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Ver productos1 Abr 1992 - 5min.
Buscando material para un artículo sobre literatura fantástica, me ha venido a la mente la imagen (con boina) del fallecido Barandiarán. Del cura vasco he pasado a Feijoo, el fraile gallego. Y el artículo se ha escrito solo.
Pese a que cada hora que transcurre estoy más convencido de que todo en el mundo es artificio, debo reconocer que hay algo de verdad en este cuento. Hace unos meses, una mañana muy temprano, me encontraba yo viendo dibujos animados por TV, cuando Julia me dijo que habían dicho por la radio que el inefable José Miguel de Barandiarán había muerto. Siempre creí que tipos como Barandiarán eran inmortales en el sentido estricto de la palabra, o sea, que no iban a morirse nunca, de modo que la noticia de su muerte me dejó estupefacto. ¿Qué hice después? Terminé de ver el episodio de Merrie Melodies por la tele y desayuné vorazmente, como de costumbre. Luego hojeé un periódico que todavía no comunicaba el fallecimiento de don José Miguel. Mi próximo recuerdo es un sillón y un libro, y yo en medio. Era el autor del libro otro de mis inmortales favoritos, el orensano Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro (1676-1764). Las obras de Feijoo son siempre una estupenda manera de ocupar el tiempo que separa el desayuno del aperitivo.
Fray Benito creyó que se podía erradicar la superstición desde una celda conventual. Era benedictino, como su colega Dom Augustin Calmet, de quien tengo a la vista el interesantísimo Tratado sobre los vampiros (Mondadori, colección La cabeza de Medusa
) que Lorenzo Martín del Burgo acaba de trasladar al español. Con el pretexto de sanar los errores del vulgo, Feijoo nos ofrece en su Teatro crítico universal y en sus Cartas eruditas y curiosas una nutrida serie de textos fantásticos. (Cervantes, por su parte, imaginó el Quijote con el solo propósito de poner en ridículo a los libros de caballerías, y lo único que consiguió fue escribir la novela más hermosa del género.) Hay, por ejemplo, en el Teatro crítico un Examen filosófico de un peregrino suceso de estos tiempos: el anfibio de Liérganes
, que, además de un modelo de prosa castellana, es un auténtico disparate goyesco.
En Liérganes, un precioso lugar de Cantabria donde veraneaba el ínclito poeta José del Río Sáinz, vivían hace trescientos años largos Francisco de la Vega y María del Casar, su mujer. Resulta que, como suele suceder en estos casos, al cabeza de familia se le ocurrió morirse, y entonces su viuda envió al segundo de sus hijos —llamado Francisco, como su padre— a Bilbao, a aprender el oficio de carpintero. En ese aprendizaje anduvo por dos años Francisco, hasta que en 1674, habiendo ido a bañarse la víspera de San Juan (fecha emblemática donde las haya) con otros mozos a la ría, vieron éstos que el de Liérganes se iba nadando río abajo; lo esperaron en vano, pues no volvió. Creyendo que se había ahogado, se lo participaron a su madre, quien lloró por su hijo, dándole por perdido.
Pues bien, pasaron cinco años (como en la pieza de García Lorca), y, en 1679, el tal Francisco, totalmente cubierto de escamas, se puso a tiro de unos pescadores del mar de Cádiz, quienes, apercibiéndose de que aquello que había caído en sus redes tenía figura de persona racional, lo subieron a bordo y lo condujeron a puerto. Era una especie de monstruo rarísimo de esos que pintaba John Buscema enfrentándose a Conan el Bárbaro, y por mucho que lo intentaban no conseguían arrancarle palabra. Por fin, y cuando nadie lo esperaba, dijo tan sólo, con acento norteño muy marcado: Liérganes
. Y como había un inquisidor gaditano llamado Fray Domingo de la Cantolla que procedía de aquel lugar, se descubrió paulatinamente el enredo. Francisco regresó a Cantabria con su madre, a la que no pareció alegrar en exceso la escamosa reaparición de su retoño. La criatura pareció habituarse a la vida pueblerina y fue perdiendo poco a poco su aspecto pisciforme, pero, al cabo de nueve años, desapareció para siempre. Un vecino de Liérganes afirmó haberlo visto tiempo después en un puerto de Asturias, aunque esta noticia —dice Feijoo, siempre puntilloso— no ofrece demasiado crédito.
El ensayo completo incluye no sé cuántas disquisiciones de Feijoo acerca de la naturaleza del anfibio, pues al benedictino le preocupaba mucho si el bueno de Francisco debía ser considerado un hombre hecho y derecho o una fiera más o menos sofisticada. Si quieren pasar un buen rato, léanlo en las Obras escogidas de Feijoo publicadas en la Biblioteca de Autores Españoles
de Rivadeneyra, volumen LVI, páginas 326-340. Es una auténtica delicia.
Y si quieren seguirle la pista al fantastique (que dicen los franceses) en la copiosa obra de Feijoo, deben leer, a guisa de ejemplo y entre otros muchos, los siguientes trabajos de nuestro autor: Astrología judiciaria y almanaques
, Duendes y espíritus familiares
, Vara divinatoria y zahoríes
, Milagros supuestos
, Piedra filosofal
y Cuevas de Salamanca y Toledo y mágica de España
(en el Teatro crítico universal), y Entierros prematuros
, De la transportación mágica del obispo de Jaén
y El judío errante
(dentro de las Cartas eruditas y curiosas).
Si no aguantas la vida, si cada minuto que pasa te conduce a una pantalla de videojuego cada vez más aterradora, móntate un suculento desayuno y sumérgete en la prosa de Benito Feijoo.
Toda historia tiene su moraleja. Y esta del hombre-pez de Liérganes, que tanto consiguió divertirme una fría mañana de diciembre de 1991, recién muerto Barandiarán, no podía ser una excepción. Si no aguantas la vida, si cada minuto que pasa te conduce a una pantalla de videojuego cada vez más aterradora, móntate un suculento desayuno y sumérgete en la prosa de Benito Feijoo. Presuntamente desterradora de la superstición reinante en la España dieciochesca, alberga textos que son joyas de la literatura fantástica, a lo que acaso contribuya su hipercrítico, aunque profundamente ingenuo, racionalismo. Atentar contra algo es, casi siempre, una sutil manera de prolongarlo.