Comprensivos y ecuánimes

Miguel Escudero

Título: «Nosotros, los españoles»
Coordinador: Vicente Palacio Atard.
Editorial: Planeta, Barcelona 1991, 278 páginas.
Precio: 1.800 pesetas.


Buen conocedor de nuestras flaquezas históricas, don Ramón Menéndez Pidal recomendaba la comprensiva ecuanimidad como bálsamo para la comunidad española; con su ejercicio podríamos lograr una convivencia fructifera que permitiera aunar sentimientos y afanes colectivos, y en la que los «disidentes» fueran albergados y no sofocados.

Para todo ello, la voluntad de concordia debe ir asociada a una reflexión inteligente. En esa onda de pensamiento anda el profesor emérito Vicente Palacio Atard, quien acaba de publicar una breve historia de España. No se busque en esta obra, pues, un ensayo histórico de hondura; se trata, al igual que sucediera con su librito Juan Carlos I y el advenimiento de la democracia, de un trabajo dirigido al público en general y apto para una muy amplia difusión. Su fácil lectura no sólo acrecienta en el lector profano su caudal de conocimientos, sino que también estimula el rechazo de interpretaciones simplistas y estereotipadas, animando a matizar las valoraciones de personalidades y acontecimientos. Y todo nuevo libro que se oriente en tal sentido merece nuestra bienvenida y nuestra atención.

Una buena muestra del rigor y del talante liberal de Palacio Atard se encuentra en su afirmación de que no hay peor servicio a la historia que prescindir del pasado que nos resulta ingrato. Si, a su vez, nos preguntamos por el servicio que ella puede darnos, nos encontramos con que la historia y la vida hacen comprender la realidad. Esto lo han sabido ver y explicar muy cumplidamente tanto Ortega como Marías, empleando los conceptos de razón histórica y razón vital. La innovación y la imaginación en que consiste la vida sólo son accesibles si se cuenta con la memoria del pasado, ordenada secuencialmente y dotada de argumento.

Es de sobra conocido que Palacio Atard distingue seis fundaciones en la historia de España. La romanización de nuestra Península se inició otorgándole a toda ella el nombre de Hispania. La presencia musulmana trajo consigo la idea de «la pérdida de España» («cuando mayor era el peligro de desaparición de la herencia hispana -nos dice Palacio, la misma adversidad generó nuevas fuerzas para rehacer esa entidad histórica»). Las siguientes fundaciones se gestaron con el reinado de Isabel y Fernando, con la llegada de la Casa de Borbón y con la declaración de soberanía nacional y división de poderes, efectuada por las Cortes de Cádiz.

Con el 98 se acabó de disolver la España de Ultramar (valga mencionar que entre 1848 y 1868, Estados Unidos nos ofreció en tres ocasiones la compraventa de Cuba). Pero Palacio Atard no encuentra en esos momentos de frustración, de conciencia de atraso y de gran abatimiento colectivo, la sexta-y hasta ahora última fundación de la vieja España, a pesar de que provocaran un vigoroso movimiento regeneracionista. Para él esa etapa fundacional se inauguró hace sólo quince años con el establecimiento de la Monarquía constitucional y el Estado autonómico.

En conclusión: ¿cuál es nuestro futuro? Nuestro resultado histórico no es fruto de leyes de terministas, y lo que lleguemos a ser va a depender de nosotros los españoles. Dependerá del conocimiento que poseamos de nuestro largo pasado común, que lo comprendamos y lo enjuiciemos ecuánimemente; de penderá de que no reduzcamos nuestras dimensiones históricas y demos pasos decididos en la formación de las comunidades europeas y americanas a las que estamos llamados a integrarnos; y dependerá también, por supuesto, de que se dé cauce a los mejores entendimientos con que contamos.