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Ver productos1 Feb 1992 - 7min.
BAJO un sol de justicia y un calor asfixiante, Felipe González y el coronel Teodoro Obiang ofrecen una conferencia de prensa al concluir la primera visita oficial del Presidente español a Guinea Ecuatorial. La escena se desarrolla en el suntuoso Palacio del Pueblo de Bata, la capital continental del país, un recinto faraónico donde el pueblo, por supuesto, no ha entrado nunca y si entrase lo que probablemente haría sería destruirlo. González dice cosas sorprendentes: pase lo que pase y esté quien esté en el poder, España seguirá auxiliando a Guinea Ecuatorial.
Guinea Ecuatorial, la infeliz ex-colonia española que llegó a la independencia de manos de un psicópata —Francisco Macías— y ahora se encuentra en las de su sobrino, es todo menos un país francófono donde haya que defender la lengua de Moliére.
Obiang no le va a la zaga. Justifica la existencia de su guardia pretoriana marroquí porque, según dice, en Africa tienen la mala costumbre de dar golpes de Estado y asesinar a los que mandan. El encuentro termina en un apoteosis de promesas y sonrisas. González tuvo, sin embargo, la mala idea de prometer su mediación entre la oposición democrática al régimen guineano y el dictador. Error, inmenso error que al cabo de unas semanas -y tras el nombramiento de Adolfo Suárez como «intermediario»- obtiene una respuesta contundente: Obiang nombra ministro de la «Francofonía» al titular de Exteriores, y designa un vice-ministro para los mismos menesteres.
Guinea Ecuatorial, la infeliz ex-colonia española que llegó a la independencia de manos de un psicópata -Francisco Macías- y ahora se encuentra en las de su sobrino- es todo menos un país francófono donde haya que defender la lengua de Moliére. Nadie o casi nadie habla francés, la presencia cultural francesa es mínima, los medios de comunicación ignoran el francés y el único vínculo que el país tiene con la francofonía tal vez sea que su moneda se encuentra en el área del franco CFA (Comunidad francesa). Eso no impide que Obiang haya participado en las cumbres de la Francofonía organizadas por Francia y que sus hijos estudien en París donde posee, gracias a sus ahorros, un coqueto apartamento.
Todavía no está claro por qué el presidente de Guinea Ecuatorial se empeña en halagar a los franceses con esa pasión instantánea por su lengua. A Francia, pese a lo que se dijo cuando se suprimió el «ekuele» (la moneda anterior) y se accedió al franco, le trae al pairo lo que suceda en este país paupérrimo y confía en la vigilancia española para evitar que se convierta en un foco de subversión o inestabilidad en una zona donde cuenta con dos aliados sensibles y de importancia: Gabón y Camerún. Hasta ahí llegan sus preocupaciones.
Pero Obiang, que es un astuto cacique «fang» (clan essanqui de Mongomo, para mas señas), ha intentado en todo momento utilizar el supuesto interés francés por su país para meter en cintura a la ex-metrópoli de la que vive. Bastó que la promesa de González empezara a funcionar-convencer a la oposición guineana de que se una y entable un diálogo abierto con Obiang-para que el dictador haya respondido con la historieta de la francofonía. El gobierno español ha dado la callada por respuesta. Todo indica que no habrá transición democrática en Guinea y que la ayuda se mantendrá en las cotas actuales: la cooperación española es la más generosa, cuantiosa e improductiva de la que España dispensa en el mundo.
Africa subsahariana era la asignatura pendiente de la política exterior española. Durante los años setenta se produjo cierto despliegue en algunos países (Liberia, Sudán, Nigueria, Kenia) ante la amenaza de que la Organización de la Unidad Africana apoyara las tesis sobre la africanidad de las Islas Canarias. Marcelino Oreja y sus colaboradores recorrieron el continente con el objetivo indisimulado de neutralizar al activo Cubillo. Tras los pactos con Argelia -gracias, todo hay que decirlo, a la diplomacia del PSOE- Cubillo se disolvió y el interés español hacia el mundo negro, hizo lo propio.
Pero coincidiendo con el 92 he aquí que el interés se renueva gracias, sobre todo a la penetración económica española en las excolonias africanas de Portugal y especialmente en Angola y Mozambique. La «cruz» de Guinea Ecuatorial la venían arrastrando los diversos gobiernos desde que en 1979, el entonces teniente Teodoro dio un golpe de Estado contra su tio Macías y lo fusiló.
Era la primera vez que González ponía el pie en Africa negra y Guinea, simplemente, le fascinó. Fue dispuesto a leerle la cartilla a Obiang y terminó entrando en el juego del dictador.
Era la primera vez que González ponía el pie en Africa negra y Guinea, simplemente, le fascinó. Fue dispuesto a leerle la cartilla a Obiang y terminó entrando en el juego del dictador que ahora, tras los arrumacos de Malabo y Bata, lo «castiga» con la historia de la francofonía y la amenaza de pasarse a Francia. Sólo la cativa mentalidad de un tiranuelo de tercera puede imaginar un chantaje tan lastimoso. El problema es que en Madrid nadie ha parecido darse por aludido. Obiang tiene bula para hacer lo que quiera, cuando quiera y donde quiera.
La capitidisminuida oposición democrática guineana ha respondido a este galimatías enviando una carta a través de la embajada guineana en Madrid (llamar por teléfono sería imposible porque lo tienen cortado por falta de pago, los diplomáticos utilizan los teléfonos de la embajada de Africa del Sur, que se encuentra en el piso de arriba) pidiendo a Obiang que dialogue. Hasta ahora no han obtenido respuesta y es dudoso que algún día la obtengan.
¿Quién manda en Angola? La segunda etapa del despertar africano de González fue Angola, un país destruido por una guerra civil que duró 16 años y donde las tropas de Fidel Castro (60.000 soldados) mantuvieron en el poder durante la misma etapa a dos dictadores cada cual más impresentable: el ya fallecido Agostinho Neto (que ordenó innumerables masacres cuya importancia apenas empieza ahora a conocerse) y José Eduardo dos Santos, que tras ser el Breshnev angoleño ha querido convertirse en el Gorbachev local y se apresta ahora a ganar unas elecciones generales —las primeras libres en ese país desde la independencia—.
España tiene, sin duda, importantes intereses —sobre todo, pesqueros— en Angola. El comercio bilateral es importante, los angoleños o, angolanos (la cosa no está muy clara) pagan bien y a tiempo gracias al petróleo de Cabinda y todo el país está por hacer, mejor dicho, por reconstruir, porque la terrible guerra entre el régimen marxista y la guerrilla nacionalista UNITĂ lo dejó planchado. De modo que se explica la prioridad concedida a este país en la «ofensiva africana» de González. Se explica menos, en cambio, el aprovechamiento consentido que se hizo del viaje por parte del MPLA (el expartido único, ahora reconvertido a la socialdemocracia) y el hecho de que González no pudiera o no quisiera recibir a Jonas Savimbi, el carismático líder de la UNITA, que se anuncia como futuro presidente del país.
Durante la visita oficial del presidente a Angola, las calles de Luanda estaban adornadas con carteles donde se cantaba la «hermandad entre el MPLA y el PSOE pese a que, según aseguró González, se trataba de un viaje de Estado y no de partido, aunque es dudoso que el presidente dos Santos, acostumbrado a identificar ambas realidades, lo entendiese muy bien. Y aunque González recibió a la insignificante oposición (una treintena de partidos, algunos de los cuales caben en un taxi) salvo al partido más importante y que más posibilidades tiene de ganar en septiembre, no quedó claro qué ocurrirá con nuestros intereses cuando el régimen cambie de estilo, de nombre y de nombres. El ejemplo de Namibia —donde la independencia trajo, como primera medida, la expulsión de nuestros pesqueros de sus aguas— debía pesar sobre este tipo de maniobras.
Es obvio que Africa subsahariana constituye una parte poco significativa de nuestras prioridades exteriores y es obvio también que, ahora, las preocupaciones se sitúan en el Este y en el Sur (Marruecos y Argelia, principalmente), pero eso no excluye que el gobierno empiece a tomarse en serio la presencia española en esa zona. Siempre y cuando no se trate de avalar a dictadores impresentables o jugar a la ruleta rusa con quienes han dejado de serlo.