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Ver productos1 Feb 1992 - 10min.
Es muy probable que la primavera y el verano de 1992 sean estaciones «calientes» en la política italiana. Las elecciones para la renovación de la Cámara y el Senado están previstas en el mes de mayo. Después de finales de junio, finaliza el mandato del presidente de la República, y el nuevo Parlamento deberá proceder a elegir al sucesor de Francesco Cossiga. Las grandes maniobras ya han comenzado: se habla de algunos hombres políticos bien situados (Andreotti, Craxi, Forlani, Spadolini y otros) como futuros jefes del Estado o presidentes del Consejo. Todo hace pensar que la campaña electoral para esta doble elección será la más larga en la historia de la Italia republicana. La sensación más difundida entre los observadores, avalada por los resultados de algunos sondeos, es que el mapa político italiano será, después de este verano, bastante distinto del actual.
Las últimas elecciones parlamentarias tuvieron lugar en 1987 y hoy parece que han pasado años luz, ya que han sido muchos los sucesos significativos, tanto en el plano interno como en el internacional, desde aquella fecha. Se puede pensar que los equilibrios de fuerzas del país son distintos de los que existían en el Parlamento elegido en 1987. Observación que tiene su fundamento en los resultados del voto europeo en 1989 y de las elecciones regionales de 1990. Por otra parte, en junio de 1991 tuvo lugar el referendum sobre algunos aspectos de la Ley Electoral y sus resultados han mostrado clamorosamente la insatisfacción de los electores frente a algunas prácticas de la política tradicional.
En los últimos años, el sistema de partidos se ha ido fragmentando sucesivamente. En primer lugar, con la significativa implantación de un movimiento ecologista, y después con la explosión de listas de base regional, en el norte del país, particularmente, en la región de la Liga Lombarda. El ambiente abigarrado de las elecciones italianas se repetirá en las de 1992.
Finalmente, «last but non least», los acontecimientos en el Este de Europa han acelerado el «tempo» de la evolución del antiguo Partido Comunista (PCI). Tras un dramático proceso, el PCI ha quedado calcinado y de sus cenizas ha nacido el «Partido Democrático de la Izquierda» en el que confluyen la mayoría de los excomunistas, mientras un grupo relativamente pequeño de dirigentes y militantes «duros» se ha reorganizado en el movimiento de «Refundación Comunista».
En la cultura política italiana, sobre todo en aquella que encuentra su expresión en las páginas de diarios y revistas, existe la tendencia a exagerar el alcance de los cambios en curso y se hacen hipótesis sobre supuestos giros clamorosos que después se reducen a ser episodios más modestos. Estos cambios, sin embargo, parecen buenas razones para pensar que la situación italiana está madura para una importante reestructuración del sistema de partidos políticos.
Para situar esta posibilidad de transformación en el marco de una justa prospectiva, es útil recordar a grandes rasgos algunas de las características de la vida política italiana de la posguerra. Tras un inicial período de fluidez (1945-1947), el sistema político de partidos se ha consolidado creando, sustancialmente, dos únicas fórmulas duraderas de gobierno, una de centro -entre 1948 y 1960- y otras de centroizquierda -entre 1960 y 1975- y, nuevamente, de 1979 en adelante. La breve duración de los gobiernos (una media inferior a doce meses), los frecuentes litigios de las coaliciones y las abundantes crisis, han dado al sistema italiano la apariencia de inestabilidad. Pero desde otros puntos de vista, como la continuidad del personal político y la fórmula de gobierno, el sistema ha permanecido suficientemente estable, tanto como para ser considerado por algunos observadores como un «sistema bloqueado».
La sensación más difundida entre los observadores, avalada por los resultados de algunos sondeos, es que el mapa político italiano será después de este verano, bastante distinto del actual.
Esta definición hace referencia al hecho de que la democracia italiana, única en la experiencia europea, no haya conocido la alternancia de fuerzas de la oposición en el gobierno y viceversa. Un partido, la Democracia Cristiana (DC) ha tenido la responsabilidad del gobierno ininterrumpidamente desde 1946 en adelante; otras fuerzas como los socialdemócratas (PSDI) y los republicanos (PRI) han participado con diversas responsabilidades en los gobiernos de la DC durante la casi totalidad de la posguerra; en fin, otro protagonista principal de la coalición en el gobierno ha sido el Partido Socialista que ha participado en el poder durante casi 30 años. Al mismo tiempo, permanecen congelados permanentemente en la oposición los dos grupos políticos que configuran los dos polos opuestos del espectro político, es decir, los comunistas por un lado y los neofascistas (MSI) en el otro, con una base social considerable que los convierte, respectivamente, en el segundo y el cuarto partido en números de votos.
Al configurar de tal modo el sistema, había contribuido inicialmente de manera determinante la ruptura creada en el plano internacional. El sistema de partidos en Italia se formó en el inicio de la Guerra Fría: la DC y las otras fuerzas centristas se alinearon con el bloque occidental, mientras los dos partidos históricos de la izquierda lo hicieron con la Unión Soviética. El sistema nace, por tanto, en un clima altamente polarizado, creado por el «cleavage» internacional y acentuado por factores domésticos: las desastrosas condiciones económico-sociales; la fuerte distancia ideológica entre los principales grupos políticos, la presencia de «subculturas» políticas surgidas en el período prefascista y fuertemente enraizadas en zonas diversas de la península; la dureza del conflicto de clases y los tonos crecientes de clericalismo (y anti-clericalismo).
De todo ello resultó, entre otras cosas, un «mercado electoral» bastante estable con la con secuencia de que, durante decenios, sólo se produjeron variaciones generalmente modestas en la correlación de fuerzas de los diversos partidos entre una elección y otra. La DC mantiene su posición de primer partido, aunque sea a niveles gradualmente decrecientes; el PCI se consolidó, aunque a expensas del PSI, como segundo partido; los partidos moderados menores sobrevivieron pero sólo como protagonistas del contorno; y los neofascistas del MSI no adquirieron nunca la legitimidad democrática necesaria para integrarse plenamente en el juego político. Estos vínculos impidieron que se crearan las condiciones para una alternancia en el gobierno: la hipótesis de un gobierno de la izquierda, problemática a la luz del cuadro internacional y del progresivo deterioro de las relaciones entre socialistas y comunistas, resultaba sistemáticamente bloqueada incluso en la aritmética parlamentaria. Permanecían disponibles sólo dos formas de gobierno (centro y centroizquierda) en las que la DC constituía siempre el gozne indispensable.
El sistema de partidos en ítaíía se formó en eí inicio de la Guerra Fría: la DC y las otras fuerzas centristas se alinearon con el bloque occidental, mientras los dos partidos históricos de la izquierda lo hicieron con la Unión Soviética.
Tras un dramático proceso, el PCI ha quedado calcinado y de sus cenizas ha nacido el «Partido Democrático de la Izquierda» en el que confluyen la mayoría de los excomunistas.
Con el pasar de los años el sistema continuó manteniendo sus principales características aunque poco a poco iban desapareciendo algunos de los rasgos que habían contribuido a la configuración inicial. El desarrollo económico y social, los fermentos de la sociedad civil, el cambio de clima internacional, el proceso de modernización y secularización, contribuyeron en el curso de los años 70 y 80 a introducir una serie de novedades relevantes en la escena política: movimientos estudiantiles y de trabajadores, divorcio, aborto, terrorismo, erosión de la subcultura católica, internacionalización de la economía, integración europea. Con estas y otras novedades el sistema político aunque cambiando en parte permaneció sin modificaciones en sus componentes esenciales.
Pero, durante los últimos años, la historia ha tenido una imprevista aceleración: el hundimiento del comunismo en la Unión Soviética y en los países del Este europeo, con los consiguientes cambios en la escena internacional, han llevado a una rápida maduración de los procesos evolutivos internos del sistema político italiano que ya estaban germinalmente en uso desde hacía tiempo. Así como a finales de los años 40 los acontecimientos externos habían resultado decisivos para determinar el asentamiento político interno, así en los comienzos de los años 90 lo que viene de fuera del país contribuye a hacer madurar con rapidez las condiciones para una reestructuración del sistema de partidos y para modificar sustancialmente la relación de fuerzas.
Las perspectivas del cambio han afectado en buena medida a las relaciones entre socialistas y excomunistas, aunque naturalmente también a otros grupos. La relación entre los dos partidos históricos de la izquierda ha conocido fases alternas. Separados por la escisión que en 1921 llevó al nacimiento del Partido Comunista de una costilla del Socialista, unidos en el común destino de las fuerzas políticas perseguidas por el fascismo, socios en el Frente Popular que en 1948 sufrió una consciente desconfianza, el PCI y el PSI han estado en los últimos 30 años en bandos opuestos: en la oposición el primero, en el gobierno el segundo. Pero en las administraciones de muchas ciudades y regiones las relaciones han sido, sin embargo, de colaboración y también de rivalidad. Una relación en la que han prevalecido en la última década los elementos conflictivos con fuertes polémicas ocasionales. Como al comienzo de los años 60 cuando el PSI separando su propia suerte de sus cuñados comunistas hizo posible la coalición del centroizquierda aliándose con los democristianos. O incluso como en 1985, cuando los comunistas amenazaron con un referendum al líder socialista Craxi, entonces presidente del Consejo, volviéndolos más desconfiados.
Las perspectivas del cambio han afectado en buena medida a las relaciones entre socialistas y excomunistas, aunque natura/mente también a otros grupos.
La recomposición de las relaciones entre socialistas y comunistas no es una cuestión nueva. Así se ha presentado a lo largo de decenios sin encontrar salida por la presencia de toda una serie de obstáculos. Sobre todo, la división de los dos partidos en términos de votos. En 1946, la base electoral de los dos partidos era más o menos igual; treinta años después la relación de fuerzas se había modificado notablemente a favor del PCI: en 1976 los comunistas obtuvieron un tercio de los votos válidos, mientras los socialistas permanecieron por debajo de la banda del 10 por ciento. Doce años después (en 1987), sin embargo el declive electoral del PCI y el crecimiento simultáneo del PSI, la relación era todavía de dos a uno a favor del primero. Un desequilibrio de tales proporciones no podía animar ningún movimiento tendente a favorecer un acercamiento entre los dos grupos. En efecto, no pudieron contribuir a ello las diferencias ideológicas que se habían ido acentuando en los años 60 y 70 y que se manifestaban tanto en los juicios negativos expresados por los socialistas sobre los países del Este como en la ambigüedad de las posiciones críticas de los comunistas italianos sobre el modelo socialcristiano y la búsqueda de una improbable «tercera vía». EL foso cavado entre PCI y PSI desde los diversos y opuestos papeles ocupados en el sistema político se ensanchaba como consecuencia de los enfrentamientos surgidos sobre los temas de política exterior y sobre muchas cuestiones de política interna, incluido el delicado argumento de la reforma institucional. Era natural que esto generase un fuerte antagonismo entre los dirigentes y los militantes de los dos partidos en un clima de mutuas sospechas poco apto para una reconciliación.
Con la caída del comunismo se ha desmontado el arma del anticomunismo y se han puesto en marcha mecanismos llenos de novedad en el «mercado electoral»
En los últimos tiempos el peso de muchos de estos obstáculos se ha atenuado. Los regímenes del «socialismo real» se han hundido; el viejo PCI no existe más; el «nuevo» PDS ha adoptado (pero no sin cierta resistencia en su interior) el modelo socialdemocrático y ha presentado su demanda de afiliación a la Internacional Socialista; los demócratas de la izquierda italiana frecuentan, con la aprobación del PSI, los congresos de los partidos socialistas y laboristas europeos recibiendo solidaridad y ánimos. Todas estas razones hacen pensar en un mejoramiento de las relaciones entre Craxi y Occhetto, ya que además un mayor acercamiento puede servir a ambos. Al primero, porque le ofrece la oportunidad de desde posiciones de fuerza un papel de leadership, de la «unidad socialista» que campea en el nuevo símbolo del partido. Al segundo, para demostrar que el PDS ha nacido vivo es decir que no está destinado, como el partido de quien recogen la herencia, a ser una fuerza de oposición permanente. Además, las previsibles tendencias electorales, con una reducción de la distancia entre los dos grupos, favorecen la posibilidad de una integración. Naturalmente, hasta la próxima consulta el peso electoral del PDS es una incógnita, pero existen razones para pensar que el partido resultará notablemente redimensionado respecto a las fuerzas del viejo PCI. Sobre todo, porque el propio Partido Comunista estaba en fase de declive y además porque la escisión de la «Rifondazione Comunista» comportará sin duda un cierto precio, aunque sea difícil de cuantificar.
Naturalmene se trata sólo de hipótesis: son pocos los puntos ciertos en el clima de inseguridad que caracteriza esta fase de la vida política italiana. Sobre ella inciden otras vicisitudes de la izquierda, incluso las inquietudes que atraviesa el mundo católico, -y una parte de la misma DC-, y los muchos fermentos que se manifiestan en otros sectores del arco político. Con la caída del comunismo se ha desmontado el arma del anticomunismo y se han puesto en marcha mecanismos llenos de novedad en el «mercado electoral».
En 1992 se cumple el centenario de la fundación del Partido Socialista Italiano. Probablemente es demasiado pronto para asistir la reunificación de la «gran familia socialista», como esperan los optimistas. Pero podía ser este año el que abriera una nueva fase en la vida política italiana.