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Comunicación corporativa en la era de la globalización

Comunicación Corporativa en la era de la globalizaciónuna obra de Israel Doncel publicada por UNIR, un volumen que es ya el libro de referencia del Máster en Comunicación e Identidad Corporativa de esta Universidad, es también de especial utilidad en el ámbito iberoamericano. Por eso fue presentado anoche en la sede de la Secretaria General Iberoamericana (SEGIG). Destacamos a continuación las principales ideas ofrecidas por los participantes en el acto.

José María Vázquez García-Peñuela, rector de UNIR.

«Más de la mitad de los alumnos matriculados en el Máster Universitario en Comunicación e Identidad Corporativa de UNIR son iberoamericanos».

En el libro de Israel Doncel «se recogen experiencias de éxito» y es una «herramienta eficiente».

El libro nace «en el contexto del proyecto de UNIR, un proyecto joven pero que se ha ido ya asentando en la enseñanza online con mas de 27.000 alumnos».

Anunció que el curso próximo UNIR ofrecerá también un Máster en Comunicación y Marketing Político y agradeció el trabajo al «autor del libro, que da unidad a este volumen que reúne puntos de vista de naturaleza diversa, pero todos ellos útiles y valiosos». Los egresados del máster de UNIR saldrán «bien pertrechados intelectualmente gracias a la información de este volumen».

Santiago Miralles, director general de la Casa de América.

Estábamos ante un «gran homenaje familiar a Israel Doncel», en su propia casa, la Casa de América, «con poca tripulación pero muy buena para sortear todo tipo de tormentas con dosis de esfuerzo». La buena marca que tenía la Casa de América se debía en parte al gran trabajo de Israel Doncel, que «además por la noche escribe libros de gran calidad». Dio la enhorabuena al autor y a UNIR por haberlo elegido para este trabajo.

Israel Doncel, autor de Comunicación corporativa.

Señaló la importancia de que los directos de comunicación estén en los consejos de dirección de las empresas. En los últimos veinte años su papel había pasado de ser jefes de prensa a personas que «miran por todas las partes por donde una empresa comunica», proveedores, empleados, etc. «En un mundo en el que la transparencia manda es más fácil que una empresa salga de una crisis financiera que de una crisis de reputación. Eso hace que la comunicación tenga un papel fundamental».

Realmente había cambiado más «el público que la comunicación». El público ahora quiere «ser protagonista», uno quiere no una «foto de alguien», sino «de él con alguien hablando»; «es un publico que reacciona a cada uno de los mensajes, un público que está pidiendo una personalidad; ese es el gran cambio de la comunicación».

Doncel defendió la apuesta por «periodistas especializados» que sepan bien el asunto de que tratan. El papel de los medios «clásicos» era aún  «fundamental», también para las empresas importantes, como había relatado en su libro con ocasión de Procter and Gamble.  Su directora de Comunicación, Sylvia Cabrera, le contaba que no podían dirigirse a una sociedad sin periodistas especializados. No estaba tan claro, según Cabrera, que tener «tres millones de seguidores en Twitter fuera mejor que cinco minutos de televisión en la CNN». Era muy difícil medir el impacto en que se traduce todo eso.

Amalia Navarro, directora de Comunicación de SEGIB.

En el mundo de la comunicación corporativa, en los últimos quince años, «ha cambiado todo», dijo. «La inmediatez,  el papel de los medios de comunicación, que ya no son el canal único, el empoderamiento de los públicos;  la exigencia de transparencia, la interacción de la comunicación, que ya no es unidireccional, el tema de la reputación, etc.» Antes teníamos a «un jefe de prensa, con comunicados y que se relacionaba con periodistas», y de eso hemos pasado a algo «mucho más completo y complejo», con un director de comunicación que es «director de orquesta»; ahora se precisan «equipos más preparados y que entiendan lo que es la comunicación estratégica, y que estén cerca de los tomadores de decisiones». 

El monopolio de los medios de comunicación tradicionales se había roto, «pero siguen teniendo importancia para crear información veraz, contrastada». Lo digital ha «quebrado el monopolio»; ahora hay una complejidad mayor. The Guardian, por ejemplo, hace pruebas interactivas donde lanza noticias y pregunta si son falsas o verdaderas, y era difícil adivinarlo.  Al final uno se fiaba de la noticia por la marca que había detrás.

Javier Ayuso, prologuista de Comunicación corporativa y adjunto a la dirección de El País.

«Antes la comunicación corporativa -afirmó- era una opción, en estos momentos es una obligación»; se trata de una «comunicación estratégica y global; han cambiado los canales». Recordó que había trabajado en tres empresas como director de Comunicación: en IBM (años ochenta, «se hacía información, no tanto comunicación»), en los años noventa en el BBVA («ya hablábamos de comunicación global, de cosas serias, de comunicación interna, externa, de eventos, patrocinios, etc.») y en la Casa Real, «en los peores años para la Casa del Rey y yo creo que no por mi culpa, donde había que hacer otro tipo de comunicación». Precisando la afirmación de Amalia Navarro señaló: «El director de comunicación ha de ser un director de orquesta, pero más un director de jazz que de orquesta clásica, porque muchas veces hay que improvisar y crear».

Ayuso sostuvo que «todos los participantes te exigen mucho más»; hace dos décadas las empresas tenían un departamento de Responsabilidad Social Corporativa que muchas veces «era decorativo», hoy día no, «se lo toman en serio y los grandes fondos invierten en empresas buenas y sostenibles». Las redes sociales eran «importantes, pero en su punto; con 30.000 me gusta eres trending topic, pero cualquier periódico tiene más visitas». Añadió: «El presidente naranja (Trump)  se comunica por Twitter porque considera que la prensa no es de fiar, esto no puede continuar así». No hay que obsesionarse con las redes sociales ni «responder a todo»; hay «gente que insulta de forma profesional». Las redes sociales a veces «matan la verdad», y ahora a eso lo llamamos «postverdad», en lugar de como antes: «mentira». Puso el ejemplo del estadounidense que iba a disparar a las personas de una determinada pizzería porque había leído en las redes sociales (y era falso, además) que esa determinada pizzería se relacionaba con la pederastia. «Tenemos un torrente de información,  pero no todo es información, ni todo es verdad».

Jesús Díaz del Campo, director del Máster en Comunicación y Marketing Político de UNIR.

Hay que estar muy atento a » lo que dicen de ti»; se ha pasado «de la información a la reputación», y de ahí la importancia de lo digital y de las redes sociales, en un mundo en que ya no hay fotos fijas. El reto más importante para una empresa era justo ese, el de la permanente «foto cambiante».

Las redes sociales estaban para quedarse: «Todos los departamentos de comunicación han de adaptar los mensajes a los tipos de canal».

Las notas de Valentí Puig: el año Trump

Europa es una gran victoria –una de las más grandes- de la cultura en la naturaleza. Es la Europa de la Ilustración y la Europa de las catedrales góticas. También es la Europa del consenso de posguerra, demócrata cristiano, liberal y social demócrata. Sobre todo, logra imponerse finalmente la idea de tolerancia, con el nacimiento de la ciencia moderna. Y pronto, la Revolución Industrial. Europa fue en el siglo XIX el primer continente donde casi todos los niños y las niñas aprendían a leer y escribir, es decir, iban a la escuela. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la integración europea es un experimento institucional único. Ahora estamos en la segunda década del siglo XXI, el siglo de la globalización, el paradigma digital, la amenaza islamista y, si bien comienza la Europa cuántica y prologamos vastas sinergias, instintos oscuros pueden erosionar las formas de la libertad, al tiempo que lo que significa sociedad civil, que es garante de libertad.  La vieja Europa y la Unión Europea son realidades que han ido coincidiendo –y más desde la caída del muro de Berlín- más allá de las diferencias en larga duración y “tempo”. Europa es Historia y conciencia; la Unión Europea es un proceso “on the making”.

Ahora ocupa el Despacho Oval un presidente, Donald Trump, que considera la Unión Europea como un ente absurdo e inoperante. En el pasado, en Washington ha habido reticencias con el proceso europeo, pero no obstáculos, y en las mejores horas, compenetración, pero ahí está Trump con sus tuits y comportamiento bravucón, demagógico, de belicosidad infantil. Los seguidores de buena fe de la post-verdad de Trump provienen de un malestar social y se aferran a quien les simplifique todo y ofrezca soluciones, como hacen los populismos, que racionalmente son imposibles. La política exterior de Trump es un incógnita incomodísima porque ahí está Putin reafirmándose todos los días y China a la espera de la mejor oportunidad para acotar el sistema mundial. ¿Cómo será el primer viaje de Trump a Europa? Algunos consensos pueden saltar por los aires. Tal vez eso acelere la reforma necesaria de la OTAN, pero todo es incierto. En su propio país, Trump puede topar con un sistema de controles y equilibrios que históricamente resulta muy atinado. Más que sus ideas –digamos- lo peligroso son sus impulsos, sus instintos.

El filósofo holandés  Luuk Van Middelaar, que fue asesor político y escritor de discursos de Herman Van Rompuy, subraya que el origen de un orden político europeo es un devenir lento, entre crisis y dramas. Hay una desproporción enorme entre la instantaneidad de un clic en el teclado de un “trader” y el largo proceso legislativo de 27 países.  Con la guerra de Siria y sus efectos, la cohesión fundamental peligra, pero sin el sistema democrático nacional de 27 voces, Europa se hundiría si un público nacional múltiple. El lema «in varietate concordia» es un acierto, en busca de consistencia. Tenemos un año de elecciones: Francia, Alemania, Países Bajos, puede ser que Italia. En su blog, Jean Quatremer, corresponsal de Libération en Bruselas, a finales del año pasado dio seis razones para creer todavía en Europa, a pesar del riesgo de un pensamiento único eurofòbico, las consecuencias de la Brexit, una política exterior de Donald Trump celebrada en exceso e inestabilidad. Dice Quatremer: 1. El euro ha pasado la prueba de fuego. 2. El Brexit no ha tenido hasta ahora un efecto mimético. 3. La crisis de los refugiados puede dar un impulso a la integración. 4. La elección de Donald Trump y los crecientes peligros pueden, reactivamente, aumentar la fuerza de defensa europea. 5. Todavía hay cola para el proceso de integración. 6. Las crisis siempre han fortalecido a Europa.

El World Economic Forum, más bien tecnocrático, se reúne cada año para augurar un futuro. Desde 2008 desacierta. La balcanización bélica de Oriente Medio sitúa el caos a las puertas de Europa. ¿El fin de la globalización? ¿Más impuestos para costear la cohesión social? ¿Cómo queda el mapa del comercio mundial? Sobre el tema tan tratado de las desigualdades, la paradoja es que en Asia o África aparecen unas clases medias potentes, mientras que las nuevas desigualdades son más bien un síntoma de las sociedades occidentales. Al mismo tiempo, no es lo mismo desigualdad que pobreza. Para Davos, la gran amenaza son los populismos y, de forma muy socorrida, se ha hablado de fortalecer la narrativa política y económica. 2017, el  año Trump, va a seguir con su secuencia de conflictos, a menudo sangrientos. Desestabilizaciones, estados fallidos, viejas guerras. Un mundo fluido, multi-polar e inseguro. Autoritarismo en Turquía. Guerra feroz en Yemen. Inestabilidad en Pakistán. Hundimiento económico de México. Suma y sigue. Y ¿hasta dónde llegará Trump?

Alfredo Taján: «El poema es una suerte de oración»

Empecemos por lo importante: la poesía. Acabo de leer –de releer- su antología, Nueva usura, editada en la célebre “colección de las rayitas” de Renacimiento. Y aunque no ha sido usted pródigo en publicaciones, su voz llama la atención por su registro culto, resonante de referencias y obsesiones, tan capaz de melancolía como de –si me lo permite- pícaro juego, y todavía con unas gotas de licor decadentista… De algo de ello ha hablado, por ejemplo, Luis Alberto de Cuenca.

Sí, soy un poeta, si se quiere, más oculto que culto, precisamente porque tengo un gran respeto por el que considero el más difícil, al menos para mí, de los géneros literarios; desde mi punto de vista, la poesía hunde sus raíces en la filosofía, en la religión; por ese motivo, concibo el poema como una suerte de oración, la palabra poética debe brillar, refulgir, es incontestable, verdadera. Quizá sea el vértigo anunciado por Mallarmé en aquel verso que ya se ha convertido en consigna, “un golpe de dados no abolirá el azar” o, en otro ejemplo, El emperador de los helados, de Wallace Stevens: a mi entender, ambos representan fragmentos de la más alta creación poética, el máximo logro de la selección y de la pulcritud, la esencia, el numen… Después, a mi aventura lírica deben añadirse otras muchas lecciones: Lezama, Borges, Sarduy, Cernuda, cuyas poéticas me han invitado a realizar viajes, digamos, al más allá de la forma viva, pulida, exacta. La antología que usted cita, Nueva usura, sin embargo, parte de un comprometido, y controvertido, homenaje a Ezra Pound, en el momento en que fue aplastado por la ideología; Pound es otro de mis autores predilectos. Luis Alberto de Cuenca, uno de los poetas más eruditos de este planeta, exageró bastante sobre mis trabajos poéticos en el prólogo de esta antología, y es que nos une una gran amistad…

Decía Borges que en Argentina no habían desembarcado argentinos, sino españoles, italianos, alemanes, etcétera. Usted parece llevar algo de ese cosmopolitismo inscrito en su vida –y, de hecho, se nota en toda su literatura. Le agradecería que nos contara de él, ante todo en lo que pudiera favorecer a su formación como escritor.

Nueva Usura. Alfredo Taján. Editorial Renacimiento. 2014

Indudablemente los avatares de la vida personal tienen una presencia constante, más que constante, asfixiante, en mi producción literaria; por supuesto que hay páginas taimadas, pero las hay calcadas de la realidad. Y no puede ser de otro modo. Ese verso de Borges sobre Argentina: «no nos une el amor sino el espanto/será por eso que la quiero tanto», parece dedicado a aquellos que nos consideramos, y somos considerados, «objetos nacionales no identificados», es decir, escritores españoles en Argentina y argentinos en España. Esa deriva transatlántica se inscribe, efectivamente, como muy bien apunta usted, Peyró, a mi biografía, luego trasladada al papel como ficción; esa memoria activa está y estará siempre presente; se trata de una evocación extraña, una suerte de collage tamizado por las brumas de una nueva existencia en otro lugar que no ha sido sino el mismo lugar porque en el momento que estás llegando, en familias como la mía, también te estás yendo; además, esto continúa en las nuevas generaciones, mis primos y sobrinos van y vienen de Argentina y México. Y otra cuestión: cruzar el «charco» en paquebotes internacionales, desde los ocho a los catorce años, marca indefectiblemente tu acervo, se va formando un palimpsesto contradictorio, al menos bastante curioso, y si lo cultivas, hasta extravagante. Es conocida aquella otra pregunta: ¿De dónde vienen los argentinos? y la respuesta no puede ser otra: de los barcos.

Usted es más conocido como novelista y poeta, pero su inquietud –digamos- artística podía haberse resuelto de otro modo: ha estado muy implicado en cuanto tiene que ver con las artes plásticas y, en cuanto a la música, baste con decir que tuvo un grupo…

Como asegura George Steiner, la música es la primera de las artes; Steiner quiere decir la principal, la que es tan sofisticada como espontánea, el arte sublime de combinar con perfección sonido y ritmo, melodía y armonía, matemáticas y sensibilidad. La música es una expresión sublime, un espectáculo perfecto… desde pequeño me sentí atraído tanto por la música popular como por la culta, mi formación musical, fomentada por mis padres, ha sido muy completa, y ahora es triste confesar que no escucho tanta música como antes; me siento, fíjese, un poco embrutecido por este motivo; pero debe FR ser que llega un momento en la vida en que mantenerse «aggiornado» cuesta un tiempo que ya uno dedica a volver hacia atrás, y se limita a volver a sus raíces formativas, en una suerte de «flashback» que simboliza, quizá, la recuperación de un tiempo ido.

En cuanto a las artes plásticas, he sido autodidacta, aprendí visitando museos, viendo catálogos; me hice en el hacer, como nos advierte el ya desaparecido, y un tanto olvidado, Haroldo de Campos; ahora he recuperado mi interés: el otro día visité la muestra de Cy Twombly en el Pompidou parisino y me quedé atónito, sufrí un síndrome de Stendhal en versión contemporánea, lo que me ha reconciliado con el arte último, o bueno, no tan último, vuelvo a corregir, quizá uno de los últimos que valía la pena. Es increíble, pero al comprobar que la crisis del mercado de compraventa artística y el cuestionamiento del papel de las galerías de arte incidían, degradándola, en la obra de arte y en los artistas, me llevé un fiasco incluso peor que la visión del tiburón en formol de Damian Hirst, vendido en casi diez millones de dólares.

Para bien o para mal, su nombre está ligado a un paisaje de fondo: Málaga, Torremolinos. Torremolinos, en concreto, ya tiene algo de subgénero literario, y somos muchos los que le agradecemos habernos abierto los ojos a ese rincón de tolerancia y elegancia que fue el primer Torremolinos con su novela Pez Espada.

Málaga ha sido y es tan importante como mi lugar de origen. En Málaga completé mis estudios secundarios, y aunque los universitarios los cursé en Granada -la ciudad de mi familia materna-, a mediados de los ochenta volví a la Ciudad del Paraíso aleixandrina; por cierto, otra ciudad encrucijada, puerto de mar mediterráneo, tan bello como canalla, cuya luz demoledora deviene tan importante, para sus intereses estéticos, como su fragmentada tradición histórica. A partir de los años treinta del pasado siglo, y en una singular y contradictoria evolución, las oleadas turísticas, al principio minoritarias y luego masivas, transformaron a esta ciudad, con mayor o menor acierto, en una meca de primer orden del turismo internacional. Precisamente Torremolinos, hoy pueblo independiente y antes pedanía de la ciudad, ha sido la expresión palpable de las distintas etapas de aquellos nómadas minoritarios que con el paso de los años dieron paso a la masificación turística; y eso ha hecho mella, en ocasiones de manera muy negativa, en la planificación urbanística de la Costa del Sol. Mi novela Pez Espada es mi particular homenaje al hotel del mismo nombre, inaugurado en 1959 en la playa de la Carihuela; el hotel Pez Espada fue el paradigma del turismo de lujo, del glamour, de las estrellas de Hollywood, de príncipes y dictadores exiliados, de un amplio elenco aristocraticista, que precisamente eran los huéspedes que se alojaban en aquel edificio exótico en mitad de la nada, ¿sabía usted que viajeros de todo el mundo se peleaban por adquirir affiches y pegatinas del Pez Espada para estamparlas en sus valijas?; en realidad, todos aquellos pasajeros de élite tenían mucho que ver con el programa arquitectónico del propio hotel, rebautizado más tarde, en la década de los años ochenta, por el profesor Juan Antonio Ramírez, como el estilo del relax, con aquella famosa torre emergiendo en una playa desierta entre las barcas de pescadores, denominadas jábegas, con ojos egipcios pintados en sus quillas, como recuerda un poema del inefable Jean Cocteau, otro de los famosos visitantes de esta época dorada. Mi obsesión continúa. Estos meses he recibido un encargo de la prestigiosa revista Litoral para la edición de un número especial dedicado a Torremolinos, en el que, por cierto, usted colabora con una pieza narrativa en la que muere entre buganvillas (la cita es literal), jajaja; esta edición abarca desde el año 1930 hasta 1989, años en los que Torremolinos se transforma de un pueblo de pescadores y molinos a un mito de permisividad avanzado, incluso, para la misma Europa.

La propia Málaga tiene una tradición literaria de primer orden, del 27 a nuestros días. Usted quiso perpetuarla con el IML. ¿Qué balance hace de esos años, qué intentó aportar a una Málaga que hoy –llena de museos- es algo así como la capital cultural del sur?

El Instituto Municipal del Libro (IML) (2004-2015), extinto en virtud de un bastardo pacto político, se trató de una apuesta reivindicativa de la capitalidad literaria que había ostentado Málaga como ciudad activa y protagonista del movimiento generacional del 27: Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, no olvidemos a José María Hinojosa, y otros, que eran malagueños y fueron los fundadores de la exquisita imprenta Dardo (antes Sur), que lanzó sus históricas plaquettes desde Málaga; pero es que a Málaga también acudieron Lorca, Cernuda, Aleixandre, cuyo poema Ciudad del Paraíso acuña hoy una manera de entender la creación desde la libertad, ese mar libre en el que se sumergieron poetas que necesitaban la espuma, la luz y los cuerpos mediterráneos…; pero volviendo al IML, este organismo sui-generis en España no sólo reivindicó el pasado, sino que tuvo la capacidad de recuperar y dignificar parte de la cultura que se hacía desde esta ciudad con una vocación amplia y generosa. A mi entender, el IML fue suprimido porque no defendió lo suficiente su gestión en el tablero político; creímos, ingenuamente, que nuestros planteamientos de integración cultural -exposiciones, ediciones propias y coediciones, ciclos temáticos, producciones musicales, convocatoria de premios, conferencias, presentaciones de novedades editoriales, recuperación de autores…- iban, por sí mismos, a tener cabida en cualquier combinación política, y visto lo visto, pecamos de ingenuos. No obstante, le confieso que estoy orgulloso de aquella experiencia y de todos los creadores literarios, artísticos y musicales, que formaron parte activa de nuestras numerosas actividades, y en especial estoy muy agradecido a todos aquellos que levantaron su voz en los medios de comunicación locales, nacionales y hasta internacionales, protestando por su clausura; lógico hubiera sido cambiar de gerente, de director, si cesaba el apoyo a la figura del mismo, pero ilógico fue que se destruyera el marco jurídico, el organigrama, que se había creado estrictamente para el fomento de las letras y de las artes. El elenco de protestas posteriores, las firmas de relevantes figuras del mundo intelectual que se fueron adhiriendo contra aquella caprichosa resolución aún deben resonar entre las paredes del Consistorio malagueño. Al menos fue un testimonio de apoyo y de reconocimiento a la labor que realizamos unos pocos, porque le advierto que mi equipo fue siempre muy reducido, al igual que el presupuesto que manejábamos.

De Málaga a Marbella, ahora está con el Universo Cocteau. ¿De dónde esa profunda atracción suya de siempre por el gran francés?

Jean Cocteau es una fuente inagotable de sorpresas. Todo lo que tocaba lo convertía en arte, y mire que sus intereses fueron múltiples, complejos. Se trató de un artista total, independiente, de un talento imprevisible, mágico, valiente. Sus enemigos surrealistas, sobre todo Breton, le odiaban, no sólo por el aliento homosexual de su figura, sino también por su capacidad mimética, ese don preciado de la metamorfosis del que hará gala hasta su muerte, la que escenifica con su última máscara mortuoria. Precisamente por esa multiplicidad, por aquellos giros y contra-giros agotadores e imprevisibles, Cocteau ha sufrido la acusación de ser el príncipe frívolo de la literatura, pero esa lectura es superficial, porque su viaje literario está relatado con un soberbio estilo que parece dictado por los dioses y mitos que tanto le obsesionaban; Cocteau reflexiona en profundidad sobre el papel del artista y su conexión directa con la muerte, es el poeta que traduce, como un oráculo, la verdad que es mentira y la mentira que es verdad, designios que nadie, o muy pocos, perciben, así lo advierte: «Cuando muera ya no podrán callarme nunca». En cuanto a su relación con España, en especial el sur, Sevilla, Cádiz, Málaga y Marbella, desde hace años se viene reivindicando el Cocteau andaluz, especialmente el malagueño; la relación no fue fácil ni con la Iglesia ni con el régimen de Franco, pero él vino aquí obedeciendo un mandato de Pablo Picasso, llegó aquí como heraldo del pintor pero terminó atrapado y tuvo una profunda historia de amor con nuestro país. «España es un poeta», concluyó antes de marchar de Marbella, a la que llegó atraído por una de sus amigas, Ana de Pombo, y en la que casi decide permanecer para morir. Pero sancionar esta relación supone trabajar mucho, tomarse en serio ese universo cocteauniano, creando el espacio y la atmósfera adecuada para que el embrión tome cuerpo, y esto no se improvisa, sino que también supone una altura de miras, unas condiciones que, hoy por hoy, no se dan, no existen.

No quería que nos despidiéramos sin hacerle la pregunta que todo el mundo querría hacerle: Alfredo Taján, ¿el último dandy?

A estas alturas el dandy resulta un personaje socialmente anacrónico. Sus vestiduras pertenecen a la falsilla de los héroes balzanianos que tanto fascinaron a Óscar Wilde, arquetipo Lucien de Rubempré, aunque antes el inefable Lord Brummel sólo fue superado por Horace Walpole y William Beckford, sus precedentes más inteligentes, y claro, no debemos olvidarnos, del escandaloso Lord Byron. No obstante, a estas alturas aún hay dandies si concebimos como tales aquellos paseantes que bordean todas las orillas de los estratos sociales sin importarle ni sus finanzas ni el qué dirán, tareas difíciles en una época en la que prima la ordinariez y se penaliza el estilo minucioso, la crítica profunda, la disidencia ética y estética, y encima el buen gusto, la excelencia; no obstante, para qué voy a engañarle me gustan los dandies de cualquier naturaleza, incluso mis personajes de ficción tienden a serlo, más estilizados, más héroes de Scott Fitzgerald, pero no menos peligrosos. En la medida en que uno proyecta en sus creaciones parte de su existencia, quizá se me pueda tildar de dandy, pero espero no ser el último.

Entrevista a Eloy Sánchez Rosillo

Premio Nacional de la Crítica y Premio Adonais, Eloy Sánchez Rosillo, poeta en activo desde hace más de cincuenta años, ha plasmado ya su vocación en once poemarios. Hace décadas que su obra se encuentra indefectiblemente en las principales antologías de poesía española contemporánea, lo que habla de uno de sus principales valores poéticos: una sincera vocación fielmente sostenida en medio de una cultura líquida que entiende la evolución como ruptura y olvido de lo ya sido. Hay evolución en la poesía de Eloy Sánchez Rosillo, pero con qué naturalidad reconocemos esas pautas naturales de la existencia que se despliega en la cotidianidad.

Hasta su reciente Quién lo diría, Sánchez Rosillo ha continuado fiel a la poesía como actitud y ejercicio vital, abierto al mundo, a la literatura y a las artes. Poesía de “línea clara” —por utilizar una de las fórmulas ilustrativas de algunos modos de escribir poesía en las últimas décadas— de difícil facilidad, de dicción que no clama, sino que a la vez revela y cela respetuosamente el inagotable ser de lo real. Poesía afincada en el misterio, el asombro, la contemplación y finalmente la celebración y el agradecimiento. (NOTA: Para detalles sobre la entrevista y sobre el currículo del autor, v. abajo)

¿Cómo nació su vocación?

El nacimiento de la vocación es el momento más importante en la vida de un poeta, el más misterioso. Uno ha estado hasta entonces viviendo su vida de adolescente o jovenzuelo y yendo sin una dirección determinada de aquí para allá. Y de pronto oye una voz dentro de sí que le dice: no, no es por allí, ni por el otro lado; es por aquí y para siempre. Si la llamada no resulta tan imperiosa y definitiva como digo, es que en el muchacho que la ha escuchado no hay ni habrá nunca un verdadero poeta, sino sólo un simple aficionado que crecerá y se olvidará de la poesía. Desde los catorce años yo escribía versos en ocasiones, cuando me enamoraba o sucedía algún hecho que calara en mí. Y aunque era una ocupación que me agradaba, nunca pensé en esas tentativas primeras que la poesía iba a ser mi camino.

Sucedió, sin embargo, que a los diecisiete años, de súbito, la vocación poética se apoderó de mí como una fiebre, como un algo maravilloso que yo no podía ni quería quitarme de encima o de dentro. Todo comenzó a ser secundario menos aquella fascinación. Pasaba los días y las noches leyendo y escribiendo. Soñaba con hacer cosas tan hermosas como las que leía, y me desesperaba porque me daba cuenta de que lo que conseguía no se asemejaba en nada a las altísimas obras que me proponía emular. No obstante, también tenía de vez en cuando pequeñas satisfacciones que me hacían continuar en la brecha. Qué momentos tan puros, tan intensos y plenos los del brotar de la vocación.

Nunca he vivido nada igual, nada que iluminara mi interior y el mundo entero con tan vivos fulgores. La vocación ha tirado de mí con idéntica fuerza desde entonces hasta ahora. Jamás me ha abandonado ni he caído en escepticismos. Y ahí sigo, con la misma ilusión por escribir poemas hermosos y verdaderos, y sintiendo cada día que la tarea está aún a medio hacer, que hay que continuar y seguir intentándolo.

¿Cuáles son sus primeras influencias? Me gustaría que explicara un poco su trayectoria literaria.

Fui un lector muy precoz y había leído mucho y muy variado antes del surgimiento de la vocación poética. Después de que ésta se apoderara de mí, el primer poeta que leí por extenso y con fervor muy grande fue Juan Ramón Jiménez. Compré a mis diecisiete años los dos gruesos tomos de la editorial Aguilar (encuadernados en plástico azul) que recogían todos sus libros de poesía y los leí página a página, emocionadísimo. Aún conservo esos volúmenes.

De la mano de Juan Ramón llegué después a la generación del 27; unas lecturas me llevaban a otras con ansiedad, y así he ido leyendo en mi vida mucho de lo que hay que leer de dentro y fuera de nuestra lengua. En cuanto a mi trayectoria literaria, ahí están mis libros. Se hace camino al andar. Fui acatando, sin planificaciones, lo que la vocación y la intuición me indicaban. Escribía lo que oía dentro de mí, sin atenerme a tendencias ni a modas.

Lógicamente, mi poesía ha ido cambiando con el paso de los años (lo que está vivo se mueve). En mi opinión, ha evolucionado de manera natural, sin quiebras ni saltos o piruetas, sin cambios violentos de dirección de la noche a la mañana. No soy un titiritero ni un contorsionista ni un prestidigitador; aspiro a ser un poeta. Después de un paso, otro, y así hasta hoy.

En su obra me parece que hay bastantes elementos autobiográficos más o menos explícitos, ¿podría explicar esto?

Toda poesía verdadera es de algún modo autobiográfica, porque uno escribe de su experiencia de estar en el mundo; no podemos escribir desde fuera de nosotros, con la experiencia de nuestro vecino. Mi poesía es sin duda, y mucho, una autobiografía. Lo que ocurre es que la poesía no puede quedarse en eso, en lo privado y particular, pues entonces nadie podría reconocerse en lo que uno escribiera. No invento nada cuando escribo, desde luego; mis poemas pasan por mí y se tiñen de mí, de mi acontecer, pero (suponiendo que yo sea poeta) los poemas dicen lo que quieren decir, no lo que quiero que digan. La voz que se oye en ellos no es mi voz privada, la que uso a diario cuando no estoy escribiendo.

La poesía habla a través del poeta y se empapa de las circunstancias de éste, aunque habla por sí misma, con universalidad válida para cualquiera. El poeta colabora con la poesía ilusionadamente, oye lo que ésta le dice y la ayuda a ser como ella quiere ser. La que ha de hablar es ella, sin embargo. Si el poeta habla mucho por su cuenta, el poema fracasa.

¿Qué significó para usted obtener el Premio Adonais?

Fue en su momento un acontecimiento importantísimo para mí. Yo vivía en mi provincia y ni siquiera en ella mantenía relación con escritores que ya hubieran publicado. Un par de amigos con mis mismas inquietudes eran mis únicos interlocutores, y pare usted de contar. Ni en mi casa sabían que escribía poemas, porque yo era muy reservado. En Murcia, por otra parte, no había ninguna posibilidad de publicar con cierto alcance.

Llegó un momento en el que tuve necesidad de contrastar con los demás si lo que estaba escribiendo en soledad casi absoluta podía tener algún interés. La única posibilidad que se me ofrecía era la de probar suerte en un concurso nacional que mereciera la pena. Cuando ultimé Maneras de estar solo lo envié al premio Adonais (el más importante de entonces) a ver qué pasaba, sin muchas esperanzas de que la iniciativa me condujera a ningún sitio. Como el envío lo hice unos meses antes de que el premio se fallara, me olvidé incluso de la fecha en la que debía concederse.

Y un buen día de finales de 1977, al atardecer, comenzó a sonar sin descanso el teléfono de mi casa para comunicarme una y otra vez que yo era el ganador. A todos los que llamaban les preguntaba que si estaban seguros de lo que me decían, que si se habían enterado bien. Por más que me reiteraban que sus informaciones eran ciertas, no terminaba de creerme que eso fuera posible, que hubiera sonado la flauta. Pasé unos días malísimos (aunque felices), pues mi temperamento es nervioso en extremo y me desenvolvía pésimamente en el trajín mediático que el premio conllevaba.

En diversas ocasiones he dicho que aquel suceso extraordinario fue fundamental para mí, pues no sólo me hizo poeta ante los demás; también —hasta cierto punto— me confirmó como tal ante mí mismo, que estaba lleno de dudas e inseguridades sobre lo que escribía. A raíz del premio me dije que a lo mejor había en mí algo de poeta. El obtenerlo me responsabilizó al máximo y a partir de entonces me dediqué todavía con más ahínco e ilusión a escribir. Sin el premio mi camino en la poesía habría sido en sus comienzos mucho más difícil. Mi vocación era tal, no obstante, que de ninguna manera creo que hubiera dejado de hacer lo que tenía que hacer.

¿Cómo definiría o explicaría su poesía? ¿Cuáles son sus autores preferidos o que piensa que han influido más en su obra?

Las dos preguntas enlazadas que ahora me hace son de imposible respuesta; si uno intenta contestarlas no hará en el fondo más que hablar por hablar. Nadie puede definir la poesía. Eso es como si te dicen que definas la vida o que definas el mundo. Y menos aún puede definir uno la poesía que él hace, aunque parezca una definición más pequeña, ni puede saber a ciencia cierta qué autores le han influido más. No obstante, como no quiero dejarlo a usted desairado, le contestaré un poco a tientas (y ojalá que no al tuntún).

Mi poesía es el modo más íntimo y hondo que tengo de ser y de estar en el mundo; a través de ella trato de acercarme a la realidad no para explicármela o desentrañarla (como hacen el filósofo o el científico), sino para sentir y escuchar su misterioso latir y para participar a los demás de la manera más hermosa posible lo que he tenido el privilegio de percibir. No le parecerá muy buena ni muy completa mi respuesta, ¿verdad? Pues a mí tampoco, pero otra mejor no puedo ofrecerle.

Resultaría asimismo complicadísimo contestar a la segunda parte de su pregunta. Mis autores preferidos no son dos ni tres; son todos los que desde que existe la literatura han logrado milagrosamente en cualquier lugar de este planeta obras hermosas y emocionantes. Me he acercado con entusiasmo a la mayoría de los que han llegado a mi conocimiento, y todos ellos deben de haber influido más o menos en mí. Uno va alcanzando y definiendo su propia voz con la frecuentación de quienes antes que él han logrado con plenitud lo que él mismo intenta conseguir.

Las obras que a lo largo del tiempo nos han conmovido han dejado su poso en nosotros, han ido transformándonos y haciéndonos llegar a ser esto que somos. Sería bonito poder decir que en uno han influido mucho los mejores y nada los malos. Vaya usted a saber. Además, en un poeta no sólo influyen los poetas. Marcan en él también su impronta los demás tipos de artistas (músicos, pintores, etc.) y en general todo lo auténtico y vivo, aunque no pertenezca a la esfera de las artes.

Usted empezó siendo un poeta elegíaco; de pronto, como a consecuencia de una revelación, empezó a ser el poeta de la luzoída y respirada y a tener más “éxito” con su poesía, ¿a qué se debe ese cambio? ¿Fue una conversión interior? ¿Cómo se produjo, si es que realmente podemos hablar de algo así?

No, en mi caso no hubo ninguna caída súbita del caballo. Nada ocurrió de la noche a la mañana. Mi poesía ha ido cambiando y transformándose de forma natural y paulatina.

Uno no es el mismo desde que empieza su camino hasta que acaba de recorrerlo. Las distintas edades por las que pasa el poeta y las circunstancias que le afectan (el modo en el que la vida lo haya ido tratando) dan lugar a cambios en su poesía. Incluso cuando predominaba en mí la elegía, los poemas que escribía tenían mucho que ver con la luz. Nunca he escrito una poesía negra o desesperanzada. Como buen mediterráneo, soy por fortuna hijo de la luz, no de las tinieblas. La elegía es en el fondo una celebración póstuma o retardada, una celebración melancólica de lo que tuvimos y creemos haber perdido para siempre.

Pero no nos desviemos ahora por ahí y vayamos a tu pregunta. Lo que ha ocurrido en mi caso —el pasar poco a poco del lamento a la celebración— no me parece nada extraño. El joven le pide absolutos a la vida y piensa que ésta se los regatea y le impide ser a tiempo completo el rey del mundo, que es a lo que él de verdad aspira en su inexperiencia y su egocentrismo de muchacho. Como consecuencia de pensar que la vida es cicatera con él, caerá en la melancolía, en el desánimo y, si es poeta, en la elegía. Yo tenía de joven una concepción lineal del tiempo: presente fugacísimo, pasado en el que las cosas que una vez fueron nuestras se desdibujan y terminan por desaparecer, futuro inconsistente e incierto que no es más que humo. Y todo transcurriendo a una velocidad increíble, como la corriente imparable de un río vertiginoso. Ya digo que esta visión de la realidad me llevaba a la melancolía y a la evocación emocionada de lo vivido y perdido sin remedio.

Con el paso de los años, la vida nos va domando y quizá nos hace un poco más lúcidos, menos ambiciosos y desmesurados en nuestras exigencias. No le pedimos ya a la vida ser sin interrupción los reyes del mundo. Nos conformamos con tener el privilegio inmenso de estar vivos y somos conscientes de que esa es la mayor riqueza, de que no hay don superior al de respirar. Con el pecho lleno de gratitud, advertimos entonces que la vida nos da mucho más de lo que somos capaces de recibir, a pesar de que existan el dolor e incluso lo terrible. El tiempo es ahora tiempo entero, un instante inmenso e indivisible en el que todo se nos da simultáneamente y en el que latimos al unísono con las cosas del mundo. La vida no transcurre; la vida es.

Mi visión del tiempo y del vivir, pues, fue poco a poco modificándose, hasta llegar a una completa transformación que puede entenderse como la antítesis de la que antaño tuve. Esto se observa muy a las claras en mi poesía a partir de La certeza, un libro de transición, y se va pronunciando cada vez con más intensidad en los libros posteriores.

Publicar en Tusquets es publicar en una de las grandes editoriales literarias de nuestro país, ¿en qué medida ha contribuido esa editorial a su lanzamiento como poeta de primer orden?

Las editoriales no hacen mejores ni peores a los poetas, claro está, pero son la plataforma desde la que sus voces pueden llegar con mayor o menor alcance a los lectores. Si una editorial tiene prestigio y eficiente distribución, como es el caso de la veterana Tusquets, será una bendición para cualquier poeta publicar en ella. He tenido la suerte de contar con el apoyo de Tusquets desde hace más de veinte años. Esto ha hecho que mi poesía consiga una difusión (dentro de los límites reducidos de la poesía) que no habría tenido de otra manera. He sido muy afortunado en este sentido y le estoy agradecidísimo a la editorial y a quienes en ella se han ocupado más de mis asuntos, Antoni Marí y Juan Cerezo.

Usted forma parte de diversos jurados, ¿qué le supone estar en el del Premio Adonais, dirigido a promocionar y dar a conocer a poetas jóvenes? El Premio Adonais se le ha concedido a muchos de los grandes poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX, cuando eran muy jóvenes y aún desconocidos: José Hierro, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Francisco Brines y muchos otros, ¿considera que las nuevas generaciones de poetas jóvenes están a la altura de aquellos? ¿Cómo ve el futuro de la literatura y de la poesía en particular?

“La poesía de la tierra nunca muere”, decía John Keats; cuando deja de cantar el pájaro mañanero, comienza con la fuerza del día a cantar la cigarra, y cuando ésta calla le llega su momento al grillo nocturno. Pero todo es canto. La poesía no puede faltarnos ni nos faltará. El hombre no podría vivir ni un solo día sin ella, sin la poesía no escrita que hay en el mundo y que incluso al más desgraciado le da fuerza y esperanza para seguir adelante.

Hay que distinguir entre la poesía del mundo, no formulada en palabras, y la poesía hecha con palabras que podemos leer en los libros de poesía. Cada poema escrito es sólo un ejemplo concreto, una cristalización, de la poesía más amplia y sin palabras que existe en el mundo. Tal ejemplo llega al papel a través del poeta, que es como el hilo conductor de la poesía. Por lo que respecta a la poesía escrita, hay épocas mejores y peores en los distintos países. La poesía de los libros es guadianesca en sus manifestaciones, aparece y desaparece. A veces se oculta un largo tiempo, como ocurrió en España durante dos siglos, desde la muerte de Quevedo hasta el advenimiento de Bécquer. Menos mal que cuando no brota en un sitio florece en otro.

Así que el futuro de la literatura y de la poesía están a salvo. Ocurre que no debemos comparar épocas pretéritas y brillantes de nuestra poesía con la actualidad poética más inmediata, que está aún amasándose. El tiempo va cribando lo lejano y separando el polvo de la paja, pero aún no ha actuado sobre el acontecer poético de ahora mismo. Cuando pasen los años veremos si en este momento que estamos viviendo hubo en España poetas de más o menos talla. Aún no es muy posible saberlo, porque estamos condicionados por las modas, por los grupos de poder, por el ruido de los medios, por los tirios y por los troyanos.

Ser jurado del Premio Adonais me satisface mucho por ser éste un galardón destinado a los poetas jóvenes, para los que obtenerlo puede ser un estímulo muy importante, como lo fue para mí cuando se me concedió.

De verdad cree que, como usted ha afirmado, ¿todos los días son un milagro?

Por supuesto. Si abre bien los ojos no tendrá más remedio que reconocer la verdad absoluta de mi afirmación. Todos los días amanece y anochece, hay sol y luna, estrellas, ríos y mares, muchachas, árboles y lluvia. Si la costumbre no nos desgasta y nos anula cuanto le digo, no podremos negar que vivimos en un mundo prodigioso, a pesar de que en él estén asimismo el dolor y el mal. El mundo es una maravilla indiscutible. Otra historia es lo que el hombre en sociedad ha hecho con el mundo. El grupo humano socialmente organizado ha sido siempre un mal sueño.

Con una poesía tan luminosa como la suya, ¿no se podría mejorar de alguna manera el mundo?

La poesía verdadera (y no digo que la mía lo sea, si bien lo procuro con todo mi ser) podría acaso mejorar en algún sentido el mundo a largo plazo, tanto si es luminosa como si no lo es, pues la poesía tiene muchos registros. El contacto frecuente con la verdad y la belleza mejora y transforma, sin duda. Pero la sociedad global que hemos ido creando conspira a cada instante contra lo verdadero y lo hermoso, lo puro y lo inocente, ya que está basada en falsos “valores”, en la exaltación de lo material, en la superficialidad y en la mentira.

La sociedad tendría que cambiar de arriba abajo para que la poesía y las demás artes pudieran actuar sobre el hombre. Tal y como están las cosas, por desgracia, el afinamiento del espíritu que la poesía proporciona sólo alcanza a los pocos que se le acercan a título individual. Pienso, por lo demás, que ni en el mejor de los mundos ocurriría de manera muy distinta. La poesía no es un instrumento de transformación social o de masas. Lo que quizá sí podría conseguirse es que llegara a un número mayor de individuos.

En Quién lo diría, afirma que un olor de la infancia, un vaso de agua o la claridad se transforman en un instante mágico, cargado de sentido, plenitud y belleza. ¿cómo se acerca usted al dolor de los demás? ¿cabe en su poesía?

Desde luego. Que yo tienda a lo luminoso no quiere decir que ignore el dolor ajeno o que en mi vida no haya ningún dolor. Quien no conoce el dolor no conoce la alegría. La sombra es el contraste de la luz. De la parte oscura de la vida no se libra nadie. En mis libros hay poemas sobre el dolor, aunque nunca me he recreado en él y he huido de cualquier patetismo. La forma más eficiente de acercarnos al dolor de los demás es ofrecerles lo mejor nuestro. La poesía no sana ni puede librar del dolor a nadie, pero sí puede acompañar y consolar. Quizá a ciertos lectores mi poesía haya podido servirles de consuelo en ocasiones. Ojalá, pues eso significaría que hay algo verdadero en ella.

¿Cómo comienza un poema y cómo lo elabora? ¿Hay una inspiración primera? ¿Lo corrige mucho?

Cada poema tiene su propia dinámica, sus peculiaridades. No existen fórmulas para hacerlos. Si existieran, no habría aventura en escribirlos, y un poema que no le haya supuesto al poeta una aventura semejante a la de ir a la Luna o a Marte sin escafandra y regresar indemne a su casa no podrá nunca ser un poema auténtico. Por supuesto que para que un poema llegue a ser tiene que producirse dentro de uno un chispazo inicial, que es como el aviso de que algo va a ocurrir, una revelación en principio confusa y balbuciente. Si el chispazo primero existe, hacer un poema será en el fondo muy fácil (por más que resulte tan difícil), pues el poema en realidad se hace a sí mismo. El poeta está presente en el acto de su nacimiento para ayudarlo con ilusión y esfuerzo a venir al mundo y para recibirlo con asombro. Suelo hacer los poemas de un tirón, en una sesión única de un rato o de unas horas.

Esto no quiere decir que después no pueda haber correcciones de más o menos calado. Que una criatura (y el poema es una criatura) tarde seis meses o un año en nacer parece un poco raro. Un advenimiento tan largo estaría justificado si el poema en cuestión tuviera las dimensiones de la Ilíada. Tengo la costumbre de revisar mis poemas al día siguiente de haberlos escrito, por la mañana temprano. Esa hora es muy buena, porque para corregirlo, como Juan Ramón decía, hay que pillar al poema desprevenido. En las primeras horas del día, cuando el poema menos se lo espera, es cuando uno se encuentra más despierto para ver lo que le sobra y lo que le falta (con frecuencia, más bien lo primero). A veces las correcciones son fáciles y uno las ve enseguida. En otras ocasiones cambiar dos palabras puede costarte días.

Usted es profesor universitario: ¿ha influido su tarea docente en su obra?

Pienso que por fortuna no. He estado constantemente muy en guardia contra lo académico, pues para un artista esto es lo más nefasto. Siempre he sido profesor, pero una cosa es la ocupación con la que uno se ha de ganar la vida y otra muy distinta la vocación honda que nos hace sentirnos vivos. He tratado de realizar mi labor de profesor a lo largo de tantos años con dignidad y honradez, y es una tarea que no me desagrada. Creo que por lo que a mí respecta el profesor universitario no le ha añadido ni aportado nada al poeta. La poesía no se enseña ni se aprende. En todo caso habrá sido al revés: puede que el poeta que acaso soy le haya enseñado al profesor que he tenido que ser a huir de la pedantería, del envaramiento y de la altanería tan frecuentes por parte de los profesores en el trato con los alumnos.

¿Qué proyectos tiene en marcha? ¿Para cuándo el Premio Princesa de Asturias o alguno de los premios que se dan a trayectorias ya consolidadas, de calidad, como la suya? ¿Con qué palabras le gustaría que lo recordaran?

No tengo proyectos, porque en poesía, como en la vida, no se puede proyectar nada. Lo que sí tengo, intacta, es la ilusión indesmayable de seguir haciendo poemas. Cada vez me parece más un sueño maravilloso el escribirlos, el intentar que las palabras al mismo tiempo digan y canten. De los premios a los que usted se refiere, en el caso improbable de que alguno me llegara, le diré que a nadie le amarga un dulce. Pero el verdadero premio para un poeta son sus poemas. No aspiro a ningún otro, pues no hay ninguno mejor. Y las palabras con las que me gustaría que me recordaran podrían ser las siguientes: “Fue alguien que hizo lo que pudo en poesía y que se sentía dichoso y orgulloso de haber entregado su vida entera a un afán tan alto”.

(SOBRE ESTA ENTREVISTA: Esta entrevista tuvo lugar en la VIII Conferencia de las Artes “San Josemaría Escrivá de Balaguer”, celebrada en el Colegio Mayor Moncloa (Madrid). En anteriores convocatorias de esta Conferencia han intervenido escritores como Carlos Pujol, Medardo Fraile o Julio Martínez Mesanza).

(CV ELOY SÁNCHEZ ROSILLO. Nace en Murcia, 1948. Licenciado en Filología Románica en la Facultad de Filosofía y Letras de Murcia, obteniendo el Premio Extraordinario de su promoción. Profesor de Literatura española en la Facultad de Letras de la Universidad de Murcia. Premio Adonais en 1977 con su libro Maneras de estar solo. Después de diversas estancias de estudios en Florencia, traduce a Leopardi. Doctor en la Facultad de Letras en 1989. Publica los libros de poemas Páginas de un diario (1981), Elegías (1984), Autorretratos (1989),La fuerza del destino (1992),La vida (1996, décima ed. 2008), La certeza (2005), Oír la luz (2008), Sueño de origen (2011), Antes del nombre (2013), Quién lo diría (2015). Ha publicado el ensayo La fuerza del destino (1992), una Antología poética de Giacomo Leopardi (2004, 2ª ed), y la antología poética y prólogo de la obra de Andrés Trapiello, con el título de El volador de cometas (2006). Su poesía completa se ha publicado hasta la fecha en tres ocasiones. Sus libros de poemas se han publicado en varias antologías y traducido a varios idiomas. Colabora en varias revistas literarias. Premio Nacional de la Crítica en 2005).

Valentí Puig. «Fatiga o descuido de España»

Hará apenas un par de años que Valentí Puig nos regaló la delicatessen epistolar de A la carta: cuando la correspondencia era un arte (Elba), y ahora nos presenta su último ensayo político bajo una forma de estirpe todavía más noble como es el diálogo. Ahí ya puede verse una declaración de intenciones: frente a la «trivialización» de la opinión, la conversación se alza como forma privilegiada de una sociabilidad intelectual ambiciosa, abierta y tolerante. Más complementarios que antitéticos, los ilustrados personajes del libro —llamados escuetamente A. y B.— encarnan así ese espíritu de diálogo que, según formula Puig en la declaración de intenciones del libro, «ha sido la médula de la vida pública española en sus mejores momentos de autocrítica».

Al propio Puig nadie le podrá reprochar que no haya hecho su parte para incentivar en nuestra vida pública una autocrítica ajena «al masoquismo del diagnóstico». Hablamos ya de una trayectoria larga como maître à penser en las tribunas periodísticas más selectas, con el extra que presta a estos efectos su condición de grande de la poesía catalana, su atención a la crítica literaria o su feliz acogida como diarista y narrador. De ceñirnos al ámbito de la reflexión moral y política y de la crítica cultural —«al hablar de sociedad […] terminamos hablando de moral»—, sus contribuciones han sido de peso en la última década, y Fatiga o descuido de España invita a compartir lectura con el retrato de la crisis de Los años irresponsables, la vertiente internacional cifrada en Por un futuro imperfecto o un volumen cuyo título —Moderantismo— es ya elocuente como un manifiesto. Incluso algunos de los motivos de Cuando sea rey aparecen, renovados, al tratar de la monarquía constitucional en este nuevo libro que tanto tiene de meditación hispánica.

Del papel ya citado de la Corona al patriotismo posible, de las virtudes públicas a los demonios del populismo, y del narcisismo de «la generación selfie» al estado de nuestra vida intelectual, el ritmo del diálogo aporta fluidez a la hondura de no pocos de los temas que definen esta hora de España. Siempre con la cita o el precedente histórico a punto, es propio de Puig —«un conservador de centro»— alejarse de la retórica de los nuevos politólogos para abordar la realidad política y social con el utillaje de nuestra experiencia democrática. De ahí que Fatiga o descuido de España busque ante todo afirmar unos modos, una aproximación a lo público, que bien puede hallar su resumen en el enunciado «España irá adelante si es moderada».

Uno de los principales rasgos distintivos del Puig analista pasa por soslayar todo fatalismo hispánico y «el vicio de creer en la excepcionalidad española»: «no tenemos el monopolio», escribe ya en el comienzo de la obra, «de la duda existencial». Por supuesto, el autor no es ajeno a lo que otrora se llamaban los males de la nación: es escéptico al preguntarse «qué aprendimos de la crisis», observa una «pérdida de energía» en las clases medias, un sistema educativo en precario, «una televisión para enanos, partidos políticos caducos […], empresarios que no emprenden», etc. Sin embargo, Puig sabe que «el derrotismo acaba siendo nocivo» y, al tiempo que se harta de «ver el pasado de la España moderna como una cuestión de buenos y malos, de vencedores y vencidos», se sorprende de «la desproporción entre la realidad histórica […] y la sobreabundancia de diagnósticos apocalípticos». «Cada vez que alguien dice que España es un país bananero», propone, «que explique bien por qué». Esa falta de autoestima, al entender de Puig, se cohonesta poco con la caducidad del mito del «perpetuo fracaso». Así, de un lado están los éxitos indudables de España en los últimos decenios; de otro, una desmemoria lesiva que impone su adecuada valoración: «no saber de dónde venimos no nos permite agradecer hasta dónde hemos llegado». La reivindicación de la Transición y de la Constitución será aquí, en consecuencia, tan recurrente como gratamente pedagógica. Y, ante un escenario poscrisis que todavía debe definirse como «Apocalipsis o Arcadia», Puig alerta de la tentación de reaccionar «con más inmadurez colectiva» tras «dejar atrás lo peor». Frente a ello, urge fundar nuevas «formas de ilusión compartida» y redescubrir, contra los populismos, «un centro que no es político, sino de encuentro». En definitiva, la citada España moderada.

No se puede acusar a Puig de dar una imagen en exceso risueña de nuestro momento, de una nación que «no cree en el destino y sin embargo tiene pulsiones fatalistas». Venimos de ser «un país de nuevos ricos», acusamos «un descontento hijo de cien padres», formamos «una sociedad cada vez más desvinculada» y sujeta a los bandazos emotivos de una política ya puesta «al servicio del canon mediático». Sin una «oxigenación» de la política, ¿cómo evitar la vigencia del populismo? Sin virtud pública, ¿cómo perdurarán la libertad y la confianza? La gravedad del diagnóstico, sin embargo, no oculta que la sociedad española tiene motivos para no sentirse ni derrotista ni derrotada tras haber vencido su peor crisis en décadas. Sí tiene motivos para la modestia que pide Puig como cauce viable para la política: lejos de lamentos noventayochistas, hay que aspirar a la madurez de esas sociedades que «desconfían pero no rompen la baraja». Y, lejos de las utopías populistas, hay que redimensionar nuestras esperanzas políticas: muchas veces, simplemente, de «lo que se trata es de que vaya bien lo que va muy mal». No es una perspectiva de megalomanía, pero sí de grandeza: esa «aproximación paulatina al ideal» está detrás de algunos de los momentos más brillantes de nuestra historia compartida, como muestra Puig, en todo lo que va de la Restauración canovista a la Transición. Y sigue siendo la clave moderada para la España posible.

Seminario sobre la investigación universitaria: balance de prioridades y estrategias

Los pasados 19 y 20 de enero se celebró un seminario en Madrid sobre La situación de la investigación universitaria analizada desde dos ópticas: la europea y la española. Ofrecemos a continuación los PDF resúmenes de las intervenciones y una valoración de las dos jornadas.

Francisco Michavila: Presentación

Stefano Paleari: Una visión europea sobre el estado de la investigación universitaria

Federico Gutiérrez-Solana: La investigación en España, ¿cantidad o calidad?

Federico Morán: Transferencia del Conocimiento e Innovación: un reto para la I+D en España

Antonio Embid: Algunas cuestiones problemáticas en el marco jurídico de la investigación

Daniel Burgos: La necesidad del retorno: urgencia de una explotación útil de los proyectos de investigación

Rafael Garesse: El reto del triángulo del conocimiento: reformulando el papel de la Universidad

José E. Capilla: Alianzas estratégicas entre Universidades para la I+D+i y transferencia

Carmen Fenoll: Una reflexión sobre la coordinación y las alianzas entre universidades

Josefina Bueno: Análisis del Gender Gap en la Universidad y en la investigación. Políticas igualitarias

Xavier Grau: La investigación y la posición de las universidades en los rankings internacionales

Vincent Hoffmann-Martinot: La restructuration des universités francaises et ses objectifs

Gonzalo León: Estrategia de innovación de las universidades tecnológicas en un contexto de competencia global

Robert F. Mudde: Graduate School: the Delft Way

Isabel Durán: The UCM as an international research Institution: special attention to the Humanities

Francisco Pérez: Financiación de la investigación, atracción de capital humano y resultados universitarios

Francisco Michavila: La investigación universitaria. Tribuna en ABC

Francisco Michavila: Conclusiones

 

Un resumen de las jornadas e información adicional sobre destacadas ponencias se puede consultar en los siguientes enlaces:

UNIR sondea el estado de la investigación universitaria

Rankings y resultados en el seminario de UNIR sobre la investigación universitaria

La revolución de contratar con libertad buenos investigadores: el caso de ICREA

Revistas de impacto, mercantilización y los evaluadores como profesión

 

El programa del seminario fue el siguiente:

Programa del seminario sobre la investigación universitaria

UNIR sondea el estado de la investigación universitaria

Miguel Ángel Galindo Martín, director de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), José María Vázquez García-Peñuela, rector de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), Alberto Ruiz-Gallardón, presidente del Consejo Social de UNIR, y  Francisco Michavila, director de la cátedra UNESCO de Gestión y Política Universitaria (Universidad Politécnica de Madrid), inauguraron el 19 de enero de 2017 en Madrid un seminario Sobre la situación de la investigación universitaria analizada desde España y desde Europa. Ofrecemos a continuación la valoración de la primera jornada (fueron dos) realizada el mismo día 19 de enero de 2017.

Este seminario, ha dicho Alberto Ruiz-Gallardón, «es un exponente de la importancia que tiene la investigación para UNIR». Pero, ha añadido, «la investigación necesita ahora una regulación que permita que ese formidable potencial investigador que tienen las universidades españolas dé todos los frutos, para lo que se requiere la complicidad normativa del Estado».

Alberto Ruiz-Gallardón: La investigación necesita ahora una regulación que permita que ese formidable potencial investigador que tienen las universidades españolas dé todos los frutos, para lo que se requiere la complicidad normativa del Estado

UNIR, ha subrayado el ex ministro, «realiza una labor de investigación centrada en los pilares de la sociedad, y por supuesto en aquellos campos que se prevé que pueden tener una posición relevante en el próximo bienio». Esa investigación la realiza UNIR «dentro de los más altos parámetros; la búsqueda de la calidad y de la excelencia caracterizan su actuación».

Avanzando en su discurso, ha sostenido: «La sociedad española debe apoyar la investigación y creo que lo debe hacer fundamentalmente a través de las empresas.» Según Ruiz-Gallardón,  «no tenemos que pensar, cuando hablamos de ese binomio Universidad-empresa, solo en el retorno en la producción». El retorno es «un factor determinante, pero hemos de dar un paso más. Hay que pensar también en la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), en la necesidad de que la Universidad española fomente la investigación al margen del beneficio inmediato que le reporte». De ahí que debamos «instrumentar incentivos fiscales sustanciales, para las personas jurídicas (sociedades) y para las personas físicas. Si tenemos el potencial que desarrollan las universidades, si tenemos la voluntad por parte de la sociedad, lo que nos falta es un marco normativo que haga posible que igual que otras actividades de RSC están fiscalmente beneficiadas por parte de la norma pública, lo estén también las que se dirigen a la investigación».

Ruiz-Gallardón piensa que «así podremos contribuir de una manera muy importante a que nuestras universidades ocupen el papel relevante que merecen en Europa y en todo el ámbito iberoamericano».

José María Vázquez García-Peñuela: No se puede pedir lo mismo a quien hace cosas distintas

El rector de UNIR, José María Vázquez García-Peñuela, ha criticado el «economicismo utilitarista» que «en realidad empeora las condiciones de vida». Los ideales, las convicciones y las relaciones personales «juegan un papel más importante que el ‘economicismo’, porque dotan de sentido a la propia existencia». Ha pedido que se revalorice la investigación en el campo de las Letras, «sin obsesionarse con la trasferencia de esas investigaciones», porque en Humanidades eso «no es cuantificable por los indicadores al uso».

En definitiva, según Vázquez, «los que cultivan las Humanidades no tendrían que hacer un ejercicio de cinismo o de ficción cuando, por ejemplo, presentan un proyecto de investigación. Las verdades de la Divina Comedia no sirven a ningún otro fin, son útiles en sí mismas». No vale el patrón aquí de las ciencias experimentales: «No se puede pedir lo mismo a quien hace cosas distintas».

Miguel Ángel Galindo, director de la ANECA, por último, ha resaltado los esfuerzos de su institución para valorar cada vez mejor la calidad frente a la cantidad (de investigación), incluido el ámbito de las Humanidades. «Pensamos que también es innovación traducir a Homero», ha comentado.

La primera conferencia propiamente del seminario, Una visión europea sobre el estado de la investigación universitaria, la ha pronunciado Stefano Paleari, ex rector de la Universidad de Bérgamo y ex presidente de la Conferencia de Rectores Italianos.

Para Paleari, “el crecimiento y el bienestar acumulados en las pasadas centurias ha llegado a un final” y un territorio completamente “sin hoja de ruta espera a la humanidad”. El Brexit, la crisis de los refugiados, el terrorismo radical, la inestabilidad en Turquía y la elección de Trump en los Estados Unidos “nos invitan a reflexionar sobre las prioridades y los valores nucleares que puedan inspirar un futuro sostenible para Europa”. Paleari ha señalado que “la nueva esperanza” debe partir primariamente del “compromiso con la investigación y con el sistema de educación”. Ha repasado los valores de la investigación y de la educación superior y ha animado a las universidades europeas (“establecidas mucho antes que la UE”) a que “asuman los retos y renueven su identidad”.

Federico Gutiérrez-Solana, ex rector de la Universidad de Cantabria y ex presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas, ha disertado sobre La investigación en España, ¿cantidad o calidad? El profesor ha partido de que tenemos una investigación básica “muy eficiente pero poco eficaz para las necesidades de nuestra sociedad”, de ahí el reto de “planificar una estrategia para la investigación española que permita mejorarla como valor clave para el desarrollo basado en el conocimiento de nuestra sociedad.” Se han de establecer “objetivos finalistas”, el cómo de la “transferencia”, “la puesta en productividad de los resultados” y “el modo de la financiación”, para hacerlo todo “eficiente y eficaz”.

Tras las dos ponencias se ha celebrado una mesa redonda, moderada por Rafael Puyol, ex rector de la Universidad Complutense (Madrid), en la que se ha debatido acerca de Tendencias y prioridades vistas desde organismos gestores I+D. En ella Federico Morán, director de la Fundación para el Conocimiento madri+d, ha defendido que el modelo de transferencia de tecnología lineal de la Universidad a la empresa se ha mostrado insuficiente. Los sistemas que funcionan son “híbridos, en donde las empresas y los grupos de investigación públicos trabajan en común, con fuertes incentivos públicos y con liderazgo de las administraciones”. La brecha entre investigación e innovación se acentúa en el caso de España por la falta de mentalidad emprendedora de nuestros investigadores y por la propia estructura de las empresas españolas poco proclives a la innovación

Antonio Huerta: Hay que fnanciar personas, no proyectos; hay que realizar una selección estrictamente meritocrática en un entorno de centros capaces de atraer talento

Antonio Huerta, director de ICREA (Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados), ha defendido “el triángulo virtuoso constituido por un investigador de máximo nivel, ICREA (que financia su salario) y la Universidad o centro de investigación (que aporta el entorno para desarrollar la investigación)”. Esa ecuación se ha consolidado gracias a tres principios básicos: “Financiar personas, no proyectos; una selección (y evaluación) estrictamente meritocrática en un entorno de universidades y centros capaces de atraer talento; y un apoyo sostenido y continuado a este modelo de todos los gobiernos de la Generalitat en los últimos quince años”.

Antonio Embid, catedrático de Derecho en la Universidad de Zaragoza, ha lamentado “la apelación constante a la evaluación, el surgimiento de la “profesión” de evaluador y la burocracia inmisericorde que impregna multitud de estructuras investigadoras sin que se fomente en la práctica la calidad de la actividad investigadora”. En España, “la estructura de la investigación aparece territorialmente parcelada entre Estado y Comunidades Autónomas”, sin claridad de ideas, sin plan nacional, sin libertad real de investigación. La Agencia Estatal de Investigación constituye “la máxima novedad en la estructura estatal de la investigación”. Pero no parece que su papel esté consolidado ni que la coherencia entre las funciones evaluadoras de ella y de la ANECA esté conseguido. Ha criticado duramente el sistema de acreditación de profesores, la corrupción del sistema de publicación en «revistas científicas de prestigio» y las malas prácticas a la que dan lugar los llamados «sexenios de investigación».

Ha habido otro turno de intervenciones, con ocasión de la mesa redonda sobre Coordinación y alianzas entre universidades, moderada por Jorge Martínez, subdirector de la cátedra UNESCO. En él Rafael Garesse, vicerrector de Investigación e Innovación de la Universidad Autónoma de Madrid, ha hablado de las apuestas en España en el campo de la investigación fuera de la Universidad, como los CERCA catalanes (Centros de Investigación de Cataluña). Y Carmen Fenoll, catedrática y ex vicerrectora de la Universidad de Castilla-La Mancha, ha insistido en que la investigación se beneficia de la colaboración, y que por lo tanto las universidades deberían agruparse y diseñar modelos de colaboración.

Francisco Michavila y Josefina Bueno, directora general de Universidades e Investigación de la Generalitat Valenciana, han clausurado la jornada.

Rankings y resultados en el seminario de UNIR sobre la investigación universitaria

El interés por los rankings universitarios ha ido en aumento desde la aparición de la clasificación global elaborada por la Universidad de Shanghái en 2003. A pesar de sus limitaciones, las normas de medida del Ranking de Shanghái, basadas en la investigación y en la producción científica de calidad, «son las que proporcionan una información más consistente y útil” para situar las instituciones de enseñanza superior.

Ese punto de vista ha defendido Xavier Grau, ex rector de la Universitat Rovira i Virgili, en la segunda jornada del seminario sobre La situación de la investigación universitaria organizado por UNIR. Grau, además del ranking de Shaghái, ha utilizado el del Times Higher Education y el SIR (sobre publicación de artículos científicos).

Xavier Grau: Los rankings nos están diciendo algo útil: no los suprimamos

Ha insistido en que «los rankings nos están diciendo algo útil: no los suprimamos». Pero hay que saber leerlos adecuadamente y el punto clave es el del «impacto de la producción científica», que supone entre un 20 y un 35% en la ponderación clasificatoria. La primera enseñanza de los rankings, pues, es: «Preocúpate de tu impacto científico». Para entrar en el ranking del SIR, ha recordado Grau, hay que tener al menos cien publicaciones de alto impacto al año. El SIR califica ahora mismo a 2.413 universidades de todo el mundo.

El ex rector catalán, en una exposición bien trabajada, ha señalado que el número de publicaciones científicas de las universidades españolas es alto, pero su impacto es bajo. Solo seis universidades españolas están en los tres rankings que más cuentan, por detrás de países mucho más pequeños que el nuestro, como Holanda, Suecia, Suiza o Bélgica. Conclusión: «Los rankings informan también sobre la eficiencia de las universidades» (ingresos o financiación y resultados).

Grau ha aconsejado a los representantes de más de cuarenta universidades que asisten a este seminario que, como medida de política universitaria, se fijen sobre todo en aumentar la calidad de investigaciones plasmadas luego en publicaciones científicas reconocidas. Eso era lo esencial.

El sistema español tiene, según Grau, la pega inicial de no delimitar bien entre lo que se dedica a la enseñanza propiamente y a la investigación. Pero sobre todo ha lamentado que mientras la inversión pública en el sistema universitario español se sitúa dentro de los mismos parámetros que los mejores países, la inversión privada española es bajísima, quizá porque no hay incentivos fiscales, como ayer manifestó en este mismo seminario Alberto Ruiz-Gallardón, presidente del Consejo Social de UNIR.

Menos le preocupa a Grau que el idioma inglés sea el absolutamente dominante y que esto produzca sesgos, igual que produce sesgos dónde se editan las revistas científicas que cuentan y su carácter de empresas lucrativas. «Estadísticamente, a pesar de todas las imperfecciones, se funciona razonablemente bien y el sistema no se puede sustituir por otro. Es lo mejor que tenemos», ha opinado, en contra de lo que en este mismo foro defendió ayer el profesor Antonio Embid.

En este marco de los rankings, y con ese punto de partida, Vincent Hoffmann-Martinot (presidente de la Communauté d’Université et Etablissements d’Aquitaine), ha relatado las reformas habidas en Francia en los últimos diez años, dentro de la educación y la investigación, para conseguir la excelencia, y Robert F. Mudde (director de la Graduate School TU Delft) ha insistido en la necesidad de la selección del personal. Isabel Durán, vicerrectora de Relaciones Internacionales y Cooperación de la Universidad Complutense de Madrid, ha recordado la pertinencia de incluir a las Humanidades en la investigación.

En la recta final de la jornada, Francisco Pérez, catedrático de la Universidad de Valencia y director de Investigación del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE), ha subrayado que “la especialización en investigación de las universidades es un asunto al que hay que prestarle mucha más atención”.

El seminario ha sido clausurado por Jorge Sáinz, secretario General de Universidades, y por José Manuel Torralba, director de Universidades e Investigación de la Comunidad de Madrid.