Premio Nadal de novela, 1992

Mª Pilar de Cecilia

Título: Ciegas esperanzas.
Autor: Alejandro Gándara.
Editorial: Ediciones Destino, Barcelona, 1992, 236 páginas.
Precio: 1.800 pesetas.


El premio Nadal concedido por la editorial Destino en la noche del 5 de enero víspera de Reyes, mantiene, junto con el Planeta, la primacía dentro del actual panorama de la novela española. Aunque no en todos los casos, en el premio Nadal suelen predominar criterios más literarios, así como de promoción de valores, si no jóvenes, al menos sí desconocidos para el gran público. La editorial Destino es más sobria en el reparto de millones al escritor premiado, aunque es tradición —no siempre cumplida— que ofrece mayores garantías de calidad.

En esta ocasión, el Nadal 1992 ha correspondido al novelista cántabro Alejandro Gándara, nacido en Santander en 1957. Hombre todavía joven, aunque se aproxime al límite de la madurez, ha publicado hasta el momento cuatro novelas de éxito desigual: La media distanciaPunto de fugaLa sombra del arquero y El final del cielo. A través de sus obras, se percibe que la postura literaria del autor se encuentra fuera de las corrientes de la narrativa de consumo, por lo que se dan en él algunos de los requisitos que abran paso al camino del Nadal. Por tanto, el hecho de haberlo obtenido no constituye ninguna sorpresa, como tampoco lo es que al llegar al término de la novela ganadora el lector comprenda el riesgo que supone comprar un libro premiado y luego, además, leerlo hasta el final. Estas «Ciegas esperanzas» pueden verse defraudadas, al menos en parte, a mi entender, en esta ocasión.

Entre ficción y realidad

La obra narra, en planos entrecruzados, la vida y la muerte del protagonista creando una extraña atmósfera fantástica. Cuando el personaje aparece en el mundo de los vivos, se asemeja a uno de esos «Zombis» o muertos vivientes de ficción, y en los capítulos en los que interviene como ya muerto, da muestras de notable vitalidad y activismo, incluso frenético. Una trama llena de vericuetos sirve para presentarnos la vida del protagonista, nacido en Larache durante el protectorado español, hijo de un profesional de la enseñanza. La muerte del padre y la independencia de Marruecos le alejan de África, ingresando en la Academia General militar de Zaragoza. En edad madura, con el grado de coronel, casado y padre de una hija, es enviado nuevamente a Larache en una misión de guerra de dudosa localización temporal, en el transcurso de la que muere, abatido en una emboscada de los marroquíes.

Esta parte real del argumento, alterna con el relato, entre alucinado y simbólico, de la lucha que mantiene el oficial, herido de muerte al borde de un río, frente a un mensajero o enviado que se presenta ante él con la misión de conducirle hasta la Otra Orilla. Aunque la alegoría no era nada original —al menos desde la cultura griega en adelante— el problema es que transcurre con una lentitud monótona y fatigosa. El hombre mantiene una lucha tan violenta contra el mensajero del más allá, que finalmente logra derrotarlo y ponerlo en fuga.

Se percibe que el autor ha elaborado a fondo la trama novelada, más la parte alucinada que la real, siempre subordinada y que no regatea imaginación y recursos estilísticos aplicados al logro del goce literario en sí mismo, algo así como la «literatura por la literatura». Sin embargo, tales propósitos no llegan a lograrse de modo coherente, puesto que predomina la impresión borrosa, indefinida, abierta a tan diversas interpretaciones que al final ninguna de ellas convence al lector, confuso y vacilante en su propósito de continuar la obra hasta el final.

Parece muy «posmoderna» la actitud del novelista en su «hacer por hacer» en busca de una belleza superficial a través de un idioma manejado con voluntad esteticista, prescindiendo de dar solidez al contenido o significado a sus palabras. Como contraste ante la levedad de las apariencias, existe muchas veces un estilo rebuscado en frases tan pintorescas como ésta: «Nunca has escuchado las esperas de tu propio silencio, viniendo de un espacio que ni siquiera concibes y donde no puedes oírte».

Es posible que las «Ciegas esperanzas» del Nadal 1992 abarquen más de lo que aprietan. No faltan páginas acertadas, momentos felices y un estimable propósito de superación creativa en continua tensión. Aunque, por desgracia, tales valores se ahogan ante la supremacía de metáforas oscuras, diálogos delicuescentes o sutilezas con pretensiones metafísicas, pero vacías de contenido real. El desequilibrio entre los elementos de la trama, la falta de espontaneidad y de sencillez que señalan al verdadero maestro del lenguaje, restan posibilidades y originalidad a un argumento que hubiera merecido mejor desarrollo. El relato queda reducido así a un ejercicio literario irregular, cuya rutilante apariencia externa no logra ocultar sus más profundas carencias internas.