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Una primera duda que podría asaltar al lector, se refiere al significado del rótulo que figura en la portada. ¿Por qué esta novela aparecerá titulada de un modo tan extraño y tan poco llamativo desde el punto de vista comercial o de marketing?

La respuesta es sencilla: las palabras del título reproducen la opinión que Paloma, uno de los más destacados personajes del relato, dedica a la protagonista, la portera encargada del inmueble n.o 7 de la rue Grenelle de París, que muestra en su talante «la elegancia del erizo», es decir, «que por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que por dentro tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes».

Con estas frases, define la pequeña Paloma de doce años, e hija superdotada de un rico diputado socialista, ex ministro y probable futuro presidente de la Asamblea Nacional, a la portera de su casa. En efecto. Estamos en presencia de una típica madame la concièrge, parisina, rara vez amable pero siempre cortés. Aunque carece de estudios, es lectora insaciable, admiradora de Tolstói, en cuyo recuerdo llama León a su gato. En cuanto a la filosofía, la señora opina de Edmund Husserl que es «un nombre para aspiradores sin bolsa» y a su fenomenología la considera como «un monólogo solitario y sin fin de la conciencia consigo misma».

Aclarado el asunto del título, cabe aún el intento de averiguar las razones que movieron a los libreros franceses a otorgar su premio a la obra de creación literaria que les pareció la mejor novela de 2007. Podemos pensar que lo hicieron porque el relato muestra el espíritu francés, hasta la médula de su estructura: ingenioso, sutil, cartesiano, erudito y aplastante por su despliegue técnico, impropio de una segunda incursión en el género narrativo de la autora, profesora de filosofía, no muy versada en lides literarias. Sobre todo, a la vista de la brevedad y escasa enjundia de su primera obra, publicada, sin mayor relieve, con el titulo de Una golosina.

Aun a su modo de niña rica y rebelde, la adolescente Paloma se comporta como la conciencia del edificio, mientras la portera es la mente, el intelecto que da forma y estilo a este antiguo palacete, transformado en grandes y lujosos pisos. La niña escribe dos diarios a la vez: uno se refiere a su vida personal, mientras en el otro expresa, a su manera, la evolución de las ideas que pasan por su cerebro. En uno y otro cuenta al lector cómo es su familia, padre, madre y hermana mayor, los remordimientos del padre, angustiado porque su madre, la abuela de Paloma, no vive con ellos, sino en una lujosa y aséptica residencia. Tampoco faltan las referencias al carácter y costumbres de los vecinos, cada uno de ellos dotados de su peculiar idiosincrasia y costumbres refinadas, incluyendo los cuidados que dedican a sus perros de lujo.

Madame Michel, Renée para los amigos, representa a la portera cincuentona, viuda y sin hijos, poco agraciada y muy inteligente, que no escribe, si bien lee con entusiasmo, incansable, en su ratos de ocio, a base de continuas visitas a la sección de préstamo de una biblioteca pública. Además, toma el té con su gran amiga, una asistenta portuguesa que trabaja para dos familias de la casa.

A estas tertulias acabará por unirse Paloma, que encuentra en ellas respiro ante el agobio y cansancio que le causan sus familiares. El rechazo llega a tal punto, que ha pensado incendiar su apartamento, aprovechando, eso sí, un día en el que todos los familiares se encuentren fuera del hogar. Renée y la asistenta Manuela, portuguesa del Algarve, limpian, charlan y dejan pasar los días. Mientras, Paloma sigue estudiando, a la espera de que llegue el 16 de junio, fecha que se ha fijado para provocar el incendio de su piso. De repente, ocurre un hecho insólito, algo inesperado. Un caballero japonés, jubilado y con mucho dinero, compra el piso que ha dejado libre la mujer de un famoso crítico gastronómico a la muerte de su marido. La aparición de este último personaje, dotado del refinamiento oriental y tan consumado lector como Renée, fascina a Paloma, estudiante de japonés en sus ratos libres, y atrae las miradas del resto del edificio, incluida, como es natural, la titular de la portería.

La novedad aporta una nota de color en la vida de todos aquellos que residen en el n.o 7 de la rue Grenelle, que se mueren de curiosidad por conocer detalles sobre el exótico inquilino, que se ha colado en un recinto reservado a la rancia estirpe gala y, para colmo, ha reformado la vivienda al más puro estilo de su país de origen. Paloma, Renée y el caballero japonés, señor Ozu, se hacen amigos, en un idealizado proceso que inspira la trama narrativa y, a veces, hace pensar en el cuento de La Cenicienta. Sensación que termina al llegar al quiebro final, con un desenlace dramático, propio de la novela rusa clásica, de esas que tanto gustan a los tres. La acción externa, claramente minimalista, transcurre casi exclusivamente dentro del edificio donde residen los personajes con algunas, escasas y esporádicas, salidas al mundo exterior.

Por ejemplo, el día que Paloma acompaña a su madre a las rebajas, lo que da lugar a episodios muy divertidos. En cambio, la interioridad de los personajes, su mundo de pensamientos parece todo lo contrario: intenso, activo y variado, tanto como para implicar en él al lector, que acaba sintiéndose mudo testigo, presente en las reuniones de Renée, Paloma y el señor Ozu. El juego de sentimientos interiores, tratados con gran agudeza y lucidez, descubre la faceta pedagógica de una profesora de filosofía y muestran un expresivo retrato de las inquietudes del mundo posmoderno, hecho de fortunas inestables, poderes cambiantes, ideas confusas, ausencia de certezas y de creencias y temores, que miran tanto al pasado como al futuro. La variedad y nitidez de los trazos personales y ambientales, constituyen el mejor acierto de la novela y hacen olvidar los rasgos, un tanto forzados de los protagonistas, que aparecen trazados como criaturas de diseño, más que como seres humanos de carne y hueso. El intelectualismo autodidacta de Renée, la precoz agudeza de la adolescente Paloma y la serena y bien humorada actitud vital del amigo japonés, ofrecen, no obstante, un material novelístico de buena calidad, donde razón y sentimiento se equilibran. Ingredientes que la autora alterna con buen estilo aunque, a este respecto, hemos de lamentar que la traducción española no contribuya a resaltar la calidad literaria del original francés.


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