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Ver productos1 Feb 1992 - 11min.
Los ecologistas españoles, en sus ratos libres de marchas contra la OTAN, protestas contra el servicio militar y otras actividades vocacionales de esa índole, no se van a comulgar con la Naturaleza andando por el monte o nadando en el mar. Gracias a Dios -o a Pan- tan sólo se dedican a matar los árboles de la Ciudad Universitaria clavando en ellos con grapas o chinchetas carteles de propaganda eco-pacifista. Menos mal, porque con lo dados que son a tirar basuras harían mucho más daño ecológico si frecuentasen nuestras sierras y playas, aumentando el vertedero humeante en que se está convirtiendo España.
Esa es la primera paradoja, que en este país los verdes son rojos. Y no rojos anarquistas generosos, indomables rojos utópicos, rojos simpáticos, sino demasiado a menudo infrarrojos manipulados por intereses políticos o económicos ajenos cuando no opuestos a la defensa de la Naturaleza. Y si no ¿cómo se explica que tras el desastre atómico de Chernobil, en la primavera de 1986, no se manifestase nadie? O ¿por qué en febrero de 1991 tampoco se tiraron a la calle ante la noticia de que Sadam Husein había incendiado medio millar de pozos de petróleo en Kuwait, provocando la mayor contaminación atmosférica en su género de la Historia?
La triste realidad es que aquí, salvo raras, honrosas e impotentes excepciones, el ecologismo no es ecologista. El español medio no ama a la Naturaleza, la considera madrastra y no madre. Por lo que sea, porque en nuestros labriegos hay demasiada sangre morisca de desertores del desierto, porque en nuestros campos no hay douceur angevine sino pedregales que hielan y abrasan, o porque en la conciencia nacional queda poco rastro del culto druídico al árbol o de la añoranza clásica de la Arcadia, el caso es que aquí se nota un sordo rencor ancestral contra lo agreste, un obscuro deseo de mancillarlo con basuras y luego destruirlo con el fuego.
Acaso eso explique la segunda y más grave paradoja. Los conservadores no aspiran a conservar la Naturaleza. Ni se molestan en fingir interés por el asunto. Claro que en España no hay conservadores sino conservaduros. Por eso la derecha ha cedido de buena gana a la izquierda la bandera conservadora por antonomasia, la causa de la conservación del medio ambiente natural, monumental y cultural. A la llamada derecha sociológica española no le interesa conservar nuestros bosques y ríos, ni salvar nuestro patrimonio artístico, ni mantener la riqueza de nuestra lengua. Lo que le importa es ganar dinero, aunque sea especulando con terrenos no edificables, contaminando los arroyos y prostituyendo el lenguaje.
En este país los verdes son rojos. Y no rojos anarquistas generosos, indomables rojos utópicos, rojos simpáticos, sino demasiado a menudo infrarrojos manipulados por intereses políticos o económicos ajenos cuando no opuesto a la defensa de la Naturaleza.
No digo que en el extranjero no haya ocurrido algo parecido, pero sin duda en grado mucho menor. En Inglaterra, en Francia o en Alemania siempre ha habido centenares de asociaciones de marcado carácter conservador, dedicadas a proteger eficazmente variadísimos seres, objetos o lugares en peligro, desde las águilas hasta las capillas románicas, pasando por los setos rurales o los talleres de alfarería. Es más, los propios partidos conservadores europeos han comprendido a tiempo que no sólo están para conservar el dinero de sus votantes y los intereses de la industria. La misma Sra. Thatcher, tan radical librecambista en otras cosas, innovó convocando algún seminario para escuchar durante horas y acompañada de varios ministros las admoniciones a puerta cerrada de écologos serios.
No así por estos pagos, ciertamente. Y sin embargo hubo en tiempos una derecha española más tradicional, de verdad conservadora, a la que debemos mucho. Algún día reconocerán los ecologistas la labor de extraños precursores. Si hace un siglo se salvó -por los pelos- la cabra montés y de paso Gredos, no fue desde luego merced a la inexistente preocupación de catedráticos casposos de biología, que no salían de sus gabinetes, ni a la paternal solicitud de diputados de izquierdas. Fue gracias al empeño tenaz de unos hombres que representaban varios de los tipos humanos más detestados hoy por la progresía: un puñado de aristócratas españoles -terratenientes y monteros-, un par de ricos ingleses y un Rey cazador, don Alfonso XIII. Un conjunto similar de circunstancias salvó el Coto Doñana. Y no digamos el Monte del Pardo, resto único del ecosistema primigenio de buena parte de la Península Ibérica. Su supervivencia se debe al egoísmo cinegético de los viejos monarcas españoles.
Eso nos lleva a otra contradicción aparente que es menester aceptar si se quiere salvar algo de la antigua riqueza vegetal y animal de nuestro país. La Naturaleza es esencialmente antidemocrática y antiproletaria (uso ambos términos en su recto sentido etimológico y no político, claro está). A la Naturaleza le aterra la invasión del pueblo y termina siendo destruida por la proliferación humana. Diez cazadores responsables en mil hectáreas de monte no hacen daño e incluso son beneficiosos pues coadyuvan en la selección natural, mientras que cien domingueros transistorizados, con su patulea de prole pirómana, arrasan con todo. El pastoreo tradicional y extensivo es igual de inocuo o benéfico. Pero lo que no se puede pretender es que las necesarias reservas naturales sirvan también de lugar de esparcimiento para el pueblo soberano.
Veamos un ejemplo conocido. La Laguna Grande de Gredos es uno de los lugares más hermosos de Europa. Se está muriendo. Los miles de domingueros que la visitan cada verano arrojan allí sus detritus o se enjabonan en el agua. Por una reacción bioquímica muy sabida, la eutrofia, eso terminará llenando de algas la laguna, aparte de la inevitable destrucción física de su entorno. Ahí si podría aplicarse una solución intermedia, y muy fácil. Bastaría con remediar el error anterior, que fue hacer una carretera asfaltada de libre uso hasta la Plataforma de Gredos, con su cómodo y suicida aparcamiento desde donde se llega andando en dos horas a la Laguna Grande. Para salvar el grandioso Circo y su lago no hace falta ni prohibir el paso a pie; tan sólo habría que obligar a dejar los coches cinco kilómetros antes. Con una hora más de marcha ineludible (dos, contando la vuelta) se desanimarían los domingueros y falsos ecologistas, pero podrían seguir disfrutando de su afición los montañeros, que ni empuercan ni incendian. O se podría hacer como en los parques naturales del Canadá, donde se limita el número de excursionistas por el simple método de cerrar la barrera en cuanto se alcanza el máximo. Entonces se forma una cola y van entrando los aspirantes en la medida en que van saliendo los ya ahítos de oxígeno. Eso, en el país más vacío del mundo.
No se puede poner en duda el efecto destructivo del dominguero español. Cuando casi nadie podía entrar en la Casa de Campo madrileña, es decir antes de la Segunda República, dicho parque real se parecía mucho al del Pardo por lo incólume. Cierto viejo republicano cuenta cómo se desengañó cuando pasó por allí el 15 de abril de 1931, lo vio invadido por la chusma y observó a unos que con una piedra machacaban unos gazapillos gritando: ¡Para que aprendáis a intentar escaparos como los Infantes!. Lo notable de este suceso no es el ansia regicida que revela sino el odio a la naturaleza que pone de manifiesto. A fin de cuentas matar a los Reyes es un esporádico deseo común a todos los pueblos de Europa. Incluso un lírico tan melífluo como Antonio Machado se lamentaba de que nadie hubiese asesinado a Alfonso XIII. El regicidio es un impulso edípico bastante frecuente, es un vulgar parricidio. Pero destruir la Naturaleza es un matricidio, y como tal un anhelo insólito, salvo en España.
No se puede poner en duda el efecto destructivo del dominguero español. Cuando casi nadie podía entrar en la casa del Campo madrileña, es decir antes de la Segunda República, dicho parque real se parecía mucho al del Pardo por lo incólume.
Aquí lo silvestre sólo tiene garantías de supervivencia si está cercado, y a ser posible con centinelas armados. No exagero, y la prueba es que una de las pocas colonias florecientes de camaleones en la Península está en la Base de Rota, y que las únicas áreas naturales que subsisten en el litoral meridional español son zonas militares prohibidas al turismo. Eso también puede parecer un doloroso contrasentido a los ecologistas irenéicos, pero es un hecho y ahí está.
Otra curiosa paradoja en la actitud habitual de los ecologistas es su tendencia a defender la inmigración del Tercer Mundo. Uno de los efectos inevitables de ésta será aumentar no sólo la población europea sino las tasas de natalidad en nuestro continente. Luego dirán lo que quieran, pero el hecho es que cuantos más habitantes haya por kilómetro cuadrado más deprisa quedará devastada la Naturaleza.
Claro que la inconsciencia ante el problema planetario de la superpoblación no es privativa de nuestros ecologistas. Son igual de irresponsables los capitalistas, capitalistas, convencidos de que la economía moderna sólo puede mantenerse si aumenta la producción, para lo cual ha de aumentar el consumo, y a ser posible el número de consumidores, amén de que una población en crecimiento quiere decir mano de obra barata. Tampoco están libres de miopía quienes ateniéndose al «creced y multiplicaos>>>> prefieren que nos multipliquemos indefinidamente. Y no digamos los marxistas residuales que cifran sus esperanzas de revolución mundial en el estímulo subversivo de la proliferación proletaria.
Ninguna de estas doctrinas quiere afrontar la realidad demográfica: que ya somos más de cinco mil millones en la Tierra y que a este paso seremos cincuenta mil millones de aquí a cuatro o cinco generaciones. Lo único seguro es que entonces nuestros ecologistas no podrán seguir gritando en la calle contra la Ley de Seguridad Ciudadana.
Pero volviendo al aquí y ahora español, hay que señalar una última paradoja ecológica, quizá la más penosa de todas. Nuestros socialistas están menos atentos al bien común que al medro individual. Sin embargo lo que parece casi natural en ei ethos capitalista -el individualismo a ultranza y el culto al dinero- no resulta admisible en quienes siguen una doctrina supuestamente basada en la solidaridad. La primera solidaridad que violan los socialistas españoles es la más elemental, la solidaridad ecológica con las generaciones venideras y con el resto de la creación. Cada vez que un político de izquierdas acepta de hecho en un discurso la primacía axiológica del principio del lucro personal, está traicionando sus raíces ideológicas tanto como cuando vende por cohecho una recalificación de terrenos rústicos. Tan inconsecuente es el socialista pesetero como el conservador que no conserva o el verde rojo. No es cosa de deontología, es cuestión de ontología.
Aunque no se puede pedir peras al olmo, si tenemos derecho, pues, a exigir lo contrario, es decir que cada cofradía haga honor a su santo patrono. Podemos reclamar más verdor a los verdes, más tradición a los conservadores, más generosidad a los socialistas y más autenticidad a todos. Habría entonces menos paradojas ecologistas y menos miseria ecológica. Para empezar podríamos obligar a los economistas a hacer bien las cuentas. Una de las paradojas ecológicas y aún simplemente económicas de la contabilidad nacional es que la renta nacional tan sólo refleja los cambios de riqueza cuando éstos pasan por el mercado. Eso quiere decir, en palabras de The Economist, que «cuando se tala un bosque y se vende, el país parece enriquecerse, aunque los árboles no sean repuestos y aunque su desaparición acarree erosión, inundaciones y la pérdida de una fuente de alimentos y combustible para la gente del lugar. Absurdo, pero así es a efectos del P.N.B., como si los estados nunca hubiesen oído hablar de la depreciación por agotamiento de activos. Y es que la miopía egoísta de los políticos termina imponiéndose a las administraciones estatales.
Podemos reclamar más verdor a los verdes, más tradición a los conservadores, más generosidad a los socialistas y más autenticidad a todos. Habría entonces menos paradojas ecologistas y menos miseria ecológica.
Sólo eso puede explicar este otro fenómeno: que España entorpezca en Bruselas todas las iniciativas ecológicas comunitarias. Nuestras autoridades confiesan que lo hacen para salvar la pequeña ventaja en competitividad que conservamos frente a la Europa rica gracias a que permitimos a nuestras industrias ensuciar más por unidad producida que las alemanas o las holandesas. Pero lo que no confiesan nuestros funcionarios es que con eso, además de envenenar España, están ayudando a este gobierno -y lo harían igual con el siguiente a comprar votos a costa de la salud de los españoles de hoy y hasta de sus nietos. Saben que transitoriamente aumentaría el paro y disminuirían los beneficios si se obligase a nuestra industria y a nuestra agricultura a contaminar menos. Por consiguiente crecería el descontento de sindicatos y patronos, con lo que el gobierno-cualquier gobierno- perdería votos. Puestos a escoger entre nuestra salud y sus escaños, cualquier partido escoge sus escaños. Con ayuda de los burócratas, claro.
No es imposible denunciar éstas y otras monstruosas estafas ecológicas. Pero tampoco es fácil. Quizá los jóvenes -los jóvenes de verdad, no los de treinta años para arriba- estén adoptando actitudes más lúcidas y sinceras y pueden imponérselas a sus mayores. Se me ocurre ahora, como envío final, que acaso el Príncipe de Asturias pudiese encabezar ese cambio de ánimo en la juventud. Después de todo él querrá una ocupación durante los años -muchos, espero que le queden antes de ser Rey. Y, ¿qué tarea más noble y digna de un Príncipe que amparar los intereses permanentes de su país? ¿Qué mayor autoridad moral que la de un joven Heredero del Trono para defender el patrimonio natural presente y futuro de España? Podría hacer, tal vez con menos vehemencia, una labor similar a la del Príncipe de Gales. No haría falta que se opusiese de frente al ciego egoísmo de tantos insensatos, eso sería peligroso. Pero al igual que la Reina protege la música en un país de melófobos y presta su fructuoso aval a la lucha contra la droga, el Infante podría hacer mucho bien mostrando público interés por la Naturaleza en peligro. Al menos los ecologistas sinceros no se sentirían tan solos.