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Ver productos1 May 1992 - 7min.
Título: Las Filípicas.
Autor: Antonio Guerra.
Editorial: Planeta. Barcelona, 1992, 300 páginas. Premio Espejo de España 1992.
Precio: 2.150 pesetas.
Se cumplirán el próximo 28 de octubre de este año de conmemoraciones, feliz 1992, diez años de la llegada al poder del Partido Socialista. Fue aquel un triunfo sonado, rotundo, demoledor. El PSOE obtuvo más de diez millones de votos y 202 escaños en el Congreso. El siguiente partido, la Coalición Popular de Manuel Fraga quedaba a tal distancia (5,5 millones de votos, 106 escaños) que cualquier intento de ejercer la Oposición resultaba puramente testimonial ante la mayoría hegemónica alcanzada por el PSOE.
Desde entonces han pasado diez años de predominio socialista, renovado en las sucesivas confrontaciones electorales que el PSOE ha ganado, cada vez con menor número de votos y de escaños, pero disponiendo de mayorías absolutas, o, al menos, suficientes como para ejercer el poder sin sobresaltos. El fenómeno del socialismo español, de muy complejas raíces histórico-políticas, no puede separarse del fenómeno del felipismo
, entendido el término sin ninguna connotación negativa.
Es decir, reconociendo el magnetismo personal del presidente Felipe González a quien corresponde el principal mérito, no sólo del triunfo socialista del 82, sino también de su ininterrumpida permanencia al frente de la política española. La misma lógica de los hechos, así como la condición humana de los que han tomado parte en ellos, explica que a los diez años de socialismo se hayan producido en ese campo abandonos sonados, enfrentamientos, controversias y rencillas que han llevado la confusión y la desesperanza a ciertos sectores del PSOE, un tiempo eufóricos ante aquella victoria que abría las puertas del Cambio
.
Antonio Guerra, que pese a su apellido no es familiar de don Alfonso Guerra, podría contarse entre los desencantados del socialismo felipista, aunque no del socialismo como proyecto capaz de renovar la sociedad y hacerla justa, libre e igualitaria. Este desencanto explica el contenido y el tono de sus Filípicas
, lanzadas, no como las del gran orador Demóstenes contra Filipo de Macedonia, sino contra don Felipe González en tanto que presidente del Gobierno.
En algunos momentos de estas nuevas Filípicas, el autor considera al presidente González obnubilado —o cegado— por la droga
del poder. Motivo por el cual —en opinión del autor— el presidente se ha convertido en una persona distinta a aquel muchacho brillante, bueno y generoso que él conociera en los ya viejos años de Sevilla y en los del Madrid de la primera transición, previos al triunfo del PSOE en octubre del 82.
La estructura del libro se organiza en torno a diez capítulos o Filípicas
, una por cada año de gobierno socialista, más una undécima o miscelánea
, ésta no ya cargada a las espaldas de don Felipe, sino dedicada al análisis de lo que se ha dado en llamar poderes fácticos: la prensa, el ejército, y… ¡cómo no!, la Iglesia, católica, naturalmente. Todas las Filípicas menos la última comienzan con el encabezamiento Presidente
seguido de las críticas o sugerencias que el autor esgrime en cada caso con tanta maestría intencionada como abundancia de datos.
La primera filípica arranca fuerte. Vean, si no: Presidente: Nunca tan pocos, en tan poco tiempo, han arruinado tanta ilusión
. Tal opinión, dedicada a los socialistas, expresa con fidelidad los sentimientos del autor y descubre que hubo un tiempo en el que, muy unido a Felipe González y a los ideales de lograr una sociedad más justa, libre y próspera, soñaba con el momento de llevar a la práctica esos proyectos.
Las filípicas
sirven para recordar al presidente del Gobierno tantas promesas incumplidas, tantas esperanzas rotas y tantas ilusiones malogradas. En la cuarta filípica, tras aludir a los orígenes del PSOE y a su progresivo deterioro, una vez alcanzado el poder, pregunta el autor con acentos de dureza: ¿Qué ha pasado, señor presidente? ¿Qué se hizo de aquellos deseos de libertad, qué del limpio transitar de las ideas que entonces predicamos por los pueblos a la búsqueda del poder, qué del prometido resurgir de las haciendas menos favorecidas, qué del trabajo para alcanzar la dignidad prometida? Hoy me paro a pensar que el poder, en vez de ser un instrumento de ayuda para el pueblo al que domina más que representa, se convierte muchas veces en droga que obnubila hasta convertir la gracia pensativa del juicio sensato en irascible dogma personal
.
Las filípicas prosiguen su caminar por los diversos campos de actuación socialista, bien sea desde lo que el autor considera el desastre de la enseñanza en sus diversos niveles, hasta la sanidad, la seguridad (ley Corcuera), la Justicia y las leyes penales o el problema social. El autor, militante socialista de los primeros tiempos junto a González y Guerra, utiliza datos extraídos de sus propias vivencias personales, anécdotas y detalles ilustrativos sobre el carácter de los dirigentes socialistas que pudo conocer en contacto directo con los hechos.
Sin embargo, aunque se muestra muy duro al enjuiciar lo que él llama con toda propiedad corruptelas y picardías socialistas
respeta al amigo y compañero González, en cuanto fue defensor entusiasta de los ideales del socialismo invocados por él antes de la conquista del poder. Procura evitar el ataque personal y omite conscientemente el relato de episodios que pudieran perjudicar la imagen del presidente. Es una actitud que honra al autor, teniendo en cuenta la extensa documentación que maneja y el hecho de que él fue el primer biógrafo de Felipe González, con datos obtenidos en conversaciones privadas con el hoy presidente del Gobierno.
Antonio Guerra, intelectual, periodista, profesor de instituto y doctor en medicina y cirugía, además de socialista de los tiempos gloriosos, hubiera podido fácilmente hacer carrera
en las filas del PSOE y alcanzar uno de los puestos más destacados en el escalafón de su partido. No fue así, por causas que el autor no explica, pero que se traslucen del contenido y el tono de estas filípicas surgidas del desengaño y que parecen decir: no es este, no es este, señor presidente, el socialismo ideal que fraguamos en nuestros años mozos.
La obra, bien pertrechada técnicamente y escrita con un estilo ágil que no decae en las once filípicas, se convierte en examen de conciencia de valor testimonial impresionante, por lo que tiene de sincero y honesto. Plantea con acentos dramáticos la eterna disyuntiva entre el ideal —en este caso utopía— y la realidad práctica del ejercicio del poder. Él se inclina por los ideales y denuncia su incumplimiento con las armas que le proporciona la corrupción, arbitrariedad, ambiciones y manipulaciones innobles que se han venido produciendo —según prueba con datos— durante los diez años de ejercicio del poder.
El problema es que el socialismo del autor queda reducido a eso: un ideal de juventud malogrado. Pero ¿cuál era la alternativa? ¿Tal vez la eterna oposición contra la derecha
? Porque no se vislumbra en este libro ninguna salida válida a la crisis —evidente— en que se debate no sólo el PSOE, sino toda la sociedad española. Como tampoco se vislumbran horizontes positivos al analizar el papel de los poderes fácticos
, tales como el Ejército y la Iglesia. La prensa, aunque no se libra de críticas, bien merecidas por otra parte, sale un poco mejor librada del empeño.
Con respecto a la Iglesia, a veces, no puede evitar el reflejo anticlerical propio de un convencido socialista. Incurre, tal vez por esa razón, en el tópico tan conocido de dividir la Iglesia en dos bandos: uno progresista, abierto, libertario, surgido del Concilio, y el otro encogido, antiguo, intransigente, anticonciliar y retrógrado que se ha impuesto en nuestro país últimamente. Olvida el autor que la Iglesia, aunque esté inserta en la sociedad, no tiene una misión material, sino de salvación de las almas. Hablar así despierta risas o burlas en ciertos sectores de opinión. Bien. Uno es libre de creer o no en estas cosas, pero no de confundir las realidades, que son como son.
Así, las posiciones de la Iglesia vienen fijadas en función de móviles espirituales, y no políticos. No comprenderlo de este modo puede llevarnos a conclusiones, además de precipitadas, falsas, porque ignoran la verdadera naturaleza de una institución dos veces milenaria, provista hoy de una autoridad moral reconocida universalmente —y no sólo entre los cristianos— como impulso limpio y generoso en favor de la humanidad.