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Ver productosEs una costumbre milenaria terminar el siglo con algún pronóstico tremebundo. Resultado, quizás, de la necesidad de catarsis con la que la humanidad toma conciencia de sus fronteras, de los límites que atraviesa. El siglo pasado, la discusión sobre el fin del arte dio pie a un debate que duró cien años. Muchísimos artistas, libros, exposiciones y museos después, nos preparamos a degustar un nuevo final: se trata esta vez del fin de la Modernidad.
El criterio habitual que se sigue para entender la historia del arte suele ser el de una evolución continuada en pos de reflejar un mayor realismo, que, de repente -en el siglo XX- se convierte en una carrera desenfrenada por exhibir originalidad. Este último desarrollo, que en términos académicos se denomina «parámetro de las innovaciones formales», es precisamente lo que está en crisis -y con él todo el concepto de Modernidad artística-.
Para algunos críticos como Damián Bayón, la historia del arte del siglo XX sería como una bailarina de strip-tease que con cada nuevo «ismo» juguetea con alguno de los más acendrados valores artísticos hasta finalmente despojarse de él. Pues bien, después del helado rigor del movimiento minimal y del soberbio desprendimiento del arte conceptual, no hay ninguna duda: nuestra audaz bailarina del arte se ha quedado desnuda hasta el esqueleto. Es entonces cuando han surgido una serie de movimientos llamados postmodernos y la han cubierto con su capa remendada de ironía. Algunos de los rasgos más llamativos de la situación actual son la inexistencia de «voluntad de estilo», un eclecticismo en el que todo vale y una de-semantización de las formas y los símbolos artísticos. Estas características han sido señaladas numerosas veces: lo que no es tan evidente, quizá, es que su interpretación puede hacerse tanto en clave negativa como positiva. Porque, si bien es verdad que el tiempo artístico parece haberse detenido en una especie de estancamiento sin perspectiva de futuro, también lo es que paralelamente se está produciendo una recuperación de tendencias y valores que la rápida marcha del movimiento moderno había ido dejando de lado. Una situación de multiculturalismo o de culturas paralelas viene a reemplazar el monoculturalismo dominante del pasado inmediato. Igualmente, la de-semantización del símbolo artístico, cuya excesiva carga de ironía parece precipitar al arte en el nihilismo, puede entenderse como una resistencia a la utilización unilateral de la imagen que lleva a cabo nuestra sociedad capitalista para fines comerciales y políticos. Estaríamos, pues, entrando culturalmente en una situación de «retaguardia» (término infinitamente más combativo que el habitual de «Postvanguardia») frente a la «Vanguardia» y sus prisas, que definieron el ritmo artístico del siglo XX.
El retorno del arte figurativo
Dentro de este panorama, uno de los elementos que requiere un análisis más cuidadoso es la reaparición del arte figurativo. A pesar del carácter eminentemente manierista de su regreso, teñido de revivals expresionistas, nacionalistas, clasicistas…
Quizás el error más frecuente sea interpretar esta vuelta a lo figurativo como un retorno a la tradición clásica, considerar que ha quedado ya exhausto el impulso experimental del arte y que, por fin, veremos «gran arte» o «arte de calidad»; pensar en la modernidad y las vanguardias como un prolongado ataque de tos en la suave marcha de la misión y el quehacer artístico; o quizás construir la Historia del Arte sobre la base de una de esas oposiciones maniqueas tan típicamente dañinas del pensamiento occidental, en que lo abstracto y lo figurativo se oponen como dos ejércitos enemigos. Y ello, a pesar de que la accidentada historia del arte abstracto, rechazado en los países capitalistas por revolucionario en exceso, y en los países comunistas por demasiado burgués, da buena cuenta del carácter universalmente válido de tal división.
En primer lugar, la nueva figuración no es un arte anclado en representaciones naturalistas (salvo algún lavabo muy bien pintado de nuestro panorama español, que induce a emplear criterios de juicio artesanales mientras sumerge al espectador en el ámbito Zen de la mente en blanco) sino que ha asimilado la crisis de la representación que supusieron las Vanguardias. Como dice Valeriano Bozal en un texto reciente: «no se puede reproducir la naturaleza, hay que representarla mediante otra cosa…, esta afirmación pone en tensión la condición misma de la imagen pictórica, aquello que puede ponerse en lugar de la naturaleza para representarla.(…) Las cosas no pueden verse directamente, reproducirse directamente, sino a través de otras que las representan, las imágenes pictóricas».
Este descubrimiento de Cézanne & Co. al desvelar la no-naturalidad del signo pictórico, su caracter arbitrario (un modo de narrar entre otros modos de narrar), es un fenómeno parecido al del pecado original. Una vez que la pintura ha tomado conciencia de sí misma, no como «imitación a la realidad» sino como pintura, es imposible retornar a la inocencia del Paraíso. A pesar de lo cual, la emergencia del nuevo arte figurativo tiene un sentido profundo: no es tan solo el reflujo de un mundo artístico escondido que la tiránica dominación de la modernidad vanguardista más radical no dejaba aflorar (aunque eso también sea cierto). Más bien sería, a mi entender, la punta de un iceberg que revela una nueva actitud del artista hacia la sociedad: dejar de ser incomprendido. Al volver a la figuración, el artista da a entender el deseo de establecer una relación más directa con el espectador, y este cambio de actitud nos sirve para entender otros caminos artísticos, más heterodoxos, que se están dando en la actualidad.
La misión del artista
Si bien puede considerarse válida una definición de la obra de arte moderno como un mensaje cifrado dirigido al espectador, hay que reconocer que durante mucho tiempo ha tenido más de cifrado que de dirigido. Sin embargo, no debemos buscar las razones de esa situación tan solo en la complicación que implica la progresiva conceptualización de la obra, pues también tiene su causa en el arquetipo del artista moderno (que procede originariamente del Romanticismo): genial, original y sobre todo individualista. Hasta tal punto es decisivo ese arquetipo dentro de la valoración de un artista, que muchas veces es a resultas de un escándalo por lo que un determinado artista salta a la palestra de la fama. El mecanismo del escándalo merecería un estudio detenido, ya que en esta lucha entre artista y sociedad burguesa se le da la razón al artista, en un ejercicio de expiación y redención. Sin embargo, bastaría cambiar los términos de la ecuación, hablar de artista burgués y sociedad a secas para cambiar el resultado de la contienda. Algo así ocurrió hace poco -en 1987, en Nueva York- con un monumento que el Estado encargó al artista Richard Serra. La obra, una gran pared combada, de metal, denominada Tilted Are había sido especialmente ideada para una plaza a la que daban distintos edificios de oficinas. Los trabajadores de las oficinas fueron incubando una profunda animadversión hacia la obra, y exigieron su derribo o desmantelamiento. Después de reunir firmas y de un juicio, la obra hubo de ser retirada, a pesar de numerosas protestas por parte del propio escultor y de la comunidad artística a favor de la autonomía de la obra de arte y su indiferencia (una palabra en la que late un claro desprecio) hacia las quejas de los oficinistas. Este fue un escándalo que no benefició al artista (cuya fama, por otra parte, estaba ya bien establecida) y en el que, sin duda, el carácter humilde de los trabajadores, proletarios de white collar, ayudó a que éstos salieran victoriosos.
El pulso entre el artista y la sociedad es un tema delicado, y en términos generales más vale equivocarse a favor del artista, que es un visionario. Sin embargo, vale la pena plantearse cómo se ha llegado a un arquetipo de artista cuya única responsabilidad es la que tiene ante su propia obra, y cuya alienación de la sociedad es motivo de orgullo y la «prueba» de que es un espíritu realmente original.
Pero, frente al «artista formalista» (interesado en su propio mundo experimental) y el «artista crítico» (que basa su obra en una crítica directa o indirecta, lúdica o seria, de la sociedad en la que vive), empiezan a emerger nuevas tipologías de artista. Así, por ejemplo, el artista como chamán, cuyo modelo más notable sería Joseph Beuys, preocupado por dotarnos de una percepción distinta del mundo que nos rodea. Esta tradición enlaza con modelos primitivos en los que un mismo individuo de la tribu reunía los papeles de hechicero, curandero y artista, pues el arte es -de alguna forma- un exorcismo, un medio metafórico de resolver problemas reales. La exposición del Centro Pompidou Les Magiciens de la Terre (1989) ahondaba precisamente en esa eterna y novedosa tipología del artista.
Otro modelo es el del artista anónimo, cuya necesidad de expresión no iría ligada al sistema comercial que sustenta el arte, sino que rompería con las reglas de la sociedad de consumo. Éste es el caso de los artistas de graffiti, o el de los que decoran con mosaicos rotos y otros materiales de desecho las farolas del downtown de Nueva York, o el de aquellos que proponen obras de arte efímeras.
Finalmente, también se da la obra de arte como resultado de un esfuerzo colectivo, una obra como la que llevan a cabo grupos como Tim Rollings & K.O.S. o The Wandsworth Mural Workshop. Muchas exposiciones de arte actual -las llamadas exposiciones temáticas- podrían considerarse un ejemplo de obra colectiva, en el sentido de que una serie de piezas terminadas (pinturas, esculturas o fotografías) es reorganizada por uno o varios conservadores, de manera que las obras pierden algo de su carácter individual para pasar a ser fragmentos interconectados que tiene un efecto «total».
Nuevos caminos
De entre todo ese eclecticismo de estilos, técnicas y personalidades artísticas llama la atención la existencia de determinados géneros pictóricos (en el sentido de que el bodegón o la pintura de historia son géneros determinados) que se repiten, tratados en modalidades diversas que van del vídeo al cuadro tradicional, de la fotografía a la instalación. De esos géneros o temáticas recurrentes hay tres que parecen particularmente significativos: la parodia, el arte ecológico y el experimentalismo autobiográfico.
La parodia o la obra que se construye como imitación de otra obra artística sería el género postmoderno por excelencia. Postmoderno en el sentido en que definen el pathos postmoderno J.F. Lyotard (como «incredulidad hacia las metanarrativas») y J. Baudrillard (un «proceso de de-semantización»). Cuando Sherrie Levine vuelve a fotografiar y expone las fotografías que hizo Walker Evans en los años treinta, cuando Mike Bidlo copia detalladamente cuadros de Picasso, Magritte y Pollock, o cuando Simon Linke reproduce en óleo anuncios de Art- Forum, nos parece estar rozando el fin del arte, haber llegado a la antítesis de la creación, asomarnos a un precipicio de humor nihilista. Estas obras paródicas o «apropiacionistas» no solo carecen de significado en sí mismas -puesto que se refieren a una obra anterior-, sino que anulan todo el aura asociada al concepto de creador. En ese sentido, son obras «sin razón» y casi «sin autor», y podríamos, paradójicamente, incluir a aquellos que las hacen en la categoría de los artistas anónimos de los que hablábamos en el apartado anterior. Parece que éste el último rizo manierista de un arte autorreferencial que se mueve dentro del estrecho margen de sus propios códigos internos.
Sin embargo, una mirada menos indignada nos lleva a comprender el sentido crítico de tales obras, que ponen en cuestión el concepto de originalidad (concepto clave desde el Romanticismo e indispensable en la modernidad) y su valor comercial. ¿Quién va a querer comprar una obra que se vende como copia a precio de obra original? Éste es el modo en el que lo que antes considerábamos como algo decadente se puede convertir en algo con valor crítico, como un efecto de la retaguardia combativa, que se levanta contra el uso comercial que se da a la imagen.
El arte ecológico surge a resultas del carácter urgente y trascendental con el que se presenta la cuestión de la naturaleza. Es uno de los pocos temas de interés global, razón por la que puede convertirse en ese proyecto colectivo o visión integradora que los críticos sociales dicen que falta en nuestra sociedad. El gradual envenenamiento de la Tierra es sintomático de la insolidaria y destructiva civilización que hemos construido. Frente a ello, la postura del artista -artista chamán en la mayoría de los casos- es efectuar ceremonias de curación y sacralización, ya que si no hubiésemos perdido el sentido de lo sagrado no se hubiese creado este sistema de explotación en el que vivimos. No hay que confundir este arte con el Land-Art de los años setenta: no se trata de crear obras a escala heroica, titánica, huyendo el espacio cerrado y los medios tradicionales de la galería. La mayoría de los artistas que trabajan en esta línea no efectúan una obra perdurable; no se trata de, una vez más, dejar la marca del hombre sobre la naturaleza. Al contrario, este arte toma formas intangibles: el peregrinaje (James Turrell en el Roden Cráter, Arizona; Andy Goldsworthy en el Polo Norte), la celebración de fenómenos naturales como el amanecer o el solsticio (Fern Shaffer, R. Murray Schaffer), la reinvención de rituales de culto y veneración (Rachel Dutton). Solo queda documentación en forma de fotografía o vídeo, como testimonio, de una forma de arte que es sobre todo una experiencia en busca de la armonía perdida.
Finalmente, frente al experimentalismo formal que dictó buena parte de la producción artística del siglo XX, ha surgido un tipo de arte que parte de la experiencia personal o colectiva. La experiencia del dolor, de la enfermedad, de la maternidad, del deseo. Así, por ejemplo, tenemos la obra de Bob Flanagan, enfermo desde la infancia, que prepara instalaciones donde, de manera lúdica y dramática, presenta la vivencia de su enfermedad. Mary Kelly en Post-Partum Document intenta presentar el hecho de dar a luz de una manera alejada de tópicos. Obras colectivas como la de Jonathan Borofsky en Prisioneros o Mierle Laderman Ukeles en el Departamento de Basuras de la ciudad de Nueva York pretenden cambiar la imagen que la sociedad tiene de estos colectivos y la imagen que ellos tienen de sí mismos.
La pregunta que surge es: ¿es esto arte? Para mí, desde el momento en que un pensamiento o sensación, sea éste la desesperación o la belleza, es transmitido intencionalmente por un ser humano a otros a través de un lenguaje sígnico que apela a los sentidos (en este caso la mirada), es arte. Curiosamente, las inmensas posibilidades de manipulación de la imagen que ofrecen los avances tecnológicos son consideradas menos peligrosas para el concepto de arte que estas regresiones al papel del artista como guía de nuestra sensibilidad, como mago que nos descubre viejas y nuevas fuentes de belleza y armonía, como investigador estético y ético que ve y hace visibles las zonas oscuras de nuestra sociedad.
Un famoso libro sobre el arte del XX se titulaba Del arte objetual al arte del concepto, el nuevo paso sería al arte de la relación. Relación con la sociedad, en sus temas y en su dirección. El artista ha salido de la torre de marfil en la que la modernidad le había situado para entrar en contacto con el mundo que le rodea. Romper el dualismo entre valor social y estético es quizás el reto principal del artista del futuro. La nueva moralidad artística pretende de/construir y desenmascarar el uso que se hace de la imagen para propósitos siniestros (por ejemplo, en la publicidad, utilizando la belleza natural para que ayude a vender coches que la destruyen) a la vez que servir para reconstruir un mundo armonioso en el que todos los hombres sean capaces de reconocerse.
«Cuando la historia se repite y ovilla sobre sí misma en espirales concéntricas, el cronista que la reseña se ajusta por fuerza a una rotación similar: Girar y girar en torno a los círculos de la gehena, la ronda de estaciones de un asedio sin fin. Los cuadros y escenas son los mismos: todo ha sido dicho y escrito. ¿Qué puede la usura de la palabra, frente a la reiteración del horror? Juan Goytisolo iniciaba de este modo un artículo titulado «Reserva privada de caza». Después explicaré por qué he decidido encabezar con esta cita este artículo.
Hace unos treinta años, cuando abandoné las aulas y obtuve mi primer trabajo, creía ingenuamente que el periodista era tan solo un protagonista más de los hechos que vivía, limitándose su trabajo a procurar difusión y explicación lineal, en el marco de una situación dada. Eran tiempos en que nuestra sociedad estaba dirigida por un autócrata, y los medios de comunicación servían para ensamblar la vida cotidiana en unos principios emanados de aquella única fuente de poder, para articular, con la eficacia por todos conocida, el simulacro de una vida política.
Todo era plano, aparentemente, porque la historia seguía describiendo siniestros círculos concéntricos sobre la vida de los españoles, que pugnaban por escapar de las revueltas de la espiral. Así las cosas, en la revista de actualidad en la que conseguí mi primer trabajo, alternábamos semanalmente portadas en cuatricomía entre el mercado monárquico y el folklórico: algo parecido a las actuales revistas del corazón, solo que entonces la oferta era bastante limitada: La monárquica iba de Fabiola a Soraya, y la folklórica de Lola Flores a Carmen Sevilla. La fórmula, milagrosamente viva, sirve para abrir hoy en día telediarios, cuando las cosas van mal políticamente, lo que prueba lo conservador de ciertos gustos.
En una de éstas, me tocó cubrir una multitudinaria boda principesca, tarea en la que hicimos nuestras primeras armas casi todos los periodistas que pudimos iniciarnos por aquellas fechas en el «oficio». Allí me encontré perdido en una atmósfera de irrealidad: tomé conciencia, por vez primera, de que yo era la única persona extrañamente «real», de todas las que asistían al acto. Me sentía dotado de esa mirada especial, distante, penetrante y lúcida, única, que creemos debe respaldar nuestra condición de periodistas. Inquieto, me preguntaba el porqué de ese síndrome, que después bauticé como del «ojo de pez». La respuesta vino sola cuando me senté, aislado de nuevo en medio del bullicio de la redacción, a escribir mi reportaje: yo era lo único real, porque estaba contando aquello que sucedía.
¿Qué tiene que ver todo esto con el tema de este artículo? ¡Estamos solamente al principio, y ya filosofa! Simplemente, he atraído vuestra atención hacia la realidad y contradicciones de la condición de periodista, para entrar de lleno en el tema y para que me perdonéis hacerlo en primera persona; los datos que os voy a dar están necesariamente preñados de mis propias impresiones y creencias, pero no quiero estar solo en esta historia. Quiero compartir lo vivido y estar seguro de que todo lo que ha sucedido no es irreal, y que nos preguntemos cómo es posible que hayamos llegado, pasivamente, hasta estas orillas donde la vulneración de todo principio ético ha tomado la apariencia de la normalidad.
Mi historia profesional afinca sus raíces en los últimos lustros del franquismo. Se desarrolla en la transición. Sobrevive en el felipismo, solamente para ver de qué modo hierve su savia en la esperanza de un cambio. La historia de este periodista hinca sus raíces en la prensa escrita y alcanza su juventud en la Televisión de Estado, en la década de los sesenta. Se desarrolla más adelante, durante los años setenta, trabajando para un híbrido entre Televisión de Estado y un frustrado parto de Televisión Pública. Languidece después en los ochenta, y se anima por último, ahora mismo, en una esperanza: el abandono de las prácticas dirigistas y totalitarias por parte de quienes tengan en el futuro la tarea de gobernar el Estado en democracia, para dar lugar a una Televisión Pública cuyo Estatuto coincida punto por punto con la Constitución Española.
De «la primavera de Pío» a «la tormenta de Alcubierre»
Una anécdota personal. A principios de los años setenta, me encontraba en uno de los que ahora se llaman, en anglicismo mal traducido, «momentos dulces» de la profesión. El régimen autoritario del General Franco anunciaba una lenta y ambigua transformación, y algunos periodistas empezamos a practicar con cierto éxito el periodismo político, apoyándonos en el hambre de participación de la mayoría de los españoles. El Ministro de Información y Turismo, dueño y señor por ley, de la Televisión de Estado, era Pío Cabanillas, quien se revelaría más adelante como acendrado demócrata y liberal. Iniciaban por aquél entonces, tímida y tácitamente, tanto el Ministro como algunos compañeros suyos, y casi en la misma clandestinidad que los partidos en el exilio, lo que hoy se llama «pre-transición» y entonces bautizamos los neo-natos comentaristas políticos como «La Primavera de Pío».
A éste periodista le mandó llamar aquel ministro para decirle que leía su columna atentamente y quería que hiciese lo mismo, pero desde la capital madre de la democracia formal: Quería verme hablando de lo que era un parlamento, frente a la Asamblea Nacional de París. Ojalá que esta sea la última consigna que tenga que dar un ministro a un periodista, añadió Cabanillas. Será la primera que yo me empeñe en cumplir, le contesté. Y esa fue desde entonces, y hasta poco después de la muerte de Franco y las primeras elecciones libres, mi tarea profesional, que coincidía plenamente con mis aspiraciones personales.
Pío Cabanillas deseaba abrir la puerta para la sustitución de los funcionarios del régimen, que entonces realizaban las funciones de propaganda, por auténticos periodistas. Quería que se empezara a hablar de democracia desde la Televisión de Estado. Daba así los primeros pasos hacia la lenta transformación del Régimen y el cambio de la Televisión Unica, hacia lo que hoy debería de ser la Televisión Pública que nuestro país merece y necesita.
La «Primavera de Pío» quedó frustrada transitoriamente por «la tormenta de Alcubierre», nacida de una famosa sesión del Consejo Nacional del Movimiento. Solo escampó cuando la muerte del General y el buen viento que trajo a Adolfo Suárez, suministraron al Régimen autoritario los elementos para hacer posible su desaparición y alumbrar la constitución de un Estado Democrático.
La transición televisada
Uno de los mecanismos que utilizó Adolfo Suárez para forzar la transformación del Régimen, evitando la ruptura que muchas fuerzas políticas de oposición a Franco propugnaban por entonces, fue precisamente, su propia Televisión. Muchos de los excelentes periodistas que invernaban en sus pasillos tomaron las riendas de la información, dedicaron programas a exaltar las virtudes de la convivencia, del pluralismo, de la tolerancia… Y salvo alguna que otra anécdota debida a la ambición personal de alguno de sus directores generales -hoy en día asesor de imagen-, puede afirmarse que Televisión Española cumplió con probidad la tarea a la que estaba obligada, tras contribuir durante decenios a la represión de la libertad de conciencia y de palabra. Ayudó a los españoles a llegar al consenso, la tolerancia y la concordia que importa un régimen de democracia parlamentaria.
Nuestra Televisión se ganó definitivamente los galones el día 23 de febrero, gracias a la valiente actuación de un realizador centrista, José Marín que desobedeció la orden de Tejero de cortar la retransmisión desde el Congreso. Más tarde, la odisea de dos periodistas, Jesús Picatoste y Pedro Erquicia, atravesando de noche las hileras de blindados, logró llevar a buen puerto la alocución del Rey que disolvió definitivamente el golpe de Estado. Al abrigo de toda ésta historia de honradez política e informativa, se terminaron de recomponer -periodísticamente, como políticamente lo hicieran con la creación de UCD no pocos virgos y honras. Todos los periodistas que en TVE trabajaron y dieron consignas eran ya demócratas por decreto. Todos los políticos que aceptaban las reglas del juego parlamentario, empezando por el nuevo Jefe del Estado, también. Lo más difícil estaba hecho. Una modélica transición de poderes, protagonizada por Eugenio Nasarre como director general y Juan Roldán en su cargo de director de los Servicios Informativos, aseguró finalmente el traspaso del medio, de la UCD al PSOE, en un ejercicio impecable de espíritu democrático y probidad informativa.
El Estado emite
Pero de una u otra manera, y en escalada continua y arrogante, a partir de entonces «el Estado siguió emitiendo». Parecía que quien detentaba el poder no se fiaba de la sola fuerza que le habían dado los votos, y necesitaba nuevamente de ese poderoso medio de galvanización de masas. Creía a pies juntillas que la «caja idiota» formaba parte del equipo más elemental del perfecto gobernante. ¿Cómo vivimos ese momento ingrato los «valientes» periodistas españoles? Muchos conversos, aferrados a su celo de neófitos y alejados por tanto de los principios de la profesión, militaban ya abiertamente en favor de los partidos que les habían acogido desde el inicio de la Transición. Y entre ellos, sobresalía el que mostraba su vieja vocación resucitada de «Partido único». Comenzó así un proceso de politización progresiva de muchos periodistas que no pudieron, supieron o quisieron diferenciar la legítima adhesión a una ideología, o lo que es lo mismo, a una particular y personal interpretación del mundo, con las actitudes políticas concretas y circunstanciales para hacerla posible.
Entre unos y otros se crearon bandas, oficinas, gabinetes de «técnicos en información», o de «imagen», que trabajaban desde el interior de las redacciones, ya fuera fielmente para un partido, o alternativamente para uno u otro, dependiendo del viento que soplase. Cayó la UCD, de la shakespeariana forma que todos sabemos, dejando en herencia y de modo impecable el instrumento de gobernar con imágenes a un PSOE nutrido por una militancia de aluvión, hambrienta de poder de Estado y considerando a éste un bien mostrenco. Coherentemente, lejos de perfeccionar el lugar de encuentro que recibía, donde mayorías y minorías pudieran pactar la convivencia y administración de lo común, lo tomó alegremente por asalto, disponiéndose a utilizarlo, remendando al Régimen pasado, como un Ministerio de Propaganda. Aquellos responsables de imagen se convirtieron pronto en comisarios políticos… Recuerdo aquí, a propósito, la famosa boutade de Santiago Carrillo, quien refiriéndose a los sindicatos verticales franquistas, pretendía heredar todo el aparato, «con los ascensores funcionando». Coherente y pillo, el viejo discípulo de Stalin sabía de lo que hablaba. Pero ese fue el talante con que González Márquez tomó también la que él llama todavía Televisión Pública: como soporte fundamental de su perpetuación política. No en vano Carrillo dormita plácidamente en el felipismo, felicitándose de la misión cumplida que le ha proporcionado una jubilación feliz.
Es verdad que muchos periodistas que habían militado activamente en vanguardias antifranquistas durante la dictadura, habían «devuelto el carnet» algo precipitada e ingenuamente en los albores de la transición, pensando que en un régimen de libertades, su misión debería de ser incompatible con la militancia activa. La UCD había mantenido con ellos una tolerancia interesada, fruto acaso de la mala conciencia de algunos de sus dirigentes, aún no convencidos del todo de lo fácil que había resultado la conversión a la nueva religión democrática. Otros ingenuos pensaron que por fin «habían llegado los suyos», y con ellos el disfrute pleno de las libertades de la Edad de Oro, entre las cuales la princesa de sus sueños: la libertad de información. La princesa pronto saltó en sapo, y perdonadme el tópico. Los ingenuos fueron «fusilados al amanecer». Los más recalcitrantes a la obediencia ciega, deportados. Y colocados en libertad vigilada los demás. El propio José Luis Balbín, autor de la apertura de una de las más valientes ventanas de libertad en la televisión de todos, fue el primero en caer. Siguieron otros como Juan Roldán, Pablo Irazazábal, Martín Ferrand, Miguel Ángel Gozalo, Manuel Piedrahita, Luis Angel de la Viuda y naturalmente, un largo, etcétera de buenos periodistas anónimos, de los que siempre han constituido la base de un eficaz cuadro de redacción.
El periodista que os habla, a quien dejamos momentáneamente en la corresponsalía en París de TVE, después de asesorar más adelante a Pío Cabanillas desde el nuevo Ministerio de Cultura, y tras cubrir plaza en las corresponsalías de Rabat y Londres, siguió también en suerte al viejo amigo y veterano director de La Clave y los demás colegas. Uno tras otro fueron cayendo los periodistas independientes y ocupando su lugar algunos agentes del nuevo Movimiento Nacional. A los funcionarios en nómina que abrazaron la nueva fe se les ascendía, a los demás se les contrataba, o se les organizaban oposiciones amañadas, como las de un presentador recental, que hoy en día ejerce sus funciones de vicepresidente de una cadena privada, a quien se puso como tema la confección del telediario… que había presentado la noche anterior. A los demás, se les implantó un sistema de «pluses» que permitía, al mantenerse inmóviles los viejos sueldos, otorgar gabelas a quienes obedecían sin preguntar, y mantener en niveles de hambre al resto, hasta que «comprendieran» lo que supone -en una profesión ya de por sí muy mal pagada- estar inmovilizados en un trabajo empobrecedor, infravalorado y peor pagado. La situación, vigente hasta hoy día, ha sido aceptada y ratificada por algunos sindicatos dóciles, cómplices del felipismo. Hace diez años que en el Ente Público no se convocan oposiciones. Solo se contrata y se despide.
El Ente… ¿es público?
Estábamos pues, en que nuestra TVE se llamó, desde la firma de la Constitución y posterior redacción de su nuevo Estatuto, oficial y pomposamente, «Televisión Pública». A ella, y para terminar con el monopolio existente, debían de añadirse nuevos canales privados, amén de otras televisiones públicas de carácter autonómico. El nuevo régimen legal de la difusión de imágenes, aseguraría el preciso pluralismo proporcionando buena información y entretenimiento a todos los ámbitos de la sociedad. La cruda realidad consistió en que, muy pronto, tanto las autonómicas como las privadas vinieron a reforzar la acción del neonato Ente Público, con el mismo trabajo sucio de la antigua y conocida Televisión Estatal. Evidentemente, el Partido socialista, consciente de que debía cumplir su promesa de resistir veinticinco años en el poder, a resultas de una lectura mitómana de la mayoría absoluta alcanzada en 1982 había decidido preservar en lo público el manual de uso de la TVE de la dictadura, aplicándolo de paso a la privada. Al fin y al cabo, disponía de un poder solo comparable en la práctica al que disfrutara el invicto Caudillo, pero bien conquistado en las urnas y sin necesidad de matar un gorrión -además de la inapreciable ayuda que prestó en su día el miedo a un golpe militar-. Todos los dirigentes del Partido Socialista olvidaron esa ley fundamental de la democracia, que exige un respeto absoluto a las minorías.
Bien es cierto que se desaprovecharon los tiempos de buena voluntad y bonanza constructora de la transición, para poner en pie de obra los cimientos de una auténtica televisión pública, que afrontara con garantías de probidad y credibilidad la inexorable llegada del capital privado a la difusión de imágenes por televisión, y que hiciera por tanto viable la explotación legal y legítima de las inversiones realizadas en productos televisivos. Así lo hicieron en su día Gran Bretaña y Alemania, por poner dos ejemplos modélicos y que gozan de un estado de convivencia entre cadenas públicas y privadas, que si no es perfecto ni está exento de roces y conflictos de intereses, sí funciona en un marco de equilibrio entre intereses públicos y privados. Como de costumbre en nuestro triste país, asistimos estos días al bochornoso espectáculo del intento por parte del poder de introducir subrepticiamente capital público en una cadena privada, para proteger mejor sus intereses ya próximos al K.O. técnico.
Competencia desleal
Recordemos aquí que la primera medida que tomó el primer mandarín del PSOE en aterrizar en Prado del Rey, -un curioso personaje de ademanes mussolinianos- consistió en suprimir la financiación pública de la vieja RTVE, con el argumento de que no debía gravarse el bolsillo del ciudadano, ya que con los ingresos publicitarios de TVE podían sufragarse todos los gastos del nuevo Ente Público, amén de que la competencia sería sana una vez que existieran las emisoras privadas, pues se desmitificaría la emisora pública, al tiempo que la industria audiovisual y el espectador saldrían ganando.
De modo ilegal -de modo anticonstitucional para ser más precisos, ya que el mandato de nuestra Carta Magna exige taxativamente su financiación con dinero público-, la televisión pública dejó de ser sufragada por el conjunto de los españoles para financiarse exclusivamente con los ingresos publicitarios. Es decir, se planteaba de entrada la competencia desleal a las privadas, al tiempo que se anunciaba a bombo y platillo su creación como clara expresión de una concepción liberal del mercado. La abundancia de publicidad empezó a incrementarse en los dos canales públicos. Se interrumpieron brutal y continuamente las películas, en contra del movimiento de intelectuales y realizadores de toda Europa, que defendían la integridad de la obra cinematográfica.
De la televisión del Estado a las privadas
Al mismo tiempo, había cundido la consigna en los ámbitos próximos al poder de que «había que prepararse», y preparar la llegada de las «privadas». Poco a poco empezaron a abandonar la casa algunos profesionales adictos al sistema que fundaron productoras, a menudo con préstamos públicos, y a los que se aseguraba la compra de sus programas previo ingreso de un porcentaje en las cajas recaudadoras del partido. Cayó paulatinamente, como consecuencia de tales prácticas, la producción propia y los pasillos empezaron a llenarse de realizadores, guionistas o montadores de vídeo que, o bien vegetaban o negociaban contratos con dichas productoras privadas. Primero trabajaron clandestinamente para ellas, después lo hicieron a las claras, más tarde encabezaron el éxodo desde la casa madre hasta las flamantes cadenas. Los archivos de documentación audiovisual, auténtico tesoro patrimonial de la vieja televisión pública, fueron saqueados sin piedad. Y dio comienzo la lenta descapitalización de nuestra televisión pública, sin que por supuesto, sus servicios informativos, dirigidos por militantes de nómina, hicieran bueno ese calificativo en ningún momento.
La historia reciente y sus causas
Anuncié al principio que solo os contaría la historia de un profesional a lo largo de su andadura pública como periodista en los últimos años, tan ligados en nuestro país a profundísimos cambios. Pero me resulta muy difícil no lamentar las ocasiones pérdidas para dotar a la sociedad española de un excelente instrumento de educación e información, administrado por manos democráticas, al margen de los apetitos electorales que cada cuatro años malbaratan los mejores propósitos, e impiden planificar, y mucho menos realizar, proyectos a medio o largo plazo. Acaso por la carencia de un espíritu del tantas veces denostado «Estado» por parte de quienes se consideran sus valedores, ayudados por liberales que olvidaron que el liberalismo más auténtico, el que ayudó a levantar la democracia más potente de la tierra, es el nacido de aquella revolución burguesa que se levantó sobre las columnas de la Ilustración llamadas libertad, igualdad, fraternidad y tolerancia. Liberal no es sólo quien cree en una doctrina económica, sino quien profesa responsablemente la práctica de las libertades.
La historia que vivimos a partir de entonces la podéis recordar todos, ya que es muy reciente. Aparecen las deseadas «privadas», mediante concesiones a empresas afines, o que desean ser amigas de un poder que ha demostrado ya ampliamente su modo de comerciar con sus concesiones. Los nuevos empresarios televisivos, sus presentadores, sus comentaristas, exhiben sin excepción rostros conocidos por su militancia activa en el partido que lidera todavía González Márquez, y que han sido previamente «rodados» y entrenados en «la pública» RTVE. Excepción que confirma la regla: La única antena que se rebela y amaga unas valientes formas de oposición, Antena 3, liderada por Martín Ferrand y Luis Herrero, es rápidamente reducida. El afán de lucro fácil desborda todas las expectativas, quebrando uno tras otro todos y cada uno de los supuestos del pudor más elemental, del comportamiento ético, y no digamos ya del periodístico.
Vale todo. Se transgreden los derechos de seres indefensos. Los niños sufren las más brutales agresiones mediante la programación de series violentas en sus horarios habituales de audiencia. La publicidad ha dejado ya de ser subliminal, para aparecer descarada y claramente confundida con la información. Y la nuevamente mal llamada pública, que no debía costar un duro al ciudadano, no solo se ve privada de sus recursos mediante una administración incapaz y posiblemente corrupta, sino que se ve obligada a regresar a la doble vía de financiación, endeudándose en miles de millones de pesetas -que deberán ser costeadas por el dinero público- por la carrera desenfrenada e interesada por competir con las privadas.
¿Cuál ha sido la causa de tal estado de cosas, que repudia la razón? El propio poder suministra un razonamiento de gran simplicidad: para que TVE tuviera eficacia como instrumento público debía conservar la mayor audiencia posible, y por tanto se veía forzada a ofrecer la misma «tele basura» que las privadas. Un galimatías que quizás solo entiendan quienes se benefician aún hoy descaradamente, tanto política como económicamente, del subproducto financiero de la situación, ya que, en lugar de rebelarse contra esa brutal competencia que desborda la adjetivación de desleal, proporcionan una coartada perfecta a las privadas para pelear por la audiencia de cualquier manera, incumpliendo la propia legislación española sobre saturación publicitaria, y presionando al gobierno para que no aplique la normativa vigente en la Unión Europea. ¿Cuál es el pago que deben brindar por el disfrute de esta situación de tolerancia? Seguir manteniendo al frente de sus informativos a los incondicionales del felipismo, y no crear ni un solo problema al partido en el poder.
Algunos testimonios
Me viene a la memoria a éste respecto, un párrafo del libro La crisis de la Televisión Pública del Profesor Pere Oriol Costa i Badía, de la Universidad de Barcelona, que compartió aulas conmigo hace ya más de treinta años. Dice este experto, al referirse a la televisión y los sistemas políticos, que algunos países con sistemas dictatoriales, han legalizado emisoras privadas junto a la televisión estatal, o incluso sin que ésta exista. Es una situación que se da en varias Repúblicas latinoamericanas y en algún que otro país tercermundista. En tal caso, hay en el emisor privado una identificación, al menos objetiva, con los intereses del grupo político dominante. La empresa privada a la que se concede titularidad de algún medio audiovisual, tiende a reducir los espacios destinados a la información política y a cualquier tema que le pueda hacer entrar en conflicto con el gobierno. «Pactos de este tipo son los que estuvieron vigentes en España en el campo de la radio durante el franquismo». Este texto no solo ha resultado exacto, sino extraordinariamente profético aquí en lo que se refiere al comportamiento tercermundista de los empresarios privados en nuestro país. (Su reflexión fue formulada a principios de los ochenta, y su libro se publicaba en el año 86, cuando aún no existía la situación descrita en España).
Es la misma situación que hace poco describía el director del diario El Mundo, afirmando que «en España se ha llegado a ese punto de no retorno en el que ni siquiera es preciso guardar las formas. Es decir, que los comisarios políticos de TVE se sienten lo suficientemente protegidos de eventualidades como para prescindir incluso del engorro de tener que disfrazar su sectarismo bajo una apariencia de «neutralidad». Corrobora estas apreciaciones, que comparten cada día mayor número de ciudadanos, un insigne teórico de la izquierda tradicional, Antonio Elorza, que en una columna publicada en el diario pro-gubernamental El País, el día 30 de junio de este mismo año, argumentaba refiriéndose a la cobertura del escándalo del CESID por TVE: «con el Informe Semanal de la Televisión de Estado (sic) uno se siente rejuvenecer. Especialmente cuando los asuntos conciernen a la política española, refulge con brillo propio el enfoque de información reconstituida que los profesionales del NO-DO tomaran de sus maestros alemanes. En realidad, no se proporciona información alguna acerca del tema de actualidad en cuestión: se transmiten pura y estrictamente los mensajes del Gobierno, aderezados con imágenes que aparentan objetividad». Este mismo programa motivó poco tiempo después la dimisión irrevocable del sociólogo Amando de Miguel, del Consejo de Administración de RTVE, quien refirió la náusea sentida ante el «convoluto» emitido por la «Televisión privada del Gobierno».
Más duro fue el periodista Ánder Landáburu, redactor jefe de Cambio 16, primer miembro propuesto por el PSOE que dimite en la historia del Consejo, quien declaró contundente y expresivamente al marcharse hace pocas semanas, que «La pertenencia al Consejo de Administración de Radiotelevisión Española, es del todo incompatible con el libre ejercicio de la profesión de periodista». Imaginad entonces lo que puede representar para cualquier periodista auténtico como el propio Landaburu, el trabajo cotidiano en unos Servicios Informativos cuyas noticias y reportajes llevan a decisiones y diagnósticos como los que acabamos de ver.
Por una televisión pública
Esta es la situación que ha hecho, por fin, que la oposición democrática mayoritaria (lo siento, ya no queda más remedio que utilizar el término empleado en tiempos pretéritos para designar a la oposición antifranquista) -y me refiero al Partido Popular- liderado por José María Aznar, abandone su empeño de privatización de la televisión pública y, ante el infringimiento de todos los códigos morales por parte de las empresas privadas, hoy en día en manos de capital extranjero en buena parte, y de RTVE en su forma actual, asuma programáticamente la causa de la televisión pública, alineándose en su defensa con los trabajadores del Ente y sus organizaciones sociales y sindicales.
Hace unos días me comentaba Antonio Fontán, mi ex-decano y maestro, gran periodista que fue director del diario Madrid, ex-ministro y presidente del Senado, que ha sido precisamente la programación de las privadas la que ha hecho de nuevo imprescindible la defensa de la Televisión Pública. Quiero explicitar aquí mismo, pues, el alivio que muchos periodistas y cuadros de TVE, cuya situación ya he descrito y cuyo estado de ánimo puede fácilmente adivinarse, hemos sentido después de las últimas elecciones, al notar que cambiaba el viento y que ese viento comenzaba ya a oler a lluvia. O al menos, eso nos ha parecido: que esta sociedad, que no ha gozado históricamente de las libertades que permitieron a otros países articular reglamentos y códigos adecuados, en el momento en que el avance tecnológico derribaba todas las compuertas posibles al aluvión incontrolado de imágenes, podía contar ya con un programa político que contemplaba la reforma drástica del ámbito televisivo, y contaba con reedificar una televisión pública para todos los españoles. Una televisión destinada a contrarrestar el legítimo afán de lucro de los empresarios privados, mediante opciones neutrales, bien realizadas, atractivas y alejadas del mercado publicitario, por muy justo que resulte ganar dinero en una economía de mercado.
Reciente está la dura condena del Papa Juan Pablo n a los excesos del capitalismo salvaje, más expresivas todavía por provenir de quien había sido presentido y presentado al principio de su Pontificado como adalid del sistema capitalista, a raíz de su lucha personal e institucional contra el comunismo totalitario. De la gravedad de la situación actual, da cuenta el hecho de que José María Aznar haya colocado la reforma del Ente al mismo nivel que la del poder judicial, en las conversaciones para lograr lo que se llamó «impulso democrático» hace un par de años, y que la irresponsable actividad política del partido socialista, unida a su proverbial confusión entre lo público y lo privado, hizo necesario bautizar así, antes de que muriese de inanición.
¿Reforma del Estatuto? Cumplimiento del Estatuto. González Márquez se justificaba no hace mucho ante Luis del Olmo, diciendo que ahora había llegado, por fin, el momento de la reforma, dado que había terminado ya el régimen de monopolio, olvidando que el monopolio terminó en el año noventa. En todo caso, reforma hay, planteada sobre el tapete, pero debido a la insistencia machacona de la oposición centrista, que desea que el debate político se realice en el Parlamento, y que el Consejo de Administración simplemente trabaje en lo que se le pide ha dicho órgano en cualquier empresa: esto es, administrar.
Parece que ya es un poco tarde, por otra parte, para sensibilizar a los contribuyentes españoles para el soporte financiero de «su» Televisión por otros medios que no sean los Presupuestos Generales del Estado. Los países en los que el cánon o tasa por televisor hizo creer, con toda razón, que la televisión era de los ciudadanos, y por lo tanto debían defenderla de la rapiña política y publicitaria, contaron con un buen impulso social para agruparse en asociaciones, sobre las que incluso los directores generales, como en el caso de la BBC en numerosas ocasiones, podían apoyarse en caso de querella contra el Ejecutivo. En España no ha podido ser así, ni podrá serlo de ese modo. Pero pienso que aún es tiempo para devolver a la sociedad un bien que le pertenece, mediante un Estatuto que, sobre todo, cuente con el respeto de las fuerzas políticas, y por lo tanto sea respetado por todos.
Espero que se me perdone que no suministre aquí cifras concretas, que no cuantifique ni codifique medidas políticas y administrativas necesarias, suficientemente aireadas ya por los medios de comunicación. Solamente he pretendido comunicar la reflexión moral de quien ha vivido en su conciencia más íntima de periodista y de persona comprometida con la realidad acuciante de su patria, este problema que es no sólo profesional, que no se refiere sólo a la comunicación televisiva en nuestro país. Este país, que cuenta todavía con una elevada tasa de población que adolece de analfabetismo funcional, indefensa ante la agresión de un medio de lectura inmediata, fácil, manipulable, deseable y omnipresente, a menudo el único medio cultural disponible, ante el que solamente hay que sentarse, mirar y… dejarse convencer.
Hay que enseñar a «leer la televisión» a la mayoría de ciudadanos de este país (muy probablemente, no solo la televisión). Deberíamos enseñarles a través de ese medio fabuloso a interpretar correctamente los signos de la realidad, los hechos políticos, morales y culturales que suceden en su entorno, en su vida de relación con los demás y con el mundo económico, político y trascendente.
Para alcanzar esos objetivos será preciso llenar el bache que ha producido una ambición desmedida por nuestra televisión pública. Y también tendremos que demostrarnos a nosotros mismos, que esa asignatura pendiente puede y debe ser aprobada. Que de los mimbres de una Televisión de Estado, totalitaria, autoritaria, arrogante, vulgar, agresiva, desculturizada y lo que es peor, intacta, podemos edificar entre todos una televisión pública que ofrezca una cobertura neutral en lo político, que sea beligerante en la defensa de las libertades y de las minorías.
Un ex-periodista que opera en estos tiempos desde la tele basura, emplea abusivamente el símil de Stendhal sobre la novela, afirmando que la televisión es un espejo al borde del camino. Olvida que un espejo, dependiendo del ángulo en que se lo sitúe, puede reflejar las partes más abyectas del cuerpo social, o bien hacer que éstas mismas reciban la lluvia benéfica del pensamiento que emana del cerebro. Pienso que todavía estamos a tiempo; que la voluntad mayoritaria del pueblo español conseguirá que el maravilloso espejo común donde mirarnos que puede ser nuestra Televisión Pública, no recoja el último aliento de un moribundo. En ello trabajaríamos prácticamente todos los que hacemos Televisión Española, obligados actualmente a recibir y ejecutar las órdenes de quienes han sido contratados desde el exterior de nuestro medio, y a menudo de nuestra profesión, y colocados en los puestos de decisión por intereses meramente partidistas.
En ello están, y me consta, políticos que aún sin disponer en la actualidad de la mayoría suficiente, luchan por la regeneración institucional que, en lectura periodística al uso en éstos últimos trece años, podría consistir en doblar el brazo de quien, según la leyenda, nadie podía ganar un pulso. Pienso que ganar ese pulso va a suponer dar el primer paso para salir de la crisis ética, económica e institucional en la que se halla estancada la vida española. Si aprovechando sus contradicciones, su desunión y su mayoritaria minoría, las fuerzas de progreso obligan al actual gobierno a cerrar la primera transición desde la dictadura a la democracia, podrá iniciarse sin duda el camino de la segunda transición, desde el felipismo al disfrute pacífico de la democracia plena.
Esta sería una conquista para todos como ciudadanos, y lo sería aún más para nosotros como periodistas: podríamos por fin contar lisa y llanamente a los demás «las cosas que pasan», tanto en la superficie de las calles como en el corazón de las personas, sintiéndonos parte de una realidad, y no fantasmas del pasado que vagan y ululan por las noches, llorando la libertad perdida por los pasillos del viejo cuartel televisivo del General Franco y sus secuaces, hoy «reserva de caza» del felipismo continuista. «Los cuadros y escenas son los mismos: Todo ha sido dicho y escrito. ¿Qué puede la usura de la palabra frente a la reiteración del horror?». Juan Goytisolo, que vivió y padeció como muchos de nosotros la represión franquista, insistía en esa sensación angustiosa, terminando así el párrafo que cité al comienzo, y que ahora repito para concluir, añadiendo por limpieza de juego que pertenece a un artículo del gran novelista sobre el cerco de Sarajevo, sin que lo posiblemente abusivo de mi empleo de tal metáfora impida su trágico sentido para nuestras conciencias de defensores de la libertad.
Juan-Eduardo Cirlot (1916-1973) es uno de los poetas en lengua castellana más interesantes del siglo xx. Le pasó lo mismo que a Cavafis y a Pessoa: tuvo que morirse para que los estudiosos empezaran a valorar su poesía, oscurecida por su tarea como crítico de arte, que fue muy aplaudida en el tiempo que le tocó vivir. Discípulo del musicólogo y etnógrafo Marius Schneider -el célebre autor de El origen musical de los animales-símbolos en la mitología y la escultura antiguas (Barcelona, CSIC, 1946) y de La danza de espadas y la tarantela (Barcelona, CSIC, 1948)-, Cirlot paseó por Cataluña y por España el brillo de unos ojos lúcidamente alucinados, haciendo gala en todo momento de un envidiable sentido de la independencia y de una aristocracia de espíritu poco frecuente en estos días.
Sea en rotundos endecasílabos castellanos, sea en permutaciones gráficas o aliteraciones fonéticas de gusto arcaico y vanguardista a la vez, Cirlot continúa en sus versos el camino trazado por el antiguo bardo céltico, un camino de amor y de belleza «para la nada y donde nunca». Son caracteres rúnicos los suyos, surgidos de no sé cuál hechizo antiquísimo que los fijó desde el principio al metal o a la roca, asegurando así su permanencia. Cada letra reclama su pasado ideográfico y pictográfico, un pretérito sacro de espadas, cruces góticas y dragones. Entre los escasos, pero magníficos, poemas de «línea clara» de Cirlot figura el que ofrezco a continuación; puede leerse en Poesía 1966-1972, edición de Leopoldo Azancot, Madrid, Editora Nacional, 1974, páginas 128-129.
MOMENTO
Mi cuerpo se pasea por una habitación llena de libros y de espadas y con dos cruces
góticas;
sobre mi mesa están Art of the European Iron Age y The Age of Plantagenets and
Valois, aparte de un resumen de la Ars Magna de Lulio.
Las fotografías de Bronwyn están en sus carpetas, como tantas otras cosas que
guardo (versos, ideas, citas, fotos).
Si ahora fuera a morir, en esta tarde (son las 6) de finales de mayo de 1971, y lo
supiera de antemano,
no me conmovería mucho, ni siquiera a causa del poema «La Quete de Bronwyn»
que está en imprenta.
En rigor, no creo en la «otra vida», ni en la reencarnación, ni tengo la dicha
(menos aún) de creer
que se puede renacer hacia atrás, por ejemplo, en el siglo XI.
Sé que me espera la nada, y como la nada es inexperimentable, me espera algo no
sé dónde ni cómo,
posiblemente ser en cualquier existente como ahora soy en Juan-Eduardo Cirlot.
Mi cuerpo me estorbaría y desearía la muerte -¡ah, cómo la desearía!- si
pudiera
creer en que el alma es algo en sí que se puede alejar
e ir hacia los bosques estelares donde el triángulo invertido de los ojos y boca de
Rosemary Forsyth
me lanzaría de nuevo a la tierra de los hombres, porque en esta vida no he sabido
o no he podido
trascender la condición humana, y el amor ha sido mi elemento,
aunque fuese un amor hecho de nada, para la nada y donde nunca.
Estoy oyendo Khamma de Debussy, que, sin ser uno de mis músicos favoritos
(éstos son Scriabin, Schonberg y otros)
no deja de ayudarme cuando estoy triste, que es casi siempre.
Mi tristeza proviene de que me acuerdo demasiado de Roma y de mis campañas
con Lúculo, Pompeyo o Sila,
y de que recuerdo también el brillo dorado de mis mallas doradas en los tiempos
románicos,
y proviene de que nunca pude encontrar a Bronwyn cuando, entonces, en el siglo
XI,
regresé de la capital de Brabante y fui a Frisia en su busca.
Pero, pensándolo bien, mi tristeza es anterior a todo esto, pues cuando fui en
Egipto vendedor de caballos,
ya era un hombre conocido por «el triste».
Y es que el ángel, en mí, siempre está a punto de rasgar el velo del cuerpo,
y el ángel que no se rebeló y luchó contra Lucifer, pero más tarde
cedió a las hijas de los hombres y se hizo hombre,
ese ángel es el peor de los dragones.
El profesor Redondo presenta en esta obra un profundo estudio de un período especialmente importante de nuestra vida contemporánea: en el tomo I, los años de la Segunda República (1931-1936) y en el n, la Guerra Civil (1936-1939). Su libro se inscribe en un estilo de hacer historia que tiene en cuenta la historia de las ideas, la historia política y la de la cultura: consigue, por ello, una percepción notable de la vida de una sociedad y de las personas que la forman y la crean.
Los años estudiados están comprendidos en lo que podemos llamar el «tiempo largo» de la historia, en una dimensión radicalmente universal. Por ello, son fundamentales las páginas 15 a 127 del tomo I, en las que el autor hace un estudio muy elaborado de historia de las ideas, abordando las relaciones entre «Iglesia, Estado y Sociedad en el Mundo Moderno»: allí se analizan y definen los conceptos claves usados a lo largo de la obra, que – a su vez- son consecuencia de la amplia y rigurosa investigación histórica realizada en ella.
El análisis de la vida de la Iglesia en España desde 1931 a 1936 abarca el amplio conjunto de problemas solapados en la época: eclosión de una crisis histórica y posibilidad de un tiempo nuevo en la vida española; cambio de régimen político y mutación radical del estatuto jurídico de la Iglesia en el ordenamiento constitucional; impulso a la acción social de los católicos; graves tensiones políticas; problemas culturales y diversidad de opciones entre los católicos; fomento de los movimientos autonómicos y nacionalistas; peticiones de unidad de acción a los católicos y pluralismo real; nuevas pautas de acción de los obispos; incidencia de los debates culturales de la modernidad en determinados sectores de la sociedad, etc.
Hay un cuidadoso estudio de aquellos sectores de la sociedad exponentes de la mentalidad tradicionalista y de los que representaron al pensamiento de la modernidad. Una comprensión profunda del modo tradicionalista de entender la vida social resulta imprescindible para percibir en profundidad por qué se presentaron como «definitivas» o «absolutas», soluciones que solo tenían alcance temporal: un análisis riguroso del tradicionalismo de origen religioso permite ver el modo en que, desde él, puede evolucionarse al tradicionalismo secularizado. Como contrapunto, se analiza el modo en que se trató de imponer la cultura de la modernidad a la sociedad española.
Un amplio número de personalidades, protagonistas y testigos de aquella oportunidad malograda que fue la Segunda República aparecen en estas páginas. Pero no solo aparecen «personalidades»; este libro hace posible la percepción del protagonismo de toda persona en el acontecer histórico y el carácter indeterminado de éste: una insurrección militar puso fin a la posibilidad de una rectificación civil de la República, pero aquella no fue la única opción.
La Guerra Civil se estudia atendiendo a «las tensiones entre las distintas formas culturales en que se hizo presente la fe cristiana», dentro del complejo entramado de cuestiones que suscitó la insurrección del 1936: la plasmación de dos revoluciones en la España republicana -una socialista y otra anarquista- con una sangrienta persecución religiosa; una guerra entre católicos: nacionalistas vascos y nacionalistas españoles; las difíciles relaciones entre el Gobierno de Franco y la Santa Sede; las tensiones entre dicho Gobierno y la Jerarquía; la acción pastoral de ésta; la actividad de la Alemania nazi y la Italia fascista en la España nacional; los intentos de algunos republicanos de restablecer el culto público en la zona republicana y las relaciones entre el Gobierno de la República y la Santa Sede; los sucesivos Gobiernos desde el 18 de julio hasta el final de la guerra y su orientación política; la represión de maestros en la España nacional, etc.
Considero especialmente representativos de esta obra los apartados titulados «El transfondo cultural de la Guerra Civil», «Maritain, los dominicos y la polémica de la guerra santa», «El poder del Estado y la libertad de la Iglesia», «El intento de un fascismo español» y «La Cristiandad tradicionalista y una nueva Cristiandad».
La sección dedicada a «El poder del Estado y la libertad de la Iglesia» hace posible comprender que la Iglesia, aceptando mucho de lo que el Estado nacional ofrecía, simultáneamente se opuso cuando el Estado quiso controlar «áreas que podían poner en peligro la acción libre de la Iglesia».
Quienes diseñaron el movimiento militar y civil que dió lugar al alzamiento de 1936 tuvieron la posibilidad de crear un nuevo orden político. El autor estudia las causas e ideas que configuraron un sistema político autoritario, basado en el mando personal de Franco, un nacionalista español radical -según el modo tradicionalista de comprender la historia de España y, por tanto, culturalmente católico. En su Régimen, el catolicismo era un elemento importante, pero elemento al fin, del modo exclusivista de entender «la única cultura española», que debía impregnar la nueva sociedad surgida de la Guerra Civil. La libertad dejó de ser un valor configurador de la vida social española.
El autor señala que, en la España nacional,»[…] la idea de una sociedad cristiana […] se presenta indisociablemente unida a la de un Estado, dominador y controlador de la sociedad, pretendidamente fundamentado en los dogmas católicos, celoso guardián de que la fe se viviera por los hombres que eran sus súbditos». Como consecuencia de ello el «grave y hondo problema» de la Iglesia en la postguerra era: «[…] el estatismo encarnado en un Estado confesional y que de esa confesionalidad hacía derivar -erróneamente, muy erróneamente: contra todo derecho- la negativa a la acción libre de los hombres, exigida por la misma fe cristiana, pero que, evidentemente, podría poner en peligro la estabilidad de ese Estado tradicionalista.» [Tomo II, pág. 615],
El tratamiento documental de la obra es de una gran riqueza de fuentes: se utiliza documentación inédita siempre que es posible, como, por ejemplo, en el caso de la correspondencia entre Segura y Gomá en los primeros años treinta. Y la bibliografía empleada es exhaustiva. Su lectura se facilita con unos cuidados índices (general y de nombres).
El autor señala que la lejanía temporal de las cuestiones abordadas en el libro solo es aparente: en su mayor parte aún están presentes: «no hay solución válida sin tener en cuenta lo que ha pasado. Y para eso, previamente, hay que conocerlo».
El lugar de la persona en la sociedad, los modos de configurar órdenes políticos, la dimensión social de la fe, las consecuencias del estatismo laico, etc., pueden repensarse desde estas páginas, que se prolongarán con la investigación -ya en curso- de la vida de la Iglesia en España durante los años del tradicionalismo franquista (1939-1975).
En mi opinión esta obra monumental es imprescindible para todo aquel que quiera conocer el sentido de nuestro presente.
Murray Gell-Mann recibió el Premio Nobel de Física en 1969. Descubrió el quark, que es la partícula del átomo de la que están formadas todas las demás partículas. Es considerado por muchos el físico más importante de la segunda mitad del siglo XX. Además, es un pensador que se preocupa por multitud de problemas tan diversos como la mecánica cuántica, el sistema inmunológico del ser humano, la evolución de los lenguajes humanos y la economía en general como un sistema complejo adaptativo. Es profesor en el California Institute of Technology y director del Instituto de Santa Fe, que él ayudó a fundar en 1984.
El tema central de esta obra es «la simplicidad, la complejidad y los sistemas complejos adaptativos», siendo éste «el tema que conecta el quark con el jaguar y a éstos con la humanidad». El libro está escrito en un lenguaje sencillo para cualquier lector medio y carece del más mínimo aparato matemático. «A lo largo de todo el texto la idea de la interacción entre las leyes fundamentales de la naturaleza y la intervención del azar está siempre presente». El azar entra siempre en escena porque las leyes fundamentales son mecánico-cuánticas y «la mecánica cuántica proporciona solo probabilidades para las historias alternativas no detalladas del universo». Frente a la mecánica clásica, que era determinista y que permitía predecir el comportamiento de la naturaleza, la mecánica cuántica ha introducido el concepto de probabilidad. Por eso, resulta indeterminada, y va mucho más allá del principio de incertidumbre de Heisenberg, que regulaba la incertidumbre de posición y velocidad. Además, en los sistemas no lineales, el fenómeno del caos hace que esta indeterminación se amplifique. «El mundo que vemos a nuestro alrededor corresponde al dominio cuasiclásico, pero estamos restringidos a una versión muy tosca de él, debido a las limitaciones de nuestros sentidos e instrumentos. Dado lo mucho que queda oculto a nuestra vista, el elemento del azar cobra aún más importancia».
El libro aparece dividido en cuatro partes. En la primera, se narran una serie de experiencias personales. En la segunda, se abordan las leyes fundamentales de la física, las que gobiernan las partículas elementales a partir de las cuales se compone toda la materia del universo. Aparecen así las «supercuerdas», que ofrecen, por primera vez en la historia, posibilidades para una seria teoría unificada de todas las partículas e interacciones de la naturaleza. La tercera parte analiza las presiones selectivas que actúan sobre los «sistemas complejos adaptativos». Se entiende por estos a los sistemas que captan información de un flujo de datos y perciben regularidades en el mismo, tratando el resto del material como aleatorio. Estas regularidades se comprimen en un esquema que se emplea para describir el mundo y predecir, hasta cierto punto, el futuro. Este esquema puede experimentar cambios que producen multitud de variantes que compiten entre sí, y el resultado de esta competencia depende de las presiones selectivas, que pueden reflejar la precisión de las descripciones o hasta qué punto dichas prescripciones conducen a la supervivencia del sistema. La cuarta parte presenta diversos problemas relacionados con distintas actuaciones y políticas.
Esta obra constituye un auténtico monumento a la interdisciplinariedad. El momento de los conocimientos cerrados en sí mismos ha pasado.
Asigna el Diccionario de la Real Academia a la voz glosario dos acepciones, primera: «catálogo de palabras oscuras o desusadas, con definición o explicación de cada una de ellas»; segunda: «catálogo de palabras de una misma disciplina, de un mismo campo de estudio, etc., definidas o comentadas». Esta obra de Luis de Mora-Figueroa cumple las dos exigencias: es un catálogo de palabras pertenecientes al lenguaje de la arquitectura defensiva medieval, casi en su totalidad españolas, y muchas veces de gran belleza, como adarve, alambor, almena, barbacana, buhedera, cárcava, espalto, ladronera, matacán, palenque, poterna, etc., pero con frecuencia oscuras para la mayoría de los lectores de nuestra lengua, que pueden toparse con ellas en textos de carácter histórico o simplemente literario. Luis de Mora-Figueroa, doctor en Historia, profesor de Arqueología Medieval en la Universidad de Cádiz, miembro del Comité Científico del Internationaler Burgen-lnstitut del Consejo de Europa, y del Fortress Study Group, que ha sido director o partícipe de excavaciones arqueológicas en España, en el Reino Unido y en Sudán, y se ha especializado en castellología y poliorcética medievales, en paleoartillería y pirobalística, y en la restauración de fortificaciones, acometió y llevó a feliz término la empresa de explicarnos casi doscientas voces de ese lenguaje noble pero en gran parte desconocido. Y lo ha hecho por primera vez en España, en un libro que merece sin duda el calificativo de monumental, pues responde a los tres significados asignados también por el DRAE a este adjetivo: trata de auténticos monumentos, es excelente en su línea, y es una obra muy grande, aunque solo tiene 341 páginas. Lo es por el formato de éstas, 30 x 21 cms., y por la ingente cantidad de información y documentación que incluye.
El autor no solo define y explica cada término, sino que lo sitúa en su marco histórico y social, y lo ilustra con fotografías y dibujos espléndidos, que representan preferentemente castillos y fortalezas españoles, aunque también incluye material gráfico sobre monumentos de otros países, cuando las circunstancias lo aconsejan.
En el galeato, muy acorde con su función introductora, manifiesta que este glosario «es el primero de su naturaleza que se edita en España». Los repertorios de voces arquitectónicas y arqueológicas anteriormente publicados en nuestro país se limitaban a definir escuetamente poco más de una docena de términos, incurriendo no pocas veces en ambigüedades que oscurecían los significados. Luis de Mora-Figueroa se ha esforzado, con éxito, en definir con precisión y explicar mediante glosas adecuadas el contenido semántico de cada término técnico. Ha procurado respetar para cada vocablo glosado la ortografía y la acepción establecida por la Academia en la última edición de su Diccionario (1993), aunque, con alguna frecuencia, no le ha sido posible ajustar el caudal de voces tan especializadas a la norma selectiva del léxico académico, que soslaya asiduamente los términos de uso minoritario.
Es de estricta justicia elogiar las ilustraciones gráficas de la obra. Las fotografías, extraordinariamente nítidas y de color finamente matizado, son todas del autor e inéditas, excepto una, publicada anteriormente en otro trabajo suyo. Los croquis de planta, secciones y alzados de elementos defensivos son obra de Ildefonso Ruiz de Mier, que plasmó en ellos las instrucciones del autor. El marqués de Saavedra aportó a la obra primorosos dibujos miniaturistas.
Las diecisiete plantas generales reproducidas tras el glosario, digitalizadas en computadora, se deben a Juan Luis Siquier. Quince ocupan página entera; dos, incluso página doble. Trece corresponden a castillos o fortalezas de España; las demás, a propugnáculos de Francia, Reino Unido e Italia. En cada caso precede a la página del grabado otra en que Mora-Figueroa no solo explica el organigrama defensivo de la fortaleza correspondiente, sino también su emplazamiento geográfico y su historia.
La obra se cierra con un índice de remisiones bibliográficas para las ilustraciones, un breve pero sustancioso epílogo sobre las condiciones histórico-sociales que promovieron la arquitectura defensiva en la Edad Media española, un amplio índice selectivo de conceptos y otro, más amplio aún, de topónimos vinculados a fortificaciones.
El lenguaje del autor, ligeramente arcaizante (por ejemplo en la conversación de la b ante s en voces como substancial, substituir, etc.), se acomoda bien a la materia tratada.
Ya solo, antes de terminar, un leve reparo etimológico, y una duda. La voz «donjón», galicismo introducido en el siglo XIX, no incluido en el DRAE, es préstamo del francés donjon, pero éste no viene directamente del latín dominium, sino de su derivado popular o vulgar dominione (m), acusativo de dominio, dominionis. La duda se refiere al significado de almena. ¿Es un «vano descubierto entre merlones, en los parapetos de adarves y torres», como nos dice el autor, o «cada uno de los prismas que coronan los muros de las antiguas fortalezas», según afirma el Diccionario de la Academia? Sigue éste al de Autoridades, que, con su habitual amenidad, describe así la almena: «Cierto género de torrecilla o pyrámide de piedra, que se levanta en lo alto de las torres y muros, y se pone distante una de otra el espacio que puede ocupar un hombre, ú dos, y desde donde pueden señorear el campo y defenderse del enemigo estando a cubierto».
El Nuovo Dizionario Spagnolo-Italinano de L. Ambruzzi traduce almena por merlo, y el Vocabolario delia Lingua Italiana de N. Zingarelli deriva el merlo arquitectónico del ornitológico «perché danno l’idea di una fila di merli», y lo define: «Cada uno de los segmentos de un muro con intervalos regulares, que se levanta sobre el parapeto encima de las fortificaciones antiguas para resguardar a los defensores». Esta definición viene a coincidir con la de almena en el DRAE y en Autoridades. En cambio, el Dictionnaire Moderne Espagnol-Français de García-Pelayo y Gross traduce almena por créneau, voz definida en el Grand Larousse de la Langue Françoise como «abertura practicada de trecho en trecho en un parapeto, en una torre […] para observar o para disparar sin exponerse a los tiros del enemigo». El Diccionario Moderno Español-Inglés del mismo García-Pelayo y Gross traduce almena por merlon (de piedra), relacionado etimológica y semánticamente con el italiano merlo o merlone, pero también por crenel, relacionado con el francés créneau. Finalmente, la etimología de almena según la cual esta palabra procedería del artículo árabe al y del latín mina, «amenaza», tampoco es definitiva, pues no está claro el significado de minae en el único texto en que esta voz aparece asociado a muros, un pasaje de Virgilio, Eneida iv, 88 s.: minaequae / Murorum ingentes, de interpretación discutida. De todos modos, la palabra latina parece ser del mismo origen que los verbos emitiere, imminere y prominere, asociados a la idea de «sobresalir», «ser saliente», implícita en la definición académica de almena.
Fátima Mernissi, nacida en Fez en 1940, es investigadora en la Universidad Mohamed V de Rabat y una figura destacada del feminismo islámico. Educada en escuelas coránicas, consiguió licenciarse en Ciencias Políticas, ser luego becaria en La Sorbona y doctora por Brandéis. Sin embargo, al contrario que muchos intelectuales musulmanes, no aprovechó sus estudios en Occidente para lograr un cómodo exilio: prefirió regresar a su tierra, donde vive hoy.
Estos datos de su biografía «oficial», tan escuetos, se amplían con los recuerdos de infancia de estas memorias: los años transcurridos en su hogar de Fez. La pequeña Fátima de entonces aparece en la mansión paterna rodeada de las mujeres Mernissi: la abuela, matriarca y guardiana de la tradición; la mujer del hermano mayor de su padre, siempre fiel aliada de su conservadora suegra; su propia madre, elemento rebelde del grupo: una tía divorciada, discretamente acorde con su cuñada partidaria de la modernidad. Las primas, las criadas y Samir, el primo favorito, de su misma edad, y, por tanto, demasiado pequeño para integrarse en el sector masculino de la casa.
La descripción de la vida cotidiana de estas mujeres, analfabetas, que no podían salir solas a la calle, y a las que estaba prohibido oír la radio, ofrece detalles curiosos de indudable interés humano. Dedicadas a sus menesteres femeninos como bordar y fabricar sus productos de belleza, aquella vida pudo resultar oprimente, pero también tiene un enorme encanto colorista y un cálido sabor doméstico.
Carentes de libertad, pero –en contrapartida- libres de toda responsabilidad, sueñan con un mundo del que ignoran casi todo, como perpetuas adolescentes juguetonas cuyo plácido letargo no se sabe bien si compadecer o envidiar.
El relato es excelente al describir los pros y los contras de la existencia tradicional del harén, entendiendo por tal no los de los palacios novelescos, sino los de familias de tipo medio. Huyendo de exotismos y de simplificaciones, Mernissi evita tópicos y narra con sencillez sus recuerdos, buenos y malos, sin olvidar los conocimientos que allí asimiló y los que echó en falta. Sin el oficio del escritor profesional, se muestra como narradora ágil, directa, que sabe extraer la esencia de los hechos y retratar a sus personajes con trazos escuetos y precisos.
El estilo muestra una notable frescura, que estimula la imaginación del lector al mismo tiempo que acierta a resaltar los contrastes entre una infancia feliz y los graves problemas sociales que esas costumbres plantean hoy a la cultura árabe.
La autora, no obstante, como otras muchas mujeres islámicas, se pregunta: ¿por qué organizar una revolución, si el nuevo mundo va a ser un desierto emocional? Interrogante clave a la vista de lo ocurrido en Occidente. Además -prosigue la autora- ¿quién se beneficia de un harén? ¿Quién creó el harén, y para qué? Al final, concluye, todas esas preguntas «quedan sin respuestas, como mariposas desorientadas».
Los setenta años cumplidos hace unos meses por el compositor y director francés Pierre Boulez han convertido 1995 en el «año Boulez». Con este motivo, han sido muchas las grabaciones dedicadas a este músico que han visto la luz en este año.
Pierre Boulez ha sido, primero, un compositor de plena vanguardia, enormemente crítico y polemista. Continuador de Schönberg, fue uno de los más dogmáticos de ese movimiento que llevó la teoría dodecafónica y serial hasta sus últimas consecuencias: la serialización total, es decir, la de todos los elementos que componen la música: no solo los doce sonidos son susceptibles de configurar la estructura serial, sino también el ritmo y el timbre lo que se denominó el «serialismo integral». Un movimiento que tuvo su apogeo en los años 50 y finalmente ha ido quedando en desuso como teoría compositiva. Aunque su influencia fue muy notable, por su extremada rigidez marcaba demasiados límites a la creación musical.
Boulez ha sido uno de los pioneros en practicar y componer música electrónica, la que mejor se prestaba a poner en práctica sus planteamientos musicales. Como impulsor de nuevas tendencias estéticas, ha contribuido grandemente a dar a conocer en París -a través de los conciertos del Domaine Musicale- la obra de los compositores de vanguardia y, aún antes, de músicos del siglo XX apenas conocidos, como Anton Webern, Schönberg y Alban Berg.
Su influencia ha sido notable a través de los cursos de verano de Darmstadt durante los años 50, por donde fueron pasando los músicos jóvenes de toda Europa, y en los que Boulez intervino muy activamente, presentando sus obras, criticando con dureza a sus predecesores y dogmatizando sobre el devenir de la música.
De forma autodidacta, Boulez emprendió muy joven la dirección de orquesta, primero como intérprete de sus propias obras, y luego tocando las obras de los autores menos divulgados. Su repertorio ha ido ensanchándose, llevándole desde las salas de concierto hasta los teatros de ópera, convirtiéndole en uno de los directores más prolíficos del momento. Bien es verdad que desde el podio y las grabaciones discográficas sigue contribuyendo de un modo muy activo a la difusión de la música de nuestro siglo.
Son varias las Sinfonías de Mahler grabadas ya por Boulez. La Sexta es probablemente la más desconocida, pero para el inquieto Boulez su gran interés reside en que es junto a la Quinta y la Séptima, una de las obras de transición del músico vienés. A pesar de la frialdad que se atribuye a sus versiones, nos gusta ese afán perfeccionista que le guía. Dentro del clima sombrío y trágico de la obra, consigue en el Andante un precioso remanso de optimismo y belleza sonora.
Por su parte, Oliver Messiaen fue maestro de Boulez y seguramente su mejor introductor a los nuevos horizontes musicales de este siglo. Su afecto y admiración unidos a un conocimiento profundo de su obra, le han llevado a convertirse en uno de sus mejores intérpretes. Et expecto resurrectionem mortuorum (1964) y La Ville d’en haut (1987) ambas para conjunto de viento –madera y metal- y percusión, la primera además con piano, son dos buenas muestras de la obra de Messiaen, por su colorido y riqueza sonora en torno a la temática religiosa. Chronochromie (1960), para gran orquesta, es una de las obras más ricas y complejas de su autor, y en su título (El color del tiempo) resume la materia sonora con la que esta constituida: los variadísimos timbres y su presentación a través de elaboradas duraciones y rítmicas. •
M» José Fontán
Tríos para piano II. 14, 27, 29 y 31 de Joseph Haydn
Intérpretes: Andras Schiff, piano, Yuko Shiokawa, violín y Boris Pergamenschikov, cello DECCA. 444 862-2. DDD
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Entre los numerosos festivales veraniegos de música hay uno que se celebra en un pueblecito cercano a Salzburgo, -a la sombra del célebre Festival de esta ciudad-: las Musiktage Mondsee, que tiene lugar junto al lago del mismo nombre. Desde que comenzó en 1989, este Festival dirigió su objetivo a la interpretación de Música de Cámara, género en el que hay verdaderas obras maestras a lo largo de la historia de la música, y que por estar concebido para pequeños conjuntos requieren una actitud de mayor concentración por parte del auditorio.
Cada edición del Festival está dedicada a dos compositores, con programas centrados exclusivamente en sus obras. Los intérpretes invitados, de 25 a 40 músicos, suelen ser de renombre internacional, y algunos jóvenes de reconocido talento.
Este disco, aunque no fue grabado en directo, rememora uno de los conciertos del verano de 1994, dedicados a las obras de Haydn y Reger, y recoge cuatro Tríos con piano de Haydn, a cargo de un trío formado para la ocasión por el pianista húngaro Andras Schiff, promotor del Festival, el violonchelista ruso Boris Pergamenschikov y la violinista japonesa Yuko Shiokawa. Poco escuchados, estos Tríos del último periodo creador de Haydn, representan el máximo exponente del pianismo de la época anterior a Beethoven. En realidad, la forma que siguen –muy habitual en la época- es la de Sonata para piano acompañado. Y, en efecto, éste es el instrumento que destaca sobre los otros dos. El violonchelo dobla la mano izquierda del pianista, mientras el violín, aunque mantiene una mayor independencia de líneas melódicas, no se desentiende de su papel subordinado al del teclado.
Aunque no forman un trío estable, los tres músicos, de gran profesionalidad individual, consiguen un inmejorable resultado de conjunto, de gran equilibrio y serena belleza.
La edición en disco de los conciertos del Festival de Mondsee contribuye no solo a promocionarlo, sino a divulgar obras poco escuchadas, a profundizar en los autores elegidos y a prolongar la magia de las sesiones camerísticas: una música nacida para la intimidad que encuentra en el disco un vehículo inmejorable para llegar uno a uno a los oyentes.