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Glosario de arquitectura defensiva medieval

Asigna el Diccionario de la Real Academia a la voz glosario dos acepciones, primera: «catálogo de palabras oscuras o desusadas, con definición o explicación de cada una de ellas»; segunda: «catálogo de palabras de una misma disciplina, de un mismo campo de estudio, etc., definidas o comentadas». Esta obra de Luis de Mora-Figueroa cumple las dos exigencias: es un catálogo de palabras pertenecientes al lenguaje de la arquitectura defensiva medieval, casi en su totalidad españolas, y muchas veces de gran belleza, como adarve, alambor, almena, barbacana, buhedera, cárcava, espalto, ladronera, matacán, palenque, poterna, etc., pero con frecuencia oscuras para la mayoría de los lectores de nuestra lengua, que pueden toparse con ellas en textos de carácter histórico o simplemente literario. Luis de Mora-Figueroa, doctor en Historia, profesor de Arqueología Medieval en la Universidad de Cádiz, miembro del Comité Científico del Internationaler Burgen-lnstitut del Consejo de Europa, y del Fortress Study Group, que ha sido director o partícipe de excavaciones arqueológicas en España, en el Reino Unido y en Sudán, y se ha especializado en castellología y poliorcética medievales, en paleoartillería y pirobalística, y en la restauración de fortificaciones, acometió y llevó a feliz término la empresa de explicarnos casi doscientas voces de ese lenguaje noble pero en gran parte desconocido. Y lo ha hecho por primera vez en España, en un libro que merece sin duda el calificativo de monumental, pues responde a los tres significados asignados también por el DRAE a este adjetivo: trata de auténticos monumentos, es excelente en su línea, y es una obra muy grande, aunque solo tiene 341 páginas. Lo es por el formato de éstas, 30 x 21 cms., y por la ingente cantidad de información y documentación que incluye.

El autor no solo define y explica cada término, sino que lo sitúa en su marco histórico y social, y lo ilustra con fotografías y dibujos espléndidos, que representan preferentemente castillos y fortalezas españoles, aunque también incluye material gráfico sobre monumentos de otros países, cuando las circunstancias lo aconsejan.

En el galeato, muy acorde con su función introductora, manifiesta que este glosario «es el primero de su naturaleza que se edita en España». Los repertorios de voces arquitectónicas y arqueológicas anteriormente publicados en nuestro país se limitaban a definir escuetamente poco más de una docena de términos, incurriendo no pocas veces en ambigüedades que oscurecían los significados. Luis de Mora-Figueroa se ha esforzado, con éxito, en definir con precisión y explicar mediante glosas adecuadas el contenido semántico de cada término técnico. Ha procurado respetar para cada vocablo glosado la ortografía y la acepción establecida por la Academia en la última edición de su Diccionario (1993), aunque, con alguna frecuencia, no le ha sido posible ajustar el caudal de voces tan especializadas a la norma selectiva del léxico académico, que soslaya asiduamente los términos de uso minoritario.

Es de estricta justicia elogiar las ilustraciones gráficas de la obra. Las fotografías, extraordinariamente nítidas y de color finamente matizado, son todas del autor e inéditas, excepto una, publicada anteriormente en otro trabajo suyo. Los croquis de planta, secciones y alzados de elementos defensivos son obra de Ildefonso Ruiz de Mier, que plasmó en ellos las instrucciones del autor. El marqués de Saavedra aportó a la obra primorosos dibujos miniaturistas.

Las diecisiete plantas generales reproducidas tras el glosario, digitalizadas en computadora, se deben a Juan Luis Siquier. Quince ocupan página entera; dos, incluso página doble. Trece corresponden a castillos o fortalezas de España; las demás, a propugnáculos de Francia, Reino Unido e Italia. En cada caso precede a la página del grabado otra en que Mora-Figueroa no solo explica el organigrama defensivo de la fortaleza correspondiente, sino también su emplazamiento geográfico y su historia.

La obra se cierra con un índice de remisiones bibliográficas para las ilustraciones, un breve pero sustancioso epílogo sobre las condiciones histórico-sociales que promovieron la arquitectura defensiva en la Edad Media española, un amplio índice selectivo de conceptos y otro, más amplio aún, de topónimos vinculados a fortificaciones.

El lenguaje del autor, ligeramente arcaizante (por ejemplo en la conversación de la b ante s en voces como substancial, substituir, etc.), se acomoda bien a la materia tratada.

Ya solo, antes de terminar, un leve reparo etimológico, y una duda. La voz «donjón», galicismo introducido en el siglo XIX, no incluido en el DRAE, es préstamo del francés donjon, pero éste no viene directamente del latín dominium, sino de su derivado popular o vulgar dominione (m), acusativo de dominio, dominionis. La duda se refiere al significado de almena. ¿Es un «vano descubierto entre merlones, en los parapetos de adarves y torres», como nos dice el autor, o «cada uno de los prismas que coronan los muros de las antiguas fortalezas», según afirma el Diccionario de la Academia? Sigue éste al de Autoridades, que, con su habitual amenidad, describe así la almena: «Cierto género de torrecilla o pyrámide de piedra, que se levanta en lo alto de las torres y muros, y se pone distante una de otra el espacio que puede ocupar un hombre, ú dos, y desde donde pueden señorear el campo y defenderse del enemigo estando a cubierto».

El Nuovo Dizionario Spagnolo-Italinano de L. Ambruzzi traduce almena por merlo, y el Vocabolario delia Lingua Italiana de N. Zingarelli deriva el merlo arquitectónico del ornitológico «perché danno l’idea di una fila di merli», y lo define: «Cada uno de los segmentos de un muro con intervalos regulares, que se levanta sobre el parapeto encima de las fortificaciones antiguas para resguardar a los defensores». Esta definición viene a coincidir con la de almena en el DRAE y en Autoridades. En cambio, el Dictionnaire Moderne Espagnol-Français de García-Pelayo y Gross traduce almena por créneau, voz definida en el Grand Larousse de la Langue Françoise como «abertura practicada de trecho en trecho en un parapeto, en una torre […] para observar o para disparar sin exponerse a los tiros del enemigo». El Diccionario Moderno Español-Inglés del mismo García-Pelayo y Gross traduce almena por merlon (de piedra), relacionado etimológica y semánticamente con el italiano merlo o merlone, pero también por crenel, relacionado con el francés créneau. Finalmente, la etimología de almena según la cual esta palabra procedería del artículo árabe al y del latín mina, «amenaza», tampoco es definitiva, pues no está claro el significado de minae en el único texto en que esta voz aparece asociado a muros, un pasaje de Virgilio, Eneida iv, 88 s.: minaequae / Murorum ingentes, de interpretación discutida. De todos modos, la palabra latina parece ser del mismo origen que los verbos emitiere, imminere y prominere, asociados a la idea de «sobresalir», «ser saliente», implícita en la definición académica de almena.

Sueños en el umbral

Fátima Mernissi, nacida en Fez en 1940, es investigadora en la Universidad Mohamed V de Rabat y una figura destacada del feminismo islámico. Educada en escuelas coránicas, consiguió licenciarse en Ciencias Políticas, ser luego becaria en La Sorbona y doctora por Brandéis. Sin embargo, al contrario que muchos intelectuales musulmanes, no aprovechó sus estudios en Occidente para lograr un cómodo exilio: prefirió regresar a su tierra, donde vive hoy.

Estos datos de su biografía «oficial», tan escuetos, se amplían con los recuerdos de infancia de estas memorias: los años transcurridos en su hogar de Fez. La pequeña Fátima de entonces aparece en la mansión paterna rodeada de las mujeres Mernissi: la abuela, matriarca y guardiana de la tradición; la mujer del hermano mayor de su padre, siempre fiel aliada de su conservadora suegra; su propia madre, elemento rebelde del grupo: una tía divorciada, discretamente acorde con su cuñada partidaria de la modernidad. Las primas, las criadas y Samir, el primo favorito, de su misma edad, y, por tanto, demasiado pequeño para integrarse en el sector masculino de la casa.

La descripción de la vida cotidiana de estas mujeres, analfabetas, que no podían salir solas a la calle, y a las que estaba prohibido oír la radio, ofrece detalles curiosos de indudable interés humano. Dedicadas a sus menesteres femeninos como bordar y fabricar sus productos de belleza, aquella vida pudo resultar oprimente, pero también tiene un enorme encanto colorista y un cálido sabor doméstico.

Carentes de libertad, pero –en contrapartida- libres de toda responsabilidad, sueñan con un mundo del que ignoran casi todo, como perpetuas adolescentes juguetonas cuyo plácido letargo no se sabe bien si compadecer o envidiar.

El relato es excelente al describir los pros y los contras de la existencia tradicional del harén, entendiendo por tal no los de los palacios novelescos, sino los de familias de tipo medio. Huyendo de exotismos y de simplificaciones, Mernissi evita tópicos y narra con sencillez sus recuerdos, buenos y malos, sin olvidar los conocimientos que allí asimiló y los que echó en falta. Sin el oficio del escritor profesional, se muestra como narradora ágil, directa, que sabe extraer la esencia de los hechos y retratar a sus personajes con trazos escuetos y precisos.

El estilo muestra una notable frescura, que estimula la imaginación del lector al mismo tiempo que acierta a resaltar los contrastes entre una infancia feliz y los graves problemas sociales que esas costumbres plantean hoy a la cultura árabe.

La autora, no obstante, como otras muchas mujeres islámicas, se pregunta: ¿por qué organizar una revolución, si el nuevo mundo va a ser un desierto emocional? Interrogante clave a la vista de lo ocurrido en Occidente. Además -prosigue la autora- ¿quién se beneficia de un harén? ¿Quién creó el harén, y para qué? Al final, concluye, todas esas preguntas «quedan sin respuestas, como mariposas desorientadas».

Música..

Los setenta años cumplidos hace unos meses por el compositor y director francés Pierre Boulez han convertido 1995 en el «año Boulez». Con este motivo, han sido muchas las grabaciones dedicadas a este músico que han visto la luz en este año.

Pierre Boulez ha sido, primero, un compositor de plena vanguardia, enormemente crítico y polemista. Continuador de Schönberg, fue uno de los más dogmáticos de ese movimiento que llevó la teoría dodecafónica y serial hasta sus últimas consecuencias: la serialización total, es decir, la de todos los elementos que componen la música: no solo los doce sonidos son susceptibles de configurar la estructura serial, sino también el ritmo y el timbre lo que se denominó el «serialismo integral». Un movimiento que tuvo su apogeo en los años 50 y finalmente ha ido quedando en desuso como teoría compositiva. Aunque su influencia fue muy notable, por su extremada rigidez marcaba demasiados límites a la creación musical.

Boulez ha sido uno de los pioneros en practicar y componer música electrónica, la que mejor se prestaba a poner en práctica sus planteamientos musicales. Como impulsor de nuevas tendencias estéticas, ha contribuido grandemente a dar a conocer en París -a través de los conciertos del Domaine Musicale- la obra de los compositores de vanguardia y, aún antes, de músicos del siglo XX apenas conocidos, como Anton Webern, Schönberg y Alban Berg.

Su influencia ha sido notable a través de los cursos de verano de Darmstadt durante los años 50, por donde fueron pasando los músicos jóvenes de toda Europa, y en los que Boulez intervino muy activamente, presentando sus obras, criticando con dureza a sus predecesores y dogmatizando sobre el devenir de la música.

De forma autodidacta, Boulez emprendió muy joven la dirección de orquesta, primero como intérprete de sus propias obras, y luego tocando las obras de los autores menos divulgados. Su repertorio ha ido ensanchándose, llevándole desde las salas de concierto hasta los teatros de ópera, convirtiéndole en uno de los directores más prolíficos del momento. Bien es verdad que desde el podio y las grabaciones discográficas sigue contribuyendo de un modo muy activo a la difusión de la música de nuestro siglo.

Son varias las Sinfonías de Mahler grabadas ya por Boulez. La Sexta es probablemente la más desconocida, pero para el inquieto Boulez su gran interés reside en que es junto a la Quinta y la Séptima, una de las obras de transición del músico vienés. A pesar de la frialdad que se atribuye a sus versiones, nos gusta ese afán perfeccionista que le guía. Dentro del clima sombrío y trágico de la obra, consigue en el Andante un precioso remanso de optimismo y belleza sonora.

Por su parte, Oliver Messiaen fue maestro de Boulez y seguramente su mejor introductor a los nuevos horizontes musicales de este siglo. Su afecto y admiración unidos a un conocimiento profundo de su obra, le han llevado a convertirse en uno de sus mejores intérpretes. Et expecto resurrectionem mortuorum (1964) y La Ville d’en haut (1987) ambas para conjunto de viento –madera y metal- y percusión, la primera además con piano, son dos buenas muestras de la obra de Messiaen, por su colorido y riqueza sonora en torno a la temática religiosa. Chronochromie (1960), para gran orquesta, es una de las obras más ricas  y complejas de su autor, y en su título (El color del tiempo) resume la materia sonora con la que esta constituida: los variadísimos timbres y su presentación a través de elaboradas duraciones y rítmicas. •
M» José Fontán

 

Tríos para piano II. 14, 27, 29 y 31 de Joseph Haydn
Intérpretes: Andras Schiff, piano, Yuko Shiokawa, violín y Boris Pergamenschikov, cello DECCA. 444 862-2. DDD

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Entre los numerosos festivales veraniegos de música hay uno que se celebra en un pueblecito cercano a Salzburgo, -a la sombra del célebre Festival de esta ciudad-: las Musiktage Mondsee, que tiene lugar junto al lago del mismo nombre. Desde que comenzó en 1989, este Festival dirigió su objetivo a la interpretación de Música de Cámara, género en el que hay verdaderas obras maestras a lo largo de la historia de la música, y que por estar concebido para pequeños conjuntos requieren una actitud de mayor concentración por parte del auditorio.

Cada edición del Festival está dedicada a dos compositores, con programas centrados exclusivamente en sus obras. Los intérpretes invitados, de 25 a 40 músicos, suelen ser de renombre internacional, y algunos jóvenes de reconocido talento.

Este disco, aunque no fue grabado en directo, rememora uno de los conciertos del verano de 1994, dedicados a las obras de Haydn y Reger, y recoge cuatro Tríos con piano de Haydn, a cargo de un trío formado para la ocasión por el pianista húngaro Andras Schiff, promotor del Festival, el violonchelista ruso Boris Pergamenschikov y la violinista japonesa Yuko Shiokawa. Poco escuchados, estos Tríos del último periodo creador de Haydn, representan el máximo exponente del pianismo de la época anterior a Beethoven. En realidad, la forma que siguen –muy habitual en la época- es la de Sonata para piano acompañado. Y, en efecto, éste es el instrumento que destaca sobre los otros dos. El violonchelo dobla la mano izquierda del pianista, mientras el violín, aunque mantiene una mayor independencia de líneas melódicas, no se desentiende de su papel subordinado al del teclado.

Aunque no forman un trío estable, los tres músicos, de gran profesionalidad individual, consiguen un inmejorable resultado de conjunto, de gran equilibrio y serena belleza.

La edición en disco de los conciertos del Festival de Mondsee contribuye no solo a promocionarlo, sino a divulgar obras poco escuchadas, a profundizar en los autores elegidos y a prolongar la magia de las sesiones camerísticas: una música nacida para la intimidad que encuentra en el disco un vehículo inmejorable para llegar uno a uno a los oyentes.

Un mundo imperfecto

En un reciente ciclo de conferencias sobre «La Física en el siglo XXI», el Profesor Carlos Sánchez del Río hacía notar que durante el siglo XX se había explorado lo infinitamente pequeño -el mundo de las partículas- y lo infinitamente grande –el universo- y que para el siglo XXI se intentaría explorar lo infinitamente complejo.

Con toda seguridad también se explorará lo cotidiano, es decir lo imperfecto, que muchas veces es tan difícil de tratar como lo infinitamente complejo. No es de extrañar que la descripción de los sistemas perfectos haya alcanzado límites de precisión inimaginables: la teoría de la electrodinámica cuántica -capaz de predecir la interacción entre fotones y electrones con una precisión de una parte en 108- es la descripción más precisa que tenemos de uno de los aspectos del mundo físico, y es el paradigma para las otras teorías físicas. La electrodinámica cuántica trata con sistemas perfectos, basados en electrones y fotones que son perfectos.

No sucede lo mismo cuando tratamos de entender las propiedades mecánicas de los materiales. La resistencia y la ductilidad de los ocupan el sitio que les corresponde en la red cristalina -los perfectos- sino de las imperfecciones en la estructura, o dicho con más precisión, de aquellos átomos que ocupan los lugares extraños donde la estructura es imperfecta; los núcleos de las dislocaciones, el frente de las fisuras o las fronteras de grano. La clave para hacer óptimas las propiedades mecánicas de los materiales se basa en el conocimiento y en el control de estas imperfecciones.

Para este artículo, se han entresacado del discurso original del que procede dos aspectos en los que la presencia de las imperfecciones parece necesaria para poder entender y actuar sobre ellos: el comportamiento mecánico de los materiales -tema de especial predilección por parte del autor- y la evolución de las estructuras sociales, biológicas o cósmicas.

Las imperfecciones en el comportamiento mecánico de los materiales

Se espera de la ciencia de los materiales que sea capaz de guiarnos en la fabricación de materiales capaces de trabajar en condiciones extremas y que se comporten satisfactoriamente -y aun inteligentemente- durante el período de vida previsto: metales capaces de soportar la irradiación de los reactores nucleares, cerámicas que resistan las altas temperaturas en la reentrada a la atmósfera de los vehículos espaciales, polímeros para implantes que sean compatibles con los tejidos humanos, materiales que sean superconductores a temperatura ambiente, fibras ópticas de altísimo rendimiento y materiales para fabricar máquinas liliputienses destinadas a la nanotecnología. A la vista de estas demandas, ya no queda sitio para el procedimiento tradicional de «ensayo y error» o de «selección» que se ha utilizado hasta ahora. El científico que trabaja en el campo de la Ciencia de los Materiales debe conocer por qué los materiales se comportan de la forma en que lo hacen y, todavía más, debe ser capaz de diseñar materiales para que se comporten de la forma que él quiere. Debe conocer la estructura de los materiales y sus imperfecciones, porque ellas son las que determinan su microestructura y, a través de ella, sus propiedades macroscópicas.

En la década de 1930, con la llegada de la mecánica cuántica, quedó pavimentada la carretera que nos tenía que conducir hacía el conocimiento de los materiales basado en su estructura atómica y electrónica. Se había iniciado el gran programa de la física del estado sólido.

En algunos aspectos de este programa -por ejemplo en el estudio de la conductividad en los metales- fue posible desarrollar una teoría cuántica de los sólidos planteando y resolviendo, de forma aproximada, la ecuación de Schrödinger. En otros aspectos -la deformación y la fractura de los materiales, por ejemplo- la complejidad de la situación física se resistió a este planteamiento. La fractura y las propiedades plásticas de los sólidos no son consecuencia del valor medio del comportamiento de los átomos, sino del comportamiento excepcional de unos pocos átomos situados en imperfecciones de la red cristalina. Para resolver estos problemas ha sido preciso introducir conceptos intermedios, como el de los enlaces atómicos, y diseñar con ellos modelos de las imperfecciones, para soslayar las enormes dificultades matemáticas que se presentan al tratar de resolver la ecuación de Schrödinger. Las imperfecciones han sido necesarias para entender el comportamiento de los materiales y, también, para controlar sus propiedades.

Las imperfecciones en la deformación de los metales

No es una exageración decir que, entre todos los materiales de uso común, los metales son los que han tenido una mayor influencia en nuestro desarrollo tecnológico. La exclusiva combinación de una gran ductilidad y de una gran conductividad (eléctrica y térmica) junto con la facilidad de aleación, han situado a los metales en una posición sin competidores. Curiosamente, la ductilidad de los metales se debe a las imperfecciones. Un metal perfecto -si existiera probablemente sería tan poco maleable como una piedra.

En los años 30 se hicieron cálculos para estimar la fuerza necesaria para deformar plásticamente un metal, y el resultado fue que el metal debería deformarse elásticamente entre el 3 y el 10 % antes de plastificar. En la práctica, sin embargo, un cristal de un metal puro plastifica con una deformación de tan solo el 0,01 %. Esta discrepancia en más de tres órdenes de magnitud entre la resistencia ideal y la real tiene un gran interés, tanto práctico como teórico, y es debida a la existencia de imperfecciones.

Sir Nevill Mott comenta esta situación en sus Memorias y se extraña de que por aquellas fechas -habiendo descubierto el neutrón, dice- este fenómeno no se hubiera explicado. Fue en 1934 cuando E. Orowan, M. Polanyi y G. Taylor postularon la existencia de una imperfección en el cristal -la «dislocación»- que justificaba los resultados experimentales. Mott introdujo una analogía que se hizo famosa; decía que nos imagináramos que desplazar un plano de átomos sobre otro en un cristal perfecto era equivalente a arrastrar una pesada alfombra tirando de uno de sus lados. Pero, si la alfombra tuviera una arruga -una imperfección- a lo ancho podríamos desplazarla, una distancia equivalente a la arruga, sin más que darle una suave sacudida. La arruga es la dislocación: habríamos conseguido una deformación plástica -un desplazamiento permanente- con menos esfuerzo que cuando no estaba este defecto.

La presencia de dislocaciones en los metales explicaba la facilidad con que se pueden deformar y conformar. A las dislocaciones se les había atribuido propiedades, se hacían modelos con ellas y las predicciones concordaban bastante bien con los experimentos, pero pasaban los años y no se lograba verlas. Mott, en sus memorias, cuenta que Frank, que trabajaba con él, hizo una teoría de cómo podían influir en el crecimiento de los cristales. Comentaba que un día, en un seminario, Frank dijo que al crecer un cristal deberían observarse en su superficie unas marcas en forma de espiral. En aquel momento se produjo una gran excitación cuando alguien del auditorio dijo que justamente esto era lo que él había observado, y se levantó enseñando unas fotografías que lo probaban.

Aunque eso era otra prueba indirecta de la existencia de las dislocaciones, todavía nadie había conseguido ver estas imperfecciones y, menos aún, moverse por el cristal. Esta prueba llegó, finalmente, gracias al trabajo de Peter Hirsch -hoy, también Sir- y de sus colegas en la época en que Mott estaba en Cambridge. Un buen día, en 1956, Hirsch y sus colaboradores estaban observando muestras metálicas muy delgadas en un microscopio electrónico de transmisión cuando vieron unas líneas muy finas que se movían. A veces vibraban, ancladas entre dos impurezas, y otras se deslizaban por la muestra y desaparecían. Mott recuerda este instante porque uno de los colaboradores de Hirsch entró corriendo en su despacho y le dijo: «Profesor, venga y vea una dislocación moviéndose».

A Sir Nevill Mott le gustaba comentar esta anécdota y añadía que a bastantes estudiantes europeos -alemanes probablemente- les impresionaba la familiaridad con que el estudiante había irrumpido en su despacho. Y es que es difícil olvidarse de la primera vez que uno ve las dislocaciones moviéndose. A principios de los años 70 tuve la suerte de observarlas, por primera vez, en Cambridge, en el laboratorio de Sir Peter Hirsch, en un video que él mismo me mostró.

Para entender y controlar la deformación de los metales necesitamos las imperfecciones. Los tratamientos térmicos -que ahora empezamos a dominar pero que hasta hace poco tiempo eran más arte que técnica- en el fondo no son más que procedimientos para modificar las imperfecciones introduciendo, en algunos casos, otras imperfecciones.

Las imperfecciones en la rotura de los materiales

La resistencia a tracción es una propiedad importante de los materiales. Una gran parte de los accidentes estructurales se deben a roturas de componentes que trabajaban a tracción. Este tipo de accidentes no se limita a la ingeniería; desgraciadamente también es frecuente en biología y en medicina. En los países desarrollados, alrededor del uno por ciento de los fallecimientos se debe a la rotura de arterias en el cerebro. Aunque las arterias están tan bien diseñadas que pueden soportar 100.000 latidos por día, puede formarse una protuberancia -un aneurisma- en sus paredes que acabe rompiéndose.

Hasta hace pocos años, la resistencia, la cohesión y la fractura de los materiales eran temas que los científicos más académicos ignoraban o eludían. Los ingenieros, por el contrario, no tenían más remedio que tenerlos en cuenta si querían mantener en pie sus estructuras. Para ello se hacían numerosos ensayos de tracción con los materiales que iban a utilizarse, se trataban estadísticamente los resultados -porque casi siempre tenían mucha dispersión- y se acababa sacando una «tensión admisible», que utilizaban para proyectar junto con los «coeficientes de ignorancia». Era una forma de abordar el problema totalmente pragmática, porque hasta mediados de este siglo no surgió una teoría coherente de la fractura de los materiales.
Fue en la década de los cincuenta cuando la comunidad científica se dio cuenta de que la resistencia a tracción de un material no bastaba para predecir la carga de rotura de una estructura, y que hacía falta introducir una nueva propiedad -la tenacidad de fractura- que midiera la capacidad que tiene un material agrietado -con imperfecciones- para soportar cargas. Desde estas fechas, la mecánica de la fractura se ha utilizado con provecho; primero por parte de los ingenieros navales, después por los aeronáuticos, más tarde por los industriales -en particular en relación con las centrales nucleares- y, últimamente, por los ingenieros civiles, que, aparentemente, son los más conservadores.

La mecánica de la fractura tiene sus raíces en un trabajo seminal de Griffith, publicado en 1920 y que no tuvo resonancia. Este trabajo estaba basado en la existencia de imperfecciones en los materiales -imperfecciones que Griffith postuló, pero que tardó treinta años en verlas-. El artículo seminal de Griffith se publicó en la revista Philosophical Transactions de la Royal Society, en 1920, cuando él tenía 27 años. El trabajo no fue rechazado ni se pusieron objeciones por parte de los editores: fue publicado y simplemente ignorado, por lo menos durante una generación. El reconocimiento de la importancia de la mecánica de la fractura empezó a comienzos de los años cincuenta, cuando se utilizaron las ideas de Griffith para investigar la rotura de los fuselajes presurizados de tres aviones Comet que explotaron en vuelo.

Griffith eligió el vidrio para realizar sus clásicos experimentos porque es frágil y rompe en régimen elástico, y de esta forma evitaba las complicaciones de las roturas elastoplásticas de muchos metales. Con la ayuda de un colaborador, Lockspeiser -más tarde Sir Benjamin Lockspeiser- midió la energía superficial y el módulo de elasticidad del vidrio y dedujo que la tensión de rotura debería valer alrededor de 13.000 MPa. No obstante, cuando ensayó varillas de vidrio de 1 milímetro de diámetro midió valores de la carga de rotura alrededor de 170 MPa, cien veces menores de lo que había predicho.

Para explicar este fenómeno tendremos que recurrir -igual que antes- a las imperfecciones; pero sigamos con los experimentos.

No satisfecho con los resultados que había obtenido, Griffith ensayó varillas cada vez más finas y observó que a medida que disminuía el diámetro aumentaba la carga de rotura. Llegó a ensayar fibras de vidrio de centésimas de milímetro de diámetro y obtuvo valores de la carga de rotura de 3.400 MPa. No era el valor teórico, pero se estaba acercando: había multiplicado por 20 los primitivos valores. Extrapolando estos resultados para fibras más finas, obtuvo valores del orden de 10.000 MPa. Cuarenta años más tarde se consiguieron ensayar fibras monocristalinas -casi perfectas, de unas pocas mieras de diámetro- de varios metales, de alúmina y de vidrio, y se registraron los altísimos valores predichos por Griffith muchos años antes.

Las teorías de Griffith -basadas siempre en la presencia de imperfecciones- se apoyaban en razonamientos tensionales y energéticos. Los razonamientos basados en los conceptos de tensión fueron comprendidos y aceptados relativamente pronto por los ingenieros, pero los basados en argumentos energéticos -más fundamentales y de aplicación más general- chocaron con una resistencia emocional y fueron ignorados, o mal interpretados, durante mucho tiempo. Para justificar la disminución de la tensión de rotura con el aumento del tamaño de las probetas de vidrio, Griffith postuló la presencia de imperfecciones en forma de grietas. De nuevo, la situación es análoga a la de las dislocaciones y la deformación plástica. Como ya se ha comentado, se tardó más de veinte años en «ver» las dislocaciones postuladas por Orowan. El camino recorrido en busca de las fisuras también fue largo, pero, después de treinta años, apenas quedaban dudas de que la interpretación de Griffith para explicar la fractura -basada en las imperfecciones- era correcta. Para entender y controlar la rotura de los materiales necesitamos las imperfecciones.

Aunque el trabajo de Griffith en Faraborough sobre la resistencia del vidrio se llevaba a cabo con el consentimiento oficial, la verdad es que pocos de sus colegas o superiores entendieron o apreciaron sus resultados. No obstante, tanto él como Lockspeiser estuvieron trabajando varios años con mucho entusiasmo. Por desgracia, una tarde Lockspeiser olvidó cerrar un mechero de gas -de los que usaban para fundir el vidrio- y por la noche se declaró un incendio en el laboratorio. Después de una investigación, se les dijo a los dos que no perdieran más tiempo jugando con el vidrio, y fueron transferidos al departamento de motores.

A continuación se trata de reflexionar sobre la contribución de las imperfecciones en la formación y evolución de distintas estructuras: desde las más próximas a nosotros, las sociales, hasta las más distantes, la estructura del universo, pasando por las estructuras de los seres vivos.

Las imperfecciones en la evolución

Las estructuras sociales, biológicas o cósmicas que podemos detectar en cierto momento dependen de su historia. Estas estructuras son la consecuencia de asociaciones e interacciones entre imperfecciones previas y constituyen también el marco dentro del que se generarán las imperfecciones que darán lugar a las estructuras del futuro.

Veremos que dentro de las estructuras sociales, los ideólogos equivalen a imperfecciones en contra del orden establecido; que los procesos evolutivos que transformaron a los primitivos antropoides en el homo sapiens se debieron a imperfecciones en el cerebro de aquellos; y que si el lector, en estos instantes, está leyendo este artículo es debido a ciertas imperfecciones que estuvieron presentes antes de que el universo tuviera una vida de una billonésima de billonésima de segundo.

Las imperfecciones en la evolución de un sistema social

Se puede observar un fascinante paralelismo entre las complejidades de los materiales reales -formados por agregados imperfectos- y el conjunto de ideas y gente -también una trabazón de imperfecciones- que son la esencia de la sociedad. Los principios que rigen la formación, unión y transformación de las estructuras, tanto en los materiales como en la mente humana, son los mismos, y la misma metáfora puede servir para visualizar un fenómeno físico, biológico o sociológico, incluido el arte.

La evolución de un sistema complejo -tanto si es una aleación como si se trata de un sistema social-, pasa por tres etapas; un período de nucleación donde las imperfecciones son imprescindibles, otro de crecimiento y, finalmente, uno de madurez.

El período de nucleación empieza lentamente, casi de forma balbuceante, en lugares que dependen mucho de las circunstancias locales, porque los núcleos -o las semillas- son necesariamente imperfecciones en la estructura existente -o en la ortodoxia vigente-.

La evolución de los núcleos es impredecible, porque dependen de las fluctuaciones del sistema. Solamente podría saberla la hechicera de Macbeth, a quien Banquo decía: «si tú puedes mirar dentro de las semillas del tiempo y decirme qué granos crecerán y cuáles no, entonces háblame». En la evolución de un sistema social, la semilla es el trabajo innovador de un ideólogo -que es una imperfección, algo en contra del orden establecido-. En la etapa de nucleación, las ideas nuevas suelen ser difíciles de aceptar, al igual que el inicio de una nueva fase dentro de otra preexistente. Un cambio de fase es análogo a una revolución política –en ella no se destruye a todos los individuos sino que se reestructura a la mayoría de forma que interaccionen de otra manera-. Al principio cuesta distinguir las ideas nuevas de otras sugerencias, imaginativas o disparatadas, que rápidamente se abandonan, incluso en las mentes de los ideólogos. No es infrecuente que una idea que fue rechazada al ser propuesta por vez primera, resulte aceptada y viable si han cambiado las condiciones ambientales. Esto mismo sucede con las estructuras de los materiales. Este panorama de cambios estructurales sugiere que la lógica de la ciencia puede ser poco lógica en las etapas iniciales.

En la etapa de crecimiento, el cambio solo progresa en una dirección y la gente que se encuentra en la frontera no suele tener dudas al elegir entre lo antiguo y lo nuevo.

En la etapa final, cuando la nueva estructura ha reemplazado prácticamente a la antigua, llega el período de madurez, de ajuste fino como respuesta a pequeños cambios energéticos. Las preferencias personales empiezan a modificar la ideología dominante, demasiado simplista quizá. Aparecen escuelas de artistas de segunda fila que tratan de refinar la obra del creador. Se forman localmente fases secundarias estables por segregación de átomos «impuros» y por la disgregación de pequeños grupos procedentes de la antigua y dominante matriz. El sistema se mueve lentamente hacia una madurez estable, que solo se convulsionará de nuevo si alguien, desde el exterior, cambia las condiciones de contorno y si las imperfecciones están presentes.

Las imperfecciones en la evolución biológica y técnica

Los procesos evolutivos que transformaron a los descendientes de Lucy -un homínido antepasado nuestro, de sexo femenino, de un metro cincuenta de altura y con el cráneo del tamaño de un coco- en el homo sapiens se debieron a las imperfecciones en su cerebro.

El aumento progresivo del volumen del cerebro y el incremento, más espectacular aún, de sus capacidades intelectuales, fueron los resultados de un proceso evolutivo activado por las imperfecciones. De este proceso se salvaron otros compañeros de viaje, infinitamente más numerosos, que nos precedieron hace centenares de millones de años y que probablemente nos sobrevivirán: los insectos. Los insectos que pueblan hoy en día la superficie del planeta no se distinguen -en los aspectos básicos- de sus remotos antepasados que vivieron hace 600 millones de años. Su cerebro, del tamaño de la cabeza de un alfiler, ha demostrado ser tan idóneo para resolver los problemas ambientales y para evadirse del acecho de los depredadores, que no se prestó al caprichoso juego de las mutaciones. Debe su estancamiento evolutivo a la perfección del modelo primordial.

Veamos otro ejemplo, basado en la creatividad humana. Cuando se produce un ingenio mecánico, simple y casi perfecto, éste apenas evoluciona. Si el ingenio es más tosco e imperfecto, se presta a ser reestructurado y a evolucionar.

La bicicleta es un medio de locomoción simple y eficaz, formado por dos ruedas conectadas por un sistema de transmisión y accionado por energía muscular. Ideado hacia la mitad del siglo pasado, ha resultado tan adecuado para la función que debía cumplir que apenas ha necesitado modificaciones durante el siglo y medio que ha transcurrido desde su invención. Ni siquiera la moderna bicicleta de Indurain difiere en sus aspectos básicos.

Muy diferente ha sido la evolución del ingenio mecánico inventado en 1769. Se trataba de un primitivo coche de tres ruedas accionado por un motor. Este ingenio -lleno de imperfecciones-, experimentó con el paso del tiempo sustanciales modificaciones hasta llegar al vehículo actual, al que, sin duda, también le espera una intensa evolución, si se pretende conseguir un medio de transporte rápido y más seguro.

La analogía entre las etapas evolutivas de la bicicleta y del coche -y la del cerebro de los insectos y el de los vertebrados- se basa en un rasgo común a las formas vivientes y a los aparatos mecánicos: que tanto las máquinas imperfectas como el imperfecto cerebro del primer vertebrado se han prestado al juego de la selección. Las imperfecciones han sido necesarias para poder evolucionar.

Las imperfecciones en la evolución cósmica

Los cosmólogos han recurrido a las imperfecciones para explicar el universo visible. Hace diez mil, o veinte mil millones de años, se inició nuestro universo con una titánica explosión: el Big Bang. En estos días se está revisando esta fecha a partir de los nuevos datos aportados por el telescopio espacial Hubble.

Muy pronto se le plantearon dos problemas al modelo del Big Bang: El primero es la desproporción detectada entre el número de fotones y el de nucleones -alrededor de mil millones de fotones por cada nucleón-. No parece que haya ninguna razón para que una partícula fuera especialmente favorecida, porque exista una especie de «democracia cósmica» entre ellas, en particular a muy altas energías. Podrían esperarse pequeñas variaciones, entre uno o dos órdenes de magnitud, pero un factor de 109 está pidiendo a gritos una explicación.

El segundo problema proviene de que el universo conocido parece que está formado exclusivamente por materia ordinaria –nucleones y electrones-, y no por antimateria -en forma de antinucleones y positrones-. El fallo de la «democracia cósmica» está mucho más acusado aquí que en el problema anterior. La física, tal como la entendemos, requiere una igualdad entre partículas y antipartículas en el momento de crearlas: ¿dónde han ido a parar las antipartículas?

Estos dos problemas pueden explicarse teniendo en cuenta la presencia de imperfecciones en los primeros instantes del universo, o, dicho con términos más técnicos, la «arbitrariedad» en la rotura espontánea de la simetría.

Según las teorías de «la gran unificación», las partículas responsables de las leyes físicas que regían el universo entre los primeros 10-43 segundos y los segundos eran las llamadas partículas x y sus antipartículas x 10-36. La ausencia de antimateria -de descendientes de las antipartículas x – y la abrumadora desproporción entre fotones y nucleones se puede explicar si se tiene en cuenta la presencia de imperfecciones en las distintas formas de desintegración de dichas partículas.

La ciencia de los materiales nos brinda una analogía para esta situación. Al romperse la simetría de revolución durante la cristalización de un líquido, se pueden formar muchísimas estructuras policristalinas. El tamaño y la distribución de los distintos cristales depende de la cantidad y distribución de las imperfecciones existentes en el momento de la cristalización. Esta analogía se puede extender a la rotura de las simetrías que observan los físicos teóricos y que se acaban de comentar.

La anécdota del asno de Buridan refleja muy bien esta situación: Jean Buridan fue rector de la Universidad de París, en los comienzos del siglo XIV. A este profesor se le ha atribuido una vida azarosa, bastante alejada de la que puedan llevar nuestros actuales rectores (fue amante de dos reinas francesas, Doña Juana de Navarra y Margarita de Borgoña). La historia de su asno, proverbialmente hambriento, consiste en que cierta vez se encontró justo entre dos suculentos montones de heno y, como era un asno, se murió de hambre: su situación -al ser totalmente simétrica- no le permitió decidirse por un montón o por el otro. Podemos estar seguros que un asno real, en vez de este asno filósofo, habría sucumbido a pequeñas imperfecciones -de en un montón o del otro- que le habrían motivado a romper la simetría. Esta es la arbitrariedad que se encuentra siempre en la rotura espontánea de la simetría, pero que puede resolverse si se conocen las imperfecciones existentes. (Por cierto: parece ser que esta historia no se encuentra entre los textos de Buridan; se cree que fue inventada por sus enemigos para desacreditarle.)

En estos últimos años, los cosmólogos han introducido la idea de que pueden existir muchos universos. De ser así, el universo en el que vivimos -que parece hecho a nuestra medida, como proclaman los defensores del principio antrópico- dejaría de ser un concepto central, al igual que lo era la tierra en la cosmología de Tolomeo, y nosotros seríamos unos habitantes de uno de los muchísimos universos.

Pero, curiosamente, su naturaleza única es una consecuencia de cómo se han roto las simetrías, o, dicho de otra forma, de las imperfecciones presentes en aquellos momentos. Estamos aquí, y lo estamos de esta forma, gracias a unas determinadas imperfecciones. La naturaleza de los distintos mundos que se han generado – a medida que se han ido rompiendo las simetrías después del Big Bang-, ha dependido de las imperfecciones que se han encontrado.

Si hubiera un gran número de universos, posiblemente alguno sería parecido al nuestro y, aunque no exactamente igual, tendría leyes físicas parecidas. Pero otros serían radicalmente distintos del nuestro, con unas leyes y un comportamiento difíciles de imaginar.

Si el número de universos fuera infinito, podría haber universos idénticos al nuestro -si es que tiene sentido hablar de cosas iguales cuando los universos están causalmente desconectados-. Habría universos con una revista igual que ésta y con un artículo igual al que el lector tiene en sus manos en este momento. También tendría las mismas imperfecciones, y, como se ha comentado, entre ellas unas serían necesarias para compensar otras.*

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* Extracto del discurso de ingreso del autor en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, celebrado el 23 de noviembre de 1994, pronunciado bajo el título «Sobre la necesidad de las imperfecciones».

España y el futuro de la seguridad europea

Leyendo la prensa nacional uno se queda perplejo al ver que las cuestiones de seguiridad interesan tan poco a los españoles. Claro que quizá haya asuntos internos más apremiantes por el momento; sin embargo, el papel de España en Europa, su futuro peso político y su capacidad de influencia van a depender en gran parte del debate que está teniendo lugar en la Alianza Atlántica sobre el futuro de la seguridad europea. España, por su situación geográfica y por los numerosos desafíos de seguridad a los que va a enfrentarse en los próximos años, no puede quedarse al margen de este debate.

Por poner un ejemplo, un asunto tan crucial como la futura ampliación de la OTAN está pasando desapercibido en nuestro país, al contrario de lo que ocurre en los demás países aliados. Y no debería ser así, porque, al final, el parlamento español, como los del resto de países, va a tener la última palabra en este tema. ¿En qué nos va a afectar la ampliación de la OTAN? A pesar de los cambios que ha sufrido la Alianza Atlántica en los últimos años, y de las nuevas misiones que ha adoptado para adaptarse a la nueva situación estratégica, la OTAN sigue y deberá seguir siendo una organización de defensa colectiva cuya misión principal es garantizar la defensa territorial de sus miembros. A diferencia de las organizaciones de seguridad colectiva, como la OSCE, su credibilidad se basa en una serie de compromisos que hay que cumplir. Y esto es importante, porque en una organización de estas características no cabe que sus miembros opten por actuar en función de sus preferencias o intereses nacionales, como sí puede ocurrir en la Unión Europea. En la OTAN, no: o hay defensa colectiva o no la hay. Y por eso, cualquier ampliación comporta para todos los alidados (españoles incluidos) la asunción de nuevos compromisos de seguridad: en el mejor de los casos, eso significa que habrá un esfuerzo financiero adicional; en el más dramático, el compromiso y la voluntad política de enviar a nuestros soldados a luchar por defender países como, por ejemplo, Polonia o Eslovaquia. No quiero decir con esto que España tenga que oponerse a la ampliación de la OTAN; pero sí que hay demasiadas cosas en juego como para permitirnos el lujo de no tener un debate serio sobre el tema.

Más importante que la ampliación de la OTAN – o al menos más próximo a nosotros- es el debate sobre el futuro de las relaciones transatlánticas, el desarrollo de una identidad europea de seguridad y defensa o el nuevo papel de la OTAN en misiones de gestión de crisis, aún por definir. Durante más de cuarenta años la seguridad aliada ha estado garantizada por los Estados Unidos; no parece que éstos estén dispuestos ahora a seguir invirtiendo en nuestra defensa si Europa (España incluida) no sabe o no puede asumir la parte de responsabilidad que le toca. De ahí que el desarrollo de una identidad europea de seguridad y defensa sea condición indispensable para que el compromiso norteamericano con nuestra seguridad se siga manteniendo. Probablemente, la presencia norteamericana dependerá también de que Europa, a su vez, sea capaz de apoyar los intereses globales de seguridad norteamericanos más allá de lo estrictamente europeo. Puesto que España tiene mucho que ganar o perder en este debate, deberíamos intentar contribuir a dar respuesta a preguntas que aún están en el aire. Por ejemplo: ¿es que se ha pensado en serio en España en el impacto que la Conferencia Intergubernamental de 1996 en el futuro de las relaciones transatlánticas? ¿o en las consecuencias que tendrá la ampliación de la Unión Europea y de la Unión Occidental en países aliados como Turquía? ¿o en cómo involucrar a los Estados Unidos en estas discusiones? Y lo que es más importante: ¿podría España, aunque quisiera, tener una política activa en estas cuestiones, teniendo -como tenemos- el presupuesto de Defensa más bajo de todos los países aliados exceptuando a Islandia y Luxemburgo?

Si España no es capaz de articular una política de seguridad y defensa clara, con unos objetivos bien definidos y con los medios humanos y materiales necesarios, y si esa política, a su vez, no cuenta con el apoyo inequívoco de la opinión pública -ya sea por falta de información o por desinterés- correremos el riesgo de quedarnos al margen de las grandes decisiones y sin poder influir en ellas en nuestro propio beneficio. Y tarde o temprano nos pesará.

* La opinión de la autora en este artículo no refleja necesariamente la postura oficial de la OTAN.

Las Conferencias Gordon

El escenario, un lugar tranquilo a orillas del Pacífico, Oxnard, en el Condado de Ventura, Estado de California; la época, primeros días de enero, tranquila también; las personas  reunidas, algo menos de un centenar, todos  ellos  científicos  que  trabajan sobre un tema actua1 y atrayente: en este caso, la superconductividad. Hablan abiertamente -desde un domingo por la tarde hasta el viernes siguiente al mediodía- de los resultados que han obtenido y de cómo interpretarlos: exponen sus puntos de vista, en suma, sobre las cuestiones planteadas en el ámbito de su trabajo.

A lo largo de estos seis últimos años, 1990-1995, se han celebrado más de ochocientas reuniones como ésta, llamadas  «Conferencias  Gordon»,  siempre enfocadas desde un punto de vista básico, fundamental: un modo de comunicación que permite difundir muy eficazmente información e ideas científicas, mejor aún que las reuniones y congresos habituales, más numerosas, y que la lectura de las revistas especializadas.

El presidente de cada Conferencia Gordon elige a los participantes, nombra a los moderadores, determina los contenidos, y decide sobre la marcha del programa. Es responsable, por tanto, del desarrollo de la reunión en todos los aspectos. EJ requisito principal para ser invitado a una de ellas es la calidad científica. Asegurada ésta, se espera que cada participante intervenga en las discusiones de modo activo e inteligente. Entre los temas  estudiados en estas conferencias hay una gran variedad. Algunos se repiten año tras año; otros, cada dos o más. Los temas revelan la amplitud de intereses de los participantes y también cómo van evolucionando con el tiempo esos mismos intereses.

Hay desde títulos muy amplios, que comprenden  muchas líneas de trabajo («Química inorgánica», «Física de la materia condensada» o «Química médica») hasta títulos mucho más puntuales, como «Síntesis del diamante», «Hemostasis», «Nanoestructuras magnéticas», o «Fotosíntesis». Hay también enunciados de ciencias como «Química del estado sólido» o «Biología teórica y Biomatemática», y otros que apuntan a propiedades físicas específicas y a las técnicas para estudiarlas; por ejemplo: «Espectroscopía de vibración», «Resonancia magnética» o «Microscopía túnel de barrido».

El iniciador de estas conferen cias fue Neil E. Gordon, profesor de la Universidad John Hopkins, al final de los años veinte. Con su planteamiento logró adelantarse a los obstáculos con que los científi cos de primera fila -que cu1tivan las mismas líneas de trabajo  o te mas interdisciplinares- se tropiezan hoy: efectivamente, en las reuniones científicas numerosas, que tanto abundan, la inmensa mayoría de los trabajos que se presentan no son significativamente renovadores.

Gordon comenzó con las Gibson Island  Research  Conferences, en un emplazamiento apartado de las grandes ciudades, con grupos pequeños de participantes muy bien cualificados, discusiones informales que no se publican, y temas situados en las fronteras del conocimiento. Al principio las reuniones se centraron en el ámbito de la química. La primera se celebró en 1931.

Posteriormente, el alcance de las conferencias se extendería también al campo de la Física y la Biología. Ahora se tienen poco menos de 150 reuniones al año, en las que participan unos 15.000 científicos que proceden de la industria, los departamentos universitarios y los institutos de investigación. Cuando el Dr. Gordon dejó de participar activamente en las conferencias se adoptó en su honor el nombre de Gordon Research Conferences. La mayoría, unas cuatro quintas partes, se celebran durante el verano en Nueva Inglaterra (New Hampshire, Rhode Is land). En invierno se prefiere el sur de California. Desde 1990, cuando aumentó el número de participantes procedentes de otros países (ahora ascienden a más de la cuarta parte del total), algunas se han trasladado a Hawai, Alemania y Suiza, en otoño; y a Italia, en primavera. Además de Italia, para 1996 están previstas algunas otras en Inglaterra, Japón y Checoslovaquia.

Las características antes señaladas pueden cambiar. En 1996 se van a organizar a título experimental reuniones de tres días, para quienes trabajan en la industria y no disponen fácilmente de una semana completa. También se piensa en confe rencias de fin de semana para doctorandos. Y en 1992 se inauguró una serie centrada en un ámbito de interés (las  ciencias de la educación) alejado de la biología y las ciencias fisicoquímicas. Y es que quienes definen los objetivos de estas conferencias y cómo alcanzarlos, a la vez que respetan  y conservan una rica tradición de más de sesenta años, van introduciendo cambios para responder a nuevos retos o a las demandas de los diversos sectores implicados en el proceso de desarrollo científico. Se invita, por ejemplo, a los participantes en cada reunión a que al final evalúen el desarrollo de las sesiones y los detalles materiales de la sede donde se ha celebrado. Y el director de las conferencias, Carlyle B. Storm, e incluso el presidente de la junta de gobierno, Alan H. Cowley, atienden cualquier sugerencia que se les haga llegar.

Las Conferencias Gordon han logrado estimular la investigación de vanguardia en buen número de laboratorios de los Estados Unidos y han contribuído notablemente -por esa razón- a definir la temática investigadora actual. A lo largo de casi sesenta y cinco años han venido desempeñando, junto con otras instituciones, un papel de estímulo y guía del desarrollo científico en el mundo. La conversación abierta, sin reservas, entre los participantes, ha permitido a lo largo de los años ir innovando y definiendo las áreas interesantes para la búsqueda de verdades nuevas.

Puede venir aquí a propósito algo que cuenta Paul Watzlawick: «un borracho está buscando afanosamente bajo un farol. Se acerca un municipal y le pregunta qué ha perdido. Responde: «la llave de mi casa». Ahora son dos los que buscan … hasta que el guardia se cansa y pregunta a nuestro hombre si está seguro de haber perdido la llave precisamente allí. Y éste responde: «no, no la he perdido aquí, sino allí detrás, pero allí está demasiado oscuro». También en el ámbito de la ciencia fundamental importa que al-gunos, los más capaces, definan donde hay que buscar, aunque allí haya poca luz. Precisamente éste es uno de los objetivos logrados por estas Conferencias. Puesto que los años que van desde 1931 hasta ahora han visto el desarrollo científico más espectacular de la historia universal, es justo consignar que la contribución de las Conferencias Gordon a ese desarrollo ha sido inapreciable.

Esa importante contribución se ha prestado, por otra parte, por una entidad privada, la Gordon Research Conferences, que es buen exponente del vigor y la fecundidad que pueden alcanzar en los Estados Unidos las iniciativas sociales. Vigor y fecundidad que en este caso no han quedado circunscritos solo a aquel país, sino que han revestido carácter y valor universales.

La corona en la historia de España

El pasado 20 de noviembre de 1995 se han celebrado los veinte años de la segunda Restauración de la Monarquía en España. Este importante evento ha dado ocasión para que se reúna, en torno al Monarca, la totalidad del espectro político y social de España en una «foto de familia» sin precedentes, por cuanto simboliza el más amplio consenso y reconocimiento de la institución desde principios del siglo XIX. Pocos días antes, la Corona aparecía en la prensa diaria, como víctima de un intento de chantaje, algo que en realidad era el resultado de las acciones irresponsables de aventureros y aprovechados. Nihil novum sub solé: es una vieja práctica de la política aprovechar «proximidades» de forma torticera, en beneficio propio. Sin embargo, lo más notable de esa lamentable anécdota es que ha servido para poner de manifiesto la fortaleza de la Corona. Es más: la sorprendente estabilidad de esta última etapa del gobierno socialista, a pesar de los continuos escándalos, se explica por la solidez de la Corona, la serena presencia del Rey y la vigencia y respeto de la Constitución.

Una simple enumeración de los distintos casos -desde Juan Guerra al GAL-sugiere la pregunta de qué gobierno europeo habría soportado, sin caer, aunque fuera solo la cuarta parte de lo que ha pasado en España. En otras circunstancias, en plena Segunda República, en 1934, Lerroux, Presidente del Consejo de Ministros, tuvo que dimitir por el regalo de un reloj a su sobrino.

En las páginas que siguen me propongo analizar las causas de esa fortaleza, que, a mi juicio, tiene sus raíces en la historia, en la experiencia colectiva de los españoles en general y en la de la clase política en particular.

La historia, fundamento de las naciones

Según Burke y Cánovas del Castillo, el origen de las naciones se encuentra en la delimitación de un territorio por obra de la Corona.

Es decir, que las naciones son producto de la historia y en la historia encuentran su fundamento. De ahí el protagonismo de algunas dinastías europeas en la constitución histórica de las grandes naciones: los Capetos, los Borbones, los Hannover, los Romanov, los Austrias… Si tuviéramos que juzgar la «voluntad de ser» de los reinos cristianos de la Península Ibérica a lo largo de la Edad Media, habría que reconocer que la prolongada contienda con el Islam fue forjando una nación cristiana, plenamente integrada en los valores europeos, a diferencia del extremo oriental del Mediterráneo, también invadida por los musulmanes.

La fusión del territorio, población y Corona tuvo su expresión más acabada en la figura de los Reyes Católicos: por eso no es casual que sus efigies ocupen un lugar preferente y destacado en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, sede de la soberanía nacional.

En la España contemporánea, la personificación de la libertad e independencia nacional se centró en los derechos históricos de Fernando VII frente al invasor. Y aunque algunos aspectos del programa ilustrado de José Bonaparte respondían a las necesidades de la época, el rechazo del «Rey intruso» demostró lo inviable de la racionalista ingeniería política francesa, consistente en entronizar por toda Europa a los hermanos y cuñados de Napoleón. Esta artificiosidad alteraba todo el sentido tradicional de continuidad y de constitución histórica de las naciones que encarnaban los monarcas y las dinastías. El fracaso de Napoleón en Europa fue el primer fiasco constructivista en Europa. El siglo XX ha asistido a dos nuevos intentos -por la vía de las armas- provenientes del centro y oriente de Europa, y ahora asistimos a otro -por vía pacífica- pero igualmente racionalista-constructivista.

Al final de su reinado, Fernando VII comenzó a separarse de la facción cortesana que pretendía el mantenimiento del absolutismo y que había encontrado en su hermano Carlos un banderín de enganche ante la inminente sucesión. La viuda de Fernando VII, la Reina Gobernadora María Cristina de Borbón, encontró en los liberales el apoyo necesario para defender los derechos sucesorios de su hija Isabel II: «ayudadme y os ayudaré». Desde 1834, la Corona, en plena sintonía con la mayor parte de la opinión, se inclinó definitivamente en favor del régimen liberal y constitucional. Y esa decisión marcó desde entonces una dirección que hizo de España uno de los pocos países europeos que disfrutó de un régimen parlamentario a lo largo de todo el siglo XIX.

Pero, además -con la excepción del periodo de la Dictadura de Primo de Rivera, a la que luego me referiré- la dinastía borbónica no concebía el ejercicio de las funciones de la Corona si no era por medio de la Constitución. Haciendo esto, la Corona interpretaba el sentir del pueblo español en su conjunto, que, después de 1833, no quería un posible retorno a un gobierno ilustrado, y tenía exclusiva confianza en la Corona, como lo demuestra la movilización de las ciudades españolas durante la Primera Guerra carlista, entre 1833 y 1840. La solución constitucional que dieron los liberales moderados fue la de la «soberanía compartida» entre las Cortes y la Corona. Con este principio (diferente del ensayado en Cádiz en 1812 y en la Revolución democrática de 1868) se buscaba un equilibrio entre el poder de las Cortes (titular de la soberanía nacional) y el poder de la Corona (expresión de la continuidad y tradición histórica de la nación española).

Pero lo que había surgido como una fórmula de compromiso entre la solución «democrática» de 1812 y las pretensiones liberales moderadas, y mostró, a lo largo de todo el siglo XIX y hasta 1923, de una extraordinaria virtualidad. En efecto; cuando en 1868 se invirtió en favor de las Cortes la ecuación de la co-soberanía, o de la doble confianza, no había manera de interpretar y dirimir la opinión, y el intento democrático del Sexenio fracasó. Y cuando en 1923, Alfonso XIII inclinó la balanza en favor de la Corona frente a las Cortes, le costó el exilio.

En 1873, en el Mensaje de Renuncia al Trono, Amadeo I de Saboya expresó con claridad meridiana la dificultad de interpretar la opinión en una sociedad como la europea de aquella época, en la que todavía no estaba articulado el cuerpo electoral. De ahí lo anacrónico de las apelaciones a la democracia en el siglo XIX por parte de algunos sociólogos e historiadores, que ignoran que el concepto de democracia en Europa -salvo quizás en Suiza y en parte en Inglaterra- era simplemente inaplicable. Decía Amadeo i en su mensaje de renuncia: «entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos; entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males. Lo he buscado dentro de la ley y no lo he hallado. Fuera de la ley no ha de buscarlo quien ha prometido observarla».

La Corona y la opinión

De nuevo fue el genio político de Cánovas el que vio en la solución de la doble confianza el equilibrio posible, a la vez, de una monarquía parlamentaria civil y constitucional. El turno y la co-soberanía, el poder moderador de la Corona como intérprete de la opinión mientras no hubiera un cuerpo electoral maduro, fueron las soluciones aplicadas constitucionalmente durante la Restauración, cuyo origen se encuentra en la fórmula aplicada por la Reina Gobernadora desde 1834. Así lo manifestaba Cánovas en su discurso al Congreso el 8 de febrero de 1888: «mientras en España no se constituya un cuerpo electoral como el que existe en Inglaterra (un cuerpo electoral independiente que derrotara a los ministros mientras lo son y que cambiara las mayoría y las minorías) la Corona está llamada, no digo sin peligro suyo, pero ésta es la fatalidad que nace del estado de nuestro país (…) la Corona está obligada a dirimir y dirimirá los grandes conflictos parlamentarios».

Ese «peligro suyo», es decir, el riesgo de ejercer la prerrogativa regia en la dirección equivocada de forma reiterada, junto con la inexistencia de un turno civilista articulado, le costó el Trono a Isabel II.

Por eso, Cánovas se apoyó en la experiencia anterior, de modo que la Restauración se articuló de forma más perfeccionada, y el sistema de partidos configuró la opinión de tal forma que la Regencia fue capaz de superar tanto el prematuro fallecimiento de D. Alfonso XII como la difícil crisis de 1898.

Pero, con todo, el mayor peligro procedía de la aplicación del poder moderador en una dirección no prevista en la Constitución de 1875: la de ceder el poder a un impulso ajeno al sistema de partidos.

En 1922, Don Alfonso XIII, en el tramo final de la virtualidad del sistema restauracionista de 1875, llamó al poder a García Prieto con el encargo expreso de que gobernara mediante una coalición liberal.

García Prieto reunió en la Concentración Liberal a los reformistas de Melquíades Álvarez y a las diversas facciones liberales (la propia de Álvarez, más la de Alba, Gasset y Romanones). En el programa de aquel gobierno constaba la reforma constitucional y una nueva ley electoral de carácter proporcional. La intensa vida parlamentaria y los progresos del «expediente Picasso», en el que se depuraban las responsabilidades por el desastre de Annual, estimularon a los sectores golpistas del ejército y a los apoyos antiparlamentarios presentes en la sociedad española desde el inicio del reinado de Alfonso XIII.

Sólo faltaba encontrar un militar de prestigio que encabezara el pronunciamiento militar. Primo de Rivera lideró las corrientes anticonstitucionales y se sublevó en Barcelona el 13 de Septiembre de 1923.

El Rey aceptó como un hecho consumado la nueva situación y llamó al general Primo de Rivera a la capital de España, para que ocupara el poder.

Primo de Rivera interrumpió los cincuenta años de tradición civilista, el gran empeño de Cánovas, la idea de que los militares debían estar en los cuarteles. Pero además, el golpe de 1923 se diferenciaba netamente de los pronunciamientos decimonónicos que se hacían desde el liderazgo de partidos constitucionales: los generales Narváez, Serrano y O’Donnell eran líderes de partidos y facciones civiles.

Por el contrario, Primo de Rivera inauguraba un nuevo tipo de intervención golpista contra «los políticos» y contra la Constitución, desde la perspectiva corporativa y autoritaria propia del siglo XX en toda Europa.

Políticos e intelectuales (Sánchez Guerra, Melquíades Álvarez, Romanones, Cossío, Unamuno) hicieron desde el principio una valoración negativa del golpe de estado de Primo de Rivera, señalando los riesgos en que colocaba a la Corona. El historiador británico Raymond Carr ha sido quien ha valorado de una manera más clara que el régimen de la Restauración, entre 1918 y 1923, entraba en una vía de progresiva democratización, que el cuerpo electoral -la opinión- se estaba «constituyendo» (en palabras de Cánovas). Según Carr, lo que hizo el golpe fue poner fin «no a un cuerpo enfermo, sino a un recién nacido». Resultaba evidente que, frente a las erráticas opiniones de algún historiador empeñado en justificar el golpe de Primo de Rivera, en ningún caso se puede apelar -en el caso de una intervención militar, fuera del juego político constitucional- al ejercicio moderador de la Corona como intérprete del estado de la opinión, pues no es lo mismo llamar al poder a un político con representación parlamentaria que a un militar por la fuerza de las armas. Sin duda, el error de Alfonso XIII, que le costó el reinado, fue aceptar el golpe cuando, como Rey constitucional que era, pudo y debió haberse enfrentado a Primo de Rivera.

Lo cierto es que la Dictadura supuso un golpe de gracia a los partidos dinásticos protagonistas y mantenedores del sistema de la Restauración.

Movimientos y partidos antiparlamentarios de izquierda y de derecha celebraron el nuevo orden de cosas, y vieron en la Dictadura una oportunidad favorable para su propio desarrollo. El republicanismo, dividido y en parte encauzado constitucionalmente en el sistema político por medio del Partido Reformista, en el que militaba Don Manuel Azaña, encontró durante la Dictadura un desarrollo extraordinario, preludio de su influencia en la opinión en los años treinta.

Si el gran error de Alfonso XIII fue aceptar y sostener durante seis años a Primo de Rivera, su gran acierto fue apartar a la Corona de la contienda política entre los españoles, al comprender, en 1931, que no contaba con el favor de la opinión pública. Aquel gesto facilitó extraordinariamente la aceptación de la solución restauracionista de la «dinastía histórica» en la Constitución de 1978. Terminada la dictadura del General Franco, la Corona ha vuelto a conectar con la opinión -esta vez democráticamente expresada-, con un cuerpo electoral maduro y constituido, algo que no existió en España hasta la década de los años treinta.

El nuevo escenario: la opinión democrática La Corona entendió perfectamente desde los años treinta de 1800 cuál era el signo de los tiempos: el régimen constitucional liberal. Un siglo después, los equilibrios de moderación y continuidad que representaba la Corona no estuvieron presentes en la España de los años centrales de mil novecientos treinta -y bien que se notó-. El servicio que en la compleja historia de España ha hecho y puede hacer en el futuro la Corona se pone de manifiesto en la Transición, en la Constitución de 1978 y en su defensa ante el intento golpista del 23-F de 1981. Si bien la solución democrática y de continuidad histórica encuentra en la Corona y en la Constitución a la vez su expresión y garantía, no por ello ha dejado ni dejará de tener riesgos y adversarios: las críticas indiscriminadas a «los políticos» constituyen una vieja cantinela que no pretende otra cosa que desprestigiar al sistema en su conjunto y sustituir unos políticos elegidos en las urnas por otros que alcanzan el poder por vías no constitucionales. En esa trampa cayó Alfonso XIII, y España se precipitó hacia la polarización política. E igualmente desafortunadas son las críticas «al régimen» cuando se pretende, con esa expresión, definir la hegemonía obtenida en las urnas legítimamente por un partido político. Lo único que hace la confusa ecuación Gobierno-Régimen es alimentar las vías no constitucionales. Contra un gobierno se puede elegir otra mayoría; frente a un régimen solo cabe derrocarlo o alterar el marco constitucional. Y cualquier deslizamiento en esa dirección lo que consigue es, cuando menos, abrir un camino de inestabilidad que termina, con muchas probabilidades, en una nueva dictadura.

Otra vía de riesgo es el canto de sirenas de una suerte de neocarlismo en favor de una Corona de la España «confederal», un camino al que se han aficionado algunos líderes de la política y la opinión.

En favor de esa tesis se encuentran, en parte, algunos partidos nacionalistas y también un mal entendido proceso de construcción europea que pretende diluir las grandes naciones históricas del viejo continente.

La virtualidad de la Corona y de la Constitución se encuentra, precisamente, en que satisface -a la vez- el procedimiento democrático de gobierno y de representación junto a la configuración histórica a la que se referían Cánovas y Edmund Burke.

La existencia de un cuerpo electoral maduro, que cada tres o cuatro años establece una mayoría parlamentaria, reduce afortunadamente aquel «peligro suyo» -de la Corona- del que Cánovas hablaba, y el del ejercicio del poder moderador por parte de aquella. El peor servicio que se podría ofrecer a la alternancia democrática, base del funcionamiento de cualquier sistema de partidos, es la impresión de que la Corona otorga o quita confianzas. Eso sería una magnífica y oportunista excusa para un fin de mandato, cuando lo realmente importante es que sea el cuerpo electoral constituido el que diga si un líder político tiene que retirarse o si un partido ha de estar en el gobierno o en la oposición.

La estabilidad política es el resultado del acierto de una fórmula constitucional que ha permitido el encuentro feliz entre la democracia y la continuidad histórica de España, encarnada en la Corona. La celebración de los veinte años de reinado de Don Juan Carlos I anuncia un futuro de progreso, estabilidad y alternancia política sin traumas, que constituye un servicio impagable para un país cuya memoria colectiva vincula la Corona a largos periodos de libertad y constitucionalismo, frente a otros ensayos en los que España en su conjunto ha salido perdiendo.

Sobre la identidad del arte moderno, notas al margen de la Biennale

Dos visitas, prácticamente continuadas en el tiempo, y una polémica -casi permanente en la actualidad-, inducen estas líneas. La primera de ellas la constituye el recorrido, como siempre sorprendente, por las salas del Museum of Modem Art de Nueva York (el mítico MOMA), que nos permite un trayecto, concebido casi como una via sacra, con sus correspondientes «estaciones», por el arte moderno. Un paseo que, iniciado con Cézanne, fue pensado en sus líneas esenciales por el pionero Alfred Barr.

Pocos días después, en las jornadas inaugurales de la 46 Biennale di Venezia, y al margen de la actualidad (?) de los pabellones nacionales que se despliegan en los Giardini, visito la exposición que Jean Clair desarrolla en el Palazzo Grassi del Gran Canal, la exposición emblemática de este 1995: «Identitá e alteritá. Figure del corpo 1895/1995». Ya en la introducción de su catálogo, el comisario, entre otras cuestiones, se pregunta: «¿y si Cézanne no estuviera en el origen del arte moderno más que Meissonier, Klinger o De Chirico?».

La cuestión, desde luego, no es baladí. Y la duda, y muchas veces la certeza, de que el arte contemporáneo no es «como siempre nos lo · han contado», o como nosotros mismos lo hemos contado, se impone con fuerza en este revisionista fin de siglo XX.

Sin duda, la visita veneciana a la mayoría de los pabellones nacionales no hace más que confirmar la impresión general de la falta de fuerza, creatividad y originalidad de lo allí presentado. Y aunque la cuestión fundamental a plantear sea la de la representatividad de lo que allí se puede ver con respecto a la producción actual, no es ésta la que queremos proponer aquí. Que la propia Biennale di Venezia, muy poco dada habitualmente a las autocontemplaciones y celebraciones de sí misma, plantee su exposición estrella como la de una peculiar revisión del arte de nuestro siglo; y que, aprovechando igualmente la coyuntura de los cien años de su nacimiento, nos muestre en el Palacio Ducal y en Ca’Pesaro, otra exposición, claramente ya autorreferencial (Venezia e la Biennale. I percorsi del gusto), no deja de ser significativo del momento revisionista en el que nos encontramos.

El recorrido del MOMA

Los grandes rasgos del desarrollo del arte contemporáneo, tal y como se nos muestran en el MOMA (con independencia de las obras que coyunturalmente se expongan) son muy conocidos y están prefigurados en los famosos «árboles» esquemáticos de Alfred Barr en los clásicos catálogos de las exposiciones Cubism and Abstract Art de 1936 (con su «Mapa del arte moderno») y Arte fantástico, Dadá y Surrealismo.

Ya en el Museo, y partiendo de los pintores que desarrollan su carrera en la Francia de fines de siglo XIX -los Gauguin, Van Gogh, Seurat…- y, sobre todo, Cézanne, se nos explica el desarrollo y triunfo de una vanguardia como la cubista con las Demoiselles como auténtico totem; varias salas más allá, Kandinsky inaugura la abstracción expresionista y su obra convive con otras abstracciones francesas como las de los Delaunay; Matisse triunfa en la prodigiosa sala central de la segunda planta -quizá la más sobrecogedora del museo-, que termina (y ni siquiera hemos resumido, claro, todo el proceso) con el surrealismo.

La cesura -el paso de la segunda a la tercera planta- la establece la crisis de la Guerra Mundial; un piso más arriba nos espera el triunfo de la abstracción en la postguerra, el Pop-art, la abstracción geométrica … hasta las obras de nuestros días.

Se trata, como hemos dicho, de mostrarnos un recorrido cuajado de victorias (muy «fácil» de realizar en una colección repleta de trofeos coleccionísticos y museológicos); se nos induce la visión de un camino que, sin dejar de maravillarnos, se nos antoja un tanto lineal y cargado de una profunda (y sospechosa) coherencia interna, como la de los ya mencionados «árboles» de Barr.

«ldentitá e alteritá» en Venecia

El recorrido de Jean Clair en el Palazzo Grassi es, desde luego, menos reconfortante. La línea escogida por el comisario es mucho más polémica. De entrada ha prescindido de manera prácticamente total de lo que genéricamente ha dado en llamarse «arte abstracto», para centrarse en una inquietante exploración por lo que denomina «figuras del cuerpo». Por otro lado -y sin duda ello no se debe tan solo a la dificultad de préstamos inherente siempre a las exposiciones temporales- llama la atención la ausencia de «masterpieces» (los trofeos del MOMA) que, en principio, elimina cualquier idea del arte contemporáneo como una sucesión de victorias.

Por debajo de estos trazos esenciales, la línea argumental de Jean Clair se articula en tomo a una reflexión acerca de las relaciones entre figuración artística (centrada en la imagen no solo del rostro sino, sobre todo, del cuerpo humano) y la ciencia, la mecánica, las máquinas y los artilugios que ha ido provocando un ingenio estimulado no tanto por la optimista idea de progreso, como más bien por necesidades menos nobles como, por ejemplo, las guerras.

Nada más significativo para confrontar estos dos caminos opuestos que estamos comentando que la comparación de las obras inaugurales, tan distintas entre sí, que ambos nos proponen: el Bañista de Cézanne (circa 1885) en Nueva York y la obra de Giacomo Grosso Il supremo Convegno (1895), una pintura de clara raigambre simbolista y decandentista que causó un auténtico escándalo de tipo moral hace cien años en Venecia.

A partir de esta pintura, las secciones de Identita e alteritá se suceden sin piedad siguiendo un orden cronológico, aunque casi siempre con «comentarios» (en forma de pinturas o esculturas) de producciones de los últimos  años: «Retratos de grupo», «El positivismo: 1895-1905», «La incoherencia de las Vanguardias. 1905-1915», «¿Hacia un hombre nuevo? 1915-1930», «Artes totalitarios y artes degenerados: 1930-1945», «La posguerra: 1945-1962», «Retomo al cuerpo: 1962-1985», «El cuerpo real y el virtual: 1985-1995» y una última sección -fuera del Palau.o-, a cargo de Adalgisa Lugli: «Huellas del cuerpo y de la mente».

Los solos títulos de las distintas partes nos parecen ya expresivos. Desde la «banalidad» de los lugares de reunión de los grupos de artistas mostrado en la primera sección (que va, como se expresa en el subtítulo, «De la Academia al Café» y que, en realidad, manifiesta el paso de la imagen colectiva del artista desde los «Parnasos» rafaeles cos e ingrescos a los cafés y los atelier concretos y reales), a las visiones problemáticas y dubitativas acerca del valor racionalizador y proyectual de las primeras Vanguardias (un poco el Proyecto y Destino, de G. Carlo Argan) y la  ingenua  -y fracasada- pretensión  por parte de aquellas no solo de figurar, sino también de configurar  un «hombre  nuevo».

Museografía e historiografía

Mientras la imagen habitual del arte del siglo XX se ha ido fabricando ab initio y en la práctica al paso de las sucesivas realizaciones de una (autodenominada) Vanguardia, creando una historiografía ad hoc (cuyo patriarca y punto de referencia esencial serían los escritos de Clement Greenberg, y cuya consagración estaría en los grandes museos de arte contemporáneo de Nueva York, Londres o París), la mirada de Jean Clair desde Venecia se sitúa al otro lado del camino, al final, en un momento en el que ya se han desenmascarado las utopías de progreso tanto políticas como científicas y en el que, con toda lógica, se ha desvanecido aquella frivolidad de la década pasada que se llamó postmodemismo.

No creemos, sin embargo, que la polémica en torno al arte contemporáneo sea sobre todo la de hacer prevalecer la abstracción sobre la figuración o viceversa. Sin negar la pertinencia de esa cuestión, ella no se nos aparece, sin embargo, como articuladora de una explicación del tema en su conjunto.

Sería, naturalmente, pretencioso resolver el problema en estas breves líneas, de carácter más bien reflexivo; pero pensamos, inducidos por la contemplación de las obras neoyorkinas y de las expuestas en Venecia, que una de las direcciones maestras de investigación sería la de pensar acerca del carácter que ha ido asumiendo la historiografía del arte de nuestro tiempo.

El trasfondo metodológico de la historiografía del modemism ha sido en gran medida de carácter formalista. Resulta muy curioso al respecto la disposición museográfica de algunas obras en el MOMA tal y como se pueden contemplar en la actualidad.

Hace algunos años (no muchos, aunque no sé la fecha de los cambios a los que me voy a referir) una pintura como Los tres músicos de Picasso (1925) colgaba de una sala en la que se mostraban las consecuencias del cubismo tras las obras del período heroico (aquél que Apollinaire llamaba «sintético») de los años diez. Hoy día la contemplamos, algunas salas más allá, tras la mencionada sala central de Matisse, confrontada en la misma pared con otra pintura célebre del español, La Fuente, una de sus obras maestras del llamado «período clásico». ¿La fecha de la misma? … ¡1925!.

El mensaje museográfico e historiográfico es claro. Enfrentado a la revisión del arte de nuestro tiempo, que hace prevalecer las contradicciones y la complejidad sobre explicaciones falsamente lineales y biológicamente evolutivas, el MOMA dispone en la misma pared dos obras coetáneas -pero de estética diferente- del maestro indiscutible de nuestro tiempo.

Algo parecido pasa en la planta tercera, la consagrada al arte tras la IIa Guerra Mundial. Olvidando una disposición anterior, en la que pinturas del primer Pollock y las de Ashile Gorky articulaban «armónicamente» el paso del surrealismo mironiano, el Picasso de los años treinta e incluso de los muralistas mexicanos al expresionismo abstracto de la Escuela de Nueva York, se opta en la actualidad por contrastar dos salas -con telas inmensas de Jackson Pollock, una; de Mark Rothko la otra- indicando el paralelismo cronológico de dos vías hacia la abstracción muy distintas también formalmente.

Se trata, sin duda, de dos opciones de indudable brillantez (ayudadas, por supuesto, por el carácter de canonicidad que, merced -entre otras cosas-, a la propia política historiográfica del MOMA desde los años treinta, han adquirido estas obras concretas y sus artífices), pero revelan el formalismo que parece inherente a los métodos interpretativos de la institución.

La propuesta de Jean Clair está en los antípodas de estas ideas, ya que su opción por un, podríamos decir, «apriori contenidista» en las obras de arte es bastante clara. La imagen, y esta es una de las explicaciones de la apuesta rotunda por la figuratividad, es un vehículo transmisor de un contenido, que no tiene por qué ser, ni mucho menos, una idea: puede ser una vivencia, una mera sensación, o una relación más o menos aludida a acontecimientos o aspectos de la realidad.

Se urde así un argumento acerca de la modernidad muy alejado de una articulación de artistas de mayor a menor importancia, de grupos o de tendencias. Un argumento que, como decimos, encuentra su elocuencia en el diálogo crítico con algunas de las explicaciones historiográficas más habituales en lo que respecta al arte de nuestro tiempo.

Cuando el artista es visto como héroe solitario, el personaje que destaca no es tanto el que pudiéramos llamar «el habitual de la modernidad», como Matisse o Picasso, como más bien un crítico profundo de la Vanguardia como Giorgio de Chirico, del que se nos presentan hasta cinco autorretratos significativamente colocados en el apartado «¿Hacia un hombre nuevo?», muy cercanos al Autorretrato de Piet Mondrian de 1918.

El tema de la imagen del artista visto por sí mismo es uno de los más atractivos que recorre toda la muestra. El resultado final de la contemplación de los autorretratos de Paul Gauguin (1903), Edvar Munch (1886, 1940), Jacek Malczwesy (1902, 1912, 1922), Picasso (en los menos habituales: los de 1897, 1970-71, 1972), Pierre Bonnard (1889, 1930, 1938), Lovis Corinth (1903, 1907, 1924), Arnold Schünberg (1910) o Jean Fautrier (1916-1917), en la sección «La reivindicación expresionista. Autorretratos», no puede ser más expresivo para una imagen de la Vanguardia alejada de todo triunfalismo, así como de lo problemática que ha sido la construcción y la manifesta ción de la identidad del yo en nuestro siglo.

La primera sección, «El positivismo», induce también a todo tipo de reflexiones críticas acerca del valor de una idea de la ciencia basada en el mito del progreso. Algo parecido a lo que se planteaba en la exposición Wünderblock celebrada en Viena en 1989. El positivismo no permitió una imagen y una realidad expresadas «coherentemente», sino que proporcionó reflejos más bien inquietantes acerca de la misma, como nos muestran las fotos de Paul Richier (1911) o su Busto de Descartes con montaje incorporado en su cráneo; por no hablar de esa negación de la identidad que es el Wanted / $ 2000 de Marcel Duchamp, tan brillantemente analizado por Richard Brilliant en su libro Portraiture (1991).

La polémica anti-abstracta es clara en las secciones dedicadas al problemático y cuestionado «hombre nuevo», al arte totalitario y al «degenerado» (objeto también de recientes muestras en París (Les réalismes), en Los Angeles (Degenerate Art) o en Viena (Kunst und Diktatur), en una tendencia de estudio que, como vemos, es ya casi general), y en las magníficas pinturas de la sección «Retorno al cuerpo» en las obras de Chuck Close, Luden Freud (sobre todo el soberbio Leigh under the Skylight, 1994), David Hocney, Kitaj o Antonio López (con su inquietante escultura Hombre y Mujer, 1968-1990). Pero no queremos hacer tanto una crónica de la muestra como demostrar las inmensas posibilidades de reconsideraciones más problemáticas del arte del siglo XX que no estén articuladas únicamente en torno al eje ordenador de las Vanguardias.

Una reflexión final. El paralelismo que hemos intentado hacer entre estas dos propuestas expositivas tan distintas entre sí no ignora el distinto carácter que tienen y han de tener ordenaciones museográficas basadas en una colección permanente (como la del MOMA) y las de una exposición temporal del carácter de la que comentamos. En estas últimas, las posibilidades exploratorias, experimentales y aun las meras tentativas son no solo defendibles, sino hasta deseables e incluso obligatorias. De éstas han de partir no solo ideas museográficas que se adivinen pertinentes, sino también nuevas posibilidades historiográficas. Las relaciones entre historiografía y museología, un tema aun no suficientemente explorado, se han subvertido general mente en el caso del arte contemporáneo, si tomamos como punto de mira lo que ha sucedido con el clásico. Por lo general, los museos que basan su colección en el arte del pasado han sido muy deudores de los estudios históricos y aun de la crítica anterior a sus ordenaciones.

En el caso del arte del siglo XX, y sobre todo gracias a la relativamente temprana -con respecto al origen de este arte- creación del MOMA (en 1929), ha sido el propio museo -no solo a través de su colección permanente, sino por medio de las inteligentes exposiciones planteadas por Barr, y a las que ya nos hemos referido- el productor e inductor de gran parte de las reflexiones históricas que han ido ordenando la sucesión de la actividad artística contemporánea. Ahora, la historiografía sucede a la museografía.

Sin embargo, la crisis y el agotamiento del modelo vanguardista y la emergencia en la consideración actual de artistas o épocas de artistas hasta el momento despreciadas (como, por ejemplo, ese tema de lo figurativo o de lo expresivo que ahora no nos ocupa), hace que determinadas ordenaciones se nos aparezcan como rígidas y anquilosadas. No creo que el modelo del «museo perfecto» (aun de la brillantez y calidad del MOMA) sea defendible en la actualidad a la hora de presentar una visión del arte del siglo XX que se defina como completa.

Ya sabemos que éste no es solamente el siglo de la vanguardia y que el arte que en él se ha producido no solo se ha hecho en París, Berlín, Munich, Moscú o Nueva York. Hay otros países, como Italia o España, y otras muchas ciudades, que no atendieron de manera ortedoxa el modelo de la Vanguardia. Olvidarlos, como nos enseña la exposición del Palazzo Grassi, sería no entender nuestro siglo con la complejidad e interés que su producción artística merece.