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La sombra del Rabino

Otra cosa no tendrán las guerras, pero si el dudoso privilegio de que nadie, en su transcurso, parece dar un chavo por la vida de nadie y, como en los periodos de peste, cualquier código de valores queda seriamente afectado. La depreciación de la vida humana, su oscura reducción a un azar misterioso, a una accesoria naturaleza, en medio de un absurdo torbellino, son marcas indelebles que sellan la conciencia de quienes han vivido una guerra.

Bajo esas premisas hay que leer La tela de araña (l). Su autor, el judío austríaco Joseph Roth (Schwabendorf, Galitzia, 1894  París, 1939), la escribió con el recuerdo aún fresco de la Primera Guerra Mundial. Fue publicada por entregas en el otoño de 1923 en un periódico de Viena y cabe presumirle una aceptable acogida, no tan entusiasta, sin embargo, como para merecer una reedición en libro, que tardaría mucho en llegar (1967). Tras este folletón en treinta capítulos breves, Roth publicó Hotel Savoy (1924), El profeta callado (1929), Job (1930), de asunto bíblico, y La marcha de Radetzky (1932). Luego vendría el exilio, primero a Alemania y más tarde a Francia, en 1933, las  Confesiones de un asesino (1936)  y La cripta de los capuchinos (1938). Al tema que mejor conocía, el del alcohol, le debió la escritura de su última obra memorable, La leyenda del santo bebedor (1938), y el hecho de su propia muerte. A Joseph Roth y a Malcom  Lowry he oído elogiar en tantas ocasiones, por tantos labios tan cargados de razones y de copas, que hasta un abstemio como yo debe reconocer que, en el caso de Roth, el epíteto de genial puede no ser inmerecido.

CONTRA LA TENTACIÓN TOTALITARIA

La tela de araña no es sólo una novela de judíos, pese a tener en sus más conspicuos malvados y en sus más abyectas motivaciones personajes de este origen. Desde luego, la espiral de violencia de la cual el texto da cuenta tiene también por destinatario principal al pueblo judío, en una especie de anticipo o premonición del holocausto. Tampoco es una novela de malhechores o de vulgares delincuentes como en alguna ocasión se ha presentado. En esencia, es un relato sobre la aparición del nazismo en sus primeras formas de mafiosos grupos de choque: reventando mítines, propinando palizas, creando grupos armados capaces de contrarrestar huelgas, o eliminando a cualquier precio al adversario,  lítico e ideológico. En esa actividad cruzada de consignas nacionalsocialistas se abre paso alguien de porte insignificante, subestimado por su familia y hazmerreír de los amigos, Theodor Lohse. Pese a haber salido indemne de la Guerra del 14, es una de sus víctimas: desmovilizado forzoso -como tantos otros que lo fueron por las imposiciones de las potencias vencedoras- pasará de teniente provisional a preceptor del hijo de un joyero. Este próspero comerciante judío casado con una hermosa mujer es el que alimenta el ansia de revancha de Lohse ante un mundo que siente como injusto. A su vez, el  ideal de autoridad emancipadora le llegará con la imagen del mítico general Ludendorff, el organizador, junto a Hitler, del putsch del 9  de noviembre de 1923. A Ludendorff le escribe una carta; con su escueta respuesta y con la militancia en una organización clandestina, comienza el ascenso social. Como en toda irresistible ascensión, en ésta ni la delación ni el crimen pueden ser un obstáculo…

Pero no voy a la novela, cuyas páginas siempre le sabrán a poco al lector.

Hay en ella una porción de militares que representan la autoridad suprema, el ideal de servicio ciego, el heroísmo y la gloria. La crisis económica y moral propició el surgimiento de abundantes modelos autoritarios -militares o no- en toda Europa a lo largo de la década: el  almirante Horthy en Hungría  (1920), Mussolini en Italia (1922), Primo de Rivera en España (1923), el mariscal Pilsudskí en Polonia (1926), Voldemaras en Lituania  (1928), Salazar en Portugal (1932), Hitler (1933) en Alemania. Con semejante caldo de cultivo, Joseph Roth presta especial atención a la estrambótica figura del militar botarate y antiheroico, al miles gloriosus del que Valle Inclán decía, por esas fechas, que era de la estirpe de aquellos bizarros coroneles que en las procesiones se caían del caballo. Junto a sus trajines de salas de banderas y de discursos siempre iguales coloca Roth al arribista sin escrúpulos protagonista de la obra.

Fue Joseph Roth contemporáneo de escritores especialistas en reinventar el lenguaje y hacerle salir ángulos punzantes y enfoques insospechados: dadaístas, expresionistas, surrealistas. Su estilo, sintético y abrasador, es tan moderno como la mejor poesía narrativa actual. Su rápida y contundente captación de la crisis social, económica y política, con masas famélicas e implorantes -resuelta en no más de treinta líneas-, constituye una fórmula narrativa que recuerda, por su técnica, el montaje de hierro  del cine épico de Eisenstein y, por su emotividad descoyuntada y trágica, la pintura que nos dejaron los alemanes Otto Dix y George Grosz. No puedo decir más.

Hay quien vaticina que la crisis económica traerá en el futuro una mayor participación del hombre de la calle en sus propios destinos o, por el contrario, con el amedrentamiento de las masas, la exigencia al Estado de una mayor autoridad. Quiero creer que, para un espíritu  sensible, la lectura de esta novela  de Joseph Roth será una vacuna  contra cualquier tentación totalitaria.

UNA TRADICIÓN ANCESTRAL

En uno de los numerosos cuentos que escribió a lo largo de su dilatada vida, Isaac Bashevís Singer (Radzymin, Polonia, 1904-Florida, U.S.A., 1991), la mujer de un rabino discute con su hijo sobre el significado de la Mona Lisa. Cree la buena señora que todo arte es superstición; e idolatría, la sonriente imagen de Leonardo. El chaval le espera con gesto rebelde:

‒ ¿Qué pretendes, madre?
¿Que los franceses vayan en peregrinación al rabino de Gur y recojan las migas de su mesa?  En Europa quieren belleza, no la Torá de un viejo que recita los Salmos y tiene una hernia.

Quien así habla es el joven Singer, hijo y nieto de rabinos, luego escritor en lengua yiddish, emigrado a Estados Unidos en 1935 y premio Nobel de literatura en 1978. Sus palabras equivalen al proyecto ideológico de uno de los modelos narrativos que puso en  marcha, inmerso en la preocupación por la vida moderna y de espaldas a una tradición ancestral. A Singer lo vemos debatirse continuamente entre esas dos tendencias: la de una rancia tradición judía, con ritos y costumbres contemplados desde una ortodoxia indiscutible, y la que, instalada en pleno siglo XX, con el bagaje cultural y científico que ello supone, se rebela contra un mundo forzosamente limitado, rozando la heterodoxia del credo judío.

Dentro de la primera línea, y de forma muy especial en sus cuentos, Singer configura un modelo de narración doblemente tradicional  formal y temáticamente- en una matriz narrativa que atiende más al desarrollo psicológico de los personajes y a los incidentes de las escenas intermedias que a su desenlace final. Esto no es accesorio: cuando Edgar A. Poe ponía el énfasis en el desenlace del cuento, como cuando los formalistas rusos   ‒B. Eichembaum-, vinculados a las vanguardias, teorizan sobre su funcionamiento, defendiendo la importancia del final del relato como su elemento detonante, están pensando en los modelos literarios sajones. Piensan en la short story o la trick story, como recuerda Borges a propósito de los cuentos de O. Henry. Acogido a un patrón eslavo, de larga tradición en la literatura rusa del XIX, Singer va por otro lado: recrea situaciones en varias secuencias numeradas que dilatan la aparición del desenlace. Su fábula se hace morosa y calma como una noche de aldea. Tiene con frecuencia la monotonía de la plegaria en una sinagoga. Y el aliño de alguna implícita moraleja permite su divulgación como literatura infantil (2).

En el último volumen de cuentos de Singer aparecido en castellano, Un amigo de Kafka y otros relatos (3), los titulados “Un amigo de Kafka”, “Invitados en una noche de invierno”, “Henne Fuego” o “El deshollinador” están en esta línea. Vienen inspirados por una tradición oral, como lo demuestran las frecuentes apelaciones al oyente o las facecias, con que la comunidad judía recrea sus topoi y da cuenta de la vida de sus miembros. Incluso cuando la protagonista es la ciudad moderna -verdadero hortus conclusus de valor edénico para muchos inmigrantes judíos, aunque denostado por Singer- ese sentido oral del relato y su vinculación temática con la tradición talmúdica no se pierden. Una tradición en la que se agiganta la figura de autoridad del rabino. En algún cuento parece que el autor hubiese roto con la ortodoxia de sus antepasados, pero  el orden de las creencias se restablece y el conflicto del atormentado protagonista queda reducido a una pasajera crisis de fe  sentido autobiográfico- al modo unamuniano.

Lleva a cabo Singer una indagación en el alma humana que desvela aspectos curiosos o extravagantes de sus personajes. Los judíos norteamericanos -también aparecen los de su Polonia natal, los de Israel- provocan las situaciones más divertidas: un productor de espectáculos teatrales incapaz de organizar nada serio, en “Schloime-  un editor embarcado en líos inimaginables, en “El chiste”­, etc. Son cuentos en los que la mirada de Singer se carga de suspicacia para poder contar, con ironía, el resultado de sus averiguaciones a la parroquia.

UNA SEGUNDA MANERA

El otro modelo narrativo de Singer se corresponde con proyectos de más altos vuelos: menús más pesados a los que su espíritu de pertinaz vegetariano se atrevía. Están servidos en novelas como Escoria (4) y Enemigos (5). Profundas vivencias eróticas, experiencias esotéricas, relacionadas desde el medievo con el corpus escrito de la Cábala, y un intento de racionalización de todas esas fuerzas dictadas por la superstición y el instinto conviven en ellas.

En esta segunda manera, el microcosmos judío parece cercado por preceptos tan estrictos, que a cada paso surge la transgresión atizadora de la conflictividad novelesca hasta el paroxismo.

En Escoria, Max, un judío polaco cincuentón regresa a su Varsovia natal desde Argentina, en donde ha amasado una fortuna. Deja tras sí a su mujer y el rastro de un hijo recientemente fallecido. El regreso a la atmósfera de ruidos, olores y sabores de la infancia, a barrios y calles conocidos, es un en sí mismo para este judío errante. De hecho, si el mundo judío desapareciese podría ser reconstruido con el recuento de las sensaciones atesoradas por Singer en la memoria de sus personajes. Max viene a Europa como quien busca la Tierra Prometida. La experiencia de un matrimonio sin alicientes y la de una vida de nuevo rico, que socialmente lo ha conseguido todo, aniquila el deseo. Pero el fantasma de la impotencia es uno más al que se suman el de la muerte y el de  rígidos preceptos que durante años el personaje no ha respetado. Por ello la Varsovia de 1906 es para él la vuelta fecunda a los orígenes: el reencuentro con la necesidad, el hambre, la pasión. Con todo aquello que al ser satisfecho devuelve la felicidad a quien la ha perdido. Pero demasiadas cosas impiden conseguirla. Un cerco de sueños premonitorios y de prácticas esotéricas se confunden con la precaria fe religiosa de la infancia, que Max quiere recomponer. Al dictado de un oscuro impulso, su relación con la hija de un rabino es tan inútil -y tan cargada de culpa» como la búsqueda, a través de las voces de una médium, del hijo desaparecido. Los acercamientos a la decidida Tsirele, a la experta Reyzl, a la inocente Basha o a la frustrada Theresa son otros tantos caminos sin salida. Para el judío que vive bajo la amenaza del Ángel de la Muerte, una simple pesadilla es un sueño punitivo que más tarde o más temprano siempre acaba cumpliéndose.

CONOCER LO FEMENINO

Dice un proverbio chino que quien ama a dos mujeres a la vez ha vendido su alma. En esta tesitura se encuentra Herman Broder, el judío polaco protagonista de Enemigos. Vive en Nueva York, casado en segundas nupcias con Yadwiga, una campesina que lo ayudó a escapar de la persecución nazi durante la Segunda Guerra Mundial. A su vez, mantiene relaciones con Masha, una bella divorciada de temperamento apasionado. Y recibe una llamada telefónica en la que se le comunica que Tamara, su primera esposa, dada por muerta en un fusilamiento, acaba de llegar a Estados Unidos. Con semejante argumento sólo se puede escribir un sainete plagado de situaciones insufribles o una obra maestra. Así puede calificarse esta novela, genial hasta en la elección de la paradoja que le da título: Enemigos. Una historia de amor.

Cuenta Silio Itálico, en los primeros años de nuestra Era, que en el gaditano templo de Sancti Petri, hoy desaparecido, fìguraba una leyenda que prohibía la entrada a las mujeres y los cerdos. El poeta latino dejaba constancia de una prohibición tan antigua como la que impedía el acceso a la mujer -sentida obviamente como enemiga de la vinud o peligro para la castidad- a ciertos recintos sagrados. Y vinculaba su suerte a la proscripción  como la Torá judía hace- de un animal tenido por impuro. Lo recordamos ahora porque este doble prejuicio es el mismo que invade de forma insidiosa muchas páginas de la obra de Singer. Incontables son las referencias gastronómicas, pero en todas se procura evitar la ingestión de carne de cerdo. Del peligro del otro enemigo, la mujer, al protagonista le resulta más difícil sustraerse.

Pero los enemigos de Herman Broder no son las mujeres a las que ama, sino su propia incontinencia.  De eso sabía mucho Singer, embarcado durante los años mozos en un peculiar camino de perfección. De tanto amarlas acabó conociéndolas. Y esto es Enemigos: un completo análisis de los sentimientos y los comportamientos femeninos realizado desde diversas perspectivas. Primero, desde la objetiva reseña, en sus voces y gestos, de tres caracteres distintos: el de la dúctil y pasiva Yadwiga, el de la sanguínea y temperamental Masha y el de la intelectual y afectuosa Tamara. En segundo lugar, en las reacciones con otras mujeres: la hostilidad de Masha con su madre es pareja de su cálida defensa, de su temor a que enferme, etc. Por último, desde el desolado y siempre inerme punto de vista del varón protagonista. Adentrarse en la lectura de esta novela es ir más allá de la tosquedad de Schopenhauer cuando afirmaba que las mujeres no alcanzan nunca la madurez. Es asistir a la voluntad derrotada del protagonista, a su sistemático apartamiento de un proyecto coherente. Y es recordar que a la entrada de otro templo, el de Apolo en Delfos, figuraba también una leyenda que Sócrates hizo suya y Herman Broder, a efectos prácticos, ignora: “Conócete a ti mismo”.

Cervantes murió creyendo que su novela bizantina sobre Persiles y Segismunda -una rareza de amores y aventuras increíbles- era su mejor obra. No sería extraño que algo semejante le hubiese ocurrido a Singer con su última novela, El rey de los campos (6).

LA HUMANIDAD A LA DERIVA

Las referencias temporales de este relato, como corresponde a cualquier tentativa épica, no son explícitas. Algunos indicios dispares -los orígenes de Polonia, las prácticas cristianas en las catacumbas de Roma, etc.- sólo permiten una datación incierta. Semejante ucronía se corresponde con la condición errática de los personajes y sus singulares peripecias: luchas tribales entre woyaks y lesniks en la más remota Polonia, el levantamiento de las mujeres de éstos para arrebatarle el poder al cruel Rudy y devolvérselo al humanísimo Cybula, el largo viaje hasta la civilización de Miasto, los encuentros con el judío Ben Dosa y con el obispo cristiano Mieczyslaw, las durísimas condiciones de vida en el valle del Vístula, las nuevas invasiones…

El conflicto ideológico surge con el enfrentamiento entre el zapatero judío (7) y el obispo, rivales en la captación de seguidores para sus respectivos credos. Aunque en esta parte -capítulo IX de la Segunda- Singer parece más inclinado a mostrar el piadoso criterio del primero que a favorecer el hieratismo irrecuperable del segundo, ninguno de los dos resulta convincente y parecen figuras de cartón piedra para una película de romanos. El debate espiritual entre los antagonistas resulta plano; la verdadera voz del narrador puede percibirse en la del desconcertado rey Cybula cuando se pregunta escéptico: ¿Qué pretenden de mí con sus necias creencias? (…) ¡Qué se vayan al diablo, Ben Dosa y el obispo! Nosotros ya tenemos suficientes problemas como para preocuparnos por ellos.

En semejantes palabras está el grito desesperado de Singer, obsesionado por una humanidad a la deriva. No es ajena a ella el sexo como fuerza creadora de temores y conflictos. El krol o rey Cybula mantiene relaciones tanto con su esposa, Yagoda, como con la madre de ésta, la insaciable Kora, y aún la relación incestuosa con Laska, la hija, queda apuntada. En semejante laberinto, el hombre que ha perdido todo control de sí mismo queda a merced de un impulso que hace sombría su existencia. De ahí también la dolorosa revelación de amoríos entre los que han obtenido el favor de una misma mujer: la hace Leon Tortshiner a Herman,el protagonista de Enemigos, e incurre en ella el guerrero Shliwka con el destronado rey de los campos, Cybula, al filo de su agonía. Son abrumadoras confesiones que se añaden a otras desgracias –la pérdida de la confianza de seres queridos, el desprestigio social, la anulación de la propia voluntad- como corolario de la condición errante del héroe singeriano.

El rey de los campos es una rareza narrativa, sí, y una obra de senectud en la que late un destino trágico: sus figuras miran, sin comprenderlo, el enigma de la vida y del más allá. Lo dijo Borges al leer el Gilgamesh: son páginas que inspiran el horror de lo que es muy antiguo y obligan a sentir el incalculable peso del Tiempo.

NOTAS

1. Barcelona, Ed. Sirmio, l99l.
2. Numerosas editoriales han publicado colecciones de cuentos de Singer con este enfoque: Un día de placer, Bruguera, 1981; Cuentos judíos de la aldea de Chelm, Lumen, 1982; El cuento de los tres deseos, Debate, 1985, etc.
3. Madrid, Cátedra, 1990.
4. Barcelona, Ed. Planeta, 1991.
5. Barcelona, Plaza & Janés, 1992.
6. Barcelona, Plaza & Janés, 1992.
7. Cuando redacto estas notas llega a mi mesa una voluminosa fábula de connotaciones históricas sobre aquel zapatero judío  quizá surgido de algún texto bíblico no canónico que tovo el nombre de Ahashverus desde el siglo XVI, condenado a errar eternamente por haber negado a Cristo un vaso de agua en el Gólgota. Su autor es el académico francés Jean D’Ormesson: Historia del judío errante, Barcelona, Planeta, 1992.

El nacimiento del mundo moderno, de Paul Johnson

Este libro (El nacimiento del mundo moderno, -editorial Vergara-) es una provocación. Será un libro insoportables para los historiadores científicos tanto por su objeto (el mundo entero)  como por el método. Me atrevo a vaticinar que no será recomendado por la inmensa mayoría de los profesores universitarios de Historia contemporánea a los jóvenes estudiantes de Historia. Con ello, los profesionales de la historia darán un paso más en el despego que los lectores y la opinión pública manifiestan hacia la Historia que, de día a dia, se hace más erudita, aburrida, sin sentido, localista y sectorial.

La equiparación que el autor realiza de Napoleón con Hitler es sin duda el alegato más claro contra los llamados periodos de «liberación», o revolucionarios

El nacimiento del mundo moderno se debe al surgimiento de Demos que Johnson sitúa entre 1815 y 1830. Contra lo que se ha venido manifestando no fue el periodo revolucionario encarnado en Napoleón un periodo de desarrollo de las ideas democráticas sino más bien todo lo contrario. La equiparación que el autor realiza de Napoleón con Hitler es sin duda el alegato más claro contra los llamados periodos de «liberación», o revolucionarios, que causan muchas más desgracias, muertes y totalitarismo que los de estabilidad política.

De este modo, el periodo 1815-1830, reputado por la historiografía hasta ahora como una época de inmovilismo y reacción, en opinión de Johnson fue el espacio de tiempo en el que nace el mundo moderno: en política y relaciones internacionales. El Congreso de Viena es la primera conferencia de paz  entre las grandes potencias; el arte y los artistas (Beethoven, es el caso mas claro) se emanciparon de los mecenas y pasaron a ejercer una influencia política y cultural extraordinaria en los pueblos; la opinión pública comenzó a articularse y en 1828  se realizó la primera campaña electoral moderna en Norteamerica; nunca como en esos años se produjo un avance tan espectacular  en los campos científicos en la moderna producción industrial y los transportes, que los europeos pudieron colonizar grandes extensiones de todos los continentes.

Aunque el autor confiesa que no aspira a escribir una tesis, el libro es mucho más que una descripción de acontecimientos. Los valores morales, los juicios éticos, los balances de las acciones humanas y los análisis de caracteres personales van dibujando un rico mosaico  en el que lo decisivio es el peso y choque de las ideas y de los hombres enfrentados a las circunstancias. En cierto sentido, este libro es un ejemplo acabado de que el retorno a la narrativa que hace diez años  solicitó el historiador Laurence Stone en una furibunda crítica a los historiadores matemáticos o «cliometristas»:

No es extraño que esta tarea haya sido abordada por un periodista-historiador británico, Paul Johnson (muy conocido por sus libros, Intelectuales y Tiempos modernos, entre otros). Es difícil pensar en un historiador «científico» francés o español  que se atreva a echar un vistazo a todos el planeta durante quince años del siglo pasado. Pero además, la historiografía española ha estado muy mediatizada por las dificultades del reinado de Fernando VII por lo que el balance de aquellos años muy difícilmente puede verse con optimismo desde nuestro país.  En Francia, la Restauración Borbónica con su Carta Otorgada ha tenido igualmente muy mala prensa a pesar de que en aquellos años se iniciara por fin la Revolución Industrial, (con notable retraso en relación con Inglaterra), entre otras cosas por culpa de la Revolución Francesa y su secuela napoleónica, y que personalidades como Talleyrand hicieron posible que Francia pasara  a ser considerada, en vez de un país vencido, una potencia en Viena, en condiciones de igualdad, en la nueva reconstrucción europea de 1815.

Biografías e historia universal

El historiador Barraclough recomendó a quien deseara escribir historia universal que hiciera un esfuerzo para situarse mentalmente fuera del espacio y observar la tierra desde la distancia: «este libro describe el mundo entero y no tiene un ángulo único de visión». En efecto, Johnson hace un esfuerzo extraordinario por recorrer, con un magistral entrecruzamiento de biografías, prácticamente todo el mundo y todos los ámbitos: la historia política, la historia intelectual, el arte, las ideas, los cambios tecnológicos, las guerras….

Johnson entrecruza con singular habilidad vidas diversas que puntualmente se relacionan entre sí. Lo cual confiere al relato una viveza y realismo que fácilmente engancha al lector. No se trata de una historia «novelada» por cuanto las asunciones son escasas. El aparato documental y la utilización de las fuentes resisten las exigencias más rigurosas. Se puede discrepar de los juicios de valor pero los alegatos en que se apoyan son de una consistencia muy notable.

Johnson parece querer provocar a los historiadores «sociales», a quienes critica por su concepto estático de la historia, al iniciar su libro con el relato de la batalla de Nueva Orleans, del 8 de enero de 1815, entre norteamericanos e ingleses; continúa con una breve biografía de Andrew Jackson y una introducción de historia política sobre la futura relación entre ambos  países anglófonos. En pocas páginas, el autor hace un recorrido por los géneros propios del historicismo liberal decimonónico (biografía, batallas, historia política) que decayeron en Europa en el siglo XX por el choque de la modernidad, sólo respetuosa con la historia social y económica, es decir, anti-individualista.

La nómina de biografías entrecruzadas es multitudinaria: Adams, Fulton, Irving, Goya, Wellington, Talleyrand, Metternich, Beethoven, Byron, Miranda, Bolívar…

A lo largo de casi novecientas páginas la nómina de biografías entrecruzadas es multitudinaria: Adams, Fulton, Irving, Goya, Wellington, Talleyrand, Metternich, Beethoven, Byron, Miranda, Bolívar… Con este método expositivo, Johnson describe el nacimiento del mundo en el que juega un papel fundamental la relación Especial entre los EE.UU. y el Reino Unido. Sin preocupaciones atlánticas continentales, confiadas ahora a la doctrina norteamericana de Monroe, el Reino Unido, la gran potencia mundial del siglo XIX, puede orientar todos sus esfuerzos para establecer un prolongado y fructífero equilibrio entre las potencias europeas, y desarrollar todas las posibilidades de su condición pionera en la nueva economía del capitalismo industrial.

Así, frente a la visión negativa del Congreso de Viena que insistentemente ha transmitido la historiografía dominante, el autor defiende la evidencia de que durante el siglo XIX, desde 1815 a 1914, se produjo el cénit europeo sobre la base del equilibrio, la estabilidad y el sistema fundado por los restauradores del orden frente a las alteraciones revolucionarias francesas. Cierto que el sistema se modificó parcialmente en 1830 con la independencia de Bélgica o la guerra franco-prusiana de 1870, pero en su conjunto el Congreso de Viena continuó funcionando, de modo bien provechosos para los europeos, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial.

En conclusión, a mi juicio, Johnson ha realizado en este libro un trabajo aun más interesante y brillante que en sus anteriores obras. Y menos mal que el autor no se propone desarrollar tesis alguna en este libro. La revalorización del periodo 1815-1830 habría sido considerada además de una provocación, un insulto.

La historia desconocida

En el presente marco de especialización y localismo historiográfico en España, el libro de José Andrés Gallego es una buena y rara excepción por su empeño en la comprensión y relato global con una nueva forma de contar el nacimiento de nuestra contemporaneidad. En otras palabras: pocas veces un libro de un historiador se propone tantos objetivos y los logra de una manera tan satisfactoria. José Andrés Gallego se dirige a un amplio público interesado en la historia sobre temas diversos que no suelen encontrarse en los manuales al uso. Se trata «de un ensayo de una nueva síntesis global de la Historia de Occidente» sólo que el autor se centra en lo «inusual» de las demás síntesis habida cuenta de las lógicas limitaciones de espacio.

Desde los años setenta hasta el presente son numerosas las monografías publicadas sobre temas generalmente ausentes en los libros de historia tales como la historia de la infancia, la religiosidad, la percepción del otro, el miedo, la vecindad… En la mayor parte de las ocasiones son libros escritos en lenguas extranjeras, de muy escasa difusión en España, incluso entre los historiadores. En los casos en que se han editado estas historias en castellano su nivel de especialización es muy elevado y también su circulación se ha limitado a los especialistas.

En este libro, el autor logra sintetizar, o globalizar como él prefiere denominar a su esfuerzo divulgativo y epistemológico, una impresionante bibliografía sobre esos temas con el objeto de relatar lo que no se suele contar en los libros de historia. Es decir cómo vivían y percibían la realidad millones de europeos y americanos en los días anteriores a la revolución francesa. ¿Cómo se pueden transmitir esas vivencias y unirlas a la evolución política que marcaba sus vidas? ¿Cómo explicar a la vez fenómenos como la vida diaria de millones de seres en el contexto de la caída del Antiguo Régimen? El autor advierte sobre las limitaciones de un empeño tan ambicioso y señala que para ello ha utilizado una aproximación antropológica unida a la historia política.

El libro finaliza con un epílogo en el que se repasan temas bien interesantes sobre el quehacer profesional de los historiadores. El autor destaca la función narrativa del historiador frente a la pretenciosa cientificidad del positivismo y del economicismo de terminista de los historiadores marxistas. Pero aunque José Andrés Gallego señala el carácter subjetivo de cualquier relato histórico hay que destacar que sus múltiples observaciones y conclusiones van en todos los casos apoyadas en las evidencias que se desprenden de sólidas monografías publicadas en los últimos veinte años. •

La isla de Alborán

Acostumbrados como estamos, a oír hablar del Mar de Alborán en los partes meteorológicos, en relación casi siempre con fuertes vientos y mar encrespada, pocos conocen el islote que hay en su centro y que le da nombre. Adscrito administrativamente a la provincia de Almería, se encuentra, sin embargo, más cercano a la costa africana que a la peninsular: 88 kilómetros lo separan de Adra, frente a los 53 que dista del cabo Tres Forcas, vértice marroquí en el que se halla ubicada Melilla.

Alborán constituye el resto de una caldera volcánica de origen cuaternario, que ha sido completamente arrasada por el mar con el transcurso de los años. Junto a un peñón diminuto llamado Isla de las Nubes, la isla se conforma como una plataforma prácticamente llana, de perímetro vagamente triangular y con una superficie que sobrepasa en poco las siete hectáreas. La acción continuada del oleaje ha ido labrando en todo su contorno acantilados verticales de 10 a 12 metros de altura, así como algunas cuevas, prosiguiendo una dinámica erosiva que acabará devolviendo su extensión al mar.

Pese a su acusado valor estratégico, la isla no ha contado con una guarnición militar estable hasta hace relativamente pocos años.

Alcanza una longitud máxima de 605 metros y una anchura media inferior a 100 metros, aunque en su extremo suroccidental llega hasta los 200 metros. Su tamaño y forma han sembrado más de una vez el desasosiego en los operadores de radar, que han confundido frecuentemente a la isla con la cubierta plana de un portaaviones. Esta semejanza no engaña sólo al observador electrónico, sino que se repite cuando uno se acerca desde el mar en días de calima, tomando incluso el edificio del faro por el puente de mando de la embarcación.

Duras condiciones de vida

Pese a su acusado valor estratégico, la isla no ha contado con una guarnición militar estable hasta hace relativamente pocos años. Los fareros fueron sus únicos y aislados habitantes durante generaciones, hasta que una instalación automática les relevó de esta tarea. Fue a partir de este momento, al quedar desierta la isla, cuando empezó a verse utilizada como fondeadero por las diversas flotas que operan en el Estrecho. Más de un submarino soviético ancló en sus proximidades aprovechando su tripulación para estirar las piernas, hacer ejercicio y comer al aire libre, tal como demostraron las latas de conserva abandonadas tras su marcha. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, en plena época de guerra fría, la Armada destacó una guarnición permanente en la isla, compuesta por una treintena de hombres.

Las condiciones ambientales son muy duras en este pedazo de tierra firme. No hay agua dulce, y es probablemente el territorio español donde menos llueve (100 mm). Aunque las temperaturas son suaves, con mínimas siempre positivas y máximas veraniegas que no sobrepasan los 25 °C, el viento recrudece el clima y la sequedad, soplando de Levante o Poniente, a velocidades que llegan a ser superiores a los 100 nudos.

El déficit hídrico, el viento continuo y el sustrato arenoso que cubre la roca volcánica, son factores que dificultan enormemente la vida vegetal. Han fracasado cuantos intentos se han hecho por cultivar hortalizas y el catálogo de la flora autóctona insular abarca sólo doce plantas superiores. Estas especies consiguen prosperar haciendo gala de diversas adaptaciones: unas, como el brecillo marino —la única planta leñosa— tienen un porte humilde y eficaces sistemas de protección frente a la desecación; otras, como el algazul, acumulan agua en sus hojas, y las restantes tienen una vida efímera, completando el ciclo desde la germinación hasta la fructificación en pocos días tras las ocasionales lluvias primaverales. Cuando éstas no se producen en la estación precisa, las semillas permanecen latentes en el suelo hasta que en años sucesivos se reúnan las condiciones adecuadas.

Han fracasado cuantos intentos se han hecho por cultivar hortalizas y el catálogo de la flora autóctona insular abarca sólo doce plantas superiores.

En paralelo a esta relativa pobreza florística, el paisaje vegetal exhibe también una manifiesta monotonía. Salvo los alrededores de las edificaciones y el extremo nitrificado por los excrementos de las gaviotas, la comunidad dominante está caracterizada por las dos plantas más abundantes, los mencionados brecillo marino (Frankenia corymbosa) y algazul (Mesembryanthemum nodiflorum). Las hojas de este último, que van tornándose rojas a medida que avanza la primavera, son las responsables del espectacular aspecto que presenta la superficie de la isla cuando uno se aproxima desde el aire.

La exploración naturalística

Por su aislamiento y pese a su valor naturalístico, Alborán no llamó la atención de los científicos hasta el siglo pasado. Su historia se nutre más de batallas y leyendas marinas, de galeras españolas y flotas corsarias, como la del tunecino Al Borany, pirata cuyos restos sitúa la tradición enterrados en la isla, y del cual habría recibido su nombre.

La primera expedición de la que se tiene constancia data de 1830, fecha en la que Peter Webb y Sabin Berthelot, eminentes viajeros célebres por su Historia Natural de las islas Canarias, atracaron en sus aguas. Durante el siglo XIX se fueron sucediendo visitas de geólogos y biólogos, algunas dentro de expediciones financiadas por la nobleza, como las del archiduque Luis Salvador de Austria en 1889 o la del príncipe Alberto de Mónaco en 1896. Fruto de una recogida de muestras, el profesor austríaco Becke estudió las rocas volcánicas de la isla (tobas andesíticas), y dada su peculiar composición química, las describió en 1899 con el nombre de alboranitas.

Un nuevo viaje del naturalista francés M. Sietti en 1932 sirvió para conocer el primer listado exhaustivo de plantas de Alborán. Junto a un alga y cinco líquenes, señaló la presencia de seis fanerógamas, dos de ellas endémicas, es decir exclusivas de la misma, y que fueron enviadas al especialista francés en flora norteafricana René Maire. Tales especies son una vistosa margarita de flores amarillas y hojas carnosas rojizas (Senecio alboranicus) y un jaramago de flores amarillas, que Maire dedicó a su descubridor (Diplotaxis siettiana).

Hasta 1970 no vería Alborán otra expedición científica. Ese año, un equipo multidisciplinar de la Universidad de Granada estudió sus suelos, su fauna y su flora, elevando el listado de plantas autóctonas hasta la docena. El estado de las poblaciones de ambos endemismos era entonces vigoroso, tal como relataron Esteve y Varo, los dos botánicos embarcados en aquella visita.

Hasta 1970 no vería Alborán otra expedición científica. Ese año, un equipo multidisciplinar de la Universidad de Granada estudió sus suelos, su fauna y su flora.

En los últimos años, aprovechando las misiones de abastecimiento que realizan semanalmente los helicópteros de la Armada se han ido sucediendo las estancias de naturalistas. Nosotros hemos tenido la oportunidad de visitar la isla en varias ocasiones, sin detectar la llegada de nuevas plantas colonizadoras, pero sí constatando la desaparición del pequeño jaramago anual, seguramente debido a la progresiva humanización que padece el islote. Afortunadamente, la pérdida definitiva de esta especie pudo evitarse gracias a la recolección llevada a cabo por el profesor Gómez-Campo en 1974. Tras su multiplicación en el banco de semillas de la Universidad Politécnica de Madrid, y una vez dada la voz de alarma, en 1988 fue reintroducida por este investigador. Más tarde pudimos comprobar un éxito al menos parcial, ya que algunas plántulas habían llegado a florecer y fructificar. Tras estimarse como extinto en la naturaleza, este endemismo se halla protegido por la legislación comunitaria en la actualidad, incluyéndose su nombre en la Directiva Hábitat de la CEE, recientemente firmada en la cumbre de Maastricht.

Algo más halagüeño es el estado de Senecio alboranicus que si bien tiene un número poblacional que oscila de un año a otro, en nuestra última expedición pudimos contar más de 250 individuos dispersos por la isla.

No son florísticos los únicos tesoros que encierra Alborán. En 1988 se observó el regreso de la gaviota de Audouin, amenazada de extinción en todo el Mediterráneo, y que curiosamente tiene su colonia más numerosa en otras pequeñas islas españolas, las Chafarinas. Mucho más nutrida es, sin embargo, la población de gaviotas argénteas, que se reservan el extremo noreste de Alborán, en torno a los muros del pequeño cementerio y que compiten con aquéllas por la escasa superficie apta para nidificar.

Mayor que la isla en sí es su plataforma sumergida. Toda ella está cubierta por un diverso tapiz de algas que dan alimento a muy variados peces y crustáceos.

Mayor que la isla en sí es su plataforma sumergida. Toda ella está cubierta por un diverso tapiz de algas que dan alimento a muy variados peces y crustáceos. Estos son a menudo mariscados por los marinos, aprovechando las balsas neumáticas con las que cuentan. En las aguas someras crece el coral rojo, y es obligado mencionar la labor de vigilancia que ejerce la guarnición militar en su defensa, alejando a los pesqueros italianos, verdaderos piratas contemporáneos, que con barras de arrastre habían ido esquilmando este raro recurso submarino.

El conocimiento cada vez más detallado de los frágiles ecosistemas alboránicos, así como la divulgación entre los responsables militares de sus aspectos más críticos, es de esperar que sirvan para preservar este singular enclave del Mediterráneo antes de que se pierdan irremediablemente para las futuras generaciones.

Las plantas de Alborán

  • Senecio alboranicus
  • Diplotaxis siettiana
  • Anacyclus valentinus
  • Mesembryanthemum nodiflorum
  • Frankenia corymbosa
  • Frankenia pulverulenta
  • Triplachne nitens
  • Lavatera mauritanica
  • Chenopodium murale
  • Spergularia bocconii
  • Polycarpon tetraphyllum (desaparecido)
  • Lycium europaeum (desaparecido)

Novedades discográficas

Rarities & Surprises

Autor: Wolfgang Amadeus Mozart.
Obras: Rarities & Surprises. Varias obras.
Intérpretes: Mitsuko Uchida. Academy of Saint Martin in the Fields, Netherlands Wind Ensemble.
Directores: Neville Marriner y Edo de Waart.
Edición: Philips. Complete Mozart Edition Vol. 45. 3 CDs 422 545-2. DDD.


Rarezas y Sorpresas es el título del último volumen de la Edición Mozart, y en efecto, contiene tres discos con páginas de difícil clasificación.

Particularmente interesante es el Cuaderno de piezas de Londres K. 15, que llevó consigo el pequeño Wolfgang en su viaje a Inglaterra en 1764, cuando tenía ocho años, y en el que fue anotando, por recomendación paterna, hasta 43 piezas de su invención: divertimenti y contradanzas, algunas de ellas sin terminar y pensadas para la orquesta.

Encontramos también la música de Don Giovanni y del Rapto en el Serrallo en un arreglo para conjunto de viento muy gratas de escuchar.

También algunas piezas sueltas para piano y viento y arias que no llegó a insertar en las óperas destinatarias.

Se incluye también un Juego de dados musical K. 516f. Consiste en un sistema de composición musical en que se proponen una variedad de fragmentos musicales, todos en la misma tonalidad, que combinados al azar de unos dados producen piezas sencillamente perfectas. Otra invención, muy en boga en el siglo XVIII, pero con la absoluta perfección del genial Mozart.

Igualmente hay que señalar que los intérpretes son de excepción y han puesto lo mejor de su arte en estas pequeñas piezas mozartianas, con la sincera emoción de rendir tributo al gran músico.

L’Oca del Cairo y Lo Sposo Deluso

Autor: Wolfgang Amadeus Mozart.
Obras: L’Oca del CairoLo Sposo Deluso.
Intérpretes: Fischer-Dieskau, Wiens, Scheier, Johnson, Coburn, Grant, Palmer, A. Rolfe Johnson, Tear, Cotrubas.
Orquestas: Orquesta de Cámara Carl Philipp Emanuel Bach y Orquesta Sinfónica de Londres.
Directores: Peter Schreier y Sir Colin Davis.
Edición: Philips. Complete Mozart Edition Vol. 39. 422539-2. DDD. 1 CD.


Nos encontramos ante dos de los últimos volúmenes de la Edición Completa de Mozart editada por Philips y que ha constituido el proyecto más ambicioso de la celebración del bicentenario mozartiano en 1991.

L’Oca del Cairo y Lo Sposo Deluso son las dos únicas óperas buffa inacabadas de Mozart. Ambas datan de 1784 y en este género específico se sitúan cronológicamente entre La Finta giardiniera que les precede en casi diez años y Las Bodas de Fígaro que les sigue en dos años. Quizá no había alcanzado aún el compositor su maestría personal en el género de la opera buffa, pero no se trata de óperas de juventud y las dos se encuentran muy próximas a las grandes óperas de madurez. De hecho, dos años antes había escrito Idomeneo, una ópera seria, y El Rapto en el Serrallo, en el género más típicamente alemán del Singspiel.

La banalidad de los libretos (G. B. Varesco, autor de L’Oca del Cairo y presumiblemente Lorenzo da Ponte autor de Lo Sposo Deluso) hizo que Mozart se desinteresara poco a poco por estas partituras. Pero en ningún caso la música que compuso para ellas está exenta de originalidad y la técnica compositiva se afirma por su gran maestría.

Cada una de estas óperas debía contener dos actos, pero en ninguna de las dos Mozart fue más allá del primero, que no está tampoco terminado.

Son obras muy agradables de escuchar y algunas de sus arias son claros antecedentes de algunas de las más brillantes de óperas posteriores. En suma, resultan muy interesantes para un mejor y mayor conocimiento del arte operístico del músico.

Domingo Edition

Autor: Varios.
Título: Domingo Edition.
Intérpretes: Plácido Domingo y varios solistas, orquestas y directores.
Edición: Deutsche Grammophon. CD 435 400-420. Stereo. ADD/DDD.


El tenor Plácido Domingo ha conseguido traspasar las fronteras del mundo estrictamente operístico, como sólo muy pocos lo han hecho y su enorme popularidad ha alcanzado todas las esferas sociales. Este fenómeno muy bien planificado por el marketing, ha contado con la predisposición del cantante: por su amplia versatilidad, su simpatía y su trabajo constante.

Quienes han trabajado con él en la producción de alguna ópera, afirman que Plácido Domingo es un cantante-actor de primera fila a quien no le importa descender hasta el último detalle y poner personalmente todo su empeño e ilusión en que el resultado general sea un claro éxito. Todos coinciden en señalar que es hombre tremendamente sencillo y de un extraordinario buen humor, lo cual contribuye a mantener siempre un buen ambiente de camaradería entre todos los que participan en la puesta en escena de una ópera.

Su repertorio es esencialmente operístico. Ante todo ópera francesa e italiana, y desde hace algunos años también ópera alemana, habiéndose adentrado en el difícil mundo wagneriano. Poco a poco, ampliando su repertorio ha cantado también la Novena Sinfonía y La Missa Solemnis de Beethoven. La gran popularidad le ha venido sobre todo por el repertorio de canciones ligeras que ha ido incluyendo en sus programas. La Zarzuela ha sido también muy querida por Plácido Domingo, y su gran conocimiento de este género se remonta a su infancia y juventud en que acompañaba a sus padres en sus giras por España y Latinoamérica.

Entusiasta de la grabación discográfica, no ha dudado en registrar en disco todas las obras que ha ido cantando a lo largo de su carrera.

Su casa discográfica acaba de publicar la Edición Domingo, una colección de veinte discos compactos que reúnen la más brillante de su producción con el tenor español. En su mayor parte son selecciones de las óperas de Verdi y Puccini, grabadas casi en su totalidad por Plácido Domingo y además, de las dos óperas wagnerianas grabadas por él: Maestros Cantores y Tannhäuser. Otros discos recogen arias sueltas de ópera francesa (Gounod, Meyerbeer, Berlioz, Bizet, Massenet, Saint-Saëns) y de ópera italiana (Donizetti, Mascagni, Verdi, Puccini) y, por último, un disco dedicado a Tangos y canciones populares.

Se trata de una amplia presentación de lo que Plácido Domingo ha realizado a lo largo de su carrera como cantante. Plácido Domingo se está enfrentando constantemente al riesgo de nuevos repertorios, a pesar de las numerosas críticas que le aseguraban un agotamiento prematuro de su voz. Ha ido superando con éxito estos riesgos sin que se haya mermado su bello timbre de fondo baritonal ni disminuido su éxito ante el público.

Diez años de socialismo

Título: Las Filípicas.
Autor: Antonio Guerra.
Editorial: Planeta. Barcelona, 1992, 300 páginas. Premio Espejo de España 1992.
Precio: 2.150 pesetas.


Se cumplirán el próximo 28 de octubre de este año de conmemoraciones, feliz 1992, diez años de la llegada al poder del Partido Socialista. Fue aquel un triunfo sonado, rotundo, demoledor. El PSOE obtuvo más de diez millones de votos y 202 escaños en el Congreso. El siguiente partido, la Coalición Popular de Manuel Fraga quedaba a tal distancia (5,5 millones de votos, 106 escaños) que cualquier intento de ejercer la Oposición resultaba puramente testimonial ante la mayoría hegemónica alcanzada por el PSOE.

Desde entonces han pasado diez años de predominio socialista, renovado en las sucesivas confrontaciones electorales que el PSOE ha ganado, cada vez con menor número de votos y de escaños, pero disponiendo de mayorías absolutas, o, al menos, suficientes como para ejercer el poder sin sobresaltos. El fenómeno del socialismo español, de muy complejas raíces histórico-políticas, no puede separarse del fenómeno del felipismo, entendido el término sin ninguna connotación negativa.

Es decir, reconociendo el magnetismo personal del presidente Felipe González a quien corresponde el principal mérito, no sólo del triunfo socialista del 82, sino también de su ininterrumpida permanencia al frente de la política española. La misma lógica de los hechos, así como la condición humana de los que han tomado parte en ellos, explica que a los diez años de socialismo se hayan producido en ese campo abandonos sonados, enfrentamientos, controversias y rencillas que han llevado la confusión y la desesperanza a ciertos sectores del PSOE, un tiempo eufóricos ante aquella victoria que abría las puertas del Cambio.

Historia de un desencanto

Antonio Guerra, que pese a su apellido no es familiar de don Alfonso Guerra, podría contarse entre los desencantados del socialismo felipista, aunque no del socialismo como proyecto capaz de renovar la sociedad y hacerla justa, libre e igualitaria. Este desencanto explica el contenido y el tono de sus Filípicas, lanzadas, no como las del gran orador Demóstenes contra Filipo de Macedonia, sino contra don Felipe González en tanto que presidente del Gobierno.

En algunos momentos de estas nuevas Filípicas, el autor considera al presidente González obnubilado —o cegado— por la droga del poder. Motivo por el cual —en opinión del autor— el presidente se ha convertido en una persona distinta a aquel muchacho brillante, bueno y generoso que él conociera en los ya viejos años de Sevilla y en los del Madrid de la primera transición, previos al triunfo del PSOE en octubre del 82.

La estructura del libro se organiza en torno a diez capítulos o Filípicas, una por cada año de gobierno socialista, más una undécima o miscelánea, ésta no ya cargada a las espaldas de don Felipe, sino dedicada al análisis de lo que se ha dado en llamar poderes fácticos: la prensa, el ejército, y… ¡cómo no!, la Iglesia, católica, naturalmente. Todas las Filípicas menos la última comienzan con el encabezamiento Presidente seguido de las críticas o sugerencias que el autor esgrime en cada caso con tanta maestría intencionada como abundancia de datos.

La primera filípica arranca fuerte. Vean, si no: Presidente: Nunca tan pocos, en tan poco tiempo, han arruinado tanta ilusión. Tal opinión, dedicada a los socialistas, expresa con fidelidad los sentimientos del autor y descubre que hubo un tiempo en el que, muy unido a Felipe González y a los ideales de lograr una sociedad más justa, libre y próspera, soñaba con el momento de llevar a la práctica esos proyectos.

Las filípicas sirven para recordar al presidente del Gobierno tantas promesas incumplidas, tantas esperanzas rotas y tantas ilusiones malogradas. En la cuarta filípica, tras aludir a los orígenes del PSOE y a su progresivo deterioro, una vez alcanzado el poder, pregunta el autor con acentos de dureza: ¿Qué ha pasado, señor presidente? ¿Qué se hizo de aquellos deseos de libertad, qué del limpio transitar de las ideas que entonces predicamos por los pueblos a la búsqueda del poder, qué del prometido resurgir de las haciendas menos favorecidas, qué del trabajo para alcanzar la dignidad prometida? Hoy me paro a pensar que el poder, en vez de ser un instrumento de ayuda para el pueblo al que domina más que representa, se convierte muchas veces en droga que obnubila hasta convertir la gracia pensativa del juicio sensato en irascible dogma personal.

Testimonio sincero

Las filípicas prosiguen su caminar por los diversos campos de actuación socialista, bien sea desde lo que el autor considera el desastre de la enseñanza en sus diversos niveles, hasta la sanidad, la seguridad (ley Corcuera), la Justicia y las leyes penales o el problema social. El autor, militante socialista de los primeros tiempos junto a González y Guerra, utiliza datos extraídos de sus propias vivencias personales, anécdotas y detalles ilustrativos sobre el carácter de los dirigentes socialistas que pudo conocer en contacto directo con los hechos.

Sin embargo, aunque se muestra muy duro al enjuiciar lo que él llama con toda propiedad corruptelas y picardías socialistas respeta al amigo y compañero González, en cuanto fue defensor entusiasta de los ideales del socialismo invocados por él antes de la conquista del poder. Procura evitar el ataque personal y omite conscientemente el relato de episodios que pudieran perjudicar la imagen del presidente. Es una actitud que honra al autor, teniendo en cuenta la extensa documentación que maneja y el hecho de que él fue el primer biógrafo de Felipe González, con datos obtenidos en conversaciones privadas con el hoy presidente del Gobierno.

Antonio Guerra, intelectual, periodista, profesor de instituto y doctor en medicina y cirugía, además de socialista de los tiempos gloriosos, hubiera podido fácilmente hacer carrera en las filas del PSOE y alcanzar uno de los puestos más destacados en el escalafón de su partido. No fue así, por causas que el autor no explica, pero que se traslucen del contenido y el tono de estas filípicas surgidas del desengaño y que parecen decir: no es este, no es este, señor presidente, el socialismo ideal que fraguamos en nuestros años mozos.

La obra, bien pertrechada técnicamente y escrita con un estilo ágil que no decae en las once filípicas, se convierte en examen de conciencia de valor testimonial impresionante, por lo que tiene de sincero y honesto. Plantea con acentos dramáticos la eterna disyuntiva entre el ideal —en este caso utopía— y la realidad práctica del ejercicio del poder. Él se inclina por los ideales y denuncia su incumplimiento con las armas que le proporciona la corrupción, arbitrariedad, ambiciones y manipulaciones innobles que se han venido produciendo —según prueba con datos— durante los diez años de ejercicio del poder.

El problema es que el socialismo del autor queda reducido a eso: un ideal de juventud malogrado. Pero ¿cuál era la alternativa? ¿Tal vez la eterna oposición contra la derecha? Porque no se vislumbra en este libro ninguna salida válida a la crisis —evidente— en que se debate no sólo el PSOE, sino toda la sociedad española. Como tampoco se vislumbran horizontes positivos al analizar el papel de los poderes fácticos, tales como el Ejército y la Iglesia. La prensa, aunque no se libra de críticas, bien merecidas por otra parte, sale un poco mejor librada del empeño.

Con respecto a la Iglesia, a veces, no puede evitar el reflejo anticlerical propio de un convencido socialista. Incurre, tal vez por esa razón, en el tópico tan conocido de dividir la Iglesia en dos bandos: uno progresista, abierto, libertario, surgido del Concilio, y el otro encogido, antiguo, intransigente, anticonciliar y retrógrado que se ha impuesto en nuestro país últimamente. Olvida el autor que la Iglesia, aunque esté inserta en la sociedad, no tiene una misión material, sino de salvación de las almas. Hablar así despierta risas o burlas en ciertos sectores de opinión. Bien. Uno es libre de creer o no en estas cosas, pero no de confundir las realidades, que son como son.

Así, las posiciones de la Iglesia vienen fijadas en función de móviles espirituales, y no políticos. No comprenderlo de este modo puede llevarnos a conclusiones, además de precipitadas, falsas, porque ignoran la verdadera naturaleza de una institución dos veces milenaria, provista hoy de una autoridad moral reconocida universalmente —y no sólo entre los cristianos— como impulso limpio y generoso en favor de la humanidad.

El precio de la perfección

Título: Mi vida.
Autor: Gerolamo Cardano.
Editorial: Alianza Editorial, Madrid, 349 páginas.
Precio: 2.300 pesetas.


En el siglo XVII, Baltasar Gracián hacía burla de aquellos sabios a lo antiguo para quienes la felicidad consistía en honras, riquezas, deleites y en el saber y la salud. Él, en cambio, admiraba a la gente sin pliegues en las capas ni dobleces en el alma: hombres buenos, llanos, sin artificios ni embelecos, sencillos en el vestido y el ánimo. Unos pocos años antes el británico Francis Bacon había afirmado que nuestro tiempo es el anciano del mundo, y se encuentra rico en observación y experiencia y por tanto es, en potencia, superior.

Al margen de las contiendas entre antiguos y modernos, y entre enanos y gigantes, superar el legado cultural de nuestros antepasados exige previamente conquistarlo a través del pensamiento. Y a esto se le llama desde el siglo XX dar con la razón histórica de los hombres y los pueblos. Si esta operación no la realizamos, nos quedamos sin dar la talla.

Autobiografía de Cardano

La figura del científico suele ir rodeada de algún prestigio y siempre impone aunque no se le haga ni caso a su persona. Francisco Socas acaba de ofrecernos la versión española de la autobiografía de un científico renacentista muy singular que, nacido en Pavía en 1501, falleció en Roma setenta y cinco años después: Gerolamo Cardano. Esta obra se titula De propria vita y ha sido traducida como Mi vida. El nombre de Cardano ha pasado a la posteridad por unas fórmulas que permiten resolver ecuaciones cúbicas (el franciscano Luca Pacioli, conocido también como Luca di Borgo, quedó así en entredicho, pues había sentenciado la imposibilidad de ser obtenidas con los métodos disponibles en la época; Pacioli era amigo de Leonardo da Vinci y le había llegado a calcular la cantidad de bronce necesaria para fundir una estatua ecuestre).

Cardano confiesa en sus memorias que algunas novedades, aunque muy poquitas, llegaron a sus oídos a través de fray Niccoló. Este no era otro que Niccoló Fontana, conocido como Tartaglia, con quien sostuvo una agria polémica sobre la paternidad de dichas fórmulas cuando aún no había registro de patentes. Asimismo ejerció la jurisprudencia y la medicina (parece haber sido el primero en describir clínicamente el tifus), era aficionado a la esgrima, al ajedrez y a la lectura de Aristóteles y Plotino, así como a la de libros de historia. Al hacer balance de su existencia declara sentirse muy avergonzado por la infame holganza que supuso dedicar incontables horas a los juegos de azar. Él detestaba la pereza y consideraba la dejadez como el peor de los males, mientras que, por otro lado, el arte de hablar era para él el arte de las artes.

La lectura de esta obra nos revela el clima de controversias y afán por los desafíos existente en el mundo de Cardano. Destaca en el lombardo su tono jactancioso y pueril pero confesado con naturalidad y sin rebozo. Afirma que no saben nada quienes no saben que ignoran muchas cosas y, tras manifestar su desprecio por lograr la amistad de los poderosos, nos cuenta que no es de extrañar que haya escrito de tantas y tan graves materias pues reúne en su persona muy raras cualidades: una gran madurez, buena salud constante, habilidad para las cuestiones matemáticas ya desde la infancia, desprecio de riquezas y honores, unos sentidos penetrantes, amor enorme a la verdad, suerte en las ocasiones y la ayuda de Dios.

Hablando de la herencia de Europa, Hans-Georg Gadamer ha dicho que una sociedad liberal consiste en última instancia en la participación de todos en el ejercicio del poder. Pero hay que señalar que esta meta es inalcanzable, de no imperar la voluntad de vivir como el Otro del Otro. Partiendo de que el saber confiere poder (en cualquiera de sus formas), se trata no sólo de participar en la elección de los gobernantes, sino de ejercer una efectiva responsabilidad en el desempeño del saber.

Papel educativo de las matemáticas

En la aurora de este nuevo siglo, cuando se plantean y replantean proyectos de todo género, no puede faltar tampoco una meditación sobre el papel educativo que conviene dar a representar a las matemáticas (palabra que, etimológicamente, significa conocimiento). Creo que le corresponde contribuir a despertar la práctica del pensamiento, creando hábitos que fortalezcan nuestra actividad de discurrir, esto es, aprender a aprender y cultivar una mente abierta con la que afrontar cualquier situación nueva y sorprendente. Se trata, pues, de que sepamos extraer su función liberadora y expandir las dos cualidades que Nietzsche más admiraba en las matemáticas: la finura y el rigor.

Claro está que el profesor de matemáticas que quiera ser para sus alumnos el Otro del Otro, les hará ver que son capaces de poseer las matemáticas que necesitan. Y les ayudará a combatir los numerosos bloqueos de origen afectivo que se producen, permitiendo que experimenten la sensación de fracaso acompañados y junto al alivio que dan la humildad y el humor. No se trata de reducir esta materia al nivel de mero entretenimiento, sino más bien desarrollarla en forma de juego.

Johan Huizinga, autor del célebre libro El otoño de la Edad Media, afirmó que a pesar de ser en su mayor parte fantasía y ficción, los ideales de honor caballeresco, lealtad y valentía, dominio de sí y conciencia del deber aumentaron, sin lugar a dudas, la capacidad personal y levantaron el nivel ético de la vida pública de aquella época. La interpretación de la vida como juego de perfección artística deja sitio para el ánimo alegre y satisfecho, permitiendo distanciarse del utilitarismo y despreciar la ansiedad por triunfar.

Claves de la historia de España

Título: Isabel, mujer y reina.
Autor: Luis Suárez Fernández.
Editorial: Rialp, Madrid 1992. 342 págs.
Precio: 2.200 pesetas.


Celebramos los españoles en 1992 el quinto centenario, además del Descubrimiento de América, de varios hechos históricos de gran importancia ocurridos en 1492: la conquista de Granada, que marca el fin de la presencia musulmana en la Península y la expulsión de los judíos. Resulta imposible cualquier referencia a estos acontecimientos, sin hacer relación a la reina Isabel I de Castilla como protagonista de todos ellos junto a su esposo, el rey Fernando de Aragón.

De ahí el interés hacia esta singular mujer que hizo cambiar de rumbo la historia de Castilla y, por su matrimonio con el aragonés, la de España, rematando el objetivo de lograr la unidad de los reinos peninsulares, a excepción de Portugal. Muy pocos historiadores estarían en mejores condiciones para esbozar una biografía de la reina Isabel tan completa como la del profesor Luis Suárez Fernández. Especialista en historia medieval, ha publicado recientemente cinco volúmenes dedicados en exclusiva al reinado de los Reyes Católicos, obra de manejo indispensable para el conocimiento de aquellos años trascendentales en la historia de España y la del mundo entonces conocido.

Nace la infanta Isabel en 1451, en un pueblo modesto aunque de hermoso nombre: Madrigal de las Altas Torres. No parecía destinada a reinar, debido a que sus dos hermanos varones la precedían en la línea sucesoria. Sin embargo, por esos extraños virajes del destino, aquella gran mujer que fue Isabel de Trastámara llegó además a ser una gran reina, cuyo recuerdo perdura cinco siglos después de su muerte, ocurrida en 1504, tras una vida tan breve como intensa, lo mismo en las alegrías y éxitos que en los dolores y fracasos.

Las circunstancias históricas

Luis Suárez Fernández, maestro de historiadores, sitúa desde el primer momento la acción dentro del entorno en que suceden los hechos, con referencia a la situación caótica en que se encontraba el reino de Castilla. Refleja con mirada objetiva la realidad de la época, al tiempo que se centra en la figura de Isabel, desde la infancia hasta que se perfila como heredera y sucesora de su hermano Enrique IV, al rechazar la legitimidad de doña Juana la Beltraneja y lograr la coronación como reina de Castilla.

El matrimonio con Fernando de Aragón ofrece, junto a su valor histórico trascendental, el significado humano y sentido romántico de un amor donde la acción y la aventura se unen a los intereses de Estado. El rigor expositivo y crítico se mantiene a través de la obra al enjuiciar las actuaciones de Isabel, prudente a la hora de buscar la reconciliación entre las distintas fracciones de la levantisca nobleza castellana y valerosa al no cesar en su empeño de acabar con la presencia musulmana en España.

Nuevos acontecimientos, positivo uno —ayuda a Colón en su empresa descubridora— y más dudoso el otro —decreto de expulsión de los judíos— muestran igualmente el sentido de responsabilidad y preocupación de la reina por las tareas de gobierno. Gracias a los datos, presentados por el profesor Luis Suárez con rigor y objetividad, el lector dispone de los elementos necesarios para enjuiciar los hechos, no con visión actual, sino de acuerdo con los criterios, mentalidad y circunstancias de la época en que ocurrieron.

No se pretende justificar a la reina Isabel ni hacer su apología, sino señalar las razones de su política, siempre de acuerdo con el consejo de su marido y los intereses del Estado. Con tono sereno, sale al paso de tópicos y visiones simplistas, más producto de la ignorancia que de otras intenciones malévolas. Aunque se percibe el acopio documental y dominio de fuentes históricas, el autor ha procurado descargar el trabajo de cualquier exceso erudito que la hubiera hecho de más difícil interpretación. El estilo, ágil y cuidado literariamente proporciona a esta biografía histórica un cierto aire novelesco, favorecido por la extraordinaria trayectoria vital de la protagonista y la importancia de los sucesos en los que tomó parte decisiva.