Los cristianos en la historia

Apenas comunicada oficialmente por la Santa Sede la noticia de la próxima beatificación del fundador del Opus Dei, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, dio la vuelta al mundo, suscitando a partir de ese momento un eco que todavía dura y durará hasta que tenga lugar la solemne ceremonia romana del próximo 17 de mayo. El profesor José Luis Illanes expone en este trabajo la significación de este acontecimiento en la vida de la Iglesia, y glosa la personalidad del eminente sacerdote español.

José Luis Illanes

¿Qué factores explican ese eco y esa resonancia? ¿Son simplemente una consecuencia de la amplia difusión del Opus Dei en numerosos países y entre personas de muy variados estratos sociales? Ese hecho es determinante pero, por sí solo, no constituye una explicación suficiente. Lo que hay detrás de toda esa expectación es la percepción, claramente sentida unas veces, confusamente otras, de que nos encontramos ante un verdadero hito histórico, ante una fecha destinada a ocupar un lugar de primer plano entre las efemérides que jalonan los últimos decenios del siglo XX. ¿Por qué es así?, ¿por qué la figura y, concretamente, esta beatificación, puede tener ese alcance?

Todo cristiano, más aún todo hombre, está llamado a una relación vital con Dios. Ser consciente de ello, asumirlo en la práctica y vivir la personal y concreta existencia con la conciencia de propia dignidad como hombre y como hijo de Dios, eso y no otra cosa es la santidad.

Beatificaciones y conciencia católica

Para responder a esos interrogantes, parece oportuno que nos detengamos para reflexionar en lo que significa, en términos generales, una beatificación. Todo católico, e incluso toda persona que, creyente o no, habite en un país de amplia población católica, ha oído hablar de santos, contemplando imágenes que los representan, presenciado procesiones que les rinden reverencia, participado en fiestas organizadas en su honor y, aunque con menor frecuencia, familiarizado con los procesos que condujeron hace siglos, o conducen en nuestros días, a su reconocimiento o proclamación como tales. Para quien se mueva en un ambiente católico la referencia a los santos constituye una realidad habitual, que suscitará, según los casos, entusiasmo, indiferencia o recelo, pero que, en todo caso, no sorprende.

Y, sin embargo, no es un fenómeno universal. En un contexto musulmán, budista o hindú cabe encontrar, sin duda, figuras que han suscitado y suscitan veneración, pero nada parecido a lo que los santos. Incluso en un contexto cristiano, ese culto florece en la Iglesia católica y en las Iglesias orientales ortodoxas, pero ocupa un lugar muy pequeño o es inexistente en las confesiones protestantes. No es casual que así sea, ya que ese culto está en relación con el núcleo central del dogma católico: la convicción de que Dios se ha hecho presente en la historia humana, y ello no sólo en ese momento, decisivo pero ya pasado, de la vida, muerte y resurrección de Cristo Jesús, sino en el hoy y en el ahora, es decir, en todo momento y en todo tiempo. Dios no se aleja de la historia humana, sino que continúa presente en ella y fruto de esa presencia es precisamente la santidad.

La palabra santidad evoca, en el lenguaje corriente, un aura de excelsitud e incluso de excepcionalidad. Hay razones para que así sea, pero conviene subrayar que, en pureza de términos, la palabra santidad significa exactamente lo mismo que condición cristiana. Es un hecho, muchas veces señalado, que en los escritos de San Pablo y, en general, en los documentos cristianos primitivos, la expresión «los santos» significa lo mismo que «los cristianos». La santidad no es, en efecto, otra cosa que unión con Dios: esa unión con Dios que anuncia y hace posible el cristianismo. Todo cristiano, más aún todo hombre, está llamado a una relación vital con Dios. Ser consciente de ello, asumirlo en la práctica y vivir la personal y concreta existencia con la conciencia de propia dignidad como hombre y como hijo de Dios, eso y no otra cosa es la santidad.

En este sentido, como resulta obvio, la santidad es una realidad mucho más amplia y dilatada que la connotada por esos actos a los que conocemos con los nombres de beatificación y canonización, con los que pasamos del nivel ontológico —lo que unas determinadas vidas han sido ante Dios— al eclesiológico —el reconocimiento de esa realidad por la Iglesia—. Las beatificaciones, en efecto, no son un acto privado, sino un acto de la Iglesia como tal. De ordinario suelen estar precedidas de un período en el que la persona o personas a las que se refieren han suscitado admiración e incluso han sido objeto de devoción popular, más o menos extendida según los casos, pero cuando tiene lugar la beatificación —y más aún esa segunda declaración solemne que es la canonización— se produce un salto de calidad: no se está ante la mera convicción privada que algunos —pocos o muchos— pueden tener respecto a la ejemplaridad cristiana de una persona, sino ante un reconocimiento público, formulado por la autoridad de la Iglesia.

Las beatificaciones que han tenido lugar en tiempos y años pasados y la que tendrá lugar el 17 de mayo, nos sitúan ante una realidad fáctica, ante un hecho o, por mejor decir, ante una persona —en este caso Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer— de quien se afirma que objetiva y realmente ha sido fiel al ideal cristiano, encarnándolo en su vida. A la vez, e inseparablemente, ante el reconocimiento de ese hecho, y un reconocimiento realizado en nombre de la comunidad cristiana a través de quien la representa, es decir, de la autoridad de la Iglesia, es un juicio de dimensiones trascendentes.

Las beatificaciones y canonizaciones implican, en efecto, no sólo una valoración positiva de la vida de una persona, de la que se reconoce que ha plasmado en hechos de vida el mensaje del Evangelio, y a la que se propone, por tanto, como inspiración, modelo o impulso para los demás cristianos, sino además la autorización, o la recomendación, del culto, de la invocación litúrgica, del recurso a su intercesión. La Iglesia católica se considera, en suma, capacitada no sólo para reconocer la calidad cristiana de una vida, sino para traspasar las barreras de la muerte, hasta vislumbrar que un hombre o una mujer concretos han entrado en la plena intimidad con Dios y puede, por tanto, acudirse a su valimiento. De ahí la audacia que implica una beatificación y el choque o el escándalo que puedan representar para el no creyente.

Pero, dejando ese tema, vayamos más bien a lo que antes apuntábamos: a esa distinción entre la dimensión ontológica y la eclesiológica de la santidad, entre la santidad fáctica y su proclamación. Porque el hecho es que a lo largo de la historia ha habido millones de cristianos, y de cristianos no sólo de nombre sino de realidad, y, en ese sentido, millones de santos, pero el número de las beatificaciones y canonizaciones no supera los millares.

El hecho es que a lo largo de la historia ha habido millones de cristianos, y de cristianos no sólo de nombre sino de realidad, y, en ese sentido, millones de santos, pero el número de las beatificaciones y canonizaciones no supera los millares.

¿Por qué la Iglesia, de entre esos millones de hombres y mujeres, procede a proclamar la santidad de algunos en concreto? Esta es la pregunta a la que debemos contestar para expresar con plenitud el sentido de las beatificaciones y canonizaciones y explicar por qué, especialmente algunas de ellas, constituyen hitos históricos, incluso, en ocasiones, de enorme relieve.

La santidad como ideal histórico concreto

Todo intento de esbozar acabadamente los rasgos que definen la conciencia creyente en lo que a las beatificaciones se refiere, evitando la tentación de detenerse en aspectos marginales o periféricos, debe dirigirse al núcleo de la fe cristiana: a esa convicción que la Iglesia tiene de ser, precisamente en cuanto cuerpo social concreto, formado por hombres y mujeres de carne y hueso, no sólo un anuncio sino también una manifestación de la presencia de Dios en la historia. La Iglesia, tal y como ella se entiende a sí misma, no es un simple grupo de creyentes que mantiene vivo a lo largo de los siglos la memoria o recuerdo de Cristo, sino una comunidad que participa de la vida de Cristo y que, en Cristo y por Cristo, tiene acceso a la intimidad con Dios, es decir, a la santidad. Y ello no sólo al fin de los tiempos, sino, al menos incoadamente, ya en la realidad presente.

La Iglesia posee ciertamente, como recordó el Concilio Vaticano II, una dimensión escatológica, es decir, vive de cara a una meta que se alcanzará con plenitud sólo cuando la historia humana haya concluido su curso; pero confiesa a la vez que esa meta se prepara y pregusta en el tiempo. La historia humana no es una historia de pecado que, al final y como a través de un cataclismo, se abrirá a la unión con Dios, sino una historia en la que esa unión se anticipa, y en la que la santidad puede manifestarse, venciendo al pecado.

Hablar de la santidad no es hablar de una aspiración a lo lejano e inaccesible, ni tampoco referirse a una dimensión entre otras del vivir de la Iglesia; es hablar de su razón de ser, más aún, de lo que la define y constituye. La Iglesia existe para anunciar a Cristo, mejor, para hacerlo presente en la historia y, de esa forma, no sólo manifestar al hombre la hondura de su misterio y la dignidad de su destino, sino provocar su encuentro vital con Cristo, hacer posible, por decirlo con palabras de la Redemptor hominis, que Cristo salga al encuentro de todo hombre y recorra con él el camino de su vida, hasta llevarlo a la plena comunión con Dios, o sea —digámoslo una vez más— a la santidad. La historia de la Iglesia no es otra cosa, en su substancia última, que la historia de la santidad realizándose en el tiempo. Por eso ha podido decirse que la historia de la Iglesia debería escribirse como una historia de los santos.

Los jalones decisivos de la historia de la Iglesia no están constituidos por las grandes gestas culturales o por la confrontación con unas u otras civilizaciones, ni tampoco por la construcción de grandes templos o por la celebración de concilios de alcance universal, sino por la real y efectiva promoción de la santidad.

Los jalones decisivos de la historia de la Iglesia no están constituidos por las grandes gestas culturales o por la confrontación con unas u otras civilizaciones, ni tampoco por la construcción de grandes templos o por la celebración de concilios de alcance universal, sino por la real y efectiva promoción de la santidad.

De ahí que entre los momentos en los que la Iglesia va más al fondo de su ser se encuentren precisamente aquellas ocasiones en las que, reflexionando sobre su propio vivir, reconoce que en uno de sus miembros se ha realizado ese misterio de comunión con Dios del que ella vive y al que aspira, es decir, cuando procede a una beatificación o canonización. Toda beatificación implica en efecto proclamar el don de Dios, la posibilidad de unión con él, y hacerlo de la manera más viva y eficaz: hablando no de forma genérica, sino concreta, referida a hombres y mujeres singulares, en los que hubo limitaciones y defectos, pero en los que, sobre esos defectos, triunfó el poder de Dios.

Cada vez que la Iglesia beatifica o canoniza a un santo realiza, en suma, un acto de fe en la presencia de Cristo en la historia humana, y reafirma que ella misma, en cuanto Iglesia de Cristo, es instrumento de santidad, e instrumento que realmente santifica, que real y verdaderamente da a conocer a los hombres la dignidad de su destino y les comunica la fuerza que permite vivir concordemente con esa dignidad.

Pero si cuanto acabamos de decir manifiesta la hondura y la conexión que las beatificaciones tienen con el conjunto de la vida de la Iglesia, no agota sin embargo la realidad. Es necesario evocar otro dato que completa el anterior y termina de precisar los contornos de la conciencia cristiana. Las beatificaciones y canonizaciones implican, en efecto, no sólo reconocer la hondura cristiana de una determinada vida, sino además —ya lo decíamos antes— presentar a quien vivió esa vida como modelo, más aún como intercesor, como alguien a quien puede acudirse confiando en su valimiento ante Dios.

La santidad en la historia

En otras palabras, las beatificaciones y canonizaciones ponen de manifiesto un dato decisivo en orden a determinar la comprensión de la historia que ofrece el cristianismo: el dogma de la comunión de los santos, es decir, la conciencia que la Iglesia tiene de estar en comunión también con las generaciones que nos han precedido. La historia es un proceso, mejor, una aventura; y de esa aventura somos protagonistas no sólo los hombres que hoy y ahora poblamos la tierra sino la totalidad de los que han vivido. El destino de cada hombre no termina con su muerte, sino que se prolonga en el más allá, ya que la muerte interrumpe ciertamente un modo de existir, pero no el existir en cuanto tal. Más aún, quienes mueren no entran en un cielo empíreo, alejado de los avatares del vivir terrestre, sino que continúan interesados en nuestra historia y unidos a ella.

Estamos ante una de las afirmaciones centrales de la fe cristiana. Hace ya algunos decenios un gran exégeta alemán, Erik Peterson, escribió una obra a la que puso por título El libro de los ángeles; en ella venía a decir que sólo quienes captan de modo vivo la importancia y el papel de los ángeles han de tener una visión verdaderamente católica. Lo mismo cabe decir respecto a los santos: sólo quien sienta y viva la comunión con los santos llegará a percibir con hondura la dignidad de la persona humana, su conexión con la humanidad, esa humanidad de la que forma parte y de la que ha recibido un patrimonio y con la que comparte un común destino.

La humanidad es mucho más que el conjunto de hombres que hoy y ahora vivimos sobre la superficie del globo terráqueo; las generaciones pasadas perviven no sólo en las obras que legaron, sino también en sus personas, viviendo en la eternidad y compartiendo nuestro destino. Cielo y tierra no constituyen, para la conciencia católica, dos universos heterogéneos, aislados entre sí, sino dos segmentos de una misma realidad. La Iglesia de los cielos y la Iglesia que peregrina en la tierra —o, según la terminología clásica, la Iglesia triunfante y la Iglesia militante— no son dos Iglesias sino dos sectores de una única Iglesia, ambos en íntima conexión, unidos por el Espíritu Santo que la anima.

Cielo y tierra no constituyen, para la conciencia católica, dos universos heterogéneos, aislados entre sí, sino dos segmentos de una misma realidad.

Un análisis histórico permitiría mostrar cómo la Iglesia primitiva se consideraba apostólica no sólo porque se sabía en continuidad con la predicación de los primeros seguidores de Jesús, sino también porque tenía la convicción de que Pedro y Pablo, Juan y Andrés y todos los demás Apóstoles seguían vivos y presentes en ella. O también cómo, en la época de las persecuciones, los mártires, que habían refrendado la fe con la entrega de sus vidas, eran sentidos como seres cercanos, cuyo recuerdo y cuya intercesión ayudaba a afrontar las propias y personales dificultades. Las posteriores beatificaciones y canonizaciones no hacen sino prolongar esa tradición.

Aquí, como antes —y vale la pena subrayarlo— nos encontramos ante una realidad íntimamente relacionada con el sentido de fraternidad que caracteriza al vivir cristiano. Cada vez, en efecto, que la Iglesia procede a una beatificación o canonización, al fijar su atención en un hombre o una mujer determinados y proclamar que puede confiarse en que viven con la vida de Dios, no sólo recuerda a la comunidad cristiana su dimensión trascendente sino que pone de manifiesto la verdad de lo que afirma el símbolo de la fe: el conjunto de los santos no constituye una muchedumbre informe y anónima, de la que cabe hablar sólo en términos genéricos e indefinidos, sino una familia, formada por hombres y mujeres concretos, a los que cabe designar por su nombre y con los que puede establecerse una relación personal.

Las beatificaciones y canonizaciones, al proclamar la santidad de una determinada persona y autorizar el culto y el recurso a su intercesión, dan un rostro concreto a la comunión de los santos, facilitando así su plasmación vital y efectiva.

Las beatificaciones y canonizaciones, al proclamar la santidad de una determinada persona y autorizar el culto y el recurso a su intercesión, dan, en suma, un rostro concreto a la comunión de los santos, facilitando así su plasmación vital y efectiva.

«La historia —escribía Mons. Escrivá de Balaguer— no está sometida a fuerzas ciegas ni es el resultado de un azar, sino que es el escenario de la libertad humana y de la acción divina. La Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, no transita por la historia adaptándose a los obstáculos, para ver cómo puede esquivarlos o para seguir los meandros abiertos según la línea de menor resistencia, sino que, por el contrario, camina sobre la tierra con paso firme y seguro, abriendo Ella misma camino». Estas palabras, contenidas en una conferencia que Mons. Escrivá de Balaguer pronunció en 1947, y en las que se refleja la clara conciencia que el Fundador del Opus Dei tuvo siempre tanto de la vitalidad de la Iglesia como de la conexión entre vida cristiana y mundo, nos permiten dar un paso adelante, ya que los santos —y en especial algunos— son una de esas «intromisiones» del Espíritu Santo de las que el texto recién citado acaba de hablarnos.

Se ha dicho, en más de una ocasión, que los santos son dones de Dios a su Iglesia, dones mediante los que Dios impulsa el caminar de la Iglesia, recordando, a través de ellos, unos u otros aspectos del Evangelio. Ni que decir tiene que hablar de don de Dios, en este caso, implica referirse no sólo a una iniciativa divina, sino también a una realidad humana: la vida del santo, sus afanes, su reacción ante cuanto le rodeó, la tarea o misión que marcó e incluso definió su existencia. El don de Dios radica y se expresa en y a través del santo mismo, en su persona y en su obra, en el conjunto de su existir y en el modo cómo, en ese existir concreto, asumió y vivió el Evangelio, mostrando su capacidad para informar situaciones nuevas y para abrir perspectivas de futuro.

El don de Dios radica y se expresa en y a través del santo mismo, en su persona y en su obra, en el conjunto de su existir y en el modo cómo, en ese existir concreto, asumió y vivió el Evangelio.

El joven Antonio, que a principios del siglo IV se retiró al desierto de Egipto y llegó a merecer el nombre de San Antonio Abad, con su decisión y su estilo de vida, dio forma definitiva a una experiencia espiritual que, al consolidarse precisamente cuando la Iglesia comenzaba a conocer la paz después del dilatado período de las persecuciones, contribuyó a recordar la necesidad de un hondo sentido de lo divino, suscitando un movimiento que ha marcado durante largos siglos la historia cristiana. Francisco de Asís, en el momento de esplendor de la Italia medieval, y en un mundo que se debatía entre un fuerte desarrollo del comercio y del arte y una crítica social que amenazaba con destruir no sólo la Iglesia sino también la cultura, trazó un camino en el que el radicalismo evangélico se unió armoniosamente con el sentido de la belleza y el aprecio a lo humano. Tomás de Aquino, en una encrucijada intelectual en la que un nuevo modo de entender la ciencia ponía en discusión los saberes recibidos, se lanzó audazmente a la busca de una síntesis que hizo posible una renovada manifestación de la vitalidad de la fe.

En todos esos casos, y en otros muchos que podrían citarse, la santidad de los santos y el posterior reconocimiento de esa santidad por parte de la comunidad cristiana incidieron poderosamente en la historia. Sus respectivas canonizaciones no implicaron, ciertamente, ni una sanción a la totalidad de sus acciones ni la atribución de un carácter absolutamente normativo a sus figuras —se puede ser cristiano sin inspirarse en Francisco de Asís o sin comprometerse con la teología de Tomás de Aquino—, pero sí mostraron que el temple de alma que manifestaron y el camino que trazaron eran un temple y un camino que un cristiano podía, con segura conciencia, hacer suyos, y, de ese modo, potenciaron la fuerza que de ellos emanaba o, al menos, facilitaron su irradiación.

Las beatificaciones y canonizaciones tienen por objeto directo una persona y, más concretamente, su relación con Dios, connotan no obstante —no puede ser de otra manera— lo que esa persona ha vivido, lo que aspiró a realizar, la tarea o empresa que marcó y en ocasiones incluso definió su existencia. Son, desde esta perspectiva, actos por los que la Iglesia reconoce el don que Dios, a través de cada santo, le hace, lo recibe, se lo apropia y toma de él fuerza y empuje para su vida y para su acción. Constituyen pues, en mayor o menor medida según los casos, decisiones mediante las cuales la Iglesia orienta su curso histórico, hitos que jalonan su vida, expresando la conciencia que tiene de sí y proyectándola hacia el futuro. Por eso dicen referencia, en cuanto tales beatificaciones y canonizaciones, no sólo a las crónicas piadosas, sino a las realidades que configuran el surco que el cristianismo abre en la historia humana.

La figura y la misión de Josemaría Escrivá de Balaguer

Llega ya el momento de dirigir directamente la mirada a la personalidad que ha motivado estas reflexiones —Josemaría Escrivá de Balaguer— y de responder a la pregunta que formulábamos al principio: ¿por qué el anuncio de su próxima beatificación ha suscitado un amplio eco, provocando reacciones múltiples y variadas?

Como ya insinuábamos al principio, la respuesta —que ahora estamos en condiciones de comprender mejor— es, a nuestro juicio, clara: ese eco es el reflejo de una conciencia social, clara o difusa según los casos, sobre la importancia de su figura y de su mensaje, y en consecuencia sobre la repercusión histórica que está destinada a tener su beatificación.

Ahora bien, ¿en qué consiste, dónde radica esa importancia de la figura y del mensaje de Mons. Escrivá de Balaguer?, ¿cuál es su aportación fundamental al vivir de la Iglesia y del mundo? Todo intento de responder a estas preguntas nos remite a una fecha clave: el 2 de octubre de 1928. Unos diez años antes, siendo un joven estudiante de bachillerato, había sentido una honda inquietud espiritual. Con ojos de fe, esa inquietud se transformó en una convicción acompañada de un interrogante que, de momento, no encontraba respuesta: «Dios quiere algo de mí, pero ¿qué?». En esa tesitura, y a fin de mantenerse disponible para cualquier actividad futura, decidió hacerse sacerdote. Recibió la ordenación en 1925. En 1927 se trasladó a Madrid. Y fue allí, durante la jornada del 2 de octubre de 1928, cuando comprendió con claridad cuál era la meta que iba a dotar de sentido a su vida.

En pocas palabras, podemos resumir lo acontecido afirmando que comprendió que debía consagrar su existencia a proclamar la llamada universal a la santidad, a provocar entre cristianos de las más variadas clases y condiciones una conciencia viva de la hondura y la llamada que implica la fe cristiana. Conviene precisar que percibió esta verdad no de modo abstracto, sino en concreto: lo que vio el 2 de octubre de 1928 —ver era el verbo que solía emplear— no fue una proposición intelectual, que se imponía como derivada del Evangelio, sino más bien una muchedumbre de cristianos, conscientes de su fe, es decir, de su condición de hijos de Dios y viviendo con conciencia de hijos de Dios la totalidad de sus vidas, también sus tareas y ocupaciones profesionales.

Comprendió, en suma, que debía dedicar todas sus energías no tanto —no sólo— a predicar una doctrina, sino más bien a promover entre los cristianos una auténtica vida de fe, de manera que ésta dejara de ser rutinaria para convertirse en vital, de modo que esos cristianos, conscientes de sí, se esforzaran por santificar sus propias vidas, a la par que, con su ejemplo y su palabra, abrirían horizontes espirituales a quienes les rodeaban.

Desde el primer momento, es decir, desde el 2 de octubre de 1928, se mezclaron en el interior de Mons. Escrivá de Balaguer sentimientos de admiración, de maravilla, de agradecimiento y de urgencia. Porque tuvo conciencia de que lo que se le había dado a conocer no era un hecho de poca monta, sino un mensaje que, sumándose a otros que pudiera suscitar el Espíritu Santo, estaba destinado a contribuir eficazmente a una revitalización de la Iglesia y, de esa forma, a una difusión por todo el mundo del espíritu cristiano.

Si se leen los textos más antiguos del Fundador del Opus Dei se advierten en ellos dos afirmaciones muy netas que, en realidad, se complementan la una a la otra. De una parte, una clara conciencia acerca del carácter sobrenatural, carismático, de la luz percibida el 2 de octubre y, en consecuencia, acerca de su trascendencia respecto a las circunstancias históricas o ambientales. «La Obra de Dios —escribe, por ejemplo, en un texto fechado el 19 de marzo de 1934— no la ha imaginado un hombre»; «no somos —añade poco después— una organización circunstancial (…). Ni venimos a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados». Fue Josemaría Escrivá de Balaguer, ya desde su juventud, hombre de fina sensibilidad y de ojos abiertos, en el que encontraban eco los sucesos que le eran contemporáneos, y de ello dejan constancia sus compañeros de seminario y de años universitarios, y de modo especial cuantos le conocieron y trataron durante los años treinta. Pero sus afirmaciones al respecto son formales y tajantes: la experiencia del 2 de octubre de 1928, y el Opus Dei que entonces nació, no son la prolongación o traducción de ideas y proyectos humanos, sino el fruto de una luz que trascendía circunstancias y situaciones, tal y como confirma la investigación histórica.

La luz que brilló en su interior el 2 de octubre de 1928, y el Opus Dei que de ahí proviene, no derivan de una reflexión sobre la Iglesia, sobre la historia o sobre la cultura, sino de un carisma o don de Dios.

De otra parte, los textos documentan, con igual claridad, una clara conciencia acerca de la honda repercusión que la luz percibida el 2 de octubre estaba destinada a tener en la historia de los hombres. En ese mismo escrito de 1934 habla, refiriéndose a la situación general de aquel tiempo, de la necesidad de «invadir, con un torrente de paz, todas las clases sociales». Y afirma más adelante: «la enfermedad es extraordinaria, y extraordinaria es también la medicina. Somos una inyección intravenosa, puesta en el torrente circulatorio de la sociedad». La luz que brilló en su interior el 2 de octubre de 1928, y el Opus Dei que de ahí proviene, no derivan de una reflexión sobre la Iglesia, sobre la historia o sobre la cultura, sino de un carisma o don de Dios, pero esa luz que Dios le comunicaba, aunque trascendiera las circunstancias históricas concretas, no era una luz al margen de la historia y del acontecer humanos, no era una luz que afectara a una vida espiritual desencarnada, sino destinada a incidir en el núcleo mismo de la vida del hombre —es decir, en la conciencia de misión y de destino— y, por tanto, debía y podía repercutir en ese entrecruzarse de vidas singulares que es la historia universal.

En la encrucijada contemporánea

Hay en nuestros días una aguda conciencia de crisis; más exactamente, de cambio histórico radical, de tránsito de una a otra época. Juan Pablo II gusta de aludir a la cercanía del tercer milenio, dando un valor simbólico a esa modificación en los guarismos con los que designamos a los años y a los siglos. Se ha hablado ya mucho, y se continúa todavía hablando, de fin de la modernidad y de entrada en los tiempos postmodernos. Algunos, no sin cierta ingenuidad de cuño hegeliano, han tomado pie de la caída del muro de Berlín y de los demás acontecimientos de 1989 para proclamar el fin de la historia.

Los sucesos acaecidos en el este de Europa y la crisis del «socialismo real» constituyen, sin duda alguna, un evento de extraordinaria importancia. No obstante, centrar la atención sólo en ese hecho equivaldría a cerrar los ojos ante las dimensiones profundas de la presente encrucijada cultural: las raíces de la crisis experimentada en el oriente europeo y el occidente de Europa vienen de lejos y atraviesan estratos de nuestra propia cultura, pues, a fin de cuentas, el oriente y el occidente de Europa tienen en común amplias facetas de una misma historia. Las afirmaciones de Juan Pablo II y los análisis sobre el periplo de la modernidad van, en este sentido, más al fondo del problema.

Sin entrar en todas las perspectivas que esas consideraciones abren, quizá pueda describirse —con la aproximación, claro está, que implica toda descripción genérica— la actual encrucijada cultural haciendo referencia a un doble proceso o, hablando con mayor precisión, a dos posibles orientaciones o desenlaces de un proceso único: el proceso de desarrollo científico y técnico que ha tenido lugar en occidente, durante los últimos siglos, y que desde occidente se ha extendido al resto de la humanidad, incorporándola en uno u otro grado a su dinámica. ¿A dónde conduce ese proceso?, ¿qué implicaciones tiene en orden a la comprensión que el hombre tiene —o tendrá— de sí mismo?, ¿qué repercusiones está destinado a tener respecto a la vivencia religiosa, y, en concreto, a la fe cristiana?, ¿cómo puede y debe pensarse la humanidad del futuro?

En términos más netos y haciendo referencia a esas dos interpretaciones a las que hace un momento aludíamos: ese proceso, al afirmar el dominio del hombre sobre la tierra, conduce —como algunos han afirmado— a una cultura tendencialmente entre atea y laicista, o se abre, por el contrario, a una actitud creyente, reclamando una renovada vitalidad de la fe?

El debate no es, huelga decirlo, meramente teórico, sino vital. Más aún no se decide sólo a nivel de las ideas, sino de las realidades concretas, es decir, no sólo al nivel de la comprensión del trabajo, sino al de su vivencia real y efectiva. Aquí incide frontalmente la figura de Josemaría Escrivá de Balaguer y su mensaje sobre la santificación del trabajo y del conjunto de las realidades humanas, como subraya el decreto con el que la Congregación para las Causas de los Santos deja constancia de la heroicidad con que vivió las virtudes cristianas.

Al afirmar la santificación del trabajo y del conjunto de las circunstancias del vivir ordinario se excluye, en efecto, toda ruptura entre fe y vida. Dios no sale al encuentro del hombre sólo en algunos momentos sacrales, sino en todo instante y en todo lugar.

El mensaje sobre la santificación en y desde las realidades terrenas difundido por el Fundador del Opus Dei —afirma el decreto—, estando por su propia naturaleza destinado a perdurar «por encima de las vicisitudes históricas», se muestra al mismo tiempo «providencialmente actual para la situación espiritual de nuestra época»; porque —añade, explicitando la razón de ese juicio—, «en los tiempos presentes, a la vez que se exaltan los valores humanos, también se advierte una fuerte inclinación hacia una visión inmanente del mundo, entendido como algo separado de Dios. Y ese mensaje invita a los cristianos a buscar la unión con Dios a través del trabajo diario, que constituye una obligación y una fuente perenne de dignidad del hombre en la tierra».

Unidad de vida

Al afirmar la santificación del trabajo y del conjunto de las circunstancias del vivir ordinario se excluye, en efecto, toda ruptura entre fe y vida. Dios no sale al encuentro del hombre sólo en algunos momentos sacrales, sino en todo instante y en todo lugar. A Dios no se le encuentra al margen de lo humano, sino en lo humano. «Tenéis que comprender ahora —con una nueva claridad— que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, materiales, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día».

«Hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir». No hay pues lugar para una doble vida —la devocional o cristiana de una parte, y la histórica o humana de otra—, ni tampoco para una mera coordinación o superposición de planos, puesto que la relación entre el hombre y Dios se establece en el centro del alma, en el núcleo de la personalidad y debe redundar por tanto en la totalidad de la existencia: «hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser —en el alma y en el cuerpo— santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales».

El mensaje proclamado por Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer entra de lleno en los problemas que definen la situación cultural contemporánea, entroncando con los afanes más característicos de la Iglesia de nuestros días. Se ha señalado con frecuencia la sintonía que existe entre la predicación del Fundador del Opus Dei y las declaraciones del Concilio Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad, que los escritos y la acción pastoral de Mons. Escrivá contribuyeron poderosamente a preparar.

A decir verdad la sintonía se da no sólo en ese punto, sino, más radicalmente, respecto a la intención de fondo del Concilio, es decir, a la decisión —que se expresaba ya en los documentos con que lo convocó Juan XXIII y a lo largo de los trabajos conciliares— de promover una renovación en profundidad de la vida cristiana. La Iglesia que el Concilio Vaticano II presupone, y la que se expresa en sus documentos, es una Iglesia consciente de su condición de enviada por Dios al mundo y que, considerando que puede darse por clausurado el período de confrontación y de defensa que caracterizó al siglo XIX, decide relanzar su tarea evangelizadora. Una Iglesia, en suma, ajena a posturas involucionistas, y abierta sin reticencias al diálogo con el mundo y la cultura, pero convencida a la vez de que no puede ni debe aceptar ningún intento de reducirla al «recinto de lo sagrado», porque el mensaje del que ha sido constituida depositaria es un mensaje que afecta a todo el hombre, ya que le desvela y manifiesta su destino, y debe por tanto redundar en todo el conjunto de la vida humana.

Se ha señalado con frecuencia la sintonía que existe entre la predicación del Fundador del Opus Dei y las declaraciones del Concilio Vaticano II sobre la llamada universal a la santidad, que los escritos y la acción pastoral de Mons. Escrivá contribuyeron poderosamente a preparar.

En ese entrecruzarse de fe y cultura, de comprensión cristiana del hombre y experiencia humana, radica, sin duda, uno de los núcleos fundamentales de nuestra coyuntura histórica. Y, al mismo tiempo, uno de los puntos centrales del mensaje de Mons. Escrivá de Balaguer, que dedicó su vida precisamente a proclamar la conexión entre lo cristiano y lo humano, a manifestar —por decirlo con palabras suyas— que con Cristo, «se han hecho divinos los caminos humanos de la tierra». Esta es una de las razones, y no la más pequeña, que dota de singular relieve a su beatificación.