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Ver productos1 Mar 1992 - 15min.
«Ayer ha muerto, mañana no ha llegado» (Quevedo)
La palabra de moda en Moscú no es ya «perestroika», que significa reestructuración, ni «glasnost», que quiere decir transparencia. La palabra que está en todos los labios tras la derrota política de Mijail Gorbachov —convertido en un jubilado al que su enterrador Yeltsin ha confiado a una Fundación de Estudios Socioeconómicos y Políticos, para que juegue a la «política-ficción»— es «haos». «Haos» equivale, como su propio sonido indica, a nuestro caos. Si hay un adjetivo para definir lo que está pasando en la antigua URSS, tras setenta años de comunismo, seis de «perestroika», un golpe militar de tres días, seis meses de dominio de Yeltsin y unas semanas de libertad de precios, el adjetivo es: caótico. Una visita rápida a Moscú, en compañía de un grupo de periodistas españoles, con intensas conversaciones con el propio Gorbachov, su ex ministro de Asuntos Exteriores, Shevardnadze, el responsable de la Televisión, Egor Yakovlev, y algunos representantes de los nuevos empresarios y ejecutivos de Rusia, lo confirma rápidamente.
Uno de nuestros guías, al oír pronunciar la palabra, contó un chiste ilustrativo: cuatro individuos —un abogado, un cirujano, un constructor y un comunista— están discutiendo sobre cuál de los cuatro oficios es el más antiguo. Para el abogado no hay duda de que es el suyo, pues la expulsión de Adán y Eva del Paraíso fue un acto legal. El cirujano replica que, antes, Dios había hecho surgir Eva de una costilla, en una clara operación médica. Pero el constructor le interrumpe para decir que, primero, el Señor había construido el mundo del caos. Y es aquí el comunista quien levanta rápidamente la voz para preguntar: «¿Y quién creó el caos?».
Para muchos observadores de la realidad de Rusia, que han asumido el debe y el haber del pasado soviético, este caos se remonta a Lenin. Es sorprendente encontrar en nuestros interlocutores, siempre, la misma justificación para la «perestroika»: inicialmente se trataba de reformar el sistema, pero se vio en seguida que no tenía posibilidad de cambio.
Vladimir Bukovski cree que la perestroika es un niño que nació muerto.
«El sistema comunista tiene la particularidad de que si se quiere mejorar, se destruye. Castro y Stalin tenían razón: el sistema no es mejorable», nos espetó, de entrada, Egor Yakovlev, periodista de gran prestigio que ahora dirige las cuatro sociedades de la antigua televisión soviética y es ya —para su desgracia, según él— más político que profesional de la comunicación.
Alexandr Yakovlev, el gran colaborador de Gorbachov, asegura que ésta es la primera experiencia histórica de una revolución sin violencia. Fue el depositario, en la visita a Canadá, donde él era embajador soviético, del Gorbachov entonces secretario de la Comisión de Exteriores del Soviet de la URSS y según su formación: «Así no se puede vivir. Había que cambiar el país».
Pero los críticos de Gorbachov no son de la misma opinión y creen que, en el fondo, Mijail Gorbachov fue un simple oportunista, al que, ante la bancarrota de la economía soviética, no le quedó otra salida que tratar de convencer a Occidente de que había un Bukovski, que fue canjeado por el secretario general del Partido Comunista de Chile, Luis Corbalán, y ahora vive en Cambridge, cree que la «perestroika» es un niño que nació muerto y define la política de Gorbachov como «una tentativa desesperada por reclutar a una población recalcitrante y hacer que se consagre a la salvación del socialismo».
En su último libro, La URSS, de la utopía al desastre, Bukovski cuenta un chiste, algo que siempre ha sido un excelente barómetro de la opinión pública en la URSS, que corría por Moscú: «¿Cuál es la etapa que sigue a la “perestroika”?» Respuesta: «La prehistórica (el tiranosaurio)». Lo sorprendente de este inquietante juego de palabras es que fue anterior al «putsch» de agosto, en el que, efectivamente, las fuerzas más conservadoras del aparato comunista, cuando el Tratado de la Unión estaba a punto de ser firmado, intentaron frenar todo el proceso y confirmaron que tras la «reestructuración» podía producirse el «tiroteo».
Pero el aroma de la libertad ya había salido del frasco en que estaba cautivo y el pueblo, al ver a Yeltsin en un tanque, pero como un profeta desarmado, alzando la voz contra el golpismo, decidió seguir la aventura. Si el comunismo había demostrado su ineficacia, ¿por qué no intentar jugar, de una vez, la baza democrática, que la «perestroika» y la «glasnost» habían permitido vislumbrar?
Así se hizo. Los demócratas tomaron el poder, en medio de un clima de confusión que todavía no se ha desvanecido. Pero ni el Partido Comunista —que contaba en la URSS con dieciocho millones de afiliados— puede desaparecer por decreto del mapa, aunque, efectivamente, se decida su supresión a través de un texto legal, ni la democracia brota por ensalmo en un paisaje de resignación, en el que personajes como Iván el Terrible, Stalin o Breznev han dejado su perdurable huella.
Los más optimistas hablan de diez años, como mínimo —y eso contando con que la ayuda occidental, todavía escasa y mal distribuida, consiga la terrible y real amenaza del hambre, al tiempo que se van construyendo los mecanismos que hagan posible el paso a la economía de mercado— para que el gigante eurasiático que es la antigua URSS, y consiguientemente, su más poderosa república, la Federación Rusa, recupere la vitalidad. Como golpes de Estado no se pueden dar todos los días, Moscú vive ahora los graves problemas que padece con cierta tranquilidad respecto a la situación militar. Con los misiles no se come.
El 17 de enero, cinco mil oficiales se reunieron en el Kremlin con la pretensión de hacer saltar al Gobierno, pero no lo consiguieron. Deberán esperar, como todo el mundo. De momento, hay que darle una oportunidad a Yeltsin, el nuevo zar, que a comienzos de año tomó una medida audaz, la liberalización de precios, calificada por Gorbachov de catastrófica, y que ha sido el desencadenante de los primeros actos serios de descontento popular.
Hay que darle una oportunidad a Yeltsin, el nuevo zar, que a comienzos de año tomó una medida audaz, la liberalización de precios.
Pero el propio Gorbachov, una figura que, para los analistas de la antigua URSS, ha terminado su carrera política, se mostró muy prudente en su conversación con la prensa española a la hora de juzgar la figura de Yeltsin. El presidente ruso, embarcado ahora en la tarea de obtener el favor occidental y conseguir ayudas e inversiones —además de los honores que algunos dirigentes, como Mitterrand y Felipe González, le negaron en sus anteriores recorridos por Europa— es quien, después de todo, le paga a su predecesor en el poder la infraestructura de esa «Fundación Gorbachov» en la que, sin descartar una futura actuación más beligerante —«por ahora no pasaré a la oposición», le ha prometido a Yeltsin «Gorby»— se va a dedicar a estudiar eso que tanto juego le ha dado en Occidente, el nuevo orden internacional.
¿Está acabado Gorbachov? De momento, está tratando de recomponer su pasado y de defender su obra. Como dice Alexandr Yakovlev: «nadie sabe lo que pasará mañana, pero una cosa es segura: que Gorbachov ha escrito un nuevo capítulo en la Historia de nuestro país y ya tiene su lugar en el Panteón». Pero el propio Yakovlev, un hombre que jugó un papel decisivo durante el golpe, defendiendo la «Casa Blanca» del Parlamento pistola en mano, al otro lado de la barricada, no oculta el error que cometió el inventor de la «perestroika»: apoyarse, en diciembre de 1990, en las fuerzas conservadoras, con el objetivo de mejorar la situación económica y estabilizar políticamente el país, sin medir la dificultad de hacer una política de izquierda con fuerzas reaccionarias «pues no se puede, como dice un proverbio ruso, conciliar la conducta desordenada con la oración».
Gorbachov y Yeltsin son las dos caras de una viva moneda que, como la de Antoñito el Camborio lorquiano, «nunca se volverá a repetir». Otros serán los protagonistas de la Historia futura. En primer lugar, habrá que superar la actual pugna de fuerzas políticas, en la que siguen más de cien partidos, de ellos cinco comunistas: «Tenemos más partidos comunistas que en España, pero, acaba Gorbachov, para quien la marcha de las reformas ayudará a la diferenciación de los partidos políticos, que se moverán en el espectro de la derecha, el centro y la izquierda, aunque habrá varios con perfiles nacionalistas». Cien partidos quiere decir ningún partido, vino a decir Gorbachov. Este es un análisis compartido. Además, el recuerdo del partido único, papel jugado con total abuso por el PCUS, sigue siendo un motivo de desánimo para las masas.
Tras los últimos reveses sufridos hasta llegar al golpe de agosto —la guerra de Afganistán, donde, después de 10 años de lucha, las fuerzas soviéticas tuvieron que retirarse en febrero de 1989, la explosión de Chernobyl en Ucrania, tres años antes, o el espectacular vuelo de Matias Rust hasta la Plaza Roja, lo que puso de manifiesto la fragilidad de las defensas soviéticas— Yeltsin tiene que hacer frente de inmediato, además de a la crisis económica, a la cuestión nacionalista. Y ello sin olvidar el latente descontento militar, que, naturalmente, está relacionado con las cifras. Yeltsin pretende rebajar drásticamente el porcentaje del producto interior bruto generado por la industria armamentística.Gorbachov, el gran derrotado, entre la indiferencia de su pueblo, posa junto a los muñecos de Disney.
Gorbachov y Yeltsin son las dos caras de una viva moneda que, como la de Antoñito el Camborio lorquiano, «nunca se volverá a repetir». Otros serán los protagonistas de la Historia futura.
¿Qué hacer con los cien mil trabajadores de la fábrica de aviones MIG-29, que este año no va a recibir ningún pedido? La Rusia de Gagarin y la Tereshkova, de los «soyuz» y de la carrera espacial, toca su fin. Los soldados del imperio tienen que volver a casa. Y los generales —de los cuales hay uno cada setecientos soldados, mientras que en los Estados Unidos lo hay cada tres mil cuatrocientos— deberán aceptar algo que hace sólo unos meses hubiera parecido imposible: el reparto entre Ucrania y Rusia de la flota del Mar Negro.
«No me obliguen a dar mi opinión sobre eso, porque podría complicar la situación», nos dijo Eduard Shevardnadze a los periodistas españoles en su nuevo despacho de la modesta Fundación de Política Exterior, a la que ahora dedica su experiencia de exministro de Asuntos Exteriores. Según el portavoz histórico de la «perestroika», que dimitió para denunciar el golpe militar que se les venía encima, tanto Rusia como Ucrania tienen argumentos sólidos en este contencioso, pero ello no puede derivar en una guerra. Es necesario el diálogo sobre cuestiones heredadas del pasado. Hay que buscar soluciones de compromiso, no hay otra alternativa.
Y es que la cuestión nacionalista ha estallado con toda virulencia. «Mi padre es armenio, mi madre ucraniana y yo, que he nacido en Moscú, no sé bien lo que soy en este país», me decía uno de nuestros acompañantes. Y Gorbachov reconoce el error que cometió en abordar el problema de los nacionalismos: creer que la cuestión étnica se superaría fácilmente a través de la amistad de los pueblos, «sin caer en la cuenta de lo que habían sufrido bajo Stalin, que cambió sus fronteras, sus lenguas y sus costumbres».
Para todo el mundo, el problema de la estabilidad de la antigua Unión Soviética es primordial. Shevardnadze, para quien el pueblo no estaba preparado frente a la convulsión de los últimos acontecimientos y que opina que el Estado de derecho requiere décadas enteras «en un país de estas dimensiones y militarizado», cree que, al analizar la actividad política de Gorbachov, hay que mostrarse generoso, teniendo en cuenta las circunstancias. Y, a pesar de las diferencias que ahora parecen separarlos, su juicio sobre ese período es positivo: «Antes de empezar la “perestroika” le dije a Gorbachov que en este país estaba todo podrido y que había que cambiarlo todo. Lo sabíamos, pero no podíamos hacerlo por la vía revolucionaria, instigando una revuelta popular. No había otro camino que la reforma progresiva. Pero debíamos haber puesto más empuje, más valentía, más decisión en las reformas económicas».
En una esquina del despacho de este georgiano que viste con refinamiento inglés puede verse un busto de presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy.Shevardnadze, que tuvo palabras elogiosas para J. F. Kennedy, ha colocado un busto del Presidente asesinado junto a su despacho.
Y él lo explica diciendo que «no hay personas sensatas que no sientan admiración por Kennedy, que ha sido una personalidad eminente. Así que no tiene nada de extraño que yo lo haya colocado ahí. Antes había que poner a Stalin y a Lenin, ahora podemos expresar nuestras preferencias…».
Pero en medio de la sonrisa, el antiguo ministro de Exteriores de Gorbachov no disimula, con una expresión melancólica, su preocupación por la nueva CEI, «una estructura inestable y algo simbólica en la que los procesos de desintegración son mucho más rápidos que los de integración», y el malestar por el reparto de la flota del Mar Negro. Su diagnóstico, aun cuando apoya la liberalización de Yeltsin —«el único líder que goza de consideración en el país y que es capaz de modificar su postura y de reconocer sus errores»— es muy pesimista: «No descarto el golpe militar, si sobrevienen algunos sucesos desagradables en forma de desórdenes masivos. Si no conseguimos dar algunos pasos decisivos en los próximos meses y hay que hacer frente a esos desórdenes, puede llegar un régimen totalitario».
La explicación ante lo que está pasando es para algunos, como Vladimir Bukovski, relativamente sencilla: «La Unión Soviética está condenada al desmembramiento desde el momento en que el pegamento Lenin ha perdido su poder de cohesión». Pero el presidente de la Unión de Empresarios cree que existen suficientes lazos entre las familias cruzadas que llevaría siglos separar.
Cualquier viajero que llegara a la Unión Soviética, daba igual en qué época o bajo qué dirigente, sabía que Moscú era una ciudad de nueve millones de disciplinados habitantes, con unos mastodónticos edificios debidos al gusto de Stalin, una enloquecedora Plaza Roja con una iglesia de cuento de hadas, San Basilio, a un extremo, y colas por todas partes: colas ante el mausoleo de Lenin; colas en los almacenes GUM, frente al Kremlin, donde nunca había grandes cosas que comprar; colas ante un teléfono o un puesto de helados; colas en los soportales del teatro Bolshoi…
La «perestroika» ha hecho peatonal a la calle Arbat —por la que cruzaba Stalin camino del Kremlin, y que ha dado título a una novela fascinante sobre los años oscuros, Los hijos de Arbat— pero ha multiplicado las colas. La liberalización de precios no ha producido todavía el deseado abastecimiento. La cola es hoy una pancarta de la escasez. Los moscovitas se echan a la calle con su cartera o su bolsa al brazo y piensan que, donde hay agrupados otros ciudadanos como ellos, algo habrá. Así que se paran a ver qué se puede adquirir.
Pero estos días en Moscú apenas se pueden comprar algunas cosas. El mítico rublo, que Breznev se permitía el lujo de cambiar a una cotización superior al dólar, está por los suelos: por cada dólar le dan al turista, en el cambio oficial del hotel Metropol, ciento trece rublos, o sea, que un rublo vale menos de una peseta. El problema es que, aunque el precio de los escasos artículos existentes sea sensiblemente más bajo que en Occidente, pero muy altos para ellos, alcanzan para muy pocas cosas. El metro vale quince céntimos de rublo, o de peseta, si lo prefieren. Los alquileres son baratos, como el teléfono o algunas cosas que se pueden encontrar en los almacenes. Pero un sueldo medio de mil rublos da sólo para unas pocas raciones de carne. Por eso la mafia y la especulación, las lacras de un capitalismo incipiente, asoman la oreja en medio del desconcierto.
La revista Ogoniok («llama»), una publicación que reflejó, en los albores de la «glasnost», como ha escrito Pilar Bonet, la corresponsal de El País en Moscú, «el fracaso del entusiasmo como principal sostén del régimen», se hizo eco de sus artículos este invierno preguntando: «¿Es posible vivir sin robar?». Se trataba de un reportaje de la periodista Ludmila Saldikova, que contaba que en cada fábrica de productos cárnicos, de las que existen ochocientas en todo el país, se roban quinientos kilos de carne cada día para la reventa en el mercado negro.
En Rusia hay épocas en las que se lee a Tolstoi y períodos en los que el escritor preferido es Dostoievski. Aunque este momento tormentoso se diría que es más de Crimen y castigo que de Guerra y paz, los dos grandes escritores rusos valen para explicar la actual crisis. Si Dostoievski escribió que la mejor definición que se puede dar del hombre es la de un ser que se habitúa a todo, también tiene sentido en esta hora recordar una frase de Tolstoi: «La calidad del pobre es no odiar al rico».
¿Existen ricos en la Rusia actual? No es probable que haya demasiados. Pero los periodistas españoles sí que tuvimos oportunidad de conocer a unos aspirantes a ejecutivos que son quienes abogan por la reconversión a toda velocidad de la sociedad soviética y la economía de mercado. El propio Shevardnadze cree que fue un error no haber seguido el programa de los «quinientos días», que hubiera permitido adoptar en su momento las reformas económicas drásticas que ahora están resultando tan pesadas de asimilar.
La rectora de la Academia de Finanzas, Ala Griasnova, el rector de la Academia de Ciencias Económicas, que fue viceministro de Finanzas de la URSS, Viacheslav Selchagow, y el presidente de la Unión de Empresarios, Vladimir Groshev, explican las dificultades de la liberalización de precios porque todavía no existe plena libertad privada y no se han creado estímulos suficientes para el productor.
Según ellos es fundamental solucionar el problema de la propiedad y de la producción, porque hasta que no se solucione seguirá la espiral inflacionista. Un mes después de la liberalización no han llegado a equilibrarse oferta y consumo, porque el precio de los artículos los hace inaccesibles a la mayoría de la población: el anhelado mercado, en realidad, no existe.La Plaza Roja de Moscú.
Pero a pesar de que el aguanieve que cae sobre un Moscú aterido no es precisamente una invitación al optimismo, nadie, ni siquiera los duros escritores de Ogoniok, Moskovskie Novosti y Argumenti y Fakti, se abandonan a la desesperanza.
Los rusos miran a Polonia, donde hubo artículos importados y una economía libre de inmediato, con cierta envidia. Pero a la hora de hablar de sus problemas económicos, cuentan un chiste que también se puede oír en las calles de Varsovia: «Para solucionar las dificultades sólo hay dos caminos: uno normal y otro milagroso. El normal es que vengan los marcianos con Polonia, la Virgen negra de Czestochowa, y coloquen cien mil millones de dólares sobre la mesa; el milagroso, que lo solucionemos nosotros».
Pero a pesar de que el aguanieve que cae sobre un Moscú aterido no es precisamente una invitación al optimismo, nadie, ni siquiera los duros escritores de Ogoniok, Moskovskie Novosti y Argumenti y Fakti, se abandonan a la desesperanza. Es todo un gran país, algo que nos quisieron hacer creer que era una superpotencia, el que está en almoneda, buscando un nuevo destino más allá de las ideologías.
Los descendientes de los viejos revolucionarios que aguardaban el asalto al palacio de invierno, preguntándose aquello de «¿cuándo amanecerá, tovarich?», miran hoy hacia Occidente confiando en tiempos mejores. Fasil Iskander, un escritor que piensa que «se necesitaron unas condiciones históricas muy especiales para que la utopía ideológica del comunismo se convirtiera para gran parte de la población y durante un tiempo bastante largo en una idea atractiva», ha escrito en Ogoniok: «¿Es obvio que nuestro pueblo —retorcido y extraviado durante años de humillación y mentira—, aunque ha sobrevivido casi de milagro, está muy mal?… Para curarse de sus enfermedades necesitará verdad, paz y esperanza».
Y Gorbachov, Shevardnadze y los nuevos empresarios despiden al viajero con una frase que es como un leitmotiv para esta esperanza: «No se alarmen por lo que ven. Rusia ha pasado ya mucho, pero sobrevivirá».