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Ver productos1 May 1992 - 23min.
Un exceso de pudor histórico —un extremismo en nuestro juicio del pasado, que, como todo extremismo, nos oculta la realidad— ha querido poner fuera de circulación la palabra DESCUBRIMIENTO al designar el acontecimiento del 12 de Octubre de 1492.
Pero la hazaña de Colón no solamente inició una serie de descubrimientos paralelos: el descubrimiento de América por España y Europa; el descubrimiento de América por América… —como dice David Vela, escritor guatemalteco: el descubrimiento de América dio al hombre una conciencia planetaria
— sino que, además, con el descubrimiento de América comienza el desarrollo de las ciencias humanas: etnografía, antropología, arqueología, etcétera, y así la identidad del hombre americano —en la medida en que integraba razas y culturas— se iba formando y perfilando teniendo como dinámica interior el descubrir constante de sus raíces y de su pasado. ¡PARA AMÉRICA SU HISTORIA ES DESCUBRIRSE!
Ya desde el comienzo los Mayas nos sorprenden, cuando sus sabios aprenden a escribir en el alfabeto español su Popol-Vuh y sus Chilanes Balanes, con la genial recreación que hacen de sus tradiciones y de sus formas literarias al descubrir la Biblia y la cultura occidental: es un caso inaudito: reinventar la memoria, promover como defensa un mestizaje contra el mestizaje. ¡Esto poco se ha profundizado! Pero es dinamismo del descubrir sustancial a América, que siglos después expresó Darío en su salutación Al rey Oscar: Mientras haya… una imposible hazaña/una América oculta que hallar, vivirá España
, verso que lleva oculta su contraparte, pues también, mientras haya una España y un Occidente que descubrir, ¡vivirá América!
Nunca se hubiera llegado a la cosmovisión y al singular humanismo hispanoamericanos, si a los dos descubrimientos citados no se agrega el más importante que fue y es el descubrimiento de Cristo por el indio de América.
Sólo contando con la dinámica de ambos descubrimientos se comprenden movimientos tan profundamente americanos como el levantamiento en cadena de los municipios para la Independencia, el Barroco, o el Modernismo o las Vanguardias.
Descubrir a Occidente y asimilarlo, descubrirse a sí misma e ir cobrando conciencia lentamente de la propia identidad mestiza —suma de culturas—, ha sido, en esencia, nuestra empresa histórica; pero nunca se hubiera llegado a la cosmovisión y al singular humanismo hispanoamericanos, si a los dos descubrimientos citados no se agrega el más importante que fue y es el descubrimiento de Cristo por el indio de América.
Mostrando una gran superficialidad o un cegador prejuicio, la mayoría de los historiadores no cristianos, pasan sobre brasas o no le conceden importancia al extraordinario fenómeno de la conversión de todo un continente. Por la forma en que se llevó a cabo y la amplitud de sus resultados —dice el historiador chileno Bravo Lira— esta evangelización en América, que se completa en los siglos siguientes, no tiene paralelo. Es hasta ahora el más vasto y fructuoso esfuerzo misional en la historia de la Iglesia
. Posiblemente quienes guardan silencio ante este hecho sin paralelo no han conversado en confianza con un indio boliviano, o con un ecuatoriano o un indio náhuatl/mexicano. Su profundidad religiosa —que ha maravillado a poetas como Thomas Merton— me hizo pensar una vez que el indio es naturalmente santo y cuando se lo dije al gran poeta senegalés Sedar Senghor, me contestó: Es la capacidad que también tiene el africano de descubrir lo sobrenatural en lo natural. ¿Han visto ustedes las multitudes que se reúnen alrededor de Juan Pablo II en sus visitas a América? No es el número —aunque el número es también una señal— sino esa cercanía de sus ojos con el misterio. Parece que nos llevan siglos adelante en el acercamiento a lo inefable.
La mayoría de los historiadores eluden presentar la función protagónica de la religión en la formación de América.
La mayoría de los historiadores eluden presentar la función protagónica de la religión en la formación de América. Olvidan que los dos grandes momentos expansivos de la civilización europea —las Cruzadas y la Conquista de América— fueron de motivación religiosa y que, al encender esta fuerza motora, produce transformaciones medulares en los pueblos. Podemos dividir en tres grandes etapas la historia religiosa de América.
período arcaicoque cubre desde el comienzo de las poblaciones primitivas hasta el nacimiento de las altas culturas. La religión de este período la simboliza el JAGUAR, que es el culto a las fuerzas de la naturaleza.
El JAGUAR nos acerca a los egipcios, la SERPIENTE a los caldeos; el tercer paso nos incorpora a la Biblia, es decir, al libro del destino universal. América se abre geográficamente, racialmente, políticamente, teológicamente.
En este punto el espectro de América nos ofrece innumerables sugerencias para la reflexión. Por ejemplo ésta: Las culturas indias de Meso y Sur América tienen en su arte algo en común: una acusada voluntad de perseverancia
. Para esas culturas Dios no es nuevo
, la novedad no es interesante. Dios es Viejo y Eterno: plasmar esta representación vieja, tradicional y sacra de lo divino es la misión del arte para el indio —nos dice Paul Westheim—. La misión del hombre precolombino no es cambiar al mundo, ni crear un nuevo orden del mundo, sino conservar rigurosamente el orden viejo y eterno.
Estas civilizaciones, de profundas raíces conservadoras, se ven de pronto y generalmente en forma violenta, mezcladas, fusionadas con una civilización de signo contrario en sus raíces. Con una religión de la Buena NUEVA. Como dice el filósofo polaco Kolakowski: la civilización de la conjunción de raíces griegas, latinas, judaicas y cristianas ha sido una civilización que se ha mostrado capaz de promover cambios rápidos y tumultuosos en la ciencia, la tecnología, el arte y el orden social
. (Acabamos de ver esa capacidad de cambio en la Europa del Este). América fue, pues, el choque de una herencia inmovilista con la contraria.
Las culturas indias —que conocieron la rueda pero no pudieron nunca utilizarla— estaban impedidas en su desarrollo y les era imposible, a pesar de sus extraordinarias capacidades de inventiva y creación, saltar de la Edad de Piedra o de los Metales a la siguiente etapa.
Para conocer más a fondo el peso de esa inmovilidad, tomemos en cuenta este dato: la falta de animales de tiro como el caballo y el buey, que le daban función civilizadora a la rueda, fue decisivo para la formación de Hispanoamérica. Esa falta de rueda fue la presión mayor para que se produjera el mestizaje, porque las culturas indias —que conocieron la rueda pero no pudieron nunca utilizarla— estaban impedidas en su desarrollo y les era imposible (a pesar de sus extraordinarias capacidades de inventiva y creación) saltar de la Edad de Piedra o de los Metales a la siguiente etapa. Estaban impedidas de romper el círculo de una repetición sin futuro. Cualquier mayor avance exigía esclavitud, una dosis de esclavitud cada vez mayor cuanto mayor fuera su progreso, o sea una esclavitud tal que los devolvería al punto de partida. Ya no podían por sí solas (y no por su culpa) emparejarse con el proceso evolutivo del hombre histórico universal. La llegada de Europa, aunque produjo con frecuencia choques brutales —más brutales cuanto mayor era la disparidad de técnicas y culturas— llenó ese vacío con una dinámica nueva y transformadora. Pero lo que se produjo no podía menos que producirse y yo creo que ese hecho —esa fusión postergada de un pedazo de humanidad retrasada en su proceso con el dinamismo occidental— estaba y está cargada de futuro. No hemos sabido todavía —a través de una educación espiritual y científica— desarrollar todas sus posibilidades. Todavía llevamos dentro esta mezcla de opuestos, esta dualidad contradictoria: ¿cuál será su síntesis? ¿Cuál será el resultado final al fusionarse los dos ritmos y sus dos valoraciones del tiempo y la eternidad, de la actividad como medio y como fin, del ocio y del negocio?
Hay otro punto que merece también nuestra reflexión. En Mesoamérica Cristo tuvo una especie de profecía profana —como lo fue para la Europa naciente la Égloga IV de Virgilio— y esa profecía es el mito de Quetzalcóatl —el mito de mayor contenido humanista de la América prehispana— tanto así que algunos misioneros creyeron que Quetzalcóatl no era otro que el apóstol Santo Tomás.
Quetzalcóatl fue un héroe cultural, creador y fundador de cultura. Su doctrina religiosa estructura un humanismo trascendente: aspira a que el hombre sea el soberano de sus propias decisiones y los medios que propone para alcanzar este humanismo son el ascetismo y la sabiduría de la contemplación. Su nombre Quetzalcóatl, pájaro-serpiente —o serpiente emplumada—, simboliza el equilibrio entre materia y espíritu, entre fuerza y razón. Y entre sus mandatos morales destaca su no rotundo a los sacrificios humanos y su anti-militarismo. Mientras predominó su doctrina, la arqueología comprueba, como dice Covarrubias, la ausencia de vestigios de guerra y de sistemas defensivos.
Quetzalcóatl es un mea-culpa cultural, tan profundo y mordiente que ya todos sabemos lo que significó Quetzalcóatl y lo que ayudó el mito de su regreso a la victoria de Hernán Cortés sobre el militarismo azteca y su emperador Moctezuma.
Estas ideas no podían satisfacer a los nacientes impulsores de un primario imperialismo militarista. El mito nos narra la forma en que Tezcatlipoca engaña y traiciona a Quetzalcóatl. Lo emborracha con pulque y lo hace caer en pecado. Entonces, avergonzado, se exilia voluntariamente y promete volver. Parte al exilio por el mar en una balsa de serpientes. La imagen es de impresionante belleza. Pero, para mí, lo más importante de este mito es que, a pesar de la derrota y fracaso de Quetzalcóatl, el militarismo vencedor, que impone los sacrificios humanos y la guerra, se ve obligado a incorporar su memoria y sus principios morales a la nueva religión y a la nueva cultura militarista. La memoria del pueblo es fiel a sus ideales. Pero entonces, el militarismo, así como lo incorpora, a la vez lo traiciona. Y esta contradicción farisea hace que Quetzalcóatl se convierta en el remordimiento de nuestra historia indígena. Quetzalcóatl es un mea-culpa cultural, tan profundo y mordiente que ya todos sabemos lo que significó Quetzalcóatl y lo que ayudó el mito de su regreso a la victoria de Hernán Cortés sobre el militarismo azteca y su emperador Moctezuma.
Pues bien, esta original característica de la historia del indio mesoamericano —de llevar dentro de sí una figura dinámica y subversiva que hace veces de conciencia crítica y de remordimiento humanista contra los opresivos— vuelve a repetirse en la historia de la conquista y colonización, cuando España impone a veces con la espada la religión cristiana, pero suscita con ella, desde los primeros misioneros y desde la conciencia de sus reyes y de muchos de sus hombres de espada, una autocrítica interna y permanente a la conquista, al dominio y a la explotación.
La Leyenda Negra se convierte en remordimiento. Remordimiento que no cesa, que no se apacigua en razón de esos valores espirituales y morales exigentes y perfeccionistas que cuestionaron a nuestra política ayer y la siguen cuestionando hoy. ¡Nuestra América es la única cultura que posee el remordimiento como elemento dinámico de su identidad!
Lo que se ha llamado la Leyenda Negra nace de esa autocrítica que produce el cristianismo —en forma parecida a lo que sucedió con Quetzalcóatl— al contrastar la doctrina y la práctica. Las denuncias del Padre Las Casas, de los frailes, de los teólogos, se convierten en tabla de valores morales, y de este modo, la Leyenda Negra, acumulándose en el subsuelo de nuestra historia, se convierte en remordimiento. ¡Es el remordimiento de nuestra historia contra nuestra historia!, remordimiento que no cesa que no se apacigua en razón de esos valores espirituales y morales exigentes y perfeccionistas que cuestionaron a nuestra política ayer y la siguen cuestionando hoy. Salvo el pueblo israelita. ¡Nuestra América es la única cultura que posee el remordimiento como elemento dinámico de su identidad!
Sin embargo, el remordimiento —ese elemento bíblico inserto en nuestra historia— funciona porque somos un pueblo mestizo, es decir, el producto —a veces violento— de la dialéctica del amor. Hispanoamérica no es la civilización de trasplante de Estados Unidos —que se desarrolla con éxito, según sus propias leyes, en tierra nueva— sino la creación de un MUNDO NUEVO por una serie de descubrimientos, encuentros, choques y fusiones. El resultado todavía en proceso lo definió lapidariamente Bolívar: No somos españoles, no somos indios; somos otra cosa
.
Hispanoamérica es el lecho erótico de un tercer hombre. Y ese tercer hombre es, fundamentalmente, la fusión de lo indio y lo hispano (o más ampliamente de lo americano y lo europeo) con un aporte poderoso de lo africano. En América se vuelve a comprobar la virtud creadora de ese aporte negro que contribuyó a forjar el Mediterráneo. El mestizaje fue así un proceso de integración y el tipo nuevo que produjo es la consecuencia del ideal de misión y del concepto del hombre del catolicismo español, pero no sin pasar por la prueba y la contradicción con las ideas guerreras y del trato al vencido que prevalecían entonces, no sólo entre europeos sino entre los mismos indios.
En la dramática formación de nuestra América mestiza hay un movimiento doble y contradictorio en su dirección: fuerzas que tienden a mantener la mentalidad medieval y fuerzas que quieren crear una historia nueva. Un pasatismo en lucha con un futurismo.
Por ejemplo: Cuando Colón descubre América, dentro de su mentalidad visionaria, prevalecen algunas creencias y algunas imágenes del mundo medieval; está descubriendo lo NUEVO, pero se le interponen las teorías y fabulaciones antiguas; cree que América es Cipango o que somos la India y por esa medievalidad todavía se llaman indios nuestros indios. Pero contra esa resistencia del pasado, la corona, los reyes y sus navegantes imponen el verdadero rostro de la realidad: somos un NUEVO MUNDO y eso nuevo funda no sólo una nueva geografía universal sino una nueva edad.
En la dramática formación de nuestra América mestiza hay un movimiento doble y contradictorio en su dirección: fuerzas que tienden a mantener la mentalidad medieval y fuerzas que quieren crear una historia nueva.
Luego, cuando los descubrimientos dan fatalmente a las conquistas, la tradición medieval, todavía viva, vuelve a imponerse en la empresa española y lusitana y se establece la esclavitud o el servicio forzado o la encomienda
sobre el vencido. Y otra vez la fuerza nueva, motivada por el cristianismo y sostenida y alentada por la Iglesia misionera y por los reyes, se enfrenta con esa medievalidad exigiendo otro trato para el indio, decretando las LEYES NUEVAS y empeñándose en una larga lucha por lo que hoy llamaríamos JUSTICIA SOCIAL con el vencido. ACTITUD que nos revela la fuerza dinámica de la fe y los principios cristianos —que los historiadores no suelen tomar en cuenta—, principios capaces, en este caso, de crear una situación completamente nueva, una ética nueva que establecía una ruptura con todo el pasado de la historia humana, ya que el sistema de esclavitud y de trabajo forzado del vencido, no sólo era uso y costumbre de Occidente y Oriente sino también —como acabo de decirlo— de los mismos indios en todas sus culturas.
Así, pues, el remordimiento
funciona; pero también algo más positivo engendrado por la dialéctica del amor del mestizaje. David Brading, en su libro The First America, señala con agudeza la originalidad con que el franciscano Juan de Torquemada y el Inca Garcilaso de la Vega desarrollan sus interpretaciones del pasado indígena de México y de Perú, sembrando la semilla de la primera forma de patriotismo criollo que se desarrollaría en los siglos siguientes —encendiéndose en el culto mexicano a la Virgen de Guadalupe y en el culto peruano a Santa Rosa de Lima— hasta adquirir su mayor esplendor a finales del siglo XVIII; patriotismo que quiere realizar, ya en el siglo XIX, la singular fusión de un republicanismo católico con un nacionalismo insurgente aunque —como veremos adelante— algo detiene entonces la dinámica creadora del mestizaje y comenzamos a perder identidad imitando los esquemas y fórmulas ajenas.
Pero, volvamos atrás: Paralelamente al mestizaje en América y al pensamiento misionero de teólogos y misioneros —de un Bartolomé de Las Casas, de un Motolinía, de un Tata Vasco de Quiroga— en España se produce el desarrollo de un pensamiento nuevo sobre la relación entre naciones. Surge el pensamiento de Suárez y de Vitoria (Suárez influyó en la mayoría de los filósofos que crearon el pensamiento moderno como Descartes, Espinoza, Leibniz, etc.) y Vitoria es el Padre del Derecho Internacional o Derecho de Gentes moderno, uno de los ingredientes de la Edad Moderna y de su estructura pluralista.
Es decir, fue el descubrimiento doctrinario y práctico de la OTREDAD. El concepto cristiano de prójimo se hace sustancia social de América. En Estados Unidos al indio se le extermina o se le reduce a RESERVAS, excluido del mundo nuevo que quería crear el blanco anglosajón. En Hispanoamérica el Indio, con frecuencia, fue obligado a servidumbre y explotado; pero no excluido del mundo nuevo y —al final de esa no-exclusión y gracias al cruce a que dio lugar entre dominadores y dominados— surgió el nuevo hombre americano.
Naturalmente que el mestizaje no fue siempre un idilio o un beatífico matrimonio. Es el segundo acto de un choque guerrero de culturas y razas. Ni siquiera podemos decir que al principio —salvo excepciones— funcionara muy cristianamente, pero sí podemos decir que obedecía a una falta de prejuicios que se derivaba del humanismo católico. Comenzó produciendo, no legitimidad sino bastardía. La familia que lamentablemente se estableció sobre el mestizaje fue una familia con frecuencia desequilibrada y problemática. El tercer hombre —el mestizo— fue por mucho tiempo un desclasificado. No se sabía qué hacer con él: nacía en tierra de nadie; ni lo apreciaba la raza dominadora española, ni la dominada indígena. Pero, poco a poco, ese Tercer Hombre fue el hombre paradigmático de América: sumaba dos culturas y, sobre todo, resolvía el conflicto de razas por la dialéctica del amor. Llevaba en sí mismo la tarjeta genética del NUEVO MUNDO. El despreciado fue la piedra angular. El mestizo fue América.
Yo agregaría: en la medida que nuestro TERCER HOMBRE ha sido fiel a su empresa integradora, y ha sido creador de sus soluciones históricas y no imitador; en la medida que el dinamismo de su historia ha sido el amor y no el odio o la indiferencia, América ha construido futuro. En cambio, la traición a ese signo ha dado como resultado inmediato la cultura de la Muerte y del Terror, guerras civiles y dictaduras.
Pero todavía cabe otro enfoque sobre nuestro TERCER HOMBRE: Si estudiamos sus realizaciones históricas, vemos que el mestizo es heredero de los tres factores humanos que hicieron América: el hombre de espada, el hombre de la cruz y el hombre de toga. Cada hombre de esos forma su réplica en el indio y de esas tres tesis y antítesis se ha ido formando la síntesis americana todavía en proceso. Sin embargo, de esos tres factores hay uno que ha ido perdiendo (y que debe seguir perdiendo) su primogenitura hasta ser absorbido por la civilidad: es el hombre de espada. La civilización de América avanza a la eliminación del hombre de espada y a darle una significación civilizadora cada vez mayor al hombre religioso y al hombre jurídico. No es que vayamos a sacar del museo, con ímpetus fundamentalistas, una teocracia, pero sí una revalorización, una puesta en su lugar real del valor trascendente del hombre. Para América —si sigue el camino emprendido de fidelidad a sí misma— tiene un valor decisivo y fundamental lo sagrado.
El mestizo es heredero de los tres factores humanos que hicieron América: el hombre de espada, el hombre de la cruz y el hombre de toga.
Pero estudiemos no sólo nuestra tradición sino también nuestra traición. En una conferencia reciente hacía ver la desviación histórica de Iberoamérica comparando las dos revoluciones de la Independencia, la de Estados Unidos y la de los países del Sur.
Norteamérica, decía, al realizar su revolución rompe con Inglaterra, pero no con el espíritu ni con el impulso histórico que llevó a su pueblo a la tierra americana; tampoco renuncia a la teología protestante, ni cuestiona su moral, sino que la revolución estadounidense es un despliegue, hasta hoy, de las fuerzas impulsoras de aquella primera semilla cuyo brote en 1730 fue llamado El gran despertar
.
En cambio, nuestra revolución iberoamericana de la Independencia lo que primero hizo, después de exiliar o maltratar a sus libertadores, fue un corte radical anti-histórico en el conducto mismo de su ética social. La revolución perdió así los valores éticos para legitimar su autoridad, perdiendo su fluidez en una sangrienta intermitencia de guerras y dictaduras, en las que se sucedían en relevo ideas importadas y utopías, generalmente deletéreas mientras la Iglesia Católica, forjadora del alma mestiza y último eslabón de unidad popular, se insertaba en esos antagonismos o era perseguida por los gobiernos, no quedando, de los elementos que formaron América, más que una contienda perpetua.
De esta manera nuestra alma colectiva, nuestra identidad, sufrió la distorsión de una nefasta hipocresía: la de creer en privado una cosa y renegar de ella —o bien ocultarla como delito— en público.
Nuestros ideólogos democráticos del tiempo de la Independencia —según observa Octavio Paz— no tuvieron la imaginación ni el realismo de los misioneros del siglo XVI, cuando mestizaron el cristianismo con las costumbres y mitologías precolombinas. No supieron salvar la ruptura de la Independencia continuando el proceso integrador mestizante. (No hubo, por ejemplo, un Jacques Maritain que rejuveneciera el Tomismo en que había sido formada Hispanoamérica). Al contrario: cortaron la comunicación entre Tradición y Modernidad y nos dejaron de herencia esa deslealtad
que nos ha costado tantas incertidumbres, ese doble juego
—de que habla Romano Guardini— que, por un lado, rechaza la doctrina y el ordenamiento cristiano de la vida, y por otro reivindica para sí las consecuencias humanas de esa misma doctrina. ¡Hemos abundado, para desgracia nuestra, en machetones y bárbaros tiranos defensores de la civilización cristiana
!
Sin embargo, el siglo XX —siglo sangriento de revoluciones— ya en su crepúsculo alumbró de pronto la más profunda e inesperada revolución: la del desengaño. Se le había dicho al hombre que podía recuperar el Paraíso en la tierra. Pero el Paraíso debía ser custodiado por los más feroces policías y estar rodeado por una cortina de hierro. Y el hombre experimentó las leyes terribles de la nueva felicidad. Y comprendió, como dice el poema, que el infierno es un paraíso amurallado
. ¡Por eso el símbolo del desengaño es la caída de un muro!
Pero el hombre se dio cuenta también, tal vez un poco tarde, que la utopía del Paraíso, no sólo era un engaño sino un peligroso virus paralizante que entumía los principales estímulos e impulsos que mantienen activo el desarrollo, sobre todo el económico, de una civilización. La idea de Paraíso se alimenta de la idea en reposo de que ya se llegó a la meta. Y esa pretensiosa idea redujo la producción y la creación; entumió la iniciativa y el progreso, matando el sueño del hombre. Económicamente la abundancia se quitó su gran túnica de propaganda y vimos la flaqueza de su miseria.
¡Este es el momento en que cobra toda su fuerza retenida el sustancial aporte del Cristianismo al desarrollo de Iberoamérica!
La ley dinámica del Cristianismo nunca fue construir paraísos en la tierra. (Para el Cristiano no hay utopía sino resurrección). PERO hay un mandato: SED PERFECTOS COMO MI PADRE CELESTIAL ES PERFECTO
. ¡Tremendo mandato! que sirve para que nuestra aspiración a mejorar —en nuestro desarrollo personal lo mismo que en el político y social— nunca pueda detenerse (¡Cristo no deja al hombre estancarse en ningún logro!). El remordimiento
y el espíritu crítico han sido inoculados por el cristianismo en nuestra historia para perfeccionamiento de esa misma historia. El cristianismo participa y hace suya la lucha por la justicia, por el bienestar, y por la liberación de los pueblos; pero no puede sustituir con ella la superior y trascendente empresa de la Redención. El reino de Cristo impregna y atraviesa las liberaciones humanas, manifestándose en ellas, pero sin identificarse con ellas. Por eso el mandato de perfección también significa para beneficio del hombre, que nunca debe confundirse política y religión, economía y religión, sociología y religión: ¡Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios!
Ahora, en el ocaso de las ideologías, después de un largo siglo de desengaños, el TERCER HOMBRE americano se da cuenta —al repasar sus cinco siglos de historia— que la única fuerza moral que le ha permitido mantener la dignidad humanista, que ha mantenido encendida la idea de Derecho y de Justicia en nuestros pueblos y les ha dado resistencia contra el Poder para no bajar en el corazón la bandera de la libertad, que la única llama que ha mantenido encendido el sentido crítico, inclusive en el orden estético, para que el escritor enfrente y lance sus anatemas y sátiras contra los vicios sociales y políticos: es la fuerza y la llama anterior que contenía la semilla cristiana, sembrada en la evangelización de América. ¡Gran poder remordiente el de esa semilla!
Hemos tenido en América la experiencia terrible de ver germinar en el vacío del amor —en el vacío de la negación del amor— la mística del terror; y, sin embargo, al mismo tiempo y al borde de tanto campesino sacrificado por sus libradores, América es el único continente que ha debatido —como primer mandamiento de su destino histórico— la preocupación y, más aún, la opción por el pobre. ¡Lástima que una teología tan profundamente vinculada con las raíces americanas —con la obra de sus misioneros y con los ideales jurídicos iniciales— haya sido desviada sin originalidad y empobrecida por teólogos mediocres, que no pasaron de ser sociólogos utópicos, que rindieron tributo al marxismo y a la violencia!…, ¡la violencia, que no es otra cosa que la falta de fe en el amor!
Es de suma importancia conocer y respetar esa dirección, es decir, el sentido en que se mueve una historia impulsada por la masa dinámica de su pasado, y esa dirección no es otra que la que nos ha llevado y nos sigue impulsando —no a la cerrazón y al rechazo nacionalista, ni al odio racial, regional o de clase— sino al ENCUENTRO, a la fusión de los tres mundos que componen la historia universal que son: el mundo ORIENTAL del indio, el OCCIDENTAL del español y el aporte AFRICANO. Encuentro vivo y activo que nos indica que América es la convergencia de las civilizaciones. (Vasconcelos vio en ese encuentro
la formación de una raza cósmica
). América y su TERCER HOMBRE —que Rubén Darío caracteriza como sentimental, sensible, sensitivo
— quiere superar (y está superando) en su literatura, en su pensamiento más entrañable y en su cultura, la tiranía del LOGOS heredada de Occidente (no hablo del Logos del Evangelio de San Juan, sino del racionalismo cerrado, de esa razón pretensiosa cuyos sueños son monstruos, según Goya) y para superarlo quiere aportar la otra gran potencialidad, el Amor (nuestro EROS mestizo) sobre cuya realización y florecimiento —dice el escritor venezolano Guillermo Yepes Boscán— es posible pensar la cristalización de la idea de AGAPE como comunidad no sólo biológicamente sino fundamentalmente espiritual
.
Sigue pues, Quetzalcóatl prohibiéndonos los sacrificios humanos; sigue Fray Bartolomé de Las Casas recordándonos —frente al renacimiento del Capitalismo— que no ha perdido sus peligros la riqueza, ni se pueden olvidar los derechos de la pobreza.
La dirección de la historia de América es el OTRO
, es el prójimo —la superación del egoísmo—. ¡Sigue pues, Quetzalcóatl prohibiéndonos los sacrificios humanos; sigue Fray Bartolomé de Las Casas recordándonos —frente al renacimiento del Capitalismo— que no ha perdido sus peligros la riqueza, ni se pueden olvidar los derechos de la pobreza!
Considerando cuánto ha tenido de sueño y de realidad —de utopía y de historia— nuestra historia, una vez afirmé en un poema que América era la tercera salida del Quijote
. Larga salida, difícil aventura de cinco siglos que ha ido formando ese tercer personaje que se desprende de la obra cervantina —ese TERCER HOMBRE—: el Quijote-Sancho; el caballero escudero; el capital-trabajo; el realismo mágico; el quetzal-cóatl o pájaro serpiente de los presagios indios, es decir, el mestizaje radical —como cantaba Joaquín Pasos— de:
«un español todo indio,
y de un indio todo español»
La difícil fusión del pájaro (como metáfora de espíritu) y la serpiente (como símbolo de la materia).
Lo que ha estado formando nuestra historia en quinientos años de fusiones y confusiones, de experiencias fallidas, de imitaciones costosas y de creaciones vitales; en quinientos años de caer y levantarnos, lo que se ha formado es ese tercer hombre: el Cristiano americano.
En su humanismo integral, en su equilibrio del Logos y del Eros, en su valoración de la Democracia después de tantas frustraciones, en sus exigencias de justicia después de tanta pobreza, hay una inmensa reserva de porvenir. Yo creo como Rubén Darío que la Civilización del tercer milenio será su obra. Y repito su verso:
«¿La latina estirpe verá la gran alba futura?»