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Contra el fatalismo hispánico

Hará apenas un par de años que Valentí Puig nos regaló la delicatessen epistolar de A la carta: cuando la correspondencia era un arte (Elba), y ahora nos presenta su último ensayo político bajo una forma de estirpe todavía más noble como es el diálogo. Ahí ya puede verse una declaración de intenciones: frente a la «trivialización» de la opinión, la conversación se alza como forma privilegiada de una sociabilidad intelectual ambiciosa, abierta y tolerante. Más complementarios que antitéticos, los ilustrados personajes del libro —llamados escuetamente A. y B.— encarnan así ese espíritu de diálogo que, según formula Puig en el liminar del libro, «ha sido la médula de la vida pública española en sus mejores momentos de autocrítica».

Al propio Puig nadie le podrá reprochar que no haya hecho su parte para incentivar en nuestra vida pública una autocrítica ajena «al masoquismo del diagnóstico». Hablamos ya de una trayectoria larga como maître à penser en las tribunas periodísticas más selectas, con el extra que presta a estos efectos su condición de grande de la poesía catalana, su atención a la crítica literaria o su feliz acogida como diarista y narrador. De ceñirnos al ámbito de la reflexión moral y política y de la crítica cultural —«al hablar de sociedad […] terminamos hablando de moral»—, sus contribuciones han sido de peso en la última década, y Fatiga o descuido de España invita a compartir lectura con el retrato de la crisis de Los años irresponsables, la vertiente internacional cifrada en Por un futuro imperfecto o un volumen cuyo título —Moderantismo— es ya elocuente como un manifiesto. Incluso algunos de los motivos de Cuando sea rey aparecen, renovados, al tratar de la monarquía constitucional en este nuevo libro que tanto tiene de meditación hispánica.

Del papel ya citado de la Corona al patriotismo posible, de las virtudes públicas a los demonios del populismo, y del narcisismo de «la generación selfie» al estado de nuestra vida intelectual, el ritmo del diálogo aporta fluidez a la hondura de no pocos de los temas que definen esta hora de España. Siempre con la cita o el precedente histórico a punto, es propio de Puig —«un conservador de centro»— alejarse de la retórica de los nuevos politólogos para abordar la realidad política y social con el utillaje de nuestra experiencia democrática. De ahí que Fatiga o descuido de España busque ante todo afirmar unos modos, una aproximación a lo público, que bien puede hallar su resumen en el enunciado «España irá adelante si es moderada».

Uno de los principales rasgos distintivos del Puig analista pasa por soslayar todo fatalismo hispánico y «el vicio de creer en la excepcionalidad española»: «no tenemos el monopolio», escribe ya en el comienzo de la obra, «de la duda existencial». Por supuesto, el autor no es ajeno a lo que otrora se llamaban los males de la nación: es escéptico al preguntarse «qué aprendimos de la crisis», observa una «pérdida de energía» en las clases medias, un sistema educativo en precario, «una televisión para enanos, partidos políticos caducos […], empresarios que no emprenden», etc. Sin embargo, Puig sabe que «el derrotismo acaba siendo nocivo» y, al tiempo que se harta de «ver el pasado de la España moderna como una cuestión de buenos y malos, de vencedores y vencidos», se sorprende de «la desproporción entre la realidad histórica […] y la sobreabundancia de diagnósticos apocalípticos». «Cada vez que alguien dice que España es un país bananero», propone, «que explique bien por qué». Esa falta de autoestima, al entender de Puig, se cohonesta poco con la caducidad del mito del «perpetuo fracaso». Así, de un lado están los éxitos indudables de España en los últimos decenios; de otro, una desmemoria lesiva que impone su adecuada valoración: «no saber de dónde venimos no nos permite agradecer hasta dónde hemos llegado». La reivindicación de la Transición y de la Constitución será aquí, en consecuencia, tan recurrente como gratamente pedagógica. Y, ante un escenario poscrisis que todavía debe definirse como «Apocalipsis o Arcadia», Puig alerta de la tentación de reaccionar «con más inmadurez colectiva» tras «dejar atrás lo peor». Frente a ello, urge fundar nuevas «formas de ilusión compartida» y redescubrir, contra los populismos, «un centro que no es político, sino de encuentro». En definitiva, la citada España moderada.

No se puede acusar a Puig de dar una imagen en exceso risueña de nuestro momento, de una nación que «no cree en el destino y sin embargo tiene pulsiones fatalistas». Venimos de ser «un país de nuevos ricos», acusamos «un descontento hijo de cien padres», formamos «una sociedad cada vez más desvinculada» y sujeta a los bandazos emotivos de una política ya puesta «al servicio del canon mediático». Sin una «oxigenación» de la política, ¿cómo evitar la vigencia del populismo? Sin virtud pública, ¿cómo perdurarán la libertad y la confianza? La gravedad del diagnóstico, sin embargo, no oculta que la sociedad española tiene motivos para no sentirse ni derrotista ni derrotada tras haber vencido su peor crisis en décadas. Sí tiene motivos para la modestia que pide Puig como cauce viable para la política: lejos de lamentos noventayochistas, hay que aspirar a la madurez de esas sociedades que «desconfían pero no rompen la baraja». Y, lejos de las utopías populistas, hay que redimensionar nuestras esperanzas políticas: muchas veces, simplemente, de «lo que se trata es de que vaya bien lo que va muy mal». No es una perspectiva de megalomanía, pero sí de grandeza: esa «aproximación paulatina al ideal» está detrás de algunos de los momentos más brillantes de nuestra historia compartida, como muestra Puig, en todo lo que va de la Restauración canovista a la Transición. Y sigue siendo la clave moderada para la España posible.

Inger Enkvist, Reflexiones heterodoxas

La profesora y catedrática de la Universidad de Lund, Inger Enkvist, nos deleita, a la vez que nos despierta, con esta colección de ensayos en torno a algunos autores e ideas mitificados en nuestro tiempo. De ahí el título de Reflexiones heterodoxas: reflexiones al margen de la ortodoxia tópica con que está constituido buena parte de nuestro pensamiento hoy. El estudio, en una excelente prosa, va desgranando algunos tópicos que pululan por la cultura occidental y sus órganos de intelección: las universidades. Aunque los capítulos no estén divididos en bloques (lo que sería de agradecer), hay unas cuantas áreas temáticas bien definidas: el pensamiento crítico y la verdad; Rigoberta Menchú y la imagen de las FARC; comparación de varias trayectorias vitales e intelectuales; el cuestiona-miento del boom latinoamericano, y la ingenuidad de algunos planteamientos sobre el orientalismo.

El primer capítulo (pp. 11 y ss.) es una indagación sobre la estupidez humana desde varios de los autores que se han ocupado de ella: Couvreur, Barzun, Adam, Romain, Östberg, Echeverría, Marina y González Quirós. De la sabia destilación de todos ellos queda la certeza de que el estúpido no se interesa por la realidad y prefiere proferir sus opiniones en lugar de buscar la verdad. Estúpido pero eficaz por momentos fue el intento de ocultar la verdad por parte de regímenes no solo totalitarios como la Alemania nazi o la Unión Soviética, sino también en democracias liberales como Estados Unidos (pp. 179 y ss.); pero, claro: si la verdad no existe y todo conocimiento es construido, como dicen hoy los constructivistas, entonces tal ocultación y manipulación política ni es condenable ni mejorable.

Hay dos capítulos que tratan de personas muy conocidas en los ámbitos de los estudios transculturales y políticos. En Rigoberta Menchú (pp. 19 y ss.), convertida en ídolo por la ortodoxia académica media, relucen profundas contradicciones de su mensaje y su vida; y no son opiniones vertidas sin fundamento, pues la doctora Enkvist revela un metódico conocimiento de Rigoberta Menchú y de la recepción crítica de su obra. En este sentido, se sorprende la autora de la cara amable con que algunos académicos han pretendido presentar a las FARC (pp. 37 y ss.), cuando innumerables testimonios de secuestrados por las guerrillas dan testimonio de su inhumanidad (Clara Rojas, Luis Eladio Pérez, Marc Gonsalves, Keith Stansell, Íngrid Betancourt, Raimundo Malagón, Juan Fernando Samudio, Zenaida Rueda, José Crisanto, Jacques Thomet).

Inger Enkvist estudia a fondo las biografías de Pelé y Maradona (pp. 49 y ss.), para descubrirnos que situaciones semejantes de partida dieron lugar a dos tipos de futbolista con vidas y resultados muy distintos. ¿Qué marcó la diferencia? El esfuerzo personal y la consciencia de estar siendo el modelo de miles de niños y adolescentes. Este estilo de comparar dos vidas lo aplica la autora un par de veces más en el libro. En primer lugar compara las trayectorias intelectuales de Pauline Gibbons y Hannah Arendt (pp. 62 y ss.), y la diferencia existente entre el constructivismo y la filosofía educativa de la primera, y la seriedad y honda reflexión de la segunda. Hacia el final del libro volvemos a encontrar otra comparación de trayectorias intelectuales, entre Bourdieu y Revel (pp. 167 y ss.): Mientras Bourdieu es conocido y citado incuestionadamente por sus tesis sobre la desigualdad de base que supuestamente no se puede paliar ni con la educación, las obras de Revel y sus atinados análisis sobre la inutilidad del conocimiento o la propaganda totalitaria yacen durmiendo en los estantes de librerías y universidades.

Un bloque especial lo constituyen los capítulos dedicados al boom literario en Latinoamérica: especialmente los relativos a Vargas Llosa y García Márquez. De Vargas Llosa (pp. 75 y ss.) desvela cómo desde su izquierdismo original fue dando pasos hacia una postura más liberal ante la constatación de las dictaduras socialistas a las que se vieron sometidos varios países en Sudamérica. Esto le ha llevado a ser no solo novelista, sino pensador y ensayista; transmisor de ideas al fin y al cabo. No pasa lo mismo con García Márquez (pp. 93 y ss.), que a pesar de su in-discutida valía literaria, no sabe sopesar igualmente las ideas que expone. La diferencia queda meridianamente expresada en el magistral análisis de los discursos de ambos autores al recibir el Premio Nobel de Literatura en sendas convocatorias (pp. 105 y ss.). Habría que hacer notar aquí que, del excelente análisis de ambos discursos que hace la doctora Enkvist, se ha deslizado un error al entender las falacias ad ignorantiam como argumentos destinados a los ignorantes, cuando en realidad se trata de argumentos que tratan de probar algo desde la ausencia de argumentos en contra (p. 116). Todo este bloque dedicado a Iberoamérica se cierra con un capítulo dedicado a cuestionar la valía sin fisuras del boom (pp. 121 y ss.) con la verosímil tesis de que, junto a grandes estrellas del firmamento literario, pasaron también como literatura de primera calidad autores y obras menores.

El último bloque que encontramos bien diferenciado dentro del libro lo conforman los ensayos dedicados a Juan Goytisolo y la mitificación del orientalismo. En el capítulo dedicado a la ética y la estética de la investigación literaria (pp. 133 y ss.) recoge las reflexiones personales que le suscitaron el hacer un proyecto de investigación sobre Goytisolo, puesto que descubrió tres tipos de académicos: los que no se mojan en cuestiones delicadas y saben exactamente qué decir para seguir subiendo en el escalafón académico; los comprometidos pero que yerran al denunciar la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio, y los que honestamente buscan la llave de comprensión del problemas sin renunciar a la seriedad académica y sin dejar de denunciar las contradicciones evidentes que salen al paso. Por ejemplo, le parece evidente la influencia distorsionante que la obra de Said, Orientalismo, ejerció sobre generaciones enteras de investigadores y literatos como Goytisolo (pp. 143 y ss.), lo que lleva a que se pueda demonizar la reconquista de al-Ándalus sin decir una sola palabra de la conquista previa a la que fue sometida la Península por parte del Califato Omeya (pp. 155 y ss.).

En definitiva, la obra de la catedrática Inger Enkvist es una lúcida reflexión sobre algunos tópicos literarios y culturales del presente, apta para abrirnos los ojos o, al menos, para evitar que participemos acríticamente de las canonizaciones del establishment ambiente.

Rudyard Kipling en la Gran Guerra: literatura y propaganda

El siglo XX se inició bajo el signo de la pujanza germánica. El comunismo aún no había penetrado en Rusia —el triunfo de Lenin sería otra de las consecuencias imprevistas de la Primera Guerra Mundial— y el creciente poder de los Estados Unidos no situaba entre sus prioridades a la esfera europea.

El factor impredecible de la Historia acude de inmediato cuando pensamos en la extraña evolución de un siglo que ha sido bautizado justamente como «el siglo de la muerte programada». En el año 1900 todavía cabía esperar que una paz perpetua prosperara en todo el continente.

Rudyard Kipling.

El Imperio Austrohúngaro, después de tres décadas de fuerte crecimiento económico, seguía conformando el tapiz central de Europa. Alemania carecía de una proyección colonial notable, pero su músculo industrial resultaba indiscutible. La vieja Inglaterra despertaba de la época victoriana como la gran potencia marítima de la época. «Rule Britannia», cantaban los océanos mientras el suave tedio de una prosperidad moderada cundía entre los países.

Ignacio Peyró, en su espléndido prólogo a las Crónicas de Kipling, subraya la plácida atmósfera primaveral de este periodo. «Forma parte del acervo de las desilusiones humanas —escribe— que la Primera Guerra Mundial estallase en una cota nunca vista de optimismo histórico». La guerra de 1914 no solo destruyó las ensoñaciones de paz, sino que terminó —junto con su epílogo del 39 al 45— con la llamada «edad europea».

En 1916, más de medio millón de soldados franceses, británicos y alemanes murieron en Verdún y en el Somme

Fue una contienda larga y brutal que arrancó con el aplauso colectivo de los pueblos, convenientemente azuzados por la prensa nacionalista. «Por toda Europa —anota el historiador húngaro John Lukacs— había poblaciones desmoronadas, campos surcados por trincheras enormes, repletas de cuerpos heridos y cadáveres de cientos de miles de soldados. En 1916, más de medio millón de soldados franceses, británicos y alemanes murieron en Verdún y en el Somme».

Fue al mismo tiempo una guerra hondamente literaria; recreada, quiero decir, por la lúgubre escritura de unos jóvenes cuya vida se forjó entre las armas. Del Adiós a todo eso, de Robert Graves, a Tempestades de acero, el gran canto épico de Ernst Jünger, la experiencia bélica trastocó la Bildung de una generación que terminaría añorando —como en el caso de Joseph Roth— el papel sedante de los imperios. Porque lo característico de la Primera Guerra Mundial —o, al menos, uno de sus rasgos principales— fue el paso de un concepto antiguo de patria a uno moderno de nación, sujeto por tanto al poderoso dictado de las masas. «La época de las guerras de gabinete quedó atrás; ya solo hay guerras entre pueblos», había predicho a finales del siglo XIX Helmuth von Moltke el Viejo, vencedor de la Guerra Franco-Prusiana de 1870.

Y, en los enfrentamientos entre pueblos, las distintas narrativas nacionales asumen un protagonismo nuevo y creciente hasta el punto de que las ideas inculcadas en las masas terminan confundiéndose con la realidad. Cabe afirmar que en las guerras del siglo XX rigió una propaganda masiva que se construiría, como leemos en Sonámbulos, el fundamental libro del historiador australiano Christopher Clark, «a partir de fragmentos de experiencia amalgamados con miedos, proyecciones e intereses disfrazados de máximas».

Es probable que todavía esté por escribir una historia definitiva del papel de la prensa en la construcción de una narrativa del odio en Europa. Pero estas Crónicas de la Primera Guerra Mundial, soberbia recopilación de los ensayos periodísticos y reportajes que Rudyard Kipling escribió durante la contienda para el Daily Telegraph y los medios norteamericanos, ejemplifican la peligrosa mutación que se dio a principios de siglo. Si la Gran Guerra supuso, en palabras de Fritz Stern, «la calamidad de la que surgieron todas las demás calamidades», la sedimentación de una serie de relatos contrapuestos que degradan hasta animalizar al adversario —ahora ya enemigo— era esencial. La prensa nacionalista de los distintos países jugó un papel clave en este proceso, al tiempo que buscaban influir en la respuesta de los gobiernos y mantener alta la moral de los pueblos.

El soldado y escritor alemán Ernst Jünger utilizará precisamente el concepto de «movilización total» para cifrar el enorme esfuerzo colectivo —en realidad, sin precedentes en la historia— que abarcaba desde los rezos matutinos de los monjes a la portada de los periódicos vespertinos. La propaganda servía para trazar una línea nítida, que también era la de la frontera bélica. Y es paradójico comprobar que fuera precisamente Rudyard Kipling, cuya obra compendia como ninguna otra la arquitectura moral del XIX inglés, el autor elegido por Downing Street para abastecer a la propaganda británica de unas convicciones creíbles.

Tanto en Francia en guerra como en La guerra en las montañas, las dos series de reportajes que conforman esta magnífica edición de Fórcola, constatamos que «ambas piezas de propaganda —de nuevo con palabras de Ignacio Peyró— comparten el mismo fondo: la visión del campo de batalla como “la frontera de la civilización” que separa a “alemanes y seres humanos”». Para ello, la técnica literaria que emplea Kipling no solo entronca con la mejor tradición de la narrativa inglesa, cuya entonación litúrgica y sapiencial resulta indiscutible, sino que, crónica a crónica, adereza sus afanes guerreros con la atenta observación de la trágica realidad.

Hay una escena inolvidable en el libro, cuando el autor llega a Reims y ve, en uno de los pilares de la catedral, el perfil del cuerpo de un soldado impreso en negro sobre las piedras. «Hay mucha, mucha gente —escribe Kipling— que espera y suplica que estos signos sean respetados, al menos, por los hijos de nuestros hijos». La pregunta que se abre, sin embargo, es otra e incide en la peligrosa relación entre la literatura —o la intelectualidad— y los intereses propagandísticos del poder. Se trata de una cuestión central que atraviesa todo el siglo XX y llega hasta nuestros días en forma de esclusa moral. Sin duda Kipling, ajeno al futuro, desconocía el recorrido último de dichas preguntas. Pero la rara actualidad de este libro, pulcramente traducido por Amelia Pérez de Villar, apunta hacia esta intersección entre realidad y propaganda que alimentó esa enorme tragedia que fue el siglo XX.

Andrew Roberts. Napoleón

A primera vista, puede sorprender que un corso, al principio nacionalista, nacido en una familia con estrecheces económicas, apestada para unos políticos locales de una isla comprada por un nuevo país, se convierta con el paso de los años en uno de los hombres más poderosos de la historia. Es curioso cómo el transcurso natural de los acontecimientos, en ocasiones, se ve alterado por individuos que cambian el rumbo de una sociedad.

Se han escrito muchas biografías de Napoleón y probablemente se sigan escribiendo desde diferentes perspectivas porque su vida muestra cómo ascender socialmente y gestionar lo público. La biografía escrita por el historiador británico y miembro de la International Napoleonic Society, Andrew Roberts, está enriquecida por 33.000 cartas, inéditas hasta ahora, firmadas por el propio Bonaparte, pertenecientes a la Fondation Napoleon de París que ilustran de forma directa el carácter del francés con profusión de anécdotas y declaraciones.

Además, Roberts, para cumplir con su máxima de que «un historiador que no ha visitado el campo de batalla se parece a un detective que no se molesta en visitar el lugar del crimen», ha inspeccionado 53 de los 60 campos de batalla napoleónicos, realizado en barco el viaje hasta Santa Elena e investigado en 69 archivos, bibliotecas, museos e institutos de investigación de quince países diferentes durante más de seis años para escribir un relato de 748 páginas acompañadas por otras 144 páginas de notas, bibliografía, listas de artículos inéditos, ilustraciones, mapas y nombres.

La trayectoria de Napoleón sería inexplicable sin su fulgurante carrera militar. Roberts detalla cómo Bonaparte pasó cinco años y medio como subteniente, un año como teniente, dieciséis meses como capitán, solo tres meses como mayor, nada de tiempo como coronel y tras haber permanecido de permiso cincuenta y ocho de sus noventa y nueve meses de servicio, con menos de cuatro años de servicio activo, el francés fue ascendido a los veinticuatro años a general. El historiador británico muestra cómo trasladó al campo de batalla lo que otros habían ideado, como el bataillon carré, propuesto por Guibert y Bourcet, o el sistema de cuerpos militares, que permitía a los batallones hacer un movimiento de 90º en el frente.

Napoleón participó en sesenta batallas y asedios y perdió siete enfrentamientos. En opinión del autor, «su sentido para el combate y su capacidad para tomar decisiones mientras, fueron extraordinarios», y afirma que le sorprendió en sus viajes a los campos de batalla «su instinto para la topografía, su precisión a la hora de calcular distancias y elegir escenarios y su planificación». Los diferentes movimientos de las batallas están minuciosamente descritos y explicados en el libro. Es de agradecer los 29 mapas con los que cuenta el libro para entender mejor los enfrentamientos, el movimiento de los ejércitos y los cambios en las fronteras políticas ya que, en algunos casos, la profusión de datos puede hacer confusa la lectura.

Napoleón muestra cómo el buen resultado de muchas de sus campañas, en las que eran habituales la falta de suministros y la propagación de enfermedades, se debe a su instinto para las relaciones públicas. El libro estudia la importancia que Napoleón daba al uso de aniversarios y distinciones para fomentar la adhesión al emperador y al régimen. El autor muestra cómo Bonaparte, durante sus años en el poder, nombró 3.263 nobles, de los cuales el 59% fueron militares, el 22% fueron funcionarios y un 17% personalidades destacadas, con el objetivo de lograr una meritocracia.

En una de sus cartas, el francés consideraba que «la opinión pública es un poder invisible, misterioso e irresistible» y que «nada es más volátil, más vago, nada más fuerte. Siendo así de caprichosa, no obstante es más sincera, razonable y acertada de lo que se podría pensar». Su conocimiento de este poder le llevo a constituir una férrea censura en los medios, un poderoso servicio de inteligencia y la publicación de boletines para sus tropas con los que fomentar el esprit des corps.

Un interés por la opinión pública que desvela el carácter de misión que tenía su régimen ilustrado, tanto dentro  como fuera de sus fronteras. El autor señala que Napoleón era «un intelectual en sentido pleno, y no solo un intelectual entre los generales. Había leído y anotado la mayoría de los libros más profundos del canon occidental. Era un entendido, crítico, incluso teórico amateur en tragedia dramática y música, abogaba por la ciencia y se relacionaba con astrónomos; disfrutaba de prolongadas discusiones teológicas con obispos y cardenales, y no se desplazaba a ningún lugar sin la compañía de su extensa y bien provista biblioteca».

Roberts muestra cómo tras cada conquista buscaba modernizar las leyes del país, contactaba con intelectuales y trataba de llevar a París sus obras de arte, siendo la campaña en Egipto el ejemplo paradigmático. En opinión del autor, Napoleón supo distinguir los mejores aspectos de la Revolución francesa —la igualdad ante la ley, el gobierno racional, la meritocracia— de los negativos, por lo que Napoleón «no fue un dictador totalitario, y no mostró ningún interés en controlar todos los aspectos de la vida de sus súbditos. A pesar de ejercer el poder en un grado excepcional, no lo hizo con crueldad o ánimo vengativo». El historiador considera que la crítica más frecuente contra Napoleón es la invasión de Rusia, a la que responde que el objetivo del francés era cumplir los acuerdos de Tilsit para continuar con el bloqueo comercial a Inglaterra y no conquistar territorialmente el país eslavo.

Andrew Roberts ha logrado con esta obra darnos a conocer a la persona que hay detrás de la propaganda con sus miedos, intereses y cálculos para lograr sus fines. Y lo ha hecho manteniendo el ritmo narrativo durante todo el relato, especialmente durante el golpe de estado en el parlamento y la campaña rusa. Merecidamente ha logrado el Grand Prix Fondation Napoleon 2014 y Los Angeles Times Biography Prize 2015 por cómo este libro hace amena, con un gran rigor documental, la vida del pequeño corso.

Andrés Trapiello, Sólo hechos

Publica Andrés Trapiello (1953) el volumen número veinte de sus diarios, a los que ha dado el título genérico de Salón de pasos perdidos, cuya primera entrega, El gato encerrado, es de 1990. La literatura memorialística, y de manera especial los diarios, son una de las tendencias más sobresalientes y novedosas de la literatura española última. La nómina de escritores que cultivan de manera asidua los diarios, con gran calidad, no para de crecer. Junto con Trapiello podemos destacar a José Luis García Martín, Iñaki Uriarte, Valentí Puig, José Carlos Llop, José Jiménez Lozano, Miguel d’Ors, Karmelo C. Iribarren, Enrique García-Máiquez, Ramón Loureiro, Gabriel Insausti… Para todos ellos, el diario no es un género secundario o menor, sino un género autónomo, independiente que se convierte —por ejemplo, en Trapiello o José Luis García Martín— en lo que más y mejor define su literatura.

Es un género que se adapta muy bien a los tiempos que estamos viviendo, en los que se aprecia una cierta saturación de la literatura de ficción (sobre todo de la más comercial). Además, los diarios reinterpretan en clave individualista y concreta lo que está pasando y sucediendo en la realidad inmediata. También los diarios provocan una especie de adicción lectora, pues la mayoría de los autores publican asiduamente sus volúmenes en las mismas colecciones y editoriales, con temas e ideas más o menos parecidos, que son leídos por unos lectores que, por diferentes motivos, han conectado con esos autores, y a los que agradecen su constancia porque su lectura provoca un provechoso y fructífero diálogo.

En esta nueva entrega, referente al año 2006, volvemos a entrar en el ya conocido territorio Trapiello. Vuelve a escribir sobre su vida doméstica, con episodios que hablan de la relación con su mujer, M., con sus hijos y, en este volumen, de manera especial con su madre y con su hermano mayor enfermo; sus estancias en su casa de Las Viñas, Cáceres; su crítica visión del mundo literario; sus opiniones —casi siempre negativas— sobre algunos escritores con los que mantiene algunas controversias públicas; interesantes valoraciones de los libros que está leyendo y de algunos sucesos culturales y sociales; sus paseos por el barrio donde vive y algunos percances con sus vecinos; aparecen muchos encuentros con sus amigos (con algunos de ellos hace una visita a la casa del pintor Ramón Gaya, fallecido un año antes, para estar con su viuda); comentarios sobre algunos sucesos de actualidad; sus frecuentes visitas al Rastro madrileño, donde se mueve como pez en el agua en un escenario repleto de escenas y personajes muy literarios… A esto se añade el relato de algunos viajes y conferencias para presentar sus libros, emotivos encuentros con algunos escritores (como el que tuvo en Barcelona con Ramón Carnicer, ya muy mayor y enfermo). De vez en cuando la narración se interrumpe con algunos aforismos: «Nada tan triste como cuando uno siente vergüenza ajena de sí mismo».

Son frecuentes también las referencias a los dos libros que publicó ese año: Imprenta moderna, una historia de la tipografía española, que provocó algunas críticas negativas que Trapiello recoge, y El arca de las palabras, donde reunió las colaboraciones que desde el 23 de abril de 2004 al 23 de abril de 2005 publicó en La Vanguardia día tras día, en las que, acompañado por el Diccionario ilustrado de la lengua castellana, de Saturnino Calleja, en una edición de 1919, fue seleccionando las palabras de ese diccionario que más le llamaban la atención para escribir, a partir de ellas, un breve comentario personal, muy en la línea de lo que suele escribir en sus diarios.

Todo cabe en las páginas de Sólo hechos, lo que hace que su lectura sea amena: encuentros inesperados, conversaciones fugaces, perspicaces pensamientos poéticos, eruditas digresiones literarias (muy aguda su valoración del escritor Henry James y de la novela Madame Bovary, de Flaubert), descripciones muy logradas (como la del restaurante Pereira), evocaciones nostálgicas (como la que hace de un antiguo zapatero), magníficos retratos, opiniones nada complacientes con el mundo cultural actual (sobre el arte vanguardista o el feminismo radical como vara de medir la calidad literaria), divagaciones sobre la escritura de estos diarios, etc.

Por ejemplo, esta descripción de unos edificios que ve desde la habitación de un hospital: «De la lluvia, hay filtraciones de agua, con sus churretes, por todas partes. Abajo, en el patio, árboles sin hojas, y otros con hojas raquíticas, y un césped parduzo. Pese a los colores mondrianescos de los toboganes, columpios y demás artilugios, todo en el patio es de una gran tristeza, como si fuese ese el patio de unos apartamentos de dirigentes soviéticos».

También hay momentos con los que los lectores pueden disentir con el autor, bien por sus contundentes y maliciosas opiniones sobre algunas personas (sobre todo, escritores), bien por sus irónicas críticas a determinadas instituciones.

Una vez más, interesa más cómo cuenta las cosas que el qué cuenta. Trapiello, el auténtico personaje-protagonista de estos diarios, es capaz de escribir de cualquier asunto —desde una mínima preocupación familiar a un incidente con los mendigos de su barrio— con una exigente, versátil y cervantina calidad literaria donde no falta su sarcástica visión de la realidad.

Juan Meseguer: «Pensamiento crítico»

La opinión pública está cada vez más enardecida y en el debate sobra pasión y emoción: lo que faltan son argumentos. Las tendencias populistas y un ambiente extremadamente sentimental han soslayado la racionalidad del discurso público. De ahí que un libro como este, que reivindica la actitud crítica, haya de ser bienvenido y recomendado para elevar el nivel de discusión en la esfera social.

Meseguer, redactor jefe de la agencia Aceprensa, recapacita sobre la dimensión pública de la racionalidad y afronta la vulnerabilidad del ser humano a la manipulación. Es muy interesante que en el debate actual diferencia entre tolerancia y relativismo y reflexione sobre el pluralismo democrático. El libro tiene, así, dos perspectivas completamente integradas: de un lado, la teórica, que profundiza sobre el debate y la formación de la opinión hoy, ofreciendo un diagnóstico de su situación; de otra, la práctica, que orienta al lector sobre la manera de no sucumbir a la sofística actual y el modo de ejercitar un sano —y liberador— sentido crítico.

Desde este último punto de vista, se agradece el accesible tono expositivo, la sencillez de las explicaciones y lo claramente estructurados que están los capítulos y las partes del libro. Era lógico que así fuera en unas páginas que pretenden aportar y enseñar a buscar la claridad, con un marcado carácter didáctico y especialmente indicadas para universitarios y jóvenes, aunque ciertamente no está desaconsejada su lectura para aquellos lectores de mayor edad que requieren de una suerte de antídoto para combatir la manipulación emocional de la esfera pública.

Meseguer ilustra en estas páginas, en definitiva, el clásico ejercicio del sentido común, que no se deja embarullar en un discurso marcado por las cifras o las opiniones mayoritarias, sino que encuentra su libertad en la verdad. No es de extrañar que convoque para expresar sus puntos de vista a un prestigioso elenco de referencias y fuentes, como Newman, Orwell o Chesterton. Como ellos, el autor invita a que el lector se embarque personalmente en una nueva búsqueda de la verdad, desinteresada, y recupere la noción de realidad que hoy, en un contexto cada vez más virtual, rápido y desenfadado, se ha, para nuestro infortunio, perdido.

Pongamos, por ejemplo, el concepto de tolerancia. Lo paradójico es la defensa que el intolerante hace de su necesidad, pues un análisis menos superficial revela que la tolerancia no es aceptar toda opinión, igualarla; tampoco apoyar lo que se antoja contrario a otro tipo de convicciones. La tolerancia exige respetar a la persona del otro, respetar también su libertad; pero este respeto no está reñido con la discusión. Un filósofo recientemente fallecido comentaba que la mejor forma de respetar a las personas es refutar sus argumentos y ayudarlas a salir de su error. Una tolerancia mal entendida —como ocurre con demasiada frecuencia hoy— no funda la convivencia, sino que exige la indiferencia hacia los demás y poco a poco enclaustra a cada individuo en su propia cosmovisión.

La tolerancia sana, virtuosa, permite rebatir los argumentos y necesita del uso de la razón para que florezca un verdadero diálogo. Esta dinámica de respeto y argumentación racional comporta un enriquecimiento recíproco, pues las verdades de cada uno de los implicados en el discurso terminan armonizándose y eludiendo el conflicto. Solo es posible el diálogo si existe una verdad y si esta resulta accesible a la razón humana, extremos que niegan las filosofías relativistas y las concepciones buenistas de tolerancia. Por eso en el diálogo no se puede concluir con un «yo lo veo así». De otro modo, la opinión se personalizaría, por así decir, y la persona se estancaría en el radicalismo, surgiendo la posibilidad, tan real, de considerar lo que es una argumentación un hiriente ataque personal.

A ello se suma otro ejemplo, igualmente inquietante: la igualdad de las opiniones. En una sociedad moderna está garantizado el derecho de todo individuo a pensar libremente. Pero, como se indicaba, el respeto al otro no comporta necesariamente que los valores y las opiniones de todos sean igualmente válidas. Creerlo así supondría perder el criterio diferenciador entre verdad y mentira.

De entre los modos de armar en el individuo una actitud crítica, a mi juicio resulta interesante la reivindicación que se hace en estas páginas del silencio. Pues el ruido ambiental al que estamos sometidos —un fenómeno que cada vez parece ocupar más la atención de psicólogos y expertos— no es solo molesto desde un punto de vista meramente sensitivo. Ese ruido distorsiona nuestra manera de ver las cosas y transforma nuestro interior. Para el autor, la posmodernidad, por la falta de tiempo, sus ritmos vertiginosos y sus mecanismos de distracción, constituye el principal obstáculo para el ejercicio y desarrollo de la actitud crítica; el revulsivo, como es obvio, está en un mayor cultivo de la interioridad, el silencio, la contemplación y la lentitud. La reflexión y el diálogo interior son así el primer paso para liberarnos de las cadenas de la manipulación.

El libro termina con dos capítulos dedicados a la universidad. Meseguer diferencia entre el mero acopio de la información y la formación intelectual y reivindica la universidad como sitio o lugar en el que la persona encuentra un nicho óptimo para desarrollarse y para comprometerse en la búsqueda de la verdad y en el ejercicio riguroso de la razón. La universidad, en su sentido clásico, humanista, es un bálsamo para el espíritu, una fuente sanadora para el pensamiento y la cuna de la actitud crítica, es decir, el emplazamiento que orienta al hombre en la búsqueda liberadora de la verdad.

Benedicto XVI, Últimas conversaciones con Peter Seewald

El último diálogo entre Peter Seewald y el ahora papa emérito tiene mucho menor calado teológico y filosófico, pero mayor profundidad biográfica y trasluce en sus páginas un calor humano, la afectuosa cercanía de quien se ha considerado siempre, con humildad, un servidor de la Iglesia. No hace falta recordar los méritos intelectuales de Benedicto XVI, pero la entrañable conversación con este anciano de blanco se antoja, a nosotros, lectores inmersos en una sociedad posmoderna y superficialmente vertiginosa, un bálsamo o una suerte de lenitivo que calma nuestras ansiedades y nos redimensiona en lo eterno. Esto sería suficiente para recomendar su lectura.

Quien conozca la trayectoria de Benedicto XVI no encontrará en estas páginas ningún dato desconocido, aunque sí tomará conciencia de lo que supone la fidelidad a una vocación. Benedicto XVI explica su renuncia —tan polémica en los medios— como una decisión que no debe interpretarse en función de criterios mundanos ni de luchas de poder, ni tan siquiera como una abdicación de responsabilidad, ni una respuesta a determinadas presiones. Fue una respuesta sobrenatural —y libre, absolutamente libre, insiste— y fiel, y muestra la confianza de este papa bávaro en los planes de Dios y la intimidad que tiene con Dios, así como su voluntad de «no renunciar a la cruz».

La transición entre los pontificados de  san Juan Pablo II, Benedicto XVI  y Francisco no revela cesuras ni golpes de timón

Frente a quienes gustan de las comparaciones —entre san Juan Pablo II y Benedicto XVI y entre este y Francisco—, la transición entre estos tres pontificados no revela cesuras ni golpes de timón. Sí hay cambios de acento, como explica Benedicto XVI, consecuencias no de innovaciones ni revoluciones, sino que nacen como fruto de diversas misiones. También en su retiro en Mater Eclesiae Benedicto XVI continúa su ministerio y ofrece un testimonio de vida que encarna con el bello ejemplo del silencio el reto de mostrar al mundo la centralidad de la fe. Ahora este hombre, incómodo ante multitudes, disfruta de un «contacto más íntimo y cercano» con el Señor.

Confiesa que, al ser elegido papa, consideró que su principal misión era reubicar de nuevo el tema «Dios y la fe». Es de esta cuestión, central para la vida religiosa y para la Iglesia, de donde nacen las aportaciones principales de su pontificado —ecumenismo, razón y fe, el cristianismo en la cultura, la nueva evangelización—, los textos magisteriales y encíclicas e incluso su investigación sobre Jesús.

Como explica, valiéndose de sus extraordinarias dotes docentes, entiende la fe como iluminación y, en efecto, también ahora su figura se manifiesta reveladora y profunda. Con la ayuda de siempre directas preguntas de Seewald, Benedicto XVI repasa los principales hitos de su trayectoria de servicio. Y lo que destaca en ellos no son las cada vez más altas responsabilidad que asumió este inquieto y perspicaz teólogo sino la combinación en su existencia de la rigurosa investigación teológica y la sencilla y tradicional vida de piedad.

Las aportaciones de Ratzinger a la teología han sido muy relevantes, como es conocido. Cierto es que le tocó la tarea de modernizar y adaptar la investigación teológica en un momento en que esta se había anquilosado. Por eso, en su momento, el autor de Introducción al cristianismo, que se apartaba de la neoescolástica, fue considerado progresista. Pero aclara: la intención no era cambiar la teología, ni su trabajo estaba marcado por raptos antidogmáticos, sino que nacía de su compromiso eclesial. «La teología sin Iglesia se convierte en un discurso hecho en nombre propio y entonces deja de tener relevancia», sostiene. Sin duda, en su labor teológica, Ratzinger ha combatido el ensimismamiento que acecha al teólogo. Seewald no orilla la pregunta por H. Kung, compañero suyo, y explica que, a su juicio, la teología deja de serlo cuando se dedica a reflexionar sobre sí misma y abandona su finalidad: la de profundizar en la fe de la Iglesia.

Es este prisma el que hay que tener en cuenta para ponderar las aportaciones de Ratzinger al concilio y su intervención junto al cardenal Frings; la pretensión del concilio no fue modificar las cosas, sino que existía una sincera voluntad de profundizar en la fe y renovarla. A tenor de su participación en el concilio se entiende mejor su tesis sobre las diversas hermenéuticas —continuidad y ruptura— y sobre todo exige tener en cuenta la distinción debido, precisamente, a su activa implicación en la teología conciliar. Realista como es, Benedicto XVI no duda en señalar que el principal error del concilio fue no haber pensado en las consecuencias fácticas y en las repercusiones prácticas que tendría.

El recorrido biográfico lo concluye Seewald preguntando al papa emérito por los asuntos más complicados que tuvo que afrontar durante su pontificado. Las preguntas pueden parecer incómodas, pero la valentía a la hora de responderlas y no soslayarlas, así como la sencillez con que el papa explica las decisiones o aclara determinadas situaciones, ha de ser considerado como un ejercicio de transparencia de una honestidad intachable. Benedicto XVI no es un burócrata; tampoco un hombre deseoso de poder y reconocimiento y cualquiera que lea estas páginas puede convencerse de ello, sino un intelectual en el que la investigación y la vida están estrechamente intrincadas; un hombre de fe prudente y sabio.

Olegario González de Cardedal y su «Ciudadanía y cristianía»

Olegario González de Cardedal es para muchos el teólogo español contemporáneo por antonomasia. Característica (esta de la antonomasia) que se refiere no solo a su consideración de reputado teólogo que ha recibido el premio de teología Joseph Ratzinger en su primera convocatoria (2011), sino también a su condición de «teólogo español». En efecto, siendo un intelectual que no se puede decir que no haya salido de su rincón salmanticense (Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos han estado presentes en su formación), hunde sus raíces en su condición hispánica. La dedicatoria de este libro a don Baldomero Jiménez Duque (1911-2007) y don Alfonso Querejazu Urriolagoitia (1900-1974) habla de Ávila, espiritualidad, diálogo fe-razón, trasfondos todos explicativos de esta y otras obras suyas, más que de referencias basadas en las notoriedades o en las filiaciones académicas.

Así, Ciudadanía y cristianía resulta ser la exposición e historia de la conciencia católica en este último medio siglo, vista desde España, aunque con todos los antecedentes y todas las conexiones pertinentes con Europa y con el mundo, inevitables siempre y obligatorias, por definición, cuando se trata de religión católica.

La obra se compone de dos partes. La primera, inédita, «Los subsuelos nutricios de la ciudadanía» (pp. 33-195), y la segunda, colección de trabajos publicados previamente, «Situaciones y exigencias de la cristianía» (pp. 199-340).

Empieza recordando que la categoría de ciudadanía es esencial a la democracia: «Con ella entendemos el estatuto que se concede a los miembros de pleno derecho de una comunidad en la que todos son iguales en cuanto a los derechos y obligaciones que implican esa pertenencia» (p. 33).

A partir de aquí, explora la situación actual de los «subsuelos nutricios de la ciudadanía»: cultura, religión, ética y política. Una exposición e historia matizada, que no resumo para no trivializarla: hay que leerla. Desde luego, nuestra Europa y nuestra España poscristianas se ven afectadas por la tentación de excluir del pleno derecho a los cristianos y a los creyentes en general. Por eso, González de Cardedal mira con evidente simpatía la posición actual del filósofo agnóstico alemán Jürgen Habermas, del que transcribe toda una página sobre la posición de la filosofía al respecto:

«Como teoría política normativa, primeramente tiene que revisar aquella comprensión del poder estatal secularizado y del pluralismo religioso que podría desterrar a las comunidades religiosas del ámbito político público al dominio privado. Más allá de esto, la filosofía se ve provocada en su rol de herencia de la Ilustración europea. ¿Qué significa para ella, como “guardiana de la racionalidad”, la circunstancia de que las comunidades religiosas y las doctrinas religiosas, con su enraizamiento arcaico en prácticas de culto en medio de la modernidad social, parezcan afirmarse como una figura del espíritu, actual y culturalmente productiva? La filosofía tiene que sentirse acosada por esta contemporaneidad de la religión por cuanto una relación al mismo nivel transformaría a fondo la constelación habitual desde el siglo XVIII. Desde esa época, la filosofía codo con codo con las ciencias ha tratado la religión, o bien como un objeto opaco, y por ello necesitado de explicación (así Hume aproximadamente), o bien la ha conducido a su propio objeto filosófico como una figura del espíritu, pasada pero transparente (así desde Kant a Hegel). ¿Cómo tendría que entenderse, por el contrario, una filosofía que trate la religión no como una figura del pasado sino como una figura en el presente, por ahora opaca como ha sido siempre?» (Mundo de la vida, 13) (p. 180).

Volvamos al principio. González de Cardedal nos dice que el cristianismo determina tanto la orientación como la realización de la inteligencia y de la libertad del ser humano (cristianía) (p. 26). Lo que es verdad. Entiendo, pues, que el marco en que se quiere desenvolver el volumen es el de la pregunta sobre cómo se conjuga que el ciudadano no creyente no discrimine al ciudadano creyente y que los creyentes respeten al no creyente que no participa de la iluminación que el creyente propone.

(Un paréntesis: en cuanto a término, yo prescindiría del neologismo «cristianía», pues unido por la copulativa a «ciudadanía» sugiere una equivalencia de categoría semántica que lleva a confusión: hay ciudadanía de creyentes y de no creyentes, de cristianos y de no cristianos, etc., pero, naturalmente, no hay que optar entre ser ciudadano o cristiano. El título Ciudadanía y fe cristiana me hubiera gustado más.)

La segunda parte, compuesta como se ha dicho por trabajos previos, contiene elementos para abordar la respuesta a la cuestión, pero no lo hace de un modo sistemático. Se habla de la Europa de estos años, de la historia de los últimos papados, de la Iglesia de hoy y del futuro, en general y en el caso concreto de la Iglesia en España. La moderación, la claridad y el buen sentido siguen siendo el denominador común de todos los textos.

Pero hay dos páginas (306 y 307) que ofrecen los límites hermenéuticos de todas las posibles interpretaciones de la historia y de los conflictos subyacentes que se nos cuentan. En ellas dice González de Cardedal:

«La Iglesia no conoce de antemano los acontecimientos de la historia: solo la meta anticipada como promesa en la resurrección de Cristo. Cada siglo tiene su novedad insospechable, con la correspondiente gracia de Dios y la correspondiente gracia dada a la Iglesia, para que pueda realizar su misión en él. Por eso, en un sentido, nada nuevo le puede sobrevenir y, en otro, todo puede ser nuevo para ella: también en España en el siglo XXI, su misión es eternamente la misma: 1) ser Iglesia de Dios en Cristo; 2) por el Espíritu para los hombres; 3) desde el evangelio para la vida del mundo. Por eso vive en perenne atención a lo que dice el Espíritu a las iglesias, a lo que piensan sus mejores hijos y a lo que los seres humanos esperan de ella.

[…]. Lo más grave que le puede acontecer a la Iglesia es perder la confianza en el valor absoluto de lo que lleva entre manos y como consecuencia en sí misma. Ella es comprendida en el Nuevo Testamento como “familia de Jesús”, “plenitud de Cristo” y “fundamento de verdad”. Solo de esta forma podrá cumplir fielmente su misión y superar el máximo peligro y tentación: sucumbir a una secularización interna de sí misma, por asimilación a la cultura atea ambiental y aceptar vivir en el mundo como si Dios no existiera».

Nadie habrá entendido que el subtítulo que pone González de Cardedal a este gran libro (una lectura de nuestro tiempo) significa una lectura moderna o progre. Significa, claro, que nuestro tiempo es el objeto de su lección.


Olegario González de Cardedal: Ciudadanía y cristianía. Una lectura de nuestro tiempo (Madrid: Encuentro, 2016).