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Ver productos1 Abr 1992 - 7min.
Autor: Jacinto Benavente.
Obra: Los intereses creados
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Teatro: Español.
Reparto: José Sazatornil, Juan Carlos Naya, Elvira Quintillá y María Granell.
Precio: 1.600 pesetas.
¿Se puede escribir un resumen del moderno teatro español sin incluir a Benavente? Puede hacerse, claro está, porque el comentario es libre, pero quien lo haga no dejará de ser zafiamente sectario. Al cabo de un siglo se comprende que la referencia a Echegaray fuera marginal, pero silenciar a Benavente sería abandonarse a la sinrazón. Se ha hecho, que conste. Pero la fuerza del teatro benaventino se impone por sí misma. Y ahora ocurre que, al cabo de decenios, los teatros se llenan porque el público responde, como antaño, al guiño de su nombre.
En lo que va de temporada, Los intereses creados es la tercera obra de Benavente que se representa en Madrid. Las otras dos, a las que ya dediqué comentarios en NUEVA REVISTA, fueron La noche del sábado y Rosas de otoño en escenario privado, la preferida por mi parte. Pero lo más significativo de esta aceptación por el público del teatro de Benavente consiste, a mi modo de ver, en que certifica que hay una vuelta a la percepción modernista del teatro que es lo más cercano a nosotros de la restitución de los valores clásicos. En los escenarios modernistas se sustituye el verso por la prosa, se insiste más en la coherencia interna de la trama que en los aspectos retóricos y estilísticos del texto, y aunque se rompe la unidad de acción, no por eso se descuida la coherencia narrativa.
Tales rasgos se imponen a los excesos del teatro romántico y, aunque se administran de forma muy gradual y variada, confirman la continuidad del sentimiento teatral en los gustos del espectador. Esta estabilidad se rompe con las aventuras vanguardistas, experimentalistas y plásticas, a las que una descarriada estética que pretendió deducir contenidos ideológicos de renovaciones formales, alentó hasta el hipérbaton. Paradójicamente el teatro postmoderno se consolida con una vuelta al modernismo, lo cual, en el lenguaje teatral, equivale a decir que asistimos a un feliz retorno de los valores tradicionales y clásicos que garantizan la continuidad de la afición.
Habría que hablar de la recuperación de Benavente más que de la vuelta a Benavente. La reposición de Los intereses creados ha sido un auténtico acontecimiento. Resultaba gozoso, como ahora se dice, ver de nuevo repleto el Teatro Español aunque, esta vez de un público joven, casi adolescente, que atendía con curiosidad y una despreocupada irreverencia la perfecta dicción de José Sazatornil, en su exacta reproducción del pícaro Crispín. Era un día de entresemana, lo cual tiene más valor. Aunque, para medir con más precisión el efecto que causa la imagen, tan inusual, de ver repleto el magnífico aforo del Español, hay que ponderar también la astuta, pero bien calculada supongo, estrategia de sus actuales responsables de promover teatro en los jóvenes ofreciendo a los colegios entradas a precio reducido. Como fuere el patio estaba rebosante. El público escuchaba y disfrutaba. Y los aplausos se oían con fuerza como si los años no hubieran pasado. Uno, que tiende al escepticismo cuando cavila sobre el porvenir que aguarda al teatro como espectáculo mayoritario, consideró que la tendencia aún podría cambiar.
Además, Los intereses creados es una de las obras más clásicas del autor: teatro sobre teatro, inspirado en los arquetipos de la vieja comedia del arte italiano, cuyos ficticios personajes, más bien muñecos que criaturas, no disimulan su origen artificioso bajo ningún afán naturalista. El lector recordará que esta obra, en la que muchos coinciden en ver la acumulación del teatro de Benavente, estrenada a principios de siglo, en la misma época en que triunfó Rosas de otoño, pertenece al género de la farsa. Tiene, pues, un contenido más simbólico que descriptivo, lo cual permite al autor recurrir a ciertas licencias que resultarían inaceptables en otro género más obligado a mantener la coherencia interna. El diálogo se deja llevar por excesos retóricos; la acción salta de una escena a otra sin que pueda explicarse la movilidad del escenario o los cambios de temperamento. Por qué Leandro queda prendido al instante del posible, pero no manifiesto encanto de Silvia pertenece a la página oculta o no escrita del diálogo. La pretensión moralizadora rezuma en episodios a veces retóricos, otras pretenciosos. Los personajes son tipos o símbolos, o, si se prefiere, marionetas del tinglado, según los califica el propio escritor.
Benavente es un censor sentimental, un crítico comprensivo y benevolente, un humorista que sustituye el sarcasmo por el sentimiento y suaviza la ironía administrándola con ternura.
Pero lo interesante está en que los propios defectos del diseño interno son encauzados hábilmente para colaborar con el efecto previsto para el conjunto. La trama se convierte en fábula, en rodeo para expresar y explicar la idea principal del dramaturgo que no es otra que exhibir, tomando el relato como pretexto, las limitaciones de la condición humana a través de la tipología de personajes que mueve en el escenario. Eso es lo que importa, aunque a veces los personajes, en la dirección de Gustavo Pérez Puig, se muevan demasiado poco o permanezcan inmóviles a causa de los desplazamientos de la acción y de la concentración del diálogo en unos o en otros.
Benavente es un censor sentimental, un crítico comprensivo y benevolente, un humorista que sustituye el sarcasmo por el sentimiento y suaviza la ironía administrándola con ternura. De aquí que esas limitaciones de lo humano no se conviertan en una denuncia de lo inhumano que alienta, a veces, en la propia condición. El espectador comprenderá rápidamente que la intriga externa es un pretexto de la acción interna, que es más discursiva que narrativa. Todos somos interesados, dice el mensaje de la fábula, pero la suma de intereses nos humaniza más que deshumaniza. El equilibrio de los egoísmos es compatible, por lo demás, con el altruismo de los distintos egos. No hay recetas rectas ni fórmulas formales. La bondad es una virtud que procede del corazón, al igual que el egoísmo, y es al corazón a donde hay que mirar más que a los afectos, a veces no deseados, de los actos. Por eso Leandro puede conjugar su amor por Silvia con su desinterés por su riqueza sin tener que renunciar ni a uno ni a otro, lo cual no deja de ser una ventaja. Por eso Crispín, que es un pícaro trapisondista surgido de la tradición literaria hispana no es un artero desalmado y atrabiliario aunque sea un bribón enredador y taimado. Por eso las apariencias tienen un reconocimiento social, pero la sociedad acaba rindiéndose no al culto de los intereses sino a las intenciones humanas de quienes los viven.
La fábula tiene precedentes en un cuento, El billete de un millón de libras. También en este relato dos adinerados británicos discuten sobre si el dinero lo es todo o si hay algo que no pueda comprarse con dinero. La moraleja de Benavente es todavía más indulgente que la de Twain. En uno y otro caso el amor triunfa sobre el dinero, y los amantes se ven recompensados por no tener que renunciar al vil metal. Pero en el cuento la disputa original prosigue sin que ninguno de los interlocutores pueda convencer al otro de que su punto de vista era el verdadero. En Benavente, no. El espectador queda convencido de que el amor es incorruptible y por ello no importa que los protagonistas también sean materialmente premiados.
Ya ha quedado dicho que Sazatornil resulta un Crispín convincente, sobrio, exacto en la precisión de su dicción tan clara que puede resultar mecánica. Sin duda, es lo mejor de la obra. Ya, el Leandro de Juan Carlos Naya es otra cosa. No es que desmerezca ni resulte deslucido, es que no alcanza el tono no emulable de su compañero de aventuras. Muy bien, casi todos los demás. Discutibles las pinceladas de actualización del diseño y vestuario. Se comprende que se ha pretendido suscitar una sensación de intemporalidad, pero hay cosas que no resultan asimilables por el sentido de coherencia del espectador. Así, la entrada de una hostería no es una fachada del Palace. Resulta difícil aceptar que un director de hotel responda al arrebato de palmas de un ocasional transeúnte. Son detalles que contribuyen a la desorientación ocasional pero que no afectan a la perfección del conjunto. Pérez Puig calcula, muy bien, los efectos retóricos y los cómicos. Enfatiza más, en los primeros actos, los rasgos literarios y, en los segundos, los humorísticos. El público responde bien, en general, y en particular, incluso acepta el excesivo manierismo de María Granell en el papel de Silvia.