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Por qué Kissinger todavía importa

Cortemos rápidamente la polémica: tanto si crees que Kissinger debería estar en prisión por crímenes de guerra, como si crees que debería ser el futuro Secretario de Estado, reza para que —entre rejas o en un despacho— siga escribiendo libros. Hay pocas personas con su bagaje intelectual, su experiencia política directa y sus contactos y acceso a las altas esferas internacionales. Es respetado y habla habitualmente con los líderes de las dos grandes potencias, Estados Unidos y China.

Tiene más recuerdos directos, más información y más perspectiva que cualquiera de nosotros, gracias a su posición; tiene más capacidad de análisis por su mente estudiosa y entrenada. Hay que tenerlo en cuenta.

Henry Kissinger: Orden mundial. Reflexiones sobre el carácter de las naciones y el curso de la historia. Debate, 2016

En su libro, Orden Mundial, realiza un recorrido parecido a sus anteriores obras: explica unos hechos históricos (de manera clara y esencial) que sirven para fundamentar una historia de las ideas. En este caso, el gran concepto tratado es el de «orden internacional», es decir, cómo se estructuran las relaciones de guerra y paz entre naciones. Según Kissinger, todo orden está basado en dos factores, poder y legitimidad, que deben mantenerse en equilibrio para no generar conflicto. Un estado que base todas sus acciones en el poder, por ejemplo, invadiendo países sin más justificación que sus propios intereses, será visto con recelo por otros estados, que se aliaran en su contra para evitar ser los siguientes. Por otro lado, un país con mucha legitimidad por sus actitudes coherentes o respetuosas con derechos universales, pero sin un ejército lo suficientemente fuerte para defenderse, puede generar más simpatías, pero no será capaz de garantizar su propia supervivencia. Los casos que acabo de poner son muy básicos, pero hay dos situaciones actuales que responden a estos fallos de equilibrio entre legitimidad y poder: Asia Oriental y Europa. En el caso asiático, donde la mayoría de países están en ascenso y han consolidado una fuerte identidad nacional, el orden regional se basa —cada vez más— en estados que no paran de aumentar su presupuesto militar con el objetivo de «contener» la influencia de otros países. Busquen en Internet «conflicto del Mar del Sur de China» y verán de qué les hablo. Japón y Corea del Sur se arman para contrarrestar a Corea del Norte (y en parte a China); Vietnam, Singapur y Taiwan aumentan sus efectivos navales para oponerse a Pekín; Estados Unidos mantiene buques en la zona y los va moviendo, como piezas de ajedrez, según como percibe la situación. Este orden se mantiene en base al miedo a los cañones de los rivales, pero no está basado —y aquí radica el problema— en un acuerdo o en ciertos intereses comunes de los distintos estados implicados. La situación no es nueva y las comparaciones con el «equilibrio de poder» de la Europa previa a la Primera Guerra Mundial son habituales. Si la estabilidad se basa en la pura tensión militar y no hay otros canales de comunicación o comprensión, una fricción o un error menor pueden ser el inicio de una situación de conflicto.

El caso opuesto es el de Europa, con un exceso de confianza en la legitimidad —sistema democrático, derechos humanos— basada, en buena parte, en el acomodo al poder que le otorga su alianza atlántica con Estados Unidos.

Europa se enorgullece de llevar la voz y la flor, pero pide a otro que lleve la porra, y —por consiguiente— que la defienda del resto del mundo.

Para Kissinger, la actitud europea (y sus múltiples crisis actuales) quizá no son un camino a la desaparición, ya que Europa contará con la protección de EEUU o podría buscar otra potencia que la acogiera —Rusia, China—, pero sí que es una postura que conduce directamente a la irrelevancia mundial. Europa puede estar cargada de razones (esto daría para otro artículo), pero siempre habrá quien no las atienda o las quiera destruir. Sin poder, las ideas no pueden pervivir por sí solas. Y, por muy buenos que sean tus valores, si otros tienen mucho más poder también tendrán más capacidad para aplicar los suyos, aunque sean los malos. Tener ideas sin garrote es síntoma de inocencia, parálisis o hipocresía política.

Los casos de Asia y Europa son interesantes, pero las dos potencias dominantes, China y Estados Unidos, tienen la particularidad de sentirse cargados de legitimidad y, a la vez, tener un inmenso poder para aplicarla. China se siente única por motivos históricos; Estados Unidos se siente excepcional por motivos morales. Ambos países generan recelo y, seguramente, se ven a sí mismos bastante mejor de lo que los ven los demás (esa fina línea entre la prepotencia y la confianza, a la que toda superpotencia debe acercarse para justificar su posición). Aunque Kissinger no lo reconoce directamente, siente admiración por estas dos potencias —ya decía Orwell que el principal pecado de los «realistas» es su fascinación, a veces morbosa, por el poder—. Estados Unidos, desde su fundación por puritanos en busca de la tierra prometida, ha creído tener la misión de llevar la democracia y las libertades al resto del mundo. Mientras la vieja Europa se movía en base al «egoísmo» proclamado por Richelieu, Bismarck y el Tratado de Westfalia, los Estados Unidos tenían «principios» y un «destino» que cumplir. Kissinger, como buen historiador, sabe que con los mitos sólo se convive y, de manera sutilmente resignada, dice que toda política exterior de Estados Unidos debe contener una cierta dosis de «idealismo». Las cantidades pueden ser moderadas —pone el ejemplo de Theodor Roosevelt o de Richard Nixon— o se puede morir de sobredosis, como en el caso de la Sociedad de Naciones de Wilson o de la reciente guerra estadounidense en Iraq. A veces, lo que catalogamos fácilmente como «hipocresía» (como en el caso de la invasión iraquí) es más bien «tradición» y, en el fondo, tildarla de hipócrita es caer de nuevo en la trampa idealista de juzgar únicamente las relaciones internacionales en base a la moral, dejando de lado la geografía y la historia. Quizá los estadounidenses que condenaban la «hipócrita» invasión de Iraq y los que la iniciaron para extender la democracia en Oriente Medio tengan más en común de lo que creen. Para Kissinger, esa tradición puramente «idealista» ha sido el error americano.

Al final, la clave de un orden mundial estable es encontrar ese denominador común entre el idealismo de Estados Unidos y el orgullo histórico chino,

que genere unas bases para resolver los conflictos en la época de las armas nucleares y los ciberataques. La relación entre estas dos potencias es el gran tema del siglo XXI. Aun así, pese a sus diferencias, ambas reconocen el estado como la unidad básica y, con sus más y sus menos, tratan como legítimos al resto de países. Respetan, en general, que la política interna de cada nación es un asunto propio, lo que no significa que no presionen o intervengan para cambiar ciertos casos particulares. El problema es que esta visión de pluralismo mínimo choca con doctrinas de orden mundial único como las de, según Kissinger, el yihadismo sunnita o el estado de Irán. En ambos casos, la política interior islámica debe ser impuesta a todo el resto de naciones, que —al final— serán una. Es una ruptura en el principio de que la política interior y exterior son esferas separadas y, para Kissinger, tiene antecedentes siniestros en la Revolución Francesa o el comunismo internacionalista. De aquí la diferencia esencial entre una potencia agresiva —en buena parte por condena geográfica— como Rusia, pero que no busca con sus acciones una dominación global, a los planes —irónicamente napoleónicos— del Estado Islámico.

Hacia el final del libro, Kissinger plantea un tema muy interesante: en la era de Twitter, ¿pueden existir los estadistas?

La necesidad inmediata de las redes sociales somete a los políticos a una «inseguridad crónica y una autoafirmación insistente». Como todo suceso requiere una respuesta instantánea en Facebook para satisfacer a la opinión pública, esta mentalidad puede extenderse a las prácticas en política exterior, con consecuencias fatales. La distinción básica entre «información», el dato puro, la droga instantánea digital, y el «conocimiento», el dato contextualizado, analizado, que requiere tiempo, se rompe a favor del primero. La transparencia y lo inmediato hace que los que toman decisiones tengan cada vez menos tiempo para estar solos, para pensar, para leer libros. Los mapas y los ensayos históricos, los clásicos, la introspección, son los que elevan la información y el conocimiento a nivel de sabiduría, el único estado posible en el que tomar decisiones inevitables a problemas nunca planteados. Twitter no necesita sabios, pero sí los necesita el mundo abismal de las armas nucleares, los ciberataques, la robótica o el terrorismo global. En los agradecimientos, Kissinger confiesa que no sabía casi nada de cómo nos afecta la digitalización, y da las gracias a Eric Schmidt, antiguo director ejecutivo de Google, por informarle sobre estos temas. No creo que el escepticismo digital del final del libro sea casualidad. Recuerda que Kissinger sabe más que tú.

Recetario antipopulista

Si un problema sin solución no es un problema, nos encontramos en la paradójica situación de desear que el populismo -en sus distintas variantes- sea un problema y no otra cosa. Ya que la alternativa es que se trate menos de un problema que de una condición, o sea, un rasgo permanente o duradero de nuestras sociedades democráticas. Si así fuera, convendría al menos atenuar su impacto, con objeto de minimizar los daños que pueda causar en el tejido social e institucional. En ambos casos, conviene recordar la socarrona advertencia de Ferlosio: que lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere. Pero esto no puede querer decir que haya que renunciar a buscarlas, sino que ha de evitarse todo dogmatismo con aquellas que creamos encontrar. Ya que, por una parte, no vamos a ninguna parte exhibiendo esa coquetería intelectual que supone pensar que nada tiene en realidad solución; que es el mismo lugar en que terminamos si por el contrario sostenemos que los problemas pueden resolverse fácilmente. Ahora bien, las recetas que se glosan a continuación están lejos de presentarse como infalibles y, si de recetas hablamos, han de verse como un complejo vitamínico para la acción pública y no como un antibiótico cuya ingesta garantiza la desaparición del virus pasado un cierto tiempo.

1. Hablar claro sin hablar como ellos. El discurso político es sin duda una de las herramientas clave en la lucha contra el populismo, dada su capacidad para crear «realidad» a través del lenguaje: lo que dicen los actores políticos, a pesar de la logorrea contemporánea a la que este mismo texto contribuye alegremente, sigue contando. Es, quizá, el principal recurso de que dispone un representante político: para darse a conocer, para describir la realidad, para proponer intervenciones en ella. Y en el uso de esa herramienta cuenta lo que se dice, pero también quién lo dice y cómo lo dice. Parte del éxito del populismo tiene que ver con esa dimensión performativa del discurso político, con los actos de habla de un outsider que -¡por fin!- habla claro frente a las medias verdades proferidas por el profesional de la política. Así las cosas, una posibilidad es imitar el estilo populista, mimetizando parte de su discurso: Sarkozy, Renzi, Sánchez. Pero el riesgo de seguir tal estrategia es evidente: el original suele preferirse a la copia. Más bien, los adversarios del populismo deben hablar claro sin hablar como él. Hay que ser más valiente, reconociendo los aspectos más verosímiles de la descripción populista de la realidad, para a continuación ofrecer otros remedios. En definitiva, hay que evitar que el populismo disfrute del monopolio de la audacia discursiva. Paradójicamente, la audacia del antipopulista consiste en subrayar la intrincada complejidad de las sociedades contemporáneas y mostrar una decidida voluntad de acción política, sin por ello ofrecer milagros ni simplificaciones. Sería deseable que también el periodismo tomase nota. No hace falta añadir que la competencia electoral, que empuja a los partidos a diferenciarse mediante la hipérbole tremendista, dificulta sobremanera esta tarea.

2. Shut up and play the hits. Ante la amenaza que representan las fuerzas populistas de izquierda y derecha, los partidos tradicionales -por llamarlos de algún modo- deben trabajar juntos en defensa de aquello que les une: ¡el sistema! Tales alianzas son útiles para evitar que el populismo pueda gobernar allí donde puede evitarse que lo haga; para experimentar con esa pedagogía de choque siempre tendremos tiempo. Pero habrán de ser alianzas reformistas y en ningún caso continuistas, porque en ese caso harían el trabajo simbólico al populismo. No es necesario que hablemos de Grandes Coaliciones, aunque tampoco pasa nada por tenerlas. El caso español demuestra que son posibles otro tipo de acuerdos que no implican coaliciones formales de gobierno. Ese trabajo conjunto se justifica por la excepcionalidad de la situación y tienen por objeto construir un centro político provisional donde las fuerzas socialdemócratas, conservadoras y liberales puedan converger sin mayores traumas. Y aunque el riesgo de desgaste electoral -especialmente agudo para los socialdemócratas- no puede minimizarse, no parece haber mejor alternativa. Son los valores esenciales de las democracias liberal-bienestaristas los que habrían de ser reforzados mediante esta colaboración, al tiempo que se hacen las reformas necesarias para neutralizar el discurso populista. Si ese pactismo puede guardar ciertos equilibrios, proporcionando victorias simbólicas a todos los partidos que de él participan, mientras se mantiene siempre abierta la puerta al acuerdo razonable con las fuerzas populistas, mejor aún.

3. Los olvidados. Aunque la categoría viral de los «perdedores de la globalización» está pendiente de una comprobación empírica más rigurosa, parece claro que buena parte de los votos que nutren a los partidos populistas -aunque en menor medida a los populismos de izquierda- provienen de la clase trabajadora. O mejor de lo que antes, cuando exhibía perfiles más claros, se denominaba clase trabajadora. Para Die Zeit, en la carencia de un nombre reconocible se expresa una falta de respeto que expresa «la amarga verdad sobre la relación entre una esfera pública fabricada por la clase media educada, y aquellos que antaño llevaban orgullosamente el nombre de ‘clase trabajadora'». También Simon Kuper, relatando las conclusiones de un informe de la Open Society Foundation en cuya confección participó, escribe que esa clase trabajadora debe ser reconocida como una nueva minoría y atendida como tal. Para empezar, por medio de un discurso político capaz de crear un nuevo «nosotros» que incluya por igual a los trabajadores no educados de todo tipo: esa combinación de precariado de todas las edades, obreros industriales e inmigrantes no cualificados. Sus votos deben ser recuperados por el mainstream, para lo cual es necesario que este se haga atractivo a través de sus propuestas sin por ello caer en la trampa programática del populismo. Propuestas que, huelga decirlo, habrán de generar resultados convincentes. Si no es el caso, que el último que salga apague la luz.

4. Crear comunidad mediante el gasto público. Para evitar que las promesas del populismo mantengan su atractivo, hay que hacerlas innecesarias. Pero no por el camino de su realización, sino a través de una eficaz acción pública que mitigue el descontento de los descontentos. Para disgusto de los liberales, esto pasa por un aumento del gasto público encaminado a generar una mayor sensación de protección en los estratos más desatendidos del cuerpo social. Esto no significa que haya de gastarse de manera desordenada, pero es imprescindible que quienes se ahora se sienten left behind empiecen a sentirse de otra manera. Inversión en infraestructuras, provisión de viviendas públicas, políticas activas de empleo, más guarderías: instrumentos de los que echar mano por razones de justicia y conveniencia. La crisis nos ha hecho a todos más estatalistas -¡a todos no!, protestarán algunos- y es hora de asumir que de nada sirve tener razón teórica si el votante se entrega en la práctica al populismo. Dicho de otra manera: ¿de qué sirve reprochar al votante de Le Pen que el 57% del PIB francés corresponde al Estado, y que de hecho el gasto público no ha descendido durante la crisis, si así lo percibe él? Hay que recordárselo, claro; pero sobre todo hay que conseguir que se sienta de otra manera. No hablamos de verdades, sino de percepciones. Naturalmente, la dificultad estriba en modernizar la economía de cuyo crecimiento depende la financiación del gasto público; tan difícil como reformar la administración pública para hacerla más eficaz, entre otras cosas incluyendo políticas de evaluación del gasto. Y lo mismo vale para los tratados de libre comercio, por ejemplo: habrá de decirse alto y claro que son beneficiosos, pero asegurarse de que la destrucción creativa generada por la globalización es debidamente compensada en aquellos sectores que más perjuicio sufren por su causa. Ya que el crecimiento económico de Asia o Latinoamérica, indudable efecto positivo de la globalización, sirve de poco al obrero de Lyon.

5. Crear comunidad mediante la participación democrática. Ha hecho fortuna estos años la queja de que la representación política supone de facto un desempoderamiento del ciudadano ordinario, al otorgar todo el poder de decisión a unas élites autistas sin contacto con los intereses generales. Añádanse a eso unas pócimas de conspiracionismo -a derecha e izquierda- más los efectos devastadores de una Gran Recesión, y ya tenemos formada la pinza entre asamblearismo y populismo: entre quienes demandan la extensión de los mecanismos participativos directos y quienes se reclaman intérpretes cualificados de la voz del pueblo. Por un lado u otro, la solución del plebiscito. Pero el plebiscito no es ninguna solución, sino una fuente de problemas. De ahí que la democracia representativa no pueda cambiar su esencia, pero sí presentarse ante los ciudadanos de manera más favorecedora. Pueden crearse grupos de trabajo con representantes ciudadanos que informen a los parlamentarios de sus puntos de vista sobre unos u otros asuntos; pueden realizarse experimentos deliberativos sin conexión directa con la toma de decisiones, con efectos igualmente informativos pero también simbólicos. Y puede sacarse a la luz aquello que muchos ciudadanos ignoran: que no hay ley que se apruebe sin consultar con los distintos actores que integran los sectores afectados por ella, aunque esos contactos preparatorios no sean publicitados de forma ordinaria. Será en el nivel local donde esa participación ciudadana pueda darse en mayor medida, aunque de hecho ya se produce. En suma, se trata de reforzar simbólicamente la dimensión participativa -que la tiene- de las democracias representativas, con el objetivo de que el ciudadano se sienta afectivamente concernido por ellas.

6. Inmigración: el desafío del orden. Las sociedades democráticas han de ser sociedades abiertas. Por eso, los instintos morales de una Angela Merkel son correctos; distinto es que su olfato político se haya mostrado igualmente certero. Las opiniones públicas son animales delicados, propensos a los cambios de humor, y la inmigración ofrece al populismo de derecha un blanco fácil: la identificación de un enemigo que despierta en nosotros los más bajos instintos tribales. Ya se invoquen razones económicas o se agite el fantasma de la colonización cultural; el repertorio es casi ilimitado. Ante esto, los gobiernos democráticos pueden responder admitiendo que una inmigración desordenada es un problema que conviene ordenar. Pero no mediante el recurso conservador de «ley y orden», sino mediante la eficacia administrativa: un reforzamiento de los recursos burocráticos dirigidos a conocer los contornos del fenómeno migratorio, así como un refinamiento de las políticas públicas dirigidas a paliar sus efectos negativos. En suma, la inmigración debe convertirse en una rama especializada de las políticas estatales, habida cuenta de que el mundo del siglo XXI será cada vez más híbrido. Si algo ha de evitarse, es una sensación de descontrol que produce en muchos ciudadanos el anhelo de mano dura. Esto no pasa por cerrar fronteras, sino por abrir oficinas.

7. Diversidad, último capítulo. «Alemania no consiste solamente de suscriptores de Netflix, sino también de espectadores de la RTL2», dice gráficamente Die Zeit para ilustrar la pertinencia de rehabilitar el punto de vista de los segundos frente a la hegemonía de los primeros. Siendo los primeros, aclara, tradicionalistas culturales. A su juicio, el éxito del populismo se debe en parte a la marginación de puntos de vista conservadores a los que se ha privado de legitimidad en la esfera pública, algo de lo que se habría aprovechado el populismo: los «deplorables» a los que se refería Hillary Clinton. Se trata de un asunto delicado, en la medida en que algunos de los valores así defendidos -la xenofobia y la homofobia, por ejemplo- son inaceptables. Pero quizá el conservador cultural haya de ser respetado y no vilipendiado, para evitar su fuga a los extremos del espectro político. Se trata de persuadir, no de demonizar. El respeto a la diversidad no incluye solamente a las minorías tradicionales, sino también a la nueva minoría tradicionalista.

8. Para reformular el patriotismo. No son pocos los populismos que intentan apropiarse del patriotismo, vertiendo sobre esa ambigua palabra un capital afectivo que remite a una identidad colectiva compartida. También aquí hay abierta una veta para la política democrática, que no pasa por el tradicionalismo excluyente à la Fillon. Durante años, hemos defendido el patriotismo constitucional como alternativa a la exaltación patriótica más visceral. Sus límites, sin embargo, saltan a la vista. Sería por ello conveniente presentar una alternativa capaz de arrebatar el discurso patriótico a los populismos, a la manera del victorioso candidato de los Verdes austríacos a la presidencia de su país: un Alexander Van der Bellen para quien «Austria es mi patria [Heimat]. Austria está en mi corazón». Para los defensores de una sociedad abierta, este tipo de discurso resulta amenazante; sería preferible no tener que formularlo. Pero mientras la amenaza populista siga en pie, quizá no quede más remedio que desarrollar un discurso patriótico alternativo que contenga elementos afectivos capaz de neutralizar las invocaciones nostálgicas del populismo. Acaso el siglo XIX sea el lugar donde buscar recursos teóricos que sirvan a tal fin: en los padres del constitucionalismo norteamericano, en los promotores del risorgimiento italiano, en la castigada tradición liberal española. A fin de cuentas, el concepto de «patria» no tiene un campo semántico cerrado. Se trata de redefinirlo alrededor de los textos constitucionales, como un espacio de convivencia de identidades múltiples que convergen en una misma ciudadanía: una suerte de patriotismo constitucional emocionalmente recargado. Frente al soberanismo nostálgico de una Theresa May, la obstinación ilustrada de una Angela Merkel. O la satisfacción de pertenecer a una sociedad abierta, tolerante y diversa.

9. La política como arma cargada de futuro. Pertenece a la esencia de la democracia la capacidad para formular ofertas de mejoramiento; una democracia resignada es una contradicción en sus términos. Demasiadas veces, la facturación de alternativas en un marco de competencia electoral desemboca en demagogias impracticables destinadas a reforzar la identidad ideológica de los partidos en liza, dejando de lado la capacidad de la política para transformar las sociedades y mejorar la vida de los ciudadanos. Es falso que la política nada pueda ante las asechanzas de la globalización o la innovación tecnológica; y sería bueno poner de manifiesto su potencia relativa, al tiempo que se enfatizan las ventajas de la globalización y la innovación tecnológica sin ocultar sus inconvenientes. Digamos entonces que sería conveniente desarrollar una contraprogramación basada en el dibujo de la buena sociedad del futuro, eludiendo simultáneamente el voluntarismo político del populismo de izquierdas (de acuerdo con el cual todo es cuestión de «voluntad política») y el tradicionalismo nostálgico del populismo de derechas (que echa de menos un tiempo dorado que no regresará ni fue nunca, o no para todos, tan dorado). Salta a la vista que esbozamos con ello una tarea solo apta para funambulistas políticos, pero ya dice la canción que la vida es así y no la he inventado yo.

De todas estas propuestas puede decirse sin vacilar que resulta mucho más fácil formularlas a beneficio de inventario que llevarlas a la práctica, sin garantía ninguna además de que vayan a funcionar eficazmente. Pero la alternativa es no hacer nada, esperando que el populismo contemporáneo sea un fenómeno coyuntural llamado a desinflarse tan pronto como los efectos de la recuperación económica se hagan más visibles, o dejar que los populismos gobiernen y al hacerlo se ahoguen en sus contradicciones. Podemos discutir cuál de esas opciones es preferible, pero si de retomar la iniciativa en defensa de la sociedad abierta se trata, valgan las recetas aquí sugeridas como elementos para el debate: sin alarmismo, pero sin complacencia.

Un belén de canto y verso. La Navidad en nuestra poesía reciente

 

La poesía española ha mostrado siempre un intenso interés por el tema navideño, hasta el punto de reservarle en exclusiva una forma poética. Según el poeta Antonio Cáceres, prologuista y antólogo de la preciosa colección de poemas navideños Hoy son flores y rosas (Fundación El Monte, Sevilla, 1995): «Se observa una sintonía profunda entre la poesía española, en general, y la poesía navideña, un discurrir paralelo de sus destinos». El tema resulta prácticamente inagotable, abriendo numerosos campos de estudio, ya que, en palabras del mismo escritor, es llamativa «la supremacía de la Navidad sobre cualquier otro tema religioso en nuestra literatura. Este hecho, fácil de comprobar al repasar cualquier manual, ha de encerrar alguna de las claves definidoras del genio poético español».

Concentrémonos en esta ocasión en un aspecto encantador. La poesía navideña de los últimos tiempos ha tendido a crear una serie de figuritas de belén de canto y verso. Ha recogido así un carácter de nuestro belenismo, bien descrito por Berenguer y Rivas como «tan atento a la gestualidad de las figuras y costumbrista en su realismo, tan abigarrado, siempre en busca de representar, con característica ucronía en sus tipos y oficios populares […] el énfasis en la viveza y el movimiento, el acento regionalista». Esa influencia fue explícitamente reconocida por Rafael Alberti. Escribe la serie «Navidad», de la que daremos después algunas muestras, inspirándose directamente en las figuritas del Nacimiento que levantó con sus sobrinos.

Pero no se bebe del belenismo sólo. Hay una línea de fuerza que viene de nuestra poesía navideña del renacimiento y, sobre todo, del barroco, que recreó a numerosos personajes, lo que la acercaba a la dramatización de sus lejanos orígenes (recuérdese el Auto de los Reyes Magos, del siglo XIII). No hay más que repasar los nombres propios de los pastores (Mingo, Pascual, Llorente, Antón) y su consiguiente caracterización. Silvia Iriso ha destacado «los villancicos de negro», que gozaron de tanto predicamento: «Son piezas en las que los pastores que se dirigen al portal pasan por ser esclavos africanos e imitan su pronunciación […], cambiando o abreviando palabras […], añadiendo vocabulario propio o incorporando interjecciones, onomatopeyas y ritmos probablemente vinculados a su música tradicional». No es el único caso en una lírica que se llena de tipos, caracterizados por su origen, como el gallego, el asturiano, el portugués, el gitano, el catalán, el portugués o el vizcaíno; o por su oficio: el alcalde, el poeta, los estudiantes, el alguacil… Quizá, siendo la celebración de la Navidad la gran fiesta de la dignidad y redención de todos los hombres, los autores se podían permitir buscar el lado más humorístico de unos pueblos o caracteres sin hacer por ello sangre.

El ya citado Alberti, en libro que alitera con su nombre, El alba del alhelí, de 1925, con el que cierra su trilogía neopopularista, incluye una serie titulada «Navidad» de catorce piezas de canto y verso que, amén de profetizar algunos tonos del inminente Sobre los ángeles, revitalizan esa tendencia a la creación de personajes navideños:

2.

—Un portal.

                   —No lo tenemos.

—Por una noche.

                        —¿Quién eres?

—La Virgen.

                —¿La Virgen tú,

tan cubiertita de nieve?

—Sí.

6. El ángel confitero

De la gloria, volandero,

baja el ángel confitero.

—Para ti, Virgen María,

y para ti, carpintero,

¡toda la confitería!

—¿Y para mí?

                   —Para ti,

granitos de ajonjolí.

A la gloria, volandero,

vuelve el ángel confitero.

7. La hortelana del mar

Descalza, desnuda y muerta,

vengo yo de tanto andar.

¡Soy la hortelana del mar!

Dejé, mi Niño, mi huerta,

para venirte a cantar:

«¡Soy la hortelana del mar…

y, mírame, vengo muerta!»

14. Vísperas de la huida a Egipto

—La albarda mejor de todas

las tuyas, albardonero.

—Carpintero,

¿para qué?

—Mañana te lo diré.

Voy muy lejos…

—La mejor mula de todas

las tuyas, mi buen mulero.

—Carpintero,

¿para qué?

—Mañana te lo diré.

Voy muy lejos…

    

No resulta descabellado imaginar que las figuras que inspirarían estos versos son las del famoso belenista portuense Ángel Martínez (1882-1946). Vinculado al colegio de los jesuitas del Puerto, donde estudió Rafael Alberti, fueron las familias de los alumnos los primeros y más firmes clientes del belenista. Esa atención al tipismo y ese cuidado de la gracia son fácilmente reconocibles. Un heredero de ambos, sería el también portuense José Luis Tejada, como puede verse:    

EL USURERO

—Puedo prestarle una manta

pero primero, el dinero.

Por algo soy usurero.

—Puedo alquilarle posada

pero, no es por nada,

primero quiero el dinero.

Por más que…

mañana le cobraré,

que es un pobre carpintero.

***

EL PASTOR MALO

—Vine, pero no por ti,

vine por curiosidad,

por ver, por la novedad.

No por ti.

      

Y…

bien poco de nuevo vi.

Tal como vine me voy…

Pero estoy cansado, hoy

pasaré la noche aquí.

Que conste que no por ti.

***

EL MAESTRO ALBAÑIL

—6 grietas y 3 goteras.

Total, 9.

Por las grietas entra frío,

por las goteras rocío,

lluvia y nieve.

¡Trabajar a media noche

con este tiempo…! Mañana…

hoy tapiaré esta ventana.

Pero no aguanto el reproche

de ese mirar que me acusa:

mientras que la parturienta

sale o no sale de cuentas

haremos una chapuza.

¡Deprisa, las herramientas!

***

VILLANCETE DEL ESTORNUDO

Como está la noche fría,

por un rayito de luz

estornuda

San José.

María dice: ¡Jesús!

Y el niño contesta:

¿Qué?

  

No es exclusivamente del Puerto de Santa María esta tradición, por más que yo me empeño ahora, como un niño mimado y metomentodo, a colocar también aquí mi figurita: un camello, por ejemplo.

EL CAMELLO

El camello del rey Mago

era, al principio, un caballo;

pero andar por los desiertos, 

de noche tras un lucero,

pasar calor, pasar frío, 

perderse por mil caminos

y no comer buena paja,

sin duda, le jorobaba…

Así que llegó a Belén

más camello que corcel. 

Pero al Niño-Dios le emboba

la forma de su joroba

y le hace más gracia que

los regalos que hace el Rey.

El caballo, entonces, piensa

esta profunda sentencia:

«Si por Jesús me jorobo,

la joroba es mi tesoro».

Y se marchó, tan feliz,

con joroba por ahí. 

 

Con más exquisitez, con la exuberancia que corresponde a un monarca astrólogo del lejano oriente, Felipe Benítez Reyes ha traído su Rey Mago:  

 

VISIÓN DEL REY ASTRÓLOGO

Sobre la luna gélida de Persia,

maga en su ingravidez de enigma helado,

ve abrirse el abanico de una estrella

un insomne monarca. En su palacio

se revisten de pronto de luz lívida

los espejos de mármol y de jade,

y parece esa luz plata en ceniza,

el espectro sin paz de un astro errante.

Se inquieta la razón del rey astrólogo,

sabio de un universo vagabundo

y exacto en su serena geometría.

Por decreto celeste deja el trono,

ensilla su caballo y sigue el rumbo

sin rumbo de la estrella fugitiva

 

Antes, Luis Rosales había traído una figura que era, ya puestos, un epigrama:

 

LO DE SIEMPRE

No se daba cuenta;

iba de uno en otro

protestando —Bueno

¿Pero es eso todo?—

Vivir para verlo.

—Bobo.

 

Y Alfonso Canales a su miríada exuberante de ángeles:

 

¡Y cómo se descolgaban

los ángeles desde el Cielo!

¡y con qué alegre revuelo

por el techo se le entraban

a María! ¡Cómo daban

sus alas sobre el cristal

 de las ventanas, igual

que si rompieran espumas!

¡Cómo pusieron de plumas

los ángeles el Portal!

Pablo García Baena, atento a las tradiciones, innovador a la vez, contribuye con su «Espiritual negro», en perfecta consonancia con los clásicos «villancicos de negro»:

 

—Negra, vente pa Belena.

—¿Pues qué pasa, Magdalena?

—Pasa el carnaval de Río,

samba y frío;

pasa el Rey don Baltasara,

chirimía y algazara

con nuestros primos del Congo,

mambo y bongo,

asándar de Tombutú.

—¿Qué me pongo?

Dime tú…

—Ponte la ropilla asú

con galón de prata antita.

—Dime, amiga,

¿seré negra pa Jesú?

—¿No es lo tinto la hermosura?

Oscura es la Virgen pura

y el Niño de cañadú,

miel morena.

—Negra, vente pa Belena.

 

Y tendremos que ir terminando nuestro Nacimiento de este año. En realidad, el objetivo está cumplido. Se trataba de ilustrar el vigor contemporáneo de un subgénero dentro de la poesía navideña: el de las figuritas; y soñar con la idea de coleccionar una abigarrada galería de personajes poéticos y montar con ellos un belén cada año. Y, de paso, dejar que la idea de fondo cale honda: la Navidad es un acontecimiento que nos afecta personalmente a todos. Por eso aquí cualquiera tiene mucho que decir, hasta el can cantor de Abel Feu:

VILLANCICO DEL CAN(TOR)

El perro ladra contento

alrededor de la cuna,

pero el jefe de la tuna

le dice: “Cállate, perro,

que no podemos cantar”.

¡Y al perro qué más le da!

El perro llegó primero

y también quiere cantar.

“Que me dejes, venga ya.

También yo tengo derecho

a ladrar, digo cantar”.

“Hollywood sigue siendo una tierra de hombres”

El asunto requiere cabeza fría y ella ha procurado tenerla. Se trata de la periodista y crítica Belén Ester Casas, quien en su libro En tierra de hombres (Encuentro) propone una reflexión de la representación de las mujeres en el cine. Desde la figura de devotas madres y esposas, pasando por las calculadoras e insensibles femmes fatales del cine negro hasta las elaboraciones más contemporáneas.

Tras plantear un hilo histórico que visibiliza los cambios introducidos por el feminismo en la vida pública, Belén Ester Casas estudia de qué forma el cine ha absorbido esos cambios y cuál es la sustancia de las mujeres que aparecen hoy en géneros como la nueva comedia romántica o el drama.  No en vano, incluye una frase de Meryl Streep que marca una idea no exenta de debate: el cine ha hecho mucho más por “la mujer que todas las pancartas del mundo». ¿Realmente ha sido así?

A lo largo de 248 páginas, Belen Ester Casas recorre desde las heroínas de Walt Disney a películas de distintas épocas y géneros: La gran familia, Ben-Hur, Beautiful Girls o Pretty Woman hasta Gravity.  ¿Ha cambiado el papel de la mujer? ¿Cuál es su representación real en la industria? ¿Interesan a los hombres las películas realizadas por mujeres?  Estas son algunas de las preguntas que contesta la crítico y periodista en esta entrevista.

-¿Por qué su selección está basada, mayoritariamente, en cine americano?

-Era una cuestión de plazos y de responsabilidad también. Por eso intenté enfocarlo desde el punto de vista divulgativo y buscar aquel cine que fuese de mayor consumo y que tuviera mayores referencias para los lectores. También está trabajado el cine español y latinoamericano pero desde referencias generales.

-¿Realmente ha evolucionado la representación femenina? ¿La chica Bond es residual o, al contrario, una imagen arraigada?

-Contra lo que más arremeto en el libro es contra los estereotipos. Reniego de la mujer Bond, de la mujer florero. Parece que el cine de acción está dirigido a los hombres y a las mujeres que les acompañan. Eso hace pensar que no hay un cine hecho por mujeres. Estoy de acuerdo con el cine hecho por mujeres, pero no necesariamente de sólo un cine para mujeres. Por ejemplo: existe un cine bélico, que suele estar orientado hacia a los hombres pero que interesa a muchas mujeres. Resulta curioso en cambio que no exista un cine con una temática eminentemente femenina que interese al público masculino. Sexo en Nueva York no le interesa en lo más mínimo a un hombre e incluso a un cierto tipo de mujer. Las mujeres somos vistas como las que acompañamos a nuestros hijos o nuestra pareja al cine, o las que vemos productos generales, como un Woody Allen, que puede gustar a todo el mundo. Pero no se considera a la mujer como público en el cine. En la literatura sí.

-Eso condiciona su representación.

-Claro, porque las mujeres siguen siendo circundantes en las tramas de las películas. Son la madre de alguien, la esposa de alguien, la novia de alguien…

– Sin embargo hoy existen más directoras, guionistas, productoras ¿Pudo abrirse acaso un espacio para los relatos femeninos en los últimos años?

-En el libro trato, aunque menos de lo que quisiera, la mujer dentro del sector. ¿Cuántas directoras de montajes conocemos? Para nosotros sigue siendo extraordinario que una mujer gane un Oscar o que un año aumente el número de mujeres guionistas en Hollywood. Hollywood sigue siendo una tierra de hombres. Las mujeres ganan menos, los hombres siguen estando en los títulos antes. Películas protagonizadas por un elenco femenino, como Blue jasmin, suponen un 10% de los filmes que se producen. Si cualquier representación artística refleja una sociedad, a mí me cuesta pensar que las mujeres estemos en un 10% de la sociedad. Estamos en muchas más cosas.

-¿Cuál es el género cinematográfico que más daño ha hecho a la elaboración de un discurso y un personaje femenino? ¿Acaso la comedia romántica?

-En la comedia romántica todo suele ser muy extremo en la representación de la mujer, un género además hecho para mujeres. Siempre hay un canalla que las rescata de fracasos amorosos y alcanza la felicidad para siempre. La vida no es así.

-¿Qué culpa tiene Walt Disney en la creación, distribución, comercialización de una psicopatía de la princesa?

-Es cierto que buena parte de las películas de Disney están basadas en los cuentos clásicos, que tienen tela marinera, pero cuando Walt Disney crea una Blancanieves de 1930 está reflejando un tipo de niña de esa época. Las heroínas de Disney tienen un paradigma parecido: muy flacas, con la cintura muy pequeña. Son muy poquita cosa. Son mujeres que necesitan ser salvadas. Las dos películas menos taquilleras de Disney han sido Mulan y Brave, donde las heroínas son las más aguerridas. Su historia apela a un combate.

-¿Qué le parecen propuestas como la Furiosa de Mad Max? Ella es un personaje de mucho peso, justamente, una película de acción.

-Muchos fanáticos de Mad Max se quejaron por eso. Algo similar ocurre con La teniente O’Neil: una mujer que demuestra ser más fuerte que un hombre y cuando se enfrenta a lo más duro del equipo de élite de los EE UU, la violan. En el fondo, todo tiende a la sexualización y, dependiendo de qué tipo de productos, eso resulta más alarmante. Hay películas donde la sexualización es interesante y favorece a la historia, pero en la mayoría de los casos no es así. La industria del cine sigue siendo machista y las mujeres aceptamos eso. Todas las conquistas femeninas del siglo XX han estado a la par de la historia del cine. Cuando en las grandes comedias de los años treinta aparecen mujeres que hablan de igual a igual con los hombres, que tienen profesiones liberales, es porque han decidido no tener hijos. Hoy, en las comedias románticas, las mujeres son profesionales y llegan a todo. Y ahí sí partiré una lanza por la comedia romántica: sus heroínas pueden ser mayores y la mujer soltera ya no es una paria…

-¿Cómo se puede entender la femme fatale de los años treinta por ejemplo?

– La femme fatale es muy del cine negro. Y lo que me parece moderno de ellas es que utilizan su sexualidad sin vergüenza para dominar al hombre. Independientemente de que nos parezca aceptable moralmente, ellas tienen historia en sí misma. No son la mujer de nadie, ni la hija de nadie. Son personajes que anteceden el 68.

-¿Cómo entender la mujer en el cine español? Porque el destape complica la cosa.

-Es muy complejo. En el cine de Berlanga, por ejemplo, refleja la mujer de los treinta, cuarenta y cincuenta: personajes abnegados y circundantes con respecto al hombre… Y de ahí se pasa al Destape, con pequeñas heroínas como Marisol, que fue una niña explotada por la industria, o Lina Morgan. El cine del destape es muy malo, muy mediocre. Parecía que la única aspiración del español promedio era ver unos pechos. Eso tiene una razón. En España, para poder ver un desnudo, era necesario irse a Francia. Eso habla de una cultura sexual. En Latinoamérica no hay tanto pudor al momento de entender o mostrar el cuerpo. Somos producto y herederos de eso.

-¿Qué le parece la construcción de lo femenino que ha hecho, por ejemplo, Almodóvar en el cine español?

-Almodóvar, que se ha criado entre mujeres y lo construye casi todo alrededor de la matriarca, lo ha dicho: él está muy cerca de la figura de las mujeres. Tiene una parte, sobre todo en sus comienzos, muy delirante y tórrida, pero también creo que en su filmografía tiene una concepción de la mujer muy sólida. Desde Mujeres al borde de un ataque de nervios, en el que hay mucho melodrama, hasta otras más dramáticas como Volver.

-¿Cómo ha crecido en número, en España, la representación de mujeres?

-Donde la mujer está más implicada ahora es en la producción. También en maquillaje y vestuario. Existen directoras como Isabel Coixet, aunque hay que mencionar a Pilar Miró, en los ochenta. Pienso que es necesario reivindicarla … Sin embargo, en el cine en España, la presencia de mujeres detrás de una cámara sigue siendo muy residual. También en la parte ejecutiva del cine es poca la representación.

El futuro de Cataluña, III: La trampa del derecho a decidir

Con su videojuego atascado, la élite independentista catalana regresa a la pantalla del referéndum. Así, reconocen implícitamente el fracaso de aquellas elecciones autonómicas travestidas de plebiscito y apuestan por un discurso aparentemente democrático que ensanche la base social más allá del nacionalismo, ya que si repiten mil veces que esto va de democracia igual se autoconvencen y, de rebote, consiguen que a algún demócrata de buena fe le tiemblen las piernas y caiga en la trampa del referéndum de secesión o un sucedáneo.

El marketing independentista siempre ha jugado con términos confusos, significantes vacíos al puro estilo populista, como el jurídicamente inexistente derecho a decidir. Trampa para incautos. En democracia tiene poco sentido reivindicar el derecho a decidir porque éste es consustancial a aquélla. Decidimos periódicamente, y últimamente con una frecuencia inusitada, quiénes serán nuestros representantes a nivel municipal, autonómico, estatal y europeo. De hecho, la pretensión secesionista nos llevaría a los catalanes a no poder elegir a nuestros representantes en las instituciones españolas y europeas, por lo que decidiríamos menos.

El liberal Salvador Millet i Bel definió a Francesc Cambó como “un fanático de la claridad” y lo contraponía a aquéllos que en Cataluña son tan dados a la oscuridad, a los “toxicómanos de la ambigüedad”, concepto que extrajo de un escrito de Milan Kundera. El nacionalismo siempre ha usado subterfugios para no hablar claramente de independencia, desde transición nacional hasta estado propio, buscando la confusión de los federalistas, pues también son estados Baviera o Chiapas. Con este bagaje, no es de extrañar que ahora usen el confuso derecho a decidir para darle pátina democrática a lo que es populismo puro y duro. Y es que el concepto es confuso en todos los sentidos. En primer lugar, porque decidir es un verbo transitivo y necesitaría un objeto directo que nunca pronuncian. Decidir qué. ¿Las fronteras? ¿La autodeterminación?

No hay ninguna constitución en el mundo que permita votar las fronteras. Se vota dentro de ellas, pero no sobre ellas, ya que, si eso fuera posible, la democracia y el estado de bienestar serían impracticables. Las minorías usarían la amenaza del referéndum como veto a los procedimientos realmente democráticos. Así, si las regiones pudieran separarse unilateralmente de un Estado, se usaría ese derecho como un arma de chantaje para conseguir privilegios, lo que acabaría con la democracia, al no ser todos los ciudadanos iguales ante la ley, y con el estado de bienestar al hacerlo insostenible.

Más aún. Como señala Stéphane Dion, “todos los ciudadanos son, en cierto sentido, propietarios de todo el país, con su potencial de riquezas y de solidaridad humana. Ningún grupo de ciudadanos puede tomar la iniciativa de monopolizar la ciudadanía en una parte del territorio nacional, ni despojar a sus conciudadanos, contra su voluntad, de su derecho de pertenecer plenamente al conjunto del país. Todos los ciudadanos deberían estar en condiciones de transmitir a sus hijos este derecho de pertenencia. En términos abstractos, ese derecho nunca debería ser cuestionado en una democracia”. Así, es lógico que Naciones Unidas sólo admita el derecho de autodeterminación en supuestos como el colonialismo, la guerra o la vulneración masiva de derechos humanos. No hace falta argumentar mucho para entender que los catalanes no entramos en esa casuística.

Pero ya puestos, no sólo analicemos el objeto directo que sigue al verbo decidir, miremos también quién es para la élite independentista el sujeto que decide. En democracia cada elección tiene su demos  y que una parte elija sobre el todo en aquello que afecta al todo no parece muy democrático. Además, en caso de victoria secesionista esa parte le estaría quitando derechos políticos a los perdedores, por lo que si el derecho a decidir, tal y como lo entienden los nacionalistas existiera, por reciprocidad las minorías perdedoras también deberían tener derecho a separarse o a permanecer unidas a la mayoría anterior. De esta manera, no se dejarían de crear nuevas minorías, quizás basadas en otro tipo de pertenencia (religiosa, racial, lingüística) que atomizarían la democracia hasta hacerla impracticable. No obstante, lo más probable es que los secesionistas triunfantes acabaran con el derecho a decidir al día siguiente de su victoria, demostrando que tal derecho nunca existió, sino que era una simple tapadera para conseguir sus objetivos políticos.

Esta actuación entraría dentro de la lógica del poder, dado que los referéndums que no sirven para refrendar acuerdos de consenso, como fue el de la actual Constitución española, son más propios de políticos que aborrecen el pluralismo y que saben que quien convoca la consulta tiene el dominio para dirigir el debate hacia sus intereses, favoreciendo así a las minorías organizadas (como sería el independentismo) y no a las mayorías más difusas y menos movilizadas. Por eso, referéndums y plebiscitos son instrumentos del agrado de políticos autoritarios. Como indicó Ralf Dahrendorf, “el verdadero significado de autodeterminación es que los hombres sean capaces de participar en la construcción de su propio destino, esto es, que vivan es sociedades democráticas”. En este sentido, los catalanes ya estamos autodeterminados. El problema es cuando algunos pervierten el concepto de autodeterminación para dividir la democracia. En este caso, concluyó Dahrendorf, los proyectos de estos políticos “no significan más libertad, sino más poder en manos de demagogos y potentados regionales”.

Hemos planteado el qué y el quién. Ahora cabe preguntarnos sobre el cómo. ¿Es un referéndum una manera de decidir más democrática que la parlamentaria? No lo parece. La democracia directa no es un paso hacia delante respecto a la democracia representativa. En algunos casos el uso de algunos elementos participativos podría ser un complemento, como lo es en Suiza, pero tal y como lo plantean los populistas es un claro paso atrás. El resultado de los referéndums depende inevitablemente de una coyuntura. Es la fotografía de un instante. Así, a los impulsores de un referéndum les importa más celebrarlo en el momento en el que puedan ganar que en las consecuencias que pueda tener para la ciudadanía. ¿Debe depender nuestro futuro y el de las siguientes generaciones de una determinada coyuntura? No parece lo más razonable. Y menos cuando la respuesta pocas veces tiene que ver con la pregunta. Lo hemos visto recientemente en Italia: el referéndum es un buen instrumento para darle una patada en el trasero a los gobernantes, pero no suele resolver los problemas. Los complica y se los devuelve a dichos gobernantes.

Tampoco parece razonable la vía Puigdemont de referéndum sí o sí, pasando por encima de la ley; no sólo de la Constitución, sino también de un Estatuto de Autonomía catalán que es inmodificable para los secesionistas con su mayoría parlamentaria que no alcanza los dos tercios. La pretensión del sí o sí, ni es razonable ni es democrática. Confundir deseos con democracia y contraponer ésta a la ley rezuma cierto autoritarismo. No hay democracia sin ley y ésta no sólo nos iguala a todos los ciudadanos, sino que nos protege de los políticos de baja calidad democrática. Así, la élite independentista no está del lado de la democracia. Antes al contrario, están con la desobediencia del que se cree que está por encima de los demás y que su voluntad debe ser impuesta incluso contra los derechos de los ciudadanos. Socavando, pues, la legitimidad de la ley el nacionalismo ataca a la democracia, de la misma manera que lo hace cuando impulsa un sistema mediático no pluralista y una invasión homogeneizadora de la sociedad civil. Y es que la democracia, como también apuntó Dahrendorf, necesita, al menos, de dos condicionantes fundamentales: el imperio de la ley y la sociedad civil. La libertad de prensa es fundamental para la democracia y hoy el espacio mediático catalán sigue en la línea del editorial conjunto y de la ausencia de crítica al gobierno catalán más allá de algún sutil articulista. La deriva de los medios públicos es ya tan evidente que no sólo pierden audiencia, sino también credibilidad y fuerza para la causa independentista. Que en TV3 se comparara recientemente a la presidenta del Parlamento catalán con Jesucristo, es una prueba más del uso partidista de la cadena, pero también de pérdida de sentido de la realidad y, por lo tanto, de los últimos coletazos de un procés moribundo.

Y, finalmente, nos preguntamos para qué. Es una pregunta importante que nos conduce al inicio y al objeto de este artículo. Aunque ya sabemos que los independentistas quieren un referéndum de secesión para lograrla, no faltan aquéllos que sin serlo apuestan por él con la ingenua idea de que una victoria del no acabaría con las tensiones, dando por supuesto que la élite independentista aceptaría el resultado. Primero, los referéndums no sirven para rebajar la tensión ni para curar heridas. Al contrario, con su respuesta binaria, divide a la sociedad incentivando a la toma de posición en el blanco o el negro y creando trincheras imaginarias. El referéndum del Brexit es un claro ejemplo. La sociedad británica está hoy más dividida que antes de la convocatoria de un referéndum que ha devuelto a los políticos un problema que pretendían resolver con democracia directa. El referéndum no ha significado una solución, sino un problema aún mayor. Y se ha mostrado la fuerza del concepto de moda, la post-verdad, cuando al día siguiente algunos políticos se desdecían de sus promesas y trataban de desvincularse de las campañas de desinformación.

Aquéllos que, de buena voluntad, apuestan por celebrar un referéndum para así acabar con el discurso victimista y con el debate eterno creen abogar por cierto pragmatismo, pero se alejan del empirismo. En Quebec después del primer referéndum el independentismo pidió otro, creando la sensación denominada neverendum, una inseguridad respecto al futuro que provocó fuga de empresas y de muchos de los ciudadanos más capacitados. Los secesionistas acabaron, de esta manera, inflingiendo a la provincia quebequesa un doloroso retroceso social y económico respecto a otras provincias canadienses. El referéndum no ha sido nunca la fiesta democrática que algunos nos han vendido. Obligó a posicionarse. Fue una dura toma de posiciones contra compatriotas. En el fondo, se decide extranjerizarlos. Por esta razón, tras muchos años se llegó a un punto de fatiga nacionalista. La gran mayoría de quebequeses no quiere ya volver oír a hablar de un referéndum y sólo insinuarlo supone una notable pérdida electoral. Ese hartazgo lo sufrimos ya la mayoría de catalanes tras cuatro años de falsas consultas y falsos plebiscitos. Ahora ha llegado el momento de no caer en trampas como la del referéndum de Puigdemont y de superar el separatismo construyendo una sólida y creíble alternativa en Cataluña que eche democráticamente a unos nacionalistas instalados en el poder desde hace más de tres décadas.

Benedetti Michelangeli. El aprendizaje del silencio

I

Hace ya tiempo, un batería de jazz me contó la siguiente anécdota que nos habla de la relación entre maestro y discípulo, pero también sobre la esencia del arte. Los protagonistas son Arturo Benedetti Michelangeli y la joven Martha Argerich. Debió de suceder a principios de los sesenta, quizás a mediados. Día tras día, Martha tocaba al piano ante el legendario pianista de Brescia, que la escuchaba distante. El silencio se interponía como una frontera entre dos épocas, sin que en ningún momento el afamado concertista italiano corrigiera a su alumna. Al finalizar la clase se despedían educadamente y se citaban para el día siguiente. Una mañana, al terminar una pieza, la muchacha se atrevió a comentar:

– Maestro, no entiendo su silencio.

Michelangeli clavó sus ojos en el semblante de la joven pianista y le contestó:

– Tienes que aprender a interpretar mi silencio y dejar que hable en ti. No te puedo enseñar nada más.

Ella siguió ensayando, sin cruzar ninguna otra palabra.

La anécdota tal vez sea apócrifa, pero resulta verosímil.

II

Arturo Benedetti Michelangeli (1920 – 1995) es el pianista de la transparencia. Pilotó un caza de combate durante la II Guerra Mundial, hizo de probador de Ferraris, practicaba el alpinismo. La leyenda sostiene que descendía del linaje de san Francisco de Asís. Su técnica era perfecta, inmaculada, precisa como un reloj. El porte, aristocrático, gélido, de una rara elegancia centroeuropea entreverada de gentleman inglés. Sviatoslav Richter – su único rival en el siglo XX – lo detestaba precisamente por la frialdad de sus interpretaciones: música abstracta, icónica, ajena a cualquier tentación psicologista, a cualquier exceso emocional. El misterio del sonido emerge de esa especie de silencio velazqueño, noble, brutalmente desnudo, que sostiene una riqueza armónica de transparencia asombrosa. Celibidache, que lo reverenciaba, dijo que, en lugar de pianista, Michelangeli era más bien un director de orquesta: “en su piano se escuchan los cornos, los clarinetes y todo el conjunto de instrumentos”. Cuentan que tenía la rara facultad del oído absoluto. Canceló más de un concierto debido a una desafinación del piano que sólo él lograba detectar. La historia nos cuenta que en un concierto de Grieg interpretado en Londres, un chasquido rompió la noche: era una leve rozadura, un fallo imperceptible que desgarraba la perfección, ese fango de los dioses.

III

“Antes de nada – escribe el poeta José Mateos en Fragmentos sobre arte – hay que distinguir entre el arte que nos incita y excita, y el arte que nos eleva y suprime. Y después saber que el uno existe para huir del otro.

Al salir del primero, de ese gran arte falso con el que se confeccionan hoy los espectáculos de masas, siempre la realidad sabe a poco; mientras que, al salir del segundo, del arte humilde y verdadero, la realidad, por el contrario, se nos aparece envuelta en una misericordia anterior a todo y que no entendemos, plena y desamparada, casi a punto de quebrarse”.

IV

Sergiu Celibidache, Arturo Benedetti Michelangeli, Victoria de los Ángeles, Sándor Végh, Claudio Arrau… son los nombres del gran arte en la música. No Glenn Gould, ni Herbert von Karajan, ni el admirable Leonard Bernstein ni siquiera – aunque esto sea discutible – la melancolía fáustica y humana de Sviatoslav Richter, el gran demiurgo.

V

Una última anécdota que procede de uno de sus conciertos: “El recital del maestro Michelangeli se inició con las juveniles Baladas Op. 10 de Johannes Brahms. Tras oficiarlas, el maestro se volvió hacia el público, dando por terminado el recital. “Me he vaciado por completo – dijo –. El resto del programa carece ya de sentido”.

El futuro de Cataluña, II: cómo superar la fase populista

La mejor manera de superar el independentismo u otros populismos es no caer en la trampa de sus discusiones insolubles, de esencias y enemigos inventados, y atraer el debate hacia el siglo XXI. Es superarlos por elevación, planteando cuál debe ser la relación entre ciudadano y Estado en un contexto como el actual: de organizaciones supranacionales como la Unión Europea, de competencia con países emergentes preocupados por mejorar su gobernanza, de tendencia demográfica que pone en riesgo el actual sistema de bienestar, pero también de unas nuevas tecnologías que nos permitirían una administración pública más eficaz y eficiente, no sólo garantizando el acceso a una sanidad más avanzada y a una educación de mayor calidad, sino también permitiendo una mayor libertad de elección acorde con los valores que lideran la actual sociedad. Y es que en un contexto como éste ni independentismos, ni otros populismos, pueden aportarnos nada positivo.

Ante este debate, las propuestas de las élites independentistas y de otros políticos populistas suponen para las instituciones democráticas una degeneración; lenta, en el primer caso; acelerada, en el segundo. Sólo un poco de benchmarking: ¿han aportado alguna vez sus propuestas más libertad o prosperidad en algún país? Los independentistas solo ofrecen una concatenación de variedades léxicas (transición nacional, derechos a decidir, 9N, DUI, RUI, plebiscitarias, constituyentes) que alimentan una peligrosa lógica argumentativa, la que abrela puerta a aquellos que atacan fundamentos de nuestra civilización como la democracia representativa, el Estado de derecho, las libertades individuales, la propiedad privada o el pluralismo. Los populistas de izquierdas, por su parte, redundan en esa lógica y proponen más gasto y más burocracia. Vamos, la misma degeneración, pero con turbo e, incluso, mucho más peligrosa para la unidad de nuestra democracia, ya que su propuesta de retirarle la soberanía al conjunto de ciudadanos (lo que ellos llamarían la gente), para dársela a los territorios no sólo es favorecer chantajes que ponen en riesgo el Estado de bienestar, sino que también es poco democrático.

Ante el reto que plantean estas alternativas, liberales, conservadores y socialdemócratas deberíamos ser conscientes de que es mucho más lo que nos debería unir que lo que nos separa. Nos debería unir el trabajo por garantizar un sistema de libertades que ofrezca más y mejores oportunidades a todos los ciudadanos. Nos debería unir unespíritu reformista, con la sensatez de no romper aquello que funciona y reconociendo que, aún con la tremenda crisis económica sufrida, pocos países han progresado tanto en todos los sentidos como España en las últimas décadas.

¿Cómo canalizar ese espíritu reformista? Antes que nada y en el caso del secesionismo catalán, que es lo que ocupa a esta serie de artículos, es conveniente, para no frustrarnos, que aceptemos desde un primer momento que no hay solución mágica, ni tampoco una solución definitiva. Que existe un independentismo sentimental: el de aquéllos que sienten que sólo pueden ser catalanes, que Cataluña es una nación y que toda nación tiene que coincidir con el perímetro de un Estado. Este tipo de independentismo siempre ha representado alrededor de un 20 % de los catalanes. Prácticamente estamos en el terreno de las creencias, por lo que es difícil que los argumentos sirvan para atraerles a posiciones menos dogmáticas. Por lo tanto, nunca se acabará con el independentismo. La cuestión es que democráticamente las instituciones catalanas dejen de estar enrocadas en las posiciones de una minoría radicalizada que, sin duda, perjudica más que beneficia a la sociedad que dice defender. Hay, así, una parte radical, como la hay en todas las sociedades del mundo, que nunca aceptará el diálogo que no sea para imponer el 100 % de su ideario, en este caso, la independencia. Sin embargo, la clave para entender con quién hay que dialogar es saber que buena parte del independentismo actual es más un síntoma que una convicción. Es fruto del miedo, la inseguridad o la rabia que ha generado una situación económica que se ha percibido como desesperanzadora o injusta. Estos sentimientos negativos han sabido ser canalizados hace cuatro años por una falsa promesa, una independencia sin costes, rápida y que curaría todos nuestros males. Así pues, hay una parte importante que ante una pregunta de respuesta binaria sobre la independencia podrían contestar afirmativamente sin que ésta fuera realmente su preferencia, simplemente como un desahogo para su frustración.

Por consiguiente, cualquier tentativa reformista que tenga como principal objetivo el independentismo puro, bien para contentarlo, bien para atacarlo, fracasará, porque simplemente lo estará alimentando. Descentralizar más el Estado con la intención de apaciguar a los partidos independentistas no tiene sentido, porque éstos no tienen ningún incentivo para abandonar una queja que es su razón de ser. De hecho, la reforma constitucional que hoy algunos plantean en este sentido no sólo sería insuficiente e innecesaria, sino que podría generar el efecto no deseado de premiar actitudes centrífugas. Recordemos que Tony Blair descentralizó competencias hacia el Parlamento escocés, creado en 1999, y las aspiraciones nacionalistas no han dejado de crecer desde entonces y hasta la actual petición de un segundo referéndum independentista. No obstante, tampoco sería eficaz una recentralización a modo de castigo, ya que esto no haría sino potenciar el discurso del agravio. Caer en la trampa de los provocadores que se alimentan incluso de frases que están fuera de contexto no es inteligente. Como tampoco lo es confundir independentistas con catalanes y no atender, con la excusa de la insaciabilidad nacionalista, aquellas reclamaciones legítimas que gozan de un amplio consenso en Cataluña, como es la mejora del sistema de financiación autonómico.

Sea como sea, en la actualidad es más importante que el diálogo por parte del Estado alcance a los representantes de una mayoría social catalana que a las élites independentistas, ya que éstas siguen creyendo que tienen incentivos al no diálogo, a la amenaza improductiva, convencidas de que el conflicto les otorga réditos electorales, es decir, poder. Sin embargo, a medida que el diálogo y el espíritu reformista vaya ganando peso en la sociedad catalana y se vayan generando amplios consensos sobre las soluciones más sensatas, los partidos independentistas sentirán que están anclados en el pasado, corriendo el riesgo de situarse en la marginalidad; por lo que los incentivos al diálogo crecerán también en ellos.

En definitiva, para superar la fase populista es necesario un espíritu reformista que centre el debate en cómo actualizar la relación entre ciudadano y Estado para que la nuestra sea una sociedad de personas más libres y con más oportunidades. Las élites independentistas no querrán entrar en este debate, pero a medida que seamos capaces de centrar la discusión en elementos tangibles para el ciudadano como cómo conseguir una sanidad más puntera, una educación de más calidad o menos cargas impositivas y burocráticas para ciudadanos y empresas se hará más evidente que la apuesta populista está en contra del signo de los tiempos y su apoyo social seguirá menguando. La cuestión no si más o menos Estado, sino cómo mejorarlo, superando, así, a los populistas de todos los colores y banderas por elevación.

«La vitalidad de una cultura se cifra en la familia»

Con un lenguaje desinhibido y mordaz, y con no poca inspiración en C. S. Lewis, Alfonso Basallo y Teresa Díez continúan en Manzana para dos (Planeta Testimonio) el éxito de las reflexiones de Pijama para dos en torno a la familia y el matrimonio en la sociedad contemporánea.

Seré directo: el matrimonio, ¿está en crisis?

La institución del matrimonio no está en crisis, porque es la cuna de la humanidad: al principio era… el matrimonio, Adán y Eva. Mientras haya humanidad habrá matrimonio. Fíjese que ha habido uniones de hombres y mujeres (el matrimonio natural) en todos los momentos de la Historia, en todas las latitudes de la Tierra y en todas las culturas. ¿Por qué? porque el matrimonio está inscrito en nuestros genes, hombres y mujeres hemos sido diseñados para unirnos y vivir juntos y tener hijos.

 Los que están en crisis son algunos matrimonios de una parte del mundo: Occidente; y sólo desde hace 50 años aproximadamente. ¿Qué es eso comparado con los milenios que nos preceden? De tanto mirar el móvil hemos perdido perspectiva. Yo diría que esta es una crisis cultural y antropológica muy grave, porque es el mayor ataque que ha recibido la familia, pero no puede durar porque el río termina volviendo siempre a su cauce: es pretender luchar contra la naturaleza. Eso sí dañará a varias generaciones y sembrará Occidente de infelicidad.

 Lo que hay es una formidable cruzada contra el matrimonio, impulsada por quienes debían protegerlo: los gobiernos. En Occidente hay una legislación antimatrimonio y antifamilia. Lo cual es suicida porque si te cargas el matrimonio te cargas la civilización. Las leyes divorcistas, por ejemplo, han generado una mentalidad divorcista, que se traduce en pensar que todo matrimonio es rompible mientras no se demuestre lo contrario. Es decir, hay un clima pesimista respecto a la indisolubilidad, de suerte que los jóvenes van a casarse, con ganas de hacerlo bien, sin duda, pero sabiendo que la unión conyugal es rompible y que la suya podrá también romperse. Hace medio siglo a nadie se le pasaba por la imaginación que el matrimonio no fuera para toda la vida.

Pero no sólo es rompible el matrimonio sino que los Gobiernos ponen las máximas facilidades para que rompa a la velocidad del rayo y sin posibilidad de recomponerlo. Así, la Ley de Divorcio Exprés de Zapatero, eliminó el trámite previo de las separaciones con lo que ha propiciado más rupturas y más deprisa, la prueba es que los divorcios se han multiplicado en España; o la Ley contra la Violencia de Género impide la reconciliación en caso de conflicto… alguien puede alegar “pero es que la reconciliación en casos de violencia es remota”, y, en efecto, es remota pero no imposible, y el Estado se está encargado de cerrar esa portillo por minúsculo que sea.

Se ha llegado a difuminar jurídicamente a la institución familiar. Así, matrimonio ya no es lo que ha sido durante milenios, ahora puede ser la unión de dos hombres y dos mujeres, por ley, fíjese qué arbitrariedad. No podemos acostumbrarnos a ese nivel de delirio: es como si yo ahora digo que el sol es la luna y la luna el sol. Una cosa son las uniones homosexuales, ante las que no hay nada que objetar, y otra llamar a eso matrimonio. El nombre de las cosas tiene su importancia y cambiarlo arbitrariamente es una exhibición de poder arbitrario, como todos sabemos por Humpty-Dumpty, el personaje de Alicia en el país de las maravillas cuando dice que lo importante no es el valor de las palabras “lo que importa es saber quién manda”.

¿Las madres han sido, en el último siglo, las grandes culpables? Si nos querían demasiado, porque nos sobreprotegían; si eran distantes, porque eran “madres frigorífico”…

Las madres parten con ventaja: genéticamente están vacunadas contra el egoísmo (sólo piensan en su niño) y contra la soberbia (son conscientes de que no son las creadoras de la criatura que crece en sus entrañas y de que esa nueva vida es muy superior a su pequeña contribución).

Pero tienen un inconveniente: su olvido de sí en favor del hijo le puede llevar a olvidar también al marido. Digamos que el amor al hijo sale solo, es natural, pero el amor al cónyuge exige cierto esfuerzo. Y esa tendencia a defenestrar al padre, una vez que se ha parido, y contra la que toda mujer debe luchar, se ha acentuado en el siglo XX-XXI, con la emancipación de la mujer y el destronamiento del varón. Hoy en día es muy frecuente ver a madres que sólo hablan de sus hijos y el marido es como si no existiese. Pero no se puede ser buena madre si no es buena esposa (ni buen padre si no se es un esposo solícito).

Ese olvido del padre y excesiva atención al pequeño explica que muchas madres en Occidente hayan pecado de sobreprotectoras. La obsesión de muchas mujeres es evitarle a su hijo el dolor y preservarle del fracaso, pero tal cosa no sólo es quimérica sino anti-educativa, porque el carácter se forja en la adversidad.

Invierno demográfico: ¿qué pueden hacer los Gobiernos?

Los Gobiernos poco. La gente tiene hijos no por las ayudas que reciban (aunque los Gobiernos estén obligados en justicia a ayudar a la familia, dado el papel crucial que juega), sino por convicción. Los hijos nunca son un negocio: al revés la familia es por definición deficitaria, como casi todas las empresas que, de verdad, valen la pena (como el Descubrimiento de América, por ejemplo, y otras epopeyas… la familia es una pequeña epopeya, podríamos decir chestertonianamente).

Los hijos se tienen porque te gusta tu mujer o tu marido; y porque crees en la vida. Pero eso no depende de los Gobiernos, sino de la educación recibida, de las creencias, de tus convicciones. Y en el Occidente secularizado y relativista, mucha gente piensa que nada tiene sentido porque la muerte es el final. Y esa es la causa más profunda del invierno demográfico.

La Historia demuestra que la vitalidad de una civilización se cifra en la familia y ésta a su vez está relacionada con su religiosidad. Una sociedad nihilista no sólo no cree en Dios, sino tampoco en la vida, y a la postre ni siquiera en sí misma. Por ejemplo, Europa 2015: ¿en qué cree? ¿en el euro?, ¿en los partidos de fútbol por la tele? ¿en la dermoestética que te permite operarte el pecho (ellas) o detener la calvicie (ellos)? ¿En eso? Y si no cree en sí misma, si carece de fuelle moral, termina suicidándose.

La conciliación, ¿es un mito?

Depende, si por conciliación se entiende conciliar trabajo y hogar es un mito, porque tal cosa es imposible en la práctica, sobre todo si se tienen hijos, ya que para éstos la madre es insustituible. Lo de la guardería es un craso error: es, por decirlo caricaturescamente, la madrastra de los cuentos infantiles. Los niños quieren a su madre en exclusiva, no a una asalariada. Que esto sea lo más habitual no quiere decir que sea bueno, también es habitual la corrupción en los ayuntamientos o la mafia en Sicilia, pero eso no quiere decir que sea bueno… al pan, pan.

Pero si por conciliación se entiende conciliar marido y mujer, no sólo no es un mito, sino que es lo natural, lo “fetén”, lo que funciona. Históricamente no había nada que conciliar porque hombre y mujer trabajaban juntos en la casa y en el campo, y ella lo mismo daba de mamar al crío, que ordeñaba las vacas o vendimiaba. Eso termina con la Revolución Industrial y en el siglo XX muchas mujeres se ven obligada a elegir entre trabajo y hogar y se olvidan de que la verdadera conciliación no es trabajo-hogar sino la conciliación marido-mujer. Se olvidan que el trabajo en el hogar es un verdadero trabajo, aunque no tenga visibilidad, y no esté remunerado ni reconocido. Pero es un trabajo crucial en la civilización, porque criar y educar hijos es “hacer personas” como señalaba Julián Marías. Y ahí el varón no puede sustituir a la mujer, el varón podrá llevar las cuentas de la casa, poner el lavavajillas o hacer las cenas, pero no podrá embarazarse, ni parir, ni amamantar, ni transmitir la ternura y los cuentos infantiles como lo hace la mujer.

Menudo dilema dirá usted. En efecto, en menudo lío nos ha metido el sistema capitalista-consumista. ¿Solución? Salvar el trabajo de la mujer en el hogar. ¿Cómo? Pagándole. No es una limosna ni un subsidio (horrendo vocablo) sino un acto de justicia. Queda, por tanto, una revolución pendiente en el siglo XXI: remunerar el trabajo de la mujer en el hogar, ya que es insustituible en la crianza y educación de sus hijos.

¿Pero eso no sería percibido como un retroceso social?

¿Por qué? No estoy diciendo que la mujer no trabaje fuera de casa, y que no aporte su sensibilidad femenina al mundo laboral. Lo que mi mujer Teresa y yo decimos en Pijama para dos y Manzana para dos, es que la que libremente quiera quedarse en el hogar, pueda hacerlo, pero con una remuneración. Es decir que exista la libertad para elegir entre optar por el trabajo externo (mundo laboral) o el trabajo interno (el hogar).

El problema es que la mujer, en líneas generales, se ha tragado el camelo de la liberación, y en lugar de eso está más sojuzgada que nunca. Antes tenía un poder inmenso, dentro y fuera del hogar, de transmitir la vida y también la cultura (fíjese que se dice “lengua materna”). Y ahora ha tirado el cetro y se ha convertido en una superwoman cargada de trabajo, que no llega a nada, que va siempre con la lengua afuera, que imita al varón, en lugar de poner su sello femenino, y que está inevitablemente frustrada porque ha renunciado a ser madre. Lo supo ver tempranamente Chesterton cuando ridiculizaba el mito de la igualdad: “la mujer ha dejado de ser reina de su familia para convertirse en esclava de su jefe”.

En países como Gran Bretaña, hay muchas más posibilidades de que un niño tenga una TV en su cuarto a que tenga a los dos padres en casa. No en vano, se dice que hoy, la decisión de casarse –tan arriesgada- cuesta mucho menos de tomar que la de, simplemente, tener un hijo…

Los hijos son las grandes víctimas de la revolución sexual del 68. Porque muchos nacen en hogares rotos o que terminan rompiéndose, otros porque la tele ha sustituido a sus padres, otros porque la madre trabaja fuera y nunca está. Y otros porque no llegan a nacer, tienen un “accidente” por el camino.

Los niños están dotados de una antena muy sensible que detecta si sus padres les quieren sinceramente y también si se quieren entre sí. La peor faena que se les pueda hacer es el desamor conyugal. Y al revés: la mejor receta educativa que se puede dar a los padres no es que llenen de mimos al niño, le enseñen 27.000 idiomas y 18.000 masters, sino algo mucho más sencillo: que se quieran entre ellos. El mejor nutriente para los niños, con el que crecen sanos y robustos es el amor de sus padres. El papá no está para tirarse a jugar en el suelo con el niño y cubrirle de besos, sino para cubrir de besos a la esposa.

La educación sexual de hoy, y el ambiente, no parecen favorecer extraordinariamente los matrimonios “felices y para siempre”…

Efectivamente, el hedonismo lleva a sustituir el amor por el placer, y el placer sacado de contexto embota, impide ver con lucidez, y encima frustra sí o sí, porque tiene la particularidad de nunca te llena. Cuando la base de la felicidad y el ‘para siempre’ es la entrega al otro, el desinterés y luchar constantemente con dos tiranos que todos llevamos dentro: el orgullo y el egoísmo.

 El problema es que lo que hoy se entiende por educación sexual es liberación del instinto, puro Freud. Y la verdadera educación sexual es aprender el lenguaje del amor, que implica autodominio, respeto, delicadeza y buscar la felicidad del otro no el desahogo animal o la búsqueda compulsiva del placer.

 ¿Qué incentivos puede tener para el matrimonio un chico de treinta años, cuando hay gran permisividad sexual y un matrimonio con divorcio puede arruinarle la vida?

Ninguno. Y eso explica la destrucción del matrimonio en la sociedad occidental. Las mujeres están renunciando a la monogamia y a los hijos, y a los varones ya no les compensa casarse. Pero de esta forma Occidente está renunciando a la supervivencia. Sin monogamia no hay recambio. Ni futuro.

A ellas no les compensa casarse o lo retrasan tanto que apenas tienen hijos, no sólo por su dedicación casi exclusiva al trabajo, sino también porque han renunciado a la monogamia. Dicho toscamente, desde la Edad de Piedra hasta ahora ella pactaba un contrato con el varón: yo te doy sexo, te cuido y te garantizo la perpetuación de la especie, y tú me das seguridad económica y protección. El varón podría tener devaneos pero no rompía el statu quo. Una cosa eran las canas al aire y otra muy distinta ese contrato entre varón y mujer. En el siglo XX (y sobre todo tras la revolución sexual del 68) la mujer comienza a despreciar la monogamia, deja de necesitar la protección del varón –porque se ha emancipado económicamente- y ese statu quo se quiebra. El matrimonio se difumina porque es rompible, incluso fácilmente rompible, gracias a las leyes divorcistas, como hemos visto, y quien sale ganando en esas rupturas es la mujer.

Pero a ellos tampoco les compensa casarse, porque el varón lleva la peor parte en caso de divorcio (y el riesgo de divorcio es ahora mucho más alto que hace 30 años) Tienen asegurado el sexo sin compromiso y sin las cargas de por vida que éste supone: sacar una familia adelante y educar a los hijos, si el matrimonio dura; o cargar con la manutención de mujer e hijos, si se rompe. El varón ha dejado de ser el padre, en la familia, para convertirse en semental en las relaciones promiscuas o en matrimonios breves y rotos.

Entonces, ¿a quién le puede compensarse casarse y tener hijos?

Sólo compensa casarse si se tiene una dimensión trascendente de la vida. Porque  ¿qué aliciente puramente humano puede tener formar una familia, trabajar arduamente por mantenerla, y traer hijos a un mundo hostil y en la que el sufrimiento es la regla? ¿Qué aliciente tiene una vida marcada por el dolor y la incertidumbre, y que inevitablemente concluye con la derrota, sí o sí, es decir la muerte? Sin una proyección trascendente, sin una creencia en la vida perdurable, encarar la vida terrena de forma desinteresada, en lugar de optar por el epicureísmo, es de masoquistas. Yo desde luego no lo soy: si he formado una familia con Teresa, mi mujer, y hemos tenido 7 hijos es porque creemos que esta vida pide otra, que las 7 criaturas tienen un destino eterno, y que esa fe en Dios y en que la muerte no es el final te da arrestos para acometer tamaña empresa. La fe y, hablo de mi caso, el entusiasmo por mi mujer.

La buena noticia es que el matrimonio, a pesar de todo, no es misión imposible, porque es la cuna de la humanidad, y porque el hombre ha sido diseñado para la mujer y la mujer para el hombre. E incluso la visión trascendente también es natural, en la medida que la búsqueda de Dios, el deseo de amar y ser amado, es un anhelo que lleva inscrito el hombre en su corazón, como subraya un autor muy actual, que está siempre entre los más vendidos: San Agustín. La prueba es que su bestseller, Las confesiones, se sigue leyendo y reeditando 1.600 años después. Me gustaría saber si dentro de dieciséis siglos seguirá entre los más vendidos Cincuenta sombras de Grey, pongamos por caso.