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Ver productosMantuve esta larga conversación con José Mª Aznar en su despacho de la calle Génova, una tarde de este caluroso octubre. El lector podrá comprobar que hablamos por extenso de los más diversos temas. Pero, entre las muchas opiniones del Presidente del Partido Popular, querría resaltar la idea con la que título esta entrevista: su insistencia en que el cambio político ha de ser un cambio tranquilo y sereno, mirando hacia delante y no profundizando en fracturas. La idea, en suma, de que no hay que dramatizar los cambios políticos porque, en una democracia, lo normal es la alternancia.
Pilar del Castillo (P. del C.).- Para conocer un determinado partido político es interesante empezar sabiendo cuáles son sus referentes, cuando menos los más inmediatos, en la historia política de su país. Desde esa perspectiva Vd. ha reivindicado el legado de la UCD. ¿Qué lleva a la generación política que dirige el PP a reivindicar lo que Vd. ha calificado como el intachable ejercicio democrático del poder por parte de la UCD?
José Mª Azoar (J. Mª. A.).- Son muchas las razones por las que la UCD constituye nuestro referente político inmediato. Para empezar, reconocemos que a la UCD se debe el diseño de la gran operación política que restauró la democracia, esa acertada operación que permitió transitar de la dictadura a la democracia mediante la reforma política. Además, contribuyó decisivamente desde el Gobierno de la nación a elaborar y aprobar una Constitución para todos los españoles, la llamada «Constitución de la concordia”.
Por otra parte, entonces se cimentaron las bases políticas y jurídicas para la construcción del nuevo Estado autonómico, lo que comportaba una distribución del poder político y una progresiva descentralización administrativa. Y todo ello, sin olvidar que fue también entonces cuando se dieron los pasos decisivos para la incorporación de España a los escenarios internacionales, como la integración en la OTAN y en la CEE.
Visto el curso de la política nacional durante estos últimos años, yo valoro la capacidad que demostró la UCD para mantener la ilusión democrática del país, y su generosidad, traspasando el poder ejemplarmente. Simplemente optó por convocar elecciones cuando estimó que su función política había concluido y que el interés general demandaba una nueva etapa.
P. del C.-Es curiosa su insistencia en la reivindicación de un partido en el que Vd. no militó. Parece que se acuerda poco del suyo, en el que ha sido Secretario nacional, diputado, Presidente regional…..
J. Mª. A.-En absoluto. He reivindicado la tarea política desempeñada por la UCD en el Gobierno y su actitud en el ejercicio del poder político. Alianza Popular no gobernó: por lo tanto, no podía referirme a ella desde esa perspectiva. Yo considero que Alianza Popular desempeñó un papel esencial en la construcción de una gran fuerza política de centro-derecha. A Manuel Fraga, una personalidad política fuera de lo común, le debemos haber sentado los cimientos de una mayoría política en condiciones de llegar a ser una alternativa de Gobierno. A partir de ahí, hemos ampliado muestras bases hasta convertirnos en la opción integradora que representa al centro-derecha de España.
P. del C.-Dejando aparte los precedentes más inmediatos ymirando hacia épocas anteriores… ¿con quién se identifica elPresidente del Partido Popular?
J. Mª. A.-A pesar de todas las dificultades que tuvo que afrontar, me identifico con la tradición liberal-conservadora del siglo XIX, y en particular con la época de la Restauración. Durante aquellos cincuenta años, España pasó por un período de libertades, constitucionalismo y parlamentarismo que en muchos aspectos debería servir de punto de referencia para los años actuales. Como es natural, ahora hay unos niveles de participación democrática y de bienestar muy superiores a los de aquellos años. Pero tenemos mucho que aprender de la tolerancia y la buena convivencia existente entre los políticos de entonces, que lograron uno de los períodos más prolongados de estabilidad en libertad y de progreso en todos los órdenes.
P. del C.-Seguimos en el terreno de nuestra historia contemporánea: dentro de dos años se cumple el centenario de aquél 98 de consecuencias económicas, políticas e intelectuales tan significativas para nuestro siglo xx. Habrá tiempo para que muchos aporten sus reflexiones sobre el significado de ese momento de España. En su opinión, ¿qué experiencias útiles se pueden extraer de aquél período de nuestra historia para esta hora de España?
J. Mª. A.- Lo primero que yo diría acerca de nuestra historia contemporánea es que hay que mantener frente a ella una actitud crítica, pero distanciada, sin mitificarla ni demonizarla. En mi opinión, en el 98 se generó un ambiente intelectual en el que prevalecía una interpretación pesimista que acabo siendo negativa para España. Tenemos que evitar -por nefasta- la metafísica del «me duele España», la de «España como problema» y la de «España, fracaso esencial». Personalmente, yo no comparto esa interpretación unilateral y pesimista del 98; hubo claroscuros, no solo aspectos negativos. Por ejemplo: el sistema constitucional sobrevivió a la dura crisis política derivada de la guerra, y el inicio del siglo abrió una nueva etapa política de modernización general del país.
Ahora nos aproximamos a otro fin de siglo: España no puede recrearse en un nuevo ejercicio de peximismo histórico ni sucumbir a la desesperanza. España es una nación plural y moderna que tiene ante sí el desafío de entrar en el siglo XXI con seguridad y confianza, y no hay razones para el pesimismo. Para hacer frente a ese reto necesitamos un cambio político que ponga fin a la actual situación de parálisis; para ello, el Partido Popular ofrece a los españoles un proyecto nacional, un proyecto integrador y no excluyente, con el fin de abordar los problemas que ahora tenemos con resolución, sin complejos y sin miedos.
P. del C.-Tras el colapso de los sistemas comunistas, la bibliografía acerca de los nuevos problemas de la democracia ha aumentado copiosamente. Autores como Dahrendorf, Furet, Linz, y Sartori,por citar a algunos de los que tienen mayor difusión en nuestro país, se han ocupado recientemente de «repensar» la democracia o, más bien, los retos que ésta afronta en una nueva fase histórica, después de que el fin del comunismo haya cerrado el largo período revolucionario que nació con la Revolución Francesa. Y junto a los autores que se plantean los problemas de la democracia desde «dentro», han surgido otras opiniones que cuestionan algunos de los elementos tradicionales de las democracias representativas -como los partidos políticos-, cuando no directamente el propio sistema democrático. ¿Cree Vd. que hay una crisis de la democracia?, ¿y de los partidos?
J. Mª. A.- Yo me sitúo en la línea de los autores que Vd. mencionaba al inicio de su pregunta. Es decir, creo que los acontecimientos vividos en la Europa del Este entre 1989 y los primeros años de la década de los noventa significan el triunfo de la democracia, y, como ha escrito Sartori, el triunfo de la única democracia real que se ha conocido: la democracia liberal. Y defiendo que los problemas que plantea el funcionamiento de los sistemas democráticos, que son muchos, se aborden desde dentro del sistema. Veamos, por ejemplo, el caso concreto de los partidos políticos.
En mi opinión, la articulación de la democracia representativa hace imprescindible un sistema de partidos. Desde luego, no se vislumbra quién puede reemplazarlos. Es cierto que en las sociedades democráticas de hoy, la afiliación a los partidos ha sufrido un declive, mientras que se incrementa la participación ocasional en organizaciones orientadas hacia un tema concreto. Pero, por definición, esas organizaciones abordan solo fragmentos de los problemas sociales y no, pueden sustituir la función de agregación y representación de intereses que cumplen los partidos.
Yo no concibo a España como una nación democrática sin la existencia de unos partidos nacionales fuertes, que sean capaces de expresar y representar políticamente las grandes corrientes de opinión de nuestra sociedad. Unos partidos débiles o fragmentados constituyen un síntoma de una democracia enferma y precaria y de una nación incapaz de llevar adelante un proyecto colectivo. En un Estado que se basa en la desarticulación territorial del poder, la existencia de grandes partidos nacionales es todavía más imprescindible.
Hay que reconocer que en España los partidos han sufrido un importante descrédito ante la opinión pública, como consecuencia de los escándalos de financiación ilegal, corrupción política, abusos en el ejercicio del poder, clientelismos, etc. Es necesario tomar medidas para resolver estos problemas; ya he dicho en otras ocasiones que hay que modificar el sistema de financiación de los partidos, abriéndolo a la sociedad y haciéndolo transparente, y que hay que acabar con la práctica de considerar las instituciones del Estado como un botín para los partidos que obtienen el poder. Los partidos tienen que ganarse, día a día, su legitimidad como sujetos fundamentales del sistema democrático.
P. del C.-Cuando se habla de desconfianza o de crisis del sistema o de los partidos se plantea frecuentemente la necesidad de reformar nuestro sistema electoral. Desde su propio partido se ha planteado esta posibilidad en la Comunidad de Madrid. ¿Cree Vd. que hay que cambiar el sistema electoral?
J. Mª. A.- Al sistema electoral se le suponen unos poderes taumatúrgicos que no tiene. La corrupción política, el clima de desconfianza en los partidos y otros problemas graves de nuestra democracia creo que en muy poca medida se pueden atribuir a nuestro sistema electoral. Los sistemas electorales hay que interpretarlos en el contexto de una cultura política y un tiempo histórico determinados y desde esa perspectiva considero que nuestro sistema electoral ha funcionado razonablemente bien en la promoción de gobiernos estables y ha facilitado la representación parlamentaria de la inmensa mayoría de los sectores de nuestra sociedad.
P. del C.-Pocos discuten que nos encontramos ante el fin de unperíodo de la reciente historia política de España, un período enel que por primera vez hemos tenido un gobierno socialista en solitario. Es frecuente -incluso podríamos afirmar que ha cristalizado como lugar común- que cuando se hace una evaluación política de las cuatro legislaturas socialistas se concluya que el balance del Gobierno es positivo hasta 1989, es decir, durante lasdos primeras legislaturas, malo, en cambio, a partir de esa fecha -como consecuencia de la crisis económica y de la corrupción- y particularmente pésimo en esta última legislatura. ¿Cuál es su juicio político de los trece años de socialismo?
J. Mª. A.-En mi opinión, en los trece años de gobierno socialista se pueden distinguir tres etapas. Una primera entre 1982 y 1986, en la que hubo un impulso desde el Gobierno -aunque en muchas ocasiones con políticas equivocadas- para afrontar los problemas del país. Una segunda fase va desde 1986 a 1989, o más precisamente, hasta la huelga general del 14 de diciembre de ese año. En ese período se perdió la gran ocasión de introducir las reformas que requería nuestra economía, aprovechando el impulso de la entrada en la Comunidad Europea y la buena marcha de la economía internacional. El último período transcurre desde la huelga general del 14 de diciembre hasta hoy, y viene caracterizado por una misma constante: la continua pérdida de rumbo y el desgobierno. Pero esa ola de corrupción que se conoce ahora, cuando estamos al final del ciclo socialista, se gestó defacto en los primeros años del Gobierno del PSOE, como consecuencia de una manera peculiar de entender la política y de ejercer la dirección de los asuntos públicos; de manera que la crisis política, moral y económica se incubó en los primeros años del Gobierno socialista.
La alteración de las reglas del juego mediante el uso de una mayoría política que derivó en abuso de poder, la ocupación partidista de las instituciones democráticas, la utilización de los resortes del Estado en provecho propio, el paseíllo público y el enterramiento de Montesquieu en la fosa común, la extensión de un clima de impunidad para los fieles, son algunos de los polvos que han generado estos lodos, o, más que lodos, el actual barrizal. Conviene decir que todo lo que ahora se va sabiendo fue perpetrado bajo la protección de una legitimidad democrática indiscutible, derivada de tres victorias electorales por mayoría absoluta que nadie pone en duda. Y no es que la mayoría absoluta sea mala en sí, sino que quienes la obtuvieron la utilizaron abusando del marco establecido por la ley.
P. del C.-Si, pero también hay que reconocer que a esas formas de ejercer el poder dieron su consentimiento tácito o expreso una gran mayoría de los sectores sociales; de no haber sido así, resultarían inexplicables las mayorías absolutas consecutivas del PSOE. No hay que olvidar tampoco que muchos españoles estaban muy satisfechos con la marcha de la economía.
J. Mª. A.- Es cierto, y, sin embargo, hay razones para explicar ese comportamiento colectivo e individual. Creo que hay que destacar, por ejemplo, la debilidad de la oposición en aquellos años -ahora recuperada- una política de comunicación hábil y monopolística por parte del Gobierno, un culto o una entrega apasionada y sin condiciones al dinero, al calor de una ética pública inmoral, un establishment agradecido y temeroso de no salir en la foto, etc… todo ello contribuyó a que nadie quisiera salirse de la procesión, por si acaso. Colectivamente se hizo la vista gorda al extenso y singular «mercado negro» que se estableció bajo las alfombras, unas alfombras que ahora se están levantando solas.
Por otra parte, la consideración que Vd. hace sobre la bonanza económica en ese período es cierta, pero incompleta. El modelo de estabilidad que vendía el Gobierno González era de cartón piedra, y pudo consolidarse al socaire de una expansión económica internacional sin precedentes y a la política de saneamiento económico de los primeros años de gobierno, dilapidada posteriormente por una nefasta y despilfarradora gestión que llevó al país a la crisis que comienza a principios de los años noventa -la más grave que hemos conocido desde el año 1959- y que ha desmantelado gran parte de nuestra industria.
P. del C.– ¿Y qué opina de la llamada «crisis sucesoria» que sufre el Partido Socialista? ¿Qué consecuencias puede tener una u otra de las soluciones que se barajan, al menos de las que públicamente se conocen, para el futuro de la política nacional?
J. Mª. A.- El Partido Popular no va a entrar en las quinielas internas, ni va a interferir en la vida de otros partidos. Sin embargo, en la actual encrucijada del país, es importante analizar la orientación política que se vislumbra en el partido del Gobierno, por su influencia en la política nacional, ya que el proceso de sucesión -abierto real o ficticiamente- se solapa con la lenta agonía de un Gobierno en el final de una época.
El problema no es de personas; yo le diría que cualquier candidato será un clónico de González, alguien que ha participado activamente en su proyecto político, que ha intervenido en la toma de decisiones colegiadas de estos años, y que está dispuesto a aceptar una suplencia temporal para cubrir las espaldas a Felipe González.
La sucesión de González recuerda a esas muñecas rusas que al abrirlas uno ve que contienen otra igual, pero más pequeña, que a su vez contiene otra. Nunca se acababan, se mantenía el prototipo, pero sus tamaños disminuían hasta límites de lupa. Pero, en cualquier caso, el problema del Partido Socialista no es el de la sucesión personal: su verdadero problema es el agotamiento de su proyecto político, la ausencia de ideas, la falta de un equipo capaz de sustituir a la actual dirección, de tomar el relevo.
P. del C.-A juzgar por las declaraciones que oímos y leemos últimamente, el sector «guerrista» insiste en que Felipe González sea de nuevo en las próximas elecciones generales la imagen del cartel socialista, porque -según la opinión descarnada de algunos comentaristas- quieren verle masticar lentamente el polvo de la derrota. ¿Qué candidato le viene bien al PP?
J. Mª. A.- La peleas de la familia socialista son exactamente eso: peleas de familia, y ya le decía antes que el PP en eso nunca va a entrar. Personalmente, con franqueza, me da igual un candidato que otro.
P. del C.-Hace ahora seis años que fue Vd. designado por su partido como candidato a la Presidencia del Gobierno y más de cinco años que fue elegido presidente del PP ¿qué balance puede hacer sobre ese período y cómo es el Partido con el que quiere encabezar un futuro gobierno de España?
J. Mª. A.- Para comenzar, yo diría que ofrecemos a los españoles un partido unido, con un alto grado de cohesión interna, lo que garantiza una sólida base política para el ejercicio del gobierno. Un partido, por otra parte, que garantiza su continuidad porque ha huido de caudillismos, de forma que el partido como institución prevalecerá por encima de temporales liderazgos políticos. Desde el punto de vista ideológico, considerado del modo más global, somos un partido de centro lo que significa ser el partido de las libertades, un partido al servicio del interés general y el partido de las clases medias. Desde esta última perspectiva hay que señalar la apertura indiscutible que se ha operado en estos años en la base social del PP. Ahora se han incorporado profesionales liberales, pequeños empresarios y, lo que más me alegra, trabajadores que votaban a la izquierda por seguir una tradición o porque sentían una prevención ideológica que ya no tienen. Si se ve la lista de afiliados de nuestro partido según categorías sociales, se comprueba que el primer grupo lo forman jóvenes estudiantes y el siguiente empleados del sector de los servicios. En conjunto, la radiografía de la estructura social de nuestros afiliados se superpone con la del país.
Por otra parte, los dirigentes del PP constituyen básicamente una nueva generación política, una generación que no ha tenido responsabilidades de gobierno en épocas anteriores. Y también hay que mencionar el proceso de regionalización que ha experimentado el partido durante estos años, acercándose a la realidad plural de España pero manteniendo siempre como una característica esencial el referente político de partido nacional. Los resultados de las últimas elecciones municipales y autonómicas han dado al Partido Popular una amplia victoria en las ciudades, demostrando así que somos un partido de vanguardia apoyado claramente por los sectores más dinámicos de la sociedad. Tenemos hoy una estructura política sólidamente anclada en ayuntamientos y comunidades autónomas, y contamos con equipos de gobierno cualificados con experiencia en administraciones territoriales.
Por último, en el plano internacional, nuestro Partido es miembro del Partido Popular Europeo, cuyo próximo Congreso se celebrará en Madrid durante este mes de noviembre, lo que le permite una actuación coordinada con partidos de su misma orientación tanto en Europa como en Iberoamérica.
P. del C.- ¿Cuáles son los fundamentos del cambio que ofrece el Partido Popular para gobernar el país?
J. Mª. A.-El cambio que nosotros nos proponemos se basa primero en restaurar la confianza. La confianza en las instituciones democráticas, en el Gobierno de la nación y en el futuro de España. El camino es el del cumplimiento de la ley sin excepciones, el restablecimiento pleno del Estado de Derecho, la austeridad en la administración del dinero público, la transparencia en el ejercicio del poder, la recuperación del Parlamento como eje de la vida política, la vuelta a la neutralidad política del Estado, el desalojo del partidismo, el retorno de la ejemplaridad en los comportamientos políticos, etc. Un Gobierno que ejerza la dirección política honesta, seria y democráticamente es la mejor garantía para un buen funcionamiento del país. Devolver la confianza significa recobrar nuestras posibilidades como país y estar dispuestos a trabajar en un proyecto de todos y para todos.
El cambio significa abrir una nueva etapa. Es pasar una página, situarse con horizontes y perspectivas nuevas para todos. Yo considero que el cambio es una necesidad nacional que está por encima de opciones partidistas. Es una propuesta democrática dirigida al país desde la única alternativa de gobierno posible. España está paralizada y sin rumbo: como decía Maura, una cosa es estar en el Gobierno y otra cosa es gobernar.
El cambio es un camino democrático para empezar de nuevo a andar, a trabajar, a forjar proyectos, a levantar España. Para volver a empezar con ilusión y esperanza un nuevo proyecto. El cambio se basa, por otra parte, en la «continuidad nacional», lo que significa que una nueva generación política toma el relevo de la historia de España para resolver los problemas, no para recrearse en las denuncias y buscar culpables. Es un cambio razonable, tranquilo, sereno y equilibrado; el país necesita estabilidad, mirar hacia delante, no profundizar en fracturas, porque lo normal y democrático es la alternancia.
P. del C.-Vistos los fundamentos del cambio que Vds. proponen, ¿podría definirme ahora las prioridades de un futuro Gobierno del Partido Popular?
J. Mª. A.- A grandes rasgos: el primer objetivo del Gobierno Popular será la seguridad y la defensa de las libertades. Es decir, asegurar el imperio de la ley, reforzar la lucha contra el terrorismo, el mantenimiento de la seguridad ciudadana y el funcionamiento rápido y ejemplar de la administración de justicia.
El segundo eje es la economía, proponemos que nuestro bienestar y calidad de vida sean equiparables a los de las naciones de nuestro entorno europeo. Las tareas primordiales serán crear empleo, propiciar un crecimiento estable a largo plazo, garantizar y mejorar los servicios públicos, especialmente los sociales, y reformar el sistema tributario de forma que no constituya un obstáculo para el desarrollo económico.
En tercer lugar, las relaciones Estado-Comunidades Autónomas. Necesitamos crear un marco estable para el diálogo y el entendimiento mutuo, y, por supuesto, racionalizar el modelo administrativo y promover una cultura de solidaridad y de responsabilidad fiscal.
En el terreno de la política exterior, mi compromiso con la construcción europea es inequívoco, pero sin olvidar nuestra vertiente atlántica, en la que distingo dos campos de acción: el primero, Iberoamérica, donde me niego a seguir con la política actual, llena de retórica y simples gestos. El segundo, nuestra relación con los Estados Unidos, necesitada de fluidez y compromiso, incluso de una forma de cooperación singular.
En el resto de políticas sectoriales, mi compromiso está estrechamente vinculado a la garantía de las libertades individuales de los españoles y a su bienestar.
P. del C.-Vayamos más allá de las grandes líneas. Vd. ha mencionado el terrorismo, una herida de nuestra democracia que supura constantemente y nunca acaba de cerrarse. En los últimos meses el conflicto se ha recrudecido. ¿Por qué? ¿Cuál es su diagnóstico de la situación?
J. Mª. A.-No cabe duda de que el terrorismo es el principal problema, la más grande de las lacras que tiene nuestro país, y la lucha para erradicarlo tiene para nosotros máxima prioridad. En los últimos meses ETA y su entorno pretenden volver al estado de la cuestión que existía veinte años atrás, cuando en España se encontraba en plena transición a la democracia. ETA y sus colaboradores han intensificado sus actuaciones, bien golpeando directamente, es decir, asesinando, bien de manera indirecta, adueñándose de la calle por el terror, atemorizando a los ciudadanos vascos, impidiendo la libertad de la inmensa mayoría de los vascos que quieren expresar su indignación por el asesinato, los secuestros, la extorsión, que quieren que acabe esta situación, que dicen basta.
Frente a esta estrategia de ETA, el talante dogmático e intransigente de algunos líderes nacionalistas resulta preocupante; con sus declaraciones y actitudes contribuyen a crispar y complicar una situación política difícil. La normalidad democrática que exige el País Vasco no parece estar representada por esos políticos, que son el pasado. Mientras que otros partidos han conocido una renovación del liderazgo, los nacionalistas continúan con los mismos líderes desde hace veinte años. El PNV tiene un gran papel que desempeñar en la lucha contra el terrorismo, y en la normalización del País Vasco: por eso tiene que evitar toda ambigüedad; solo así podrá mantener su credibilidad. Y en este mismo orden de cosas me preocupan también ciertas ambigüedades recientes del Partido Socialista de Euskadi.
P. del C.- ¿Qué significa la «vía irlandesa» en el País Vasco?
J. Mª. A.-Mire Vd., en esta respuesta voy a ser muy breve: eso de la vía irlandesa en el País Vasco no significa nada.
P. del C.-Y ¿dónde están las soluciones?
J. Mª. A.-Tiene que quedar muy claro que se deben depurar todas las responsabilidades penales y políticas, pese a quien pese y estén donde estén. Para ello es necesario la formación de un nuevo Gobierno en Madrid que tenga autoridad. Es necesario que se cumpla la ley sin excepciones, para los que se creen con derecho a matar y para los que se han tomado la justicia por su mano. Para ETA, para Jarrai, para HB, para el GAL. Para todos. La depuración de las responsabilidades y el cumplimiento de la ley por todos equivale a la regeneración de la democracia. La democracia, desde el punto de vista jurídico-político, se plasma en el Estado de Derecho. La democracia se regenera desde la democracia. Hay que volver a la primacía del eje demócratas-no demócratas, frente al eje nacionalistas-no nacionalistas, y hay que reactivar la unidad de todos frente al terrorismo y en tomo a la democracia, y, como ya he dicho, el PNV desempeña un papel esencial para la consecución de ese objetivo.
ETA es el mayor enemigo del pueblo vasco. Con armas encima (o debajo) de la mesa no se negocia. La paz solo se puede conseguir desde la dignidad, desde la ley, el resto es una claudicación. La solución está en el Estatuto de Guernica, como un marco amplio que debe dar cabida al entendimiento entre los vascos. El Estatuto de Guernica y también la Constitución, que han sido el punto crucial de regeneración del Estado Derecho, sin olvidar los Pactos de Ajuriaenea.
Para colaborar en esa tarea nosotros contamos con un Partido Popular en el País Vasco, un partido muy consciente de la enorme responsabilidad que le ha tocado asumir, que hoy se ha convertido en el centro vasco, en un punto de referencia política y moral en la política vasca. Un partido con una línea de actuación inequívoca, con una personalidad propia y abierta, que mantiene la firmeza democrática y estatutaria ante fenómenos de desmoronamiento como el que se ha producido en el Partido Socialista de Euskadi. El Partido Popular en el País Vasco es un antídoto frente al desencanto político del país, un estímulo para su normalización política y su recuperación económica.
En fin, para terminar, no quiero dejar de manifestar mi añoranza por ese espíritu vasco que impregnó la historia del País Vasco y la de España durante siglos. Ese vasco sobrio, espiritual, con un gran empuje empresarial, el hombre ilustrado, el vasco cuya palabra iba a misa, el ecuánime, el hombre justo y razonable. Así fue siempre el vasco, y lo volverá a ser, porque es imposible que unos pocos puedan con tantos valores acuñados durante tantos siglos. Nuestra fe y nuestra esperanza están con ellos.
P. del C.-Ya en otra dimensión de los problemas de seguridad, España ha sufrido en los últimos quince años un incremento notable de la delincuencia: de las 541.000 infracciones denunciadas en 1980 se ha pasado a 1.561.000 en 1994. ¿Qué hay que hacer para detener este avance de la criminalidad? ¿Cómo puede conseguirse mayor seguridad ciudadana en nuestros pueblos y ciudades?
J. Mª. A.- El incremento de la inseguridad ciudadana no es una consecuencia natural de la modernización de la sociedad, esa es una tesis que me niego a aceptar. Es, desde luego, un fenómeno patológico, que debemos combatir con el máximo rigor. Ciertamente, el fenómeno de la droga, el crecimiento de bolsas de marginación, la crisis de valores y el desarraigo de parte de nuestra juventud ha contribuido a la preocupante extensión de la inseguridad, sobre todo en las grandes ciudades. Necesitamos nuevas políticas para atajar esas causas. Pero, al mismo tiempo, hay que restaurar el respeto a la ley. ¿Qué valores se están transmitiendo en determinados medios a las nuevas generaciones? La exaltación de la violencia, de la agresividad y del individualismo sin norte crean un clima propicio a las conductas antisociales. Los poderes públicos no pueden hacerlo todo, pero sí deben mejorar el marco legal y social para que la sociedad esté defendida.
Por lo que se refiere a las medidas operativas de seguridad ciudadana, es evidente que tenemos que tomar iniciativas. Las calles tienen que estar mucho más protegidas, hay que establecer una policía de barrio de verdad, con la que los ciudadanos sintonicen y se identifiquen. Hay que mejorar la capacidad de actuación de las fuerzas de seguridad y darles una nueva moral. Y es imprescindible delimitar claramente las funciones de los diferentes cuerpos de seguridad, asegurando la coordinación entre ellos.
P. del C.-Sin duda, una de las causas del aumento de la delincuencia es el problema del narcotráfico, y en general, la presencia de la droga en nuestra sociedad. ¿Cómo evalúa la labor del Gobierno socialista en este terreno? ¿Qué otras medidas desarrollaría un Gobierno del Partido Popular?
J. Mª. A.– Cuando, en 1983, el Gobierno socialista reformó el Código Penal despenalizando la tenencia de drogas para el consumo y el propio consumo, lo que consiguió fue convertir a España en un zoco semiliberalizado para la droga. Desde el punto de vista ideológico, la visión socialista en este tema, como en tantos otros, transformó en sinónimos los términos democracia y permisividad: lo progresista era una libertad mal entendida que implicaba la despenalización de conductas que contribuyen a atentar contra la salud. El consumo de drogas no afecta solamente a quien las consume, sino que pone en riesgo la estabilidad de las personas que conviven con el consumidor, degradando las siempre frágiles libertades individuales.
Las medidas que proponemos no se van a limitar a la prevención, a la rehabilitación, al cumplimiento íntegro de las penas impuestas a los traficantes, al aumento de los medios en la lucha contra el narcotráfico y contra el blanqueo de capitales, sino que vamos a convertir la cooperación interestatal y la presencia de España en los foros internacionales antidroga, en un objetivo esencial.
P. del C.-El debate sobre la conveniencia o no de legalizar las drogas blandas es recurrente en España y en otros países; periódicamente, la discusión vuelve a cobrar ciertas energías. ¿Cuál es su opinión en esta materia?
J. Mª. A.- En primer lugar, me niego a suscribir esa distinción maniquea drogas duras-drogas blandas, y, en consecuencia, a admitir diferentes formas de tratamiento y diferentes niveles de rotundidad a la hora de abordar el problema, sean las drogas de un tipo o de otro. Mi rechazo es total y mi permisividad nula con respecto a la tenencia y consumo de cualquier clase de drogas.
P. del C.-En relación a la Justicia, Vd. ha defendido la necesidad de reforzar la independencia del poder judicial. ¿Qué iniciativas cree Vd. necesarias a tal fin? ¿Qué van Vds. a hacer para acelerar el lento funcionamiento de la justicia española?
J. Mª. A.- Nuestra sociedad necesita una recuperación del genuino valor de la justicia que no puede acomodarse a conveniencias, ni siquiera a la llamada razón de Estado. Y me interesa resaltar a este respecto el valor de la sanción. La sanción no puede reducirse a sus efectos disuasorios o ejemplarizantes, ni a la recuperación social del delincuente. Podemos y debemos hacer lo que esté en nuestra mano para que se produzca, pero no podemos construir un sistema penal y penitenciario que prescinda del valor de la justicia.
Yo considero que la justicia, como sustento capital del Estado de Derecho, se encuentra con obstáculos graves para cumplir su misión de modo satisfactorio. Es necesario dotar a la administración de justicia de un mayor número de medios humanos y materiales. Hay que lograr una mayor eficiencia, reformando los procedimientos para que las decisiones judiciales no se eternicen.
Es necesario, por otra parte, reformar la Ley Orgánica del Poder Judicial de manera que se garantice el predominio efectivo de los jueces en el Consejo General del Poder Judicial. Hay que modificar igualmente el Estatuto del Ministerio Fiscal, potenciando la imparcialidad, objetividad y profesionalidad del Fiscal General del Estado.
Pero más importante que las reformas legislativas es la modificación de actitudes y conductas, para que las instituciones vuelvan a funcionar como deben y la democracia se asiente en sólidas reglas del juego.
P. del C.-La política económica constituye la clave del arco de toda alternativa política, y se dice que el PP tendrá que hacer una política económica muy similar a la del Gobierno socialista, que carecerá de margen de maniobra si quiere cumplir los objetivos de Maastricht. ¿Es realmente posible otra política económica?
J. Mª. A.-Por supuesto. El Partido Socialista pensó que el crecimiento económico podía venir del aumento del gasto y de la intervención pública, de ahí el déficit, la deuda, la inflación y el nivel de nuestros tipos de interés. Pero, sobre todo, de ahí procede nuestro nivel de paro: ésa es la auténtica herencia de los socialistas. Por eso, el primer objetivo de nuestra política económica va a ser la creación de empleo. Para lograr ese objetivo es necesario el saneamiento de nuestras finanzas públicas, que no solo constituye un objetivo relacionado con la Unión Europea, a la que debemos orientarnos prioritaria y decididamente, sino que es una condición para la recuperación de nuestra maltrecha economía.
Los socialistas ignoraron no solo la superioridad del mercado para crear riqueza, sino también la imposibilidad de llevar a cabo políticas expansivas, basadas en el aumento incontrolado del gasto y el endeudamiento, en el seno de una economía abierta e internacionalizada. Nosotros sabemos, en cambio, que el sector privado puede crear los empleos estables que necesitamos; por ello son imprescindibles más empresas y mejores, y es urgente favorecer el ahorro familiar y la inversión privada.
El Partido Popular tiene como objetivo reducir el paro y el déficit público respetando los acuerdos de Maastricht, pero también va a abordar la reforma de la Administración Pública, para hacerla más eficaz y evitar duplicidades de gasto. Reformaremos la empresa pública para hacerla eficaz, desarrollaremos un serio programa de privatizaciones y haremos una amplia reforma fiscal que sirva para fomentar el ahorro y la inversión, y que permita acabar con el fraude fiscal.
Solo si crecemos aumentando sustancialmente nuestra tasa de empleo y ocupación estarán verdaderamente asegurados los servicios sociales básicos, fruto de un pacto de solidaridad en una nación moderna, con los que el Partido Popular está comprometido, como son una buena educación, una sanidad eficaz, y unas pensiones suficientes para todos.
P. del C.- ¿Y está Vd. seguro de que las cuentas cuadran? ¿Es posible controlar el déficit público, reduciendo el gasto a la vez que los impuestos? ¿Cómo es posible que no se vean perjudicados los servicios públicos?
J. Mª. A.- En una economía moderna y abierta el déficit no es un instrumento de política económica, sino un grave lastre para nuestro crecimiento futuro. El control del déficit es el más importante de los criterios de convergencia, ya que constituye una de las causas últimas del desempleo, al provocar tensiones inflacionistas y la subida de los tipos de interés.
El control del déficit y la reducción del gasto público van a realizarse con absoluta garantía de los servicios sociales básicos de sanidad, educación y pensiones. La mejora de estos servicios -permitiendo, en ocasiones, la concurrencia de la iniciativa privada en su gestión- determinará ahorros presupuestarios y mejoras en la calidad del servicio ofrecido a los ciudadanos. También nos proponemos aumentar las inversiones en infraestructuras como factor de cohesión territorial y como requisito para la competitividad y el crecimiento económico.
Es necesario reducir de forma sustancial los gastos corrientes de funcionamiento del sector público, congelando incluso las plantillas de funcionarios de todos aquellos servicios en los que sea posible, y suprimir altos cargos y organismos inútiles. Con respecto al Presupuesto, el Partido Popular exigirá una exhaustiva revisión de todas las partidas de gasto y de las tareas encomendadas a todos los organismos públicos. También hay que alcanzar un acuerdo con las Comunidades Autónomas y municipios para suprimir duplicidades administrativas y de gasto: este es el significado de la Administración Única.
Debemos acabar con la discrecionalidad en las modificaciones presupuestarias y las partidas de gastos difusos, e, igualmente, nos proponemos reforzar el papel de la Intervención del Estado, reintroduciendo la intervención previa como elemento de control y garantía de ejecución del Presupuesto. Y en esa misma dirección proponemos la creación de la Oficina presupuestaria, dependiente de la Presidencia del Gobierno y el refuerzo de los medios y competencias del Tribunal de Cuentas.
P. del C.-Por su contundencia en el control presupuestario y en la reducción del gasto público, parece Vd. decidido a poner fin a ese estado permanente de «democracia en déficit», a ese círculo vicioso deuda-inflación que caracteriza a las democracias consolidadas. ¿No le parece excesivamente utópico?
J. Mª. A.-En absoluto. El hecho de que para algunos la política se limite al arte de aplicar en cada época la parte del ideal que las circunstancias hacen posible no significa que el proyecto que encabezo se resigne a formar parte de ese grupo de políticos que adoptan lo que más les conviene.
Los desequilibrios presupuestarios no son inevitables, al menos hasta el punto en que han llegado a serlo durante estos años de gobierno socialista. Soy partidario de la recuperación de una permanente responsabilidad y autocontrol -no solo fiscal- que quiero que impregne toda mi acción de gobierno.
P. del C.- ¿Y en qué consiste, con la mayor precisión posible, supropuesta de reducción de impuestos?
J. Mª. A.- La reducción del déficit tiene que venir a través de la reforma del gasto público y no del aumento de la presión fiscal, y este es un elemento esencial que nos separa de los socialistas. El rápido crecimiento de la presión fiscal en los últimos trece años ha llevado a nuestro país al límite de nuestra capacidad fiscal. El sistema fiscal se ha complicado hasta el punto de hacerse ininteligible para la mayoría de los ciudadanos, perdiendo legitimidad y aceptación social. El fraude fiscal, según las estimaciones oficiales, alcanza proporciones alarmantes.
Un sistema fiscal que funcione tiene que basarse en el cumplimiento voluntario por parte de los contribuyentes. Para ello es necesario un marco normativo estable y una administración tributaria eficaz que se debe basar en su aceptación por parte de los ciudadanos. La elaboración de un Estatuto del Contribuyente es un objetivo fundamental para garantizar el derecho de todos a que los impuestos se paguen de forma equitativa.
La reforma de nuestro sistema fiscal tendrá un doble contenido: por un lado, la reforma sistemática de las principales figuras impositivas para lograr su simplificación, y, de otro, la reforma de la administración tributaria para hacerla más eficiente en el servicio de los contribuyentes y en la lucha contra el fraude. La reforma de la imposición directa tiene que ir dirigida a incrementar el ahorro de las familias y la inversión privada. Para ello, nuestro objetivo es la reducción y simplificación de la tarifa del Impuesto sobre la Renta, de forma que con un tipo de máximo lo más cercano posible al del Impuesto de Sociedades, todos los contribuyentes paguen menos por el IRPF, y también el uso de la imposición directa como un instrumento central de una política de clara ayuda a la familia.
Por último, se hace también necesario la revisión del sistema de tributación de los fondos de pensiones. Hay que incentivar los complementos de pensiones que libremente quieran los ciudadanos, como modo de lograr un ahorro estable a largo plazo, necesario para el aumento de la inversión, el número de empresas y el empleo.
P. del C.-Vds. dicen que llevarán a cabo un programa de privatizaciones, algo que por lo demás ya ha empezado a desarrollar el Gobierno socialista. En términos globales ¿hay diferencias entre su programa y el del Gobierno en esta materia? Y si así fuera, ¿en qué consiste la política que Vds. proponen?
J. Mª. A.-Las privatizaciones son parte esencial de un programa económico destinado a volver a equilibrar el papel del Estado y el de los agentes económicos privados. Bajo los gobiernos socialistas, el sector público empresarial ha sido un agujero negro con un saneamiento permanente. En diez años, entre transferencias de capital, subvenciones y asunciones de deuda, el presupuesto ha transferido muchos billones de pesetas a las empresas. Ha habido subsidios encubiertos de las empresas con beneficios para las deficitarias. En todo caso, la política de privatizaciones ha de tener muy en cuenta que tenemos que desarrollar una política de industrialización del país, lo que para nosotros constituye una prioridad.
Nuestro programa de privatizaciones tiene dos componentes: privatización del sector público empresarial y facilitar la concurrencia de la iniciativa privada en la gestión de los servicios públicos. La privatización de la empresa pública no es un instrumento para obtener recursos, para reducir el déficit, sino algo necesario para ganar eficacia económica. El Estado no tiene porqué competir de forma burocrática y desleal con las empresas para ofrecer bienes y servicios privados.
La concurrencia del sector privado en la gestión de servicios públicos como la sanidad, el transporte, las comunicaciones o la educación, tienen como objetivo la mejora de la calidad de los mismos y la reducción de precios para los consumidores, y también el de posibilitar la libre elección donde sea técnicamente posible.
P. del C.-Y, para terminar con la política económica: en los últimos meses están hablando Vds. con una cierta frecuencia del empleo estable ¿Qué significa este concepto? ¿Cree Vd. que la reforma laboral no ha sido suficiente?
J. Mª. A.-Es evidente que la reforma laboral de 1994 no ha sido suficiente para que en España se cree empleo al ritmo necesario que permita acabar con esa lacra que es el paro, y que tanto nos diferencia de otras economías de los países miembros de la Unión Europea. Se continúa destruyendo empleo indefinido, mientras que se ha generalizado el empleo temporal, una modalidad de auténtico empleo a término, en la que los trabajadores y empleados conocen la fecha en la que se extinguirá la relación laboral. Esa situación está provocando inseguridad y ansiedad en los trabajadores y sus familias, haciendo que los empresarios inviertan poco en formación profesional, tan necesaria para asegurar el futuro de las empresas y de nuestra economía, y fomentando los empleos de baja cualificación.
El Partido Popular defiende el empleo estable. Para esto es necesario que el mercado de trabajo funcione adecuadamente. Somos el país europeo con más modalidades de contratación laboral. Hay que ir a los contratos estables, por razones económicas, políticas y morales, lo que implicará una mayor movilidad dentro de la empresa y del sector económico correspondiente. Mayor movilidad comporta mayor flexibilidad organizativa y mayores posibilidades de que las empresas puedan adaptarse a las cambiantes circunstancias del mercado de forma rápida y eficaz. Para que los trabajadores y las empresas puedan acomodarse a estas diferentes situaciones se hace necesario un gran esfuerzo de formación al que tienen que contribuir las empresas, los trabajadores y los poderes públicos. Tenemos que transformar los servicios de protección a los parados en auténticas agencias de formación. Esto obliga a que los parados estén dispuestos a reciclarse y adaptarse a las demandas que vayan apareciendo en el mercado. Si los españoles hacemos un auténtico y serio esfuerzo de adaptación y formación permanente, podremos hacer crecer el empleo.
Creo también necesaria la modificación del sistema de negociación de convenios colectivos, para adaptarlo a las condiciones individuales de productividad de cada empresa. Desde luego hay que intentar pactar una reforma laboral en profundidad con los agentes sociales, pero sin perder de vista que resulta una condición imprescindible para reducir la alta tasa de paro que tenemos en estos momentos.
P. del C.-Continuando con las líneas maestras de su programa, Vd. ha manifestado en otras ocasiones que en los próximos años hay que culminar el proceso, aún abierto, del Estado de la Autonomías. ¿Qué hay que hacer para ello?
J. Mª. A.- Permítame que, antes de contestar a su pregunta, le confiese que una de las experiencias que conservo más viva desde la última campaña electoral es el vigor con que la idea de la necesidad de una mayor cohesión nacional, de una mayor solidaridad entre todos los españoles, está calando en nuestras gentes. El Partido Popular debe dar una respuesta política a esa aspiración. El verdadero sentido del Estado de las Autonomías consiste en la necesidad de vertebrar de la mejor manera posible la realidad de la España plural.
La construcción del Estado de las Autonomías exige dos líneas de acción, que han de afrontarse con decisión. La primera es la creación de fórmulas eficaces para hacer que las Comunidades Autónomas participen claramente en la formación de la voluntad del Estado; desde esa perspectiva, el Senado ha de ser, a mi juicio, una pieza esencial para lograr ese objetivo.
Y, en segundo lugar, nuestro Estado necesita serias reformas en los aspectos administrativos, para evitar duplicidades y crecimiento superfluo de las maquinarias burocráticas. Nuestro modelo de Administración Única pretende resolver esta cuestión. El reto consiste en que el Estado de la Autonomías, además de ser eficaz, no nos cueste más que el estado centralista.
P. del C.-Y, en relación a la política exterior ¿cuáles son los ámbitos de actuación prioritarios para el Partido Popular?
J. Mª. A.- Antes de todo España tiene que afirmar sin titubeos su irrenunciable compromiso europeo, convirtiéndose en fuente y punto de referencia de las iniciativas para la construcción europea. El futuro de España hay que ganárselo en Europa, no resignándose a ser un miembro de segunda fila de la Unión Europea, por lo que hay que hacer el esfuerzo para estar en la primera fase de la unión económica y monetaria. Además, debemos desarrollar al máximo el modelo de nuestra participación en la OTAN y reforzar los lazos con los Estados Unidos.
Por otra parte, necesitamos una relación estable con los países del norte de África para contribuir a la estabilidad de la zona, y, por último, es esencial y prioritario aumentar la presencia española en Iberoamérica, consolidando nuestro papel de interlocutor natural entre estos países y Europa.
P. del C.-Hablemos un poco más de la Unión Europea. En 1996 está previsto que se celebre una Conferencia lntergubernamental acerca del futuro de la misma. A su juicio, ¿cuáles deben ser los puntos prioritarios que debe defender España? Y, más específicamente, ¿deberían plantearse reformas de carácter institucional respecto d-el tratado de Maastricht? Y, si es así, ¿en qué dirección?
J. Mª. A.- Con frecuencia se exageran, a mi juicio, los problemas institucionales. Para España, las reformas institucionales, por necesarias que sean -y en algunos aspectos lo son- no constituyen la máxima prioridad. Le pondré un ejemplo que puede ser útil. ¿Habría sido más eficaz la acción de la Unión Europea en la ex-Yugoslavia si las decisiones se hubiesen podido adoptar por mayoría en lugar de tener que tomarse por unanimidad? Yo no lo creo. El problema radica en que los Estados miembros no han sido capaces de definir cuál es el interés europeo en el conflicto de Bosnia, al modo, por ejemplo, en que los Estados-Nación definen sus intereses nacionales. Con ello quiero decir que para que la opinión pública española pueda aceptar solidariamente decisiones sobre crisis, problemas o conflictos de los que se encuentra histórica, cultural y geográficamente alejada ha de tener la garantía de que lberoamérica y el Mediterráneo son de interés europeo, es decir, objetivos permanentes y esenciales de la política exterior de la Unión. Solo entonces sería posible reducir, que no suprimir, el ámbito de aplicación de la regla del consenso en la política exterior y de seguridad. El ejemplo que acabo de poner se puede hacer extensible a otras políticas comunitarias, como la Política Agraria Común, la Política de Pesca, etc. Cuando los intereses vitales de España estén en juego, la regla del consenso es la que, hoy por hoy, garantiza mejor su defensa.
Desde otra perspectiva, creo que el porvenir de la Unión estará más democráticamente asegurado si se prevé de un modo explícito una participación razonable de los Parlamentos nacionales en los que están o pueden estar involucrados intereses vitales de los Estados miembros, sin dañar la capacidad de compromiso que deben tener los representantes de éstos en el momento de la decisión. España debe, desde luego, contribuir al éxito de la Conferencia Intergubernamental. La CIG debería, a mi juicio, perseguir principalmente un objetivo de perfeccionamiento institucional que garantice los equilibrios internos de la UE ante la ampliación, así como la democracia, eficacia y transparencia de los procesos de decisión tanto del Parlamento Europeo como de la Comisión.
P. del C.-La última ampliación de la Unión fue objeto de controversia entre los gobiernos de los países miembros. El Gobierno socialista era, por ejemplo, partidario de la profundización antes de incorporar nuevos socios mientras que el Gobierno del Sr. Kohl defendió con ardor la posición contraria. Todavía un buen número de las nuevas democracias del Este desean incorporarse en plazos relativamente breves. ¿Cuál es su posición sobre una futura ampliación? ¿Cuáles han de ser sus límites?
J. Mª. A.- Soy partidario de la ampliación, entre otras cosas porque, como dice Dahrendorf, la ampliación es una buena forma de hacer caminar la Unión Europea. Lo que me parece importante es que, al mirar al Este, Europa no olvide el Mediterráneo, que es donde está ubicada España, porque es sin duda un área esencial desde el inicio de las civilizaciones. Un área casi siempre en conflicto (Israel, Yugoslavia, Argelia….) y que requiere una atención prioritaria, valiente e imaginativa. Los conflictos en el Mediterráneo nunca son locales y siempre terminan por arrastrar a otros países del entorno.
P. del C.-La moneda única también constituye un objetivo polémico; por un lado destaca la oposición del Gobierno conservador británico, pero, por otro, no hay que olvidar la fuerte y reiterada resistencia que se observa en la opinión pública alemana a perder la seguridad y estabilidad que les proporciona el marco. En su opinión, ¿interesa a España defender la moneda única?
J. Mª. A.-La moneda única es un objetivo para España. En mi opinión debemos hacer un esfuerzo por cumplir las condiciones que permiten la adopción de la moneda única. Es más, debemos defender la interpretación y, por lo tanto, el cumplimiento más estricto posible de los criterios del Tratado de Maastricht, porque me parece el mejor camino para asegurar una economía sana y un crecimiento económico sostenido y estable en un mundo de economía internacionalizada. Sin embargo, no sería bueno para España, ni para la propia unión monetaria, favorecer o decidir el paso a la moneda única por meras razones políticas.
P. del C.-Dice Vd. que la política exterior española debe reforzar su dimensión atlantista, ha llegado a decir que «Españadebe ser más atlántica». ¿Qué significa esa afirmación? ¿Quéhay que hacer, cuáles son los instrumentos, para alcanzar eseobjetivo?
J. Mª. A.-Ha sido frecuente la tendencia a encasillar a España como país exclusivamente mediterráneo, lo que ha hecho que nuestro «rostro atlántico», el que mira hacia América, haya carecido de nitidez a la hora de diseñar nuestra política exterior. Yo he dicho en alguna ocasión que debemos recuperar lo que Braudel llamó el «destino transatlántico de España». Y para ello, España debe articular una política de relaciones especiales con las dos Américas, la que habla español y portugués y la anglosajona. Nuestros compromisos europeos no pueden ser obstáculo sino un complemento. La disyuntiva de una España europea o atlántica es una trampa inaceptable. Para ello, y en especial por lo que se refiere a nuestras relaciones con Iberoamérica, hay que desterrar viejos planteamientos nacionalistas o populistas en el diálogo con esos países, y partir de una cultura e historia común. Es necesario compartir mercados, colaborar con mayor esfuerzo en los foros internacionales, incluir en la acción de la Unión Europea a esa área geográfica. Tenemos que hablar un lenguaje nuevo, el lenguaje de un mercado creativo, eficaz y productivo en cuya construcción los avances tecnológicos desempeñarán un papel protagonista.
Hay que recordar que nuestra historia nos enseña que la mejor contribución al bienestar del país, de Europa y del mundo se ha producido cuando hemos tenido horizonte y visión exterior.
P. del C.-Sus viajes a diversos países iberoamericanos en estos últimos años -el último muy reciente- parecen evidenciar que está Vd. muy interesado en que nuestra política exterior otorgue un fuerte protagonismo a la relación de España con Iberoamérica. ¿Podría concretar algunos de los puntos en tomo a los que debería girar esa relación durante los próximos años?
J. Mª. A. -El gran activo de España en el mundo es su civilización y su cultura. Por eso me parece esencial intensificar los lazos con todos los países de habla española. Conozco bien los países iberoamericanos y va a ser una prioridad de nuestra política exterior avanzar en la creación de una auténtica Comunidad Iberoamericana. Con los medios modernos de comunicación, esto ha dejado de ser un tópico para convertirse en un campo real y fecundo de acción política, económica y cultural.
España debe, además, volcar todo su peso para que la Unión Europea tenga una dimensión iberoamericana permanente en su actuación exterior. Podemos desempeñar un papel muy positivo, colaborando, junto con la Unión Europea, para que Hispanoamérica se incorpore a la nueva economía globalizada. Nuestro interés es facilitar al máximo la apertura e incorporación de esos países, por el vigor de esos mercados emergentes y por nuestra favorable posición de partida. Yo diría que es incluso más que favorable en la medida en que se trata de un amplio mercado audiovisual y cultural. Las empresas españolas, los profesionales, los universitarios deben conocer profundamente, descubrir y volcarse en las grandes posibilidades que existen hoy en Iberoamérica.
P. del C.- Una pregunta más, para concluir con los asuntos de dimensión internacional: la reanudación de las pruebas nucleares que el Gobierno de Chirac ha reemprendido en Mururoa ha despertado una fuerte ola de protestas en las opiniones públicas, a la que se han sumado algunos gobiernos. Vd. ha sido acusado de tratar, cuando menos, con exceso de cortesía la decisión del Gobierno francés. ¿Cuál es su posición en términos generales sobre las pruebas nucleares?
No conozco a nadie que simpatice con las pruebas nucleares. Yo tampoco, y mi posición es clara. Celebro que haya sido iniciativa del Partido Popular la propuesta de ratificación del Tratado de No Proliferación Nuclear y me alegro de que, en la reunión de Formentor, Chirac se haya comprometido a no realizar más pruebas nucleares después de 1996.
P. del C.-Me interesaría ahora abordar brevemente dos cuestiones centrales en la definición de una política de Defensa. En primer lugar, Vd. ha manifestado que el presupuesto que el Gobierno socialista dedica a Defensa es escaso. ¿Significa esto que un Gobierno del Partido Popular va a realizar un mayor esfuerzo presupuestario en esta área? y, si así fuera, ¿cuáles son las razones para ello?
J. Mª. A.- El presupuesto asignado a Defensa ha ido, como es conocido, sufriendo restricciones en los últimos años. Yo considero que al menos hay que equipararlo al que asignan otras naciones de nuestro nivel, y eso constituye una muestra de responsabilidad internacional. No podemos resignarnos a mantener las carencias actuales; mi preocupación básica es lograr una capacidad operativa que garantice la seguridad nacional y contribuya a la seguridad europea e internacional.
Pero, más allá de las cuestiones presupuestarias, a mí me preocupa mucho el clima de indiferencia social que se ha generado en relación con las cuestiones de la Defensa, como si no hubiera ni problemas ni riesgos. La seguridad de la Nación tiene que estar fuertemente anclada en la identificación de los ciudadanos con la política de Defensa, por lo que es un objetivo que tenemos que desarrollar.
P. del C.-Seguimos con este tema: el PP ha planteado una reducción del servicio militar obligatorio. ¿Es una propuesta viable? ¿No considera que ha llegado el momento de dar el paso hacia la formación de un ejército profesional?
J. Mª. A.-Creo que sí, pero sin olvidar en ningún momento que la sociedad española necesita asumir con claridad que nuestro país tiene unos requisitos mínimos de seguridad, que deben estar obligatoriamente cubiertos.
Indudablemente, en los tiempos que corren, la cooperación para la Defensa en el seno de la OTAN y en el marco de las Naciones Unidas, y los avances tecnológicos nos exigirán una profesionalización progresiva de las Fuerzas Armadas; pero manteniendo el compromiso ciudadano con la Defensa.
P. del C.-Me gustaría abordar ahora algunas políticas sectoriales, comenzando por cultura y educación. Dentro del claro reparto de tareas que Vd. ha ido asignando al Estado y a la sociedad a lo largo de toda nuestra conversación, ¿qué papel deben desempeñar los poderes públicos en el campo cultural?, y ¿cuál es la misión de la sociedad en relación con la cultura?
J. Mª. A.-Cualquier explicación de la futura política cultural de un gobierno del PP debería empezar por aclarar nuestra forma de entender la cultura española, a la que no vemos como la simple suma de las culturas de los pueblos de España, como pretenden algunos, sino como su síntesis. Todas las manifestaciones de la cultura, incluida la lengua, se hallan enmarcadas en una herencia histórica común, resultado del cruce y de la pervivencia de elementos a lo largo de los siglos. Sin la herencia compartida y no divisible de España en sus diferentes épocas, sufriríamos un inmenso empobrecimiento, que daría lugar a la pérdida del sentido integrador de nuestra historia y de nuestra cultura.
Respondiendo a su pregunta, creo que el Estado debe centrar su acción en la conservación y difusión de los dos elementos más universales de nuestro legado cultural: la lengua española con sus letras y el patrimonio artístico en todas sus manifestaciones, sin perjuicio de su actuación en el terreno de la educación o en el de la investigación científica. Pero, a diferencia de lo que ocurre en estos momentos, correspondería a la sociedad apoyar la creación intelectual, literaria y artística, y también colaborar en el sostenimiento de la investigación científica. Todo ello en un marco favorable de libertad y estímulo establecido por los poderes públicos.
Nuestra política cultural no va a ser dirigista, sino de fomento: la cultura, la ciencia, el arte o la educación no son del Estado, sino del país. En estos campos la política tiene obligaciones y no derechos.
Por tanto, no puede haber clientelismos ni partidismos, ni en el caso de las personas ni de los grupos, ni de las escuelas, ni de las regiones. Solo los individuos y las instituciones sociales han de ser los verdaderos protagonistas de la vida cultural en una democracia.
P. del C.-En el terreno de la educación se ha logrado en España la plena escolarización, y hay aproximadamente 1.400.000universitarios. ¿Considera que está ya resuelto el problema educativo? ¿Cuáles son las bases de la política educativa d-el PP?
J. Mª. A.-En la etapa de la UCD se alcanzó la plena escolarización, lo que fue un gran paso para la modernización de España; pero pensar que con ello está resuelta la cuestión educativa, es una equivocación. En el PP estamos realizando una profunda reflexión sobre nuestro sistema educativo y sus patologías, con la ayuda inestimable de maestros, educadores, expertos y padres de familia. Todos manifiestan su preocupación por el bajo rendimiento de nuestra escuela, por las orientaciones equivocadas que se han impulsado desde el Gobierno en los últimos años, por la burocratización y rigidez del sistema educativo, por la desmoralización de los profesores. Si lo examinamos desde cerca, nuestro sistema educativo vive una crisis de enorme envergadura. Por ello, una nueva política educativa va a ser una de las prioridades de un futuro Gobierno del Partido Popular.
Dos van a ser los ejes de esa política: la libertad y la calidad. La libertad, porque, a pesar de que la Constitución garantiza la libertad de enseñanza, la política educativa del PSOE ha cercenado este principio constitucional. El Estado no tiene por qué limitar la libertad de elección de centros por parte de los padres. Adoptaremos todas las medidas necesarias para hacer realidad este derecho, que me parece irrenunciable. Y, además, estamos convencidos que sin libertad no es posible ganar la batalla de la calidad.
Dar calidad a nuestro sistema educativo va a ser una tarea que exigirá un gran esfuerzo de toda la sociedad. Requerirá la colaboración de los profesores y de las familias. Necesitará medidas para devolver a la escuela la dignidad que merece como institución y para darle la capacidad, con la máxima autonomía posible, para cumplir su misión. Debemos recuperar el papel esencial de las humanidades: creo, por ejemplo, importante que la historia de España se estudie más y mejor. Y daremos el paso de garantizar la educación básica a todos los españoles, con la implantación de la gratuidad de los tres a los dieciséis años.
P. del C.- ¿Y qué me dice del espinoso tema de la formaciónprofesional?
J. Mª. A.- El gran fracaso de la política de formación profesional en los años 80, y en estos últimos años, ha tenido unas consecuencias nefastas para nuestra economía, para el empleo, y para los problemas que padecen nuestros jóvenes.
La masificación de nuestras universidades se deriva directamente de la carencia de una alternativa de formación profesional. Hemos perdido unos años decisivos, lo que nos obligará a volcarnos inmediatamente en la creación de las condiciones para que los jóvenes españoles puedan orientarse, tras sus enseñanzas medias, hacia el aprendizaje profesional. Vamos a elaborar un gran plan nacional de formación profesional, con la colaboración de las empresas, porque consideramos que es esencial para la creación de empleo y para la revitalización de nuestro tejido industrial. La clave es dar una oportunidad atractiva a nuestros jóvenes. Las experiencias de otros países nos muestran la viabilidad de este objetivo. Si en España ha fracasado es porque no ha habido voluntad política para ello.
P. del C.-En el año 1995 la sanidad española ha conocido uno de los conflictos más agudos de los últimos años. ¿Tiene el PP alternativa al actual sistema sanitario?
J. Mª. A.-Tal y como está concebido el sistema sanitario en su conjunto es imposible que sea capaz de gestionar eficazmente los más de cuatro billones de pesetas en los que se cifran sus recursos actuales. Los ciudadanos demandan unas prestaciones sanitarias más humanas, de mayor calidad y que le tengan en cuenta, y la mejor forma de facilitar esta demanda es posibilitar la capacidad de elección de médico, cosa que se ha empezado a hacer muy tímidamente por los actuales responsables de la sanidad española y nosotros nos proponemos llevar a cabo en toda su extensión.
La sanidad pública española es cara, y se encamina, de continuar como hasta ahora, a una situación que será difícilmente financiable. El origen del alto coste y de la insuficiente calidad de la asistencia sanitaria que presta el Estado se debe a la imposibilidad del sistema de actuar con criterios de racionalidad económica. Por eso, creemos que, permitir la concurrencia de la iniciativa privada, introducirá una mayor eficacia en la gestión.
P. del C.-La vivienda ha llegado a convertirse en una pesadilla para los españoles, en especial para los más jóvenes. Vd. ha hablado del fracaso de la política de vivienda de los gobiernos socialistas. ¿Cuáles son las razones de ese fracaso? ¿Qué haría un gobierno del Partido Popular?
J. Mª. A.- Es cierto que el problema de acceso a la vivienda es gravísimo en las grandes ciudades. Hay que decir, en primer lugar, que el alto precio de los pisos no se debe a los costes de la construcción. El causante, como sabemos, es el precio del suelo. Aquí radica uno de los errores de las políticas socialistas en materia de vivienda, porque su modelo de urbanismo rebosaba rigidez planificadora y convertía al suelo en una de las fuentes de ingresos para las arcas municipales.
Hay que caminar en la dirección inversa. Primero, ampliando la oferta de suelo en el mercado a precios asequibles y flexibilizando las normas de calificación. Segundo, reformando las haciendas municipales para que no necesiten del suelo como fuente esencial de financiación de sus gastos.
El otro factor que grava el precio de la vivienda es el alto coste de los créditos. Por eso, entre otros motivos, es tan vital para nuestra sociedad que bajen los tipos de interés. Los despilfarros del sector público, el gasto y los déficit desmesurados son directamente culpables de que las nuevas generaciones no hayan podido tener en estos años un acceso razonable a la vivienda.
Y tengo que decir, además, que pretender resolver el problema sirviéndose únicamente de los planes de promoción pública es sencillamente una equivocación. Porque ofrecer viviendas a precios notablemente inferiores a los del mercado es convertir a sus beneficiarios en privilegiados. Y, ¿no estará creando este sistema bolsas de corrupción?
Yo estoy convencido de que con las medidas que acabo de señalar el mercado de la vivienda va a caminar en una dirección distinta a la de los últimos años. Una nueva política económica y un nuevo comportamiento de los ayuntamientos en materia urbanística harán posible el acceso a la vivienda a precios razonables. Tengo la convicción de que será una batalla que ganaremos en los próximos años.
P. del C.-La preocupación de la opinión pública por el medio ambiente constituye uno de los rasgos sobresalientes de las sociedades avanzadas. La «conciencia medioambiental» de los españoles, como muestran algunos estudios recientes, es todavía relativamente baja, comparada con otros países de nuestro entorno, es decir, que se encuentra en «vías de desarrollo»; pero, en todo caso, ha adquirido ya una dimensión importante. ¿Cuáles son los ejes esenciales de su propuesta para la defensa del medio ambiente?
J. Mª. A.- Nuestro grupo parlamentario ha presentado una proposición de Ley General de Medio Ambiente que contiene los principios y criterios básicos para conseguir una mayor calidad medioambiental para todos los españoles. Es una propuesta que busca el equilibrio entre nuestras necesidades y nuestras posibilidades de crecimiento económico y la preservación del medio ambiente. Como primera medida, me he comprometido a crear un Ministerio de Medio Ambiente, como forma de poner en el primer plano de mis preocupaciones la acción política en esta materia, y, a la vez, delimitar responsabilidades por lo que se haga o se deje de hacer.
En el ámbito del medio ambiente, la situación actual es la peor de las posibles. Existe una gran descoordinación de funciones y una gran confusión de responsabilidades. El Ministerio de Medio Ambiente y la Ley Básica de Medio Ambiente atribuirán a cada cual (ciudadanos, empresas, ayuntamientos, gobiernos autonómicos y central) su correspondiente cuota de responsabilidad. Por lo demás, la política nacional medioambiental se orientará hacia el fomento, coordinación y fijación de niveles mínimos para el conjunto del territorio nacional.
P. del C.-Nos encontramos en un período de sequía, que ha originado conflictos interregionales de una envergadura desconocida a lo largo del actual sistema democrático. ¿Cómo van abordar Vds. el problema del agua? ¿Es Vd. partidario de un plan hidrológico nacional? ¿Con qué orientaciones?
J. Mª. A.- Empezaremos por algo que han ignorado los sucesivos gobiernos socialistas: por la coordinación de las políticas de las diferentes Comunidades Autónomas y por un equilibrio de los desarrollos territoriales de las distintas cuencas, dejando de lado sectarismos, y embarcándonos -nunca mejor dicho, ya que hablamos del agua- en una estrategia global, consciente de las diferencias y comprensiva con las carencias. Hay que recuperar el valor de la solidaridad y de la cooperación interregional. El problema del agua es una muestra más de la imposibilidad de concebir a España, salvo que queramos provocar nuestro suicidio como nación, como una simple suma de «países» o regiones, y no como un todo integrador.
Sin embargo, y centrándonos en el Plan Hidrológico Nacional, me parece que esta enésima frustración del proyecto socialista ha olvidado, entre otras cosas, hacer un inventario exhaustivo y actualizado de los recursos y disponibilidades hídricas, un imprescindible Plan Agrario de Regadíos y la elaboración de una Ley de la Sequía que disponga las medidas a adoptar por la Administración Central ante estas situaciones. En fin, una concepción del agua como recurso imprescindible, limitado y con demanda creciente.
P. del C.-En la coyuntura política tienen un protagonismo innegable las elecciones catalanas del próximo 19 de noviembre. A ellas se presentan Vds. con la bandera de un catalanismo renovado: ¿qué significa ese concepto?
J. Mª. A.- Ese concepto engloba un proyecto renovado y entusiasta, dirigido a una sociedad que -tras quince años de autogobierno- se mueve entre la decepción y la inquietud. Es un catalanismo abierto, porque el mayor daño que se puede hacer a Cataluña es intentar representarla de modo exclusivista, dejando fuera a los que piensen o sientan de forma distinta. Es un catalanismo centrado, caracterizado por la moderación, por la sensatez y el diálogo, de estilo tolerante y conciliador, compatible con la defensa de las propias decisiones y con la claridad de los planteamientos, lejos de la ambigüedad calculada o del coyunturalismo. Es un catalanismo impulsor del autogobierno, que entiende que no es la extensión ni el número de competencias lo que proporciona entidad a la autonomía, sino la intensidad y eficacia con que se ejercen, sin duplicidades ni interferencias entre las distintas Administraciones. Es un catalanismo comprometido con España que no es un mero invento administrativo, sino una realidad viva de la que los catalanes forman parte esencial, y a la que deben aportar su contribución más valiosa, sin reticencias ni reserva mental alguna.
P. del C.-En la difícil coyuntura política que atravesamos, ¿qué significado van a tener las elecciones catalanas?
J. Mª. A.-En mi opinión, los electores catalanes van a acudir a las urnas bajo una doble perspectiva. De un lado, la nacional, por la existencia de una grave crisis política sostenida durante dos años y medio por el -hasta ahora- partido hegemónico de Cataluña, CIU. Su reciente y aparente ruptura con el Gobierno no tiene eficacia política, porque Convergencia se niega a apoyar una moción de censura para convocar elecciones, que es la única forma de acabar con esta situación, creada, estimulada y mantenida por Convergencia y el PSOE. Los electores tendrán, por lo tanto, que manifestarse sobre el juicio que les merece la actual situación política, y sobre si dejan nuevamente a Pujol con las manos libres para hacer la política que estime oportuna, o si, por el contrario, orientan, a través de un mandato político inequívoco, la política de Cataluña en una nueva dirección. La lectura nacional de estas elecciones va a ser muy clara. El día 19 de noviembre podemos estar en el principio del fin de la crisis política que afecta a España y a Cataluña o ante un mandato de renovación para poder continuar con la misma política. Votar a Convergencia y votar al PSOE es votar lo mismo, es el voto de la continuidad frente al voto del cambio, que es el Partido Popular.
Desde la perspectiva propia de Cataluña, el objetivo es la profundización en su autogobierno a través de la apertura de una nueva etapa política, después de dieciséis años de Gobierno de CIU. En mi opinión, entre los electores catalanes ha cuajado la idea de que Cataluña va a entrar en una situación política mucho más plural por la pérdida de la mayoría absoluta de CIU, y que van a ser necesarios acuerdos y pactos; en definitiva, mucho más dialogo, más voces, más puntos de vista para abordar la gran tarea de conseguir una Cataluña grande y fuerte con una España igualmente grande y fuerte. Vamos a un esquema político fundamentado en eso que tanto le gusta a Pujol en Madrid y tan poco en Cataluña: la cultura de la coalición.
El Partido Popular ha fijado su posición sobre Cataluña de forma clara y sincera en un manifiesto político importante, en nuevas incorporaciones, en un nuevo discurso. Si el Sr. Pujol intenta dividir Cataluña, deteriorar la convivencia utilizando nuevamente contra el Partido Popular la lengua y la cultura, pondremos de manifiesto una y otra vez que la lengua y la cultura catalana son patrimonio de todos los catalanes y no un instrumento de los intereses políticos del Sr. Pujol. Aquí la única convivencia amenazada el día 19 es la del matrimonio CIU-PSOE.
Para finalizar, quiero advertir que se puede estar gestando ya para después del día 19 un doble pacto -Madrid y Barcelona- entre CIU y PSOE, para aguantar hasta 1997. Los electores son los que pueden impedir con sus votos la posibilidad de que esto ocurra.
P. del C.-En breve se cumplirán veinte años desde que S.M. elRey asumiera la Jefatura del Estado. ¿Qué balance hace Vd. delejercicio del poder moderador que la Constitución de 1978 atribuye a la Monarquía?
J. Mª. A.- Mi valoración es altamente positiva. Con la Monarquía, España entró en un sistema de democracia y libertades como no había conocido nuestra historia. La Monarquía ha desempeñado un papel decisivo en el cierre de viejas heridas, integrando y permitiendo la convivencia de todos los españoles en un mismo sistema político. Hay que destacar la ejemplaridad con que S.M. el Rey ejerce la función que le asigna la Constitución. La Monarquía ha sido y es, además, esencial para la estabilidad política, más allá de las coyunturales crisis de gobierno o de partidos.
P. del C.- ¿Qué es gobernar, Sr. Aznar?
J. Mª. A.- Gobernar es hacer posible que las enormes energías de nuestro país se canalicen y encuentren un ámbito de desarrollo y de legítima competencia. Frente a un modelo socialista de dirigismo e intervencionismo, yo aspiro a otro en el que lo esencial sea el imperio de la ley, con normas generales en las que los diferentes agentes sociales y ciudadanos puedan desenvolverse libremente.
En suma, gobernar es la acción al servicio de un proyecto sólido que resuelva los problemas de un país y que respete, a la vez, la libertad, es decir que preserve un espacio propio para cada individuo dentro del cual puede actuar, elegir y decidir sin interferencias.
P. del C.-En el supuesto de obtener el voto mayoritario de los españoles en las próximas elecciones generales, tendrá que hacer frente a tantas vías de agua abiertas hoy en nuestra democracia que ¿no le da pánico lo que se le viene encima?
J. Mª. A.- Ni me engaño ni quiero engañar: los problemas no son pocos, pero las dificultades no me arredran, porque sé que la sociedad española quiere salir adelante, quiere mejorar su bienestar; sé que tiene confianza en el futuro y que desea ver a España en el lugar que le corresponde en todos los órdenes. Al servicio de ese objetivo yo le puedo asegurar que un Gobierno del Partido Popular no va a ahorrar ningún esfuerzo.
El término «nacionalidades» fue ampliamente discutido durante la transición, en debates y polémicas entre políticos e intelectuales de diversas tendencias. Ya a finales de 1976 habían surgido dificultades para incluir la palabra en el documento con que la «comisión de los nueve» trasladaba al Presidente Suárez los planteamientos básicos de los grupos y partidos democráticos que se disponían a acudir a las convocatorias electorales.
(Cuando a veinte años del restablecimiento de la democracia se menciona la «comisión de los nueve», probablemente haya que explicar en que consistió ese colegio, quiénes eran los «nueve» y qué es lo que hicieron: eran los representantes de un conjunto de más de dos docenas de partidos y agrupaciones, que abarcaba a demócrata-cristianos, liberales, socialdemócratas, socialistas, nacionalistas y comunistas. Y sus nombres eran: Álvarez de Miranda, Satrústegui, Fernández Ordóñez, González, Tierno, Sánchez Montero, por los partidos o grupos generales, y Pujol, Jaúregui y Paz Andrade -un catalán, un PNV y un galleguista- por los nacionalismos. Los portavoces ante Suárez fueron Pujol y Tierno).
En la preparación del documento se barajaron las expresiones «nacionalidades y regiones» y «países y regiones», sin duda para evitar las ambigüedades y la posible odiosidad de la primera de estas voces en ambientes «no nacionalistas». Pero todos los partidos estaban de acuerdo en que el poder político se distribuyera entre el Gobierno del Estado y unas estructuras subestatales de base territorial y raíces históricas, y en que no serían todas ellas iguales, ni por naturaleza ni por vocación. Unas tenían antecedentes autonómicos y otras no. Y precisamente en las primeras existían partidos y movimientos nacionalistas significativos e importantes, mientras que en las demás no los había. Finalmente, en el artículo 2 de la Constitución se acabaría diciendo «nacionalidades y regiones», reconociéndose con ello implícitamente que habría «dos clases» de Comunidades Autónomas.
Sin embargo, en ningún lugar de la Constitución se precisa cuáles eran unas y cuáles otras, o qué características las diferenciarían. En el curso de los trabajos parlamentarios acerca de la cuestión hubo intervenciones de gran interés, por su contenido o por la significación y la personalidad de los oradores. El debate, que se extendió a la prensa y ha seguido en los libros, evidentemente no era semántico, sino político.
La discordia semántica y el principio de las nacionalidades
Nación, nacionalidades, regiones, con sus correspondientes adjetivos, sus -ismos y sus -istas, provienen del latín, y sus cabezas de serie pertenecen al fondo léxico originario de la lengua española y de casi todas las demás lenguas europeas, si bien con algún calco semántico en las eslavas.
«Nacionalidad» sería la más moderna de esas voces. Aparece primero en francés, hacia la mitad del siglo XIX. La emplearon Napoleón III y sus colaboradores para significar la condición de «nación» que se negaba a los belgas y se reconocía a los italianos. («Nación» existía en el siglo xv, por lo menos en las lenguas neolatinas, pero con la significación general y mezclada del natio y del populus latinos. Cuando se empieza a difundir su derivado «nacionalidad», nación era ya un término técnico del lenguaje político. Significaba lo mismo que ahora: en francés desde aquél grito de Valmy que estremeciera a Goethe, en español desde 1812 y Cádiz, en alemán desde Fichte y sus Reden an die Deutsche Nation del curso berlinés de 1807 a 1808, etc.).
Los doctrinarios galos de la Revolución aspiraban a unas «naciones» proclamadas como tales por la voluntad general de los grupos humanos, mediante una decisión «libre e ilustrada», sin imposiciones ajenas ni condicionamientos históricos; Soñaban con unas naciones «racionales», proyectadas hacia el futuro. En sus discursos, Fichte, por el contrario, entendía que el fundamento de la nación residía en la historia y en la lengua. Para los españoles de Cádiz la nación era simplemente un hecho, la reunión en un cuerpo político de los españoles de ambos hemisferios.
El «principio de las nacionalidades» obedecía a estos varios impulsos y dió lugar a aplicaciones contradictorias, como muestran los cambios del mapa político europeo de los dos últimos siglos. Se produjeron la unificación de Italia y de la Alemania -que no llegaría a abarcar toda la Deutsche Nation fichteana-, la liberación de los griegos y el restablecimiento de Polonia, pero también se fragmentó el Imperio Austro-Húngaro, y se crearon federaciones tan inestables como Checoslovaquia y Yugoslavia.
En la Constitución española del 78
En el artículo 2 de la Constitución se lee: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas».
Pocas modificaciones había experimentado el texto desde el Anteproyecto de 5 de enero de 1978. La redacción definitiva quedó establecida en la Comisión Constitucional del Congreso, sin que hubiera cambios después, ni en el Pleno de esa Cámara, ni en el Senado, ni en la Comisión Mixta, si bien los debates en todas esas instancias ofrecen gran interés para políticos, juristas e historiadores. Ya en el anteproyecto se mencionaban las «nacionalidades y regiones» como integrantes de la unidad de España y se incluían casi los mismos conceptos y términos del texto final. La principal novedad de éste consistió en destacar el carácter declarativo y «no constituyente» de la afirmación de la unidad de la nación española. La Constitución reconoce que esa unidad existe y que es el «fundamento» sobre el que se levanta el edificio del Estado. La unidad de España es preconstitucional e histórica.
Nacionalismos en Europa y en España
En el lenguaje político común, a lo largo del XIX, «nación» significaba de ordinario el pueblo de un Estado, o el de una comunidad histórica que lo ha sido y tiene vocación de volverlo a ser, como Polonia durante el siglo y medio de la partición. Pero también desde esa centuria surgieron nacionalismos de raíz cultural o histórica, que se oponían a hegemonismos o imperialismos -como el paneslavismo de los rusos o la centralización burocrática Austro-Húngara-. Aunque el caso de España fuera diferente, no dejaba de estar influido por la filosofía política nacionalista de la Europa Central, que tanto auge conoció especialmente entre intelectuales y políticos húngaros y checos. En Vizcaya se advertía también el eco de la cuestión irlandesa y había quien se preguntaba dónde estaría el O’Connell de Vasconia.
Desde las «Bases de Manresa» (1892) se puede hablar ya de un «nacionalismo» catalán, que no propugnaba un Estado propio, sino la integración en una Federación del Estado español. El joven Prat de la Riba, secretario de la Unión Catalanista, fue, a sus veintidós años, el animador de la Asamblea manresana.
En los años siguientes a Manresa, Prat se convertiría en el principal teórico y verdadero fundador del moderno nacionalismo catalán, que, según escribe él mismo, «nunca ha sido separatista», y que, en «unión fraternal con otras nacionalidades ibéricas», aspiraría a esa «fórmula de armonía que es la Federación Española». Prat, que era también un político de acción, fundó la Lliga y fue el primer Presidente de la Mancomunidad de las Diputaciones de Cataluña.
«Nacionalidad», como afirmación de la identidad de un pueblo -y un territorio-, se halla en textos políticos catalanes, desde finales del XIX y principios del xx. Antes (Valentí Almirall) se decía «regionalisme» y se oponía con firmeza al federalismo pimargaliano, proponiendo para España el «estado compuesto», en el que una «república de Cataluña» podría estar asociada con otras regiones en una especie de confederación monárquica. Pero Prat -en La nacionalidad catalana, en el Catecismo o Compendi y en otros escritos- emplea «nación» y «nacionalidad» casi indistintamente como fundamento de una reivindicación política. También la llama «patria», pero nunca Estado. Ni declara una vocación de Estado. «Nación», por Cataluña, decía también Torras y Bages, el ilustrado obispo de Vich, de orientación tradicionalista, autor de La tradicio catalana, obra en la que agrupa sistemáticamente escritos anteriores. Todo este movimiento político, regionalista primero y nacionalista después, había empezado a ofrecer sus manifestaciones políticas y político-culturales en la estela de la Renaixenfa y de la recuperación del catalán como lengua literaria.
En el País Vasco, al principio, cuando el protonacionalismo era solo «bizkaitarra», no solía hablarse de nación sino de «pueblo». Son los años del «vasquismo», presente antes de Arana en Vizcaya y en una Navarra donde ciertos intelectuales y grupos sociales se proponen fomentar la lengua y la cultura «euskara», sin alterar la autonomía foral del antiguo Reino ni establecer vinculaciones políticas con Vizcaya.
En los primeros pasos del nacionalismo vizcaíno -después vasco–, se percibe, igual que en Cataluña, el eco del principio de las nacionalidades y de las cuestiones centroeuropeas en general e irlandesa en particular. En cambio, no parece que haya habido importantes conexiones ideológicas o políticas entre catalanes y vascos. En sus escritos más radicales, Arana rechaza cualquier semejanza entre ambos movimientos políticos. Los catalanes, según él, aspiraban a la autonomía, mientras Bizkaia era una nación que pretendía recobrar su independencia. Para justificarlo se aducían consideraciones étnicas, culturales y políticas, y se elabora una particular versión de la historia de Vizcaya, que habría sido siempre una «república independiente» (¡sic!)», siempre también a la defensiva frente al imperialismo de España.
Sabino Arana, que falleció a los treinta y ocho años en 1903, había fundado en 1895 una primera versión vizcaína del partido nacionalista vasco. Sus seguidores acudieron después más resueltamente a la política y a los comicios, buscando acceder a las instituciones municipales y provinciales, que en el País Vasco tenían particular importancia política por la autonomía de que disfrutaban y por los conciertos económicos. Cuando, unos años más tarde, el partido se había extendido por las otras provincias o territorios vascos, se pudo decir que existía un nacionalismo de todo aquel País, cuyos continuadores actuales son el PNV y las otras formaciones del mismo signo.
Regiones en España
«Regiones» es una palabra que se ha utilizado habitualmente en España como término geográfico y también histórico y cultural. Unas fueron alguna vez reinos separados, como Asturias, Galicia, León Castilla, Mallorca (Baleares), Aragón, Navarra, Cataluña, Valencia, etc. Otras responden a realidades históricas diferenciadas de sus vecinos y culturalmente homogéneas, con un territorio definido y una personalidad cultural colectiva claramente discernible y reconocida. Así, Extremadura, Andalucía, Canarias, etc. Y esto no es cosa de ahora. En la distribución provincial de Javier de Burgos, de 1833, las nuevas provincias, que son las actuales, se agrupaban por regiones históricas, con sus nombres habituales, aunque sin la palabra «región», que probablemente habría sido superflua. Antes, algunas de esas regiones se habían llamado provincias a efectos de la organización de las intendencias y otros órganos administrativos.
Hacia la nueva configuración del Estado
A lo largo del iter constituyente, la expresión «nacionalidades» fue criticada desde las dos orillas del espectro político, la «unitaria» y la «federalista». Hubo enmiendas al artículo 2 del anteproyecto procedentes de ambos flancos. Unas eliminaban «nacionalidades» (AP y senadores independientes), otras «nación» (federalistas y abertzales). El acuerdo de la Comisión Constitucional del Congreso se alcanzó merced a un compromiso entre Fraga y los nacionalistas, que fue apoyado o propiciado por la UCD, y contó finalmente con la asistencia del PSOE. Así, se proclamaba que la «nación española» y su unidad eran «preconstitucionales», que provenían de la historia. El texto de la Constitución era «declarativo», no «fundante». España, como entidad nacional, estaba autodeterminada por la historia y por la aceptada convivencia secular de las generaciones precedentes. Los nacionalistas catalanes y vascos dieron repetidamente su conformidad a este artículo 2 en todos los trámites parlamentarios.
El reconocimiento del derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones deja muy claro que no se trata de la soberanía, y que es un derecho, no un mandato y, por lo tanto, requiere una manifestación de voluntad para reclamarlo. También significa que es general,y no particular de determinados territorios o pueblos.
El artículo 2 no configura un estado federal, ni prefederal, ni mucho menos confederal. Tampoco uno regional al modo de Italia, ni una descentralización administrativa como en la última de las repúblicas francesas. Tampoco es el caso de la frustrada «devolution» británica en relación con Escocia o Gales, ni es igual que el Bund alemán. Por eso, al Estado resultante de la Constitución y de su desarrollo se le ha llamado «estado autonómico». (Parece que la expresión fue empleada por primera vez por el profesor Sánchez Agesta, que había sido senador de designación real en el Parlamento constituyente y -como tal- había participado activamente en la elaboración del texto constitucional). Pero se trata de una autonomía política, que se distingue netamente de la de los municipios y provincias del artículo 137.
El sistema autonómico, en efecto, plantea una «distribución del poder político» del Estado. La forma política de la nación es el Estado. De modo análogo, las «nacionalidades y regiones», que son «subnacionales», han de desarrollar estructuras políticas propias que se explicitan en el Título VIII dentro de la parte orgánica de la Constitución. Todo ello bajo la inspiración de los principios de solidaridad, generalidad e igualdad, que han de inspirar, por imperativo constitucional, toda la implantación del Estado de las Autonomías.
Andalucía y los otros Estatutos
Los procedimientos de tramitación de los regímenes de autonomía fueron de tres clases, diversas entre sí. Los territorios que reunían las condiciones de la disposición transitoria 2 de la Constitución -Cataluña, País Vasco y Galicia- se acogieron directamente al apartado 2 del artículo 148.
En el caso de Andalucía se cumplieron las previsiones del artículo 151, 1 y -tras el referéndum-, quedó establecida la que comúnmente se llamaba «autonomía plena», teóricamente igual en posibles competencias inmediatas a la de los tres territorios anteriores. Los demás estatutos siguieron los trámites del artículo 143.
Lo de Andalucía fue, en realidad, un proceso no previsto ni querido por los principales partidos parlamentarios. Poco después de las elecciones locales de 1979, con general sorpresa, el ayuntamiento del pequeño municipio de Los Corrales, controlado por el Partido del Trabajo, acordó postular la autonomía regional por la vía del artículo 151, con referéndum al final del proceso.
Tras el desconcierto inicial, el Partido Andalucista primero, y pronto el PSOE, que practicaba la oposición «todo terreno» contra el gobierno de UCD, se sumaron, con el apoyo del Partido Comunista, a la decisión de Los Corrales en los municipios y provincias de la región que gobernaban, que eran la mayoría de las corporaciones locales, comprendidas las ocho diputaciones. El caso andaluz dió lugar al momento quizá más crítico de todo el proceso autonómico. Sin que hubiera existido un compromiso formal entre los partidos de la Constitución, se suponía que para los sucesivos pasos del desarrollo autonómico se buscarían consensos como se había hecho con la Constitución. La actitud adoptada por el PSOE lo hizo imposible respecto de Andalucía.
Fue preciso que el gobierno -y, en particular, el Presidente Suárez- desplegaran toda su firmeza y capacidad de gestión política para evitar que el proceso andaluz desencadenara una cadena de contagios que habría podido generar desajustes institucionales muy próximos al caos político, con grave daño para la aplicación y el prestigio de la recién aprobada Constitución. Gracias a ello, el proceso autonómico pudo ser reconducido a lo largo de los mandatos de Suárez y de Calvo-Sotelo. Los propios socialistas cambiaron de postura, colaborando no solo en los restantes Estatutos, sino en las Leyes Orgánicas para el desarrollo autonómico conocidas como la LOAPA y la «Loapilla», que luego fueron objeto de importantes modificaciones por sentencias del Tribunal Constitucional.
En ese ambiente político de mayor serenidad fue posible completar el mapa autonómico, siguiendo las líneas del «preautonómico», con cinco bloques de Leyes Orgánicas, aprobados y publicados entre diciembre del 81 y febrero del 83. Los cuatro Estatutos de esta última fecha fueron aprobados con el nuevo parlamento del 82, de mayoría socialista, pero respetando el consenso del año precedente. Con ellos quedó sustancialmente concluido el nuevo diseño territorial del Estado.
Aún habrán de proseguirse y culminar los procesos de transferencias, las ampliaciones de competencias mediante modificaciones de los Estatutos y Leyes Orgánicas para cada caso, así como las posibles delegaciones a las Comunidades de competencias exclusivas del Estado no especificadas que puedan ser acordadas por leyes orgánicas, etc. Transcurridos ya casi trece años de los últimos Estatutos, se observa la tendencia a una ampliación de las competencias transferidas por el Estado a las Comunidades, sin urgir modificaciones estatutarias con general aceptación del Parlamento nacional y de los partidos. Parece que se ha conseguido una pacífica y progresiva implantación de las posibilidades de distribución del poder político que ofrecía el esquema español de Estado autonómico.
No existe ahora tampoco en la opinión pública la sensación de que unas autonomías sean de «primera» y otras de «segunda». Y mucho menos que eso tuviera relación con que unas comunidades se llamen «nacionalidades» y otras «regiones». Los tres Estatutos de la disposición transitoria presentan a su Comunidad como nacionalidad en el primero de sus párrafos. Los de Andalucía y Valencia mencionan también el término «nacionalidad», pero menos enfáticamente y con cierta ambigüedad. Los demás no. Cuatro (Cantabria, la Rioja, Murcia, Extremadura) se hacen llamar «regiones históricas». En el resto no se emplea ninguna de las dos palabras.
Comunidades políticamente diferentes
De hecho, ahora se admite pacíficamente que Cataluña y el País Vasco se consideren «nacionalidades», y que su autonomía y su relación con el gobierno central sea diferente de la de otras comunidades. Pero son muy pocos los ciudadanos de las ocho provincias andaluzas que piensan que su región es una «nacionalidad», aunque conste así en el Estatuto.
El dilema «nacionalidad» o «región» ha dejado de ser la manzana de la discordia entre las Comunidades Autónomas, como ocurría en el periodo constituyente. Ahora la línea divisoria es más política. De un lado las Comunidades con partidos nacionalistas de amplia implantación electoral en los comicios autonómicos y en los generales, que pueden ser -y están siendo- partidos de gobierno en su territorio, y poseen una representación apreciable y, potencialmente decisoria, en el Parlamento nacional, es decir, el País Vasco y Cataluña. Del otro, las demás, en las que solo pueden formar gobierno los partidos nacionales.
¿Significa eso que la oposición entre «nacionalidad» y «región» ha dejado de existir? Probablemente no. En las Comunidades «nacionalistas», los partidos de ese signo o tienen una soterrada vocación independentista -que es manifiesta en ERC y HB-, es decir, una aspiración a ser Estado, o sueñan con una «Europa de los pueblos», o piensan en un Estado Federal, o, en fin, si son más realistas y más prácticos, como los catalanes de CIU y algunos vascos del PNV, centran sus pretensiones en ser una pieza singular dentro del Estado autonómico. Así mantendrían, como está realizando ahora Convergencia, una relación privilegiada con el gobierno de Madrid, negociando con él simultáneamente en dos tableros: el del Parlamento nacional y el territorial.
Problemas legales y administrativos
Una distribución del poder entre instancias políticas diversas da lugar, casi necesariamente, a problemas y tensiones. Los artículos 148 a 150 de la Constitución, además, se caracterizan por descender, no sin cierto desorden, a largas y detalladas enumeraciones de las competencias que se pueden transferir a las Comunidades y las que no, para enunciar seguidamente y por dos veces preceptos generales cuya aplicación permitiría alterar lo dispuesto en las extensas relaciones antecedentes.
En la mayor parte de los casos estos eventuales conflictos podrán encauzarse con la jurisprudencia del Tribunal Constitucional, que no es corta y posee una aceptable coherencia. Como principio general se mantiene en ella la supremacía del derecho del Estado sobre el de las Comunidades, con el debido respeto a los Estatutos. Autonomía no es soberanía.
Existen otras cuestiones de orden práctico que ocasionan verdaderos conflictos -más políticos que legales- entre las Comunidades y el Gobierno del Estado, a veces con no escaso eco en la opinión pública.
Por ejemplo, el Gobierno del Estado es el poder público competente en las relaciones internacionales, tanto políticas, como económicas y culturales. Tiene la responsabilidad, además, de garantizar que el ejercicio de esas funciones se inspire en el principio de la solidaridad nacional. Las acciones públicas de las Comunidades en ese ámbito solo deberían realizarse en coordinación con el Gobierno. Sería enojoso -y, además, ineficaz- que el Gobierno se dedicara a yugular iniciativas, pero tampoco es solidario, ni práctico, que las Comunidades intenten por su cuenta gestionar inversiones extranjeras, promover operaciones excluyentes y aisladas, o simplemente «armar ruido», buscando vascos en Venezuela, gallegos en Cuba o Argentina, catalanes en Cerdeña, «estudios mediterráneos» desde Barcelona, etc.
Otro problema real es el financiero. No se trata solo de que haya Comunidades que han extendido su endeudamiento más allá de lo legal y de lo razonable, sino que también han propiciado que lo hagan las corporaciones locales de sus territorios. (Las Cajas de Ahorro han solido ser en parte beneficiarias y en parte víctimas de esto). Un caso extremo de tensión económico-financiera sería el de una propuesta formal de creación de un banco público vasco, que hasta ahora no se ha producido. En relación con todo ello, el gobierno central tiene el deber de velar por la «unidad económica» del Estado, en defensa del interés general de la nación.
Salvo en el País Vasco y Navarra, con sus conciertos económicos, las Comunidades reciben dotaciones presupuestarias en función de las competencias que tienen transferidas. También pueden establecer tributos en determinadas condiciones. Pero su voluntad de hacerlo es débil, tanto por huir de agravios comparativos como por la odiosidad que generan los impuestos, tanto mayor cuanto más cercana es la autoridad que los decreta.
Los asuntos disputados y pendientes
Hay otras cuestiones más candentes y de más delicado y complejo tratamiento entre el Estado y las dos «autonomías históricas», o políticamente diferenciadas, la catalana y la vasca, que despiertan inquietud en la opinión pública general de España. Afectan a la educación y a la cultura y son de gran alcance político.
En Cataluña, el asunto es, sobre todo, la lengua, tanto en la enseñanza como en la práctica de la administración. El nacionalismo considera que el catalán es el principal rasgo de la identidad de su pueblo, o el más específico. Actualmente, un elevado porcentaje de los habitantes de Cataluña son hijos o nietos de inmigrantes, o son ellos mismos inmigrantes, y su lengua natural y de familia es el castellano. Ya Tarradellas había reconocido el problema de estos «nuevos catalanes». En las primeras palabras que pronunció a su regreso en la Plaza de San Jaime empezó diciendo «¡Ciutadans de Catalunya!» en vez de «¡Catalans!». Pero la política de la Generalidad en la escuela pública y en el conjunto de la enseñanza se dirige con notable presión a la catalanización lingüística de toda la población del Principado. Probablemente en el gobierno catalán se piensa en lograr que Cataluña «viva» totalmente en catalán, como le gusta decir al Presidente Pujol.
El asunto es delicado por los matices emocionales que implica. Si se impone un extremismo que no sería constitucional ni estatutario, no solo afectará a la escuela, sino a toda la ciudadanía. En ningún lugar del Estatuto de Cataluña se dice que los «ciudadanos de Cataluña» tengan que conocer la lengua catalana; lo que se dice es que «la Generalidad garantizará el uso normal y oficial de los dos idiomas, etc.». La lengua catalana, como la vasca y la gallega, forma parte del patrimonio histórico y cultural de toda la nación, igual que las literaturas y las artes de esos territorios. En este caso, la solución política no es el compromiso, porque no se trata de mediar entre incompatibilidades, sino de armonizar derechos y valores. El catalán forma parte del patrimonio de España y el bilingüismo enriquece el acervo cultural de Cataluña.
La cuestión lingüística se plantea también en el País Vasco, pero con modalidades distintas a causa de la más que desigual repartición de las lenguas oficiales -euskera y castellano- como lenguas generales y de comunicación. Pero allí existe el problema del independentismo radical, con manifestaciones antiespañolistas que perturban la convivencia de los ciudadanos de Euzkadi, por obra de la violencia ideológica de una minoría (los votos de HB no pasan del quince por ciento). No se trata solo de los actos criminales del terrorismo de sangre, sino de la presión y de las coacciones que en determinados ambientes y momentos es ejercido por el terrorismo soft: el de la palabra, el gesto o la amenaza. Pero cinco de cada seis electores vascos-nacionalistas o no- votan como estatutarios y autonómicos. Es responsabilidad de los dirigentes de los partidos no defraudar su confianza.
La discusión semántica entre nacionalidades y regiones, como sujetos de distintas clases de autonomía, ha perdido vigencia política en relación con los datos autonómicos y el Estado que configuran. No existen homogeneidades igualitaristas, que serían incompatibles con la naturaleza de las realidades sociales y con la obra de la historia. Hay diferencias culturales que son hondas, arraigadas, constitutivas. Hay hechos políticos, como las versiones «partidarias» e hispanas de los nacionalismos, que forman parte de la sociología política nacional y que, en consecuencia, también cuentan en la aritmética parlamentaria.
Europa tiene que decidir en estos años si la arquitectura política de su mercado habrá de estar inspirada en el capitalismo social o en el capitalismo liberal, si habrá de ser abierta o cerrada, si sus diversos Estados nacionales se orientarán hacia una «economía de la estabilidad» o hacia una «economía de las oportunidades». La nueva «cuestión europea» consiste en elegir entre estas dos alternativas.
Desde un punto de vista general la solución parece estar ya predeterminada por el predominio de Alemania, y en un segundo término de Francia, en el ámbito europeo. Europa en el nombre pero en el fondo Alemania. Alemania y Francia se basan en un modelo económico de proteccionismo socialnacional. El Tratado de Maastricht, de hecho, no es más que una europeización del modelo alemán de economía socializada combinado con el proteccionismo nacionalista francés. En realidad Francia y Alemania y el resto de los Estados de Europa están obligados a liberalizar la economía porque el modelo socialasistencial no funciona. Pero ello crea una paradoja. La formación de la arquitectura política del mercado europeo está influida por un modelo que en cualquier caso tiene forzosamente que cambiar. No resolver esta paradoja significa exponerse a los posibles desastres de «una liberalización simulada» o de una «liberalización jerárquica».
En el primer caso el ambiente económico europeo permanecería deprimido empeorando su ya baja capacidad de producción de riqueza (en los últimos quince años Europa ha perdido competencia económica con los Estados Unidos y Japón, creciendo menos y produciendo más paro). En el segundo caso Alemania podría obligar a los socios europeos a financiar la ineficiencia de la economía nacional alemana. Esta sobrecapitalización permitiría a la industria alemana ganar eficiencia sin demasiados sacrificios sociales. Alemania se volvería más eficiente en el plano económico, pero el resto de los europeos se volverían más pobres (gracias a su fuerza financiera y la coordinación estratégica entre bancos y grandes industrias Alemania sería capaz de importar «valor añadido» a costa de los demás países).
En un escenario de este tipo Francia probablemente encontraría más ventajas permaneciendo en un segundo término tras Alemania, ganando algún espacio de imperialismo económico secundario. Este escenario crea enormes problemas de estabilidad política y de eficiencia económica en el ámbito europeo. ¿Es posible encontrar un escenario alternativo? Sí, es posible. En teoría una Europa hecha de Estados con economía liberal sería menos vulnerable a este problema. La industria y las finanzas serían menos «nacionales» y tendrían que responder solo a los criterios del mercado y no a los del proteccionismo socialnacional. Todo el ámbito económico europeo sería revitalizado por un Big Bang debido al paso del capitalismo burocrático de la «economía de la estabilidad» al más eficiente de la «economía de las oportunidades».
La cuestión europea, en esencia, se reduce al problema de cómo conseguir liberalizar las economías de los distintos estados nacionales del continente. El problema reside en el hecho de que «liberalizar» significa quitar garantías asistenciales y proteccionistas. Si la gente que las pierde no está convencida de encontrar una buena posición en el mercado, ciertamente no estará dispuesta a conceder su aceptación a las políticas liberales. Alguno tratará de explicar que las garantías proteccionistas son falsas garantías y que el Estado socialasistencial quebrará en cualquier caso bajo el peso de su propia ineficiencia. Incluso se podrá demostrar que el paro en Europa está ocasionado precisamente por una forma de economía que reduce las oportunidades de creación de nuevos puestos de trabajo justo porque protege el trabajo de quien ya lo tiene. Pero los partidos de izquierda dirán lo contrario y continuarán ofreciendo la ilusión de un acceso de las masas a la riqueza a través de leyes redistributivas independientes del movimiento real del mercado.
La crisis del Estado social-asistencial es evidente en todos los países europeos. También es evidente que sería necesario llevar a cabo una liberalización de emergencia para salvar las perspectivas de riqueza en el futuro. Pero la resistencia de los sindicatos, de los grupos de interés dependientes del dinero público y de las personas que trabajan en sectores subvencionados, tiene una fuerza tal que vuelve el proceso lento y conflictivo. Y esta situación es parecida en Alemania, Francia, Italia y España. La solución consiste en encontrar una propuesta política que sea capaz de conciliar libertad de mercado y garantías sociales. Hay que encontrar un modelo que sea capaz de sustituir la pérdida de las viejas garantías proteccionistas por garantías de nuevo cuño. Concretamente, el liberalismo capaz de obtener el 51 % del consenso en los diversos estados europeos ha de ser un neoliberalismo que además de garantizar una mayor eficiencia en el plano de la creación de riqueza garantice también el acceso de las masas a aquélla.
En Europa tenemos la experiencia de la liberalización del Reino Unido llevada a cabo por el gobierno Thatcher en los años 80. Gracias a la liberalización, la industria inglesa se ha vuelto más eficiente y competitiva y se ha salvado del desastre al que las administraciones laboristas la habían conducido. Pero el coste social ha sido alto. Entre la pérdida de las garantías asistenciales y las nuevas oportunidades creadas por la liberalización del mercado ha pasado demasiado tiempo y, en esta transición, mucha gente se ha vuelto más pobre. El problema reside en entender cómo liberalizar reduciendo al mínimo el tiempo transcurrido entre pérdida de las garantías sociales y adquisición de nuevas oportunidades a nivel de masas. Entender esto significa hacer políticamente posible el liberalismo y resolver positivamente la cuestión europea.
El problema histórico de la «socialización de la economía»
La formación en los siglos XIX y xx de la sociedad de masas ha creado dos problemas absolutamente nuevos en la historia: (a) creación de capital para un volumen creciente de ciudadanos que pasaban de una economía de supervivencia (trabajo a cambio de comida) a otra industrial (trabajo a cambio de dinero); (b) creación de garantías para la difusión masiva del capital. De hecho, la participación de las masas en la economía ha dado como resultado una creciente presión histórica para la socialización de la economía misma. A causa de esta presión, en Europa y América, el Estado no ha podido evitar la intervención directa en la economía (regular la masa monetaria y proporcionar garantías sociales a los ciudadanos). Por este motivo la explosión de la sociedad de masas ha creado una relación de interdependencia objetiva entre Estado y mercado y el problema de encontrar una relación positiva y equilibrada entre los dos. Desde el inicio de nuestro siglo, sin embargo, la búsqueda de este equilibrio no ha producido resultados estables, y la cuestión permanece todavía peligrosamente abierta, tanto en el plano teórico como en el práctico.
Comunismo y Nacionalsocialismo han sido las formas más extre mas y jerárquicas de «socialización de la economía». El primero se ha caracterizado como un intento de crear políticamente el capital para que la creación de la riqueza estuviera subordinada al principio de distribución masiva de la misma (sustitución total del mercado por parte del Estado). El segundo ha intentado «estatalizar el capitalismo», es decir convertir el Estado en un elemento del mercado y, consecuentemente, garantizar de modo político la participación de las masas en el mercado mismo. (El fascismo, nazismo, falangismo y los otros nacionalsocialismos de la primera mitad del siglo, de hecho, pueden ser definidos como ejemplos de «Capitalismo estatalista»). El comunismo, victorioso en la Segunda Guerra Mundial, posteriormente ha fracasado, principalmente porque la servidumbre que la socialización de la economía ha impuesto en el ámbito de los modos de crear la riqueza ha hecho imposible que ésta se genere.
La forma jerárquica del capitalismo estatalista ha quebrado en Alemania, Japón e Italia a causa de la derrota bélica. Pero valorando las prestaciones económicas de las formas de capitalismo estatalista-jerárquico que han sobrevivido a la Guerra Mundial o posteriores, tipo el franquismo o el salazarismo en España y Portugal y el peronismo en Argentina, se puede decir que esta forma de socialización de la economía ha sido tan ineficiente desde el plano de la creación y difusión de riqueza como el comunismo, por motivos parecidos aunque en el ámbito de una forma diversa y menos extrema. La primera respuesta «estatalista» a los nuevos problemas de socialización de la economía había fracasado.
La otra teoría era la liberal, basada en el principio de que la libertad del mercado era una condición necesaria y suficiente para la creación y difusión masiva de la riqueza. Los Estados Unidos eran históricamente el único país que había dado a los principios liberales forma de Estado y de modelo económico operativo. Pero este modelo resultaba tan fuerte a causa del fracaso de los otros y no porque realmente hubiera dado prueba de ser la mejor combinación entre requisitos de creación del capital y su difusión entre las masas. Como es conocido los Estados Unidos de los años 30 se habían convertido en un desastre económico y social. Y este desastre había sido corregido por una fuerte intervención del Estado que produjo garantías redistributivas (por ejemplo, rearme y medidas de asistencia). Después la guerra reorganizó el enorme capital humano y natural de los Estados Unidos en forma de industrialización masiva y acelerada. La reconstrucción postbélica, con su excepcional vitalidad, escondió el problema del modelo: la economía crecía y la gente participaba en ella no guiada por una idea pre cisa del capitalismo de masas, sino por una situación histórica que creaba espontáneamente el capitalismo de masas mismo. En los años 60 la mayor parte de los países europeos, Japón y los Estados Unidos se habían enriquecido y la riqueza parecía poder ser riqueza de masas. Pero en realidad nadie sabía cómo y por qué.
La Europa de los años 50 se encontraba sin una teoría de la riqueza capaz de llevar a cabo la socialización de la economía en una forma al mismo tiempo eficiente desde el punto de vista del mercado y eficaz desde el social. El Estado tenía una «personalidad histórica» que parecía resolver de modo eficiente y eficaz el problema de la socialización de la economía. Pero en realidad todavía no había logrado la «personalidad teórica» que lo hiciese capaz de estabilizar el método para obte ner un capitalismo de masas.
En Europa, el éxito económico sin teoría provocó la perpetuación de las viejas teorías. En Francia, Alemania, Italia la situación postbélica no había sustituido en realidad a la forma prebélica del Estado. El intervencionismo del Estado en la economía perduraba. Esto sucedía en parte porque las masas mantenían una fuerte demanda de garantías económicas. Pero la parte más importante del «fenómeno de continuidad» se basaba en el hecho de que las nuevas élites políticas no tenían en su repertorio más idea que la de continuar el modelo prebélico de socialización de la economía mediante el intervencionismo estatal, aunque en forma más moderna y menos jerárquica. La cuestión se había complicado por el hecho de que la presión geopolítica comunista, combinada con la endémica demanda de garantías por parte de las masas, obligaba a los partidos favorables al libre mercado a competir contra la izquierda en el plano de la oferta de protección social. Por estos motivos Alemania combinó libre mercado y redistribución socialista como modelo de «Capitalismo social» (conocido como economía social de mercado o modelo renano). Francia, todavía alimentada por su vocación imperial prebélica, generó un modelo de «capitalismo nacionalproteccionista». Italia, influida por la solidaridad católica, creó una variante fuertemente asistencialista del capitalismo social. En los años 70, España y Portugal se convirtieron en cumplidas democracias, pero la demanda de las masas de garantías económicas favoreció un método de socialización de la economía que una vez más se basaba en el fuerte intervencionismo económico del Estado.
A mitad de los años 90 podemos valorar la «segunda respuesta» ofrecida por los estados europeos al problema de la sociedad de masas: hallar un compromiso entre libre mercado y socialismo. Sin embargo, sustancialmente, no es muy distinta de la primera. Los mismos motivos que han llevado a la quiebra de la primera respuesta prejuzgan la segunda. En concreto, la respuesta de socializar la riqueza imponiendo con métodos políticos la redistribución forzada de las ganancias a las masas implica la depresión estructural del proceso de creación de la riqueza misma. Era un defecto del comunismo soviético. Es un defecto de la socialdemocracia de tipo sueco. Es un defecto de las variantes de «capitalismo social» adoptadas en los principales países europeos.
¿Y la alternativa liberal? En los Estados Unidos ha producido un modelo donde el proceso de creación de la riqueza es muy eficiente, pero la difusión social de la misma no lo es tanto.
La reforma neoliberal
A mitad de los años 90 estamos en condiciones de valorar las prestaciones de los dos modelos de respuesta al problema de socialización de la economía que han sido adoptados en Occidente.
En síntesis hay datos fácticos suficientes para permitirnos efectuar la valoración que hacemos a continuación. El modelo de capitalismo social produce una depresión sistemática de la circulación de capital que atenta contra la creación de riqueza. Los costes de las garantías sociales y de las burocracias que las gestionan aumentan, pero las fuentes para financiarlas disminuyen. Este desequilibrio estructural entre entradas y salidas torna sistemática la tendencia al endeudamiento de los estados o al incremento de los impuestos en una situación de bajo crecimiento económico. A largo plazo un sistema con esta organización no puede sino quebrar, conduciendo al colapso financiero del Estado o a otras catástrofes sociales (inflación, desindustrialización estructural, etc.). Precisamente porque es incompatible con los requisitos de creación de riqueza este modelo no es reformable. Es un camino definitivamente agotado en la evolución de las relaciones entre Estado y mercado.
Sin embargo, el modelo liberal es reformable porque su problema no es el de la eficiencia en el campo de la creación de riqueza, sino el del acceso de las masas al ciclo del capitalismo. El sistema se financia bien a sí mismo, pero tiende a crear contrastes entre el número de oportunidades y la cantidad de personas que son capaces de aprovecharlas. Las medidas de reforma consisten en efectuar inversiones que aumenten el valor de mercado de todos los individuos, facilitando el acceso de las masas al mismo. Esta consideración nos indica el camino para la reforma del liberalismo. La teoría liberal clásica dice que los problemas del mercado se resuelven proporcionando más libertad al mercado. En la práctica sabemos que esto resuelve solo la mitad de los problemas. Para hacer socialmente eficaz la libertad hay que capacitar a cada individuo para hacer uso de ella y aprovecharla. El mercado por sí solo no consigue financiar el acceso de las masas al mismo. Alguien más ha de efectuar esta inversión. El concepto socialista y proteccionista de «garantías» se traduce en la forma simplificada de financiación directa de los ciudadanos utilizando los fondos obtenidos a través de los impuestos. Y la cosa no funciona porque el sistema de ayudas es incompatible con los requisitos de vitalidad del mercado.
Un concepto de protección que sin embargo es compatible con los requisitos del mercado es el que contribuye a la formación en el individuo de la capacidad para tener un valor de mercado. Se llama «garantía inversora». En vez de financiar a los individuos independientemente de sus prestaciones económicas, la «nueva garantía» estaría dirigida a invertir en la competitividad de cada individuo. La nueva garantía social es una inversión en capital humano. ¿Quién la hace? Debe hacerla el Estado, para asegurar que la inversión tenga característi cas sistemáticas. No debe hacerlo necesariamente mediante un sistema público, sino que puede recurrir a sistemas privados sujetos a normas públicas, lo que sería más eficiente. ¿Cómo lo hace? De tres maneras:
Estos son los tres lados del triángulo de las garantías sociales nee>liberales: formación continuada, servicios de movilidad y servicios de reaseguro. En este modelo el individuo no estaría nunca solo en sus relaciones con el mercado. Estaría dotado de una protección que lo haría capaz de navegar una y otra vez en el mar, incluso tempestuoso, de las oportunidades liberales. Este tipo de garantías sociales pueden sustituir a las de tradición proteccionista y socialista resultando más eficaces y menos costosas. En vez de ofrecer una protección a un trabajador financiando un puesto de trabajo que no da beneficios se fi nanciaría la capacidad del mismo trabajador para encontrar un trabajo que diera beneficios. Todo esto, evidentemente, se basa sobre el hecho de que existe un mercado y que es vital. Por lo tanto es razonable aprovechar esta situación para recualificar el nivel de las garantías sociales transformándolas en financiación de las capacidades competitivas antes que mantenerlas en forma de tutela de la pasividad.
La teoría clásica liberal no ha aclarado nunca la relación entre «Estado» y «Mercado», dejando entender que el segundo pudiese sustituir al primero. No es verdad y este vacío ha dado una ventaja inmerecida a la teoría socialista y social que piensa exactamente lo contrario. El Neoliberalismo debe solucionar este problema de la teoría y método liberales definiendo una relación muy precisa entre Estado y mercado. El Estado debe dar garantías sociales. El mercado debe dar riqueza.
El Estado financia y tutela la capacitación del capital humano. El mercado debe transformar esta capacitación en creciente riqueza. Una pequeña parte de esta riqueza sirve para refinanciar las ayudas a la capacitación y el ciclo sigue adelante. Menos impuestos, más .garantías sociales. Esto es el neoliberalismo. Evidentemente queda mucho más. Pero esto sirve para dar una idea clara de cómo una propuesta neoliberal puede competir, en el plano de las prestaciones sociales, con otros modelos más anticuados. También pueden llamarlo «Estado de la socialidad eficiente», pero es más sencillo definirlo como «Nuevo Esta do» o «Estado neoliberal».
La misión del Estado neoliberal
Hemos visto, aunque solo haya sido por encima, que un modelo neoliberal de Estado puede generar una relación al mismo tiempo técnicamente eficiente y socialmente eficaz entre Estado y mercado. Pero el Estado nacional ha caído en crisis por la globalización de los mercados desde el punto de vista de la soberanía económica. La teoría del Nuevo Estado también debe resolver de forma positiva el conflicto potencial entre Estado nacional y mercado global. Este punto es tan esencial como el precedente para hacer creíble la oferta de nuevas garantías sociales.
En pocos decenios el capital ha aumentado en volumen absoluto, está organizado por técnicas eficientes y es libre de moverse internacionalmente. Por estos motivos el capital ha encontrado su propia soberanía direccional. Ya no paga simplemente impuestos al Estado, sino que elige, legalmente, en qué Estados pagará impuestos. En pocos segundos es capaz de transformar su propia denominación monetaria y emigrar de una nación a otra. Si en un país el coste del trabajo es demasiado alto la producción es trasladada a otro lugar, donde tales costes son menores. Lo que el mercado piensa se transforma inmediatamente en acción dinámica, trasladando masas monetarias y actividades productivas hacia lugares con mayor posibilidad de ganancia, independientemente de las lógicas nacionales, proteccionistas o de solidaridad. El coste de una posible desviación de los criterios de competencia o de ganancia definidos por el mercado es una prueba burda, pero clara, de la pérdida de soberanía económica del Estado nacional frente al nuevo dominio globalizado del capital. Y significa también una pérdida de soberanía política. Un Estado que no puede llevar a cabo una política económica votada por los ciudadanos porque el mercado la sancionaría (desinvirtiendo o disminuyendo el valor de la moneda) ya no puede garantizar a sus electores que su voto será respetado. Tietmeyer, presidente del Bundesbank, la llama «de mocracia financiera». En este régimen los Estados tienen su soberanía limitada porque el mercado global puede mover una masa de capital más grande que la que los Estados individuales puedan controlar por sí solos o incluso aliándose en grupos.
Tal pérdida de soberanía significa que los Estados ya no pueden hacer políticas económicas o monetarias independientes de lo que el mercado internacional, en ese momento, piensa. Con la prevalencia de la soberanía del capital sobre la del Estado nacional, tiende a decaer la posibilidad de generar o mantener garantías sociales que tutelen a los ciudadanos y a las empresas independientemente de su capacidad de sobrevivir autónomamente en el mercado. La ciudadanía única es sustituida por una doble: la territorial en el Estado y la económica en el territorio virtual del mercado global. La primera ya no es capaz de ofrecer garantías económicas directas. La segunda las ofrece solo a posteriori, es decir -tautológicamente- como consecuencia del éxito individual en el mercado mismo.
Estas palabras parecen una simple confirmación de los motivos sostenidos en el epígrafe precedente para pasar de las garantías proteccionistas a las neoliberales. Pero hay mucho más. El régimen de garantías neoliberal puede ser aplicado de modo creíble en un territorio si en el mismo existe un mercado suficientemente vital. Si el capital castiga a ese territorio y se va a otra parte, las garantías neoliberales no sirven para nada. Éstas tienen en parte el objetivo de mantener una alta vitalidad del mercado en un territorio dado. Pero también en parte dependen de algo que es más complejo.
La misión de garantía del Nuevo Estado no se agota en la formación y tutela del capital humano, sino que solo se completa si es capaz de asegurar que en un territorio dado el mercado permanezca vital y crezca. La misión del Nuevo Estado es la de asegurar que una inversión de capital en el propio territorio es una inversión óptima. El Estado debe crear un valor, en el plano nacional, que el mercado global reconozca como útil para obtener una plusvalía. La moneda debe ser fuerte y estable, las instituciones eficientes y creíbles, la cultura debe tener vitalidad, las infraestructuras deben ser eficientes, los impuestos deben ser bajos, la burocracia mínima, máximas la seguridad civil y militar. En síntesis, el dilema del Estado consiste en tener que concentrar mucho capital para inversiones en cualificación y, al mismo tiempo, reducir lo más posible los impuestos.
El nuevo requisito de «más inversiones y menos impuestos» impide al Estado nacional financiarse de un modo sencillo (impuestos) y le impone tener que producir mucha más calidad, como resultado de su poder normativo. Por este motivo el Estado ya no necesita una burocracia extensa y difundida por todo el territorio, sino una tecnocra cia ágil y eficiente. Por este motivo ya no puede mantener una relación jerárquica con las propias regiones o ciudades internas, sino que debe organizarlas en una nueva comunidad de intereses autogobernados, basada en la flexibilidad, en un delicado equilibrio entre competencia e igualdad en las relaciones entre las diversas entidades locales. En el Nuevo Estado todos los niveles de la sociedad deben producir más calidad para obtener un aumento total de la competitividad.
En síntesis el Estado debe transformarse en una especie de merchant bank que transforma las ideas en dinero y emplea su poder normativo en invertir en el capital humano y en la calidad de su territorio. Es precisamente la nueva necesidad de conciliar «menos impuestos y más inversiones» lo que empuja al Estado a una nueva misión de creación de capital: aprovechar todo valor no monetario para transformarlo en un valor de capital reconocible por el mercado.
Cuanto queda dicho sirve solo para indicar qué grande y compleja es la transformación que debe hacer el Estado nacional para lograr hacer coincidir sus propios intereses y los del mercado. Pero sirve también para indicar que tal transformación es posible. Y además necesaria. Los Estados que no lo logren entrarán en decadencia. Podrán retrasarla financiando las barreras proteccionistas del mercado mediante deuda. Pero llegará un momento en que tendrán que renunciar y se verán constreñidos a liberalizar con procedimientos de emergencia y, por lo tanto, con un mayor coste social. En conclusión, la misión del Nuevo Estado en el mercado global es la de reorganizar el territorio nacional para que sea lo más atractivo posible para las inversiones de capital financiero. El desarrollo de esta misión de «ga rantía directa» hace posible el de la «garantía indirecta» como inversión en capital humano, a la que hemos aludido más arriba.
El estado nacional es la unidad básica del mercado global
El Estado nacional entra en crisis frente al desarrollo del mercado global cuando no es capaz de desarrollar su propia misión de garantía en los nuevos términos que hemos dicho. Es obvio que un estado que quiere mantener las viejas garantías asistenciales y al mismo tiempo pretende resistir a la presión del mercado global, acaba estallando y empobreciendo a sus ciudadanos. La propuesta neoliberal sirve precisamente para adecuar el Estado nacional a los criterios competitivos del mercado haciendo capaz al primero de desarrollar garantías que coincidan con los presupuestos del segundo.
Pero la nueva alianza neoliberal entre Estado y mercado no sirve solo para hacer sobrevivir al primero en su forma nacional. El Estado nacional liberalizado que es capaz de producir garantías inversoras sirve al propio mercado global para mantener sus ciclos y desarrollarse. Si el Estado proporciona garantías (crea valor) el mercado puede crear riqueza (plusvalía). Si un gran número de Estados nacionales producen lugares específicos y un ambiente en total fuertemente estructurados desde el punto de vista de las «garantías inversoras» entonces el mercado global puede existir mejor y desarrollarse más. Este ciclo expansivo de la riqueza, además, permite la realización del «capitalismo de masas» en los Estados nacionales individuales, renovando la contribución de su riqueza al mercado global. Por lo tanto existe una interdependencia objetiva entre Estado nacional y mercado global. Este es el punto principal que debemos entender para poder pensar en cuál es la mejor arquitectura política del mercado.
El Estado nacional es la unidad básica del mercado global. Lo es porque acuña la moneda, porque tiene poder fiscal y por lo tanto para financiar garantías, porque, sobre todo, es el lugar donde se produce la transformación en capital monetario de los recursos no monetarios. Y es un lugar capaz de cumplir esta transformación porque está políticamente estructurado para hacerlo. La democracia es un hecho nacional: no existe democracia por encima o por debajo del Estado nacional (las regiones locales sin Estado nacional serían Estados nacionales ellas mismas, solo que más pequeñas). Guste o no guste debemos utilizar el Estado nacional como material básico para cualquier intento de dar una arquitectura política al mercado global.
La teoría neoliberal produce un modelo muy preciso de arquitectura del mercado global que se ha de crear en el futuro próximo. La unidad básica está formada por los Estados nacionales que llevan a cabo una reforma en su interior en dos puntos principales: (a) transformando su propia organización para garantizar las inversiones de capital en su territorio; (b) proporcionando garantías sociales mediante inversiones que cualifiquen continuamente su capital humano. En las relaciones entre ellos los Estados nacionales neoliberales se asocian formando áreas de libre cambio. Primero es necesario que estas áreas se formen agrupando a países similares entre ellos y homogéneos en sus condiciones económicas. La segunda fase sería la de la integración planetaria de las áreas de libre cambio. Durante este proceso los Estados no deben construir una organización jerárquica en el ámbito de las política económicas y monetarias porque el sistema debe permanecer flexible. En síntesis, la arquitectura política del mercado global debe ofrecer garantías de estabilidad que guarden equilibrio con la flexibilidad que precisan los Estados individuales.
En el ámbito monetario, fundamental, este equilibrio entre deberes de estabilidad y de flexibilidad se obtiene no tratando de crear una moneda única sino organizando un sistema de compensación y reaseguro respecto al riesgo de cambio. Un sistema internacional de cambios precisa estabilidad monetaria, pero ésta se puede alcanzar de modo «suficiente» reduciendo el riesgo de las oscilaciones de la moneda para los operadores económicos. Basta un pacto inteligente entre los Estados nacionales para reducir los costes y riesgos de las transacciones.
En general, el neoliberalismo es capaz de construir una arquitectura política del mercado global al mismo tiempo estable y flexible. El modelo neoliberal de mercado global puede ser llamado: «cooperación suficiente, abierta y recíprocamente reaseguradora» o, más brevemente, «cooperación suficiente».
Conclusiones: la idea de una «Europa suficiente»
La auténtica cuestión reside en hallar arquitecturas políticas del mercado que aseguren las mayores probabilidades de crecimiento global de la riqueza. La Europa de Maastricht se basa en un modelo que reproduce a escala internacional los defectos de ineficiencia del capitalismo burocrático alemán y francés. Una Europa construida de esta manera constituiría un grave desastre económico para los europeos y un grave daño para el crecimiento económico global (ya lo es). Es urgente proponer un modelo alternativo.
El modelo de una «Europa suficiente» es alternativo al de Maastricht y se basa en cuatro puntos principales:
* Liberalización interna de los Estados nacionales europeos según un standard común de estado neoliberal.
* Transformación de la Unión Euroyea en un oqanismo dedicado a la realización práctica del Mercado Unico como Area de libre cambio.
* Transformación del Instituto Monetario Europeo en un organismo para la compensación de los riesgos de cambio. Para hacer funcionar el Mercado Único no es necesario tener una moneda única sino que es suficiente con garantizar a los operadores del mercado que no sufrirán daños por la oscilación eventual de las monedas.
* Creación de la Alianza Europea bajo forma de tratado de cooperación para la seguridad militar.
¿En qué consistiría Europa desde este punto de vista? Sería una Alianza que es más que una alianza, pero menos que una unión. Sería una Europa lo suficientemente integrada para hacer eficiente la creación de riqueza. La «Europa suficiente» sería mucho más útil al mercado global que la de Maastricht y, por lo tanto, más útil a las esperanzas de riqueza de los ciudadanos europeos. La segunda tendería a permanecer un sistema más cerrado que abierto, con perspectivas limitadas de crecimiento económico. La primera tendría un mayor potencial de crecimiento y, por lo tanto, de contribución al crecimiento de la riqueza global. Por otro lado la «Europa suficiente», a la vez que integrada, tendría capacidad para tomar parte en posteriores integraciones. Primero con el área americana de libre cambio. Después con la asiática. Al final el modelo de cooperación suficiente se convertiría en una sólida arquitectura global para todos.
Pero todo el proyecto parte de la capacidad de imaginar y poner en práctica un Neoliberalismo que haga políticamente posible la conquista de una eficiencia capitalista combinada con la eficacia social. El estado debe dar garantías y el mercado riqueza. El Estado neoliberal puede dar nuevas garantías que ayuden al mercado a crear nueva riqueza. La revolución neoliberal en los Estados Individuales europeos puede dar lugar a la reforma neoliberal de la idea de Europa. Una Europa abierta y liberal puede ayudar mucho mejor a la integración del mercado global. Un mercado global mejor organizado produce más oportunidades de riqueza para todos. Produce un «capitalismo de masas» que es la respuesta creativa y eficaz al problema histórico de cómo socializar la economía.
Se abre un gran período de investigación creadora y realización práctica. Amigos, es la hora de la revolución en favor de las nuevas libertades, contra los que quieren burocratizar la historia.
Debido a mi trayectoria académica, siempre desconfié de los políticos, coincidiendo en esto y en tantas otras cosas con Adam Smith, quien se refería a «esos insidiosos y taimados animales, vulgarmente llamados hombres de Estado o políticos». Tal desprecio por los políticos era compartido por J. M. Keynes, quien decía que «su estupidez es inhumana». En realidad, los economistas solemos sentir por los políticos el mismo tipo de admiración que las palomas tienen por las estatuas. Y, pensando así, ¿por qué me metí en política?
En una reunión en Liechtenstein, hace varios años, George Urban me pidió que hablara sobre el crimen organizado en Italia. Respondí diciendo que la política organizada le hacía mucho más daño a mi país que el crimen organizado. A lo que Urban replicó: «¿cómo puedes diferenciarlos?» A partir de 1992, en Italia ha habido un sinfín de acusaciones de sobornos, desfalcos y corrupción política. Casi a diario se lanzaban acusaciones contra conocidos políticos y empresarios; decenas de ellos fueron detenidos. Casi todos los partidos resultaron afectados; a finales de 1993, no menos de 338 diputados (54% del total) y 100 senadores (32%) habían sido acusados de irregularidades.
Para quien siempre ha visto a la política como una nueva versión de la peste bubónica, todo esto debiera haber sido reconfortante. No fue así porque el Poder Judicial estaba abusando abiertamente de sus facultades para llevar a cabo lo que consideraba una cruzada contra el «sistema político». Lo pudo llevar a cabo por el inmenso desprestigio de los políticos, pero los métodos utilizados no tenían excusa. Se mantuvo a gente presa durante meses sin ninguna evidencia válida, para así obtener confesiones, con total violación de la ley. Linchamiento generalizado y un Poder Judicial que se coloca por encima de la ley son precios demasiado altos para lograr limpiar el entorno político. Además, la destrucción de los partidos hizo aún más difícil la tarea de gobernar. Esto me lleva a un segundo punto. La mayoría de los italianos estaba convencida de que la «partitocracia» era culpable de todos los problemas y que la solución sería modificar el sistema electoral. Pero el abuso político no es un fenómeno italiano: se repite en todas las latitudes, y ningún sistema electoral es inmune a las críticas.
¿Sistema electoral o abuso político?
La corrupción es el resultado obvio del gran tamaño del sector público. El sistema electoral no tiene nada que ver con esto. El soborno existe cuando el gobierno está por medio. Tal cosa sucede muy raramente entre contratantes privados. Por tanto, era inútil pensar que en un país cuyos gastos gubernamentales exceden el 58% del Pm y donde más de la mitad de la actividad económica está bajo el control del gobierno, un cambio en el sistema electoral eliminaría automáticamente la corrupción. Tendríamos que recordar el viejo dicho de Europa Central: «en las sociedades comunistas, la corrupción no es el problema, sino la solución».
En cualquier caso, la ley electoral fue cambiada en el referéndum de abril de 1993, cuando el 83% de los votantes indicó que prefería el cambio de una representación proporcional por un sistema de mayoría. Precipitadamente se aprobó una nueva ley electoral en la cual el 75% de los nuevos senadores y diputados estaría comprendido por los que quedaran en primer lugar en sus distritos, y el 25% restante sería elegido bajo una extraña versión de representación proporcional.
En las elecciones locales de finales de 1993 se hizo obvio que algo había que hacer, porque la izquierda, con apenas poco más de una tercera parte de los votos, resultó victoriosa en el 80% de las ciudades. La izquierda está bajo la dirección del PDS (sucesor del Partido Comunista italiano) y la componen los viejos comunistas, los verdes, lo que queda del Partido Socialista italiano, la izquierda católica, etcétera. Entre sus planes está la nacionalización de los programas privados de pensiones, confiscar sus activos y utilizarlos «para crear empleos». Conociendo la popularidad de la privatización, planeaban «privatizar» empresas privadas, una fórmula para confiscar los activos de las grandes empresas y así «crear empleos». Además, Italia se enfrentaba a una situación desastrosa en las finanzas públicas. La deuda pública alcanzó 1.176.000 millones de dólares (120% del PIB), con un déficit anual cercano al 10% del PIB. El gasto gubernamental absorbía el 58,8% del PIB, los impuestos se habían vuelto punitivos, el desempleo era del 12% y la economía languidecía. Ante tal situación, Silvio Berlusconi me pidió que elaborara el programa económico del movimiento político que encabezaría. Acepté con gusto, pensando que mi responsabilidad se limitaría a diseñar el programa; pero cuando llegaron las elecciones, Berlusconi me pidió que participara: «si no te lanzas, ahora que la gente sabe que estás tras nuestro programa, eso nos debilitará», me dijo, añadiendo: «no nos puedes abandonar».
Elecciones y pedagogía
Terminé presentándome porque siempre he creído en el poder de las ideas. Ellas sobreviven en las circunstancias más inusuales. Cuando conocí a Vaclav Klaus, en Viena, en 1988, me impresionó su conocimiento del pensamiento de Milton Friedman. Me contó que lo que había aprendido sobre el libre mercado lo había hecho en Nápoles. «¿Cómo -le pregunté- si no existen economistas a favor del libre mercado en Nápoles?» «Cierto -me contestó Vaclav- pero hay bibliotecas». Y pensemos en el caso de Anatoli Chubais, autor del plan de privatización ruso, quien mantiene que sus días más felices los pasó leyendo a Hayek, cuyas obras eran copiadas a mano durante el régimen soviético.
Sin embargo, para que tengan consecuencias, las ideas no pueden mantenerse reservadas entre académicos, sino ser dadas a conocer al público. Estoy convencido de que el proceso electoral es un gigantesco ejercicio pedagógico. Mi campaña me permitió dar discursos, hablar en televisión y radio, escribir en la prensa. Durante los dos meses de la campaña transmití mis ideas a más gente de lo que lo había hecho en treinta años de lucha por la libertad. Me presenté en Lombardía y en Sicilia. Fui elegido en ambos lugares, con 787.147 votos en el norte y 478.342 votos en el sur. Opté por representar en el Parlamento la región donde nací, Sicilia.
El programa de Forza Italia incluía un tope en los impuestos, una enmienda constitucional que obligara a presupuestos equilibrados, una reforma impositiva que adoptara una tasa única, un sistema de federalismo fiscal que trasladaba toda autoridad sobre los impuestos al gobierno local (el cual asumiría la responsabilidad de pasar al gobierno central una parte proporcional de los impuestos recabados), la privatización de las empresas estatales, vales escolares para que los padres puedan enviar a sus hijos a la escuela que quieran, desmantelamiento del sistema de salud socializado y su reemplazo por un sistema de seguro privado, con vales para que los menos favorecidos tengan acceso a hospitales, etcétera.
Ganamos las elecciones en marzo de 1994 con ese programa. Por primera vez en la historia de Italia existía un partido que apoyaba consistentemente un programa radical de mercado. El hecho de que en los siete meses en que estuvimos en el gobierno no pudiéramos instrumentar las reformas es secundario. Lo realmente importante es que después de 50 años de consenso socialista, la opinión pública fue informada de la existencia de una alternativa. Eso le gustó a la mayoría y votó en consecuencia. Hemos cambiado el centro del discurso. En las próximas elecciones presentaremos esas mismas ideas y sobre ellas se concentrará el debate. La persuasión es el primer paso necesario en una revolución liberal. Solo si la gente conoce nuestras ideas, hay esperanza de cambiar las políticas del gobierno.
En un seminario en Florencia en octubre de 1992, la señora Thatcher me dijo: «Su país es bello, pero su gobierno está podrido». A lo cual contesté: «Lo contrario sería mucho peor». Quizá tengamos éxi to en darle a Italia un gobierno decente, estable y liberal. Algo a lo que aspiramos desde 1876.*
NOTA
* Por gentileza de la Agencia Interamericana de Prensa Económica, servicio exclusivo para El Diario de Caracas.
Sería excesivo suponer que nuestros políticos carecen de alguna clase de interpretación de nuestro pasado. No parece que atribuyan, sin embargo, una importancia fundamental a disponer en su bagaje de un buen conocimiento y una reflexión madura acerca de nuestra historia, en particular de la contemporánea. A pesar de eso, se observa una significativa diferencia entre izquierda y derecha a la hora de utilizar políticamente la historia. Los socialistas adoptan así un aire de seguridad y confianza, aparentemente persuadidos de moverse en un terreno que les es favorable. El centro y la derecha, por el contrario, muestran una gran timidez, y tanto Suárez, como Calvo Sotelo o Aznar (éste último al menos hasta tiempos recientes), han preferido eludir las referencias históricas.
¿Quinientos años de gobierno de la derecha?
¡Cien, ciento cincuenta, doscientos…, quinientos años de gobierno de la derecha! Pocas como esta muletilla acotan mejor el modo como el actual Presidente del Gobierno maneja la historia de España en sus mítines y declaraciones públicas. El término trata de subrayar la paradoja de lo modesta que es en realidad su pretensión de permanecer veinticinco años en el poder para llevar a cabo lo que denomina su «proyecto histórico», si se comparan con la cantidad de siglos que lo ha disfrutado la derecha.
No es éste, sin embargo, el aspecto que más llama la atención de la pretendida paradoja, sino otros más implícitos. En primer término, el burdo anacronismo de interpretar en términos de izquierda y derecha la historia de España de los siglos XVI, XVII y XVIII; y, junto a eso, la manera misma de entender los conceptos de derecha e izquierda, de por sí agudamente polémicos.
¿Una derecha y una izquierda atemporales y monolíticas?
En la retórica esencialista de los nacionalismos vasco o catalán, España tiene asignado un papel de madrastra que es indiferente a la organización de la vida política española cualquiera que sea ésta. Algo similar ocurre con el modo de referirse a la derecha en el caso que venimos examinando. Ésta es, por esencia, franquista, y no puede dejar de serlo, aunque puede intentar disimularlo. Por lógica simetría, la izquierda, de un modo aún más abstracto, pero no tan ostensiblemente anacrónico, solo puede connotar progreso, democracia, libertad, solidaridad, aunque existan elementos minoritarios que no estén a la altura.
Las cosas no resultan, afortunadamente, tan simples. En principio, no tiene sentido hablar de derecha y de izquierda fuera de la implantación de un régimen político constitucional convertido en el eje de la vida política; por lo tanto, es anacrónico referirse a ella más allá del siglo XIX, con la excepción de algunos países. En segundo lugar, la historia española del siglo anterior y del nuestro permite apreciar con toda claridad la existencia de tendencias políticas diversas y, a menudo, enfrentadas, dentro de la derecha y dentro de la izquierda. La unidad política de una y otra ha sido, a menudo, un ideal, pero no la pauta. Es cierto que las rupturas habidas en nuestra historia política, como en la de la mayoría de los países europeos continentales, han impedido que las tendencias y organizaciones políticas hayan tenido la continuidad necesaria para reclamar tradiciones efectivas, resultantes de su adaptación y su reforma en el tiempo y no solo de una mera atribución. Pero incluso en este caso, resulta perfectamente posible enumerar las siguientes tendencias a derecha e izquierda.
Ha habido una derecha reaccionaria e integrista, convencida de que el orden social podía legitimarse únicamente bajo el monopolio de una religión católica intransigente, a cuya Iglesia quedaría subordinado el Estado. El carlismo fue su manifestación más característica, aunque hoy, tanto éste como el integrismo católico representen una tendencia claramente marginal. La CEDA representó un caso ambiguo en relación con la derecha católica. Al no aceptar el Estado liberal-democrático como base de su acción política, no puede considerarse un partido democristiano, pero su accidentalismo en cuanto a las formas de gobierno la distinguió netamente del carlismo, si bien no del integrismo.
La derecha monárquica, autoritaria pero reformadora, para la cual -en gran medida dentro de la tradición del despotismo ilustrado- los pueblos no necesitan política, sino una administración eficaz, ocupa también un lugar secundario en la actualidad, y así ha sido siempre que el régimen constitucional ha regido en España, con la rara excepción del breve gobierno de Bravo Murillo en los años cincuenta del siglo pasado. Una administración, por cierto – y esto es importante señalarlo en el caso español- antes civil que militar, entendida como el mejor antídoto contra los pronunciamientos y la intromisión del ejército en el gobierno.
Una tercera tendencia viene representada por la derecha liberal. Los moderados reconocieron en el ilustrado Jovellanos el primer teórico de su orientación e iniciaron, sobre la base del liberalismo doctrinario de cuño francés, la ruptura con los doceañistas fieles a la constitución de Cádiz ya en los años 1820-1823. El ala izquierda de los moderados, los conocidos como «puritanos», trataron de estabilizar el régimen constitucional durante el reinado de Isabel n, mediante un pacto con los elementos no revolucionarios del liberalismo radical, los llamados «progresistas». La tentativa dio lugar a la fusión de ambos grupos en un nuevo partido, la Unión liberal, en la que militaría Cánovas. Fue él quien llevó a cabo el objetivo de los puritanos durante la Restauración, para lo cual refundo en un nuevo partido liberal-conservador los elementos provenientes del unionismo y del viejo partido moderado, junto con los partidarios del futuro Alfonso XII durante el Sexenio revolucionario. Cánovas rechazó siempre el sufragio universal, al que consideraba la puerta del colectivismo. No pensaron lo mismo sus sucesores, Silvela y Maura, para quienes la continuidad de la Monarquía de la Restauración requería de una efectiva legitimación democrática, mediante una utilización sincera del sufragio universal introducido por los liberales en 1890. Este objetivo se demostró, sin embargo, más erizado todavía de dificultades que la anterior estabilización del régimen constitucional gracias al acuerdo entre los dos grandes partidos liberales de cederse pacíficamente el poder. Las propuestas democratizadoras de Maura suscitaron tal desconcierto e inseguridad entre la izquierda, tanto monárquica como republicana, que gran parte de las dos prefirieron expulsarlo del poder mediante una formidable campaña en la que le tacharon de reaccionario, que tomarle la palabra y abrir una nueva página en la historia de la Restauración. Claro que la guerra de Marruecos representó, durante todo ese tiempo, el peor obstáculo para las reformas. El golpe de Estado militar de Primo de Rivera abortó, en todo caso, esa posibilidad. Si bien los socialistas, con algunas excepciones, dieron la impresión de encontrarse más cómodos con el nuevo régimen que con la fenecida constitución canovista.
Desde esa fecha, y sobre todo desde las postrimerías de la dictadura de Primo de Rivera y la subsiguiente crisis de la Monarquía, fue perceptible un repliegue creciente de las posiciones de la derecha liberal, tanto de los conservadores como de los liberales monárquicos, desplazados más y más por los elementos de la derecha autoritaria y católica. Aquéllos que, por constitucionales antes que por monárquicos, se adhirieron a la Segunda República no tardaron en ser arrumbados dentro de ella a posiciones secundarias. La Guerra Civil y el franquismo eclipsaron para mucho tiempo una derecha liberal organizada.
La guerra y la victoria de Franco abrieron el camino, por el contrario, al triunfo -junto con la autoritaria y la católica- de la cuarta tendencia que es posible identificar en el campo de la derecha: la nacionalista agresiva y filofascista, cuya representación más destacada llegó a ser la Falange. Los orígenes de esta tendencia cabe rastrearlos entre los autores del regeneracionismo más partidarios del equívoco «cirujano de hierro» de Costa. Corporativa y antiparlamentaria como las otras dos tendencias de la derecha antiliberal, la nacionalista era, sin embargo, antimonárquica y más estatista, laica y populista que las otras dos.
Todavía es posible añadir a estas cuatro tendencias de la derecha contemporánea en España otras dos, representadas por la derecha nacionalista vasca y catalana. Aunque de características muy distintas entre sí, la nota determinante del nacionalismo modifica cualitativamente los rasgos de esas derechas e impide asimilarlas sin más a las otras aquí mencionadas.
El panorama de la izquierda
La izquierda no presenta, por su parte, un panorama menos variado. Puede distinguirse en ella una tendencia liberal-democrática, cuyo enfrentamiento temprano con la derecha liberal tuvo, sobre todo, un contenido estratégico, que fue cristalizando hasta llegar a diferencias de principios. Los liberales se dividieron casi desde el principio sobre si acudir o no a la revolución popular o confiar exclusivamente en la Corona y en el acomodo con las fuerzas sociales dominantes para conseguir sus objetivos. Esas diferencias llevaron con el tiempo a la izquierda liberal al republicanismo accidentalista y a un anticlericalismo moderado. Sus orígenes se encuentran en las mismas Cortes de Cádiz y, más tarde, en políticos progresistas como Mendizábal, durante el reinado de Isabel n. El posibilismo de Castelar y el reformismo de Gumersindo de Azcárate y de Melquíades Álvarez la representaron durante la Restauración, y Azaña se convirtió en su más caracterizado símbolo durante la Segunda República.
Junto a la izquierda liberal existió una izquierda radical y populista, identificada con el motín callejero y la lucha de barricada, violentamente anticlerical, progresivamente antimonárquica, pero también militarista y, en general, españolista. El entusiasmo hacia el general Espartero constituyó una de sus primeras manifestaciones, aunque fueran el republicanismo federal de base y el cantonalismo sus realizaciones más acabadas durante el siglo XIX. Lerroux y su partido radical lo encarnaron cabalmente a comienzos del nuestro, junto con otras variantes del republicanismo.
La izquierda radical aparece vinculada a su vez, de mil formas, con el resto de las tendencias de la izquierda, que corresponden ya a las organizaciones obreras. No costaba gran esfuerzo dar el paso del republicanismo federal, ateo y cientifista al sindicalismo anarquista, el cual revistió diferentes contenidos desde Bakunin y la Primera Internacional en adelante. Esta mentalidad sindicalista e insurreccional, sustancialmente ajena a las razones del Estado y de la política, también dejó una profunda impronta en los socialistas, sin perjuicio de que éstos últimos se enfrentaran radicalmente con sus hermanos de origen a propósito del mandato de Marx de utilizar la política «como medio», y a la consiguiente organización de un partido político de clase que actuara como instrumento de los sindicatos obreros. Tampoco fue muy duradera, sin embargo, la concordia entre los marxistas. Estos se dividieron entre socialistas y comunistas. Pero, en España, la razón no fue el enfrentamiento entre la dictadura del proletariado, según el modelo bolchevique, y el postulado de indisolubilidad entre democracia y socialismo que establecían, por ejemplo, los socialdemócratas suecos. No se ingresó en la Internacional Comunista, al menos oficialmente, porque no se aceptaba el férreo centralismo de Moscú; pero Besteiro defendió con ardor la dictadura del proletariado.
De esta manera pueden encontrarse, cuando menos, cinco tendencias claramente delimitadas en la derecha y otras tantas en la izquierda contemporánea española. Nada más alejado, por tanto, a la obtusa contraposición entre una derecha y una izquierda pétreas, a la manera de una variante del eterno combate entre el bien y el mal. Ocurrió, antes bien, que la contraposición de estas tendencias dentro del mismo campo revistió tanta o más virulencia que el enfrentamiento entre uno y otro. Una evidencia que concuerda mal con los esquemas de lucha de clases, que, en general, acompañan a dichos antagonismos teológicos entre izquierda y derecha. Pero el caso es que nunca fue posible reducir a un denominador común la derecha liberal y la derecha integrista; la izquierda liberal-demócrata, por su parte, osciló y se replanteó una y otra vez la alianza con la revolución o el compromiso con la derecha moderada, chocando, según los casos, con una o con otra. Lerroux, en la izquierda radical, recorrió asimismo un camino de ida y vuelta. La rivalidad, a menudo agresiva y no pocas veces violenta, entre socialistas y anarcosindicalistas constituyó, en fin, un factor decisivo a la hora de determinar el rumbo de la política obrera; cuanto más peso tuvo esa política obrera en la situación política general, más feroz y determinante fue esa rivalidad.
La transición como autocrítica y la vigencia de la democracia
Pero volvamos de nuevo al planteamiento de los «quinientos años de gobierno de la derecha», tan zafio desde el punto de vista histórico, si bien cargado de elocuentes implicaciones políticas. Pues ese entendimiento de la historia moderna y contemporánea de España significa -además de lo señalado ya sobre la derecha y la izquierda- reducir nuestra trayectoria histórica más reciente y difícil a la pura y simple proyección hacia atrás del régimen de Franco. La inclusión -nada menos- que de la obra de ilustrados, de liberales y de la experiencia de la Segunda República dentro de una multisecular dominación de «la derecha» constituye un ridículo ejercicio de retórica franquista hecha desde el antifranquismo. Sucede, además, que esa proyección no tiene lugar desde la muerte de Franco ni desde las primeras elecciones generales que la siguieron o desde la aprobación de la Constitución, sino que, como cabía esperar, la gran divisoria que establece sin más el reinado de la democracia es el año 1982, en el que el PSOE ganó por primera vez las elecciones generales.
Este tránsito instantáneo y milagroso de la dictadura a la democracia tiene dos importantes consecuencias. La primera y principal consiste en devaluar el significado de la transición política que se desarrolló entre la muerte de Franco y la entrada en vigor de la actual Constitución y, de esa forma, borrar el precedente del gobierno de UCD que siguió a dicho refrendo durante cuatro años. En segundo lugar, permite transfigurar los antecedentes históricos del PSOE. NO pocas veces se recalca de la transición lo que supuso de olvido voluntario de responsabilidades pasadas. Esa consideración va asociada también a la crítica por la falta de una ruptura neta con el franquismo, cuyo precio a pagar serían estos o aquellos fallos, insuficiencias o fracasos de la democracia. Y es cierto que la transición significó olvido y reconciliación, pero porque se basó, ante todo, en una autocrítica de indudable significado histórico por parte de las principales instituciones y partidos políticos. La Corona, por ejemplo, ha procurado evitar, sistemáticamente, todos los errores criticados a Alfonso XVIII en su etapa -la más larga- de Rey constitucional. El ejército, aunque influido decisivamente por la actitud real, demostró durante el 23 de febrero de 1981 que estaba más dispuesto a amoldarse a las exigencias del régimen democrático de lo que cabía esperar. Las organizaciones sindicales y empresariales concedieron a la negociación entre ellas y con el Gobierno un relieve desconocido en cualquier otra etapa anterior de su existencia. Los cambios en las actitudes básicas de la Iglesia Católica respecto al orden político y la democracia eran, por otra parte, anteriores a la propia transición.
Pero, sobre todo, ¿en qué otra cosa que en la autocrítica se basó la conducta de los partidos durante esos años? Cierto que la UCD no abordó ningún examen crítico del franquismo, ni se preocupó de entroncar con otras tendencias históricas de la derecha prácticamente olvidadas. Pero toda la actuación política de Suárez desde la Ley de Reforma Política supuso el desmantelamiento de la dictadura y la vuelta a una Monarquía constitucional sobre bases inequívocamente democráticas. De esa forma, y aunque los políticos del centro no mostraran el menor interés por la reflexión histórica, terminaba una larga etapa de predominio en la derecha de las tendencias autoritarias, iniciada con la dictadura de Primo de Rivera.
Cuando las fuerzas sobrevivientes de la izquierda, el PSOE y el PCE, renunciaron por su parte el uno al marxismo y al leninismo el otro, tuvo lugar un hecho insólito en las anteriores etapas constituyentes de la historia de España. Una mayoría en ambos partidos se había tomado lo suficientemente en serio la democracia constitucional como para ajustar su propia tradición y legitimidad ideológicas a unos valores y reglas que reconocían por encima de cualesquiera otros sin ambigüedades. Esto significaba, además, que también en la izquierda de tendencia marxista y colectivista la tendencia liberal- democrática, antaño despreciada y, a lo sumo, instrumentalizada, ganaba posiciones y se revelaba una base más sólida que la propia para encarar los nuevos tiempos.
Ahora bien, si la democracia empezó realmente en 1982, toda la autocrítica y el reajuste anterior de los partidos carece de importancia o, simplemente, desaparece. De este modo, el actual Partido Popular no puede ya apelar a la UCD como un precedente para acreditar su compromiso democrático y constitucional de forma inmediata. Cierto es que los populares no pueden eludir el larguísimo paréntesis de cincuenta años, entre 1923 y 1975, durante el que las tendencias liberales de la derecha fueron arrinconadas cada vez más hasta desaparecer virtualmente, o en los que llevaron, en todo caso, una existencia más hipotética que efectiva. Pero nada impide que, una vez reconstruida una derecha liberal, y no con facilidad precisamente, ésta se identifique -y tampoco es que muestre en ello un especial interés- con el precedente histórico de un liberalismo que dominó gran parte de nuestro siglo XIX y casi el primer tercio del XX. Esa identificación resultaría tanto más lógica, cuanto que la obra de los liberales de distinto signo está en la base de nuestra actual «modernidad», después de resistir muy duras pruebas históricas, y pese a la hostilidad convergente en la que han coincidido y seguirán coincidiendo las tendencias antiliberales de la derecha y de la izquierda. A los liberales moderados les correspondió un papel decisivo en la reorganización del Estado del Antiguo Régimen como Estado burocrático legal-racional, unitario y centralizado, lo mismo que el papel que tuvieron en la definición del modelo de Monarquía constitucional, que constituye el precedente de la actual Monarquía parlamentaria. Los liberales progresistas protagonizaron en gran medida la obra legislativa que organizó y promovió en España la economía de mercado y el capitalismo. Ninguna de las otras tendencias de la derecha ni de la izquierda ha defendido fundamentos mejores para organizar hoy nuestra vida política y económica como europeos.
Pese a las apariencias y pretensiones de los interesados, el balance no se presenta tan sencillo para las tendencias marxistas de la izquierda. Únicas supervivientes después de la Guerra Civil en ese campo, socialistas y comunistas se muestran orgullosos de un grado de continuidad organizativa casi único en nuestro panorama político, frente a la tremenda oquedad existente en la derecha liberal. No obstante, y por lo que se refiere al comunismo, una experiencia abrumadora ha venido a demostrar que, finalmente, se trataba del primer y más duradero enemigo de la democracia representativa en este siglo. Puede hacerse todo el hincapié que se quiera en la contribución de los comunistas a la lucha contra el fascismo en España y fuera de España. También en lo que ese antifascismo supuso de enmienda a la definición original del comunismo, que consistió en la dictadura del proletariado, la guerra civil revolucionaria y el colectivismo integral. No obstante, la condición dogmática, totalitaria e inhumana de su política se ha demostrado incoercible, antes y después de la guerra contra Hitler; además de un gigantesco monumento a la ineficacia y a la corrupción. Cuando el comunismo puso los valores democráticos por encima de su propia tradición, como en el caso del eurocomunismo, lo que descubría era su propia negación en beneficio de la socialdemocracia.
En cuanto a los socialistas, alguien poco informado que escuchase a González en la campaña de las últimas elecciones generales, hubiese creído que fue Azaña y no Pablo Iglesias el fundador y la personalidad señera del socialismo español. La razón no podía ser arrebatarle el personaje a Aznar, pues, sea cual sea el interés general de Azaña y su carga simbólica para cualquier político, está claro que no pertenece a ninguna de las tendencias políticas de la derecha. Esas alusiones se entenderían mejor, en el caso del secretario general del PSOE, como parte de la autocrítica citada. Un reconocimiento -siquiera indirecto- de que, en la actualidad, ni Pablo Iglesias, el honrado por antonomasia, ni ciertamente Largo Caballero, pero tampoco los Besteiro, de los Ríos y Prieto, representan una referencia suficientemente sólida.
No obstante, mejor que reconocer abiertamente un ajuste de la propia tradición, se puede hacer de la necesidad virtud y convertir un ejercicio de autocrítica en una apoteosis histórica. Y a ese objetivo sirve de nuevo la continua contraposición de los «quinientos años de gobierno de la derecha», con 1982 como el año cero de la democracia. Por fin, con González y el PSOE, se habría realizado lo que no consiguieron ni los comuneros de Castilla, ni los erasmistas, ni los ilustrados, ni las Cortes de Cádiz, ni la Generación del 98, ni tampoco Azaña. Una genealogía mitológica de cinco siglos para ocultar el único del que verdaderamente debe dar cuenta el socialismo español. De esa manera no hace ninguna falta referirse críticamente a aquella pretensión de Largo Caballero de convertirse en el «Lenin español», o a que la razón de ser del PSOE desde su fundación no fuera el Estado de bienestar, dentro de una «democracia burguesa», sino la socialización de los medios de producción, distribución y cambio, con la ayuda de la dictadura del proletariado. Esta versión del socialismo como una especie de culminación de los tiempos de nuestra historia choca, sin embargo, con una dificultad fundamental. Se basa en el supuesto evidentemente falso de que la izquierda no ha gobernado nunca en la España contemporánea, cuando la verdadera cuestión es por qué han sido tan efímeros sus períodos de gobierno, hasta ahora. Una hipótesis plausible es que tanto en las épocas en que el objetivo político era el liberalismo, como aquéllas en que éste era la democracia, la izquierda, afectada como sabemos por hondas divisiones, incurría en unos compromisos revolucionarios para alcanzar el poder que luego le creaban situaciones demasiado contradictorias e insostenibles para ejercerlo duraderamente. No puede olvidarse que, no pocas veces, se hizo militarismo en nombre de la causa liberal, mientras que la bandera del anticapitalismo y de la lucha de clases justificaba de suyo el menosprecio de la democracia constitucional y de las urnas, con o sin caciquismo.
La izquierda en el poder
Hagamos un rápido repaso. Los exaltados tuvieron el campo libre a finales del Trienio constitucional, de 1820 a 1823. Los progresistas consiguieron imponerse más de una vez, mediante movimientos de juntas revolucionarias, durante la regencia de María Cristina de Borbón y luego, con el apoyo militar de Espartero y la regencia de éste, obtuvieron todo el poder de 1840 a 1843. Volvieron a disfrutar de él, aliados con O´Donnell, entre 1854 y 1856. La coalición revolucionaria que destronó a Isabel n dominó holgadamente la arena política de 1868 hasta 1873. (Si bien los carlistas se levantaron en armas en las provincias vascas desde 1872). La Primera República se desenvolvió a continuación, en medio del retraimiento de todas las demás fuerzas políticas. Los liberales alternaron regularmente o compartieron el poder con los conservadores a partir de 1881 y durante los más de cuarenta años siguientes del régimen de la Restauración, aunque, ciertamente, más como un partido de centro que de izquierda, por su posición en el sistema de partidos de la época. La conjunción republicano-socialista, en fin, careció virtualmente de oposición durante el bienio constituyente de la Segunda República.
En todos estos casos, salvo el del régimen de la Restauración, la violencia ejercida contra la izquierda por sus enemigos para desalojarla del poder contó siempre con el decisivo aliado de su incoherencia y de su ambigüedad, de tener siempre un pie en la legalidad y otro en la revolución. El caso de la Segunda República resulta paradigmático. Fue el levantamiento militar el que desencadenó la Guerra Civil y acabó con el régimen republicano. Pero ¿qué podían argumentar, salvo bravatas suicidas, quienes habían protagonizado la insurrección de Asturias dos años antes porque el partido de mayoría relativa, electoral y parlamentaria, introdujo tres ministros en el gobierno? La CEDA no tenía hacia la república democrática una actitud más instrumental que la de los socialistas, que ya habían gobernado y abandonado en gran parte a su suerte la «república burguesa». Cuando comenzó el levantamiento militar, el Estado liberal -edificado penosamente durante un siglo- y el régimen constitucional republicano fueron demolidos -so pretexto de hacer frente a la rebelión- por la iniciativa revolucionaria de los sindicatos y sus milicias al mismo tiempo que por la propia rebelión militar. Toda la trayectoria política posterior de la zona republicana consistió en un desesperado esfuerzo por reconstruir ese Estado y ponerlo al servicio de los objetivos de guerra. Los republicanos y socialistas que se tomaban en serio la democracia, para alcanzar ese fin, tuvieron que ponerse en manos de un partido comunista defensor encendido de la política de Frente Popular y de las clases medias, pero más fervoroso partidario todavía de un régimen estalinista en el apogeo de sus purgas, cuyos métodos empezaron a aplicarse en la zona republicana. El resultado fue una guerra civil dentro de la Guerra Civil. No había un proyecto de República, sino tres: el democrático y reformista; la versión sindical del cantonalismo de la Primera República y el primer ensayo de «democracia popular». Hubo que esperar a las autocríticas citadas de 1978 y 1979 para averiguar que la izquierda sobreviviente prefería el primer modelo. ¿Puede extraerse de aquí la conclusión fundamental que persigue la muletilla de los «quinientos años de gobierno de la derecha», esto es, la consustancialidad inmutable entre la democracia y la izquierda y, más exactamente, la idea de que el PSOE es su único representante posible?
La implantación de un régimen constitucional y, sobre todo, el dotarlo de una base democrática, es algo que no ha sido fácil en ningún país europeo. Nuestra laboriosa y accidentada experiencia, trágica a veces, demuestra que la principal dificultad ha consistido en el espíritu de monopolio y exclusión, alimentado por el recurso a la violencia, que tanto la revolución como la contrarrevolución desplegaron para alcanzar sus fines. En la actualidad está claro que nuestra democracia se basa en tres pilares: la lealtad constitucional de los principales partidos por encima de sus ideologías y programas particulares; el papel moderador y unitario de la Corona como institución histórica al servicio del orden constitucional y como símbolo del rechazo absoluto de una nueva guerra civil entre españoles, y, con no menos importancia, una clara conciencia crítica de nuestra historia contemporánea. En cuanto a este último punto, es una pena que nuestros políticos desdeñen por lo general el papel de la historia crítica para apuntalar la libertad, y que, por contra, alguno la utilice burdamente para impedir la alternancia democrática. Lo único que verdaderamente hay que celebrar desde 1982.
Con motivo de la publicación del libro Estadísticas de la Iglesia Católica en España 1995 (Edice, Madrid, 1995), elaborado por la Oficina de Estadística y Sociología de la Iglesia, diversos medios de comunicación destacaron la noticia, aparentemente sorprendente, de que el llamado voto católico aparece en los años 90 mucho más repartido entre las distintas opciones políticas, lo que rompe con la tópica visión de las «dos Españas» (una España católica y de derechas y otra anticlerical y de izquierdas).
En concreto, el dato que los medios de comunicación subrayaron fue que en las elecciones de 1993 -las últimas elecciones generales celebradas en España- un tercio de los votantes socialistas eran católicos practicantes, mientras que la mitad de los votantes del partido popular eran, asimismo, católicos practicantes. El examen de estas dos cifras revela, en efecto, que el voto de los católicos se presenta mucho más dividido de lo que cualquier observador de la realidad española podía imaginar.
Pero resulta todavía más sorprendente la evolución de ese voto a lo largo del periodo 1977-1993. Como muestra el siguiente cuadro, el voto católico en favor del PSOE aumenta y da un salto relevante en las elecciones de 1993, mientras que se produce el fenómeno inverso respecto del Partido Popular.

El cuadro 1 es suficientemente elocuente y provoca, desde el punto de vista político, una cierta perplejidad. ¿Qué explicación puede darse al hecho de que con la política religiosa de los gobiernos socialistas, que ha provocado permanentes tensiones con la jerarquía católica (aborto, educación religiosa, libertad de enseñanza, asignación tributaria, tratamiento de los asuntos religiosos en los medios de comunicación de titularidad estatal), el electorado católico del PSOE se haya mantenido constante a lo largo de los años ochenta e incluso se haya incrementado relativamente en las elecciones de 1993?
Si la política socialista hacia el «mundo católico» hubiera sido de mano tendida, hubiera favorecido valores caros a la comunidad cristiana y hubiera satisfecho ciertas pretensiones de la institución eclesial en el marco de los Acuerdos Iglesia-Estado, el fenómeno hubiera tenido una explicación lógica. Pero, ciertamente, la realidad no ha sido así. Las relaciones Gobierno-jerarquía se han caracterizado en este periodo por una permanente tensión, aunque nunca se haya llegado a una situación de ruptura. No es objeto de estas líneas hacer un análisis de esas relaciones y de la actitud del Partido socialista hacia el fenómeno religioso y el catolicismo en particular, pero sumariamente se puede afirmar que Gobierno y Partido socialistas han mantenido una política de hostilidad hacia la presencia en el espacio público del catolicismo, procurando la disminución de su relevancia social.
Por otra parte, ¿cómo se puede interpretar el descenso de los católicos practicantes en el electorado del Partido Popular? ¿Es un signo de que se puede dar por superada la vieja identificación de derecha-catolicismo en España? ¿Ha influido en ello la propia evolución del Partido Popular? ¿Qué papel desempeña el factor religioso en las actitudes y opciones políticas de los españoles?
La respuesta a tales preguntas no puede ser sumaria. Estamos en presencia de uno de los elementos que muestra el profundo cambio operado en la sociedad española. En todo caso, la presente nota pretende esbozar algunas líneas de respuesta.
Los católicos en la España de hoy
La primera dificultad consiste en la delimitación del «mundo católico» en la España de los años 90. González Blasco se ha referido al «pluralismo» como una de las notas caracterizadoras del panorama católico español y ha distinguido hasta siete «tipos» de catolicismo en nuestra sociedad («nacional-catolicismo», «catolicismo difuso», «catolicismo expectante», «catolicismo light«, «catolicismo sincrético», «catolicismo de ‘fieles'», «catolicismo militante»). Esta tipología nos revela que nos encontramos ante un universo complejo, lo que hace extraordinariamente problemático la identificación como única categoría, en el plano sociológico, de lo católico.
Los españoles siguen en su inmensa mayoría autocalificándose como católicos. Diversas encuestas coinciden en que en torno al 87- 90% de españoles se declaran católicos, si bien en algunas regiones esta autocalificación empieza a disminuir significativamente. En Cataluña declaran pertenecer a la religión católica el 80% y en el País Vasco más Navarra el 73%1.

Este primer amplio círculo de católicos es el que se puede denominar católicos nominales o católicos de registro civil (para utilizar la expresión de Giuseppe Lazzati). Comprende desde los católicos militantes, los católicos practicantes hasta quienes no se han planteado un abandono de la religión católica y por motivaciones diversas (no romper con tradiciones, seguir los usos mayoritarios de una sociedad, una débil y difusa religiosidad, la influencia familiar) prefieren no romper sus vínculos más básicos con la religión católica.
La correspondencia entre esta autodeclaración de católicos y la práctica de los tres sacramentos más arraigados en la sociedad española (bautismo, matrimonio y primera comunión) resulta notable, como se muestra en los cuadros 2, 3 y 4.
De este amplio círculo de católicos, que podemos cifrar entre dos tercios y cuatro quintos de la sociedad española, la sociología religiosa maneja una distinción que, a nuestros efectos, resulta operativa: la que diferencia entre los católicos practicantes y los no (o poco) practicantes.
El círculo de los católicos practicantes es mucho más restringido: representa en España en torno al 30% de la población adulta, es decir algo menos de la mitad del círculo anterior. Las encuestas nos muestran que este segmento ha permanecido estable en el último decenio (31% en 1983; 30% en 1993), tras un espectacular descenso que se produce en la década de los setenta, como se pone de manifiesto en el cuadro 5. Como se verá más adelante, es previsible que este segmento sufra un nuevo descenso en los próximos años.
Ahora bien, ese 30% de católicos practicantes, cuya medición sociológica se hace en función de la habitual asistencia a la misa dominical, no se distribuye de manera homogenea entre la población española. Aparte de apreciables diferencias regionales -en las que no es posible entrar aquí-, la gran fractura se produce en razón de la edad. Los católicos practicantes se concentran fundamentalmente en la población superior a los 45 años de edad. (Cuadro 6).
Estos datos coinciden básicamente con los que se dispone sobre asistencia a misa por edades. (Cuadro 7)

Estos cuadros nos muestran con gran claridad la ruptura generacional que en materia religiosa se ha planteado en la sociedad española, lo que constituye un dato relevante tanto para la comprensión en su conjunto de nuestra sociedad como del mundo católico. Entre los menores de 45 años la práctica religiosa se ha convertido en un fenómeno minoritario, que podemos situar entre el 15 al 20% de la población. Incluso en familias de gran tradición católica y con una intensa práctica religiosa ha llegado este fenómeno. Se ha dicho – y creo que responde a la realidad- que más de la mitad de las familias en las que la generación de los abuelos tienen una práctica religiosa habitual, los nietos han pasado a formar parte del amplio círculo de los católicos no o poco practicantes.


Estamos en presencia, pues, de una mayoría de españoles (un 54% en 1993) que forman ese mundo del «catolicismo difuso», con diferentes variantes, que se caracteriza por la ausencia de la práctica religiosa como una necesidad vital, por una relativización de los dogmas, por una escasa identificación con la comunidad eclesial, por una tenue incidencia de los valores y preceptos cristianos en su moral, por un débil peso de las orientaciones moral-religiosas de sus pastores, que dejan de ser referencias relevantes en sus vidas. Queda probablemente un poso de «cultura cristiana», una titubeante apertura a la dimensión religiosa, una actitud que no quiere romper definitivamente con unas raíces e incuso una híbrida aceptación a participar en manifestaciones religiosas populares, cuya significación en la España de hoy es uno de los fenómenos más difíciles de calificar en el ámbito de la sociología religiosa.
En todo caso, en este segmento del catolicismo difuso todos los datos coinciden en señalar que la influencia del factor religioso en los comportamientos y actitudes sociopolíticas es sumamente escasa. La Iglesia apenas influye porque sencillamente no tiene ocasiones ni cauces para hacer llegar su voz. Roto el contacto directo y habitual, porque esos católicos han dejado de ser «fieles» en el sentido estricto, el mensaje de los pastores les llega indirectamente, a través de los grandes medios de comunicación, excesivamente fragmentario y desprovisto de contexto religioso sin el que un mensaje de esta índole queda desnaturalizado, y, por lo tanto, resulta reconocible. La pérdida de posiciones de la Iglesia en el espacio público hace muy difícil la captación de los mensajes religiosos y de su sentido a quienes no tienen una relación directa con el conjunto de las estructuras eclesiales.
En una sociedad secularizada, en efecto, el influjo de la Iglesia se centra fundamentalmente en los católicos practicantes, que -como hemos visto anteriormente- representan en la actualidad en torno al 30% de la población española.
Los cambios de la composición religiosa de los electorados del PSOE y del PP en las elecciones de 1993
Circunscribiéndonos, por lo tanto, a la incidencia religiosa del voto en el electorado compuesto por los «católicos practicantes», veíamos en el cuadro 1 cómo en 1993 se produjo un importante ascenso relativo del voto socialista en ese segmento de población. Desde 1979 el voto socialista se había mantenido relativamente estable en torno al 24-25% del electorado católico. Hay diversos estudios que revelan que desde los años setenta una parte del catolicismo español (incluso de su clero) se sintió atraída por la opción socialista, por considerar que respondía mejor a los ideales de solidaridad y de justicia social. La paradoja es que este significativo soporte electoral no varió -como hemos apuntado- la actitud del Partido socialista hacia el fenómeno religioso. Pero es en 1993 cuando se produce un salto de 8 puntos, llegando a representar el electorado católico casi un tercio del electorado total socialista.
La explicación de esta significativa variación no es otra que la profunda transformación que en los años 90 se produce en la composición sociodemográfica del electorado socialista. El voto socialista deja de ser dominante en el electorado masculino, joven, urbano e ilustrado, como lo fue en las primeras elecciones de la democracia, y pasa a ser un voto mayoritariamente femenino, rural y claramente envejecido. Respecto a la edad el cambio ha sido espectacular. Si en 1982 los votantes con más de 45 años representaban el 38% del electorado socialista, en 1993 alcanzaron el 53%. Y más aún, los votantes socialistas con más de 65 años constituían en 1982 el 9% del electorado socialista, mientras que en 1993 constituyeron el 25% de dicho electorado. Por el contrario, los votantes socialistas menores de 35 años eran el 42% del electorado del PSOE en 1982 y descendieron al 30% en 1993.3
Este nuevo perfil sociodemográfico del electorado socialista ha vuelto a repetirse en las elecciones locales del 28 de mayo de 1995. En ellas el PSOE ha conservado su carácter de partido rural, superando al pp en las poblaciones con menos de 50.000 habitantes, mientras que la diferencia en favor del pp en las poblaciones que superan esa cifra fue de 10 puntos. (38,7% para el PP; 28,9% para el PSOE).
En resumen, es en los ámbitos de población con más índice de práctica religiosa (la España rural y de edad superior a los 45 años) donde el PSOE ha mantenido una fuerte implantación electoral en los dos últimos comicios de 1993 y 1995. Como alguien gráficamente ha dicho, el mensaje socialista sobre las pensiones es la clave explicativa del fenómeno. Si el partido socialista pierde en el futuro ese electorado, es previsible un notable descenso del voto católico al PSOE.
Por el contrario, la composición religiosa del electorado del PP que se produce en las elecciones de 1993 nos parece que tiene un carácter más estructural. Los católicos practicantes han pasado a ser la mitad del electorado del Partido Popular. Y ello responde perfectamente a la nueva fisonomía sociodemográfica de su electorado. La España del futuro próximo está mejor retratada en el electorado del Partido Popular de 1993 y 1995, sobre todo porque su composición en cuanto a edad se ajusta a la actual pirámide de población. La diferente conducta religiosa de las generaciones que viven en España inevitablemente tendrá consecuencias en el futuro peso del factor religioso en los electorados. Lo sucedido respecto al PP en las últimas elecciones va indudablemente en esa dirección.
NOTAS
1 • Andrés Orizo, F., Los nuevos valores de los españoles, Fundación Santa María, Madrid, 1991, págs. 120-21.
2 • Se ha optado por poner en relación primeras comuniones con niños de 8 años por ser ésta la edad en que se hacen con mayor frecuencia.
3 • Los datos están tomados del trabajo «El regreso de la política», de José I. Wert, José J. Toharia, Rafael López Pintor, Claves, n°34, 1993, págs. 32 y ss.
Durante décadas, el Estado del Bienestar ha sido uno de los estandartes del pensamiento económico, ha dominado las políticas económicas y ha impregnado hasta las más finas capas de la sociedad europea. Atrás quedaban planteamientos donde los requerimientos de un presupuesto equilibrado y una intervención mínima del Estado reinaban en la escena económica.
El liberalismo pasó a un segundo plano: defender las ideas de Adam Smith o proclamarse seguidor de la escuela de la Public Choice era considerado en el primer caso un síntoma de antisolidaridad y, en el segundo, de algo que no se sabía bien lo que significaba.
El Estado «del Bienestar» lo será, pero probablemente solo del bienestar de unos pocos. Los costes de la maquinaria estatal han ido creciendo sin ningún tipo de control. La eficacia y la eficiencia en la gestión pública es cosa de unos locos que normalmente acaban siendo devorados por el propio sistema político.
La realidad, sin embargo, se acaba imponiendo. El largo plazo de las ideas keynesianas de los años 30 se ha convertido en nuestro corto plazo. De Keynes se recuerda, entre otras cosas, la frase aquella de «a largo plazo todos muertos». Pues bien, ya ha llegado ese momento.
El mercado ha de recuperar su protagonismo allí donde es más eficiente. Las políticas públicas no están exentas de costes y hay que medirlos junto a los hipotéticos beneficios y beneficiarios de las mismas. El Estado no podrá suspender pagos, pero los ciudadanos que lo financian sí pueden quebrar.
El Estado del Bienestar sostenible ha de ser, en primer lugar, sostenible; después, bienestar y por último -si no queda más remedio- Estado.
¿Quién sostiene la maquinaria estatal?
La famosa frase «Hacienda somos todos» es ilustrativa de lo que se pretende expresar en este apartado, aunque con una finalidad bien distinta a la del enfoque original con que fue acuñada: porque la utopía de convertir al Estado en una especie de «Robin Hood» no es solo un mito; es un mito al que la praxis, junto a los mecanismos propios de la inercia estatal, ha desmentido, dándole completamente la vuelta.
Si nos fijamos en el caso español y buscamos un ejemplo concreto en uno de los impuestos paradigmáticos de la solidaridad redistributiva teórica -el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas nos daremos cuenta perfectamente de la ilusión financiera en que se tiene atrapado al contribuyente.
Tomando las rentas comprendidas entre uno y seis millones de pesetas brutas -lo que no es ninguna exageración-, permitiendo colocar este segmento entre un nivel que podríamos calificar de clase media y baja, el conjunto de contribuyentes con esas rentas aporta a la recaudación total por IRPF el 70,4% del total.
A partir de una renta bruta de 2.600.000 pesetas, los contribuyentes españoles pagan una cuota superior al porcentaje de población que está sometida al impuesto. La progresividad empieza, pues, en unos niveles lo suficientemente bajos como para que empecemos a tener serias dudas acerca del carácter redistributivo real del impuesto.
Pero todavía hay más: si atendemos a los niveles de renta en los tramos por encima de los seis millones de pesetas, nos encontramos con que este subconjunto de población aporta poco más de un billón de pesetas.
No vamos a entrar en juicios de valor sobre la conveniencia o no de este reparto, porque el objetivo al que queremos llegar es otro: tenemos un billón de pesetas recaudado en los ámbitos superiores de la escala. ¿Es mucho o es poco? Atendiendo al volumen de gasto público que la recaudación ha de financiar, y que en estos momentos ronda el 50% del producto interior bruto, esto significa que ese billón de pesetas solo sirve para cubrir entre un 3 y un 4% del gasto total.
Lo cual quiere decir que la maquinaria estatal no tiene bastante con sacar dinero a los más ricos para financiarse, sino que el Estado nos necesita a todos. La redistribución solidaria del impuesto queda así convertida en un mero ejercicio especulativo donde la demagogia de las palabras puede más que los hechos.
La cuestión es que en un Estado de dimensiones más reducidas la redistribución de la renta a través de los impuestos, probablemente, podría tener alguna lógica; pero, desde luego, con una maquinaria que absorbe la mitad de la actividad económica del país, no solo pierde todo su sentido, sino que su aplicación provoca redistribuciones absolutamente perversas, con lo que acaba sucediendo justo lo contrario de lo que en teoría se pretende.
¿Hay que cambiar las reglas de juego?
La situación actual de nuestra todavía joven democracia nos obliga a reflexionar acerca de las relaciones de dependencia que existen -en uno u otro sentido— entre el papel del Estado en la economía y los sistemas de democracia representativa.
Este no es un tema nuevo: pueden encontrarse multitud de páginas de literatura económica que avalan esta relación. Uno de los pioneros en este campo fue el trabajo de Downs en 1957, Teoría económica de la democracia, en el que lanzó un mensaje que ha acabado por ser profético: «Los partidos formulan políticas que les permitan ganar las elecciones en lugar de ganar las elecciones con el fin de formular políticas». No menos contundentes fueron Buchanan y Wagner en su Déficit del sector público y democracia (1977), en el que señalaban que «la economía keynesiana ha proporcionado la independencia a los políticos; ha destrozado el límite efectivo a los apetitos ordinarios».
La tendencia inexorable del gasto público a crecer desmesuradamente en las democracias y las restricciones -cada día mayores- que los ciudadanos imponen a su disposición para soportar crecientes car gas impositivas bajo la bandera de la justicia distributiva, constituyen un lastre demasiado pesado para cualquier economía.
Con las actuales reglas del juego, es decir, el flujo actual de relaciones entre política y economía, la batalla está totalmente perdida.
Existen pruebas de esto, y bastantes contundentes, en la historia de la política económica reciente; por ejemplo, la experiencia reformadora del periodo Reagan me parece una buena muestra; quien quiera ilustrarlo puede leer el libro que escribió hace ya algunos años David Stockman, El triunfo de la política (Grijalbo), acerca del fracaso de los intentos de reconducir la inercia del sector público hacia la expansión pero sin cambiar las reglas sobre las que se sustenta el sistema de decisiones en la democracia. Y cito la experiencia norteamericana, aun cuando honestamente pienso que las economías europeas están todavía a años luz en la profundización de los mecanismos democráticos.
El firmamento financiero del gasto público está compuesto de minúsculas estrellas que iluminan y reclaman nuestra atención, o –mejor dicho- la de nuestra billetera.
La realidad es que mientras no se arbitren mecanismos de control con los que el ciudadano adquiera un mayor protagonismo en las decisiones económicas que toman los políticos, probablemente no haya solución. En definitiva, se trata de un cambio hacia la implantación de reglas más próximas a la democracia directa, donde las decisiones económicas se expliquen y debatan de forma pública y más próxima a los votantes. Que el ciudadano conozca el coste y el beneficio de las decisiones públicas es el requisito necesario.
Cuando Peter Tarnoff y Ricardo Alarcón se sentaron en Canadá para discutir sobre los conflictos migratorios entre Estados Unidos y Cuba, probablemente no se percataron de que tenían varias cosas en común. Los dos se habían saltado los canales diplomáticos convencionales debido a los conflictos entre sus presidentes y sus respectivas cancillerías. Castro no confiaba en Robaina y a Clinton le ocurría exactamente lo mismo con medio Departamento de Estado. Los dos habían leído sombríos análisis de sus organismos de inteligencia sobre probables disturbios en Cuba y en la base de Guantánamo en el entonces inminente verano. Los dos querían evitar que esto ocurriera. Alarcón, porque la crisis en Cuba es tan severa que cualquier incidente puede degenerar en una sangrienta revuelta callejera. Tarnoff, porque Clinton deseaba impedir a toda costa un motín de refugiados en una base militar norteamericana u otro episodio de miles de balseros flotando a la deriva hacia las playas de Florida, amenaza que ya se oteaba en el ambiente y de la cual comenzaban a verse los primeros síntomas.
Esas similitudes, sin embargo, oscurecían varias divergencias fundamentales. Mientras Tarnoff percibía la probable invasión de un nuevo ejército de balseros como un asunto meramente migratorio, para Alarcón -o para Castro, que es el verdadero ventn1ocuo y el arquitecto de la estrategia-, este repetido encontronazo con Washington era solo una táctica para lograr otros propósitos y forzar a los norteamericanos a sentarse a la mesa de negociaciones a tratar de forma integral las relaciones bilaterales. Era lo que los artilleros llaman un tiro por elevación. Me explico: el Comandante, como todos, leyó en la prensa que, en lo tocante a Cuba, el modesto objetivo manifestado por Clinton al llegar a la presidencia era «no tener problemas con Castro». Y como buen táctico, el viejo dictador dedujo que si quería modificar la política de Washington hacia La Habana, todo lo que tenía que hacer era crearle esos temidos problemas al nuevo inquilino de la Casa Blanca y luego eliminarlos a cambio de las concesiones que deseaba obtener. ¿Cuáles eran esas concesiones? En primer lugar, algo que resultaba indispensable tras la desaparición de la URSS: lograr el levantamiento del embargo económico y la normalización de las relaciones con el gobierno norteamericano sin tener que hacer cambios políticos y sin pactar con la oposición interna o externa la transición hacia la democracia.
Es dentro de esta visión general donde se inscribe el envío a Florida de los balseros en el verano de 1994; solo que los cálculos que entonces hizo Castro resultaron parcialmente incorrectos. Como había supuesto, Clinton no recurrió a la fuerza ni a las represalias militares para detener el éxodo, pero, sorprendentemente, tampoco se sentó a la mesa de negociaciones a discutir cuestiones globales. Se limitó a retener a los balseros cubanos en Guantánamo con la esperanza de que ellos mismos, por sus propios pies, regresaran a la Isla, persuadido, además, de que esta medida serviría como elemento inhibidor para que otros cubanos no siguieran el mismo camino. Naturalmente, las dos presunciones de Clinton resultaron erróneas: el 95% de los cubanos prefería permanecer en Guantánamo sine die antes que volver a Cuba, y otros muchos estaban dispuestos a seguir esa miserable suerte con tal de abandonar el «paraíso» de Castro. De manera que se había llegado a unas extrañas tablas: ni La Habana ni Washington lograron alcanzar sus metas, pero Castro quedaba en una mejor posición de juego. En cualquier momento podía volver a lanzar su «bomba migratoria», dado que Clinton, hombre tercamente pusilánime, como respuesta a ese acto hostil solo tenía planeada la ampliación de los campamentos de Guantánamo. Ya había previsto el asentamiento de otras 30.000 personas, pero en la Administración nadie tenía la menor idea sobre qué hacer con el balsero 60.001.
El chantaje de Castro y la pusilánime ambigüedad de Clinton
Con esas cartas en la mano, el gobierno cubano comenzó a amagar y a dar indicaciones de que podía recurrir de nuevo al envío masivo de refugiados si no se atendían sus peticiones de un diálogo abarcador y directo. En Washington tomaron buena nota del chantaje, pero los consejeros se dividieron inmediatamente entre quienes recetaban la mano dura y quienes proponían la conciliación y el apaciguamiento. Estos últimos, situados más cerca del corazón de Clinton, fueron quienes negociaron el acuerdo anunciado.
¿En qué punto estamos? Aparentemente, las dos partes han obtenido lo que se proponían. Por lo menos eso declaran. Castro inició una suerte de diálogo con Washington que ahora intentará profundizar utilizando un elemental silogismo que se articula de la siguiente manera: si la Casa Blanca no quiere desórdenes y riadas de exiliados cubanos, tendrá que aliviar la situación económica que atraviesa la Isla y reducir las tensiones; ergo lo razonable es que, sin condiciones, se levante el embargo, se normalicen las relaciones y se abandone la postura adversaria hasta ahora sostenida por ambos países. Ante esto, y para desesperación presente y futura de Castro, la posición de Clinton es mucho más equívoca y contradictoria. Atrapado entre los compromisos «electoreros» y su blanda espinal dorsal, el presidente norteamericano proclama por una parte su adhesión incondicional al embargo y a la Ley Torricelli, esto es, a la línea dura frente a La Habana, y por la otra accede a participar en una dinámica de negociaciones que conduciría exactamente al resultado contrario si se llevara hasta sus últimas consecuencias. En suma: la esquizofrenia total.
Es difícil, pues, que el panorama de fondo cambie sustancialmente tras este acuerdo migratorio. Felizmente, el 95% de los cubanos internados en Guantánamo alcanzará territorio norteamericano, aunque -a cambio- tendremos que contemplar el repugnante espectáculo de la colaboración entre Washington y La Habana en las tareas represivas contra los balseros cubanos. Sin embargo, es muy improbable que los objetivos de Castro puedan cumplirse. Un tipo pragmático, como Clinton, oportunistamente guiado por su instinto electoral, generalmente temeroso de las confrontaciones, siempre optará por la ambigüedad antes que arriesgarse a cambiar nada fundamental en las relaciones con Cuba, postergando las decisiones trascendentales hasta la llegada de un hipotético segundo período, algo que casi nadie cree posible. Tampoco me parece razonable esperar que los cubanos, que ya no pueden escapar en lancha, ahora opten por la rebelión. Eso es wishful thinking. Los cubanos no se rebelan porque no pueden, no porque tengan otras opciones mejores. A lo largo de toda la historia, menos hoy, los cubanos han elegido rebelarse antes que huir. Y ese cambio no se debe a una súbita disminución de la masa testicular u ovárica de la población, donde se supone que radica la audacia, sino a la falta de escrúpulos, a la crueldad y la apabullante eficiencia del aparato represivo.
En síntesis: seguimos aproximadamente en la misma página del penúltimo capítulo, sin que nada sustancial haya cambiado. Aunque el señor Tamoff no se lo crea. Aunque un risueño Alarcón le haya contado a su ventn1ocuo que triunfó en Canadá y luego se haya quedado muy tranquilo fumándose un delicioso habano. Se equivoca.