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Azorín: el hombre que nos enseñó a leer

José Martínez Ruiz (Monóvar, 1873–Madrid, 1967) pasó toda su vida rodeado de libros. Desde que vino al mundo y fue consciente de ello, el niño que años después se convertiría –previa adopción del apellido de uno de sus personajes como seudónimo– en un reconocidísimo escritor, vivió en un ambiente que, si no determinó de forma irremediable su destino (fue el mayor de nueve hermanos y el único que se dedicó a la literatura), sí debió de influir de manera decisiva a la hora de moldear su carácter y predisponer su ánimo. De hecho, así nos lo dio a entender él mismo en una pasaje de sus Memorias inmemoriales (1946) en el que, hablando de su niñez, recuerda una costumbre paterna –la de sentarse todas las noches a leer un rato, antes de cenar– que, sin ninguna duda, tuvo mucho que ver en su temprana afición a la lectura y en su, por entonces todavía muy incipiente, vocación literaria.

Azorín: Libros, buquinistas y bibliotecas. Fórcola, 2014

A lo largo de su longeva y fecunda existencia, Azorín dejó repartidas aquí y allá, entre las páginas de los periódicos y de sus libros, multitud de reflexiones gracias a las cuales podemos seguir la evolución de esta de la prematura e incurable bibliofilia de la que fue «víctima». Aunque repasarlas todas me resultaría tarea imposible, sí quiero rescatar aquí alguna anécdota que, si no para conocer al personaje en profundidad, sí puede servir, quizá, para que el lector que se adentra por primera vez en esta faceta de su obra pueda captar rápidamente el alcance de esta pasión azoriniana por el libro y por la lectura.

El punto de arranque del breve repaso que pretendo dar lo voy a situar en uno de los cuentos de Azorín incluidos en Bohemia (1897), uno de los primeros libros que publicó. En el relato autobiográfico que da nombre al volumen, subtitulado Fragmentos de un diario, el autor nos habla en primera persona de su día a día en el Madrid de fin de siglo, donde el joven Martínez Ruiz llegó –como tantos otros aspirantes a escritores– procedente de la periferia española con la loable intención de hacer realidad el sueño de vivir de la pluma. Como recordó en varios pasajes de sus libros memorialísticos, los primeros pasos en el oficio fueron bastante duros, pues a la dificultad –o más bien, la imposibilidad– de conseguir que los periódicos pagarán sus colaboraciones, se añadía la de tener que administrar los escasos ingresos con los que contaba. Así lo explica en dos entradas de ese diario ficticio en las que confiesa cómo, incluso en esos momentos de escasez y penuria, en los que tuvo que renunciar a casi todo, no se pudo privar de la compañía de un libro:

12 marzo. – Como allí [en los periódicos] no me dan nada, y además, lo poco que, a fuerza de mil penalidades, me manda mi pobre madre he tenido que gastarlo casi todo en pagar este cuartejo que habito y en comprarme alguna ropa… no me quedan más de quince pesetas para mantenerme durante treinta días. Por lo pronto, lo que voy a hacer es no gastarme un céntimo en nada… ni periódicos, ni revistas, ni libros. Ya sé que esto me será un poco difícil, porque yo soy capaz de quedarme sin comer por comprar un volumen nuevo, pero quitaré la ocasión, es decir, no pasaré por las librerías ni llevaré cuantioso caudal en el bolsillo.

 

13 marzo. – Esta mañana he entrado en una librería a comprar un periódico francés (“un periódico no es nada”, decía yo). Aprovechando la ocasión, me he puesto a examinar unos libros nuevos, y… ¡lo que temí!, no sé lo que ha pasado por mi cabeza… me he ofuscado… la herencia de mi padre el bibliófilo y de mi abuelo el coleccionista de estampas… El caso es que he salido con dos tomos de cubierta amarilla, olorosos, debajo del brazo. (Ya los he puesto en la lista de libros comprados durante el año).

 

Me quedan cinco pesetas.

La segunda parada en este fugaz recorrido me lleva al que quizá sea uno los episodios más llamativos en la historia de la relación de Azorín con los libros: un impagable pasaje de Las confesiones de un pequeño filósofo (1904). Ahí, en un breve capítulo de esta novela autobiográfica, titulado Mis aficiones bibliográficas, el protagonista describe con minuciosidad un episodio revelador, acontecido durante una jornada en el Colegio de los Padres Escolapios de Yecla donde, de adolescente, nuestro autor pasó varios años internado como estudiante. La escena es más o menos la siguiente: el maestro, siempre vigilante y represor, se ha ausentado de clase durante un momento. Mientras sus compañeros aprovechan este vacío de autoridad temporal para organizar un pequeño caos, corriendo de un lado a otro del aula y subiéndose a los pupitres, el joven Martínez Ruiz prefiere aprovechar ese lapso de libertad para, a pesar de las condiciones, concentrar su atención en un libro cuya lectura le tiene atrapado. En medio de aquel alboroto, logra avanzar alguna página hasta que, de pronto, algo interrumpe bruscamente ese instante de felicidad suprema:

Hace un momento ha salido el maestro; no hay nada comparable en la vida a estos breves y deliciosos respiros que los muchachos tenemos cuando se aleja de nosotros, momentáneamente, este hombre terrible que nos tiene quietos y silenciosos en los bancos. A las posturas violentas de sumisión, a los gestos modosos, suceden repentinamente los movimientos libres, los saltos locos, las caras expansivas. A la inacción letal, sucede la vida plena e inconsciente. Y esta vida, aquí entre nosotros, en esta clase soleada, en este minuto en que está ausente el maestro, consiste en subirnos a los bancos, en golpear los pupitres, en correr desaforadamente de una parte a otra.

 

Sin embargo, yo no corro, ni golpeo; yo tengo una preocupación terrible. Esta preocupación consiste en ver lo que dice un pequeño libro que guardo en el bolsillo. No puedo ya hacer memoria de quien me lo dio ni cuándo comencé a leerlo, pero sí afirmo que este libro me interesaba profundamente, porque trataba de brujas, de encantamientos, de misteriosas artes mágicas. ¿Tenía la cubierta amarilla? Sí, sí, la tenía: este detalle no se ha desaferrado de mi cerebro.

 

Y es el caso que yo comienzo a leer este pequeño libro en medio de la formidable batahola de los muchachos enardecidos; nunca he experimentado una delicia tan grande, tan honda, tan intensa como esta lectura… Y de pronto, en este embebecimiento mío, siento que una mano cae sobre el libro brutalmente; entonces levanto la vista y veo que el bullicio ha cesado y que el maestro me ha arrebatado mi tesoro.

 

No os diré mi angustia y mi tristeza, ni trataré de encareceros la honda huella que dejan en los espíritus infantiles, para toda la vida, estas transiciones súbitas y brutales del placer al dolor. Desde la fecha de este caso he andado mucho por el mundo, he leído infinitos libros; pero nunca se va de mi cerebro el ansia de esta lectura deliciosa y el amargor cruel de esta interrupción bárbara.

La última anécdota con la que quiero ilustrar este amor azoriniano a los libros, y en particular a los libros de viejo, tiene lugar en París, donde Azorín viaja en 1918 como enviado especial del diario ABC para cubrir los ataques aéreos alemanes en el contexto de la Primera Guerra Mundial. En la primera de las crónicas escritas durante esa estadía, luego recogidas en el volumen París bombardeado (1919), nuestro autor narra su primera tarde en la capital francesa y su primera salida del hotel en el que se halla hospedado. Una vez más, y pese a que el contexto –una ciudad en la que el despertador de cada mañana es el estruendo provocado por la bombas que caen sin descanso– no es el más propicio para las aventuras, no puede reprimir sus deseos y, antes que dar un paseo para estirar las piernas, opta por coger el primer taxi disponible e ir en busca de materia prima. Cual adicto necesitado de su particular droga, el organismo de Azorín le pide a su dueño respirar el aire de una librería de lance para llenar sus pulmones y que sus sentidos disfruten a la vez con la vista, el olor, el tacto y hasta casi el gusto, de un ejemplar antiguo:

He salido del hotel, por primera vez, a la tarde, después de escribir mi artículo. Ya sabía dónde tenía que ir; el deseo de visitar las librerías me impulsaba vehementemente. ¿Habrá hombre sin una pasión, sin una tendencia, sin una preocupación? La mía son los libros; he de llevar al tanto todo cuanto se publica en Francia y en España. No hay mayor gusto, no hay mayor fullería para el espíritu –decía nuestro Gracián– que “un libro nuevo cada día”. Pensando en este aforismo, impelido instintivamente, he tomado un automóvil público.

 

[…] Hemos cruzado el Sena; hemos atravesado una ancha plaza; de pronto, nos detenemos. Veo escaparates repletos de libros, y libros de todas clases, chicos y grandes, con cubiertas de todos los colores, colocados en anaqueles y muestrarios al alcance de la mano. La librería es como un pequeño porche, un lugar abierto en el que los transeúntes entran y salen a su placer, sin saludar, sin decir nada, sin pedir permiso a nadie. La gente circula por entre los montones de libros; toma unos; deja otros; lee un rato; curiosea a su sabor. ¡Qué encanto el de las librerías francesas tan fáciles y libres para todo aficionado a las novedades bibliográficas! Experimento al entrar en ésta una profunda emoción; el alcohólico, ávido de alcohol, y a quien se le introdujera en una espléndida botillería, no sentiría cosa diversa. Aquí están, al alcance de mi mano, las bellas ediciones en tiradas limitadísimas, estampadas en ricos papeles, que no llegan a Madrid. Voy de una parte a otra; tomo y dejo precipitada y nerviosamente los exquisitos y primorosos volúmenes; parece que me va a faltar tiempo para verlos todos, o que se los van a llevar todos antes de que yo los vea. Las encargadas de la tienda, lindas muchachas, sonríen viendo mi precipitación y mi ansiedad.

Evidentemente, son solo tres fragmentos aislados procedentes de tres momentos distintos de la vida de Azorín, pero no nos hacen falta más para reconocer que nos encontramos ante un auténtico bibliófilo que, si algo demostró a lo largo de su vida, fue un amor infinito e incondicional hacia los libros. En realidad, lo verdaderamente importante es que sirva como excusa para que usted, amable lector, descubra por sí mismo los secretos –y les garantizo que son muchos– que todavía guarda la inagotable obra de este genial e injustamente postergado escritor. Un hombre sensible e inteligente, profundamente curioso, que se pasó la vida leyendo y que, queriéndolo o sin quererlo, también nos enseñó a leer.

Austria o el hundimiento de la gran coalición

Viena, 9-12-2016. La elección del ecologista Alexander Van der Bellen como nuevo presidente de Austria el domingo 4 de diciembre fue una sorpresa relativa (53,8% de votos a favor).

Sin necesidad de sondeos demográficos no era difícil adivinar que el joven Norbert Hofer (cuarenta y cinco años de edad) volvería a perder las elecciones que ya había perdido en mayo. Entonces los resultados fueron anulados por el Tribunal Constitucional. La anulación no había sido fallo judicial político, sino una decisión de sentido común por parte de un colegio de catorce jueces que con seguridad no eran personas afines a Hofer. Fue debido a irregularidades formales y menos formales registradas el día de las elecciones. La repetición fue una necesaria aunque dolorosa reprimenda a algunos «ilustres chapuceros» de la administración pública, pero a la vez un flaco servicio al denunciante, Norbert Hofer. En mayo le habían faltado 31.000 votos, pero esta vez le faltaron 348.000.

La anulación global de unas elecciones parlamentarias no es corriente en una democracia, pero hoy día se ha comprobado que aquella era necesaria. Los jueces actuaron con gran profesionalidad. Examinaron una por una las demandas de Hofer preparadas por un abogado que había sido ministro de Justicia, interrogaron a los testigos y acusados, estudiaron y examinaron los documentos, algunas veces en sesiones públicas. El resultado fue espectacular: las violaciones comprobadas de la ley y de diversos preceptos constitucionales hicieron que los jueces anularan todos los resultados. La lista de las faltas era asombrosa: protocolos firmados en blanco, recuentos hechos por una sola persona, sobres de votación postal abiertos a deshora, violaciones del secreto de voto, etc.

El tribunal precisó que la anulación no se debía a que hubiera habido manipulaciones demostradas, sino a que el proceso electoral se había llevado a cabo de tal forma que había cabida suficiente para manipulaciones. En concreto se detectaron violaciones en distritos con un número de votantes (77.926) superior al de la muy justa diferencia de votos (30.863) entre los dos candidatos.

Una de las cosas que más sorprendió al tribunal fue descubrir la enraizada costumbre en la oficina de elecciones en el Ministerio del Interior de revelar a partir del mediodía del día de las elecciones el número de votos parciales registrados para cada partido en diversos colegios electorales, bien porque habían ya cerrado, bien porque alguien había hecho el recuento. Para ello existía una base de datos de la agencia de prensa APA preparado por la empresa que suele hacer sucesivos «cálculos por interpolación» (Hochrechnungen) para la televisión oficial. La base de datos se alimentaba de las cifras que eran suministradas directamente por la oficina de elecciones. Todos los clientes de APA, incluidos naturalmente los partidos políticos, tenían acceso a estos datos muchas horas antes de que se cerraran las urnas. Estos datos estaban sometidos a «embargo», es decir que no se podían publicar en los medios antes de que se cerraran todos los colegios. Con un poco de fantasía es posible imaginarse qué posibilidades de influencia en los electores ofrecía la utilización de esos datos, especialmente a través de las llamadas redes sociales.

LA PERSONALIDAD DE LOS DOS CANDIDATOS

Sería un error de análisis político pensar que la elección definitiva del nuevo presidente de la República de Austria ha evitado la ascensión de un partido ultraderechista y antisemita al poder, como aseguran algunos medios de la izquierda liberal.

Van der Bellen ha sido elegido porque su mentalidad, su forma de ser y de hablar responden a lo que prefiere el 53,8% de la población. No consta que hubiera sido un militante comunista, pero sí era un socialista activo antes de pasarse a los verdes, de los que fue portavoz (presidente) durante diez años. Ven der Bellen es un veterano de la izquierda que procede de una familia de emigrantes de origen holandés que en el curso de los siglos había aprendido a integrarse en lo que Ortega y Gasset hubiera llamado «mi circunstancia» (en el norte de Rusia en el siglo XVIII, en Estonia en 1941 y en Austria en 1944).

En todo caso, el carácter representativo del cargo de presidente de Austria excluía y excluye que quien lo ejerza pueda forzar un viraje político del país. El presidente no puede hacer casi nada sin disponer de una propuesta oficial de otro poder (del canciller o del Parlamento), y ningún decreto suyo sin la firma del canciller federal tiene validez.

Las únicas excepciones son la facultad para designar, después de las elecciones, un nuevo canciller federal y para destituirlo (cosa que nunca ha sucedido: si lo hiciere, tendría que nombrar un sucesor). Pero el presidente no puede imponer un canciller al Parlamento, porque para gobernar el canciller necesita en todo caso del apoyo de la Cámara. El presidente también puede disolver el Parlamento, pero en tal caso el canciller tiene que convocar elecciones de tal forma que la nueva Cámara pueda constituirse en el plazo de cien días. Además, el presidente no puede disolver el Parlamento por segunda vez por el mismo motivo.

Aunque Norbert Hofer hubiera sido un ultranacionalista de la derecha —que no es, como no lo son la mayoría de los que le han votado— tampoco él hubiera podido dar un golpe de timón a la política austriaca. Hofer es un joven político de cuarenta y cinco años, que después de haber terminado una escuela técnica y trabajado cuatro años como perito en Aeronáutica, dedicó otros cuatro años de su juventud (cuando tenía veinticuatro años) a frecuentar cursos de oratoria, retórica y comunicación, por cierto organizados por un pintoresco y problemático pastor protestante que luego tuvo que dejar el cargo. Desde entonces, la profesión de Hofer ha sido la política. Y su línea ha sido por lo menos tan problemática como la de su mentor, Christian Strache.

Por una parte, ambos se han esforzado por ganarse el favor de los electores, sobre todo católicos (y de algún obispo que otro), que defienden la vida (con posiciones contra el aborto y contra la eutanasia), pero por otra han utilizado argumentos antirreligiosos semejantes a los de la propaganda de los comunistas y de los nazis. Hace siete años Hofer, en su calidad de secretario general del partido, había publicado una declaración extraordinariamente hostil a la Iglesia católica. Anteriormente varios teólogos (que en los años sesenta hubieran sido calificado de «católicos de izquierda») habían criticado al partido nacional-liberal por recurrir a lo que se llamaba «cristianismo positivo» (un término de la propaganda nazi) y por utilizar la religión para la política de partido.

Resultado: Hofer no solo se dio de baja del registro confesional, sino que publicó un panfleto en el que hablaba de los «inquisidores moralmente impotentes que han llevado cientos de miles de mujeres inocentes a la hoguera y han torturado bestialmente y ejecutado a los infieles». También denunciaba «problemáticas operaciones financieras de la Iglesia, masivos abusos de pedofilia por parte de relevantes eclesiásticos». Hofer justificó su salida de la Iglesia católica «para evitar que mis aportaciones puedan servir de apoyo a esta gente, […] a estos beatos, hipócritas y neoinquisidores».

La «circunstancia» orteguiana de Hofer es el jefe de su partido, Christian Strache, cuyo único interés continúa siendo no gobernar desde la Presidencia, sino entrar a formar parte de una futura coalición para gobernar desde el Gobierno. Cuando ha sido necesario, Strache ha perseguido y persigue su objetivo con un crucifijo en la mano, con rimas de «Abendland ist Christenland» («Occidente es tierra de cristianos») y con apodícticas afirmaciones de que «el islamismo es el fascismo del siglo XXI y el símbolo de esta ideología son la mezquita y el minarete».

SOLO UNA ALTERNATIVA: LA DERECHA O LA IZQUIERDA

En Austria el resultado de las elecciones es espejo demoscópico de una población con dos visiones políticas distintas: la derecha y la izquierda, o como se les llama en Austria: los «schwarze» (negros) y los «rote» (rojos). Me permito excluir de este análisis a los «blaue» (azules nacional-liberales), porque en las últimas presidenciales la población no ha decidido entre

los rojos y los azules (a pesar de que Nober Hofer lo es), sino entre una única alternativa: o la derecha o la izquierda.

Esta alternativa es lo que es taba en juego durante toda la campaña y especialmente en un desmontaje político de los partidos que han venido administrando el poder en Austria desde la Segunda Guerra Mundial. Fueron seguramente los consejeros de imagen de ambos candidatos quienes aconsejaron «golpes bajos». El vencedor, Van der Bellen, enarbolaba una foto de su padre, al que alguien de los nacional-liberales había acusado de nazi. Y el perdedor, Nobert Hofer, con el empeño de un pájaro carpintero, acusó de mentiroso veinticuatro veces a su contrincante: una vez cada tres minutos y medio.

Lo más relevante de las recientes elecciones no han sido por lo tanto el número de votos a los candidatos, sino el alto coeficiente de participación electoral (74,2%, más que en las elecciones anuladas cinco meses antes).

Ahora está claro que se trataba de un voto de rechazo a los partidos del Gobierno, a socialistas y populares.

Al comenzar 2016 ambos partidos presentaron como se hace siempre a sus respectivos candidatos a la Presidencia. En la primera vuelta de las elecciones de abril ninguno de ellos consiguió más de un 11% de los votos. Estaba claro que la base del electorado no quiso votar a un candidato de los partidos que gobernaban. En cambio Hofer obtuvo ya una mayoría relativa de un 35,1%. En la segunda vuelta de desempate de mayo ganó Van der Bellen por muy poca diferencia. Era muy lógico, porque en la segunda vuelta ya no competían otros candidatos independientes y Van der Bellen pudo acumular una buena parte de los votos que en la primera vuelta apoyaron a los candidatos eliminados.

Mientras todo esto sucedía, los partidos del Gobierno prolongaron por todos los medios de que disponen la actual enfermiza coalición gubernamental. Después de la sonada derrota de su candidato a la Presidencia de la República en febrero, el Partido Socialista tuvo que deshacerse de su jefe y canciller federal, Werner Faymann. Le sucedió en mayo el ex jefe de los ferrocarriles estatales, Christian Kern, que en el espacio de algo más de medio año no ha conseguido armonizar con el incoloro jefe del partido socio, el Partido Popular, Reinhold Mitterlehner.

EL PROBLEMA DE LA EMIGRACIÓN MASIVA

El año que está terminando había comenzado bastante mal: la «política de bienvenida» de la canciller alemana Angela Merkel había convertido de hecho a Austria en un pasillo de fugitivos y emigrantes. Austria tiene una gran tradición de acogida e integración de emigrantes de diversas procedencias: basta abrir un listín telefónico de Viena

o mirar los nombres de muchos políticos para darse cuenta de que la identidad nacional de Austria es fruto de esa capacidad de integración. Pero la riada de más de un millón de emigrantes que nadie controlaba y que recorría el país de sur a norte superaba todas las previsiones.

En el curso de los siglos vinieron a Austria inmigrantes polacos, checos, eslovacos, húngaros, judíos (sefarditas de España), rumanos, ucranianos, eslovenos, bosniacos, croatas, serbios, italianos, albaneses y griegos. Fueron inmigrantes que pudieron ser absorbidos y en general han enriquecido el país. Un botón de muestra es el adjetivo «grantig» en el dialecto vienés, que significa algo así como «malhumorado, seco y altivo» a la vez. El pretendiente austriaco a la corona de España (el archiduque Carlos) en la Guerra de Sucesión española decidió renunciar a la corona porque la alternativa de ser rey de España, pero no emperador, le gustó menos que la de ser emperador aun a costa de perder la corona española. Después del 11 de septiembre de 1714 llegaron numerosos fugitivos emigrantes de España: eran «austriacistas» que huían de la persecución de los Borbones, bastante de ellos oficiales y aristócratas. El emperador Carlos VI, que continuaba considerándose Carlos III de España en el exilio, les ayudó como pudo. Algunos de ellos eran grandes de España. Los vieneses no tardaron el calificar de «grantig» el lenguaje corporal de unos emigrantes que apenas podían disimular su pobreza vergonzante y su déficit lingüístico. Hoy día los descendientes de aquellos malhumorados inmigrantes están integrados en la nación austriaca.

Una constelación política muy especial hizo posible que en 2015 Austria consiguiera frenar aquella emigración que había quedado en manos de crueles vagoneros o «agencias de viajes», que no tenían ningún reparo en exponer a la muerte a los viajeros que les habían entregado toda su fortuna para poder emigrar. Aquella operación la hicieron dos personas: el ministro de Asuntos Exteriores, Sebastian Kurz, y la ministra del Interior, Johanna Mikl-Leitner, ambos del Partido Popular. Sin preguntar mucho invitaron en febrero a una conferencia en Viena a los diez países por los que pasaba la «ruta de los Balcanes», evitando cuidadosamente que pudieran participar los países responsables del inicio de la ruta (Grecia) y del objetivo final (Alemania). En aquella conferencia se decidió en pocas horas dónde sería posible reactivar el control de la frontera exterior de la UE: en la frontera de Macedonia (que no forma parte de la UE) con Grecia (miembro de la UE). La irritación en Berlín y en Atenas fue enorme, pero el flujo empezó a reducirse a un nivel que permitía el control.

En vez de buscar la concordia en una cuestión tan importante, los socialistas se oponían sencillamente por rutina y demagogia: el alcalde de Viena, Michael Häupl, y el canciller federal, Werner Faymann, no hacían más que poner piedras en el camino. La resistencia a una política racional como la de Kurz partía también de una parte del Partido Popular y de organizaciones eclesiásticas. En medio de la crisis, por ejemplo, el jefe de la región federal de la Alta Austria, el «barón» más importante de los populares, decidió cambiar a su vice, que si no se retiraba tendría que ser su sucesor. Sin más, lo destituyó, hizo que se le nombrara ministro del Interior del Gobierno central, y llamó a la ministra de un día para otro a su gabinete.

Parece que todavía no se dan cuenta: las conferencias de prensa de los jefes de ambos partidos (Kern, por la parte socialista, y Mitterlehner, por la de los populares) son como un espejo del sainete electoral que ha durado casi un año. Se han convertido en especialistas en el empleo del oxímoron y en los rictus de sonrisas heladas. Con dificultades lograron aprobar en el Parlamento el presupuesto del Estado, naturalmente sobre la base de concesiones mutuas: aumento del gasto público y del nivel de endeudamiento.

Un reciente estudio de un acreditado instituto de sondeos de opinión ha revelado en diciembre que una de cada siete empresas industriales del país proyecta trasladar en el plazo de cinco años su producción o por lo menos parte de ella al extranjero. Razones: las cargas impositivas y las contribuciones para el sistema social prescritas por la ley, la jungla burocrática y los inflexibles horarios laborales. La única solución en la que de momento coinciden los dos partidos es en aumentar el gasto público.

EL TRANSFONDO HISTÓRICO

El periodo de entreguerras no fue nada fácil para Austria. Lo que quedó del Imperio era aquella parte de Austria-Hungría en la que se hablaba alemán. Esto explica que muchos pensaran que lo mejor que podía hacer aquel «resto» sería unirse a Alemania. Cuando después de la Primera Guerra Mundial los aliados trazaron, con la ayuda del presidente estadounidense Wilson, las nuevas fronteras de Europa, Austria quedó reducida a un pedacito del antiguo Imperio Austrohúngaro. Con ocasión del tratado de paz firmado en Saint Germain, el primer ministro francés Georges Clemenceau definió así la situación: «L’Autriche, c’est ce qui reste».

Es interesante observar que los portavoces de esta alternativa procedían de la socialdemocracia austriaca, cuya ideología fue creada en 1904 por Otto Bauer, quien a diferencia de Lenin pensaba que antes de la revolución social y de la instauración de la dictadura del proletariado era preciso conseguir la mayoría de votos por vía de una democracia parlamentaria. Existía también una reflexión táctica al favorecer una anexión a Alemania: los marxistas (con Lenin al frente) esperaban entonces una rápida floración de revoluciones obreras en Europa y en especial en Alemania. De hecho, llegó a existir una República Soviética Húngara, creada en marzo de 1919 por el revolucionario comunista Bela Kun, que solo duró ciento treinta y tres días. En Baviera se llegó incluso a fundar en abril de 1911 una «Räterepublik» (República de los consejos o soviets) que duró solo cinco meses. El apelativo soviético no se refería en este caso a Rusia, sino al término «soviet», que significa «consejo».

El sector conservador austriaco se sintió menos atraído que los socialistas por la posibilidad de unirse a Alemania en el periodo de entreguerras. Eran en general políticos y pensadores enraizados en una tradición cultural y política muy distinta de la alemana. Y de hecho fue el partido cristianosocial quien, con la opción de una Austria independiente, asumió las riendas del poder… hasta la catástrofe de enero de 1933 (nombramiento de Hitler como Reichskanzler de Alemania) y la sucesiva liquidación de la democracia parlamentaria en Austria por parte del canciller Engelbert Dollfuß (en marzo de 1933). Dollfuß fue asesinado por los nazis en julio de 1934 y su régimen perduró hasta el 11 de marzo de 1938, fecha en que las tropas alemanas entraron en Austria. Durante seis años, hasta que terminó la Segunda Guerra Mundial, Austria dejó de existir.

Austria recuperó su independencia en abril de 1945 y durante decenios el poder político fue administrado en Austria por los dos grandes partidos, casi siempre en coalición. El empeño de los austriacos por cimentar la estabilidad de los grandes partidos tenía un fundamento muy claro. Los dirigentes de los nuevos partidos políticos sabían que su Estado tenía una soberanía muy limitada por las cuatro potencias aliadas. No había ninguna garantía de que las tropas soviéticas, que con los demás aliados liberaron Austria, fueran a retirarse algún día. Podía haber sucedido lo mismo que en Alemania, donde el país quedó dividido en dos Estados.

La población y los políticos querían estabilidad interior a toda costa. Por ello desde 1945 hasta 1986 (más de cuarenta años) ambos partidos acapararon entre el 85 y el 94% de los votos. Había una minúscula oposición: se trataba del Partido Nacional-Liberal surgido en la posguerra para dar voz a un grupo liberal de ideología más o menos libre-pensadora y de exnazis convertidos. Su cuota electoral se mantuvo en un 5-6%.

Naturalmente hubo intentos de cambio con el paso de los años, por ejemplo en 1964, cuando el Partido Popular decidió apurar la mayoría parlamentaria que le correspondía después de las elecciones de 1964 y formó un Gobierno monocolor, algo insólito hasta entonces. Pero cuatro años más tarde, el entonces canciller democristiano Josef Klaus fue incapaz de detener el empuje del nuevo jefe de la socialdemocracia austriaca, Bruno Kreisky, que, en 1970 y sin disponer inicialmente de una mayoría en el Parlamento formó un Gobierno de minoría con el apoyo parlamentario del Partido Nacional-Liberal. Para conseguirlo, el nuevo canciller Kreisky incorporó a su gabinete a cuatro políticos afines al Partido Nacional-Liberal. Simon Wiesenthal, que entonces vivía en Viena, criticó muy duramente a Kreisky. El canciller, sin embargo, se limitó a sustituir a uno de ellos (el ministro de Agricultura, que había sido miembro de las SS) por otro que «solo» había sido miembro del Partido Nacionalsocialista. No hubo protestas dentro del Partido Socialdemócrata, que desde hacía tiempo se esforzaba por facilitar la integración de exnacionalsocialistas en el partido. Tampoco hubo protestas desde el extranjero. La ventaja de Kreisky era que él mismo era judío (soy judío, solía decir, pero «soy un judío asimilado»); durante la anexión de Austria al Tercer Reich había tenido que emigrar a Suecia y no era fácil acusarle de antisemitismo.

En las siguientes elecciones Kreisky consiguió la mayoría absoluta y pudo formar un gobierno socialista monocolor. Durante los siguientes doce años, el Gobierno estuvo en manos de Kreisky. En 1987 los socialistas perdieron la mayoría absoluta; Kreisky dimitió, pero antes de hacerlo negoció, como lo había hecho en 1970, el apoyo de los nacional-liberales, de forma que el sucesor de Kreisky, Fred Sinowatz, pudo formar un gobierno de coalición de socialistas y nacional-liberales. Solo duró un año. De nuevo una «gran coalición» asumió el poder.

LOS AZULES ENTRAN EN ESCENA

Pero el ritmo político había empezado ya a cambiar un año antes de la dimisión de Kreisky, cuando un joven profesor adjunto de universidad llamado Jörg Haider consiguió modificar la estructura y la fachada del Partido Nacional-Liberal, que parecía condenado a ser una eterna oposición sin futuro y últimamente incluso a ser instrumento ideal de los socialistas para excluir a los populares del Gobierno. En un agitado congreso del Partido Nacional-Liberal en Innsbruck, el joven Haider (treinta y cinco años) consiguió ser elegido jefe del partido para suceder a Norbert Steger, que era además vicecanciller del Gobierno de coalición.

En 1987 los «grandes» se dieron cuenta de que con Haider no era posible utilizar a los nacional-liberales como lugartenientes del poder de un solo partido y reanudaron la vieja tradición de «tú me lo das, yo te lo doy» entre socialistas y populares. Hasta el año 2000 hubo seis gobiernos de coalición en seis legislaturas. Durante aquel periodo los nacional-liberales fueron de victoria en victoria. En 1986 fueron votados por un 9,7% de la población. En 1990 los electores nacional-liberales eran ya un 16,5% del total y en 1994, un 22,5%.

EL CANCILLER SCHÜSSEL CAMBIA EL RITMO Y EL SISTEMA

Más tarde, en las siguientes elecciones de 1999, el Partido Nacional-Liberal se colocó con un 26,9% de los votos en segundo lugar (con una diferencia mínima de 415 votos frente al Partido Popular).

En aquel momento Haider había desplegado ya todos sus recursos de populismo: era un caudillo para sus seguidores viejos y jóvenes y un espanto para una buena parte de la opinión pública internacional. El entonces jefe del Partido Popular, Wolfgang Schüssel, creyó sin embargo que había llegado el momento de cambiar no solo el ritmo (los grandes partidos se reparten el poder), sino el sistema (con una coalición de centro-derecha, dejando a los socialistas fuera del poder).

Schüssel no tuvo dificultades para convencer a Haider de que la ventaja de 415 votos no era suficiente para que Haider pudiera formar Gobierno. Fue entonces cuando se demostró la inoperatividad del cargo de presidente de la República. El jefe de Gobierno era un expolítico popular que no estaba dispuesto a aceptar la coalición de «negros» y «azules» y que hizo todo lo posible para impedirla, sin conseguirlo, porque no encontraba a nadie que pudiera garantizarle una mayoría en el Parlamento. La subsiguiente ceremonia de la jura del nuevo canciller Schüssel y del resto del Gobierno fue como una tragicomedia de barrio: para eludir a los manifestantes el Gabinete tuvo que trasladarse desde el edificio de la cancillería a la sede del presidente (situados frente a frente en una plaza pública) por un túnel subterráneo que forma parte del existente refugio antiaéreo de ambos edificios. Con el ceño fruncido como un maestro de escuela enfadado y los ojos desviados, el presidente Klestil fue saludando al canciller y a los nuevos ministros que él mismo acababa de nombrar para demostrar por lo menos que él hacía algo que le daba asco. La tensión era tal que en un momento determinado el presidente Klestil tuvo una ausencia y llamó «Benito» a la ministra de Asuntos Exteriores, Benita Ferrero-Waldner.

Lo que sucedió a continuación fue una tragicomedia no a nivel de barrio, sino a nivel internacional. La Internacional Socialista consiguió convencer a todos los gobiernos de la Unión Europea para que adoptaran una extraña resolución de castigo contra Austria, el país que había ingresado cinco años antes en la UE, y de hecho contra Wolfgang Schüssel, quien como ministro de Asuntos Exteriores se había esforzado por conseguir el ingreso de su país en la UE.

La leyenda de que la entrada de los nacional-liberales en un Gobierno de coalición austriaco constituía un gravísimo peligro para la estabilidad europea fue aceptada por todos los demás catorce gobiernos que adoptaron unas ridículas medidas, como de cuarentena política, contra uno de sus miembros, Austria. La ceguera internacional llegó hasta tal punto de que incluso José María Aznar se sumó a la adopción de las sanciones promovidas por la Internacional Socialista, lo mismo que el presidente francés Jacques Chirac, del partido gaullista conservador (RPR). Ni Aznar ni sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores, Abel Matutes y Josep Piqué, han explicado jamás la insolidaridad de su partido frente a los populares austriacos. Las sanciones preveían que los catorces Estados se abstendrían de tener contactos políticos a nivel bilateral con Austria y de apoyar candidaturas de austriacos en las organizaciones internacionales. Con los embajadores austriacos solo podría haber «contactos técnicos».

La situación había llegado a ser insostenible: recuerdo el problema que tuvo un secretario de Estado español, que tenía relaciones de amistad y normalmente saludaba con un beso a la ministra austriaca Benita Ferrero-Waldner, cuando se encontró con ella en una reunión política en Bratislava.

La solución fue pedir a un «grupo de tres sabios» que enjuiciara la situación política en Austria. El expresidente finlandés Martti Ahtisaaeri, el jurista alemán Jochen Abraham Frowein y el excomisario español de la UE Marcelino Oreja lo hicieron, y las sanciones fueron levantadas.

Después del interludio de Schüssel, en el año 2007 se reanudó la vieja tradición de una gran coalición entre socialistas y populares que dura hasta hoy día.

Christian Strache, el sucesor de Haider, que murió en un accidente en 2008, ha seguido la línea de su antecesor: explotar al máximo la propaganda nacionalista y de extrema derecha con todos los recursos retóricos posibles y provocar irritaciones que fortalecen el convencimiento de los que piensan que si los nacional-liberales entran a formar parte de un Gobierno federal, se abrirán las puertas al neofascismo, racismo y antisemitismo. Pero cuando el líder de los nacional-liberales, Christian Strache, pide que se limite y controle la entrada de fugitivos y emigrantes no es un loco xenófobo, sino que expresa el sentir común de la mayoría de los austriacos.

Los socialistas, por su parte, están divididos y una fracción de extrema izquierda quieren derribar el zócalo del poderoso alcalde de Viena, Michael Häupl, que gobierna la más poderosa administración pública del país y la organización más numerosa del Partido Socialista.

La clase gobernante no quiere darse cuenta de que la mayoría de la población ha perdido la confianza en ellos, o por lo menos en una buena parte de ellos, debido a la corrupción, a la falta de transparencia, a la arrogancia y a otras cosas por el estilo.

El primer domingo de diciembre la mayoría de los austriacos dio su voto a uno de los dos candidatos, pero en realidad abucheó indirectamente a los dos partidos gubernamentales, porque los electores saben muy bien que el presidente de la República tiene un papel representativo y muy limitadas competencias políticas.

Ambos partidos están en una situación de crisis. Saben que si se adelantan las elecciones parlamentarias, que deberían tener lugar en otoño de 2018, no conseguirán mejorar sus resultados. Los sondeos de opinión, que no siempre aciertan, calculaban en octubre que en unas parlamentarias el partido número uno sería el Partido Nacional-Liberal (34%) seguido por los socialistas (28%), los populares (18%) y los verdes (12%). Una «gran coalición» sería ahora una coalición de enanos.

Si mañana hubiera elecciones, el primer partido sería el Nacional-Liberal. ¿Quién gobernaría con quién? Esta vez el Consejo de la UE está demasiado ocupado con temas existenciales para la UE y no se ocupará ya de Austria ni de inventarse sanciones. Solo si la actual coalición se demuestra capaz de enfrentarse con una auténtica reforma del Estado y habla con una sola voz evitará que los nacional-liberales se pongan a la cabeza. A no ser que los cantos de sirena dirigidos por el canciller Christian Kern a Christian Strache sean escuchados y se haga posible una coalición de «rojos» con «azules», o a no ser que los pronósticos de las agencias de sondeos estén equivocados.

Referéndums: ¿contra quién hay que votar?

Los últimos meses han sido prolíficos en referéndums de gran intensidad política y alto impacto internacional. En 2016 destacaron el referéndum de permanencia del Reino Unido en la Unión Europea —conocido desde su convocatoria por la apócope Brexit—, el plebiscito de los Acuerdos de Paz en Colombia y el de reforma de la Constitución italiana. Los tres fueron convocados por sus respectivos gobiernos, como fue convocado por el ejecutivo griego el referéndum sobre la aceptación de las condiciones del rescate en 2015. En los cuatro casos ha estado presente GAD3 sobre el terreno, analizando conjuntamente con institutos locales la información demoscópica con la que trabajaban. Las reflexiones aquí expuestas están basadas en esas experiencias compartidas.

Estas no han sido las únicas consultas populares en los últimos meses a lo largo del planeta. En Nueva Zelanda votaron por el cambio de su bandera, en Bolivia por la eliminación de la limitación de mandatos del presidente, en Hungría por la política de cuotas de refugiados impuestas por Bruselas… Todas estas citas con las urnas han generado un gran debate social en sus respectivos países y en todas las encuestas han sido un elemento clave en el debate público, e incluso, probablemente en la misma decisión de su convocatoria.

¿ESTÁN FALLANDO LOS SONDEOS?

¿En qué medida fueron capaces las encuestas de anticipar el resultado? En la tabla I se exponen la previsión demoscópica y los resultados de los nueve referéndums con mayor repercusión internacional por orden cronológico. También se aporta el dato de participación y si el resultado está en línea con la posición adoptada por el gobierno respectivo. Veremos que este se ha convertido en el factor determinante. No son los únicos referéndums celebrados últimamente pues hay países —como Dinamarca o Estados Unidos— que aprovechan las citas electorales para interrogar sobre múltiples cuestiones, pero en ese caso el debate no convierte el referéndum en un plebiscito a la política del gobierno, para eso ya está la elección del partido o candidato.

TABLA I PREVISIÓN Y RESULTADOS DE LOS REFERÉNDUMS

 TABLA1 

(Nota:EP,exit poll o encuesta a pie de urna)

En siete de los nueve sufragios los sondeos fueron capaces de anticipar los resultados definitivos, incluso en casos tan ajustados como en Bolivia o Dinamarca, mientras que en dos casos los sondeos erraron: en el de permanencia del Reino Unido en la Unión Europea y, especialmente, en el plebiscito de los Acuerdos de Paz en Colombia. En los tres países donde hubo encuestas a cierre de urnas sus estimaciones fueron más precisas que las encuestas preelectorales aunque hay que tener presente que en el caso de Grecia no se trataba de encuestas a la salida de los colegios electorales sino de estimaciones basadas en el campo telefónico previo debido a la urgencia con la que fue convocada la consulta. De la intensidad de la campaña fuimos testigos en GAD3: el día que íbamos a comenzar el campo telefónico para publicar estimaciones la víspera electoral desde Madrid el gobierno heleno decretó el bloqueo de los depósitos bancarios de los ahorradores griegos. Como es lógico, la decisión venía a añadir más tensión e incertidumbre en las familias griegas lo que se traducía en una gran volatilidad e indefinición en el voto. En esas circunstancias lo más prudente era no continuar con el sondeo y esperar el resultado de las urnas.

El acierto de las exit poll es especialmente importante porque refuta el falso mito de que el error de las encuestas se debe a la gran proporción del electorado que miente a los encuestadores. Si esto fuera así, ¿por qué la exit poll volvió a acertar en las generales del Reino Unido en mayo de 2015 cuando las preelectorales fallaron? Y es que hay que decirlo claro: la principal causa de la desviación de los sondeos no es responsabilidad de unos votantes mentirosos, sino de la dificultad para interpretar y analizar las respuestas de los votantes en entornos cada vez más inciertos.

Lamentablemente, en el Brexit el equipo liderado por John Curtice no realizó exit poll, en parte porque era consciente de lo ajustado del resultado, como el propio sociólogo previno durante las semanas previas y hasta en la misma noche electoral en la BBC. Coviene recordar que su reputación en predicción electoral hunde sus raíces en el mayor fiasco demoscópico del Reino Unido, las elecciones generales de 1992 en las que no solo las preelectorales sino las mismas encuestas a pie de urna anunciaban una derrota de John Major que finalmente no se produjo. Desde entonces la revisión de toda la metodología ha permitido a Curtice acertar en las últimas cinco elecciones generales.

En todo caso, la estimación de los sondeos en el Brexit no fue tan desviada como se ha hecho creer. De los catorce sondeos publicados en junio, antes del asesinato de la diputada laborista Joe Cox, diez apostaban por la victoria del leave. Se volvía al escenario de abandono de la Unión Europea que llevaban anticipando los sondeos durante años y que solo en los últimos meses de la campaña se revirtió. Sin embargo, tras el irracional asesinato el resultado ya no era tan evidente para los institutos: seis de los ocho publicados apostaban por una ligera victoria del remain mientras que dos consiguieron anticipar el Brexit. En esta ocasión, a diferencia de las generales del año anterior, las encuestas online fueron más precisas que las tetefónicas1. La misma tecnología que está acelerando los cambios sociales y con ellos el voto, nos amplía a los institutos las posibilidades de medir los cambios. El reto está en saber emplear los avances tecnológicos para investigar.

Si en algún caso las encuestas se desviaron del resultado final fue en Colombia. La labor de control del Consejo Nacional Electoral permite hacer un seguimiento de todos los sondeos publicados. La desviación de estos fue de nueve puntos, muy superior al error muestral. ¿Qué pudo pasar? Las causas son múltiples. En primer lugar la baja participación, que dificulta extraordinariamente la estimación final mediante encuesta, pues estas miden mejor las preferencias que los comportamientos. Si finalmente acude solo un 37% de los colombianos a las urnas, la probabilidad de que los entrevistados que manifiestan estar a favor de una de las opciones se queden en sus casas es mayor. La baja participación es uno de los retos a los que se enfrentan los institutos colombianos, que hace que sus encuestas sean tradicionalmente menos precisas que las del país vecino, Perú, donde la participación es mayor. Además, la última semana se pudo producir un cambio a favor del no a la opción propuesta por el gobierno en línea con el que se está produciendo en el resto de procesos analizados. En Colombia fue imposible conocer los cambios de última hora porque la ley impide su publicación los cinco días previos. Tampoco hubo estimaciones al cierre de urnas que permitieran poner en valor los sondeos. Sin lugar a dudas los sondeos habrían detectado ese día lo que pudimos ver en la apertura de urnas en el centro de votación de Corferias, en el centro de Bogotá, a las cuatro de la tarde: que el resultado final sería muy ajustado. Un consejo para las autoridades colombianas: si quieren que aumente la participación electoral no cierren las urnas a las cuatro de la tarde y cambien la ley para que los que los electores que hacen cola a esas horas en los colegios puedan ejercer su derecho al voto. Tampoco es preciso llegar al extremo de Italia, donde las urnas estuvieron abiertas de siete de la mañana a once de la noche, pues a última hora en invierno la afluencia es prácticamente nula.

En ambos casos, Colombia y Reino Unido, el resultado contrario a lo esperado ha aumentado artificialmente la sensación de amplia victoria en lo que más bien ha sido un empate. Se confirma de nuevo que la principal incidencia de los sondeos electorales es marcar las expectativas.

Más allá de las encuestas, si hay un patrón claro en el resultado de los referéndums celebrados estos meses en el planeta, es que la mayoría de los electores han votado contra la propuesta del gobierno, con la única excepción de Hungría, donde la opción defendida por el gobierno era precisamente el no. Efectivamente, en este país, al igual que en Grecia el año pasado, los votantes apoyaron la opción gubernamental, que curiosamente era de oposición a las políticas de Bruselas en los dos casos. La lección es clara: el electorado está aprovechando el voto para expresar su oposición bien al gobierno nacional, bien al supranacional. Parece que solo hay una forma de que los gobiernos ganen un referéndum: que los empleen contra un enemigo exterior.

¿Por qué los electores votan en contra del gobierno? ¿Ha sido siempre así o es un cambio reciente del electorado? El análisis de la mayor base de datos de resultados de referéndums, la de la Universidad de Ginebra2, permite ver que desde la Segunda Guerra Mundial se han celebrado más de un millar de consultas en todo el planeta, década a década. En siete de cada diez la victoria era del sí. En la primera década del presente mileno la proporción baja a seis de cada diez y en la presente década es del 55%. Así hasta llegar al momento presente, donde en los ocho casos donde la opción es sí o no vence el no. Si nos centramos en los referéndums sobre la Unión Europea, vemos cómo desde el año 2000 solo han votado a favor los electorados de España en 2005 y de Irlanda en 2009, y en este caso tras el rechazo el año anterior al Tratado de Lisboa. Por el contrario, en Dinamarca, Suiza, Suecia, Francia y Holanda el voto fue negativo a las diversas formas de mayor integración.

¿Son conscientes los gobiernos del rechazo a su propuesta antes de plantearla? Aquí cada caso hay que analizarlo por separado. Muchos de los referéndums se celebran por requisitos legales y seguramente contra el deseo del gobierno; son los supuestos de Holanda, Bolivia o Italia. Otro, como el del Brexit, es fruto de una promesa de David Cameron en plena campaña electoral para frenar la fuga de voto conservador hacia UKIP. Y en otros es una herramienta del gobierno para reforzarse frente a «imposiciones» externas de Bruselas: Grecia con el rescate o Hungría con los refugiados. En Colombia no había necesidad de convocar el plebiscito y fue una apuesta personal del presidente Juan Manuel Santos para legitimar unos acuerdos negociados durante, al menos, cuatro años y que finalmente ocupaban casi trescientas páginas de compromisos de gobierno.

Uno de los problemas de los referéndums como forma de participación ciudadana es la necesidad de concentrar en un solo día y en una sola pregunta cuestiones de gran complejidad. El paradigma de dicha simplificación han sido el Brexit y el plebiscito de Colombia, donde al menos la pregunta sometida al veredicto de las urnas era comprensible. No suele ser así en la mayoría de los procesos, como se puede ver en la tabla II.

Hay quien ha señalado, con razón, que la formulación de la pregunta puede ser una de las causas del desvío en las encuestas3. Es muy probable en el caso de Colombia; los institutos, en nuestra búsqueda de la objetividad, tendemos a formular al entrevistado la pregunta tal cual debe ser respondida por el elector. Sin embargo, como estamos comprobando, en la motivación del voto la cuestión sometida a escrutinio no es, ni mucho menos, lo más importante.

El hecho de que los resultados sean sorprendentes y en ocasiones no anticipados por los sondeos —menos de las que se cree según estamos viendo— está posibilitando interpretaciones sin base científica alguna. Si debemos ser cautos a la hora de interpretar los análisis de institutos profesionales con acreditada experiencia lopor quienes carecen de información social y más aún si el análisis es desde el extranjero.

La complejidad social se está compensando con un exceso de simplicidad. En el caso de España no es raro ver interpretaciones contrarias a la realidad del estilo: «Los húngaros cal, con mayor motivo debemos serlo de las interpretaciones realizadas por quienes carecen de información social y más aún si el análisis es desde el extranjero.

TABLA II PREGUNTAS PLANTEADAS EN LOS REFERÉNDUMS

[FALTA TABLA] 

La complejidad social se está compensando con un exceso de simplicidad. En el caso de España no es raro ver interpretaciones contrarias a la realidad del estilo: «Los húngaros votan en contra de la propuesta del gobierno», «los colombianos votan en contra de la paz» o «el populismo gana el referéndum de Italia». Nada que ver. En la prensa anglosajona el referéndum de Italia se etiquetó cómo el Italexit cuando en realidad se preguntaba a los italianos por la reforma de la Constitución y no por la permanencia en la UE. Es imposible comprender los cambios sociales en un mundo globalizado sin tener un profundo conocimiento de la realidad local. En todos los procesos en los que hemos estado presentes el resultado cobra lógica desde la perspectiva del votante. All politics is local. También en los referéndums.

LAS AMENAZAS YA NO FUNCIONAN

En todos los procesos hemos sido testigos de los riesgos que supondría para el país votar contra la opción propuesta por el gobierno. Lo hemos visto en Grecia4, en el Reino Unido, en España, en Colombia, en Italia, en Estados Unidos… El recurso a las consecuencias negativas de una derrota electoral es un clásico. En España la amenaza de Felipe González a José María Aznar en el segundo debate de 1993 pudo ser determinante en el resultado: «Si usted aplica la reforma fiscal que ha prometido, ingresará 800.000 millones de pesetas menos. Eso significa 8.000 pesetas menos para cada pensionista». Amenaza en toda regla.

Ahora bien, como estamos viendo, el electorado no solo está perdiendo el miedo a votar contra lo establecido, sino que su reacción a las amenazas es contraria a la esperada. A una semana del referéndum del Brexit, George Osborne, ministro de Hacienda británico, declaró que la derrota del remain supondría un recorte en gasto público de treinta mil millones de libras que implicaría incremento de impuestos y recortes en educación y sanidad. Dos días después, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, afirmaba en Davos: «¿Cómo sé que si no hay acuerdo volvemos a la guerra? Tenemos información amplísima de que las FARC están preparadas para volver a la guerra y la guerra urbana, que es más demoledora que la guerra rural, eso es una realidad, lo sé, y por eso es tan importante que lleguemos a un acuerdo». Estas declaraciones hicieron cambiar el voto de uno de los colombianos que entrevisté en Bogotá el día siguiente del plebiscito: «Yo voté al presidente Santos y estaba a favor del sí pero el día que le escuché decir que si no ganaba el sí, las FARC atentarían en Bogotá pensé: ¿después de más de doscientos mil muertos estos terroristas van decidir mi voto con amenazas?». A una reflexión parecida llega el ex viceprimer ministro del Reino Unido, Nick Glegg, en una entrevista con el diario ABC: «Noté que el estado de ánimo era totalmente distinto a las encuestas. La gente se enfadó muchísimo con las amenazas de George Osborne, de que si no ganaba el remain habría subida de impuestos y recortes en educación y sanidad».

Por lo tanto, no, no es el populismo el rasgo común de los actuales procesos electorales sino la realidad de que los electorados ya no reaccionan a las amenazas. Las amenazas ya no funcionan, o al menos no funcionan como antes.

REFLEXIÓN FINAL

Entonces, si en el referéndum la cuestión sometida a voto ha cedido protagonismo a su uso como forma de castigar al gobernante, ¿implica que el referéndum ha perdido su función de herramienta de participación ciudadana? Más bien al contrario, en los casos donde el recurso al referéndum es recurrente —Suiza, Dinamarca, Estados Unidos, Luxemburgo…— el votante discrimina mejor entre su valoración del gobierno y el sentido de su voto. La solución, por tanto, no es menor participación ciudadana sino mayor y mejor participación.

NOTAS

1 Ver los post del blog de Anthony Wells del mes de junio: http://ukpollingreport.co.uk/blog/archives/date/2016/06.

2 Centre for Research on Direct Democracy C2d.ch.

3 Carmen BEATRIZ FERNÁNDEZ: «Por qué fracasó un plebiscito perfecto», en El Español, 3 oct. 2016. http://www.elespanol.com/mundo/20161003/ 160353964_12.html.

4 Salomi BOUKALA: «The politics of fear vs. the politics of hope: analysing the 2015 Greek election and referendum campaigns», en Critical Discourse Studies, 2016.

Después del Brexit.¿La Unión Europea sin el Reino Unido?

Se ha convertido ya en una frase hecha, por tantas veces repetida, que la Unión Europea (UE) se enfrenta a una grave multicrisis (económica, monetaria, inmigración, terrorismo, populismos…) cuyo último componente ha sido el Brexit, es decir la decisión del pueblo británico de salir de la UE.

En efecto, hace ya seis meses que los británicos votaron a favor de salir de la UE, y lo hicieron pocos días antes de que se cumplieran cien años del inicio de la batalla del Somme (1 de julio de 1916), conocida como el «Verdún de los ingleses». En el primer día de combate los británicos tuvieron 20.000 muertos y 40.000 heridos. Y cuando acabó, cuatro meses después, 1.200.000 soldados habían muerto, de los cuales 400.000 eran británicos.

Son cifras que hielan la sangre y el entendimiento. Con nuestra mentalidad de hoy nos resulta imposible comprender cómo fue posible esa loca carnicería. Pocos días después del referéndum el presidente Hollande y el premier Cameron, dimitido y con cara de circunstancias, depositaban flores en los bosques de tumbas que cubren los campos de batalla. Pero en realidad nadie les prestaba demasiada atención. La juventud europea de hoy cree imposible que esa tragedia vuelva a ocurrir y le parece que la paz es el estado natural de las cosas. Pero no debemos olvidar que esa paz la debemos al proceso de integración europea, gracias al cual los europeos hemos pasado setenta años sin degollarnos los unos a los otros como acostumbrábamos a hacerlo con monótona frecuencia.

Pero una vez conseguida, resulta que la paz ya no es un elemento movilizador. Europa es la paz. Bien, ¿y que más?, parecen preguntar los euroescépticos y eurófobos que crecen en todos los países y han demostrado ser mayoría en el Reino Unido. Tienen razón en pedir que sea algo más, algunos queremos que sea mucho más, pero no deberíamos dejar de reconocer el enorme mérito que tiene lo que ya ha conseguido. Porque no hay nada más fácil que volver a soplar sobre las cenizas de un fuego que se creía apagado para volver a provocar incendios, como los que costaron tantas vidas en el Somme.

Pero nos guste o no, los británicos han decidido, por mayoría simple (no había ninguna exigencia de quórum ni de mayoría cualificada en el referéndum) dejar de pertenecer a la UE y no cabe sino respetar su voluntad. Y también pedirles que la ejecuten cuanto antes. Muchos de los que apoyaron el Brexit ahora parecen horrorizados por el resultado. ¿Es concebible un segundo referéndum como han pedido ya más de cuatro millones de británicos? Un segundo referéndum, o cualquier intento de utilizar la actual mayoría anti-Brexit en la Cámara de los Comunes para frustrar el resultado del primero, podría crear más división y hacer más impopular la causa europea. Pero no todos lo británicos lo ven así, y algunos piensan que no todo está perdido y que cuando se vean las consecuencias económicas de la decisión crecerán las presiones para que esta se reconsidere.

Desde el punto de vista del resto de la UE, han florecido las demandas de aprovechar la ocasión con audacia para evitar la decadencia del ideal europeo. ¿Puede el abandono británico servir para provocar el salto adelante en la integración que necesitamos? Puede ser difícil, porque la pareja francoalemana, sin la cual no hay nada que hacer, está en desacuerdo en casi todo, desde la inmigración a la política monetaria y a cómo tratar el excesivo endeudamiento de las economías europeas.

Merkel, que tiene elecciones el próximo año, sabe que no es eso lo que pide su opinión pública y teme que más integración dé más argumentos al partido euroescéptico Alternativa para Alemania que tiene el viento en popa en las encuestas.

Y en Francia van a vivir en plena precampaña de las presidenciales con la amenaza de que la señora Le Pen aproveche el tirón populista que representa la victoria de Trump en Estados Unidos. El que el candidato de la derecha vaya a ser, también por sorpresa, el señor Fillon al que el derrotado Sarkozy calificaba de perdedor cuando era su primer ministro, aumenta la incertidumbre en la que va a vivir sumida la política interior francesa. Malos tiempos para tomar decisiones trascendentales en lo que al futuro de Europa se refiere

Para alumbrar ese futuro, y aunque no sirva de mucho llorar sobre la leche derramada, es ilustrativo preguntarse por qué han ganado los partidarios del abandono de la UE.

Y no se me ocurre mejor forma de responder a la invitación de comentar las causas y consecuencias del Brexit que resumir el debate que al respecto tuvimos en el consejo de administración de la Fundación Delors Notre Europe, en el que participaron personas de varias nacionalidades, entre ellas británicos. Entre todos se efectuó un análisis más profundo y completo del que yo hubiera sido capaz de hacer, y a cuyas conclusiones me refiero.

Quizás ganaron los brexistas porque la UE no concedió a Cameron cambios suficientes en el estatus del Reino Unido. O porque el partido laborista tardó en presentar una defensa unificada de la permanencia y su líder, Corby, fue débil y titubeante. O porque las políticas de austeridad han reducido los niveles de vida y creado pobreza y marginación. O porque no se comunicó con eficacia una narrativa coherente y positiva acerca de la utilidad de la UE y de su futuro. O, quizás y sobre todo, se perdió porque en realidad el referéndum sobre salir o no de la UE se convirtió en un referéndum sobre la inmigración, haciendo creer a muchos británicos que, por culpa de la UE, serían invadidos por miles de refugiados como le ocurre a Grecia, cuando en realidad no ha llegado ninguno a sus costas. Y que la entrada de Turquía, presentada como algo inminente, agravaría el problema.

Por lo que cuentan los amigos británicos, la campaña ha sido de muy baja calidad. El triunfo de las emociones y las falsedades sobre las razones y los datos constatables. El Reino Unido solía ser reconocido por la calidad de su debate público y de sus órganos de radiodifusión, por la cortesía, la decencia y el selfrestrain, la autocontención, de su gente. Algunos se preguntan si este sigue siendo el mismo país que conocían desde hace veinte o treinta años. ¿De dónde ha salido sino tanta tosquedad, con la gente insultando a los inmigrantes polacos, buenos trabajadores, residentes legales como ciudadanos europeos que son, que pagan sus impuestos y han contribuido a la prosperidad del país, pidiendo que se vuelvan a sus casas?

Las consecuencias serán malas para todos. Esto no es un juego de suma cero, sino que todos salimos perdiendo. Creo que los británicos más que el resto de los europeos. En términos económicos se les ha explicado por todos los medios que salir de la UE tenía muchos inconvenientes para un país con un fuerte déficit comercial con la Europa continental. Y que las soluciones que habrá que buscar ahora no les permitirán evitar la libre circulación de los ciudadanos comunitarios si quieren mantenerse en el mercado único en condiciones parecidas a las de Noruega. Y más no van a obtener. Y en términos de aportaciones de recursos al presupuesto comunitario tampoco les va a salir gratis porque Noruega también tiene que contribuir y, además, sin poder influir en las decisiones comunitarias que les son de aplicación.

En cualquier caso, y sean cuales sean sus causas, lo que es seguro es que el Brexit provocará un choque geopolítico de la mayor importancia y no solo para la UE. Cierto que la UE tiene otros desafíos, quizás más graves, como nos lo recuerdan trágicamente los atentados terroristas y las dramáticas consecuencias de los insoportables niveles de desempleo en muchos países, especialmente el nuestro. Pero el Brexit puede actuar como un catalizador que nos obligue al menos a repensar qué clase de Europa queremos construir y en qué consiste la identidad europea.

Ese concepto ya estaba cuestionado antes del Brexit y no solo en el Reino Unido. Pero el Reino Unido es un caso muy particular dentro de la construcción europea. El Brexit ha sido provocado por el desacuerdo latente que ha existido desde el principio en las relaciones entre el Reino Unido y «Europa». A ello se han añadido varios factores coyunturales que han contribuido al resultado del referéndum, entre ellos el rechazo social a las élites políticas y financieras londinenses y las luchas de poder en el seno del partido conservador. El resultado refleja también las características específicas desde el punto de vista histórico y geográfico del Reino Unido: su insularidad, su pasado imperial, su apertura económica más global y su decidida resistencia al nazismo. Estas características explican por qué los electores de mayor edad no son tan «proeuropeos» como en otros países, en particular en el nuestro. La eurofobia de la prensa populista británica también ha desempeñado un papel clave en el resultado del 23 de junio.

Un aspecto positivo del Brexit es que ha demostrado que la UE no es una «cárcel de los pueblos»; los británicos son libres de salir de ella, si finalmente llegan a hacerlo, porque una mayoría así lo ha deseado. Pero las cuestiones que se debatieron en el Reino Unido se plantean en otros países y continuarán siendo objeto de debates en la mayoría de los países comunitarios y en Bruselas, sobre todo en lo que se refiere a la libre circulación de personas y de trabajadores y el equilibrio del poder entre la UE y sus Estados miembros.

Desde esta perspectiva, una cuestión muy relevante es si el Brexit va a ser una vacuna contra nuevos abandonos de la UE o si por el contrario va a generar un «efecto contagio» estimulando referéndums nacionales sobre la pertenencia a la UE en otros países europeos. Es posible que así sea ya que en varios países las fuerzas políticas minoritarias reclaman los referéndums por ser incapaces de conquistar el poder por la vía habitual de la democracia representativa. Pero me parece que las dificultades que se están poniendo de manifiesto sobre cómo administrar el Brexit en la práctica y sus efectos económicos negativos, van a producir más bien un «efecto vacuna» y disuadir esos intentos.

Tampoco conviene confundir el euroescepticismo, la crítica a menudo contradictoria de la UE, y la degradación de su imagen, con la eurofobia, es decir, la voluntad de salir de la UE. En el caso de muchos Estados miembros,

salir de la UE significaría también salir del euro y del espacio Schengen (la supresión de fronteras interiores) y esta doble ruptura tendría consecuencias mucho más graves que la «simple» salida británica, ya que a fin de cuentas el Reino Unido no está ni en la unión monetaria ni en Schengen, aunque sea ya de por sí suficientemente desestabilizadora para el Reino Unido.

Por todo ello, y pecando quizás de optimista, no creo que el Brexit sea el inicio de un proceso de «desintegración» de la UE. A pesar de las importantes divisiones entre los pueblos y los Estados miembros que la componen, no creo que haya muchos que tengan ganas de imitar a los británicos. Más bien al contrario, sobre todo el Brexit puede ser una oportunidad para que la Unión Europea tome conciencia de la gravedad de sus crisis y decida a actuar con mayor energía.

Lo peor que nos podría ocurrir es que nos dediquemos los dos próximos años a discutir cómo sale el Reino Unido de la UE olvidando otras cuestiones urgentes e importantes. Las autoridades nacionales y europeas deben centrarse ahora en estas cuestiones, insistiendo en la idea-fuerza de que unidos somos más fuertes en el mundo globalizado.

Hay que poner mayor énfasis en la voluntad común de conciliar la eficacia económica con la cohesión social y la protección medioambiental, en un sistema político pluralista. Y adoptar decisiones que traduzcan esta voluntad, única en el mundo, en iniciativas concretas que potencien el crecimiento y el empleo; por ejemplo, mediante un nuevo gran plan de inversión que amplíe el «plan Juncker», claramente insuficiente.

Hoy más que nunca hay que dejar claro que «la unión hace la fuerza», frente al terrorismo islamista, el caos en Siria y en Libia, los movimientos migratorios caóticos, la agresividad rusa, el descontrol de las finanzas, la dependencia energética, el cambio climático y la emergencia de China como actor político que reclama su parte de poder en el reparto global. Hay que recordar a los europeos que después del Brexit ya solo representarán el 6% de la población mundial.

La UE debe permitirnos afrontar mejor estas amenazas, compartiendo nuestras soberanías. Hay que explicar a los europeos que después del Brexit Europa ocupara una posición menos central todavía en un nuevo mundo de oportunidades pero también cargado de amenazas. Para ello, hay que dirigirse a los corazones y espíritus de los ciudadanos europeos, y no solo a su raciocinio pragmático, para responder a sus esperanzas y temores sin reducirlos a meros consumidores o contribuyentes.

El Brexit puede ser otra ocasión de llamar a bomberos para apagar el incendio de una nueva crisis. Pero la UE no solo necesita bomberos, necesita arquitectos y profetas capaces de dar rumbo y alma a esta Unión única en el mundo, forjada tras el horror y la pena de las dos grandes posguerras, pero que conserva su pleno sentido en un mundo globalizado, que las nuevas generaciones necesitan más que nunca, aunque hoy parezca más cuestionada que nunca.

Pero tampoco hay que olvidar las tareas pendientes que de inmediato plantea el Brexit. Aunque nos hubiera gustado ahorrárnoslo, hay que administrarlo y gestionar la decisión de los británicos. Brexit means brexit nos dice la primera ministra británica. ¿Pero qué hay detrás de esta frase tautológica? ¿De qué Brexit se trata, de un hard brexit, de un soft brexit o de un brexit a la medida?

¿En que términos se va a desarrollar el comercio entre el RU y la UE? Qué quiere ser ahora el RU, ¿little England o el global UK?

Eso suponiendo que el Reino Unido siga unido, porque los resultados de Escocia marcan claramente que ellos quieren quedarse y van a pedir para ello un segundo referéndum de autodeterminación. Cameron ha actuado como un aprendiz de brujo y al final ha perdido el control.

Y tampoco parece que el nuevo gobierno británico lo haya recuperado. Casi seis meses después del referéndum del 23 de junio de 2016, no se sabe cuál es su plan para gestionar el Brexit y las relaciones futuras con la UE, ni cuál es su hoja de ruta para las negociaciones, ya sea en la aplicación del artículo 50 o para una futura relación comercial. ¿El Reino Unido se queda en el mercado único? ¿En la unión aduanera? ¿Con un acuerdo de libre comercio a medida? ¿El modelo noruego? ¿El suizo? ¿La vieja Área Económica Europea? ¿Como Canadá?… ¿O como Albania?

No parece que tengan un plan. En parte debido a profundas divisiones en los niveles más altos del propio gobierno. En parte porque da la impresión de que los nuevos ministros no entienden la UE. Y en parte porque los propios procedimientos que hay que aplicar constituyen una variable impredecible.

Pero mientras los británicos se lo piensan, y a lo mejor se lo piensan dos veces y Brexit acaba no significando Brexit… como el no al final no fue no, insisto en la idea de que los europeos debemos pensar seriamente sobre qué queremos que sea nuestra unión.

No podemos perder dos años discutiendo cómo se van los británicos, sino acelerando las soluciones a los problemas que tiene la UE y que a lo mejor se resuelven mejor sin su miembro más reticente. Deberíamos ser capaces de dar saltos cualitativos como los siguientes:

  • El euro como instrumento de progreso compartido, lo que exige cambiar el sistema de piloto automático basado en reglas fijas e inamovibles, por un verdadero gobierno europeo, dando más legitimidad democrática de sus órganos, empezando por el Parlamento Europeo.
  • Considerar los problemas del desempleo y de la desigualdad como problemas europeos, como bienes comunes que exigen soluciones a escala europea.
  • Garantizar la seguridad en nuestras fronteras exteriores, que son fronteras comunes a todos y no solo del Estado que está en una determinada posición geográfica. Creando una guardia costera europea y un sistema de asilo europeo que reparta las cargas que la actual situación geopolítica produce.
  • Y aumentar la cooperación en materias de seguridad para hacer frente a la amenaza terrorista, en la capacidad de defensa común y en la política exterior.

Solo así los europeos podrán ver que su Unión es una fuerza que impulsa su prosperidad y garantiza su seguridad. Ojalá que el Brexit sea la ocasión para avanzar en esa dirección.

La sociedad digital y la empleabilidad

POR QUÉ LA EMPLEABILIDAD DEBE CONVERTIRSE EN EL CENTRO DE NUESTRAS PREOCUPACIONES Y EN LA SOLUCIÓN A MUCHOS PROBLEMAS

Hay sobradas razones para justificar que la empleabilidad universitaria se convierta en el centro de las preocupaciones de nuestra sociedad, de los universitarios y de nuestros gobernantes. Intentaré sintetizarlas en los siguientes puntos:

a) La debilidad estructural del mercado de trabajo español. Bastaría mencionar que somos un país que tiene una tasa de desempleo todavía en torno al 19% y una tasa de paro juvenil que, aunque en descenso, se sitúa en el 41%. Adicionalmente, un millón de españoles que han tenido que salir al extranjero desde que empezó la crisis, y muchos jóvenes, con los niveles educativos más elevados, obligados a encontrar sus salidas profesionales en países como Francia, Alemania o Reino Unido. Además, aunque es indudable la actual expansión del empleo en nuestro país, tampoco hay dudas en cuanto a su precariedad y «baja calidad». Necesitamos con sentido de urgencia y prioridad crear un volumen relevante de empleos para responder a las demandas de la población juvenil e incrementar la calidad de las ocupaciones.

b) La convulsión en los empleos convencionales. Según un estudio de la Universidad de Oxford (publicado en 2013 y desde entonces cabría decir que la evidencia de los cambios disruptivos se han agudizado), casi la mitad del empleo actual desaparecerá dentro de una o, como mucho, dos décadas. Y más importante, casi la práctica totalidad (el 90% según Oxford) de las profesiones que permanezcan sufrirán transformaciones relevantes y requerirán la incorporación de nuevas competencias. Es evidente que nuestros currículos universitarios deben introducir cambios relevantes para mantener la empleabilidad de los egresados.

c) Necesidad de una economía competitiva y fuerte, basada en sectores de futuro. Una política efectiva de empleabilidad universitaria es clave para el desarrollo de los sectores de futuro. Al respecto hace poco publicaba un artículo en El País refiriéndome al crecimiento exponencial de innovaciones relevantes ligadas a sectores como la inteligencia artificial, la nanotecnología, las nuevas energías, la medicina personalizada, el Internet de las cosas y las smart cities, la propia educación online, la revolución en el transporte (conducción autónoma, seguridad…), la minería y tratamiento de datos, las fintech (tecnología aplicada las finanzas)…

Cada una de estas disciplinas requerirá de una cantidad importante de nuevos especialistas universitarios. Sin duda habría que decir que para desarrollar en un país los sectores de futuro deberían ser las universidades las protagonistas claves.

De no producirse un desarrollo competitivo en sectores como los mencionados se puede incurrir no solo en un gran coste de oportunidad sino en prácticas proteccionistas encubiertas que nos anclen en el inmovilismo de la zona de confort empresarial y la falta de innovación y competitividad. Esto ya sucede.

d) El riesgo de caer en un proteccionismo encubierto que a medio plazo nos posicione en desventaja internacionalmente.

Efectivamente, ante el impacto de las disrupciones los sectores tradicionales están demandando un proteccionismo creciente en Europa y sus respectivos países en forma de regulaciones y normativas diversas.

Desafortunadamente, no se demandan más emprendedores, mejores ingenieros o más desarrollo, atracción y retención del talento. El ejemplo más claro es la economía digital donde se demanda protección y más regulación a través de normativas, multas, exigencias… que pretenden «proteger a los usuarios» pero que en el fondo es un proteccionismo a sectores no competitivos.

Esta vía, como cualquier proteccionismo, puede llevar a Europa a una posición secundaria en la economía digital y los sectores de futuro respecto a Asia y Estados Unidos. Hay un riesgo enorme de no entender lo que está pasando y caer en estrategias equivocadas. Hoy más que nunca se exacerba una actitud regulacionista y proteccionista en detrimento del desarrollo de todo el potencial de la tecnología y su contribución en posicionar una economía del futuro (por otra parte inminente, dada la velocidad de los cambios). Hace falta menos regulación y más ingenieros, hace falta menos alarmismo en relación con el desempleo tecnológico y más capacidad de atraer, desarrollar y retener el talento.

e) La empleabilidad de nuestros títulos universitarios vs los de Coursera, Edx, Udacity…

Otra razón para mejorar la empleabilidad de nuestros egresados es que asistimos a una globalización de la educación superior e incluso a la necesidad de garantizar la supervivencia de nuestras universidades ante la competencia de instituciones como el MIT, Stanford, Harvard, por medio de plataformas como Coursera, Edx… Con recursos muy cuantiosos y con capacidad para anticiparse a las demandas profesionales derivadas de los sectores de futuro.

Los MOOCs y la creciente calidad y capacidad innova-dora de las citadas plataformas, junto a su comunicación fluida con las empresas y su rapidez en responder a demandas de futuro, suponen un serio riesgo para nuestras universidades. Basta recordar que Udacity ofrece formación superior que garantiza el empleo en los Estados Unidos en materias como Machine learning, o lenguajes específicos como Android o IOS…

La pérdida de alumnos no es una cuestión baladí, va ligada tanto a cambios muy relevantes en el sistema económico como a una universidad online internacional cada vez más competitiva que gana en tasas de éxito, empleabilidad y en personalización de la educación. La clave está en reaccionar antes de que sea tarde. Las alarmas que ya han saltado (la crisis o quiebra del sistema de financiación universitaria en el mundo anglosajón anticipó esto ya hace más de una década) deberían posicionarnos proactivamente ante el problema.

f) La empleabilidad es clave para nuestro propio posicionamiento como país.

De todo lo expuesto anteriormente se deriva que una estrategia de empleabilidad y de desarrollo de sectores de futuro nos puede proporcionar una diferenciación o ventaja en el mundo actual. Por ejemplo, en la Europa del Brexit la economía digital tiene una oportunidad en España para integrar empresas digitales si somos capaces de dar respuestas a sus nuevas necesidades de empleo y otras condiciones de este ecosistema, si bien los recursos humanos quizás sea lo más importante.

España requiere de una política propia en la economía digital, tal como lo hacen Irlanda, Finlandia u otros países europeos del Este. Europa, frente a gran parte de Asia o los Estados Unidos, no es un buen referente de buenas prácticas y políticas ante cambios disruptivos en la economía tradicional.

España no participa en el desarrollo de las grandes empresas digitales de referencia mundial y simplemente va camino de lamentarse viendo cómo quedan en la UCI sectores como la prensa, banca, transporte, hoteles, comercio tradicional… (cada vez una lista más amplia).

España puede ofrecer una plataforma de una gran comunidad digital con América Latina. El dinamismo, por ejemplo, de Chile, Colombia, México y Brasil está conduciéndoles a explotar un enorme potencial digital. No hay que descartar que España pudiera ser el Miami de América Latina para su entrada en Europa.

Hay que insistir que la solución no es la protección europea, sino el impulso de desarrollo y el liderazgo empresarial en la economía digital y en general en la economía del futuro.

DE QUÉ CONCEPTO DE EMPLEABILIDAD ESTAMOS HABLANDO

Nuestro concepto de empleabilidad convencional está en crisis. No podemos pensar más en términos de:

— Un empleo público masivo como el de las últimas décadas. El grado de endeudamiento de la economía española no deja margen relevante. Mantener un funcionario por cada cuatro asalariados privados representa una carga importante para un sistema como el nuestro. Gobiernos regionales o locales no deben crear expectativas o generar señales equivocadas y las universidades y su oferta de títulos también.

— Empleos ineficientes creados a través de la regulación (sea laboral, fiscal, etc.). Existe una sobrerregulación que se traduce en un coste relevante para las empresas y en contra de su competitividad. Y tampoco aporta garantías efectivas para salvaguardar intereses colectivos. Este tipo de normativas legales, traducido a un coste relevante para nuestras empresas, las debilitan frente a terceros países, incluso internamente se prima la economía fraudulenta, oculta o sumergida.

— Titulaciones ligadas a empleos tradicionales sometidos a disrupciones relevantes. La empleabilidad basada en las titulaciones convencionales que no toman en cuenta las nuevas exigencias de la sociedad digital y de los avances de la tecnología. En mente de todos están titulaciones que en los últimos años han quedado fuertemente obsoletas en el mercado de trabajo actual o para las que sencillamente no hay demanda relevante.

Tenemos que encontrar unas nuevas bases o principios para articular un nuevo concepto de empleabilidad universitaria adaptado a las exigencias de nuestro tiempo. Muy sintéticamente la empleabilidad debe estar basada en:

— El desarrollo de los sectores de futuro (ya los he mencionado anteriormente).

— El concepto de excelencia profesional (y su filosofía «Good» es el enemigo de «Great»), una exigencia derivada de la globalización económica.

— En la hibridación —que no superposición— de los conocimientos. Me extenderé un poco más en este apartado. Las limitaciones de la excesiva especialización ya la citaba Ortega en el siglo pasado. Nuestros excesos de las últimas décadas ha convertido este tema en una tarea prioritaria para los presidentes de las mejores universidades en Estados Unidos en un intento de mejorar la empleabilidad.

Hay direcciones muy rentables para trabajar en la hibridación de conocimientos. La computación con cualquier disciplina propicia un muy elevado potencial. El ya clásico de la nanotecnología en la nueva lucha del cáncer vía la nano: grande dosis de biología (células), medicina (cuerpo humano), química (procesos químicos), física (nanotecnología) e ingeniería…, enormes dosis de hibridación.

Este tipo de titulaciones hibridadas crean grandes oportunidades para desarrollar sectores de futuro. Es importante recordar que estamos hablando de hibridación real y no de mera «superposición» de disciplinas o conocimientos.

— En la capacidad de emprender. La empleabilidad por cuenta ajena mejora con individuos formados para ser proactivos, creativos, los intraemprendedores. Necesitamos toneladas de talento emprendedor en torno a los sectores de futuro de la nueva economía, un término ilusionante que desgraciadamente los economistas jubilamos con precipitación con las crisis de las puntocom de finales de los noventa. La universidad debe formar no meros titulados, sino graduados creativos capaces de emprender y afrontar un futuro basado en el conocimiento.

— En la necesidad de asimilar correctamente innovaciones relevantes y disruptivas. Un ejemplo para ilustrarlo podría ser el Big data o la tecnología blockchain. El caso del Big data y el enorme ruido en torno al mismo se ha convertido en muchos casos en mera «basura digital» y costes para las empresas. Mientras aquellas que están agregando el Big data a la inteligencia artificial están entrando en una suerte de «champion league» empresarial.

— Empleabilidad basada en la capacidad de anticiparnos. Permítanme la licencia de sugerir que en vez de una Agencia de aprobar títulos idénticos o similares para todas las universidades deberíamos tener una Agencia muy eficiente en prospectiva, que ayude a determinar con anticipación: los sectores de futuro, los saltos o avances tecnológicos más relevantes y las disrupciones en los sectores tradicionales. Con esta capacidad, ahora mismo nuestras universidades estarían tomándose muy en serio darle un gran protagonismo a materias como la inteligencia artificial o el Machine learning desde perspectivas científicas muy diferentes (computación, economía, derecho, neurociencia, marketing, ingenierías, biología, medio ambiente, medicina en general…).

— La continua revisión del propio concepto de empleabilidad. Basada en la capacidad de reinventarnos profesionalmente y adaptar una formación continua moldeada por nuevas necesidades e impactos potenciales derivados de una innovación exponencial sin precedentes.

En definitiva de un concepto tradicional de empleabilidad definido como:

El potencial que tiene un individuo de ser solicitado por las empresas para trabajar en ellas.

Debemos pasar a otro concepto más afinado, más actual, de empleabilidad:

El valor añadido real y potencial que aporta un individuo a la competitividad de las empresas.

Así pues, los nuevos titulados deberían tener la capacidad de:

— Asimilar cambios acelerados, disruptivos y reinvenciones permanentes.

— Crear nuevas empresas de futuro que nos ayuden a liderar una nueva economía basada en el conocimiento y la era digital y teniendo como marco la competencia global.

Ambos conceptos están hoy lejos el uno del otro.

POR QUÉ PRIORIZAR LA EMPLEABILIDAD ENTRE LAS PROPUESTAS AL USO DE LAS REFORMAS DE LA UNIVERSIDAD

Tengo el mayor respeto por las propuestas de reformas de muchos de mis colegas. Estoy seguro que muchas mejorarán nuestra universidad.

Sin embargo, si no ponemos foco en la empleabilidad podemos perder energías muy valiosas que ya se dejan entrever en algunas posiciones encontradas en torno a temas como la gobernanza, los rankings, la vía fácil y quizás justificada del victimismo presupuestario o el número excesivo de universidades, por citar algunos ejemplos.

No voy a entrar a analizar este tipo de temáticas que, por otra parte, son extremadamente complejas, pero sí señalar los riesgos de caer en debates que nos distraigan del problema principal que representa la empleabilidad universitaria:

Gobernanza. He estado dedicado a la gestión universitaria diez años de mi vida, sé algo de la práctica de la gestión empresarial, tanto de una multinacional como en una startup tecnológica. He defendido en situaciones complicadas la autonomía universitaria. Tengo la firme convicción de que lo que hace que en algunos países funcione un determinado sistema de gestión universitaria es la capacidad de comprender la cultura empresarial de su entorno, de liderazgo en la innovación, de la capacidad de conectar con su ecosistema social (antiguos alumnos, empresas…) y sobre todo el tipo de incentivos a los miembros de la comunidad. Pero no un sistema específico de gobernanza.

Rankings. ¡Claro que las universidades españolas pueden alcanzar mayores cotas de eficiencia! Pero meter en un mismo ranking universidades que tienen unos endowments como Harvard, MIT, Stanford, Yale, Princeton… (Harvard, 35.000 millones, podría comprar suficientes acciones para dominar el Consejo de Telefónica, Santander y BBVA al mismo tiempo) con la Universidad de Alicante, no resiste lógica ni criterio alguno. Creo que para el modesto presupuesto, por ejemplo el de mi universidad, tener un candidato al Premio Nobel de Medicina, la mejor biblioteca virtual del mundo, transferir tecnología MOOCs a Google Europa, una plataforma con 340.000 emprendedores de más de cien países (UNIMOOC) o a una startup nanotecnológica del MIT que es alimentada desde el LAB de nanotecnología de Alicante y transfiere su tecnología a todas las refinerías del mundo, todo esto sí que es, comparativamente, un auténtico milagro.

Por no extenderme más no entraré en más detalles respecto al «victimismo presupuestario» o el número excesivo de universidades (vs universidades especializadas).

Necesitamos universidades innovadoras obsesionadas por la empleabilidad.

El actual sistema de incentivos al profesorado o el propio sistema presupuestario de la universidad sin ninguna indexación con la empleabilidad, basado en trienios, quinquenios, sexenios, puede favorecer una investigación básica y formación de talento del que generalmente se aprovechan más terceros países y aporta cada vez menos a su país y especialmente a su entorno.

La sociedad digital es dinámica, innovadora, colaborativa, creativa, disruptiva…, se autoorganiza, crea wikipedias, comunidades open source con tecnologías tan revolucionarias como blockchain, reinventa hasta los encuentros presenciales del talento digital con las meetups, la movilidad, vía nómadas digitales, etc.

Ante esto nuestras universidades deben alejarse de actitudes pasivas, lentas, burocráticas, cerradas (endogámicas).

Hay enormes beneficios fiscales y económicos para un país que convierte el paro en empleo. Y más a los niveles de desempleo que tenemos en España. Un ministro de Hacienda debería hacer unas cuentas inteligentes al respecto y comprobar el enorme coste derivado de la empleabilidad y los enormes beneficios derivados de incentivarla a través de nuevas líneas presupuestarias.

El gobierno central y los regionales deberían apoyar presupuestariamente la empleabilidad de sus egresados de forma eficiente. ¿Cómo? He aquí algunas ideas sencillas:

  1. Midiendo estadísticamente el nuevo concepto de empleabilidad propuesto. No el subempleo de titulados, sino el empleo a través de concepto de empleabilidad que antes he mencionado. No obstante, bastaría para empezar aprovechar las estadísticas existentes sobre la empleabilidad de las titulaciones.

2. Propiciando un apoyo presupuestario relevante a las universidades para mejorar y conseguir progresar en las tasas de empleabilidad de sus egresados, lógicamente haciendo depender líneas relevantes de apoyo presupuestario de mejoras cuantitativas y objetivas en la empleabilidad. Insisto en que sería la inversión más rentable de un país cuando estamos ligando la empleabilidad a los sectores de futuro y a la capacidad de dar competitividad, vida, a los sectores amenazados por disrupciones.

3. Dejando libertad a las universidades para especializarse, para seguir buenas prácticas internacionales, para aprovechar el potencial de su mejor talento y capital humano. Sabiendo que de una especialización que responda a necesidades reales de la sociedad dependerá el incremento de sus ingresos.

4. Fomentando otros incentivos adicionales al profesorado ligados a la empleabilidad (los mismos quinquenios docentes redefinidos) y otros que incentiven el reciclaje formativo del profesorado.

¿Es importante todo esto? Cuando escribo estas líneas pienso lógicamente en mis hijos. Y mi postura es de una preocupación ante el estado de la cuestión, pero no por esto pesimista o alarmista. Y esto que leo bastante sobre los estragos de la inteligencia artificial o la robótica.

Quizás nos enfrentamos a un futuro complejo, difícil de predecir, pero apasionante futuro que las universidades pueden hacerlo posible. Podríamos hacer verdad aquello de que «el futuro pertenece a quienes se preparan hoy», y en cualquier caso tengo la certeza de que «el futuro pertenece a quienes tienen la capacidad de soñar».

NOTA:

Texto de la intervención en la Jornada de expertos de la Fundación Ciudadanía y Valores (FUNCIVA) celebrada en la Universidad Internacional de la Rioja, el día 7 de noviembre de 2016.

Literaturas extranjeras y editoriales independientes. Una buena y fructífera combinación

Un fenómeno, que no hay que decirlo, influye en un vivo y en muchos casos entusiasta interés por literaturas antes consideradas poco familiares a nuestro inmediato entorno de lenguas latinas (francés, italiano y portugués). Todo ello, por supuesto, contando siempre, de forma paralela, con la muy influyente presencia, que no conoce ningún tipo de declive, muy al contrario, de la literatura anglosajona.

Deslizamientos geográficos que inciden en el gusto y curiosidad de los lectores, mucho menos homogéneos, mucho más diversos y cosmopolitas, como toda una generación de españoles que viaja sin cesar «físicamente» a otros países. Nuevos acercamientos que ofrecen curiosas sorpresas. Por ejemplo, en el caso de la novela policiaca, antes mayoritariamente norteamericana y británica, o como mucho con puntos «fijos» y clásicos, de grandísima altura y calidad como el belga Simenon, o si no el autor de política-ficción italiano Leonardo Sciascia. Un género que se ha desplazado a los países nórdicos (los suecos Henning Mankell, Stieg Larsson y su saga Millennium, Asa Larsson o Liza Marklund, el islandés Arnaldur Indridason, los noruegos Jo Nesbo y Karim Fossum), a Polonia (Zygmunt Miloszewski, autor de El caso Telak, perteneciente a la serie protagonizada por un joven fiscal de Varsovia) o incluso a la Europa del sur, con dos escritores «seniors», que compiten en fama y ventas con su ilustre colega escandinavo, recientemente fallecido, Henning Mankell. Estos dos escritores, tardíamente revelados, son el siciliano Andrea Camilleri (creador del célebre comisario Montalbano) y el griego Petros Markaris, padre en la ficción del no menos popular comisario Kostas Jaritos. A partir de 2010 este economista y novelista griego, nacido en Estambul en 1937, comenzó a escribir su excelente Trilogía de la crisis, formada por las novelas Con el agua al cuello, Liquidación final y Pan, educación y libertad. Unas novelas en las que la desolación de la vida cotidiana actual griega brillaba con toda su brutal y desasosegante inquietud, aderezada con un buen número de asesinatos, relacionados en muchos casos con evasores, defraudadores fiscales, políticos corruptos y grupos diversos de extrema derecha.

Todos estos autores son los representantes europeos de lujo de un género, el policiaco, en el que algunos escritores actuales han sabido aunar calidad y seguidores masivos y entusiastas. Sus apasionantes tramas de misterios criminales radiografían y desnudan los entresijos políticos, económicos y de poder de las sociedades actuales.

Aunque no todas las grandes revelaciones nórdicas han tenido que ver con la novela negra por supuesto. Ahí estarían el divertido y desopilante autor finlandés Arto Paasilinna y su compatriota Sofi Oksanen, el islandés Sjón, la noruega Linn Ullmann (hija del director de cine Ingmar Bergman y de Liv Ullmann) o el gran escritor sueco Per Olov Enquist. Caso aparte, como inusitado éxito mundial, ha sido el de Karl Ove Knausgard (1968). De forma autobiográfica, este escritor noruego emprendería en 2009, con el provocador título de Mein kamp (Mi lucha, traducido al español como La muerte del padre), una monumental saga de seis novelas, con el objeto de narrarse a sí mismo, como personaje, y a su tiempo, a la manera proustiana y torrencial.

Y cuando hablamos de deslizamientos habría que hablar (aunque sea a través de un rápido panorama) de ese ligero deslizamiento asiático que se ha producido desde el protagonismo estelar que tuvo durante la segunda mitad del siglo XX, después de la guerra mundial, una magnífica generación de autores japoneses (Yukio Mishima, Kenzaburo Oé, Junichiro Tanizaki). Autores todos ellos leídos con pasión a lo largo y ancho del mundo, que poco a poco han dejado paso a una mayor presencia, con novedades cada vez más abundantes en las librerías, de nuevos autores chinos. Un caso aparte por supuesto es el enorme impacto que ha significado internacionalmente la lectura de un autor japonés de la personalidad y singularidad hipnótica como es Haruki Murakami, heredero de una grandísima generación de las letras niponas. Autor de mágicas, surrealistas, desgarradas y fantasmalmente poéticas novelas de amor e iniciación, con frecuentes homenajes musicales, novelas que no pocas mezclan lo real y lo imaginario, el posmoderno Haruki Murakami, devocionado e incomprendido a partes iguales, ha influido sin duda en generaciones enteras de lectores y escritores de las últimas décadas del pasado siglo y este primer tramo del presente. Obras como Tokio blues, Al sur de la frontera, al oeste del sol, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, After Dark, 1Q84 o Kafka en la orilla han dejado una inolvidable impronta entre sus miles de seguidores.

Por otro lado, uno de los mejores descubrimientos de estos últimos años provenientes de China es el autor de la excelente y dura novela El camino oscuro, Ma Jian (Qingdao, 1953). Escritor y disidente político, actualmente residente en Londres, Ma Jian a los treinta años recorrió China, viaje del que surgiría su libro Polvo rojo. En El camino oscuro narra la historia de una joven campesina, Meili, nacida en el corazón de la China rural, casada con Kongzi, un maestro de pueblo, lejano descendiente de Confucio.

Otro de los mejores escritores chinos actuales —de la generación del célebre Yan Lianke, autor de la novela satírica Los besos de Lenin y de Los cuatro libros— es Yu Hua, nacido en Hangzhou, Zhejiang, en 1960. Su novela ¡Vivir! sería adaptada para la pantalla por Zhang Yimou, recibiendo el Gran Premio del jurado de Cannes de 1994. En ella se cuenta la historia de Fugui, un niño mimado, único heredero de la familia Xu. Tras dilapidar toda su fortuna en el juego y en los burdeles, Fugui se ve obligado a trabajar la tierra. Aunque este revés de la suerte se revelará como una inesperada tabla de salvación en el momento de la llegada de la China comunista: el que en otro tiempo fue hijo de una familia de terratenientes, al haberse convertido en un simple campesino, logrará escapar del lúgubre destino deparado a los ricos.

Por su parte, Qiu Xiaolong (1953), cuyo padre sería víctima de los Guardias Rojos durante la Revolución Cultural, es el principal autor de novela negra china de nuestros días. En 1989 se trasladaría a los Estados Unidos. Su héroe principal, Chen Cao, es un epicúreo y gourmet policía, además de poeta, cuyas investigaciones describen la vida de Shangái de los años noventa, durante el régimen de Deng Xiaoping. En los casos de Chen Cao se mezclan la política, lo cotidiano, la intriga policial, la omnipresencia del Partido y los vertiginosos cambios sufridos por la China moderna. En El caso Mao, el inspector-poeta recibe la llamada de un ministro encargándole que investigue el caso de unos documentos comprometedores, posiblemente heredados por la nieta de una actriz que tuvo una relación «especial» con Mao, una figura aún «intocable» décadas después de su desaparición.

Por su parte, los grandes escritores norteamericanos, siempre en plena y activa producción, casi sin desfallecer, desde un magnífico Philip Roth, eternamente propuesto para un Premio Nobel que parece no llegar nunca, autor de las magistrales La mancha humana (2000), La conjura contra América (2004), Elegía (2006), Sale el espectro (2007), que retrataba un melancólico final de la saga Zuckerman, con su protagonista considerablemente envejecido), o Némesis, de 2010, que anunció como «su último libro», hasta John Updike, Cormac McCarty, Joyce Carol Oates, John Irving, el espléndido autor de Canadá, Richard Ford, los concienciados Richard Russo y Russell Banks, o los cada vez más seguidos por las últimas generaciones Paul Auster y Don DeLillo, encontrarían unos herederos de lujo en autores actuales del realismo casi decimonónico como Jonathan Franzen, en un creador de mundos sombríos y desolados de Alaska como David Vann (Sukkwan Island) o bien en el fallecido y experimental autor de La broma infinita, David Foster Wallace, que tomaría el legado rupturista de Thomas Pynchon, John Barth o William Gaddis.

Por su parte, autoras magníficas, como la cuentista Lorrie Moore (Pájaros de América, Como la vida misma), tomaban el testigo de la mítica escritora de relatos Lydia Davis (El final de la historia, Cuentos completos) o de una no menos estremecedora maestra de la forma breve, olvidada durante años y recientemente recuperada, tanto en Estados Unidos como en España, Lucia Berlin (Manual para mujeres de la limpieza). A ellas hay que añadir autoras tan interesantes como la denominada «reina de las bad girl heroines», A. M. Homes (Música para corazones incendiados), o la nigeriana-americana Chimamanda Ngozi Adichie (Americanah).

Crítico agudo de la institución familiar en todas sus mutaciones, de Jonathan Franzen (Chicago, 1959) se puede decir que es el más directo heredero de eminentes autores de «la gran novela americana», como los citados Philip Roth, Don DeLillo o John Updike. Si ya en Las correcciones (2001) había pasado por el hacha a esa gran institución fundadora de su país, la familia, en la magnífica Libertad (2010) le dará el golpe de gracia definitivo. Radiografía de tres generaciones de una misma familia del Medio Oeste americano, entre 1970 y 2010, en esta obra Franzen pasa revista, a través de los cultos, progresistas y comprometidos Berglund, representantes de una nueva burguesía urbana, a una serie de figuras típicas, pero nunca suficientemente conocidas, habituales tanto de las pinturas de Norman Rockwell como de los paraísos con piscina de la clase media acomodada de David Hockney.

Uno de los más activos y permanentemente renovados grandes nombres de la factoría americana, que arriesgan sin cesar obra tras obra, es sin duda Don DeLillo, autor de una reciente y magnífica novela Cero K (2016), una mezcla de ciencia-ficción y ficción metafísica, digna de Orwell y los grandes clásicos. Hijo de emigrantes italianos en el Bronx, DeLillo (1936) es el preferido y más citado por las últimas generaciones de su país, como es el caso de Jonathan Franzen. También es posiblemente el más inspirado y apasionante cronista de muchas de las peores pesadillas, profundas heridas y contradicciones del sueño americano, no pocas veces amenazado. El que mejor ha explorado (junto a otros monstruos sagrados de la literatura americana de después de la guerra como Norman Mailer, Gore Vidal o Roth) la historia de su país y el impacto de acontecimientos particularmente violentos y sorpresivos sobre el inconsciente colectivo, ya sea en novelas memorables como Ruido de fondo, en la magnífica obra que le dedicó al asesinato de Kennedy (Libra), en el monumental clásico moderno que es Submundo o en el brillante y desasosegante retrato que le dedicó a un frenético especulador de Wall Street (Cosmópolis, 2003). El hombre del salto (2007) sería la obra que le dedicaría al trauma que inauguró el siglo XXI: el atentado del 11 de septiembre de 2001.

También el autor de Parejas y de la serie protagonizada por el héroe gris de la middle class americana Harry «Rabbit» Angstrom, John Updike (1932) escogería para reflejar la violencia extrema contemporánea en su novela Terrorista (2006) a la figura imaginaria de un fanático de nuestros días. La obra narra la deriva y feroz desierto identitario de un joven terrorista made in America, el joven Ahmad Mulloy, hijo de una irlandesa y de un estudiante egipcio que los abandonó cuando él era solo un niño. Mezcla rabiosa de los adolescentes autores de la matanza de Colombine y del talibán californiano apresado durante la guerra de Afganistán, Ahmad, alumno de un liceo de los suburbios de Nueva Jersey, fanática y paranoicamente hostil a la cultura que le rodea, viviría obsesionado por el enigma de la figura de su padre y por la religión musulmana.

De manera sutil, indirecta y poética, como tiene acostumbrados a sus numerosos lectores, en especial del continente europeo, lo mismo que había sucedido en su día con William Faulkner, Paul Auster (1947), uno de los mejores autores del panorama mundial, daría también respuesta a su manera, con su bellísima novela Brooklyn Follies (2005), a la tragedia de las Torres Gemelas. Un autor con un público fiel e incondicional que sigue con pasión cada una de sus maravillosas y laberínticas filigranas, entre intrigas policíaco-filosóficas sobre la identidad y puzzles con numerosos rastros culturales que convocan a una serie de personajes o almas en pena que el azar ha reunido en su sempiterno omphalos planetario: el barrio de Brooklyn. Un refugio interior donde «uno se retira cuando el mundo real se convierte en algo imposible», llamado «Hotel Existencia».

Por su parte, uno de los escritores más secretos y reacios a las apariciones públicas, en el país de la hiperinflación de las afirmaciones mediáticas, en la estela de los otros dos mitos por excelencia de la desaparición, Salinger y Pynchon, Cormac McCarthy (1933) es hoy un maestro indiscutible que ha sabido renovar de forma turbadora la grandísima herencia dejada por Faulkner en la literatura americana. Con novelas instaladas en la frontera mexicana y surgidas de las peores tinieblas y abismos de la condición humana, McCarthy es el autor de la magnífica Trilogía de la Frontera. A ella se unirían la oscarizada y espléndida No Country for Old Men y otro gran éxito internacional, por el que obtuvo el premio Pulitzer 2007: La carretera, una espeluznante parábola, entre bíblica y apocalíptica, de un brutal y desolado lirismo, en la que dos personajes errantes, sobrevivientes de algún tipo de catástrofe nuclear o de algún colapso metafísico, se pasean por un mundo destruido, reducido a cenizas, y por una naturaleza carbonizada.

Tras el éxito internacional y la película basada en su novela Todo está iluminado (2002), el joven escritor Jonathan Safran Foer —cuya esposa es la excelente novelista Nicole Krauss, autora de La historia del amor—, heredero de la tradición judía oriental de autores como Bashevis Singer o Henry Roth, escribiría una fábula maravillosa, Tan fuerte, tan cerca (2005), que viajaba al dolor y la curación posterior de la ciudad de Nueva York, golpeada en lo más íntimo de su ser tras el ataque efectuado a las Torres Gemelas.

Para seguir en el ámbito anglosajón —muy dominante, y con toda justicia, en la esfera de la literatura internacional— hay que hablar de un magistral grupo de escritores británicos, que se fueron consolidando en su mayoría en las últimas décadas del pasado siglo. Uno de ellos es Kazuo Ishiguro. Nacido en Nagasaki en 1954, Ishiguro no es tan solo uno de los mejores escritores de este momento, a nivel mundial, sino uno de los que mejor han sobrevivido —desde novelas como Un artista del mundo flotante, Los restos del día o la magnífica Nunca me abandones— al paso del tiempo y a representar con plena maestría, libro tras libro, lo mejor de aquella generación de oro de los comienzos de los ochenta, que lanzó a escritores como Salman Rushdie o Martin Amis a la conquista del mundo, literariamente hablando. Hoy día, tanto él como Ian McEwan, Graham Swift, William Boyd o Julian Barnes, simbolizan un compromiso inamovible con vistas a no bajar el listón de lo más inteligente y perdurable de sus trayectorias, en no ceder terreno al afrontar retos estilísticos y de lenguaje, y en la renovación y replanteamiento continuo de temas. Con unas melancólicas historias de «música y crepúsculo» reunidas en Nocturnos (2009), Ishiguro volvería a demostrar su talento al apuntar, más que documentar profusamente, caracteres ambiguos y recelosos a la hora de mostrarse del todo, como sucedía en el mejor Chéjov o en Henry James.

Por su parte, despiadado e irónico observador, la clase media británica es una fuente fija de inspiración para el gran novelista y autor de relatos Julian Barnes (Leicester, 1946). Aunque debutó con El loro de Flaubert por otros caminos más extravagantes, su sentido del humor nunca le ha abandonado a la hora de meterse de forma sutil en la vida, manías y tics principales de sus contemporáneos. Especialista en magníficos retratos de parejas, o bien en triángulos amatorios y generacionales, ya sea en libros de cuentos como Pulso y La mesa limón, o en novelas como Amor, etcétera, Barnes pasa siempre por el escalpelo a sus contemporáneos, a gente que de forma siempre previsible opinan y aplican lugares comunes de moda.

Si El sentido de un final (2011) es una de las más admirables y conmovedoras obras de este autor, donde se narra el doloroso y desencantado paso del tiempo en un grupo de jóvenes cuya más previsible y decepcionante obra será precisamente su entrada en la madurez, en El ruido del tiempo (2016) Barnes compone una obra mixta, mitad novela e inmersión imaginaria en la conciencia de un personaje —ayudado por una base auténtica y perfectamente documentada de hechos y acontecimientos—: el músico y compositor soviético que sobrevivió a Stalin, Dmitri Shostakóvich. Un tema, los totalitarismos nazi y soviético, por los que igualmente se sentiría atraído en sus ficciones (La zona de interés, ambientada en Auschwitz, 2015) o en libros de origen mestizo como Koba el temible (La risa y los veinte millones, 2002) su compañero generacional Martin Amis, de incansable, muy exitosa, y en ocasiones irregular, presencia a lo largo de los años. Incomparable cronista de la realidad y distintos submundos británicos, antes y después de las salvajes crisis económicas, experto en retratos vitriólicos y esperpénticos de la Inglaterra actual, como sucede con ese gran autor que también es Jonathan Coe, Amis saca auténtico oro negro de la primitiva y neandertalesca brutalidad de una enriquecida delincuencia huligánica y suburbial londinense, como demostraría en Lionel Asbo. El estado de Inglaterra (2012).

Por su parte, otro de estos magníficos e imprescindibles maestros británicos, Ian McEwan, escribiría en esta primera década del siglo, entre otras, dos obras memorables. Por un lado, en 2001, Expiación (llevada al cine en 2007), espléndida filigrana narrativa en la que este autor volvería a uno de sus temas preferidos: la ambigua inocencia y la devastadora capacidad de destrucción en edades tempranas de la vida. Una inolvidable historia de amor marcada por el caos de la guerra y los convencionalismos sociales. Y por otro lado, la magnífica Chesil Beach (2007), una desasosegante historia de amor, noviazgo y sexo en una época, los años sesenta, en Inglaterra.

Y pasando ya al caso siempre único, estimulante literariamente hablando, que es Irlanda, hay que decir que esta zona, pequeña y reducida dentro del espectro europeo, cuenta con una aparentemente infinita sucesión de genios a lo largo de las épocas. Desde Joyce, Yeats y Flann O’Brien, hasta llegar al momento actual con el expatriado Colum McCann, el veterano maestro William Trevor, un espléndido autor como es Colm Tóibín o una no menos genial escritora de la categoría de Edna O’Brien, tenemos por fuerza que llegar a uno de los más inconmensurables estilistas de la literatura actual: John Banville. Uno de los escritores más unánimemente aclamados del panorama internacional, Banville ha merecido sonoros elogios de críticos y colegas de renombre: desde George Steiner, Claudio Magris y Martin Amis a Don DeLillo. En cada una de sus obras, desde el comienzo, que se remonta al año 1970, y desde novelas como Mefisto, Eclipse, Imposturas, El mar, Los infinitos o la serie negra firmada como Benjamin Black, Banville —como también sucede en el caso del surafricano Coetzee— no ha dejado de plantearse retos siempre diferentes, vigorosos, intrincados en los caminos y vericuetos que va tomando la trama y en esas indagaciones difíciles de contentarse con tres o cuatro banales hallazgos.

Pero si tuviéramos que hacer un resumen de los primeros quince años del siglo, un buen observatorio, un buen escaparate mundial, más orientativo en ocasiones de lo que parece, serían los premios Nobel de Literatura concedidos. Algunos de los galardones mejores y más «literarios» (es decir, menos polémicos o discutidos) logran revitalizar con el tremendo empuje de este reconocimiento mundial el área lingüística y los países de los que provienen. Ahí estaría el premio concedido a un escritor de un mundo elegiaco y poético tan propio como es Patrick Modiano (espléndido autor de una dilatada obra, representada sobre todo en su célebre Trilogía de la Ocupación), al gran autor turco Orhan Pamuk, al húngaro Imre Kertész (autor de Sin destino o su último e impresionante libro aparecido este año, poco antes de su fallecimiento, La última posada), a la británica Doris Lessing, a la estupenda escritora rumano-alemana Herta Müller, al esquivo y magnífico novelista sudafricano J. M. Coetzee o a una de las mejores autoras de cuentos, desde Chéjov, como es la autora canadiense Alice Munro.

Todos ellos no hacen por supuesto desmerecer a notables creadores de sus zonas, como sería el caso de la otra gran autora de nuestros días, la canadiense Margaret Atwood; al recientemente fallecido autor húngaro Péter Estérhazy; a dos autores franceses de talento muy poco usual como son en la actualidad Michel Houellebecq y Emmanuel Carrère; al sobreviviente del Holocausto —lo mismo que Kertész en su día— el rumano Norman Manea; al albanés Ismail Kadaré, que narró de forma igualmente memorable la vida durante una dictadura comunista, o a un candidato eterno al Premio Nobel, escritor checo que cambió de lengua, concretamente al francés, como es Milan Kundera, otro de los grandes nombres del pasado siglo y de este también.

Se queda pendiente, sin un Nobel aún, la literatura neerlandesa, encarnada hoy por su máxima figura que es Cees Nooteboom, o la literatura en lengua hebrea, de la que son eternos candidatos Amos Oz, Abraham Yehoshúa y David Grossman, el gran triunvirato de esa literatura, al que siguen varios escritores de enorme talento de la actualidad como son Etgar Keret, Nir Baram o Tsruyá Shalev. La literatura alemana, una vez desaparecidas dos grandes figuras tutelares como Günter Grass y W. G. Sebald, tiene espléndidos representantes hoy como Bernhard Schlink, Daniel Kehlmann o Ferdinand von Schirach. Un recambio generacional que puede aplicarse a muchas de estas literaturas europeas: tras la desaparición de Antonio Tabucchi en Italia, y la consolidación ya indiscutible de figuras como Claudio Magris y Roberto Calasso, hay que leer a autores italianos de nuestros días como Andrea Bajani, Giuseppe Montesano, Melania Mazucco o ese enigma llamado Elena Ferrante.

En el caso de las literaturas centroeuropeas, sobre todo en el caso polaco, el recambio de la generación del premio Nobel Czeslaw Milosz o del poeta y brillante prosista Adam Zagajewski, en estas primeras décadas del XXI, estaría representado por espléndidos autores actuales, auténticos maestros del estilo, como son Marek Bienczyk, Andrzej Stasiuk u Olga Tokarczuk. Pero otros autores actuales sumamente interesantes, de potente y original obra, que sin duda hay que citar, son el búlgaro Georgi Gospodinov, el serbio Goran Petrovic, la croata Dubravka Ugresic, el esloveno Drago Jankar y el rumano Mircea Cartarescu.

Alta tensión. Una lectura contemporánea de Gustavo Adolfo Bécquer

A Bécquer ese primer entusiasmo le cuesta caro. Ante los otros poetas, el lector contemporáneo se pone alerta. La falta de hábito lector de la poesía nos hace precavidos y solemos, si no podemos evitarlo, prestar toda nuestra atención. No ocurre eso con Bécquer, ante el que los lectores españoles se sienten súbitamente relajados. Lo conocen de sus lecturas infantiles y adolescentes y se sienten en terreno conocido; y dispensados, por tanto, de una nueva relectura y del más mínimo esfuerzo crítico.

El Bécquer conocido no es exactamente el Bécquer verdadero, como advierte Rafael Montesinos, uno de los máximos becquerianos

Grave error. El Bécquer conocido no es exactamente el Bécquer verdadero, como advierte implícitamente y sensu contrario Rafael Montesinos, uno de los máximos becquerianos: «Bécquer, leído en la adolescencia, olvidado y vuelto a leer con ojos nuevos cuando la vida alcanza su plenitud». No se le lee con ojos nuevos cuando se alcanza la plenitud, con escasas excepciones. Si se le leyese así, se descubriría enseguida que estamos ante un poeta sencillo, pero no simple, con una enorme tensión biográfica, ideológica, literaria e histórica.

Contra la lectura consabida y consuetudinaria, a favor de esas tensiones, se han escrito estas líneas.

BIOGRAFÍA

Sobre los datos no hay confusión posible. El 17 de febrero de 1836 nace en Sevilla Gustavo Adolfo Domínguez Bastida Insausti de Vargas Bécquer Bausa. Le quedaba muy atrás el apellido Bécquer, pero era apellido de sangre noble y tenía enterramiento blasonado en la catedral de Sevilla. La familia, en la que abundaban los pintores costumbristas, lo usaba.

Ese pundonor de nobleza, aunque el origen del apellido era holandés, resulta bien español. También por la relativa pobreza. Ahí encontramos ya una temprana tensión vital, de las muchas que habrán de acompañar al poeta. Han quedado muy pronto huérfanos los Bécquer, y Gustavo comienza a estudiar para marino mercante en el colegio de San Telmo, reservado a nobles sin dinero. Cuenta con la protección de su madrina, Manuela Monnehay, y de su tío Joaquín Domínguez Bécquer, pintor.

La biblioteca de su madrina, bien dotada de las obras de los primeros románticos, como Chateaubriand o Walter Scott, le forja un carácter soñador, una ideología conservadora y una vocación literaria. Doña Manuela, aunque ha sido, a través de esa biblioteca, una causa fundamental de su vocación literaria, no la entenderá luego, cuando Gustavo pretenda viajar a Madrid a perseguir sus ambiciones líricas.

A pesar de la oposición y de su juventud, el futuro poeta emprende el viaje. Sevilla queda atrás, pero dentro. Será una influencia y una referencia constantes. Según Juan Ramón Jiménez, Sevilla tampoco olvida a su poeta:

«Hay por Sevilla un jirón de niebla que el sol más claro no acierta a disipar. Se va de un lado a otro, pero nunca se quita; algo así como esas estrellas que se ven ante sí los ojos confusos. Es Bécquer. ¿Es Bécquer? ¡Es Bécquer!»

Madrid no se rinde a los pies del poeta adolescente, como es natural, aunque él y sus amigos habían soñado otro recibimiento. Acuciado por la necesidad y la lógica, emprende la carrera de periodista. Lo fue de éxito, llegando a dirigir algunos de los más importantes periódicos de su tiempo, y alcanzando un grado eminente como articulista de costumbres, en la línea de Larra. Merecería un estudio más detenido esta faceta suya, de indiscutible calidad.

Estamos ante otra dimensión desconocida o ignorada por casi todos aquellos que creen conocer de sobra a Bécquer.

SU PENSAMIENTO

Sus trabajos periodísticos van muy ligados a otra dimensión aún más desconocida, y que provoca todavía una mayor tensión frente la imagen usual del poeta. Su condición de hombre conservador, tanto de talante como de ideología política.

Todavía en Sevilla, él y su hermano Valeriano, pintor, se ríen de la revolución de 1854 en el álbum Los contrastes. Tanto es así que el posicionamiento liberal que se adopta en la leyenda «La fe que salva», sirvió en un primer instante, entre otros motivos más filológicos pero posteriores, para detectar el fraude. No era obra suya: no podía serla por su carácter liberal. Y eso que la falsificación era muy fina y usaba (para enmascararse) un título que el propio Bécquer tenía apuntado entre los de sus proyectos.

La cuestión del conservadurismo la resume Montesinos: «Les gustara o no a sus amigos y contemporáneos, Bécquer, a través de sus diferentes escritos en prosa —cartas literarias, artículos, narraciones, leyendas, etc.—, dejó bien definido, más que su pensamiento, su sentimiento conservador. Este sentimiento, que fue siempre limpio, constante y desinteresado, le atrajo no pocas enemistades más o menos ocultas, muchas de las cuales le persiguieron en la posteridad». +

Y Robert Pageard remacha: «Su gran designio práctico fue la creación y animación de periódicos y colecciones capaces de elevar la cultura de sus contemporáneos, especialmente con objeto de revalorizar la tradición española». Hay una anécdota que constata su compromiso. El 16 de diciembre de 1865 cesa como director de El Contemporáneo, a pesar de ser un puesto de prestigio y de necesitar el sueldo. Pretexta mala salud, pero lo hizo por no estar de acuerdo con el posicionamiento del periódico en contra de los conservadores Narváez y González Bravo.

En sus escritos, abundan los comentarios de pasada en los que el peso de la querencia conservadora es evidente. En la «Carta I» de Cartas desde mi celda, comenta con ironía, pero ahí queda eso: «atalajado en una mula, como en los buenos tiempos de la Inquisición y el rey absoluto»… Otras veces será más confesional: «ello es que en el fondo de mi alma consagro, como una especie de culto, una veneración profunda por todo lo que pertenece al pasado, y las poéticas tradiciones, las derruidas fortalezas, los antiguos usos de nuestra vieja España tienen para mí todo ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa de la puesta del sol en un día espléndido cuyas horas, llenas de emociones, vuelven a pasar por la memoria vestidas de colores y de luz antes de sepultarse en las tinieblas en que se han de perder para siempre».

Desde luego, esto crea una nueva tensión con la imagen arquetípica del poeta, pero no lo traigo aquí solo por eso ni por recrearme en la suerte ideológica. Es un dato importante porque sitúa a Gustavo Adolfo Bécquer en el centro de lo que de veras significó el romanticismo. Lo define Nicolás Gómez Dávila: «Desde Blake, Wordsworth y el Romanticismo alemán, la poesía moderna es una conspiración reaccionaria contra la desacralización del mundo».

La lectura de El genio del cristianismo de Chateaubriand está en el origen de su magno proyecto Los templos de España

El afán de Bécquer por una sacralización del mundo va unido, como no podía ser menos en un español y en un amante de las tradiciones, al catolicismo. La lectura de El genio del cristianismo del vizconde de Chateaubriand está en el origen de su magno proyecto Los templos de España. El amigo de Bécquer, César Nombela, en Impresiones y recuerdos, explica:

No se trataba de un estudio pura y simplemente arqueológico, de una descripción técnica más o menos detallada como las que habían hecho algunos eruditos españoles, muy meritorias, muy documentadas; pero más labor de fotógrafo que de pintor artista. Lo que Gustavo pretendía era hacer un grandioso poema en el que la fe cristiana, sencilla y humilde, ofreciese el inconmensurable y espléndido cuadro de las bellezas del catolicismo. Cada catedral, cada basílica, cada monasterio, sería un canto del poema. La idea, el sentimiento estarían expresados por la fábrica con el mármol, la madera, el hierro, el bronce, la plata, el oro, las piedras preciosas al servicio de artistas arquitectos, pintores y escultores. A estas espléndidas formas darían alma la oración, la liturgia, el sencillo, severo y solemne canto llano, las melodías del órgano, los símbolos de los dogmas, la elocuencia sagrada…

Esa intención cruza toda la obra de Bécquer. Se ve, desde luego, con mucha claridad en las Leyendas. Por ejemplo, en «La cruz de hierro», donde suenan con un claro timbre autobiográfico estas palabras: «Impulsado de un pensamiento religioso, espontáneo e indefinible, eché maquinalmente pie a tierra, me descubrí, y comencé a buscar en el fondo de mi memoria una de aquellas oraciones que me enseñaron cuando niño; una de aquellas oraciones, que cuando más tarde se escapan involuntarias de nuestros labios, parece que aligeran el pecho oprimido, y semejantes a las lágrimas, alivian el dolor, que también toma estas formas para evaporarse».

También se nota en su poesía, aunque esta, por andar tan pegada a los movimientos de su alma, recogiese algunos momentos de duda. Es el caso de la famosa rima LXXIII, en la que el poeta dice ignorar el destino de las almas después de la muerte. Eso levantó una cierta polvareda un tanto polvorienta en su ciudad natal a cuenta de un supuesto descreimiento blasfemo. Ese mismo poema fue el escogido nada menos que por el católico Menéndez y Pelayo en sus Las cien mejores poesías de la lengua castellana. Sabía el sabio, católico a machamartillo, que hay «no sés» que son suspiros del alma y nada más. Bastaba haberse tomado la molestia de preguntarse por el pensamiento de Bécquer para descartar escándalos y cuestionamientos innecesarios y ridículos.

LAS SIETE VIDAS DE BÉCQUER

Su vida amorosa también conoce sus altas tensiones, que entran en colisión a veces con su propia vida ideológica o su vida poética. Algunos amores que se le han supuesto se han demostrado apócrifos y otros, como el de su enamoramiento de una novicia toledana, quizá sean fruto de una excesiva extrapolación de su literatura a su biografía. Del mismo modo, se le han supuesto aventuras galantes con damas encopetadas por tal o cual rima con blasones y yedras. Quién sabe.

Fuera de toda duda está su enamoramiento de Julia Espín, que inspiró directamente varias rimas y alguna leyenda más o menos maliciosa, donde el poeta se venga de sus desengaños. Se conoce el álbum de la señorita con autógrafos de su pretendiente sevillano. En muchas rimas transparenta aquella historia de ilusiones y falsas esperanzas.

La intrahistoria de su repentina boda con Casta Esteban —una boda sin demasiado amor, bastante antirromántica— también es conocida. Un íntimo amigo comentó que Gustavo no se casó: le casaron. El único poema que escribió a su mujer Bécquer no lo recogió, con buen criterio poético, en su Libro de los gorriones. Es muy retórico y poco emotivo:

Tu aliento es el aliento de las flores;

tu voz es de los cisnes la armonía;

es tu mirada el esplendor del día,

y el color de la rosa es tu color.

 

Tú prestas nueva vida y esperanza

a un corazón para el amor ya muerto;

tú creces de mi vida en el desierto

como crece en un páramo la flor.

El oído finísimo de Montesinos detecta: «La única verdad que confiesa Gustavo en estos versos es que llevaba en el pecho “un corazón para el amor ya muerto”». El profesor Pere Rovira lo reafirma: «Desde luego, pocas cosas más convencionales salieron de la pluma de Bécquer. Quizá sea cierto, de todos modos, que Bécquer vio en Casta (que era joven, hermosa y no se andaba con remilgos) ciertas posibilidades de resurrección, tras el desengaño sufrido con Julia Espín».

Como sus enamoramientos de soltero, tampoco la vida matrimonial de Bécquer fue feliz. Sus esperanzas de resurrección resultaron vanas. En El antólogo, la novela de Nicholson Baker sobre un poeta en plena crisis existencial, se relaciona la decadencia de la poesía actual con la dependencia a los antidepresivos y a las consultas de los psicólogos. Se huye de las crisis emocionales y, por eso, disolvemos la poesía o, indirectamente, su caldo de cultivo. Las lágrimas, incluso las de risa, riegan a la lírica floreciente, avisa Baker. Y uno recuerda a Horacio, que dijo que solo se hace llorar al lector si uno lloró antes; y a Blake, que nos advirtió que una lágrima es algo intelectual; y, sobre todo, a Bécquer, de lágrima tan fácil y tan natural, como su poesía, tan fácil y superior.

SUEÑOS Y REALIDADES

Mucho menos conocidos que sus sueños amorosos son sus sueños literarios, pero los tuvo igual o más y tan románticos. Su vocación arranca de muy pronto. Con diez años, con su amigo Narciso Campillo, escribe la tragedia Los conjurados, que se representa en una fiesta escolar del colegio de San Telmo. Es una obra perdida. Campillo no la recordaba. De aquellos años, él —la vanidad, ay, tiene una memoria inmejorable— solo se acuerda de estos versos de Bécquer:

Muy más sabrosos que la miel hiblea,

más gratos que el murmullo de la fuente,

me son, Narciso, tus hermosos versos.

El mismo subtítulo a su manuscrito de las rimas, el Libro de los gorriones, es muy significativo de una relación conflictiva con sus proyectos. De un lado, tantos sueños; del otro, apenas el viento: Colección de proyectos, argumentos, ideas y planes de cosas diferentes que se concluirán o no según sople el viento.

El viento solo sopló a favor de las rimas y de las leyendas. No lo haría a favor de sus otras ideas ni planes a lo largo de su vida. Merece la pena pararnos en lo que José Andrés Vázquez llama «obra frustrada del poeta». Pensó Gustavo Adolfo, para el teatro, proyectos de dos comedias, El cuarto poder y El duelo; de dos dramas, Los hermanos del dolor y El ridículo; de dos poemas dramáticos, María y ¡Humo! Se conocen asimismo títulos y esbozos de cuatro libros novelescos: Vivir o no vivir, Herrera, Crepúsculos, La conquista de Sevilla. Y de otros dos, de costumbres andaluzas, El último valiente y El último cantador. También hay títulos de fantasías y caprichos: El rapto de Ganimedes, La vida de los muertos, La Diana india, La amante del sol, La bayadera, Luz y nieve

Tenía asimismo el propósito de desarrollar algunas leyendas toledanas, ya en bosquejo: El Cristo de la Vega, La fundadora de conventos, El hombre de palo (estudio sobre el legendario muñeco mecánico de Juanelo), La casa de Padilla, La salve, Los ángeles músicos, La locura del genio (estudio sobre el Greco), La lepra de la infancia (acerca del condestable de Borbón). A lo que añade Vázquez los títulos de cinco poemas: Los mártires del genio (acerca del dolor de los hombres representativos), Las tumbas (meditación sobre los sepulcros famosos), Un mundo (sobre el descubrimiento de América), Las estaciones (en cuatro cantos), La oración de los reyes… A todo lo cual, aporta Antonio Escobar el dato de que tenía «perfectamente planeado» un libreto de ópera, del que era capaz de tocar al piano dúos, coros, arias… También soñó con ser editor, y hasta planificó futuras colecciones. Dejó inacabada una novela, Mal, muy mal, peor…

A la vista de todo lo cual, podría pensarse en un hombre más soñador que voluntarioso, vapuleado por sus propios proyectos. Él mismo contribuye a crear esa imagen, cuando se autorretrata:

Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma. […] entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que solo puede salvar la palabra; y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos.

 

[…] Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos

Sin embargo, en algunas ocasiones nos deja ver más hondo. En verdad, Bécquer es un hombre que relativiza el valor de la vida activa: un contemplativo. Lo explica con hermosura en «El maestro Harold», artículo publicado el 14 de septiembre, festividad de la Santa Cruz, de 1859:

Figúrate que al borde de un camino hallas una piedra vestida de verdura y esmaltada de azules campanillas, en derredor de cuyos cálices zumba una nube de bulliciosos y transparentes insectos con alas de oro y de luz; figúrate que los ojos de la mujer que adoras y que camina dulcemente apoyada en tu brazo, se fija en una de aquellas flores que te apresuras a coger, pero al separar las verdes hojas con tus manos, hallas debajo del riente velo de esmeraldas la losa de un sepulcro. Esto es mi obra

Aparenta nihilismo, pero es algo más hondo, más alto. Hay una eternidad frente a la que los esfuerzos diminutos del hombre son muy poca cosa. Por eso «La pereza ennoblece al hombre», como se titula una pieza de articulismo antológica, donde dice:

Yo he visto con el microscopio una gota de agua, y en ella esos insectos apenas perceptibles, cuya existencia es tan breve que en una hora viven cinco o seis generaciones, y he dicho al mirarlos moverse: «¿Si creerá ese bichejo que hace alguna cosa?». Para afanarnos en el mundo, sería menester que nos pusiesen una montera que nos tapara el cielo, de modo que la comparación con su inmensidad no hiciera tan sensible nuestra pequeñez. Yo quiero ser consecuente con mi pasado y mi futuro probables, y atravesar ese puente de la vida, echado sobre dos eternidades, lo más tranquilamente posible

LA OBRA REALIZADA

Tantos proyectos sin realizar, tanta introspección para explicarse la propia pereza, tanto desarrollo teórico en defensa de una indolencia metafísica y, sin embargo, la obra de Bécquer existió y ha cruzado el tiempo y hoy goza de una realidad prestigiosa y esplendorosa. Vislumbrando quizá ese futuro, Bécquer en ocasiones se reconoce portador de algo divino, de un alma valiosa e insospechada, de un don poético auténtico. Pero no se trata de que él fuera grande a pesar de su actitud contemplativa y de su filosofía, sino de todo lo contrario: su poesía fue una consecuencia de ellas.

Por lo pronto, coherente con su actitud de despego hacia el activismo, apenas se preocupó por dar publicidad a los poemas que irremediablemente iba escribiendo. Rodríguez Correa, gran amigo del poeta y prologuista de la primera edición de sus rimas, se sorprendió al conocer la colección de poemas. «Tan en secreto guardó Bécquer su obra poética», deduce Montesinos. Y reflexiona que si Bécquer no fue más conocido como poeta se debe principalmente a su desinterés: «Gustavo durante un gran periodo de su vida, tuvo a su disposición las más importantes páginas de los periódicos de la época e incluso dirigió algunos de estos. A pesar de ello, el poeta solo publicó una quincena de rimas a lo largo de lo que podríamos llamar su carrera periodística. Y aún hay algo más: la mayor parte de esas rimas fueron publicadas anónimamente».

La maravilla de su poesía es, como decíamos, una consecuencia de tanto despego. ¿Por qué? Por un lado, porque Bécquer solo escribió acuciado de una insoslayable necesidad expresiva. De ahí, la sensación de verdad de sus versos. Por otro lado, al renunciar a la publicidad y al marketing pudo concentrarse en escribir, olvidando la tentación de agradar al público o seguir los dictados —tan volubles— de la moda. No necesitaba del aplauso de un público.

EL FUTURO A LA ESPALDA

La actitud personal de Bécquer le va a permitir encontrar su propia voz. De haber tenido más necesidad o más voluntad de triunfo, habría tenido que esforzarse por estar a la última. Indiferente al éxito de sus poemas, convencido de que llevaban algo divino dentro (Rima VIII) que bastaba, pudo dedicarse simplemente a escribirlos. Por su falta de voluntad innovadora se le confundirá con un romántico rezagado. Juan Valera dio por concluido el Romanticismo justo cuando Bécquer comienza a escribir. Y con su prosa un tanto adornada, Benjamín Jarnés declara: «Bécquer es nuestro último trovador». Junto a Rosalía de Castro, se les considera los miembros principales de una «generación romántica tardía». Incluso hay quien carga la suerte y comenta que en España el Romanticismo no dio grandes frutos sino en su otoño.

Cierto que Bécquer recoge un «germanismo» que llevaba años circulando en traducciones por España. Enrique Díez-Canedo definió a Eulogio Florentino Sanz como el Boscán del germanismo, pues son sus traducciones de Heine las que marcan la pauta, tanto en el tono, como en los temas y hasta en la métrica y la rima. Bécquer sería el Garcilaso del germanismo, esto es, el que llevó a las más altas cimas de excelencia y de asimilación los nuevos aires traídos a la poesía española.

Resulta imprescindible realizar aquí una ligera digresión de muchos siglos. La poesía castellana se ha ido enriqueciendo a través de sucesivas influencias de líricas extranjeras. Las jarchas judías; la recepción de provenzales y trovadores galaico-portugueses realizada por Alfonso X; la poesía italiana adoptada por Boscán y Garcilaso; los ecos latinos de Góngora y Quevedo; los ritmos franceses que Rubén Darío trajo a través de la Mar Océana; la poesía inglesa aclimatada por Juan Ramón Jiménez, Jorge Luis Borges y Jaime Gil de Biedma…, hasta, quizá, las influencias benéficas de la poesía polaca en la última poesía española y de la poesía japonesa. La importancia histórica de Bécquer, al recibir y naturalizar la influencia de Heine en España, se entiende en toda su trascendencia histórica cuando se inserta entre esos eslabones de nuestra lírica, abierta a todos los aires del mundo.

O sea, que lo que parecía un romanticismo de segunda (por el tono apagado y por cierto retraso), era la poesía que de veras se echaba a la espalda el futuro de la poesía española y contribuía a su evolución en la línea más auténtica.

EL PASADO DE FRENTE

Sabemos por Campillo que en 1870 Bécquer empezó a traducir a Dante, nada menos. Esto corrige la imagen distorsionada de un poeta muy elemental y perezoso, menor (recuérdese aquel insulto a él dedicado que calificaba sus versos como «suspirillos germánicos»). En realidad, el mismo Bécquer confiesa que toda su poesía anterior a las Rimas iba «con todas las pompas de la lengua». En su niñez sevillana había tenido una excelente formación neo-clásica, tal y como la que se estilaba en la ciudad, y en sus primeros intentos se estrenó y se entrenó en esas lides. Lo cuenta él mismo en la «Carta III» de Cartas desde mi celda. Si escogió luego la sencillez y la claridad, fue por introspección, no por impotencia. Fue una elección estética (y, además acertada), no una falta de facultades. Gustavo Adolfo Bécquer sabía la lección condensada por Vicente Núñez: «La gran poesía siempre tiene los labios apretados».

Aunque apretó los labios, todavía en muchas de sus Rimas aún puede oírse el eco de esa tradición dominada y dejada, con elegancia, en la sombra. ¿O es que acaso no suenan a su través, nítidas, las palabras de hierro de Jorge Manrique en la rima LXIX?

Al brillar un relámpago nacemos

y aún dura su fulgor cuando morimos;

¡tan corto es el vivir!

La Gloria y el Amor tras que corremos

sombras de un sueño son que perseguimos;

¡despertar es morir!

POESÍA POPULAR, PERO DESDE DENTRO

Más curioso aún que lo mucho que se señala el germanismo becqueriano y lo poco que se le reconocen sus raíces en la tradición poética clásica, es que no se destaque la tensión que supo extraer también del contraste entre la poesía popular que le inspiró y la poesía culta, que practicaba.

En este caso la diferencia y los contrastes con la poesía de su amigo Augusto Ferrán son de lo más ilustrativos. El poeta madrileño no consigue trasvasar la línea de una imitación (realmente talentosa) del cantar del pueblo. Bécquer mantiene la asonancia, la intensidad expresiva y la emoción a flor de piel, pero, a su vez, cambia ligeramente el metro para acercarse a los ritmos cultos, crea un personaje poético identificable, bien distinto de la voz anónima del pueblo, y sabe alargar los textos, cuando es necesario, e introducir figuras retóricas más complejas y un léxico mucho más rico y variado. El resultado de esa mezcla de mundos es una poesía personal, inconfundible y que preserva la sal popular en el aire de su canción, aunque sin peajes de particularismos ni pelos de la dehesa.

El contraste entre el germanismo y el popularismo es evidente; y un gran mérito de Bécquer que no salten chispas al contacto entre ambos. Tampoco lo hacen y casi nadie lo nota, entre lo culto y lo popular, tan armoniosamente unidos. La poesía de Ferrán merece una lectura por sí misma, pero además resulta impagable como término de comparación con la poesía de Bécquer, si quiere apreciarse la profunda maestría del leve sevillano. Si el Boscán del germanismo fue Sanz, el del popularismo fue Ferrán. Ambos tuvieron un mismo y único Garcilaso.

PADRE DE LA POESÍA MODERNA

Con estos mimbres y con apenas un puñado de poemas breves, Bécquer se convierte en el padre indiscutible de la poesía moderna en español en ambos hemisferios. Su modernidad, a veces un tanto oscurecida por el adolecentismo o el romanticismo que rodean su obra y su figura, queda de manifiesto si se le empareja con Baudelaire, un moderno sin resquicios (aunque con grandes sorpresas), que es su igual, con el que coincide mucho en el tiempo, en la literatura, en la cosmovisión y hasta en la biografía.

El tono de confesionario que será el de buena parte de la poesía moderna (junto al tono de comunión de un Keats o de un Claudio Rodríguez, por ejemplo), no se lo debemos nosotros a Baudelaire, o no solo a él, ni primero. Está en Bécquer, sin ninguna duda. Oigan:

XXXIII

Es cuestión de palabras, y no obstante

ni tú ni yo jamás,

después de lo pasado, convendremos

en quién la culpa está.

¡Lástima que el Amor un diccionario

no tenga donde hallar

cuándo el orgullo es simplemente orgullo

y cuándo es dignidad!

Claro que viene con su antídoto, que es el contacto nunca perdido por Gustavo Adolfo Bécquer con la canción. Quizá el peligro latente en la poesía de tono de confesionario —peligro que se ha ido mostrando más y más según se iba consagrando su práctica— radique en convertirse poco a poco en un murmullo confuso, triste y autojustificativo, como oído vagamente desde un banco de lejos, en vez de la explosión de alegría paradójica y honda del penitente claro y redimido, si me permiten estirar la etiqueta metafórica hasta sus últimas consecuencias. Eso nunca pasa con Bécquer, que no olvida lo que la poesía tiene de canto. Además, el previsor Bécquer supo darles a sus rimas, un eco irónico, que las llenan de modernidad y de posmodernidad.

También supo optar por la brevedad del poema, lo que coincide con las exigencias de Poe, que aplaudía Baudelaire. Incluso fue más moderno que ellos, porque, como subraya Pere Rovira, ellos tampoco aprobaban el poema demasiado corto, de los que Bécquer escribió bastantes. En su caso se producía un nuevo cruce de alta tensión, de la que saltan chispas: esa brevedad es la del futuro, pero también del flamenco.

En su tradición supo encontrar la fuente de su modernidad.

Otra prueba de modernidad, de racionalidad, de escritor vuelto sobre sí mismo, no llevado por el sentimiento, es la continua conciencia que tiene Gustavo Adolfo Bécquer del proceso poético. Escribió mucho sobre poesía. Y su apuesta por la racionalidad le llevo a mantener cierta distancia con el sentimentalismo, lo que no dejará de sorprender a los que todavía tengan de él una imagen romántica estereotipada. Fue Bécquer quien dijo: «Cuando siento no escribo», frase exacta y antirromántica. A lo que añade: «Cuando un poeta te pinte en magníficos versos su amor, duda. Cuando te lo dé a conocer en prosa y mala, cree». «Lo que viene a significar —deduce perspicazmente Pere Rovira— que para él el poema no es un medio, es un fin». El archimoderno y ultracelebrado T. S. Eliot vino a decir lo mismo —con aplauso general— un siglo después.

Otra de las razones de su modernidad, perspicazmente expuesta por Cernuda, no podemos olvidarla: «Su poesía supo siempre rechazar lo que frecuentemente, sin ser lírico, se mezclaba con la poesía». Supo dejar lo narrativo, sus leyendas, fuera del ámbito del verso. «Qué sonoros romances, qué hallazgos verbales, qué coloreadas escenas hubiera obtenido allí el duque de Rivas…», se recrea Cernuda. Bécquer no lo hizo, diferenció ámbitos, convirtiéndose de paso en uno de los creadores del poema en prosa en español, como ha estudiado a fondo Luis Cernuda en «Bécquer y el poema en prosa español» (1959). Se trata de otra coincidencia más con Baudelaire.

MODERNIDAD DE FONDO

En el fondo, Bécquer es nuestro primer poeta contemporáneo porque su gran preocupación es la de su tiempo: encontrar el lugar del poeta en el mundo. Ese conflicto latente, que ahora explota, venía incubándose desde el nacimiento mismo de la Edad Moderna, como puede verse con claridad en el Tomás Moro de, entre otros, William Shakespeare. En aquel drama, el joven lord Surrey ruega a sir Tomás Moro que no le llame «poeta», que es nombre desprestigiado. Moro replica con una hermosa defensa de la poesía, pero al encarar el problema de su actual decadencia, aprovecha para, bajo el manto del latín, que casi todo lo tapa, soltar una impresionante andanada contra el estado del Estado:

Yo os mostraré por qué no es tiempo de poetas. Deberían cantar según el fuerte canon heroica facta: Qui faciunt reges heroica carmina laudant. Pero decaen los grandes temas, y así las plumas privadas de ejercicio, languidecen

La cita latina de Juan Bautista Mantuano, carmelita de origen español, dice que la poesía trata de los hechos de los reyes, de modo que se está diciendo, lisa y llanamente, que los reyes decaen, y arrastran en su decadencia a la poesía. Y ahí deja la cosa Shakespeare, por el momento.

En el siglo XIX, el conflicto está tan en carne viva que prácticamente nadie se pregunta ya por las razones de la decadencia. Espronceda se ciñe a su queja: «Yo apostrofaba al mundo en su carrera, / giraba el mundo indiferente en torno, / y en vano, y débil, mi lamento era». Bécquer da un paso —decisivo— más, y asume la nueva situación. El sevillano no se escuda en su condición de poeta, consciente, según Rovira, del nacimiento de un nuevo héroe literario, donde el fracaso es un ingrediente esencial, distintivo, imprescindible. Tan sine qua non es el fracaso, que Bécquer se complace, como hemos visto, en relatarnos proyectos imposibles, quizá precisamente por anacrónicos, más radicalmente modernos por irrealizados y utópicos.

UN POETA URBANO

«Hoy, que todos los grandes centros de población se parecen, apenas se percibe el aislamiento en que nos encontramos». Eso no se ha escrito en este siglo, ni en siglo pasado, ni en Nueva York, aunque lo parezca. Es de la «Carta I» de las Cartas desde mi celda. Bécquer también nos dejará vislumbrar el moderno periodismo y la sociedad de la información, como cuando describe su trabajo como un «contribuir con una gota de agua a llenar ese océano sin fondo, ese abismo de cuartillas que se llama un periódico». Allí aparece «todo revuelto: una obra de caridad con un crimen, un suicidio con una boda, un entierro con una función de toros extraordinaria». Y lanza una queja que parece de hoy sobre la Aldea Global: «el prosaico rasero de la civilización va igualándolo todo». Incluso cuando describe el campo lo hace con términos de café bar, de vida bohemia: «Los cuadros de los trigos, verdes y tirantes como el paño de una mesa de billar». Pero sobre todo aparece con él un tema intrínsecamente moderno: la paradójica soledad terrible de la ciudad.

Rima LXV

Llegó la noche, y no encontré un asilo,

¡y tuve sed!… mis lágrimas bebí,

¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos

cerré para morir!

¿Estaba en un desierto? Aunque a mi oído

de las turbas llegaba el ronco hervir,

yo era huérfano y pobre… ¡El mundo estaba

desierto… para mí!

DESCENDENCIA

Comprendiendo la modernidad de Bécquer, se percibe su influencia sobre los poetas posteriores. Ha sido hondísima. Tanta, que Fernando Ortiz pudo estudiar la poesía contemporánea andaluza en un ensayo con este título clarificador: La estirpe de Bécquer. Y, en realidad, esa estirpe rebasa con mucho los límites autonómicos y hasta los nacionales, abarcando todo el ámbito de la poesía en español en ambos hemisferios.

Los ejemplos son clarificadores. Véase esta confesión programática de Gustavo Adolfo: «pero vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin inquietudes, sin ambiciones, con esa facilidad de la planta […]. He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono: ser un comparsa en la inmensa comedia de la Humanidad y concluido mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se aperciba siquiera de mi salida». Es imposible, tras leer «esa facilidad de planta», no recordar inmediatamente el imprescindible poema de Rubén Darío «Lo fatal»:

LO FATAL

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque esa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,

y el temor de haber sido y un futuro terror…

¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,

y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,

y la carne que tienta con sus frescos racimos,

y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

y no saber adónde vamos,

ni de dónde venimos!…

Esta operación puede repetirse con multitud de poetas posteriores. Resulta muy fácil encontrar un claro precedente en Bécquer a tantas otras cosas escritas después.

Y viceversa. Se entendería mucho mejor al maravilloso poeta sevillano si se le leyese al revés, no desde el recuerdo vergonzante del deslumbramiento adolescente, ni, incluso, desde la lectura histórica. Leído desde sus más perspicaces lectores posteriores (Manuel y Antonio Machado, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Rafael Montesinos), uno se hace cargo de qué valiosas semillas llevaba latente su poesía.

Recomiendo (para poner un solo ejemplo poderoso) leerlo desde uno de los poetas más rabiosamente becquerianos de nuestra literatura y de los más actuales: Javier Salvago. La poesía de Salvago subraya, por un movimiento reflejo, de ida y vuelta, lo mucho de humor (negro) que tiene la poesía de Bécquer. El desgarro de nuestro contemporáneo tiene siempre un rictus de sonrisa que después de leerle ya no es en absoluto difícil descubrir en su precedente sevillano. Escribe Salvago:

LA HEROICA RESISTENCIA

Confieso que estoy harto de mi suerte,

harto de que me muerda

—y no poder pegarle un tiro,

entre los ojos, y dejarla tiesa…—.

Confieso, sin rubor, que me rendía

si no fuera porque me queda

un resto de honor, en el armario,

y el recuerdo de una vieja promesa.

Me prometí a mí mismo, siendo niño,

la heroica resistencia:

morir en el intento

y con las botas puestas.

Escribe Bécquer:

 

XXXI

Nuestra pasión fue un trágico sainete

en cuya absurda fábula

lo cómico y lo grave confundidos

risas y llanto arrancan.

Pero fue lo peor de aquella historia

que al fin de la jornada

a ella tocaron lágrimas y risas

y a mí, solo las lágrimas.

No son extrañas las coincidencias de tono, porque la poética es prácticamente la misma. Lean, si no, la de Salvago, y recuerden a la vez la defensa de la poesía seca, breve, de Bécquer:

CORRECCIONES

La vida se parece a esos poemas

que brotan, en principio, interminables,

retóricos, grandiosos y banales.

Luego vas corrigiendo hasta dejarlos

en lo poco que importa, en los dos versos

que dicen lo que todos ya sabemos.

La concisión de casi todos los poemas de Salvago y la sabia influencia de la copla popular son de una indudable raigambre becqueriana. ¿O no son puro Bécquer estos tres versos de Javier Salvago?

Soñar es gratis, dicen. Sin embargo,

quien ha soñado sabe que los sueños

se suelen pagar caros.

Pero quizá la lección más importante que Javier Salvago nos ofrece para releer a Bécquer es su enfoque de la ternura, siempre con un distanciamiento mínimo que, paradójicamente, la intensifica al máximo. Tras leer esto de Salvago:

[…] Es la primera vez que te has atrevido

a decirme «te quiero».

Y aunque finja que paso,

detrás de mi silencio,

te miro emocionado.

Se descubren en la poesía de Bécquer esos distanciamientos en medio de la efusión romántica. Nuestro poeta desactiva el empacho o la simplicidad adolescente, aunque los adolescentes y los que guardan un recuerdo de entonces del poeta no sean capaces de descubrir ni de apreciar los matices. A ellos entonces no les hacían falta. Pero a nosotros, ya sí, y Bécquer supo dejárnoslos en sus poemas con una delicada tamización:

LXIV

Como guarda un avaro su tesoro,

guardaba mi dolor;

le quería probar que hay algo eterno

a la que eterno me juró su amor.

Mas hoy le llamo en vano y oigo, al tiempo

que le agotó, decir:

¡Ah, barro miserable, eternamente

no podrás ni aun sufrir!

LA INMEDIATA ACTUALIDAD

Hacer una lectura completa de Bécquer resulta de una importancia capital, más allá de la valoración de un gran poeta. Perteneciendo la poesía española a la estirpe de Bécquer, como se ha subrayado, el no reconocer al padre la aboca a cierta orfandad, que termina notándose. Pasa igual con el cancionero y el romancero, con el Siglo de Oro, con JRJ, con Machado…, por mucho que uno, después, corra mundo y lea a poetas extranjeros, hay lecturas que son una cuestión de ser o no ser.

De Gustavo Adolfo Bécquer hay cuatro lecciones que los lectores y poetas del futuro harían mucho mejor en aprender a fondo. Son el humor, la importancia del lector, la lucha contra lo inefable y, por último, el trasfondo moral de la poesía.

HUMOR

Ya hemos hablado del humor en la poesía de Bécquer, que se ve bien a través de sus discípulos y seguidores. En su prosa, también es un elemento fundamental. En «Tres fechas» se permite esta pequeña descripción: «La basura y los escombros arrojados de tiempo inmemorial en ella, se habían identificado, por decirlo así, con el terreno, de tal modo, que este ofrecía el aspecto quebrado y montuoso de una Suiza en miniatura». A veces, el humor se complace en clavar dardos ingeniosos y afilados, como en esta crónica: «El maestro Petrella, al finalizar en Roma el estreno de su Catalina Howard, ha salido cincuenta y cuatro veces a recibir las ovaciones del enloquecido público. Francamente, ese fatigoso ejercicio, más que premio por una buena obra, parece penitencia impuesta por algún desaguisado musical».

Bécquer fue mucho más posmoderno que el autor de La realidad y el deseo

Pero la faceta que tiene más trascendencia es la auto-ironía del poeta, muy evidente en la rima XXVI, la del famoso billete al dorso escrito. Se equivoca Cernuda al decir que Bécquer no tenía humor. O que falla cuando lo intenta. Sucede, sencillamente, que el humor es cosa de dos, y que Cernuda fue incapaz de tomarse con una sonrisa el estado de abandono social en que va quedando la poesía en el mundo moderno. En este sentido, Bécquer fue mucho más posmoderno que el autor de La realidad y el deseo. Supo responder con un quiebro grácil a la embestida ciega del mundo contemporáneo.

AL LECTOR, DE TÚ

Notará el lector inmediatamente que Gustavo Adolfo Bécquer le habla al oído, y lo proclama en un poema tan imponente e importante como la rima I:

Yo sé un himno gigante y extraño

que anuncia en la noche del alma una aurora,

y estas páginas son de este himno

cadencias que el aire dilata en la sombras.

Yo quisiera escribirlo, del hombre

domando el rebelde, mezquino idioma,

con palabras que fuesen a un tiempo

suspiros y risas, colores y notas.

Pero en vano es luchar; que no hay cifra

capaz de encerrarle, y apenas ¡oh hermosa!

si teniendo en mis manos las tuyas

pudiera, al oído, cantártelo a solas.

Justamente en otro poema fundamental, la rima XXI, se insiste en el pronombre de la segunda persona del singular:

¿Qué es poesía?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía… eres tú.

En su tiempo, el contraste con los poetas declamatorios y románticos, que levantaban la voz para dirigirse a todo un auditorio o incluso a toda la nación o a la Humanidad completa, era evidente. Hoy por hoy, en una sociedad de masas indiferente a la lírica, que la poesía sepa hablar de uno en uno a sus lectores resulta de la máxima importancia. Primero, porque se hace cargo de la realidad tal como está. Segundo, y más trascendente, porque esa voz baja y personal es una rebelión contra una cultura que aplasta al individuo. Vuelve Gustavo Adolfo Bécquer a situarnos en el punto de máxima tensión.

LA LUCHA CONTRA LO INEFABLE

Muy relacionado con lo anterior, el estilo. Una tentación de la poesía actual (tentación en la que ha incurrido en numerosas ocasiones desde el siglo XIX) es responder a la indiferencia del mundo y al desprecio social con un discurso ininteligible. Si nadie oye, ¿para qué articular el mensaje? Las respuestas de Bécquer ya las sabemos: si nadie valora la poesía, me sonrío, distante; si alguien me oye, aunque sea uno o una, merece que al oído le cante mi canción, clara y limpia.

Esa lucha por la claridad es constante y cuerpo a cuerpo. Lo dice a menudo: «Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo». Decentes.

El esfuerzo del poeta por «domar el rebelde, el mezquino idioma» es titánico, aunque el resultado final logre que el esfuerzo se note lo menos posible. Un indicio del esfuerzo se puede encontrar en un rasgo interesantísimo. En los poemas de Bécquer conviven de forma tan apacible que apenas se perciben palabras del código más poético con expresiones y giros coloquiales. El lector consciente debería fijarse en hasta qué punto el poeta logra una perfecta compenetración. Este mestizaje léxico marca un objetivo irrenunciable a toda la poesía posterior.

EL VALOR MORAL

Para finalizar, hay que subrayar el valor moral que subyace en las Rimas y en las Leyendas, y que le otorgan su definitiva altura. Como ha explicado brillantemente Luis García Montero, este valor queda mucho más a la vista si se respeta el orden que el propio poeta fijó para sus rimas en el manuscrito del Libro de los gorriones. En la ordenación que dieron sus amigos, forzaron un orden temático y, todavía más, argumental, en el que parece que se nos cuenta una única historia de amor, desamor y desencanto vital. Puede adivinarse un último tic narrativo y decimonónico en el plan de los amigos. Bécquer, en cambio, en aparente desorden, recoge los movimientos de un alma, los vaivenes de una intimidad. Algunos han llamado a los bandos que defienden cada una de estas ediciones «golondrinistas» y «gorrioncistas». Se trata de una nueva tensión, añadida, en la obra de nuestro poeta.

Yo soy gorrioncista. Con independencia de que ese orden becqueriano ofrece, además, una oscilación entre poemas largos y cortos que marca un ritmo hecho de fugas y contrafugas mucho más eficaz literariamente, la clave está, como decimos, que deja traslucir mejor las vicisitudes de un hombre y, por tanto, su historia moral, íntima, interior. Aunque quizá se pueda ver mejor con un ejemplo extraído de ese propio manuscrito.

Allí, Bécquer tachó con un aspa una de sus rimas. Sus editores, con esa ansia profesional que les embarga, la publicaron, esta vez por suerte. Es la LXXIX:

Una mujer me ha envenenado el alma,

otra mujer me ha envenenado el cuerpo;

ninguna de las dos vino a buscarme,

yo de ninguna de las dos me quejo.

Como el mundo es redondo, el mundo rueda.

Si mañana, rodando, este veneno

envenena a su vez, ¿por qué acusarme?

¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?

Sobre la autenticidad del borrón, expone Rafael Montesinos: «Aunque el tachón está hecho con una tinta diferente a la de la escritura, creo sinceramente que aquel fue efectuado por Bécquer, avergonzado, quizá, de lo extremoso de su confesión lírica. Los editores de las Obras cumplieron la última voluntad de su amigo, al dejar fuera esta rima. Sin embargo, otras dos, que aparecen sin tachones, fueron también suprimidas de las primeras ediciones de las Obras, por libre voluntad de los recopiladores. ¿Y por qué, si el tachón se debió a Campillo, Ferrán y Correa, como creen algunos autores, no tacharon también las otras dos rimas?».

No la tachó Bécquer por motivos literarios, eso está claro. Es una poesía estupenda, con esa imagen rotunda del mundo que rueda porque es, valga la redundancia, redondo. Tampoco lo hizo por pudor y defensa de su intimidad dolida: hay otras rimas todavía más confesionales. Montesinos opina que se tachó por demasiada cercana a Heine, aunque Bécquer no tenía ninguna reverencia al mito de la originalidad. Cuando la publicó en una revista, la rima XIII llevaba el título «Imitación de Byron».

Mi opinión es que Gustavo Adolfo Bécquer quiso prescindir de la rima LXXIX por un imperativo moral. Se dio cuenta de que justificaba una injusticia. Eso no escapó a Cernuda, que al leerla dijo: «Pocos sentimientos tan horribles como ese». El veneno del mal se transmite a toda velocidad y el hombre, a poco que se deje ir, se comporta como un magnífico conductor de esa electricidad negativa. Según los usos del mundo, el mal está siempre circulando: cogió impulso con el pecado original y hasta hoy. El verso del mundo redondo es, como decía, fantástico porque señala, como quien no quiere la cosa, que ese devolver el mal o, si no se puede, soltárselo al más débil es, prácticamente, una fuerza de gravedad planetaria.

Esta rima gusta especialmente a los adolescentes, y no me extraña. Ellos sufren una barbaridad de mal de amores, y ruedan luego a muchas revoluciones por ahí y, además, les apasiona exculparse, y les atraen siempre unas gotas de fatalismo estoico como la de los versos 3 y 4, y, sobre todo, están integrándose en el mundo y les corre prisa conocer las leyes que lo rigen. Sería bueno, sin embargo, explicarles que Bécquer renunció a ese poema, con lo que le costaría hacerlo a él, tan sensible a la buena poesía y de musa tan escasa. Y explicarles bien por qué. Bécquer no quiso admitir que el hombre no es libre. Podemos dar más de lo que nos dieron. Augusto Ferrán pensó lo mismo, quizá lo habló con su amigo. Pero lo recogió en una canción lastrada de moralina:

Yo me he querido vengar de los que me hacen sufrir, y me ha dicho mi conciencia que antes me vengue de mí.

Para decir lo mismo y más, prefirió Gustavo Adolfo Bécquer el silencio y la inteligencia de los lectores. Los versos más sublimes y limpios de la rima LXXIX son las rayas con que el autor la tachó.

Ahora, libres de los tópicos, situados en el tiempo y en el pensamiento del poeta, conscientes de su importancia para la literatura española, capaces de apreciar los tonos menores y los matices de su humor, incluso el valor de su silencio, ahora, sí, estamos preparados para esa segunda lectura de Gustavo Adolfo Bécquer. La que se hace con ojos nuevos y descubre la plenitud de su poesía. Breve pero inabarcable.

Sherlock Holmes, detective de la Providencia

Son muchos los deleites que experimenta el desocupado lector de las novelas y los relatos de Sherlock Holmes. Sin moverse de su hogar, a impulsos de la sola fantasía, se traslada al brumoso Londres decimonónico. Permaneciendo en su propio cuarto, visita las habitaciones que el detective consultor y su inseparable Watson comparten en el número 221B de Baker Street. Con los oídos de su imaginación, escucha estremecido las confidencias de algún alma atribulada que pide ayuda al investigador. Arrellanado en su butaca, acompaña a Holmes y a Watson en sus correrías por páramos remotos o se hospeda con ellos en alguna vetusta mansión perdida en la campiña inglesa. Sin ocupar lugar, se sienta con ellos en el vagón del tren que sale de la estación Victoria o en el duro asiento del cabriolé con el que recorren las mal iluminadas callejuelas londinenses. Desde la seguridad de su hogar, comparte con sus dos amigos —¡ya puede llamarlos así!— los múltiples peligros a que ambos se ven expuestos. Admira los infalibles y sorprendentes razonamientos del maestro de la «ciencia de la deducción» y se desconcierta ante la variedad de los extrañísimos saberes y las rarísimas habilidades de que hace gala. Sonríe ante los comentarios irónicos con los que el héroe responde a las ocurrencias del inspector Lestrade o de su querido doctor Watson. Y asiste gozoso, en fin, al descubrimiento del culpable, a la resolución del caso, que es siempre fruto natural, pero inesperado, de una serie de sutiles observaciones y entrelazados razonamientos.

Nuestra suprema confianza en la bondad de la Providencia descansa en las flores

Pero el lector no solo encuentra ganancias de este tipo. A quien se enfrasca en esas páginas memorables, fruto del ingenio de sir Arthur Conan Doyle, se le deparan también sorpresas de gran calibre, que le hacen abandonar el confortable reino de lo imaginario. ¿Quién esperaría, en efecto, que en medio de una aventura el gran detective abra una ventana, tome «en su mano el tallo inclinado de una rosa cubierta de musgo», contemple «la exquisita mezcla del carmesí con el verde» y exponga ante sus desconcertados oyentes una profunda reflexión sobre la relación entre las flores y la Providencia divina, que nada tiene que ver con el caso que se le ha confiado ni con su posterior desenlace? Esto es lo que ocurre, para asombro del lector, en la aventura titulada «El tratado naval». El detective, sumido en sus pensamientos, «con la rosa entre los dedos», nos traslada del mundo de la fantasía al mundo real, y nos invita esta vez, no a proseguir nuestra ensoñación, sino a despertarnos ante la realidad que tenemos delante.

La envergadura del asunto merece, en verdad, que, cerrando el libro que leíamos, acompañemos al detective en su breve pero enjundiosa meditación filosófica. Recordémosla primero: «No hay nada en lo que la deducción sea tan necesaria como en la religión —dijo, recostándose en las contraventanas—. El razonador puede construirla como una ciencia exacta. Me parece que nuestra suprema confianza en la bondad de la Providencia descansa en las flores. Todas las demás cosas, nuestras facultades, nuestros deseos, nuestro alimento, todos son realmente necesarios para nuestra existencia en primera instancia. Pero esta rosa es algo por añadidura. Su aroma y su color son un embellecimiento de la vida, no una condición de ella. Es solo la bondad la que da algo por añadidura y por eso, repito, tenemos mucho que esperar de las flores».

La conexión que establece Holmes entre la Providencia, la hermosura de las flores y la necesidad del alimento trae inevitablemente a las mientes aquel pasaje del Evangelio de san Mateo (6, 24-34) en el que Jesús nos recomienda mirar a las aves del cielo y a los lirios del campo. Pero enseguida advertimos las profundas diferencias que separan ambos discursos aun tomados en su pura literalidad, sin considerar la infinita desproporción que existe entre una revelación divina y una ocurrencia humana puesta en boca de un personaje de ficción. Con sus palabras, Cristo nos exhorta a abandonar toda preocupación y todo agobio por las cosas materiales, en la certeza de que nuestro Padre celestial nos alimenta y nos viste con más exquisitez aún que a los pajarillos y a los lirios. Así, libres de cuidado, podremos dedicarnos en cuerpo y alma a lo esencial de la vida. Abundando en esta misma finalidad, Kierkegaard, el gran pensador danés, redactó trece «discursos edificantes», distribuidos en tres series, que glosan precisamente los citados versículos evangélicos. Muy otro es, sin embargo, el propósito de Holmes. Su declaración no tiene una intención religiosa, sino «científica». Pretende nada menos que apoyar la esperanza en la Providencia sobre una deducción tan rigurosa como cualquier otra que pueda ofrecer una «ciencia exacta».

Es importante advertir que, con su razonamiento, Holmes no intenta refutar el ateísmo. No trata, en verdad, de proponer una más de las llamadas «pruebas de la existencia de Dios». Pretende, antes bien, oponerse a una forma de impiedad más grave que la negación de la existencia de Dios, según declaró ya el propio Platón en Las Leyes (X, 885b): la incredulidad de aquellos que, admitiendo que hay un Dios, afirman que no se ocupa de la suerte de los hombres. Por esta razón, la reflexión de Holmes versa exclusivamente sobre el cuidado bondadoso que Dios tiene para con los seres humanos. Sin referirse en absoluto a la Providencia con la que Dios ordena y gobierna todas y cada una de las criaturas, Holmes, contemplando la rosa, se fija solo en el ser humano. No cabe duda de que, en el sermón de Cristo, es esencial la afirmación de que el Padre ama a los hombres por sí mismos, que en verdad los guía y ordena con sabiduría y amor a cumplir la finalidad que les es propia. Pero en su revelación Jesús también afirma expresamente la Providencia universal que el Padre del cielo tiene con todas sus criaturas, tanto con las más insignificantes, las aves del cielo o los lirios del campo, como con su obra más querida, nosotros, los seres humanos.

El distinto modo de considerar el cuidado divino para con los hombres, sea atendiendo a la Providencia universal sea no tomándola en consideración, pone de manifiesto una tercera diferencia entre la predicación de Cristo y el discurso de Holmes. La disparidad se refiere, como es obvio, al modo de razonar. Jesús argumenta la Providencia de Dios para con los hombres fundándose en la que indudablemente tiene para con todos los otros seres creados: si el Padre alimenta espléndidamente a las insignificantes aves del cielo y viste lujosamente a los efímeros lirios, ¿no habrá de cuidar con mucho más esmero a los seres que poseen más dignidad que esas criaturas? «¿No valéis vosotros más que ellos?» (Mt 6, 16), pregunta el Señor. Holmes, en cambio, razona la Providencia que Dios tiene para con nosotros solo desde dentro, si cabe decirlo así, de la vida misma de los seres humanos, sin establecer comparaciones con el cuidado de las otras criaturas. De ahí que el detective solo apele en su argumentación a los dos tipos de bienes fundamentales de la vida humana: los que son «necesarios para nuestra existencia en primera instancia», por ser condiciones de la vida, y los que experimentamos como dados por añadidura y constituyen, por ello, un adorno del vivir.

El lector de las aventuras de Holmes sabe muy bien del gusto del detective en sorprender a sus oyentes con conclusiones inesperadas. La maravilla surge, como es claro, porque a los interlocutores del investigador se les han escamoteado los pasos que conducen al término de la deducción. También en el razonamiento que nos ocupa están implícitas algunas de sus premisas, pero, como constan expresamente las imprescindibles, no parece difícil ensayar la entera reconstrucción de la prueba. En este caso, Holmes parece querer no tanto sorprender cuanto convencer.

Pero, antes de intentar esta explicación, conviene dejar constancia de la originalidad del proceder del detective. La mayoría de los tratadistas prueban la bondad de la Providencia divina a partir de la índole del Autor inteligente y libre del que procede el ser y el obrar de todas las cosas. Holmes, en cambio, trata de buscar en nuestra experiencia signos o indicios —«pistas», diríamos— que nos conduzcan infaliblemente a afirmar la bondad del cuidado que Dios tiene para con nosotros. Cabe decir que Holmes no procede ex principiis, sino ex datis. No parte de principios ya establecidos, sino de los datos que va encontrando.

Expuesto en todos sus pasos, el razonamiento holmesiano podría discurrir de este tenor. En nuestro cotidiano vivir nos encontramos con dos tipos de bienes: aquellos sin los cuales no podríamos permanecer en la existencia y aquellos otros que contribuyen al gozo y al adorno de la vida. De los bienes necesarios, o que son «una condición de la vida» (a condition of life), son ejemplo el alimento, las fuerzas gracias a las cuales movemos nuestro cuerpo y los deseos que nos impelen a obtener nuevos propósitos. De los bienes «por añadidura», o que son «un embellecimiento de la vida» (an embellishment of life), constituyen casos paradigmáticos el contento que experimentamos al contemplar el color de una rosa o el agrado que sentimos al oler su fragancia.

¿Qué otra razón podría tener, si no es el amor desinteresado hacia nosotros, para obsequiarnos con algo que excede a nuestras necesidades vitales, que es realmente un extra en nuestra vida?

Admitimos —prosigue el argumento— que ambas especies de bienes, puesto que no nos los hemos dado nosotros mismos, provienen del Autor del que en última instancia procede todo nuestro ser y nuestro obrar. Proporcionar bienes es propio de alguien que debemos calificar de benevolente, de bueno, si queremos. Ahora bien, la bondad que atribuimos a un benefactor puede concebirse en dos sentidos: como bondad relativa o condicionada y como bondad absoluta o incondicionada. Por bondad relativa entendemos la de aquel que nos proporciona un beneficio, pero no por mor de nosotros mismos y de nuestra propia ventura, sino con vistas al logro de otros fines suyos. Con bondad absoluta, en cambio, nos referimos a la de quien nos concede una prerrogativa por nosotros mismos y nuestro propio bien, no para obtener otros propósitos ajenos a nuestra dicha.

Es cierto que de quien nos otorga bienes que son condiciones para la vida podemos pensar que es incondicionadamente bueno para con nosotros. Pero es innegable que también cabe sospechar que lo haga movido por otra razón distinta a la consecución de nuestro destino. Podría tener otros fines que no fueran nuestra propia perfección y felicidad. Podría ser, pues, solo relativamente bueno para con nosotros. Ahora bien, de quien nos regala bienes que son adorno del vivir solo cabe pensar que es incondicionadamente bueno para con nosotros. En este caso no es pensable otra posibilidad. ¿Qué otra razón podría tener, si no es el amor desinteresado hacia nosotros, para obsequiarnos con algo que excede a nuestras necesidades vitales, que es realmente un extra en nuestra vida? Como concluye el propio Holmes refiriéndose a la bondad verdadera, absoluta, por otro nombre, al amor: «Es solo la bondad la que da algo por añadidura y por eso, repito, tenemos mucho que esperar de las flores (It is only goodness which gives extras, and so I say again that we have much to hope from the flowers)».

Debemos evitar una confusión a la que acaso puede llevarnos, por precipitación, nuestro entusiasmo por los descubrimientos científicos, pero en la que, en el razonamiento expuesto, Holmes no incurre en modo alguno. La biología enseña que el color y el olor de las flores no son un «embellecimiento de la vida», sino «condiciones de la vida»: gracias a ellos las flores atraen a los insectos, logrando así la polinización y posibilitando luego la fecundación. En verdad, sin el atractivo del color y del olor de sus flores, apenas podrían sobrevivir numerosas especies de plantas. Este hecho es innegable y no cabe sino aceptarlo. Pero no es a este hecho al que se refiere Holmes. Cuando el detective exclama: «¡Qué cosa tan maravillosa es una rosa! (What a lovely thing a rose is!)», no enuncia un hecho de la vida vegetal, sino un hecho de la vida humana. El color y el olor de las flores son necesarios para la vida de las plantas, pero no para la vida del hombre. Para el estricto vivir humano, el color y el olor de las flores o, mejor, la belleza que en ellos reconocemos y el deleite que nos producen, son un aditamento de la vida, algo añadido, sobreabundante, un puro regalo. Por ello, no parece que Holmes hubiera de tener dificultad en aceptar la enseñanza tradicional según la cual la Providencia divina procede de ordinario según las leyes de la naturaleza, sirviéndose de las llamadas «causas segundas». Lo indispensable para el vegetal es así un lujo para el hombre.

Pero no por evitar este error hemos de caer en otro más grave, y al que también es por completo ajeno el razonamiento de Holmes. Cabría, en efecto, admitir de buena gana que el color, el aroma, la belleza, en fin, de las flores constituyen adornos de la vida humana, bienes sobreabundantes para ella. Pero cabría también pensar que, por ser tales, el color, el aroma y la belleza de las flores tienen validez tan solo para el ser humano. Semejantes bienes serían, dicho de otra manera, algo puramente subjetivo, algo que no puede existir más que ante una conciencia humana y solo gracias a ella. Serían, por tanto, cualidades irreales y en modo alguno propiedades de realidades independientes del espíritu humano. En la realidad solo habría ondas electromagnéticas o combinaciones de gases y vapores, que únicamente ante la conciencia humana se presentan como color rojo o verde, como fragancias e incluso como algo bello. Si ese es el caso, Holmes habría basado entonces su deducción, no en hechos objetivos, en genuinas «pistas», sino en puras apariencias, en irrealidades. Pero apoyándose en meros espejismos es imposible llegar a afirmar la bondad real de la Providencia divina.

La objeción parece demoledora. Pero, bien mirado, Holmes tendría dos maneras de oponerse a ella.

Cabe aceptar que los bienes que nos embellecen la vida son, en verdad, subjetivos, pero no irreales.

La primera consistiría en aceptar valientemente los términos del reproche. Admitamos que el color, el olor y la belleza de las flores son algo puramente subjetivo. ¿En qué menoscabaría el carácter de verdaderos regalos de Dios el hecho de que los bienes que se nos dan por añadidura solo existan ante una conciencia percipiente? ¿Por qué el Autor de todas las cosas, incluida la subjetividad humana, no podría regalar a los hombres bienes tan superfluos que ni siquiera las flores habrían verdaderamente de necesitarlos para vivir, ya que no existirían en la realidad, sino solo en la conciencia de quienes los perciben? Holmes, si sus conocimientos filosóficos hubieran sido más amplios que los que en cierta ocasión le atribuyó Watson, muy bien podría evocar en este punto el breve libro que, en una isla vecina, publicó el obispo anglicano George Berkeley, más de ciento setenta años antes de que se diera a conocer la reflexión de nuestro detective. En los famosos Tres diálogos entre Hilas y Filonús, Berkeley sostuvo, en efecto, que ninguna cualidad sensible, como el color o el aroma, puede existir con independencia del espíritu. Ello no le impidió, sin embargo, alabar la belleza del mundo creado, presente ante el espíritu infinito de Dios. Es más, Berkeley afirmó la pura subjetividad o idealidad de los olores y de los colores, y aun la de la misma materia, precisamente para poder demostrar mejor, según reconoce en el subtítulo de su obra, «la inmediata Providencia de una deidad». Afirmar la irrealidad de los colores y de los olores, y también, si se quiere, la de la misma belleza, no equivale a convertirlos en meras apariencias engañosas o en puros espejismos privados. Tienen justamente la objetividad que les confiere el ser genuinos regalos de Dios para los seres humanos. Por ello al obispo Berkeley tales cualidades irreales le sirvieron de hecho de auténticas «pistas» para llegar a mostrar la bondad providente de Dios. En cualquier caso, Holmes tendría razón en señalar al que se lo disputara que su razonamiento es válido aun si hubiera que admitir la irrealidad de las cualidades sensibles de la rosa.

Pero la oposición a la anterior objeción podría tomar otro derrotero bien distinto. Holmes, en efecto, podría aprovechar la ocasión que le brinda ese reproche para llevar a cabo a la vez dos tareas: denunciar un error frecuente y apartarse de la tesis de la «idealidad» de los colores y los olores. Pues cabe aceptar que los bienes que nos embellecen la vida son, en verdad, subjetivos, pero no irreales.

Ciertamente, un poco de reflexión nos hace notar enseguida que el reparo expuesto se basa en un sofisma, el conocido por los lógicos como la «falacia del consecuente», promovido en este caso por un cierto equívoco. El razonamiento que expresa el reproche podría, en efecto, re-sumirse así: Si algo es irreal, entonces es subjetivo; los bienes que son un adorno de la vida son subjetivos; luego dichos bienes son irreales. Para advertir la incorrección de la inferencia basta compararla con esta otra de su misma forma: Si llueve, la calle se moja; la calle está mojada; luego llueve. Es claro que el argumento no vale, porque la calle puede estar mojada sin que llueva o haya llovido, sencillamente porque la han regado. No es pensable que Holmes, autor, según se nos informa en Estudio en escarlata, de un sesudo artículo sobre las reglas de la deducción, haya incurrido en semejante dislate.

Ciertamente, en la cuestión que nos ocupa, al igual que no hay equivalencia entre el estar mojada la calle y el llover, tampoco la hay entre que algo sea subjetivo y que sea irreal. «Subjetivo» es aquel dato que, para darse, necesita de una conciencia humana. «Irreal» es lo que existe solo como objeto ante una conciencia, en dependencia exclusiva del espíritu humano. El adverbio y el adjetivo son en este punto importantes: su inadvertencia nos desliza en un equívoco. Cabe sin duda afirmar que si algo es irreal, entonces es subjetivo. El contenido de un sueño o una ilusión óptica son irreales y, por tanto, subjetivos: su ser se reduce a su aparecer ante la conciencia del que sueña o del que sufre el engaño. Pero no todo lo que es subjetivo es también irreal: puede ocurrir que el dato que se da ante la conciencia no agote toda su realidad en su aparecer ante la conciencia, sino que de alguna forma exista con independencia de ella. Bastará, pues, con señalar la posibilidad de casos de seres subjetivos, pero reales, para deshacer definitivamente la objeción que consideramos sin necesidad de ampliar el mundo de lo irreal.

Los hay, en verdad, incontables: la rosa vista es algo subjetivo, precisamente porque tenemos sensación de ella, pero es algo que está realmente ahí, en el jardín, existiendo con independencia de que nosotros la veamos. Nuestro verla no agota su ser. Pero atendamos brevemente a los casos que parecen ofrecer mayor dificultad: los casos de los olores y de los colores, apuntados de modo expreso por Holmes en su meditación y objeto principal de la objeción considerada.

La fragancia realmente olida es, ciertamente, algo subjetivo, porque no puede darse si no es en un ser consciente dotado de órganos olfativos. Pero no es irreal, como sí lo es, en cambio, un aroma meramente soñado. La fragancia es algo real que solo puede realmente existir cuando está siendo verdaderamente olfateada. Y ello porque los gases o vapores que provocan el olor en el sujeto que lo percibe —y esto parece que se admite incluso en la objeción— existen a su vez con pleno derecho en la realidad, con independencia de toda percepción. Los olores, aunque subjetivos, no son, pues, puras ilusiones o engaños.

La más ligera huella de pisadas, la más insignificante porción de ceniza de un cigarro, bastan para que un observador experimentado y reflexivo descubra al culpable de un delito

Consideremos el caso del color, que presenta peculiaridades propias. El rojo que vemos es, sin duda, algo sujetivo, porque se nos da, en efecto, con su respectiva sensación. Pero también cabe admitir que es algo que, como tal y no como algo distinto que lo suscita en el sujeto percipiente, puede darse sin ser sentido, como una cualidad objetiva de un ser no provisto de la facultad de ver. Hay en la realidad rosas que son, real y objetivamente, rojas. Que Holmes no considera irreal el color de las rosas ni lo reduce a ondas electromagnéticas, como tantos pretenden, parece probarlo el modo en que procede en sus investigaciones. El detective sigue las pistas que descubre a simple vista, las que aparecen ante su lupa y aun los detalles que solo el microscopio le revela. Todas ellas valen lo mismo para atrapar al culpable, todas ellas poseen la misma objetividad. ¿Por qué tendrían que ser más auténticas, más reales, más válidas o más objetivas las diversas longitudes de ondas que recoge el espectro electromagnético que los colores que apreciamos con nuestros ojos?

Caso aparte y muy distinto es el de la belleza, el de la belleza, por ejemplo, que Holmes, al admirar la rosa cubierta de musgo, percibe en «la exquisita mezcla del carmesí con el verde». No la belleza misma, sino su apreciación, su disfrute, su frui, es algo subjetivo, aunque en un sentido distinto del que venimos utilizando hasta ahora. No es un contenido de una conciencia, sino, más bien, un acto de una conciencia, algo que experimenta un sujeto y, por ello, tan real como la propia persona que lo vive. Pero la belleza misma, no el goce que produce, ¿es subjetiva e irreal u objetiva y real?

Tales signos son, en verdad, para el que los quiera y los sepa ver, fuente de la que mana nuestra esperanza.

La objeción considerada parece admitir, sin prueba alguna, el carácter subjetivo e irreal de lo bello. Por el contrario, la genialidad de Holmes en su argumento consiste en considerar, al menos implícitamente, el enriquecimiento del mundo que supone la hermosura, la plenitud de sentido que posee lo bello, la felicidad que nos proporciona, como signos inequívocos de la realidad objetiva de la belleza. ¿No sería, en verdad, una locura equiparar algo tan maravilloso (lovely), tan enriquecedor, tan significativo como es lo bello con un engaño de la mente, con una ilusión, con una irrealidad?

Pero la penetración de Holmes va todavía más lejos. En su argumento reconoce también que la plétora de significación que entraña lo bello, que el acrecentamiento del mundo que supone la belleza, que la dicha con que la hermosura colma nuestro corazón, se desborda, por así decir, hasta convertirse en signo, en mensaje de algo distinto de esa belleza misma: nada menos que en testimonio del amor, de la absoluta bondad (goodness) con que nos trata quien ha hecho el cielo y la tierra y nos ha puesto en la existencia. En sus aventuras, Holmes nos enseña que el más leve indicio, la más ligera huella de pisadas, la más insignificante porción de ceniza de un cigarro, bastan para que un observador experimentado y reflexivo descubra al culpable de un delito. Con su breve cavilación sobre la Providencia, Holmes nos da una nueva e inolvidable lección: la contemplación de la belleza del mundo, la inmensidad de sentido que en él descubrimos, la sobreabundancia y la gratuidad de los bienes que en él recibimos, son signos que nos llevan indefectiblemente a afirmar el amor que el Autor de la realidad tiene para con nosotros. Tales signos son, en verdad, para el que los quiera y los sepa ver, fuente de la que mana nuestra esperanza.

El libro de Las memorias de Sherlock Holmes ha quedado cerrado encima de la pequeña mesa que está ante nosotros. La señal que hemos puesto en la página de «El tratado naval» en la que habíamos interrumpido la lectura nos invita calladamente a proseguirla. Pero ahora sabemos que la trama inventada por Conan Doyle será infinitamente menos interesante que la cuestión planteada por su personaje de ficción: el misterio de las flores y la Providencia. Y ya no nos es posible abandonar las pesquisas que sobre ese inquietante misterio tan solo hemos iniciado.