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Fátima Mernissi, nacida en Fez en 1940, es investigadora en la Universidad Mohamed V de Rabat y una figura destacada del feminismo islámico. Educada en escuelas coránicas, consiguió licenciarse en Ciencias Políticas, ser luego becaria en La Sorbona y doctora por Brandéis. Sin embargo, al contrario que muchos intelectuales musulmanes, no aprovechó sus estudios en Occidente para lograr un cómodo exilio: prefirió regresar a su tierra, donde vive hoy.

Estos datos de su biografía «oficial», tan escuetos, se amplían con los recuerdos de infancia de estas memorias: los años transcurridos en su hogar de Fez. La pequeña Fátima de entonces aparece en la mansión paterna rodeada de las mujeres Mernissi: la abuela, matriarca y guardiana de la tradición; la mujer del hermano mayor de su padre, siempre fiel aliada de su conservadora suegra; su propia madre, elemento rebelde del grupo: una tía divorciada, discretamente acorde con su cuñada partidaria de la modernidad. Las primas, las criadas y Samir, el primo favorito, de su misma edad, y, por tanto, demasiado pequeño para integrarse en el sector masculino de la casa.

La descripción de la vida cotidiana de estas mujeres, analfabetas, que no podían salir solas a la calle, y a las que estaba prohibido oír la radio, ofrece detalles curiosos de indudable interés humano. Dedicadas a sus menesteres femeninos como bordar y fabricar sus productos de belleza, aquella vida pudo resultar oprimente, pero también tiene un enorme encanto colorista y un cálido sabor doméstico.

Carentes de libertad, pero –en contrapartida- libres de toda responsabilidad, sueñan con un mundo del que ignoran casi todo, como perpetuas adolescentes juguetonas cuyo plácido letargo no se sabe bien si compadecer o envidiar.

El relato es excelente al describir los pros y los contras de la existencia tradicional del harén, entendiendo por tal no los de los palacios novelescos, sino los de familias de tipo medio. Huyendo de exotismos y de simplificaciones, Mernissi evita tópicos y narra con sencillez sus recuerdos, buenos y malos, sin olvidar los conocimientos que allí asimiló y los que echó en falta. Sin el oficio del escritor profesional, se muestra como narradora ágil, directa, que sabe extraer la esencia de los hechos y retratar a sus personajes con trazos escuetos y precisos.

El estilo muestra una notable frescura, que estimula la imaginación del lector al mismo tiempo que acierta a resaltar los contrastes entre una infancia feliz y los graves problemas sociales que esas costumbres plantean hoy a la cultura árabe.

La autora, no obstante, como otras muchas mujeres islámicas, se pregunta: ¿por qué organizar una revolución, si el nuevo mundo va a ser un desierto emocional? Interrogante clave a la vista de lo ocurrido en Occidente. Además -prosigue la autora- ¿quién se beneficia de un harén? ¿Quién creó el harén, y para qué? Al final, concluye, todas esas preguntas «quedan sin respuestas, como mariposas desorientadas».


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