de la Iglesia vienen fijadas en función de móviles espirituales, y no políticos. No comprenderlo de este modo puede llevarnos a conclusiones, además de precipitadas, falsas, porque ignoran la verdadera naturaleza de una institución dos veces milenaria, provista hoy de una autoridad moral reconocida universalmente —y no sólo entre los cristianos— como impulso limpio y generoso en favor de la humanidad.
Título: Mi vida.
Autor: Gerolamo Cardano.
Editorial: Alianza Editorial, Madrid, 349 páginas.
Precio: 2.300 pesetas.
En el siglo XVII, Baltasar Gracián hacía burla de aquellos sabios a lo antiguo
para quienes la felicidad consistía en honras, riquezas, deleites y en el saber y la salud. Él, en cambio, admiraba a la gente sin pliegues en las capas ni dobleces en el alma
: hombres buenos, llanos, sin artificios ni embelecos, sencillos en el vestido y el ánimo. Unos pocos años antes el británico Francis Bacon había afirmado que nuestro tiempo es el anciano del mundo, y se encuentra rico en observación y experiencia
y por tanto es, en potencia, superior.
Al margen de las contiendas entre antiguos y modernos, y entre enanos y gigantes, superar el legado cultural de nuestros antepasados exige previamente conquistarlo a través del pensamiento. Y a esto se le llama desde el siglo XX dar con la razón histórica de los hombres y los pueblos. Si esta operación no la realizamos, nos quedamos sin dar la talla.
La figura del científico suele ir rodeada de algún prestigio y siempre impone aunque no se le haga ni caso a su persona. Francisco Socas acaba de ofrecernos la versión española de la autobiografía de un científico renacentista muy singular que, nacido en Pavía en 1501, falleció en Roma setenta y cinco años después: Gerolamo Cardano. Esta obra se titula De propria vita y ha sido traducida como Mi vida. El nombre de Cardano ha pasado a la posteridad por unas fórmulas que permiten resolver ecuaciones cúbicas (el franciscano Luca Pacioli, conocido también como Luca di Borgo, quedó así en entredicho, pues había sentenciado la imposibilidad de ser obtenidas con los métodos disponibles en la época; Pacioli era amigo de Leonardo da Vinci y le había llegado a calcular la cantidad de bronce necesaria para fundir una estatua ecuestre).
Cardano confiesa en sus memorias que algunas novedades, aunque muy poquitas
, llegaron a sus oídos a través de fray Niccoló. Este no era otro que Niccoló Fontana, conocido como Tartaglia, con quien sostuvo una agria polémica sobre la paternidad de dichas fórmulas cuando aún no había registro de patentes. Asimismo ejerció la jurisprudencia y la medicina (parece haber sido el primero en describir clínicamente el tifus), era aficionado a la esgrima, al ajedrez y a la lectura de Aristóteles y Plotino, así como a la de libros de historia. Al hacer balance de su existencia declara sentirse muy avergonzado por la infame holganza
que supuso dedicar incontables horas a los juegos de azar. Él detestaba la pereza y consideraba la dejadez como el peor de los males, mientras que, por otro lado, el arte de hablar era para él el arte de las artes.
La lectura de esta obra nos revela el clima de controversias y afán por los desafíos existente en el mundo de Cardano. Destaca en el lombardo su tono jactancioso y pueril pero confesado con naturalidad y sin rebozo. Afirma que no saben nada quienes no saben que ignoran muchas cosas y, tras manifestar su desprecio por lograr la amistad de los poderosos, nos cuenta que no es de extrañar que haya escrito de tantas y tan graves materias pues reúne en su persona muy raras cualidades: una gran madurez, buena salud constante, habilidad para las cuestiones matemáticas ya desde la infancia, desprecio de riquezas y honores, unos sentidos penetrantes, amor enorme a la verdad, suerte en las ocasiones y la ayuda de Dios
.
Hablando de la herencia de Europa, Hans-Georg Gadamer ha dicho que una sociedad liberal consiste en última instancia en la participación de todos en el ejercicio del poder. Pero hay que señalar que esta meta es inalcanzable, de no imperar la voluntad de vivir como el Otro del Otro. Partiendo de que el saber confiere poder (en cualquiera de sus formas), se trata no sólo de participar en la elección de los gobernantes, sino de ejercer una efectiva responsabilidad en el desempeño del saber.
En la aurora de este nuevo siglo, cuando se plantean y replantean proyectos de todo género, no puede faltar tampoco una meditación sobre el papel educativo que conviene dar a representar a las matemáticas (palabra que, etimológicamente, significa conocimiento). Creo que le corresponde contribuir a despertar la práctica del pensamiento, creando hábitos que fortalezcan nuestra actividad de discurrir, esto es, aprender a aprender y cultivar una mente abierta con la que afrontar cualquier situación nueva y sorprendente. Se trata, pues, de que sepamos extraer su función liberadora y expandir las dos cualidades que Nietzsche más admiraba en las matemáticas: la finura y el rigor.
Claro está que el profesor de matemáticas que quiera ser para sus alumnos el Otro del Otro
, les hará ver que son capaces de poseer las matemáticas que necesitan. Y les ayudará a combatir los numerosos bloqueos de origen afectivo que se producen, permitiendo que experimenten la sensación de fracaso acompañados y junto al alivio que dan la humildad y el humor. No se trata de reducir esta materia al nivel de mero entretenimiento, sino más bien desarrollarla en forma de juego
.
Johan Huizinga, autor del célebre libro El otoño de la Edad Media, afirmó que a pesar de ser en su mayor parte fantasía y ficción, los ideales de honor caballeresco, lealtad y valentía, dominio de sí y conciencia del deber aumentaron, sin lugar a dudas, la capacidad personal y levantaron el nivel ético de la vida pública de aquella época. La interpretación de la vida como juego de perfección artística deja sitio para el ánimo alegre y satisfecho, permitiendo distanciarse del utilitarismo y despreciar la ansiedad por triunfar.
Título: Isabel, mujer y reina.
Autor: Luis Suárez Fernández.
Editorial: Rialp, Madrid 1992. 342 págs.
Precio: 2.200 pesetas.
Celebramos los españoles en 1992 el quinto centenario, además del Descubrimiento de América, de varios hechos históricos de gran importancia ocurridos en 1492: la conquista de Granada, que marca el fin de la presencia musulmana en la Península y la expulsión de los judíos. Resulta imposible cualquier referencia a estos acontecimientos, sin hacer relación a la reina Isabel I de Castilla como protagonista de todos ellos junto a su esposo, el rey Fernando de Aragón.
De ahí el interés hacia esta singular mujer que hizo cambiar de rumbo la historia de Castilla y, por su matrimonio con el aragonés, la de España, rematando el objetivo de lograr la unidad de los reinos peninsulares, a excepción de Portugal. Muy pocos historiadores estarían en mejores condiciones para esbozar una biografía de la reina Isabel tan completa como la del profesor Luis Suárez Fernández. Especialista en historia medieval, ha publicado recientemente cinco volúmenes dedicados en exclusiva al reinado de los Reyes Católicos, obra de manejo indispensable para el conocimiento de aquellos años trascendentales en la historia de España y la del mundo entonces conocido.
Nace la infanta Isabel en 1451, en un pueblo modesto aunque de hermoso nombre: Madrigal de las Altas Torres. No parecía destinada a reinar, debido a que sus dos hermanos varones la precedían en la línea sucesoria. Sin embargo, por esos extraños virajes del destino, aquella gran mujer que fue Isabel de Trastámara llegó además a ser una gran reina, cuyo recuerdo perdura cinco siglos después de su muerte, ocurrida en 1504, tras una vida tan breve como intensa, lo mismo en las alegrías y éxitos que en los dolores y fracasos.
Luis Suárez Fernández, maestro de historiadores, sitúa desde el primer momento la acción dentro del entorno en que suceden los hechos, con referencia a la situación caótica en que se encontraba el reino de Castilla. Refleja con mirada objetiva la realidad de la época, al tiempo que se centra en la figura de Isabel, desde la infancia hasta que se perfila como heredera y sucesora de su hermano Enrique IV, al rechazar la legitimidad de doña Juana la Beltraneja
y lograr la coronación como reina de Castilla.
El matrimonio con Fernando de Aragón ofrece, junto a su valor histórico trascendental, el significado humano y sentido romántico de un amor donde la acción y la aventura se unen a los intereses de Estado. El rigor expositivo y crítico se mantiene a través de la obra al enjuiciar las actuaciones de Isabel, prudente a la hora de buscar la reconciliación entre las distintas fracciones de la levantisca nobleza castellana y valerosa al no cesar en su empeño de acabar con la presencia musulmana en España.
Nuevos acontecimientos, positivo uno —ayuda a Colón en su empresa descubridora— y más dudoso el otro —decreto de expulsión de los judíos— muestran igualmente el sentido de responsabilidad y preocupación de la reina por las tareas de gobierno. Gracias a los datos, presentados por el profesor Luis Suárez con rigor y objetividad, el lector dispone de los elementos necesarios para enjuiciar los hechos, no con visión actual, sino de acuerdo con los criterios, mentalidad y circunstancias de la época en que ocurrieron.
No se pretende justificar a la reina Isabel ni hacer su apología, sino señalar las razones de su política, siempre de acuerdo con el consejo de su marido y los intereses del Estado. Con tono sereno, sale al paso de tópicos y visiones simplistas, más producto de la ignorancia que de otras intenciones malévolas. Aunque se percibe el acopio documental y dominio de fuentes históricas, el autor ha procurado descargar el trabajo de cualquier exceso erudito que la hubiera hecho de más difícil interpretación. El estilo, ágil y cuidado literariamente proporciona a esta biografía histórica un cierto aire novelesco, favorecido por la extraordinaria trayectoria vital de la protagonista y la importancia de los sucesos en los que tomó parte decisiva.