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Ver productos1 May 1992 - 5min.
El silencio de los corderos, como era de esperar, copó los premios más importantes en la edición de los Oscar 1992 (véase crítica en el núm. 18 de Nueva Revista, octubre de 1991).
Oscar a la mejor película, al mejor director, Jonatan Demme, siendo la primera vez que lo consigue, al mejor actor, Anthony Hopkins, llamada de atención a los actores americanos pues es el tercer año consecutivo que se lo lleva un inglés, a la mejor actriz Jodie Foster, quizás el más discutido, sobre todo por ser el segundo en su carrera y en un corto espacio de tiempo (ya lo obtuvo en 1988 por Atrapados) y al mejor guión adaptado, Ted Tally, de la excelente novela del mismo nombre de Thomas Harris.
Sin menospreciar el excelente guión original, justamente premiado, de Callie Khourie para la película de Ridley Scott, Thelma y Louise, o el propio trabajo de sus dos excelentes intérpretes, Susan Sarandon y Geena Davis, que partían como favoritas, ex aequo, la decisión de la Academia parece haber querido redondear con esta lluvia de premios —sólo igualada anteriormente dos veces en toda la historia del cine por Sucedió una noche de Frank Capra y por Alguien voló sobre el nido del cuco de Milos Forman—, el respaldo mayoritario del público y la crítica a la que, sin duda, ha sido la mejor película del año, la más rotunda, la más conseguida.
El propio Billy Wilder, el único aún vivo de los grandes directores de la edad de oro de Hollywood, se ha pronunciado sobre ella como verdadera obra cumbre y la mejor película que veía en muchos años.
Las dos grandes derrotadas han sido Bugsy, de Barry Levinson y JKF de Oliver Stone, a juzgar por el número de nominaciones de que partían, diez en el primer caso y ocho en el segundo.
Bugsy es una película floja, superficial, inconsistente, y todo en ella suena a falso y pretencioso, así que con el Oscar al vestuario y la dirección artística se premia justamente lo único que cabe resaltar después de tanto esfuerzo.
JKF (ver Nueva Revista, núm. 24, abril de 1992) consiguió también dos estatuillas, fotografía y montaje, y aunque es una cinta ambiciosa, muy política y precedida de una gran polémica, y su director, Oliver Stone, haya sido premiado un par de veces (Platoon y Nacido el 4 de julio), en esta ocasión, la Academia no ha podido refrendar un trabajo fallido, pues al verla enseguida se nota que a Stone se le ha ido de las manos, no le ha salido y es su peor película hasta el momento.
Los Oscar técnicos fueron a parar a Terminator-2, y la mejor película de lengua extranjera, resultó la italiana Mediterráneo de Gabriele Salvatore, con lo que los italianos ganan por 9 a 8 a los franceses en este particular duelo.
En resumen, este año, más que nunca, ganó el cine que atrae, ilusiona, estremece y emociona al espectador, al gran público. Es decir, el puro cine.
Uno de los títulos que ha quedado fuera del reparto de los Oscar es Grand Canyon, horriblemente subtitulada en España El alma de la ciudad, a pesar de ser uno de los filmes más interesantes de la temporada.
Su director y guionista, junto con su mujer Meg, Lawrence Kasdan, es autor de obras tan interesantes como Fuego en el cuerpo, Silverado o El turista accidental. Aquí parece seguir el camino de profunda reflexión que inició en esta última sobre la deshumanización de la vida actual, presidida por el egoísmo en las relaciones, la crisis familiar, la indiferencia y la violencia social.
Los personajes viven en la dureza de la gran ciudad, moralmente confundidos, en un clima depresivo y frío lo que les lleva a la vaciedad más absoluta. El marido, personaje principal magistralmente interpretado por Kevin Kline, sobrio, medido, natural, al que cuesta reconocer de tan alejado que está del cliché cómico a que nos tiene acostumbrados, está absolutamente perdido, a punto de naufragar en una relación con su secretaria que no le satisface en absoluto.
La mujer, frustrada ante un marido que se ha alejado y un hijo que ha crecido, intenta llenar su tiempo con una agenda repleta de no se sabe bien qué ocupaciones banales.
El hijo, con el egoísmo propio de la edad, desconoce totalmente a sus padres, rehuye un clima de intimidad y sólo quiere de ellos atenciones materiales concretas. Los tres componen, sin saberlo quizás, sin querer admitirlo al menos, una familia a punto de naufragar, tal como expresa el propio hijo en un diálogo con la madre. Los negros, tanto los que viven honradamente como los que lo hacen fuera de la ley, devuelven en forma de desconfianza y escepticismo, los primeros, y pura violencia, los segundos, la marginación a que se ven sometidos por la sociedad.
El detonante para esa llamada a la esperanza por la que parecen apostar los Kasdan estará, en un caso, en la amistad entre los dos personajes principales, negro (un excelente Danny Glover) y blanco, que les hará salir a uno de su cerrazón y desconfianza, a otro de su comodidad y apatía, en otro en el bebé abandonado y encontrado por la esposa que le hará reclamar una nueva maternidad con que llenar su vida y que ella misma no se atrevía a plantear.
Esta esperanza parece cifrarla Kasdan en una vuelta a la honestidad, el cariño, la generosidad y la unión familiar. Y también en la ecología, en una vuelta a la Naturaleza, de la que sacar nuevas energías, más puras, más limpias, simbolizada por el Gran Cañón, allí perenne, siempre igual a través de los siglos, tan cerca de la gran ciudad como colosal gigante que se ríe de los absurdos afanes de las hormiguitas, sus habitantes.
Por último, un gracioso guiño al espectador cinéfilo, en boca de ese personaje cínico e inmoral, que representa a un productor de cine y encarna Steve Martin, cuando le dice a su amigo (Kevin Kline), Deberías ver más cine, los acertijos de la vida están en las películas
. Claro, que lo dice un productor.