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Ver productos1 Abr 1992 - 17min.
Uno de los más grandes poetas sevillanos, Manuel Machado, el hermano de Antonio Machado —el cual, por su singularidad literaria, oscureció un tanto la gloria de aquel colaborador suyo que se apellidaba como él—, aunque ha dejado escritas muchas líneas luminosas sobre la ciudad del Guadalquivir, a la hora de definir el lugar en que había nacido se quedó sin palabras para ese privilegiado rincón del sur de España que Lope de Vega llamó un infierno soñado
. Manuel Machado sintetizó de modo magistral la esencia de su tierra en su célebre Canto a Andalucía:
Cádiz, salada claridad.
Granada, agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga, cantaora.
Almería, dorada.
Plateado Jaén.
Huelva, la orilla de las tres carabelas.
Y Sevilla.
Ese …Y Sevilla
se ha convertido, gracias a este popular poema de aquel andaluz que decía tener el alma de nardo del árabe español, en el mejor rótulo de la ciudad. Sevilla es difícil de definir. Con decir su nombre, basta: resulta la palabra decisiva para sintetizar lo que representan Andalucía y España. Sevilla es un punto y aparte en la larga historia de este país nuestro. Como ha escrito Caballero Bonald, al historiar lo que fue la capital hispalense en el Siglo de Oro, Sevilla fue la ciudad más poblada y cosmopolita de la Península y su influencia cultural y económica, política y social en aquellos años cruciales del XVI y XVII, le otorgan, de hecho, el rango de capital de España —y de metrópoli respecto a la América española—, a pesar de que ya lo era Madrid desde 1561
.
Después siguieron años de decadencia, los mismos que marcaron el declinar del Imperio español. Pero Sevilla ya no perdería su singular posición cultural y artística, su estilo evocador de nuestra grandeza histórica, su capacidad de síntesis del espíritu del sur. La ciudad andaluza había sido, como recuerda Caballero Bonald, puerto de Indias, puente comercial entre el Viejo y el Nuevo Mundo, encrucijada de magnificencias y miserias, escenario de una sociedad agobiada de contrastes, cuna de escritores y pintores que definen todo un magnífico capítulo de la historia europea del arte y la literatura
. Por eso, la imagen de esa Sevilla a caballo entre el Renacimiento y el Barroco, que ejemplifica a todas luces una coyuntura histórica de excepcional relevancia
, no se ha ido nunca de la memoria colectiva de los españoles.
El reencuentro con el pasado que es la conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América va a devolver a Sevilla, gracias a la Exposición Universal, no sólo su grandeza histórica, sino el instinto precursor que tuvo en otro tiempo. 1992 está siendo un año de múltiples conmemoraciones en España, agraciada con la triple cita de la Olimpiada de Barcelona, la Expo sevillana y la capitalidad cultural europea de Madrid. Pero, con permiso de la capital de España —que va a ver aumentada, simplemente, su oferta cultural— y hasta de Barcelona —por más que lo construido para garantizar el buen fin de esa cita cuatrienal con el esfuerzo que son unos Juegos Olímpicos constituya un haber muy considerable—, el gran protagonismo de este año irrepetible se lo va a llevar Sevilla.
Celebrar una Exposición Universal es el privilegio de una generación. Sevilla va a dar con la Expo 92 un salto de quince años.
Barcelona y Madrid hace ya mucho tiempo que concitan la atención de las autoridades y se benefician de las ventajas —no desprovistas de problemas— de ser urbanísticamente eso que se conoce como metrópolis. Las Olimpiadas son encuentros fijos, que permiten escasa variación. La televisión, en la época actual, las hace, cada cuatro años, de todos. Pero celebrar una Exposición Universal es el privilegio de una generación. Sevilla va a dar con la Expo 92 un salto de quince años. Esta Exposición, como ha recordado el Rey don Juan Carlos, va a ser un faro donde toda la comunidad internacional va a mostrar lo mejor de sí misma y donde España, a su vez, va a colocar su vocación de anfitriona del entendimiento. Es el gran desquite de Sevilla. La gran fiesta de España y del mundo.
Hasta llegar a ese día 20 de abril de 1992 que abrirá las puertas a una nueva e inquietante aventura en la que se van a combinar tres cosas esenciales para la capital de Andalucía —a saber: nuevos equipamientos en infraestructura y comunicaciones; un recinto lleno de vida que reflejará cumplidamente el progreso de nuestro tiempo en todas sus variantes; y un escenario para el recreo marcado por la luz, el dinamismo y la calidad— Sevilla y su Exposición habrán tenido que superar algunos contratiempos.
El más serio, a sólo dos meses de la inauguración, ha sido el incendio del Pabellón de los Descubrimientos, que ha dejado fuera de juego uno de los espacios que iba a resumir más cabalmente la vocación del certamen. Si en cualquier Exposición hay siempre un lugar con especial significado, que se convierte en una suerte de ojito derecho
de sus organizadores, en la de Sevilla, colocada bajo el lema de La era de los descubrimientos
, ese plus de preferencia lo tenía el edificio proyectado por el arquitecto madrileño Javier Feduchi, que ardió incomprensiblemente el pasado mes de febrero. Nadie sabe lo que pasó, y es posible que el enigma de ese fuego devastador, que arruinó uno de los edificios mejores de la Expo y consumió objetos muy valiosos que había en su interior, no se despeje nunca. Las explicaciones que dieron en el Congreso de los Diputados el ministro Virgilio Zapatero y el presidente de la Sociedad Estatal, Jacinto Pellón, no pasaron de las habituales disculpas políticas.
Es posible que el enigma de ese fuego devastador, que arruinó uno de los edificios mejores de la Expo y consumió objetos muy valiosos que había en su interior, no se despeje nunca.
Un fuego es un accidente desdichado y, aunque éste hubiera podido verse afectado de algún retraso en el momento de combatirlo, por el nerviosismo que siempre se produce en este tipo de imprevistos —que, por otra parte, son relativamente frecuentes en la crónica de estos certámenes, en los que se combinan circunstancias desfavorables, como la acumulación de materiales muy combustibles, el trabajo de operarios no cualificados y las urgencias en las últimas tareas—, nadie ha podido probar que no sea la fatalidad, una vez más, la única culpable. En este caso, el incendio se convertía en un último factor desmoralizador, después de que la nao Victoria —réplica de la utilizada por Magallanes y Elcano para dar la vuelta al mundo— tuviese a bien tumbarse panza arriba al ser botada, como un niño que, en el primer día de clase, se tira al suelo llorando a la puerta del colegio, y en un nuevo pretexto para el rifirrafe entre el Gobierno y la oposición política.
Para el sector de esa oposición más directamente interesada por la Exposición sevillana —el Partido Popular, los andalucistas e Izquierda Unida— el incendio era, en el fondo, una consecuencia de las prisas con que ha habido que abordar la fase final de la muestra, por los retrasos causados a consecuencia de la sustitución del primer Comisario. Izquierda Unida va más lejos: cree que la Exposición hubiera debido plantearse más modestamente, con arreglo a las capacidades reales de España, y sin las miras políticas que la han animado.
Pero, ¿ha habido exceso de política en la Expo 92? El normal en estos casos, con una casualidad adicional: que Sevilla es la ciudad de la que ha surgido, gracias a los sevillanos Felipe González, Alfonso Guerra y un reducido grupo de compañeros de universidad, librería y excursiones campestres, la nueva tintura socialista que ha coloreado España. Pero la decisión de levantar aquí la Exposición es anterior al triunfo del PSOE en las urnas.
Fue el Rey don Juan Carlos quien, el 31 de mayo de 1976, en un viaje oficial a Santo Domingo, la isla que conoció antes que ninguna otra tierra de América la llegada de aquellos marineros españoles que habían partido del puerto de Palos bajo el mando visionario de Cristóbal Colón, sugirió la conveniencia de celebrar una Exposición Universal en España. El certamen coincidiría con la gran conmemoración del Quinto Centenario que se avecinaba. Nuestro país, con Sevilla como sede, fue candidato oficial ante el Bureau International des Expositions hace ahora diez años, en marzo de 1982. Gobernaba todavía la Unión del Centro Democrático, UCD. Casi tres años después, a finales de 1984, aceptada ya oficialmente la candidatura de la ciudad andaluza, se nombró comisario de la Exposición Universal al catedrático Manuel Olivencia, un hombre de gran prestigio intelectual que a su autoridad cultural unía una condición muy oportuna en los actuales tiempos españoles: ha sido profesor y es amigo de Felipe González, el secretario general del Partido Socialista, sevillano como él, al que la Historia había concedido algo infrecuente en las modernas democracias, como son diez millones de votos, diez, con los que iba a asegurarse una presencia duradera en el poder. Quizá por ello Felipe González, en la visita realizada el 11 de marzo a las obras de la isla de la Cartuja, para transmitir tranquilidad y calma y rebajar la tensión acumulada en el sprint
final de los preparativos, pudo decirles a los operarios que se sentía culpable
, en un sentido químicamente puro, de una parte de lo que está pasando aquí.
La Expo va a contar, pues, con esa baza adicional de que Sevilla sea una especie de portal de Belén del PSOE gobernante, muchos de cuyos dirigentes son sevillanos.
La Expo va a contar, pues, con esa baza adicional de que Sevilla sea una especie de portal de Belén del PSOE gobernante, muchos de cuyos dirigentes son sevillanos. Si la Sevilla gloriosa de Cervantes —para quien era amparo de pobres y refugio de desechados
— y Mateo Alemán —que dijo de ella que era patria común, dehesa franca, nudo ciego, campo abierto, globo sin fin, madre de huérfanos y capa de pecadores
— remite al largo reinado de Felipe II, la Sevilla de la Expo 92 deberá ser colocada en el balance de esta década prodigiosa pilotada por este otro Felipe, aquel abogado laboralista que en la clandestinidad se llamaba Isidoro
.
Esta vinculación de la ciudad con los máximos dirigentes socialistas ha tenido, como todo, pros y contras. Olivencia, que parecía intocable, acabó siendo destituido tras un largo pulso con Jacinto Pellón, el auténtico ejecutivo de la Exposición, que ha gozado en todo momento de la confianza del Gobierno y de grandes poderes. Han surgido los Juan Guerra y los divorcios de la isla de la Cartuja —el erial elegido el 15 de julio de 1985 como sede para la Expo— con la ciudad de Sevilla. No han faltado críticas ni escándalos. Para remate, en las últimas elecciones municipales, populares y andalucistas arrebataron la alcaldía al PSOE. Pero en medio de estas controversias, el Gobierno no ha negado nunca el apoyo a la Exposición, no se ha escatimado el dinero y se ha hecho un esfuerzo gigantesco en materia de comunicaciones, hasta el punto de que el primer Tren de Alta Velocidad de España, en vez de proyectarse, como parecería lógico en función de los viajeros potenciales, entre Madrid y Barcelona, se ha trazado entre la capital y Sevilla.
Los primeros años de la organización de la Expo son de construcción de infraestructura y de captación de futuros expositores. Olivencia juega aquí un papel decisivo y para garantizarse una eficaz acción exterior se lleva a su lado al diplomático Emilio Cassinello, que seis años después va a ser la persona que le sustituya como comisario. Cassinello, que fue nombrado presidente de la Sociedad Estatal —el puesto que después ha pasado a ocupar Pellón— y que se dedicó inicialmente a asistir a otras exposiciones, como Tsukuba, en Japón, y Vancouver, en Canadá, donde fue comisario general de España, resume así el antes y el ahora del papel del comisario: En la Expo había el organigrama inicial. Antes había una Comisaría General fundadora, con todas las dificultades que asaltan a un organismo que empieza a crecer, y que no tiene muchas veces el viento a favor. Olivencia fue el hombre que asentó la operación, que le dio un centro de gravedad y que dio esos primeros pasos, que eran complicados. Yo lo que hice en la Sociedad Estatal, sin ser presidente ejecutivo, fue desarrollar una función complementaria de la Comisaría General, como planificar y organizar la gran operación internacional de participantes oficiales. Es lo que hicimos conjuntamente en los años de arranque Manuel Olivencia y yo, y que, la verdad, gracias a la colaboración de todo el aparato del Estado, tuvo un éxito fulgurante
.
En efecto, es lo que ocurrió. Así, de sesenta países previstos se ha pasado a ciento ocho —el primero la República Dominicana, antes incluso de que estuviera abierta la lista de inscripciones; el último, Sudáfrica—, de doce organizaciones internacionales a veintitrés y el presupuesto oficial ha crecido hasta llegar a los 183.000 millones de pesetas, lo que, incluso en esta España del derroche y los escándalos financieros, es una cifra muy considerable.
Como ha dicho Cassinello, esta va a ser la Exposición más experimentada desde que en 1851, en el Palacio de Cristal de Londres, se puso en marcha la historia moderna de las muestras universales: antes de su inauguración, el recinto de doscientas quince hectáreas, que estará abierto del 20 de abril al 12 de octubre, habrá sido visitado por más de un millón de personas.
Uno de los días más significativos respecto al sentimiento de los sevillanos para su Exposición, en los meses previos a la inauguración, fue, cuando faltaban seis meses, la jornada de puertas abiertas, que sirvió para que la ciudad de Sevilla y el recinto de la Cartuja se encontraran emotivamente sin más tiquismiquis de tipo político. El pueblo firmó la paz con la Expo. Antes lo había hecho el nuevo alcalde andalucista, Alejandro Rojas Marcos, que dictó un bando invitando a los sevillanos a cruzar los siete nuevos puentes que unen la ciudad con la isla de la Cartuja, para que vieran el estado, ya muy avanzado, de las obras. ¡Y vaya si lo vieron los sevillanos! Cruzaron los puentes por millares. Cassinello confiesa que la visita de ese domingo desbordó las imaginaciones más optimistas. En el palenque —donde se va a mantener un acondicionamiento natural de aire en cerca de diez mil metros cuadrados cubiertos, gracias a unas estructuras cénicas especiales— seiscientas personas de todas las edades se lanzaron de pronto a bailar sevillanas en un espectáculo espontáneo realmente increíble; La coreografía más ensayada del mejor musical americano —confesó después el comisario— no consigue una armonía igual ni de una belleza semejante. Claro que los sevillanos llevan ensayando siglos
.
La Exposición, cuyas obras se empezaron en el verano del 87, tiene, como todas las Exposiciones Universales, una vocación de escaparate sobre las conquistas del progreso.
Y es que esta es otra de las importantes variantes que concurren en la Exposición: lo que tiene de fiesta, de cita para la diversión y el recreo. La Exposición, cuyas obras se empezaron en el verano del 87, tiene, como todas las Exposiciones Universales, una vocación de escaparate sobre las conquistas del progreso. En ella se contemplará el espacio, la TV de alta definición, el cine en pantalla esférica, el acelerador de partículas, la lucha ecológica por la Amazonia, los secretos de los ordenadores… Habrá cuatro pabellones —el del Siglo XV, el de la Navegación, el de la Naturaleza y el del Futuro— construidos por la propia organización, además de los de ciento doce países, diecisiete Comunidades Autónomas, veintitrés organizaciones internacionales y algunas empresas. Todo ello resumirá esa intención innovadora consustancial a este tipo de muestras.
Pero, y en esto se puede pronosticar que Sevilla va a batir de largo a cualquier otra Exposición universal, los visitantes de la Expo 92 van a encontrar en ella, además de cristal y acero, piedra y madera, chips y futuro, todo eso que llamamos el arte de vivir, que es la expresión que el ministro francés Jack Lang utiliza para definir la cultura. Sevilla, como dice una canción muy popular, tiene un color especial: es el color que surge cuando la cultura de las piedras, sobre la que los siglos han ido depositando el peso de la historia, se llena de cultura viva y palpitante. Para cuando junto a la Torre del Oro, que se llama así porque en ella se guardaba el precioso metal que traían los galeones de América, se pueden escuchar, en un moderno teatro de ópera, el Teatro de la Maestranza, diseñado por los arquitectos Luis Marín, Aurelio del Pozo y Emilio Yanes, las mejores voces del mundo.
Esa combinación de la búsqueda cultural con un apretado aprovechamiento del ocio y de la fiesta es una característica fundamental de la exposición sevillana, que será, tras la Segunda Guerra Mundial, la cuarta Exposición Universal auténtica que se celebra en el mundo —en el que, según el estudio realizado por Luis Calvo Teixeira, que aparecerá coincidiendo con la inauguración del evento, se han realizado en total 74—, después de las de Bruselas (1958), Montreal (1967) y Osaka (1970). Porque si bien en todas las exposiciones hay siempre, anejo, un parque de atracciones, que muchas veces se mantiene después como un reclamo más de la ciudad, Sevilla va a ser la primera exposición que mete dentro del propio recinto el componente lúdico de la misma. Si es cierto que, gracias a esas innovaciones tecnológicas ensayadas para rebajar la temperatura ambiente y a los 350.000 árboles y arbustos que han sido plantados, va a conseguirse un clima muy agradable en el recinto, los organizadores podrán decir respecto a las atracciones eso que antes se leía en algunos escaparates durante el verano: Los géneros dentro, por el calor
.
Y es que la calidad de esos géneros
, que darán el tono de los festejos, está garantizada. En esta ciudad nueva que es ya la isla de la Cartuja, donde se espera recibir 18 millones de visitantes a lo largo de 176 días, habrá cincuenta mil actuaciones en vivo, con ópera en el nuevo Teatro de la Maestranza, rock en el Auditorio de la Expo y orquestas de todo tipo y condiciones en el Palenque. Esta masa ingente de visitantes, que se calcula acudirán al recinto a una media de más de 250.000 al día —el equivalente de toda la ciudad de Córdoba o de Alicante—, va a confirmar lo que algunos con cierto escepticismo, no se creían: que Sevilla puede ser, a la vez, pasado y futuro, rigor y flamenco, arquitectura y fino. Además de asegurar la diversión y el gusto por la curiosidad, la Expo va a disponer de cincuenta tiendas, de un centenar de restaurantes y del equipamiento propio de una ciudad, desde ambulatorios a guarderías, que va a estar abierta diecinueve horas cada día. Una prolongación nocturna de la fiesta, inconcebible en otras latitudes, es también otra gran novedad de la Expo 92 respecto a eventos pasados y, parece, futuros.
En efecto, es lo que ocurrió. Así, de sesenta países previstos se ha pasado a ciento ocho —el primero la República Dominicana, antes incluso de que estuviera abierta la lista de inscripciones; el último, Sudáfrica—.
Pero, además, la Expo va a dejar una presencia tangible y perdurable en Sevilla. Todas las exposiciones dejan su huella. Las tres que hasta ahora se han celebrado en España —las dos de Barcelona, en 1888 y 1929, además de la Iberoamericana de Sevilla, también de ese último año— sirvieron para el nuevo trazado de algunas calles y para la erección de algunos edificios singulares. La Expo 92 le ha garantizado eso, y mucho, a la ciudad del Betis. Se han construido setenta kilómetros de nuevas rondas y circunvalaciones en la ciudad. Las inversiones en infraestructura y equipamientos quedarán ahí, como el TAV o el nuevo aeropuerto, realizado por Rafael Moneo, como el puente de El Alamillo, debido a Santiago Calatrava, la Torre Triana, de Sáenz de Oiza, o algunos pabellones que perdurarán como testimonio de una arquitectura pujante que se ha dado cita junto al Guadalquivir. Son las piedras del futuro.
Esta tierra se merecía un cambio histórico
, ha dicho Felipe González al pedir a los trabajadores de la Expo 92 el último esfuerzo. Porque el cambio de Sevilla, efectivamente, ya está ahí. El muñeco Curro
, mascota del certamen creada por Heinz Edelmann, tiene en su expresión algo de asombro que al visitante, incluso cuando todavía no está rematada del todo esta Exposición Universal —que, como ha reconocido Jacinto Pellón, se inaugurará sin que algunas obras de acceso y dos pabellones estén terminados— le produce la transformación experimentada por la isla de la Cartuja.
El Pabellón de los Descubrimientos quedará como símbolo provisional —hasta que se reconstruya, que eso habrá que hacerlo en cualquier caso— de un descubrimiento no deseado: el del fuego. Pero el dolor que producen sus hierros calcinados —porque la pena tizna cuando estalla
, como escribió el poeta Miguel Hernández— será un acicate ante el futuro, en esta nueva carrera de Sevilla hacia la modernidad. La más bella y populosa ciudad
, como la definió Lope de Vega, podrá cumplir así aquello que dijo de ella, anticipadamente, uno de sus hijos más brillantes, el poeta Fernando de Herrera: No ciudad, eres orbe
. Esto es, universal, ya para siempre.
El Recinto de la Exposición Universal ocupa 215 hectáreas dentro de la isla de la Cartuja, una lengua de tierra de 500 hectáreas, delimitada por los dos brazos del río Guadalquivir y situada en el costado oeste de la ciudad de Sevilla.
En estos terrenos de aluvión sólo existían antes de 1987 el Monasterio cartujo de Santa María de las Cuevas y dentro de él la fábrica de cerámica Pickman. El resto estaba ocupado por huertas y tierras de labor.
Partiendo de cero, la Organizadora de la Exposición Universal comienza, en 1987, las obras de infraestructura, urbanización, edificación, forestación, decoración y jardinería que han convertido estos terrenos baldíos en una ciudad nueva.
Una ciudad con 95 pabellones, 21 espacios para espectáculos, 300.000 m² de parques y jardines, líneas de autobuses, trenes, telecabinas y barcos. Una ciudad capaz de atender a 250.000 visitantes diarios, con 96 restaurantes, 150 tiendas, 16 oficinas bancarias, con asistencia sanitaria, bomberos y guardería… Una ciudad pensada para funcionar de abril a octubre de 1992, pero que, además, debe permanecer en 1993.
Para ello, el recinto está equipado con las más modernas infraestructuras que lo convierten en el suelo tecnológicamente fértil donde, según contempla el Proyecto Cartuja 93, se instalarán, una vez clausurada la Exposición Universal, empresas e instituciones de alto componente tecnológico que consolidarán el impulso y el desarrollo generados por la celebración de Expo’92.
El suelo de la isla de la Cartuja incorpora:
| Agua | Agua potable; agua bruta, para refrigeración, riego y baldeos; red contra incendios; conducciones de evacuación de agua caliente proveniente de sistemas de refrigeración; red especial de saneamiento de aguas pluviales y aguas negras. |
|---|---|
| Energía eléctrica | Dos subestaciones eléctricas unidas por una línea subterránea a 50 kV, que atenderán una potencia de demanda de 80 MVA ampliable a 120 MVA. |
| Gas | El recinto dispone de una red de gas natural. |