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Ver productosEl silencio de los corderos, como era de esperar, copó los premios más importantes en la edición de los Oscar 1992 (véase crítica en el núm. 18 de Nueva Revista, octubre de 1991).
Oscar a la mejor película, al mejor director, Jonatan Demme, siendo la primera vez que lo consigue, al mejor actor, Anthony Hopkins, llamada de atención a los actores americanos pues es el tercer año consecutivo que se lo lleva un inglés, a la mejor actriz Jodie Foster, quizás el más discutido, sobre todo por ser el segundo en su carrera y en un corto espacio de tiempo (ya lo obtuvo en 1988 por Atrapados) y al mejor guión adaptado, Ted Tally, de la excelente novela del mismo nombre de Thomas Harris.
Sin menospreciar el excelente guión original, justamente premiado, de Callie Khourie para la película de Ridley Scott, Thelma y Louise, o el propio trabajo de sus dos excelentes intérpretes, Susan Sarandon y Geena Davis, que partían como favoritas, ex aequo, la decisión de la Academia parece haber querido redondear con esta lluvia de premios —sólo igualada anteriormente dos veces en toda la historia del cine por Sucedió una noche de Frank Capra y por Alguien voló sobre el nido del cuco de Milos Forman—, el respaldo mayoritario del público y la crítica a la que, sin duda, ha sido la mejor película del año, la más rotunda, la más conseguida.
El propio Billy Wilder, el único aún vivo de los grandes directores de la edad de oro de Hollywood, se ha pronunciado sobre ella como verdadera obra cumbre y la mejor película que veía en muchos años.
Las dos grandes derrotadas han sido Bugsy, de Barry Levinson y JKF de Oliver Stone, a juzgar por el número de nominaciones de que partían, diez en el primer caso y ocho en el segundo.
Bugsy es una película floja, superficial, inconsistente, y todo en ella suena a falso y pretencioso, así que con el Oscar al vestuario y la dirección artística se premia justamente lo único que cabe resaltar después de tanto esfuerzo.
JKF (ver Nueva Revista, núm. 24, abril de 1992) consiguió también dos estatuillas, fotografía y montaje, y aunque es una cinta ambiciosa, muy política y precedida de una gran polémica, y su director, Oliver Stone, haya sido premiado un par de veces (Platoon y Nacido el 4 de julio), en esta ocasión, la Academia no ha podido refrendar un trabajo fallido, pues al verla enseguida se nota que a Stone se le ha ido de las manos, no le ha salido y es su peor película hasta el momento.
Los Oscar técnicos fueron a parar a Terminator-2, y la mejor película de lengua extranjera, resultó la italiana Mediterráneo de Gabriele Salvatore, con lo que los italianos ganan por 9 a 8 a los franceses en este particular duelo.
En resumen, este año, más que nunca, ganó el cine que atrae, ilusiona, estremece y emociona al espectador, al gran público. Es decir, el puro cine.
Uno de los títulos que ha quedado fuera del reparto de los Oscar es Grand Canyon, horriblemente subtitulada en España El alma de la ciudad, a pesar de ser uno de los filmes más interesantes de la temporada.
Su director y guionista, junto con su mujer Meg, Lawrence Kasdan, es autor de obras tan interesantes como Fuego en el cuerpo, Silverado o El turista accidental. Aquí parece seguir el camino de profunda reflexión que inició en esta última sobre la deshumanización de la vida actual, presidida por el egoísmo en las relaciones, la crisis familiar, la indiferencia y la violencia social.
Los personajes viven en la dureza de la gran ciudad, moralmente confundidos, en un clima depresivo y frío lo que les lleva a la vaciedad más absoluta. El marido, personaje principal magistralmente interpretado por Kevin Kline, sobrio, medido, natural, al que cuesta reconocer de tan alejado que está del cliché cómico a que nos tiene acostumbrados, está absolutamente perdido, a punto de naufragar en una relación con su secretaria que no le satisface en absoluto.
La mujer, frustrada ante un marido que se ha alejado y un hijo que ha crecido, intenta llenar su tiempo con una agenda repleta de no se sabe bien qué ocupaciones banales.
El hijo, con el egoísmo propio de la edad, desconoce totalmente a sus padres, rehuye un clima de intimidad y sólo quiere de ellos atenciones materiales concretas. Los tres componen, sin saberlo quizás, sin querer admitirlo al menos, una familia a punto de naufragar, tal como expresa el propio hijo en un diálogo con la madre. Los negros, tanto los que viven honradamente como los que lo hacen fuera de la ley, devuelven en forma de desconfianza y escepticismo, los primeros, y pura violencia, los segundos, la marginación a que se ven sometidos por la sociedad.
El detonante para esa llamada a la esperanza por la que parecen apostar los Kasdan estará, en un caso, en la amistad entre los dos personajes principales, negro (un excelente Danny Glover) y blanco, que les hará salir a uno de su cerrazón y desconfianza, a otro de su comodidad y apatía, en otro en el bebé abandonado y encontrado por la esposa que le hará reclamar una nueva maternidad con que llenar su vida y que ella misma no se atrevía a plantear.
Esta esperanza parece cifrarla Kasdan en una vuelta a la honestidad, el cariño, la generosidad y la unión familiar. Y también en la ecología, en una vuelta a la Naturaleza, de la que sacar nuevas energías, más puras, más limpias, simbolizada por el Gran Cañón, allí perenne, siempre igual a través de los siglos, tan cerca de la gran ciudad como colosal gigante que se ríe de los absurdos afanes de las hormiguitas, sus habitantes.
Por último, un gracioso guiño al espectador cinéfilo, en boca de ese personaje cínico e inmoral, que representa a un productor de cine y encarna Steve Martin, cuando le dice a su amigo (Kevin Kline), Deberías ver más cine, los acertijos de la vida están en las películas
. Claro, que lo dice un productor.
Bajo el nombre de residuos se agrupan todo un conjunto de materiales que carecen de valor en las condiciones de lugar y tiempo en que se generan. Pero su cualificación sobre la base de la falta de utilidad es insuficiente, pues se puede llegar a una utilidad negativa, como son los casos de agresión al Medio Ambiente o a las condiciones de salubridad.
Suele decirse que el origen de los residuos está en las relaciones del hombre con el medio; pero esto no es rigurosamente cierto ya que no es sólo el hombre, ni siquiera la biosfera, la única causa de la producción de residuos. La razón básica de la generación de residuos está en la transformación de la materia hacia estados o situaciones de mayor estabilidad. Y buena prueba de ello es que muchos residuos, después de abandonados, continúan su proceso evolutivo hacia materiales de menor actividad, o de mayor estabilidad.
Los residuos, pues, se han producido siempre, debido al proceso evolutivo que experimenta la materia, por sí misma, o tras de un empleo en diferentes actividades.
Pero el problema de los residuos
o la crisis de los residuos
es consecuencia de su masivo incremento y de su concentración en determinadas áreas geográficas.
Bastaría considerar el hecho de que la población mundial ha pasado de 1.000 millones de habitantes a principio de siglo a 5.200 millones en el momento actual, para justificar un importantísimo incremento global de las cantidades generadas.
Pero además, y sobre todo en el último tercio del siglo, la creatividad e innovación continua, tan exitosa y vital, ha determinado —o quizá impuesto— que una de las connotaciones sociales más específicas sea el consumismo. Productos que en otras circunstancias hubieran mantenido su vigencia durante décadas, son ahora fácilmente sustituidos por otros de nueva creación, casi sin esfuerzo y con una mínima mentalización publicitaria. Y este hecho lleva implícito el derroche masivo de recursos primarios, y la generación creciente de residuos, debidos unas veces, a los procesos productivos y otras al hecho mismo de la sustitución, que convierte en desecho lo que hubiera podido conservarse durante años como producto útil o utilizable.
Además, esta distorsión de la demanda no ha ocurrido de forma homogénea sobre la superficie del planeta, sino concentrada en zonas geográficas muy concretas, lo cual es un componente suplementario de la distorsión, que, a su vez, es causa inductora de una producción
, acumulada y no deseable, de residuos.
La contaminación agroquímica está originada por los restos de fertilizantes, pesticidas y cationes metálicos pesados. Todo ello contribuye a salinizar el suelo y a descompensar el equilibrio materia mineral/materia orgánica.
Con frecuencia, al hablar de residuos, se pone el acento en aquello que se estima de mayor impacto ambiental o sanitario, como son los urbanos, los industriales, los especiales, etc., olvidándose o dando menor importancia a los residuos de origen vital —biomasa residual— que, sin embargo, constituyen más del 50% de los residuos totales.
La biomasa residual se genera a través de los diferentes estadios y transformaciones de la biomasa primaria, a la que la FAO define como el conjunto de plantas terrestres y acuáticas, junto con sus derivados, subproductos y residuos producidos en su transformación. Da la impresión de que el carácter natural de los productos renovables y de las actividades agrícolas, forestales y ganaderas implícitas en su producción les dejaba al margen de todo impacto contaminante; lo cual no es verdad.
La preocupación por la biomasa residual, a pesar de su fuerte componente económico, ha partido de los medios científicos, quienes han hecho converger los problemas de conservación de la Naturaleza y de mantenimiento de unas condiciones higiénicas y saludables, con los de una economía de recursos.
Este tipo de residuos pueden ser promotores de dos tipos de impactos contaminantes: biológicos y agroquímicos. Los primeros se deben a los procesos de putrefacción incontrolada y los segundos a los productos agroquímicos que pueden acompañarlos, como consecuencia de las nuevas tecnologías agrícolas y ganaderas.
Durante los procesos de putrefacción descontrolada pueden aparecer microorganismos patógenos, responsables —directa o indirectamente— de variados procesos infecciosos. Por otra parte, la superposición sobre el suelo de fenómenos de fermentación no deseados origina aumentos de la población microbiana que disminuyen el oxígeno y el contenido de nutrientes, dificultando el desarrollo de los cultivos. Al mismo tiempo, se liberan a la atmósfera gases contaminantes producidos en los procesos de putrefacción. La contaminación agroquímica está originada por los restos de fertilizantes, pesticidas y cationes metálicos pesados. Todo ello contribuye a salinizar el suelo y a descompensar el equilibrio materia mineral/materia orgánica.
Por otro lado, la doble contaminación, orgánica y agroquímica, del suelo acaba en buena parte en las aguas superficiales y subterráneas, y en último caso en el mar, produciendo situaciones de eutrofia, que no son sino el quiebro de la capacidad autodepuradora del agua, por pérdida del oxígeno disuelto, consumido por los intensos procesos de fermentación.
El aporte de excesivos nutrientes favorece la proliferación de algas que generan toxinas, responsables de un buen número de enfermedades, como dermatitis, gastroenteritis y problemas respiratorios. Todo esto conduce a situaciones de especial gravedad: 1.200 millones de personas no disponen de agua limpia, el 80% de las enfermedades y más de una tercera parte de las muertes en el llamado tercer mundo se deben al agua contaminada.
Son muchos los riesgos y, sin embargo, la naturaleza fundamentalmente orgánica de estos residuos ofrece varias posibilidades para su aprovechamiento.
Son muchos los riesgos y, sin embargo, la naturaleza fundamentalmente orgánica de estos residuos ofrece varias posibilidades para su aprovechamiento.
El ahorro de recursos, el uso de los disponibles hasta los límites máximos, con el reciclado y la búsqueda de nuevas fuentes alternativas de materias primas, son las premisas de la evolución tecnológica del futuro; que ha de basarse, por tanto, en el mínimo empleo de nuevas materias primas y en la aminoración de los residuos hasta el límite de lo posible. Hay que partir del planteamiento moral de que no hay bienes mostrencos o nullius
y que el patrimonio natural está constituido por bienes acensuados por el conjunto de seres vivos presentes… y futuros.
La biomasa residual ofrece tres claras posibilidades de uso: recuperación energética y/o productos químicos, devolución al suelo para el mantenimiento de su fertilidad y alimentación ganadera.
La biomasa vegetal, no sólo la residual, es todavía una de las fuentes renovables de energía muy utilizada. Aproximadamente el 15% de la energía mundial consumida procede de biomasa; pero sólo una pequeña parte es residual. El 70% de los países en vías de desarrollo usa leña como sistema básico de aprovisionamiento energético, con un consumo medio de 700 kg/persona y año. En algunos el ritmo de consumo es superior al de producción; situación que no puede mantenerse, imponiéndose el recurso a las biomasas residuales. Pero no por procedimientos artesanales, sino por otros más novedosos desarrollados al amparo de las modernas tecnologías. Naturalmente, para esto se requiere un apoyo técnico que ha de proporcionarse por vía institucional, con un bien asentado criterio de solidaridad.
El esfuerzo de la FAO se ha hecho sentir en los últimos 25 años, aumentándose la producción alimentaria mundial en más de 10% por habitante, a pesar del incremento demográfico. Pero en la actualidad el logro de mayores incrementos resulta problemático por el aumento de la erosión.
El mantenimiento de la productividad del suelo es imprescindible para garantizar el suministro de alimentos. El esfuerzo de la FAO se ha hecho sentir en los últimos 25 años, aumentándose la producción alimentaria mundial en más del 10% por habitante, a pesar del incremento demográfico. Pero en la actualidad el logro de mayores incrementos resulta problemático por el aumento de la erosión. Cada año, a escala mundial, unos 21 millones de hectáreas pierden productividad y amenazan de desertización, lo cual sólo podrá evitarse con una reposición acelerada de materia orgánica, mediante compuesto fabricado de los residuos agrícolas y ganaderos, dándoles así una salida útil e imprescindible.
La tercera vía de empleo de las biomasas residuales es su acondicionamiento para la alimentación ganadera. La generalización de la ganadería intensiva ha permitido el logro de incrementos notables en la producción de carne, de leche y de huevos. Pero, como esto comporta unas necesidades de piensos que demandan cereales y oleaginosas, no se han hecho esperar las llamadas de atención sobre su competencia con la alimentación humana; así, las biomasas residuales adquieren nueva relevancia como sustitutos, que de este modo permitirían aliviar la demanda de la biomasa vegetal más noble.
Aunque estos tipos de empleos requieren superar, en muchos casos, barreras técnicas o sanitarias, no están aquí los escollos básicos sino en los problemas económicos.
La valoración como recurso en buena parte de las directrices apuntadas, no soporta todavía su comparación con los habitualmente empleados, sobre la base de los criterios económicos convencionales. Pero la razón económica, aislada y en abstracto, no puede primar en un futuro próximo, ya que existe el riesgo de que la presión ecológica pueda ser determinante sobre nuestras propias perspectivas económicas. Se trata, pues, de una cuestión que habrá de resolverse desde otras instancias. Desde las Naciones Unidas ya se ha lanzado la idea del desarrollo sostenido
, que debe ser un modelo en el que la ordenación del consumo, de las tecnologías y de la organización social hagan compatible el progreso tecnológico con un menor consumo de materias primas y de energía y la revalorización de productos hoy tenidos por residuales.
En el breve plazo de unas semanas el público madrileño ha tenido la oportunidad de contemplar dos exposiciones de grandes artistas de la vanguardia rusa de nuestro siglo: en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, patrocinada por Fortuna, la dedicada a Liubov Popova (1889-1924) y en las salas de la Fundación Banco Central/Hispanoamericano, sobre Alexander Rodchenko (1891-1956) y Varvara Stepanova (1894-1958) con la que la Fundación inicia su colaboración con el Consorcio para la organización de Madrid Capital Europea de la Cultura en 1992 que ha patrocinado la exhibición.
Las actividades artísticas de los vanguardistas rusos han permanecido prácticamente ocultas y desconocidas para el público occidental, hasta hace menos de veinte años. Incluso sólo en los diez últimos años han empezado a proliferar exposiciones colectivas o individuales que permiten hacerse una idea de lo que fueron aquellos años llenos de esperanza y optimismo antes y después de la Revolución de 1917. Un poco más difícil resulta conocer lo sucedido a partir del obligado triunfo del realismo socialista. En Madrid ha habido en cuatro o cinco años posibilidad de contemplar obras de la época a que nos referimos en las exposiciones Daddy Surrealismo, Colección Guggenheim, El Lissitzky y ahora las mencionadas.
Es claro que tales exposiciones no pueden organizarse desde Madrid. Ya hace tiempo que instituciones públicas y privadas que patrocinan exhibiciones artísticas han optado casi exclusivamente por alquilar las que se ofrecen en el mercado. Nos guste o no, tratándose de la obra de artistas extranjeros, no parece que exista otra alternativa. Algún honroso y meritorio caso, como la exposición que sobre un breve —pero trascendental— período de la actividad de Picasso ha organizado María Ocaña —directora del Museo barcelonés que lleva el nombre del artista— es la excepción que confirma la regla.
Ni más ni menos es esto lo que ha sucedido en ambas ocasiones. La exposición Popova se ha hecho antes en el MOMA de Nueva York, en el County Museum of Art de Los Ángeles y en el Ludwig de Colonia. A nosotros nos llega la versión alemana que corrige y aumenta la norteamericana, e incluso el catálogo está impreso en Alemania. La exposición Rodchenko-Stepanova viene haciéndose desde 1984 en varios países y el pasado 1991 se ha visto en Viena, desde donde llega a Madrid. La primera reúne fondos de varios museos y colecciones, pero principalmente de la Galería Tretiakov de Moscú y de la Sociedad Costakis, que son las instituciones que custodian la mayor parte de la obra de la artista. La segunda está organizada por el Fondo Soviético de la Cultura (quizá ahora haya cambiado su nombre) con piezas de diversos museos y, de manera principal, de la colección familiar de Varvara Rodchenko y Alexander Laurentiev.
La exposición Rodchenko-Stepanova viene haciéndose desde 1984 en varios países y el pasado 1991 se ha visto en Viena, desde donde llega a Madrid.
La exposición del Reina Sofía está ordenada cronológicamente con bastante exactitud a través de dos naves paralelas del edificio. Tan sólo la sala que reúne obras sobre papel queda un poco desordenada, pues anticipa algunas y vuelve sobre otras ya vistas. La de la Fundación del Banco Central/Hispano aprovecha sus distintos ámbitos para disponer las piezas clasificándolas por los distintos materiales y soportes en que trabajaron Rodchenko y su mujer. El montaje está muy cuidado con colocaciones asimétricas y sin monotonía. Tan sólo cabría objetar que las pinturas tardías de Stepanova se hayan unido a las iniciales cuando quizá su sitio oportuno hubiera sido junto a las que hizo su marido en el momento de regresar a la pintura, en 1935, que algunos cuadros de líneas de Rodchenko hayan quedado un poco aislados, o que un par de fotografías estén apartadas de su serie y unidas a otras con las que nada tienen que ver.
La exposición de Popova muestra la evolución decidida de una pintora que escogió una vía de vanguardia desde primera hora y que al término de 1921, cuando se produce el gran debate sobre la licitud social del arte entendido tradicionalmente, escoge, no sin traumas, la vía del arte productivo, en la que tan sólo pudo trabajar algo más de dos años, por su temprana muerte en 1924. En cambio, el caso de Rodchenko y, secundariamente, el de Stepanova, es diferente en parte. El caminar de Rodchenko se nos antoja más rápido. No estuvo en París en sus años de formación y escogió un camino de cubismo a la francesa, cromático y poco hermético (véase el retrato de su hermana Nadia de 1915), aprendido de algunas obras vistas en exposiciones y de sus propios compatriotas. Pero el contacto con Tatlin (exposición Magazin de 1916 en Moscú), con Malevich y otros rusos que iniciaban el camino constructivista, le decidió a emprender esa nueva vía en la pintura y las construcciones espaciales.
El caminar de Rodchenko se nos antoja más rápido. No estuvo en París en sus años de formación y escogió un camino de cubismo a la francesa, cromático y poco hermético.
Su conversión al arte productivo después de 1921 se nos antoja menos traumática que la de Popova y desde entonces realizó diseños de objetos, de portadas de revistas y libros, de publicidad y desde 1924 principalmente hizo fotografías, con algunas incursiones (1929 y 1931) en el campo de la escenografía y vestuario teatral y la invención y realización del pabellón soviético en la exposición de arte decorativo de París de 1925. Toda esta rica y abundante faceta de arte productivo se muestra con bastantes ejemplos en la exposición madrileña. No recordamos que se haya visto en España una colección tan variada y abundante de especímenes del arte productivo soviético, a pesar de las buenas muestras que de El Lissitzky exhibió la Caixa hace más o menos un año.
El camino de Stepanova fue similar, aunque con unos inicios en la poesía no objetiva (que la exposición también pone de relieve), tras lo que pasó a una figuración constructiva de 1919 a 1921. Siguiendo a su marido, Stepanova se decidió por el arte productivo, destacando su paso por la Primera fábrica estatal de estampado textil junto a Popova, donde ambas presentaron algunos diseños para tejidos de vestidos femeninos, y también su trabajo en el vestuario teatral (1922), que no alcanza, a nuestro entender, lo que Popova consiguió en idéntico campo.
Stepanova, como Rodchenko, vivieron en los albores de la Segunda Guerra Mundial las consecuencias de unas directrices impuestas para el arte.
Pero Stepanova, como Rodchenko, vivieron en los albores de la Segunda Guerra Mundial las consecuencias de unas directrices impuestas para el arte. Su fe en el régimen soviético no pudo llegar a soportar la política cada vez más agresiva contra los artistas no sometidos al realismo socialista. Falta de encargos, algunas prohibiciones para sus obras y la misma situación económica, agravada hasta lo insoportable con la II Guerra Mundial, llevaron a los dos artistas a volver a una pintura abandonada hacía casi veinte años, como válvula de escape para su actividad creadora. No resultan importantes las escenas circenses de Rodchenko y nos parecen banales sus composiciones decorativas e incluso fuera de contexto algunas incursiones en una abstracción cromática; tampoco son más que un neoimpresionismo pastoso las escenas que Stepanova pinta cuando se asoma al balcón de la calle Kirov. Pero no cabe criticar desde un punto de vista de Historia del Arte la labor de estos artistas que tuvieron la desgracia de vivir hasta 1956 y 1958 bajo el régimen soviético. Popova había alcanzado la liberación con su muerte en 1924.
El primer doble recinto de las salas bancarias se dedica a las obras de Rodchenko del período 1917-1921. El ruso trabajó de manera muy coherente en varias series al mismo tiempo, aunque sus experimentos fueran marcando un camino y unas tendencias fueran imponiéndose, clausurando las otras. La primera serie (Dinamismo de planos proyectados) investiga el movimiento de planos cromáticos con gran diversidad de perfiles, formas y cromatismo; los planos se entremezclan, superponen y agrupan en vertical. Algunos de ellos, en forma de teja, son similares a los que empleaba, por los mismos años, Popova; pero los resultados son inconfundibles. Liubov, quizá con mayor espontaneidad, y Alexander, con mayor precisión y conciencia de lo que experimentaba. Sin abandonar por completo la construcción mediante planos dinámicos de coloración diversa, que durará hasta 1919, Rodchenko da comienzo a la serie de concentración de color y formas. Los planos son sustituidos por círculos y anillos de color intenso a veces y puro en otras. Se trata de un evidente proceso de simplificación en el color y en la forma que conduce a la tercera serie, que llamó líneas. Los anillos se reducen a círculos de finísima línea; de los planos de perfil rígido tan sólo queda una recta aislada. Los fondos son blancos o negros; las líneas, rectas y curvas, numerosas al principio, se reducen luego y sólo aparecen colores puros. Dos preciosos óleos sobre fondo negro de 1920 conducen a Puntos, también de 1920, en visiones estelares y culminan en las tres tablas rasas de 1921: Azul, Rojo y Amarillo. El proceso de simplificación y depuración formal y cromática le había conducido en tan sólo cinco años al final del camino. Por eso pensamos que la elección de la actividad productiva, al margen del convencimiento ideológico, fue una solución formal para Rodchenko, quien en caso de seguir en la pintura tradicional de caballete hubiera debido iniciar un nuevo camino.
Rodchenko, bajo el influjo inicial de Tatlin lleva a cabo construcciones plegables y desmontables en madera.
De modo paralelo, aunque no en estricta coincidencia, Rodchenko, bajo el influjo inicial de Tatlin (en pintura parece más determinante el impulso de Malevich) lleva a cabo construcciones plegables y desmontables en madera (de las que se exhiben hasta nueve ejemplares, reproducciones de los originales perdidos); de planos en vertical en 1917 y 1918, de planos reflectores de luz, éstos superpuestos con distinta inclinación de las formas concéntricas, que son círculos, óvalos o hexágonos, es decir, figuras simples y, en tercer lugar, la serie por el principio de formas iguales en que utiliza módulos paralelepipédicos, combinados de distintas formas en búsqueda de un mínimo elemento fundamental para la creación artística.
Entre tanto Stepanova, que se había unido a Rodchenko en Moscú en 1916, siguiendo obras suyas como las de la serie de luchadores, realiza en 1920 y 1921 figuras compuestas por planos geométricos. Magnífico es el dibujo En el estudio en que ella y su marido trabajan en una mesa y hay un cuadro en la pared, todo en líneas y círculos como si fuera homenaje a la manera de Rodchenko. Para entonces ya había realizado un cartel revolucionario tan importante como El proletario es el constructor del futuro, no el heredero del pasado (1919).
Stepanova, que se había unido a Rodchenko en Moscú en 1916, siguiendo obras suyas como las de la serie de luchadores, realiza en 1920 y 1921 figuras compuestas por planos geométricos.
La gran sala del fondo se ha dedicado al arte productivo. Espléndidos los diseños de lechera y tetera de 1922 que hizo Rodchenko. Originales invenciones para la revista LEF (Frente de Izquierda de las Artes) con fotomontajes, variación de colores y asimetrías de composición en las portadas de 1923 a 1927. Y desiguales resultados de diseño y color en portadas de libros y anuncios publicitarios de 1923 y 1924. Observamos muchas veces agobiante simetría, predominio ortogonal en la traza general, en los detalles y aún en las letras del alfabeto cirílico, así como limitación cromática, que a veces se reduce simbólicamente a rojo y negro. Destacamos el envoltorio de cajetilla de cigarrillos, la imperativa invitación a leer con una cabeza femenina que grita, o los logotipos de la compañía de aviación Dobroliot. Pero otras veces aburren los extensos textos que convierten la imagen en algo secundario, como sucede en la publicidad de los organismos oficiales (relojes, cerveza, pelotas para niños, lápices, caramelos, chanclas, acciones de Dobroliot y hasta chupetes) o en portadas de libros técnicos.
En la misma sala se exponen los diseños del vestuario de La muerte de Tarelkin (1922) que hizo Stepanova al tiempo que Popova para El cornudo magnífico (1922) y Mundo insurgente (1923) pero sin su funcionalidad. También muestras textiles (1924) que concibió cuando trabajaba en la fábrica estatal con Popova, y sobre las que ésta explicó cómo ningún éxito artístico le había causado más satisfacción que ver a un campesino o un obrero comprar una tela diseñada por mí
.
De Rodchenko pueden verse algunos dibujos y fotografías del «Club del Obrero» que diseñó y construyó en la Exposición de 1925 de París, donde no parece que mostrara interés por el arte que allí se hacía.
De Rodchenko pueden verse algunos dibujos y fotografías del Club del Obrero
que diseñó y construyó en la Exposición de 1925 de París, donde no parece que mostrara interés por el arte que allí se hacía (tan sólo conoció a Léger) y donde fue premiado con un par de tradicionales medallas. Por último, mobiliario, vestuario y escenografía para Inga de Glebov y La chinche de Maiakovski y el cartel para En todo el mundo (1931) con claro carácter constructivo y escasa obtención económica en materiales y ocupación del espacio.
Otra sala diferente acoge un amplio muestrario de la labor fotográfica de Rodchenko desde los primeros retratos de 1924 a las escenas deportivas de 1935-1936. Por su cuenta o al servicio de revistas y editoriales, el artista ruso trabaja con notables innovaciones formales en obras que son a veces reflejo de la vida colectiva y otras expresión de sus intenciones artísticas. Los primeros planos (Retrato de Tretiakov, Precursor con trompeta), las perspectivas vertiginosas (la serie de 1925 de las casas de la calle Miasnitskaia), los elementos geométricos no figurados (serie de la fábrica AMO de 1929) o los escorzos inusuales constituyen alguna de sus principales técnicas y recursos. La propaganda del régimen ocupa lugar destacado en ocasiones, como en las fotografías de la construcción del canal del mar Blanco al mar Báltico (1933) pero, en pieza tan extraordinaria por su encuadre y contrastes de color, forma y composición como Trabajo con música, el efecto puede ser al cabo de los años trágicamente contraproducente. La ausencia de la libertad que ahoga a los presos obligados a la construcción es la misma que obliga a otros a tocar su música. Y fue la misma que, en parte —felizmente no siempre— impidió que Rodchenko y Stepanova trabajaran como artistas.
Buscando material para un artículo sobre literatura fantástica, me ha venido a la mente la imagen (con boina) del fallecido Barandiarán. Del cura vasco he pasado a Feijoo, el fraile gallego. Y el artículo se ha escrito solo.
Pese a que cada hora que transcurre estoy más convencido de que todo en el mundo es artificio, debo reconocer que hay algo de verdad en este cuento. Hace unos meses, una mañana muy temprano, me encontraba yo viendo dibujos animados por TV, cuando Julia me dijo que habían dicho por la radio que el inefable José Miguel de Barandiarán había muerto. Siempre creí que tipos como Barandiarán eran inmortales en el sentido estricto de la palabra, o sea, que no iban a morirse nunca, de modo que la noticia de su muerte me dejó estupefacto. ¿Qué hice después? Terminé de ver el episodio de Merrie Melodies por la tele y desayuné vorazmente, como de costumbre. Luego hojeé un periódico que todavía no comunicaba el fallecimiento de don José Miguel. Mi próximo recuerdo es un sillón y un libro, y yo en medio. Era el autor del libro otro de mis inmortales favoritos, el orensano Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro (1676-1764). Las obras de Feijoo son siempre una estupenda manera de ocupar el tiempo que separa el desayuno del aperitivo.
Fray Benito creyó que se podía erradicar la superstición desde una celda conventual. Era benedictino, como su colega Dom Augustin Calmet, de quien tengo a la vista el interesantísimo Tratado sobre los vampiros (Mondadori, colección La cabeza de Medusa
) que Lorenzo Martín del Burgo acaba de trasladar al español. Con el pretexto de sanar los errores del vulgo, Feijoo nos ofrece en su Teatro crítico universal y en sus Cartas eruditas y curiosas una nutrida serie de textos fantásticos. (Cervantes, por su parte, imaginó el Quijote con el solo propósito de poner en ridículo a los libros de caballerías, y lo único que consiguió fue escribir la novela más hermosa del género.) Hay, por ejemplo, en el Teatro crítico un Examen filosófico de un peregrino suceso de estos tiempos: el anfibio de Liérganes
, que, además de un modelo de prosa castellana, es un auténtico disparate goyesco.
En Liérganes, un precioso lugar de Cantabria donde veraneaba el ínclito poeta José del Río Sáinz, vivían hace trescientos años largos Francisco de la Vega y María del Casar, su mujer. Resulta que, como suele suceder en estos casos, al cabeza de familia se le ocurrió morirse, y entonces su viuda envió al segundo de sus hijos —llamado Francisco, como su padre— a Bilbao, a aprender el oficio de carpintero. En ese aprendizaje anduvo por dos años Francisco, hasta que en 1674, habiendo ido a bañarse la víspera de San Juan (fecha emblemática donde las haya) con otros mozos a la ría, vieron éstos que el de Liérganes se iba nadando río abajo; lo esperaron en vano, pues no volvió. Creyendo que se había ahogado, se lo participaron a su madre, quien lloró por su hijo, dándole por perdido.
Pues bien, pasaron cinco años (como en la pieza de García Lorca), y, en 1679, el tal Francisco, totalmente cubierto de escamas, se puso a tiro de unos pescadores del mar de Cádiz, quienes, apercibiéndose de que aquello que había caído en sus redes tenía figura de persona racional, lo subieron a bordo y lo condujeron a puerto. Era una especie de monstruo rarísimo de esos que pintaba John Buscema enfrentándose a Conan el Bárbaro, y por mucho que lo intentaban no conseguían arrancarle palabra. Por fin, y cuando nadie lo esperaba, dijo tan sólo, con acento norteño muy marcado: Liérganes
. Y como había un inquisidor gaditano llamado Fray Domingo de la Cantolla que procedía de aquel lugar, se descubrió paulatinamente el enredo. Francisco regresó a Cantabria con su madre, a la que no pareció alegrar en exceso la escamosa reaparición de su retoño. La criatura pareció habituarse a la vida pueblerina y fue perdiendo poco a poco su aspecto pisciforme, pero, al cabo de nueve años, desapareció para siempre. Un vecino de Liérganes afirmó haberlo visto tiempo después en un puerto de Asturias, aunque esta noticia —dice Feijoo, siempre puntilloso— no ofrece demasiado crédito.
El ensayo completo incluye no sé cuántas disquisiciones de Feijoo acerca de la naturaleza del anfibio, pues al benedictino le preocupaba mucho si el bueno de Francisco debía ser considerado un hombre hecho y derecho o una fiera más o menos sofisticada. Si quieren pasar un buen rato, léanlo en las Obras escogidas de Feijoo publicadas en la Biblioteca de Autores Españoles
de Rivadeneyra, volumen LVI, páginas 326-340. Es una auténtica delicia.
Y si quieren seguirle la pista al fantastique (que dicen los franceses) en la copiosa obra de Feijoo, deben leer, a guisa de ejemplo y entre otros muchos, los siguientes trabajos de nuestro autor: Astrología judiciaria y almanaques
, Duendes y espíritus familiares
, Vara divinatoria y zahoríes
, Milagros supuestos
, Piedra filosofal
y Cuevas de Salamanca y Toledo y mágica de España
(en el Teatro crítico universal), y Entierros prematuros
, De la transportación mágica del obispo de Jaén
y El judío errante
(dentro de las Cartas eruditas y curiosas).
Si no aguantas la vida, si cada minuto que pasa te conduce a una pantalla de videojuego cada vez más aterradora, móntate un suculento desayuno y sumérgete en la prosa de Benito Feijoo.
Toda historia tiene su moraleja. Y esta del hombre-pez de Liérganes, que tanto consiguió divertirme una fría mañana de diciembre de 1991, recién muerto Barandiarán, no podía ser una excepción. Si no aguantas la vida, si cada minuto que pasa te conduce a una pantalla de videojuego cada vez más aterradora, móntate un suculento desayuno y sumérgete en la prosa de Benito Feijoo. Presuntamente desterradora de la superstición reinante en la España dieciochesca, alberga textos que son joyas de la literatura fantástica, a lo que acaso contribuya su hipercrítico, aunque profundamente ingenuo, racionalismo. Atentar contra algo es, casi siempre, una sutil manera de prolongarlo.
Uno de los más grandes poetas sevillanos, Manuel Machado, el hermano de Antonio Machado —el cual, por su singularidad literaria, oscureció un tanto la gloria de aquel colaborador suyo que se apellidaba como él—, aunque ha dejado escritas muchas líneas luminosas sobre la ciudad del Guadalquivir, a la hora de definir el lugar en que había nacido se quedó sin palabras para ese privilegiado rincón del sur de España que Lope de Vega llamó un infierno soñado
. Manuel Machado sintetizó de modo magistral la esencia de su tierra en su célebre Canto a Andalucía:
Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería, dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las tres carabelas.
Y Sevilla.
Ese …Y Sevilla
se ha convertido, gracias a este popular poema de aquel andaluz que decía tener el alma de nardo del árabe español, en el mejor rótulo de la ciudad. Sevilla es difícil de definir. Con decir su nombre, basta: resulta la palabra decisiva para sintetizar lo que representan Andalucía y España. Sevilla es un punto y aparte en la larga historia de este país nuestro. Como ha escrito Caballero Bonald, al historiar lo que fue la capital hispalense en el Siglo de Oro, Sevilla fue la ciudad más poblada y cosmopolita de la Península y su influencia cultural y económica, política y social en aquellos años cruciales del XVI y XVII, le otorgan, de hecho, el rango de capital de España —y de metrópoli respecto a la América española—, a pesar de que ya lo era Madrid desde 1561
.
Después siguieron años de decadencia, los mismos que marcaron el declinar del Imperio español. Pero Sevilla ya no perdería su singular posición cultural y artística, su estilo evocador de nuestra grandeza histórica, su capacidad de síntesis del espíritu del sur. La ciudad andaluza había sido, como recuerda Caballero Bonald, puerto de Indias, puente comercial entre el Viejo y el Nuevo Mundo, encrucijada de magnificencias y miserias, escenario de una sociedad agobiada de contrastes, cuna de escritores y pintores que definen todo un magnífico capítulo de la historia europea del arte y la literatura
. Por eso, la imagen de esa Sevilla a caballo entre el Renacimiento y el Barroco, que ejemplifica a todas luces una coyuntura histórica de excepcional relevancia
, no se ha ido nunca de la memoria colectiva de los españoles.
El reencuentro con el pasado que es la conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América va a devolver a Sevilla, gracias a la Exposición Universal, no sólo su grandeza histórica, sino el instinto precursor que tuvo en otro tiempo. 1992 está siendo un año de múltiples conmemoraciones en España, agraciada con la triple cita de la Olimpiada de Barcelona, la Expo sevillana y la capitalidad cultural europea de Madrid. Pero, con permiso de la capital de España —que va a ver aumentada, simplemente, su oferta cultural— y hasta de Barcelona —por más que lo construido para garantizar el buen fin de esa cita cuatrienal con el esfuerzo que son unos Juegos Olímpicos constituya un haber muy considerable—, el gran protagonismo de este año irrepetible se lo va a llevar Sevilla.
Celebrar una Exposición Universal es el privilegio de una generación. Sevilla va a dar con la Expo 92 un salto de quince años.
Barcelona y Madrid hace ya mucho tiempo que concitan la atención de las autoridades y se benefician de las ventajas —no desprovistas de problemas— de ser urbanísticamente eso que se conoce como metrópolis. Las Olimpiadas son encuentros fijos, que permiten escasa variación. La televisión, en la época actual, las hace, cada cuatro años, de todos. Pero celebrar una Exposición Universal es el privilegio de una generación. Sevilla va a dar con la Expo 92 un salto de quince años. Esta Exposición, como ha recordado el Rey don Juan Carlos, va a ser un faro donde toda la comunidad internacional va a mostrar lo mejor de sí misma y donde España, a su vez, va a colocar su vocación de anfitriona del entendimiento. Es el gran desquite de Sevilla. La gran fiesta de España y del mundo.
Hasta llegar a ese día 20 de abril de 1992 que abrirá las puertas a una nueva e inquietante aventura en la que se van a combinar tres cosas esenciales para la capital de Andalucía —a saber: nuevos equipamientos en infraestructura y comunicaciones; un recinto lleno de vida que reflejará cumplidamente el progreso de nuestro tiempo en todas sus variantes; y un escenario para el recreo marcado por la luz, el dinamismo y la calidad— Sevilla y su Exposición habrán tenido que superar algunos contratiempos.
El más serio, a sólo dos meses de la inauguración, ha sido el incendio del Pabellón de los Descubrimientos, que ha dejado fuera de juego uno de los espacios que iba a resumir más cabalmente la vocación del certamen. Si en cualquier Exposición hay siempre un lugar con especial significado, que se convierte en una suerte de ojito derecho
de sus organizadores, en la de Sevilla, colocada bajo el lema de La era de los descubrimientos
, ese plus de preferencia lo tenía el edificio proyectado por el arquitecto madrileño Javier Feduchi, que ardió incomprensiblemente el pasado mes de febrero. Nadie sabe lo que pasó, y es posible que el enigma de ese fuego devastador, que arruinó uno de los edificios mejores de la Expo y consumió objetos muy valiosos que había en su interior, no se despeje nunca. Las explicaciones que dieron en el Congreso de los Diputados el ministro Virgilio Zapatero y el presidente de la Sociedad Estatal, Jacinto Pellón, no pasaron de las habituales disculpas políticas.
Es posible que el enigma de ese fuego devastador, que arruinó uno de los edificios mejores de la Expo y consumió objetos muy valiosos que había en su interior, no se despeje nunca.
Un fuego es un accidente desdichado y, aunque éste hubiera podido verse afectado de algún retraso en el momento de combatirlo, por el nerviosismo que siempre se produce en este tipo de imprevistos —que, por otra parte, son relativamente frecuentes en la crónica de estos certámenes, en los que se combinan circunstancias desfavorables, como la acumulación de materiales muy combustibles, el trabajo de operarios no cualificados y las urgencias en las últimas tareas—, nadie ha podido probar que no sea la fatalidad, una vez más, la única culpable. En este caso, el incendio se convertía en un último factor desmoralizador, después de que la nao Victoria —réplica de la utilizada por Magallanes y Elcano para dar la vuelta al mundo— tuviese a bien tumbarse panza arriba al ser botada, como un niño que, en el primer día de clase, se tira al suelo llorando a la puerta del colegio, y en un nuevo pretexto para el rifirrafe entre el Gobierno y la oposición política.
Para el sector de esa oposición más directamente interesada por la Exposición sevillana —el Partido Popular, los andalucistas e Izquierda Unida— el incendio era, en el fondo, una consecuencia de las prisas con que ha habido que abordar la fase final de la muestra, por los retrasos causados a consecuencia de la sustitución del primer Comisario. Izquierda Unida va más lejos: cree que la Exposición hubiera debido plantearse más modestamente, con arreglo a las capacidades reales de España, y sin las miras políticas que la han animado.
Pero, ¿ha habido exceso de política en la Expo 92? El normal en estos casos, con una casualidad adicional: que Sevilla es la ciudad de la que ha surgido, gracias a los sevillanos Felipe González, Alfonso Guerra y un reducido grupo de compañeros de universidad, librería y excursiones campestres, la nueva tintura socialista que ha coloreado España. Pero la decisión de levantar aquí la Exposición es anterior al triunfo del PSOE en las urnas.
Fue el Rey don Juan Carlos quien, el 31 de mayo de 1976, en un viaje oficial a Santo Domingo, la isla que conoció antes que ninguna otra tierra de América la llegada de aquellos marineros españoles que habían partido del puerto de Palos bajo el mando visionario de Cristóbal Colón, sugirió la conveniencia de celebrar una Exposición Universal en España. El certamen coincidiría con la gran conmemoración del Quinto Centenario que se avecinaba. Nuestro país, con Sevilla como sede, fue candidato oficial ante el Bureau International des Expositions hace ahora diez años, en marzo de 1982. Gobernaba todavía la Unión del Centro Democrático, UCD. Casi tres años después, a finales de 1984, aceptada ya oficialmente la candidatura de la ciudad andaluza, se nombró comisario de la Exposición Universal al catedrático Manuel Olivencia, un hombre de gran prestigio intelectual que a su autoridad cultural unía una condición muy oportuna en los actuales tiempos españoles: ha sido profesor y es amigo de Felipe González, el secretario general del Partido Socialista, sevillano como él, al que la Historia había concedido algo infrecuente en las modernas democracias, como son diez millones de votos, diez, con los que iba a asegurarse una presencia duradera en el poder. Quizá por ello Felipe González, en la visita realizada el 11 de marzo a las obras de la isla de la Cartuja, para transmitir tranquilidad y calma y rebajar la tensión acumulada en el sprint
final de los preparativos, pudo decirles a los operarios que se sentía culpable
, en un sentido químicamente puro, de una parte de lo que está pasando aquí.
La Expo va a contar, pues, con esa baza adicional de que Sevilla sea una especie de portal de Belén del PSOE gobernante, muchos de cuyos dirigentes son sevillanos.
La Expo va a contar, pues, con esa baza adicional de que Sevilla sea una especie de portal de Belén del PSOE gobernante, muchos de cuyos dirigentes son sevillanos. Si la Sevilla gloriosa de Cervantes —para quien era amparo de pobres y refugio de desechados
— y Mateo Alemán —que dijo de ella que era patria común, dehesa franca, nudo ciego, campo abierto, globo sin fin, madre de huérfanos y capa de pecadores
— remite al largo reinado de Felipe II, la Sevilla de la Expo 92 deberá ser colocada en el balance de esta década prodigiosa pilotada por este otro Felipe, aquel abogado laboralista que en la clandestinidad se llamaba Isidoro
.
Esta vinculación de la ciudad con los máximos dirigentes socialistas ha tenido, como todo, pros y contras. Olivencia, que parecía intocable, acabó siendo destituido tras un largo pulso con Jacinto Pellón, el auténtico ejecutivo de la Exposición, que ha gozado en todo momento de la confianza del Gobierno y de grandes poderes. Han surgido los Juan Guerra y los divorcios de la isla de la Cartuja —el erial elegido el 15 de julio de 1985 como sede para la Expo— con la ciudad de Sevilla. No han faltado críticas ni escándalos. Para remate, en las últimas elecciones municipales, populares y andalucistas arrebataron la alcaldía al PSOE. Pero en medio de estas controversias, el Gobierno no ha negado nunca el apoyo a la Exposición, no se ha escatimado el dinero y se ha hecho un esfuerzo gigantesco en materia de comunicaciones, hasta el punto de que el primer Tren de Alta Velocidad de España, en vez de proyectarse, como parecería lógico en función de los viajeros potenciales, entre Madrid y Barcelona, se ha trazado entre la capital y Sevilla.
Los primeros años de la organización de la Expo son de construcción de infraestructura y de captación de futuros expositores. Olivencia juega aquí un papel decisivo y para garantizarse una eficaz acción exterior se lleva a su lado al diplomático Emilio Cassinello, que seis años después va a ser la persona que le sustituya como comisario. Cassinello, que fue nombrado presidente de la Sociedad Estatal —el puesto que después ha pasado a ocupar Pellón— y que se dedicó inicialmente a asistir a otras exposiciones, como Tsukuba, en Japón, y Vancouver, en Canadá, donde fue comisario general de España, resume así el antes y el ahora del papel del comisario: En la Expo había el organigrama inicial. Antes había una Comisaría General fundadora, con todas las dificultades que asaltan a un organismo que empieza a crecer, y que no tiene muchas veces el viento a favor. Olivencia fue el hombre que asentó la operación, que le dio un centro de gravedad y que dio esos primeros pasos, que eran complicados. Yo lo que hice en la Sociedad Estatal, sin ser presidente ejecutivo, fue desarrollar una función complementaria de la Comisaría General, como planificar y organizar la gran operación internacional de participantes oficiales. Es lo que hicimos conjuntamente en los años de arranque Manuel Olivencia y yo, y que, la verdad, gracias a la colaboración de todo el aparato del Estado, tuvo un éxito fulgurante
.
En efecto, es lo que ocurrió. Así, de sesenta países previstos se ha pasado a ciento ocho —el primero la República Dominicana, antes incluso de que estuviera abierta la lista de inscripciones; el último, Sudáfrica—, de doce organizaciones internacionales a veintitrés y el presupuesto oficial ha crecido hasta llegar a los 183.000 millones de pesetas, lo que, incluso en esta España del derroche y los escándalos financieros, es una cifra muy considerable.
Como ha dicho Cassinello, esta va a ser la Exposición más experimentada desde que en 1851, en el Palacio de Cristal de Londres, se puso en marcha la historia moderna de las muestras universales: antes de su inauguración, el recinto de doscientas quince hectáreas, que estará abierto del 20 de abril al 12 de octubre, habrá sido visitado por más de un millón de personas.
Uno de los días más significativos respecto al sentimiento de los sevillanos para su Exposición, en los meses previos a la inauguración, fue, cuando faltaban seis meses, la jornada de puertas abiertas, que sirvió para que la ciudad de Sevilla y el recinto de la Cartuja se encontraran emotivamente sin más tiquismiquis de tipo político. El pueblo firmó la paz con la Expo. Antes lo había hecho el nuevo alcalde andalucista, Alejandro Rojas Marcos, que dictó un bando invitando a los sevillanos a cruzar los siete nuevos puentes que unen la ciudad con la isla de la Cartuja, para que vieran el estado, ya muy avanzado, de las obras. ¡Y vaya si lo vieron los sevillanos! Cruzaron los puentes por millares. Cassinello confiesa que la visita de ese domingo desbordó las imaginaciones más optimistas. En el palenque —donde se va a mantener un acondicionamiento natural de aire en cerca de diez mil metros cuadrados cubiertos, gracias a unas estructuras cénicas especiales— seiscientas personas de todas las edades se lanzaron de pronto a bailar sevillanas en un espectáculo espontáneo realmente increíble; La coreografía más ensayada del mejor musical americano —confesó después el comisario— no consigue una armonía igual ni de una belleza semejante. Claro que los sevillanos llevan ensayando siglos
.
La Exposición, cuyas obras se empezaron en el verano del 87, tiene, como todas las Exposiciones Universales, una vocación de escaparate sobre las conquistas del progreso.
Y es que esta es otra de las importantes variantes que concurren en la Exposición: lo que tiene de fiesta, de cita para la diversión y el recreo. La Exposición, cuyas obras se empezaron en el verano del 87, tiene, como todas las Exposiciones Universales, una vocación de escaparate sobre las conquistas del progreso. En ella se contemplará el espacio, la TV de alta definición, el cine en pantalla esférica, el acelerador de partículas, la lucha ecológica por la Amazonia, los secretos de los ordenadores… Habrá cuatro pabellones —el del Siglo XV, el de la Navegación, el de la Naturaleza y el del Futuro— construidos por la propia organización, además de los de ciento doce países, diecisiete Comunidades Autónomas, veintitrés organizaciones internacionales y algunas empresas. Todo ello resumirá esa intención innovadora consustancial a este tipo de muestras.
Pero, y en esto se puede pronosticar que Sevilla va a batir de largo a cualquier otra Exposición universal, los visitantes de la Expo 92 van a encontrar en ella, además de cristal y acero, piedra y madera, chips y futuro, todo eso que llamamos el arte de vivir, que es la expresión que el ministro francés Jack Lang utiliza para definir la cultura. Sevilla, como dice una canción muy popular, tiene un color especial: es el color que surge cuando la cultura de las piedras, sobre la que los siglos han ido depositando el peso de la historia, se llena de cultura viva y palpitante. Para cuando junto a la Torre del Oro, que se llama así porque en ella se guardaba el precioso metal que traían los galeones de América, se pueden escuchar, en un moderno teatro de ópera, el Teatro de la Maestranza, diseñado por los arquitectos Luis Marín, Aurelio del Pozo y Emilio Yanes, las mejores voces del mundo.
Esa combinación de la búsqueda cultural con un apretado aprovechamiento del ocio y de la fiesta es una característica fundamental de la exposición sevillana, que será, tras la Segunda Guerra Mundial, la cuarta Exposición Universal auténtica que se celebra en el mundo —en el que, según el estudio realizado por Luis Calvo Teixeira, que aparecerá coincidiendo con la inauguración del evento, se han realizado en total 74—, después de las de Bruselas (1958), Montreal (1967) y Osaka (1970). Porque si bien en todas las exposiciones hay siempre, anejo, un parque de atracciones, que muchas veces se mantiene después como un reclamo más de la ciudad, Sevilla va a ser la primera exposición que mete dentro del propio recinto el componente lúdico de la misma. Si es cierto que, gracias a esas innovaciones tecnológicas ensayadas para rebajar la temperatura ambiente y a los 350.000 árboles y arbustos que han sido plantados, va a conseguirse un clima muy agradable en el recinto, los organizadores podrán decir respecto a las atracciones eso que antes se leía en algunos escaparates durante el verano: Los géneros dentro, por el calor
.
Y es que la calidad de esos géneros
, que darán el tono de los festejos, está garantizada. En esta ciudad nueva que es ya la isla de la Cartuja, donde se espera recibir 18 millones de visitantes a lo largo de 176 días, habrá cincuenta mil actuaciones en vivo, con ópera en el nuevo Teatro de la Maestranza, rock en el Auditorio de la Expo y orquestas de todo tipo y condiciones en el Palenque. Esta masa ingente de visitantes, que se calcula acudirán al recinto a una media de más de 250.000 al día —el equivalente de toda la ciudad de Córdoba o de Alicante—, va a confirmar lo que algunos con cierto escepticismo, no se creían: que Sevilla puede ser, a la vez, pasado y futuro, rigor y flamenco, arquitectura y fino. Además de asegurar la diversión y el gusto por la curiosidad, la Expo va a disponer de cincuenta tiendas, de un centenar de restaurantes y del equipamiento propio de una ciudad, desde ambulatorios a guarderías, que va a estar abierta diecinueve horas cada día. Una prolongación nocturna de la fiesta, inconcebible en otras latitudes, es también otra gran novedad de la Expo 92 respecto a eventos pasados y, parece, futuros.
En efecto, es lo que ocurrió. Así, de sesenta países previstos se ha pasado a ciento ocho —el primero la República Dominicana, antes incluso de que estuviera abierta la lista de inscripciones; el último, Sudáfrica—.
Pero, además, la Expo va a dejar una presencia tangible y perdurable en Sevilla. Todas las exposiciones dejan su huella. Las tres que hasta ahora se han celebrado en España —las dos de Barcelona, en 1888 y 1929, además de la Iberoamericana de Sevilla, también de ese último año— sirvieron para el nuevo trazado de algunas calles y para la erección de algunos edificios singulares. La Expo 92 le ha garantizado eso, y mucho, a la ciudad del Betis. Se han construido setenta kilómetros de nuevas rondas y circunvalaciones en la ciudad. Las inversiones en infraestructura y equipamientos quedarán ahí, como el TAV o el nuevo aeropuerto, realizado por Rafael Moneo, como el puente de El Alamillo, debido a Santiago Calatrava, la Torre Triana, de Sáenz de Oiza, o algunos pabellones que perdurarán como testimonio de una arquitectura pujante que se ha dado cita junto al Guadalquivir. Son las piedras del futuro.
Esta tierra se merecía un cambio histórico
, ha dicho Felipe González al pedir a los trabajadores de la Expo 92 el último esfuerzo. Porque el cambio de Sevilla, efectivamente, ya está ahí. El muñeco Curro
, mascota del certamen creada por Heinz Edelmann, tiene en su expresión algo de asombro que al visitante, incluso cuando todavía no está rematada del todo esta Exposición Universal —que, como ha reconocido Jacinto Pellón, se inaugurará sin que algunas obras de acceso y dos pabellones estén terminados— le produce la transformación experimentada por la isla de la Cartuja.
El Pabellón de los Descubrimientos quedará como símbolo provisional —hasta que se reconstruya, que eso habrá que hacerlo en cualquier caso— de un descubrimiento no deseado: el del fuego. Pero el dolor que producen sus hierros calcinados —porque la pena tizna cuando estalla
, como escribió el poeta Miguel Hernández— será un acicate ante el futuro, en esta nueva carrera de Sevilla hacia la modernidad. La más bella y populosa ciudad
, como la definió Lope de Vega, podrá cumplir así aquello que dijo de ella, anticipadamente, uno de sus hijos más brillantes, el poeta Fernando de Herrera: No ciudad, eres orbe
. Esto es, universal, ya para siempre.
El Recinto de la Exposición Universal ocupa 215 hectáreas dentro de la isla de la Cartuja, una lengua de tierra de 500 hectáreas, delimitada por los dos brazos del río Guadalquivir y situada en el costado oeste de la ciudad de Sevilla.
En estos terrenos de aluvión sólo existían antes de 1987 el Monasterio cartujo de Santa María de las Cuevas y dentro de él la fábrica de cerámica Pickman. El resto estaba ocupado por huertas y tierras de labor.
Partiendo de cero, la Organizadora de la Exposición Universal comienza, en 1987, las obras de infraestructura, urbanización, edificación, forestación, decoración y jardinería que han convertido estos terrenos baldíos en una ciudad nueva.
Una ciudad con 95 pabellones, 21 espacios para espectáculos, 300.000 m² de parques y jardines, líneas de autobuses, trenes, telecabinas y barcos. Una ciudad capaz de atender a 250.000 visitantes diarios, con 96 restaurantes, 150 tiendas, 16 oficinas bancarias, con asistencia sanitaria, bomberos y guardería… Una ciudad pensada para funcionar de abril a octubre de 1992, pero que, además, debe permanecer en 1993.
Para ello, el recinto está equipado con las más modernas infraestructuras que lo convierten en el suelo tecnológicamente fértil donde, según contempla el Proyecto Cartuja 93, se instalarán, una vez clausurada la Exposición Universal, empresas e instituciones de alto componente tecnológico que consolidarán el impulso y el desarrollo generados por la celebración de Expo’92.
El suelo de la isla de la Cartuja incorpora:
| Agua | Agua potable; agua bruta, para refrigeración, riego y baldeos; red contra incendios; conducciones de evacuación de agua caliente proveniente de sistemas de refrigeración; red especial de saneamiento de aguas pluviales y aguas negras. |
|---|---|
| Energía eléctrica | Dos subestaciones eléctricas unidas por una línea subterránea a 50 kV, que atenderán una potencia de demanda de 80 MVA ampliable a 120 MVA. |
| Gas | El recinto dispone de una red de gas natural. |
Autor: Jacinto Benavente.
Obra: Los intereses creados
.
Teatro: Español.
Reparto: José Sazatornil, Juan Carlos Naya, Elvira Quintillá y María Granell.
Precio: 1.600 pesetas.
¿Se puede escribir un resumen del moderno teatro español sin incluir a Benavente? Puede hacerse, claro está, porque el comentario es libre, pero quien lo haga no dejará de ser zafiamente sectario. Al cabo de un siglo se comprende que la referencia a Echegaray fuera marginal, pero silenciar a Benavente sería abandonarse a la sinrazón. Se ha hecho, que conste. Pero la fuerza del teatro benaventino se impone por sí misma. Y ahora ocurre que, al cabo de decenios, los teatros se llenan porque el público responde, como antaño, al guiño de su nombre.
En lo que va de temporada, Los intereses creados es la tercera obra de Benavente que se representa en Madrid. Las otras dos, a las que ya dediqué comentarios en NUEVA REVISTA, fueron La noche del sábado y Rosas de otoño en escenario privado, la preferida por mi parte. Pero lo más significativo de esta aceptación por el público del teatro de Benavente consiste, a mi modo de ver, en que certifica que hay una vuelta a la percepción modernista del teatro que es lo más cercano a nosotros de la restitución de los valores clásicos. En los escenarios modernistas se sustituye el verso por la prosa, se insiste más en la coherencia interna de la trama que en los aspectos retóricos y estilísticos del texto, y aunque se rompe la unidad de acción, no por eso se descuida la coherencia narrativa.
Tales rasgos se imponen a los excesos del teatro romántico y, aunque se administran de forma muy gradual y variada, confirman la continuidad del sentimiento teatral en los gustos del espectador. Esta estabilidad se rompe con las aventuras vanguardistas, experimentalistas y plásticas, a las que una descarriada estética que pretendió deducir contenidos ideológicos de renovaciones formales, alentó hasta el hipérbaton. Paradójicamente el teatro postmoderno se consolida con una vuelta al modernismo, lo cual, en el lenguaje teatral, equivale a decir que asistimos a un feliz retorno de los valores tradicionales y clásicos que garantizan la continuidad de la afición.
Habría que hablar de la recuperación de Benavente más que de la vuelta a Benavente. La reposición de Los intereses creados ha sido un auténtico acontecimiento. Resultaba gozoso, como ahora se dice, ver de nuevo repleto el Teatro Español aunque, esta vez de un público joven, casi adolescente, que atendía con curiosidad y una despreocupada irreverencia la perfecta dicción de José Sazatornil, en su exacta reproducción del pícaro Crispín. Era un día de entresemana, lo cual tiene más valor. Aunque, para medir con más precisión el efecto que causa la imagen, tan inusual, de ver repleto el magnífico aforo del Español, hay que ponderar también la astuta, pero bien calculada supongo, estrategia de sus actuales responsables de promover teatro en los jóvenes ofreciendo a los colegios entradas a precio reducido. Como fuere el patio estaba rebosante. El público escuchaba y disfrutaba. Y los aplausos se oían con fuerza como si los años no hubieran pasado. Uno, que tiende al escepticismo cuando cavila sobre el porvenir que aguarda al teatro como espectáculo mayoritario, consideró que la tendencia aún podría cambiar.
Además, Los intereses creados es una de las obras más clásicas del autor: teatro sobre teatro, inspirado en los arquetipos de la vieja comedia del arte italiano, cuyos ficticios personajes, más bien muñecos que criaturas, no disimulan su origen artificioso bajo ningún afán naturalista. El lector recordará que esta obra, en la que muchos coinciden en ver la acumulación del teatro de Benavente, estrenada a principios de siglo, en la misma época en que triunfó Rosas de otoño, pertenece al género de la farsa. Tiene, pues, un contenido más simbólico que descriptivo, lo cual permite al autor recurrir a ciertas licencias que resultarían inaceptables en otro género más obligado a mantener la coherencia interna. El diálogo se deja llevar por excesos retóricos; la acción salta de una escena a otra sin que pueda explicarse la movilidad del escenario o los cambios de temperamento. Por qué Leandro queda prendido al instante del posible, pero no manifiesto encanto de Silvia pertenece a la página oculta o no escrita del diálogo. La pretensión moralizadora rezuma en episodios a veces retóricos, otras pretenciosos. Los personajes son tipos o símbolos, o, si se prefiere, marionetas del tinglado, según los califica el propio escritor.
Benavente es un censor sentimental, un crítico comprensivo y benevolente, un humorista que sustituye el sarcasmo por el sentimiento y suaviza la ironía administrándola con ternura.
Pero lo interesante está en que los propios defectos del diseño interno son encauzados hábilmente para colaborar con el efecto previsto para el conjunto. La trama se convierte en fábula, en rodeo para expresar y explicar la idea principal del dramaturgo que no es otra que exhibir, tomando el relato como pretexto, las limitaciones de la condición humana a través de la tipología de personajes que mueve en el escenario. Eso es lo que importa, aunque a veces los personajes, en la dirección de Gustavo Pérez Puig, se muevan demasiado poco o permanezcan inmóviles a causa de los desplazamientos de la acción y de la concentración del diálogo en unos o en otros.
Benavente es un censor sentimental, un crítico comprensivo y benevolente, un humorista que sustituye el sarcasmo por el sentimiento y suaviza la ironía administrándola con ternura. De aquí que esas limitaciones de lo humano no se conviertan en una denuncia de lo inhumano que alienta, a veces, en la propia condición. El espectador comprenderá rápidamente que la intriga externa es un pretexto de la acción interna, que es más discursiva que narrativa. Todos somos interesados, dice el mensaje de la fábula, pero la suma de intereses nos humaniza más que deshumaniza. El equilibrio de los egoísmos es compatible, por lo demás, con el altruismo de los distintos egos. No hay recetas rectas ni fórmulas formales. La bondad es una virtud que procede del corazón, al igual que el egoísmo, y es al corazón a donde hay que mirar más que a los afectos, a veces no deseados, de los actos. Por eso Leandro puede conjugar su amor por Silvia con su desinterés por su riqueza sin tener que renunciar ni a uno ni a otro, lo cual no deja de ser una ventaja. Por eso Crispín, que es un pícaro trapisondista surgido de la tradición literaria hispana no es un artero desalmado y atrabiliario aunque sea un bribón enredador y taimado. Por eso las apariencias tienen un reconocimiento social, pero la sociedad acaba rindiéndose no al culto de los intereses sino a las intenciones humanas de quienes los viven.
La fábula tiene precedentes en un cuento, El billete de un millón de libras. También en este relato dos adinerados británicos discuten sobre si el dinero lo es todo o si hay algo que no pueda comprarse con dinero. La moraleja de Benavente es todavía más indulgente que la de Twain. En uno y otro caso el amor triunfa sobre el dinero, y los amantes se ven recompensados por no tener que renunciar al vil metal. Pero en el cuento la disputa original prosigue sin que ninguno de los interlocutores pueda convencer al otro de que su punto de vista era el verdadero. En Benavente, no. El espectador queda convencido de que el amor es incorruptible y por ello no importa que los protagonistas también sean materialmente premiados.
Ya ha quedado dicho que Sazatornil resulta un Crispín convincente, sobrio, exacto en la precisión de su dicción tan clara que puede resultar mecánica. Sin duda, es lo mejor de la obra. Ya, el Leandro de Juan Carlos Naya es otra cosa. No es que desmerezca ni resulte deslucido, es que no alcanza el tono no emulable de su compañero de aventuras. Muy bien, casi todos los demás. Discutibles las pinceladas de actualización del diseño y vestuario. Se comprende que se ha pretendido suscitar una sensación de intemporalidad, pero hay cosas que no resultan asimilables por el sentido de coherencia del espectador. Así, la entrada de una hostería no es una fachada del Palace. Resulta difícil aceptar que un director de hotel responda al arrebato de palmas de un ocasional transeúnte. Son detalles que contribuyen a la desorientación ocasional pero que no afectan a la perfección del conjunto. Pérez Puig calcula, muy bien, los efectos retóricos y los cómicos. Enfatiza más, en los primeros actos, los rasgos literarios y, en los segundos, los humorísticos. El público responde bien, en general, y en particular, incluso acepta el excesivo manierismo de María Granell en el papel de Silvia.
Autor: Franz List (1811-1886).
Obras: Sonata en Si menor. Nuages Gris. La Notte. La lugubre gondola II. Funérailles.
Intérprete: Krystian Zimerman (piano).
Sello y referencia: Deutsche Grammophon. 431780-2. DDD.
El polaco Krystian Zimerman se ha convertido a sus treinta y cinco años en uno de los mayores pianistas de nuestro tiempo. Su lanzamiento internacional le vino a partir de 1975 en que obtuvo el prestigioso Premio Chopin.
Es intérprete que sabe medir el éxito y no se deja llevar por él. Posee una severa autocrítica y nunca se presenta ante el público hasta no tener la plena seguridad de que puede realmente tocar las piezas seleccionadas. Es un intérprete consumado de Chopin pero no ha querido encasillarse. Zimerman ha ido ampliando su repertorio hasta abarcar autores tan distintos como Brahms, Schubert, Schumann, Mozart, Debussy, Bartók, Lutoslawski o Messiaen.
En sus visitas a España ha tenido resonantes triunfos y el público le recuerda con admiración.
En este disco monográfico dedicado a Liszt, Zimerman se enfrenta a una de las piedras de toque de todos los pianistas: la Sonata en Si menor. La monumental Sonata de Liszt, por su complejidad y larga duración es una obra de gran dificultad para el intérprete. En un sólo movimiento ininterrumpido, Liszt combina dos ideas formales: la de la forma sonata clásica, con exposición, desarrollo y reexposición, y la de la sonata cíclica en varios movimientos. Al margen de estas consideraciones formales, lo cierto es que esta obra impresiona por su grandiosidad y por su intensidad. Hay que decir que Zimerman salva con enorme soltura todas las dificultades dando a la obra una gran profundidad y brillantez.
Un sentido más romántico tienen las cuatro piezas que completan el disco. Los títulos —Nubes grises, La Noche, Lúgubre Góndola y Funerales— son suficientemente descriptivos del estado de ánimo melancólico que movió a Liszt al componerlas. Son páginas pensadas más para la intimidad que para la sala de conciertos y es que Liszt compuso sus obras más tardías más bien para sí mismo. En ellas Zimerman nos sumerge a la perfección en esa intimidad intensa y apesadumbrada de los últimos años de la vida de Franz Liszt.
Autores: Verdi, Mozart, Puccini, Donizetti, Bellini, Bizet y otros.
Título: Operamanía.
Intérpretes: Domingo, Pavarotti, Carreras, Caballé, Berganza, Tebaldi, Te Kanawa y otros.
Sello y referencia: Decca. 433755-2. ADD y ADD.
En estos últimos tiempos proliferan los compactos conteniendo «highlights» o fragmentos escogidos de música, reunidos en torno a un tema, un género, un autor o unos famosos intérpretes. Siendo evidente el objetivo comercial, surge una consecuencia añadida y es que contribuyen a una más amplia difusión de la música.
Operamanía en doble compacto presenta una muy cuidada selección de arias de ópera con los más destacados intérpretes. Algunos de ellos son de grabación reciente, la gran mayoría de estos 31 fragmentos fueron registrados entre los años 58 al 89.
No podían faltar arias tan conocidas por todos como E lucevan le stelle de Tosca de Puccini por Plácido Domingo, o la Habanera de Carmen de Bizet por Tatiana Troyanos o La donna è mobile de Rigoletto de Verdi por Luciano Pavarotti.
Puccini es el autor más frecuente en esta selección, con arias de sus óperas más destacadas: Tosca, La Bohème, Turandot, Madame Butterfly, Gianni Schicchi y Manon Lescaut. Si en las óperas de Verdi los coros tienen un valor muy importante, aquí se destacan abriendo y cerrando la selección dos de sus coros más célebres: Va pensiero de Nabucco y el Brindis de La Traviata.
Participan en esta antología de la ópera voces tan destacadas como la Kiri Te Kanawa, Teresa Berganza, Joan Sutherland, Renata Tebaldi, Montserrat Caballé, José Carreras, Pavarotti o Plácido Domingo, por citar unas pocas.
El aficionado medio o el que desee iniciarse en el género, encontrará aquí buenas razones para disfrutar de la Ópera.
Autor: Wolfgang Amadeus Mozart.
Título: The Essential Mozart.
Obras: Fragmentos escogidos.
Intérpretes: Solti, Marriner, Boskovsky, Lupu, Schiff, Tuckwell y otros.
Sello y referencia: Decca 433323-2. ADD y DDD.
El título resume el contenido de este disco que reúne en quince fragmentos una selección de algunas de las obras más conocidas de Mozart. Se trata de otro más de los compactos publicados con motivo del bicentenario mozartiano (1791-1991).
Seis números de esta selección han sido escogidos por haber servido como bandas sonoras de películas. Así, la Pequeña Serenata Nocturna en Three Men and a Little Lady, la Obertura de Las bodas de Fígaro en Trading Places, el Andante del Concierto para piano y orquesta n.º 21 en Do M en Elvira Madigan, y el Lacrymosa del Réquiem y el primer movimiento de la Sinfonía n.º 29 en La M en Amadeus. Las otras páginas recogidas en este disco se han elegido por las anécdotas más o menos pintorescas que rodean su composición. Así, el Concierto para trompa y orquesta n.º 4 K.495 que Mozart escribió para un virtuoso intérprete amigo suyo que, según cuenta, hizo más tarde fortuna como comerciante de quesos. En esta partitura, Mozart se sirvió de tintas de distintos colores para confundir al trompista, insertando también numerosos insultos groseros hacia su persona.
Si estas bromas del Mozart más jocoso e irritante no se aprecian sonoramente en esta música, sí se manifiestan en la Broma Musical K.522, que cierra el disco. En ella, como es sabido, Mozart hizo premeditadamente una mala música, con falsas notas, desafinaciones y armonías erróneas, caricaturizando a los peores intérpretes y compositores de su tiempo, que debió resultar como un insulto para los armoniosos oídos del XVIII, y no tanto hoy para los del siglo XX, acostumbrados a todo tipo de disonancias y a músicas de bajísima calidad bombardeada desde los medios de comunicación y el marketing sonoro.
En fin, una curiosa selección con sello propio de originalidad, y que quiere presentar la maravillosa obra mozartiana bajo un punto de vista más simpático y humano.
Autor: Richard Strauss (1854-1928).
Título: Canciones orquestales.
Intérpretes: Siegfried Jerusalem, tenor.
Orquesta: Orquesta Gewandhaus de Leipzig.
Director: Kurt Masur.
Sello y referencia: Philips · Laser Line Classics. 432614-2 DDD.
Richard Strauss fue un constante compositor de lieder. Desde su niñez a los siete años, y hasta el último año de vida se interesó por este género musical de tradición romántica. Las canciones compuestas por Strauss para voz y piano son de una gran calidad y fluyen con soltura, como si al compositor no le hubiera supuesto ningún esfuerzo.
Strauss se guiaba por la llamada de la inspiración; según sus propias palabras, dejaba que llegara la idea musical, y cuando afloraba, surgía el lied de inmediato si al hojear un libro de poesías encontraba una cuyo contenido se correspondiera con la música.
De esta manera, los autores elegidos por Strauss para sus canciones pertenecen a épocas diversas y estilos bien distintos. Aunque el compositor las fue agrupando para su publicación, las diversas colecciones no poseen un sentido de ciclo, y no pueden ser consideradas como tales, quizá sólo con la excepción de los Cuatro últimos lieder, que concentran una intención musical y poética bastante unitaria.
El acompañamiento pianístico que Strauss escribió para sus canciones es de gran envergadura, tiene grandes dificultades técnicas y exige del intérprete bastantes dosis de virtuosismo. Es al mismo tiempo una música que trasciende el sonido propiamente pianístico y alcanza coloridos casi orquestales. De ahí que su orquestación no sólo es perfectamente válida, sino a veces necesaria para un mayor enriquecimiento de la partitura. De hecho el compositor orquestó alrededor de cuarenta de sus canciones. De los doce lieder aquí recogidos, ocho se interpretan según la orquestación de Strauss, y los otros cuatro en la versión para orquesta de Robert y Félix Motti, rigurosamente fieles al estilo de Strauss.
Las canciones de Strauss son de un gran romanticismo, pero con la asimilación de todas las conquistas tonales y armónicas del romanticismo tardío. La bella voz del tenor Siegfried Jerusalem recrea estas bellas canciones de una rica inspiración melódica y de gran perfección formal. Es un amplio recorrido por la obra liederística straussiana con canciones tan célebres como Ständchen (Serenata), Traum durch die Dämmerung (Ensueño en el crepúsculo), o Zueignung (Dedicatoria).
Aunque se trata de sonido orquestal, Kurt Masur consigue que el conjunto se mantenga en un ambiente íntimo, casi camerístico.
Hace poco glosaba la enorme pérdida que representó para la humanidad la muerte de Mozart el 5 de diciembre de 1791. Desaparecía el músico más genial que Dios había regalado a los hombres. Se producía, consecuentemente, una cierta orfandad, si bien inmediatamente cubierta en el dominio de la música sinfónica por el genio de Beethoven que ya apuntaba. ¡Pero ¿y en el mundo de la ópera?! Ese género musical maravilloso que ya estaba en su esplendor; género típicamente italiano pero que tuvo un representante sin par en Mozart. El buen Dios siempre generoso con sus criaturas acudió en su ayuda. Y poco después de aquella muerte prematura, regaló a los hombres otro genio de la composición operística. Me refiero a Gioacchino Rossini que nació el 29 de febrero de 1792, menos de tres meses después de la muerte de Mozart.
Observen qué día tan curioso vio nacer a este genio de la ópera, día excepcional de año bisiesto como el que vivimos; hace poco se han cumplido 200 años. Creo que bien merece que NUEVA REVISTA dedique un comentario a su persona y a su obra, que después de una fase relativamente olvidada regresa ahora con todo su esplendor. Rossini nació en Pesaro, una pequeña localidad de la costa italiana del Adriático, que casualmente yo conozco. Seguramente por eso algunos cursis le llaman «el cisne de Pesaro», expresión, en mi opinión, bastante desafortunada, sobre todo pensando en la figura física de nuestro autor, y más bien aplicable si se quiere a la soprano más excepcional de este siglo, asimismo nacida allí, que acaba de cumplir 70 años. Me refiero, como habrán ya supuesto, a Renata Tebaldi.
Rossini vivió en Italia hasta 1825, año en que se estableció en París para el resto de sus días, donde falleció en 1868, bastante mayor para su época. Estuvo casado con una soprano española muy famosa en su momento, Isabel Colbran, de la que después se separó, reconstruyendo su vida con la modelo francesa Olympe Pélissier.
Lo más curioso de Rossini es que dejó de componer óperas en plena juventud madura, sin que sepamos en realidad la razón de este extraño silencio operístico, nunca roto. Posteriormente escribió algunas composiciones importantes: una Misa, el famoso Stabat mater, verdadera joya de la musicalidad, y los llamados Péchés de vieillesse, páginas para piano absolutamente deliciosas.
También es sabido que Rossini era un experto gastrónomo y da su nombre a platos de cocina internacional tan célebres como el Tournedo Rossini o los Canelones Rossini.
Si consideramos estrictamente la producción operística de Rossini, en comparación con las de otros compositores, quizá más completos, podemos concluir sin demasiada exageración que fue el más importante autor de óperas de todos los tiempos, junto con Verdi. Al menos en materia de ópera italiana tal como se entiende el subgénero.
Era un maestro del belcantismo y probablemente por eso estuvo algo oscurecido y olvidado durante años. Él mismo dijo de su producción que sólo sobreviviría El barbero de Sevilla y el segundo Acto de Guillermo Tell. Y parecía que eso se iba a cumplir al pie de la letra, incluso más, pues para muchos aficionados a la música e incluso a la ópera, Rossini es pura y simplemente el autor de El barbero de Sevilla, quizá por el elogio que Beethoven hizo de esta ópera, con ocasión del encuentro de ambos en Viena.
Actualmente, no obstante, se están redescubriendo las óperas de Rossini, incluso algunas que han estado olvidadas y perdidas durante más de un siglo.
Rossini escribió más de veinte óperas, algunas verdaderas obras maestras del género. Se comprende que es imposible que diga mínimamente algo de cada una de ellas; así que me limitaré al comentario de las tres o cuatro más importantes o que sin serlo tal vez, a mí me gustan especialmente.
Es indudable que la ópera más conocida de Rossini es El barbero de Sevilla que paradójicamente es la primera parte de la obra de Beaumarchais, cuya segunda es la célebre ópera Las bodas de Fígaro, de Mozart.
Es una de las máximas obras maestras de la ópera de todos los tiempos. Es una ópera primorosa, alegre, de un equilibrio compacto que nos deja admirados; fresca, limpia, extraordinaria partitura, escrita por nuestro autor a los 23 años de edad. España tiene algo que ver en esta ópera, con independencia de que transcurra la acción en una Sevilla irreconocible, dicho sea de paso. Me refiero a que el español Manuel García fue el primer Conde Almaviva y que la mejor Rosina que yo sepa es la madrileña Teresa Berganza.
La italiana en Argel es una ópera poco conocida pero, en mi opinión, sensacional. El primer acto es sin duda lo mejor que haya escrito jamás Rossini. También Teresa Berganza es, en mi opinión, la mejor Isabella que pueda uno imaginarse; aparte las extraordinarias dotes y de su gran talento para cantar, es que tiene la voz a propósito para las heroínas rossinianas que deben ser mezzosopranos o contraltos y no sopranos como se ve en demasiadas ocasiones.
La Cenicienta (también escrita para contralto), según el cuento de Perrault, si bien con variaciones, es una ópera muy de moda en la actualidad. Su mayor característica es la extraordinaria vitalidad de la partitura y la creación de unos nuevos y atractivos personajes. Como referencia, la maravillosa versión de Claudio Abbado donde una vez más Teresa Berganza brilla en el papel de Angelina (Cenicienta).
Guillermo Tell es una ópera «diferente» estrenada en 1829, la última de Rossini. Y digo diferente no sólo por eso, sino porque la ópera ya es plenamente romántica. Aquí ya se «oye» a Verdi y a toda la gran ópera francesa del siglo XIX. Además está escrita para soprano (extraordinaria versión de Mirella Freni con Luciano Pavarotti, Milnes y Ghiaurov). Los problemas de la ópera son dos: uno, que tal vez es excesivamente larga y otro es que en su célebre obertura, especialmente el último tema, se ha usado y abusado de ella para todo lo divino y humano, desde el circo hasta limpiadores de cocina.
Hasta aquí las óperas más célebres de Rossini. Algunas más hay, desde luego, como Semíramis (he visto una gran versión de Montserrat Caballé); Tancredi, ópera de nuevo para contralto, popularizada recientemente por la extraordinaria cantante norteamericana Marilyn Horne; La gazza ladra (La urraca ladrona) con su célebre obertura; La donna del lago (La mujer del lago), de música espontánea y original, etc. etc.
Modernamente han reaparecido dos óperas de Rossini: Ermione y El viaje a Reims. La primera la he visto en Madrid en 1988 con Chris Merritt y Montserrat Caballé; es muy buena pero algo aburrida.
La segunda es una ópera fabulosa que parece mentira que haya estado perdida tantos años. Es, pues, casi desconocida pero maravillosa desde todos los puntos de vista, tanto orquestales como puramente canoros. Yo he tenido el placer de ver una versión en Viena con la Orquesta Filarmónica de aquella ciudad y los Coros dirigidos por Claudio Abbado y con Cecilia Gasdia, Lella Cuberli, Lucia Valentini Terrani, Montserrat Caballé, Ruggero Raimondi, Samuel Ramey, Enzo Dara, etc. ¿Se puede pedir más?
El viaje a Reims no es sólo una ópera bufa sino una tomadura de pelo de las «grandes potencias» europeas de la época con ocasión de un abortado viaje a Reims a la coronación del Rey de Francia Carlos X. Una verdadera delicia que exige mucho a todos, como pasa siempre que se trata de interpretar las óperas del genial Gioacchino Rossini.