Rossini

Hace poco glosaba la enorme pérdida que representó para la humanidad la muerte de Mozart el 5 de diciembre de 1791. Desaparecía el músico más genial que Dios había regalado a los hombres. Se producía, consecuentemente, una cierta orfandad, si bien inmediatamente cubierta en el dominio de la música sinfónica por el genio de Beethoven que ya apuntaba. ¡Pero ¿y en el mundo de la ópera?! Ese género musical maravilloso que ya estaba en su esplendor; género típicamente italiano pero que tuvo un representante sin par en Mozart. El buen Dios siempre generoso con sus criaturas acudió en su ayuda. Y poco después de aquella muerte prematura, regaló a los hombres otro genio de la composición operística. Me refiero a Gioacchino Rossini que nació el 29 de febrero de 1792, menos de tres meses después de la muerte de Mozart.

Observen qué día tan curioso vio nacer a este genio de la ópera, día excepcional de año bisiesto como el que vivimos; hace poco se han cumplido 200 años. Creo que bien merece que NUEVA REVISTA dedique un comentario a su persona y a su obra, que después de una fase relativamente olvidada regresa ahora con todo su esplendor. Rossini nació en Pesaro, una pequeña localidad de la costa italiana del Adriático, que casualmente yo conozco. Seguramente por eso algunos cursis le llaman «el cisne de Pesaro», expresión, en mi opinión, bastante desafortunada, sobre todo pensando en la figura física de nuestro autor, y más bien aplicable si se quiere a la soprano más excepcional de este siglo, asimismo nacida allí, que acaba de cumplir 70 años. Me refiero, como habrán ya supuesto, a Renata Tebaldi.

Rossini vivió en Italia hasta 1825, año en que se estableció en París para el resto de sus días, donde falleció en 1868, bastante mayor para su época. Estuvo casado con una soprano española muy famosa en su momento, Isabel Colbran, de la que después se separó, reconstruyendo su vida con la modelo francesa Olympe Pélissier.

Lo más curioso de Rossini es que dejó de componer óperas en plena juventud madura, sin que sepamos en realidad la razón de este extraño silencio operístico, nunca roto. Posteriormente escribió algunas composiciones importantes: una Misa, el famoso Stabat mater, verdadera joya de la musicalidad, y los llamados Péchés de vieillesse, páginas para piano absolutamente deliciosas.

También es sabido que Rossini era un experto gastrónomo y da su nombre a platos de cocina internacional tan célebres como el Tournedo Rossini o los Canelones Rossini.

El barbero de Sevilla

Si consideramos estrictamente la producción operística de Rossini, en comparación con las de otros compositores, quizá más completos, podemos concluir sin demasiada exageración que fue el más importante autor de óperas de todos los tiempos, junto con Verdi. Al menos en materia de ópera italiana tal como se entiende el subgénero.

Era un maestro del belcantismo y probablemente por eso estuvo algo oscurecido y olvidado durante años. Él mismo dijo de su producción que sólo sobreviviría El barbero de Sevilla y el segundo Acto de Guillermo Tell. Y parecía que eso se iba a cumplir al pie de la letra, incluso más, pues para muchos aficionados a la música e incluso a la ópera, Rossini es pura y simplemente el autor de El barbero de Sevilla, quizá por el elogio que Beethoven hizo de esta ópera, con ocasión del encuentro de ambos en Viena.

Actualmente, no obstante, se están redescubriendo las óperas de Rossini, incluso algunas que han estado olvidadas y perdidas durante más de un siglo.

Rossini escribió más de veinte óperas, algunas verdaderas obras maestras del género. Se comprende que es imposible que diga mínimamente algo de cada una de ellas; así que me limitaré al comentario de las tres o cuatro más importantes o que sin serlo tal vez, a mí me gustan especialmente.

Es indudable que la ópera más conocida de Rossini es El barbero de Sevilla que paradójicamente es la primera parte de la obra de Beaumarchais, cuya segunda es la célebre ópera Las bodas de Fígaro, de Mozart.

Es una de las máximas obras maestras de la ópera de todos los tiempos. Es una ópera primorosa, alegre, de un equilibrio compacto que nos deja admirados; fresca, limpia, extraordinaria partitura, escrita por nuestro autor a los 23 años de edad. España tiene algo que ver en esta ópera, con independencia de que transcurra la acción en una Sevilla irreconocible, dicho sea de paso. Me refiero a que el español Manuel García fue el primer Conde Almaviva y que la mejor Rosina que yo sepa es la madrileña Teresa Berganza.

La italiana en Argel es una ópera poco conocida pero, en mi opinión, sensacional. El primer acto es sin duda lo mejor que haya escrito jamás Rossini. También Teresa Berganza es, en mi opinión, la mejor Isabella que pueda uno imaginarse; aparte las extraordinarias dotes y de su gran talento para cantar, es que tiene la voz a propósito para las heroínas rossinianas que deben ser mezzosopranos o contraltos y no sopranos como se ve en demasiadas ocasiones.

La Cenicienta (también escrita para contralto), según el cuento de Perrault, si bien con variaciones, es una ópera muy de moda en la actualidad. Su mayor característica es la extraordinaria vitalidad de la partitura y la creación de unos nuevos y atractivos personajes. Como referencia, la maravillosa versión de Claudio Abbado donde una vez más Teresa Berganza brilla en el papel de Angelina (Cenicienta).

Guillermo Tell

Guillermo Tell es una ópera «diferente» estrenada en 1829, la última de Rossini. Y digo diferente no sólo por eso, sino porque la ópera ya es plenamente romántica. Aquí ya se «oye» a Verdi y a toda la gran ópera francesa del siglo XIX. Además está escrita para soprano (extraordinaria versión de Mirella Freni con Luciano Pavarotti, Milnes y Ghiaurov). Los problemas de la ópera son dos: uno, que tal vez es excesivamente larga y otro es que en su célebre obertura, especialmente el último tema, se ha usado y abusado de ella para todo lo divino y humano, desde el circo hasta limpiadores de cocina.

Hasta aquí las óperas más célebres de Rossini. Algunas más hay, desde luego, como Semíramis (he visto una gran versión de Montserrat Caballé); Tancredi, ópera de nuevo para contralto, popularizada recientemente por la extraordinaria cantante norteamericana Marilyn Horne; La gazza ladra (La urraca ladrona) con su célebre obertura; La donna del lago (La mujer del lago), de música espontánea y original, etc. etc.

Modernamente han reaparecido dos óperas de Rossini: Ermione y El viaje a Reims. La primera la he visto en Madrid en 1988 con Chris Merritt y Montserrat Caballé; es muy buena pero algo aburrida.

La segunda es una ópera fabulosa que parece mentira que haya estado perdida tantos años. Es, pues, casi desconocida pero maravillosa desde todos los puntos de vista, tanto orquestales como puramente canoros. Yo he tenido el placer de ver una versión en Viena con la Orquesta Filarmónica de aquella ciudad y los Coros dirigidos por Claudio Abbado y con Cecilia Gasdia, Lella Cuberli, Lucia Valentini Terrani, Montserrat Caballé, Ruggero Raimondi, Samuel Ramey, Enzo Dara, etc. ¿Se puede pedir más?

El viaje a Reims no es sólo una ópera bufa sino una tomadura de pelo de las «grandes potencias» europeas de la época con ocasión de un abortado viaje a Reims a la coronación del Rey de Francia Carlos X. Una verdadera delicia que exige mucho a todos, como pasa siempre que se trata de interpretar las óperas del genial Gioacchino Rossini.