Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productos1 May 1992 - 9min.
En los años ochenta, algún parlamentario nicaragüense proclamó que el 12 de Octubre debía ser considerado El Día de la Ignominia
; y un periodista, de apellido arraigadamente español como el anterior, opinó que el 11 de Octubre de 1492 habría que conmemorarlo como El Día del Indio
, por ser esta fecha la última en la que el indígena americano gozó, como bon sauvage, su roussoniana libertad. Décadas atrás, el 12 de Octubre era instrumentalizado por una retórica obsoleta de cierta corriente ideológica que concebía la articulación de los pueblos hispanoamericanos en una unidad política superior, estructurada por un común denominador hispánico. Pero ambas posiciones extremas replantean las enconadas tendencias de interpretar un pasado definitorio.
Ese pasado, que abarca la estructura y los mecanismos de dominación inherente a todo proceso conquistador, no debe exaltarse con nostalgia ni condenarse radicalmente desde la perspectiva actual. Sencillamente porque de allí, de los formativos siglos coloniales que se derivaron del acontecimiento colombino, procede el pueblo hispanoamericano y en concreto, a través de un mestizaje medular, el nicaragüense.
Así lo entendieron nada menos que nuestras dos mayores glorias: Rubén Darío y Augusto C. Sandino, el de todos los nicaragüenses —no el confiscado por el Frente Satánico de Liquidación Nacional—. Si el primero constituyó la voz universal más alta y perdurable de ese mestizaje, el segundo lo formuló en el concepto de indohispanismo, planteándolo como lo que fue: la base étnica y espiritual de Hispanoamérica. Además, como Darío, Sandino mantuvo una honda creencia en los valores humanos encarnados por el pueblo español sin despreciar la sangre chorotega que, con la de origen peninsular, corría encendida por sus venas.
Como Darío, Sandino mantuvo una honda creencia en los valores humanos encarnados por el pueblo español sin despreciar la sangre chorotega que, con la de origen peninsular, corría encendida por sus venas.
En la España histórica no hay que reconocer su expansión colonialista, sino su herencia de cultura que es parte de nuestro ser mestizo: su idioma y religión, su literatura y tradiciones, los pensamientos y hechos de sus mejores hombres y mujeres. No hay que hacer con ella un panegírico ni una caricatura. Lo mismo ha sostenido, en su redefinición teórica, la nueva Comisión Nacional del Quinto Centenario del Descubrimiento de América que advierte en este acontecimiento una oportunidad para reafirmar la vinculación trascendente de la cultura Occidental y la precolombina, negándose tanto a una diatriba contra la época colonial como a una glorificación del Imperio.
En la España histórica no hay que reconocer su expansión colonialista, sino su herencia de cultura que es parte de nuestro ser mestizo: su idioma y religión, su literatura y tradiciones, los pensamientos y hechos de sus mejores hombres y mujeres. No hay que hacer con ella un panegírico ni una caricatura.
En la misma España histórica hay que rescatar los elementos positivos. Por ejemplo: ese único fenómeno, no concebido ni ejecutado por ninguna otra nación o pueblo, que consistió en someter desde un principio su propia política expansiva a un severo cuestionamiento moral, como lo realizaría la emergente monarquía española del siglo XVI. Y, al mismo tiempo, nunca olvidar su corolario: que esa reflexión crítica o autocrítica tuvo su mayor representante en Fray Bartolomé de Las Casas, auténtico español en cuya vida y obra tal conciencia se tornó, hiperbólicamente, en denuncia e impugnación proféticas.
Otro elemento rescatable es el papel de la Iglesia y sus órdenes religiosas en la forjación de nuestros pueblos, al margen de los abusos institucionalizados e independientemente del Patronato
que unificaba el Altar y el Trono. Por su esencial savia cristiana, la Evangelización traducida en labores misioneras, creación de pueblos y tradiciones, fundación de centros educativos y de asistencia social, etc., se transformó en una realidad vivificadora y vivificante.
En esa misma línea, es necesario referir que los franciscanos y demás misioneros, humanistas por excelencia, rescataron la cultura prehispánica, como Fray Bernardino de Sahagún en su monumental Historia; e iniciaron proyectos alternativos y humanos como el de Tata
Vasco de Quiroga en Pátzcuaro, México. Y que aún ofrece una sistemática revaloración la obra de los jesuitas en California y en las reducciones del Paraguay: la más cercana aproximación, según José María Peramás, a la República ideal de Platón.
En fin, la efemérides del 12 de Octubre debe conducir a una ecuánime valoración histórica, no a un subjetivo y prejuiciado desahogo anticolonialista, mucho menos a una manipulación hispanófila de mentalidades deformadas e ignorantes. Porque lo que ella produjo, a largo plazo, fue la insoslayable interpenetración de dos sociedades en pugna y un proceso impulsado por una pax hispánica que no segregó sino que unificó para engendrar nuestra existencia mestiza.
Aunque en varias ocasiones he planteado estos puntos de vista sobre el encuentro de dos mundos-descubrimiento de América
, como oficialmente se ha designado al arribo del Almirante Cristóbal Colón al continente americano, no está de más insistir sobre el tema, dado que plumas fanatizadas e intereses políticos y económicos pretenden manipular la efemérides con el fin de distorsionarla y sacarle el mayor provecho. Distorsión que en Nicaragua ha llegado al punto de promocionar una obra de teatro en la cual se representa a Colón como introductor del SIDA en América.
En Nicaragua se ha llegado al punto de promocionar una obra de teatro en la cual se representa a Colón como introductor del SIDA en América.
Cada quien es libre de hacer con su trasero un tambor, pero científicamente nadie puede ocultar los dos elementos esenciales de la realidad histórica: la continuidad y la solidaridad. La primera se desarrolla sin que los hombres puedan evitarla, de generación en generación, enlazando nuestro tiempo con las épocas más remotas. Y la segunda opera en la comunidad de naciones sin que la protagonista se dé siquiera cuenta, evolucionando en función de todos los pueblos del Universo.
Pues bien, ambos elementos incidieron en el acontecimiento mundial del 12 de Octubre de 1492 que sólo podía ser emprendido por la sociedad occidental, en virtud de su integración en una superior concepción de lo que Christopher Dawson llamó los cuatro factores básicos formativos de Europa: el clasicismo griego, la organización jurídica e imperial romana, el cristianismo universalizador y el germanismo nacionalista.
O sea que el acceso de los europeos a América (y no el de los indígenas de nuestro continente a Europa), se debió a la continuidad y solidaridad que acumularon posibilidad, medios técnicos y tradición en los conocimientos geográficos. Y ninguno de estos elementos poseían las culturas precolombinas que, si bien tenían historia, carecían de conciencia integral de su existencia común, manteniéndose como un conjunto de sociedades y grupos étnicos en muy diversos estados de evolución, sin trascender los círculos de vida cultural comunitaria ni alcanzar más allá de un adelantado nivel neolítico. En resumen, no se dieron en ellas posibilidad, medios y tradición como en la sociedad occidental.
Esta —enseñaba Mario Hernández Sánchez-Barba, mi maestro en la Universidad Complutense de Madrid—, estuvo capacitada para conocer, es decir, para descubrir, mediante la solidaridad y la continuidad en el esfuerzo que abre una posibilidad, forma una tradición y produce unos medios técnicos
. Evidentemente, el Almirante dispuso de esa triple concurrencia, condicionado además por las dos necesidades materiales de la época: el oro que la economía feudal exigía para satisfacer la desmedida fiebre de numerario y las especias, tan necesarias para el consumo de los países europeos del siglo XV como el petróleo para nuestros días. De esta manera se dio la época de los grandes descubrimientos geográficos que tuvo por móvil hallar una nueva ruta al Oriente Asiático, rico en especias y oro.
Pero Cristóbal Colón llegaría también a interpretar con palabras el Nuevo Mundo. Como navegante, lo abrió a exploradores y conquistadores; como escritor lo descubrió para la imaginación de Europa, ya que de él proceden dos ideas que pronto llegaron a ser lugares comunes: América como tierra de abundancia, y el indio como noble salvaje
. Es cierto que después de su descubrimiento se implantaría la dominación a través de la conquista, legitimada en el terreno con la fórmula teocéntrica del requerimiento
que legalizaba la esclavización de los indios y el despojo o apropiación de sus bienes. Pero también es una verdad irrefutable, como sostiene el maestro Pablo Antonio Cuadra, que ninguna otra conquista —antes y después de la española— puede lanzar la primera piedra contra España
por haber sido la más humanitaria y sembrado una crítica respecto a su obra. Esa página —enfatiza—, ninguna historia del mundo la puede presentar
.
Mas tampoco hay que exagerar la nota y enfilarse en una idealización superflua. Porque la realidad es una: que nuestras naciones proceden tanto de los vencedores como de los vencidos; y que hablamos español y pertenecemos a una galaxia cultural hispano-americana. Pero hay todavía un indio en nosotros cuya procesión —observa Pablo Antonio—, nos anda por dentro, que también mira la historia con sus ojos
. Una historia —o visión de los vencidos—, que es imposible negar y debe reconocerse, valorarse y exaltarse. Una historia, en fin, que condujo inevitablemente a la fusión del indio y el español y que, poco a poco, logró la definición y la plenitud del nicaragüense.
Desde un principio, el español aquí establecido dejó de ser peninsular y el indígena se alejaría, cada vez más, de sus niveles precolombinos. Más aún: fue engendrándose —en Nicaragua sobre todo—, un mestizaje sustancial y sustantivo. Así, la mayoría de los futuros nicaragüenses seríamos, fuimos y somos mestizos, triplemente mestizos, pues el pringue de África
también enriqueció nuestro crisol cultural. Los ejemplos se han reconocido en centenares de libros.
Recordemos, nada más, que de España vinieron los ganados, las aves de corral, el trigo, el aceite, el vino y —por citar un dato significativo—, 199 de las 347 especies vegetales y alimenticias, o de utilidad industrial, que se cultivarían sistemáticamente en América. Por su lado, de aquí saldría hacia Europa la papa o patata, consumida tanto por los españoles que no conciben la alimentación sin ella.
Somos, pues, mestizos —como ha escrito otro maestro, Guillermo Rothschuh Tablada—, por naturaleza y cultura, como quien dice por factores propios y externos, y si en realidad se habla de autonomía lingüística no vamos a persistir en la dañosa miopía de negar que somos nietos de Castilla tanto como biznietos de los nahuas
. Que, por un tiempo, hablamos en una mezcla de español del siglo XVI y náhuatl, lengua franca de donde brotó la mayor creación del genio popular nicaragüense: El Güegüense. Que el más hermoso himno de esa integración cultural la ejecutó Rubén Darío en su Salutación del optimista, texto que siempre debemos leer y meditar, pues su poder de convocatoria de una comunidad hispánica de naciones —unida por sus valores históricos y proclamada por la España actual—, aún no ha perdido vigencia.