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Ver productosA Bécquer ese primer entusiasmo le cuesta caro. Ante los otros poetas, el lector contemporáneo se pone alerta. La falta de hábito lector de la poesía nos hace precavidos y solemos, si no podemos evitarlo, prestar toda nuestra atención. No ocurre eso con Bécquer, ante el que los lectores españoles se sienten súbitamente relajados. Lo conocen de sus lecturas infantiles y adolescentes y se sienten en terreno conocido; y dispensados, por tanto, de una nueva relectura y del más mínimo esfuerzo crítico.
El Bécquer conocido no es exactamente el Bécquer verdadero, como advierte Rafael Montesinos, uno de los máximos becquerianos
Grave error. El Bécquer conocido no es exactamente el Bécquer verdadero, como advierte implícitamente y sensu contrario Rafael Montesinos, uno de los máximos becquerianos: «Bécquer, leído en la adolescencia, olvidado y vuelto a leer con ojos nuevos cuando la vida alcanza su plenitud». No se le lee con ojos nuevos cuando se alcanza la plenitud, con escasas excepciones. Si se le leyese así, se descubriría enseguida que estamos ante un poeta sencillo, pero no simple, con una enorme tensión biográfica, ideológica, literaria e histórica.
Contra la lectura consabida y consuetudinaria, a favor de esas tensiones, se han escrito estas líneas.
Sobre los datos no hay confusión posible. El 17 de febrero de 1836 nace en Sevilla Gustavo Adolfo Domínguez Bastida Insausti de Vargas Bécquer Bausa. Le quedaba muy atrás el apellido Bécquer, pero era apellido de sangre noble y tenía enterramiento blasonado en la catedral de Sevilla. La familia, en la que abundaban los pintores costumbristas, lo usaba.
Ese pundonor de nobleza, aunque el origen del apellido era holandés, resulta bien español. También por la relativa pobreza. Ahí encontramos ya una temprana tensión vital, de las muchas que habrán de acompañar al poeta. Han quedado muy pronto huérfanos los Bécquer, y Gustavo comienza a estudiar para marino mercante en el colegio de San Telmo, reservado a nobles sin dinero. Cuenta con la protección de su madrina, Manuela Monnehay, y de su tío Joaquín Domínguez Bécquer, pintor.
La biblioteca de su madrina, bien dotada de las obras de los primeros románticos, como Chateaubriand o Walter Scott, le forja un carácter soñador, una ideología conservadora y una vocación literaria. Doña Manuela, aunque ha sido, a través de esa biblioteca, una causa fundamental de su vocación literaria, no la entenderá luego, cuando Gustavo pretenda viajar a Madrid a perseguir sus ambiciones líricas.
A pesar de la oposición y de su juventud, el futuro poeta emprende el viaje. Sevilla queda atrás, pero dentro. Será una influencia y una referencia constantes. Según Juan Ramón Jiménez, Sevilla tampoco olvida a su poeta:
«Hay por Sevilla un jirón de niebla que el sol más claro no acierta a disipar. Se va de un lado a otro, pero nunca se quita; algo así como esas estrellas que se ven ante sí los ojos confusos. Es Bécquer. ¿Es Bécquer? ¡Es Bécquer!»
Madrid no se rinde a los pies del poeta adolescente, como es natural, aunque él y sus amigos habían soñado otro recibimiento. Acuciado por la necesidad y la lógica, emprende la carrera de periodista. Lo fue de éxito, llegando a dirigir algunos de los más importantes periódicos de su tiempo, y alcanzando un grado eminente como articulista de costumbres, en la línea de Larra. Merecería un estudio más detenido esta faceta suya, de indiscutible calidad.
Estamos ante otra dimensión desconocida o ignorada por casi todos aquellos que creen conocer de sobra a Bécquer.
Sus trabajos periodísticos van muy ligados a otra dimensión aún más desconocida, y que provoca todavía una mayor tensión frente la imagen usual del poeta. Su condición de hombre conservador, tanto de talante como de ideología política.
Todavía en Sevilla, él y su hermano Valeriano, pintor, se ríen de la revolución de 1854 en el álbum Los contrastes. Tanto es así que el posicionamiento liberal que se adopta en la leyenda «La fe que salva», sirvió en un primer instante, entre otros motivos más filológicos pero posteriores, para detectar el fraude. No era obra suya: no podía serla por su carácter liberal. Y eso que la falsificación era muy fina y usaba (para enmascararse) un título que el propio Bécquer tenía apuntado entre los de sus proyectos.
La cuestión del conservadurismo la resume Montesinos: «Les gustara o no a sus amigos y contemporáneos, Bécquer, a través de sus diferentes escritos en prosa —cartas literarias, artículos, narraciones, leyendas, etc.—, dejó bien definido, más que su pensamiento, su sentimiento conservador. Este sentimiento, que fue siempre limpio, constante y desinteresado, le atrajo no pocas enemistades más o menos ocultas, muchas de las cuales le persiguieron en la posteridad». +
Y Robert Pageard remacha: «Su gran designio práctico fue la creación y animación de periódicos y colecciones capaces de elevar la cultura de sus contemporáneos, especialmente con objeto de revalorizar la tradición española». Hay una anécdota que constata su compromiso. El 16 de diciembre de 1865 cesa como director de El Contemporáneo, a pesar de ser un puesto de prestigio y de necesitar el sueldo. Pretexta mala salud, pero lo hizo por no estar de acuerdo con el posicionamiento del periódico en contra de los conservadores Narváez y González Bravo.
En sus escritos, abundan los comentarios de pasada en los que el peso de la querencia conservadora es evidente. En la «Carta I» de Cartas desde mi celda, comenta con ironía, pero ahí queda eso: «atalajado en una mula, como en los buenos tiempos de la Inquisición y el rey absoluto»… Otras veces será más confesional: «ello es que en el fondo de mi alma consagro, como una especie de culto, una veneración profunda por todo lo que pertenece al pasado, y las poéticas tradiciones, las derruidas fortalezas, los antiguos usos de nuestra vieja España tienen para mí todo ese indefinible encanto, esa vaguedad misteriosa de la puesta del sol en un día espléndido cuyas horas, llenas de emociones, vuelven a pasar por la memoria vestidas de colores y de luz antes de sepultarse en las tinieblas en que se han de perder para siempre».
Desde luego, esto crea una nueva tensión con la imagen arquetípica del poeta, pero no lo traigo aquí solo por eso ni por recrearme en la suerte ideológica. Es un dato importante porque sitúa a Gustavo Adolfo Bécquer en el centro de lo que de veras significó el romanticismo. Lo define Nicolás Gómez Dávila: «Desde Blake, Wordsworth y el Romanticismo alemán, la poesía moderna es una conspiración reaccionaria contra la desacralización del mundo».
La lectura de El genio del cristianismo de Chateaubriand está en el origen de su magno proyecto Los templos de España
El afán de Bécquer por una sacralización del mundo va unido, como no podía ser menos en un español y en un amante de las tradiciones, al catolicismo. La lectura de El genio del cristianismo del vizconde de Chateaubriand está en el origen de su magno proyecto Los templos de España. El amigo de Bécquer, César Nombela, en Impresiones y recuerdos, explica:
No se trataba de un estudio pura y simplemente arqueológico, de una descripción técnica más o menos detallada como las que habían hecho algunos eruditos españoles, muy meritorias, muy documentadas; pero más labor de fotógrafo que de pintor artista. Lo que Gustavo pretendía era hacer un grandioso poema en el que la fe cristiana, sencilla y humilde, ofreciese el inconmensurable y espléndido cuadro de las bellezas del catolicismo. Cada catedral, cada basílica, cada monasterio, sería un canto del poema. La idea, el sentimiento estarían expresados por la fábrica con el mármol, la madera, el hierro, el bronce, la plata, el oro, las piedras preciosas al servicio de artistas arquitectos, pintores y escultores. A estas espléndidas formas darían alma la oración, la liturgia, el sencillo, severo y solemne canto llano, las melodías del órgano, los símbolos de los dogmas, la elocuencia sagrada…
Esa intención cruza toda la obra de Bécquer. Se ve, desde luego, con mucha claridad en las Leyendas. Por ejemplo, en «La cruz de hierro», donde suenan con un claro timbre autobiográfico estas palabras: «Impulsado de un pensamiento religioso, espontáneo e indefinible, eché maquinalmente pie a tierra, me descubrí, y comencé a buscar en el fondo de mi memoria una de aquellas oraciones que me enseñaron cuando niño; una de aquellas oraciones, que cuando más tarde se escapan involuntarias de nuestros labios, parece que aligeran el pecho oprimido, y semejantes a las lágrimas, alivian el dolor, que también toma estas formas para evaporarse».
También se nota en su poesía, aunque esta, por andar tan pegada a los movimientos de su alma, recogiese algunos momentos de duda. Es el caso de la famosa rima LXXIII, en la que el poeta dice ignorar el destino de las almas después de la muerte. Eso levantó una cierta polvareda un tanto polvorienta en su ciudad natal a cuenta de un supuesto descreimiento blasfemo. Ese mismo poema fue el escogido nada menos que por el católico Menéndez y Pelayo en sus Las cien mejores poesías de la lengua castellana. Sabía el sabio, católico a machamartillo, que hay «no sés» que son suspiros del alma y nada más. Bastaba haberse tomado la molestia de preguntarse por el pensamiento de Bécquer para descartar escándalos y cuestionamientos innecesarios y ridículos.
Su vida amorosa también conoce sus altas tensiones, que entran en colisión a veces con su propia vida ideológica o su vida poética. Algunos amores que se le han supuesto se han demostrado apócrifos y otros, como el de su enamoramiento de una novicia toledana, quizá sean fruto de una excesiva extrapolación de su literatura a su biografía. Del mismo modo, se le han supuesto aventuras galantes con damas encopetadas por tal o cual rima con blasones y yedras. Quién sabe.
Fuera de toda duda está su enamoramiento de Julia Espín, que inspiró directamente varias rimas y alguna leyenda más o menos maliciosa, donde el poeta se venga de sus desengaños. Se conoce el álbum de la señorita con autógrafos de su pretendiente sevillano. En muchas rimas transparenta aquella historia de ilusiones y falsas esperanzas.
La intrahistoria de su repentina boda con Casta Esteban —una boda sin demasiado amor, bastante antirromántica— también es conocida. Un íntimo amigo comentó que Gustavo no se casó: le casaron. El único poema que escribió a su mujer Bécquer no lo recogió, con buen criterio poético, en su Libro de los gorriones. Es muy retórico y poco emotivo:
Tu aliento es el aliento de las flores;
tu voz es de los cisnes la armonía;
es tu mirada el esplendor del día,
y el color de la rosa es tu color.
Tú prestas nueva vida y esperanza
a un corazón para el amor ya muerto;
tú creces de mi vida en el desierto
como crece en un páramo la flor.
El oído finísimo de Montesinos detecta: «La única verdad que confiesa Gustavo en estos versos es que llevaba en el pecho “un corazón para el amor ya muerto”». El profesor Pere Rovira lo reafirma: «Desde luego, pocas cosas más convencionales salieron de la pluma de Bécquer. Quizá sea cierto, de todos modos, que Bécquer vio en Casta (que era joven, hermosa y no se andaba con remilgos) ciertas posibilidades de resurrección, tras el desengaño sufrido con Julia Espín».
Como sus enamoramientos de soltero, tampoco la vida matrimonial de Bécquer fue feliz. Sus esperanzas de resurrección resultaron vanas. En El antólogo, la novela de Nicholson Baker sobre un poeta en plena crisis existencial, se relaciona la decadencia de la poesía actual con la dependencia a los antidepresivos y a las consultas de los psicólogos. Se huye de las crisis emocionales y, por eso, disolvemos la poesía o, indirectamente, su caldo de cultivo. Las lágrimas, incluso las de risa, riegan a la lírica floreciente, avisa Baker. Y uno recuerda a Horacio, que dijo que solo se hace llorar al lector si uno lloró antes; y a Blake, que nos advirtió que una lágrima es algo intelectual; y, sobre todo, a Bécquer, de lágrima tan fácil y tan natural, como su poesía, tan fácil y superior.
Mucho menos conocidos que sus sueños amorosos son sus sueños literarios, pero los tuvo igual o más y tan románticos. Su vocación arranca de muy pronto. Con diez años, con su amigo Narciso Campillo, escribe la tragedia Los conjurados, que se representa en una fiesta escolar del colegio de San Telmo. Es una obra perdida. Campillo no la recordaba. De aquellos años, él —la vanidad, ay, tiene una memoria inmejorable— solo se acuerda de estos versos de Bécquer:
Muy más sabrosos que la miel hiblea,
más gratos que el murmullo de la fuente,
me son, Narciso, tus hermosos versos.
El mismo subtítulo a su manuscrito de las rimas, el Libro de los gorriones, es muy significativo de una relación conflictiva con sus proyectos. De un lado, tantos sueños; del otro, apenas el viento: Colección de proyectos, argumentos, ideas y planes de cosas diferentes que se concluirán o no según sople el viento.
El viento solo sopló a favor de las rimas y de las leyendas. No lo haría a favor de sus otras ideas ni planes a lo largo de su vida. Merece la pena pararnos en lo que José Andrés Vázquez llama «obra frustrada del poeta». Pensó Gustavo Adolfo, para el teatro, proyectos de dos comedias, El cuarto poder y El duelo; de dos dramas, Los hermanos del dolor y El ridículo; de dos poemas dramáticos, María y ¡Humo! Se conocen asimismo títulos y esbozos de cuatro libros novelescos: Vivir o no vivir, Herrera, Crepúsculos, La conquista de Sevilla. Y de otros dos, de costumbres andaluzas, El último valiente y El último cantador. También hay títulos de fantasías y caprichos: El rapto de Ganimedes, La vida de los muertos, La Diana india, La amante del sol, La bayadera, Luz y nieve…
Tenía asimismo el propósito de desarrollar algunas leyendas toledanas, ya en bosquejo: El Cristo de la Vega, La fundadora de conventos, El hombre de palo (estudio sobre el legendario muñeco mecánico de Juanelo), La casa de Padilla, La salve, Los ángeles músicos, La locura del genio (estudio sobre el Greco), La lepra de la infancia (acerca del condestable de Borbón). A lo que añade Vázquez los títulos de cinco poemas: Los mártires del genio (acerca del dolor de los hombres representativos), Las tumbas (meditación sobre los sepulcros famosos), Un mundo (sobre el descubrimiento de América), Las estaciones (en cuatro cantos), La oración de los reyes… A todo lo cual, aporta Antonio Escobar el dato de que tenía «perfectamente planeado» un libreto de ópera, del que era capaz de tocar al piano dúos, coros, arias… También soñó con ser editor, y hasta planificó futuras colecciones. Dejó inacabada una novela, Mal, muy mal, peor…
A la vista de todo lo cual, podría pensarse en un hombre más soñador que voluntarioso, vapuleado por sus propios proyectos. Él mismo contribuye a crear esa imagen, cuando se autorretrata:
Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma. […] entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que solo puede salvar la palabra; y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos.
[…] Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos
Sin embargo, en algunas ocasiones nos deja ver más hondo. En verdad, Bécquer es un hombre que relativiza el valor de la vida activa: un contemplativo. Lo explica con hermosura en «El maestro Harold», artículo publicado el 14 de septiembre, festividad de la Santa Cruz, de 1859:
Figúrate que al borde de un camino hallas una piedra vestida de verdura y esmaltada de azules campanillas, en derredor de cuyos cálices zumba una nube de bulliciosos y transparentes insectos con alas de oro y de luz; figúrate que los ojos de la mujer que adoras y que camina dulcemente apoyada en tu brazo, se fija en una de aquellas flores que te apresuras a coger, pero al separar las verdes hojas con tus manos, hallas debajo del riente velo de esmeraldas la losa de un sepulcro. Esto es mi obra
Aparenta nihilismo, pero es algo más hondo, más alto. Hay una eternidad frente a la que los esfuerzos diminutos del hombre son muy poca cosa. Por eso «La pereza ennoblece al hombre», como se titula una pieza de articulismo antológica, donde dice:
Yo he visto con el microscopio una gota de agua, y en ella esos insectos apenas perceptibles, cuya existencia es tan breve que en una hora viven cinco o seis generaciones, y he dicho al mirarlos moverse: «¿Si creerá ese bichejo que hace alguna cosa?». Para afanarnos en el mundo, sería menester que nos pusiesen una montera que nos tapara el cielo, de modo que la comparación con su inmensidad no hiciera tan sensible nuestra pequeñez. Yo quiero ser consecuente con mi pasado y mi futuro probables, y atravesar ese puente de la vida, echado sobre dos eternidades, lo más tranquilamente posible
Tantos proyectos sin realizar, tanta introspección para explicarse la propia pereza, tanto desarrollo teórico en defensa de una indolencia metafísica y, sin embargo, la obra de Bécquer existió y ha cruzado el tiempo y hoy goza de una realidad prestigiosa y esplendorosa. Vislumbrando quizá ese futuro, Bécquer en ocasiones se reconoce portador de algo divino, de un alma valiosa e insospechada, de un don poético auténtico. Pero no se trata de que él fuera grande a pesar de su actitud contemplativa y de su filosofía, sino de todo lo contrario: su poesía fue una consecuencia de ellas.
Por lo pronto, coherente con su actitud de despego hacia el activismo, apenas se preocupó por dar publicidad a los poemas que irremediablemente iba escribiendo. Rodríguez Correa, gran amigo del poeta y prologuista de la primera edición de sus rimas, se sorprendió al conocer la colección de poemas. «Tan en secreto guardó Bécquer su obra poética», deduce Montesinos. Y reflexiona que si Bécquer no fue más conocido como poeta se debe principalmente a su desinterés: «Gustavo durante un gran periodo de su vida, tuvo a su disposición las más importantes páginas de los periódicos de la época e incluso dirigió algunos de estos. A pesar de ello, el poeta solo publicó una quincena de rimas a lo largo de lo que podríamos llamar su carrera periodística. Y aún hay algo más: la mayor parte de esas rimas fueron publicadas anónimamente».
La maravilla de su poesía es, como decíamos, una consecuencia de tanto despego. ¿Por qué? Por un lado, porque Bécquer solo escribió acuciado de una insoslayable necesidad expresiva. De ahí, la sensación de verdad de sus versos. Por otro lado, al renunciar a la publicidad y al marketing pudo concentrarse en escribir, olvidando la tentación de agradar al público o seguir los dictados —tan volubles— de la moda. No necesitaba del aplauso de un público.
La actitud personal de Bécquer le va a permitir encontrar su propia voz. De haber tenido más necesidad o más voluntad de triunfo, habría tenido que esforzarse por estar a la última. Indiferente al éxito de sus poemas, convencido de que llevaban algo divino dentro (Rima VIII) que bastaba, pudo dedicarse simplemente a escribirlos. Por su falta de voluntad innovadora se le confundirá con un romántico rezagado. Juan Valera dio por concluido el Romanticismo justo cuando Bécquer comienza a escribir. Y con su prosa un tanto adornada, Benjamín Jarnés declara: «Bécquer es nuestro último trovador». Junto a Rosalía de Castro, se les considera los miembros principales de una «generación romántica tardía». Incluso hay quien carga la suerte y comenta que en España el Romanticismo no dio grandes frutos sino en su otoño.
Cierto que Bécquer recoge un «germanismo» que llevaba años circulando en traducciones por España. Enrique Díez-Canedo definió a Eulogio Florentino Sanz como el Boscán del germanismo, pues son sus traducciones de Heine las que marcan la pauta, tanto en el tono, como en los temas y hasta en la métrica y la rima. Bécquer sería el Garcilaso del germanismo, esto es, el que llevó a las más altas cimas de excelencia y de asimilación los nuevos aires traídos a la poesía española.
Resulta imprescindible realizar aquí una ligera digresión de muchos siglos. La poesía castellana se ha ido enriqueciendo a través de sucesivas influencias de líricas extranjeras. Las jarchas judías; la recepción de provenzales y trovadores galaico-portugueses realizada por Alfonso X; la poesía italiana adoptada por Boscán y Garcilaso; los ecos latinos de Góngora y Quevedo; los ritmos franceses que Rubén Darío trajo a través de la Mar Océana; la poesía inglesa aclimatada por Juan Ramón Jiménez, Jorge Luis Borges y Jaime Gil de Biedma…, hasta, quizá, las influencias benéficas de la poesía polaca en la última poesía española y de la poesía japonesa. La importancia histórica de Bécquer, al recibir y naturalizar la influencia de Heine en España, se entiende en toda su trascendencia histórica cuando se inserta entre esos eslabones de nuestra lírica, abierta a todos los aires del mundo.
O sea, que lo que parecía un romanticismo de segunda (por el tono apagado y por cierto retraso), era la poesía que de veras se echaba a la espalda el futuro de la poesía española y contribuía a su evolución en la línea más auténtica.
Sabemos por Campillo que en 1870 Bécquer empezó a traducir a Dante, nada menos. Esto corrige la imagen distorsionada de un poeta muy elemental y perezoso, menor (recuérdese aquel insulto a él dedicado que calificaba sus versos como «suspirillos germánicos»). En realidad, el mismo Bécquer confiesa que toda su poesía anterior a las Rimas iba «con todas las pompas de la lengua». En su niñez sevillana había tenido una excelente formación neo-clásica, tal y como la que se estilaba en la ciudad, y en sus primeros intentos se estrenó y se entrenó en esas lides. Lo cuenta él mismo en la «Carta III» de Cartas desde mi celda. Si escogió luego la sencillez y la claridad, fue por introspección, no por impotencia. Fue una elección estética (y, además acertada), no una falta de facultades. Gustavo Adolfo Bécquer sabía la lección condensada por Vicente Núñez: «La gran poesía siempre tiene los labios apretados».
Aunque apretó los labios, todavía en muchas de sus Rimas aún puede oírse el eco de esa tradición dominada y dejada, con elegancia, en la sombra. ¿O es que acaso no suenan a su través, nítidas, las palabras de hierro de Jorge Manrique en la rima LXIX?
Al brillar un relámpago nacemos
y aún dura su fulgor cuando morimos;
¡tan corto es el vivir!
La Gloria y el Amor tras que corremos
sombras de un sueño son que perseguimos;
¡despertar es morir!
Más curioso aún que lo mucho que se señala el germanismo becqueriano y lo poco que se le reconocen sus raíces en la tradición poética clásica, es que no se destaque la tensión que supo extraer también del contraste entre la poesía popular que le inspiró y la poesía culta, que practicaba.
En este caso la diferencia y los contrastes con la poesía de su amigo Augusto Ferrán son de lo más ilustrativos. El poeta madrileño no consigue trasvasar la línea de una imitación (realmente talentosa) del cantar del pueblo. Bécquer mantiene la asonancia, la intensidad expresiva y la emoción a flor de piel, pero, a su vez, cambia ligeramente el metro para acercarse a los ritmos cultos, crea un personaje poético identificable, bien distinto de la voz anónima del pueblo, y sabe alargar los textos, cuando es necesario, e introducir figuras retóricas más complejas y un léxico mucho más rico y variado. El resultado de esa mezcla de mundos es una poesía personal, inconfundible y que preserva la sal popular en el aire de su canción, aunque sin peajes de particularismos ni pelos de la dehesa.
El contraste entre el germanismo y el popularismo es evidente; y un gran mérito de Bécquer que no salten chispas al contacto entre ambos. Tampoco lo hacen y casi nadie lo nota, entre lo culto y lo popular, tan armoniosamente unidos. La poesía de Ferrán merece una lectura por sí misma, pero además resulta impagable como término de comparación con la poesía de Bécquer, si quiere apreciarse la profunda maestría del leve sevillano. Si el Boscán del germanismo fue Sanz, el del popularismo fue Ferrán. Ambos tuvieron un mismo y único Garcilaso.
Con estos mimbres y con apenas un puñado de poemas breves, Bécquer se convierte en el padre indiscutible de la poesía moderna en español en ambos hemisferios. Su modernidad, a veces un tanto oscurecida por el adolecentismo o el romanticismo que rodean su obra y su figura, queda de manifiesto si se le empareja con Baudelaire, un moderno sin resquicios (aunque con grandes sorpresas), que es su igual, con el que coincide mucho en el tiempo, en la literatura, en la cosmovisión y hasta en la biografía.
El tono de confesionario que será el de buena parte de la poesía moderna (junto al tono de comunión de un Keats o de un Claudio Rodríguez, por ejemplo), no se lo debemos nosotros a Baudelaire, o no solo a él, ni primero. Está en Bécquer, sin ninguna duda. Oigan:
XXXIII
Es cuestión de palabras, y no obstante
ni tú ni yo jamás,
después de lo pasado, convendremos
en quién la culpa está.
¡Lástima que el Amor un diccionario
no tenga donde hallar
cuándo el orgullo es simplemente orgullo
y cuándo es dignidad!
Claro que viene con su antídoto, que es el contacto nunca perdido por Gustavo Adolfo Bécquer con la canción. Quizá el peligro latente en la poesía de tono de confesionario —peligro que se ha ido mostrando más y más según se iba consagrando su práctica— radique en convertirse poco a poco en un murmullo confuso, triste y autojustificativo, como oído vagamente desde un banco de lejos, en vez de la explosión de alegría paradójica y honda del penitente claro y redimido, si me permiten estirar la etiqueta metafórica hasta sus últimas consecuencias. Eso nunca pasa con Bécquer, que no olvida lo que la poesía tiene de canto. Además, el previsor Bécquer supo darles a sus rimas, un eco irónico, que las llenan de modernidad y de posmodernidad.
También supo optar por la brevedad del poema, lo que coincide con las exigencias de Poe, que aplaudía Baudelaire. Incluso fue más moderno que ellos, porque, como subraya Pere Rovira, ellos tampoco aprobaban el poema demasiado corto, de los que Bécquer escribió bastantes. En su caso se producía un nuevo cruce de alta tensión, de la que saltan chispas: esa brevedad es la del futuro, pero también del flamenco.
En su tradición supo encontrar la fuente de su modernidad.
Otra prueba de modernidad, de racionalidad, de escritor vuelto sobre sí mismo, no llevado por el sentimiento, es la continua conciencia que tiene Gustavo Adolfo Bécquer del proceso poético. Escribió mucho sobre poesía. Y su apuesta por la racionalidad le llevo a mantener cierta distancia con el sentimentalismo, lo que no dejará de sorprender a los que todavía tengan de él una imagen romántica estereotipada. Fue Bécquer quien dijo: «Cuando siento no escribo», frase exacta y antirromántica. A lo que añade: «Cuando un poeta te pinte en magníficos versos su amor, duda. Cuando te lo dé a conocer en prosa y mala, cree». «Lo que viene a significar —deduce perspicazmente Pere Rovira— que para él el poema no es un medio, es un fin». El archimoderno y ultracelebrado T. S. Eliot vino a decir lo mismo —con aplauso general— un siglo después.
Otra de las razones de su modernidad, perspicazmente expuesta por Cernuda, no podemos olvidarla: «Su poesía supo siempre rechazar lo que frecuentemente, sin ser lírico, se mezclaba con la poesía». Supo dejar lo narrativo, sus leyendas, fuera del ámbito del verso. «Qué sonoros romances, qué hallazgos verbales, qué coloreadas escenas hubiera obtenido allí el duque de Rivas…», se recrea Cernuda. Bécquer no lo hizo, diferenció ámbitos, convirtiéndose de paso en uno de los creadores del poema en prosa en español, como ha estudiado a fondo Luis Cernuda en «Bécquer y el poema en prosa español» (1959). Se trata de otra coincidencia más con Baudelaire.
En el fondo, Bécquer es nuestro primer poeta contemporáneo porque su gran preocupación es la de su tiempo: encontrar el lugar del poeta en el mundo. Ese conflicto latente, que ahora explota, venía incubándose desde el nacimiento mismo de la Edad Moderna, como puede verse con claridad en el Tomás Moro de, entre otros, William Shakespeare. En aquel drama, el joven lord Surrey ruega a sir Tomás Moro que no le llame «poeta», que es nombre desprestigiado. Moro replica con una hermosa defensa de la poesía, pero al encarar el problema de su actual decadencia, aprovecha para, bajo el manto del latín, que casi todo lo tapa, soltar una impresionante andanada contra el estado del Estado:
Yo os mostraré por qué no es tiempo de poetas. Deberían cantar según el fuerte canon heroica facta: Qui faciunt reges heroica carmina laudant. Pero decaen los grandes temas, y así las plumas privadas de ejercicio, languidecen
La cita latina de Juan Bautista Mantuano, carmelita de origen español, dice que la poesía trata de los hechos de los reyes, de modo que se está diciendo, lisa y llanamente, que los reyes decaen, y arrastran en su decadencia a la poesía. Y ahí deja la cosa Shakespeare, por el momento.
En el siglo XIX, el conflicto está tan en carne viva que prácticamente nadie se pregunta ya por las razones de la decadencia. Espronceda se ciñe a su queja: «Yo apostrofaba al mundo en su carrera, / giraba el mundo indiferente en torno, / y en vano, y débil, mi lamento era». Bécquer da un paso —decisivo— más, y asume la nueva situación. El sevillano no se escuda en su condición de poeta, consciente, según Rovira, del nacimiento de un nuevo héroe literario, donde el fracaso es un ingrediente esencial, distintivo, imprescindible. Tan sine qua non es el fracaso, que Bécquer se complace, como hemos visto, en relatarnos proyectos imposibles, quizá precisamente por anacrónicos, más radicalmente modernos por irrealizados y utópicos.
«Hoy, que todos los grandes centros de población se parecen, apenas se percibe el aislamiento en que nos encontramos». Eso no se ha escrito en este siglo, ni en siglo pasado, ni en Nueva York, aunque lo parezca. Es de la «Carta I» de las Cartas desde mi celda. Bécquer también nos dejará vislumbrar el moderno periodismo y la sociedad de la información, como cuando describe su trabajo como un «contribuir con una gota de agua a llenar ese océano sin fondo, ese abismo de cuartillas que se llama un periódico». Allí aparece «todo revuelto: una obra de caridad con un crimen, un suicidio con una boda, un entierro con una función de toros extraordinaria». Y lanza una queja que parece de hoy sobre la Aldea Global: «el prosaico rasero de la civilización va igualándolo todo». Incluso cuando describe el campo lo hace con términos de café bar, de vida bohemia: «Los cuadros de los trigos, verdes y tirantes como el paño de una mesa de billar». Pero sobre todo aparece con él un tema intrínsecamente moderno: la paradójica soledad terrible de la ciudad.
Rima LXV
Llegó la noche, y no encontré un asilo,
¡y tuve sed!… mis lágrimas bebí,
¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
cerré para morir!
¿Estaba en un desierto? Aunque a mi oído
de las turbas llegaba el ronco hervir,
yo era huérfano y pobre… ¡El mundo estaba
desierto… para mí!
Comprendiendo la modernidad de Bécquer, se percibe su influencia sobre los poetas posteriores. Ha sido hondísima. Tanta, que Fernando Ortiz pudo estudiar la poesía contemporánea andaluza en un ensayo con este título clarificador: La estirpe de Bécquer. Y, en realidad, esa estirpe rebasa con mucho los límites autonómicos y hasta los nacionales, abarcando todo el ámbito de la poesía en español en ambos hemisferios.
Los ejemplos son clarificadores. Véase esta confesión programática de Gustavo Adolfo: «pero vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin inquietudes, sin ambiciones, con esa facilidad de la planta […]. He aquí, hoy por hoy, todo lo que ambiciono: ser un comparsa en la inmensa comedia de la Humanidad y concluido mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se aperciba siquiera de mi salida». Es imposible, tras leer «esa facilidad de planta», no recordar inmediatamente el imprescindible poema de Rubén Darío «Lo fatal»:
LO FATAL
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…
Esta operación puede repetirse con multitud de poetas posteriores. Resulta muy fácil encontrar un claro precedente en Bécquer a tantas otras cosas escritas después.
Y viceversa. Se entendería mucho mejor al maravilloso poeta sevillano si se le leyese al revés, no desde el recuerdo vergonzante del deslumbramiento adolescente, ni, incluso, desde la lectura histórica. Leído desde sus más perspicaces lectores posteriores (Manuel y Antonio Machado, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Rafael Montesinos), uno se hace cargo de qué valiosas semillas llevaba latente su poesía.
Recomiendo (para poner un solo ejemplo poderoso) leerlo desde uno de los poetas más rabiosamente becquerianos de nuestra literatura y de los más actuales: Javier Salvago. La poesía de Salvago subraya, por un movimiento reflejo, de ida y vuelta, lo mucho de humor (negro) que tiene la poesía de Bécquer. El desgarro de nuestro contemporáneo tiene siempre un rictus de sonrisa que después de leerle ya no es en absoluto difícil descubrir en su precedente sevillano. Escribe Salvago:
LA HEROICA RESISTENCIA
Confieso que estoy harto de mi suerte,
harto de que me muerda
—y no poder pegarle un tiro,
entre los ojos, y dejarla tiesa…—.
Confieso, sin rubor, que me rendía
si no fuera porque me queda
un resto de honor, en el armario,
y el recuerdo de una vieja promesa.
Me prometí a mí mismo, siendo niño,
la heroica resistencia:
morir en el intento
y con las botas puestas.
Escribe Bécquer:
XXXI
Nuestra pasión fue un trágico sainete
en cuya absurda fábula
lo cómico y lo grave confundidos
risas y llanto arrancan.
Pero fue lo peor de aquella historia
que al fin de la jornada
a ella tocaron lágrimas y risas
y a mí, solo las lágrimas.
No son extrañas las coincidencias de tono, porque la poética es prácticamente la misma. Lean, si no, la de Salvago, y recuerden a la vez la defensa de la poesía seca, breve, de Bécquer:
CORRECCIONES
La vida se parece a esos poemas
que brotan, en principio, interminables,
retóricos, grandiosos y banales.
Luego vas corrigiendo hasta dejarlos
en lo poco que importa, en los dos versos
que dicen lo que todos ya sabemos.
La concisión de casi todos los poemas de Salvago y la sabia influencia de la copla popular son de una indudable raigambre becqueriana. ¿O no son puro Bécquer estos tres versos de Javier Salvago?
Soñar es gratis, dicen. Sin embargo,
quien ha soñado sabe que los sueños
se suelen pagar caros.
Pero quizá la lección más importante que Javier Salvago nos ofrece para releer a Bécquer es su enfoque de la ternura, siempre con un distanciamiento mínimo que, paradójicamente, la intensifica al máximo. Tras leer esto de Salvago:
[…] Es la primera vez que te has atrevido
a decirme «te quiero».
Y aunque finja que paso,
detrás de mi silencio,
te miro emocionado.
Se descubren en la poesía de Bécquer esos distanciamientos en medio de la efusión romántica. Nuestro poeta desactiva el empacho o la simplicidad adolescente, aunque los adolescentes y los que guardan un recuerdo de entonces del poeta no sean capaces de descubrir ni de apreciar los matices. A ellos entonces no les hacían falta. Pero a nosotros, ya sí, y Bécquer supo dejárnoslos en sus poemas con una delicada tamización:
LXIV
Como guarda un avaro su tesoro,
guardaba mi dolor;
le quería probar que hay algo eterno
a la que eterno me juró su amor.
Mas hoy le llamo en vano y oigo, al tiempo
que le agotó, decir:
¡Ah, barro miserable, eternamente
no podrás ni aun sufrir!
Hacer una lectura completa de Bécquer resulta de una importancia capital, más allá de la valoración de un gran poeta. Perteneciendo la poesía española a la estirpe de Bécquer, como se ha subrayado, el no reconocer al padre la aboca a cierta orfandad, que termina notándose. Pasa igual con el cancionero y el romancero, con el Siglo de Oro, con JRJ, con Machado…, por mucho que uno, después, corra mundo y lea a poetas extranjeros, hay lecturas que son una cuestión de ser o no ser.
De Gustavo Adolfo Bécquer hay cuatro lecciones que los lectores y poetas del futuro harían mucho mejor en aprender a fondo. Son el humor, la importancia del lector, la lucha contra lo inefable y, por último, el trasfondo moral de la poesía.
Ya hemos hablado del humor en la poesía de Bécquer, que se ve bien a través de sus discípulos y seguidores. En su prosa, también es un elemento fundamental. En «Tres fechas» se permite esta pequeña descripción: «La basura y los escombros arrojados de tiempo inmemorial en ella, se habían identificado, por decirlo así, con el terreno, de tal modo, que este ofrecía el aspecto quebrado y montuoso de una Suiza en miniatura». A veces, el humor se complace en clavar dardos ingeniosos y afilados, como en esta crónica: «El maestro Petrella, al finalizar en Roma el estreno de su Catalina Howard, ha salido cincuenta y cuatro veces a recibir las ovaciones del enloquecido público. Francamente, ese fatigoso ejercicio, más que premio por una buena obra, parece penitencia impuesta por algún desaguisado musical».
Bécquer fue mucho más posmoderno que el autor de La realidad y el deseo
Pero la faceta que tiene más trascendencia es la auto-ironía del poeta, muy evidente en la rima XXVI, la del famoso billete al dorso escrito. Se equivoca Cernuda al decir que Bécquer no tenía humor. O que falla cuando lo intenta. Sucede, sencillamente, que el humor es cosa de dos, y que Cernuda fue incapaz de tomarse con una sonrisa el estado de abandono social en que va quedando la poesía en el mundo moderno. En este sentido, Bécquer fue mucho más posmoderno que el autor de La realidad y el deseo. Supo responder con un quiebro grácil a la embestida ciega del mundo contemporáneo.
Notará el lector inmediatamente que Gustavo Adolfo Bécquer le habla al oído, y lo proclama en un poema tan imponente e importante como la rima I:
Yo sé un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de este himno
cadencias que el aire dilata en la sombras.
Yo quisiera escribirlo, del hombre
domando el rebelde, mezquino idioma,
con palabras que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas.
Pero en vano es luchar; que no hay cifra
capaz de encerrarle, y apenas ¡oh hermosa!
si teniendo en mis manos las tuyas
pudiera, al oído, cantártelo a solas.
Justamente en otro poema fundamental, la rima XXI, se insiste en el pronombre de la segunda persona del singular:
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.
En su tiempo, el contraste con los poetas declamatorios y románticos, que levantaban la voz para dirigirse a todo un auditorio o incluso a toda la nación o a la Humanidad completa, era evidente. Hoy por hoy, en una sociedad de masas indiferente a la lírica, que la poesía sepa hablar de uno en uno a sus lectores resulta de la máxima importancia. Primero, porque se hace cargo de la realidad tal como está. Segundo, y más trascendente, porque esa voz baja y personal es una rebelión contra una cultura que aplasta al individuo. Vuelve Gustavo Adolfo Bécquer a situarnos en el punto de máxima tensión.
Muy relacionado con lo anterior, el estilo. Una tentación de la poesía actual (tentación en la que ha incurrido en numerosas ocasiones desde el siglo XIX) es responder a la indiferencia del mundo y al desprecio social con un discurso ininteligible. Si nadie oye, ¿para qué articular el mensaje? Las respuestas de Bécquer ya las sabemos: si nadie valora la poesía, me sonrío, distante; si alguien me oye, aunque sea uno o una, merece que al oído le cante mi canción, clara y limpia.
Esa lucha por la claridad es constante y cuerpo a cuerpo. Lo dice a menudo: «Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo». Decentes.
El esfuerzo del poeta por «domar el rebelde, el mezquino idioma» es titánico, aunque el resultado final logre que el esfuerzo se note lo menos posible. Un indicio del esfuerzo se puede encontrar en un rasgo interesantísimo. En los poemas de Bécquer conviven de forma tan apacible que apenas se perciben palabras del código más poético con expresiones y giros coloquiales. El lector consciente debería fijarse en hasta qué punto el poeta logra una perfecta compenetración. Este mestizaje léxico marca un objetivo irrenunciable a toda la poesía posterior.
Para finalizar, hay que subrayar el valor moral que subyace en las Rimas y en las Leyendas, y que le otorgan su definitiva altura. Como ha explicado brillantemente Luis García Montero, este valor queda mucho más a la vista si se respeta el orden que el propio poeta fijó para sus rimas en el manuscrito del Libro de los gorriones. En la ordenación que dieron sus amigos, forzaron un orden temático y, todavía más, argumental, en el que parece que se nos cuenta una única historia de amor, desamor y desencanto vital. Puede adivinarse un último tic narrativo y decimonónico en el plan de los amigos. Bécquer, en cambio, en aparente desorden, recoge los movimientos de un alma, los vaivenes de una intimidad. Algunos han llamado a los bandos que defienden cada una de estas ediciones «golondrinistas» y «gorrioncistas». Se trata de una nueva tensión, añadida, en la obra de nuestro poeta.
Yo soy gorrioncista. Con independencia de que ese orden becqueriano ofrece, además, una oscilación entre poemas largos y cortos que marca un ritmo hecho de fugas y contrafugas mucho más eficaz literariamente, la clave está, como decimos, que deja traslucir mejor las vicisitudes de un hombre y, por tanto, su historia moral, íntima, interior. Aunque quizá se pueda ver mejor con un ejemplo extraído de ese propio manuscrito.
Allí, Bécquer tachó con un aspa una de sus rimas. Sus editores, con esa ansia profesional que les embarga, la publicaron, esta vez por suerte. Es la LXXIX:
Una mujer me ha envenenado el alma,
otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme,
yo de ninguna de las dos me quejo.
Como el mundo es redondo, el mundo rueda.
Si mañana, rodando, este veneno
envenena a su vez, ¿por qué acusarme?
¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?
Sobre la autenticidad del borrón, expone Rafael Montesinos: «Aunque el tachón está hecho con una tinta diferente a la de la escritura, creo sinceramente que aquel fue efectuado por Bécquer, avergonzado, quizá, de lo extremoso de su confesión lírica. Los editores de las Obras cumplieron la última voluntad de su amigo, al dejar fuera esta rima. Sin embargo, otras dos, que aparecen sin tachones, fueron también suprimidas de las primeras ediciones de las Obras, por libre voluntad de los recopiladores. ¿Y por qué, si el tachón se debió a Campillo, Ferrán y Correa, como creen algunos autores, no tacharon también las otras dos rimas?».
No la tachó Bécquer por motivos literarios, eso está claro. Es una poesía estupenda, con esa imagen rotunda del mundo que rueda porque es, valga la redundancia, redondo. Tampoco lo hizo por pudor y defensa de su intimidad dolida: hay otras rimas todavía más confesionales. Montesinos opina que se tachó por demasiada cercana a Heine, aunque Bécquer no tenía ninguna reverencia al mito de la originalidad. Cuando la publicó en una revista, la rima XIII llevaba el título «Imitación de Byron».
Mi opinión es que Gustavo Adolfo Bécquer quiso prescindir de la rima LXXIX por un imperativo moral. Se dio cuenta de que justificaba una injusticia. Eso no escapó a Cernuda, que al leerla dijo: «Pocos sentimientos tan horribles como ese». El veneno del mal se transmite a toda velocidad y el hombre, a poco que se deje ir, se comporta como un magnífico conductor de esa electricidad negativa. Según los usos del mundo, el mal está siempre circulando: cogió impulso con el pecado original y hasta hoy. El verso del mundo redondo es, como decía, fantástico porque señala, como quien no quiere la cosa, que ese devolver el mal o, si no se puede, soltárselo al más débil es, prácticamente, una fuerza de gravedad planetaria.
Esta rima gusta especialmente a los adolescentes, y no me extraña. Ellos sufren una barbaridad de mal de amores, y ruedan luego a muchas revoluciones por ahí y, además, les apasiona exculparse, y les atraen siempre unas gotas de fatalismo estoico como la de los versos 3 y 4, y, sobre todo, están integrándose en el mundo y les corre prisa conocer las leyes que lo rigen. Sería bueno, sin embargo, explicarles que Bécquer renunció a ese poema, con lo que le costaría hacerlo a él, tan sensible a la buena poesía y de musa tan escasa. Y explicarles bien por qué. Bécquer no quiso admitir que el hombre no es libre. Podemos dar más de lo que nos dieron. Augusto Ferrán pensó lo mismo, quizá lo habló con su amigo. Pero lo recogió en una canción lastrada de moralina:
Yo me he querido vengar de los que me hacen sufrir, y me ha dicho mi conciencia que antes me vengue de mí.
Para decir lo mismo y más, prefirió Gustavo Adolfo Bécquer el silencio y la inteligencia de los lectores. Los versos más sublimes y limpios de la rima LXXIX son las rayas con que el autor la tachó.
Ahora, libres de los tópicos, situados en el tiempo y en el pensamiento del poeta, conscientes de su importancia para la literatura española, capaces de apreciar los tonos menores y los matices de su humor, incluso el valor de su silencio, ahora, sí, estamos preparados para esa segunda lectura de Gustavo Adolfo Bécquer. La que se hace con ojos nuevos y descubre la plenitud de su poesía. Breve pero inabarcable.
Son muchos los deleites que experimenta el desocupado lector de las novelas y los relatos de Sherlock Holmes. Sin moverse de su hogar, a impulsos de la sola fantasía, se traslada al brumoso Londres decimonónico. Permaneciendo en su propio cuarto, visita las habitaciones que el detective consultor y su inseparable Watson comparten en el número 221B de Baker Street. Con los oídos de su imaginación, escucha estremecido las confidencias de algún alma atribulada que pide ayuda al investigador. Arrellanado en su butaca, acompaña a Holmes y a Watson en sus correrías por páramos remotos o se hospeda con ellos en alguna vetusta mansión perdida en la campiña inglesa. Sin ocupar lugar, se sienta con ellos en el vagón del tren que sale de la estación Victoria o en el duro asiento del cabriolé con el que recorren las mal iluminadas callejuelas londinenses. Desde la seguridad de su hogar, comparte con sus dos amigos —¡ya puede llamarlos así!— los múltiples peligros a que ambos se ven expuestos. Admira los infalibles y sorprendentes razonamientos del maestro de la «ciencia de la deducción» y se desconcierta ante la variedad de los extrañísimos saberes y las rarísimas habilidades de que hace gala. Sonríe ante los comentarios irónicos con los que el héroe responde a las ocurrencias del inspector Lestrade o de su querido doctor Watson. Y asiste gozoso, en fin, al descubrimiento del culpable, a la resolución del caso, que es siempre fruto natural, pero inesperado, de una serie de sutiles observaciones y entrelazados razonamientos.
Nuestra suprema confianza en la bondad de la Providencia descansa en las flores
Pero el lector no solo encuentra ganancias de este tipo. A quien se enfrasca en esas páginas memorables, fruto del ingenio de sir Arthur Conan Doyle, se le deparan también sorpresas de gran calibre, que le hacen abandonar el confortable reino de lo imaginario. ¿Quién esperaría, en efecto, que en medio de una aventura el gran detective abra una ventana, tome «en su mano el tallo inclinado de una rosa cubierta de musgo», contemple «la exquisita mezcla del carmesí con el verde» y exponga ante sus desconcertados oyentes una profunda reflexión sobre la relación entre las flores y la Providencia divina, que nada tiene que ver con el caso que se le ha confiado ni con su posterior desenlace? Esto es lo que ocurre, para asombro del lector, en la aventura titulada «El tratado naval». El detective, sumido en sus pensamientos, «con la rosa entre los dedos», nos traslada del mundo de la fantasía al mundo real, y nos invita esta vez, no a proseguir nuestra ensoñación, sino a despertarnos ante la realidad que tenemos delante.
La envergadura del asunto merece, en verdad, que, cerrando el libro que leíamos, acompañemos al detective en su breve pero enjundiosa meditación filosófica. Recordémosla primero: «No hay nada en lo que la deducción sea tan necesaria como en la religión —dijo, recostándose en las contraventanas—. El razonador puede construirla como una ciencia exacta. Me parece que nuestra suprema confianza en la bondad de la Providencia descansa en las flores. Todas las demás cosas, nuestras facultades, nuestros deseos, nuestro alimento, todos son realmente necesarios para nuestra existencia en primera instancia. Pero esta rosa es algo por añadidura. Su aroma y su color son un embellecimiento de la vida, no una condición de ella. Es solo la bondad la que da algo por añadidura y por eso, repito, tenemos mucho que esperar de las flores».
La conexión que establece Holmes entre la Providencia, la hermosura de las flores y la necesidad del alimento trae inevitablemente a las mientes aquel pasaje del Evangelio de san Mateo (6, 24-34) en el que Jesús nos recomienda mirar a las aves del cielo y a los lirios del campo. Pero enseguida advertimos las profundas diferencias que separan ambos discursos aun tomados en su pura literalidad, sin considerar la infinita desproporción que existe entre una revelación divina y una ocurrencia humana puesta en boca de un personaje de ficción. Con sus palabras, Cristo nos exhorta a abandonar toda preocupación y todo agobio por las cosas materiales, en la certeza de que nuestro Padre celestial nos alimenta y nos viste con más exquisitez aún que a los pajarillos y a los lirios. Así, libres de cuidado, podremos dedicarnos en cuerpo y alma a lo esencial de la vida. Abundando en esta misma finalidad, Kierkegaard, el gran pensador danés, redactó trece «discursos edificantes», distribuidos en tres series, que glosan precisamente los citados versículos evangélicos. Muy otro es, sin embargo, el propósito de Holmes. Su declaración no tiene una intención religiosa, sino «científica». Pretende nada menos que apoyar la esperanza en la Providencia sobre una deducción tan rigurosa como cualquier otra que pueda ofrecer una «ciencia exacta».
Es importante advertir que, con su razonamiento, Holmes no intenta refutar el ateísmo. No trata, en verdad, de proponer una más de las llamadas «pruebas de la existencia de Dios». Pretende, antes bien, oponerse a una forma de impiedad más grave que la negación de la existencia de Dios, según declaró ya el propio Platón en Las Leyes (X, 885b): la incredulidad de aquellos que, admitiendo que hay un Dios, afirman que no se ocupa de la suerte de los hombres. Por esta razón, la reflexión de Holmes versa exclusivamente sobre el cuidado bondadoso que Dios tiene para con los seres humanos. Sin referirse en absoluto a la Providencia con la que Dios ordena y gobierna todas y cada una de las criaturas, Holmes, contemplando la rosa, se fija solo en el ser humano. No cabe duda de que, en el sermón de Cristo, es esencial la afirmación de que el Padre ama a los hombres por sí mismos, que en verdad los guía y ordena con sabiduría y amor a cumplir la finalidad que les es propia. Pero en su revelación Jesús también afirma expresamente la Providencia universal que el Padre del cielo tiene con todas sus criaturas, tanto con las más insignificantes, las aves del cielo o los lirios del campo, como con su obra más querida, nosotros, los seres humanos.
El distinto modo de considerar el cuidado divino para con los hombres, sea atendiendo a la Providencia universal sea no tomándola en consideración, pone de manifiesto una tercera diferencia entre la predicación de Cristo y el discurso de Holmes. La disparidad se refiere, como es obvio, al modo de razonar. Jesús argumenta la Providencia de Dios para con los hombres fundándose en la que indudablemente tiene para con todos los otros seres creados: si el Padre alimenta espléndidamente a las insignificantes aves del cielo y viste lujosamente a los efímeros lirios, ¿no habrá de cuidar con mucho más esmero a los seres que poseen más dignidad que esas criaturas? «¿No valéis vosotros más que ellos?» (Mt 6, 16), pregunta el Señor. Holmes, en cambio, razona la Providencia que Dios tiene para con nosotros solo desde dentro, si cabe decirlo así, de la vida misma de los seres humanos, sin establecer comparaciones con el cuidado de las otras criaturas. De ahí que el detective solo apele en su argumentación a los dos tipos de bienes fundamentales de la vida humana: los que son «necesarios para nuestra existencia en primera instancia», por ser condiciones de la vida, y los que experimentamos como dados por añadidura y constituyen, por ello, un adorno del vivir.
El lector de las aventuras de Holmes sabe muy bien del gusto del detective en sorprender a sus oyentes con conclusiones inesperadas. La maravilla surge, como es claro, porque a los interlocutores del investigador se les han escamoteado los pasos que conducen al término de la deducción. También en el razonamiento que nos ocupa están implícitas algunas de sus premisas, pero, como constan expresamente las imprescindibles, no parece difícil ensayar la entera reconstrucción de la prueba. En este caso, Holmes parece querer no tanto sorprender cuanto convencer.
Pero, antes de intentar esta explicación, conviene dejar constancia de la originalidad del proceder del detective. La mayoría de los tratadistas prueban la bondad de la Providencia divina a partir de la índole del Autor inteligente y libre del que procede el ser y el obrar de todas las cosas. Holmes, en cambio, trata de buscar en nuestra experiencia signos o indicios —«pistas», diríamos— que nos conduzcan infaliblemente a afirmar la bondad del cuidado que Dios tiene para con nosotros. Cabe decir que Holmes no procede ex principiis, sino ex datis. No parte de principios ya establecidos, sino de los datos que va encontrando.
Expuesto en todos sus pasos, el razonamiento holmesiano podría discurrir de este tenor. En nuestro cotidiano vivir nos encontramos con dos tipos de bienes: aquellos sin los cuales no podríamos permanecer en la existencia y aquellos otros que contribuyen al gozo y al adorno de la vida. De los bienes necesarios, o que son «una condición de la vida» (a condition of life), son ejemplo el alimento, las fuerzas gracias a las cuales movemos nuestro cuerpo y los deseos que nos impelen a obtener nuevos propósitos. De los bienes «por añadidura», o que son «un embellecimiento de la vida» (an embellishment of life), constituyen casos paradigmáticos el contento que experimentamos al contemplar el color de una rosa o el agrado que sentimos al oler su fragancia.
¿Qué otra razón podría tener, si no es el amor desinteresado hacia nosotros, para obsequiarnos con algo que excede a nuestras necesidades vitales, que es realmente un extra en nuestra vida?
Admitimos —prosigue el argumento— que ambas especies de bienes, puesto que no nos los hemos dado nosotros mismos, provienen del Autor del que en última instancia procede todo nuestro ser y nuestro obrar. Proporcionar bienes es propio de alguien que debemos calificar de benevolente, de bueno, si queremos. Ahora bien, la bondad que atribuimos a un benefactor puede concebirse en dos sentidos: como bondad relativa o condicionada y como bondad absoluta o incondicionada. Por bondad relativa entendemos la de aquel que nos proporciona un beneficio, pero no por mor de nosotros mismos y de nuestra propia ventura, sino con vistas al logro de otros fines suyos. Con bondad absoluta, en cambio, nos referimos a la de quien nos concede una prerrogativa por nosotros mismos y nuestro propio bien, no para obtener otros propósitos ajenos a nuestra dicha.
Es cierto que de quien nos otorga bienes que son condiciones para la vida podemos pensar que es incondicionadamente bueno para con nosotros. Pero es innegable que también cabe sospechar que lo haga movido por otra razón distinta a la consecución de nuestro destino. Podría tener otros fines que no fueran nuestra propia perfección y felicidad. Podría ser, pues, solo relativamente bueno para con nosotros. Ahora bien, de quien nos regala bienes que son adorno del vivir solo cabe pensar que es incondicionadamente bueno para con nosotros. En este caso no es pensable otra posibilidad. ¿Qué otra razón podría tener, si no es el amor desinteresado hacia nosotros, para obsequiarnos con algo que excede a nuestras necesidades vitales, que es realmente un extra en nuestra vida? Como concluye el propio Holmes refiriéndose a la bondad verdadera, absoluta, por otro nombre, al amor: «Es solo la bondad la que da algo por añadidura y por eso, repito, tenemos mucho que esperar de las flores (It is only goodness which gives extras, and so I say again that we have much to hope from the flowers)».
Debemos evitar una confusión a la que acaso puede llevarnos, por precipitación, nuestro entusiasmo por los descubrimientos científicos, pero en la que, en el razonamiento expuesto, Holmes no incurre en modo alguno. La biología enseña que el color y el olor de las flores no son un «embellecimiento de la vida», sino «condiciones de la vida»: gracias a ellos las flores atraen a los insectos, logrando así la polinización y posibilitando luego la fecundación. En verdad, sin el atractivo del color y del olor de sus flores, apenas podrían sobrevivir numerosas especies de plantas. Este hecho es innegable y no cabe sino aceptarlo. Pero no es a este hecho al que se refiere Holmes. Cuando el detective exclama: «¡Qué cosa tan maravillosa es una rosa! (What a lovely thing a rose is!)», no enuncia un hecho de la vida vegetal, sino un hecho de la vida humana. El color y el olor de las flores son necesarios para la vida de las plantas, pero no para la vida del hombre. Para el estricto vivir humano, el color y el olor de las flores o, mejor, la belleza que en ellos reconocemos y el deleite que nos producen, son un aditamento de la vida, algo añadido, sobreabundante, un puro regalo. Por ello, no parece que Holmes hubiera de tener dificultad en aceptar la enseñanza tradicional según la cual la Providencia divina procede de ordinario según las leyes de la naturaleza, sirviéndose de las llamadas «causas segundas». Lo indispensable para el vegetal es así un lujo para el hombre.
Pero no por evitar este error hemos de caer en otro más grave, y al que también es por completo ajeno el razonamiento de Holmes. Cabría, en efecto, admitir de buena gana que el color, el aroma, la belleza, en fin, de las flores constituyen adornos de la vida humana, bienes sobreabundantes para ella. Pero cabría también pensar que, por ser tales, el color, el aroma y la belleza de las flores tienen validez tan solo para el ser humano. Semejantes bienes serían, dicho de otra manera, algo puramente subjetivo, algo que no puede existir más que ante una conciencia humana y solo gracias a ella. Serían, por tanto, cualidades irreales y en modo alguno propiedades de realidades independientes del espíritu humano. En la realidad solo habría ondas electromagnéticas o combinaciones de gases y vapores, que únicamente ante la conciencia humana se presentan como color rojo o verde, como fragancias e incluso como algo bello. Si ese es el caso, Holmes habría basado entonces su deducción, no en hechos objetivos, en genuinas «pistas», sino en puras apariencias, en irrealidades. Pero apoyándose en meros espejismos es imposible llegar a afirmar la bondad real de la Providencia divina.
La objeción parece demoledora. Pero, bien mirado, Holmes tendría dos maneras de oponerse a ella.
Cabe aceptar que los bienes que nos embellecen la vida son, en verdad, subjetivos, pero no irreales.
La primera consistiría en aceptar valientemente los términos del reproche. Admitamos que el color, el olor y la belleza de las flores son algo puramente subjetivo. ¿En qué menoscabaría el carácter de verdaderos regalos de Dios el hecho de que los bienes que se nos dan por añadidura solo existan ante una conciencia percipiente? ¿Por qué el Autor de todas las cosas, incluida la subjetividad humana, no podría regalar a los hombres bienes tan superfluos que ni siquiera las flores habrían verdaderamente de necesitarlos para vivir, ya que no existirían en la realidad, sino solo en la conciencia de quienes los perciben? Holmes, si sus conocimientos filosóficos hubieran sido más amplios que los que en cierta ocasión le atribuyó Watson, muy bien podría evocar en este punto el breve libro que, en una isla vecina, publicó el obispo anglicano George Berkeley, más de ciento setenta años antes de que se diera a conocer la reflexión de nuestro detective. En los famosos Tres diálogos entre Hilas y Filonús, Berkeley sostuvo, en efecto, que ninguna cualidad sensible, como el color o el aroma, puede existir con independencia del espíritu. Ello no le impidió, sin embargo, alabar la belleza del mundo creado, presente ante el espíritu infinito de Dios. Es más, Berkeley afirmó la pura subjetividad o idealidad de los olores y de los colores, y aun la de la misma materia, precisamente para poder demostrar mejor, según reconoce en el subtítulo de su obra, «la inmediata Providencia de una deidad». Afirmar la irrealidad de los colores y de los olores, y también, si se quiere, la de la misma belleza, no equivale a convertirlos en meras apariencias engañosas o en puros espejismos privados. Tienen justamente la objetividad que les confiere el ser genuinos regalos de Dios para los seres humanos. Por ello al obispo Berkeley tales cualidades irreales le sirvieron de hecho de auténticas «pistas» para llegar a mostrar la bondad providente de Dios. En cualquier caso, Holmes tendría razón en señalar al que se lo disputara que su razonamiento es válido aun si hubiera que admitir la irrealidad de las cualidades sensibles de la rosa.
Pero la oposición a la anterior objeción podría tomar otro derrotero bien distinto. Holmes, en efecto, podría aprovechar la ocasión que le brinda ese reproche para llevar a cabo a la vez dos tareas: denunciar un error frecuente y apartarse de la tesis de la «idealidad» de los colores y los olores. Pues cabe aceptar que los bienes que nos embellecen la vida son, en verdad, subjetivos, pero no irreales.
Ciertamente, un poco de reflexión nos hace notar enseguida que el reparo expuesto se basa en un sofisma, el conocido por los lógicos como la «falacia del consecuente», promovido en este caso por un cierto equívoco. El razonamiento que expresa el reproche podría, en efecto, re-sumirse así: Si algo es irreal, entonces es subjetivo; los bienes que son un adorno de la vida son subjetivos; luego dichos bienes son irreales. Para advertir la incorrección de la inferencia basta compararla con esta otra de su misma forma: Si llueve, la calle se moja; la calle está mojada; luego llueve. Es claro que el argumento no vale, porque la calle puede estar mojada sin que llueva o haya llovido, sencillamente porque la han regado. No es pensable que Holmes, autor, según se nos informa en Estudio en escarlata, de un sesudo artículo sobre las reglas de la deducción, haya incurrido en semejante dislate.
Ciertamente, en la cuestión que nos ocupa, al igual que no hay equivalencia entre el estar mojada la calle y el llover, tampoco la hay entre que algo sea subjetivo y que sea irreal. «Subjetivo» es aquel dato que, para darse, necesita de una conciencia humana. «Irreal» es lo que existe solo como objeto ante una conciencia, en dependencia exclusiva del espíritu humano. El adverbio y el adjetivo son en este punto importantes: su inadvertencia nos desliza en un equívoco. Cabe sin duda afirmar que si algo es irreal, entonces es subjetivo. El contenido de un sueño o una ilusión óptica son irreales y, por tanto, subjetivos: su ser se reduce a su aparecer ante la conciencia del que sueña o del que sufre el engaño. Pero no todo lo que es subjetivo es también irreal: puede ocurrir que el dato que se da ante la conciencia no agote toda su realidad en su aparecer ante la conciencia, sino que de alguna forma exista con independencia de ella. Bastará, pues, con señalar la posibilidad de casos de seres subjetivos, pero reales, para deshacer definitivamente la objeción que consideramos sin necesidad de ampliar el mundo de lo irreal.
Los hay, en verdad, incontables: la rosa vista es algo subjetivo, precisamente porque tenemos sensación de ella, pero es algo que está realmente ahí, en el jardín, existiendo con independencia de que nosotros la veamos. Nuestro verla no agota su ser. Pero atendamos brevemente a los casos que parecen ofrecer mayor dificultad: los casos de los olores y de los colores, apuntados de modo expreso por Holmes en su meditación y objeto principal de la objeción considerada.
La fragancia realmente olida es, ciertamente, algo subjetivo, porque no puede darse si no es en un ser consciente dotado de órganos olfativos. Pero no es irreal, como sí lo es, en cambio, un aroma meramente soñado. La fragancia es algo real que solo puede realmente existir cuando está siendo verdaderamente olfateada. Y ello porque los gases o vapores que provocan el olor en el sujeto que lo percibe —y esto parece que se admite incluso en la objeción— existen a su vez con pleno derecho en la realidad, con independencia de toda percepción. Los olores, aunque subjetivos, no son, pues, puras ilusiones o engaños.
La más ligera huella de pisadas, la más insignificante porción de ceniza de un cigarro, bastan para que un observador experimentado y reflexivo descubra al culpable de un delito
Consideremos el caso del color, que presenta peculiaridades propias. El rojo que vemos es, sin duda, algo sujetivo, porque se nos da, en efecto, con su respectiva sensación. Pero también cabe admitir que es algo que, como tal y no como algo distinto que lo suscita en el sujeto percipiente, puede darse sin ser sentido, como una cualidad objetiva de un ser no provisto de la facultad de ver. Hay en la realidad rosas que son, real y objetivamente, rojas. Que Holmes no considera irreal el color de las rosas ni lo reduce a ondas electromagnéticas, como tantos pretenden, parece probarlo el modo en que procede en sus investigaciones. El detective sigue las pistas que descubre a simple vista, las que aparecen ante su lupa y aun los detalles que solo el microscopio le revela. Todas ellas valen lo mismo para atrapar al culpable, todas ellas poseen la misma objetividad. ¿Por qué tendrían que ser más auténticas, más reales, más válidas o más objetivas las diversas longitudes de ondas que recoge el espectro electromagnético que los colores que apreciamos con nuestros ojos?
Caso aparte y muy distinto es el de la belleza, el de la belleza, por ejemplo, que Holmes, al admirar la rosa cubierta de musgo, percibe en «la exquisita mezcla del carmesí con el verde». No la belleza misma, sino su apreciación, su disfrute, su frui, es algo subjetivo, aunque en un sentido distinto del que venimos utilizando hasta ahora. No es un contenido de una conciencia, sino, más bien, un acto de una conciencia, algo que experimenta un sujeto y, por ello, tan real como la propia persona que lo vive. Pero la belleza misma, no el goce que produce, ¿es subjetiva e irreal u objetiva y real?
Tales signos son, en verdad, para el que los quiera y los sepa ver, fuente de la que mana nuestra esperanza.
La objeción considerada parece admitir, sin prueba alguna, el carácter subjetivo e irreal de lo bello. Por el contrario, la genialidad de Holmes en su argumento consiste en considerar, al menos implícitamente, el enriquecimiento del mundo que supone la hermosura, la plenitud de sentido que posee lo bello, la felicidad que nos proporciona, como signos inequívocos de la realidad objetiva de la belleza. ¿No sería, en verdad, una locura equiparar algo tan maravilloso (lovely), tan enriquecedor, tan significativo como es lo bello con un engaño de la mente, con una ilusión, con una irrealidad?
Pero la penetración de Holmes va todavía más lejos. En su argumento reconoce también que la plétora de significación que entraña lo bello, que el acrecentamiento del mundo que supone la belleza, que la dicha con que la hermosura colma nuestro corazón, se desborda, por así decir, hasta convertirse en signo, en mensaje de algo distinto de esa belleza misma: nada menos que en testimonio del amor, de la absoluta bondad (goodness) con que nos trata quien ha hecho el cielo y la tierra y nos ha puesto en la existencia. En sus aventuras, Holmes nos enseña que el más leve indicio, la más ligera huella de pisadas, la más insignificante porción de ceniza de un cigarro, bastan para que un observador experimentado y reflexivo descubra al culpable de un delito. Con su breve cavilación sobre la Providencia, Holmes nos da una nueva e inolvidable lección: la contemplación de la belleza del mundo, la inmensidad de sentido que en él descubrimos, la sobreabundancia y la gratuidad de los bienes que en él recibimos, son signos que nos llevan indefectiblemente a afirmar el amor que el Autor de la realidad tiene para con nosotros. Tales signos son, en verdad, para el que los quiera y los sepa ver, fuente de la que mana nuestra esperanza.
El libro de Las memorias de Sherlock Holmes ha quedado cerrado encima de la pequeña mesa que está ante nosotros. La señal que hemos puesto en la página de «El tratado naval» en la que habíamos interrumpido la lectura nos invita calladamente a proseguirla. Pero ahora sabemos que la trama inventada por Conan Doyle será infinitamente menos interesante que la cuestión planteada por su personaje de ficción: el misterio de las flores y la Providencia. Y ya no nos es posible abandonar las pesquisas que sobre ese inquietante misterio tan solo hemos iniciado.
Jacobo de Gracia tuvo una biografía muy densa. En Bolonia, la mejor universidad de su tiempo, conoció a Juan Bautista Castagna, que llegaría a ser el papa Urbano VII, y convertido en su estrecho colaborador y amigo de confianza, comenzó a trabajar con él para encargos de la Santa Sede desde 1550 en que el papa Paulo III le envía a Francia y, después, a otras misiones.
En 1551 interviene en el tratado de paz para poner fin a la guerra de Parma entre Francia (Enrique II), Venecia y la Santa Sede de una parte y España (Carlos V) de otra. En 1553 Jacobo marcha con Castagna, que había sido ordenado y nombrado obispo de Rossano. Pero enseguida vendrán otros encargos, como el gobierno de Fano (1555), Perugia y Umbría (1559) y la pacificación de las ciudades italianas de Ferno y Espoleto (1560). Jacobo demuestra ingenio, acierto y prudencia y, como recogen sus biógrafos, «se va labrando ante su amigo y superior Castagna una altísima consideración».
En 1563 participa como colaborador de Castagna en la tercera sesión del Concilio de Trento, donde se trató la presencia real de Cristo en la eucaristía, lo que, tal vez, tuvo que ver en su iniciativa de fundar la Congregación del Santísimo Sacramento.
De 1566 a 1572 está en la Nunciatura de España, cuya importancia se puede calibrar por el plantel que ha enviado el papa Pío IV: el cardenal Hugo Boncompagni, futuro papa Gregorio XIII; Felice Peretti, futuro papa Sixto V, sucesor del anterior; y Juan Bautista Castagna, nuncio, futuro Urbano VII, sucesor a su vez de Sixto V. Con ellos, un auditor de la Rota Romana, Juan Aldobrandini, y Jacobo de Gracia.
En esos siete años Jacobo formó parte de esa delegación papal que tuvo que intervenir en los asuntos que interesaban a la corte de Felipe II y al Vaticano, tales como la formación de la Liga Santa para la batalla de Lepanto; la guerra en Flandes o de los ochenta años (sobre la independencia y la influencia calvinista contra el catolicismo); las guerras de religión en Francia; etc. Y sobre la resolución del proceso contra el obispo Bartolomé Carranza, cardenal de Toledo y primado de España, encarcelado por el tribunal de la Inquisición.
Escribe su biógrafo Graciliano Roscales que en los asuntos de más consideración y más delicados que se planteaban entre el pontífice y Felipe II, por medio del nuncio Castagna, «Jacobo intervenía tan razonablemente que cobró fama de hombre prudente y sagaz. Junto con ello se comportaba con una urbanidad política, labrada y fundamentada en la verdad y nobleza, con la que siempre actuó». También intervino de manera activa con el nuncio Castagna en las negociaciones de la Liga Santa, redactando consultas, borradores y demás documentos que exigen un acuerdo de esa naturaleza.
Madrid le encantó a Jacobo, y llegó a decir ya entonces: «Con qué alegría viviría y moriría yo en esta provincia si fuera natural de ella». Lo que acabó haciéndose realidad.
La buena relación de Jacobo con la princesa Juana, hermana de Felipe II y madre del rey don Sebastián de Portugal, la cual vivía en el convento de las Descalzas Reales y a la que Jacobo le proporcionó abundantes reliquias romanas, hizo que esta pidiera a su hijo para él la máxima distinción honorífica del reino de Portugal: Caballero de la Orden del Hábito de Cristo. De ahí el nombre de Caballero de Gracia con el que ha pasado a la historia.
En 1572 Castagna, y siempre Jacobo con él, es llamado a Roma porque Gregorio XIII, que ha sucedido al papa del Concilio de Trento, san Pío V, le ha nombrado nuncio en Venecia, además de visitador del Patrimonio de San Pedro. Ormaneto sustituye a Castagna en la Nunciatura de España. En Venecia se declara la peste y son años difíciles y peligrosos en que murieron muchas personas. Castagna y Jacobo arriesgaron sus vidas en la atención de enfermos.
Pocos años después, tras una breve estancia de nuevo en Bolonia, a finales de 1575 Gregorio XIII quiere enviar a España a su buen amigo Castagna para una delicada misión secreta, de la que no sabemos con certeza en qué consistía, aunque el biógrafo Roscales apunta que podría tener relación con la cuestión sucesoria del reino de Portugal, que, como es sabido, acabó incorporándose al reino de España con Felipe II. Castagna no se encuentra al parecer con muchas fuerzas y pide al papa que envíe a Jacobo.
Durante la estancia de Felipe II en Portugal, acompañado del nuncio Ormaneto, toca a Jacobo hacer las veces de este, y es nombrado protonotario apostólico, con poderes para asuntos seculares. Así, hasta 1583, año en que Felipe II vuelve a Madrid. Para entonces, el Caballero de Gracia ya ha tomado la decisión de quedarse en esta ciudad. Pero en ese momento tendrá que hacer frente a una grave acusación: según sus acusadores, durante esos años que estuvo al frente de la Nunciatura, se habría aprovechado de su cargo para quedarse con treinta mil escudos de oro, entonces una cuantiosa cantidad de dinero. Sufrió arresto domiciliario y fue sometido a un juicio en el que se comprobó la falsedad de las acusaciones porque pudo informar minuciosamente de todos sus actos y demostrar que las cuentas estaban bien justificadas.
Aunque, absuelto de toda culpa, renunció a cualquier tipo de represalia contra los falsos acusadores, perdonándolos y ofreciendo a Dios el sufrimiento moral que le causaron. El papa Gregorio XIII tuvo noticia de estos sucesos y alabó a Jacobo como varón prudente y maestro de paciencia. Felipe II, por su parte, le mandó llamar y le honró de palabra y con alguna remuneración de cierta importancia.
Jacobo hace ahora un viaje a Colonia para acompañar a Castagna en otro cometido encargado por la Santa Sede: averiguar la ortodoxia del obispo de la ciudad. Este les engañó y se supo después que se había pasado al luteranismo. «Nunca hemos echado paso en falso sino este», diría Jacobo. Vuelto a la Nunciatura de Madrid en enero de 1580, sigue prestando sus servicios en ella hasta 1592.
Antes, se había producido un suceso que pudo haber tenido gran influencia en la biografía del Caballero. Tras el fallecimiento de Sixto V, Giovanni Battista Castagna, su mentor, es elevado al solio pontificio con el nombre de Urbano VII el 15 de septiembre de 1590, pero muere el 27 del mismo mes y le sucede Gregorio XIV. Todo quedó, pues, en un guiño del destino.
Jacobo se había ordenado sacerdote en 1587 con setenta años de edad y desde ese momento intensificó su dedicación a sus diversas fundaciones, «manifestación de su preocupación por los más necesitados y por su amor a la eucaristía, a la Iglesia y a sus instituciones». Invirtió sus propios medios en la puesta en marcha de alguna de ellas, además de buscar la colaboración de otras personas. Y tuvo que vencer no pocas dificultades e incomprensiones.
Ya antes de su ordenación, en la primera estancia en España, fundó el convento del Carmen Calzado en 1571, que corresponde a la iglesia del Carmen actual en la madrileña calle de su nombre. En la siguiente década, mientras hace funciones de nuncio, funda el Hospital para Italianos, en la calle del Sordo, junto al actual Palacio del Congreso, en 1581-1582. Y de esa misma época es también el Hospital para Convalecientes, promovido en colaboración con el beato Bernardino de Obregón, en la calle San Bernardo. También es de ese año el colegio para niñas huérfanas, Nuestra Señora de Loreto, institución que, con estatutos cambiados, subsiste hoy y cuyo edificio está al final de la calle O’Donnell.
Siendo ya sacerdote, en 1594, funda en su propia casa el convento de los clérigos regulares menores de San Francisco Caracciolo. Aunque les facilitó que pudieran implantarse en España y pensaba dejarles en herencia su casa, hubo falta de entendimiento y se trasladaron a otro sitio. El que ellos dejaron lo ocuparían en 1604 las Concepcionistas Franciscanas del Caballero de Gracia, que actualmente, tras muchas vicisitudes en siglos posteriores por la persecución religiosa y la desamortización que las expulsó del convento, residen en la calle Blasco de Garay.
Por último, aunque no fue su última fundación, la Congregación de los Esclavos del Santísimo Sacramento, que ya existía en 1595 y fue aprobada en 1609 por el cardenal de Toledo Bernardo de Rojas y Sandoval. Su finalidad era y sigue siendo la difusión de la devoción a la eucaristía. Unas dos mil personas pertenecieron a ella en vida del fundador. Diversos papas confirmaron sus estatutos y concedieron diversos privilegios: Pablo V, Urbano VIII y Clemente XIV, en 1612, 1623 y 1774, respectivamente.
El Caballero cultivó en su casa un ambiente literario y culto, en el que participaban desde personas como el beato Obregón y san Simón de Rojas hasta Lope de Vega, Alonso Remón, Tirso de Molina y el joven poeta Gabriel Bocángel. Cervantes ingresó al mismo tiempo que el Caballero en la Congregación de Esclavos del Olivar, en cuyas reuniones debieron coincidir.
A la tertulia asistía también Andrés de Spínola, amigo de la pintura y primer hermano mayor laico de la congregación, que fundaría en la calle de la Reina el colegio de niñas Nuestra Señora de la Presentación, conocido como «Niñas de Leganés». Gabriel Bocángel fue también hermano mayor de la congregación, y puede que tratase al Caballero los últimos años de su vida. Seguramente, según el biógrafo Roscales, participaría también un insigne historiador benedictino, Prudencio de Sandoval, autor de una crónica de su orden, La soledad laureada. Y otros, como el capitán Calderón, Juan del Espada, Alonso Cedillo, etc.
También tenía relación con Agustín Moreto: cuando Gabriel Bocángel describe en su Historia de la Congregación el traslado de los restos del Caballero en 1644, nos habla de que se cantaron letras de alabanza y, entre ellas, una de Moreto.
Con Lope tuvo un trato más intenso, pues este perteneció a la Congregación de los Esclavos del Santísimo Sacramento y en el archivo del oratorio consta su firma en tres actas que contienen acuerdos de los años 1609, 1610 y 1611. El mismo Lope canta su entrada en la congregación con estas palabras: «Hoy por esclavo me escribo / dulce pan, en tu prisión / porque me dice la fe / que eres Dios y pan de amor». En la Navidad de 1615, penúltima Navidad antes de su muerte, Lope hace representar a la compañía teatral de Riquelme, la mejor del momento, el auto sacramental Caballero de Gracia, adaptándolo para representarlo en la iglesia.
Falleció el Caballero en la madrugada del 13 de mayo de 1619. En los días anteriores era consciente de que se acercaba ese fin y además de pedir la misericordia de Dios y la paz de la Iglesia, se preocupó de los detalles de su herencia sobre los que le habían atendido, de la atención a las concepcionistas franciscanas y de las limosnas. El 9 de mayo se levantó para celebrar misa y confesar, pues decía que allí estaba su verdadera salud. Pidió el viático y la unción de enfermos.
Remón recoge estos testimonios sobre el Caballero en su biografía: «Yo puedo testificar una cosa por verdadera, tocada por mis propias manos y oída por mis oídos, que no se llegaba a hablar a persona que preguntase ¿quién se ha muerto?, ¿qué oficios funerales son estos?, que en acabando de decirle: murió el Caballero de Gracia, no respondiese: gran santo, gran siervo de Dios […]. Y por enterarme más de esta uniformidad […], lo pregunté a diferentes gentes, de diversas calidades y estados, ricos y pobres, discretos, ignorantes, criados, jueces, príncipes, superiores, inferiores, seculares, eclesiásticos, hombres, mujeres, y a nadie se oyó desdecir, ni variar, ni torcer, ni mudar el crédito, ni dudar en decir a boca llena que había sido el Caballero de Gracia un santo».
En los doce días siguientes a su muerte, aunque en su testamento había dispuesto que sus funerales fueran sencillos, muchas comunidades religiosas y numerosos fieles celebraron funerales por su alma con los mejores predicadores y gran solemnidad. Acudieron feligreses de los más diversos ámbitos sociales, hombres y mujeres, personas importantes y gente sencilla. Otros muchos escribieron cartas desde diferentes tierras y provincias resaltando sus virtudes. Por ejemplo, el secretario del duque de Medina Sidonia decía: «Su doctrina era santa y su lenguaje dulce, sus consejos celestiales y sus avisos importantes. Era padre del buen ejemplo, maestro de la buena crianza, gran cristiano, grande observante, grande penitente y varón de gran fervor de espíritu». Sus restos, tras diversos traslados, se veneran en el oratorio, a la derecha de la nave. Una inscripción escrita en 1644 en la lápida dice: «Aquí reposa el Venerable Jacobo de Gracia… noble por su sangre, ejemplar por las virtudes, insigne por la penitencia, admirable por la vida y ajustado por la muerte…».
En 1623 su sucesor en la Congregación de los Esclavos del Santísimo Sacramento, san Simón de Rojas, promueve su proceso de beatificación. El dominico conventual de Atocha fray Domingo de Mendoza llevó los trabajos del proceso. En 1633 se terminó la primera fase y la documentación se trajo de Toledo, donde estaba, a Madrid. Cuando años más tarde se quiere enviar a Roma, se ha perdido. No se conocen con seguridad las causas de la pérdida. En los lugares en que se guardó (el convento y el colegio de Santo Tomás) ha habido incendios y cabe la posibilidad de que desapareciera por ese motivo. Ahora la Asociación Eucarística que fundó está haciendo las gestiones oportunas para reanudarlo.
Dos siglos y medio después de su muerte, en 1863, Antonio Capmani y Montpalau, en dos libros suyos, presenta al Caballero como un nuevo don Juan Tenorio, que tras enamorar a diversas damas, tuvo una inspiración divina mientras intentaba seducir a otra más, y cambió de vida. No dice de dónde saca esos relatos; no cita ninguna fuente documental; no se refiere a la biografía de Alonso Remón, contemporáneo del Caballero.
Posteriormente Luis Mariano de Larra en 1871 recoge la versión de Campmani que da lugar a la conocida zarzuela de Chueca en 1886. Pedro de Répide (†1948) en su callejero de Madrid se limita a recoger lo mismo que los anteriores.
Pero seguramente el Caballero no tuvo necesidad de «arrepentirse» de modo milagroso, como dicen los autores más arriba citados. Jerónimo de la Quintana (1570-1664), contemporáneo del Caballero, en Historia de la antigüedad, nobleza y grandeza de Madrid, escribe que «el varón de noble alcurnia Jacobo de Gratiis, fundador de la Vble. Congregación de Indignos Esclavos del Santísimo Sacramento, fue hombre eminente en virtud y ciencia y murió a los ciento dos años en olor de santidad». Mesonero Romanos (1803-1882) afirma que «la calle del Caballero de Gracia lleva este título del Caballero de la Orden de Cristo Jacome o Jacobo de Gratiis, virtuoso sacerdote, natural de Módena, que vino a España con el Nuncio de su Santidad».
Hoy, su cuerpo se venera en el oratorio que lleva su nombre, en Madrid, y muchas personas rezan ante él1.
1 El Real Oratorio del Caballero de Gracia es una importante obra arquitectónica neoclásica de Juan de Villanueva. La fábrica tiene entradas por Caballero de Gracia, 5 y Gran Vía, 17.
BIBLIOGRAFÍA
REMÓN, Fray Alonso: Vida ejemplar y muerte del Caballero de Gracia. Fray Alonso Remón fue predicador y cronista general de la Orden de Nuestra Señora de la Merced. Contemporáneo del Caballero de Gracia, al que conoció y trató. La primera edición fue publicada por Diego Flamenco, Madrid, 1920, aunque Muñoz sostiene que fue publicada el 7 de junio de 1619, es decir, veintiséis días después de la muerte del Caballero, lo que le da un sello especial de autenticidad. Reeditada en 2009.
QUINTANA, Jerónimo: Grandezas de Madrid, Madrid, 1629. Se refiere al Caballero como varón de noble alcurnia, fundador de la Congregación de los Indignos Esclavos del Santísimo Sacramento, hombre eminente en virtud y ciencia y muerto en olor de santidad.
TIRSO DE MOLINA: Comedia devota. Obras completas, tomo III, Ed. Aguilar, Madrid, 1968. La crítica a esta obra ha señalado que más que comedia es una crónica dramatizada de la vida piadosa del Caballero.
GARCÍA RODRIGO, Francisco Javier: El Caballero de Gracia. Historia imparcial y vindicativa de este venerable y ejemplar sacerdote. García Rodrigo fue hermano mayor de la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento. Editado por la Junta Provincial de la Asociación de Católicos en Madrid. Imprenta de Alejandro Gómez Fuentenebro, Madrid, 1880.
ROSCALES OLEA, Graciliano: El Caballero de Gracia. Más de cien años de aventura, Ed. Avapiés, Madrid, 1989. Roscales, sacerdote e historiador, fue durante muchos años encargado del Archivo Histórico del Real Oratorio de Caballero de Gracia y utilizó la numerosa documentación que sobre el Caballero se encuentra en el archivo. Es la obra más documentada.
SANABRIA, José María: El Caballero de Gracia y Madrid, Ed. Rialp, Madrid, 2004. Sanabria era archivero de la Asociación Eucarística de Caballero de Gracia. En su libro, Caballero y Madrid «dialogan» sobre los acontecimientos de la vida de Jacobo y de la Corte. Aporta datos históricos de época que ayudan a comprender el contexto en que se movió el Caballero y sobre personajes de la curia romana con los que tuvo relación.
Flor Bela d´Alma da Conceição, más conocida como Florbela Espanca, nace en Vila Viçosa, centro de Alentejo, en 1894, y fallece en 1930 en Matosinhos, a escasos ocho kilómetros de la ciudad de Oporto. Considerada una de las más importantes voces poéticas de su tiempo, así como una figura pionera y de referencia en la historia de la literatura feminista portuguesa, cultivó una poesía romántica, erótica y panteísta, haciendo del soneto su más fiel aliado. Liberal, moderna, apasionada, compleja y adelantada a su tiempo, Espanca participó directamente de las turbulencias culturales de su época, colaborando de manera activa en diferentes medios periodísticos y literarios. Entre su obra cabe destacar los poemarios “Livro de mágoas”, su estreno literario, publicado en 1919, y “Charneca em flor”, editado en Coimbra en 1931, pocos meses después de su muerte, así como la edición de sus Sonetos Completos publicada en 1934; en lo tocante a nuestra lengua, conviene mencionar que la difusión de la obra de Espanca ha sido más que notable, gracias a la ardua y poco reconocida labor de editoriales como Torremozas y Olifante, entre otras.
La obra en prosa que a continuación presentamos, “Diário do último ano”, fue escrita a lo largo de 1930 −el último año de la vida de Espanca−, si bien no fue publicada hasta 1981 por la editorial lisboeta Bertrand, con un brillante prólogo de la reputada escritora azoriana Natália Correia. La obra se compone de treinta y dos fragmentos fechados desde primeros de enero hasta el dos de diciembre, apenas seis días antes de que la autora decidiera poner fin a su vida con una sobredosis de barbitúricos en el día de su trigésimo sexto cumpleaños. A caballo entre la ficción y la autobiografía, el diario nos presenta a una Espanca que se debate entre la reflexión y el lirismo, entre el amor por la belleza y el misterio de la muerte, entre la observación del mundo y la vía introspectiva, en una serie de textos que van tornándose más espaciados, incoherentes, exaltados y breves según nos vamos aproximando al fatídico final. Porque, tras varias tentativas sin éxito, Florbela no pudo más: sus inestabilidades mentales, el accidente mortal de su queridísimo hermano Apeles y su precaria salud pulmonar le hicieron desistir de la contienda, arrojar la toalla llorosa de sus años. “¡Alma soñadora, hermana gemela de la mía!”: así la refiere el enorme Fernando Pessoa en un poema dedicado a su memoria; así nosotros, ofreciendo al lector nuestra traducción de este hermoso texto, brindamos homenaje a la atrevida, a la doliente, a la nunca justamente ponderada figura de Florbela Espanca.
11. ¿Para mí? ¿Para ti? Para nadie. Quiero arrojar aquí, negligentemente, sin pretensiones de estilo, sin análisis filosóficos, lo que los oídos de los otros no recogen: reflexiones, impresiones, ideas, maneras de ver, de sentir: todo mi espíritu paradójico, tal vez frívolo, tal vez profundo.
Se fueron, hace mucho, los veinte años, la época de los análisis, de las complicadas disecciones interiores. Por fin comprendí que nada comprendí, que nada podría haber comprendido de mí. Me quedan los otros… quizá por ellos pueda llegar a las infinitas posibilidades de mi ser misterioso, intangible, secreto.
En las horas que se disgregan, que deshilo entre mis dedos fijos, soy la que sabe siempre qué horas son, que día es, lo que va a hacer hoy, mañana o después. No siento deslizar el tiempo a través de mí, soy yo quien se desliza a su través y me siento pasar con la conciencia nítida de los minutos que pasan y de los que seguirán. ¿Cómo comprender la amargura de esta amargura? ¿Dónde te encuentras tú, oh Imprevisto, que vistes de color de rosa tantas vidas? ¿Dios malicioso y frívolo que tejes tan lindos mantos sobre los hombros de las mujeres que viven? Para mí eres un fantoche, a veces amable y a veces gruñón, de quien conozco todos los hilos, de quien sé de memoria todas sus contorsiones. “Attendre sans espérer” podría ser mi divisa, la divisa de mi tedio que todavía se entrega al placer de construir frases. No tengo ningún objetivo especial al escribir estas líneas, no pretendo meta alguna, no tengo en vista ningún fin. Cuando me muera, es posible que alguien, cuando lea estos descosidos monólogos, lea lo que él mismo siente sin saberlo decir, que esa cosa tan rara en este mundo –un alma– se incline con un poco de piedad, un poco de comprensión, en silencio, sobre lo que yo fui o lo que juzgué ser. Y realice lo que yo no pude realizar: conocerme.
12. Vivir no es parar: es continuamente renacer. Las cenizas no calientan; las aguas estancadas huelen mal. ¡Bela! ¡Bela! ¡No vale recordar el pasado! Lo que tú fuiste, sólo tú lo sabes: una muchacha valiente, siempre sincera consigo misma.
Y te consuela que ese poco ya sea algo. Recuerda que detestas los trucos y a los prestidigitadores. No hay en tu vida ni un solo acto cobarde, ¿verdad? ¿Entonces qué más quieres, en un mundo en que toda la gente lo es… más o menos? Honesta sin prejuicios, amorosa sin lujuria, casta sin formalidades, recta sin principios y siempre viva, milagrosamente viva, ¡palpitando de caliente savia como las flores salvajes de tu bárbara charneca!
13. Los ojos de mi perro me enternecen. ¿En qué rostro humano, en otro mundo, vi antes estos ojos de dorado terciopelo, de bordes ligeramente macerados, con esta misma mirada pueril y grave, entre interrogativa y ansiosa?
14. Mi modesta chaise me hace recordar –“excussez du peu…”- Estoril en julio: el azul del mar, pájaros muy extraños todo alas, geranios rojos en grandes umbelas floridas. Paso en ella la mejor parte de mi tiempo. Enciendo un cigarrillo… y el humo, de un gris azulado, se eleva, casi recto, hasta el techo, todo salteado de un extraño follaje violeta, y de exóticas rosas en dos tonos de anaranjado, flores de papel inventadas por niñas para divertir a las muñecas. Y mi réverie se eleva con el humo, adelgaza, se esparce, se espiritualiza. Y mi mirada acaricia, de pasada, el cuerpo de mi hermano: mi amigo muerto; se demora, encantada, en las flores de mis jarrones, ahora: golondrinas todas blancas, lirios violetas hechos con finas telas georgette, camelias vestidas con duras sedas pálidas. La lluvia, afuera, tararea bajito su clara y dulce cantiga de Invierno, su eterna melodía simple que mece y apacigua. Me siento sola. ¡Cuántas cosas lindas y tristes le diría ahora a Alguien que no existe!
15. ¡Cuánto me acuerdo hoy del jardín de la Facultad! ¡Mi recuerdo lo viste del morado de todas sus violetas, en esta evocación de un pasado perdido hace tanto tiempo! ¡Maria Albertina, Tarroso, Regado, Camélier, Fontes, tantas y tantas sombras! ¡Tantos muertos ya! ¡Jardín en el que resonaron tantos gritos, tantas risas, tantas blagues, todo el vigor y el estremecimiento de nuestras inquietas mocedades, por el que navegaron, confiados y exaltados, todos los sueños de nuestras almas que todavía creían en la gloria, en la riqueza, en la vida y en maravillosos destinos de leyenda! No me gustaría volver a verlo; ya no es mi jardín, ya no es nuestro jardín; las violetas ya no son las mismas violetas, y aquel árbol grande que parecía inclinarse para escucharnos, mis amigos vivos, mis amigos muertos, a buen seguro que ya no nos reconocería…
21. Es un encanto, renovado casi a diario, mi paseo por la Avenida Boavista. ¡Cómo se adornan los árboles, acechando la primavera! Se espolvorean con oro las mimosas; al crepúsculo ríen, con una sonrisa diabólica, las peonías; visten las magnolias sus vestidos de baile: blancos, rosados, color lila… faldas largas que rozan casi el suelo. Para aquella, pequeñita, toda erguida, de puntillas, en su alfombra de terciopelo, sea quizá este Invierno su vestido de baile. ¡Tan joven todavía! Una muchachita de quince años. ¿Y cómo se llamará aquella señora tan alta, que siempre me dice adiós, cuando paso, con lindos gestos conmovidos? ¿Y la otra, más adelante, la del pañuelo rosa atado a la cabeza airosa, como una alentejana? Yo, que he agotado todas las sensaciones artísticas, sentimentales, intelectuales, todas las emociones que mi poderosa imaginación de criaturita fantástica y extraña ha sabido bordar en el tejido incoloro de mi vida mediocre, no agoté aún, gracias a los dioses, el escalofrío de placer, el estremecimiento de entusiasmo, este élancasi divino hacia todo lo que es bello, grande y puro: flor abriéndose o tinta de crepúsculo, ramita de árbol o gota de lluvia, colores, líneas, perfumes, alas, todas las cosas bellas que me consuelan del resto. ¿Acaso seré yo una panteísta?
22. Imito a veces el gesto de quien sostiene a un hijo en su regazo. Un hijo, un hijo de carne y hueso, tal vez no me interesaría ahora… pero le sonrío a este, que es apenas amor entre mis brazos.
23. ¡Endiablada Bela! ¡Extraña abeja que, del más dulce cáliz, sólo sabe extraer hiel! “¿Para qué quiere esta criatura la inteligencia, si no hay manera de ser feliz?, decía hace tiempo mi padre, indignado. ¿Oh ingenuo padre de 60 años, cuándo viste tú que le sirviera a alguien la inteligencia para ser feliz? ¿Cuándo, oh ingenuo padre de 60 años…? Sólo se puede ser feliz simplificando, simplificando siempre, arrancando, disminuyendo, aplastando, reduciendo; y la inteligencia crea alrededor de nosotros un inmenso mar de olas, de espumas, de destrozos, en medio del que después somos el náufrago que se subleva, que se debate en vano, que no quiere desaparecer sin estrechar en su pecho cualquier cosa lejana: rayo de sol en reflejo de estrellas. ¡Y todos los astros viven allí en lo alto, oh ingenuo padre de 60 años!
24. El Diario de Maria Bashkisteff es profundamente triste, trágicamente humano. Pero no acabo de entender, en aquella gran alma, el miedo a la muerte. El espectro de la muerte, la idea de la muerte, le aterroriza, le espanta, le indigna. Es su única flaqueza. “Il faudra donc mourir, misérable”. “Mourir? J´en ai três peur… Et je ne veux pas.” “Je veux vivre, moi, quand même et malgré tout…” “Mon corps pleure et crie mais quelque chose qui est au-dessus de moi, se rejouit de vivre, quand même…” ¡Qué inmensa alma! Quería el amor, quería la gloria, el poder, la riqueza, quería la felicidad, lo quería todo. Y murió con poco más veinte años gritando hasta el final que no quería morir. ¿Cómo es posible que no comprendiese que el único remate posible a la cúpula de su maravilloso palacio de quimeras, de ambición, de amor, de gloria, apenas podría ser realizado por esas líneas serenas, purísimas, indescifrables, que sólo la muerte sabe esculpir? Sus veinte años no llegaron a comprender el alto y supremo símbolo de las manos que se estrechan, vacías de esa marea de sueños, que la vida, en amargo flujo y reflujo, lleva y trae constantemente. Princesita exiliada, ¿por qué no supiste murmurar, encogiendo los hombros, tu dulce y sereno nitchevo de eslava…?
3. Lluvia, viento, dolores, tristeza… ¡y siempre Florbela, Florbela, Florbela! Me gustaría enloquecer: Carlomagno o Semíramis, perseguidora o perseguida, llorando o riendo, ¡Yo sería otra, otra, otra! Ni siquiera sabría que mis sueños son sueños: el mundo estaría completamente poblado de verdades. Mis ejércitos serían míos, mis piedras preciosas serían mías; cóleras, pavores, lágrimas, carcajadas, todo eso sería realmente mío. Y una gota de agua sería un astro, una espiguita de hierba, una cosecha y un ramo de árbol, un bosque. Estar loco es la única forma de poseer, la manera de ser alguna cosa firme en este mundo.
4. Oh Bela imbécil, estúpida como tú decías, hermano querido. Estúpida… estúpida de harapos, miserablemente desharrapados. Dentro, tal vez haya oro y joyas, el vestido de Cenicienta, la corona de rosas de Titania, la esmeralda de Nerón, la lámpara de Aladino, la taza del rey de Thule… ¿Quién sabe si todavía nadie la liberó?
6. ¡Mi vida! ¡Qué gâchis! ¡Si ni siquiera yo sé lo que quiero!
16. ¡Qué irritante personaje el de esta novela idiota, La Ville du Sourire! “Je me demande vingt fois, un soir, si je me coucherai à neuf heures ou si je courrai au dancing et je balance encore, à onze heures, entre un pyjama posé sur le lit et un smoking posé sur la chaise…” ¡Y se jacta este pastel de que las mujeres lo perseguían…! Un hombre sin voluntad, sin energía, sin coraje, nunca puede ser verdaderamente amado. ¡Ah, ser hombre, y un bonito imposible agarrarme a un camino por donde yo quisiera pasar!
19. ¿Qué me importa la estima de los otros si yo tengo la mía? ¿Qué me importa la mediocridad del mundo si Yo soy Yo? ¿Qué importa el desaliento de la vida si existe la muerte? ¿Con tantas riquezas, por qué sentirme pobre? Y mis versos y mi alma, y mis sueños, y los montes y las rosas y la canción de los sapos en las hierbas húmedas y mi charneca alentejana y los olivares vestidos de Cenicienta y el asombro de los crepúsculos y el murmullo de las noches… ¿es que acaso esto no es nada? Napoleón con faldas, ¿qué imperios anhelas? ¿Qué mundos quieres conquistar? ¡Estás, decididamente, atacada por delirios de grandeza…!
22. La mirada de un animal me conmueve más profundamente que una mirada humana. Hay allí dentro un alma que quiere hablar y no puede, princesa encantada por alguna hada mala. En un grande esfuerzo de comprensión, me inclino, sumerjo mis ojos en los ojos de mi perro: ¿qué es lo que quieres? Y los ojos me responden y yo no lo comprendo… ¡Ah, tener cuatro patas y entender la súplica humilde, la angustiosa ansiedad de aquella mirada! Al final, ¿de qué os enorgullecéis, oh gentes…?
23. La vida tiene la incoherencia de un sueño. ¿Y quién sabe si realmente estaremos durmiendo y soñando y acabaremos por despertar un día? ¿Será ese despertar lo que los católicos llaman Dios?
28. ¡Estoy tan delgadita! La lámina va corroyendo la vaina, poco a poco, pero implacablemente, con seguridad. Debo de tener por alma un diamante o una llamarada y siento en ella la belleza inquietante y misteriosa de las obras incompletas o mutiladas.
13. Luis tiene en lo más íntimo de sí, aunque no lo quiera confesar, un gran orgullo por no ser capaz de amar locamente a una mujer. ¿Cómo es posible que, siendo él tan inteligente, no comprenda esta verdad tan simple: que aquel que no tiene nada para dar es el auténtico pobre? Así, en sus aventuras sentimentales, da, a cambio de piedras preciosas, dinero falso y… como cada uno da lo que tiene, ellas siempre le dan piedras preciosas y él sigue dando dinero falso. Y, cuando llegue la muerte, habrá ignorado dos de los mayores placeres de la vida: el placer de poseer piedras preciosas y el placer de darlas.
16. Me imagino, en ciertos momentos, una princesita, en una terraza, sentada en una alfombra. Alrededor… ¡tantas cosas! Animales, flores, muñecos… juguetes. A veces la princesita se aburre de jugar y se queda ausente durante horas, pensando en otro mundo en el que hubiese juguetes más grandes, más bonitos y más sólidos.
ABRIL
20. Me dedico, en ocasiones, a mirarme en el espejo y a examinarme, rasgo por rasgo: los ojos, la boca, el modelado de la frente, la curva de los párpados, la línea de la cara… ¿Y esta amalgama grosera y fea, grotesca y miserable, va a ser capaz de componer versos? ¡Ah, claro que no! Existe otra cosa… ¿pero cuál? Al final, ¿de qué sirve pensar? Vivir es no saber que se vive. Buscar el sentido de la vida, sin saber siquiera si tiene algún sentido, es tarea para poetas y neurasténicos. Sólo una visión de conjunto puede aproximarse a la verdad. Examinar en detalle es crear nuevos detalles. Por debajo del color está el dibujo firme y apenas se encuentra lo que no se busca. ¿Por qué no puedo olvidarme yo de vivir… para poder vivir?
28. No tengo fuerzas, no tengo energía, no tengo coraje para nada. Me siento hundirme. Soy la rama de sauce que se inclina y le dice que sí a todos los vientos.
MAYO
2. La Monnaie de Singe, de Delarme-Mardrus, me encantó; sin ser en absoluto una obra maestra es un libro adorable. Aparte de su estructura un poco frágil, sus exageraciones, su tono un poco forzado de demostración, se trata realmente de un buen libro. Su “petite fille toute en or”, lejana como un ídolo, es un magnífico pretexto para unas magníficas páginas llenas de corazón y de gracia. “La jalousie et la haine sont des formes de l´hommagge. C´est un encens amer, mais le plus précieux des encens, celui que les medíocres ne connaitront jamais”. ¡Qué gran verdad! Este libro tiene para mí el valor de haber conseguido que me arroje sobre él como si me hubiese arrojado sobre mi alma de muchacha. Me acuerdo de que ella era, antes, un poco, el alma valiente y bravía, tierna e inquieta de una “petite fille toute en or”. Y a mí, también, me fue siempre dada la limosna de la ternura como “monnaie de singe…”
16. Hasta hoy, todas mis cartas de amor no han sido sino la realización de mi necesidad de construir frases. Si el Príncipe Azul apareciera, ¿qué cosas nuevas le diré, sinceras, verdaderamente sentidas? ¿O es que somos tan pobres que las mismas palabras nos sirven para expresar la mentira y la verdad?
2. Está escrito que he de ser siempre la misma eterna aislada… ¿Por qué?
1. Un águila, ¿será un águila de verdad o será simplemente un milano?
6. Siento por la mentira un horror casi físico. La percibo a distancia y ahora… en este mismo momento… la siento vagar, asquerosa y sucia, alrededor de mi alma que vibra en el orgullo de ser pura. ¡Si los otros no me conocen, yo me conozco, y tengo orgullo, un inconmensurable orgullo de mí misma!
8. Era simplemente un milano… Guardarme intacta, como un cristal transparente, ¿para qué? Pero no imitemos a Jeremías… únicamente en el alma el barro no se quita; aquel con que nos salpican, sale con agua limpia.
15. ¡No, no y no!
20. ¿La muerte definitiva o la muerte transfiguradora?
Pero ¿qué importa lo que está más allá?
¡Sea lo que sea, será mejor que el mundo!
¡Todo será mejor que esta vida!
24. Hay una serenidad consciente de su fuerza en la línea firme de aquel perfil. Las manos tienen raza y nobleza; la sonrisa, ironía y bondad; los ojos… no se examinan: deslumbran. Debe de haber vivido diez vidas en una. Hay sueños muertos, como violetas aplastadas, en la piel fina y macerada de los párpados. ¿Qué rastros dejarán en mi vida aquellos pasos, silenciosos y seguros, que saben el camino, todos los caminos de la tierra?
29. “La tendresse humaine ne peut s´exprimer que par un seul geste: celui d´ouvrir et de refermer les bras.”
2. ¡Y que no haya gestos nuevos ni palabras nuevas!
(El 8 de diciembre de 1930, menos de una semana después de la última entrada, Florbela Espanca se suicidó con una sobredosis de barbitúricos, justo el día en el que cumplía 36 años; quede este legado presentado ahora en castellano por vez primera como su postrera y humilde despedida).
En una trayectoria reconocible al menos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y aun teniendo en cuenta desviaciones ocasionales e incluso graves paréntesis, la política exterior de los Estados Unidos ha estado definida por una manifiesta y previsible voluntad de dotar a su liderazgo de imperio consensual con unas características determinadas y en lo fundamental mantenidas en el tiempo. Tales han venido siendo la prédica de un orden internacional inspirado en los principios democráticos y liberales, alimentado por un sistema de alianzas voluntariamente mantenidas en diversas partes del globo, dotado de la fluidez normalmente asociada a la libertad de comercio e inspirado en los sistemas económicos basados en el mercado y en sus estructuras. Esa visión ha estado regularmente acompañada por la presencia de una contundente capacidad militar asociada más bien a los beneficios derivados de la amenaza del uso de la fuerza que a su misma utilización. En la medida en que ese sistema ha prevalecido en las siete décadas transcurridas desde la Segunda Guerra Mundial e inauguradas con la puesta en funcionamiento de la Carta de las Naciones Unidas en 1945, e incluso teniendo en cuenta las diversas fases de su evolución, desde la guerra fría hasta el «final de la Historia», podemos constatar sus beneficios: el sistema internacional ha gozado de una notable estabilidad, en líneas generales la proyección del poder se ha visto sometida al respeto consensuado de normas jurídicas básicas y el conflicto bélico generalizado, lo que hubiera sido la tercera guerra mundial, no ha tenido lugar. El «flagelo de la guerra», que el preámbulo de la Carta de San Francisco enunciaba como la mayor catástrofe a evitar, no se ha producido. Un cierto paradigma de las conductas en la vida internacional, aun con sus inevitables errores y deficiencias, había llegado a ser admitido por la comunidad global, en la que venía jugando un papel preponderante la dimensión política, económica y defensiva de los Estados Unidos de América.
Es todavía temprano para dictaminar si la política exterior que habrá de seguir el presidente Trump se colocará en esas coordenadas o si, por el contrario, pretenderá situarse fuera de lo que hasta ahora, con republicanos o con demócratas en la Casa Blanca, había sido analizado e identificado como vectores reconocibles en la proyección global del país. A ello contribuye la parquedad de las proclamaciones realizadas en ese terreno por el candidato Trump y su mismo carácter de aspirante voluntariamente situado fuera de los cauces habituales por los que transcurre el tradicional bipartidismo americano. Muchas de sus manifestaciones y promesas, tan identificables con lo que en el mundo de la propuesta política hoy se cataloga como «populismo», tenían un potente tufo antisistema, que el mismo Trump alimentaba con sus vociferantes denuncias en contra de los poderes establecidos y de sus adláteres. Y es ya sabiduría convencional el descontar de las campañas electorales los aspectos más extremos de lemas y exabruptos pensados para animar a los fieles en el fragor de la batalla y no necesariamente concebidos para inspirar decisiones o delinear políticas. Sabido es, y hoy más que nunca repetido ante las incógnitas que el presidente Trump despierta, que la división de poderes impone sus límites al mandatario que ocupa su sillón en el Despacho Oval y que la misma realidad del poder, doméstico o foráneo, impone una cura inevitable de realismo. Es en ese complicado contexto, y sin posibilidad fiable de adelantar acontecimientos o profetizar conductas, donde deben situarse los análisis de la política exterior americana que Donald J. Trump podría inspirar y practicar según lo dicho y oído durante la campaña electoral.
El mundo que Trump parece preferir es, en primer lugar, un mundo regido por el bilateralismo de las relaciones internacionales, en vez del cada vez más extendido multilateralismo de las últimas décadas. Ello se traduce en una clara desafección hacia el sistema de alianzas patrocinado por los Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial tanto en el Occidente —la OTAN, según Trump, sería una organización «obsoleta» que resulta enormemente cara para los Estados Unidos— como en el Oriente próximo o lejano —Arabia Saudí, Japón o Corea del Sur deberían ser capaces de hacer frente a sus propias urgencias defensivas, dotándose del arma atómica si ello fuera preciso—. Esa preferencia bilateral también se pone de relieve en el terreno de las relaciones económicas internacionales. El ya presidente electo ha anunciado su voluntad de oponerse al todavía no ratificado tratado de libre comercio entre los USA y varios países del Pacífico —el conocido como TPP, Trans Pacific Partnership— y es de presumir que la misma lógica le llevará a frustrar el camino del tratado de libre comercio entre los USA y la Unión Europea —el conocido como Transatlantic Trade and Investment Partnership—. Y publicadas están sus negativas opiniones sobre la Unión Europea, a la que considera concebida solo para hacer sombra a los Estados Unidos y cuya misma integridad puso en duda al asociarse visible y sonoramente con el Brexit británico y con su principal propulsor, Nigel Farage. En la misma longitud de onda anunció su voluntad de derogar el tratado entre México, Canadá y Estados Unidos conocido como el NAFTA —North America Trade Agreement— e, ignorando las normas de la Organización Mundial del Comercio, su deseo de castigar las importaciones chinas a los USA con un arancel del 45% en el caso de que China mantuviera la «manipulación de divisas» que el billonario americano denuncia.
El bilateralismo implícito o explícito del mundo exterior que Trump patrocina tiene una traducción directa en el America First que configura una de sus principales líneas de campaña y que directamente se traduce en desconfianza o incluso rechazo hacia el ajeno, el extranjero o simplemente el vecino. La propuesta de construir un muro de dos mil millas de longitud a los largo de la frontera entre México y los USA para impedir la emigración ilegal —con un coste estimado de más de un billón de dólares, que en cualquier caso tendría que aprobar el Congreso americano— se complementa con la propuesta de que sean los mismos mexicanos los que sufraguen su realización, bien con cargo al Tesoro mexicano —posibilidad que las autoridades mexicanas han rechazado vehementemente— o bien incautando las remesas dinerarias que los trabajadores mexicanos residentes en los USA envían a sus familias de origen. Ello se complementaría con la expulsión de los estimados once millones de trabajadores ilegales residentes en los Estados Unidos, mexicanos en su mayoría. Y con las restricciones, que llegarían a la prohibición total, impuestas a los emigrantes de confesión musulmana que intentaran establecerse en los Estados Unidos, hasta que, en palabras del propio Trump y en relación a la amenaza terrorista de origen islámico, «sepamos lo que está pasando».
No ha faltado claridad, sin embargo, en la decidida intención de acabar radicalmente con el Estado Islámico, si bien el presidente electo, alegando no querer facilitar pistas al enemigo de cómo planea conseguirlo, no haya ofrecido detalles operativos al respecto. En ello muestra una cierta contradicción con su mostrada inclinación a dejar que los demás arreglen los problemas por sí mismos, evitando así que los Estados Unidos sigan jugando el papel de gendarme mundial. Ello, a su vez, contrasta con el anuncio de un incremento sustancial en los presupuestos militares, que solo estaría justificado con un aumento significativo de la presencia en el mundo de las fuerzas armadas americanas. En ese laberinto de propósitos insuficientemente explicitados es difícil averiguar si Trump sería partidario de poner «botas sobre el terreno» en Siria para acabar con el EI y con el conflicto, si quiere unas fuerzas armadas replegadas sobre el territorio nacional o más bien reforzadas en su capacidad de intervención en el exterior y, en definitiva, si desea una política exterior y defensiva marcadas por el aislacionismo y el retraimiento —como muchos están inclinados a pensar— o, por el contrario, robusta y participativa. Para averiguarlo será imprescindible conocer lo que definitivamente decide sobre la continuidad del acuerdo nuclear con Irán, sobre el que en varias ocasiones se ha manifestado de forma crítica, sobre la normalización de relaciones diplomáticas y económicas con Cuba, en torno a la cual se ha expresado en términos condenatorios, o sobre la presencia y la influencia americanas en el Oriente Medio y en sus conflictos, sobre los que parecía haber proyectado un deseo de retirada.
Una serie pareja de cuestiones aparecen al comprobar la confesada proximidad que el nuevo presidente americano dice desear en sus interacciones con Vladimir Putin, el presidente de la Federación Rusa, como prueba de unas nuevas relaciones marcadas por el entendimiento e incluso por la alianza, a diferencia de las mantenidas en los últimos años, donde brillaron los desencuentros y las desconfianzas. No se sabe a ciencia cierta si en esa buscada y novedosa amistad existe una latente admiración por las formas autoritarias a las que tan inclinado se muestra el autócrata ruso, y de las que algún signo se ha podido percibir en los comportamientos del presidente electo americano, y/o un diseño de política exterior que buscara una consagración del duopolio entre Moscú y Washington a expensas de los aliados tradicionales de los americanos en el mundo, y a costa de sacrificar elementos fundamentales de la arquitectura del Estado de Derecho internacional basada en el respeto a las normas y costumbres en vigor: la Federación Rusa sigue sometida a estrictas sanciones impuestas por los USA y por la UE como consecuencia de la ilegal anexión de Crimea —territorio del que Trump durante la campaña electoral dio muestras de no conocer su situación legal o geográfica— y cuyo levantamiento Putin ardientemente desea. Tema importante y conexo, en relación con el futuro de la OTAN y la participación en ella de los USA, es el porvenir de los miembros de la alianza que, como Polonia y los Países Bálticos, se sitúan en lo que Moscú considera su zona de influencia y que se ven regularmente sometidos a maniobras diversas de intimidación y chantaje por parte rusa. ¿Estarán los Estados Unidos de Donald J. Trump dispuestos a hacer valer en todo caso el artículo 5 del Tratado de Washington constitutivo de la Alianza que califica el ataque contra uno de los aliados como ataque contra todos, mereciendo la consiguiente respuesta colectiva a la eventual agresión?
Y en este recuento de incertidumbres, o más bien ya de certidumbres, se encuentra la evidente disposición del elegido presidente americano a desconocer/denunciar/ignorar los acuerdos de París sobre el medio ambiente, dirigidos a reducir el calentamiento global y a buscar una mejor relación entre las fuentes de energía convencionales y las renovables. Es este un terreno en donde se confrontan sensibilidades y opciones muy diversas pero sobre el que parecía haberse alcanzado un significativo y trabajoso consenso de mínimos bajo el paraguas universal de las Naciones Unidas. ¿Estará el nuevo presidente americano dispuesto a desandar el camino recorrido e inaugurar una nueva época marcada por la predominancia del carbón y los hidrocarburos?
Resulta evidente que la literalidad de las aproximaciones de Trump a la política exterior americana no tiene cabida, salvo grave error de cálculo o análisis y con impredecibles consecuencias, en la institucionalidad conocida y actual de los Estados Unidos. Como también resulta evidente que es precisamente en el terreno de la seguridad nacional, en el que se suman exterior y defensa, donde el presidente de los Estados Unidos tiene más latitud constitucional para actuar por sí mismo, sin atenerse en demasía a los controles del Congreso. Ello siempre exige por parte del titular del ejecutivo una templanza de carácter y un conocimiento de los temas que hasta la fecha Donald J. Trump ha demostrado no poseer. Entre la exultación de sus partidarios y los lamentos de sus detractores, cabe esperar y desear que, en efecto, sus entornos políticos y sociales, la dinámica de la sociedad americana, los contrapesos institucionales y la misma dinámica del poder colaboren a situar en Donald J. Trump los elementos esenciales de una política exterior que, con independencia de sus datos distintivos, siga ofreciendo al mundo lo que hasta ahora cabía esperar de su país: previsibilidad, seguridad, estabilidad y paz. En realidad, son esos caracteres los que han hecho grande a América, ese propósito que formaba la columna vertebral de la campana electoral de Donald J. Trump. ¿Lo llegará alguna vez a comprender? El mundo, tal como hemos llegado a conocerlo, dependerá en gran medida de ello.
Tras la victoria electoral de Donald Trump en las elecciones del pasado 8 de noviembre, la empresa Carrier, un fabricante bien conocido de aparatos de aire acondicionado, decidió no trasladar parte de su planta de producción de Indiana (que ha perdido unos 200.000 empleos industriales desde 2000) a México. Aún más comentarios, y aún más críticas, suscitó la conversación del presidente electo con Tsai Ing-wen, presidenta de Taiwán, que venía a interrumpir muchos años de equilibrios entre China (continental) y Estados Unidos para salvaguardar al mismo tiempo la posición de la potencia asiática y la presencia de hecho de la isla en la escena internacional, aunque sea sin reconocimiento oficial.
En el primer caso, tal vez empezaron a aparecer los efectos de lo que se ha llamado «nacionalismo económico». Es el primer indicio del cumplimiento de la promesa que Trump hizo a sus electores para volver a hacer de Estados Unidos una economía atractiva para las inversiones industriales —una obsesión del nuevo presidente—. En el segundo, lo que se pone en juego, aparte de la ruptura con las reglas vigentes entre los profesionales de las relaciones exteriores y del Departamento de Estado, es la voluntad de participar en la escena internacional como un actor nacional y no como garante del orden mundial. En los dos casos, Trump parece adelantar una posición en la que la defensa de los intereses nacionales prima sobre la perspectiva (supuestamente) universal, tan característica de la misión que el excepcionalismo norteamericano asigna a su propio país.
Obama iba a instaurar un nuevo excepcionalismo, con un país más volcado en su interior. En realidad era una suerte de normalización, que consistía en que Estados Unidos dejara de jugar el papel de potencia altruista, benévola, dispuesta por naturaleza a la defensa de la libertad y la democracia en el mundo. Es posible que quien lleve a cabo esa normalización, por seguir con el vocablo, sea Donald Trump.
Los primeros hechos que ayudan a entender lo que estaba por venir se encuentran en el segundo mandato de George W. Bush, cuando el Partido Republicano, el más antiguo del mundo, empezó a descomponerse bajo la presión de las consecuencias de la Guerra de Irak, el descrédito del «conservadurismo compasivo» y la crisis económica. Así fue cómo la llegada de Obama a la Casa Blanca suscitó un movimiento nuevo, ajeno al aparato del republicanismo, como fue el Tea Party. En el Partido Republicano, se intentó explicar el Tea Party en términos clásicos, de defensa de un gobierno limitado y constitucionalismo estricto. Sin duda estos elementos estaban presentes. También había otros motivos: un fuerte componente de reivindicación patriótica —o nacionalista, según la perspectiva—, un inicio de rebelión fiscal ante unas medidas, como el «Obamacare», que traerían aparejadas un mayor gasto en nombre de la «justicia social», y la desconfianza de fondo ante lo que se empezaba a percibir como una élite ajena a las preocupaciones de una clase media y trabajadora olvidada por quienes tenían que representarlas.
También había en el Tea Party una reivindicación de los llamados «valores tradicionales»: más fuerte era, probablemente, la respuesta a las políticas de identidad, con su exaltación de lo minoritario, que estaban en la base del proyecto y la coalición del presidente Obama. En el Tea Party siempre fueron mayoría los blancos de religión cristiana, con un fuerte componente evangélico, pero una aproximación más fina, como la de Theda Skocpol y Vanessa Williamson en su estudio, permitía comprender que ni todos los adheridos al Tea Party participaban de los valores más tradicionales ni todos eran votantes tradicionales del republicanismo.
En su momento, era de esperar que lo expresado por el Tea Party hubiera encontrado un cauce en el republicanismo. Ese es el papel de las primarias: atraer los extremos en una negociación con las demás corrientes partidistas para lograr una plataforma común, aceptable por la mayoría de la opinión pública nacional. No ocurrió así, como es bien sabido. Hubo intentos de integración, como la incorporación de Sarah Palin, antecesora del Tea Party, a la candidatura de John McCain en 2008. No salieron bien, y en las elecciones de 2010 el movimiento presentó a muchos de sus propios candidatos que en más de un caso derrotaron a los candidatos presentados por el aparato del partido. En las elecciones del 2010, los demócratas sufrieron una derrota histórica, que devolvió el Congreso a los republicanos y consolidó la relevancia del Tea Party. Sin embargo, algunas derrotas llevaron a los estrategas del partido a pensar que el aparato todavía era incapaz de imponerse, lo que llevó a la candidatura de Mitt Romney al frente del republicanismo en las presidenciales de 2012. Moderado, dialogante, reformista, con experiencia política y empresarial, Romney era la viva representación del republicanismo clásico y la de la voluntad de abrirse a nuevas «sensibilidades», de mayor actualidad. Su derrota, después de la de McCain en 2008, significó el agotamiento del republicanismo: del clásico y de los intentos de renovación hacia el centro y la moderación tal y como se habían desarrollado en 2008 y 2012.
De ahí surge la iniciativa de Donald Trump para presentarse como candidato a las primarias de 2016. Aunque había coqueteado en varias ocasiones con la idea de hacer política —en particular en las elecciones a gobernador de Nueva York, su estado natal, en 2014—, Trump había sido hasta entonces un personaje ajeno a la política. Ni fue nunca profesional de la cosa pública, ni tenía experiencia de gestión. Tampoco tenía una clara adscripción partidista, aunque en algún caso se había interesado por uno de esos terceros partidos que en Estados Unidos son capaces de influir en la vida política aunque casi nunca ganan las elecciones. Su vocación de «ganador», publicitada incansablemente, parece haberle llevado a descartar esta posibilidad, por mucho que Trump no haya sido nunca un candidato específicamente republicano. Siempre ha actuado como «independiente». Lo facilitaba lo que quedaba del Tea Party, frustrado por los fracasos del partido, su fortuna personal —cuya cuantía exacta sigue siendo difícil de conocer— y la sentencia del Tribunal Supremo (Citizens United v. F.E.C.) que desreguló las donaciones privadas a los partidos políticos y apartaba por tanto a los aparatos tradicionales del control de los fondos electorales.
La intervención en la que Trump presentó su candidatura, en junio de 2015, fijó lo que iba a ser una de las notas fundamentales de su campaña. Fue un discurso sombrío, apocalíptico en algún momento. Culminó con el discurso en la convención del Partido Republicano en Connecticut, un largo lamento sobre la suerte de la nación norteamericana. La retórica estuvo siempre dirigida contra la presidencia de Obama y su aspirante a sucesora, Hillary Clinton, pero también contra el republicanismo. Era una declaración de guerra. Devolver la grandeza a Estados Unidos (el objetivo sintetizado en el eslogan «Make America Great Again» y «America Is Back» después del 8 de noviembre: el «back» y el «again» son lo relevante) apuntaba contra los compañeros de su propio bando.
Y así fue como fueron cayendo, ante aquel hombre al que en un principio nadie tomó en serio, algunos de los mejores candidatos del republicanismo: Jeb Bush, modelo de equilibrio y responsabilidad, abierto a una forma amable de entender la inmigración; Marco Rubio, la joven promesa del nuevo republicanismo de la diversidad; Chris Christie, moderado con experiencia…; así hasta llegar a Cruz, auténtico representante del Tea Party ante el cual Trump ejercía de oportunista y recién llegado, como le hicieron comprender los partidarios del primero en la convención de Connecticut.
Lo que hoy aparece como la ascensión irresistible de Donald Trump ha sido atribuido a la índole especial de la campaña del futuro presidente. Se ha hablado de una campaña concebida como un «reality show», en recuerdo del programa de televisión protagonizado por Trump, o de su capacidad nunca desmentida de «showman», capaz de acaparar todas las miradas y presentarse siempre como el protagonista de cualquier situación. También se ha hecho referencia al hecho de que Trump podía abstenerse de un programa riguroso —como el que sí que exhibía la que terminaría siendo su única rival— e incluso del simple respeto a los hechos, porque en su caso lo que contaba no era el mensaje, sino el medio. Como ya había ocurrido con Obama, la personalidad del candidato, en este caso su vida empresarial y su éxito extraordinario eran el mensaje. Por eso pudo jactarse de que «Podía disparar a alguien y no perdería votos».
También cuenta la brutalidad de muchos de sus comentarios, en particular los que se permitió en un escenario de alto riesgo, como fueron los tres debates con Hillary Clinton. Lo que habría que preguntarse es qué había ocurrido para que aquello, inconcebible hacía poco tiempo, hubiera llegado a ser aceptable y en muchas ocasiones positivo. También conviene comprender que la propuesta era bastante más sofisticada de lo que se ha pensado muchas veces, o no menos que la de su rival.
En cuanto a la estética, el estilo de Trump no se limita al mal gusto, ni se queda en la exhibición de riqueza destinada a atraer al norteamericano medio, o de clase trabajadora, que es como se ha caracterizado al «trumpismo» hecho arte de vender (vender lo que sea, desde camisas hasta pisos de superlujo). Hay aquí una conciencia básica de reafirmación política del estilo, o de la falta de estilo, como forma de desafiar a las élites y las minorías en su terreno predilecto, que es el buen gusto como signo supremo de pertenencia al grupo de los elegidos. El americano medio ha perdido la inocencia en este terreno, como en cambio no la ha perdido todavía el cinismo de los happy few, las élites exquisitas. También hay una voluntad de ironizar sobre el propio personaje, una invitación a deconstruir el sujeto deconstructor. Es un gesto de raíz popular y en el caso de Trump, neoyorquino hasta la médula, que coloca a los rivales estético-políticos en una situación indefendible. Lo demostró la artificialidad, el provincianismo del personaje de Hillary Cinton durante los debates. Y todo eso sin contar con que, siendo Trump un hombre del espectáculo, tanto al menos como un empresario, ofrecía la ocasión de tomar la revancha sobre los y las predicadoras izquierdistas (¡y puritano/as!) de Hollywood y aledaños.
Por otro lado, lo que Trump defendió ante el activismo ideológico del Partido Demócrata de Obama —que Hillary Clinton tuvo que encarnar a la fuerza y sin que se encontrara nunca del todo a gusto con él— eran, en apariencia, los valores tradicionales de unos Estados Unidos de hegemonía blanca, evidentemente heterosexual, con una fuerte presencia de la religión y un sentido innato de la continuidad y el respeto a las instituciones… También en este caso, como en el de la estética, la cuestión es algo más complicada. No todos los que han respaldado a Trump y se han sentido representados por el personaje y su propuesta responden a un patrón de respeto a las costumbres tradicionales. Y aunque Trump se ha alineado en parte con la ortodoxia de su partido en cuanto al aborto (antes no lo estaba y de hecho tuvo algún desliz en la campaña), hay una amplia variedad de motivos, desde la realidad homosexual a la liberalización de algunas drogas en los que se aleja de ella, como buena parte de sus propios votantes.
Aún mayor complejidad se advierte en cuanto a esa obsesión del republicanismo ortodoxo que era el Estado mínimo. Trump, que viene del mundo del espectáculo y de los negocios, representaba la sociedad frente al Estado. Lo hacía a su modo, sin embargo. Más que la «sociedad», Trump encarnaba el capitalismo, el dinero, con toda su voluntad ganadora, su exhibicionismo, su energía subversiva. Probablemente es esta una de las razones por las que suscita tanto miedo, en particular entre los jóvenes a los que se ha inculcado la aversión al riesgo. Ahora bien, al igual que sus votantes, Trump no está interesado en las doctrinas ortodoxas. Los votantes de Trump, por ejemplo, no se oponen al «Obamacare» por desconfianza en el Estado. Lo hacen porque creen percibir que su dinero se va a gastar en quien ha hecho de los derechos sociales una forma de vivir a costa de quien trabaja. Otro tanto ocurre con Trump, que no pretende anular ninguno de los programas de bienestar norteamericanos.
Alérgico como es a la ideología, Trump tampoco respeta la ortodoxia en cuanto a la libertad de mercado. Lo suyo, en este punto, es una constatación negativa de los efectos de la globalización en su país, con una forma de decadencia que se traduce en la transformación de Estados Unidos en una economía ficticia porque la producción se ha trasladado a otros países. De ahí el atractivo que el mensaje tenía para los trabajadores norteamericanos industriales, muchos de ellos antiguos votantes demócratas y también antes sindicalizados. Por eso esta forma de neo-proteccionismo ha conectado bien con las reivindicaciones, no siempre nativistas, acerca del control de la inmigración y la preservación del fondo de la cultura y la identidad norteamericana frente a la amenaza del multiculturalismo, encarnada —en lo político— por las políticas identitarias de Obama y su posible sucesora.
El inherente patriotismo de esta posición ha llevado a algunos malentendidos. Para algunos de los jóvenes que se habían propuesto reformar el republicanismo, los del grupo de Yuval Levin, Trump ha sido el candidato que mejor ha recogido algunas de sus propuestas, como las de inmigración, pero llevándolas a una dimensión paródica. Aquí Trump integra elementos de la derecha radical —lo que se ha llamado alt-right—, como Steve Bannon, fundador y presidente de la publicación digital Breitbart News, y cuya actitud provocadora, muy en la línea de los ya clásicos South Park Conservatives, le ha llevado a ser tachado de racista, homófobo, antisemita, nacionalista e incluso fascista, por aquella misma prensa contra la que tomó posiciones. Son los célebres «deplorables» que tan caro le costaron a Hillary Clinton.
Como era de esperar, Trump tampoco gozó nunca de la simpatía de los neoconservadores estrictos. Al revés, los neoconservadores le dedicaron críticas de fondo. Bill Kristol, en particular, se empeñó en buscar un candidato alternativo durante las primarias e incluso intentó forzar la elección de un candidato de un tercer partido. En cambio, la victoria trajo aparejado el acercamiento de algunos «neocon», como Joe Bolton —posible candidato para la Secretaría de Estado— que vieron en Trump la posibilidad de una revancha ante las críticas recibidas. Sin embargo, no parece que la futura actuación internacional de Trump pase por una recuperación de los ideales de la «ciudad en la montaña» ni por la exaltación de la misión democratizadora de Estados Unidos. Hay una apuesta por el rearme y la inversión en defensa, pero no por el activismo liberal. Trump, en esto, vuelve a las tradiciones republicanas de repliegue y ya hay quien le recomienda una política exterior «realista», que encaja bien con la tendencia a nombrar empresarios con experiencia ejecutiva para puestos clave del gabinete. Por ahora, Trump ha ido escogiendo para Defensa a militares profesionales de prestigio más que reconocido, que saben lo que es la guerra.
Aunque el compromiso de una bajada de impuestos y una desregulación ambiciosa, estas promesas políticas están más relacionadas con la voluntad de dinamizar la economía norteamericana que con cualquier doctrina de Estado mínimo. A esto responden los nombramientos de empresarios y personas relacionadas con el mundo de los negocios, como Andrew Puzder para Empleo, o los miembros del consejo asesor económico, algunos de ellos sin experiencia política, o el de una activista en favor de la libertad en educación, como la republicana Betsy DeVos. Han suscitado las críticas de los «progresistas», como era de esperar, pero atestiguan que Trump sigue en su línea de independiente, y con pocos favores que pagar en el Partido Republicano. Del mismo modo, el posible desmantelamiento de la reforma sanitaria de Obama no traerá aparejada una retracción del gobierno en los programas de bienestar y seguros sociales, y el gobierno de Trump se propone poner en marcha otro programa histórico de modernización de las infraestructuras con inversiones multimillonarias.
Es posible que el ideario se lo suministre, en este caso, la Heritage Foundation, una fundación que lo apoyó desde muy temprano —a diferencia de otros think tanks de derechas— y que desde los años setenta mantiene al mismo tiempo la ortodoxia republicana y una actitud más pragmática en cuanto a las políticas concretas: la esencia, en realidad, del reaganismo. La lista de posibles jueces del Tribunal Supremo que adelantó Trump como candidatos estuvo en su momento inspirada en la de Heritage. Y la selección de un acreditado conservador como Mike Pence en la vicepresidencia representa también la voluntad de Trump por entroncar con una forma pragmática y al mismo tiempo firmemente conservadora de concebir el republicanismo. Pence será su gran aliado en el Congreso, donde ya han rectificado su previa antipatía muchas figuras relevantes, entre ellas Paul Ryan, la figura clave del grupo de republicanos jóvenes. De Pence se ha dicho que era un guiño a los evangélicos, pero es probable que Trump no lo necesitara para eso porque ya tenía a los evangélicos de su parte.
Toda esta serie de propuestas y medidas recuerdan al republicanismo de Nixon, que continuó los grandes programas sociales puestos en marcha por su antecesor Johnson y se decantó por una coalición de republicanos tradicionales con aquellos votantes del Sur y del Oeste del país que habían respaldado en su momento el New Deal. Antiélite y progobierno: esa fue la estrategia de Nixon, la que consolidó la hegemonía republicana para los siguientes treinta años. Es posible que Trump siga un camino parecido. Trump también ha recordado a Nixon en el tono sombrío de algunas de sus intervenciones más importantes, y en los matices antiintelectuales, y a veces paranoicos, tan característicos de la historia política norteamericana. También Trump da voz al norteamericano medio, exasperado con unas élites políticas arrogantes pero incapaces de garantizar el orden y ante las que se ha visto forzado a jugar el papel de cobaya para un mundo nuevo. Como Nixon a finales de los sesenta, Trump se ha beneficiado de las violencias callejeras que sus votantes relacionan con Obama. Queda por ver cómo Trump, más allá de la reactivación económica, tratará la cuestión racial, enquistada tras ocho años de presidencia ideológica, y central en una sociedad tan fundamentalmente segregada como es la norteamericana.
A diferencia de Nixon, Trump es un empresario. Un outsider, como Nixon, pero un outsider que conoce el sistema mejor que nadie, según sus propias palabras, y que para reformarlo va a echar mano de lo que mejor sabe hacer, tal y como ha explicado en varios de sus libros: negociar y pactar. No es de extrañar, por tanto, la recuperación de funcionarios con una sólida experiencia en la gestión pública, como Scott Pruitt, un jurista de estricta observancia federalista para la EPA (medio ambiente), o Tom Price, médico y congresista republicano para Salud. Aunque son muchos los republicanos que siguen manifestando su actitud reticente o incluso opuesta a Trump, también son otros tantos los que han aceptado —o se han propuesto— para participar en el nuevo republicanismo de Trump. En general, los nombramientos han sido bien recibidos por el «aparato». Trump, en cualquier caso, parece dispuesto a imponer sus propias decisiones y a subordinar la reconstrucción del republicanismo al éxito de su proyecto político. Después del fracaso de la izquierda en los dos mandatos de Obama, tal vez la sociedad norteamericana haya encontrado una forma de adaptarse a los nuevos tiempos de globalización y reemergencia de los Estados. Las revueltas populistas norteamericanas, se remontan como mínimo a Andrew Jackson, por no hablar del radicalismo demagógico que está también en la base de la Revolución y la Independencia de la República. Y son capaces de dar grandes sorpresas.
LIBROS CONSULTADOS
De entre los libros escritos por el propio Trump, he tenido en cuenta el ya clásico The Art of the Deal (Random House, 2016. Hay edición española: El arte de la negociación, Grijalbo, 1989) y Great Again —edición actualizada de Crippled America— (Threshold Editions, 2016). De la ya amplia bibliografía sobre Donald Trump, TrumpNation: The Art of Being The Donald, de Timothy L. O’Brien (Grand Central Publishing, 2016), y Trump Revealed, de Michael Kranish (Simon & Schuster, 2016). Sobre el Tea Party, A New American Tea Party, de John M. O’Hara (Wiley, 2010), y The Tea Party and the Remaking of American Conservatism, de Theda Skocpol y Vanessa Williamson (OUP, 2012). Sobre los votantes de Trump, Hillbilly Elegy. A Memoir of a Family and a Culture in Crisis, de J.D. Vance (Harper, 2016), y Strangers in their Own Land, de Arlie Russell Hochschild (The New Press, 2016). De la muy extensa bibliografía sobre la crisis del Partido Republicano, he utilizado The Wilderness, de McKay Coppins (Little, Brown and Company, 2015), y Why the Right Went Wrong, de E.J. Dionne Jr. (Simon & Schuster, 2016). Paso por alto los volúmenes de explicaciones acerca de por qué Donald Trump no iba a ganar nunca.
En Washington D.C., al final de la cuesta diplomática conocida como Embassy Row, se encuentra el campus de American University. Quizá el nombre más famoso entre los miembros del claustro sea Allan Lichtman, profesor de historia con el mérito de haber acertado —sin utilizar una sola encuesta o método convencional de análisis político— el resultado de todas las elecciones presidenciales celebradas en Estados Unidos, durante las últimas tres décadas, incluida la victoria de Donald Trump sobre Hillary Clinton.
Su sistema de predicción, capaz de anticipar el ganador de todas las elecciones presidenciales en Estados Unidos desde 1984, se basa en una serie de trece factores planteados en forma de proposiciones verdaderas o falsas. De acuerdo a esta matriz basada en la historia de todas las batallas presidenciales libradas por la democracia americana desde 1860, la acumulación de seis «falsos» implica que el partido que controla la Casa Blanca perderá las elecciones.
En esencia, el sistema del profesor Lichtman intenta medir la fortaleza y el desempeño de la formación política empeñada en conseguir four more years al frente del Ejecutivo federal. Por ejemplo, la fuerza de terceros partidos es uno de esos indicadores sospechosos. Este año, libertarios, verdes y demás candidatos independientes han conseguido resultados muchísimo más altos que en anteriores ciclos electorales hasta llegar a un 5,4% del voto popular.
Entre los factores de riesgo letal acumulados por el Partido Demócrata, las llaves utilizadas en la predicción del profesor Lichtman han tenido bastante de autopsia: grandes pérdidas en las elecciones legislativas de 2014; su presidente actual ya estaba de salida; unas primarias especialmente reñidas por la nominación presidencial; el segundo mandato de Obama no ha contado con ningún gran cambio o mejora en política doméstica, ni tampoco ningún éxito unificador en el frente de política internacional. Además de su exitoso post mortem, Lichtman sospecha que la presidencia de Trump tiene bastantes papeletas para acabar en un impeachment.
Si algo caracteriza al Partido Demócrata de Estados Unidos —producto de un linaje político que se puede trazar hasta finales del siglo XVIII, la figura de Thomas Jefferson y los grandes debates generados por la Constitución de 1787— es que su historia está marcada por una transformación constante. Un proceso en el que la formación simbolizada por un rucio desde el estallido de populismo del presidente Andrew Jackson no ha dejado de representar diversas posiciones y votantes dentro del espectro político americano.
No hay que olvidar que el Partido Demócrata ha defendido la causa de los derechos estatales frente al gobierno federal y sin solución de continuidad también ha respaldado la necesidad de un fuerte gobierno centralizado. Ha sido también, como explican Larry Sabato y Howard Ernst en su Encyclopedia of American Political Parties and Elections, el partido del individualismo fronterizo y de las élites intelectualizadas de la progresía americana. Ha defendido los intereses agrícolas de pequeños granjeros pero también el de la masiva inmigración urbana. Y en el colmo de las contradicciones ante la cuestión racial de Estados Unidos, ha representado a los segregacionistas más reaccionarios del Sur (dixiecrats) y ha estado en la primera fila de la lucha por los derechos civiles.
El patrón oro del Partido Demócrata fue acuñado con la elección del presidente Franklin Delano Roosevelt en 1932, que permitirá superar la larga decadencia sufrida por esa formación tras la Guerra de Secesión y el consiguiente monopolio político logrado por el Partido Republicano (también conocido como GOP, Grand Old Party) y su mártir Abraham Lincoln. Bajo la coalición del New Deal, FDR fue capaz de formar una formidable suma de votantes que explican, junto a las excepcionales circunstancias de la Gran Recesión y la Segunda Guerra Mundial, sus cuatro consecutivas elecciones como presidente de Estados Unidos. Muy por encima del precedente de dos mandatos fijado por George Washington y que tras la era de FDR quedaría limitada a través de la enmienda constitucional número 22 ratificada en 1951.
Esta inestable pero poderosa coalición electoral incluía afroamericanos, judíos, católicos, blancos sureños y trabajadores de los grandes núcleos industriales del Norte. Con la participación también de sindicatos y las efectivas maquinarias políticas clientelares vinculadas sobre todo al Partido Demócrata. Aunque las divisiones empezaran desde la misma sucesión de FDR por parte de Harry Truman. Con una grieta especialmente problemática para los estados sureños al plantearse, tras la Segunda Guerra Mundial, la lucha por la igualdad de derechos para la minoría negra de Estados Unidos.
A pesar de esta erosión gradual y con múltiples frentes, las capacidades de la coalición del New Deal se prolongaron hasta los años sesenta como documenta Jules Witcover en su historia de los demócratas titulada Party of the People. Primero Barry Goldwater y después Richard Nixon empezaron como candidatos presidenciales del Partido Republicano a desarrollar una exitosa estrategia electoral de captación del tradicional voto demócrata. Este esfuerzo empezaría en el Sur de Estados Unidos y culminaría con Ronald Reagan y la efectiva acumulación del voto más tradicional del Partido Demócrata (los llamados Reagan Democrats).
La emergencia de los conservadores cristianos también formará parte de la variable geografía electoral del Partido Demócrata a finales del siglo XX. Aunque en cuestiones económicas, este segmento del electorado tendría que haber permanecido dentro de las filas demócratas, los republicanos fueron capaces de ganar esta batalla dentro de la recurrente guerra cultural que Estados Unidos libra por una hipersensibilidad en torno a valores tradicionales. Esta fase de polarización abrirá las puertas a las dos últimas décadas de la política americana marcadas por un partidismo extremo, con efectos paralizantes en la gestión del gobierno federal.
Entre los méritos electorales reconocidos a Barack Obama figura precisamente el haber creado a nivel presidencial su propia coalición efectiva de votantes, basada sobre todo en pilares fundamentales, como las minorías raciales, los jóvenes (Millennials) y mujeres solteras. Una combinación ganadora dentro del peculiar sistema electoral aplicado en las presidenciales de Estados Unidos (Electoral College, winner takes all, es decir voto indirecto y sin reparto proporcional) que Hillary Clinton no ha sabido recrear con similar efectividad, a pesar de haber ganado el voto popular frente a Donald Trump en los comicios del 8 de noviembre por más de dos millones y medio de sufragios.
El gran problema para los demócratas es que la coalición electoral de Obama solo ha resultado efectiva para él mismo. El analista político John Podhoretz lo explicaba con elocuencia en una columna publicada el pasado 1 de noviembre, una semana antes de la victoria en las urnas de Donald Trump. Según Podhoretz: «La más importante historia política durante los casi ocho años de la Administración Obama es que su presidencia ha lanzado una bomba de neutrones contra su partido. Obama y la estructura política de América se mantienen en pie, pero casi un millar de cargos electos demócratas han sido derrotados».
Los selectivos daños colaterales sufridos por el Partido Demócrata durante la era Obama no han hecho más que multiplicarse, sobre todo a partir del esfuerzo durante el primer mandato del presidente para reformar el disfuncional sistema sanitario de Estados Unidos, que combina unos niveles de gasto fuera de control, terribles injusticias y millones de personas sin cobertura. A partir del Obamacare, los demócratas perdieron el control de la Cámara de Representantes en 2010 y del Senado en 2014.
Con el agravante de que en 2009, los demócratas incluso llegaron a contar con una supermayoría de sesenta escaños en la Cámara Alta requerida para imponer su voluntad sobre los republicanos. Mientras que en la Cámara Baja, durante las sucesivas elecciones de 2010, 2012 y 2014, más de sesenta miembros del Partido Demócrata han perdido sus escaños. Fuera de Washington, estas derrotas son todavía más brutales. Los demócratas han perdido desde 2009 casi un millar de posiciones en las legislaturas estatales, mientras que los republicanos han ganado una docena de puestos de gobernador.
A nivel de los cincuenta estados de la Unión, los resultados de las elecciones del 8 de noviembre han colocado a los demócratas en unos escuálidos niveles de representación, no registrados desde la guerra civil americana (18611865). En una plusmarca —con especial impacto en la cuestión del gerrymandering o el diseño favorable de distritos electorales para la Cámara de Representantes federal— los republicanos ahora controlan 67 de las 98 legislaturas estatales.
Esta abrumadora mayoría del GOP contrasta con 2009, el primer año de la presidencia de Obama, con un balance de fuerzas a nivel estatal que entonces era claramente favorable a los demócratas. La contumaz debacle de los últimos ocho años, sin comparación en la moderna era política de Estados Unidos, también se extiende a las mansiones de los gobernadores. Ahora, Estados Unidos cuenta con 31 gobernadores republicanos, 18 demócratas y un independiente (Bill Walker en la peculiar Alaska).
A la vista de estos resultados, los demócratas se han convertido básicamente en una especie política en vías de extinción en el Sur. De acuerdo a los cálculos de población del grupo conservador Americans for Tax Reform, aproximadamente un 80% de la población americana reside en estados controlados de forma total (25 estados) o parcial (20 estados) por el Partido Republicano. Un mapa dominado por el color rojo que no tiene nada que ver con la tradicional preferencia de los votantes de Estados Unidos por repartir entre demócratas y republicanos el poder político fuera y dentro de Washington.
La conclusión bastante indiscutible es que el Partido Republicano, con votantes que han demostrado una mayor disciplina que los demócratas, ha alcanzado su mayor fortaleza en casi un siglo. Y todo ello a pesar del conflicto interno dentro de las diferentes familias del partido, de la OPA hostil planteada por Donald Trump y todos los análisis sobre una estructura demográfica destinada a convertir al GOP en una reliquia irrelevante para la política de Estados Unidos.
Por supuesto, tratándose de un sistema dominado por dos partidos, la pregunta inevitable es ¿qué futuro le espera a la menguante mitad del bipartidismo en Estados Unidos? Sobre todo, tras el retroceso sufrido durante la era Obama, que habría culminado en el fracaso presidencial de Hillary Clinton. Por mucho empeño demostrado por el establishment del Partido Demócrata para que la ex primera dama obtuviera la nominación presidencial, con la ayuda determinante de los «superdelegados» no electos y la problemática parcialidad demostrada por el Comité Nacional Demócrata bajo la dirección de Debbie Wasserman Schultz.
De cara a la próxima legislatura, la minoría demócrata en el Congreso se enfrenta al reto de cómo plantear un necesario debate de renovación y al mismo tiempo ejercer la oposición a una Administración Trump empeñada en desmontar buena parte del legado legislativo auspiciado por Obama. Las perspectivas y estrategias apuntadas hasta la fecha son diferentes en la Cámara de Representantes y en el Senado. Aunque en ambos casos, el gran debate de fondo pasa por diagnosticar todo lo que no está funcionando en el Partido Demócrata y encontrar soluciones.
Por octava vez, los demócratas en la Cámara Baja han vuelto a elegir como lideresa de su minoría a Nancy Pelosi, veterana diputada por San Francisco con uno de los distritos más a la izquierda y con más dinero del país. En retrospectiva, ella es una de las mujeres con mayor influencia en la política de Estados Unidos. Sin embargo, a sus setenta y seis años y con una agenda política «liberal», en el sentido americano del término, la primera mujer Speaker no encarna precisamente la necesidad de renovación que tiene en estos momentos el Partido Demócrata.
La anticipada selección de Pelosi como House minority leader ilustra más que nada la arrinconada presencia del Partido Demócrata en el mapa electoral de Estados Unidos. Más de un tercio de los escaños ocupados por demócratas en la Cámara de Representantes proviene de los tres grandes estados tradicionalmente más «liberales»: California, Massachusetts y Nueva York. Casi dos tercios representan a distritos de la costa Este y Oeste, es decir las rebanadas de un metafórico emparedado con relleno extra de pastrami republicano.
El previsible respaldo para Pelosi también explica el reto alternativo, tan crítico como fallido, planteado por su compañero Tim Ryan, congresista de cuarenta y tres años procedente del cinturón de herrumbre posindustrial del que forma parte Ohio. Y por tanto, representante de esos estados del Midwest, teóricamente un blue wall demócrata, que en las presidenciales de noviembre se han dejado contagiar por el populismo cabreado de Trump. Según el renovador Ryan, la solución a los problemas del partido no debería pasar por seguir confiando en sus viejos power-brokers.
A juicio del disidente Tim Ryan, que estaría contemplando aspirar al puesto de gobernador de Ohio en 2018, la única forma de reconstruir el Partido Demócrata implica volver a establecerse como el partido de la clase trabajadora. Según sus explicaciones al New York Times, «hemos perdido esa marca y esa es la marca que te permite ganar elecciones». Para una parte de sus compañeros en la Cámara Baja, profundamente frustrados con los resultados obtenidos el 8 de noviembre, el problema trasciende un statu quo que ya no funciona.
De acuerdo a los primeros trazos de autocrítica en la Cámara de Representantes, ya no sirve de consuelo la manida justificación, ya utilizada en las elecciones de medio mandato de 2010 y 2014, de que una baja participación electoral perjudica a los demócratas. De hecho, en las elecciones del 2016 la participación ha llegado a situarse en torno al 58%, cifra prácticamente idéntica a la registrada en 2012.
En cualquier caso, el problema va mucho más allá de figuras como Nancy Pelosi y el establishment que controla los resortes de poder dentro del Partido Demócrata. Entre los reproches que se repiten en la colina del Capitolio, destaca sobre todo el hecho de que Donald Trump ha sido capaz de capitalizar ante el electorado un tema como la ansiedad económica y la creación de empleo, que históricamente han formado parte del guion electoral del Partido Demócrata.
Aunque para los más críticos entre los congresistas demócratas lo más inquietante de todo es que sus problemas no son únicamente una cuestión de mejorar su plataforma electoral y su comunicación política. Dado que las legislaturas estatales controlan el proceso de diseñar los distritos electorales con escaño en la Cámara Baja, si los demócratas aspiran a ser un partido de mayoría primero tendrán que ganar en muchas más elecciones a nivel estatal, incluidas jurisdicciones rurales donde literalmente han dejado de ser competitivos. Todo ello con un problema fundamental de prioridades: cortejar a la clase trabajadora blanca que se ha dejado seducir por Trump o perseverar en la coalición de Obama basada en minorías y jóvenes.
En esencia, las grandes ciudades de Estados Unidos y sus zonas residenciales no son suficientes para garantizar una mayoría en la Cámara de Representantes. Como consuelo, el Partido Demócrata espera obtener una cierta recuperación a corto plazo en las próximas legislativas de 2018, que renovarán toda la Cámara Baja y un tercio del Senado. Históricamente, la formación política que controla la Casa Blanca tiende a perder escaños en el Congreso federal.
En esta ocasión, el optimismo de los demócratas se alimenta de la posibilidad de que los republicanos intenten privatizar o recortar Medicare y Seguridad Social (sanidad y pensiones) para los jubilados, que en Estados Unidos constituyen la parte del electorado con mayor índice de participación. Bajo el liderazgo de Paul Ryan, reelegido por unanimidad Speaker de la Cámara Baja, los republicanos disponen de una mayoría de 238 escaños frente a 193 de la oposición demócrata.
Por lo que respecta al Senado, la saga de los demócratas es mucho más crucial. Sus 48 escaños frente a los 51 del Partido Republicano en la Cámara Alta, les convierte en el gran reducto legislativo frente a los designios de la Administración Trump. Como líder de la minoría actuará el senador Chuck Schumer, de Nueva York, pero entre sus filas se encuentran personajes de un elevado perfil político por el que podría pasar el futuro del partido. Figuras como Bernie Sanders, el independiente que disputó la nominación presidencial a Hillary Clinton; Tim Kaine, el aspirante a vicepresidente; o la senadora Elizabeth Warren, de Massachusetts, que también apunta hacia la Casa Blanca.
Durante algún momento en la campaña, los demócratas soñaron con alcanzar la mayoría en la Cámara Alta. Aunque tras la cura de humildad de la cita con las urnas, ahora también les toca ponerse manos a la obra. Según ha indicado Schumer, que se enfrentará al reelegido líder republicano Mitch McConnell, de Kentucky: «Necesitamos un mensaje económico más definido, avanzado y fuerte. Y necesitamos dejar saber a los americanos en lo que todos creemos: que el sistema no está funcionando para ellos y que nosotros lo vamos a cambiar».
Al mismo tiempo, los demócratas en el Senado saben perfectamente que para prosperar de cara a las próximas elecciones no es suficiente con actuar sistemáticamente como una minoría de bloqueo, ya que los republicanos no disponen de la mayoría reforzada de sesenta escaños requerida para imponer su voluntad en la Cámara Alta. De sobra es conocido que el electorado en Estados Unidos solamente aprecia esfuerzos constructivos que ayuden a superar la parálisis partidista (gridlock) de Washington.
Por eso, la estrategia anticipada por los demócratas en el Senado pasa por colaborar en cuestiones que forman parte de su ideario pero que han sido asumidas por la campaña de Trump pese a la resistencia de los republicanos. En esa lista destaca una mayor inversión pública en infraestructuras; penalizar a las empresas de Estados Unidos que trasladan su producción al extranjero; terminar con las ventajas fiscales que disfrutan las inversiones más especulativas; renegociar acuerdos comerciales poco favorables, y convertir la baja por maternidad retribuida en un derecho laboral de obligado cumplimiento.
En este sentido, el dilema para el Partido Demócrata en el Senado pasa por cooperar con la Administración Trump con el objetivo de recuperar a sus votantes blancos de clase trabajadora. O mantener una oposición numantina con la esperanza de capitalizar el descontento de un nuevo presidente incapaz de sacar adelante sus más básicas promesas electorales. Como respuesta, Tim Kaine, el compañero de ticket de Hillary, ha defendido un medido posibilismo: «Mi lema es avanzar en donde podamos y defender todo lo que debamos».
Algunos demócratas han empezado incluso a utilizar el mismo lenguaje utilizado por Trump en la campaña. Como ha dicho la senadora Debbie Stabenow, demócrata de Michigan, «todo el mundo en nuestro grupo parlamentario está de acuerdo en que el sistema está amañado». En lo que no existe consenso dentro del Partido Demócrata es la mejor forma de contener su sangría de votos. Sobre todo, en lugares claves como Pensilvania, Ohio, Michigan o Wisconsin, donde el partido ha fracasado a la hora de conectar con votantes tradicionalmente afines pero que en esta ocasión se han dejado seducir por la variedad de populismo acuñada por Donald Trump: el Trumpismo.
La meta más ansiada por cualquier presidente que llega a la Casa Blanca por vez primera ha sido siempre la de ser reelegido cuatro años después. Conseguida, el siguiente desvelo es ocupar su lugar en la historia. El mero dato de que fuera el primer afroamericano en llegar a la suprema magistratura ya le reservaba un sitio singular a Obama desde 2008, pero el axioma de la doble meta se ha cumplido también en él. A pesar de que desde 1945 un presidente de Estados Unidos no puede evitar sus responsabilidades como potencia global, entre 2009 y 2013 los principales puntos de su agenda política fueron la recuperación económica y la reforma sanitaria. El repliegue de la acción exterior, militar y política, de Estados Unidos la denominó como «liderazgo desde atrás», un oxímoron feliz. La pérdida de los demócratas del control de la Cámara de Representantes desde las elecciones de 2010 acentuó la necesidad de búsqueda de equilibrios internos, de ahí que no puede extrañar esa inacción ante fenómenos que cambiaron equilibrios regionales como fueron las primaveras árabes.
A partir de su victoria en las elecciones de noviembre de 2012, Obama pudo buscar con decisión acuerdos con Cuba e Irán que trataban de afrontar viejos contenciosos, aunque como en alguna ocasión ha criticado el siempre imprescindible Henry Kissinger, careciendo de una gran estrategia de política exterior que permitiera establecer un cierto orden internacional. En Oriente Medio se mezcló la falta de reacción frente a las primaveras árabes con el vacío estratégico que provocó la precipitada retirada de Irak, lo que evitó que pudiera existir un contrapeso efectivo ante el surgimiento del Estado Islámico (ISIS), desestabilizó Irak e hizo más cruenta la guerra civil en Siria, terminando por afectar incluso a Turquía. Si en el terreno humanitario uno de los símbolos de este conflicto ha sido la crisis de inmigrantes en el Mediterráneo, en el terreno geopolítico lo es el nuevo protagonismo de Rusia en una región de la que Estados Unidos había conseguido dejarla al margen en las últimas décadas.
La realidad es que desde agosto de 2008, con ocasión del conflicto en Georgia, en el final de la Presidencia de Bush, Rusia ha demostrado su voluntad de revertir los cambios geoestratégicos que tuvieron lugar a lo largo de la década de los noventa como consecuencia de la caída del muro de Berlín y la extrema debilidad política en la que quedó entonces; desintegración de la URSS, el avance de la OTAN en el este de Europa hasta los países bálticos y el sometimiento de Serbia en los Balcanes. Del predecible mundo bipolar se pasó al espejismo del mundo unipolar.
Esa guerra en el verano de 2008 marcó un punto de inflexión ante el que el nuevo presidente de Estados Unidos, elegido unos meses más tarde, respondió mostrando la voluntad de un «reset», «un nuevo comienzo», en la relación bilateral, por lo que desmontó el «escudo antimisiles» en Polonia y firmó en Praga en abril de 2010 un ambicioso acuerdo de reducción de armas nucleares. La crisis de Ucrania en 2014 que condujo a la toma de Crimea por parte de Rusia y el activo papel en la guerra civil de Siria dan la apariencia del deseo de un nuevo rol internacional por parte de Putin. Hasta ahora Obama lo había visto con desdén, considerándolo como un imperialismo de cartón piedra por las debilidades internas tanto de la economía como de la sociedad rusa. Un país que solo es capaz de gas y petróleo, ha repetido en alguna ocasión. El hecho de que ahora haya acusado a Rusia de injerencia en el proceso electoral americano, pone de manifiesto el error de Obama a la hora de valorar las capacidades de Rusia.
El colofón de una Presidencia exitosa concluye dejando al candidato de su partido en la Casa Blanca. Desde 1945 eso solo ha ocurrido en una ocasión, con Reagan. Los datos macroeconómicos eran buenos y los índices de aprobación de Obama desde la primavera de 2016 eran positivos y en alza. No lo tenía difícil el Partido Demócrata para lograr una nueva presidencia. La elección de una mala candidata —Hillary Clinton contaba con una gran animadversión, incluso entre las bases de su propio partido, como se demostró tanto en 2008 como en las primarias contra Sanders— y una muy deficiente campaña —en los últimos meses solo destacó en los medios por noticias relativas a su salud y a una investigación respecto a unos correos electrónicos que acentuaban el perfil más opaco de quien, sin duda, era el candidato mejor preparado para asumir la Presidencia de su país— llevaron a una derrota inesperada.
Las elecciones de Estados Unidos se basan siempre en coaliciones electorales. Desde sus orígenes, como tierra prometida de minorías religiosas perseguidas en Europa, se trata de un país plural. Su sistema político favorece los equilibrios. El sistema legislativo bicameral y la elección del presidente a través de un «colegio electoral» son dos instrumentos que permiten evitar la irrelevancia política de los estados menos poblados. Una forma más de evitar que las mayorías sometan a las minorías —uno de los elementos fundamentales en una democracia liberal—, aunque sea a costa de hacer más complejo el proceso político.
Las diferentes oleadas migratorias han configurado nuevas diversidades y las leyes de derechos civiles de los sesenta alteraron los polos de los partidos; Lincoln era republicano y desde hace cincuenta años los estados del sur se han convertido en el bastión del GOP (Grand Old Party o partido del elefante, como se les conoce popularmente). Esos estados rurales y del interior frente a Nueva Inglaterra y la costa oeste que una vez fueron republicanas —Reagan fue gobernador de California— y que hoy votan con fidelidad a los demócratas. Voto urbano frente a voto rural. Pero también el voto de la menguante mayoría blanca frente al auge de las minorías —afroamericanos y latinos—. Voto de nuevas formas familiares frente al voto de los valores tradicionales. Voto de quienes dirigen y protagonizan la transformación digital frente a las comunidades industriales que la padecen y se quedan atrás como consecuencia de ella.
Hace cuatro años se decía que los republicanos nunca alcanzarían la Presidencia por su baja aceptación entre las minorías —ya fuera por razón de raza o género—, el 8 de noviembre ganó un candidato sin ninguna experiencia política previa y con un relato propio del nacionalismo conservador, «hacer América grande otra vez», que supo conectar con los temores de la clase media blanca, especialmente en los estados indecisos, afectados por la competencia del comercio global y la transformación digital.
Desde la elección de 1960 se ha venido repitiendo eso de que la campaña de un candidato a presidente de Estados Unidos no es muy diferente a la de cualquier otro producto, como la Coca-Cola. Si la televisión no es información, sino espectáculo, Trump supo darlo y los medios de comunicación lo recogieron con amplitud, a pesar de la evidente animadversión que demostraron hacia el personaje. Las redes sociales han roto el monopolio de los medios tradicionales, la opinión pública se manifiesta, se configura y se comparte en nuevos espacios, por lo que un candidato ya puede ganar la Presidencia sin el apoyo de ningún diario de relevancia. Lo que sí necesita es saber armar una coalición para ganar el voto del colegio electoral. La de Trump era de votantes blancos de clase media. Quizás era la única posibilidad en la que él resultaba creíble, pero no le podía fallar nadie, y en 2008 y 2012 los católicos habían optado por Obama.
De ahí que frente a las críticas públicas que despertó en el papa Francisco su discurso antiinmigración, «quien piensa solo en construir muros no es cristiano», tratase de ganar los votos de esa importante minoría con mensajes dirigidos a ellos, incluso la víspera electoral, garantizándoles que no sería hostil a los católicos y trabajaría con ellos. Finalmente, Trump ganó el voto católico frente a una Hillary Clinton que había tratado de retenerlo con su candidato a vicepresidente. Quizás ha pesado todavía el enfrentamiento con el Vaticano en tiempos de Juan Pablo II de la esposa del entonces presidente Clinton.
Una campaña a la Presidencia de Estados Unidos polariza y divide al país. Más cuando los candidatos eran figuras enormemente controvertidas. Si Hillary Clinton no gustaba a una parte importante de su electorado, lo mismo ocurría con Trump, aunque en el caso del republicano la rebelión contra las élites del partido que supuso su elección ya reflejaba un clima social de deseo de ruptura frente a los liderazgos establecidos. Si el mensaje de cambio es siempre un activo en unas elecciones, Trump, sin duda, lo encarnaba. La abierta oposición de una parte de los dirigentes republicanos, lo reforzó.
Como es previsible que Trump desee su reelección, primará su agenda nacional y la internacional la utilizará para fortalecer su mensaje interno. El primer gesto, antes incluso de llegar a la Casa Blanca, ha sido conseguir que la empresa Carrier no trasladase una parte de su producción a México. Es probable que a partir del 20 de enero se congelen las negociaciones para firmar el acuerdo comercial con la UE, el conocido como TTIP, y que a través de órdenes ejecutivas anule algunos elementos de la reforma sanitaria de Obama. Ahora bien, si realmente quiere que la suya sea una Presidencia efectiva, necesitará trabajar con el Congreso.
El punto de partida es un país dividido. El hecho de que Hillary Clinton ganase en voto popular por más de dos millones genera una situación de frustración aún mayor entre los derrotados. Aunque las primeras declaraciones de Trump fueran en un tono conciliador, las amenazas formuladas en campaña, como la de encarcelar a la candidata rival o a no reconocer la derrota en caso de que esta se produjese, demuestran que se trata de un líder imprevisible. La mayoría de los nombramientos que ha efectuado no ayudarán a restañar las heridas abiertas.
El papel de liderazgo de la administración que tiene que llevar a cabo el presidente es muy complejo. No es fácil ensamblar un equipo para dirigir Estados Unidos. Alguien tan aparentemente racional y sosegado como Obama ha tenido en estos ocho años cinco jefes de Gabinete, cuatro secretarios de Defensa y tres consejeros de Seguridad. Demasiados cambios en puestos clave que quizás sirvan para entender esa ausencia de un gran proyecto. En 2008 los demócratas tenían el poder en las dos cámaras, desde 2014 no lo tienen en ninguna.
En los primeros meses de la Presidencia de Trump, las figuras clave serán el vicepresidente Mike Pence y el jefe de Gabinete, Reince Priebus, quien ha sido presidente del Comité Nacional Republicano. Ellos tienen la experiencia y los contactos con senadores y congresistas para convertir en legislación los objetivos de Trump. Es un momento favorable para la nueva Administración por contar los republicanos con mayoría en el Capitolio, por lo que si Trump quiere tener una presidencia efectiva y no verse limitado a la firma de órdenes ejecutivas tendrá que buscar el apoyo y el entendimiento con unas élites republicanas que se distanciaron de él hasta su victoria electoral. Frente a las necesidades de realismo político, la figura de Steve Bannon como estratega en el Gabinete es la del responsable de que la acción política mantenga el respaldo de la base electoral sobre la que Trump llegó a la Casa Blanca.
En materia de política de seguridad, la cuestión más importante será la relación entre los generales Michael Flynn, consejero nacional de Seguridad, es decir, quien tendrá el acceso directo y casi diario con el presidente, y James Mattis, propuesto para secretario de Defensa, aunque necesita la confirmación del Senado. Por su trayectoria, son perfiles complementarios: Flynn más ligado a la inteligencia militar y Mattis al mando efectivo sobre tropas. Desde hace más de medio siglo un general no ocupaba la Secretaría de Defensa, un departamento de una enorme complejidad en su gestión técnica, económica y política. Los militares suelen ser siempre reticentes a la hora de llevar a cabo despliegues de tropas en el exterior ante conflictos que no supongan una amenaza directa a la seguridad de Estados Unidos.
Un directivo de una multinacional como es el caso de Rex Tillerson, propuesto para secretario de Estado, puede conocer y haber trabajado con congresistas y senadores y tener una cierta agenda internacional. Pero dirigir el Departamento de Estado es una tarea que aunque en algunos aspectos pueda tener paralelismos con una multinacional, su naturaleza es muy diferente. El Senado no es una junta de accionistas, ni los más de 10.000 diplomáticos del Departamento de Estado son empleados, ni los periodistas y medios que siguen la política exterior son como los que siguen la economía y las finanzas. Desde 1945 es la primera vez que se designa a alguien sin experiencia política previa para dirigir la diplomacia americana, lo que sin duda es un mensaje de una voluntad de evitar grandes compromisos en materia de política exterior. Ese será el núcleo duro de una Administración construida para acompañar el discurso de cambio del candidato más que para una acción efectiva de acción exterior. La gran estrategia cuya ausencia lamenta Kissinger tendrá que seguir esperando.
También al resto de naciones les queda esperar y ver cómo se pone en marcha la Administración y cómo reaccionan ante las crisis que vayan surgiendo. Hace ocho años Obama podía ser una incógnita para la comunidad internacional, pero su compañero de candidatura era un viejo senador que había sido presidente de la Comisión de Exteriores, mantuvo al republicano Robert Gates como secretario de Defensa y designó a la senadora Hillary Clinton como secretaria de Estado. Él era nuevo pero su equipo era de gente conocida y tenían experiencia de trabajar con socios y aliados.
Así había sido hasta la fecha. Con Trump no ocurre lo mismo y nunca está de más recordar ahora que se ha cumplido un siglo del inicio de la Primera Guerra Mundial que un cúmulo de errores y oportunidades desaprovechadas desataron un conflicto que cambió la historia de Europa. Grandes potencias, ante una crisis localizada en los Balcanes, terminaron por desencadenar una guerra atroz. Es sabido que la obra de Barbara Tuchman Los cañones de agosto tuvo una influencia indudable en el modo en el que Kennedy respondió al desafío que supuso la crisis de los misiles de Cuba. Mattis seguro que la ha leído ya que presume de una biblioteca de más de 7.000 volúmenes. Aunque, como digo, Trump no llega con una gran estrategia de política exterior, por lo que será difícil que choque con otras potencias más allá de disputas diplomáticas como la producida con China como consecuencia de su conversación con la presidenta de Taiwán. La política de «pivotar» a Asia y la búsqueda de fluidas relaciones con China no impidió a Obama vender armas a Taiwán. Es cierto que la retórica de Trump respecto a China ha sido más dura en el aspecto de la política comercial, pero está por ver cómo va a orientar su política respecto al Pacífico, una región que presenta una creciente inestabilidad política en aliados tradicionales como Corea del Sur y Filipinas, con la cuestión de Corea del Norte pendiente y con un latente conflicto entre China y Japón a propósito de las islas Senkaku (Diaoyu). La ausencia cerca del presidente de figuras con experiencia, conocidas por sus contrapartes y que sepan manejar la compleja relación con China y el Pacífico es una de las grandes carencias del nuevo equipo. La situación interna de la Unión Europea y el Brexit ha descartado la necesidad de cualquier gesto en estas semanas previas. A pesar de esta distancia inicial, Trump no encontrará mejores aliados.
A Obama se le entregó el premio Nobel cuando era solo una promesa como presidente, pero la comunidad internacional le dejó solo cuando amenazó a Al Asad con consecuencias en el caso de que atravesase la «línea roja» de atacar con armas químicas a la población civil. Nadie quiso apoyarle: ni el «especial» aliado británico, ni demócratas o republicanos en su propio país estuvieron junto al presidente y Obama tuvo que desdecirse debilitando así su liderazgo.
No es probable que a Trump le otorguen el beneficio de la duda. En cualquier caso, el centro de atención de su acción política será la política nacional. Una de las decisiones que más controversia levanta es la de elección de jueces del Supremo, y Trump tendrá que proponer a alguien que reemplace a Antonin Scalia, quien falleció en el mes de febrero. Será la prueba de fuego sobre la capacidad de la Administración a la hora de trabajar con los líderes del Senado, ya que los demócratas disponen de minoría de bloqueo. Las reformas en materia fiscal, las políticas de incentivos industriales y subidas de tipos de interés que alivien la situación del sector financiero podrán ayudar a crear una sensación de bonanza económica que las muy efectivas políticas de Obama no han hecho. Además, tendrá que presentar una alternativa a lo que derogue de la reforma sanitaria de Obama, así como las medidas de endurecimiento de la política de inmigración. No parece probable que el Gobierno de México vaya aceptar pagar el muro para contener la inmigración y el tráfico de drogas de la frontera.
Mudarse de la Torre Trump, sobre el asfalto de la 5ª Avenida de Nueva York, a la Casa Blanca, con su jardín de rosas, en la Avenida Pensilvania, sometido al escrutinio desde la altura del Capitolio, exigirá al nuevo inquilino trabajar de un modo diferente al de su trayectoria vital hasta la fecha y a como lo hizo como candidato. Es un oficio distinto, en una ciudad, Washington, acostumbrada a ver pasar presidentes. Es todavía una incógnita saber si el aparatoso Trump aguantará el rigor y la intensidad que exige el proceso político americano o preferirá liderar desde la altura distante de su torre de Manhattan. Se juega su reelección.
Es un lugar común afirmar que a lo largo de 2016 se ha puesto de manifiesto la crisis de la democracia liberal. Es cierto que en Estados Unidos ha ganado lo desconocido frente a la experiencia, pero las bases de la democracia continúan firmes, la fortaleza de las instituciones incontestada y los derrotados son los primeros aliviados por la limitación real de los poderes del presidente.
Sobre el papel, los elementos de continuidad existen. El paulatino repliegue en la acción política exterior de Estados Unidos limitándola a su componente militar, la primacía del autoabastecimiento energético frente a consideraciones medioambientales —el fracking—, el ser ambos periféricos de Washington —uno, afroamericano de Hawái; el otro, magnate de Nueva York— o el uso de los nuevos canales de comunicación, son rasgos comunes en estilos políticos y de toma de decisiones muy diferentes. A partir del 20 de enero se verá si lo que ha ocurrido es realmente una revolución o, finalmente, todo queda en una revuelta.