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Ver productosHenry Kissinger, secretario de Estado de los presidentes Nixon y Ford, y Premio Nobel de la Paz (1973), una de las personalidades más relevantes de la política internacional en los últimos tiempos, ha mantenido una amplia conversación con Pierre Lellouche para la revista francesa Politique Internationale. Lellouche es uno de los más conocidos expertos en cuestiones de geopolítica, consejero en temas internacionales del presidente del RPR, Jacques Chirac, editorialista de Le Point y Newsweek, y autor de varios libros sobre su especialidad.
1 Abr 1992 - 21min.
Pierre Lellouche: El año 1991 ha supuesto el final del comunismo. ¿Cuáles serán, en su opinión, señor Kissinger, los grandes desafíos mundiales en los próximos decenios? ¿Cómo concibe el nuevo orden internacional y cuál sería la posición de los Estados Unidos de cara a su integración dentro de ese nuevo orden?
Henry Kissinger: Creo que van a aparecer otros centros de poder: Europa —o, quizá, mejor, Alemania—, Japón, la República de Rusia o cualquier otro Estado que ocupe el territorio de la Unión Soviética, China, tal vez la India al cabo de unos años y, por supuesto, los Estados Unidos… Lo que supone la vuelta a unos hábitos diplomáticos más parecidos a los del siglo XIX que a los de la Guerra Fría: tendremos que pensar en todo momento en términos de equilibrio de fuerzas y de legitimidad internacional. Para los Estados Unidos lo mismo que para China y Japón, se trataría de una práctica desacostumbrada. Los europeos sí la utilizaron en otras épocas, pero esa experiencia, también para ellos, se ha quedado vieja…
P. L.: Nos encontramos, pues, ante una marcha atrás en la historia…
H. K.: No es exactamente eso, porque las formas de desempeñar ese tipo de diplomacia serán muy diferentes a las del siglo XIX. Hoy en día las comunicaciones son mucho más rápidas, las sociedades son más maduras y las democracias, incluso los regímenes autocráticos, necesitan para sostenerse el apoyo mayoritario de las poblaciones. Por otra parte, incluso en el siglo XIX, los Estados más agresivos, como Rusia y Alemania, unían al autoritarismo el nacionalismo virulento muy extendido en la opinión pública.
Hoy en día las comunicaciones son mucho más rápidas, las sociedades son más maduras y las democracias, incluso los regímenes autocráticos, necesitan para sostenerse el apoyo mayoritario de las poblaciones.
Dentro de un mundo en el que la política internacional se concebirá en términos globales, donde los acontecimientos quedarán relacionados dentro de una realidad muy amplia, las decisiones se tomarán bajo fuertes presiones, lo que podría provocar muchos problemas imprevisibles. Sin embargo, también deberíamos contar con que se dé un cierto equilibrio natural. Es probable que, en tales circunstancias, cada país lograría definir —más o menos— su política internacional con autonomía antes de armonizarla con la de los demás. Nuestra época, por el contrario, se plantea desde unas perspectivas generales —como las cuestiones de emplazamiento geográfico, demografía, el problema nuclear, etc.— que sólo pueden resolverse desde una dimensión internacional. He aquí, en dos palabras, el panorama mundial que parece definirse en el horizonte.
P. L.: El escenario está colocado, ¿cuál sería, en su opinión, el más grave problema que podría desencadenar ese nuevo orden mundial? ¿Serían cuestiones de índole militar, económica, religiosa? La Unión Soviética, ¿podría encontrar substituto que tuviera su misma dimensión universal, con intenciones de imponerse al resto del mundo? ¿O, por el contrario, nos enfrentaríamos a conflictos combinados de dimensión regional?
H. K.: Considero poco probable que un Estado intentara de nuevo imponer su ideología al resto del mundo. Existe, dentro del Congreso, una corriente partidaria de que los Estados Unidos asuman ese papel, pero sin que eso suponga ningún compromiso de carácter militar. Por tanto, nada verdaderamente serio… Tampoco pienso que ese problema se produzca en la ex-Unión Soviética. Lo que sí parece más probable es que haya un desarrollo del poder en ciertas situaciones de hegemonía regional. Porque al desaparecer el sistema bipolar, tales situaciones podrían consolidarse libremente.
P. L.: ¿Se refiere usted al Islam?
H. K.: Es posible imaginar que Irán se lanzará al gran desafío fundamentalista; ninguna de las grandes potencias está preparada para afrontar una situación semejante. ¿Cómo se desencadenó la I Guerra Mundial? Como consecuencia de un incidente trivial: esa fue la chispa que hizo explotar la pólvora. En 1908, los franceses declaraban, en relación con la crisis de Bosnia, que esa cuestión no representaba para ellos un interés nacional. Lo que no les impidió, en 1914, participar en la guerra… ¡al lado de Serbia! Los alemanes actuaron de forma parecida en el caso de Austria, y todo por un conflicto de increíble simpleza, que, además, ya estaba prácticamente resuelto.
En cualquier caso, considero que ahora existe el riesgo de las pretensiones de predominio regional. Me gustaría que Rusia renunciase a ellas en los años venideros y todavía más, insisto, en el caso de los fundamentalistas musulmanes, de Irán o de cualquier otro sitio. De producirse situaciones como las aludidas, las grandes potencias podrían verse involucradas seriamente. Pero lo que, en cualquier caso, no va a suceder es eso que se anuncia a diestro y siniestro: un mundo en el que las naciones se conduzcan con criterios de armonía y en el que todos los conflictos se resuelvan con arreglo a derecho.
Lo que, en cualquier caso, no va a suceder es eso que se anuncia a diestro y siniestro: un mundo en el que las naciones se conduzcan con criterios de armonía y en el que todos los conflictos se resuelvan con arreglo a derecho.
P. L.: Es lo que Bush ha llamado «el nuevo orden mundial».
H. K.: Exactamente.
P. L.: Hablemos de eso un momento, si le parece. ¿Cuáles serían los fundamentos de tal orden? En 1918, el sistema se basaba en el principio de las nacionalidades, origen de nuestras desgracias. En 1945, se aplicó el sistema inverso que proclamaba: inviolabilidad de las fronteras y la no injerencia en asuntos internos. ¿Cuál será la fórmula aplicable en el futuro?
H. K.: Esa es una de las cuestiones características de nuestro fin de siglo. Al mismo tiempo, no olvidemos que se registra una vuelta a los nacionalismos. En particular en aquellos países comunistas a los que se forzó a aceptar unas señas de identidad que no eran las mismas de sus regímenes precedentes. Pero cuando esos países alcancen sus objetivos nacionales, es muy posible que vuelvan a federarse de nuevo. Veremos entonces que se crearía en la cuenca del Danubio, por ejemplo, algo parecido al Imperio Austro-Húngaro, por curioso que parezca. Con la diferencia de que, esta vez, esa nueva entidad estaría formada por elementos voluntarios. De la misma forma, al sur de Rusia podríamos asistir al establecimiento de estrechas relaciones entre las Repúblicas musulmanas, Turquía o Irán.
P. L.: Estaríamos asistiendo, pues, a una curiosa combinación entre el principio de nacionalidad y la federación de grupos de Estados…
H. K.: Sí, como está sucediendo en el caso de la ex-Unión Soviética.
P. L.: Eso nos lleva a la pregunta siguiente: ¿cuál sería, en tal caso, la posición de los Estados Unidos? Porque muchos consideran que, hoy por hoy, estamos en un mundo unipolar.
H. K.: No estoy de acuerdo. Me parece que incluso ¡estamos asistiendo al ocaso glorioso de la unipolaridad americana! Nos adentramos en un mundo completamente nuevo, que tal vez nosotros los americanos no hemos debido de comprender bien del todo.
P. L.: Y que ustedes se disponen a abandonar apresuradamente y en primer lugar en el exterior, sobre todo en el terreno militar.
H. K.: Todo esto nos llevará, sin duda, a reducir de forma apreciable nuestra presencia. Actitud que no resulta fácil de comprender, cuando se piensa en la finalidad última de todo compromiso o presencia exterior. Concebidas de modo inteligente, nuestras relaciones con la mayor parte del mundo se podrían parecer a las que mantuvo Inglaterra a finales del siglo XVIII y del XIX; o bien las de Francia respecto a Europa Central en los siglos XVII y XVIII. Estas potencias se dedicaron de modo fundamental a conservar el equilibrio de fuerzas, evitando poderes hegemónicos. No pretendían ejercer predominio territorial. Consideradas así las cosas, habríamos de revisar por completo nuestro actual sistema de pensamiento en cuestiones de proyección internacional.
P. L.: ¿No podrían dejar ustedes, tras su retirada, vacíos estratégicos en Europa, en Oriente Medio y en Asia?
H. K.: Completamente de acuerdo. Ese es un peligro real.
P. L.: Volveremos sobre el tema. Ahora, me gustaría saber su opinión sobre el estado de ánimo de sus compatriotas. ¿La nación americana está dispuesta a volver a casa? ¿Se mantiene todavía consenso respecto a desempeñar un papel a escala mundial, de un «internacionalismo americano», o por el contrario, su país prefiere desinteresarse de lo que suceda fuera de sus fronteras?
H. K.: El pueblo americano es un buen pueblo, y no digo esto por «chauvinismo». He viajado mucho y conocido bastantes países. Nunca he encontrado un pueblo que muestre tanta buena voluntad y firmeza de principios como el pueblo americano. El problema es que los norteamericanos conocen poco y comprenden con dificultad las cuestiones de política internacional, debido a que su experiencia política se limita esencialmente al interior. Por eso necesitamos un gobierno capaz de tener una auténtica visión internacional. Con Bush hemos cubierto el objetivo: comprende perfectamente el papel de las relaciones internacionales y esto le permite ser un buen Presidente en estos años de transición. De todas formas, puede ayudar a que América entre por el buen camino. Lo que me preocupa es el «después de Bush».
El pueblo americano es un buen pueblo, y no digo esto por «chauvinismo». He viajado mucho y conocido bastantes países. Nunca he encontrado un pueblo que muestre tanta buena voluntad y firmeza de principios como el pueblo americano.
Dentro de cada partido puede darse un verdadero peligro: que América se divida en dos tendencias que, de hecho, coinciden al final. La una considera que nuestra única misión en el mundo era servir de freno al comunismo. Una vez que ha sido derrotado, ¡ya no tendríamos ningún papel en el exterior! La segunda tendencia se refiere al objetivo de hacer que se respeten los derechos del hombre: con la democracia —consideran los defensores de esa tesis— todos los problemas desaparecerán. Y si, pese a todo, surge algún nuevo problema, otra vez, y gracias a la democracia, podremos resolverlo.
P. L.: Esas dos tesis nos llevarían, tanto la una como la otra, a un aislamiento completo…
H. K.: Estos dos grupos de opinión podrían llegar, efectivamente, a formar una mayoría. Pero, de una parte, Japón parece a punto de convertirse en un país más nacionalista y más independiente. La situación allí es la misma que en Europa: las garantías de seguridad no son ni más sólidas ni más fiables, puesto que se desconoce la naturaleza exacta de las posibles amenazas. Consecuencia: esto conducirá al Japón hacia una política de mayor autonomía.
En otro nivel, la República rusa verá igualmente su centro de gravedad desplazarse hacia Asia, al menos de forma provisional. El Sudeste asiático se encuentra en plena efervescencia. Por otro lado, la vecindad de China, con sus millones de habitantes, es una realidad que no tendría sentido ignorar. Somos nosotros quienes nos aislamos al no contar con estos países, no ellos. Y podríamos encontrar problemas muy parecidos en otros lugares del mundo.
P. L.: Una situación «a la canadiense» —los Estados Unidos fraccionándose en numerosos grupos— ¿le parece a usted concebible?
H. K.: Francamente, ningún americano podría concebir tal cosa. Es algo que desborda su entendimiento.
P. L.: Dicho de otro modo, usted no podría admitir la idea de una sociedad multicultural que, finalmente, acabaría por atacar los valores esenciales de la sociedad americana…
H. K.: No creo que tal cosa pueda ocurrir en un futuro próximo. Pero es una posibilidad. Me preocupa la violencia de las controversias que se han producido en el ámbito de grupos elitistas y que todavía no han llegado al gran público. Otras sí, como las del asunto del juez Thomas, gracias a la televisión, que, en todo caso, demuestran graves tensiones entre hombres y mujeres, unas razas y otras. Esto sí me parece más alarmante.
P. L.: Se encuentran elementos parecidos a estos en la nueva polémica surgida entre diferentes grupos raciales a propósito de 1492.
H. K.: Toda esta retórica en torno a la «rectitud política» defendida en determinados sectores, me parece especialmente desplazada y peligrosa.
P. L.: Volviendo al papel de los Estados Unidos en el mundo, no se percibe —al margen de las opiniones actuales respecto a un mundo unipolar— más que una realidad: la retirada masiva de las fuerzas americanas en tres zonas clave: Asia, Medio Oriente y Europa. Empecemos por el Medio Oriente. ¿La Guerra del Golfo ha modificado los planes geoestratégicos o por el contrario se trata de un episodio menor?
H. K.: La Guerra del Golfo nos ha ofrecido una simple actitud de respuesta de cara al Estado más radical de la región. Pero también ha creado un vacío que abre a Irán muchas oportunidades y obliga a nuestros aliados durante la guerra a demostrar dónde están sus lealtades en esa zona. Por eso puede decirse que la situación en esa área es, por lo menos, «fluida».
P. L.: ¿Las monarquías árabes moderadas pueden asumir su propia seguridad sin necesidad de cobijarse bajo el ala de las grandes potencias?
H. K.: No lo creo. En el supuesto de una nueva agresión, contra Arabia Saudita, por ejemplo, sería necesario repetir nuestra intervención.
P. L.: ¿Pero crearían ustedes las fuerzas necesarias?
H. K.: Si estuviéramos solos, la respuesta inmediata sería «no». ¡Los Estados Unidos no podrían intervenir ellos solos! Una acción conjunta Estados Unidos/Europa sería indispensable.
P. L.: Pero a Europa no se le ve un propósito claro de crear tales fuerzas…
H. K.: Efectivamente. Y por eso puede acontecer un verdadero desastre. Porque, después de todo, mirando las cosas de un modo diferente, habría que reconocer que, incluso en el último conflicto, los europeos —a excepción de los ingleses— se reservaron la posibilidad de cambiar de bando si las cosas hubieran rodado mal. Y esto sirve también para los que se unieron a nosotros en el último momento, como hizo Francia.
En el último conflicto, los europeos —a excepción de los ingleses— se reservaron la posibilidad de cambiar de bando si las cosas hubieran rodado mal. Y esto sirve también para los que se unieron a nosotros en el último momento, como hizo Francia.
P. L.: ¿Qué hubiera ocurrido, en su opinión, si Sadam Husein hubiera aceptado la propuesta de François Mitterrand?
H. K.: Si esta propuesta hubiera sido aceptada por Sadam, tropas argelinas se habrían instalado en Kuwait, el ejército americano habría sido repatriado a más de 8.000 km., mientras los iraquíes sólo tendrían una distancia de 70 km. Sadam Husein hubiera conservado así todo su formidable arsenal militar. Todos los países de la región sabrían hoy que los americanos movilizaron un ejército de 500.000 hombres para equilibrar el potencial iraquí, pero que, a fin de cuentas, Irak conservaría su arsenal intacto. Esto hubiera sido un hermoso desastre.
P. L.: ¿Tiene sentido cuestionar si se deberían confiar responsabilidades regionales a países como Egipto y Turquía? ¿No sería mejor dejar las cosas como están?
H. K.: En todo caso, no es posible otorgar responsabilidades a países que no quieren asumirlas. No obstante, hace falta un adecuado reparto de responsabilidades. Pero, en el futuro, los Estados Unidos no pueden seguir haciendo guerras financiadas con fondos del extranjero. No debemos funcionar como mercenarios al servicio de otros. Eso es una imposibilidad técnica y psicológica.
Los Estados Unidos no pueden seguir haciendo guerras financiadas con fondos del extranjero. No debemos funcionar como mercenarios al servicio de otros. Eso es una imposibilidad técnica y psicológica.
P. L.: Una última pregunta referida a Turquía: ¿considera usted que podría extender sus fronteras hasta convertirse en una especie de Imperio resucitado?
H. K.: No creo que Turquía extienda sus fronteras, hablando con propiedad. Pero sí imagino que podría adquirir una capacidad de influencia sobre los vecinos cada vez más importante.
P. L.: ¿Sobre las repúblicas exsoviéticas turcófonas o, más al sur, sobre Irak?
H. K.: Desde luego. Y no hay nada que permita asegurar que Turquía se sienta obligada a continuar siendo pro-occidental para siempre.
P. L.: Vamos a fijarnos ahora sobre la discusión en torno a la ampliación o refuerzo de la cooperación militar franco-alemana. A la vista de los problemas que acaba de señalar, ¿qué tipo de estructura aconsejaría usted para Europa? Si tuviera que volver a diseñarla, ¿conservaría la OTAN, la modificaría, o bien consolidaría la CEE?
H. K.: Desde luego, conservaría la OTAN, porque representa el único punto de unión institucional entre Europa y Estados Unidos. Me parecería razonable atribuirle funciones que podrían prolongarse durante cierto tiempo. De otro lado, soy partidario de un ejército europeo. No acepto el argumento relativo a que la existencia de tales fuerzas restaría importancia a la OTAN. Con ellas, les sería posible a los europeos defenderse sin nuestra ayuda. En el caso de un conflicto en el Oriente Medio, por ejemplo, preferiría que los europeos actuaran militarmente en lugar de refugiarse en una actitud de neutralidad. ¡Entonces no sería la OTAN, fíjese bien, la que les empujaría a implicarse en Oriente Medio!
Soy partidario de un ejército europeo. No acepto el argumento relativo a que la existencia de tales fuerzas restaría importancia a la OTAN. Con ellas, les sería posible a los europeos defenderse sin nuestra ayuda.
En fin, me parece que es absolutamente esencial integrar a los países del Este de Europa en los dispositivos de la seguridad occidental. Las estructuras que surjan de los antiguos territorios soviéticos ejercerán, más pronto o más tarde, presión sobre la Europa del Este. Siempre ha pasado lo mismo. No ha habido, a lo que yo sé, ni un solo dirigente ruso, desde Pedro el Grande, que haya procedido de otro modo —y me extrañaría mucho que no ocurriera de nuevo—. Por eso me gustaría ver a Europa del Este integrarse en la estructura política de la Europa Occidental. Y si no lo conseguimos ahora, esta integración se volvería una meta prácticamente irrealizable. Esta es, para los europeos, la prioridad de las prioridades.
Por eso, conceptos tales como la «Europa de Vladivostok o de Vancouver», me molestan enormemente. Porque implican a Europa en procesos confusos que llevan su propio ritmo y hacen el juego al nacionalismo alemán. Si todo el mundo es aliado de todo el mundo, nadie tiene obligaciones especiales hacia los demás, y el peso específico de cada país se convierte en el único elemento determinante. Por todas estas razones, considero que una construcción política de Europa debería existir al Oeste de la nueva Unión —me refiero a la entidad que sucederá a la URSS—. Así, se podrían establecer las mejores relaciones posibles con el nuevo conjunto nacional.
P. L.: La coincidencia entre el crecimiento del poder alemán y la desintegración de la URSS, ¿le parece a usted un fenómeno preocupante?
H. K.: Digamos que es una realidad que no se puede ignorar y que exigirá una estrategia más definida. Y además por tratarse de alemanes que no aspiran a volver hacia un «nacionalismo dominador», esa amenaza tiende a desaparecer.
P. L.: Cierto. Pero si nos encaminamos realmente hacia ese mundo que usted acaba de describir, basado de nuevo en el equilibrio de fuerzas, ¿cómo se podrá controlar ese eterno problema del equilibrio entre las dos potencias, eslava y alemana?
H. K.: Tengo la impresión de que las fuerzas alemanas y eslavas acabarán por equilibrarse entre ellas mismas. Porque los eslavos son muy numerosos y disponen de muchas armas nucleares. Los alemanes harían mal si forzaran las cosas. Pero entonces, me dirá usted, alemanes y rusos podrían aliarse. Pero ¿contra quién, y con qué motivo? Esta situación no se ha producido nunca, verdaderamente. Ha habido alianzas aparentes, pero ninguna cooperación germano-rusa de larga duración.
P. L.: Ciertamente, no es esa posibilidad la que me inquieta. Pero ¿no se mantiene el riesgo de que Alemania acabe por dominar todo el Continente gracias a la superioridad demográfica y económica?
H. K.: No, porque la demografía alemana está en regresión.
P. L.: Como en toda Europa. Pero, en términos relativos, una Alemania unificada representa por lo menos una cuarta parte de la población de la Comunidad, y un PNB que pronto será igual al de Francia e Inglaterra juntas.
H. K.: En ese caso, ¿por qué no se asocian Francia e Inglaterra? ¿No parece algo aberrante lamentarse de Alemania sin estar dispuestos a asumir las consecuencias del problema? Convendría que Francia dejara de creer que puede dominar a Alemania porque sea superior a ella en el plano cultural, psicológico, o en cualquier otro plano.
Convendría que Francia dejara de creer que puede dominar a Alemania porque sea superior a ella en el plano cultural, psicológico, o en cualquier otro plano.
P. L.: ¿Qué aconsejaría a un país como Francia? ¿Debe jugar la carta de la integración de la Comunidad, cueste lo que cueste?
H. K.: Pues sí. Y además, mejorar sus relaciones con Inglaterra, Italia y España. Usted sabe que algunos dicen que una estructura federal en Europa serviría para frenar a Alemania. Pero también se puede pensar que tal estructura sería claramente dominada…
P. L.: Por Alemania.
H. K.: …lo que equivaldría a un control sobre Europa ejercido por Alemania y que, por consiguiente, la Confederación sería, quizás, una fórmula preferible.
P. L.: Estoy completamente de acuerdo con usted en ese punto.
H. K.: Personalmente, pienso que los Estados Unidos no tienen nada que decir sobre ese asunto, que sólo concierne a los europeos. Sobre todo, no debe forzar las cosas.
P. L.: La elección entre una Federación y una Confederación tendría, por tanto, consecuencias directas para las futuras relaciones entre los Estados Unidos y Europa…
H. K.: Si yo fuera europeo occidental, procuraría mantener la presencia de Norteamérica en Europa. Una presencia que se hace todavía más necesaria hoy en día que lo que fue durante los dos conflictos mundiales. El problema es, simplemente, llegar a un acuerdo sobre el modo en que nosotros nos quedaríamos en Europa. No tenemos ninguna necesidad de dejar 200.000 hombres en el Continente. Creo que el papel de los armamentos, tal como se concebían en los años 70-80, pertenece al pasado. En cuanto al absurdo de la pura estrategia nuclear, es algo que no hace falta demostrar.
Creo que el papel de los armamentos, tal como se concebían en los años 70-80, pertenece al pasado. En cuanto al absurdo de la pura estrategia nuclear, es algo que no hace falta demostrar.
Eso diría si fuera un europeo. Y, por último, lo repito una vez más: no tengo absolutamente nada contra una Fuerza europea, de cualquier tipo que sea.
P. L.: ¿Incluso una Fuerza sometida al doble mando de la UEO?
H. K.: ¡Por supuesto! Y además no veo dónde puede estar el problema. Mucha gente protesta: «…porque si los europeos tuvieran su propio ejército»… Eso está bien. Pero ¿y después? ¿Qué quieren hacer? En caso de un ataque proveniente del Este, ¿querrían decirnos que preferirían defenderse solos? En cambio ¿iban a mantenerse neutrales en un nuevo conflicto en Oriente Medio? ¡Pero si los europeos han sido neutrales en todos los conflictos de esta región! En fin, hemos hablado antes de todo eso.
Lo cierto es que nos hemos acostumbrado de tal forma a dominar la Alianza Atlántica que ahora nos creemos esenciales. Pero este aspecto de la cuestión no me preocupa demasiado. Lo que me molesta son las continuas maniobras de esa política típicamente europea que, con el pretexto del equilibrio de fuerzas, acaban por convertir a los Estados Unidos en un «elemento extranjero». Es esto, y no otra cosa, lo que amenaza con bloquear nuestros sentimientos de implicación con Europa. Y no me refiero a que se nos considere formando parte integrante del Viejo Continente, pero sí sería de esperar que nos pudiéramos beneficiar de relaciones privilegiadas. Al hablar de la Europa de Vladivostok o de Vancouver, da la impresión de que el Este y los Estados Unidos son lo mismo.
P. L.: ¿Qué conclusiones se podrían obtener para establecer la nueva doctrina de la OTAN? ¿Volveríamos al concepto de «represalias masivas»?
H. K.: No lo creo. En 1988 participé en un grupo de estudio Casa Blanca/Pentágono que publicó un informe muy bien documentado. Si nos fijamos en el Golfo, se emplearon armas de gran precisión y alta tecnología para la defensa. Las represalias masivas no sirven para una estrategia permanente. Eso desmoralizaría a la población.
P. L.: ¿Qué aconsejaría usted para la defensa Norte/Sur? ¿Armas antimisiles y gran número de armas espaciales?
H. K.: Sí.
P. L.: Todavía no hemos hablado de Asia y de Japón. ¿Cree usted que Japón acabará por encontrar su sitio en el concierto de naciones? Me parece que, a largo plazo, se trataría de integrar dos culturas extrañas. Una es el Islam, que sería necesario acomodar a los valores sociales y modos de funcionamiento capitalista de Occidente. La otra es la sociedad japonesa: haríamos mal en canalizar su fuerza en la medida en que está profundamente introducida en nuestra vida económica y resulta extraña a nuestra cultura. ¿Existe, en su opinión, la posibilidad de que los japoneses aporten al sistema o, por el contrario, que continúen viviendo como un parásito?
H. K.: No me atrevería a decir que ellos constituyan necesariamente un elemento parásito. Lo que está claro es que la cultura japonesa se adapta sólo al sistema siguiente: Japón será una gran familia rodeada de extranjeros. Además, es una sociedad esencialmente de tipo feudal. Eso explica que los japoneses encontraran normal estar dominados por un ocupante, lo mismo que encuentran normal ser superiores. Permanecer en igualdad es lo que les resulta difícil.
P. L.: ¿Es posible que evolucionen en nuestra dirección?
H. K.: No. Pero es probable que los japoneses, a través de sus propios valores culturales, lleguen a integrarse poco a poco en este nuevo mundo de equilibrios complejos. Y no es el caso de darles lecciones sobre ese valor tan abstracto como es el de la cooperación.
Es probable que los japoneses, a través de sus propios valores culturales, lleguen a integrarse poco a poco en este nuevo mundo de equilibrios complejos.
P. L.: El hecho es que ya disponen —en cuanto a su volumen— del tercer presupuesto de defensa del mundo y que se registra al mismo tiempo una vuelta generalizada del nacionalismo. ¿No le preocupa esto?
H. K.: Creo que Japón está llamado a desempeñar uno de los papeles principales en el escenario mundial.
P. L.: ¿También en el terreno militar?
H. K.: Sin ninguna duda.
P. L.: Dadas las relaciones que mantienen los japoneses con los vecinos, ¿cuál es su pronóstico? ¿Se producirían tensiones en la zona, o habría tal vez una alianza con China?
H. K.: Podrían llegar a una alianza con China, pero sólo si los Estados Unidos les facilitan esa posibilidad con una gestión desafortunada de las relaciones con China.
P. L.: Para terminar, señor Kissinger, ¿se podría afirmar que según expresión francesa «nos hemos comido nuestro pan blanco» y abordado solamente las amenazas más fáciles en relación con las que nos aguardan mañana?
H. K.: Absolutamente. Considero que todos nosotros y América especialmente, estamos en un mundo en el que queda mucho por hacer. El riesgo de una guerra nuclear se ha reducido, pero la complejidad del panorama mundial se ha agravado mucho.
P. L.: ¿Y la coyuntura económica es mucho más compleja?
H. K.: ¡Y mucho más compleja también!