Aceptar una herencia

José Jiménez Lozano

A palabra «patrimonio» referida al conjunto de bienes artísticos muebles e inmuebles, aunque burocratizada y hasta metalizada por el uso cotidiano de mucho tiempo atrás, define muy bien, en principio, la realidad que significa. Porque, efectivamente, se trata de un depósito heredado de los padres, que está ahí para suelo de nuestras vidas. Y su primer plano de referencia es algo material: una riqueza. Una riqueza en sí misma, o riqueza por su consideración socio-cultural.

Así han venido funcionando las cosas en términos generales, y así son contempladas no sólo desde el punto de vista jurídico o político y social, sino también en el plano de la cultura funcional. Esto es, en el plano de la cultura en su acepción antropológica: las concepciones, ideas y valores -y sus estereotipos- en un momento dado de la historia de una comunidad política. Y así ha sucedido que ese viejo «patrimonio» al igual que cualquiera otra herencia de nuestros mayores ha sido aceptada o no, según la valoración que se ha hecho de ella: los chamarileros, los compradores de papel viejo y la pala mecánica son testimonios de ese rechazo. Incluso si quienes se desprendieron de esos bienes no valiosos, los ven luego revalorados o se ven atados a ellos que alguna otra consideración.

Ahora bien, estamos en un tiempo, en una cultura, en la que es todo el «patrimonio>>> humano, toda la historia los que se revelan como no valiosos e incluso como repudiables.

Ya no se trata de que el mismo proceso de la historia y de la cultura y de la vida, se vaya asentando sobre la realidad, y abriéndose paso en ella sobre lo anterior, o junto a ello, o incluso enterrándolo: una catedral gótica está construida sobre otra románica, asentada a su vez sobre una iglesia visigótica o sobre un templo pagano. El fenómeno puede disgustarnos profundamente y de él podemos extraer connotaciones muy negativas acerca del sentido artístico o del grado de intolerancia, o de la pésima solución dada a las necesidades culturales y hasta económicas de un tiempo dado. Pero cada etapa histórica y cultural se presenta con una absoluta contundencia, y todas <«las modernidades>> han arrasado siempre: hacen sus cuentas con el pasado y, para usar un símil en torno a una categoría freudiana, diríamos que solucionan así su complejo edípico.

Memoria del pasado

Pero las cosas fueron muy diferentes hace doscientos años, con la llegada de las «Luces>> o de la llustración, de lo que entendemos por modernidad, exactamente: el mundo y la vida, la historia y toda la realidad material o cultural regidas por la Razón. Las cuentas que entonces se saldan no es a propósito de una parcela de la vida, el arte, la historia o la realidad, no es una nueva visión de las cosas: son las cuentas con la historia anterior entera, y con la realidad entera vistas desde la instalación del «yo» como sujeto, alumbrado por la Razón. Y la devaluación radical y definitiva de todo un tiempo y un universo pasados que no podían ser sino de tinieblas, porque no habían estado iluminados ni medidos por la Razón.

Estamos en un tiempo. en una cultura, en la que es todo el «patrimonio» humano, toda la historia los que se revelan como no valiósas e incluso como repudiables.

El patrimonio que se nos había legado tenía que liquidarse no sólo porque era recuerdo de ese inútil pasado, sino porque en sus mismas ruinas y desechos, y hasta en ese recuerdo y en su moho, alentaban o podían alentar fantasmas e íncubos: lo irracional en suma. Y la regla de esa Ilustración según una fórmula de Hegel -quien luego iba a percatarse en seguida de algunas de sus radicales oquedades o insuficiencias- es ésta: «Todo lo racional es real, todo lo real es racional». De modo que es excusado insistir en que el mundo del arte, la religión o la poesía quedaba absolutamente radiado o tendrá que revalidar su mismo derecho a existir, acordándose con las reglas de «lo racional», «lo ello» positivo y mensurable. Pero, en el ámbito de lo que hoy se llama «post-modernidad», las cosas han ido más allá en este sentido: no sólo el hombre no recuerda, ni tiene que ver nada con la memoria del pasado, sino que no quiere tener que ver nada, y toda enunciación de ese pasado o demostración del mismo se haría revistiéndolo de las categorías del presente: como pastiche o espectáculo, como juego de formas o estructuras, desposeído de significado y narración, y también de cánones de belleza. Shakespeare o Cervantes resultan, así, maestros de formas; y la belleza real o el valor real de una Virgencita de Filippo Lippi estaría en la perfecta composición geométrica del cuadro matemáticamente demostrada, en la acercada volumetría y en la coloración según los cánones del nuevo arte comunicativo: el cómico o el cartel.

Philippe Sollers ha visto recientemente muy bien el juego perfecto de este estado de cosas. El escritor cree que estamos adentrándonos en un estado de una Gran Tiranía anónima, que por lo demás, no sería otra cosa que la situación objetiva y el mero estar ahí de un modo, que Friedrich Nietzsche, o el loco en su sermón, pronosticó ya hace un tiempo: la situación «post-mortem Dei», seguida implacablemente de la muerte del «yo» del hombre a quien toda una cultura: la «postmodernidad» precisamente, invita a una feliz eutanasia, a una indolora muerte, mediante la a-ilustración. Y el proceso de esta a-ilustración ya está muy avanzado, nos resulta perfectamente banal, como se deduce de estas mismas palabras de Sollers, que constituyen no más que una descripción de lo que es cotidiano ya: «Llega (el Tirano)» y dice: «Ahora la historia se acabó». Y ya hay filósofos que teorizan el fin de la historia. No se prohiben los libros pero se pone atención a que se lean cada vez menos. Y es lo que se hace». Podemos añadir que incluso mediante campañas de lectura, producción masiva e indiscriminada, técnicas del best-seller, etc. se propaga un analfabetismo a través de la droga, del sexo, del «panem et circenses)», y esto se hace por medio de la televisión que debilita el espíritu crítico de los esclavos. Después se intenta esconder los testimonios de la cultura precedente, precisamente como hicieron los nazis o los estalinistas, guardando celosamente las cosas que tienen un valor (porque el Tirano sabe lo que tiene valor y lo que no lo tiene). Se trata de hacerlos desaparecer prácticamente porque por el solo hecho de existir acusan al Tirano. En su lugar, se crea un arte para el pueblo, un arte extremadamente simple, publicitario, estereotipado. La imagen televisiva sustituye a la pintura, el eslogan al gesto interior».

Los Tiranos —dice— odian particularmente el testimonio que supone la pintyra. porque en un cuadro hay una tal concentración de experiencias sensibles. históricas, de memoria, de vida, que podrían hacer a cada instante que el hombre se interrogara sobre esas imágenes planas.

El lenguaje se estereotipa con la asistencia académica y de expertos, atentos a su exclusiva corrección formal, y se estereotipan las mentes, se corta el lado entre pensamiento y lenguaje por un lado, y vida y realidad por el otro. Pero todavía es más atroz el exilio de nuestra mirada, como lo es el de nuestro oido, forzado a escuchar de la mañana a la noche no ya musiquillas comerciales e intrascendentes, sino los primigenios y sacrales sonidos de la horda, que acompañan a letras de desprecio a toda cultura y valor, o sea la expresión del estar por encima del bien y del mal. Y volveré a Sollers un momento todavía para decir que ha visto muy bien que es especialmente en el arte plástico y concretamente en la pintura, en el plano de cosas en que se juega nuestra supervivencia como hombres: «Los Tiranos-dice-odian particularmente el testimonio que supone la pintura, porque en un cuadro hay una tal concentración de experiencias sensibles, históricas, de memoria de vida, que podrían hacer a cada instante que el hombre se interrogara sobre esas imágenes planas, sin profundidad, sin sensualidad, sin amor, que se le ofrecen». Y cierto es.

El encuentro con la historia

Todo esto quiere decir, entonces, que lo que llamamos «patrimonio» es algo más y mucho más que un conjunto de valores económicos y se supone que culturales en el sentido tanto antropológico como ornamental de la palabra: quiere decir que de su aceptación o su rechazo-o «recylage» según la doxa post-moderna depende nuestra libertad o esclavitud, nuestra pervivencia como hombres, la capacidad de interiorizar y simbolizar el mundo para poder vivir, que es en lo que realmente consiste la cultura humana.

Ahora bien, los poderes públicos están ante el mismo dilema que cada uno de nosotros: o declararse agnósticos y neutros ante esta situación de ejecución o eutanasia del «yo» del hombre y de la cultura humana, que es tomar ya partido por el Tirano anónimo que trata de liquidarla, o entrar en liza en este asunto del lado de la memoria, el significado, el universo entero de la cultura y de la vida que se juega en estas pinturas, esculturas, edificios, música o libros del pasado. Es decir, que se trata de una cuestión política o de los hombres y las cosas que están en una «polis» y viven civilmente, o de un hato de huestes productivas simplemente con buen pienso.

Y éste es, por lo tanto, el problema o la cuestión que se plantea a la comunidad política de Castilla y León: en una cultura de masas, en la aldea global, nadie queda eximido de este radical dilema a que me he referido. Y cada tierra tiene naturalmente su pasado, y las generaciones de cada comunidad han dejado a las siguientes su patrimonio, pero como de repente, nos hemos percatado de que en esta tierra y en esta sociedad nuestra ese «patrimonio» es tan enorme, que ciertamente nos desconcierta, Generaciones anteriores a la muestra, no sólo en virtud de los estereotipos de su tiempo: la ilustración, por ejemplo, y las medidas desamortizadoras, de un burocratismo plano y analfabeto o a-ilustrado, sino también sobrepasados por la enormidad de ese patrimonio, lo pusieron en almoneda, lo abandonaron a su suerte, lo esquilmaron y destruyeron. Pero aún así, lo que ha sobrevivido y lo que refulge o nos avergüenza ahora mismo desde su situación de ruina es una realidad enorme, compleja, desconcertante. Y, sin embargo, eso es lo que todavía puede garantizar y salvaguardar nuestro vivir como vivir humano, y desde luego también lo que va a definir nuestro vivir de un modo determinado y diferente a otros vivires y sentires, lo que es exactamente el pluralismo: la condición y estructura cultural «sine qua non» de una civilización no babélica, que siempre es una civilización uniforme y plana, de la boca de cuyos hombres salen las mismas palabras y cuyos cerebros segregan los mismos estereotipos y las mismas banales emociones dirigidas afectan a sus vacíos sentimientos.

Y no es preciso hacer aquí, ahora, un recuento y un análisis de una cierta historia y una cierta antropología nuestras, ni siquiera en el plano de cosas en que ese agua pasada todavía muele molino, porque la historia no pasa en balde y nos ha conformado; pero sí es importante reparar —para, entre otras cosas, ver cómo se adensa más y más ese concepto de «patrimonio» en torno al cual hago este discurso— en unos cuantos aspectos: obvios ya algunos y otros menos subrayados, que nos descubren en qué medida el patrimonio de nuestro pasado, todo ese universo cultural que modeló la materialidad misma que hemos heredado, es algo importante y decisivo en esta precisa hora de vida o la muerte del «yo» del hombre y su espacio cultural que he enunciado más arriba.

Evoquemos, desde luego y aunque sea de pasada, la Castilla europea y la Castilla oriental, y su entrecruce que en estas tierras de Castilla y León ha dado lugar a un arte singular y realmente propio.

Evoquemos, desde luego y aunque sea de pasada, la Castilla europea y la Castilla oriental, y su entrecruce que en estas tierras de Castilla y León ha dado lugar a un arte singular y realmente propio: todos los mozarabismos y mudejarismos, tras cuyas espléndidas y maravillosas formas se encierra todo un irenismo y una síntesis de culturas que en el resto del mundo -al igual que ocurre con los hombres a ellas pertenecientes no ha sido posible maridar, mientras que entre nosotros ofrecieron, además de esos esplendores artísticos, toda una antropología que va desde el «habitat» a la conciencia y la lengua o los sueños: las mismas imágenes desiderativas del conocimiento o la esperanza, imágenes de desierto, monte pelado, lujuriante jardín, castillo de cristal en el aire. Fábulas orientales que se alzan en medio de la romanidad, como un ventanal gótico puede dar entre nosotros al corral de un morabito, y un corredor de casa judía a una huerta de monjas, o una muchacha cristiana lleva en su ajuar el libro de los salmos en árabe. Los aspectos de esta plural convivencia-incluso los más externos- todavía, hoy parecen resultar imposibles, y aquí se dieron ampliamente hasta que la combinación de la teología europea antisemita y del giro de intereses políticos y económicos del naciente capitalismo y de los Estados nacionales dio al traste con ellos. Y, así las cosas, diré que la nueva enunciación de Europa y de la modernidad no son, en sí mismas, enunciaciones que a cualquier español -y menos a un castellano que conozca su historia- le pueden fascinar demasiado: en otro tiempo, fueron nuestra desdicha simplemente, incluída la política y la económica, y desde luego la ruina y el aplastamiento de nuestra cultura. O su silenciamiento.

Sólo ahora descubrimos, en efecto, algo tan importante como que en España y el aporte de esta tierra nuestra fue en ello de proporciones y de significación cualitativa aplastante- se da el único pensamiento exento de antisemitismo, del que no están libres por cierto ni los pensadores más decisivos de la modernidad europea: de Hegel a Marx, pongamos por caso. Y ésta es la hora de percatarnos de que el gran fenómeno de la aparición del «yo» en el sentido existencial, el «yo» de lo que llamamos modernidad, ha nacido aquí, en la extraordinaria y trágica aventura de los conversos o «marranos» y en la de los místicos. Ese «yo» precisamente al que la «post-modernidad» invita a la anestesia, primero, y luego a una dulce muerte o irrelevancia, a cambio de muchas supuestas felicidades.

Lo que se nos ha legado tiene una sólida entidad estética en si mismo, y está ligado a todo ese acontecer de la inteligencia v de los adentros o conciencia histérica.

Y ésta grandísima aventura de esa aparición de un tal «yo» -esa conciencia que nace en la agonía de vivir entre dos fes y dos culturas, y en la lucha por la identidad por parte del converso; la experiencia de la búsqueda de lo Real después de la otra experiencia del no-ser del mundo por parte del místico; o la conciencia de la soledad y de la existencia sin tú absoluto, replegada a ese no-ser y tratando de ajustarlo a razón y geometría en el spinozismo-también nos ha entregado su rastro estético y material al que asirnos precisamente. Y esto es «un patrimonio»: es decir, nada que tenga que ver con antiguallas y chamarilería más o menos relucientes o valiosas desde cualquier punto de vista instrumental. Lo que se nos ha legado tiene una sólida entidad estética en sí mismo, y está ligado a todo ese acontecer de la inteligencia y de los adentros o conciencia histórica que es de tan radical importancia, como advierto: por eso podemos decir: «yo», o sabemos que sólo el «sermo communis» o habla viva, carnal y no reglada puede enunciar la realidad -que tal es la singularidad del pensamiento renacentista de Vives y Luis de León y del hebraismo que cuaja en Salamanca-; y en Avila se alza un gesto de autoconciencia en las actitudes monásticas de Teresa de Jesús, que luego se desplegará en Port-Royal, cien años después, y es la primera eclosión en el Occidente de la afirmación de la conciencia civil frente a los poderes y dominaciones de cualquier clase. Y su traducción estética será en un arte pobre y minúsculo, soberano, que nos sobrecoge o interpela soberanamente.

¿Qué hacemos con las catedrales?

Vistas así las cosas -y creo que otra mirada más banal no merece un minuto de nuestra reflexión- nos enfrentamos a los problemas históricos y materiales y a los de decisión cultural y político que ese patrimonio plantea.

Vivimos en una cultura secular, y lo primero que echamos de ver en el patrimonio histórico que hemos recibido es que éste está constituido en una proporción aplastante por la herencia y el legado de una cultura religiosa, lo que no plantea ningún problema teórico si se está convencido de todo lo que va expuesto hasta aquí pero sí plantea cuestiones prácticas y de no pequeña entidad.

Ahí están, por lo pronto, las catedrales: sin duda alguna, uno de los legados histórico-artísticos y espirituales más ricos y llamativos. Se sostienen mal que bien, aunque algunas tienen graves problemas. Ha desaparecido el mundo -incluso el cristianismo histórico en que nacieron, y desde luego ha desaparecido todo el ámbito de estructuras tanto eclesiásticas como políticas y económicas en que su vida se desarrolló plenamente. Todavía, en la inmensa mayoría de ellas, se celebra el culto o se celebran las horas canónicas, pero muy lejos del antiguo esplendor e incluso no siempre en la forma deseable, porque no existen medios económicos para hacerlos; y, a medida que pasan los años por estos edificios casi milenarios y a veces poco o nada consolidados o renovados salvo por puras obras de sostenimiento, esos medios económicos disponibles en las Iglesias no van a ser suficientes para evitar serios deterioros.

¿Qué se hace, entonces, con las catedrales?. Si un día no lejano por razones incluso teológicas o pastorales, porque-como decía- no estamos ya en un cristianismo de catedrales, o no puede materialmente afectarse unos eclesiásticos a su servicio, resultan más y más deterioradas, ¿estarían destinadas a convertirse en ruinas?

Las catedrales pertenecen a las Iglesias -católicas o reformadas- y son ellas lógicamente las que de manera fundamental deben diseñar su cometido.

Ciertamente, los Estados de cualquier color ideológico -incluidas las recién derrubadas democracias populares- o, de todos modos, fundaciones privadas de carácter cultural han venido contribuyendo a la conservación de estos templos y de otros por todo un cúmulo de razones: su valía artística, el prestigio cultural, la disponibilidad de un espacio que otorgue magnificencia a los propios fastos civiles, o el turismo. Pero es evidente que actitudes de este tipo, sin duda de una tal imprescindibilidad que en buena parte sólo en gracia a ellas esos edificios siguen estando ahí, no hacen sino prolongar la materialidad de la catedral y su vida menguada, su condición equívoca: a medias entre templo de actividad religiosa disminuida y precaria, y museo o lugar notable de visita turística en una ciudad. Y, así, en su realidad más profunda, la catedral que nace en la historia como templo y lugar de ocio y contemplación civil, que es un edificio diseñado civilmente y costeado por el obispo y los munícipes, los comerciantes y burgueses con una idea desde luego teológica, pero de teología civil y no monástica -la catedral gótica, se entiende porque el gótico es el estilo de la mayor parte de ellas, aunque estén construidas sobre o queden al lado de un antiguo edificio románico de concepción muy distinta- puede decirse que agoniza en esta otra sociedad civil y no sólo ya sin teología, sino sin una entidad cultural que sea entitativa o teleológico.

¿Qué se hace, entonces, en esta situación?

Desde luego, las catedrales pertenecen a las Iglesias -católicas o reformadas- y son ellas lógicamente las que de manera fundamental deben diseñar su cometido. Pero el poder civil sin duda que algo tiene que decir, incluso mucho, si verdaderamente no se considera neutro o no desposa los propósitos de esa Gran Tiranía de que habla Philippe Sellers, o los designios de la «post-modernidad» respecto a la liquidación de la historia, la memoria, la comunión con los muertos, el legado colectivo, la siempre subersiva condición de la belleza, el «yo» de los hombres en suma, la cultura en el sentido fuerte de la palabra. De manera que ese poder civil tiene que hacerse algunas preguntas que, naturalmente, se mueven en este plano de seriedad cultural y en modo alguno entre las ya carcomidos esquemas de las guerritas entre el papado y el imperio, los confesionalismos y laicismos, y todas las otras concepciones o las otras actitudes y sentimientos epigonales de los enfrentamientos del pasado, o de ahora mismo: un instante en que estas cuestiones todavía están ahí.

Y algunas de estas inexcusables preguntas son: ¿Le es indiferente al poder Civil, desde el mero punto de vista Cultural el deterioro y muerte de la vida de la Catedral? ¿Estima que la catedral: todo un microcosmos, una entidad cultural en sí misma, en su materialidad artística y en su eventual despliegue Cultural es algo que cuenta para los ciudadanos al margen de su confesionalidad o aconfesionalidad? ¿Piensa, por el contrario que la catedral debe ser despojada de sus iconos valiosos y que estos deben ser integrados en museos civiles donde hablen el puro lenguaje artístico -suponiendo que puedan articularlo allí- al margen de su significado y la razón misma de su existencia, que fue y sigue siendo teológica?

Para contestar, hay que volver, desde luego, a la filosofía de la cultura, y responder en último término a la pregunta de lo que se entiende por cultura y si ésta, desde el mismo hecho del lenguaje significativo para arriba, puede darse sin un referente trascendente o su oquedad, que debe quedar ahí no disimulada o falseada.

Y lo que ocurre, como ha mostrado G. Steiner en su crítica del desconstruccionismo secular, es que el asunto es eminentemente práctico. Se plantea con igual radicalidad a propósito de la catedral que a propósito de la conservación de una tabla de Modigliani, de un oratorio de Bach y su interpretación, de una sonata, o de la configuración de un «habitat», o un paisaje. Es toda una mirada sobre el mundo, un modo de ser hombre libre o esclavo el que se juega cuando se conservan y utilizan, o cuando se dejan perecer o se destruyen o minoran esas cosas, y Jean Marie Couturier tiene razón cuando apunta en su diario que quienes se alzaron contra Hitler sabían muy bien que defendían un modo de vida en el que fuesen posibles Chagall y Picasso, que necesitan el mismo humus cultural de amor al sueño, a la belleza y a la vida tranquila y rodeada de incitaciones a vivir que esos edificios con paredes de cristal de colores y maravillosos rostros e historias que son la catedral, la iglesia, o el pequeño «bistrot» pintado por Utrillo, y la charla de la solana. No hay otra civilización, no hay que engañarse; y la doxa de la post-modernidad no es más que hitlerismo con levita democrática o hasta descaradamente «de pantaloncito corto». Como en los sueños de los dictadores de Bermanos: enviar a los pueblos al colegio, y allí el dómine con la consigna y la palmeta. Ni un día de novillos, ni un garabato en los cuadernos.

Conservar y revificar

Ya tenemos experiencia. Cuando se pierde una palabra, se pierde todo un mundo de sensaciones y vislumbres a ella asociados, y el hombre se empobrece, y cuando un lenguaje se convierte en plano o instrumental, meramente comunicativo estamos ya en el nivel de la animalidad y resultamos incapaces de pronunciar más que palabras o más bien gritos guturales, ordinariamente de cuatro letras y dos sílabas en el amor o en la política. Pero cuando nuestros ojos y oídos quedan sin imágenes o sonidos, hermosos y sensuales, es que estamos en una granja. Y la gran trampa es que se nos plantea o se nos pinta nuestra situación como una especie de nudo gordiano: tenemos que perder algo en gracia a las exigencias del tiempo, de las perentorias necesidades económicas, «la nueva teología», o los «teogonomás» como se les ha llamado. Pero claro está que este es un planteamiento artero de las cosas, que no tiene cabida alguna un Estado que siguiera considerando la economía política como una parte de la moral: el modo y manera de solventar las necesidades de la «polis» o comunidad, y despose la filosofía de la cultura que aquí queda descrita. Porque otro tipo de poder, se vista como se vista, ya sabemos lo que es.

Cuando se pierde una palabra, se pierde todo un mundo de sensaciones y vislumbres a ella asociados, y el hombre se empobrece.

Ahora bien, lo que es cierto es que como en esta visión de la cultura se trata del hombre y de las necesidades humanas -entre ellas la cultura- trata la economía política, también en este orden de valores culturales a mantener y a sostener, en medio de un inmenso legado de ellos como es el de Castilla y León, se impone una categorización, insoslayable en sí misma, e insoslayable en relación a los medios económicos o incluso al disfrute mismo de ese patrimonio en su lugar, en su entorno. Y un lugar y un entorno que, como siempre ha ocurrido esas mismas obras de arte han ayudado a vivificar, porque los hombres siempre han empleado su tiempo y su dinero en peregrinar y buscar cosas hermosas que ver, oír o leer. Sólo el necio a-ilustrado y feliz que está naciendo está también comenzando a satisfacerse con la enorme fealdad y el enorme gusto insípido no sólo del estilo de vida, sino de las alegrías de éste -que se niegan en una nueva oleada de puritanismo laico y secular- y hasta de la cocina, convertida perversamente manierismo gastronómico, como en todas las épocas alejandrinas y para avivar desfallecidos apetitos de vegestorios, desde Patronio para acá.

El arte de todos

Pero ¿quién categorizará y como se categorizará, para salva y conservar, y para dejar a la ruina del tiempo lo que el tiempo debe llevarse en sus cambios?

Es algo que no podrá hacerse tampoco sin acudir a esa reflexión cultural en que estamos embarcados. Pero es obvio que hay valores estéticos y artísticos difícilmente discutibles, y hay pasiones o preferencias por la arqueología y las antiguallas, pero son otra cosa: un «paché mignon». Y es obvio que la razón y la prudencia, la lucidez y la preocupación por el hombre y lo humano como primer valor y categorías como las de memoria histórica y amparamiento del «yo» u ofrecimiento de belleza no parece que unidos y sopesadas con otras categorías funcionales e incluso aspectos económicos, naturalmente pueden ocasionar desastres.

Lo que llamamos «patrimonio» histórico, cultural y artístico. no es simplemente un cumulo de bienes materiales y artísticos con finalidad de prestigio ornamental o estudio.

Pero la discusión de estas cuestiones queda al margen de mi discurso: un discurso sólo tendente a mostrar que lo que llamamos «patrimonio» histórico, cultural y artístico, no es simplemente un cúmulo de bienes materiales y artísticos con finalidad de prestigio ornamental o estudio, sino una materialidad en la que en este instante preciso de la cultura se juega la suerte de ser hombre y, como decía, la subsistencia misma de la cultura en su sentido fuerte.

Con esto está dicho, que la recepción de ese patrimonio no se limita a su conservación, sino que debe extenderse a su revivificación: esto es, a hacerlo «re nostra». Y una pretensión así escapa, como es lógico, a las posibilidades de los poderes públicos, pero no en la base o en los cimientos de esa empresa, porque obviamente sólo los poderes públicos están en posibilidad de hacer dos cosas esenciales al efecto: 1) hacer posible con un plan de funcionalidad que ese viejo legado artístico entre en el circuito de los intereses reales y de la vida cotidiana de las gentes, en cuanto lugares de disfrute cultural y generadores de un entramado social y económico; y 2) defendiendo por todos los medios unas cotas de educación para ser hombres que no sólo permiten el acceso normal a ese disfrute de los sentidos y sus contenidos de belleza, sino que den a entender con toda contundencia que la suerte del hombre-su libertad o su esclavitud- está ligada a esa belleza y a ese misterio artístico, como está ligada al libro. Lo que supone una verdadera cultura democrática, una enseñanza democrática en la que todo es para todos los que lo deseen, sabiendo muy bien lo que se juegan con su renuncia.

La cuestión del arte, la cuestión de la memoria, la cuestión del «yo» son cuestiones políticas y sociales en el sentido más fuerte, dice con razón Steiner.

Eso fue lo que constituyó la primera gran revolución ilustrada de la historia: la de la ilustración griega que consistió en que cada ciudadano, pobre o rico, campesino o urbano, comenzó a preguntarse si él también no podría granjearse «sophia» y «areté» como esos pocos ciudadanos que las mostraban. Y eso hizo la grandeza griega, incluso desde el punto de vista político. Y a propósito de las artes lo que hay que recordar es que la palabra misma de «artista» es solamente un trucaje, una púrpura que Marsilio Ficino colocó contra hombres despreciados en su tiempo porque no pertenecían a la élite de las letras y el discurso filosófico: eran «los artesanos» que trabajando la materia pintaban y esculpían, o edificaban. Y hay que recordarlo porque no sóla una estúpida e insultante demagogia quisiera hacer pasar por lujo burgués lo que es primera necesidad humana: la belleza, el cuidado de ese legado de los muertos, sino también porque como quedó apuntado en las palabras, a que me referí más arriba, de Philippe Sellers, lo que se ofrece a las gentes es un «arte» plano y vacío, lleno de fealdad y poder de estupidización. Como toda promesa.

Obviamente, tampoco en este caso, el poder público puede ser neutro o agnóstico, la cuestión del arte, la cuestión de la memoria, la cuestión del «yo» son cuestiones «políticas y sociales» en el sentido más fuerte, dice con razón Steiner. El hecho de cultivar y de mantener recuerdos comunes permite a una sociedad conservar un contrato natural con su pasado. Y es más: la memorización asegura la salvaguarda del núcleo de la individualidad. Lo que queda grabado en la memoria -y por lo tanto susceptible de ser recordado- garantiza la estabilidad del yo. Las presiones exorbitantes de la política, el detergente que constituye el conformismo social no pueden hacerlo desaparecer. En la soledad, pública o privada, el poema rememorado, la partitura ejecutada en el interior de sí mismo, son los guardianes que nos permiten recordarnos de lo que resiste, de lo que debe permanecer inviolado en nuestra «psique», y no hay una memoria tan vasta y profunda, con tantos ecos y resonancias como la que provocan la casa, la iglesia, la pintura o la escultura, el «habitat» de ayer y de hace mil años, ni que, por lo tanto, nos afirme tanto en nuestro ser nosotros. Y al menos, tenemos por un cabo -el más preciado- el lienzo de nuestro destino mientras seguimos tejiéndolo: sabemos de donde venimos y tenemos un suelo.