El precio de la perfección

Miguel Escudero

Título: Mi vida.
Autor: Gerolamo Cardano.
Editorial: Alianza Editorial, Madrid, 349 páginas.
Precio: 2.300 pesetas.


En el siglo XVII, Baltasar Gracián hacía burla de aquellos sabios a lo antiguo para quienes la felicidad consistía en honras, riquezas, deleites y en el saber y la salud. Él, en cambio, admiraba a la gente sin pliegues en las capas ni dobleces en el alma: hombres buenos, llanos, sin artificios ni embelecos, sencillos en el vestido y el ánimo. Unos pocos años antes el británico Francis Bacon había afirmado que nuestro tiempo es el anciano del mundo, y se encuentra rico en observación y experiencia y por tanto es, en potencia, superior.

Al margen de las contiendas entre antiguos y modernos, y entre enanos y gigantes, superar el legado cultural de nuestros antepasados exige previamente conquistarlo a través del pensamiento. Y a esto se le llama desde el siglo XX dar con la razón histórica de los hombres y los pueblos. Si esta operación no la realizamos, nos quedamos sin dar la talla.

Autobiografía de Cardano

La figura del científico suele ir rodeada de algún prestigio y siempre impone aunque no se le haga ni caso a su persona. Francisco Socas acaba de ofrecernos la versión española de la autobiografía de un científico renacentista muy singular que, nacido en Pavía en 1501, falleció en Roma setenta y cinco años después: Gerolamo Cardano. Esta obra se titula De propria vita y ha sido traducida como Mi vida. El nombre de Cardano ha pasado a la posteridad por unas fórmulas que permiten resolver ecuaciones cúbicas (el franciscano Luca Pacioli, conocido también como Luca di Borgo, quedó así en entredicho, pues había sentenciado la imposibilidad de ser obtenidas con los métodos disponibles en la época; Pacioli era amigo de Leonardo da Vinci y le había llegado a calcular la cantidad de bronce necesaria para fundir una estatua ecuestre).

Cardano confiesa en sus memorias que algunas novedades, aunque muy poquitas, llegaron a sus oídos a través de fray Niccoló. Este no era otro que Niccoló Fontana, conocido como Tartaglia, con quien sostuvo una agria polémica sobre la paternidad de dichas fórmulas cuando aún no había registro de patentes. Asimismo ejerció la jurisprudencia y la medicina (parece haber sido el primero en describir clínicamente el tifus), era aficionado a la esgrima, al ajedrez y a la lectura de Aristóteles y Plotino, así como a la de libros de historia. Al hacer balance de su existencia declara sentirse muy avergonzado por la infame holganza que supuso dedicar incontables horas a los juegos de azar. Él detestaba la pereza y consideraba la dejadez como el peor de los males, mientras que, por otro lado, el arte de hablar era para él el arte de las artes.

La lectura de esta obra nos revela el clima de controversias y afán por los desafíos existente en el mundo de Cardano. Destaca en el lombardo su tono jactancioso y pueril pero confesado con naturalidad y sin rebozo. Afirma que no saben nada quienes no saben que ignoran muchas cosas y, tras manifestar su desprecio por lograr la amistad de los poderosos, nos cuenta que no es de extrañar que haya escrito de tantas y tan graves materias pues reúne en su persona muy raras cualidades: una gran madurez, buena salud constante, habilidad para las cuestiones matemáticas ya desde la infancia, desprecio de riquezas y honores, unos sentidos penetrantes, amor enorme a la verdad, suerte en las ocasiones y la ayuda de Dios.

Hablando de la herencia de Europa, Hans-Georg Gadamer ha dicho que una sociedad liberal consiste en última instancia en la participación de todos en el ejercicio del poder. Pero hay que señalar que esta meta es inalcanzable, de no imperar la voluntad de vivir como el Otro del Otro. Partiendo de que el saber confiere poder (en cualquiera de sus formas), se trata no sólo de participar en la elección de los gobernantes, sino de ejercer una efectiva responsabilidad en el desempeño del saber.

Papel educativo de las matemáticas

En la aurora de este nuevo siglo, cuando se plantean y replantean proyectos de todo género, no puede faltar tampoco una meditación sobre el papel educativo que conviene dar a representar a las matemáticas (palabra que, etimológicamente, significa conocimiento). Creo que le corresponde contribuir a despertar la práctica del pensamiento, creando hábitos que fortalezcan nuestra actividad de discurrir, esto es, aprender a aprender y cultivar una mente abierta con la que afrontar cualquier situación nueva y sorprendente. Se trata, pues, de que sepamos extraer su función liberadora y expandir las dos cualidades que Nietzsche más admiraba en las matemáticas: la finura y el rigor.

Claro está que el profesor de matemáticas que quiera ser para sus alumnos el Otro del Otro, les hará ver que son capaces de poseer las matemáticas que necesitan. Y les ayudará a combatir los numerosos bloqueos de origen afectivo que se producen, permitiendo que experimenten la sensación de fracaso acompañados y junto al alivio que dan la humildad y el humor. No se trata de reducir esta materia al nivel de mero entretenimiento, sino más bien desarrollarla en forma de juego.

Johan Huizinga, autor del célebre libro El otoño de la Edad Media, afirmó que a pesar de ser en su mayor parte fantasía y ficción, los ideales de honor caballeresco, lealtad y valentía, dominio de sí y conciencia del deber aumentaron, sin lugar a dudas, la capacidad personal y levantaron el nivel ético de la vida pública de aquella época. La interpretación de la vida como juego de perfección artística deja sitio para el ánimo alegre y satisfecho, permitiendo distanciarse del utilitarismo y despreciar la ansiedad por triunfar.