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Ver productosDurante décadas, el Estado del Bienestar ha sido uno de los estandartes del pensamiento económico, ha dominado las políticas económicas y ha impregnado hasta las más finas capas de la sociedad europea. Atrás quedaban planteamientos donde los requerimientos de un presupuesto equilibrado y una intervención mínima del Estado reinaban en la escena económica.
El liberalismo pasó a un segundo plano: defender las ideas de Adam Smith o proclamarse seguidor de la escuela de la Public Choice era considerado en el primer caso un síntoma de antisolidaridad y, en el segundo, de algo que no se sabía bien lo que significaba.
El Estado «del Bienestar» lo será, pero probablemente solo del bienestar de unos pocos. Los costes de la maquinaria estatal han ido creciendo sin ningún tipo de control. La eficacia y la eficiencia en la gestión pública es cosa de unos locos que normalmente acaban siendo devorados por el propio sistema político.
La realidad, sin embargo, se acaba imponiendo. El largo plazo de las ideas keynesianas de los años 30 se ha convertido en nuestro corto plazo. De Keynes se recuerda, entre otras cosas, la frase aquella de «a largo plazo todos muertos». Pues bien, ya ha llegado ese momento.
El mercado ha de recuperar su protagonismo allí donde es más eficiente. Las políticas públicas no están exentas de costes y hay que medirlos junto a los hipotéticos beneficios y beneficiarios de las mismas. El Estado no podrá suspender pagos, pero los ciudadanos que lo financian sí pueden quebrar.
El Estado del Bienestar sostenible ha de ser, en primer lugar, sostenible; después, bienestar y por último -si no queda más remedio- Estado.
¿Quién sostiene la maquinaria estatal?
La famosa frase «Hacienda somos todos» es ilustrativa de lo que se pretende expresar en este apartado, aunque con una finalidad bien distinta a la del enfoque original con que fue acuñada: porque la utopía de convertir al Estado en una especie de «Robin Hood» no es solo un mito; es un mito al que la praxis, junto a los mecanismos propios de la inercia estatal, ha desmentido, dándole completamente la vuelta.
Si nos fijamos en el caso español y buscamos un ejemplo concreto en uno de los impuestos paradigmáticos de la solidaridad redistributiva teórica -el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas nos daremos cuenta perfectamente de la ilusión financiera en que se tiene atrapado al contribuyente.
Tomando las rentas comprendidas entre uno y seis millones de pesetas brutas -lo que no es ninguna exageración-, permitiendo colocar este segmento entre un nivel que podríamos calificar de clase media y baja, el conjunto de contribuyentes con esas rentas aporta a la recaudación total por IRPF el 70,4% del total.
A partir de una renta bruta de 2.600.000 pesetas, los contribuyentes españoles pagan una cuota superior al porcentaje de población que está sometida al impuesto. La progresividad empieza, pues, en unos niveles lo suficientemente bajos como para que empecemos a tener serias dudas acerca del carácter redistributivo real del impuesto.
Pero todavía hay más: si atendemos a los niveles de renta en los tramos por encima de los seis millones de pesetas, nos encontramos con que este subconjunto de población aporta poco más de un billón de pesetas.
No vamos a entrar en juicios de valor sobre la conveniencia o no de este reparto, porque el objetivo al que queremos llegar es otro: tenemos un billón de pesetas recaudado en los ámbitos superiores de la escala. ¿Es mucho o es poco? Atendiendo al volumen de gasto público que la recaudación ha de financiar, y que en estos momentos ronda el 50% del producto interior bruto, esto significa que ese billón de pesetas solo sirve para cubrir entre un 3 y un 4% del gasto total.
Lo cual quiere decir que la maquinaria estatal no tiene bastante con sacar dinero a los más ricos para financiarse, sino que el Estado nos necesita a todos. La redistribución solidaria del impuesto queda así convertida en un mero ejercicio especulativo donde la demagogia de las palabras puede más que los hechos.
La cuestión es que en un Estado de dimensiones más reducidas la redistribución de la renta a través de los impuestos, probablemente, podría tener alguna lógica; pero, desde luego, con una maquinaria que absorbe la mitad de la actividad económica del país, no solo pierde todo su sentido, sino que su aplicación provoca redistribuciones absolutamente perversas, con lo que acaba sucediendo justo lo contrario de lo que en teoría se pretende.
¿Hay que cambiar las reglas de juego?
La situación actual de nuestra todavía joven democracia nos obliga a reflexionar acerca de las relaciones de dependencia que existen -en uno u otro sentido— entre el papel del Estado en la economía y los sistemas de democracia representativa.
Este no es un tema nuevo: pueden encontrarse multitud de páginas de literatura económica que avalan esta relación. Uno de los pioneros en este campo fue el trabajo de Downs en 1957, Teoría económica de la democracia, en el que lanzó un mensaje que ha acabado por ser profético: «Los partidos formulan políticas que les permitan ganar las elecciones en lugar de ganar las elecciones con el fin de formular políticas». No menos contundentes fueron Buchanan y Wagner en su Déficit del sector público y democracia (1977), en el que señalaban que «la economía keynesiana ha proporcionado la independencia a los políticos; ha destrozado el límite efectivo a los apetitos ordinarios».
La tendencia inexorable del gasto público a crecer desmesuradamente en las democracias y las restricciones -cada día mayores- que los ciudadanos imponen a su disposición para soportar crecientes car gas impositivas bajo la bandera de la justicia distributiva, constituyen un lastre demasiado pesado para cualquier economía.
Con las actuales reglas del juego, es decir, el flujo actual de relaciones entre política y economía, la batalla está totalmente perdida.
Existen pruebas de esto, y bastantes contundentes, en la historia de la política económica reciente; por ejemplo, la experiencia reformadora del periodo Reagan me parece una buena muestra; quien quiera ilustrarlo puede leer el libro que escribió hace ya algunos años David Stockman, El triunfo de la política (Grijalbo), acerca del fracaso de los intentos de reconducir la inercia del sector público hacia la expansión pero sin cambiar las reglas sobre las que se sustenta el sistema de decisiones en la democracia. Y cito la experiencia norteamericana, aun cuando honestamente pienso que las economías europeas están todavía a años luz en la profundización de los mecanismos democráticos.
El firmamento financiero del gasto público está compuesto de minúsculas estrellas que iluminan y reclaman nuestra atención, o –mejor dicho- la de nuestra billetera.
La realidad es que mientras no se arbitren mecanismos de control con los que el ciudadano adquiera un mayor protagonismo en las decisiones económicas que toman los políticos, probablemente no haya solución. En definitiva, se trata de un cambio hacia la implantación de reglas más próximas a la democracia directa, donde las decisiones económicas se expliquen y debatan de forma pública y más próxima a los votantes. Que el ciudadano conozca el coste y el beneficio de las decisiones públicas es el requisito necesario.
Cuando Peter Tarnoff y Ricardo Alarcón se sentaron en Canadá para discutir sobre los conflictos migratorios entre Estados Unidos y Cuba, probablemente no se percataron de que tenían varias cosas en común. Los dos se habían saltado los canales diplomáticos convencionales debido a los conflictos entre sus presidentes y sus respectivas cancillerías. Castro no confiaba en Robaina y a Clinton le ocurría exactamente lo mismo con medio Departamento de Estado. Los dos habían leído sombríos análisis de sus organismos de inteligencia sobre probables disturbios en Cuba y en la base de Guantánamo en el entonces inminente verano. Los dos querían evitar que esto ocurriera. Alarcón, porque la crisis en Cuba es tan severa que cualquier incidente puede degenerar en una sangrienta revuelta callejera. Tarnoff, porque Clinton deseaba impedir a toda costa un motín de refugiados en una base militar norteamericana u otro episodio de miles de balseros flotando a la deriva hacia las playas de Florida, amenaza que ya se oteaba en el ambiente y de la cual comenzaban a verse los primeros síntomas.
Esas similitudes, sin embargo, oscurecían varias divergencias fundamentales. Mientras Tarnoff percibía la probable invasión de un nuevo ejército de balseros como un asunto meramente migratorio, para Alarcón -o para Castro, que es el verdadero ventn1ocuo y el arquitecto de la estrategia-, este repetido encontronazo con Washington era solo una táctica para lograr otros propósitos y forzar a los norteamericanos a sentarse a la mesa de negociaciones a tratar de forma integral las relaciones bilaterales. Era lo que los artilleros llaman un tiro por elevación. Me explico: el Comandante, como todos, leyó en la prensa que, en lo tocante a Cuba, el modesto objetivo manifestado por Clinton al llegar a la presidencia era «no tener problemas con Castro». Y como buen táctico, el viejo dictador dedujo que si quería modificar la política de Washington hacia La Habana, todo lo que tenía que hacer era crearle esos temidos problemas al nuevo inquilino de la Casa Blanca y luego eliminarlos a cambio de las concesiones que deseaba obtener. ¿Cuáles eran esas concesiones? En primer lugar, algo que resultaba indispensable tras la desaparición de la URSS: lograr el levantamiento del embargo económico y la normalización de las relaciones con el gobierno norteamericano sin tener que hacer cambios políticos y sin pactar con la oposición interna o externa la transición hacia la democracia.
Es dentro de esta visión general donde se inscribe el envío a Florida de los balseros en el verano de 1994; solo que los cálculos que entonces hizo Castro resultaron parcialmente incorrectos. Como había supuesto, Clinton no recurrió a la fuerza ni a las represalias militares para detener el éxodo, pero, sorprendentemente, tampoco se sentó a la mesa de negociaciones a discutir cuestiones globales. Se limitó a retener a los balseros cubanos en Guantánamo con la esperanza de que ellos mismos, por sus propios pies, regresaran a la Isla, persuadido, además, de que esta medida serviría como elemento inhibidor para que otros cubanos no siguieran el mismo camino. Naturalmente, las dos presunciones de Clinton resultaron erróneas: el 95% de los cubanos prefería permanecer en Guantánamo sine die antes que volver a Cuba, y otros muchos estaban dispuestos a seguir esa miserable suerte con tal de abandonar el «paraíso» de Castro. De manera que se había llegado a unas extrañas tablas: ni La Habana ni Washington lograron alcanzar sus metas, pero Castro quedaba en una mejor posición de juego. En cualquier momento podía volver a lanzar su «bomba migratoria», dado que Clinton, hombre tercamente pusilánime, como respuesta a ese acto hostil solo tenía planeada la ampliación de los campamentos de Guantánamo. Ya había previsto el asentamiento de otras 30.000 personas, pero en la Administración nadie tenía la menor idea sobre qué hacer con el balsero 60.001.
El chantaje de Castro y la pusilánime ambigüedad de Clinton
Con esas cartas en la mano, el gobierno cubano comenzó a amagar y a dar indicaciones de que podía recurrir de nuevo al envío masivo de refugiados si no se atendían sus peticiones de un diálogo abarcador y directo. En Washington tomaron buena nota del chantaje, pero los consejeros se dividieron inmediatamente entre quienes recetaban la mano dura y quienes proponían la conciliación y el apaciguamiento. Estos últimos, situados más cerca del corazón de Clinton, fueron quienes negociaron el acuerdo anunciado.
¿En qué punto estamos? Aparentemente, las dos partes han obtenido lo que se proponían. Por lo menos eso declaran. Castro inició una suerte de diálogo con Washington que ahora intentará profundizar utilizando un elemental silogismo que se articula de la siguiente manera: si la Casa Blanca no quiere desórdenes y riadas de exiliados cubanos, tendrá que aliviar la situación económica que atraviesa la Isla y reducir las tensiones; ergo lo razonable es que, sin condiciones, se levante el embargo, se normalicen las relaciones y se abandone la postura adversaria hasta ahora sostenida por ambos países. Ante esto, y para desesperación presente y futura de Castro, la posición de Clinton es mucho más equívoca y contradictoria. Atrapado entre los compromisos «electoreros» y su blanda espinal dorsal, el presidente norteamericano proclama por una parte su adhesión incondicional al embargo y a la Ley Torricelli, esto es, a la línea dura frente a La Habana, y por la otra accede a participar en una dinámica de negociaciones que conduciría exactamente al resultado contrario si se llevara hasta sus últimas consecuencias. En suma: la esquizofrenia total.
Es difícil, pues, que el panorama de fondo cambie sustancialmente tras este acuerdo migratorio. Felizmente, el 95% de los cubanos internados en Guantánamo alcanzará territorio norteamericano, aunque -a cambio- tendremos que contemplar el repugnante espectáculo de la colaboración entre Washington y La Habana en las tareas represivas contra los balseros cubanos. Sin embargo, es muy improbable que los objetivos de Castro puedan cumplirse. Un tipo pragmático, como Clinton, oportunistamente guiado por su instinto electoral, generalmente temeroso de las confrontaciones, siempre optará por la ambigüedad antes que arriesgarse a cambiar nada fundamental en las relaciones con Cuba, postergando las decisiones trascendentales hasta la llegada de un hipotético segundo período, algo que casi nadie cree posible. Tampoco me parece razonable esperar que los cubanos, que ya no pueden escapar en lancha, ahora opten por la rebelión. Eso es wishful thinking. Los cubanos no se rebelan porque no pueden, no porque tengan otras opciones mejores. A lo largo de toda la historia, menos hoy, los cubanos han elegido rebelarse antes que huir. Y ese cambio no se debe a una súbita disminución de la masa testicular u ovárica de la población, donde se supone que radica la audacia, sino a la falta de escrúpulos, a la crueldad y la apabullante eficiencia del aparato represivo.
En síntesis: seguimos aproximadamente en la misma página del penúltimo capítulo, sin que nada sustancial haya cambiado. Aunque el señor Tamoff no se lo crea. Aunque un risueño Alarcón le haya contado a su ventn1ocuo que triunfó en Canadá y luego se haya quedado muy tranquilo fumándose un delicioso habano. Se equivoca.
Una de las cosas que ayudaría a entender mejor cómo funciona la Unión Europea sería dejar de referirse a la Comisión Europea como «el ejecutivo comunitario». Por supuesto que la Comisión tiene importantes funciones propias de un Poder Ejecutivo. Pero su responsabilidad política y su legitimidad no son las mismas que las de un Ejecutivo en el plano nacional. Además, los Tratados atribuyen a la Comisión funciones legislativas y judiciales que casi nunca posee un Poder Ejecutivo, y otorgan poderes ejecutivos esenciales a otras instituciones distintas de la Comisión.
Pues bien, dada la preferencia comunitaria por un entramado de procesos Ejecutivo, Legislativo y Judicial en vez de por un esquema más clásico de separación de poderes, podríamos caer en la tentación de exaltar la originalidad del aparato comunitario y su naturaleza evolutiva, y con ello blindar a la Comisión y a las otras instituciones europeas frente a comparaciones desfavorables con instituciones nacionales. Se ha hecho muchas veces: insistir en ello creo que sería un error. A estas alturas del proceso de integración europea, el no criticar a la Unión Europea utilizando como listón las prácticas habituales y los mecanismos de reparto y administración del poder típicos de las democracias nacionales es un acto de pereza mental más que de fe ciega o de adhesión inquebrantable. Otra cosa es pensar que la Unión, si no se parece cada vez más a un Estado, al menos se debería parecer; otra cosa es llamar por ese motivo a la Comisión «el ejecutivo comunitario» como quien formula un deseo, como quien observa en una noche de verano una estrella fugaz.
En la última década la Comisión ha ganado en visibilidad y -supuestamente- en independencia, y quizá por eso ha sido percibida -o desenmascarada- a lo largo de la crisis post-Maastricht como una institución hambrienta de poder.
El aumento de peso político de la Comisión
A mi entender, hay al menos cuatro factores que han llevado a que hoy se ponga en la palestra a la Comisión más que a ninguna otra institución.
El primero es que, a medida que la Unión aumentaba en número de miembros, el papel arbitral de la Comisión en busca del interés europeo (o del suyo propio) se ha hecho más importante.
Igualmente, el crecimiento imparable -y durante mucho tiempo silencioso- de las competencias comunitarias ha reforzado el papel de la Comisión. No es lo mismo proponer medidas únicamente sobre el mercado del carbón y el acero que sobre medio ambiente, o para la protección del consumidor, negociaciones colectivas entre trabajadores y empresarios, sanciones económicas en caso de guerra, educación, pesca o política industrial -por poner sólo unos cuantos ejemplos-.
El tercer factor consiste en que muchas de las nuevas materias de las que poco a poco se ha ido ocupando la Comunidad pertenecen a áreas muy complicadas de regulación económica (por ejemplo, telecomunicaciones, reglas de origen para las importaciones o normas de standarización), en las que se confía enormemente en las propuestas de los expertos de los servicios de la Comisión -eso sí, asesorados por lobbies adinerados y por funcionarios nacionales-.
El cuarto y último factor es, sin duda, el más importante de los que han permitido que la Comisión sea en nuestros días -a ojos de la opinión pública- el «bueno» o el «malo» de la película, pero casi nunca un actor secundario. Sólo a partir de mediados de los ochenta, empiezan a tomarse por mayoría la mayor parte de las decisiones en el Consejo. Hasta entonces, una interpretación extensiva del Compromiso de Luxemburgo de 1966 había hecho que la unanimidad fuera la regla dominante, a pesar de que la letra de los tratados preveía lo contrario. Tras la aprobación del Acta Unica Europea en 1986, los Estados miembros abandonaron en menos de un año su extenso poder de veto en el Consejo, lo que también desbloqueó a todos sus comités subordinados.
Al pasarse, por la vía de los hechos, de la toma de decisiones por unanimidad a la decisión por mayoría en el Consejo, la Comisión adquirió muchísimo más poder, al ser la iniciadora exclusiva de acciones comunitarias. No necesitaba consensuar sus propuestas con todos y cada uno de los gobiernos nacionales representados en el Consejo. La Comunidad empezó a legislar mucho más deprisa, y los borradores de reglamentos o directivas presentados por la Comisión se aprobaron en buena parte respetando su contenido original, al no existir ya necesidad de acomodar todos los puntos de vista de todos los gobiernos nacionales representados en el Consejo.
De este modo, en la segunda mitad de los ochenta y bajo el firme liderazgo de Delors, la Comisión dejó de ser comparable con un secretariado técnico de una organización internacional y pasó a tener un protagonismo político propio muy considerable. El déficit democrático comunitario se agravó al perder el Consejo la capacidad de poder decidir por unanimidad siempre que un Estado lo pidiese, y al reforzarse a cambio a la Comisión, una institución pequeña y tecnocrática, poco transparente en sus trabajos, muy abierta a la influencia de lo que en América se llaman «intereses especiales», y cuyos responsables no eran elegidos ni controlados democráticamente. Para remediar esta situación, la Comisión empezó a responder tímidamente ante el Parlamento Europeo, al que se otorgaron en esta época ciertos poderes legislativos que iban más allá del poder de consulta.
La trama de los poderes
Sin embargo, cabe afirmar que, si bien en la última década la Comisión ha ganado poder e independencia, en cierta medida ha seguído estando controlada por el Consejo, ya no mediante la regla de la unanimidad, sino por otras vías menos evidentes y eficaces. El nombramiento de comisarios y su relación con ellos es hoy en día clave para muchos gobiernos de los Estados miembros, así como la designación de los puestos de altos funcionarios de la Comisión según un sistema férreo de cuotas nacionales, en contra de la idea original de los Tratados de crear una verdadera función pública europea.
Esta nacionalización encubierta de la Comisión vuelve a demostrar que lo más original del entramado institucional comunitario es la manera, la intensidad y la opacidad con la que distintas instituciones comparten distintos poderes. Por ello, no se puede estudiar el papel que juega la Comisión en la construcción europea sin analizar su interacción contínua y estrecha en el Consejo (y, en menor medida, con el Parlamento y el Tribunal de Justicia). La Comisión no ha podido ser en los últimos años el motor de la integración europea o la causante de todos los males que aquejan a la Unión Europea (depende cómo se mire) sin la colaboración diaria de estos otros actores. Lo mismo ocurrirá en el futuro.
En los trabajos de preparación de la Conferencia Intergubernamental que comenzará en 1996 no se está prestando excesiva atención a la reforma de la Comisión Europea. No obstante, nadie pone en duda que en el Consejo debe mantenerse la regla de toma de decisiones por mayoría, al menos en los ámbitos en los que ya existe y que, por lo tanto, la Comisión seguirá jugando un papel principal en el desarrollo de la Unión. La vuelta a la toma de decisiones por unanimidad equivaldría casi al bloqueo permanente, ya que hay quince Estados representados en el Consejo y habrá veinte en menos de una década. De hecho, este fenómeno de bloqueo general se ha dado en los dos últimos años de actividad de la Unión Europea en los llamados segundo y tercer pilar (política exterior y de defensa y asuntos de interior).
Entonces, ¿por qué la Comisión no está siendo el principal objeto del debate sobre reforma institucional? En parte se debe a que entre los Estados miembros nadie quiere ser el primero en enseñar sus cartas. Pero también se debe a que la mayoría de los Estados miembros prefieren no resolver por ahora los problemas de falta de legitimidad y control político de la Comisión, para así mantener su influencia por vías de hecho sobre esta institución -aunque probablemente influyan menos de lo que piensan-.
Mientras tanto, la visibilidad de esta institución crece cada día. Basta recordar el espacio que dedicó la prensa a la elección del actual presidente Santer y compararlo con el que recibió Delors en su primera elección, en la que la Comisión casi tuvo que pagar un anuncio por palabras. Merece la pena, por lo tanto, entretenerse en esbozar las tres grandes opciones que existen para reformar la Comisión y disminuir su creciente déficit democrático.
Opciones para reformar la Comisión
La primera de esas tres posibilidades es transformar buena parte de la Comisión en agencias reguladoras independientes. Hay ciertas áreas que invitan a ello -defensa de la competencia, comercio exterior, política monetaria-, dada la necesaria independencia y la especialización técnica de sus funcionarios y por tratarse de materias en las que muchas veces se actua ya en la práctica como si se fuese una agencia independiente.
El control de estas agencias no se realizaría desde fuera más que a través de la supervisión judicial y del nombramiento de su presidente respectivo por las instituciones políticas. Los controles serían sobre todo internos, a través de sus reglas de funcionamiento, la profesionalidad exigida a sus empleados y la competencia entre sus unidades internas. Al contrario de lo que mucha gente afirma, no se estaría despolitizando a la Comisión, sino que se habría optado por una manera concreta de politizarla, que consiste en fiarse de las decisiones de los especialistas, todas ellas con consecuencias políticas.
La segunda gran opción para reformar la Comisión sería lograr su plena responsabilidad política ante el Parlamento. En Maastricht se avanzó en esta dirección. Los nuevos poderes legislativos y de control político otorgados al Parlamento han hecho que la Comisión tenga que dedicar mayor atención a la Cámara. No obstante, el Parlamento es todavía un órgano poco articulado, ya que tiene que actuar por mayoría absoluta para conseguir de verdad protagonismo legislativo y «co-decidir», como se dice en el argot comunitario. Carece todavía de poderes reales en muchas áreas claves como la agricultura, no controla el desarrollo legislativo por el sistema de «comitología» y no tiene capacidad de iniciativa legislativa. Además, en las decisiones importantes, las delegaciones parlamentarias funcionan atendiendo más a intereses nacionales que a razones ideológicas. Eso sí, el Parlamento es una institución emergente, y su supervisión de la Comisión será más eficaz a medida que la Cámara se acerque a la mayoría de edad. Pero para ello no sólo tiene que ganar credibilidad y legitimidad ante «la opinión pública europea» (si es que ésta existe), sino que los Estados miembros han de permitirle que continue su cada vez más incómodo crecimiento.
Nadie cree en que, a corto plazo, países como el Reino Unido o Francia estén dispuestos a que el Parlamento Europeo tenga poderes al menos equivalentes a los del Consejo. Así, la tercera posibilidad de reforma de la Comisión es la más probable, pues supondría conseguir que ésta respondiera políticamente ante el Consejo. Habría que hacerlo sin necesidad de volver a la regla de la unanimidad universal, y reduciendo la influencia de los gobiernos en la Comisión por la vía de los hechos. Para ello, a su vez, el Consejo y sus comités subordinados deberían ser reformados, de modo que se termine con el hiriente secretismo con el que se negocia y legisla, y de manera que esta institución se asemeje más a una cámara de representación territorial capaz de controlar, debatir y orientar públicamente la labor de la Comisión.
Por supuesto, es posible y deseable que la reforma de la Comisión tenga lugar siguiendo no sólo una de estas avenidas, sino las tres, dependiendo de las áreas en las que se necesite dotar a la Comisión de mayor o menor independencia y de la futura evolución del Parlamento y del Consejo. Y hay otras medidas que son necesarias para mejorar el trabajo de la Comisión, independientemente del modelo por el que se opte; por ejemplo, aquellas que permitan crear una función pública europea o controlar el fenómeno de representación de intereses.
Lo que hoy en día descorazona al estudioso del fenómeno comunitario es que se diga que la mejor clave para entender el presente de la Comisión es preguntarse si la buena relación entre Jacques Santer y Helmut Kohl tiene o no naturaleza feudal, y que entre los euroentusiastas se llegue incluso a echar de menos el doble mandato de Delors, porque era un presidente de la Comisión «con ideas propias», sin entrar a analizar cuáles eran éstas y cómo contribuyeron a agravar el déficit democrático. Por fortuna, en la Conferencia de 1996 los gobiernos nacionales tienen la oportunidad de reformar la Comisión para que ésta cumpla la importante función que le asignan los Tratados; para que encuentre sus límites y los pesos y contrapesos del ejercicio del poder comunitario queden restaurados de un modo inteligible.
Este hombre austríaco, nacido en 1880, se puede considerar como un pesimista nato, si bien de una gran lucidez. Amaba la noche porque, en su opinión, carece de enigmas y porque uno se hace compañía a sí mismo. Este hombre decía que el ser humano es cosa bien precaria porque edifica su vida en el vacío. El trauma de la gran guerra (1914-1918) le había afectado de manera definitiva. Él afirmaba que «los cinco años de esclavitud de la guerra me han arrebatado la mejor parte de mi vida».
Este hombre poseía el instinto de distinguir entre el moralista y el ético, pues no en balde contaba con una sólida formación: el Instituto Politécnico, después completa sus estudios filosóficos y, por fin, se convierte en ingeniero, como su padre. Ferviente antimilitarista, a este hombre solo le interesaba el contexto de sus pensamientos y sentimientos. Y decía: «el dolor espiritual es como una herida en el corazón». En sus demorados paseos por las orillas del Prater padecía su inseguridad nerviosa y sentía miedo del miedo. Pero cuando se ponía a escribir este hombre lo hacía con una tremenda frialdad e indiferencia. Sobre todo con una enorme lucidez, tanto respecto a lo individual como a lo colectivo. Veía el riesgo que implicaba el que una sociedad, la suya, se adentrara en la soberanía absoluta de la rutina y en la masificación indolente frente a cualquier cuestión moral. Este hombre se consideraba, en cuanto individuo, un revolucionario y, en política, un evolucionista. Pero rara vez este hombre se introducía por el sendero del optimismo, puesto que tenía como máxima una frase estremecedora: todo ser humano es el cementerio de sus propios pensamientos. Y llegó a manifestar que «en las culturas decadentes, la autenticidad se torna superflua, inconveniente y perjudicial».
Este hombre era un obseso del trabajo bien hecho, por considerar que forma parte de la necesaria armonía. De ahí que sus textos novelescos no expliquen, sino impliquen. Y el primero de sus deberes era «su» literatura; solo ponía energía en lo que elegía, con un rabioso deseo de claridad expresiva. De temperamento linfático y melancólico, este hombre taciturno se empeñó en ser escritor, alejándose de la psicología freudiana, con unos criterios disciplinados y estrictos, pero sin pluma fácil y rápida. Algunos lo han comparado con Proust. Escribía con pasión y dejó de ser bibliotecario e ingeniero a las primeras de cambio. Algo indeciso, y sabiendo que su formación intelectual tenía determinadas lagunas, escribió diez manuscritos de las doscientas primeras páginas de su gran obra. Obstinado, enérgico y poco accesible, como su abuelo paterno, este hombre consideraba la literatura como una interpretación de la vida, el combate por una naturaleza moral más elevada de la que iba encontrando a su paso. Y se proclamaba un furioso anti-Thomas Mann, del que no comprendía su éxito y a quien odiaba. Jamás creyó en el progreso, sino en la ascensión. Tal vez por ello varias editoriales le devolvieron su primera novela corta. Quizá también porque ocultaba la cabeza en sí mismo.
Este hombre tuvo un padre silencioso, algo medroso y timorato, que nació en la parte húngara -en Temesvar- del imperio austro-húngaro, ingeniero mecánico de profesión, y una madre, nacida en Linz, combativa y violenta. Martha, su mujer, había leído a los seis años todas las obras de Schiller. Este hombre, nacido en Klagenfurt, pasó su infancia en Steyr y aborrecía la Revolución Francesa tanto como la Escuela Imperial de educación y formación militar, a la que catalogaba como formadora de suboficiales. Todas estas connotaciones familiares le hicieron decir que «la vida es algo desagradable que se puede superar fumando». ¡Y bien que fumaba!
Este hombre consideraba que el mundo ignora lo peligroso que es un escritor: decir las cosas claras acarrea siempre disgustos para el escritor. La actitud de éste en la vida política es la de espectador impotente. Este escritor asumía que la cultura y el estado son entes antagónicos. En plena desolación admitía que todas las grandes épocas de la cultura son épocas de decadencia política; siempre lo grande, en el sentido de la cultura, fue apolítico y, aun, antipolítico. Pensaba que el error fundamental era intervenir en la cultura como en un cuartel general de prensa y propaganda. Es más, este escritor se atrevió a decir que no había que dejarse engañar por los programas de los partidos pues no son más que atavismos. A su juicio, mucho más importante es la indiferencia de los electores. Este escritor terció sin miedo alguno, en la polémica entre socialismo y liberalismo. Con respecto al primero, señaló que el problema más espinoso es la burocracia rampante y adormecedora, cuyo paradigma es la aplicación de una escolástica del Estado (en 1934 llegó a escribir que el Estado había servido para algo hasta ahora; que en esos momentos todo estaba a su servicio). Con respecto al liberalismo afirmó que ha llevado el librecambismo al ámbito de la opinión, si bien reconocía que ha sido un factor de progreso, pero centrífugo.
Este hombre reconoció que la política es una caricatura de la actividad creativa: produce una moral vinculante, sin valores sólidos; no mantiene las promesas y los objetivos se aplazan indefinidamente. Asimismo pensaba -por escrito- que la dignidad personal del político se constituye en el factor político de primera línea. Por derecho atacó el gran peligro del sistema electoral: el acceso de hombres mediocres y perversos a la cumbre del poder… pensando en Hitler. También fustigó al nacionalsocialismo y a la socialdemocracia, pues las consideraba unas ideologías que pretendían que no hubiera más orden espiritual que el suyo, es decir, que se metieron de hoz y coz en un sectarismo vulgar. Al hilo de esto añadía que la gloria de Rilke se va desvaneciendo y todo se hace silencio a su alrededor.
Este hombre, que convivió con grandes figuras de la cultura alemana -Wittgenstein, Krause, Klimt, Kokoschka, los Mann, Rilke, Broch, Freud, Jung, el eterno Jünger, etc.- se llamaba Robert Musil, el autor de El hombre sin atributos y de Las Tribulaciones del joven Törless. Como amaba la noche, se le puede aplicar el decir de Saint- Exupèry: «solo me acompañan las estrellas».
Este hombre, este escritor, fallecería en el exilio de Ginebra, en 1942: contaba sesenta y dos años. Y desde siempre se había proclamado como un furibundo antitotalitario, fueran nazis o comunistas los que gobernaran. Sencillamente, él aspiraba a la libertad, pero no pudo disfrutarla.
Vuelve el tema de España a la poesía española actual, cuando falta ya poco para las celebraciones de 1998. Cien años después, necesitamos igual o más que entonces de un ideario regeneracionista para seguir creyendo en un país que los falaces nacionalismos de vía estrecha han pretendido en vano borrar del mapa. A las usuales reivindicaciones de algunas de las tribus peninsulares alegando que el prestigio de su cocina o la antigüedad de su literatura vernácula exigen a la corta o a la larga un status de independencia, suelo yo responder con aquello (que cada vez nos pasa a más españoles) de que uno no sabe qué es España hasta que ha paseado por las Siete Calles de Bilbao o ha visitado el mercado barcelonés de Sant Antoni en busca de cromos o tebeos.
Jorge Luis Borges es uno de los grandes maestros de la «línea clara» en la poesía del siglo XX. Eso es, creo yo, bastante obvio. Como obvia es la deuda que los mejores poetas españoles de este fin de siglo han contraído con la escritura del argentino. Pues bien, incluso Borges crea jurisprudencia poética en el tema de España con un bellísimo poema escrito en 1964, publicado en las páginas 195-196 de su libro El otro, el mismo (1969) y titulado «España», así, a secas, como el mío incluido en El otro sueño ( 1987) y que también ofrezco, a continuación del de Borges, para darle confianza a un país en peligro, pero con vocación histórica y moral de no hacerse pedazos.
ESPAÑA
Más allá de los símbolos,
más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios,
más allá de la aberración del gramático
que ve en la historia del hidalgo
que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue,
no una amistad y una alegría
sino un herbario de arcaísmos y un refranero,
estás, España silenciosa, en nosotros.
España del bisonte, que moriría por el hierro o el rifle
en las praderas del ocaso, en Montana,
España donde Ulises descendió a la Casa de Hades,
España del ibero, del celta, del cartaginés, y de Roma,
España de los duros visigodos,
de estirpe escandinava,
que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas,
pastor de pueblos,
España del Islam, de la cábala
y de la Noche Oscura del Alma.
España de los inquisidores,
que padecieron el destino de ser verdugos
y hubieran podido ser mártires,
España de la larga aventura
que descifró los mares y redujo crueles imperios
y que prosigue aquí, en Buenos Aires,
en este atardecer del mes de julio de 1964,
España de la otra guitarra, la desgarrada,
no la humilde, la nuestra,
España de los patios,
España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios,
España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad,
España del inútil coraje,
podemos profesar otros amores,
podemos olvidarte
como olvidamos nuestro propio pasado,
porque inseparablemente estás en nosotros,
en los íntimos hábitos de la sangre,
en los Acevedo y Suárez de mi linaje,
España,
madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones,
incesante y fatal.
J. L. B.
ESPAÑA
Es un lugar muy triste que ha prohibido los héroes
y ha dejado pudrirse las rosas del escándalo.
Siempre he vivido en él. No sé si en otra parte
habrá tantos borrachos y chicas tan espléndidas.
Es sólo un lugar pobre que ha perdido su alma
sin ganar nada a cambio, un lugar sin futuro,
un puñado de tierra desunido y estéril.
Por él daría mi sangre hasta la última gota.
L. A. de C.
Desde el primero de Noviembre de 1993 hasta la cumbre del Consejo de Europa de 1996 en que será revisado el Tratado de Maastricht, Europa tendrá que orientar sus pasos en una de estas dos direcciones. O avanza en el camino de la centralización y burocratización o estabiliza y reduce sus actuales niveles de centralización. La ampliación del número de miembros para 1995 y sobre todo la naturaleza profunda de Europa, me induce a pensar que finalmente asistiremos más a una estabilización en las cesiones de soberanía que a un proceso de federalización de Europa. A continuación me extenderé un poco en estas dos ideas: el carácter histórico profundo de Europa y el peso de la opinión como elemento de control de los gobiernos nacionales. En 1981, el historiador Eric L. Jones publicó un espléndido libro titulado The European Miracle con el objeto de encontrar una explicación al hecho de que hacia el año 1450, un pequeño y pobre continente fuera capaz de iniciar una preponderancia de civilización tan espectacular y dilatada sobre otros continentes y culturas. La tesis del autor es que la esencia de Europa reside en su pluralidad y diversidad junto a la existencia de poderes políticos efectivos, pero limitados, de alcance regional y en los nuevos Estados nacionales. Gracias a una gran diversidad de espacios geográficos, climáticos y sobre todo, a la ausencia de un poder imperial homogeneizador y centralizador, las plurales y abiertas sociedades europeas consiguieron generar un desarrollo político, cultural y económico singular, que posteriormente demostró sus potencialidades y capacidad de adaptación en otros continentes. Si la esencia de Europa es su diversidad y pluralidad, entonces se entienden mejor las resistencias que durante siglos han tenido los europeos a someterse a cualquier poder unificador y burocrático, ya fuera producto del racionalismo revolucionario francés con Napoleón o con el totalitarismo nazi o comunista. Por el contrario, el Imperio Austrohúngaro es una confirmación de la tesis de Jones: el respeto de la libertad, diversidad y pluralidad de los pueblos que componían el Imperio, posibilitó un factor de equilibrio centroeuropeo hasta el inicio del siglo XX que todavía no se ha recuperado. La reconstrucción de Europa Occidental en el siglo XX, después de dos guerras mundiales, que en Europa fueron guerras civiles, comenzó en 1945 y es evidente que los procesos de cooperación e integración desde el Plan Marshall a la CECA y posteriormente el Tratado de Roma, han sido un rotundo éxito. Esa es la senda por la que pretenden transitar los otros europeos del centro y del este de Europa, en un camino iniciado en 1989, después de la caída del muro de Berlín. Precisamente lo que atrae a los otros europeos es el ejemplo de la CEE, su caracter consensuado, abierto y libre. Justo lo contrario de lo que era el COMECON: un sistema coercitivo de resultados desastrosos. A mi juicio, el significado del reducido entusiasmo que ha suscitado Maastricht, es debido al hecho de que los europeos desean una Europa abierta y libre sobre la base de sus respectivos Estados nacionales. Así por ejemplo, los daneses han reconocido la virtualidad de la CEE (no olvidemos que Dinamarca aprobó en referéndum el Acta Unica Europea), pero se han opuesto a la constitución de un nuevo centro de poder federal en Bruselas. Si esto es así, lo que se ha puesto en crisis en relación al Tratado de la Unión son unos plazos, un procedimiento y un concepto de construcción de Europa que avanza por el camino del idealismo y de la centralización, en dirección contraria del realismo, del paso a paso y de esa esencia de Europa fundada en la diversidad y pluralidad. Una última reflexión sobre el concepto de la opinión. Un grabado de Hollar, fechado en 1641, contenía la frase siguiente: El mundo está gobernado y dominado por la opinión y esa fue una idea extendida posteriormente por otros pensadores, como Hume. Los ciudadanos europeos han sido muy conscientes y celosos de la eficacia de la opinión como elemento de control de sus gobiernos. Por ello la desconfianza al nuevo centralismo de Bruselas se fundamenta en un concepto muy claro de lo que es el peso de la opinión pública nacional como poder constituido, como elemento efectivo de control de los respectivos gobiernos. Cualquier gobierno de una democracia consolidada que pretenda gobernar ignorando o contraviniendo la opinión, tiene sus días contados. Eso lo saben perfectamente los ciudadanos europeos y las reservas expresadas al Tratado de Maastricht se basan en que no quieren perder voluntariamente el control de sus gobiernos por medio de sus opiniones nacionales, sustituidos por una nueva e inexistente opinión europea; los europeos no quieren trasladar el control que ejercen sobre sus gobiernos a una burocracia instalada en Bruselas sin un mandato imperativo de una opinión pública articulada. En el último debate parlamentario sobre la Unión Europea celebrado en España, hasta los socialistas han reconocido dos cosas: no es posible imponer el Federalismo en Europa y tampoco va a aprobarse una Constitución Europea en un plazo políticamente previsible. Y es que la Historia, la naturaleza profunda de este continente, termina por imponerse incluso a los más idealistas. La realidad termina por imponerse y da la razón a Sancho Panza frente a Don Quijote.
Las grandes verdades, las que suelen escribirse con mayúsculas, las que son esenciales para la filosofía, la religión o la historia, con frecuencia a la literatura le vienen grandes. Esto no es algo que cualquiera esté dispuesto a admitir y hay quien, en este final de siglo, ocaso de tantas ideologías menos de las radicales, haciendo acopio de epítetos y buenas intenciones, defiende la necesidad de un pensamiento fuerte allí donde su efecto es letal: en el campo literario.
Los que reclaman con insistencia la necesidad de un pensamiento fuerte creo que aspiran, por la eterna ley de las compensaciones, a librarse de su condición de alfeñiques ideológicos con proclamaciones de una ejemplar fortaleza. Suponen que a cada obra literaria, a cada capítulo o a cada poema le ha de preceder una intención ideológica, un proyecto sistemático, como a cada militante de un partido le precede un carnet. Gustan de segundas y terceras lecturas, que desentrañen contenidos ocultos, olvidando el significado de la más elemental: la primera. Esperan con impaciencia una «ruptura epistemológica» como aquellas que rastreaban con avidez algunos discípulos aventajados de Gaston Bachelard, y, como inspirados por el lema de Gustav Aschenbach de Thomas Mann, «Resistir», miran desdeñosos las modestas conquistas del humor o el divertimento literario.
En nuestro siglo, cuando han aparecido declaraciones solemnes y afirmaciones categóricas de verdades irrenunciables -pienso en el Miguel de Unamuno agónico o en el tronante y torrencial Giovanni Papini- ha sido a costa de desvelar patéticas tesituras personales -que causan espanto en el lector más templado- y crisis ideológicas anunciadoras de los primeros fascismos, en países -España, Italia- en que las llamadas al orden y las peticiones de cirujanos de hierro fueron de una desdichada frecuencia. Sin escapar de ese mismo horizonte, con el mismo tonelaje y menos alharaca, el orondo Gilbert Keith Chesterton acogía en sus afables brazos a millones de descarriados que hallaban en un inteligente humorismo el dulce lenitivo para sus heridas.
De la anemia espiritual-no se sale con proyectos fáusticos ni declaraciones solemnes, sino practicando una dieta más variada. Persuadido de esta higiénica medida, que un destino generoso ha puesto en mis manos bajo la forma de una porción de novelas y publicaciones periódicas de comienzos de siglo, me he entregado a su lectura.
ESPÍRITU DE UNA ÉPOCA
«Que mi leve tono sea codicia de espíritus curiosos, recreo de cultos, solaz de frívolos, enemigo del tedio y entretenimiento de la inquieta avidez de arte y emoción, que llena el espíritu moderno». Con tan cervantina disertación se presentaba a los lectores de los felices veinte una colección de novela breve, La novela semanal (1). No era la única; otras se le anticiparon en la década anterior con los mismos propósitos y otras muchas se encargaron, en la siguiente, de mantener vivo el interés por una literatura fidelísimo espejo de las inquietudes y los gustos de una época.
Cuando en el drama valleinclanesco Luces de bohemia (1924) el ciego Max Estrella para comprar un décimo de lotería manda empeñar la capa al Chico de la Taberna, el emisario le responde: «Como la corza herida, don Max» (Escena Tercera). El símil -y la contrarespuesta, de burlona consagración: «Eres un clásico»-surge de alguien que ha frecuentado la literatura, no sólo oyendo declamar a los poetas modernistas (2), sino leyendo historias de desconsoladas viudas, crímenes atroces, abandonos imperdonables y reconocimientos in extremis, adornados con un lenguaje sublime. La airosa salida del joven ayudante de Pícalagartos es también la confirmación de la condición literaria del interlocutor, el ciego poeta Malaestrella, a quien se trata con palabras resabiadas por ser hombre de letras. Este ánimo literario, de reconocimiento y entrega, en una expresión diferenciada -ritualización del habla tan del gusto de los pueblos meridionales-, resulta inexplicable sin una difusión previa del material literario. Los españoles del XIX, como sus conciudadanos europeos, conocieron los clichés literarios de una sensibilidad postromántica, del folletín y la novela por entregas, cuya importancia no es nada desdeñable -ahí está su influjo en autores del 98, como Baroja, lector voraz de los folletinistas franceses, desde Eugéne Sue hasta Xavier de Montepin-. Y también los españoles de las primeras décadas del XX se entusiasmaron con las populares novelas y cuentos de quiosco que hasta el estallido de la guerra civil tuvieron un éxito sin precedentes.
Quien mejor podio percatarse de la revolución editorial que los nuevos autores del relato popular -a cuyas primeras hornadas se conoce como «novelistas de la Regencia», «promoción de El Cuento semanal», «generación de 1886», o «epígonos del 98» (3)- habían propiciado, era alguien de una escuela y una generación anterior como Pérez Galdós. En la primavera de 1918, don Benito, sumido ya en la ceguera, recibe en su casa de la calle de Hilarión Eslava a Federico Carlos Sainz de Robles, a quien le confiesa: «Poco, muy poco, leían los españoles de mi tiempo. Una edición de dos mil ejemplares tardaba en venderse ¡qué sé yo el tiempo! Y el precio de los libros mejores era irrisorio: dos, tres pesetas… Ahora, estos jóvenes hacen tiradas de cuatro mil y cinco mil ejemplares y se agotan en menos de un año. Han logrado el milagro de que el pueblo se apasione por las novelas» (4)
No exageraba un ápice el veterano escritor al hablar de milagro: entre 1907 -fecha de aparición de El Cuento semanal- y 1936, encontramos publicaciones como El Cuento semanal, Los Contemporáneos, El Cuento Azul, El Cuento Galante, El Cuento Popular, Los Cuentos Extremeños, Cuentos Galantes, Cuentos del Sábado, La Novela de Bolsillo, La Novela Corta, La novela de Hoy, La Novela del Jueves, La Novela Mundial…, en larga serie de hasta un centenar de colecciones distintas. El título de alguna, como La Novela Teatral, proclama el asalto a la convención de los géneros. Todas ellas salieron a la calle en menos de treinta años, con frecuencia de forma simultánea y sumando entre sí la nada despreciable cifra de más de diez mil títulos.
En esa masa novelesca se observan dos grandes orientaciones de signo social: la primera atiende a una tendencia burguesa cuyo modelo inaugura Eduardo Zamacois con El Cuento Semanal; la segunda, que conoce su mayor auge tras la caída de la Dictadura de Primo de Rivera, nace bajo el signo característico de una de sus colecciones, La novela proletaria (5), como obras de agitación y propaganda. Ambas alcanzan generosas tiradas: de El Cuento Semanal llegan a imprimirse hasta setenta y cinco mil ejemplares, vendidos en un plazo breve, y algunos números tienen varias ediciones. Los autores están muy bien pagados -hasta mil quinientas y dos mil pesetas, de las de entonces, para las firmas de postín-, algunas colecciones tienen una excelente calidad de impresión -papel cuché, varias tintas, limpieza de tipos- y el bajo precio del ejemplar -treinta, cuarenta, sesenta céntimos- obliga a las editoriales -las de Zamacois y Antonio Galiardo, Artemio Precioso, Nicolás Urgoiti, los hermanos Sáez, la familia Montseny, Prensa Popular, Renacimiento, Editores Reunidos…- a embarcarse en tiradas masivas.
Pero, además de su cantidad, ¿qué otras virtudes tenían estas publicaciones para resultar tan admirables?. Aunque no contase con otras, tres tuvieron de forma eminentísima: fomentaron el interés por la lectura, contribuyeron a crear una nueva sensibilidad que rompía con los excesos retóricos y argumentóles de la novela folletinesca, y su nuevo modelo literario permite vislumbrar en nuestros días las claves de la vida a comienzos del siglo XX.
Al erudito Sainz de Robles le gustaba ejemplificar en el bello ex-libris de las primeras obras de Felipe Trigo, compuesto por una muchacha en escorzo rodeada de la leyenda «Yo hablo en nombre de la vida», el espíritu de los nuevos autores populares. Un ideal vital y literario -en su vertiente no combativa- en el que se unían epicureismo, refinamiento sensualista a lo D’Annunzio y cierto naturalismo decantado de sus excesos zolanescos. Esta no era la imagen de toda la literatura popular del momento -estaban los pelmazos de los relatos sicalípticos y los aguerridos cantores de la Revolución-, pero sí su versión más optimista y brillante.
UNA VASTA NÓMINA
En las revistas -por su formato, periodicidad y precio, lo son- populares de novelas y cuentos conviven autores de varias generaciones y tendencias: continuadores del realismo decimonónico como el mismo Benito Pérez Galdós, doña Emilia Pardo Bazán, Jacinto Octavio Picón o Armando Palacio Valdés; noventayochistas como Pío Baroja, Miguel de Unamuno o Valle-lnclán; epígonos del 98 como Manuel Bueno o José María Salaverría; novecentistas como Ramón Pérez de Ayala, Gabriel Miró o Benjamín Jarnés; autores personalísimos e inclasificables como Wenceslao Fernández Flórez o Ramón Gómez de la Serna -para quien su propio padre, don Javier, montó una revista, Prometeo, que entre 1908 y 1912, se nutría del material del autor-; junto a los nuevos «promocionistas» Eduardo Zamacois, Alberto Insúa, Francisco Camba, Cristóbal de Castro, Pedro Mata, Salvador González Anaya, Rafael López de Haro, José Francés, José López Pinillos -«Parmeno»-, Pedro de Répide, Alvaro Retana, Antonio de Hoyos y Vinent, Emilio Carrére, José María Carretero -jugando con su pseudónimo y el mal gusto de muchas de sus páginas algunos le llamarán «El Carretero Audaz»-, Eugenio Noel, Felipe Trigo. En la nómina, de casi doscientos nombres, no faltan los de políticos como Luis Araquistain -autor de trece títulos para La novela de Hoy-, Salvador Seguí, Marcelino Domingo o Rafael Sánchez Guerra, ni de mujeres escritoras: Carmen de Burgos -la famosa «Colombine»-, Concha Espina , Margarita Nelken o Sara Insúa.
Entre autores de tan distinto pelaje, edad y condición, no es fácil, pese a haberse intentado en numerosas ocasiones, hacer una clasificación que los acoja a todos con justicia. Ya en la época, el maestro de jóvenes talentos, animador de tertulias y experimentos de vanguardia Rafael Cansinos Asséns intentó una clasificación heterodoxa y singular. Atendiendo al tema preferente de la obra de cada uno, los dividió en intelectuales, arcaizantes, castellanistas, madrileñistas, orientalistas, eróticos y cantores de la provinciaó. Es evidente que a Cansinos le faltaba la famosa perspectiva orteguiana: su taxonomía era del mismo tipo que la que le permitió a Borges, en Otras inquisiciones, bucear en una apócrifa enciclopedia china y dividir los animales en a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos… y así hasta el delirio. No en vano Cansinos y Borges fueron amigos. Sainz de Robles quiso poner coto a la desbordante imaginación del sevillano recordando que la mayor parte de estos autores, a cuya promoción el mismo Cansinos pertenecía, escribieron novelas madrileñas, castellanas, naturalistas, costumbristas, etc., por lo que se vio obligado a crear una nueva clasificación que tuviese en cuenta el mayor o menor acercamiento de los autores a la novela, o su dedicación, además, a otro género. Pero la variedad temática reseñada por Cansinos es reveladora no sólo de la condición plural de estas colecciones, sino de la mayor parte de los autores, que frecuentan también registros expresivos muy diversos. El caso de Ramón Pérez de Ayala, al que cabe considerar tanto novelista intelectual como costumbrista, de derivación hacia lo erótico como cantor de la provincia, aducido por Sainz de Robles, es significativo.
Independientemente de la condición de estos nombres, la simple lectura de tan variada nómina permite dos melancólicas reflexiones. Una tiene que ver con la naturaleza fugaz del trabajo literario: aquellas figuras de valía que pasaron su vida con la pluma en la mano, que dieron a la imprenta miles de cuartillas, cuyos venerables retratos -en colecciones como Los 13- reproducen las portadas de las publicaciones, sus nombres repetidos por los voceadores en las populosas calles madrileñas, Ubi sunt?. No, desde luego, en el panteón de hombres ¡lustres de la historia de la literatura. Unos cuantos alcanzaron esa honra. De alguno hay una imagen sesgada o equívoca -Manuel Bueno parece condenado a ser sólo el involuntario causante de la manquera de Valle-lnclán-. De la mayoría, se silencia el nombre en los audaces repertorios de los manuales.
La otra cuestión nos obliga a ser nuevamente nostálgicos -el nostálgico, ese optimista del pasado-, pero es que… hubo una vez un tiempo en que los escritores vinculados a determinadas publicaciones eran mimados por éstas, y a su vez compartían lazos de amistad y admiración con autores y patronos de otros grupos: tertulias, redacciones de revistas y periódicos, fueron un semillero de ideas y de trabajo. La lectura de estas obritas y el análisis de sus relaciones editoriales nos proporcionan múltiples ejemplos de ello. Aquí, como en las espléndidas Memorias de Eduardo Zamacois (7) y de César González Ruano (8), hay constancia de una fraternal camaradería entre escritores que se sobrepone a su condición vulnerable y a las limitaciones de un destino incierto. Sólo los compromisos de la batalla política en los años treinta y la posterior guerra civil materializó distanciamientos, revalidó antipatías y radicalizó actitudes ahondando el pozo entre las dos Españas.
Cuando aún hoy se pretende establecer dicotomías tan innecesarias como irrelevantes entre autores ideológicamente distanciados, habría que recordar que figuras como César Arconada o José Díaz Fernández, punzantes novelistas sociales o «de avanzada» y mentor, el segundo, de «El Nuevo Romanticismo», que daba contenido programático a la literatura reivindicativa (9), no dudaron en colaborar con esa otra pandilla de vanguardistas y estetizantes formada por Benjamín Jarnés, Ramón Gómez de la Serna, Antonio Espina, Antonio Botín Polanco y Valentín Andrés Alvarez. El resultado: un delicioso volumen colectivo, prologado por Jarnés y titulado Las 7 virtudes (10).
LA NOVELA DE UNA HORA
Una de las colecciones que tengo ante mí es La novela de una hora. Publicada por Editores Reunidos, con sede en la calle conde de Aranda e impresa en los talleres de la Imprenta Clarasó de Madrid, sus dieciocho volúmenes de pequeño formato y relucientes portadas en color ilustradas por los dibujantes Bocquet y Longoria, los firman Palacio Valdés, Wenceslao Fernández Flórez, Pedro Mata, Manuel Bueno, Concha Espina, Eduardo Zamacois, Jardiel Poncela, José Mª Salaverría, Alberto Insúa, Francisco Camba, José M9 Pemán, Cristóbal de Castro, Mariano Tomás, Benjamín Jarnés, Lino Novás Calvo, Rafael López de Haro y Rafael Pérez y Pérez. El primer título aparece el 6 de marzo de 1936; el último, el 7 de agosto del mismo año. La guerra dejó inconclusa la serie que prometía obras de Luis Araquistain, Pío Baroja, Emilio Carrére «y otros famosos autores».
Las historias que aquí se ofrecen son de muy variada tendencia: van desde el realismo convencional -de Los contrastes electivos de Palacio Valdés o Nadie quiere a nadie de Concha Espina-, al lirismo preciosista -El pescador de estrellas de Mariano Tomás o El vuelo inmóvil de Pemán-, pasando por el humor astracanado de Jardiel Poncela -Los 38 asesinatos y medio del castillo de Hutt-, el impecable relato pirandelliano de Fernández Flórez -Un cadáver en el comedor-, el divertimento intelectual de Jarnés -Don Alvaro o la fuerzo del tino-, el decadentismo tremendista de Lino Novás Calvo -Un experimento en el Barrio Chino-, el cientifismo pietista de Manuel Bueno -El misterioso amor-, las tesis galantes de Pedro Mata -El número uno-, Zamacois – Los que se van piden perdón- o Insúa -El secreto de la abuela-. Pese a la creciente conflictividad social en las fechas de salida de la serie, no hay más que un título alusivo a la lucha de clases y, de forma tangencial, a la situación revolucionaria del momento: Aquellos días de octubre, llamativamente subtitulado Confidencias de una espía rusa, aparece, firmado por Martínez de la Riva, el 7 de agosto de 1936, ya iniciada la guerra.
A las páginas de estas obritas asoman costumbres y actitudes que poco tienen que ver con las del siglo anterior. Se exalta la máquina y se glorifica la velocidad; se practica el higienismo y se renueva la fe en la medicina científica; del psicoanálisis se habla como de una nueva religión; se procura el confort de la casa y de los locales públicos; se invita a la voluptuosidad del viaje y a la aventura del mundo. Además, sus autores se rinden nuevamente al afán colectivista, tan querido de los movimientos de vanguardia, y, al cierre del texto de la obra principal, se ofrece una «novela multiplicada; cada capítulo, un autor». Esta obra colectiva, titulada Cien por cien, da la oportunidad de colaborar a otros autores -Emilio Carrére, Roberto Molina, Artemio Precioso, Tomás Borrás- ajenos a la colección.
Las dieciocho obras de La novela de una hora son el paradigma de la literatura popular: excluidas de los manuales, inaccesibles hoy para nuevos lectores e ignoradas por el gran público, como si su frágil condición estuviese vedada a nuevas ediciones, sólo tendrán interés para quien sienta en su efímera materia el pulso de otra época, la vida de otros hombres. •
(1). «Al público», La novela semanal, Madrid, 25 junio 1921, nº1
(2). Como señala Alonso Zamora Vicente, en La realidad esperpéntica, 2º ed., Madrid, Gredos, 1974, exhumando algún ejemplo similar.
(3). Según Luis S. Granjel, F. C. Sainz de Robles, Julián Marías y Eugenio de Nora, respectivamente.
(4). F. C. Sainz de Robles, La novela española en el siglo XX, Madrid, Pegaso, 1957, pág. 130.
(5). Estudiada por Gonzalo Santonja: La novela proletaria, 1932-1933, Madrid, Ayuso, 1979, 2 vols.; La novela revolucionaria de quiosco, 1905-1939, Madrid, El Museo Universal, 1993.
(6). Rafael Cansinos Asséns, La Nueva literatura, (II. Las Escuelas), Madrid, Páez, 1925.
(7). Un hombre que se va, 2º ed., Buenos Aires, Salvador Rueda, 1969.
(8). Memorias. Mí medio siglo se confiesa a medias, Madrid, Tebas, 1979.
(9). Además del empeño en la lucha antidictatorial y revolucionaria, que aspira a cercenar el liberalismo (por caminar «a ciegas en el laberinto de los problemas nacionales», etc.), Díaz Fernández no deja de caracterizar el arte como «alegría, vitalidad, plasticidad e ironía». El nuevo romanticismo, ed., estudio y notas de J.M. López de Abiada, Madrid, J. Esteban Ed., 1985.
(10). Las 7 virtudes, Madrid, Espasa Calpe, S.A., 1931. La obra aparece como réplica de la francesa Les 7 pechés capitaux, firmada por Jean Giraudoux, Paul Morand, Pierre Mac-Orlan, André Salmón, Max Jacob, Jacques de Lacretelle y Joseph Kessel, cuya versión española publicó la editorial Biblioteca Nueva.
Trazar en unas pocas líneas el esquema de lo que sería un panorama de la literatura española de ahora mismo es bastante complicado. Pocos panoramas hay más entrecruzados de caminos diferentes ni de perfiles más difusos. A un sinfín de tendencias narrativas y poéticas, casi tantas como escritores, se suman hasta cinco generaciones literarias distintas (incluidos los supervivientes del grupo o generación del 27) que conviven a un tiempo. Por ello, y a la vista de anteriores panoramas esbozados en estas mismas páginas, daremos cuenta, a través de un corte en un período breve, de autores con obra reciente que juzgamos de interés.
Hemos mencionado el término generación. Desde que el alemán Petersen lo aplicó a la historia de la literatura, casi ningún otro concepto ha gozado de menos credibilidad y, paradójicamente ha sido más utilizado que éste, con una porción de cuestiones sin resolver: falta casi siempre el líder o jefe que ejerza el caudillaje; las edades oscilan más allá de lo razonable, dejando a alguien fuera; los acontecimientos generacionales no están claros (¿fue mayo del 68, por ejemplo, tan decisivo en Madrid como en París?; ¿da la fecha, sin un esfuerzo imaginativo, como para montar una generación?) etc. Con todo, sin ser muy quisquilloso, hablar de generaciones, como simple referencia cronológica y distanciadora de comportamientos estilísticos, resulta cómodo. Así lo hago para el recuento de apariciones literarias de 1992.
Desde el punto de vista de la recepción de la obra, el mercado editorial, perífrasis tan del gusto de los especialistas, parece responder a conductas anómalas, al menos en relación con otros países. En esto, como casi en todo, hay mucho aventurerismo: pagos millonarios por libros que nunca llegarán a venderse, lanzamientos publicitarios para la venta masiva de una obra no siempre sólida, saturación del mercado con nuevas colecciones que destrozan los precios de títulos aparecidos en otras, etc. Un conocido editor ha recordado estos días que mientras en los U.S.A. se editan unos 50.000 títulos nuevos cada año (aproximadamente un libro por cada cinco mil habitantes) y en Francia unos 30.000 (un libro por cada dos mil habitantes), en España se editan nada menos que 40.000 títulos nuevos, lo que supone un libro por cada mil habitantes. Ya decía Pareto que el comportamiento de los individuos es alógico. Si acudo a la melancólica repetición de esas cifras, con sus mostrencos nacionalismos, es porque parecen demostrar que no se ha conseguido ni equilibrar el mercado ni hacer a la gente más leída o más culta. Sin embargo, la pueril e interesada obsesión por las novedades y el afán por hacerse con un «best-seller anual» sí está llevando a una saturación que hace peligrar la vida de más de una editorial y el trabajo de mucha gente.
Creo que convendría también hacerse el sordo ante algunas lamentaciones. Como es la de que los libros de ficción (el carácter utilitario de los metafictivos les da mejor salud) se editan cada vez menos (se señala que bajaron un 4% en 1991 con respecto a 1990). La proliferación de obras literarias, y de supuestos entendidos y especialistas a su alrededor, siempre me ha recordado la llegada a algunos países subdesarrollados: son muchos los improvisados guías que le ofrecen sus servicios, pero muy pocos los monumentos que tienen interés para el turista. Leyendo ciertos títulos, oír de reducción o merma en las salidas es un alivio.
Si nos acogemos a un criterio drásticamente reduccionista, dos son las tendencias esenciales en la poesía española contemporánea. Una es la llamada poesía de la experiencia, heredera formal y temáticamente del mundo clásico, el modernismo y la generación del 50 (Jaime Gil de Biedma, Francisco Brines). Se aleja de las estridencias vanguardistas, cultiva el distanciamiento por el humor, metros conocidos, las referencias culturales del pasado y la anécdota personal. Sobre esta corriente predominante, aunque con contraejemplos significativos, se ha publicado un libro incisivo y divertido: La poesía figurativa. Crónica parcial de quince arios de poesía española, (Madrid, Ed. Renacimiento, 1992) del poeta y crítico José Luis García Martín. La otra corriente es, fundamentalmente, la llamada poética del silencio, aunque también cabe hablar de otros apellidos (escuela leonesa, grupo de Valladolid, etc.) Prefieren un desnudamiento del verso hasta quintaesenciar a veces su contenido y su forma, en la línea de la poesía pura; o reflexionan, a través de lametapoesía, en el poema sobre el poema mismo. Están más vinculados a autores como el poeta mexicano Octavio Paz, o las vanguardias, que la anterior. Creen en una esencia poética de difícil contextualización literaria y apuestan por la condición demiúrgica del poeta. Aunque, desde el punto de vista práctico, lo importante son los resultados y las diferencias de escuela no debieran serlo personales, tanto en los congresos como en esas terapias ocupacionales de algunos cursos de verano se ha llegado a radicales enfrentamientos.
Como recuperación precisamente de la mencionada generación del 50, la «Colección Retorno» de la madrileña Ediciones La Palma, ha editado obras hace tiempo agotadas. El vuelo de la celebración (1976) de Claudio Rodríguez, Cuanto sé de mí de José Hierro, Antiguo muchacho (1950) de Pablo García Baena, Como si hubiera muerto un niño (1961) de Carlos Sahagún, han salido a la calle en 1992. Se anuncian títulos de Francisco Brines, Rafael Morales, Eladio Cabañero y Luis Feria, también inencontrables.
Faltos de un estudio que se ocupe de sus respectivas obras, los malagueños María Victoria Atencia y Rafael Pérez Estrada (1934), y el sevillano Joaquín Márquez (1934) pertenecen a la misma generación del 50, aunque presentan especiales rasgos de insularidad lírica. De una antigua dicción y una sintaxis larga, Atencia da en El Puente (Valencia, Ed. Pretextos, 1992) veinticinco poemas en torno a la Praga de Kafka que confirman su oficio. En La intrusa (Sevilla, Ed. Renacimiento, 1992), de mayor variedad temática, insiste en la tendencia sacralizadora de una poesía que requiere la adopción continua del hipérbaton, subidas de tono en los apostrofes y afirmaciones dramáticas de un sujeto poético compungido. Todo un poco teatral, quizá, pero espléndido en el fondo (el que apunta a la precariedad de la existencia). Pérez Estrada, por su parte, recoge en los poemas de La noche nos persigue (Madrid, Ed. Signos, 1992) un conjunto de percepciones rápidas y precisas que inciden en la riquísima imaginería del autor. El pensamiento analógico surge con fuerza en una captación inusual de situaciones, personas y objetos. La irregularidad métrica de los poemas, en los que se plantea a veces como el titubeo de una afirmación o una idea, suele cerrarse con eficaces esticomicias de sentido irónico. Joaquín Márquez, autor también de varias novelas, ha hecho una muy buena selección de poemas amorosos de entre su abundante producción: De tanto amor eterno. Antología 1973-1990 (Sevilla, Ed. Renacimiento, 1992). Inolvidables los poemas sobre figuras del pasado: Juana de Ponthieu, el califa Abu Yacuf Yusuf, Jacobo Casanova.
LAS NUEVAS PROMOCIONES
De una generación posterior, Juan Luis Panero (Madrid, 1942), en la línea de sus anteriores Juegos para aplazar la muerte (1984) o Antes que llegue la noche (1985), ofrece en Los viajes sin fin (Barcelona, Ed. Tusquets, 1992) temas de su universo poético: las sombras tenaces del paso del tiempo, la mirada sin entusiasmo paseando por las calles de París o de Méjico, fantasmales habitaciones de hotel, el reiterado recuerdo de la muerte, la evocación de autores con aura de malditos.
Jesús Munárriz en Otros labios me sueñan (Madrid, Ed. Hiperión, 1992) utiliza el monólogo para dar vida poética a diversos personajes. Conocidos, unos (el emperador Adriano y el hereje Prisciliano; el poeta Antonio Machado), encarnaciones de seres anónimos, otros (un renegado, una prostituta, un converso, una cocinera, el soldado desconocido), el autor, al modo de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, les presta su voz poética y fantasea su realidad. Problemática resulta la ofrecida por Leopoldo María Panero en Heroína y otros poemas (Madrid, Ed. Libertarias, 1992): con técnica minimalista, se pretende elevar a la categoría de arte la anécdota de la patología. La mortífera droga trasciende la metáfora, pero el vuelo del poema se queda en las primeras nubes.
Jaime Siles (Valencia 1951) ofrece en su compilación Poesía 1969-1990 (Madrid, Ed. Visor, 1992) libros que van desde su primero Génesis de la luz hasta el último Semáforos, semáforos (Premio Fundación Loewe 1989). Lo ha dicho en acertadas razones Jorge Rodríguez Padrón: en la exploración del lenguaje y del espacio, de los poetas de su generación (la de los «novísimos») «quizá sea Jaime Siles el que haya ido más lejos». Eso sí: a mí me gusta más cuando regresa. De la misma generación, Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1952) ha visto igualmente publicada una antología que con el título de 77 Poemas (Sevilla, Eds. de la Universidad, 1992) recoge piezas de su fecunda trayectoria poética.
Entre los poetas más jóvenes, Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960) ha reunido en un solo volumen, Poesía 1979-1987 (Madrid, Ed. Hiperión, 1992), su poemas de libros anteriores, precedidos de un ponderado e inteligente prólogo de Luis García Montero, profesor y poeta. Por último, una clara vocación de ruptura encierran los versos de Días perdidos en los transportes públicos (Barcelona, Ed. Anthropos, 1992) de Roger Wolfe (nacido en Westerham, estado de Kent, Inglaterra, en 1962): inspirado en la música rock, el llamado «realismo sucio» y los escenarios urbanos, este gigante lírico ha escrito un libro no apto para almas demasiado sensibles.
DE LA NARRATIVA
La novela en España es el género literario por antonomasia. Se diría que no hay autor que no se sienta atraído por él ni alcance a ver legitimada su carrera sin una incursión en la narrativa: algo así como las rituales abluciones de una escritura incomprensiblemente superior. La generosa nómina de novelistas se ha visto incrementada últimamente con la entrada de numerosos poetas. Algunos hacen bueno el sarcasmo de Juan Luis Panero sobre los que abandonaron la poesía porque ya antes la poesía les había abandonado a ellos. En otros, el cambio se produce con aceptable fortuna. Que sirve a su vez de reclamo: hoy, hasta un conocido sastre, popularizador de los trajes con arrugas, amenaza con publicar una novela. En cualquier país occidental escribir es práctica común que tiene ámbitos de existencia familiar o privada muy estimables; en éste, con apenas lecturas de por medio, se hace forzoso exponer el rapto de la mente a una pública exhibición de tragasables.
Perteneciente, como Camilo J. Cela o Miguel Delibes, a la generación del 36, Gonzalo Torrente Ballester (El Ferrol, 1910) ha publicado una reciente historia de trama sencilla e impecable factura, La muerte del Decano (Barcelona, Ed. Planeta, 1992). Situada temporalmente en la posguerra, la intensa comunicación de los personajes dibuja la antítesis del poder omnímodo de la dictadura. Les recomiendo que la lean. De la misma generación, inscrito en el grupo de los novelistas del exilio, es Manuel Andújar (La Carolina, Jaén, 1913). Vuelto a España en 1967, desde la primera, Cristal herido (1945), ha publicado ocho novelas. En la última, con su peculiar formalismo barroco y trasfondo galdosiano, recoge la relación entre dos mujeres y ese personaje que es Un caballero de barba azafranada (Barcelona, Ed. Anthropos, 1992). De planteamiento onírico y derivaciones dramáticas en clave de farsa, lo mejor es su estilo.
A la generación del 50 se la empieza a llamar por razones distintas a la americana, «generación perdida»: muchos de sus miembros (los novelistas Luis Martín Santos, Jesús Fernández Santos, Juan García Hortelano, y recientemente, Juan Benet; así como el poeta Jaime Gil de Biedma) han desaparecido de forma prematura. A ese grupo pertenecen Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925) y José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1928). Martín Gaite, después de catorce años desde la publicación de su anterior novela, El cuarto de atrás (1978), ha dado una obra largamente gestada, Nubosidad variable (Madrid, Ed. Anagrama, 1992). De enfoque behaviorista, recoge la relación epistolar entre dos amigas ávidas de comunicación tras un distanciamiento de años. Espejo de la soledad y las carencias del mundo femenino, su final es espléndido. Con él recordamos que los viejos narradores nunca mueren. Caballero Bonald, con una frase del Persiles cervantino que le da título, ha escrito en Campo de Agramante (Madrid, Ed. Anagrama, 1992) una novela cuya acción se sitúa en las marismas del Guadalquivir, entre Sanlúcar y Doñana. Un personaje dotado de poderes hiperestésicos capta anticipadamente sonidos de acciones que suceden después y cuenta en primera persona su experiencia. Maderas, pájaros, paisajes insospechados, labores del mar y del campo hacen de la obra un relato arcádico de antiguas y lujosas resonancias mediterráneas. A su rara intensidad le sobran, para mi gusto, algunos rizos barrocos.
A la generación del 68 o del 66 (fecha de promulgación de la Ley de Prensa de Fraga Iribarne) pertenecen Eduardo Mendoza (Barcelona 1943), Eduardo Alonso (Oviedo, 1944) y Javier Marías (Madrid, 1951). El primero ha escrito en El año del diluvio (Barcelona, Ed. Seix Barral, 1992), a partir de una trama folletinesca, que le es tan querida, una buena novela de ambientación rural. De Eduardo Alonso, aunque se trata de una novela breve, debo mencionar El retrato del Schifanoia (Barcelona, Ed. Mario Muchnik, 1992), relato lírico en el que con humor y poesía asistimos a la transmutación en literatura de la soledad del protagonista; Salamanca y Bolonia son los escenarios. Javier Marías ha escrito en Corazón tan blanco (Madrid, Ed. Anagrama, 1992) una novela de estilo insistentemente analógico, pulso titubeante (con varias historias que no llega a desarrollar) y escaso interés. La anécdota que da título a la obra está en Shakespeare; su uso del castellano, a veces también.
La mirada crítica sobre el pasado tiene dos buenos ejemplos. Uno es el escrito por Andrés Trapiello (Manzaneda de Torio, León, 1953) en El buque fantasma (Barcelona, Ed. Plaza & Janés, 1992), Premio de la editorial que lo publica. Aunque falto el narrador de un mayor distanciamiento de los hechos, no es tan floja de méritos como algunos han dicho. Su obra mejor sigue estando en sus diarios (publicados por Pretextos) y ensayos. El segundo ejemplo es la primera incursión en la novela de la poetisa Fanny Rubio (Linares, Jaén, 1949), La sal del chocolate (Barcelona, Seix Barrai, 1992). Antigua militante del P.C.E., la autora lleva a cabo en esta obra, primer título de una anunciada trilogía, un ajuste de cuentas con los elementos próximos al poder en España. Novela con abundantes planos de indefinición argumental, espacial y temporal; al tratarse de un ajuste de cuentas, no hace falta saber sumar ni restar para obtener los resultados apetecidos.
Schopenhauer recomendaba no leer ningún libro que no hubiese cumplido los cien años. Juzguen ustedes si merece la pena contribuir a la crisis del sector con tan insensata actitud. Y, si se leen, ¿cómo resignarse a hablar de esos libros sin crear los inevitables malentendidos? •