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Ver productosAunque era un tema que venía arrastrándose en el funcionamiento de muchos Ayuntamientos y algunas Comunidades Autónomas, las recientes elecciones anticipadas de Andalucía, forzadas por la imposibilidad del Gobierno autónomo de sacar adelante durante dos años seguidos los Presupuestos, hacen que merezca la pena una reflexión sobre un fenómeno que puede generalizarse en nuestro sistema político: que un gobierno nacional, regional o local, nombrado de acuerdo con la Constitución o las leyes, no pueda desempeñar su función y sus obligaciones por la actuación de otros grupos que votan sistemáticamente en contra de los Proyectos de Ley, incluido el Presupuesto, pero que tampoco son capaces de elaborar una alternativa política de gobierno.
Nuestra Constitución define a España como un Estado democrático que propugna, entre otros, como valores superiores de su ordenamiento jurídico, la libertad y el pluralismo político. Fruto de ese carácter y de esos valores es la existencia de unas Cortes Generales que representan al pueblo español y ejercen la potestad legislativa y el control de la acción del Gobierno. Además, una parte de esas Cortes Generales, el Congreso de los Diputados, tiene la facultad y la obligación de elegir, a propuesta del Rey, un Presidente del Gobierno que, a su vez, propondrá al Rey los miembros del Gobierno. Las Comunidades Autónomas, inspiradas en los mismos criterios de técnica política, bien en sus Estatutos, bien en sus Leyes, han establecido un sistema parecido de elección del Presidente del respectivo Gobierno autónomo, si bien con menor protagonismo de la Corona, que solo nombra al Presidente de la Comunidad a propuesta del Parlamento autónomo.
Este mecanismo, aparentemente tan sencillo, a veces se complica como consecuencia del pluralismo político que se refleja en la composición del Congreso de los Diputados o de las Cámaras autonómicas. Tanto nuestra Constitución como las normas que regulan la elección de los presidentes de las comunidades autónomas prevén la situación ideal de que el propuesto obtenga la mayoría absoluta de los votos de la Cámara: será un presidente con la confianza de los representantes de la mayoría del pueblo representado. No hace falta que esa confianza se la hayan dado solo los que con el candidato concurrieron a las elecciones en sus mismas filas, sino que es posible que anteriores adversarios den sus votos al propuesto, o incluso que se organice una mayoría absoluta formada por grupos minoritarios en la que no estuviese presente el partido más votado popularmente.
Pero esas normas también prevén que, como consecuencia de la diversidad de partidos presentes en la Cámara, no haya esa mayoría absoluta, estableciéndose la posibilidad de una nueva votación en la que el candidato saldrá elegido con mayoría relativa. Y para el caso de que el propuesto no lo lograse en la segunda votación, también se prevén sucesivas propuestas de candidatos a la Presidencia del Gobierno o de la Comunidad Autónoma, con la misma doble votación en la que también puede darse el caso de que haya acuerdos entre grupos distintos para apoyar un proyecto conjunto. Finalmente, si en un plazo determinado de dos meses la Cámara no consigue elegir a nadie, se prevé novedosamente en la historia del constitucionalismo la disolución anticipada automática y la convocatoria de nuevas elecciones en el caso del Presidente del Gobierno y la mayoría de las comunidades autónomas, norma que no se establece en otras comunidades autónomas que hacen recaer la Presidencia del Gobierno autonómico en el candidato del partido con mayor número de escaños, o que restringen la segunda votación a los dos candidatos con más votos en la primera.
La experiencia hasta ahora ha demostrado que no ha sido preciso llegar -ni en España ni en ninguna de sus comunidades autónomas- a la disolución de las Cámaras por este motivo, pero sí que se han elegido Presidentes del Gobierno y Presidentes autonómicos con mayoría simple. Sin embargo, ni la Constitución ni los Estatutos de Autonomía dan a los Presidentes minoritarios un trato menos favorable que si hubieran sido elegidos por arrolladora mayoría absoluta. Una vez nombrados Presidentes del Gobierno o de la Comunidad Autónoma, tienen todas las facultades que las normas superiores atribuyen al cargo, y no pueden ser cesados por la Cámara que los eligió nada más que mediante una moción de censura constructiva aprobada por mayoría absoluta. Cosa distinta sería la del sometimiento voluntario a moción de confianza y su pérdida, pero en ese caso la iniciativa es del Presidente del Gobierno o de la Comunidad Autónoma, y no es objeto de estas notas.
Un sistema parecido se ha establecido para las Corporaciones locales, en las que el Presidente o Alcalde resulta elegido por los Diputados y Concejales por mayoría absoluta entre los que encabecen las listas que hayan obtenido representación en la corporación. Y si ninguno de ellos lo logra a la primera votación, se proclama Presidente o Alcalde al que encabece la lista más votada. El nombrado asume plenamente las competencias de su cargo y solo puede ser cesado mediante una moción de censura constructiva propuesta y aprobada por la mayoría absoluta de los miembros de la corporación. Esta situación de gobierno minoritario en las Corporaciones locales es relativamente frecuente.
De todo ello se deduce que nuestro ordenamiento jurídico político tiene como uno de sus principios el que el gobierno recaiga en quien tenga el respaldo de la mayoría de los representantes de los electores de la demarcación a gobernar, aunque no haya sido quien más votos populares o escaños haya obtenido; pero si tal mayoría no existe o no se forma, nuestro sistema establece que corresponde la potestad y el deber de desempeñar el gobierno a quien tenga más respaldo que otros, bien de los representantes de los electores, bien directamente de éstos. Este principio está plenamente recogido en la Constitución, en la mayoría de los Estatutos de Autonomía y en la Ley Orgánica del Régimen Electoral General. Puede decirse que es uno de los principios generales de nuestro Derecho Político, y debe servir de referencia a la actuación de los grupos políticos que participan en el juego democrático.
A lo largo de la historia de los regímenes políticos parlamentarios, se han dado múltiples casos de situaciones de ingobernabilidad, por la debilidad del Gobierno, sometido a los vaivenes de los grupos parlamentarios que ponían y quitaban Presidentes o Jefes de Gobierno con bastante alegría. Para evitar que eso ocurriese en sistemas políticos de nueva implantación, o para acabar con situaciones existentes, se ha acudido a fórmulas presidencialistas, con un Gobierno nacido directamente de una elección popular, con o sin mayoría absoluta, a una o dos vueltas, o a sistemas electorales que potencian la representación de los grupos con más respaldo en detrimento de los grupos menores.
Nuestra Constitución, los Estatutos de Autonomía y la Ley Electoral General, optando por el sistema de representación proporcional que permite un mejor reflejo del pluralismo político, han establecido como mecanismo de estabilidad de los gobiernos el exigir para su destitución una moción de censura constructiva. De esta forma, hace falta que una mayoría absoluta de los miembros del Congreso de los Diputados, del Parlamento Autonómico o Corporación Local, voten a favor de un nuevo Presidente del Gobierno, Presidente o Alcalde, para cesar al anterior. Y mientras esa nueva mayoría no se forme, el que desempeña el cargo tiene el derecho y el deber de ejercerlo con la plenitud de sus atribuciones.
La práctica nos demuestra que la amplitud de facultades de un Gobierno en cualquier ámbito, hace posible gestionar en minoría sin grandes problemas. Hay que cuidar las leyes, de forma que sean aceptadas por algún otro grupo o conseguir que algún sector se abstenga, negociar, etc.; pero se funciona. El problema surge cuando se llega al Presupuesto, que es una norma en la que se refleja la política a seguir por el Ejecutivo durante un año.
Una de las competencias que la Constitución, los Estatutos y la legislación de Régimen Local reservan al Gobierno de la Nación o de las Comunidades autónomas, Presidentes de Corporaciones locales o Alcaldes, es la de la elaboración del Presupuesto anual, que es el documento en que se recogen todos los gastos e ingresos del sector público de la demarcación y, por tanto, donde se establecen los límites económicos de la actuación de la Administración correspondiente. Esta iniciativa no puede ser sustituida por las Cámaras o Corporaciones. Y en su debate, enmienda o aprobación, ni las Cortes Generales ni las Cámaras autonómicas pueden introducir, sin consentimiento del respectivo gobierno, modificaciones que impliquen aumento del gasto o disminución de los ingresos. En las Corporaciones locales, la prohibición del déficit inicial, que vincula a Presidentes y Alcaldes y a toda la Corporación, limita igualmente la libertad de los Plenos para modificar el proyecto de Presupuesto elaborado por el Presidente.
Debe entenderse que la existencia de un Presupuesto es requisito básico para el funcionamiento de la Administración Pública: no solo por su naturaleza, sino por el imperativo que la Constitución, los Estatutos y la Ley de Haciendas Locales establecen tanto para el titular del Ejecutivo como para su tramitación. Y si existe la obligación de presentar y tramitar un presupuesto, en cuya discusión y aprobación las Cámaras tienen limitaciones, no parece de recibo un rechazo sistemático y generalizado del Presupuesto presentado. El devolver el Presupuesto al Ejecutivo mediante una enmienda a la totalidad aprobada tiene que ir unida o bien a una moción de censura constructiva para formar un Gobierno que desarrolle esos otros criterios políticos de la Cámara, o bien a unas Bases precisas de las que pueda elaborarse un nuevo Presupuesto alternativo que no pueda ser nuevamente rechazado. Quizás sería conveniente que algún mecanismo de ese tipo se pactase o incluso se plasmase en texto legal.
El bloqueo o asedio a un Gobierno minoritario por la vía presupuestaria es una vía ilegítima de impedir la actuación de las prerrogativas gubernamentales. Nuestro sistema político, para evitar aquellas situaciones extremas como las de la República de Weimar, en la que los partidos eran capaces de derribar gobiernos pero incapaces de sostenerlos, establece con carácter general la necesidad de mociones de censura constructivas. Y tratar de derribar los Gobiernos por otro sistema, en el que se evita la responsabilidad de nombrar nuevo Presidente del Gobierno, debe entenderse un fraude a los principios constitucionales. La responsabilidad de los dirigentes políticos tiene que evitar que se caiga en situaciones semejantes, porque no solo se está alterando el mecanismo constitucional, sino que por el desgobierno en que se termina se puede poner en peligro el mismo sistema.
La representación de la pluralidad de valores e intereses sociales, económicos e ideológicos presentes en la sociedad española quedó fuertemente desequilibrada tras las elecciones legislativas de 1982, en las que desapareció políticamente el centro-derecha. El colapso de la UCD en aquellas elecciones y la abrumadora mayoría obtenida por el PSOE, consecuencia en buena medida del hundimiento del grupo centrista, configuró un sistema de partidos caracterizado por una nula competitividad interpartidista que hacía imposible la hipótesis de la alternancia política.
Durante la década de los ochenta el estancamiento electoral de Alianza Popular parecía hacer inviable la reconstrucción del centroderecha desde esa formación. Sin embargo, la renovación política y generacional que se produce en ese partido a comienzos de 1990 da sus primeros frutos en las elecciones municipales y autonómicas de 1991, anunciándose ya entonces un cambio de tendencia en sus posibilidades electorales. La distancia entre el PSOE y el PP era, en aquel momento, de catorce puntos, lo que llevó a algunos reputados analistas políticos a considerar que -con ese ritmo de aproximación- la alternancia no llegaría antes del 2025. Este tipo de lectura electoral despreciaba el hecho significativo -que desde esta revista subrayaba entonces yo misma- del gran avance del Partido Popular en los núcleos urbanos más habitados hasta el punto de ser el grupo más votado en casi la mitad de las capitales de provincia.
Dos años después de aquellas elecciones, la reconstrucción política del centro-derecha, ya tímidamente iniciada, se convirtió en un hecho. Los resultados de las elecciones legislativas de 1993 configuraron un nuevo sistema de partidos en el que la competencia interpartidista alcanzó unos niveles desconocidos desde las elecciones de 1979, rompiendo con la serie de mayorías absolutas de la década anterior: la posibilidad de la alternancia reapareció en nuestro sistema político tras once años de ausencia.
Los resultados de las elecciones del pasado tres de marzo reproducen el sistema de partidos que generaron las elecciones de 1993, de manera que ahora, como entonces, se ha ampliado el número de actores necesarios tanto para la formación del gobierno como para garantizar su acción de forma estable. Las coincidencias entre las elecciones de 1993 y 1996 son numerosas pero son más significativas sus divergencias, al haberse producido un cambio de actor en el papel de personaje principal del sistema.
Con nueve millones seiscientos mil votos, el Partido Popular vence en las pasadas elecciones del 3 de marzo, concluyendo así el largo camino que, bajo el prisma de la reconstrucción del centro-derecha, inicia en 1982. El apoyo electoral al Partido Popular ha sido muy similar al obtenido (en número de votos) por el PSOE en 1982, y porcentualmente igual al de este partido en las elecciones legislativas de 1989 –en las que logró, prácticamente, su tercera mayoría absoluta-, pero ahora esos votos y ese porcentaje alcanzados por el PP solo han podido traducirse en 156 escaños porque -a diferencia de lo ocurrido en aquellas elecciones- el resultado del segundo partido se distancia poco del obtenido por el partido vencedor.
El PP ha tenido una exitosa trayectoria electoral entre 1991 y 1996, en menos de cinco años ha alcanzado dos metas: superar el estancamiento en el que permaneció durante los años ochenta, y ganar unas elecciones a un partido que durante largo tiempo había gozado de mayorías absolutas.
Vencer en unas elecciones desde la oposición resulta siempre más difícil que hacerlo desde el Gobierno. Invariablemente, el partido del gobierno, o el candidato que se presenta a la reelección, parten de una posición más favorable (es lo que los alemanes denominan «el bono del Canciller» o lo que los que los norteamericanos interpretan como ventaja sistemática del Incumbement sobre el Challenger). Es muy plausible que el Partido Popular haya logrado casi todos los votos que podía obtener, considerando que afrontaba las elecciones desde la oposición, y que la existencia de partidos nacionalistas moderados, con fuertes apoyos electorales, sustrae un importante potencial de votos a una opción de centro-derecha de ámbito nacional. Pero igualmente razonable resulta creer algo que habrá que contrastar con los datos de las encuestas post-electorales, a saber: que la gran diferencia entre pp y PSOE, pronosticada por todos los sondeos publicados, haya movilizado en favor del Partido Socialista a un número de sus anteriores votantes que en esta ocasión se sentían inicialmente inclinados a la abstención o a otorgar su apoyo a Izquierda Unida.
Es imposible determinar qué hubiera ocurrido si la diferencia de votos pronosticada hubiese sido más ajustada, y si la estrategia electoral del PP no se hubiera definido a partir de una victoria dada por descontado. Muy probablemente, los resultados no habrían variado extraordinariamente. En mi opinión, tiene escaso fundamento, por las razones antes aludidas, pensar que el triunfo del PP se habría producido, en ese caso, por mayoría absoluta. Simplemente haber superado la cifra de los 160 escaños, (que habría supuesto para el PSOE un número inferior a 140), habría evitado al PP muchos de los enojosos prolegómenos que ha tenido que afrontar al iniciar las negociaciones para la formación del gobierno.
En los sistemas democráticos, todas las elecciones tienen esencialmente un mismo y extraordinario valor: constituyen la forma más importante de participación política de los ciudadanos. Cada elección puede, sin embargo, ofrecer valores adicionales al sistema democrático. El valor específico de los resultados electorales del 3 de marzo está en la plena consolidación de una formación política de centro-derecha, lo que significa reencontrar un equilibrio en la representación política que se había perdido desde 1982. Y en esa misma medida se recupera la posibilidad de la alternancia en una u otra dirección, lo que resulta, más allá de las propias simpatías políticas, beneficioso para nuestra democracia.
Los resultados electorales del 3 de marzo han sido sorprendentes y no han atendido a la demanda de estabilidad que necesitaba el país después de una azarosa legislatura anterior. Desde el respeto absoluto a la voluntad soberana de los ciudadanos, libremente expresada en las urnas, corresponde a los políticos establecer los acuerdos políticos necesarios para procurar, a posteriori, un marco estable que permita la gobernabilidad del país (que es tanto como decir la defensa de los intereses generales de los ciudadanos y la contribución a la resolución de sus problemas). El Partido Popular ha ganado limpia y democráticamente las elecciones, superando la inercia del miedo, los serviciales medios de comunicación públicos, otros medios de comunicación afines en comisión de servicio y -sobre todo- una estrategia política del PSOE basada en la división del país.
Los españoles han decidido; seguramente no sabían cuál iba a ser la foto final, y ahora a algunos posiblemente no les gusta la que pueden tener en la mesilla de noche en los próximos cuatro años, pero a los políticos les corresponde solo interpretar e intentar resolver las realidades políticas. En democracia, las mayorías las orientan los ciudadanos con su voto.
Desde la órbita socialista, las consecuencias apuntan a que Felipe González, con este resultado electoral, va a poder congelar la renovación del PSOE (que inexcusablemente pasa por su relegación del liderazgo del Partido Socialista). También entra dentro de lo previsible que, desde la oposición, o desde la Presidencia del Gobierno en funciones si hubiera elecciones, su partido pueda avanzar en la hegemonía de la izquierda, reduciendo a Izquierda Unida a un papel simbólico. Parece que Felipe González, que con frecuencia hace coincidir sus intereses con otros más generales, cree, como manifestó en Linares, que éste es el mejor resultado posible. Dado que no es el mejor resultado posible para el conjunto del país, es fácil deducir que lo que está pensando es que es el mejor resultado para él. En fin, que el resultado electoral parece tranquilizarle.
Tres semanas después de las elecciones y una vez producido el encuentro Pujol-Aznar -que «desbloquea el clima», «rompe el hielo» y «fortalece los puentes» (incluido el aéreo)-, lo único cierto es que el país sigue esperando un acuerdo que nos permita bajarnos de la actual noria para que el país simplemente ande. El Partido Popular está cumpliendo fielmente con sus obligaciones y con el mandato recibido; muy especialmente su Presidente, intentando de buena fe aproximar posturas con los nacionalistas catalanes y vascos; con los canarios ya lo ha conseguido.
Eso se está haciendo desde el liderazgo de un partido nacional que tiene un proyecto común y plural para España. El reconocimiento de la pluralidad de España deriva de la histórica Constitución de 1978 y de los Estatutos de Autonomía vasco y catalán, que recogen sus aspiraciones de autogobierno y cuyo desarrollo estatutario no está concluido. Galicia y Andalucía, comunidades autónomas que lo fueron por la vía del artículo 151, también tienen en sus respectivos Estatutos de Autonomía un camino que recorrer. El resto de las Comunidades Autónomas, por tener hechos diferenciales menos pronunciados o por simple sensatez política, fueron reconducidas a otra vía de acceso a su autonomía donde prima más el carácter administrativo que el político.
Hay, por lo tanto, una invitación a cumplir lo que los españoles decidimos hace dieciocho años en la Constitución española y en los Estatutos. Es muy importante resaltar que el Partido Popular no es un partido «nacionalista español», y, por tanto, tampoco parece probable que por «tomar el poder» (es su obligación moral, política y constitucional intentarlo, al ser el partido más votado) vaya a convertirse en un partido nacionalista (catalán o vasco). España es plural, Cataluña y el País Vasco también lo son, como se ve en los resultados electorales en esas comunidades. Por lo tanto, es necesario que la tolerancia sea recíproca y que nadie pueda ser descalificado por no compartir ideas o conceptos a los que no está obligado. El Partido Popular concurrió a las elecciones con un programa que pretendía modernizar España de verdad. Y modernizar España consiste en: si es plural, hacerla plural; si el país tiene una Administración ineficaz y fotocopiada por triplicado, que tenga una única Administración eficaz; modernizarla es encontrar puntos de equilibrio entre la corresponsabilidad fiscal y la solidaridad, porque de lo contrario España se descompensaría, y el país no se estaría modernizando, sino fomentando privilegios y desigualdades. La corresponsabilidad fiscal lleva aparejada la responsabilidad en la gestión del gasto público («quien cobra, paga») y además la de contribuir solidariamente en un porcentaje al mantenimiento y desarrollo de las comunidades más pobres.
Por lo tanto, hay que buscar puntos de encuentro en el camino que marca la Constitución. Este camino no se recorre en un día, y no debe ser simplificado: hay que hacerlo descendiendo a los puntos y a las comas. El reto histórico es integrar generosamente a los nacionalistas vascos y catalanes en un proyecto común que respeta e impulsa sus peculiaridades, y que además debería servir para potenciar las posiciones catalanistas y vasquistas del Partido Popular en esas comunidades, como ha ocurrido con el PSOE en Cataluña y en el País Vasco. Estamos en una calle, en suma, de doble dirección: el proyecto político es tan ambicioso y serio que no podrá estar concluido en una sola legislatura. Lo importante ahora es el compromiso político, el proyecto, la confianza mutua y el diálogo. La aplicación correcta de lo pactado, en tiempo y forma, es tan serio que no puede imponerse de la noche a la mañana.
España, Cataluña, el País Vasco, Canarias -toda España- esperan una solución que respete el veredicto de las urnas. Trabajar juntos es el camino. Nadie entendería ni perdonaría las posturas maximalistas, ni los órdagos, ni las resistencias numantinas, ni las piedras en el camino que impidieran formar ese Gobierno que España necesita. No valen los dobles juegos de traspasos ejemplares del poder al mismo tiempo que la denuncia de riesgos inexistentes o irresponsables acerca de la cohesión territorial y nacional del país; el todo o nada de unos o de otros no abrirá nunca camino. Hay que intentar el acuerdo y explicar con transparencia la grandeza de lo que se pretende, tanto si se consigue el objetivo como si no. La responsabilidad personal y política, la humildad, la templanza, el diálogo sin límites, la generosidad, las buenas formas y la visión histórica son referencias que no sabemos si conducen a la tierra prometida, pero sí conducen a poder presentarse ante los ciudadanos con la mirada limpia y la conciencia tranquila. El límite es la ley, es decir: la Constitución y los Estatutos; el proyecto es el de una auténtica transformación del Estado: para que el país sea más eficaz, esté más cohesionado -lo que se conseguirá al romper tabúes, preservando las señas de identidad de cada cual- y sea más solidario, sintiéndonos todos más cómodos en la gran tarea -plural pero común- de España.
Se equivocan los que ostentan el Gobierno en funciones de este país (y por tanto son responsables de todo lo que ocurra en España hasta que se forme el nuevo Gobierno) al estar, cuando el acuerdo parece imposible, animando a que se produzca, y cuando el acuerdo es posible sembrando dudas sobre su coste. Hay que saber perder, y no podrá presentarse como salvador ni como la solución, en unas posibles elecciones que no hay que descartar, el partido de la doble cara, el de la España en blanco y negro, el que mueve los hilos desde las cavernas del poder para impedir que la alternancia que han querido los españoles por 300.000 votos (aunque hubiera sido por un solo voto habría tenido la misma legitimidad) se produzca. Hay que hacer lo que hay que hacer, porque cumplir con el deber es siempre válido, cualquiera que sea la hipótesis con la que se trabaja. Ojalá que por el bien de los españoles y de la España plural se produzca un buen acuerdo que sane la parálisis actual y envíe a los que han perdido las elecciones a cumplir la tarea de una digna oposición. El país necesita una salida política: esperemos que los que por mandato de los ciudadanos son la llave abran las puertas del cambio y no las cierren, desentendiéndose de un proyecto que debería ser común.
En una conversación con NUEVA REVISTA (Nº 11, febrero de 1991, págs. 6 y ss.) el Presidente Pujol nos habló, hace ahora cinco años, de «lo que creo yo que son las tres dimensiones históricas de Cataluña».
La primera de ellas sería la carolingia o continental: tres siglos al borde de los Pirineos (realmente fueron poco más de dos) y mirando al continente. La «Marca Hispanica», como se llamaba en latín a esa franja de territorio, era la frontera meridional del Imperio. Cataluña habría nacido allí, más bien al norte que al sur de la cordillera. (Wifredo, el primer conde independiente de Barcelona -añado yo- era carcasonés). La segunda es la española. Esa nueva «vocacion catalana», la peninsular, habría pasado de un segundo lugar al primero cuando el conde de Barcelona se convirtió en Rey de Aragón el año 1137, dando comienzo a la dinastía catalana de la confederacion.
Casi un siglo después, uno de los grandes reyes de esa estirpe, Jaime Iel Conquistador, que recuperaría Valencia para la España cristiana, conquistó antes Mallorca estrenando la tercera vocación de Cataluña, la mediterránea, sobre cuyo origen nos contó también el presidente una bella historia. Cuando el rey don Jaime, muy joven todavía, regresaba de su cautiverio en el sur de Francia para ocupar al trono de sus mayores, «los nobles occitanos, que habían sido desposeídos de sus tierras, van a verle y le piden ayuda para hacer una guerra de reconquista». El monarca, que se proponía emprender una acción sobre Mallorca, les invitó a tomar parte en ella. «Yo les daré en Mallorca lo que han perdido en Occitania». Ahí nacería la vocación mediterránea. Cataluña, decía entonces Pujol, «tiene que posicionarse de acuerdo con esos tres componentes: el español que, en ciertos aspectos (sic!), evidentemente es el más importante, el europeo, por genealogía tan importante como el español, y el mediterráneo, que es más secundario, porque en realidad está dentro de lo español y de lo eu ropeo». «Tenemos que intentar -añadía Pujol- reunir las tres cosas: dar la espalda a nuestra vocación española no tiene sentido, lo europeo es esencial y lo mediterráneo adereza esto».
Sin necesidad de acudir a muchas erudiciones, se puede afirmar que, entre las tres vocaciones, la hispánica es la principal. La Cataluña del «Millenum» -la tata Catalonia, que se dijo en la Alta Edad Media- cobró cuerpo y consistencia cuando los condes se separaron del Imperio y del reino de los francos y reconquistaron al sur de la Marca territorios árabes, que fueron repoblados por hispanos de las zonas limítrofes. Y con don Jaime, Mallorca y las Baleares -vinculadas a Hispania desde tiempos de Cartago y Roma-, acogerían a catalanes occitanos desplazados desde viejos espacios carolingios.
Poco después de la conquista de Mallorca tuvo lugar la de Valencia y la de las tierras hasta el rincón sudeste de la península, donde el monarca catalano-aragonés limitaba con su yerno, Alfonso el Sabio de Castilla y de León.
Igual que en las Baleares, la lengua de los catalanes, el «lemosín» de entonces, se extendió también por esas regiones de la península. En el siglo XVI, el valenciano Luis Vives recoge una historia que dice haber leído en viejas crónicas de su tierra. Según ella, tras la conquista por Don Jaime, el reino de Valencia habría sido repoblado con varones procedentes de Aragón y mujeres leridanas, a lo que el humanista atribuye la comunidad lingüística de los territorios de la España mediterránea, porque los hijos suelen aprender la lengua de las madres.
En los siglos posteriores, Cataluña ha vivido siempre su principal vocación histórica, la hispánica, en una larga serie de amores y desencuentros con otras culturas peninsulares, sin pérdida de su identidad, y, en líneas generales, con la efectiva solidaridad y el respeto de sus compatriotas españoles. Desde Boscán y Garcilaso a Maragall y Unamuno, los paralelos y las fraternidades intrapeninsulares son más que frecuentes en las letras, en el arte, en la política, etc.
El nacionalismo político catalán, que hoy tiene su más significativa representación en la coalición de Convergencia i Unió, se forjó progresivamente desde mediados del siglo XIX en virtud de la confluencia de diversos procesos políticos y culturales. No hay lugar aquí para narrarlo, pero sí para señalar que esa historia conoce un punto de inflexión que la parte en dos entre los años de 1977 y 1979: los del regreso de Tarradellas, la elaboración de la Constitución y la aprobación del Estatuto.
Duran te el siglo y pico que transcurrió desde las primeras manifestaciones políticas «nacionalistas» (con ese nombre o con otro) hasta 1977, la «cuestión catalana» se planteó, sustancialmente, en un juego de «reivindicación» y «concesiones», aunque a veces concluyera en pacto.
Pero en 1977 tomó la palabra el Gobierno de la nación, restableciendo la Generalidad de Cataluña con su presidente Tarradellas, exiliado hasta entonces, al frente de la institución. En el proceso costituyente, los políticos catalanes tuvieron una voz activa y con frecuencia decisoria. En la aprobación del Estatuto, igual. Así como en el gobierno general de la nación, porque el Estado español es una monarquía parlamentaria en la que gobiernan las Cortes, q ue legislan, controlan y sostienen Presidentes y Gabinetes. Y los catalanistas de Convergencia han asumido en ellas sus responsabilidades con toda la nación.
La doctrina de la «dimensión española» de que nos hablaba entonces Pujol no es un invento de ahora, sino que tiene notables precedentes. El historiador Jesús Pabón recoge unas palabras de Puig y Cadafalch el 13 de junio de 1907, que venían tras otra intervención del también diputado catalán Amadeo Hurtado, que había alineado en una relación de agravios a Maura con el CondeDuque de Olivares y con episodios de otras épocas. Puig, por el contrario, dijo: «representamos mejor que nadie la unidad nacional. El federalismo la haría depender del voto de los individuos. Nosotros la fundamos en las mismas rocas de la historia y de la naturaleza».
Durante los veinte años transcurridos desde el parlamento democrático de 1977, los catalanistas han sostenido al gobierno o han ejercido la oposición según los asuntos y el mérito que en ellos apreciaban, y han apoyado o no investiduras. «Ara decidirem» ha sido su lema: en la pasada legislatura lo lograron.
Sin entrar en coalición, pactaron con los socialistas no solo los votos parlamentarios, sino programas y acciones de gobierno. Las Cortes no las disolvió González, sino Pujo!. Ahora, en Cataluña igual que en el País Vasco, los «nacionalistas» han obtenido menos sufragios que las candidaturas de los partidos estatales. También esos electores de sus tierras, que no les han votado, deben ser tenidos en cuenta por los «nacionalistas». Porque, tras las elecciones, el país se encuentra con que son precisamente esas minorías «nacionalistas» las que se hallan en condiciones de facilitar un gobierno sólido y estable. Hay un consenso bastante general acerca de la necesidad de que ese gobierno se haga. Y la política, como dijo De Gaulle, es el arte de hacer posible lo necesario.
Populares y nacionalistas -los vascos también- son quienes tienen que acordarlo. El electorado ya ha dicho a los socialistas que no. A. F.
José del Río Sainz (Santander, 1884-Madrid, 1964) estudió Náutica en su ciudad natal y navegó durante muchos años como capitán de barco por esos mares de Dios, aprehendiendo la variedad del mundo y la inanidad de las cosas. Se dedicó más tarde al periodismo, popularizando el pseudónimo de «Pick» tanto en la prensa cántabra como en la nacional. En el ínterin, había ido publicando libros de poemas como Versos del mar y de los viajes (1912), La belleza y el dolor de la guerra. Versos de un neutral (1922), Hampa (1923) y Versos del mar y otros poemas (1924 y 1925). Es autor, también, de una estupenda obra de teatro (La amazona de Estella, 1926) y de documentadas biografías de Nelson, Zumalacárregui y Churchill. Tradujo, entre otros libros, La maga de la montaña, de Sir Walter Scott.
Si bellos son los poemas de asunto marinero de José del Río, aún lo son más los que componen la serie de Hampa, uno de los libros más frescos, originales y divertidos de la poesía española del siglo XX (además de un objeto memorable, adornado con unas bellísimas maderas que constituyen la única obra gráfica conocida de Pancho Cossío). En Hampa, del Río, desde su experiencia de marino desengañado, nos habla de ese lado oscuro que todos intentamos ocultar, muy en la línea postmodernista de la «poesía canalla». Ofrezco a continuación el último poema de Hampa, «Apelación» (págs. 103-105), en el que el poeta justifica la hechura de su libro, y un maravilloso soneto publicado en el raro volumen colectivo Sonatina al soneto (Santander, Talleres tipográficos de El Diario Montañés, 1935, pág. 59).
APELACIÓN
Burguesitas románticas, sensitivas Ofelias,
que lloráis viendo La Dama de las Camelias;
a vosotras someto mi libro taciturno,
que los hombres sin alma tacharán de inmoral
porque pinto un estado social que, cual Saturno,
a sus hijos devora en un festín bestial.
Muchachitas de tierno corazón, sed mis jueces;
si el cáliz de la vida muestro lleno de heces,
no es para recrearme con el licor viscoso,
sino por ver si presto un latido piadoso
al corazón del mundo.
La vida es una sima y en su fondo profundo,
oculta por la capa de un espejo radioso,
de un rosicler jocundo,
hay mucho negro légamo, hay mucho turbio poso.
Margarita Gautier, la de tierna raigambre,
no es la más desgraciada flor de este mundo abyecto;
ella no sufrió apenas los mordiscos del hambre
y murió consolada por un amante afecto.
¡ Ay, las que caen comidas de tisis y gangrenas
en salas de hospitales frías cual catacumbas,
y el ansia de ser puras y el ansia de ser buenas
como un sueño imposible se llevan a las tumbas!
Esas hoscas mujeres, pesadillas que oprimen
el ánimo y que a veces resbalan hasta el crimen,
quizá dentro llevaban un ángel del hogar
y empezaron su vida con un ingenuo idilio.
¡Ay, si hubieran tenido quien les prestara auxilio,
como se salva a un náufrago de la furia del mar!
En casi todas ellas, intactos y latentes,
se hubieran encontrado de la virtud los rasgos;
la mayor parte de ellas, víctimas inocentes,
fueron pasto de monstruo y carnaza de trasgos.
Yo llevo en mi conciencia como un remordimiento
el grito que mil veces oí en un meretricio,
el doliente lamento:
«¡Sácame de este infierno, redímeme del vicio!»
Y yo salí cobarde y me alejé del corro
de tristes suplicantes sin hacerles ni caso,
como cuando escuchamos una voz de socorro
de noche y apresura el miedo nuestro paso.
Yo digo que se ha visto
a las que algún milagro libró de sus vergüenzas,
como la Magdalena ante los pies de Cristo,
arrastrar por el suelo las penitentes trenzas.
Al juicio yo no intento
apelar de los hombres que la moral confunden
y que tranquilos duermen sin oír el lamento
de las blancas palomas vencidas por el viento
que con las alas rotas en el fangal se hunden,
y que luego, inflexibles,
al mirarlas de aprobio y deshonor cubiertas,
las condenan con esos anatemas terribles
que les cierran del mundo para siempre las puertas.
Yo apelo a las mujeres que saben del dolor
de vivir sin abrigo, sin pan y sin amor
cuando se tiene una graciosa juventud
y ríe un diablillo hábil y tentador…
Ellas, las que han vencido por gracia del Señor,
a las que fueron débiles y falló su virtud
comprenderán mejor
que el frío pensador,
que la hosca multitud,
y verán que no es éste un libro pecador.
SONETO
Catorce versos de bruñido acero
sobre un paño de mármol que al sol brilla,
panoplia del idioma que Castilla
labró al pulir el tosco Romancero…
Es el soneto. En cada puño fiero,
de cada espada tersa y sin mancilla,
una rosa de plata se atornilla
o un amorcillo ríe prisionero.
Es el soneto. Sus catorce espadas
se entrechocan y forman enlazadas
el dosel de la musa pensativa…
Y así el símbolo puro se completa:
fulgor de hierro en el dosel de arriba,
y abajo la humildad de la violeta.
Manuel Losada Villasante (Carmona, 1929) es, probablemente, el bioquímico español que goza de mayor prestigio in ternacional. Sus investigaciones sobre la fotosíntesis del nitrógeno inorgánico y bioenergética en las décadas de 1960-70 impresionaron al mundo científico. Es catedrático de Bioquímica y Biología molecular de la Universidad de Sevilla y ha sido director del Instituto de Bioquímica Vegetal y Fotosíntesis, centro mixto de la Universidad y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que hoy dirige uno de sus discípulos más destacados, Miguel García Guerrero. Autor y coautor de más de 200 trabajos de investigación sobre bioconversión de la energía solar y bioenergética, ha sido galardonado con numerosas distinciones y premios, entre ellos el «Maimónides» (1988), el «Rey Jaime 1» (1990) y el «Príncipe de Asturias» (1995) por su dedicación a la investigación científica.
Emilio Fernández-Galiano (E.F.G.).– Viniste a Madrid a finales de los años cuarenta a estudiar la carrera de Farmacia, probablemente con la idea de obtener el título y establecerte en tu pueblo, Carmona, pero se frustró tu propósito y te encaminaste por otros derroteros. ¿Cómo se produjo ese cambio? ¿Qué personas influyeron en tu formación universitaria?
Manuel Losada (M.L.). -Vine a Madrid el año 1947. Yo era sobrino de un farmacéutico de un pueblo de la provincia de Sevilla, Carmona, y como mi tío era soltero y tenía una farmacia muy buena en el centro del pueblo, yo le habría sucedido. Así que, en cierto modo, yo soy un farmacéutico frustrado que hubiera disfrutado mucho con mi bata blanca, porque la vida en el pueblo me atraía mucho. Pero en 1947 tuve la suerte de conocer a don José María Albareda, que además de catedrático de la Facultad de Farmacia era Secretario General del CSIC. Nos seleccionó a unos cuantos estudiantes que entonces teníamos 17 ó 18 años, Avelino Pérez Geijo, Gonzalo Giménez Martín, Eugenio Laborda Rodríguez, Julio Rodríguez Villanueva, Manuel Ruiz Amil y yo mismo, para que formáramos un club, el Club Edafos, y en cierta manera nos introdujo en la investigación. Nos sorprendió muchísimo que nos llevase al Instituto de Edafología, en la calle Serrano, del que era director, pues éramos muy jóvenes y estábamos completamente verdes para iniciarnos en la investigación. Entonces es cuando creo que se truncó mi primitivo propósito, pues se abrieron ante mí unos horizontes tan amplios y de tan largo alcance que creo constituyeron el acontecimiento decisivo que me hizo olvidar que yo había ido a Madrid para estudiar la carrera de Farmacia y establecerme en mi pueblo para ejercer la profesión.
E.F.G.- ¿Te orientaste desde el primer momento hacia el estudio de la fotosíntesis o frecuentaste otros caminos antes de tomar tu rumbo definitivo? ¿Sobre qué tema desarrollaste tu tesis doctoral y quién te la dirigió?
M.L.– Albareda, recién terminada la carrera, nos captó para seguir una especie de noviciado en el Instituto de Edafología, con Nar cisa Martín Retortillo e Ignacio Claver. Pérez Geijo y yo estuvimos unos seis meses ejercitándonos en el análisis de humus y de suelos, es decir, iniciándonos un poco en el estudio de la Edafología, ciencia muy relacionada con la Biología vegetal. Después, Albareda me envió al Instituto de Botánica de la Universidad de Münster, en Alemania, para hacer estudios de fisiología celular sobre unos orgánulos que luego habrían de ser, a lo largo de mi vida, los más importantes de mi carrera investigadora. Estudié orgánulos de las células radicales, especialmente mitocondrias y también los cloroplastos de una planta de jardínería, Clorophytum comosum, con hojas variegadas, pues tiene unos cloroplastos bastante interesantes. Al volver de Alemania, Albareda decide (nunca he sabido por qué, pero eso demuestra que tenía buen olfato, ya que realmente acertó) enviarme al Laboratorio Carlsberg de Copenhague, Dinamarca, a estudiar precisamente genética de levaduras de cerveza. En aquella época la genética no era una ciencia tan revolucionaria como lo es hoy, pues era genética mendeliana, pero de alguna manera Albareda intuyó que la genética de microorganismos iba a ser la revelación de los años 60. Yo fuí allí sin saber exactamente a qué iba, pero creo que fue uno de los mejores períodos de mi vida en el extranjero. Hice allí mi tesis doctoral dirigida por el profesor Winge, director del laboratorio de Fisiología, que luego presenté en Madrid apadrinada por Albareda. Al llegar al Carlsberg me impresionó mucho ver en las escaleras los cuadros de los anteriores directores, entre ellos Kjeldahl, cuyo método había utilizado mucho en el análisis de humus en Madrid, y Srensen, que había sido el iniciador de los estudios del pH. Todos estos aspectos del Laboratorio Carlsberg habrían de tener una gran influencia sobre mi vida.
E.F.G.- Te marchaste a California a trabajar con el profesor Arnon. Supongo que tu llegada a los Estados Unidos te debió causar un gran impacto, dadas las dificultades con que se desarrollaba entonces la investigación en España.
M.L.– En 1958 realicé mi tercera salida al extranjero, como resultado del impacto que le causó a Albareda el conocer en la Academia Pontificia al profesor Arnon, que era famoso en aquellos años sobre todo por haber descubierto la esencialidad del molibdeno y el vanadio como nutrientes de los vegetales, elementos que actuaban en pequeñísimas cantidades. Este descubrimiento produjo una verdadera revolución en la agricultura, pues incrementaba mucho las cosechas en las tierras pobres. Creo que esto le impresionó bastante a Albareda, así como el que Arnon fuera profesor de la Universidad de Berkeley, donde en aquella época había como una decena de Premios Nobel. Arnon, que era fisiólogo vegetal, se inclinó hacia el estudio de la fotosíntesis al darse cuenta de que la bioquímica de este proceso -tan importante y tan desconocido- estaba entonces en Berkeley en plena efervescencia (el profesor Calvin estaba estudiando el ciclo del carbono, y el profesor Stanier, la fotosíntesis de las bacterias). Entonces Arnon decide, después de haber estado en Alemania con Warburg y en Inglaterra con Keilin, que sería importantísimo abordar el estudio de la fotosíntesis vegetal en los cloroplastos de las hojas, pero desde un abordaje más bioquímico. Hizo unos descubrimientos sensacionales, y yo llegué a Berkeley precisamente cuando su grupo estaba pujante, en plena fuerza. A pesar de que era aún un principiante, ya tenía la experiencia adquirida en Alemania y Dinamarca y aprendí rápidamente las técnicas y me puse al día de lo que era realmente la fotosíntesis. Tuve la suerte de contribuir con mis investigaciones, de manera bastante decisiva, a los grandes descubrimientos que por aquél entonces se hicieron en Berkeley.
Ángel Ramos (Á.R.).- Durante tu estancia en los Estados Unidos seguramente te hicieron ofertas tentadoras para quedarte allí y proseguir tus investigaciones sobre la fotosíntesis del nitrógeno. Teniendo en cuenta las enormes diferencias en medios para la investigación, instalaciones y equipos con respecto a los que podría procurate aquí el CSIC, posiblemente el volver sería una decisión muy meditada. ¿Qué circunstancias influyeron en tu regreso a España?
M.L.–El año 1961 decidí volver a España, a pesar de que el profesor Arnon me había hecho ofertas muy tentadoras para que permaneciera allí de una manera definitiva. Sin embargo, me atraía mucho el regreso, aun reconociendo que California tiene un increíble atractivo para los españoles por su historia, por el significado de sus Misiones y todo lo ligado a fray Junípero Serra, y de que yo me encontraba allí muy a gusto. Creo que en Berkeley habría hecho quizá una carrera fabulosa, pero yo había dejado España cuando en Madrid estaba empezando a desarrollarse el Centro de Investigaciones Biológicas del CSIC. Merece subrayarse que el Centro en la década de 1950 y 1960 fue realmente el vivero donde nació lo que después ha supuesto la revolución de la Biología moderna en España; allí se reunió gente de todas las regiones españolas, de todas las profesiones y, como nada surge repentinamente, se mantenía un poco la huella de Cajal en uno de los institutos que lo integraban. Después de haber trabajado allí durante unos meses tenía cierta nostalgia. Además, en el Centro estaban el Dr. Rodríguez Candela, el Dr. Sols y muchas otras personas abriendo caminos. Y todo esto me hizo pensar profundamente que si volvía a Madrid podría quizá hacer algo parecido a lo que estaba haciendo en California; trabajaba entonces con espinacas y no creía que las de San Francisco fuesen mejores que las de las huertas de los alrededores de Madrid, y si tenía un equipo podría iniciar una escuela y Albareda me ayudaría, muy ilusionado como estaba con mi trabajo. Yo ya tenía entonces bastantes conocimientos que podría transmitir a otros y contribuir a la creación de algo tan interesante para España como el estudio de la fotosíntesis que, a fin de cuentas es, como la energía solar, la que sirve de fuente energética a todo el mundo, siendo la base de todos los combustibles fósiles: carbón, petróleo, gas, madera, etc., así como de los alimentos que consumen todos los seres vivos y de muchos medicamentos y drogas. Este proceso se debía estudiar en Madrid y, como después veremos, también en la zona más soleada de España, en Andalucía, región de la que soy oriundo. Lo cierto es que me pareció oportuno volver a Madrid, y entonces me sucedió una cosa muy curiosa. El profesor Calvin había hecho unos estudios, realmente pioneros, sobre el carbono que habían sorprendido al mundo científico y que le valieron el Premio Nobel. Arnon había estudiado el fósforo. Y Ochoa estaba estudiando también la fotosíntesis del fósforo y lo que supone este elemento desde el punto de vista energético para todo el mundo vivo, del cual es la parte esencial de la moneda energética, de la que luego hablaré. A mí me parecía que de estas investigaciones se quedaba fuera el nitrógeno, que es otro de los seis elementos esenciales de la materia viva, constituyente primordial de las proteínas y de los ácidos nucleicos, y ni Calvin, ni Arnon, ni el propio Ochoa, le habían prestado atención.
Al venir a Madrid no tenía sitio físico donde meterme. El edificio del Centro, construido por Fisac, se estaba empezando a amueblar, a equipar y a contratar personal, pero todo estaba ya comprometido y tuve que ocupar la superficie destinada a uno de los retretes. Parece que los arquitectos piensan que los españoles somos muy presumidos, nos miramos mucho al espejo y utilizamos con frecuencia los servicios; por eso hacen muchos y muy grandes. Yo elegí uno de la cuarta planta que, por cierto, era de señoras, pero me comporté con mucha discreción. Allí, en dos habitaciones muy pequeñitas, empecé a desarrollar las técnicas que había aprendido en Berkeley y a iniciar el estudio del metabolismo del nitrógeno. Unos años después me dijo en Zürich el profesor Calvin: «Manolo, realmente acertaste cuando elegiste esa línea», porque la verdad es que era una línea que estaba completamente virgen. Parece increíble que hace solo unos treinta años un campo de tanto interés estuviera sin investigar; ni los propios japoneses, gente que está siempre muy al tanto de estos problemas por su relación con las algas, habían iniciado nada serio. En cuestión de seis años, desde 1961 a 1967, cuando me marché a Sevilla, nuestro grupo pudo hacer una serie de importantes descubrimientos que inmediatamente se publicaron en revistas prestigiosas que permitieron que varias fundaciones, como el National lnstitute of Health o la Fundación March nos dieran cuantiosas ayudas para equiparnos y levantar el vuelo para lo que después sería el Instituto de Bioquímica Vegetal y Fotosíntesis, que fundaría más tarde en Sevilla.
Á.R.–Tuscontribuciones al conocimiento de la fotosíntesis hantenido gran repercusión e incluso han sido recompensadas convarios premios, entre ellos el Príncipe de Asturias de las Ciencias. ¿Cuál ha sido la línea directriz de tus trabajos? Al ser la fotosíntesis un proceso sobre todo energético, quizá te has interesado por las aplicaciones de la energía.
M.L.– Los primeros trabajos que realicé durante mi estancia en Berkeley, después en Madrid y más tarde en Sevilla, han tenido gran repercusión internacional. En primer lugar, por haber sido pioneros al abordar una línea completamente nueva como era la fotosíntesis del nitrógeno nítrico y del nitrógeno molecular. Y después, porque hoy todo el mundo es consciente de la crisis energética, y se sabe que, en el fondo, toda la energía utilizada por el hombre proviene del Sol. Está también la energía nuclear, pero con tal cantidad de cortapisas y sometida a tantas críticas que lo probable es que, cuando se acabe el petróleo, la única solución pra la humanidad sea la energía solar o la de fusión que ocurre en el Sol. Nuestros trabajos, realmente, han tenido fuerte repercusión en el extranjero. El artículo «The assimilatory nitrate-reducing system and its regulation», publicado en 1981 en la revista Plant Physiology con mis colaboradores García Guerrero y Vega, ha sido el más citado de los publicados en inglés por autores españoles. Eso hizo que nuestra obra fuera reconocida y premiada dentro y fuera de España. Antes de recibir el Premio Príncipe de Asturias fui galardonado con el primer Premio Maimónides, que me otorgó la Junta de Andalucía. He trabajado mucho entre judíos y soy consciente de lo que ha significado la civilización de nuestros hermanos en Andalucía. Es gente muy inteligente y muy especial, pero indudablemente en la ciencia han desempeñado un papel increíble. Di-go ésto porque las líneas que más me han interesado y en que más he trabajado, han sido precisamente las que a Ochoa y a su discípulo Kornberg les permitieron hacer descubrimientos sensacionales, que no eran, precisamente, lo que iban buscando. Ambos estaban ilusionados con una idea; para ellos el «Santo Grial» era el ATP, lo que se llama la «moneda energética», y Kornberg entonces hace su trabajo postdoctoral, dirigido por Ochoa en Nueva York, precisamente para tratar de encontrar el mecanismo de cómo se fabrica esta molécula; Ochoa hizo también una serie de trabajos muy fundamentales para ver cómo la energía solar se convertía en este compuesto. En realidad, Kornberg era sefardí; su abuelo, de procedencia centroeuropea, se llamaba Cuéllar y cambió su apellido para eludir el servicio militar. Así que el investigador Kornberg, en cierto modo, era español de origen; uno de los primeros becarios de Ochoa, junto con Grisolía. Cuando fui a Berkeley, Arnon había descubierto cómo fabricaban las plantas esta moneda energética, pero no el mecanismo, que seguía sin resolverse.
Las líneas directrices de mi trabajo eran, por un lado, el nitrógeno, elemento necesario para la vida, para la síntesis de las proteínas y los ácidos nucleicos; por otro, la fotolisis del agua, o rotura del agua por la luz, en hidrógeno y oxígeno, y finalmente el ATP, por ser el compuesto energético que, desde el punto de vista biológico, primero se fabrica cuando se hace la conversión de la energía solar por las plan tas y que después todos utilizamos en enormes cantidades, pues consumimos cada día del orden de nuestro propio peso en ATP, es decir, unos 50 kilos, que si lo tuviésemos que comprar en la farmacia o en cualquier laboratorio, no habría quinielas deportivas ni lotería primitiva que nos lo pudieran sufragar. Lo fabricamos continuamente y no no damos cuenta, pero solo por eso ya somos millonarios.
E.F.G.- Tus años de formación coincidieron con una época crucial para el desarrollo de la bioquímica en España, y en tu entorno se formó toda una pléyade de futuros bioquímicos. Actualmen te, ¿en qué estado crees que se encuentra la Bioquímica en España, en relación con la de los países más desarrollados?
M.L.-En la década de 1960 se reunió en el Centro de Investigaciones Biológicas de Madrid un grupo de bioquímicos que, asombrosamente, consiguen poner a España en órbita en la Bioquímica molecular y, en cierto modo, muchos de los importantes decubrimientos hechos en nuestro país tienen su origen precisamente en la calle Velázquez y después en los centros irradiados desde Madrid a toda la geografía española. Las generaciones jóvenes españolas han tenido la suerte de que todas las revoluciones pacíficas de esta época, científicas, intelectuales, informáticas y las de la Biología moderna con sus aspectos bioquímicos y genéticos, las han aprovechado tan bien que este país figura ahora en los primeros lugares del mundo en estos campos. Parece mentira que una nación que carecía de infraestructuras y donde escaseaban los maestros consiguiera en un cortísimo período de tiempo situarse en vanguardia, al nivel de las naciones más adelantadas de Europa y América. Ochoa, que recibió el Premio Nobel en 1959, vino a España cuando le hicieron Consejero de Honor del CSIC, y después, con Rodríguez Candela, Sols, Rodríguez Villanueva y Jiménez Díaz, decidieron formar una especie de embrión de una Sociedad de Bioquímica que se funda finalmente en 1963 en Santiago. Un argentino, Leloir, recibe también el Premio Nobel de Bioquímica, con lo que esta ciencia se encuentra en pleno auge en el mundo hispano. A Ochoa le sorprendió mucho esta vitalidad, y sus visitas fueron cada vez más frecuentes. Empezó a contactar con los jóvenes investigadores españoles e indudablemente contribuyó también con su apoyo y prestigio a esta «explosión» bioquímica de los últimos años.
E.F.G.– Llegaste de catedrático a la Universidad de Sevilla enel año 1967, entrando a formar parte de un grupo de profesores que iniciaron allí las enseñanzas de Ciencias Biológicas. ¿Qué te impulsó a cambiar tu dedicación exclusiva a la investigación, ac tividad tan reposada, tan gratificante, por un medio como el universitario, tan estresante, tan competitivo y entonces tan elitista?
M.L.-El Centro de Investigaciones Biológicas, tan joven, había crecido de forma tan exponencial que a mediados de los años 60 estaba ya completamente saturado. Entonces se produjo un fenómeno muy curioso, cuya significación e importancia en el desarrollo de la ciencia española, concretamente en la Biología, no se ha juzgado to davía en toda su magnitud. Se produce una diáspora hacia provincias, en la que convergen dos hechos interesantes. Tanto don Manuel Lora (entonces ministro de Educación) como don José María Albareda pensaban que la Universidad debía ser también investigadora, y esto influyó mucho en los investigadores del Consejo que estaban en Madrid y, curiosamente, se produjo un movimiento centrífugo, marchándose éstos a provincias. Este proceso coincidió también con que el Ministerio de Educación decidió con acierto que debía haber Facultades de Biología no solo en Madrid y en Barcelona, sino en bastantes de las provincias españolas. Y así, en 1967 fui destinado a la Universidad de Sevilla siguiendo a los precursores don Emilio Fernández-Galiano y don Salvador Peris. Me parece justo señalar que don Francisco González García, entonces decano de la Facultad de Ciencias, mostró gran interés en que fueran a Sevilla biólogos especialistas en las distintas ramas, botánicos, zoólogos, bioquímicos, microbiólogos, genéticos, ecólogos, pues él era químico que se había pasado en parte a la vertiente biológica. Yo era sevillano, los demás de otras regiones españolas, pero todos coincidimos en esa especie de visión paulina de que era un salto importante, y que la investigación no podía limitarse a centros del Consejo, sino que debía realizarse también en la Universidad. Creo que esto ha sido trascendente. La Facultad de Biología de la Universidad de Sevilla se convirtió pronto en una de las más importantes de España. Un ejemplo lo demuestra: este año se han recibido en la Facultad dos premios «Jaime 1», en Genética y en Ecología, y un premio «Príncipe de Asturias». Indudablemente, todo esto tiene sus raíces en los comienzos del año 1966; un grupo de investigadores calificados por muchos de locos se trasladaba a provincias para intentar desarrollar algo que marchaba a un ritmo tan trepidante como la Biología; no se equivocó. Todos fuimos convencidos de que era uno de los mayores aciertos de nuestra vida. Lo que nos impulsó a muchos a esta diáspora era un deseo puramente vocacional.
Á.R.–¿Cómoha cambiado desde entonces la Universidad y quéperspectivas de futuro ves en ella?
M.L.– La Universidad que conocimos entonces, de cuya Facultad de Biología fuimos fundadores, ha cambiado mucho, para bien y para mal. La Universidad de Sevilla fue creada hace cinco siglos por un carmonés, Maese Rodrigo, pero seguía teniendo su sello de Universidad literaria en una ciudad que era fundamentalmente de artistas, pintores, poetas, escritores; el que entrasen científicos biólogos (los químicos, habían entrado hacía años) causó cierta extrañeza. Allí, en la antigua Fábrica de Tabacos, nos acoplamos un poco en pa sillos y rincones desaprovechados, pero a los pocos años nos tuvimos que cambiar a un nuevo campus universitario en la avenida de Reina Mercedes, que ahora ya está completamente saturado. Es decir, que la Universidad de Sevilla ha cambiado, haciéndose cada vez más científica y tecnológica, y unas Facultades que empezaron con muy pocos alumnos están hoy completamente masificadas. Esto creo que es uno de los aspectos más negativos. Yo diría -como catedrático muy interesado en que se haga buena investigación que permita al mismo tiempo realizar docencia de altura- que la masificación no tiene arreglo si no se hace derivar esta masa universitaria por otros conductos, que podrían ser, en gran parte, la formación profesional. Esto ya lo he dicho públicamente muchas veces y aprovecho la ocasión para decirlo ahora una vez más: la formación laboral profesional se abandonó de forma injustificada y muy torpe; hacen falta buenos artesanos, electricistas, carpinteros, fontaneros, técnicos en información, en televisión, en radio, etc. Son actividades para las que mucha gente se podría preparar al margen de la Universidad y que evitarían mucho desempleo. La masificación actual puede terminar fundiendo los plomos, pero como es una sobrecarga se puede solucionar con relativa facilidad; es decir, se puede resolver derivándola y potenciando las salidas. Esta es una de las crisis que nos amenazan en los próximos años.
Á.R.–Lainvestigación científica debe de estar muy vinculada al desarrollo del país. Sin embargo, hay muchas quejas en el sentidode que la investigación no recibe el trato adecuado por parte dela Administración. El CSIC ha sufrido unas reestructuraciones queseguramente no han mejorado mucho su rendimiento. ¿En quémedida podría aumentarse la creatividad para reducir nuestradependencia tecnológica de los países más desarrollados?
M.L.– Indudablemente, la investigación científica es lo que mueve el desarrollo de un país. No cabe duda de que la ciencia y la tecnología son las fuentes de riqueza más potentes que puede tener una nación. En nuestro país, tanto en el CSIC como en la Universidad, hay muchas quejas porque la Administración no se ocupa lo suficiente de que esta investigación se lleve a cabo con el ritmo y la eficien-cia deseables. Yo no diría que estamos sufriendo por algunos de los tópicos que, de ser ciertos, serían críticos: que si el español sirve o no sirve para investigar, si tiene vocación, si tiene capacidad de concentración en el trabajo, si tiene inteligencia … Creo no solo en lo que decía Albareda (que «con los que hay sobra»), sino que si se fomenta la investigación en cualquier línea, España sería de los países punteros en el mundo. Un Premio Nobel alemán, amigo de Ochoa, el profesor Lynen, me dijo que en las becas Humboldt, cuya adjudicación presidió muchas veces, casi siempre los primeros puestos los ocupaban españoles, antes que los nórdicos, sajones, japoneses o americanos. Esto es importante, porque durante un tiempo se pensó si los españoles podríamos dedicarnos a la investigación. No solo valemos, sino que somos verdaderos entusiastas, o sea que lo mismo que nos entusiasmamos y ponemos interés en muchas cosas podemos hacerlo en la ciencia: donde realmente se ha sembrado, se están cosechando muy buenos frutos a un ritmo que otros países no son capaces de alcanzar. Eso sí, a condición de que la Administración se ocupe de que las becas se adjudiquen a los estudiantes que tengan mayor capacidad y a los grupos y en las líneas que requieran mayor atención. En esas condiciones, no soy pesimista.
Á.R.– Como colofón de esta conversación, ¿cómo ves el mundoinvestigador y universitario que nos espera? ¿Tenemos resortespara superar las actuales deficiencias?
M.L.– Desde mi punto de vista, ahora que estoy ya cerca de la jubilación, creo que lo que ha ocurrido con nuestro Instituto de Sevilla puede ser representativo para España. Nosotros nos mudamos dentro de unos meses a un edificio de la Isla de la Cartuja, donde se celebró la Expo 92. Se trata de un centro en cierto modo vanguardista, financiado por la Comunidad Europea, de lo más avanzado que cabe imaginar, como los que puedan tener Alemania, Francia, Estados Unidos, Suecia, etc. Eso lo va a tener ahora mismo Sevilla. Van a ir allí centros mixtos de la Universidad, del CSIC y de la Junta de Andalucía. Creo que si no cometemos alguna gran torpeza, para las generaciones jóvenes (no para mí, que todo esto lo veo ya como a toro pasado) será una fuente de luz que alumbrará brillantemente su futuro.
Fátima Mernissi, nacida en Fez en 1940, es investigadora en la Universidad Mohamed V de Rabat y una figura destacada del feminismo islámico. Educada en escuelas coránicas, consiguió licenciarse en Ciencias Políticas, ser luego becaria en La Sorbona y doctora por Brandéis. Sin embargo, al contrario que muchos intelectuales musulmanes, no aprovechó sus estudios en Occidente para lograr un cómodo exilio: prefirió regresar a su tierra, donde vive hoy.
Estos datos de su biografía «oficial», tan escuetos, se amplían con los recuerdos de infancia de estas memorias: los años transcurridos en su hogar de Fez. La pequeña Fátima de entonces aparece en la mansión paterna rodeada de las mujeres Mernissi: la abuela, matriarca y guardiana de la tradición; la mujer del hermano mayor de su padre, siempre fiel aliada de su conservadora suegra; su propia madre, elemento rebelde del grupo: una tía divorciada, discretamente acorde con su cuñada partidaria de la modernidad. Las primas, las criadas y Samir, el primo favorito, de su misma edad, y, por tanto, demasiado pequeño para integrarse en el sector masculino de la casa.
La descripción de la vida cotidiana de estas mujeres, analfabetas, que no podían salir solas a la calle, y a las que estaba prohibido oír la radio, ofrece detalles curiosos de indudable interés humano. Dedicadas a sus menesteres femeninos como bordar y fabricar sus productos de belleza, aquella vida pudo resultar oprimente, pero también tiene un enorme encanto colorista y un cálido sabor doméstico.
Carentes de libertad, pero –en contrapartida- libres de toda responsabilidad, sueñan con un mundo del que ignoran casi todo, como perpetuas adolescentes juguetonas cuyo plácido letargo no se sabe bien si compadecer o envidiar.
El relato es excelente al describir los pros y los contras de la existencia tradicional del harén, entendiendo por tal no los de los palacios novelescos, sino los de familias de tipo medio. Huyendo de exotismos y de simplificaciones, Mernissi evita tópicos y narra con sencillez sus recuerdos, buenos y malos, sin olvidar los conocimientos que allí asimiló y los que echó en falta. Sin el oficio del escritor profesional, se muestra como narradora ágil, directa, que sabe extraer la esencia de los hechos y retratar a sus personajes con trazos escuetos y precisos.
El estilo muestra una notable frescura, que estimula la imaginación del lector al mismo tiempo que acierta a resaltar los contrastes entre una infancia feliz y los graves problemas sociales que esas costumbres plantean hoy a la cultura árabe.
La autora, no obstante, como otras muchas mujeres islámicas, se pregunta: ¿por qué organizar una revolución, si el nuevo mundo va a ser un desierto emocional? Interrogante clave a la vista de lo ocurrido en Occidente. Además -prosigue la autora- ¿quién se beneficia de un harén? ¿Quién creó el harén, y para qué? Al final, concluye, todas esas preguntas «quedan sin respuestas, como mariposas desorientadas».
Los setenta años cumplidos hace unos meses por el compositor y director francés Pierre Boulez han convertido 1995 en el «año Boulez». Con este motivo, han sido muchas las grabaciones dedicadas a este músico que han visto la luz en este año.
Pierre Boulez ha sido, primero, un compositor de plena vanguardia, enormemente crítico y polemista. Continuador de Schönberg, fue uno de los más dogmáticos de ese movimiento que llevó la teoría dodecafónica y serial hasta sus últimas consecuencias: la serialización total, es decir, la de todos los elementos que componen la música: no solo los doce sonidos son susceptibles de configurar la estructura serial, sino también el ritmo y el timbre lo que se denominó el «serialismo integral». Un movimiento que tuvo su apogeo en los años 50 y finalmente ha ido quedando en desuso como teoría compositiva. Aunque su influencia fue muy notable, por su extremada rigidez marcaba demasiados límites a la creación musical.
Boulez ha sido uno de los pioneros en practicar y componer música electrónica, la que mejor se prestaba a poner en práctica sus planteamientos musicales. Como impulsor de nuevas tendencias estéticas, ha contribuido grandemente a dar a conocer en París -a través de los conciertos del Domaine Musicale- la obra de los compositores de vanguardia y, aún antes, de músicos del siglo XX apenas conocidos, como Anton Webern, Schönberg y Alban Berg.
Su influencia ha sido notable a través de los cursos de verano de Darmstadt durante los años 50, por donde fueron pasando los músicos jóvenes de toda Europa, y en los que Boulez intervino muy activamente, presentando sus obras, criticando con dureza a sus predecesores y dogmatizando sobre el devenir de la música.
De forma autodidacta, Boulez emprendió muy joven la dirección de orquesta, primero como intérprete de sus propias obras, y luego tocando las obras de los autores menos divulgados. Su repertorio ha ido ensanchándose, llevándole desde las salas de concierto hasta los teatros de ópera, convirtiéndole en uno de los directores más prolíficos del momento. Bien es verdad que desde el podio y las grabaciones discográficas sigue contribuyendo de un modo muy activo a la difusión de la música de nuestro siglo.
Son varias las Sinfonías de Mahler grabadas ya por Boulez. La Sexta es probablemente la más desconocida, pero para el inquieto Boulez su gran interés reside en que es junto a la Quinta y la Séptima, una de las obras de transición del músico vienés. A pesar de la frialdad que se atribuye a sus versiones, nos gusta ese afán perfeccionista que le guía. Dentro del clima sombrío y trágico de la obra, consigue en el Andante un precioso remanso de optimismo y belleza sonora.
Por su parte, Oliver Messiaen fue maestro de Boulez y seguramente su mejor introductor a los nuevos horizontes musicales de este siglo. Su afecto y admiración unidos a un conocimiento profundo de su obra, le han llevado a convertirse en uno de sus mejores intérpretes. Et expecto resurrectionem mortuorum (1964) y La Ville d’en haut (1987) ambas para conjunto de viento –madera y metal- y percusión, la primera además con piano, son dos buenas muestras de la obra de Messiaen, por su colorido y riqueza sonora en torno a la temática religiosa. Chronochromie (1960), para gran orquesta, es una de las obras más ricas y complejas de su autor, y en su título (El color del tiempo) resume la materia sonora con la que esta constituida: los variadísimos timbres y su presentación a través de elaboradas duraciones y rítmicas. •
M» José Fontán
Tríos para piano II. 14, 27, 29 y 31 de Joseph Haydn
Intérpretes: Andras Schiff, piano, Yuko Shiokawa, violín y Boris Pergamenschikov, cello DECCA. 444 862-2. DDD
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Entre los numerosos festivales veraniegos de música hay uno que se celebra en un pueblecito cercano a Salzburgo, -a la sombra del célebre Festival de esta ciudad-: las Musiktage Mondsee, que tiene lugar junto al lago del mismo nombre. Desde que comenzó en 1989, este Festival dirigió su objetivo a la interpretación de Música de Cámara, género en el que hay verdaderas obras maestras a lo largo de la historia de la música, y que por estar concebido para pequeños conjuntos requieren una actitud de mayor concentración por parte del auditorio.
Cada edición del Festival está dedicada a dos compositores, con programas centrados exclusivamente en sus obras. Los intérpretes invitados, de 25 a 40 músicos, suelen ser de renombre internacional, y algunos jóvenes de reconocido talento.
Este disco, aunque no fue grabado en directo, rememora uno de los conciertos del verano de 1994, dedicados a las obras de Haydn y Reger, y recoge cuatro Tríos con piano de Haydn, a cargo de un trío formado para la ocasión por el pianista húngaro Andras Schiff, promotor del Festival, el violonchelista ruso Boris Pergamenschikov y la violinista japonesa Yuko Shiokawa. Poco escuchados, estos Tríos del último periodo creador de Haydn, representan el máximo exponente del pianismo de la época anterior a Beethoven. En realidad, la forma que siguen –muy habitual en la época- es la de Sonata para piano acompañado. Y, en efecto, éste es el instrumento que destaca sobre los otros dos. El violonchelo dobla la mano izquierda del pianista, mientras el violín, aunque mantiene una mayor independencia de líneas melódicas, no se desentiende de su papel subordinado al del teclado.
Aunque no forman un trío estable, los tres músicos, de gran profesionalidad individual, consiguen un inmejorable resultado de conjunto, de gran equilibrio y serena belleza.
La edición en disco de los conciertos del Festival de Mondsee contribuye no solo a promocionarlo, sino a divulgar obras poco escuchadas, a profundizar en los autores elegidos y a prolongar la magia de las sesiones camerísticas: una música nacida para la intimidad que encuentra en el disco un vehículo inmejorable para llegar uno a uno a los oyentes.