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Ver productos1 May 1992 - 7min.
Acostumbrados como estamos, a oír hablar del Mar de Alborán en los partes meteorológicos, en relación casi siempre con fuertes vientos y mar encrespada, pocos conocen el islote que hay en su centro y que le da nombre. Adscrito administrativamente a la provincia de Almería, se encuentra, sin embargo, más cercano a la costa africana que a la peninsular: 88 kilómetros lo separan de Adra, frente a los 53 que dista del cabo Tres Forcas, vértice marroquí en el que se halla ubicada Melilla.
Alborán constituye el resto de una caldera volcánica de origen cuaternario, que ha sido completamente arrasada por el mar con el transcurso de los años. Junto a un peñón diminuto llamado Isla de las Nubes, la isla se conforma como una plataforma prácticamente llana, de perímetro vagamente triangular y con una superficie que sobrepasa en poco las siete hectáreas. La acción continuada del oleaje ha ido labrando en todo su contorno acantilados verticales de 10 a 12 metros de altura, así como algunas cuevas, prosiguiendo una dinámica erosiva que acabará devolviendo su extensión al mar.
Pese a su acusado valor estratégico, la isla no ha contado con una guarnición militar estable hasta hace relativamente pocos años.
Alcanza una longitud máxima de 605 metros y una anchura media inferior a 100 metros, aunque en su extremo suroccidental llega hasta los 200 metros. Su tamaño y forma han sembrado más de una vez el desasosiego en los operadores de radar, que han confundido frecuentemente a la isla con la cubierta plana de un portaaviones. Esta semejanza no engaña sólo al observador electrónico, sino que se repite cuando uno se acerca desde el mar en días de calima, tomando incluso el edificio del faro por el puente de mando de la embarcación.
Pese a su acusado valor estratégico, la isla no ha contado con una guarnición militar estable hasta hace relativamente pocos años. Los fareros fueron sus únicos y aislados habitantes durante generaciones, hasta que una instalación automática les relevó de esta tarea. Fue a partir de este momento, al quedar desierta la isla, cuando empezó a verse utilizada como fondeadero por las diversas flotas que operan en el Estrecho. Más de un submarino soviético ancló en sus proximidades aprovechando su tripulación para estirar las piernas, hacer ejercicio y comer al aire libre, tal como demostraron las latas de conserva abandonadas tras su marcha. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, en plena época de guerra fría
, la Armada destacó una guarnición permanente en la isla, compuesta por una treintena de hombres.
Las condiciones ambientales son muy duras en este pedazo de tierra firme. No hay agua dulce, y es probablemente el territorio español donde menos llueve (100 mm). Aunque las temperaturas son suaves, con mínimas siempre positivas y máximas veraniegas que no sobrepasan los 25 °C, el viento recrudece el clima y la sequedad, soplando de Levante o Poniente, a velocidades que llegan a ser superiores a los 100 nudos.
El déficit hídrico, el viento continuo y el sustrato arenoso que cubre la roca volcánica, son factores que dificultan enormemente la vida vegetal. Han fracasado cuantos intentos se han hecho por cultivar hortalizas y el catálogo de la flora autóctona insular abarca sólo doce plantas superiores. Estas especies consiguen prosperar haciendo gala de diversas adaptaciones: unas, como el brecillo marino
—la única planta leñosa— tienen un porte humilde y eficaces sistemas de protección frente a la desecación; otras, como el algazul
, acumulan agua en sus hojas, y las restantes tienen una vida efímera, completando el ciclo desde la germinación hasta la fructificación en pocos días tras las ocasionales lluvias primaverales. Cuando éstas no se producen en la estación precisa, las semillas permanecen latentes en el suelo hasta que en años sucesivos se reúnan las condiciones adecuadas.
Han fracasado cuantos intentos se han hecho por cultivar hortalizas y el catálogo de la flora autóctona insular abarca sólo doce plantas superiores.
En paralelo a esta relativa pobreza florística, el paisaje vegetal exhibe también una manifiesta monotonía. Salvo los alrededores de las edificaciones y el extremo nitrificado por los excrementos de las gaviotas, la comunidad dominante está caracterizada por las dos plantas más abundantes, los mencionados brecillo marino (Frankenia corymbosa) y algazul (Mesembryanthemum nodiflorum). Las hojas de este último, que van tornándose rojas a medida que avanza la primavera, son las responsables del espectacular aspecto que presenta la superficie de la isla cuando uno se aproxima desde el aire.
Por su aislamiento y pese a su valor naturalístico, Alborán no llamó la atención de los científicos hasta el siglo pasado. Su historia se nutre más de batallas y leyendas marinas, de galeras españolas y flotas corsarias, como la del tunecino Al Borany, pirata cuyos restos sitúa la tradición enterrados en la isla, y del cual habría recibido su nombre.
La primera expedición de la que se tiene constancia data de 1830, fecha en la que Peter Webb y Sabin Berthelot, eminentes viajeros célebres por su Historia Natural de las islas Canarias, atracaron en sus aguas. Durante el siglo XIX se fueron sucediendo visitas de geólogos y biólogos, algunas dentro de expediciones financiadas por la nobleza, como las del archiduque Luis Salvador de Austria en 1889 o la del príncipe Alberto de Mónaco en 1896. Fruto de una recogida de muestras, el profesor austríaco Becke estudió las rocas volcánicas de la isla (tobas andesíticas), y dada su peculiar composición química, las describió en 1899 con el nombre de alboranitas
.
Un nuevo viaje del naturalista francés M. Sietti en 1932 sirvió para conocer el primer listado exhaustivo de plantas de Alborán. Junto a un alga y cinco líquenes, señaló la presencia de seis fanerógamas, dos de ellas endémicas, es decir exclusivas de la misma, y que fueron enviadas al especialista francés en flora norteafricana René Maire. Tales especies son una vistosa margarita de flores amarillas y hojas carnosas rojizas (Senecio alboranicus) y un jaramago de flores amarillas, que Maire dedicó a su descubridor (Diplotaxis siettiana).
Hasta 1970 no vería Alborán otra expedición científica. Ese año, un equipo multidisciplinar de la Universidad de Granada estudió sus suelos, su fauna y su flora, elevando el listado de plantas autóctonas hasta la docena. El estado de las poblaciones de ambos endemismos era entonces vigoroso, tal como relataron Esteve y Varo, los dos botánicos embarcados en aquella visita.
Hasta 1970 no vería Alborán otra expedición científica. Ese año, un equipo multidisciplinar de la Universidad de Granada estudió sus suelos, su fauna y su flora.
En los últimos años, aprovechando las misiones de abastecimiento que realizan semanalmente los helicópteros de la Armada se han ido sucediendo las estancias de naturalistas. Nosotros hemos tenido la oportunidad de visitar la isla en varias ocasiones, sin detectar la llegada de nuevas plantas colonizadoras, pero sí constatando la desaparición del pequeño jaramago anual, seguramente debido a la progresiva humanización que padece el islote. Afortunadamente, la pérdida definitiva de esta especie pudo evitarse gracias a la recolección llevada a cabo por el profesor Gómez-Campo en 1974. Tras su multiplicación en el banco de semillas de la Universidad Politécnica de Madrid, y una vez dada la voz de alarma, en 1988 fue reintroducida por este investigador. Más tarde pudimos comprobar un éxito al menos parcial, ya que algunas plántulas habían llegado a florecer y fructificar. Tras estimarse como extinto en la naturaleza, este endemismo se halla protegido por la legislación comunitaria en la actualidad, incluyéndose su nombre en la Directiva Hábitat de la CEE, recientemente firmada en la cumbre de Maastricht.
Algo más halagüeño es el estado de Senecio alboranicus que si bien tiene un número poblacional que oscila de un año a otro, en nuestra última expedición pudimos contar más de 250 individuos dispersos por la isla.
No son florísticos los únicos tesoros que encierra Alborán. En 1988 se observó el regreso de la gaviota de Audouin, amenazada de extinción en todo el Mediterráneo, y que curiosamente tiene su colonia más numerosa en otras pequeñas islas españolas, las Chafarinas. Mucho más nutrida es, sin embargo, la población de gaviotas argénteas, que se reservan el extremo noreste de Alborán, en torno a los muros del pequeño cementerio y que compiten con aquéllas por la escasa superficie apta para nidificar.
Mayor que la isla en sí es su plataforma sumergida. Toda ella está cubierta por un diverso tapiz de algas que dan alimento a muy variados peces y crustáceos.
Mayor que la isla en sí es su plataforma sumergida. Toda ella está cubierta por un diverso tapiz de algas que dan alimento a muy variados peces y crustáceos. Estos son a menudo mariscados por los marinos, aprovechando las balsas neumáticas con las que cuentan. En las aguas someras crece el coral rojo, y es obligado mencionar la labor de vigilancia que ejerce la guarnición militar en su defensa, alejando a los pesqueros italianos, verdaderos piratas
contemporáneos, que con barras de arrastre habían ido esquilmando este raro recurso submarino.
El conocimiento cada vez más detallado de los frágiles ecosistemas alboránicos, así como la divulgación entre los responsables militares de sus aspectos más críticos, es de esperar que sirvan para preservar este singular enclave del Mediterráneo antes de que se pierdan irremediablemente para las futuras generaciones.