Después del descubrimiento

Guillermo Morón

Ni europeos, ni indios, ni negros, sino todo lo contrario. Es decir, los latinoamericanos —Hispanoamérica, Iberoamérica, Indoamérica, qué más da cómo quieran llamarnos— somos ya un viejo mestizaje de quinientos años. Europeos por la procedencia, España es el origen común para las dieciocho Repúblicas, más Puerto Rico, doscientos sesenta y tres millones de habitantes, juntamente con el Brasil nacido de Portugal, 141 millones de seres humanos; de Europa tenemos la lengua y, con la lengua, la manera de ser. La política, la moral, la filosofía de los latinoamericanos es grecolatina.

Hispanoamérica, Iberoamérica, Indoamérica, qué más da cómo quieran llamarnos: somos ya un viejo mestizaje de quinientos años.

Ya don Américo Castro, en brava y fértil pelea con don Claudio Sánchez Albornoz, penetró en los socavones del alma hispana en su historia, para demostrar que judíos, moros y cristianos formaron la cultura española, también en un proceso de mestizaje que duró ochocientos años. Sobre esos mestizos españoles se realizó y realiza la ingeniería social latinoamericana.

La soledad de América Latina

Para comprender bien esta agitada historia de América Latina es necesario tener en cuenta la Historia de España que diseñó Don Ramón Menéndez Pidal (sólo se han publicado diecisiete tomos de los 40 que la formarán), la Historia General de África (dos volúmenes han sido editados por la UNESCO) y la Historia General de América (20 volúmenes, de los 36 que la integran, tengo ya en circulación). Porque nuestra historia es la confluencia, repetición y resumen de toda esa enorme heredad, ya hecha una sola cultura con ingredientes que le son propios y dan fisonomía. Por todo cuanto ha ocurrido en estos quinientos años de andadura histórica América Latina se ha quedado sola. Sola entre los bárbaros como la Grecia de Herodoto.

Por todo cuanto ha ocurrido en estos quinientos años de andadura histórica América Latina se ha quedado sola. Sola entre los bárbaros como la Grecia de Herodoto.

Por supuesto que así como a Europa la forman los pueblos y estados más diversos en idiomas e identidades —¿en qué se parecen los ingleses a los españoles o los alemanes a los italianos, como no sea en la asimilación de ideologías políticas heredadas de Roma?—, a la América Latina le sirven de plataforma Hispanoamérica, la más extensa y antigua, la lengua que llamamos castellano o español indistintamente, Brasil con lengua prima-hermana doble, y El Caribe con tres idiomas europeos más. Ahora, cuando finaliza el siglo la unidad de América Latina está sólo en las carencias y en la retórica. Las carencias se resumen en el desolador panorama de la marginalidad, tal vez el ochenta por ciento de una población de cuatrocientos cuatro millones (en 1987).

La unidad de América Latina está sólo en las carencias y en la retórica. Las carencias se resumen en el desolador panorama de la marginalidad.

Muy bien, pero esa densa, conjunta y dramática presencia humana, no está muerta, está viva y lucha todos los días y todas las noches. Es una civilización, es una cultura donde predomina la profunda herencia europea. Todavía hay indios y todavía hay negros. Sus culturas pertenecen a nuestro modo de ser hombres. Estarán siempre. No ha habido nunca ni en el siglo XVI ni en el siglo XX, una política de Estado dirigida al genocidio. Todo lo contrario. Doña Isabel, aquella gran Reina nuestra llamada por antonomasia Isabel La Católica, regañó al Almirante: ¿Quién os autorizó para esclavizar a mis vasallos?

La soledad de América Latina es de condición interior. Están solas, en forma empedernida, las Repúblicas. ¿Sabía usted que las Repúblicas latinoamericanas son las primeras, las más antiguas, del Universo mundo, exceptuando a los Estados Unidos? Se empeñan en ese aislamiento, en esa patriótica y absurda soledad. Están solos los presidentes, encerrados en los idealismos, encerrados en el poder, duros de pelar los dictadores, inalcanzables en vanidad los demócratas. Hay un gran desierto de estadistas.

Sólo existen dirigentes, hábiles en la profesión política. La carencia de grandes conductores es también una soledad. Los políticos latinoamericanos, de cualquier pelambre, socialdemócrata, socialcristiana, liberales o conservadores, saben ganar elecciones. Pero no saben qué hacer con el poder.

No oyen, no ven, no sienten. Se hacen solitarios. Están solos los pueblos, aislados por fronteras artificiales y endurecidas. No hay paso franco para los ciudadanos, metidos en la camisa de fuerza del nacionalismo. Dan ganas de añorar las libertades de Don Felipe II.

La soledad de América Latina es exterior. En los organismos internacionales cada país anda por su lado. En la ONU y en la OEA, como en la OPEP y en la UNESCO, los latinoamericanos forman un saco de gatos. Por eso los Estados Unidos invaden Panamá e invadirán otros lugares estratégicos. Por eso Europa no escucha los planteamientos sobre el presente y sobre el porvenir. Por la soledad exterior de América Latina, España apenas se ocupa de la retórica en relación con los Quinientos Años del Descubrimiento, pero no va a colocar ni una peseta de las muchas que le sobran, convertidas en dólares, en ningún banco latinoamericano.

América Latina se empeña en ser un conjunto de Naciones, Estados, Patrias, Presidentes y Pueblos aislados, solitarios, encontrados. En lugar de recuperar la unidad que fuimos.

América Latina se empeña en ser un conjunto de Naciones, Estados, Patrias, Presidentes y Pueblos aislados, solitarios, encontrados. En lugar de recuperar la unidad que fuimos. No más una comunidad de naciones, sino una comunidad de ciudadanos.

Unidad y destino

¿Sabía usted que el pueblo latinoamericano, heredero de Europa (Grecia, Roma, España) es el más antiguo y culto del continente? La tecnología es norteamericana, la cultura es latinoamericana.

Para dejar de estar solos habrá que comenzar por la unidad. Primero la unidad de cada país, más profunda la democracia, más fuerte la educación básica, más ágil y abierta la economía. Para dejar de estar solos habrá que realizar el gran esfuerzo de la unidad frente a los grandes polos nucleares de la actual civilización global, los Estados Unidos de Norteamérica y El Canadá, la Comunidad Europea y el Japón. China tendrá su interlocutor apropiado en la América Latina de mediados del siglo XXI.

Los latinoamericanos son la alternativa para los europeos. Pero si América Latina conoce a Europa —es heredera de su cultura—, la Europa de hoy se niega a conocer a la América Latina. Nuestro aislamiento, nuestra soledad interior y exterior, comenzaría a convertirse en cooperación y complemento, si Europa —España la primera— conociera adecuadamente dónde están las reservas de esta civilización occidental y cristiana, es decir, grecolatina, es decir, europea. Porque Estados Unidos sólo tiene interés en la destrucción de esa reserva de la humanidad que es América Latina. Sin América Latina Europa se queda corta. Sin Europa América Latina tendrá una larga soledad.

Los latinoamericanos son la alternativa para los europeos. Pero si América Latina conoce a Europa —es heredera de su cultura—, la Europa de hoy se niega a conocer a la América Latina.

Ahora bien, así planteado el asunto principal de la comunidad latinoamericana, ¿cuál podría ser su destino, si es que ha de haber alguno? Por de pronto las tres porciones en que se divide este hemisferio social, Hispanoamérica y Brasil que conforman la Iberoamérica, un solo gran bloque conectado por el parentesco de las lenguas y la similitud de usos y costumbres, y el Caribe, deben ser identificados en plenitud por los propios latinoamericanos. En un profundo conocimiento de sí mismo, en cada Nación, se fundamenta la Comunidad Europea.

Por otra parte, un proceso de crecimiento dentro de cada país, en cada República se hace individualmente el esfuerzo nacional, dirigido a lograr el ascenso necesario de los marginados —ya no del todo analfabetos como antes, en el rural siglo XIX—. Ese ascenso se detuvo en la década de los ochenta, pero comienza a vislumbrarse de nuevo en algunos lugares. En todo caso la marginalidad es el gran peso de toda la comunidad; la deuda externa, la rapacidad tecnológica, la voracidad financiera, el mal hábito de las invasiones norteamericanas son poderosas fuerzas que tienden un círculo de hierro y candela a los más de cuatrocientos millones de latinoamericanos. La incapacidad para gobernar a cada país, las guerras de Centro América, Colombia, Perú, los hábitos del despilfarro heredado de nuestros abuelos españoles y portugueses del siglo XVI, la indisciplina personal y colectiva, son los principales defectos comunes a la sociedad latinoamericana.

Todo eso significa que ahora, cuando los latinoamericanos cumplen quinientos años de edad histórica, es cuando se requiere por parte de los dirigentes políticos, sociales, económicos y culturales el más grande esfuerzo al objeto de identificar, ascender y proyectar el pueblo común hacia la historia compartida.

La cabeza del Imperio

Esta es la gran ciudad. Lleva el nombre de un libertador, George Washington, cuya historia es más conocida que las caraotas negras, llamadas frijoles en México y otras partes del Nuevo Mundo. En mi tierra se dice de alguien o algo muy conocido que lo es más que el pan de piquito. Menos conocida en los pueblos iberoamericanos es la visión de esta ciudad imperial del libertador George Washington. No sólo están el Capitolio, la Casa Blanca y el Pentágono, el trípode sobre el cual se asienta el poder, sino todas las avenidas, plazas, parques, espacios abiertos y arbolados, con los macizos edificios romanos. Hay necesidad de incluir, claro está, los catorce museos de la Smithsonian, esa particular y poderosa Institución dedicada a la ciencia y a las humanidades. El poder está visible donde quiera, incluidos los homeleses, los sintecho de diversos colores que se sientan a las puertas del Museo de Historia Americana donde ahora estoy, en las aceras y, a partir de la Avenida 13 para abajo, en todas partes. El Imperio tiene sus propios desechos, su basura humana.

Si el visitante ha sido debidamente vacunado por la intemperie contra una enfermedad llamada, vulgarmente, sensibilidad, podrá gozar de los mayores encantos y comodidades de Washington, núcleo de la guerra y de la paz en el mundo de hoy. Como es primavera, los árboles están en flor, los cerezos lucen sus colores. En mi tierra hay flores y frutas todo el año, llueva, truene o relampaguee.

Mi viejo antecesor en el achaque de las letras históricas, Fray Pedro Simón, ya lo advirtió: se pasa de un clima a otro, del calor al frío, del verano al invierno, en menos de una jornada. Ya se sabe, es el trópico, con el mar y sus playas, con el río Orinoco y la selva llamada Canaima, con los Llanos y el Pico Bolívar, allá en Mérida, más arriba de los cinco mil metros nevados. En Washington pasa rápidamente la primavera.

¿Habrá cristianos en esta capital imperial? ¿Quién dará de comer a esta gente? Cuando llegue el invierno, ¿cómo se protegerán del frío? Esa es una ventaja para los pobres de mi tierra, no hay invierno, sólo primavera y verano. Además, todavía quedan cristianos.

Curiosamente llegan a mi memoria dos libros, leídos en la juventud, ahora testigos del tiempo en la biblioteca de mi casa caraqueña. Caracas no se parece a Washington, la de hoy es una fea imitación de Nueva York, donde está la gasolina del poder, la Bolsa de Valores, el dinero que mueve y conmueve, nunca a compasión. Uno de esos libros, ya quietos, se titula El mundo romano, un preciso y claro manual del historiador francés, del Instituto de Francia, Víctor Chapot. Fue puesto en español por dos maestros españoles, tal vez olvidados, Luis Pericot y Rafael Ballester. Es que nada se parece tanto al romano como este mundo americano, es decir, norteamericano. Tenemos el más grande imperio que ha existido, se jactaba el británico; el romano transformó al mundo, el norteamericano es mayor. Se siente hasta en las conversaciones de pasatiempo.

Y el otro libro, famosísimo hace ahora treinta años, es el Jesús del entonces profesor de historia del cristianismo en La Sorbona Ch. Guignebert. Jesús existió no porque lo mencione de pasada Tácito en sus Anales (XV.45), sino porque está a la vista desde hace mil novecientos noventa y dos años. ¿Habrá un Jesús en esta enorme ciudad? El Presidente del Imperio dirigió los bombardeos de la triste Guerra del Golfo desde un barco de su Iglesia y desde su campo de golf. Los Césares no eran cristianos.

A ver si recuerdo el nombre de aquel jefe bárbaro llevado a Roma como trofeo de guerra para ser juzgado. Se llamaba Manuel Antonio Noriega, quien cometió el error de resistir la invasión. Vercingetorix de la tórrida y pobre Panamá, pagará su condena, después de la destrucción de su pueblo y de la devastación de su reino, sin derecho a la tiranía doméstica. Como todo abuso de poder, el acto es y será una afrenta para todos nosotros, los latinoamericanos. Como lo será una invasión a Cuba, si el gallego don Fidel Castro no afloja la mano de su ya innecesaria revolución. También Atenas imponía su democracia por las malas. ¿Y por qué han de ser democráticos los haitianos, pueblo irredento si los hay, si no quieren serlo? Primero se debe ser libres, después hay que ganar la Justicia y, al final, si sirve de consuelo, democráticos. La democracia es una vieja dolencia. No es una invención de los anglosajones; ya se sabe cómo la democracia se la inventaron, lentamente, los griegos del siglo VI antes de Cristo, primero, en las islas pequeñas del Egeo, luego, en el continente. Europa descubrió tarde la democracia; en España llegó después de existir en sus antiguas Provincias. Aquí en Washington la gente anda democráticamente como le da la gana, descamisados, en calzoncillos, alienados, quizá, esto es, fuera de sí cada uno, si se juzga por el modo de estar en los sitios, en las calles, en las plazas, en los cafés, gente gorda y a raudales, pero sin las carreras de Nueva York, de Chicago y de San Francisco.

Identidad cultural

En la biblioteca del Congreso —no la tuvo Roma porque la Cultura era helena— me pongo a revisar la bibliografía de y sobre dos alienados que nacieron fuera de época, quiero decir más allá del tiempo en que anduvieron en el siglo, como diría el Padre Pedro de Rivadeneyra para referirse a la vida de ese otro fuera de serie llamado Ignacio de Loyola. En la Biblioteca, destinada a servir al Congreso, si en el Congreso leyeran libros, está todo cuanto se ha publicado sobre Fray Bartolomé de las Casas, un descubridor de América, y sobre Cervantes, el descubridor de España. Dos alienados, dos locos, Las Casas y El Quijote que es Cervantes su creador, aunque don Miguel de Unamuno se resiste a esa creación porque el Caballero, el Hidalgo por antonomasia, no es creatura de ficción, es hombre real y verdadero. Ya no hay alienados, descubridores de ser hombres, como estos de nuestra lengua y cultura.

¿Quién habrá de salir a reparar entuertos en este mundo de la barbarie tecnológica, como cree el maestro Francisco Rodríguez Adrados que vendrá sobre España si se termina por eliminar los estudios humanísticos? En las grandes librerías, almacenes gigantes, asépticos, ordenados por computadoras, los libros se venden a granel. Son best-sellers, los mejor vendidos, como esa biografía de Nancy Reagan con mil páginas de chismes y maldecires. Hay muchos Protágoras por ahí; muy pocos Sócrates.

Mientras juzgan al bárbaro panameño, un grupo de animales racionales, llamados intelectuales, se reúnen en un salón de la Smithsonian para leer y discutir. En el periódico de la gran ciudad se publica una magra reseña para advertir sobre la curiosa e inocua reunión.

El periódico propone colocar en la puerta de esa sala de locos, tan extraños en el ambiente de la cabecera del Imperio, un cartelito con el aviso común de los sitios de peligro: Cuidado. Aquí trabajan intelectuales.

¿Y sobre qué asunto discuten esos profesores humanistas, historiadores, literatos de diversos lugares del mundo? Pues sobre algo sin trascendencia para una ciudad tan bien construida, tan sólidamente establecida, como es la identidad. ¿Y cuál identidad? Imagínate tú qué tontería: la identidad cultural de las Américas, así, en plural, la del Norte, la del Centro y la del Sur, añadida la posible identidad de los pueblos del Caribe, incluido Haití.

Ocurrió, pues, en Washington este simposio. Si los indígenas son aún perseguidos, como en la Conquista; si los negros serán mayoría a mediano plazo; si los hispanos ya penetran la sólida estructura de Roma y su entorno, como hicieron los griegos de la antigüedad; si los asiáticos forman parte de la identidad americana. Todo en voz alta, con entrada libre y democráticamente. Es una característica de esta ciudad: se puede criticar aunque sea peligroso.