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Ver productos1 Abr 1992 - 3min.
Durante las últimas semanas ha sido bastante difícil para cualquier español medianamente alfabetizado e interesado por lo que antes se llamaba «el séptimo arte» (por cierto ¿se sigue llamando así?) no ver la última obra del director norteamericano Oliver Stone sobre el asesinato de Kennedy. Yo me resistí mientras pude, pero finalmente no tuve más remedio que ceder. Nadie hablaba de otra cosa y casi todos lo hacían fascinados por el impacto cinematográfico de la cinta. Ignoro si el impacto estaba en el film o en la magnífica campaña de promoción que desde hace meses desarrolló su director por todo el mundo. El escándalo ha hecho más comercial el producto. Pero no lo ha mejorado.
Con todos los respetos para quienes salen entusiasmados tras casi tres horas de proyección, debo decir que JFK me pareció un aburrido y decepcionante tele-film de clase B, al que por cierto le sobran noventa minutos y que nada aporta, absolutamente nada, al siempre polémico y todavía «pendiente» caso Kennedy.
Stone es un director interesante, que tiene cierto dominio del oficio (digo «cierto» adrede porque los trucos son demasiado evidentes) y que suele apuntarse a causas irracionales o sectarias que los «liberales» americanos le aplauden. Claro que los «liberales» americanos tienen tanto de liberales como yo de fraile. Su film sobre el Vietnam era un disparate, el titulado Salvador sobre la guerra civil en el país centroamericano constituía una prueba adicional de ignorancia palmaria y de maniqueísmo primitivo.
JFK comparte e incluso mejora todas estas virtudes. Y lo que es peor, resulta tremendamente aburrido.
Las investigaciones de Jim Garrison, el fiscal de Nueva Orleans que dijo haber descubierto a los verdaderos autores del magnicidio, tienen veinte años de antigüedad y ha sido demostrado hasta la saciedad que constituían pura y simplemente un fraude. Los demás descubrimientos que entusiasman a los devotos de Stone (la «bala bailarina», los «tiradores cruzados», etc.) han sido evocados en los mil y un estudios posteriores a 1969 —cuando se cerró el «caso Garrison» que intentó convertirse en el «caso Kennedy» sin éxito— sin que aportasen, por cierto, nada a la clave del suceso: ¿hubo o no conspiración para asesinar a Kennedy?
Todo el mundo coincide —aunque las pruebas en contra sean, sinceramente, escasas— que el llamado «Informe Warren» sobre el crimen de Dallas tenía aspectos polémicos e incluso alguna equivocación de bulto. Pero nadie ha podido hasta ahora ofrecer con cierto grado de credibilidad una explicación más razonable que dicho «Informe». Se habló de la CIA, del FBI, de los cubanos exiliados, de la Mafia, de los petroleros, del complejo militar-industrial, de la extrema derecha como responsables, financiadores e instigadores del asesinato. Sin embargo, hasta el momento nadie psíquicamente responsable había tenido la ocurrencia de culpar a todos juntos y añadir al «puzzle» los nombres de Lyndon B. Johnson y Nixon, como hace Stone en su última obra. Cualquier persona con dos dedos de frente sabe muy bien que poner de acuerdo a tan heteróclita concurrencia para ejecutar un acto que exigía, desde luego, alguna organización pero no tanta, es una tarea de titanes.
Stone cree, sin embargo, en que la historia —toda la historia, no sólo la de Kennedy— es el resultado de una oscura conspiración donde intervienen poderosos personajes encastillados en sus palacios que dirigen y controlan la trama. Eso mismo creían, por ejemplo en España, el almirante Carrero Blanco, el «historiador» Mauricio Carlavilla o el propio general Franco: todos nuestros males eran el resultado de una conspiración comunista, judaica y masónica.
Stone comparte con tan ilustres personajes locales idénticas obsesiones aunque los responsables varíen y los medios utilizados, también. Pero, sobre todo, los objetivos son distintos: el director norteamericano ha rentabilizado sabiamente la teoría conspirativa de la historia y su cuenta de resultados, en dólares, es muy satisfactoria. Eso explica, sobre todo, el disparate.