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Ver productos1 Ene 1992 - 5min.
Título: «Presencias reales».
Autor: George Steiner.
Editorial: Destino, Barcelona 1991, 300 páginas.
Precio: 2.100 pesetas.
Se comprende que el libro Presencias reales, de George Steiner, haya conmovido a los medios intelectuales europeos en los dos últimos años. Todavía son muchos los que no se han recobrado de la sorpresa.
Pero motivos hay para la sorpresa, pues resulta duro rendirse a la evidencia. Puede que todavía sea demasiado pronto para que acaben de quebrar definitivamente los viejos estereotipos. De hecho, vivimos culturalmente de un manojo de ideas impuestas dogmáticamente por ciertas corrientes del pensamiento moderno. Pero es obvio que llegada la etapa de la posmodernidad vuelve a producirse un, diríase que inevitable, giro copernicano.
Todo lo que parecía firmemente estatuido por el pensamiento moderno cede bajo la presión no sólo de los acontecimientos, sino, lo que es más importante, de los propios esfuerzos del pensamiento por mantener su coherencia interna. Y la razón se encuentra al final del proceso donde solía, es decir, en el mismo punto donde decidió cambiar de rumbo.
Más o menos, lo que Steiner propone es que debemos prescindir de los dogmas ilustrados. Es cierto, viene a decir que en muchas zonas de la realidad es posible identificar el pensamiento con el cálculo, pero sólo en las menos importantes, en las menos decisivas o, en fin, en las menos humanas. No hay una ingeniería del lenguaje. El lenguaje es otra cosa. No hay una fundamentación física de la física, y menos de la vida. El dinamismo físico es otra cosa que la ciencia física, la vida no puede reducirse a mecánica. Y, en especial, el arte, la estética, el universo de los juicios de valor.
Todo aquello en que lo humano se decide como humano es inaccesible a las dos condiciones esenciales de la ciencia natural, la explicación como verificación y refutación. No hay modo de desembarazarse de la impresión de que es preciso encontrar un fundamento para lo que requiere fundamentos. El arte, la música principalmente, la literatura, el sentido narrativo del tiempo y de la historia, el sentimiento, la comprensión y, sobre todo, el fenómeno no analizable del sentido del lenguaje.
Más o menos, lo que Steiner propone es que debemos prescindir de los dogmas ilustrados. Es cierto, viene a decir que en muchas zonas de la realidad es posible identificar el pensamiento con el cálculo, pero sólo en las menos importantes, en las menos decisivas o, en fin, en las menos humanas. No hay una ingeniería del lenguaje. El lenguaje es otra cosa. No hay una fundamentación física de la física, y menos de la vida. El dinamismo físico es otra cosa que la ciencia física, la vida no puede reducirse a mecánica. Y, en especial, el arte, la estética, el universo de los juicios de valor.
En un mundo así no habría lugar para el comentario, y menos aún para el comentario del comentario. Es exactamente lo contrario de lo que ocurre en nuestro mundo, donde Kundera narra la «levedad del ser», y a continuación la tropa de los críticos explican cómo narra Kundera, y comentaristas de segunda fila explican lo que han explicado los críticos, aunque con mayor «levedad» que los primeros; y los comentaristas de oficio repiten lo que han malentendido de Kundera, sin importarles lo que entendieron sus críticos, y los articulistas ofrecen una nueva pero ya «insoportablemente leve» variación de la fuga, y el público, en fin, se desentiende del conjunto de variaciones porque, a fin de cuentas, le interesa más el partido de fútbol del domingo que la novela de Kundera.
La conclusión de Steiner es que las cosas son así, no pueden dejar de ser así, afortunadamente son así, y precisamente porque así son somos libres. Ser libre, ser humano, es ser de la manera no utópica que permite a algunos escribir sobre la «levedad del ser» y a la mayoría desentenderse de esa «levedad».
Ésa es la anécdota que sirve de punto de arranque de Steiner para asegurar que el lenguaje trasciende al signo mediante la significación. Que no se puede prescindir de aceptar el mundo como «presencia real» en el tejido del lenguaje, y que esa presencia es fundante como pensó parte de la tradición básica, lo que lleva, más o menos, a aceptar la dimensión teológica del lenguaje y no sólo su proyección metafísica. Es inútil, asegura, insistir en la ontología del nihilismo a que conduce la consideración heideggeriana del lenguaje, último ciclo de la escisión producida en la historia por la duda metódica cartesiana. Hay que acabar con el escepticismo, dice, pero tampoco hay que esforzarse mucho en el empeño: el escepticismo es el encargado de acabar consigo mismo.
La idea de que hay una «presencia real» no es exactamente una vuelta al pasado, un regreso al paraíso, más bien es un enlace con la tradición perdida en nombre de la modernidad disuelta. El cambio de rumbo, el brote de un nuevo «paradigma», se manifiesta en la obra de muchos pensadores inquietos que han llegado a afrontar activamente la experiencia de la muerte de la modernidad. Acaba, por decirlo así, el tiempo de «la muerte de Dios», y muchos descubren, en nombre del pensamiento, que el pensar mismo carecería de sentido si más allá del pensar sólo existiera la muerte.
«Comparadas con esta fragmentación, incluso las revoluciones políticas y las grandes guerras de la historia moderna de Europa resulta, me aventuro a decir, superficiales».
Libro interesante y polémico, inquietante y antidogmático, el que una insuficiente traducción plagada de errores —me resisto a creer que Steiner escriba strictu sensu y otras lindezas— no rinde el servicio que merece.